Kitabı oku: «¿Podemos vivir en una civilización sin dios?»
¿PODEMOS VIVIR EN UNA
CIVILIZACIÓN SIN DIOS?
Seminario - Segundas Marcas
Seminario de psicoanálisis
Emilio Vaschetto y Jorge Faraoni
Bruno Masino
(Coordinador)

SEMINARIOS
Créditos
Colección Seminarios
Título original:
¿Podemos vivir en una civilización sin dios? Seminario - Segundas marcas
© Emilio Vaschetto y Jorge Faraoni, 2021
© Los derechos de cada capítulo pertenecen a cada uno de los autores que participan en esta compilación.
© De esta edición: Pensódromo SL, 2021
Esta obra se publica bajo el sello de Xoroi Edicions.
Diseño de cubierta:
María Villaró Lupón – Pensódromo
Establecimiento del texto:
Bruno Masino, Jorge Faraoni y Emilio Vaschetto.
Correcciones:
Ricardo Ezequiel Gandolfo y Gabriela Rodríguez.
Editor: Henry Odell
e–mail: p21@pensodromo.com
ISBN ebook: 978-84-124848-3-0
ISBN print: 978-84-123372-5-9
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar, escanear o hacer copias digitales de algún fragmento de esta obra.
Índice
1 Segundas marcas. Seminario escrito
2 1. Apertura
3 2. Cómo salir de la coronalengua
4 3. La depresión como segunda marca
5 4. El malestar en la cultura, remasterizado
6 5. El fenómeno del tatuaje
7 6. Reversiones del cuerpo
8 7. Puntualizaciones sobre la marca
9 8. Corte y puntuación
10 9. Spleen de la marca
11 10. Marcas en el cuerpo pornográfico
12 11. Adixiones, con una x
13 12. El analista marca
14 13. De las marcas del amor o del (des)amor por la marca
15 14. ¿Hay alguien ahí?
16 15. Marca y psicosis
17 16. La marca del caso: entre lo indecible y lo ilegible
18 17. El hilo invisible
19 ANEXOS
20 Casos marcados
21 El vacío de la marca
22 Epílogo
23 Bibliografía citada en el seminario
24 Sobre los autores
Agradecimientos
Nuestra gratitud a quienes hicieron posible este trabajo en virtud del dictado de las clases y de sus intervenciones como público asistente. Enseñantes y participantes dejándose enseñar, esta publicación se transforma en la consecuencia necesaria de sus dichos.
Además, cabe una especial mención a quienes participaron de manera decisiva en el proceso de construcción de este libro.
A Ricardo Gandolfo, por la lectura detallada y el trabajo sobre la escritura de las clases y a Gabriela Rodríguez, por sus rectificaciones y la interlocución siempre fructífera para orientar la escritura.
Al equipo de desgrabaciones, por su disposición en lo que fue el primer movimiento de este libro —el paso del registro de audio y video al papel— proceso arduo y fundamental para lo que vino después.
A Henry Odell, por su confianza y decisión editorial.
Finalmente, nuestra gratitud hacia la Escuela de la Orientación Lacaniana, medio y contexto en el que este seminario pudo propiciar un espacio de debate y de transmisión del psicoanálisis.
Jorge Faraoni
Bruno Masino
Emilio Vaschetto
Febrero de 2021,
Ciudad de Buenos Aires.
Segundas marcas. Seminario escrito
¿Cómo pensar una civilización sin dios?
Tal era la consigna que resonaba en nuestro argumento hasta que la peste llegó a la puerta de nuestros hogares. Todo se acomodó con velocidad y el furor por las pantallas también contagió al psicoanálisis. Hablábamos en aquel argumento de la «consistencia provista por los dispositivos publicitarios» superando las posibilidades de lo simbólico, y así vimos amanecer un nuevo lenguaje. La crítica al monoideísmo —que destilaba nuestra formulación—, lejos de diluirse en la situación excepcional de la pandemia, se acentuó. Lo pan disipó, en gran medida, las posibilidades de lo singular y nuestra propuesta no solo se tornó necesaria sino urgente.
Segundas Marcas es el título del seminario diurno, dictado en el año 2020 en el marco de la Escuela de la Orientación Lacaniana. Este volumen recoge las transcripciones de las clases, las cuales fueron revisadas, corregidas y establecidas mediante puntuaciones, a los efectos de hacer su lectura ágil y orientada. Bien podríamos decir que esta publicación es la continuidad escrita del seminario. Deseamos, por lo tanto, que sea el más fiel reflejo del espíritu de debate y de elaboración continua, gestado a lo largo de todo un ciclo.
Al iniciar nuestra tarea, el acontecimiento pandémico nos obligó a una transmisión remota de la enseñanza. Esto modificó la dinámica habitual de las reuniones, pero lejos de acotar las posibilidades, abrió un ámbito de conversación inesperado a medida que se iban sumando colegas de distintos puntos geográficos.
En tiempos de generalización del trauma, de uniformidad, de coronalengua, hoy más que nunca sigue reverberando una pregunta: ¿dónde reside la Marca más singular del sujeto?
Quizás el lector pueda encontrar aquí algunas respuestas. Por nuestra parte nos contentamos con haber dejado el trazo de las preguntas.
Este seminario fue dictado entre marzo y diciembre de 2020, en el marco de los seminarios diurnos de la Escuela de la Orientación Lacaniana. Tuvo como responsables a Jorge Faraoni y Emilio Vaschetto y la coordinación estuvo a cargo de Bruno Masino. Las desgrabaciones fueron llevadas a cabo por Ivone Guzmán, Elba Beatriz Lauc, María Luisa Sánchez Chiappe, Soraya Merino Marcos, David Irigoyen y Gustavo González.

Afiche de promoción del seminario «Segunda Marcas»
1 Apertura
Clase de apertura del 26 de marzo de 2020 a cargo de Jorge Faraoni y Emilio Vaschetto
Jorge Faraoni
Bienvenidos todos. Hoy, gracias a esta plataforma de trabajo, tenemos la posibilidad de encontrarnos pese a la situación generada por el virus. La tecnología nos da posibilidades, pero también provoca pérdidas; en este caso, la imposibilidad del contacto físico. Y, aunque necesario en este período de cuarentena, no me siento del todo cómodo con este dispositivo.
Este es el cuarto año consecutivo de nuestro seminario. Cuando el año pasado terminábamos el seminario «Machismo», pensamos titular el siguiente «Segundas Marcas», vinculándolas al malestar en la cultura de hoy, y que nos lleva a interpelar los conceptos con los que fuimos formados en psicoanálisis.
Tomamos la pregunta por el malestar en la cultura actual vinculándola siempre con la clínica. Consideramos que malestar y clínica son fenómenos circulares que no pueden ser pensados uno sin el otro y su insistencia da cuenta de lo que Lacan llama «lo imposible de soportar». Así lo mencionamos también en el artículo incluido en el libro Estudios sobre lo real en Lacan1, compilado por Jonathan Rotstein y en el que participan varios colegas del Campo Freudiano.
Junto a Emilio nos habíamos planteado algunas líneas que nos ayudasen a desbrozar el camino a recorrer durante este año, pero irrumpió la pandemia del coronavirus. Inesperada e inédita, conmocionó el orden en el que se encontraba la civilización. Un virus ha ocupado el centro de la escena —menuda paradoja o particularidad la de una escena ocupada por algo invisible—. Ahora todos somos sospechosos de ser portadores, ya sea asintomáticos o infectados. Esto impactó en el corazón de nuestro seminario y, si bien nos embargó la duda acerca de comenzar, no solo el entusiasmo, sino también la propia realidad de la pandemia, hizo que lo pusiéramos en marcha. Un acontecimiento que golpea en el centro del recorrido de lo que venimos haciendo en estos años: servirnos de los conceptos del psicoanálisis, sin necesidad de forzarlos, para interrogar las transformaciones permanentes de la civilización. Si bien sospechamos que la pandemia cambiará la vida de las personas en muchos aspectos, no es nuestro interés hacer cálculos ni pronósticos sobre cómo será el mundo poscoronavirus. Empezaremos trabajando bajo la modalidad virtual y nos volveremos a reencontrar personalmente en la Escuela de la Orientación Lacaniana —que es el ámbito donde siempre se vino desarrollando el seminario— cuando finalice la pandemia.
La marca cultural
Una primera línea que quiero tomar corresponde a El malestar en la cultura y se refiere al conflicto que plantea Freud entre la pulsión, con ese esfuerzo constante (Drang) que viene desde el interior, y la represión que ejerce la moral acorde a la cultura. Lo que me interesa señalar son dos cuestiones: lo invariable de la pulsión, y lo variable de la cultura. Un modo de aproximarse a lo pulsional de un sujeto es interrogar y entender la lógica de la cultura a la que pertenece. Hoy en día cada tribu urbana tiene sus marcas culturales, las cuales muchas veces se traducen en inscripciones en el cuerpo.
En el seminario 7, La ética del psicoanálisis, Jacques Lacan dice una frase que me parece oportuno señalar para remarcar estos dos vectores: la cultura y la pulsión.
Freud aporta, en lo tocante al fundamento de la moral, la afirmación del descubrimiento creo yo, de que la ley fundamental, la ley primordial, aquella en la que comienza la cultura en tanto que se opone a la naturaleza —pues ambas cosas están perfectamente individualizadas en Freud en el sentido moderno, quiero decir en el sentido que Lévi-Strauss puede articularlo hoy en día—, que la ley fundamental es la ley del incesto2.
Esto implica que, por un lado, están la cultura y la pulsión, y por otro, la naturaleza como aquello ajeno a lo humano. Por supuesto, estamos ubicando en este texto de Freud una época en la que hay que considerar a la cultura operando de un modo homogéneo, un discurso que define nítidamente lo que está bien y lo que está mal, lo que se segrega y lo que está aceptado. Es una lógica cultural que bien podría nombrarse el para todos, un para todos que hace tope con el cuerpo pulsional que no cesa de respetar su propio circuito. En el mismo capítulo del seminario citado, Lacan da una hermosa definición del mal que toma de un amigo poeta al que no nombra:
[…] el problema del mal no vale la pena ser examinado hasta que no se haya abandona la idea de la trascendencia de un bien cualquiera que podría dictar al hombre deberes. Hasta entonces la representación exaltada del mal conservará su mayor valor revolucionario3.
No solo me gusta cómo está dicho sino que, además, esclarece la dimensión del mal como algo de un orden anterior al bien. Algo que también sitúa Freud en El malestar…, pero que en este párrafo en particular se halla mejor explicitado.
La fuerza pulsional (o lo real, para forzarlo un poco) intenta perforar todo el tiempo ese bien propuesto por la cultura o, dicho de otra manera, la cultura es el intento fallido de cubrir el mal. En definitiva, lo real se encuentra por fuera de la naturaleza y, por definición, es inaccesible al sujeto.
Agustín, Eagleton y el mal en el origen
Emilio Vaschetto
Siguiendo en la estela de lo que comentaba Jorge hago una breve acotación sobre la frase de Lacan ya que de alguna forma es una reseña de nuestros seminarios anteriores: la historia de la naturaleza empieza con el bien, pero la historia del hombre empieza con el mal. San Agustín, en La ciudad de Dios, menciona eso mismo. Es a través del asesinato de Abel donde comienza el acto civilizatorio humano. O sea, a través de un acto absolutamente abyecto cuyo agente es Caín. Y el otro aspecto que tomamos de Lacan, a la luz de nuestro seminario de 2018 («El mal start en Occidente») es lo que llama «el enigma del mal». Si hubiese sido tan fácil reducir el mal a la pulsión de muerte, no hubiéramos tenido nada que decir. No obstante, decidimos tomar el aspecto bífido del mal start como una dimensión del malestar actual —el mal comienzo, el traspié, el fracaso— y además el mal como enigma.
Jorge Faraoni
Recordemos también lo que aporta Terry Eagleton —crítico literario y escritor británico y católico— en su libro Sobre el mal:
[…] el pecado original no tiene que ver con nacer santo o maligno sino con haber nacido. El mal por tanto es una forma de trascendencia aunque desde el punto de vista del bien sea una forma torcida y quizá sea la única forma de trascendencia que queda en un mundo post religión4.
Subrayo la última frase, ya que lo posreligioso tiene algo muy lacaniano, más aún si lo vinculamos con el Otro que no existe. Ahora bien, quiero detenerme en lo variable de la cultura, aspecto que mencionamos en el texto del libro de Jonathan Rotstein y en un artículo complementario publicado en Libertad de pluma5. Como decíamos, la cultura de la época freudiana posee una configuración homogénea. A partir del trabajo de Jacques-Alain Miller El Otro que no existe y sus comités de ética6, se resalta lo heterogéneo. En el escrito ya mencionado7 aparece, a nuestro modo de ver, un tercer Otro. Miller en otro de sus trabajos, Un esfuerzo de poesía8, denomina a esa tercera forma «un Otro que existe» —que bien podría ser Trump— y que, por el año en que fue realizado el seminario, lo ubica en Bush. Actualmente estamos en una época en la que el imperativo empuja a gozar, borrando o pasando por alto cualquier barrera que intente hacer de tope. Las adicciones, la obesidad y hasta la acumulación de riqueza, son ejemplos de «un lleno» que no logra saciar el vacío provocado por el circuito pulsional.
Me interesa señalar esto por el solo hecho de ubicar cuál es la época en la que viene a incorporarse el coronavirus. Sobre esta civilización que empuja a gozar, ahora los gobiernos dan la orden de quedarse en casa. Vale decir, sobre la marca del individualismo con en el que veníamos, ahora los gobiernos y los medios promueven cuidarnos entre todos y ser solidarios. Veremos qué surge de este choque.
Por el momento, sobre este impacto se vienen expresando distintos filósofos. Slavoj Žižek, preanuncia que la solidaridad, para evitar los contagios en la pandemia, podría dar paso al fin del capitalismo. Por el contrario, Giorgio Agamben nos alerta y relativiza la facticidad del virus degradándolo a una simple gripe, siendo esto utilizado para instalar el estado de excepción, el cual tendría por finalidad la restricción de la libertad y, por ende, extender el estado de miedo. Respecto al cierre de fronteras, advierte que siempre se dio cuando existía un enemigo externo, en cambio los peligros que acechan hoy son los excesos de rendimiento, producción y comunicación.
Por su parte, el filósofo coreano Byung-Chul Han piensa que los cierres de frontera son un intento desesperado por reafirmar la soberanía europea. Además, dice que los estados asiáticos tienen una mentalidad autoritaria, justificándola en virtud de la propia tradición cultural. Agrega que la concentración de información de los asiáticos, el big data, podría funcionar como un potencial enorme para defendernos de la pandemia a partir de los 200 millones de cámaras con las que el gobierno chino controla a su población mediante el reconocimiento facial y la temperatura corporal. Aclara que los europeos no aceptarían estar tan controlados, lo que a su vez los deja en inferioridad de condiciones para defenderse de la epidemia. Han dice:
¿Cuál es la solución? Somos nosotros, personas dotadas de razón quienes tenemos que pensar y restringir radicalmente el capitalismo destructivo, y también nuestra ilimitada y destructiva movilidad para salvarnos a nosotros; para salvar el clima; y para salvar a nuestro bello planeta»9.
Como vemos, aparecen distintas teorías y pronósticos sobre lo que sería la civilización pospandemia; algunas pronostican que estaremos yendo hacia una profundización del capitalismo salvaje, otras suponen una salida más del lado de lo solidario, lo que apaciguaría lo inhumano del tiempo de la prepandemia y, por último, se produciría el resurgimiento de una razón vintage que haría más bello el mundo. Posibles salidas que avisoran la llegada de una cultura distinta. Cualesquiera de ellas no consideran lo que orienta al psicoanálisis, es decir, lo real. Sin duda, la pandemia provoca un temor generalizado y en verdad nos encontramos en momentos de notable incertidumbre donde, probablemente, se produzcan nuevas marcas en la cultura. Pero, es preciso diferenciar que el temor no es lo mismo que la angustia. Esta surge cuando algo de lo real aparece y es verificable caso por caso.
La función de la excepción y las caricaturas del Otro
Emilio Vaschetto
Mencionabas el término «excepción», y para quienes estamos en el marco del psicoanálisis no hay otra forma de responder a esta excepción con algo que no sea otra excepción. Este seminario ya es una excepción en sí mismo porque pierde la estructura dinámica de lo que es un seminario, su interacción, su modalidad de avance sobre determinados puntos o determinadas temáticas. Otra forma de respuesta a la excepción es el uno por uno —a veces se dice esta forma muy rápido, pero es así—, ¿cómo pensar el desplazamiento del para todos hacia el uno por uno? Es otra visión de lo que Jorge dijo al pasar sobre lo heterogéneo y sobre los dos momentos: el de lo homogéneo y lo heterogéneo. Por eso la idea es cómo pensar, dentro de lo homogéneo, el uno por uno. Quiero retomar varias cosas de Jorge para proponer cierto procedimiento esquemático de trabajo. Continuando con Terry Eagleton en su ensayo sobre el mal como «la única forma de trascendencia en un mundo posreligioso», es menester entender que, en su tan acertada enunciación, nos anima a pensar acerca de la forma enigmática del mal. Cómo opera hoy en día, sin descontar aquí la cuestión de la pulsión —ya mencionado por Jorge—.
