Kitabı oku: «Sobre el amor y la muerte»

Émile Zola
Sobre el amor y la muerte

| Zola, EmileSobre el amor y la muerte. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Libros del Zorzal, 2012. - (Trazos; 0)E-Book.ISBN 978-987-599-294-81. Ensayo Francés. I. TítuloCDD 844 |
Traducción · Alejandrina Falcón
Ilustración de tapa y contratapa · María Rabinovich
Diseño · Ixgal
Título original:
Comment on se marie. Comment on meurt
© Libros del Zorzal, 2007
Buenos Aires, Argentina
Esta obra, publicada en el marco del Programa de Ayuda a la Publicación Victoria Ocampo, ha recibido el apoyo del Ministère des Affaires Etrangères y del Servicio Cultural de la Embajada de Francia en la Argentina. Cet ouvrage, publié dans le cadre du Programme d’Aide à la Publication Victoria Ocampo, bénéficie du soutien du Ministère des Affaires Etrangères et du Service Culturel de l’Ambassade de France en Argentine.
Libros del Zorzal
Printed in Argentina
Hecho el depósito que previene la ley 11.723
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Índice
Nota del editor | 5
Cómo nos casamos | 6
Cómo nos morimos | 34
Nota del editor
Al tiempo que trabajaba en la ambiciosa serie de los Rougon-Macquart, Zola seguía escribiendo cuentos y textos breves. Los cinco estudios reunidos bajo el título Cómo nos morimos fueron publicados en 1882 en la compilación Le capitaine Burle. Once años más tarde, en Le Journal pour tous –suplemento ilustrado del periódico Le Journal–, aparecería Cómo nos casamos.
Ambos textos –inhallables en español desde hace varias décadas– presentan semejanzas notables en el estilo y la temática abordada; por esa razón, hemos decidido reunirlos en una misma edición.
Cómo nos casamos
Durante el siglo XVII, el amor, en Francia, es un gran señor empenachado, magníficamente vestido, que se presenta en los salones precedido de una música solemne. Obedece a un ceremonial muy complicado, no arriesga un solo paso sin haberlo previsto antes. Por lo demás, es absolutamente noble; posee una ternura reflexiva, una alegría honesta.
En el siglo XVIII, el amor es un diablillo indecente. Ama o ríe por el solo placer de amar o reír; almuerza con una rubia, cena con una morena, trata a las mujeres como a diosas pródigas cuyas manos abiertas brindan placer a todos sus devotos. Un hálito de voluptuosidad atraviesa la sociedad, anima la ronda de las pastoras y de las ninfas, de los pechos escotados que se estremecen debajo de los encajes: adorable época en que la carne fue reina, placer inmenso cuyo soplo lejano llega hasta nosotros aún tibio, trayendo el perfume de los cabellos desatados.
En el siglo XIX, el amor es un joven formal, correcto como un notario que tiene rentas del Estado. Frecuenta la buena sociedad o vende algún producto en una tienda. La política le interesa, los negocios ocupan su día desde las nueve de la mañana hasta la seis de la tarde. En cuanto a sus noches, las entrega al vicio práctico, a una amante que él mantiene o a una mujer legítima que lo mantiene a él.
Así, el amor heroico del siglo XVII, el amor sensual del siglo XVIII, se ha convertido en el amor positivo que se concreta a las apuradas, como un negocio en la Bolsa.
Hace un tiempo escuché a un industrial quejarse de que todavía no se hubiera inventado una máquina para hacer niños. Se hacen máquinas para trillar el trigo, para tejer, para reemplazar los músculos humanos por engranajes en todas las tareas. El día en que una máquina ame por ellos, los grandes trabajadores del siglo, aquellos que entregan cada minuto de sus vidas a la actividad moderna, ahorrarán tiempo, serán más fuertes y viriles en la lucha por la vida. Desde la terrible sacudida de la Revolución, los hombres, en Francia, no han tenido tiempo de pensar en las mujeres. Bajo Napoleón I, el cañón impedía que los amantes se escucharan; durante la Restauración y bajo la Monarquía de Julio, una frenética necesidad de riqueza se apoderó de la sociedad. Por último, el reino de Napoleón III no hizo más que incrementar esa sed de dinero, sin aportar siquiera un vicio original, ningún exceso nuevo. Pero existe otra causa más: la ciencia, el vapor, la electricidad, todos los descubrimientos de estos últimos cincuenta años. Hay que ver al hombre moderno con sus múltiples ocupaciones, viviendo para las apariencias, devorado por la necesidad de conservar su fortuna y de acrecentarla, capturada su inteligencia por interminables problemas, adormecida su carne por la agotadora lucha cotidiana, él mismo convertido en mero engranaje de la gigantesca máquina social en plena labor. Tiene amantes como se tienen caballos, para hacer un poco de ejercicio. Si se casa, es porque el matrimonio se ha vuelto una operación como cualquier otra; y si tiene hijos, es porque la mujer lo deseaba.
