Kitabı oku: «El paraíso que no fue»


El presente trabajo se ha realizado bajo el amparo de los Proyectos de Investigación HAR201⅔2893 y PRCEU-UCH 13/02, financiados por el Ministerio de Economía y Competitividad y la Universi-dad CEU-Cardenal Herrera, respectivamente, y titulados La Catedral Ilustrada. Iglesia, sociedad y cultura en la Valencia del siglo XVIII.

© Del texto: Emilio Callado Estela, 2015
© De esta edición: Universitat de València, 2015
Coordinación editorial: Maite Simón
Maquetación: Inmaculada Mesa
Cubierta:
Ilustración: Manuel de Palacios (taller de los hermanos Cabrera), Santa Inés de Montepulciano, c. 1837-1841. Óleo sobre tela. Museo Histórico Dominico (Santiago de Chile) Diseño: Celso Hernández de la Figuera Corrección: Pau Viciano
ISBN: 978-84-370-9701-5
Vuestro es, Marcos y Nicolás…
ÍNDICE
PRÓLOGO de Enrique Martínez Ruiz
INTRODUCCIÓN
PRIMERA PARTE
1. DE LA FUNDADORA Y SUS OTRAS FUNDACIONES
1. Biografías para una santa
2. De la cuna al claustro
3. Nuevas fundaciones para la observancia
4. De vuelta a Santa María Magdalena
2. EL CONVENTO DE NUESTRA SEÑORA DE BELÉN
1. La cuarta revelación
2. El Paraíso de Dios
3. Tiempos recios
4. Nuevas tribulaciones
EPÍLOGO
SEGUNDA PARTE
Libro de fundación del monasterio de Nuestra Señora de Belén
1. Sitio y dotación del convento de Nuestra Señora de Belén, su fundador y dificultades que ocurrieron hasta su fundación
2. Entran las fundadoras en el nuevo convento de Belén. Refiérense al-gunas cosas del gobierno de la venerable madre sor Inés asta el día de su muerte
3. Sucessos en los prioratos siguientes asta la renovación de la iglesia
4. Trabajos del convento en los prioratos siguientes. Entra la Ciudad a visitar a las monjas enfermas
5. Vida de la venerable madre sor Inés del Espíritu Santo, antes Sisternes de Oblites, fundadora de este convento de Nuestra Señora de Belén y de Villarreal y Carcaxente
6. Copia del Libro de difuntas del convento de Nuestra Señora de Belén, de la orden de Predicadores, que escrivió la venerable madre sor Vicenta del Espíritu Santo, religiosa del mismo convento
FUENTES Y BIBLIOGRAFÍA
ÍNDICE ONOMÁSTICO DE RELIGIOSAS DOMINICAS
ÍNDICE ONOMÁSTICO Y TOPONÍMICO GENERAL
PRÓLOGO
Asistimos en la actualidad a una serie de renovaciones metodológicas de primer orden dentro de la Ciencia Histórica. Especialidades que estaban postergadas, desconsideradas o desarrolladas en círculos minoritarios, gozan ahora de una vitalidad extraordinaria. Tal es el caso de la historia eclesiástica, o si se prefiere Historia de la Iglesia, a la que se han incorporado de manera decidida muchos historiadores seglares, que han empleado ópticas de análisis diferentes, lo que ha enriquecido los enfoques aplicados hasta hoy, además de aportar rigor metodológico y búsqueda de nuevas fuentes, como contribuciones más destacadas de su quehacer.
