Kitabı oku: «Psicoanálisis y justicia social»

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Título original: Freud’s Free Clinics. Psychoanalysis

© Elizabeth Ann Danto, 2005.

© de la traducción: De la traducción: Rosalba Zaidel Berger, 2013.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2018.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: GEBO512

ISBN: 9788424938246

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

AGRADECIMIENTOS

INTRODUCCIÓN «LA CONCIENCIA DE LA SOCIEDAD»

PRIMERA PARTE. 1918-1922: LA SOCIEDAD DESPIERTA

1918. «EL TRATAMIENTO SERÁ GRATUITO»

1919. «EL POLICLÍNICO SE ABRIRÁ EN EL INVIERNO»

1920. «LA POSICIÓN DEL MISMO POLICLÍNICO COMO CUARTEL GENERAL DEL MOVIMIENTO PSICOANALÍTICO»

1921. «DEBERÍA EXISTIR UN AMBULATORIUM PARA EL TRATAMIENTO PSÍQUICO EN SENTIDO EXTENSO»

1922. «UN AMBULATORIUM PSICOANALÍTICO EN VIENA»

SEGUNDA PARTE. 1923-1932:. LOS AÑOS MÁS GRATIFICANTES

1923. «ESTA AYUDA DEBERÍA ESTAR DISPONIBLE PARA EL GRAN PÚBLICO...»

1924. «EL HONOR PROCEDE DEL PARTIDO SOCIALDEMÓCRATA»

1925. «UNA CÁLIDA SIMPATÍA ANTE EL DESTINO DE ESTOS DESAFORTUNADOS»

1926. «AUNQUE AUSENTE EN LA APERTURA DE LA CLÍNICA, ESTOY CON VOSOTROS EN TODO»

1927. «ES DE VALOR ESPECIAL EN LA PROMOCIÓN (DEL PSICOANÁLISIS) EL ESTABLECIMIENTO DE INSTITUTOS Y CLÍNICAS PARA EL TRATAMIENTO AMBULATORIO»

1928. FREUD «SABÍA EXACTAMENTE CÓMO ERAN LAS COSAS EN EL MUNDO. PERO, ANTES DE PODER SALIR FUERA DEBÍA SABER QUÉ HABÍA DENTRO»

1929. «EL MISMO GRUPO DE PACIENTES QUE PRECISA NUESTRO TRATAMIENTO CARECE DE RECURSOS»

1930. «LOS ANÁLISIS GRATUITOS O DE BAJO COSTE (FUERON) AL MENOS UN PEQUEÑO COMIENZO»

1931. «COMO CONCEJAL SOCIALDEMÓCRATA, EL DOCTOR FRIEDJUNG HA FAVORECIDO NUESTROS INTERESES COMO PSICOANALISTAS»

1932. «LOS SOLICITANTES MASCULINOS DE TRATAMIENTO (ERAN) MÁS NUMEROSOS REGULARMENTE QUE LAS MUJERES»

TERCERA PARTE. 1933-1938: CONCLUSIÓN

1933. «EL POLICLÍNICO PSICOANALÍTICO DE BERLÍN... LLEGÓ A SU FIN»

1934. «EL PSICOANÁLISIS (COMO) EL GERMEN DE LA PSICOLOGÍA MATERIALISTA DIALÉCTICA DEL FUTURO»

1935. «UN SEMINARIO ESCRITO DE PSICOANÁLISIS MARXISTA SOBRE NIÑOS»

1936. «EL PSICOANÁLISIS SOCIAL»

1937. «FUE UNA ÉPOCA TRAUMÁTICA Y DESPUÉS HABLAMOS POCO DE ELLA»

1938. «EL DESTINO DEL PSICOANÁLISIS DEPENDE DEL DESTINO DEL MUNDO»

BIBLIOGRAFÍA.

NOTAS

PARA PAUL

No somos los primeros

que con la mejor intención hemos logrado lo peor.