Hay otra causa para los lamentables matrimonios actuales, y quisiera detenerme en ella antes de pasar a los ejemplos. Esa causa es la brecha profunda que la educación y la instrucción abren, desde la infancia, entre varones y mujeres. Tomemos el ejemplo de la pequeña Marie y del pequeño Pierre. Hasta los seis o siete años se les permite jugar juntos. Sus madres son amigas; ellos se tutean, se dan fraternales cachetadas, se revuelcan por los rincones, sin vergüenza. Pero, a los siete años, la sociedad los separa y se apodera de ellos. A Pierre lo encierran en un colegio donde se esmeran por llenarle el cerebro con el resumen de todos los conocimientos humanos; más tarde, ingresa en las escuelas especiales, elige una carrera, se convierte en hombre. Abandonado a su suerte, librado al bien y al mal durante ese largo aprendizaje de la existencia, conoce todas las mezquindades, experimenta alegrías y penas, hace su propia experiencia de las cosas y de los hombres. Marie, por el contrario, pasa todo ese tiempo encerrada en la habitación de su madre; le han enseñado todo lo que una joven educada debe saber: la literatura y la historia expurgadas, la geografía, la aritmética, el catecismo; también sabe tocar el piano, bailar, dibujar paisajes con dos lápices. Por consiguiente, Marie no sabe nada del mundo, al que apenas ha visto a través de su ventana, y aun la ventana le cierran cuando la vida pasaba demasiado bulliciosa por la calle. Jamás se ha asomado sola a la vereda. La han protegido cuidadosamente, como a una planta de invernadero, procurándole el aire y la luz, desarrollándola en un medio artificial, lejos de todo contacto.
Ahora imaginemos que, diez o doce años después, Pierre y Marie vuelven a encontrarse. Se han convertido en extraños; el encuentro es terriblemente incómodo. Ya no se tutean ni se empujan riendo por los rincones. Ella, ruborizada, se llena de inquietud frente a ese hombre al que ya no reconoce. Él siente entre ellos el torrente de la vida, las verdades crueles, de las que no se atreve a hablar abiertamente. ¿Qué podrían decirse? Tienen lenguajes distintos, ya no son criaturas semejantes. Sólo pueden conversar de banalidades; están a la defensiva, como si fueran enemigos, y ya se mienten el uno al otro.
Por cierto, no pretendo que se deje crecer juntos a nuestros hijos e hijas como a los yuyos de los jardines. El problema de esta doble educación es demasiado complejo para un simple observador. Me limito a describir los hechos: nuestros hijos lo saben todo, nuestras hijas no saben nada. Uno de mis amigos me ha contado alguna vez la extraña sensación que experimentaba en su juventud al percibir que, poco a poco, sus hermanas se convertían en extrañas para él. Cuando regresaba del colegio, cada año, sentía que la brecha se había profundizado, y que la distancia entre ellos era mayor. Finalmente, un buen día ya no tuvo nada más para decirles. Y, después de besarlas de todo corazón, no podía hacer otra cosa sino tomar su sombrero e irse. ¿Qué pasará, entonces, con el temible asunto del matrimonio? En él, esos dos mundos se encuentran en un choque inevitable, y ese choque amenaza con destruir a la mujer o al hombre. Pierre se casa con Marie sin llegar a conocerla, sin que ella lo conozca, pues no está permitido probar antes de juntarse de manera definitiva. Por lo general, la familia de la joven se alegra de poder casarla. La confían al novio, no sin antes señalarle que la entregan en perfectas condiciones, intacta y pura, como debe ser toda novia. Ahora el hombre velará por su mujer. Y así, Marie se ve bruscamente precipitada al amor, a la vida, a los secretos guardados durante tanto tiempo. El desconocido se revela en un modo que ella jamás hubiera imaginado. Aun las mejores esposas tardan años en superar los efectos de aquella conmoción. Y lo más grave es que el antagonismo entre las dos educaciones no se resuelve. Si el marido no rehace la mujer a su imagen, ella siempre será una extraña para él, con todas sus creencias, el particular sesgo de su naturaleza y la incurable bobada de su instrucción. ¡Qué extraño sistema! Primero se divide a la humanidad en dos campos: los hombres, por un lado, y las mujeres, por otro; luego, una vez consolidados los campos en conflicto, se los une diciendo: “Vivan en paz”.