Dentro de esta área histórica, el interés por el estudio de las órdenes religiosas ha ido en aumento y el panorama presente es francamente prometedor, ya que se ha liberado de los enfoques tradicionales, repetitivos y hagiográficos, que tanto habían constreñido su desarrollo. Algo muy de agradecer, pues a veces, cuando hablamos de órdenes religiosas, de clero regular, no somos muy conscientes de la amplitud y complejidad que encierra: órdenes monacales, mendicantes, observantes, descalzos, canónigos regulares, clérigos regulares, órdenes militares, hospitalarias, redentoras de cautivos…Esto por lo que respecta a las masculinas, pero también están las femeninas y, en algunos casos, la orden tercera. Por si fuera poco, dentro de cada uno de estos grupos, hay diversas comunidades; en el caso de las órdenes monásticas contamos con basilios, benedictinos, cluniacenses, cistercienses, cartujos, jerónimos, jesuatos, trapenses y las congregaciones de los bernardos y de Valladolid; por lo que hace a los canónigos regulares, además de los del Santo Sepulcro y los mostenses, existen las congregaciones de San Rufo, del Gran San Bernardo, de San Víctor y de Letrán. En las órdenes hospitalarias tenemos la del Espíritu Santo, la de los antonianos, la de San Juan de Dios y la de los camilos. Por lo que hace a las órdenes militares, las más conocidas son la de Malta, la del Temple, la del Santo Sepulcro, Santiago, Calatrava, Alcántara y Montesa, pues no citamos las medievales que desaparecen antes del inicio de los tiempos modernos. Referencia especial merecen las órdenes mendicantes, donde los franciscanos ven nacer en su seno, al lado de los conventuales, a los observantes, capuchinos y descalzos; también están los dominicos o predicadores, carmelitas, carmelitas descalzos, servitas, agustinos, agustinos descalzos, mínimos y recoletos de San Agustín. La redención de cautivos es la dedicación de trinitarios, trinitarios descalzos, mercedarios y mercedarios descalzos. Y en cuanto a los clérigos regulares, hay que citar a los del Buen Jesús, teatinos, barnabitas, somascos, jesuitas, de la Madre de Dios, regulares menores y escolapios.
No vamos a referirnos a las órdenes femeninas ni a las terceras. Si hemos hecho tal relación ha sido solamente para recordar la complejidad de este sector del clero y poner de manifiesto el ancho campo de estudio que constituye, donde queda mucho por hacer en una tarea en la que no caben las prisas. Dado que dichos institutos religiosos están repartidos por toda la geografía de la Monarquía, su existencia presenta múltiples variantes que impiden las generalizaciones y solo mediante estudios más o menos locales podremos llegar a reconstruir las piezas de semejante mosaico, pues la regla de cada orden es un denominador común, de carácter general, que prevé las líneas maestras de la convivencia, pero no constituye un condicionante de todos los pormenores de la vida comunitaria y de las relaciones del cenáculo con el exterior. Decir que cada convento o monasterio es un mundo, no es exagerado. El contenido de las páginas de este libro es una buena demostración.
Desde hace mucho tiempo sigo con interés las investigaciones del Profesor Emilio Callado Estela, que lo han convertido en un gran especialista en historia eclesiástica y de los mejores –el mejor ¿tal vez?– en el caso del clero valenciano durante la Modernidad. Su producción es de una gran variedad. Nos ha ofrecido estudios biográficos como los dedicados a los hermanos Crespí de Valldaura, Luis y Francisco, al inquisidor general fray Juan Tomás de Rocabertí, a los arzobispos fray Isidoro Aliaga y fray Pedro de Urbina y la primorosa edición de la obra escrita por el jesuita Francisco Escrivá titulada Vida del illustríssimo y ecxcellentísmo señor don Juan de Ribera, patriarca de Antiochia y arzobispo de Valencia, cuyo estudio preliminar comparte con M. Navarro Sorní. También nos ha brindado retazos de la vida cotidiana de clérigos y seglares. Ahí están sus trabajos sobre el intento de beatificación de Francisco Jerónimo Simó y las controversias inmaculistas; el que relata la participación del clero valentino en la revuelta de los labradores de la Huerta de 1663; o –por citar uno más– el que analiza los sínodos, las fiestas y la religiosidad popular en la Valencia del Seiscientos. No menos interesantes son aquellas investigaciones en torno a las relaciones y conflictos jurisdiccionales, de una u otra índole: los choques de competencias entre la curia episcopal y el banco regio, las relaciones entre mitra y cabildo metropolitano y las cuitas internas en el seno de este último, protagonizadas por canónigos, dignidades, beneficiados o pavordes.
Basten estas muestras para dar una idea de la variada producción investigadora de Emilio Callado, cuya última obra –por lo menos de la que yo tengo conocimiento– está dedicada al convento dominicano de Santa Maria Magdalena de Valencia, comunidad femenina aparecida en varias ocasiones en el libro que ahora prologamos, una obra que, desde mi punto de vista, resulta tan valiosa como interesante por diversos motivos.