WILLIAM SHAKESPEARE, El rey Lear

AGRADECIMIENTOS

Las personas y las instituciones sin las cuales este libro sencillamente no existiría, forman una extensa y generosa lista y les estoy profundamente agradecida.

El decano James Blackburn y la presidenta Jennifer Raab han dado un gran impulso al Hunter College School of Social Work pues, junto con los estudiantes y la facultad, hacen que la Ciudad Universitaria de Nueva York sea un lugar excepcional para enseñar y escribir.

Me honra haber recibido el apoyo en la investigación del TIAA-CREF (2004), del DAAD/German Academic Exchange Service (2002), del Eugene Lang Junior Faculty Development Award del Hunter College (2000), el Incentivo a la Enseñanza e Investigación del presidente del Hunter College (1999), el Fondo para la Investigación del Archivo del Centro Rockefeller (1999, y la beca de la American Psychoanalytic Association durante 1998-1999. Le agradezco a Robert Buckley del Hunter College su brillante administración de estas concesiones.

Entre los documentalistas y bibliotecarios, pilares de este libro, quiero agradecer a Nellie Thompson y a Matthew von Unwerth de A. A. Bill Archives del New York Psychoanalytic Society and Institute; a Sanford Gifford del Boston Psychoanalytic Society and Institute los artículos de Helene y Felix Deutsch y de Grete y Edward Bibring; a Thomas Rosenbaum del Rockefeller Archives Center la ayuda con los documentos del Rockefeller Brothers Fund, los artículos de Laura Spellman Rockefeller, los Rockefeller Foundation Archives, y el Commonwealth Fund; a Rachel Vigneron su ayuda con las Rundbriefe de Otto Fenichel en la Biblioteca del Austen Riggs Center, Stockbridge, Massachusetts; a Marvin Krantz el acceso a Sigmund Freud Archives y los artículos de Anna Freud, Siegfried Bernfeld, Otto Fenichel y Muriel Gardiner en Manuscript Collections, Library of Congress, Washington D. C.; a Eckhardt Fuchs del German Historical Institute, Washington D. C.; a Stephen Novak por el acceso a la biblioteca personal de Sigmund Freud, Biblioteca del Colegio de Médicos y Cirujanos, Columbia University; también a los artículos y transcripciones de Otto Rank del Oral Histories of the Psychoanalytic Movement por Bluma Swerdloff en la Rare Book and Manuscript Collection, Columbia University Libraries; a Jerome Kavka del Chicago Institute for Psychoanalysis los artículos de Therese Benedek y Franz Alexander; a Ellen M. Shea los artículos de Edith Banfield Jackson en la Schlesinger Library, Radcliffe Institute for Advanced Study, Harvard University; al New York Historical Society las actas del NY State Board of Charities; a Mary Boyd Higgins del Wilhelm Reich Infant Trust; a Dianne Spielmann del Leo Baeck Institute en la ciudad de Nueva York; a los archivos del Sophia Smith Collection, Smith College School of Social Work, Northampton, Mass.; a Lesley Hall los artículos de Melanie Klein del Wellcome Institute for the History of Medicine, Londres; a Riccardo Steiner, Polly Rossdale y el Commitee on Archives del British Psycho-Analytic Society (Londres) los artículos de Ernest Jones; a Michael Molnar del Freud Museum en Londres; a Tom Roberts del Sigmund Freud Copyrights/Paterson Marsh Ltd., UK; a Robert Elwall los archivos de Ernst Freud, Royal Institute of British Architects, Londres; a Winfried Schultze del Universitätsarchiv de la Universidad Humboldt en Berlín; a Inge Scholz-Strasser y Christian Huber de los archivos de la Fundación Sigmund Freud, Viena; a Helmut Gröger del Josephineum Institute for the History of Medicine, Viena; a Gregor Pickro del Budesarchive en Koblenz, Alemania; a Johanna Bleker, Thomas Mueller y Cornelius Borck del Center for the Humanities and Health Sciences, Institute for the History of Medicine en Berlín; y a Philip Swan, Tanya Manvelidze y Norman Clarius de las Hunter College Libraries. Muchos de estos amables hombres y mujeres también son historiadores, psicoanalistas, asistentes sociales y médicos, y a todos ellos les agradezco su inestimable ayuda y orientación.