Quiero dejar planteado el asunto de cómo se juega lo endógeno y lo exógeno hoy. Claramente hay un padecimiento pandémico en función de un elemento exógeno (el virus), pero en tanto que nos ocupamos de la pulsión, estamos hablando de un problema endógeno. Entonces, esta cuestión endógeno-exógeno delimita un marco de trabajo. Ustedes vieron que en el argumento del seminario planteamos la frase: «¿Cómo pensar una civilización sin dios?» Pareciera ser una frase anacrónica nietzscheana, pero la muerte de Dios, después de Nietzsche, no es tan segura. ¿Cómo pensar una civilización sin dios?, en el sentido mencionado por Jorge de «un Otro que existe», es algo que debe ser revisado una y otra vez. Estamos de acuerdo, hay un Otro que no existe; sin embargo, Miller enuncia: hay un Otro que existe. ¿Qué figura tiene ese Otro? En el seminario del año pasado y en el anterior tratamos este tema tomando tres caricaturas del Otro —no es ocioso aquí el término «caricatura»—. Una caricatura es la del payaso, que conserva total actualidad. Trump, Johnson, Bolsonaro —entre otros— son figuras payasescas que hacen papelones, pero cumplen la función del Otro. Son Otros que, pese a su patetismo, no dejan de tener eficacia al modo del bravucón, del «si no te gusta ¡vete!».
Surfeando la marca del caso
No vamos a referirnos a todas las alusiones que se pueden interpretar en función de la publicidad del seminario. El afiche sugiere mucho más de lo que explicita, no obstante, quiero distinguir tres dimensiones de la marca que me gustaría compartir con ustedes:
1 La cultura como segunda marca (algo ya resaltado por Jorge).
2 Lo que llamamos la Marca del caso.
3 Y por ultimo, la huella: la memoria del ser sexuado.
Voy a lo segundo, la marca del caso. Algunos me habrán escuchado que cada tanto menciono una nota que está en el reverso de una revista Scilicet del año 68, publicada en una sola ocasión. Muchos saben que es Lacan quien escribe, pero no lo firma; lo cito de memoria:
Menos afectación de autoridad. Mas seguridad para invocar lo personal en la practica, y especialmente la Marca del caso10.
¿Que sería la «Marca del caso»? En francés está escrito como «trait», que equivale a: rasgo, marca, a veces rasgo de unión o rasgo que enlaza una cosa a otra. El «rasgo unario», por ejemplo, en francés es: le trait unaire. Pero, a la vez, lo que más nos interesa, en este momento de homogeneización, es cómo se inscribe el rasgo particular, el uno por uno.
Cuando Jorge se refirió a la angustia, nos hizo ver que no puede pensarse como un afecto generalizado. Si bien podemos hablar de miedo generalizado, es inviable hablar de angustia generalizada. La angustia se da en el uno por uno de los sujetos. Y claro, la marca más singular del sujeto es marca que traza y tacha al sujeto y, al mismo tiempo, también tacha al Otro. No hay marca si no hay tachadura del sujeto y tachadura en el Otro. Bajo esa doble forma, es factible entender cómo alguien, en este mar de aislamiento indistinto, puede elevarse como una voz distinta. Es decir, al menos uno que pueda recibir su propio mensaje de forma invertida. Es a partir de esa marca donde puede aparecer la una-equivocación (une-bévue); no es muy agradable la traducción, pero lo diremos así: un momento donde puede aparecer el traspié, el tropiezo, la equivocación, el mal start. Es importante estar atento para poder detectar dónde cada uno, aislado en esta pandemia, puede equivocarse.
Muchos se enteraron de la historia del surfer, el joven que violó la cuarentena para ir al mar y a quien durante horas y días los medios criticaron ferozmente por no acatar las medidas del conjunto. Como si fuese posible ir globalmente por la senda del conjunto. Desde el punto de vista del comportamiento ciudadano, desde luego que es insalvable, pero no nos compete esa perspectiva. Me interesa destacar, extremando un poco las lecturas, que en esa salida del conjunto, en eso salido del cauce, es donde hallamos al sujeto. No lo tenemos acá para que nos diga qué sucedió, pero es evidente que cuando aparece algo diferente, algo anómalo, es leído como insoportable por la población. Leído en clave del discurso analítico, esto es diferente. ¿Qué hubiera sucedido si salía un psicoanalista en la TV y en lugar de sancionar penalmente el hecho hubiera dicho: «En fin, el muchacho tuvo un traspié, hay que escuchar qué tiene de singular para decir…» No fue por el cauce que todos tomaron. Ahora bien, no estoy proponiendo una desobediencia colectiva ni el capricho individual pues la sociedad sería invivible, pero un tropiezo es la posibilidad para el deslizamiento de una palabra, y un analista tiene que estar preparado para escuchar esos desplazamientos y esos traspiés; de lo contrario, no nos podemos apuntalar en el discurso analítico. Solo repetiríamos todas las tonterías que suelen escucharse en la psicología y un montón de cosas más sobre la pérdida de valores, etc… En suma, cosas que no atañen al psicoanálisis.
Por último, tomando la cuestión de la marca no quiero pasar por alto la dimensión del cuerpo, para no hablar solamente de los sueños de la razón. Porque el inconsciente no es sin cuerpo, hay algo de lo cual se goza, algo endógeno. La pulsión, huelga decir, tiene su fuente somática.
El cuerpo del virus
Hay una idea interesante que trabajamos con Jorge durante el seminario anterior, «Machismo»: un aspecto ligado a los discursos de género y a la marea feminista que fue asumido de manera preconcebida y acrítica hacia lo políticamente correcto. Llegamos a decir que había una dictadura de lo políticamente correcto, en el sentido de que era muy difícil decir algo que no se espera escuchar desde el discurso feminista. Ahora bien, dentro de ese discurso aparecía la frase «Éste es mi cuerpo», prevalente en el último lustro. Un éste (así, con acento) que queda del lado del que mira. Sin embargo, esta frase ha quedado subvertida por la organización de un nuevo cuerpo social, tal como lo mencionan muchos analistas políticos, periodistas o escritores. Alessandro Baricco, en diálogo con Jorge Carrión11, destaca cómo las sociedades se han disciplinado rápidamente. La sociedad italiana, la española, adquirieron una disciplina marcial; incluso la sociedad argentina con un Estado deteriorado, a los tumbos, con estratificaciones sociales poco estables, pero sobre todo un pueblo muy desobediente. Sin embargo, en este caso se ha disciplinado mediante un cierto un cálculo y una impronta del gobierno actual. Entonces, yendo al grano, el «éste es mi cuerpo» quedó evaporado por la configuración de un nuevo cuerpo social que ya no es la marea de los unos, las multitudes singulares12, sino más bien una nueva vuelta a la homogeneidad bajo la configuración de «el enemigo invisible», tal como lo llaman el presidente y el ministro de Defensa. Es lo que produce la renovación de un orden y, al mismo tiempo, la consolidación de un cuerpo Otro. El «éste es mi cuerpo» ha quedado expropiado por otro cuerpo. ¿De quién es el cuerpo? El único cuerpo que ahora circula es el cuerpo del virus. Es el único que ha neutralizado los discursos y tiende a romper, por el momento, el debate de género.

Una vez que teníamos asegurado el cuerpo con la idea de «éste es mi cuerpo» —frase sin sujeto, cabe aclarar— lo que aparece ahora es un miedo del cuerpo y sobre esto me quiero detener para encontrar la salida a mi intervención.
Pregunta
¿A qué te referís cuando decís que el virus ha neutralizado los discursos?
Emilio Vaschetto
A que lo único que ha tomado consistencia hoy es el Covid-19. En base a eso se han organizado sociedades, gobiernos, políticas sanitarias, economías, conductas humanas, rituales de aseo personal, etc. Toda nuestra vida cambió. Asistimos a una neutralización de aquellos discursos que, hasta hace un minuto, eran prevalentes. Los discursos de género o, más llamativo aún, los discursos político-partidarios. Aquí en Argentina, de repente dejó de haber izquierda y derecha. Y no es, precisamente, porque los políticos hayan madurado o moderen sus ambiciones personales: es porque ya no hay discursos. Pero prefiero no abundar sobre este asunto para evitar salirnos del tema que estamos tratando.
Jorge Carrión dice que la viralidad, término de alcance informático y de redes, ahora aparece en su acepción original. Ya no se trata de la difusión masiva de la información, sino de cuerpos: cuerpos afectados por un cuerpo. Un cuerpo exógeno que genera cambios en los cuerpos. Entonces aparece esta dimensión que yo mencionaba como el miedo del cuerpo. Y con ello me refería a la forma misma en que lo comenta Lacan a propósito de la angustia. Resumo el pasaje:
¿De qué tenemos miedo? […] De nuestro cuerpo. Es lo que manifiesta ese fenómeno curioso sobre el que hice un seminario durante un año entero que llamé la angustia. La angustia es, precisamente algo que se sitúa en nuestro cuerpo en otra parte, es el sentimiento que surge de esa sospecha que nos embarga de que nos reducimos a nuestro cuerpo […] Es un miedo al miedo…13
Vemos que el cuerpo no está asegurado: hay un miedo del cuerpo. Al mismo tiempo, surge un afecto que no es generalizable. En consecuencia, en el próximo encuentro vamos a trabajar sobre el problema del miedo y cómo se organiza la sociedad en torno a él. Eso es Hobbes, quien plantea la organización del Estado a partir del miedo mismo. Dando un paso más sobre el miedo, hablamos de la angustia como el miedo del cuerpo. Ya en la última enseñanza de Lacan, el sujeto queda reducido al Uno del cuerpo, que no es el «mío es mi cuerpo» sino que es un discurso sin sujeto: acá estamos hablando del sujeto del cual procede la angustia (ver el gráfico anterior). Ya no es el momento de articular preguntas sino de dar respuestas.
2 Cómo salir de la coronalengua
Clase del 9 de abril de 2020 a cargo de Emilio Vaschetto con la interlocución de Jorge Faraoni.
Soñé que todo iba a terminar. Me lo decía una voz. Una voz irreconocible, pero una voz de todos modos. Y me decía que todo iba a detenerse en la Tierra. No pensé mucho en ese sueño al día siguiente, pero fui a la oficina y a media tarde sorprendí a Stan Willis mirando por la ventana, y le pregunté: «¿Qué piensas, Stan?», y él me dijo: «Tuve un sueño anoche». Antes de que me lo contara yo ya sabía qué sueño era ese. Podía habérselo dicho. Pero dejé que me lo contara.
—¿Era el mismo sueño?
—Idéntico. Le dije a Stan que yo había soñado lo mismo. No pareció sorprenderse. Al contrario, se tranquilizó…1
Jorge Faraoni
Retomo una frase a la que ya hice referencia y que dice así: «la cultura es un intento fallido de cubrir el mal», o sea lo real, aquello que se encuentra por fuera de la naturaleza y además es inaccesible al sujeto. Es una expresión que me gusta porque conlleva la carga de un agujero y es de esta manera que quiero exponer lo que me orienta, de ahí la reiteración.
Lo que no anda en la pandemia
Hay una frase de «La Tercera» que también quiero citar porque tengo la impresión de que la pandemia de algún modo viene a conmover este tiempo. La pregunta que surge es: ¿cómo podemos, desde el psicoanálisis, pensar sus efectos? No tenemos ninguna respuesta a esto, pero veamos la cita de Lacan:
El discurso del amo, por ejemplo, su fin es que las cosas anden al paso de todo el mundo. Pues bien, no es para nada lo mismo que lo real, porque lo real, justamente, es lo que anda mal, lo que se pone en cruz ante la carreta, más aún, lo que no deja nunca de repetirse para estorbar ese andar2.
Consideremos cuál es el sentido del discurso amo para poder ubicar en dónde se sitúa en cruz con lo real. Es posible que el texto de Lacan —que es de 1974— quizás da por supuesto el sentido del discurso amo de ese tiempo. Nosotros, en cambio, podemos pensar que la pandemia viene a conmover algunas cuestiones sobre el discurso amo de esta época. Vale la pena pensar en esto.
A mi modo de ver, para pensar el discurso amo de la pandemia, diremos que la cuarentena es lo único que intenta dar algo de certidumbre ante dos incertidumbres: la primera, no sabemos de dónde viene el virus (han circulado hasta de modo gracioso en las redes una lista de orígenes distintos): la sopa de murciélago, la conspiración china para conquistar el mundo, la teoría de la epidemia selectiva capitalista para matar a los viejos, la venganza de la naturaleza para deshacerse de la humanidad. Hasta el mismo Donald Trump rompe la homogeneidad sobre este tema cuando dice «el virus chino». Y la segunda: ¿cómo se sale de esto? Entre estas dos cosas lo que funciona como certidumbre es la cuarentena. La única frase que intenta anclar el discurso amo de este momento, y que de algún modo tiene efecto, es: «quédate en casa». Este es el único lugar desde el que se logra armar cierta homogeneidad —quizás exagerada—.
La cita de «La Tercera» que acabo de leer nos lleva a interrogarnos sobre el malestar en la cultura, eso que de algún modo viene a conmover o a desnudar cierto funcionamiento de lo social. Y también —ya que consideramos que malestar y clínica funcionan de modo circular— nos interrogamos sobre la época de la pandemia al mismo tiempo que nos preguntamos por la clínica.
Hay varias publicaciones sobre el tema. Entre ellas las del filósofo coreano Byung-Chul Han, quien en un texto titulado «Las ventajas de Asia»3, realiza una comparación en el modo de enfrentar la pandemia entre las culturas de Asia y Europa. Señala que la buena predisposición de los pueblos asiáticos a ser controlados por el big data es más eficiente que el cierre de fronteras en los países europeos para combatir el Covid-19. Esta comparación podría suponer la necesidad de una transformación cultural en Occidente para combatir la pandemia, como si fuera una tarea sencilla. En líneas generales, las lecturas realizadas reflejan bastante sentido común. Por ejemplo, un artículo de Pablo Rodríguez sobre los lugares comunes en los que caen los intelectuales, publicado en Página/12, me ha reconfortado. Dice:
Quizás convenga decir, con Michel Foucault, que la filosofía debería ser más parecida a una «ontología del presente», y que el apuro es preferible a la espera. El problema es si se logra decir algo que esté a la altura del acontecimiento que estamos viviendo4.
El vacío de sentido
Una entrevista realizada al sociólogo francés Alain Touraine en El País, ofrece una perspectiva diferente. Desde una mirada explícitamente europea, creo que ofrece algo nuevo. Al dejar abiertos algunos interrogantes, que quiero compartir con ustedes, nos ayuda a descompletar este tiempo tan pletórico de respuestas. Touraine ubica la pandemia dentro del marco en el que está la realidad, no como algo exclusivo, sino dentro de la realidad social en que se venía desarrollando Occidente, o al menos Europa. Cito:
Nunca había visto un presidente de Estados Unidos tan raro como Donald Trump, tan poco presidencial, un personaje tan fuera de las normas y fuera de su papel. Y no es casualidad: Estados Unidos ha abandonado el papel de líder mundial. Hoy ya no hay nada. Y en Europa, si se fija en los países más poderosos, nadie responde. No hay nadie en lo alto de la tabla5.
Le preguntan: «¿Y abajo?», y responde:
No existe un movimiento populista, lo que hay es un derrumbe de lo que, en la sociedad industrial, creaba un sentido: el movimiento obrero. Es decir, hoy no hay ni actores sociales, ni políticos, ni mundiales ni nacionales ni de clase. Por eso, lo que ocurre es todo lo contrario de una guerra, con una máquina biológica de un lado y, del otro, personas y grupos sin ideas, sin dirección, sin programa, sin estrategia, sin lenguaje. Es el silencio.
Estamos en el vacío, reducidos a la nada. No hablamos, no debemos movernos, ni comprender —dice—. Aclaro, usa la palabra «vacío» en clave social, no al modo de la teoría analítica, pero tomando la frase que cité de Lacan es pertinente escuchar que alguien diga «hay algo que no tiene sentido, en lo que siempre tuvo sentido», y que este sinsentido esté ubicado en un momento anterior a la pandemia. Continúo con la entrevista:
Hemos vivido dos buenos siglos en la sociedad industrial, en un mundo dominado por Occidente durante unos 500 años. Hoy hemos creído, y fue el caso en los últimos 50 años, que vivíamos en un mundo americano. Ahora quizá viviremos en un mundo chino, pero tampoco estoy en absoluto seguro. América se hunde y China está en una situación contradictoria, que no puede durar eternamente: quiere practicar el totalitarismo maoísta para gestionar el sistema mundial capitalista. Nos encontramos en ningún lugar, en una transición brutal que no ha sido preparada ni pensada.
Le preguntan también: «¿dónde está Europa?», a lo que responde:
¿Usted ha escuchado muchos mensajes europeos estos días? Yo no. Soy muy europeísta, probablemente demasiado. La marcha de Reino Unido no es poca cosa. El ascenso de los liberales como Matteo Salvini en Italia tampoco. Esta epidemia tiene lugar en un periodo en el que no sabemos ni cómo ni por qué. Es demasiado pronto para saber qué hacer económicamente, y políticamente no se nos pide otra cosa que quedarnos encerrados en casa. Estamos en el no-sentido, y creo que mucha gente se volverá loca por la ausencia de sentido.
Siguiente pregunta: «¿Habrá algún regreso del nacionalismo y del populismo?»
Pero esto ya estaba aquí. Ahora hay dos decisiones fundamentales para Europa. Primero, la liberación por medio de las mujeres. Es decir, el derrumbamiento de la razón en el centro de la personalidad y la recomposición de los afectos en torno a la razón y la comunicación, una sociedad del care6. Y segundo, la acogida de los migrantes, que considero un problema de peso. Nuestros países europeos se definen hoy por su actitud ante los migrantes.
Es una respuesta hermosa y este reportaje es de lo mejor que he leído. Pienso que en algún punto podría enlazar con lo que veníamos trabajando el año pasado en relación con «un Otro que existe», tal como lo ubicó Jacques-Alain Miller en su curso Un esfuerzo de poesía7. Siguiendo el hilo de este razonamiento, habría que discutir si Trump es o no un líder8. Ahora bien, me parece importante ubicar que el virus viene a impactar donde no hay lenguaje, donde algo queda en suspensión hasta que el imaginario para todos amplía el «quédate en casa». Touraine lo sitúa bien, marcando el punto donde la cosas no tienen sentido —en el hilo de la sociología, desde luego—. Retomando la frase de Lacan sobre el sentido del discurso amo y el lugar donde está en cruz con lo real, me he dedicado, sobre todo, a pensar el discurso amo. Por eso quisiera decir algo sobre lo real. Lo real es lo que hace al psicoanálisis un discurso muy particular y es lo que los otros discursos dejan de lado. Es aquello que concierne al cuerpo. Ese virus propio que perfora la posibilidad del sentido y que constituye cada caso. Como dice Lacan, continuando con «La Tercera»:
Lo real no es el mundo. No hay la menor esperanza de alcanzar lo real por la representación9.