Por lo pronto, nos ofrece una fuente eclesiástica nada usual, como es el relato de la fundación de un monasterio. Pero en este caso es mucho más. Se trata del Libro de fundación del monasterio de Nuestra Señora de Belén. En la primera parte del volumen –en lo que podría considerarse una introducción– el autor reconstruye los orígenes de dicho cenobio y el entorno en que se desenvuelve su vida, lo que hace con una profusa información bibliográfica, repartida en las abundantes notas que perfilen el contexto histórico de tal convento, así como una variada documentación que amplía la información en aspectos en que el libro fundacional no es tan explícito. En esta introducción vamos a conocer a las principales personas directamente vinculadas a la fundación, la dirección y la cotidaneidad cenobial, tanto seglares como religiosas.
Entramos luego, directamente, en el Libro de fundación, cuyo contenido no puede ser más interesante, al suscitar reflexiones e interrogantes que no son fáciles de responder. La figura de la fundadora, sor Inés Sisternes de Oblites, es realmente sorprendente, una de esas personalidades desbordantes de nuestro siglo XVII. Su vida es minuciosamente relatada. Alma mater de los conventos de Vila-real y Carcaixent, además del de Belén, su actividad pastoral y fundacional la vinculan noticias y biógrafos a revelaciones que recibe del Cielo, de Jesús, gracias a las cuales sabrá qué debe hacer y cuándo.
Evidentemente, si repasamos relatos hagiográficos, el caso de la madre Sisternes no es único. Pero si quiero llamar la atención de que, desde la aparición de los alumbrados, la Inquisición vigila atentamente toda esta clase de manifestaciones que impresionan la mentalidad popular y provocan el recelo de la jerarquía eclesiástica por lo que puedan tener de superchería o superstición. La figura y la conducta de la fundadora del convento de Nuestra Señora de Belén debían ser ejemplares en todos los sentidos, trascendiendo al público y gozando del beneplácito clerical.
Y ya que hablamos de la citada monja, esta fuente nos habla también de otras dominicas del cenobio, merced a que incluye Copia del Libro de difuntas del convento escrita por sor Vicenta del Espíritu Santo, profesa de esa comunidad. Son veintidós las defunciones anotadas, donde puede verse –como pauta general– el nombre religioso de la difunta, su nombre en el siglo –o sea, antes de profesar–, algunas referencias a su familia, cuando profesó, edad de su muerte y algunas de las circunstancias en que se produjo el óbito. En los primeros registros, las necrológicas son más bien breves. A medida que vamos penetrando en el Libro de difuntas, sin embargo, aumentan su contenido, ganando en extensión y complejidad. En cualquier caso, datos muy valiosos porque exceden el valor estrictamente religioso y suministran informaciones bastante variadas. Veamos unos ejemplos.
De sor Esperanza de San José (reseñada con el número II), nos dice:
[…] padeció por espacio de diez años una enfermedad de fuego del hígado, penosíssima, porque en las manos continuamente le corrían sangre y materia de las llagas y cortes que en ella tenía […] Quando murió, la mano que había padecido mal estava tan hermosa y transparente que era gozo mirarla.
Sobre sor Margarita del Rosario (IV), escribe que:
[…] para todo tenía habilidad y gracia. Era limpísima y muy amiga de lavar y que todo estuviese curioso y aseado. Era hortelana quando murió y tenía las manos rústicas y quemadas del sol; y después de muerta se le clareavan de blancas, suaves y hermosas.
En cuanto a sor María Micaela de la Purificación (IX) padeció
[…] con mucha paciencia ocho meses una llaga en un pie, muy penosa, y la enfermedad también lo era por no poderla dar remedio el médico por sus pocas fuerzas, la calentura maligna y destemplanza de estómago que padeció mucho.
Son noticias escuetas, aunque de indudable valor por mostrarnos cómo se vive la muerte en el claustro y por los cuadros clínicos que refiere.
Junto a estas breves necrológicas, encontramos otras más prolijas, como las de las madres María Ignacia de la Encarnación (X) o Victoria de San José (XI). Pero en lo que a extensión se refiere se llevan la palma las de sor Margarita de la Santísima Trinidad (XV) y sor María Magdalena de San Joseph (XVII). Estos casos –los más representativos, pero no los únicos– son bastante elocuentes, ya que presentan largas relaciones de sus virtudes, que las convierten en modelos dignos de imitación, siendo fácil advertir un tono moralizante; además, abundan noticias del entorno de la monja que incrementan sensiblemente los datos biográficos, hasta el punto de parecer hallarnos más ante una biografía que una necrológica.