Agradezco a Martin Bergmann, Jean-Luc Donnet, Judith Dupont, Solange Faladé, Sanford Gifford, Pearl King, Eva Laible, Else Pappenheim, al difunto George Pollock, la difunta Helen Schur, Lou T. Seinfeld, Robert Stewart, Bluma Swerdloff, Mary Weigund, y al difunto Joseph Wortis que amablemente aceptaron que grabara sus recuerdos.

Algunos fragmentos de este libro los he presentado en encuentros de la American Association for the History of Medicine, la Society of the History of Science, el Hagley Museum for the History of Science and Technology, el Council on Social Work Education, la International Association for the History of Psychoanalysis, el Richardson Seminar on the History of Psychiatry, el Ad Hoc Committee on Community Clinics de la American Psychoanalytic Association, y el Austen Riggs Center. En forma de artícu-En forma de artículos se han publicado selecciones en Psychoanalytic Social Work, en el Journal of the American Psychoanalitic Association, y en el International Journal of Psychoanalysis (IJP).

Mis amigos formaron un alegre y amable grupo de apoyo animándome mientras trabajaba con cada parte del manuscrito. Entre la maravillosa comunidad de lo que llamo la República Popular de Fifth Street, una comunidad que forma la triple hilera de pequeños edificios con altos portales en el East Village, algunos como Lucinda, Steven, Arie, y Ni y LiMing se mudaron; otros como Heide, Doug y Zeke o Ticia y Oscar o Kathryn y Margaret manzana abajo, o Monica y Abe, los Goyal, Lisa y su familia de músicos, Marva, Joseph, AJ, Romy, Hayes, Lydia, Judy, David, Mark,... Son tantos que no puedo nombrarlos, pero les estoy agradecida a todos. También estoy en deuda con Ruth Sidel, Anne Talpain, Norma Tan, Janet Becker, Eve Golden, Clark Sugg, y Ruby y Kevin Eisenstadt. Por su ayuda con las traducciones y becas, agradezco a Hede Estes, Janna Schaefer, Paul Werner, Louise Crandall, Theresa Aiello, George Franks, Mimi Abramovitz, Barbara Levy Simon, Alain de Mijolla, y Craig Tomlinson. De la Columbia University Press doy las gracias a John Michel por animarme y a Susan Pensak por su perspicacia editorial. Los errores sobre los hechos o las interpretaciones en las traducciones, así como en el material histórico solo pueden atribuirse a mi responsabilidad.

Provengo de una familia de escritores y, por este legado, quiero agradecer a mi padre, Arthur C. Danto, a mi suegra, Vivian L. Werner y a mi difunta madre, Shirley Rovetch Danto. Doy las gracias también al resto de los miembros de la extensa familia a lo largo y ancho del país.

Paul Werner, mi riguroso, agudo y sofisticado marido, contribuyó a este libro no solo con tres lecturas críticas, sino también haciendo que sea lo que es hoy. Sé que un amor así es excepcional y me siento afortunada.

INTRODUCCIÓN
«LA CONCIENCIA DE LA SOCIEDAD»

En la Viena de la década de 1920 y principios de la de 1930, los médicos que estaban muy ocupados, como Sigmund Freud, podían entregar un Erlagschein, un vale, a un paciente, posible o habitual, para que lo utilizara como una forma de pago a otro doctor. Los Erlagschein a menudo se imprimían con elegancia en un papel naranja pálido, con tipografía clásica, y carecían de una numeración propia, pues iban asociados especialmente a los depósitos bancarios y al cheque personal. Los vales atraían prácticamente a todos en la comunidad psicoanalítica de la ciudad ya que los terapeutas privados podían endosar un Erlagschein a una clínica como garantía para canjear (en efectivo o en tiempo) las horas de tratamiento que normalmente se donarían en persona. Sigmund Freud endosaba Erlagscheine de doscientos a cuatrocientos chelines regularmente a la clínica gratuita de los psicoanalistas de Viena, conocida como Ambulatorium.