No hay todos los elementos; solo hay conjuntos a determinar en cada caso. Mi S1 (primera marca) solo tiene el sentido de puntuar esa «cualquier cosa», ese significante letra que yo escribo. S1 es el significante que solo se escribe si se lo hace sin ningún efecto de sentido.
El mismo sueño para todos: la coronalengua
Emilio Vaschetto
La posibilidad de que quedemos girando «en el vacío» —parafraseando a Touraine en su entrevista— se da solamente si nos limitamos a reproducir elementos sociológicos. De hecho nos hemos encontrado con artículos periodísticos, escritos incluso por colegas psicoanalistas, que hablan de una sociología aggiornada con conceptos analíticos. El psicoanálisis no surge de la sociología, si bien toma elementos de ella —como de tantas otras disciplinas, ya que no tiene autonomía académica—, eso nos ayuda para ir pensando, pero es un pensar contra. Se suma a este hecho que los mismos filósofos también están envueltos en el sentido común, la lengua de uso compartido, o como decía Lacan «el discurso de uso corriente».
Dentro del cúmulo de artículos que se han difundido —entre ellos la compilación Sopa de Wuhan10— me parece interesante tomar un epígrafe del artículo de Franco «Bifo» Berardi que es un texto de William Burroughs donde leemos cosas que no nos van a ser ajenas:
La palabra es un virus. Quizás el virus de la gripe fue una vez una célula sana. Ahora es un organismo parasitario que invade y daña el sistema nervioso central. El hombre moderno ya no conoce el silencio. Intenta detener el discurso subvocal. Experimenta diez segundos de silencio interior. Te encontrarás con un organismo resistente que te impone hablar. Ese organismo es la palabra11.
Me parece un epígrafe interesante como punto de partida para una discusión posible. Por ejemplo, la primera discusión que tenemos que dar es si el problema es la generalización de la infección, la pandemia, o la difusión periodística de esta generalización de la infección. Retomando el texto de Bradbury citado al inicio de esta sección, de golpe los seres humanos se despiertan y se dan cuenta que todos, absolutamente todos, llegaron a soñar el mismo sueño. De alguna manera hay algo de eso: que todos estamos soñando el mismo sueño. Una vivencia personal un tanto angustiante es que las pocas veces que salgo a la calle a comprar algo, escucho que, por fuera de mi familia, la única lengua que se habla es la coronalengua. Todos la hablamos y la leemos, la escuchamos reproducida una y otra vez en cada uno de los lugares. Una especie de esperanto, de lengua universal.
Es interesante tomar la idea de infección, siguiendo también el hilo de «La Tercera»: la infección es el colmo del ser pensante. Es decir, estar infectado por este virus que comenta Burroughs que es el virus de la lengua. Y en ese sentido, estamos todos hasta las narices en este asunto que es que hablar la lengua del virus, es soñar el mismo sueño, hablar la coronalengua. Un buen día nos despertamos y nos damos cuenta de que, en realidad, estamos todos dormidos, puesto que continuamos soñando bajo una misma lengua. Pero, no se trata aquí de describir las cosas nuevamente. ¿Qué nos salva de eso? ¿Qué nos saca del sueño común? Un signo de lo real que no es otra cosa que la angustia, como signo, como acontecimiento. Y Lacan extremando un poco los conceptos (puesto que la angustia es diferenciada por Freud del síntoma), situará la angustia como «el síntoma tipo de todo acontecimiento de lo real». Por eso lo habíamos destacado en su momento y es por lo que considero deberíamos volver a la dupla con la que iniciamos: miedo exógeno y miedo endógeno.
Lo exógeno y lo endógeno
Por un lado, está el miedo exógeno que motiva la organización homogénea de la sociedad, una sociedad disciplinada… Esto nos lleva a reflexionar acerca de cómo las sociedades argentina e italiana (por nombrar algunas), cada una con su estilo de indisciplina, logran finalmente disciplinarse en función de una versión del miedo. Pero también tenemos el miedo endógeno, que es el miedo a quedar reducidos a un cuerpo. Por eso decimos que se trata de otra versión de la angustia que da Lacan, el tener miedo del cuerpo (miedo del cuerpo llamado propio). Es interesante porque ustedes van a leer, hacia el final del seminario La angustia, que Lacan dice que todo lo que ha querido hacer allí es dar una precisión acerca de lo que significa el peligro en Freud12. El «peligro vital». Es un peligro que, marcando diferencias con Freud, está ligado al carácter de cesión del objeto a, al momento constitutivo de la cesión del objeto a. Me parece interesante porque en todo ese seminario Lacan va a apuntar hacia algo más primitivo, casi a un lugar de desamparo vital. Incluso si tomamos el seminario de La Ética… vemos que allí donde reflexiona sobre el final del análisis, supone el reconducir al sujeto a ese punto de desamparo vital que es incluso previo a la angustia misma como defensa13.
Volviendo al seminario La angustia, me parece interesante su relectura y ese cambio de tono que surge al leerlo con la lupa de «La Tercera». En él Lacan realiza un esfuerzo considerable al introducir una variedad de ejemplos orgánicos. Por ejemplo, para explicar la voz como objeto, recurre curiosamente a la anatomía del oído. Da todo un rodeo sobre los huesecillos del oído y demás estructuras ¿para qué? Para decir que la voz resuena en un vacío, pero es un vacío del cuerpo, reducido a su realidad orgánica.
Respecto a la dimensión constitutiva de la cesión del objeto a y el origen —previo a la angustia como defensa— sitúa el trauma del nacimiento, del que habla Otto Rank. Y lo usa para decir: ahí tenemos el feto flotando muy cómodamente en el medio acuoso del vientre materno y cuando sale está la angustia y el trauma del nacimiento. Pero, ¿cuál es ese trauma? ¿Pasar del medio acuoso al atmosférico? ¿Pasar de la comodidad del vientre materno a la incomodidad del cuerpo sometido a la gravedad y al aire? Pues no. Lacan advierte que el trauma es aspirar en un medio Otro14. Es decir, aspirar de entrada el lenguaje. Incluso en el grito mismo que se le escapa al recién nacido, no puede evitar que hay algo que cedió, aparece una dimensión del objeto en una matriz muy primordial. Entonces no se trata de la separación de la madre, sino de la aspiración en un medio Otro y la cesión del objeto. Inclusive habla del «sujeto neonatal»15, expresión extraña pero así mencionada por Lacan.
De la depresión a la angustia: función de la síncopa
¿Por qué volvemos sobre la angustia? Porque ahí nos debemos una política del psicoanálisis que no nos deje entrampados en la sociología. Hoy en día hay una difusión epidémica del término depresión. Según describe un estudio realizado por el CONICET (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de Argentina), la Universidad Favaloro e INECO (Instituto de Neurología Cognitiva), uno de cada tres argentinos en periodo de cuarentena desarrolla síntomas de depresión y ansiedad. Se habla de eso mientras se dice: «los ciudadanos han perdido sus rutinas y han caído en la depresión». El asunto es que para nosotros no necesariamente es así. «Depresión para todos», seguramente, ya que no es la caída de una rutina, sino la caída en una nueva rutina. ¿Qué rompe esa rutina? La angustia, algo que quiebra el sentido. Digamos de paso que «rutina» es el término que Lacan aplica en el seminario Aún para el sentido, esto es, el enlace entre S1 y S2. Entendamos aquí que la depresión no es la pérdida de sentido sino la enfermedad del sentido mismo y lo único que puede llegar a romper esa rutina es la angustia. Por eso debemos apuntar al punto de discontinuidad que surge a partir de esta rutina de cuarentena, si lo puedo decir así en términos didácticos y hasta absolutos. Verificando a su vez lo que quiebra esa dimensión temporal.
Si hay algo que Lacan sitúa en la discontinuidad del tempo, o más precisamente del ritmo, eso es la angustia. En «El seminario inexistente» (titulado De los nombres del padre16) Lacan va a decir que la angustia es aquello que aparece en sincronía, rompiendo la diacronía temporal. En el seminario 10 y en otros lados más, va a considerar la manera sincopal en la que emerge la angustia. Esto significa algo muy preciso: la angustia no aparece en donde la esperamos. Los que conocen someramente las figuras musicales saben que la síncopa es la acentuación del tiempo fuerte sobre el débil. Cuando esperamos caer en el tiempo fuerte lo que sucede es que quedamos descolocados. Y eso pasa solamente con la angustia, ese fenómeno aparece donde menos lo esperamos. Pero allí donde aparece aquello que suponemos, ahí tenemos la depresión, lo predecible de la depresión. Efectivamente, es lo más predecible que hay, es esa lengua común. Entonces, la angustia por supuesto no se cura, se atraviesa, y no solo eso, sino que la angustia requiere de un marco y se enmarca con los elementos que tenemos, los elementos significantes. ¿Y esa relación cuál es? Ustedes me van a decir, en relación con el deseo del Otro, a su enigma. Sí, pero no basta con eso sino que también —y esta es la advertencia que realiza Lacan, casi al pasar, en dicho seminario— la angustia se sitúa en relación con la demanda y el goce del Otro.
En relación con el deseo tenemos los objetos que emanan del Otro: la voz y la mirada. En relación con la demanda, tenemos las heces y el seno. ¿Y en relación con el goce del Otro? No lo va a decir directamente, pero desglosado de mi propia práctica, puedo decir que lo vemos en las psicosis —en la identificación del sujeto al objeto abyecto— y asimismo —¿por qué no?— en algunas formas del estrago. Es ahí donde podemos situar el índice de angustia. Si no tomamos la cosa por lo real no tenemos causa para el psicoanálisis, no tenemos orientación. Nos quedamos reverberando, girando en falso en la sociología. Podemos decir muchas cosas, pero de la pandemia no sabemos nada. Lo único que sabemos de la pandemia es sobre la infección de la lengua.
Tres aspectos de la marca
Haciendo entonces un racconto entonces destacamos tres aspectos de la marca:
1 Un primer aspecto ligado a las segundas marcas, retomando lo que se liga a la cultura. Esto es lo que nos va a dar pie para la próxima reunión donde retomaremos las categorías de depresión y trastornos de ansiedad ligado a las segundas marcas.
2 Otra idea de la marca, que sería la marca simbólica, término que figura en el seminario de La angustia y que desarrollaremos más adelante en nuestro seminario.
3 Un tercer aspecto que tiene varias prolongaciones: la marca como huella. Todos tenemos alguna noción de cómo eso va decantando en el discurso freudiano —la huella mnémica por ejemplo—. Pero no solo eso, también la idea de huella como la desarrolla Lacan. Podemos seguir la conceptualización presente en el seminario 10 respecto a ese momento constitutivo (ya mencionado) del a como cesión. Y, finalmente, el rasgo que marca el caso —la Marca del caso— lo más singular de un sujeto, en oposición a todo lo pan, lo generalizado o la lengua que habla todo el mundo. Algo que apuntaría hacia la marca más singular. No es una marca que la encontramos dando vueltas por la calle, ni en la TV, ni charlando con amigos, sino que intenta ser una juntura entre un analista que está en función y lo localizable como elemento de goce en un caso. Siempre es muy difícil tener esa aproximación. Sería lo que no puede decirse completamente de un caso y aquello que concierne al deseo del analista —que tampoco es muy verbalizable—. Es una juntura casi imposible.
Entonces, en la primera enumeración —marca de la cultura— encontramos lo que llamamos provisionalmente «segunda marca». A continuación, la marca simbólica, tomando el término de Lacan, y por último la huella, o la marca más singular que sería la Marca del caso. Completo con la frase de Lacan que está en el reverso de un ejemplar de la revista Scilicet:
Menos afectación de autoridad. Más seguridad para invocar lo personal en la práctica, y especialmente la Marca del caso17.
¿Qué sería apuntar a la marca más particular? No conviene asumir el término «particular» desde el punto de vista filosófico sino entender que se apunta a lo más particular del sujeto. También nos interesa aquí el término «Marca» pues aparece con mayúscula.
Para finalizar, lo opuesto a lo pan es la marca más particular o lo discretamente singular. Es apuntar a lo real del caso lo cual lo hemos ido abordando por el lado de la angustia. Al respecto, desnudamos el binomio más político que puede haber en nuestro tiempo: depresión o angustia.
¿Presencia virtual del analista?
Esteban Pikiewicz
Me interesa destacar algunas cosas, piezas sueltas de todo lo que he escuchado, fragmentos sobre un discurso viral. Primera cuestión: me gusta mucho el primer planteo que hace Faraoni sobre la palabra mal, al homologarla o ponerla en conexión con lo real, lo real en tanto mal. Entonces el reverso de la coronalengua es la perspectiva que, desde nuestro lugar, acentúa una mayor cercanía subjetiva hacia el mal de cada uno. Lo que es el mal inabordable, indecible que nos habita, se hace tal vez un poco más cercano, intuitivamente más o menos directo y se conjuga con la angustia y el cuerpo.
Faraoni también decía algo en términos políticos o sociológicos que es un poco la respuesta vía el discurso amo. Si bien es extraño pensar el totalitarismo chino en conjugación con el capitalismo, se podría decir que el capitalismo es también un discurso amo totalitario y autoritario. Por más que los semblantes sean todos de libertad. Nuestra concepción del discurso capitalista es fundamentalmente el «goza» como un deber. Y mal o bien, los chinos han encontrado una respuesta, de un modo u otro han vuelto a la normalidad de ellos.
Me gusta lo que dijo Faraoni sobre las teorías del origen y me parece que se conjugan bien con el mundo delirante. Yo lo llamaría la increencia o la incidencia en torno a una época, pero visto desde la perspectiva de que el virus es real, en el sentido lacaniano de que vuelve siempre al mismo lugar. Se esperan cosas de la ciencia —que por lo menos le han encontrado ciertos elementos a ese real—, si bien no tapa certidumbres ni da respuestas categóricas, se extraen leyes de ese real. Ahora bien, lo que ese real invisible provoca es la conmoción de todas las representaciones del imaginario personal y colectivo, y la respuesta es simbólica. Entonces ahí aparece la cuestión del cuerpo y de la angustia.
En conclusión, nuestra oportunidad es estar a la altura de ese mal que la pandemia provoca en los sujetos que trabajan con nosotros por ese acercamiento que provoca la pandemia al mal.
Carmen González Táboas
De la clase pasada también la cuestión del mal, del modo como se planteó, me resultó extraordinariamente importante. Tiene que ver con algo que dijo Faraoni el jueves anterior. Cuando escuchaba la lista de participantes que se sumaban, frente a esta maravilla donde resulta que todos podemos comunicarnos de maneras insólitas, encuentro que aquí hay una gran paradoja. La enorme paradoja es cómo un bien se puede convertir en un mal. Cómo esto, que es un bien —nos podemos comunicar y tener a nuestra disposición este mundo cibernético— está, sin embargo, absolutamente regido por el capitalismo neoliberal más salvaje. Es decir, quiero marcar cómo el mal se vuelve invisible. Y la definición de Jorge, citando el seminario de La Ética del Psicoanálisis: «No se puede hablar del mal mientras un bien cualquiera le enseña al hombre sus deberes». Aquí tenemos la gran odisea cibernética dictando al hombre sus deberes, no es ninguna otra cosa. La cuestión es: ¿dónde hay un límite a esto? Es un bien esta enorme comunicación, pero ¿dónde está el límite?
Ahí es donde entra lo que comentó Vaschetto. Se ha hablado y se repiten las palabras «lo social». ¿Qué es lo social? Creo que lo único que entra, agujerea, es la pulsión, que como ustedes dijeron entra y agujerea las variaciones de la cultura. Yo pensaba que los únicos que no reproducen esa coronalengua son los analizantes. Pensaba en las sesiones que estoy teniendo —nunca lo soñé en mi vida— por teléfono o por Skype, y son sesiones de análisis, producen efectos analíticos importantes. El analizante es el que tiene la posibilidad de salir de la coronalengua.
También quiero decir algo respecto de lo que mencionó Faraoni, cuando enunció una cantidad de inventos que se hacen para explicar el coronavirus. Les recomiendo que lean el apéndice a la primera parte de la Ética de Spinoza: ese para es siempre mentira. Pero hay una cosa que no es mentira, y es que detrás de todo ese palabrerío de la coronalengua hay hechos reales y trabajos científicos inmensos, y a mí me parece que nosotros, los analistas, prestamos poca atención a lo que está pasando en el campo de la ciencia y de la filosofía. Citamos por ahí a cuatro o cinco que leímos un poquito. Bueno, me siento absolutamente concernida por la necesidad de estudiar qué está pasando. «Lo social»… no puedo quedarme contenta con decirlo. Precisamente dijeron «la cultura de donde provienen los pacientes». No provienen de China o de Europa. Cuando decimos «la cultura viene con el paciente», es aquel lugar de donde proviene, por eso tenemos que estar muy advertidos de lo que pasa en la cultura, y creo que estamos poco advertidos.