Pero no nos quedemos solo con esto. La fuente que nos ocupa, rescatada del olvido por el Profesor Callado, es un libro de fundación y, por tanto, es un aspecto fundamental de su contenido y en su lectura encontramos pormenores interesantes y curiosos, de los que no nos resistimos a hacer una selección para motivar la curiosidad y el interés del lector. La redacción podríamos considerarla «providencialista», en el sentido de que todos los trances por los que pasa el convento, sean alegres o tristes, se aceptan para mayor gloria y honra divinas. Y si hace un momento hablábamos de necrológicas, veamos el relato sobre las circunstancias en que se producen algunos óbitos:
Este trienio [1696-1699] fue muy calamitoso y penoso, que hubo mucho que ofrecer al Señor. Sea bendito por eternidades sin fin. Todos los tres años huvo continuamente enfermas, y a tiempo cinco y seis camas, y semanas huvo de nueve camas. Muriéndose cuatro religiosas […]. Con estas muertes y enfermedades continuas y pocas conveniencias del convento, se passó lo que un solo Dios sabe. Bendito sea para siempre jamás. Amén.
En sus páginas aparecen todas las vicisitudes de la vida conventual. Aquellas que inciden positivamente en la comunidad, como las que anuncian ayudas y favores:
Con estas buenas nuevas, me llamó el padre confesor para que diesse las gracias a todos aquellos señores que tan liberales y con tan cariñoso afecto havían discurrido altamente en beneficiarnos y favorecernos con tanta caridad y benevolencia y magnanimidad […] fuí allí a cumplir con mi obligación y rendirles las debidas gracias de parte de toda esta comunidad y mía. Y los hallé a todos muy alegres y gustosos de favorecernos.
Tampoco faltan las que refieren dificultades económicas que endurecen la existencia de las monjas, como la que sigue:
[…] con tantos altos y bajos como sucedían, yo me hallava sin un dinero, ni en todo este tiempo […] no pude cobrar de las rentas del convento ni un dinero, ni podía hallar quien me prestase ni con prendas. Escriví a innumerables personas de Valencia que lo podían hazer, y todos se escusavan sin socorrerme ni aliviarme […].
Sin embargo, el relato adquiere su mayor intensidad –por lo menos, a mí me lo parece– cuando describe los difíciles momentos que vivió el convento al responsabilizarlo la opinión generalizada de las muertes que se estaban produciendo:
Con estos y otros innumerables ultrajes motejavan el convento con tanta certeza como si fuera Evangelio; y con tanto desprecio y odio que no había alma criada que se acercara al torno a pedir una gota de agua. Ni un punto de labor trahían porque no se les pegasse el mal. Porque los que se morían en la ciudad dezían, era de la ropa que se avía cosido o bordado aquí. Con que no avía otra conversación en calles, esquinas, plazas, estrados y casas, sino murmuraciones e injurias de este despreciado y pobre albergue de Belén.
Una situación crítica a la que contribuían, incluso, miembros del clero masculino, con los consiguientes efectos destructivos de la fama de Nuestra Señora de Belén y los ecos negativos entre la feligresía:
Por otra parte, el padre prior iva publicando que se habían muerto diecisiete éticas, sin distinguir que era en muchos años y todos creían que avían muerto entonces.
Por eso, no puede sorprender que se produjeran escenas como la siguiente, pues los rumores y maledicencias que corrían por Valencia actuaban como elemento disuasorio para ingresar en la comunidad:
[…] vino una señora de Ayora con su madre y otras compañeras, que venía a tomar el hábito, que se avía concertado su entrada de antemano y trahía mil ducados de dote […] diziendo eran forasteras […] se fueron […]. Dieronme noticia de esto las madres torneras, presumiendo si era la monja que aguardábamos […] El padre Royo […] habló a las señoras, y tratando de la entrada halló que no quería entrar en este convento, porque por el camino, y en particular en Algemesi, les avían dicho tantas cosas del convento y que de todos era aborrecido y menospreciado, diziendo mil injurias y escarnios de él, que de ninguna manera quería ser monja de este convento.