En 1918, justo dos meses antes del armisticio, Freud había congregado a los psicoanalistas reunidos en Budapest en su quinto congreso internacional para poner en marcha estas instituciones: «sanatorios o lugares de consulta [...] estos tratamientos serán gratuitos [...]. El pobre no tiene menos derechos a la terapia anímica que los que ya se le reconocen en materia de cirugía básica», afirmaba, abrazando la nueva retórica de la socialdemocracia austríaca. «Puede pasar mucho tiempo antes de que el Estado sienta como obligatorios estos deberes [...] es probable que sea la beneficencia privada la que inicie tales instituciones».1

Estas ideas, como todos los proyectos psicoanalíticos de Freud, evidencian una interesante tensión entre la teoría psicológica y la práctica terapéutica. Mientras que su teoría perseguía estar más allá de la historia como una ciencia fáctica, la práctica clínica de Freud se adhería a la ideología política socialdemócrata que predominó en Viena después de la Primera Guerra Mundial. Cuando los psicoanalistas del círculo de Freud abrieron el Ambulatorio para adultos, niños y familias que requerían tratamiento externo de salud mental en mayo de 1922, el carácter de la socialdemocracia y sus instituciones de bienestar social ya habían calado tanto en la ciudad de origen de Freud, que su clínica era solo una entre muchos otros servicios gratuitos. Y Viena no era ni la primera ni la única ciudad donde establecer una clínica psicoanalítica. En esos años de modernismo emergente, las expresiones de conciencia social de Freud inspiraron la creación de una cadena de al menos doce clínicas cooperativas de salud mental al menos, desde Zagreb hasta Londres.2 Mucho más tarde, en 1935, Freud aún escribía que «con sus propios recursos, estos grupos locales costean institutos donde se imparte la instrucción en el psicoanálisis de acuerdo con un plan didáctico unitario, y donde tanto analistas experimentados como principiantes ofrecen tratamiento ambulatorio gratuito a personas necesitadas».3 Las décadas siguientes vieron desplegarse la práctica del psicoanálisis en consultas sencillas, caso por caso, en divanes donde inadvertidamente la teoría planeaba sobre los avatares clínicos. Entre 1918 y 1938, el psicoanálisis no era un tratamiento inaccesible para la población trabajadora, ni estaba estructurado rígidamente, ni se prolongaba excesivamente.

Al menos una quinta parte del trabajo de la primera y segunda generación de psicoanalistas fue para ciudadanos indigentes. Esto hizo que el psicoanálisis fuera accesible para estudiantes, artistas, artesanos y maestros de escuelas públicas. La idea de Freud influyó en practicantes y estudiantes de medicina de tal manera que conseguían financiar su aprendizaje atendiendo a pacientes sin coste. Médicos e intelectuales establecidos trataban a niños con problemas y a sus madres, o a adolescentes delincuentes y a personas con enfermedades psicosomáticas, desde asma hasta epilepsia, que de otra manera no habrían podido sufragar un tratamiento. La naturaleza relativamente sencilla de este intercambio, combinado con la amplitud de miras de la cultura política de entreguerras, marcaba una pauta que permitía a la gente de mundos sociales francamente opuestos encontrarse en la sala de espera de un psicoanalista. Incluso entre analistas que aparentemente evitaban la política, la práctica en una clínica gratuita reflejaba implícitamente un compromiso cívico con el bienestar humano. Helene Deutsch, miembro activo del círculo cercano a Freud que estuvo a cargo del Instituto de Enseñanza de la Sociedad Psicoanalítica de Viena después de residir en Berlín entre 1923 y 1924, hablaba por su generación. El «revolucionismo», escribió en su historia de la segunda generación de psicoanalistas, era «un espíritu de reforma [...] (que) nunca puede ser definido simplemente a través de su aplicación social. Es un atributo de los individuos que se lanzan a todo lo que se forma, se gana, se consigue de un modo nuevo».4