Gustavo González
Quería señalar algo respecto del comentario de Carmen González Táboas. Dice «hablando por teléfono con unos pacientes vi que el psicoanálisis funciona por teléfono». Hay una discusión que me llamó la atención y que no se planteó de entrada. Durante los primeros días de la pandemia, seguí unos comentarios que la editorial Grama publicaba por email, y la pregunta era siempre la misma: qué efectos tiene todo esto. Este es un tema que vengo pensando de antes: ¿qué efectos tiene llevar adelante un psicoanálisis por estos medios [virtuales]? En este momento se puede —y se pudo a partir de estos mensajes enviados por Grama— ir siguiendo cómo cambió lo que se decía: «por ahora estamos hablando por teléfono, pero ya volverá», «no es como un análisis, pero sirve mucho». Y de repente alguno comenzó a hablar de desafío: «es un desafío para el psicoanálisis sostenerse por medios digitales»… En fin, como todo el mundo con cada cosa que se hace en esta cuarentena, me cansé y duré poco con eso, pero en fin, es un tema que me interesa, y quería engancharlo con lo que decía Vaschetto, porque está en juego el tema del cuerpo. Hemos hablado siempre de la «presencia del analista» como un cuerpo entre dimensiones, un señor que está ahí atrás. Mientras que, si tomamos el efecto en el cuerpo de que existe un decir18, es una buena forma de empezar a discutir si los medios digitales operan sobre un cuerpo o no.
Me llamó la atención de que eso no estuviera planteado desde el inicio, porque para muchos analistas fue un cambio rotundo el tener que hacer el análisis telefónico.
Emilio Vaschetto
Lo que antes era un tabú para muchos analistas, hoy no lo es. Me ha pasado de buscar colegas para derivar un caso que, por cuestiones geográficas, no cabía otra opción que el medio telefónico y, antes de la pandemia, me fue imposible encontrar alguno. Incluso pidiéndole a colegas amigos, me ha sido imposible que tomen a su cargo ese paciente. Hoy veo que no es un problema y la respuesta que encuentro es: rutina. O sea, S1 apareado a S2, tal como ejemplificamos con la definición dada en Aún. Todos entramos en esa vía del sentido, luego cada uno capitalizará cuáles son los efectos de la voz. No olvidemos que Pitágoras enseñaba a sus discípulos detrás de un telón buscando lo que se llamaba el efecto «acusmático». El quería lograr desactivar la voz que sale del cuerpo del saber, de la sabiduría que podía adquirir el enseñante, sin que tuviera por ello que adjudicarlo al cuerpo del maestro. El efecto acusmático es que la voz esté desacoplada del cuerpo. Cosa que de hecho es lo que pasa con el objeto voz. Sabemos que no le pertenece del todo al cuerpo.
Carmen González Táboas
No le pertenece del todo al cuerpo, pero no es sin cuerpo.
Emilio Vaschetto
Y efectivamente en virtud de ese estatuto del objeto voz es por lo que Lacan se introduce con la anatomía del oído, para mostrar cómo la voz resuena en un vacío.
Carmen González Táboas
A mi me pareció muy justo lo que dijo Gustavo González hace un momento, donde él llega a este pensamiento sobre la presencia del analista, que no implica la corporeidad material. Me pareció excelente lo que acaba de decir.
Jorge Faraoni
Quiero agregar algunas cosas. En este seminario no se nos planteó el tema de la atención por medios digitales, pero esto no excluye el hecho de que podamos abordarla. Considero que la misma habría que tomarla desde dos perspectivas: una es que hay algo que efectivamente funciona, pero es preciso darle un tiempo para elaborar un trabajo que dé cuenta de esa experiencia. Creo que no es este el tiempo posible.
Gustavo González
De hecho, lo traje porque es algo que vengo trabajando de antes. Ahora tenemos la salida masiva de este tema y después leeremos los efectos après-coup.
Gabriela Rodríguez
Quiero contar primero lo que me llevo como hallazgo: el término «coronalengua». Me parece fantástico porque en la clínica que tenemos hoy, y también en redes sociales, se pueden ir aislando los componentes de esa coronalengua. Hay una serie significantes monolíticos como: achatar la curva, quédate en casa, cuidar a uno es cuidar al otro. Estos funcionan como una especie de eslogan de los que se revisten los que nos hablan y nosotros mismos, y por los que, podríamos decir, somos hablados. Pero tomando esto de si la tecnología se pone o no al servicio de la clínica, el debate me parece un poco estéril.
Si bien es profundamente estructurante de lo que vamos a hacer, tiene un costado estéril en la medida en que directamente para algunos no es una vía. Cada analizante decide si ese es el modo. Me he topado además con mis propias limitaciones, en las que reconozco tener poca cintura. De modo que esto choca con el estilo de cada quien.
En otro lugar se hablaba de la herejía de usar estos medios, pero creo que más bien configura una ortodoxia en este momento y hay que avenirse a eso. Y se descuida mucho el punto del estilo personal del analista que cuenta en el asunto.
Para terminar enhebrando la intervención de Esteban Pikiewicz y Gustavo González, me quedé con esta pregunta de Lacan sobre el trauma, finalmente ¿cuál es? Y responde: «la aspiración de un medio Otro». Si la sesión puede configurarse por ese medio Otro que permita aspirarnos de la coronalengua, podemos estar más que contentos.
3 La depresión como segunda marca
Clase del 23 de abril de 2020 a cargo de Lisandro Isasa
Bruno Masino
Tenemos por delante una reunión donde haremos dos movimientos. Primero, Lisandro Isasa expondrá un detallado trabajo sobre la depresión y la particular lectura que hacemos de ella en este seminario. A continuación, Jorge Faraoni agregará dos eslabones a nuestras referencias en lo que respecta a la elucidación de la época, la cultura y sus particularidades: las de Ernesto De Martino y Günther Anders. Como verán en ambas presentaciones se trata de desarrollos detallados que marcan en perspectiva y en prospectiva temas fundamentales dentro de nuestra investigación. Me refiero al malestar, el mal, el hombre máquina, así como también ese aspecto de la depresión cuyo rasgo particular vamos a intentar despejar hoy.
Emilio Vaschetto
¿Qué significa la depresión como segunda marca? Hemos conversado en la clase anterior sobre la promoción de esta categoría clínica a la luz de la situación actual. Comienzan a proliferar nuevos estudios sobre lo que se ha dado en llamar la depresión por aislamiento. El manual de clasificación norteamericano (DSM) en su quinta versión, ha demostrado ser un absoluto fracaso pues, entre otras cosas, la comorbilidad (presencia de dos enfermedades al mismo tiempo) hizo sucumbir las mismas categorías que se pretendía hacer consistir. Sin embargo, el revival del término depresión vuelve al estrellato bajo una forma de generalización asombrosa. La coronalengua ha difundido el sueño generalizado que —como en el cuento de Bradbury desarrollado en la clase anterior— no es otra cosa que la infección del pensamiento. Esa modalidad que Lacan afirmaba como el «discurso-oso» o el «discurso de uso corriente». ¿Qué nos salva? La urgencia de la angustia, la soledad de su causa. Paradójicamente, en el aislamiento nos salva un signo real de nuestra humanidad viviente. Lo único que podemos obtener de ahí son las respuestas singulares fundadas en un deseo.
Lisandro Isasa
Partimos de la interrogación acerca de lo actual en la clínica, tomando como hilo de lectura la ubicuidad del término depresión como aquello que derrama del campo de la psicopatología hacia el ámbito de la medicina general, e incluso habita el sentido común de la época. Aprovecho esta oportunidad para poder hacer un recorrido parcial, una lectura del malestar en la cultura, entendiendo que «malestar y clínica son fenómenos circulares que impiden ser pensados uno sin el otro»1.
En el contexto actual de aislamiento inducido por la pandemia del Covid-19, vemos un resurgir del término en distintos foros, como un intento por dar cuenta de los posibles efectos de dicho aislamiento. Proliferan las notas periodísticas que presagian una supuesta pandemia depresiva, consejos para evitar la depresión, aplicaciones de teléfonos inteligentes para combatirla.
En la época en que, al decir de Germán García, «el inconsciente se incorpora al lenguaje cotidiano como falta de intención»2, la depresión es un sentido a mano del público general para nombrar al mal que aqueja en una época «signada por la palabra ‘felicidad’ y acosada por los ‘accidentes’ externos, y la posibilidad de falta de rendimiento sexual y social»3.
Asimismo, como bien señalan José María Álvarez y José R. Eiras4, no carga con el lastre de marginación o peligrosidad implícitos en otros diagnósticos psiquiátricos para el lego, llegando a erigirse en sinónimo de perturbación psíquica.
Marca de una época, la neurastenia
Alain Ehrenberg5 sitúa el éxito de la depresión hacia fines del siglo XX, como heredero de la enfermedad de moda a fines del siglo XIX, la neurastenia. Esta muestra el triunfo del modelo de enfermedad teorizado por Pierre Janet, centrado en un déficit o insuficiencia, por sobre el modelo desarrollado por Freud, centrado en la idea de conflicto6.
La neurastenia es un término acuñado por Beard en 1869 y está referido al agotamiento nervioso, reactivo a las exigencias de la vida citadina industrial de la segunda mitad del siglo XIX. Nombre exitoso para designar el malestar en la cultura en el contexto de la creencia moderna en el progreso, incluye un espectro difuso: debilitamiento general, falta de apetito, fragilidad persistente en la espalda, dolores neurálgicos fugaces, histeria, insomnio, hipocondría, falta de interés, sin signos de enfermedad orgánica.
Por una parte, la depresión es heredera de la neurastenia en su cara de desgano y fatiga. Lo cierto es que ambos cuadros comparten lo difuso de los límites que su espectro descriptivo designa7, y la amplia aceptación entre profesionales de la salud y el público lego. Por otra, es heredera de la melancolía8 y termina por incluirla dentro de las formas graves.
Pasión triste y comportamiento desganado o fatigado son las dos fuentes de la depresión9.
Debate Janet/ Freud: la marca del déficit versus la marca de una decisión
La diferencia central entre Janet y Freud puede apreciarse desde la primera teorización de la histeria y produce una divisoria de aguas, en términos de modelo de enfermedad y tratamiento.
Para Janet, el recuerdo patógeno en la histeria depende de un déficit primario en la capacidad de síntesis psíquica, descenso de la tensión psicológica y estado de depresión mental10.
Freud cuestiona el estigma psíquico de la endeblez de la aptitud de síntesis. Para él, la escisión de la conciencia no es un dato primario:
Esos pacientes por mí analizados gozaron de salud psíquica hasta el momento en que sobrevino un caso de inconciliabilidad en su vida de representaciones, es decir, hasta que se presentó a su yo una vivencia, una representación, una sensación que despertó un afecto tan penoso que la persona decidió olvidarla11.
A las terapéuticas herederas del modelo Janet, que apuntan a la reparación del déficit, Freud le opone un método siempre subversivo, en tanto se apega a la materialidad del significante. La pasión de Freud por el significante, que va a buscar en el tropiezo del sentido una nueva responsabilidad, ahí donde el yo no es amo en su propia casa.
La nerviosidad moderna y la era del hombre sin atributos
¿De qué modo las exigencias de una época dejan su marca en un sujeto? En 1908 Freud cita a W. Erb y Binswanger, quienes explican el nexo entre la nerviosidad creciente y la vida cultural moderna12 (en concordancia con la perspectiva abierta a partir de la invención de la neurastenia), destacando los siguientes rasgos:
La exigencia de muy altos rendimientos, la prisa desenfrenada, los enormes progresos técnicos que han vuelto ilusorios todos los obstáculos temporales y espaciales en la vida de intercambio13.
Ahora bien, los mismos rasgos suelen ser destacados hoy, 120 años después, para describir la actualidad.
Me resulta sorprendente dicha coincidencia, tras los impresionantes cambios en todo sentido que el siglo XX trajo aparejados. La prisa de finales del siglo XIX, ¿qué tiene que ver con la de principios del siglo XXI?
Se me ocurren dos modos de abordar la pregunta. Por un lado, algo parece escapar siempre a la aprehensión que pueden hacer los humanos de las coordenadas de su época. La prisa aparece como un modo pertinente de nombrar eso que se escapa —reconozcamos que la prisa desenfrenada de finales del XIX resultaría hoy lenta a nuestros ojos—.
Por otro, acostumbrados a ubicar las evidentes diferencias de época, tal vez se nos escape que, en algún sentido, participan del mismo movimiento. Tomo aquí la propuesta que realiza Jacques-Alain Miller, cuando nos habla de la era del hombre sin cualidades.
Miller lee que detrás de la dominación y proliferación de las imágenes en la actualidad, se sitúa la verdad de la dominación del uno contable. El hombre sin cualidad es el hombre cuantificable, «aquel cuyo destino es el de no tener más cualidad que la de estar marcado por el 1 y, a este título, poder entrar en la cantidad»14.
Miller recurre a la explicación de Chevalier de que «el inicio del siglo XIX está marcado con una voluntad de cuantificarlo todo, medirlo todo, saberlo todo bajo la amenaza del peligro. Nosotros también lo estamos. Revivimos el comienzo del siglo XIX con los medios del XXI»15.
Pasión moderna por la media estadística que, de tan extendida en el sentido común, es ya invisible. Lo normal y lo patológico se definen en relación con ella. Ahora bien, una vez definido como tal, tiene efectos sobre los sujetos en su «cualidad».
Un buen ejemplo de ello son las escalas de evaluación de la depresión. La advertencia repetida de que no son instrumentos diagnósticos resulta irónica en relación con los efectos que tienen en la práctica clínica. Estamos en la sociedad del vigilar y prevenir.
También podemos calificar de irónica la evidencia que aportan las escalas: un puntaje que sitúa a un individuo en relación con una media estadística. Inútil para el abordaje terapéutico, en tanto deja fuera lo trabajable de su goce por un sujeto singular.
El psicoanálisis, nacido en la era del hombre sin cualidades, se hace cargo de «la restitución de lo único en su singularidad, en lo incomparable»16.
En Freud, el modo en que la cultura imprime su marca en un sujeto —que no puede otra cosa que mal estar en ella— tendrá que ver con lo que esta perturbe de la sexualidad. Si para Freud la exigencia cultural de su tiempo tiene que ver con «la dañina sofocación de la vida sexual»17, en nuestro tiempo se verifica del lado del empuje a la satisfacción, con una oferta infinita de gadgets —siempre uno nuevo que vendrá finalmente a aportar la imposible satisfacción—.
Destapá felicidad18
En 1910 la compañía Coca-Cola ofrecía la «deliciosa y refrescante» bebida «para el dolor de cabeza y el agotamiento luego de un largo día». Doscientos años después ofrece la felicidad al alcance de la mano.
La generalización depresiva se revela correlativa del ascenso de la felicidad al cenit19 en la época que excluye a la tristeza como respuesta subjetiva aceptable.
El background cultural, el trasfondo de cultura, es sintetizado brillantemente por Germán García en el binomio: exigencia de felicidad-trasfondo médico de la cultura.
[…] hemos llegado a medicalizar de tal manera los lazos sociales, que alguien toma un vaso de vino porque es bueno para el corazón, come tal cosa o hace tal otra porque es saludable. En fin, vive medicándose con todo y la noción de gusto ha desaparecido20.
Durante el 2000 asistimos a inconducentes debates televisivos —con intervenciones de «especialistas»— en torno de lo que se llamó «tribus urbanas». Una de dichas tribus, los Emo, tenía la particularidad de dar cobijo y legalidad a la tristeza ostensible de algunos adolescentes.
Cobardía moral
Para el psicoanálisis, el espectro depresivo no constituye un diagnóstico. Se presenta de modo transestructural e incluye cuestiones muy diversas. Este carácter de segunda marca encuentra un límite en la melancolía, forma definida de la psicosis. La marca del dolor de existir melancólico remite a un real y responde a un agujero en la estructura. Mientras que la depresión, como desvalorización fálica es una falta, una cobardía moral, que se «sitúa a partir del deber de bien decir o de orientarse en el inconsciente, en la estructura»21. Aquí la angustia puede ser la discontinuidad que despierte del devenir del sentido deprimido.
La melancolía muestra a «un sujeto que rechaza de plano todo saber», enseñando sobre nuestro tiempo y la «conformidad apática del individuo»22.
La angustia siempre actual
«Ya sé que no me voy a morir, pero igual siento que me muero», testimoniaba un joven que consultaba a la atención de urgencias, preso de un nuevo ataque de pánico. El rechazo de toda apertura al inconsciente lo dejaba preso de un circuito cerrado. Frente a cada nueva crisis, apelaba a la medicación ansiolítica, dejando intocada la radical actualidad de la angustia que, por supuesto, insistía.
La angustia despierta, es su función. Despierta del dormir, cuando el trabajo del sueño se ve perturbado por la emergencia de un real que escapa al procesamiento y concierne radicalmente al sujeto. Es ese afecto que permite despertar del sueño del sentido, a condición de que el sujeto esté dispuesto a dejarse interrogar por lo que emergió, «aquella señal que no engaña»23. Desde que Freud extrajo a la neurosis de angustia de la inconsistente neurastenia, ocupa su lugar central en la teoría y en la práctica.
A la «tontería de la coronalengua»24, en la que todos nos encontramos, más o menos dormidos —y que pronostica la pandemia depresiva—, se opone la angustia como «síntoma tipo de todo acontecimiento de lo real»25. Todos asustados frente a las consecuencias del nuevo virus aún no domesticado (por lo menos en este momento), la angustia no acepta este «todos», en tanto es de cada uno: «es el sentimiento que surge de esa sospecha que nos embarga de que nos reducimos a nuestro cuerpo»26.
Como dice Gustavo Dessal:
Es una suerte que exista la angustia porque lo real es lo que no avisa27.
El cuerpo (libidinal) dice algo que el sujeto no quiere escuchar28
Recuerdo a una paciente de mediana edad que atendí durante un año en el hospital. La médica que la seguía por los dolores corporales crónicos decide derivarla a la guardia clínica. Dice que está muy triste y que piensa en matarse dado que la vida no tiene sentido. Siempre lo ha vivido de ese modo aunque —aclara— hace unos días le ocurre algo novedoso: su dormir se ve severamente perturbado. Las floridas quejas en relación con su marido e hijos dan lugar a una confesión, verdad retenida durante más de 30 años: su padre la manoseaba de niña. La desesperación se hace insoportable al recordar que era su madre quien la mandaba a acostarse con el padre «para que se quede tranquilo». El «querer matarse» del inicio encuentra una primera modalización: escaparse. Hace el relato de los distintos pasajes al acto, al modo de la huida o el errar sin rumbo, que ocurren cuando la angustia aparece. También los estallidos de furia y violencia en relación con su marido, episodios en los que se ve confrontada con el deseo de este hombre. Se sabe, por su historia, que quedó embarazada en su primera relación sexual, siendo expulsada del hogar con el estigma de «puta», proferido por su madre.