Pero el convento superó todas esas vicisitudes. Emilio Callado nos relata el desenlace de la historia, prolongando su estudio con una serie de referencias sobre los derroteros de la fundación a lo largo del siglo XIX y parte del XX, hasta 1972, fecha en que podemos dar por concluidas la crónica y vida de esta comunidad, integrada desde entonces en el convento de la Inmaculada Concepción de Torrent.
Por lo demás considero un acierto pleno la edición de esta fuente conventual femenina, que su responsable anota con profusión y acierto. Su solvencia como historiador avezado en estos temas y la consideración y reconocimiento de que goza entre colegas y especialistas hacían innecesario este prólogo, que escribo con agrado y satisfacción, pues no sólo me permite expresar públicamente mi reconocimiento a su trayectoria investigadora, sino también haber leído en primicia este libro, cuya publicación, como decía, considero conveniente y acertada. Otro acierto del Profesor Callado.
No me queda más que desear que cuando el lector concluya la lectura de estas páginas, piense lo que yo: que el tiempo empleado ha merecido la pena.
Julio 2014
ENRIQUE MARTÍNEZ RUIZ
Universidad Complutense de Madrid
INTRODUCCIÓN
Con ocasión de nuestra primera incursión en el tema objeto de estas páginas,1 recordábamos que la preocupación por las órdenes religiosas, como objeto de investigación, análisis e interpretación histórica, tiempo ha que empezó a liberarse de tonos hagiográficos tradicionales, planteamientos y lenguajes clericales para convertirse en territorio de historiadores de oficio.2 Ya en la década de los sesenta del pasado siglo los monasterios medievales franceses eran estudiados sistemáticamente con criterios acordes a los nuevos tiempos. En España, donde la historia del clero regular abandonó los claustros con posterioridad, ha sido uno de los capítulos más y mejor atendidos por la historiografía de las últimas décadas, al menos para la época moderna.3 Aunque no todas las religiones ni todos los lugares se han beneficiado por igual de esta tendencia. Los dominicos de la Provincia de Aragón, por ejemplo, continúan sin suscitar suficiente interés entre los investigadores, pese a los meritorios esfuerzos de algunos trabajos colectivos bastante recientes coordinados por la Profesora R. M.ª Alabrús.4 Ni siquiera los grandes establecimientos blanquinegros, diseminados a lo largo y ancho de los territorios de la antigua Corona de Aragón, cuentan con estudios adecuados. No los masculinos, desde luego. Pero menos los femeninos, prácticamente ajenos al protagonismo cobrado por las mujeres en el proceso de renovación temática y metodológica experimentado por la historia5 y su impacto en el análisis de las órdenes religiosas.6
Quizá sea el caso valenciano uno de los más elocuentes. De los conventos monjiles aquí fundados por la orden de Predicadores desde la Reconquista cristiana, poco se sabe más allá de los datos consignados en las obras de carácter general que tratan de pasada algún aspecto de la vida monacal,7 a menudo desde una perspecticva eminentemente economicista;8 o en las propias crónicas dominicanas, de las que la obra clásica del padre Francisco Diago constituye el mejor exponente.9 Mucho han tenido que ver en ello las vicisitudes padecidas por estos establecimientos como consecuencia tanto de la desamortización de bienes eclesiásticos y la desaparición de algunas de las comunidades religiosas como de la guerra de 1936. Unas y otras motivaron la dispersión de su documentación histórica, azarosamente repartida entre los principales archivos del Estado, cuando no la irreparable pérdida de la misma.10
Véase si no el panorama ofrecido por los tres cenobios femeninos asentados en la capital del Turia. Santa María Magdalena, decano de todos ellos, con anterioridad a la deblacle documental de los siglos XIX y XX, tuvo la fortuna de ser historiado, sólo en parte y con criterios alejados todavía del rigor científico propio de las Luces, por el dominico V. Beaumont de Navarra.11 Nosotros mismos acabamos de dedicarle una monografía, a la que antes se hacía mención.12

Desde una perspectiva muy tradicional todavía, hace ya un par de décadas, fray Adolfo Robles Sierra se ocupó in extenso de Santa Catalina de Siena, levantado en la postrera década del Cuatrocientos y –a diferencia de los otros dos conventos– todavía en pie y activo aunque fuera de su emplazamiento original.13