Desde 1920 hasta 1938, en diez ciudades y siete países, la generación activista de psicoanalistas creó centros de tratamiento gratuito. Freud había hablado «en parte como profecía y en parte como desafío», dijo Max Eitingon, el psicoanalista cuya riqueza y talento administrativo hicieron posible la primera clínica en 1920, el Poliklinik de Berlín. Las innovaciones del Poliklinik incluían directrices sobre la extensión del tratamiento, análisis fragmentario (tiempo limitado), y, por supuesto, tratamiento gratuito. Fue allí donde primero se debatió formalmente sobre el análisis infantil y se estandarizó la educación psicoanalítica. En Viena, el dilema de cómo abrir una clínica psicoanalítica sin ofender necesariamente al estamento psiquiátrico conservador dependió de la habilidad diplomática de Eduard Hitschmann, amigo de Freud, quien abrió la segunda clínica, el Ambulatorium de Viena, en 1922. En 1926, los psicoanalistas británicos pusieron en marcha una clínica en Londres dirigida por Ernest Jones, cerebro psicoanalítico británico y más tarde primer gran biógrafo de Freud. Ernst Simmel, cofundador con Eitingon del Poliklinik de Berlín, también en 1926, abrió un centro de internamiento en Schloss Hegel, muy cerca de la ciudad. En 1929, el pionero analista húngaro Sándor Ferenczi fundó una clínica gratuita en Budapest. Para entonces, en Viena, Wilhelm Reich, cuya fusión de psicoanálisis y política de izquierda sigue siendo hoy tan controvertida como en la década de 1920, había creado la Sex-Pol, una red de clínicas médicas y de salud mental gratuitas con una inclinación libertaria particularmente radical.

Con el tiempo se sucedieron otras sociedades psicoanalíticas con programas (algunos de ellos realizados y otros no) para clínicas gratuitas en Zagreb, Moscú, Francfort, Nueva York, Trieste y París. Estas clínicas liberaban a la gente de su destructiva neurosis y, como las escuelas y universidades municipales de Europa, eran gratuitas. En el ambiente emocionante de los movimientos sociales y progresistas entre las dos guerras mundiales, se suponía que el psicoanálisis compartía esta transformación de la sociedad civil y que estos nuevos centros de tratamiento ambulatorio ayudaban a devolverle a la gente su inherente capacidad para obtener bienestar. Los psicoanalistas creían que tenían la obligación social de dar una parte de su tiempo a las personas que no podrían permitirse el psicoanálisis. Muchos ni siquiera tuvieron en cuenta sopesar la efectividad del tratamiento respecto a la carga financiera impuesta al paciente.

Erik Erikson, Erich Fromm, Karen Horney, Bruno Bettelheim, Alfred Adler, Melanie Klein, Anna Freud, Franz Alexander, Annie Reich, Wilhelm Reich, Edith Jacobson, Otto Fenichel, Helene Deutsch, Alice Bálint, Frieda Fromm-Reichmann, Hermann Nunberg, Rudolf Loewenstein, y Martin Grothahn,... eran solo algunos de los analistas de las clínicas gratuitas que más tarde se dispersaron por el mundo occidental. Algunos llevaron la antorcha progresista y otros la enterraron, pero todos ellos son hoy conocidos por su revisionismo teórico y por la diversas maneras de continuar, transformar o romper con la teoría clásica de Freud. Pero en la década de 1920 y principios de la de 1930 los propios analistas se veían como agentes del cambio social, y para todos ellos el psicoanálisis era un desafío a los códigos políticos convencionales, una misión social más que una disciplina médica. Erich Fromm, residente en el Instituto Francfort para la Investigación Social a finales de la década de 1920, y Ernst Simmel, al frente de la Asociación de Médicos Socialistas de Berlín, eran analistas del Poliklinik que basaban su práctica en la relación simbiótica con los valores políticos de la era de Weimar. La libertad intelectual de Berlín le permitió a Melaine Klein la autonomía para el análisis profundo de niños. Karen Horney, quizá mejor conocida como la analista que introdujo el relativismo cultural en la teoría freudiana, fue miembro fundadora del Poliklinik y la primera mujer en enseñar allí. Para los intelectuales vieneses como Bruno Bettelheim, Otto Fenichel y Siegfried Bernfeld, que se introdujeron en el activismo romántico de los movimientos juveniles de la izquierda centroeuropea, el psicoanálisis representaba la liberación humana, la potenciación social y la liberación de las convenciones burguesas. Erik H. Erikson, el ganador del Premio Pulitzer que estableció, quizá más firmemente que ningún otro, el concepto central de la influencia del entorno social en el desarrollo humano, se formó como psicoanalista en el inicio de la Viena moderna, en el Ambulatorium. En Budapest, el primer director de la clínica, Sándor Ferenczi, cercano a Freud a lo largo de su vida, pertenecía a un círculo de intelectuales, poetas y escritores modernistas húngaros que incluían al filósofo de izquierda Georg Lukács y al compositor Béla Bartók.