«Pienso que estoy enamorada de mi marido, no sé» —dice en una oportunidad—. Señalo la vacilación y corto la entrevista. A la vez siguiente se sorprende al escucharse decir que su primer hijo fue «planeado». Debe reconocer aquello que siempre supo y no quiso saber: el embarazo y el posterior casamiento fue el modo de salir de la casa paterna antes de que el padre tuviera una relación sexual con ella. En su partenaire se conjugan la repetición del infierno parental y la defensa frente a la pregunta por el deseo, con el recurso de la mortificación de un sentido depresivo. Descubre con ello que siempre ha sostenido, cuando no propiciado, que su marido vaya a «hacer esas cosas con otras».
De las otras mujeres que sí pueden gozar de una relación sexual y reír, arriba a un recuerdo infantil:
Me escapaba a lo de la vecina, que era una mujer que veía revistas pornográficas y decía que el sexo era lo más lindo. Un día me mostró una revista. Me asusté y me escapé. Ella se reía.
Por primera vez en su vida empieza a sentirse «alborotada» en presencia de un hombre que porta un rasgo: ojos claros. Recuerda que su vecina de la infancia decía que los hombres de ojos claros son buenos en el sexo. A partir de ese momento, el tratamiento girará en torno de lo que ella llama su «cobardía» y de las cosas a las que decidió «renunciar», privarse.
Retroactivamente, la paciente podrá dar cuenta de aquello que vino a despertarla y que originó la consulta: unos días antes, una de sus hijas le anuncia que se va a casar. Entonces apuntamos a la angustia, y repito porque: por su condición de señal de lo real —a saber: lo que no engaña— aquello que despierta de una buena manera al sujeto, haciéndolo salir de allí donde un fantasma depresivo o mortífero lo había retenido29. Y esto con una condición: que consienta a un querer saber, y claro, a condición también de que haya un analista dispuesto a estar al día con esas urgencias y «hacer el par», provocando una nueva lectura de esas marcas.
Emilio Vaschetto
Me parece que lo que nos trae Lisandro Isasa es un debate Janet/Freud que aún sigue vivo. En lo que es la impronta de la época, ganó Janet. La impronta del individuo insuficiente, no es con lo que podemos hacer en el psicoanálisis, evidentemente.
Recuerdo una conversación que tuve con Germán García que está en el libro compilado bajo el título Depresiones y psicoanálisis30 y él se refiere a la oscilación entre deseo y cobardía. Lacan ubica la depresión como rechazo del inconsciente, y dice Germán:
Lacan tenía ese arte de utilizar el significante del Otro, cambiarle una letra, marcárselo. No es lo mismo decir ‘de- presión’, aunque eso no quisiese decir nada, que aceptar ‘depresión’31.
Ubica también cuales son los ejes en los que nos situamos. Me parece que la depresión se sitúa en el eje diacrónico —de la coronalengua vamos a decir ahora— y la angustia se sitúa en el orden del acontecimiento —tal como lo dijo muchas veces Lisandro— o como dice Lacan en «La Tercera», es el síntoma tipo de todo acontecimiento en lo real. Entonces, es algo que se sitúa de manera a-histórica (como un objeto que retorna de manera anacrónica, un objeto congelado sobre el que se construye todo lo otro).
Jorge Faraoni
Fuimos armando la palabra «coronalengua» en estas tres reuniones. Es un modo de nombrar algo del lado del sentido común, y me parece que tanto en la «Apertura» como en lo que comentó Lisandro, el psicoanálisis queda ubicado en un lugar distinto, es un discurso que pone en el centro la cuestión de lo real, se interesa por lo queda velado en el sentido común.
Pero intentamos no quedar encerrados en la soledad del propio discurso inaugurado por Freud sino también contar con otros discursos. En esta oportunidad intentaré aproximarme a dos autores que son antropólogos.
Bruno Masino
Me parece interesante señalar la articulación con las primeras dos clases en tanto nos permiten seguir pensando en la cultura como segunda marca, el mal, y la relación entre el hombre y las tecnologías. Creo que las dos intervenciones quedarán unificadas en tanto buscan rastrear la relación del discurso analítico con ciertos significantes claves del amo de las diferentes épocas; la cultura como punto desde el que opera la retroacción y constitución de sentidos.
Apocalipsis cultural
Jorge Faraoni
Emilio me pasó un libro en formato electrónico, cuyo título es La fine del mondo. Su autor es el italiano Ernesto De Martino, fallecido en 1965. Este libro tuvo una edición póstuma en el año 1977 y no hace mucho salió esta edición en Italia que se encuentra agotada en formato impreso. De Martino se licenció en Letras, pero luego, cuando se dedicó a la antropología, realizó estudios sobre el sur de Italia. Esta lectura me sirvió para encontrar a otro autor, Günther Anders. Ambos trabajan sobre los efectos de la Segunda Guerra Mundial y el apocalipsis cultural que significó este acontecimiento. Es así como De Martino equipara Auschwitz e Hiroshima, para poner en evidencia el horror que es capaz de causar el ser humano, sin distinguir los ganadores de los perdedores ya que para él son lo mismo.
Voy a leer algunas cosas de De Martino que intentaré traducir en simultáneo:
[…] este dossier que hemos restituido […] está constituido por reflexiones generales acerca de la situación de crisis que la cultura de Occidente sufre, sobre todo después de las catástrofes autodestructivas del siglo XX que le otorgan a este malestar la dimensión concreta y posible de fin del mundo que la misma humanidad podría provocar. Se trata obviamente de un final total y definitivo, completamente extraño al universo religioso; sin rescate, sin refundación, y sin escaton32.
Escaton es una palabra griega del vocabulario cristiano que designa aquellas realidades definitivas que trascienden la historia humana como la resurrección de los muertos, el juicio divino y la felicidad eterna con Dios o el infierno. De este modo, De Martino trata de ubicar un final total sin ninguna trascendencia de lo humano. Se debe, sobre todo, a Hugo Friedrich y su Estructura de la poesía moderna de 1956, donde identifica el momento inaugural de la crisis de Occidente. O sea, la negación y la realización del romanticismo que han hecho Baudelaire, Rimbaud, Mallarmé, entre otros.
Ubica en la literatura tres puntos de ruptura para dar un sentido y fecha de consolidación a lo que él llama «el fin del mundo»: la dictadura de lo imaginario, la despersonalización (o deshumanización) y la trascendencia vacía. Estas tres figuras son las que expresan sistemáticamente la ruptura. Hay una desintegración de las relaciones espacio-temporales, una disolución de los lazos lógicos y una búsqueda consciente de la polisemia y la ambigüedad.
La división en el hombre: entre el espíritu y la naturaleza
De Martino se sirve de la literatura para decir que la literatura testimonia, a nivel cultural, el apocalipsis de Occidente. Toma obras como La muerte en Venecia, de Thomas Mann33, La náusea, de Sartre34 y El extranjero de Camus35.
En este sentido, es consecuente con la elección de tratar de forma sintomática la literatura al ubicarla en una posición inestable —por no decir, absolutamente arriesgada—. El apocalipsis de Occidente se revela en todas sus sombras y en los delirios del fin del mundo que la clínica psiquiátrica identifica perfectamente. Toma la literatura y los síntomas del fin del mundo para, con su descripción del apocalipsis cultural, demostrar que la verdadera relación que el hombre establece con el mundo encierra un divorcio. Como cuando cita a Sartre, comentando El extranjero, donde considera absurda la intención del hombre hacia la unidad. El hombre se ubica entre el espíritu y la naturaleza, entre la ilusión de lo eterno y lo finito de la existencia. La muerte, así también, queda entre el pluralismo irreductible de las verdades y los seres, de tal manera que la ininteligibilidad y el azar son los polos de absurdo humano.
El “deber ser en el mundo” como respuesta
Meterme en este libro —que cito a vuelo de pájaro— me llevó a buscar algunos estudios sobre De Martino. De allí que encontré el estudio de un filósofo español, Antonio Rivera García —perteneciente la Universidad Complutense— que salió publicado en la revista Estudios de filosofía. Cito:
De Martino, con su teoría del ethos del trascendimento, o de la energía necesaria para superar el estadio biológico y acceder a la vida cultural, y con su reflexión sobre el apocalipsis existencial —el tema de La fine del mondo— pretende desmontar el consolador relato del progreso irreversible de la especie humana.
Continúa más adelante:
[…] el proceso de la antropogénesis, mediante el cual el hombre supera el estadio natural e ingresa en el cultural, es reversible, y […] por este motivo, las prerrogativas del ser humano no son adquiridas de forma definitiva36.
La salida del apocalipsis cultural que plantea De Martino es a través del ethos de la trascendencia que es el-deber-ser-en-el-mundo (in-der-Welt-sein-sollen), un auténtico imperativo de la existencia humana que se realiza en la cultura. Un imperativo que resolvería el problema del lazo social porque ser en el mundo implica mantenerse como presencia individual en la sociedad y en la historia, y significa actuar como potencia de decisión y de elección de acuerdo con valores. Solo de este modo, como deber ser, telos o proyecto, podemos separarnos de la inmediatez biológica, de la vitalidad natural, e ingresar en la vida cultural.
Günther Anders, la miseria mental
El segundo autor al que quiero referirme es Günther Anders que, como dije anteriormente, pertenece a la misma corriente de pensamiento que De Martino. Para referirme a él he tomado un filósofo español, Ramón Alcoberro i Pericay, quien tiene un trabajo en la revista I pensament titulado «Günther Anders, conciencia de las catástrofes del siglo XX»37. Anders fue un filósofo polaco, judío laico, nacido en 1902 y muerto en 1992. Fue uno de los primeros críticos de la tecnología y probablemente uno de los pioneros en la interrogación acerca de la relación entre el hombre y la máquina. Fue periodista, luchador antinuclear y crítico de la sociedad industrial, además de alumno de Cassirer, Husserl y Heidegger. Además, fue el primer esposo de Hannah Arendt. Anders —que en alemán significa «otro» o «de otra manera»— es el seudónimo que usó desde 1930, el cual viene a ser un juego de palabras con el nombre de su primera esposa (quien se divorció de él por considerarlo un pesimista insufrible). Arendt decía que era un tipo estrafalario, difícil de soportar, que odiaba constantemente día tras día; más aún, era alguien que se sentía obligado a odiar, como si eso le sirviera de algo. Ante esa declaración él respondió: «Somos contemporáneos de los tiempos del fin».
De todas maneras, entre La obsolescencia del hombre de Anders38 y La condición humana de Arendt39, hay una profunda afinidad de fondo —aunque Anders sea mucho más moralista y Arendt se dirija de manera más clara al pensamiento político—.
Comparte con Arendt, Brecht y Benjamin, el diagnóstico de que la humanidad ha llegado a una miseria mental a la cual se suma una falsa sensación de seguridad y de riqueza. Dice que vivimos en la época oscura del totalitarismo tecnológico que tiene, además, un carácter universal, porque pese a que Hiroshima está en todas partes nos hemos vuelto inmunes al horror. La sociedad del consumo vive adormecida, dominada por mecanismos ideológicos forjados bajo el nazismo y el comunismo, pero donde la democracia no solo no los ha desarmado sino que los ha consolidado. Precisamente por eso, la humanidad de hoy es incapaz de comprender los signos que anuncian su fin siniestro. Destruida por el supuesto progreso que nos hace felices, la función de la filosofía, para él, es procurar que no se olvide esa miseria existencial humana.
Anders es casi monotemático, su obra se reduce a una larga reflexión sobre las consecuencias de la tecnología y sobre la existencia de la bomba atómica. Ese mundo, ya sin ideología —que es fantasma y matriz del presente expresado en la televisión— nos priva de la posibilidad de tener alguna experiencia inmediata del mundo. Es lo que debe ser pensado. Y debe ser pensado porque es el lugar real donde habitan los humanos, ya que la bomba no va a caer solo sobre los universitarios. La no-verdad se realiza de forma triunfal mediante la televisión y la ideología se convierte en superflua por el hecho de que las novedades, por el solo hecho de su difusión, se han vuelto reales.
En una correspondencia con Claude Eatherly, uno de los pilotos que arrojo la bomba atómica, enuncia:
[…] lo que ayer fue realidad, en la de su presupuesto, fundamentalmente no ha variado. Es igualmente posible de nuevo hoy, que el tiempo de lo monstruoso no haya sido nada más que un simple interregno. Cuando se ha perjudicado a un ser humano, resulta difícil consolarse. Pero en su caso hay otra cosa: usted tuvo la desgracia de haber apagado doscientas mil vidas, ¿dónde se encontraría la potencia de sufrimiento correspondiente a doscientas mil vidas apagadas? ¿Cómo arrepentirse de haber matado a doscientos mil seres humanos? Sea el que sea el esfuerzo que usted haga el dolor de ellos y vuestro arrepentimiento nunca estará a la altura.
La vergüenza prometeica
A la transformación que se ha producido entre el hombre y la técnica Anders la denomina vergüenza prometeica. Dice que vivimos en una época regida por un imperativo categórico:
Obra de tal manera que las máximas de tu acción puedan coincidir con el aparato del que formas o formarás parte.
Las máquinas son de una precisión, una rapidez y una potencia tal, que superan con mucho las capacidades humanas. La vergüenza del hombre proviene de haber nacido imperfecto y no según la inmaculada concepción de los ingenieros. Este deseo se manifiesta en un deseo de devenir máquinas, de allí que estéticamente se trate de dar al cuerpo la belleza de las cosas fabricadas.
Su definición de vergüenza es por demás interesante, se refiere a:
Un acto reflexivo que degenera en un estado de perturbación y fracasa porque el ser humano, frente a una instancia de la que se aparta, en ese acto se experimenta a sí mismo como algo que él no es, pero que sin embargo es de manera inevitable.
Tanto De Martino como Anders plantean que el apocalipsis cultural se ha profundizado de manera definitiva. Anders, por su parte, habla de la imperfección del hombre desde el nacimiento; un ser que está mal hecho y donde el imperativo categórico de la época lo estaría alejando de su esencia. Este imperativo logra tocar al cuerpo y transformar al ser humano en una cosa obsoleta. Es una idea muy similar a la de De Martino, cuando advierte que desde la cultura se puede volver al estadio anterior, es decir, al estadio biológico. Ambos autores plantean el problema del ser humano, ya sea cuando hablan de lo imperfecto o cuando se refieren a una posible regresión del ser. En última instancia, De Martino intenta una solución por la vía de un imperativo que logre controlar la indomeñable pulsión de muerte —tal cual Freud demuestra en El malestar en la cultura—40.
Mi intervención está destinada a señalar que el planteo de filosófico-antropológico, tanto de Ernesto De Martino como de Günther Anders, expone un problema real, en tanto escapa a la moral, a las buenas intenciones y a los imperativos de cualquier época.
4 El malestar en la cultura, remasterizado
Clase del 14 de mayo de 2020 a cargo de Gustavo Dessal
El triunfo del capitalismo es el del significante vacío, la etiqueta o el puro semblante. Al tomar una Coca-Cola, ¿qué estamos tomando exactamente? Inicialmente concebida como un extracto o jarabe de la hoja de coca, con porcentajes increíbles de aminas que luego fue desprovisto de su base tóxica. Su sabor inconfundible se acompañaba de una elevada cantidad de azúcar. Primero light, luego descafeinada y finalmente desprovista de todo tipo de azúcares. Evidentemente lo que estamos tomando es el significante desprovisto de cualquier significado bajo la forma del discurso que ya no es la publicidad del «metamensaje» sino del vacío de mensaje. El producto ya no es el mismo, y no solo eso, sino que ha sido vaciado de sus propiedades. ¿Qué queda de la Coca-Cola sino su nombre?
Lo que queda de la Coca-Cola
Emilio Vaschetto
En esta ocasión contamos con la presencia de Gustavo Dessal, a quien le agradecemos su participación y el hecho de que podamos intercambiar en este ámbito con un conjunto de colegas, muchos conocidos en nuestro ámbito y con quienes venimos trabajando hace ya algunos años.
Voy a lo que hemos tratado hasta ahora en el seminario. Habíamos iniciado con la idea de «Segundas Marcas» antes de la pandemia, tal como se sugiere en el afiche que presentamos y su iconografía. Allí se introduce una relación con el juego del mercado y los bienes de consumo. La segunda marca como algo que sería parecida a una primera marca. Hay quienes dicen que tiene la misma calidad, pero otro nombre, otra etiqueta. Pero aún con la misma etiqueta podemos también pensar lo mismo. En una de las notas previas habíamos hablado de la Coca-Cola. Cómo incluso, dentro de la misma marca, puede aparecer una segunda noción de marca: la Coca-Cola descafeinada y sin azúcar; vale decir, sin su propiedad esencial, una Coca-Cola sin Coca-Cola. Es decir, el predominio de la etiqueta. Acá estaríamos en el ámbito de lo que se llama el homo economicus y de lo que Marx llamaba el fetichismo de la mercancía.
También aludimos a un nuevo tiempo, donde el plural, marcas, es también el intento de remedar una primera marca. ¿Pero qué tipo de marca sería esa? ¿De qué primera marca hablaríamos? ¿Una primera marca imaginaria, simbólica, real? En nuestro argumento nos preguntábamos sobre la marca de lo sexual, ¿qué quedaría de eso hoy en día?, ¿A que quedaría reducida hoy en día?