En suma, el hombre de hoy no tiene tiempo para amar y se casa con una mujer sin conocerla, sin que ella lo conozca. Estos son dos rasgos distintivos del matrimonio moderno. Evitaré complicar con más detalles el planteo general y pasaré a los ejemplos.
I
El conde Maxime de La Roche-Mablon tiene treinta y dos años. Pertenece a una de las familias más antiguas de Anjou. Su padre fue senador bajo el Imperio, pero jamás abandonó, según dice, sus convicciones legitimistas. Por lo demás, la familia La Roche-Mablon no ha perdido ni una sola parcela de tierra durante la emigración, y aun hoy se los menciona entre los grandes propietarios de Francia. En cuanto a Maxime, tuvo una juventud agradable, estuvo un tiempo en la guarda pontifical; luego, regresó a París donde dio que hablar: apostó, tuvo amantes, se batió a duelo, pero no se destacó demasiado. Es un muchacho alto, rubio, muy caballero, de una inteligencia media, sin pasiones extremas, y que ahora planea dedicarse a la diplomacia, para crearse una posición.
La rebelde de los La Roche-Mablon es una tía, la baronesa de Bussière, una señora muy inquieta, poderosa en el mundo académico y político. Cuando su sobrino Maxime le confía sus proyectos, ella declara que primero debe casarse, pues el matrimonio es la base de todas las carreras serias. Maxime no tiene grandes objeciones contra el matrimonio. Nunca pensó en el tema; preferiría seguir soltero pero, en fin, si es absolutamente necesario que se case para asegurar su posición social, pasará por esa formalidad como por todas las demás. Sin embargo, confiesa riendo que, como no tiene ningún amor en el corazón, por mucho que busque en su memoria, todas las chicas con las que ha bailado en los salones parecen tener el mismo vestido blanco y la misma sonrisa. La Sra. de Bussière está encantada. Ella se ocupará de todo.
Dos días después, la baronesa le menciona a Henriette de Salneuve. Fortuna considerable, antigua nobleza de Normandía: un acuerdo perfecto para ambas partes. Y hace especial hincapié en el carácter correcto de esa unión. No podría encontrar un partido que cumpliera mejor con las exigencias mundanas. Será uno de esos matrimonios que no sorprenden a nadie. Maxime hace un gesto de asentimiento. Todo ese asunto le parece muy razonable. Los nombres son igualmente importantes; las fortunas, más o menos parejas; y, si persiste en su proyecto de dedicarse a la diplomacia, esa unión promete valiosas alianzas.
–Me parece que es rubia –dice–.
–No, morocha –responde la baronesa–. En realidad, ¡no lo sé!
De hecho, no tiene importancia. Lo cierto es que Henriette tiene diecinueve años. Maxime cree haber bailado con ella alguna vez, a menos que se tratara de su hermana menor. No hablan de su educación, es inútil: fue educada por su madre, y eso ya es bastante. En cuanto al carácter, imposible tocar el tema: nadie la conoce. La Sra. de Bussière comenta que un día la escuchó tocar un vals de Chopin con gran emoción. De todos modos, un encuentro ha sido concertado para esa misma noche, en un salón neutro.
Cuando por la noche Maxime ve a la Srta. de Salneuve, se asombra muchísimo de que sea bonita. Baila con ella, halaga su abanico, recibe una sonrisa agradecida. Quince días más tarde, se formaliza el pedido de matrimonio, y el contrato se discute frente a los notarios. Maxime ha visto a Henriette cinco veces. En verdad, es muy bonita, de piel blanca, talle redondo, y sabrá vestirse mejor cuando pueda tirar sus vestidos de niña. Mientras tanto, parece gustarle la música, odia el olor del almizcle, tuvo una amiga que se llamaba Claire y que murió. Eso es todo. De hecho, Maxime considera que es suficiente: es una Salneuve, la recibe de manos de una madre rígida. Ya tendrán tiempo para conocerse. Entretanto, piensa en ella sin disgusto. No está positivamente enamorado, pero no le molesta que sea agradable, pues, si hubiese sido fea, obviamente se habría casado de todos modos.
Ocho días antes del matrimonio, el joven conde pone fin a su vida de soltero. Estaba saliendo con la gran Antonia, una antigua artista ecuestre que volvió de Brasil llena de diamantes. Renueva todo su mobiliario y rompe con ella en muy buenos términos, después de una cena en la que brindan por su feliz matrimonio. Despide a su valet de cuarto, quema cartas inútiles, hace abrir las ventanas para que su mansión se ventile. Ya está listo. Sin embargo, muy en el fondo, sabe que nunca podrá olvidar ciertos momentos de su vida; les cierra para siempre las puertas de su corazón, y eso ya es bastante.