Ferenczi, que murió en 1933, creía que los psicoanalistas que no tenían en cuenta las «condiciones reales de los diversos niveles de la sociedad» abandonaban a su suerte a la población para la cual la vida cotidiana es especialmente penosa. De diversas maneras, la Viena del début de siècle y de la posguerra consideraba la teoría y la terapia psicoanalíticas mucho menos controvertidas que en la actualidad. Pero casi desde sus inicios y ciertamente desde su llegada a América, los clichés contra la clínica han rodeado al psicoanálisis en todo el espectro político.5 Algunos críticos sugieren que la investigación psicológica individual descarta la variable del entorno y que los estudios psicoanalíticos sitúan al individuo al margen de la cultura. Otros han hecho su carrera a fuerza de invalidar el psicoanálisis como disciplina no científica y puramente ideológica. Los mismos psicoanalistas han alegado que la objetividad clínica requiere distanciarse de la política y del pensamiento social. Wilhelm Reich, uno de los teóricos que más incidieron en este campo, observaba que «el conflicto dentro del psicoanálisis respecto a la función social era inmenso mucho antes de que cualquier implicado lo notara».6 Pero Ferenczi y Freud sí que reconocieron este conflicto y, en 1910, se embarcaron en una estrategia de gran alcance para resolverlo.

Uno de los cambios radicales que trajo la Primera Guerra Mundial fue que algunas actitudes políticas menospreciadas previamente se volvieron rápidamente dominantes, tanto en el movimiento psicoanalítico como en otros ámbitos, mientras que las primeras repúblicas austríaca y alemana continuaban en un camino difícil hacia su constitución como Estados. En 1918, Freud podría haber replanteado simplemente los principios de 1913 que sistematizaban su enfoque de preguerra sobre los pagos de los pacientes,7 pero él preveía que la historia de la teoría psicoanalítica se sostendría en última instancia en la historia de su práctica real. Las nuevas democracias requerirían de los psicoanalistas terapeutas, como de otros profesionales, mayor implicación y transparencia públicas. En este sentido, Freud discutía sobre una visión alternativa, no tradicional, de las obligaciones sociales colectivas del psicoanálisis. La conferencia de Budapest sobre «la conciencia de la sociedad» reflejaba el personal despertar de Freud ante la realidad de un nuevo contrato social, un nuevo paradigma cultural y político que señalaba a casi cada uno de los reformadores, desde Adolf Loos en la arquitectura hasta Clemens Pirquet en medicina y Paul Lazarsfeld en ciencia social.8