Habíamos aludido a la marca desde una idea provista por Lacan en la revista Scilicet en su primer número, del año 1968, en donde aparecía la idea de Marca (con mayúscula). La «Marca del caso», como la marca más particular del sujeto. Esa Marca del caso nos parecía que estaba totalmente borrada por efecto de lo que llamamos la «coronalengua». ¿Qué sería la coronalengua? La tontería del sujeto, la tontería del momento. Pensar que todos sufrimos el aislamiento o lo padecemos de la misma forma. De ahí que en el último encuentro decidimos tomar la depresión como una entidad que hoy en día vuelve a adquirir una nueva forma bajo la idea de la depresión por aislamiento. Esa forma de la depresión tiende a borrar, un aspecto que liga al sujeto con un acontecimiento, un aspecto que liga al sujeto con el nodo singular de su existencia, el cual es ni más ni menos que la angustia.
Ahora bien, en honor a nuestro invitado vamos a citar el título propuesto por Gustavo como motivo de su charla «El malestar en la cultura, remasterizado», que es muy sugerente. Y se me ocurre que habla no solo de El malestar en la cultura (Freud), cosa que hemos abordado en casi todos nuestros seminarios —e incluso en uno en particular que se llamó «El mal start en Occidente»—, sino también pensar que en ese «remasterizado», en ese «master»: habría un nuevo amo. Leer su libro Inconsciente 3.01 nos da una perspectiva de la emergencia de un nuevo sujeto. Ahora lo que podríamos pensar también es si hay un nuevo amo, un nuevo master.
Gustavo Dessal es psicoanalista, Escritor con mayúsculas. Sus libros publicados son muy valiosos para nuestra comunidad, entre ellos Las ciencias inhumanas2, Psicoanálisis y discurso jurídico3, Jacques Lacan y su aporte a la cultura contemporánea4. Uno de sus libros que generó un impacto en nuestro medio —fruto de una conversación con el filósofo Zygmunt Bauman— titulado El retorno del péndulo5, contiene reflexiones acerca de la época que son muy pertinentes para los tiempos que corren. Cabe agregar que, dentro de sus publicaciones, hay preciosas obras literarias tales como Operación Afrodita, Más líbranos del bien, Principio de incertidumbre, Clandestinidad (libro que tuve la dicha de poder presentar aquí en Buenos Aires en el Centro Descartes), Demasiado rojo y El caso Anne su última novela. Sin más, agradecerle nuevamente a Gustavo, a quien considero un amigo. Le paso la palabra.
Actualidad de El malestar en la cultura
Gustavo Dessal
Buenas tardes Emilio Vaschetto y Jorge Faraoni. En primer lugar, mi agradecimiento por esta oportunidad y, por supuesto, a todas las personas que están conectadas y han tenido la gentileza de concederme un poco de su tiempo para escucharme.
Efectivamente Emilio y yo compartimos amistad con una talentosa colega, Florencia Fernández Coria, también conocida como Florencia Shanahan, una analista argentina que vive en Dublín. La menciono porque ella me ha invitado a participar de una iniciativa realizada por el grupo de Dublín, una lectura de El malestar en la cultura. Como estoy releyendo ese ensayo, compruebo que es imperecedero, que forma parte del patrimonio de la cultura universal. Cada relectura de esa obra es siempre una prueba de su contemporaneidad. La capacidad de Freud para tratar todas y cada una de las vicisitudes fundamentales de la vida humana, hacen de ese texto una obra que ilumina y enriquece nuestro entendimiento del mundo en cualquier época y en cualquier circunstancia.
Se ha insistido tanto por parte de autores psicoanalistas, como por la de muchos intelectuales, que El malestar en la cultura lleva la marca de su tiempo, es decir, la marca de un hombre que ya en su ensayo de 1908 «La moral sexual cultural y la nerviosidad moderna», había afirmado de una manera rotunda que la represión ejercida por la cultura es una de las fuentes principales de la infelicidad. Es decir, una infelicidad que se traduce, como sabemos, en los síntomas neuróticos. De allí que la neurosis fuese para Freud el paradigma del sujeto moderno.
La cultura es, para Freud, la gran maquinaria que instituye la renuncia como precio a pagar por el hecho de ingresar en la colectividad humana. Esta funciona como un mecanismo extractivo de goce. Por supuesto que las circunstancias y las características de esa época, las modalidades de los semblantes que eran contemporáneos a Freud, han cambiado mucho. Es verdad que algunas observaciones que podemos leer en El malestar…, hoy en día pueden sonarnos un tanto pasadas de moda. Pero creo que es necesario hacer un cierto esfuerzo para extraer la lógica del texto. Algo que hoy haré mediante breves pinceladas, pues es una tarea muy grande. Pero si hacemos ese esfuerzo para extraer su lógica, o sea, la estructura despojada de los relativismos de la época, podremos redescubrir el temperamento de ese texto, vigoroso y capaz de desafiar el tiempo. A su vez nos permite siempre encontrar una fuente de luz. Por supuesto, para despejar este ensayo de algunas rémoras históricas necesitamos inevitablemente la obra de Lacan. Es decir, sin la obra de Lacan no podemos acometer esa tarea. Por ejemplo, con su concepto de discurso o con las fórmulas de la sexuación (para tomar simplemente algunas de las referencias), Lacan extrajo la lógica del mito en Tótem y tabú. Esa operación de sacar a la superficie la lógica subyacente en la narrativa mítica, la debemos realizar para mantener vivo el vigor de ese texto de Freud en particular. Creo que vale la pena intentar hacer algo así, especialmente porque uno de los argumentos para juzgar lo que Freud plantea, es que se trataría de una tesis caduca pues estamos en una época donde la represión ya no rige más. Por lo tanto, ese texto habría perdido el alcance que pudo tener antaño. Hoy, al contrario de la época de Freud, la vida individual y colectiva parece entregada desde hace un tiempo al gobierno de una exhortación a gozar.
Freud no es Rousseau, no es «El Contrato Social». Cuando Freud se refiere a la renuncia a la que la cultura obliga, no cree en una edad dorada de la que hemos sido expulsados, o en una suerte de sentimiento oceánico primigenio, una satisfacción perfecta que alguna vez habríamos conseguido experimentar. Es así como comienza el El malestar en la cultura, con un debate con Romain Rolland, escritor y amigo, quien por lo visto creía en eso.. El propio Freud, en esa obra, desdobla el superyó en dos aspectos: hay un lado que se vincula con la prohibición, el lado que podríamos denominar como un nombre de la castración impuesta por el lenguaje y que tiene su correlato en la noción lacaniana de alienación y elección forzada; y por otro, tenemos efectivamente el superyó en su valor de exhortación, de imperativo a gozar, un imperativo que en modo alguno puede ser obedecido de manera absoluta. Hay una imposibilidad en la constitución misma de la cultura, teniendo en cuenta que la cultura es amboceptora: es al mismo tiempo producto y agente de la represión; resultado de la represión y a la vez su causa, es decir, que surge de una represión inaugural para luego imponer nuevas formas de renuncia. También tenemos una imposibilidad en el otro extremo, la de responder a los imperativos del superyó. O dicho de una manera mucho más sintética: ya sea porque el superyó nos prohíbe gozar por un lado, y por el otro, al contrario, nos ordena gozar, el ser hablante está atrapado entre estos dos modos de la alienación que indudablemente arruinan lo que Freud denomina «el proyecto del principio de placer.»
Mal vecino
Estuve leyendo los resúmenes que Emilio y Jorge me hicieron llegar de las reuniones anteriores. Tres reuniones plagadas de ideas interesantísimas, donde cada una de ellas se ramifica en muchas direcciones que merecen ser investigadas. Encontré allí una idea que me llamó particularmente la atención y de la que me valdré para organizar mi comentario. Jorge Faraoni propone —lo cito— que «la cultura es el intento fallido de cubrir el mal». Me he detenido en esa referencia, pues el mal es un interrogante que Freud persigue en toda su obra, declinado de distintas maneras. Por supuesto, de un modo muy especial en este ensayo [El malestar en la cultura] donde las dos grandes pulsiones —la pulsión sexual y la pulsión de muerte— se conjugan con su teoría de la cultura. Lo que Freud trata de mostrar en este texto, a contrapelo de los principios de la Ilustración, es que el mal no es un accidente en el proceso civilizatorio, en la construcción de la cultura. Todo lo contrario, el mal es inherente a ese proceso, no es un producto residual, sino un engranaje de la cultura misma. Ahí tenemos, por ejemplo, la guerra, que es un elemento que hace parte de la civilización y el lazo social. Aunque nos parezca un contrasentido, la guerra forma parte del lazo social. Y tenemos también el análisis tan minucioso que Freud hace del mandamiento «amarás a tu prójimo como a ti mismo». En ambos ejemplos —el de la guerra y el de la crítica que Freud hace al mandamiento— se puede apreciar hasta qué punto la destructividad y la agresividad que no están intrincadas a Eros, a la pulsión sexual, también forman parte del lazo social. Es decir, todo lo que Lacan ha desarrollado sobre la segregación como un efecto de la fraternidad, sale —a mi entender— precisamente del modo en el que Freud concibe la relación con el semejante. Y lo que Freud dice en El malestar en la cultura es exactamente la misma lógica que había propuesto muchos años antes en ese texto que Lacan rescata, el «Proyecto de psicología para neurólogos» donde encontramos la teoría del «complejo del semejante».
Hace unos días he leído algo que llamó mucho mi atención. Algo que ha existido siempre en los Estados Unidos, pero que en el último tiempo ha tenido un incremento astronómico debido al ascenso de la ultraderecha y, también, como consecuencia de la pandemia: la defensa armada de los senderos que existen en las zonas rurales. En todas partes del mundo hay zonas rurales donde los territorios privados no están debidamente delimitados, uno no sabe si está entrando o no en una propiedad privada. Se está generando un fenómeno que ya existía, pero que ahora está cobrando una importancia dramática, que consiste en que la gente que vive en esos lugares no se puede alejar mucho de su propia casa, porque es difícil saber cuándo uno está entrando en el territorio del vecino. La gente que acostumbraba a hacer caminatas, a andar en bicicleta, está teniendo que contenerse pues se tropiezan con gente que les sale al paso armada y advirtiendo que se trata de una propiedad privada. Lo interesante es el que el argumento de las personas que están caminando, «Oiga, yo soy un vecino, soy el que vive aquí al lado», ese argumento, no disuade a los propietarios. El término «vecino» en inglés es «neighbour» y tiene la misma raíz que el alemán «Neben». El complejo del semejante del que habla Freud es el complejo del «Nebenmensch». El concepto de «vecino» ha comenzado a despojarse de la envoltura del amor fraterno para dar paso crudamente a la relación de una pura destructividad, a la regresión tópica a la especularidad más mortífera. Cuando el autor del blog donde encontré esta información se pone a investigar qué es lo que está sucediendo entre los habitantes de la región, lo que descubre es que los propietarios en realidad no están defendiendo exactamente el valor de la propiedad privada. Más bien experimentan el temor de ser judicialmente demandados. Es decir, en una sociedad donde la paranoia es la regla dominante del lazo social y la desconfianza se apodera cada vez más del estilo de vida, aparece este miedo a que alguien entre en el terreno, sufra alguna clase de accidente, y demande al propietario. Entonces los propietarios niegan el paso de manera decidida y armada, pues «si a ti te sucede algo me vas a demandar, y por eso me anticipo y te excluyo, te prohíbo la entrada».
Aquí podemos efectivamente verificar esta especie de función restitutiva de la atribución paranoica de sentido. Es decir, un forzamiento del real que retorna desde el exterior para que reingrese al campo del sentido.
El sufrimiento en cuatro fuentes
Como recordarán, Freud enumera las tres fuentes principales de sufrimiento: el propio cuerpo, las fuerzas de la naturaleza y las relaciones con nuestros semejantes. Hay una cuarta fuente, una fuente no explícita, pero que subyace a toda la argumentación: uno mismo puede ser la causa primordial del sufrimiento. Es decir, el sujeto actuando contra sí mismo. La pandemia ha sacudido estos tres niveles —podríamos decir los cuatro, si incluimos al sujeto actuando o trabajando contra sí mismo—. En primer lugar, porque nos ha confinado en la vivencia de reducirnos a nuestro cuerpo. En algunas de las reuniones que ustedes han tenido, Vaschetto ha recordado la definición de Lacan sobre la angustia como aquello que experimentamos cuando nos reducimos a nuestro cuerpo. Efectivamente, el confinamiento ha puesto en primer plano el sentimiento de que el cuerpo cobra una presencia cada vez más indeseable. En segundo lugar, porque nos ha confrontado una vez más con la superioridad abrumadora de la naturaleza. A pesar de que los gobiernos tenían la información sobre la inminencia de una pandemia, ninguno (salvo Alemania) quiso prestar la debida atención. Nadie ha querido saber sobre la absoluta vulnerabilidad que nos caracteriza. Y yendo a la tercera fuente de la que habla Freud, la relación con nuestros semejantes, digamos que el contagio y este sintagma espantoso de la distancia social (digo espantoso porque me llama la atención lo poco o nada que se ha cuestionado esta expresión cuyo uso se ha implantado tan rápidamente en el mundo entero) han arrastrado los lazos sociales a un espacio de desconfianza y amenaza que despiertan lo peor: el fantasma del otro como un enemigo potencial.
Esa fraternidad inicial que dio la vuelta al mundo, la fraternidad de los balcones, ha dado paso a la denuncia del elemento «impuro» que hay en el cuerpo social de la comunidad de vecinos y finalmente en la comunidad de toda una nación, por supuesto. Una de las consecuencias más interesantes es que todos los días se revela un dato más sobre el fraude que en los últimos veinte años nos vendieron las grandes compañías de Silicon Valley, que fabricaron un relato que ha calado profundamente y que nos prometía una prolongación impresionante de la duración de la vida. Hasta poco antes de la pandemia, compañías muy serias anunciaban que en un plazo no mayor de diez o quince años alcanzaríamos un promedio de vida de ciento treinta o ciento cuarenta años. Todo es avalado por innumerables estudios supuestamente científicos, realizados por prestigiosas universidades, en los que se anunciaba la inminente erradicación absoluta de la mayoría de las enfermedades. Todo esto ha demostrado ser una estafa. Estamos a años luz de ver cumplidas todas estas supuestas promesas. Toda esta creencia en la omnipotencia tecnológica ha saltado en pedazos, y ha quedado en evidencia que un microscópico virus es capaz de producir una catástrofe de magnitudes inimaginables, sin que la tecnología pueda hacer absolutamente nada.
Voy a culminar con un comentario anecdótico, pero que me parece oportuno. Como saben, en los últimos años se habló mucho del famoso coche sin conductor. El New York Times acaba de publicar una investigación donde se demuestra que eso es absolutamente falso. Faltan muchas décadas para que se pueda fabricar todo lo que se había promocionado. Google tiene dos grandes empresas: Alphabet, dedicada a invención y fabricación de aparatos, que había anunciado cosas que están muy lejos de producirse, y Calico, dedicada a la investigación en ciencias aplicadas a medicina. Una gran parte de los proyectos que anunciaba como de inminente realización, también ha resultado ser una gran mentira, en especial lo referido a la erradicación de las enfermedades y la prolongación de la vida. Creo que allí tenemos una fuente que Freud evidentemente no podía prever, y sin desconocer las ventajas innumerables que la tecnología nos puede ofrecer, nos damos cuenta de que no existe ninguna tecnología que sea neutral. Toda tecnología tiene una carga ideológica importantísima, y no es necesario ahondar mucho para descubrir cuál es y cuál va a permitirle a las grandes tecnológicas potenciar tu beneficio económico.
Bueno voy a dejar aquí para conversar un poco. Por supuesto que lo de «El malestar en la cultura remasterizado», el título de esta charla, tiene algo de chiste, pero es la propuesta de que podamos construir entre todos una nueva lectura guiada por la enseñanza de Lacan.
Una civilización sin dios o un nuevo sujeto
Emilio Vaschetto
Quiero simplemente mencionar, agradeciéndote tu comentario y la actualización que haces de ese maravilloso texto de Freud. Lo subyugante del asunto es que él allí comienza hablando del malestar y se termina hablando del mal. Creo que esa idea de Freud de que el mal es «innato», es retomada por Lacan el seminario de La Ética… para hablar de «el enigma del mal». Es decir, se trata de algo absolutamente complejo y trascendente. Jorge tomaba en alguna de las charlas una frase de un crítico literario inglés, Terry Eagleton, que tiene un libro sobre el mal, quien dice que quizá el mal sea «la única forma de trascendencia en un mundo posreligioso». Por ende, hay algo verdaderamente trascendente e inherente a la coyuntura de los malestares y los síntomas de una época.
Jorge Faraoni
Gustavo, la verdad es que es un gusto, aunque más no sea por estos medios, que podamos vernos, porque es bueno conocer a la gente leyéndola, pero también de esta forma. Ante todo, estuve leyendo Inconsciente 3.0 y ayer conversaba con Emilio acerca de la honestidad y la audacia con la que escribís. Es llamativo encontrar un libro que tenga tan pocas citas de psicoanálisis y notar la posición de analista de quien lo escribe. Me pareció muy llamativo que, aún habiendo tan pocas citas de psicoanálisis, pueda leerse el psicoanálisis. Sorprende.
Me pareció muy interesante la diferencia que estableces entre ciencia y tecnología, sobre todo por la velocidad y aceleración con la que trabaja y se desarrolla la tecnología a los fines de salir al mercado lo antes posible; mientras que, por otro lado —y al menos hasta ahora—, la ciencia debe respetar los procedimientos y las normas que se requieren para la aprobación de sus desarrollos. En este sentido tendremos que considerar que la investigación y aprobación de la vacuna contra el Covid-19 estará regida por los tiempos de la ciencia y no de la tecnología.
Gustavo Dessal
Exacto.