Mediado el Seiscientos echaba a andar el tercer establecimiento religioso en cuestión, Nuestra Señora de Belén, el de más corta vida y peor conocido con diferencia debido a la pérdida de su archivo histórico, y con él la historia oficial del mismo, elaborada en la décimo octava centuria por el también dominico J. Teixidor, según su propio testimonio:
[…] este convento lo tengo largamente escrito en un tomo en folio, que guardaban en su archivo las monjas, que no está concluido, i ellas hicieron enquadernar sin decirme palabra; i por esto se encuentra sin frontis i sin prefación, y la falta de tiempo no permite que yo le concluya.14
Resulta fácil, pues, justificar la pertinencia del trabajo que ahora presentamos sobre este último cenobio, y más particularmente sobre sus albores, comprendidos entre 1665 y finales del siglo XVII. Etapa siempre decisiva en la singladura de cualquier nueva fundación religiosa, nunca exenta de dificultades y complicaciones, pero especialmente enrevesadas en el caso que nos ocupa. Lo revela así el hasta ahora inédito Libro de fundación del monasterio de Nuestra Señora de Belén de Valencia, cuyo centenar largo de folios, magníficamente conservados en el Archivo del Convento de la Inmaculada Concepción de Torrent, dan noticia de tal establecimiento, de su artífice sor Inés Sisternes de Oblites, de las monjas que constituyeron la primitiva comunidad y de sus primeras grandes prioras, sor Margarita Mascarell –entre 1672 y 1681 y 1684 y 1690– y sor Vicenta Castell –de 1690 a 1693 y de 1696 a 1699– sobre todo.

La autora del citado libro, religiosa anónima, belemita sin lugar a dudas, aunque de una generación algo posterior a los hechos en él narrados, ocuparía con su obra un lugar propio entre las plumas femeninas del ámbito valenciano de la época, tanto dominicanas15 como de otras órdenes religiosas en general.16 Más o menos coetáneas a ella, y algo mejor conocidas, lo fueron sin duda sus hermanas de hábito sor Julia Ferrer, de la ilustre familia del mismo apellido e hija de convento capitalino de Santa Catalina de Siena, con la Vida de sor Gabriela de la Presentación, religiosa del real convento de Santa Catalina de Sena de la ciudad de Valencia;17 y sor María Teresa Agramunt, de la comunidad hermana de Corpus Christi de Vila-real, responsable del Libro de las religiosas que murieron en aquel convento con más fama de santidad.18
A todas luces, sin embargo, no fue nuestra monja tan original como las madres Ferrer y Agramunt, al emplear en su narración manuscrita –entre otra documentación hoy desaparecida– los relatos de la atrás referida sor Vicenta Castell, testigo directo de los acontecimientos descritos en el Libro de fundación que ahora interesa. «Muger adornada de toda la variedad de las virtudes y de una verdad inalterable», en palabras del bibliógrafo V. Ximeno, había nacido esta última fémina el 24 de enero de 1646 en la localidad castellonense de Vistabella, desde donde se trasladó a Valencia, en fecha incierta, para ingresar en el convento de Nuestra de Belén y profesar en él, con el nombre de sor Vicenta del Espíritu Santo, el 9 de marzo de 1670, ejerciendo desde entonces diferentes responsabilidades de gobierno.19
Un par de opúsculos son lo que, tradicionalmente, han sido atribuidos a nuestra religiosa. En primer lugar, De la entrada del magistrado de la Ciudad con sus médicos en el monasterio de Santa María de Belén por setiembre del año 1698. O lo que es lo mismo, la crónica viva de los sucesos acaecidos en esta comunidad como consecuencia de unas virulentas fiebres hectíquicas que, a punto de concluir la decimoséptima centuria, trajeron consigo la ruptura de la clausura por parte de las autoridades municipales. Relato como éste, tan rico en detalles, nada tendría que envidiar a los de otros dietaristas del momento, varones en su inmensa mayoría, como el popular beneficiado de la catedral de Valencia mosén Joaquín Aierdi.20 Y ello pese a la modestia con que sor Vicenta se confesaría en el prólogo de su narración:
Para memoria de las venideras quiero escrivir lo que sucedió en la entrada de la Ciudad en este convento de Nuestra Señora de Belén. Y para dar alguna noticia al historiador o cronista, que piadosa y caritativamente quiera emprender el sacar a luz la historia o crónica de este convento desde su fundación […], aunque con tan mal cortada pluma y estilo a lo pastoril y grosero; que como alcanzo poco y no sé mi mano derecha, me podrá perdonar el ingenio agudo y delicado que esto leyere; que como soy betlemita, soy rústica y pastorcilla ignorante, que en la cueva y portalejo de Belén, aunque ay ángeles, también ay jumento y bestia. Esa soy yo, y me tengo por muy dichosa de estar entre ángeles, y que su ardiente caridad sufra en su santa compañía a este jumento y bruto animal con tanta paciencia y sufrimiento, no siendo de provecho sino para continua mortificación de este coro angélico. A no ser tan perfecta su caridad era imposible el sufrirme, porque es imponderable mi grosería y torpeza. Y assí conozco que su relevada virtud y perfección las impele a soportar con su gran prudencia a esta bestia indómita y sin razón, ejercitando las virtudes de caridad, paciencia, humildad, piedad y resignación con todas las demás que a cada passo las doy ocasión de exercitarlas. Sea el
Señor bendito por su infinita bondad y misericordia, que permite con su inmensa clemencia y piedad que la lana sucia esté con la limpia, el cieno hediondo y sucio con el oro puríssimo y el tizón del infierno en compañía de puríssimos serafines y caríssimas esposas de mi Dulcíssimo Jesús, mi amor. ¡Oh gloria de mi pobrecita alma! No permitáis, Bien mío, que yo sea Judas en este místico apostolado vuestro, sino dadme luz para aprender de esta sapientíssima escuela y dechado de perfección en que vuestra bondad misericordiosamente me ha puesto sin méritos míos. No permitáis que borre yo el lustre y hermosura con que resplandecen estas estrellas de este místico firmamento y cielo estrellado de Belén.21
De carácter bien diferente resulta el segundo título alumbrado por la madre Castell, bajo el epígrafe Vidas de las monjas que resplandecieron en virtud desde la fundación del monasterio hasta 1700.22 Un total de veintidós breves biografías –fieles a la más pura tradición hagiográfica, tan en boga por aquellos días23– de muy desigual extensión y compuestas –a veces a partir de testimonios de las propias difuntas– como modelo de vida para las futuras generaciones de religiosas, belemitas en particular o dominicas en general. Los nombres de sus protagonistas, fecha de profesión en la vida consagrada y óbito se ofrecen a continuación:
Ambos escritos fueron incluidos en el Libro de fundación del monasterio de Nuestra Señora de Belén de Valencia.24 Del siguiente modo justificó su anónima compiladora el uso en éste de los papeles de sor Vicenta Castell, cuya modestia trataría de emular:
Aunque pudiera escrivir las memorias de las venerables religiosas de este convento con estilo más lacónico y conciso del que las escrivió la venerable madre sor Vicenta del Espíritu Santo, me ha parecido más conveniente copiarlas con las mismas palabras. Lo primero, por ser esta venerable señora testigo ocular de quanto escribe; y lo segundo, porque no halla mi ignorancia otras vozes igualmente significadoras de lo que quiere dezir, y fuera quitarles el espíritu y alma que les da su autora. Las más de las vidas que escrivió tienen interpolados altíssimos sentimientos de muchas virtudes y repetidas exclamaciones lleníssimas de finíssimo amor de Dios. Y este lenguaje es oscuro para mí, que tanto ignoro de esta divina sabiduría. Algunas cosas parecen impertinencias, pero como sólo las copio para el uso de las religiosas del mismo convento me parece cierto que, para su consuelo y enseñanza, nada les parecerá sobrado leyendo con afición estas memorias. Es verdad cierta que en los libros, como en las tiendas de varias mercaderías, lo que unos desprecian a otros será muy útil. Son mesa de variedad de manjares; cada cual echa mano a lo que más gusta, y lo que a uno fastidia será para otro recreo. No obstante, será preciso alguna vez colocar las noticias que esta venerable madre escrive incidentemente en su propio lugar, pero siempre será con las mismas voces que ella lo escrive, añadiendo sólo lo que ella omitió por parecerle no necessario. Por exemplo, los padres, patria, recepción, professión de las religiosas.25