A finales de 1918 los cambios fundamentales que sufrieron tanto Alemania como Austria, en el ámbito territorial y en el de las perspectivas políticas, se agudizaron con el advenimiento de la «Viena Roja» y el «Berlín de Weimar» como modelos modernos de reconstrucción urbana. En ambas ciudades las políticas de agresivos planes sociales de los nuevos gobiernos se vinculaban a la recuperación económica de posguerra, en un enfoque de la obra pública por el que se instituyeron proyectos originales a gran escala junto con un desarrollo cultural y estético creciente. Freud creía que un día «el Estado llegará a ver estos deberes como asuntos urgentes», y realmente los nuevos gobiernos promovieron mucho más la salud mental y los servicios sociales que jamás antes ningún servicio de atención de la salud pública. Se aprovecharon de las nuevas profesiones surgidas de la arquitectura utilitaria, la política de salud pública, y el trabajo social profesional, enfatizando la importancia de la cultura para la causa socialista. Los relatos vitales de primera mano en la Viena Roja, sus numerosas comunidades de viviendas públicas, sus programas de bienestar social para las familias, el fomento del arte y la música, compartían una estimulante calidad en el compromiso público y el orgullo cívico. Sin embargo, las interpretaciones de estos acontecimientos dependen siempre de la ideología del observador: para el conservador se trata de una intrusión y excesiva regulación del Estado; para el marxista desvelan el oportunismo socialdemócrata y la futilidad de introducir los cambios gradualmente; y para el progresista son ejemplos de equidad y discriminación positiva.

En 1919 las mujeres austríacas consiguieron el sufragio universal, e incitaron a los gobiernos a poner en práctica las políticas sobre salud, vivienda y familia, a cambiar la caridad paternalista individual por la prevalencia del derecho al bienestar social (los privilegios de la ciudadanía). Se invirtieron recursos públicos en clínicas médicas y dentales, programas de asistencia familiar, ayuda a los niños, y centros de consulta para jóvenes y madres. Este despliegue de programas lo diseñó Julius Tandler, el brillante anatomista y profesor universitario, quien transformó el Departamento de Bienestar de Viena en un sistema de asistencia profesional para familias y niños que impresionaba inclusive a los visitantes americanos. «Una cosa está clara —informaba una delegación del Fondo de la Commonwealth—, sería muy inadecuado decir que Austria es un país donde el trabajo social y la salud se hallan en un estado rudimentario».9 Los representantes del fondo se reunieron con Otto Bauer, el máximo líder de los nuevos marxistas austríacos y secretario de Asuntos Exteriores en 1918-1919. Editor del periódico socialista Arbeiter-Zeitung, Bauer les habló del movimiento social actual como una revolución en «el alma del hombre».10 Para los socialdemócratas vieneses, la cultura urbana debía abarcar toda la vida de los trabajadores, desde la privacidad de la vida individual y familiar hasta la política pública y el lugar de trabajo. Entre los psicoanalistas, el neurólogo de inclinación izquierdista Martin Pappenheim, amigo de Eduard Hitschmann e invitado frecuente de los Freud, mantenía que el cambio social debía alcanzar «la estructura de las relaciones familiares, la posición social de mujeres y niños, y la reforma sexual».11

En 1920 Adolf Loos, quien es recordado por su modernismo implacable y racional, fue contratado como arquitecto jefe del Departamento de Obras Públicas de la ciudad de Viena, que en ese momento sufría de un déficit crónico de sedes. Anton von Webern, el brillante compositor vanguardista, era el director principal de la Sinfónica del Trabajo de Viena y del Coro del Trabajo de Viena (donde permaneció hasta 1934) y promovió algunas de las primeras interpretaciones de las composiciones modernistas de Arnold Schoenberg. Este se había formado como el organizador de la orquesta de los trabajadores socialdemócratas. Mientras tanto, en Alemania, la fama del director de la Bauhaus, Walter Gropius, que representaba la quintaesencia del arquitecto en Weimar, encumbraba la producción de construcción urbana. En sus talleres de muebles artesanales y utensilios cotidianos, exquisitos y funcionales a un tiempo, la Bauhaus renovó la idea de la producción masiva. Sus principios para la creación de diseños racionales (muchos de los cuales aún parecen modernos en la actualidad) se aplicaron a todos los materiales comunes en la vida cotidiana de la ciudad, desde lámparas de mesa de cobre hasta juegos de té de porcelana, o desde tostadoras cromadas hasta cunas de bebé de madera curvada. El arte coexistía con la realidad económica, la cultura y la política; la ciudadanía, con la nueva estructura participativa del Estado.12