Jorge Faraoni
Y otra de las cosas que me pareció interesante, y que queda ligado a lo que abordas hoy, es que en parte tomás a la tecnología como una religión. Una religión muy particular, porque es una religión que no invita a lecturas de sagradas escrituras anteriores o antiguas, sino que está siempre en cero. En el último capítulo citas a Jeff Bezos cuyo eslogan es «sobre el día uno».
Gustavo Dessal
Claro él es el creador de Amazon, y lo que dice es «siempre estamos en el día uno y lo que hay que evitar es pasar al día dos».
Jorge Faraoni
Uno podría pensarlo en relación con el seminario y con las marcas, ya que no solo no hay segunda marca sino que ni siquiera hay una primera en el eslogan de la empresa.
Entonces me parece que este libro, publicado antes de la pandemia, es donde venís a decir que lo escrito está siendo conmocionado. Porque cuando afirmás que en estos últimos veinte años se ha generado la creencia en la omnipotencia tecnológica —es lo que el libro muestra y creo que es interesante porque es hasta una pregunta antropológica la que lo sostiene— puede pensarse en un sujeto distinto al que conocemos —esta es la honestidad jugada—. En función de todo este avance tecnológico se pondrían así en segundo plano las marcas con las que se constituye un sujeto para el psicoanálisis.
Entonces estaríamos en otra muerte de Dios, y habría que esperar los efectos de esto —si los tiene—. Me da la impresión que está por verse si acaso con estas cuatro fuentes que nombraste del malestar en la cultura, no hay un modo de evitar este fracaso de veinte años.
Lo que se resiste al algoritmo… por ahora
Gustavo Dessal
Hay muchas cuestiones interesantes en tu comentario. Es muy importante distinguir la dimensión de la ciencia y de la tecnología. Son cosas indiscutiblemente ligadas, ya que no hay tecnología que pueda crearse sino es a partir de ciertos principios científicos fundamentales. Pero observamos una evolución en la que la ingeniería pretende hegemonizar tanto el dominio técnico como el dominio científico. Vemos esto en la disputa entre el campo médico y el de la ingeniería. Los ingenieros que se dedican a la aplicación de la tecnología a lo biológico, al estudio de los mecanismos de la vida, apuestan a un futuro que además declaran inmediato, donde las máquinas van a reemplazar a los médicos. En un futuro los ordenadores y la inteligencia artificial harán a los médicos y al saber médico general, prescindible. Muchos ingenieros creen que la acumulación de datos y su tratamiento matemático dará mejores resultados que todo el saber que la medicina ha acumulado durante siglos. No necesitábamos esperar a la pandemia para darnos cuenta que esto es una estafa. Pero que lo sea no impide que haya un movimiento mundial impresionante, que este relato movilice una cantidad de dinero inimaginable, presupuestos en investigaciones de cifras que son ilegibles para nosotros.
La contracara de esto: Apple y Google se han unido a partir de la pandemia para trabajar en una aplicación de rastreo de la cadena de contagios y que han ofrecido al gobierno de Estados Unidos. Casi todos los responsables sanitarios de los estados se han negado a la aplicación. Y me interesa señalar el porqué. La negativa se fundamenta en el hecho de que consideran que el rastreo de las personas y de los miembros de su entorno que pueden haber tomado contacto con infectados, no se puede delegar en la pura tecnología. Es necesaria la intervención humana. Prefieren contratar rastreadores a los que se les proporciona una formación muy rápida, para que telefónicamente se pongan en contacto con la gente y sean los intermediarios entre los ciudadanos y las autoridades sanitarias. ¿Por qué? Porque las personas necesitan esa mediación, necesitan saber que cuando se les llama por teléfono y se les pregunta y se les pide datos, al otro lado de la línea hay un ser humano, no una máquina. Todavía eso es fundamental. Es el reconocimiento de la importancia y el valor —como también sucede en la medicina— que tiene la transferencia. Porque también es una relación transferencial la que se instaura entre un ciudadano y un representante de la autoridad sanitaria que lo llama para preguntarle cómo está y cómo se encuentra, qué ha hecho, con quién se ha juntado, con quién ha estado. Esa no es una información que uno da alegremente a un desconocido. Es interesante que todavía existan situaciones que suponen una objeción a este avance hegemónico de la tecnología, que se ha ido convirtiendo en la religión soberana. Es notable lo poco que se habla de Dios desde que apareció el Covid-19. La poca fe en Dios que se aprecia en este momento es algo digno de estudiar. La gente no se está volcando de manera masiva a la religión para buscar una respuesta. El debate se juega en lo sanitario y lo político.
La pregunta sobre si todo esto es capaz de ejercer una incidencia en la subjetividad como para producir un sujeto distinto: soy muy cauto al respecto en el libro. Soy muy cauto y estoy tentado de afirmar que no, de afirmar que efectivamente hay algo que es inalcanzable. Cuando Lacan planteó que hay una imposibilidad —formulada por el psicoanálisis como la imposibilidad de la escritura de la relación sexual— se llame así o se llame de otra manera, lo interpretemos como lo interpretemos, lo que Lacan afirmó es que hay un reservorio de la subjetividad que es inalcanzable e inmodificable.
Y eso es una apuesta muy fuerte y difícil de demostrar (Lacan hizo inmensos esfuerzos al respecto), pero lo interesante es que quienes se dedican a las tecnologías, especialmente a las de la comunicación, ya saben esto. Ya han descubierto que hay algo que hace obstáculo a los algoritmos.
Primero lo descubrieron en las investigaciones en torno al lenguaje. Descubrieron que el lenguaje humano es muy difícil de trasladar enteramente al plano algorítmico, hay algo que se resiste. Pero después descubrieron otra cosa, mucho más inquietante desde nuestro punto de vista: han comprendido que el lenguaje no es solamente simbólico —un sistema y una combinatoria de representaciones—, sino que el significante tiene una significación personal producida por una singularidad de cada uno de los seres hablantes, y esa singularidad no puede todavía ser descifrada por ellos. Nosotros apostamos a que eso no se va a poder descifrar o traducir desde el punto de vista algorítmico, que ese es el límite irrebasable de la tecnología, así como hay un imposible que la ciencia reconoce, ese será el imposible de la tecnología. Claro, apostamos a ese real del psicoanálisis y aseguramos que es irreductible. Ahora bien, poder aseverar que ese imposible lo será para siempre es un poco difícil de demostrar. Para la tecnología, a diferencia de la ciencia, lo imposible es una contingencia del momento, no algo del orden de lo necesario. Es decir, lo que hoy es imposible, mañana, pasado, dentro de cien años, puede dejar de serlo; en cambio para la ciencia no, al menos hasta que aparezca alguna teoría que desmienta eso.
Un nuevo master y retorna el péndulo
Florencia Shanahan
Quería retomar lo que Emilio situó al principio respecto al título y la palabra remasterizar, y preguntarte Gustavo, si podías decir algo con relación con esta idea ¿qué se puede localizar como constitución de nuevas figuras del amo, del master?
Gustavo Dessal
Te voy a responder citando una parte de la correspondencia que tuve con Zygmunt Bauman. Una de las cosas que más me impactó de este personaje es su valentía intelectual. Después de tantos años desarrollando el concepto de lo líquido, hacia el final de su vida tiene el coraje de pensar que a lo mejor habrá un retorno del péndulo (de allí el título del libro que le sugerí a él y que se corresponde con una frase de su correspondencia): «Avecino el retorno del péndulo». Él no desarrolla esa idea, y yo la interpreto a mi manera: el mundo líquido es aquel en el que se disuelve el valor de los significantes amo tradicionales y se inaugura una época donde, en lugar de haber significantes que operen como punto de capitón, la lógica que impera es la de la metonimia. La idea de la red, en el sentido de internet, está concebida como algo que pertenece al orden de la metonimia. Por eso toda la retórica que nace a partir de internet es una retórica que siempre esta referida a la idea de deslizamiento. Por ejemplo, la idea de «surfear». Uno se desliza por el mar de los datos. ¿Y qué es lo que hace de punto de capitón cuando uno se mete en internet? Es difícil, salvo que el lector o usuario tenga un elemento de su propia singularidad que permita introducir un punto ahí. Entonces, el retorno del péndulo alude a que todo aquello que hemos vivido en los últimos años ha sido un experimento de liquidación de los significantes amo tradicionales, y en el que se nos ha hecho creer que cada uno es amo de sí mismo y de su destino. Podíamos elegir todo: el nombre, el apellido, el sexo, el color de ojos de nuestros hijos, etc. Ahora hay un cambio. Cuando todo el mundo se ha entregado a esa creencia, hemos entrado en una nueva fase, la del retorno del péndulo, donde se imponen nuevos significantes amo, o incluso vuelven los antiguos. La pandemia ha sido una oportunidad extraordinaria para la exaltación de la ignorancia, que se promociona como un verdadero significante amo, el significante amo por antonomasia, el significante fundamental de la política actual. El significante amo de la ignorancia como exaltación desvergonzada se está convirtiendo en un principio rector, una nueva fórmula de la subjetividad y de la comunidad.
5 El fenómeno del tatuaje
Clase del 28 de Mayo de 2020 a cargo de Cecilia Castelluccio
Jorge Faraoni
Tal como habíamos adelantado hoy nos acompañará Cecilia Castelluccio. Se me ocurrió, pensando en cómo presentarla, tomar el texto Tótem y tabú nombrándolo como la marca-Uno introducida por Freud en la civilización; o sea, la cuestión del parricidio y de la culpa que él ubica en primer plano.
Freud sitúa ahí lo que sería la primera marca en torno a la cual la civilización se organiza, incluso donde la psicopatología ordena sus formas clásicas. Hablo de una marca que es común y fundante de un «para todos». Considero importante ubicar este aspecto porque es el lugar privilegiado donde malestar y clínica se entretejen. Asimismo, el concepto de culpa es central en Freud y me parece importante destacar este detalle: se trata de una «clínica del retorno». Lo que más se muestra en la sociedad, para el psicoanálisis, es que siempre está la pregunta sobre cómo fue aquello, y simplificando mucho, uno podría pensar que siempre retorna la pregunta acerca de si ¿podemos vivir en una civilización sin dios? Un punto de inercia en torno al cual el sujeto se va constituyendo.
En la reunión anterior, junto a Gustavo Dessal, se hizo referencia a su libro Inconsciente 3.0, donde algo de esto se menciona de un modo novedoso. Dessal sitúa la tecnología como la religión de este tiempo, lo cual conduce a múltiples preguntas, sobre todo por la particularidad que adquiere esta religión. En principio, podemos ubicarla como una religión que se orienta hacia adelante, hacia el futuro, una religión que, por no tener un movimiento de retorno, no hace honor a la marca. En una parte del libro advierte que la tecnología se va renovando, tiene una vida útil de dos años, y cita la visión que Jeff Bezos —fundador de Amazon— le ha otorgado a su empresa, que consiste en la idea de que «siempre es el día uno». O sea, mañana también es el primer día, pasado es el primer día y así sucesivamente. Dicho de otro modo, se trata de que cada día es un intento de borrar la marca producida por esta nueva religión el día anterior.
Volviendo a la cuestión que nos convoca, la de los tatuajes, quiero decir que resulta ingenuo caer en aquel universal freudiano de Tótem y tabú, ya que en esta religión-tecnología universal se resalta el beneficio particular que cada uno puede obtener del uso del objeto tecnológico. En la clínica esto podría resultar un facilitador: el sujeto que en su discurso refiera al uso del objeto tecnológico, podría desplegar las fantasías propias que le atribuye.
Cecilia Castelluccio
Buenas tardes a todos. La idea es comentar algunas cuestiones teóricas, algo de mi pasaje por una institución carcelaria, donde surgió el tema de mi tesis de maestría en psicoanálisis. Mi intención es contarles el trabajo teórico que posibilitó investigar sobre el tatuaje en la cárcel y cuestiones vinculadas a la época.
Como todos saben, el tatuaje supone una marca en la dermis (que es una capa profunda de la piel donde se deposita el pigmento). Esta marca tiene características peculiares, entre ellas, el ser una marca que es indeleble (al menos así era hasta hace un corto tiempo). Actualmente con determinados procedimientos quirúrgicos, láser por ejemplo, se puede borrar. Ahora bien, esta marca, aunque se pueda borrar, no se iría sin dejar otra marca en su lugar, es algo que me parece interesante para pensarlo en relación con el nombre del seminario. Borrar una marca produce una nueva marca. Cabe preguntarse si esta es, en sentido estricto, una segunda marca, el tatuaje como una primera marca y su borramiento como una segunda marca. Lo cierto es que donde hubo una marca necesariamente aparece otra, porque no se puede borrar completamente. Incluso se puede dar el caso —otra operación frecuente— de «borrar» un tatuaje con otro que tape al primero. Por ejemplo, el nombre de una ex pareja queda sustituido por cierta ornamentación en su lugar.
Algunas consideraciones históricas
Es importante situar el tatuaje en la historia, ya que las particularidades que ha adquirido en la actualidad no son las mismas. El tatuaje no es algo nuevo, no es una práctica nueva, aparece en distintas culturas con diferentes usos. De hecho, los usos que se le ha dado a lo largo de la historia, tanto en Occidente como en Oriente, aparecen de modos diversos. Ya sean rituales, ornamentales o bélicos, los tatuajes han tenido diferentes funciones. Cuando digo «funciones» pienso funciones en el sentido de suponer un sujeto ahí. Habrá que ver en cada caso particular de qué se trata.
Hay otros tipos de tatuajes —dada su característica de ser imborrable o indeleble— que se han usado a lo largo de la historia para marcar a los esclavos, por ejemplo, o para marcar a los criminales; al ser una marca que no se borraba, quedaban estigmatizados de por vida y por ende no había forma de borrar su condición. En este sentido, hay un cuento de Kafka que menciono en el libro1 que es sumamente interesante. Si no lo leyeron, se los recomiendo, se llama «En la colonia penitenciaria» y es muy interesante para pensarlo desde el psicoanálisis. Se trata de un prisionero sometido a una especie de proceso —al estilo de Kafka— sin saber de qué se lo acusa ni cómo llegó hasta ahí. El relato gira en torno a delincuentes que son marcados por un aparato, un dispositivo que tatúa su delito y su pena en la piel. Uno de los personajes explica que, a pesar de saberse de qué trata todo ese asunto, el tatuado ya lo entenderá, ya lo podrá leer en su propio cuerpo. Esto que queda marcado en el cuerpo será entendido, podrá ser descifrado. No se los voy a «espoliar», pero el cuento de termina mal.
Retomando el comentario de Gustavo Dessal en el encuentro anterior, con esta idea del mal que él menciona, tan propio de lo que decía Jorge del malestar en la cultura y que atraviesa justamente al ser hablante, me parecía interesante pensar en un tipo de tatuaje particular y su connotación de malignidad. Es el tatuaje que se le efectuaba a los judíos en los campos de concentración donde los prisioneros quedaban reducidos a una cifra, a un número, perdiendo —entre otras cuestiones— su identidad, su nombre. Hay algunos textos de Primo Levi muy interesantes donde menciona justamente esa operación de reducir el sujeto a la condición de número, deshumanizarlo. En este punto anida la idea del mal. No solo por esa operación en sí misma, sino porque además para el pueblo judío está prohibido tatuarse, hacerse marcas en el cuerpo. En un pasaje del Levítico se hace mención a esta prohibición: «no haréis rasguños en el cuerpo a un muerto, ni imprimiréis en vosotros marca alguna». Marcar el cuerpo humano está prohibido por la Torá.
La palabra kahakah, en hebreo significa: «sacar de raíz». Es la palabra que se usa para decir tatuaje. Uno puede pensar que lo que se saca de raíz, con esta operación del tatuaje, es el cuerpo dado por Dios; al intervenirlo, al marcarlo, vemos cierta cuestión asociada al mal en ese punto, un mal con las características que Hannah Arendt proponía como concepto: la «banalidad del mal».
Entonces habría que comprender qué pasa hoy, qué pasa en nuestra época con el tatuaje. Una época que muchos autores caracterizan como una época donde lo imaginario está en un primer plano, donde se manifiesta cierta deflación de lo simbólico, donde se presenta un rechazo de la falta y un rechazo de la castración. Para mencionar a Bauman —también citado por Dessal— se trata de una época líquida, inconsistente, donde el cuerpo desnudo actual no es un cuerpo sin ropa, sino un cuerpo sin «trabajar». Y esto se ve claramente en el momento de tener que ponerse el traje de baño y mostrarse en la playa. Hay todo un trabajo previo para poder llegar a mostrar el cuerpo, porque un cuerpo sin intervenciones es un cuerpo vergonzante, desnudo —como decíamos—.
Estamos en una época que algunos autores caracterizan por la compulsión al consumo. Quizás el tatuaje entre en esa lógica, de ser algo más a consumir, como así también lo es el cuerpo. Considero importante señalar que, así como el cuerpo y el Otro están estrechamente vinculados, necesariamente las épocas van marcando diferentes cuerpos con sus ideales de belleza. No son los mismos los de la época greco-romana que los actuales o los del Renacimiento. Marcas que en su momento podrían ser, por ejemplo, de grupos ligados a algo marginal, hoy tienen otra connotación. Digamos que la época va dando distintas claves de lectura para esas marcas en el cuerpo.
Una cita como brújula
Hay una cita de Lacan en el seminario 11 que me parece sumamente rica y orientadora para pensar estos temas, donde propone que el tatuaje, la escarificación, la incisión, tienen la función de ser «para el Otro, de situar en él al sujeto»2.
Esta referencia, supone que las marcas estarán en función del Otro en juego; sería la primera cuestión. Porque el sujeto, desde la lógica de esta época —como lo piensa Lacan—, es lo que sucede o lo que acontece en el campo del Otro. Claro está, estas marcas dependen de la lectura que se haga de ellas. Ahora bien, en este sentido, si está en relación, si sitúa al sujeto en el campo del Otro, podemos pensar que las marcas no serán las mismas según cuál sea este Otro. Por ejemplo, para pensar en marcas que se ponen en juego en la clínica actual, nos encontramos con pacientes, generalmente adolescentes, que se cortan superficialmente, aunque no dejan de ser cortes y de provocar una serie de marcas en la piel. Estas marcas, a pesar de ser en el cuerpo, no son de la misma índole que otras marcas, como podría ser la circuncisión, puesto que ubican al sujeto, en una posición totalmente distinta en cuanto al Otro. No es lo mismo quien se hace cortes de manera autoprovocada para tramitar la angustia (los cutters, por ejemplo) que la circuncisión, donde ubica al sujeto como siendo parte del pueblo elegido por Dios.