Los notarios de las familias redactaron el contrato, pues todas las cuestiones relacionadas con el dinero han quedado en sus manos. El arreglo es muy simple: los aportes de los esposos son de dominio público, el matrimonio debe realizarse bajo el régimen dotal. Durante la lectura del contrato, las familias guardan silencio; firman sin hacer comentarios, pasándose unos a otros la pluma con una sonrisa. Luego, se habla de otra cosa, de una fiesta de caridad propuesta por la baronesa, de un sermón en el que el padre Dulac mostró mucho talento.
El matrimonio civil se llevó a cabo un lunes, día en el cual no suele haber casamientos en la Municipalidad. La novia lleva un vestido de seda gris, muy simple; el novio tiene puesto una levita y un pantalón claro. No hay invitados; sólo están presentes la familia y los cuatro testigos, todos ellos personajes importantes. Mientras el alcalde lee los artículos del Código, las miradas de Maxime y de Henriette se cruzan, y se sonríen. ¡Qué lengua bárbara la de la ley! ¿Tan terrible es el matrimonio? Pronuncian, uno después del otro, el “sí” solemne, sin emoción, pues el alcalde es un hombre bajito, casi giboso, cuya frágil persona carece de toda majestad. La baronesa, vestida de negro, observa la sala con unos lentes, criticando para sí la pobreza de la ley. Al salir de la Municipalidad, Maxime y Henriette dejan cada uno mil francos para los pobres.
Sin embargo, toda la pompa, todas las lágrimas de la emoción, se reservaron para la ceremonia religiosa. Para no ser confundidos con las bodas vulgares, eligieron una iglesia privada, la pequeña capilla de Missions, y esa elección le da a la boda un aire de piedad superior. Monseñor Félicien, un obispo del Sur, pariente lejano de los Salneuve, bendecirá la unión. El gran día ha llegado, la capilla resulta demasiado pequeña; tres calles a la redonda quedaron cerradas por los carruajes; en el interior, en la media sombra de los vitrales, se oyen roces de telas suntuosas y discretos murmullos. Por todas partes hay alfombras. Y se dispusieron cinco filas de sillones delante del altar. Toda la nobleza se encuentra ahí, en su casa, con su Dios. Sin embargo, Maxime, impecablemente vestido, parece un poco pálido. Henriette llega de blanco en una nube de tul; también ella está muy emocionada, sus ojos están rojos, estuvo llorando. Cuando Monseñor Félicien extiende las manos sobre sus cabezas, ambos permanecen inclinados por unos segundos, con un fervor que produce una excelente impresión. Luego, el obispo habla de los deberes de los esposos, con voz melodiosa. Y los familiares se secan las lágrimas, sobre todo la Sra. de Bussière, que ha tenido un matrimonio poco feliz. La ceremonia concluye, entre perfumes de inciensos, en la magnificencia de los cirios encendidos. No es un lujo burgués, sino una distinción suprema, que refina la religión por las costumbres de gente bien nacida. Hasta la despedida final, después de la firma de las actas, la iglesia parece un salón.
Por la noche, cenan en familia, a puertas cerradas. Y, hacia la medianoche, cuando Henriette tirita en su lecho de bodas, con el rostro vuelto hacia la pared, siente súbitamente el beso de Maxime sobre su pelo. Entró sin hacer ruido, una vez que sus padres salieron. Se le escapa un grito, suplica que la deje sola. Él sonríe, intenta tranquilizarla como a una niña. Es demasiado caballero para no ser, en un primer momento al menos, extremadamente cuidadoso. Pero conoce bien a las mujeres, sabe cómo tratarlas. Se queda ahí, besándole las manos, murmurando tiernas palabras. No tiene nada que temer, ¿no es él su marido? ¿No tiene, acaso, el deber de velar por su adorada existencia? Pero, como ella se asusta cada vez más y se pone a sollozar llamando a su madre, le parece que debe precipitar un poco las cosas, para evitar que la situación se torne ridícula. Así, como buen hombre de mundo, corre un poco la lámpara, recordando muy oportunamente cómo había debutado con la pequeña Laurence, de las Folies, que también lo rechazaba, después de una cena. Henriette es mucho más educada que Laurence, no lo araña ni le pega patadas. Se resiste apenas, temblando de miedo; y le pertenece llorosa, afiebrada, sin atreverse a volver a abrir los ojos. Llora durante toda la noche, la boca pegada a la almohada para que no la oiga. Ese hombre acostado a su lado le produce una mezcla de repugnancia y terror. ¡Qué cosa horrible! ¿Por qué nadie le había hablado de eso? No se hubiese casado. Esa violación del matrimonio, su ignorancia, su dilatada y rígida juventud, que culminaba en esa brutal iniciación, se le aparece como una desgracia irreparable de la que jamás podrá reponerse.