El Berlín de la década de 1920 acogía el Poliklinik, el programa de bandera de los psicoanalistas en terapia pública y, para muchos, el corazón de la Sociedad Psicoanalítica de Berlín, tanto como el Ambulatorium lo era para los vieneses. Para el analista y profesor húngaro Sándor Radó, los analistas berlineses forjaron una «sociedad maravillosa», un grupo particularmente vital de practicantes progresistas, tan popular entre los intelectuales de la ciudad que Karl Abraham estuvo a punto de establecer el psicoanálisis como disciplina universitaria.13 Aprendices internacionales en trabajo social, psiquiatría, orientación infantil y psicología se reunían en el Poliklinik no solo procedentes de Francia e Inglaterra, sino también de Egipto, Cuba y Estados Unidos. «Por favor, envíeme toda la información disponible sobre su Instituto —escribió el psicólogo Norman Lyon, del Worcester State Hospital, en agosto de 1929—, espero enseñar algún día psicología y dirigir una clínica de acuerdo con esa disciplina».14 Desde los interiores modernistas de la clínica, diseñados por Ernst, el hijo arquitecto de Freud, hasta los proyectos educativos, los esfuerzos se encaminaban a satisfacer las obligaciones sociales del psicoanálisis y concordaban con la visión social, política y cultural del Berlín de Weimar. Ernst había estudiado con Loos en su taller de Viena, así que dispuso las líneas simples y las superficies sin adornos de Loos dentro de un diseño comunitario para la sala de espera de la clínica. En su práctica terapéutica los psicoanalistas de Weimar debatían abordajes no tradicionales del tratamiento y, en el plano social, abogaban por la reforma penal, la liberación sexual, la igualdad de géneros y la no criminalización de la homosexualidad.15 Y algo parecido ocurría en Berlín, donde la riqueza de Eitingon y la eficiencia de Karl Abraham como director de la sociedad llevaron a la simplificación de la fórmula de Freud para asignar servicios gratuitos, con donativos y visitas domiciliarias. La demanda pública de tratamiento psicoanalítico, que parecía llevar la solución a las deficiencias crónicas de tiempo y espacio, fue sensacional.

Ni en Viena ni en Berlín el psicoanálisis faltó a su compromiso con la red general de servicios disponibles de salud mental. Las clínicas médicas y de salud mental privadas, que antes estaban restringidas a los acomodados o casi acomodados, se abrían ahora a todos los estratos sociales. Pero al menos desde 1916 los gobiernos habían promocionado el psicoanálisis como una forma de psicoterapia para ayudar a los soldados traumatizados que volvían del frente. Y, mientras que Alfred Adler había abandonado las filas de Freud en 1911, los miembros de su popularísima Sociedad de Psicología Individual integraban el personal de las consultas de orientación infantil vinculadas al sistema educativo municipal de Viena. Con su intransigente énfasis en la sexualidad humana, el psicoanálisis era solo uno de los muchos tratamientos disponibles de la psicología moderna, pero, aun así, era el más complejo y controvertido. En el Ambulatorium de Viena, situado en Pelikangasse, el psicoanálisis lo practicaban diariamente clínicos muy interesados en los cambios en medicina y en la agenda sociopolítica. Y en el Poliklinik, situado en la Potsdamerstrasse de Berlín, se ofrecía a los pacientes psiquiátricos de la ciudad una alternativa compasiva a la atención institucional del Charité Hospital, tomando a aquellos que el establecimiento médico y psiquiátrico no estaba dispuesto a atender.

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13 kasım 2024
Hacim:
580 s. 1 illüstrasyon
ISBN:
9788424938253
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