Agreguemos algo más: una referencia del seminario 9, que es uno de los seminarios (junto con el 11 y el 12) a los que me aboqué especialmente en mi libro. Esta otra referencia es que «el sujeto es lo que se nombra»3. Por lo cual, según cómo quede nombrado eso (el sujeto) será totalmente distinto y estará íntimamente ligado a cuál sea ese Otro en juego. Esta es la lógica subyacente.
Una clasificación posible
La idea de la tesis surgió a partir de mi trabajo en una cárcel durante algunos años. Entrar a una cárcel supone necesariamente encontrarse con tatuajes, es inevitable encontrar que todos están tatuados. Particularmente, la relación entre esas marcas y el nombre propio fue lo que trabajé y quedó plasmado en mi libro. Los internos están tatuados de diferentes maneras, no todos los tatuajes tienen una misma función, ni responden a una misma lógica. Al inicio no encontraba un sentido a aquellas marcas que veía, las cuales no dejaban de captar mi atención. Mi trabajo fue ubicar las escasas referencias en Freud y Lacan para poder encontrar un cierto orden a lo que veía. A partir de allí pude establecer las siguientes categorías:
En primer lugar los tatuajes vinculados a lo identificatorio. Las referencias son el «tótem» en Freud y el «rasgo unario» en Lacan. Allí ingresa quien se tatúa algún equipo de fútbol, por ejemplo de River Plate o de Boca Juniors —si nombramos dos de los más conocidos—. Es decir, aparece cierta cuestión de pertenencia a un determinado grupo. Pero también, si uno lo piensa en el campo de las instituciones cerradas y de los delitos, existen tatuajes que vinculan a su portador con el pasaje por dichas instituciones. Son aquellos tatuajes que los presos llaman «escraches». Los realizan de manera muy desprolija en cuanto a su terminación, con bordes irregulares, ya que son hechos con agujas de coser y con tinta de bolígrafo. Al introducir ese pigmento, el tatuaje queda con un color gris azulado, con una definición poco uniforme. A partir de una serie televisiva se hizo conocido un tatuaje muy frecuente entre los presos; se trata de los cinco puntos de la cara de un dado que suelen hacérselo en la mano, generalmente en la tabaquera anatómica, cuyo significado es muy preciso. Para quien lee los tatuajes, quien sabe leerlos, esto tiene una significación especial. Por ejemplo, ese tatuaje significa que cuatro policías hicieron «caer» a un preso, y luego esto se revierte, quedando cuatro presos encerrando a un policía. Explicación que me dio en algún momento un interno. Es muy frecuente ver esto y también ver el tipo de pertenencia a lo delictual en otros grupos, por ejemplo, los «yakuzas» en Japón o las «Maras» en Centroamérica. Son formas de pertenencia a una determinada agrupación delictiva. La primer categoría pues —para ordenar los tatuajes— serían estos tatuajes ligados a lo identificatorio.
En segundo lugar se encuentran aquellos tatuajes ligados a lo estético o a lo erótico. La función de estos últimos resulta más evidente. Menciono algunas referencias para quien quiera buscarlas. En el seminario 5 es donde Lacan trabaja la relación entre el deseo y la marca. En el seminario 10 menciona a Lévi-Strauss y su referencia a los colonos que llegaban a América y veían a las mujeres con sus cuerpos desnudos totalmente tatuados y ornamentados, lo que provocaba un efecto de fascinación en los europeos. En el seminario 11, hay otra referencia —además de la que mencionamos—, donde habla de la anamorfosis: se refiere a un pene tatuado que pasaría del estado de reposo al estado de erección y la fascinación que eso provocaría. Se trata de una «trampa para el ojo» (trompe-l’oeil).
Volvamos a la cita del seminario 11 para poder completarla y ver como en ella Lacan ubica los dos costados que comentaba anteriormente. Antes cité una parte: «…el tatuaje, la escarificación. La incisión tiene precisamente la función de ser para el Otro». Y continúa diciendo: «…señalando su puesto en el campo de las relaciones del grupo, entre cada uno y todos los demás».
En una misma cita aparece la lógica que permite ordenar esos tatuajes con los que me encontré. Esta clasificación me servía de marco, de anclaje para abordar un tercer tipo, uno que no encajaba en aquel listado. No me dediqué a esos tatuajes, sino al tatuaje del nombre propio, veía personas privadas de su libertad, que se tatuaban su propio nombre en el cuerpo. Empezaron a surgir preguntas: ¿qué quiere decir esto? ¿A qué obedece este tipo de tatuaje? ¿Qué función cumplen? Lo primero que surgió, (así aparece propuesto por Lacan) es que ese tatuaje parecía una etiqueta, equivalente a aquellas que en la escuela primaria se ponen en el cuaderno. Esas etiquetas identifican la pertenencia, entre otras cosas, para que no se pierdan. Lacan habla del «marbete» y es una indicación clínica muy interesante.
Una pregunta empezó a insistir: ¿por qué alguien se marcaría con su propio nombre el cuerpo? Les adelanto mi hipótesis: este tatuaje resulta una segunda marca que suple a aquélla primordial. Ahora bien, lo que tendríamos que situar es esa primera marca y cuál fue su operatoria. De ahí también se desprenderá si se trata realmente de una segunda marca en sentido estricto. ¿Por qué una segunda marca? Porque algo de esa primera marca que debería haber operado, evidentemente no se inscribió, algo que se tendría que haber inscripto no funcionó, no operó y esta marca en el cuerpo vendría a suplir aquello que no funcionó. Sabemos que la función paterna, la función del padre es siempre fallida. Entonces, el asunto a dilucidar es si el tatuaje del nombre propio es una marca que oficia como primera o segunda.
En alguno de estos casos ni siquiera esa falla [de la función paterna] parece haber operado, dando como efecto un cuerpo con un funcionamiento muy particular. Un comentario resulta pertinente, y es que el cuerpo dentro de una institución cerrada como la cárcel, funciona de una manera muy particular. Pensaba en situaciones específicas: alguien que como forma de protesta se cose la boca, o quien para salir de un determinado pabellón adonde podría correr riesgo, se traga una hoja de afeitar y así concurrir al hospital. Es muy distinto como funciona el cuerpo en general a como funciona el cuerpo en la cárcel.
Mi idea es que este tatuaje en particular funcionó como un anudamiento, como aquello que permite que el cuerpo, entre otras cosas, tenga cierta consistencia.
El nombre propio es una falsa sutura
Lacan en el seminario 9 (clase del 10/1/62) se pregunta: ¿qué es el nombre propio? Inicialmente podemos decir que es un significante que pareciera funcionar de un modo distinto. Pero no perdamos de vista que se trata de un significante, y un significante es lo que representa al sujeto para otro significante (no para otro sujeto). Se ocupa de esto también en el seminario 12. En la clase del 6/1/65 da varias referencias, allí indica que es una función volante, que está hecho para llenar agujeros. El nombre propio se desplaza, es irreemplazable, no se traduce. Y lo que destacaría: «da una falsa apariencia de sutura». La cita de esta clase, que me interesa es:
[…] lo esencial en la función y la existencia del nombre no es el corte, es, si se lo puede decir, lo contrario, a saber: la sutura4.
Hay entonces dos operaciones, la falta (para que el nombre propio opere) y el intento de velamiento de la misma. Lacan lo propone como un collage.
Lo que la clínica enseña
Me interesa discutir con ustedes dos viñetas clínicas. La primera es de un hombre de 38 años a quien llamaré Alejandro. Debido a su alcoholismo crónico ha llegado a «perderse», con el peso de la equivocidad que este término conlleva. Su madre lo ha recogido de la calle en más de una oportunidad, donde se quedó durmiendo «perdido». Alejandro proviene de un barrio «peligroso» donde resulta frecuente que aparezcan personas muertas producto de peleas entre diferentes bandos. Según me comentó:
Una vez no encontraban a un pibe, la madre lo reconoció en la morgue por las zapatillas, que por suerte no las robaron, tenía la cara desfigurada porque le pegaron. Yo sé, que, si no te reconocen, te queman en la morgue. Por eso yo tatué mi nombre, por si me pierdo, para que mi mamá me pueda encontrar, para que sepa que soy yo.
Aquí resulta interesante la definición de «marbete» del diccionario: «pedazo de papel, cartulina u otro material parecido, que se pega o sujeta sobre una cosa para indicar alguna información relacionada con ella, en especial su contenido o su destino».
La segunda viñeta es de un muchacho de 30 años, quien refiere cómo se tatuó su nombre:
Fue de chico, creo que a los once años. Me lo hice escondido en el baño, en la pierna. No sé si tiene que ver, pero yo de chico tenía la impresión de no existir. Hacía cosas como para darme cuenta que existía, hacerme ver, no porque Fulano no me prestara atención. Yo pensaba «no soy real, la gente si». Yo apenas una imagen, sentía que los demás no me percibían. El tatuaje fue para darme cuenta de que ese soy yo, el que está acá dibujado.
Lo que hace de prensa en el individuo moderno
Emilio Vaschetto
Agradezco la dimensión clínica de tu presentación que está en relación con la línea que conduce este seminario. Es decir, poder aislar dentro de esta idea de segundas marcas, qué es lo que sería lo que Lacan llama la marca más particular para el sujeto. Me parece que se trata de algo que has comentado respecto de estos casos. En efecto, se trata de un tipo especial de tatuaje, no es cualquier tatuaje, sino el tatuaje del nombre. También eso nos sirve para preguntarnos ahora, qué es lo que sería una marca, ¿qué puede ser una marca? Hablamos de segundas marcas, pero ¿qué sería una marca para un sujeto?
Marca, no es un concepto en Lacan, si bien habla de marcas en los distintos seminarios que mencionaste, habla de la marca del caso en particular, y me parece que da pie a una observación de Jacques-Alain Miller en un texto que se llama «Efecto retorno sobre la psicosis ordinaria»5. Ahí ubica el tema del tatuaje a propósito de lo que Lacan llama el «desorden en la juntura más íntima del sentimiento de la vida en el sujeto», según el planteo que hallamos en el escrito «De una cuestión preliminar…»6. Dice Miller que cuando el cuerpo se descompone, hay alguien que viene a inventarse un lazo artificial para reapropiarse, para ceñirse a su propio cuerpo, para hacer una «prensa» —según su expresión—. El segundo caso que relatas es como un «Schreber invertido», porque este decía que los hombrecitos estaban hechos de apuro, que todo el mundo se deshacía, aquí es él quien dice estar «hecho a la ligera» y busca prensarse con algo, hacerse de una marca. Entiendo que todo tu esfuerzo, tu trabajo sostiene esa pregunta: esta pigmentación de la piel ¿puede ser realmente una marca? Lo que menciona Miller en este texto, es que todo eso que puede resultar extravagante en otra época, hoy en día se ha normalizado. En consecuencia, los tatuajes al igual que los piercings están de moda, a punto tal que él extrema el concepto al decir que hoy la moda es la psicosis ordinaria (ordinaire en francés es habitual, común). Aclaro que aquí lo llamamos «psicosis actuales», y los colegas españoles la nombran como «psicosis normalizadas».
Hay algo de la moda que expresa en qué estado de la civilización estamos; hay gente que se tatúa y se tatúa, se borra lo tatuado, y eso no termina de ser una marca. Algo que mencionás de manera reducida, lo podemos hacer extensivo a la civilización. En el seminario 3, Lacan habla del taburete de tres patas, dice:
[…] no todos tienen cuatro patas, algunos tienen tres, y con eso se sostienen, bueno, sepan que los puntos de apoyo significante, que sostienen el mundillo de los hombrecitos solitarios de la multitud moderna, son reducidos en número7.
Está demostrando que la regla moderna del individuo es la reducción del apoyo significante, que el hombre actual es alguien que apenas se tiene en pie y debe sostenerse de alguna otra cosa. Él ahí nos está diciendo algo que viene del futuro.
La pregunta sigue siendo, como dice Jorge Faraoni: ¿qué es lo que retorna? Se trata en gran medida de una clínica del retorno. Tenemos que saber leer ese retorno. Por ejemplo, puede existir una pastilla que nos desangustie, pero finalmente retorna como ingesta compulsiva. Las cirugías llamadas estéticas retornan bajo la forma del cutting.
Entonces —siguiendo el hilo de tu exposición—¿qué es lo que retorna en este caso? El fenómeno del tatuaje, no es un noúmeno, sino un fenómeno que nos ayuda a formular qué es una marca. No es que la marca nos ayuda a formular qué es un tatuaje, sino el tatuaje lo que nos ayuda a formular qué es una marca para el sujeto. Detrás del término marca tenemos una serie de elementos conceptuales: estigma, señal, etiqueta, marbete, nominación, nombre del padre, segunda marca. Los puse todos en serie, dando por descontado que no poseen entre sí la misma jerarquía.
Inscripción y borramiento
Cecilia Castelluccio
El título del libro, El fenómeno del tatuaje. Nombre propio y escritura, tiene que ver con la particularidad de este tatuaje, por eso les decía, la dificultad estuvo en recorrer la cuestión del tatuaje y del nombre propio, con todo lo que ahí aparece para poder comenzar a articularlo.
Elvira Escalante
Escuchaba los comentarios —siguiendo la línea del borramiento— y pensaba en una lógica entre Bejahung y Verneinung. Tomando esto que decía Cecilia al comienzo —respecto a la tradición judía sobre aquello «que se saca de raíz» y su implicación con sacar el mal—, siguiendo esta línea, se me ocurrió pensar si ese borramiento podría formularse como una dimensión de expulsión, de algo que se expulsa. Porque, además, el tatuaje es un recorte muy circunscripto en un lugar del cuerpo (si bien hay gente que tiene tatuado todo el cuerpo) y en este sentido podemos ver claramente el valor significante del tatuaje. Pero, en ese doble movimiento, de inscripción y borramiento, me pregunto si podríamos pensar en un valor de objeto del tatuaje.
Cecilia Castelluccio
Bien, en primer término, lo que situaba al principio era la operación de tatuaje de los nazis hacia los judíos y la dimensión del mal ejecutada allí por una doble cuestión: la reducción a no-persona, a número; pero además porque está prohibido por la Torá marcar el cuerpo; el significado de la palabra tatuaje alude a «sacar de raíz». Entonces, en este significado, a partir de lo que está prohibido en la religión judía, se trata de sacar de raíz algo dado por Dios, intervenir el cuerpo como aquello dado.
Jorge Faraoni
Si se compara al judaísmo con el catolicismo, probablemente podamos hallar otro tipo de valor simbólico en el catolicismo, ya que la culpa es innata y el cuerpo dado por Dios en el judaísmo es algo puro, que no debería dañarse.
Ceclia Castelluccio
Para la Iglesia católica también estuvo sancionado el tatuarse.
Jorge Faraoni
Creo que de algún modo se vuelve notable que, de entrada, hay una prohibición: hay un cuerpo y una prohibición de tatuarlo, más allá de las variantes que hay en esa prohibición. Estoy muy tentado de decir algo y quisiera que se escuche con toda prudencia. En estos días estamos presenciando el hecho de que hay gente que vive la cuarentena como una prohibición, y hay gente que se inventa una prohibición en nombre de una libertad. Podría tomarlo irónicamente y hacer un chiste, pero es algo que a mí me viene dando vueltas, y más aún, desde la conversación con Dessal; como todo es progresivo, va hacia adelante y no hay nada anterior que tenga validez, hay una búsqueda de una libertad que no se sabe cual es. Me parece que el tema de los tatuajes, se puede pensar que es una marca-Una que no hubo, y una segunda marca que intentaría cumplir una función parecida. O aún una transgresión. Pero, me parece que podríamos dejar abierto qué tipo de prohibición está funcionando hoy.
Blanca Musachi
A partir de lo que recordó Emilio sobre el texto «Efecto retorno sobre las psicosis ordinarias» y la función del tatuaje como la posibilidad de una grampa, de algo que viene a prensar el cuerpo, operación referida al hacerse un cuerpo, me quedé pensando en los casos que presentaste sobre todo en el segundo, ya que es el que me pareció más claro. A partir de la observación de Emilio, que es a partir del tatuaje que se puede pensar la marca más particular del sujeto, me surgieron varias cosas: colocabas Cecilia, la función del tatuaje como función de identificación, como función significante. Pero luego al final, decís que el título de tu libro es El fenómeno del tatuaje. Nombre propio y escritura, y entonces me acordé de algo que Miller decía acerca del famoso caso de neurosis obsesiva paradigmático de Freud. El verdadero nombre de ese paciente, de ese sujeto, era «El hombre de las ratas», ese era su nombre de goce. Entonces, te quería preguntar si podías decir algo sobre la segunda parte del nombre de tu libro, si podías precisar o agregar algo, sobre lo que es el significante y lo que es la letra.
Cecilia Castelluccio
Hay algo de esto efectivamente también en el «Hombre de los lobos» que se hizo un nombre y una existencia a partir de ser un caso de Freud. A partir de allí pudo existir.
Efectivamente es interesante la observación. Lacan propone una inversión entre la lectura y la escritura. Es la lectura la que crea la marca para leer. Lo escrito —dice— puede hablar o no. Algo que está escrito puede ser leído o no. Se puede pensar quién es el Otro en juego. La diferencia entre letra y significante nos permite pensar de qué registro estamos hablando, de qué orden se trata. Esta inscripción sirve para construirse un cuerpo o un nombre: ser un preso, por ejemplo.
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