Catorce meses más tarde, el señor ya no entra a la habitación de la señora. Tuvieron una luna de miel de tres semanas. El motivo de la ruptura fue muy delicado. Maxime, acostumbrado a la gran Antonia, quiso hacer de Henriette una buena amante, pero sus sentidos aún estaban adormecidos; y, fría por naturaleza, se negó a ciertos caprichos. Por lo demás, a partir del segundo día, comprendieron que jamás se llevarían bien. Maxime tiene un temperamento sanguíneo, violento y obstinado. Henriette es muy lánguida, sus gestos tienen una serenidad irritante, pero no es menos obstinada que él. Además, se acusan el uno al otro con la más oscura maldad. Sin embargo, como las personas de su categoría siempre deben salvar las apariencias, conviven en términos muy corteses. Cada cual pide noticias del otro por las mañanas, y se despiden con un saludo ceremonioso por la noche. Son más extraños que si vivieran a dos mil leguas el uno del otro, cuando en verdad sólo un salón separa sus cuartos.
Entretanto, Maxime volvió con Antonia; renunció a la idea de hacer carrera diplomática. ¡Qué idea tonta! Un de La Roche-Mablon no necesita involucrarse en política, menos aun en estos tiempos de desorden democrático. Algunas veces, cuando se cruza con la baronesa de Bussière, sonríe pensando que se casó inútilmente. Pero, más allá de eso, no lamenta nada. El título, la fortuna, todo está intacto. Ha vuelto a dar que hablar, pasa sus noches en el círculo, lleva la gran vida de un gentilhombre de la mejor raza.
Henriette se aburrió mucho al principio. Pero pronto comenzó a disfrutar intensamente de la libertad del matrimonio. Ahora manda preparar su coche unas diez veces al día, recorre las tiendas, visita amigas, goza de la vida social. Tiene todos los beneficios de una joven viuda. Hasta aquí, su gran tranquilidad de temperamento la ha salvado de caer en faltas graves. A lo sumo, dejó que le besaran la punta de los dedos. Sin embargo, por momentos, se siente muy tonta. Y discute pausadamente consigo misma si debe, o no, tomar un amante el próximo invierno.
II
Jules Beaugrand es hijo del célebre abogado Beaugrand, el célebre orador de nuestras asambleas políticas. Antoine Beaugrand, el abuelo, era un apacible burgués de Angers, de una familia de notarios muy apreciada en su provincia. Como el notariado no le había interesado, dilapidaba sus rentas tranquilamente. A diferencia de él, su hijo mayor, el célebre Beaugrand, muy activo y ambicioso, había hecho una bonita fortuna. En cuanto a Jules Beaugrand, tiene las altas aspiraciones de su padre, la vanidad de una posición importante, la necesidad de lujo principesco. Por desgracia, acaba de cumplir treinta años y comienza a sentirse mediocre. Primero, soñó con una banca de diputado, éxito de tribuna o una cartera de ministro tras la primera catástrofe gubernamental. Pero, en las reuniones de jóvenes abogados donde había ido a ejercitar su elocuencia, se descubrió un tartamudeo intolerable, una pereza de ideas y una pobreza expresiva que le vedaron definitivamente todo éxito político. Luego, estuvo indeciso por un tiempo, reflexionando si debía, o no, dedicarse a la industria. Los estudios especiales lo amedrentaron. Y, por último, se decidió simplemente por un estudio de procurador judicial. Su padre, que ya no sabía qué hacer con él, invirtió una fortuna en comprarle uno de los mejores estudios, cuyo último titular había ganado un buen par de millones.
Hace seis meses que Jules es procurador. Instaló su estudio en un oscuro piso de la calle Sainte-Anne. Pero vive en una mansión de la calle de Ámsterdam, pasa sus noches en reuniones mundanas, colecciona cuadros, intenta parecerse lo menos posible a un procurador. Sin embargo, siente que la fortuna tarda en llegar. A su alrededor falta lujo, por ejemplo una cena semanal con invitados importantes, o incluso un salón propio, abierto los martes por la noche, donde podría reunir a los amigos políticos de su padre. Llega a persuadirse de que un tren de vida más agitado, recepciones, cinco caballos en su caballeriza, en fin, una ampliación de toda su casa, sería una cosa excelente que duplicaría su clientela.
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