Kitabı oku: «Cartas desde el abismo»

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Prólogo

Nota Preliminar

Primera parte. Drogas, Abismo

Segunda parte. Y destrucción

Agradecimientos

Créditos

Autor

Prólogo

Cartas desde el abismo es una novela que refleja no solo la vida de María y sus sombras, sino la de muchos jóvenes que se aproximan al mundo de las drogas para experimentar nuevas sensaciones en búsqueda de una libertad mentirosa, que termina por destruir las emociones y cualquier sentido de vida.

Una vez que comencé a leer la historia de María no pude parar hasta el final, por la claridad del relato, los numerosos detalles, los paisajes que se me hacían muy familiares, y por la identificación en todos aquellos momentos de mi vida en que fui María, confundida, deslumbrada y más que nada desnorteada.

Quique logra narrar en la historia de la protagonista la necesidad de buscar nuevos horizontes como tabla de salvación, sin saber justamente que esa nueva tierra no le daría más, que aquello que ya conocía: exceso, destrucción, drogas, sexo y un sinsentido a cualquier chance de resignificar la vida, y crear un nuevo proyecto.

En este libro se describe mi hermoso país, de forma tan especial y real que hasta me asusta, que un murciano aventurero haya podido captar, en diez días de su estancia académica, la idiosincrasia de un pequeño país que es capaz de hechizar con su belleza a todas esas almas melancólicas, que se pierden en cualquier playa solitaria del este de Uruguay.

María no es la excepción, buscó en una playa hermosa y poco habitada, en donde el invierno es duro y a la vez encantador, José Ignacio el lugar para encontrar ese sentido de vida tan anhelado, pero lejos de eso, esta playa casi deshabitada fue el comienzo del fin.

Así es que María empieza a relacionarse con los lugareños y a experimentar todo aquello que la había hecho escapar de España. Esas amistades de la noche, donde la generosidad de los nuevos «amigos» es tan cara, que a la mañana siguiente no hay dinero que pueda pagar los agujeros en la autoestima.

Esa María empieza a adentrarnos en la necesidad de contar con esas personas que hacen de red y nos sostienen, cosa que María no encontró ni en España, ni en Uruguay, a excepción de Javier, su profesor, psicólogo, amigo y más…

Solo Javier era capaz de aliviar ese dolor que dejaban esas largas noches de locura y exceso, solo Javier era capaz de recibir con lujo de detalles esas largas cartas que dejaban ver como esa libertad desaparecía para dar lugar a la peor de las prisiones, la droga.

Pero esta novela no es una más de esas historias de personas adictas, personas recuperadas, o personas resilientes que transforman ese abismo en aprendizaje, ni tampoco hace alusión a estrategias para afrontar la adversidad de la droga, este libro lo que hace es reflejar el dolor de la droga, el olor al sexo, la desesperación de la soledad, el frío del desapego, el hambre de contención. Este libro te lleva a sentir, a conectar casi de forma vívida lo que fue el transcurrir de María en su búsqueda.

Tampoco Javier pretende dar una lección, acerca de acciones que un terapeuta tiene que hacer con su paciente, justamente es lo opuesto a lo que muchos manuales dicen. Javier fue hacia el encuentro con María, a la escucha, a la empatía, a ser ese amigo incondicional incapaz de juzgar, cualquiera de las situaciones transgresoras y límites que María compartía en cada carta. Javier decidió eso, salirse de cualquier rol para acompañar el desesperado pedido de ayuda de esta joven española en un país tan lejano como pequeño.

Y ahí también nuevamente me logro sentir identificada con Javier, con ese personaje que quiere acompañar y ayudar, escuchando relatos que a veces logran vulnerar todas las protecciones que los psicólogos nos «ponemos» para poder caminar y guiar a tanta gente.

Esta novela tiene eso, el lector se puede ir identificando con todos los personajes que van apareciendo, es tan dura como atrapante, es erótica como degradante, es transgresora como tradicional, es todo, es la vida. Por eso en mi vida frenética de madre, esposa, docente, psicóloga, amiga y persona, esta novela captó mi atención y mis sentidos que hizo que en tres días la devorara. Volvía de estar en la Copa Libertadores sub 20, con mi equipo Nacional y en el avión comenzó mi lectura, regresé después de 11 días sin ver a mis tres pequeños hijos, y en los pocos espacios que me quedaban libres, volvía a María y cada carta. Pero no fue solo el tiempo que me llevó leer la novela, sino todo lo que me dejó los días siguientes, ese torbellino de emociones, que iban desde la compasión hacia una joven adicta, hasta la envidia de atreverse a experimentar situaciones que mi control jamás hubiera permitido.

Luego de leer Cartas desde el abismo, parte de María quedó en mí, me hizo repensar que es lo que realmente anhelamos y si el costo de lograr eso que tanto buscamos realmente vale la pena.

Me hizo reflexionar en el amor y sus formas, de Javier, de Ros, de Mario. Y como a veces no alcanza con dar amor, sino con enseñar a amar y a veces eso implica alejarse de la persona amada. Nadie como Ros para dejar marcada esta enseñanza.

José Ignacio, no es el único lugar donde María transita su estancia en Uruguay, Montevideo, mi Montevideo toma un papel central, ciudad pequeña pero cosmopolita, que alberga más de un millón y medio de personas, en un país con poco más de tres millones. Una ciudad que tiene lugares escondidos, tan bellos como oscuros y justamente en ellos encontró su atractivo María, que nuevamente escapando, ahora de José Ignacio, cree encontrar en la capital un lugar para intentar centrarse y hallar un poco de paz. María se equivoca y Montevideo no es más que la puerta de entrada para la caída. Caída tan dura y cruel, que por más que Javier intenta hacerse sentir y Mario estar presente no es suficiente para que María encuentre el peor de los abismos.

Y justamente frente al final de muchos es el renacer o la liberación de otros, y eso es María, la que buscó la libertad, no sé si la encontró, lo dudo, pero su historia abre camino a otros.

Gracias Quique por hacerme este regalo de escribir tu prólogo que habla de esta dura e intensa historia en mi hermoso país.

Doctora Verónica Tutte

Profesora Titular

Directora del Departamento de Bienestar y Salud

Universidad Católica del Uruguay

“…tirada en cualquier sitio en donde dejo deambular

mi muerte, mientras espero papelinas que aborten

cualquier sentimiento de vida…”

Nota Preliminar

No es fácil novelar la vida de un ser real, lograr que la ficción supere su realidad. De hecho, a veces, aún dudo haberlo conseguido. Lo único que logré fue acompañar a María en su camino.

No es fácil adentrarse en la mente de una joven desde la perspectiva de vida que te da la madurez. María quiso regalarme su intimidad, permitiendo que me introdujera en ella, algunas veces como protagonista, otras invitándome, siendo mero espectador de sus desidias, en momentos amargos de búsqueda obsesiva de una libertad esquiva.

No es fácil reflejar el mundo de la droga, cuando se intenta desnudarlo de justificaciones juveniles, para mostrar sin censura los escenarios tan miserables en los que se movía María, lugares sin retorno, abocados a finales con escasa felicidad.

No es fácil describir con crudeza las relaciones sexuales que se mantienen en el entorno de este mundo de adicción. A veces he creado escenas duras a las que me he podido acercar con breves pinceladas, porque mi propia censura emocional me ha conducido a establecer límites infranqueables para no atormentar mi mente. Sin embargo, no he huido hacia otro lado. De hecho, siempre le he mantenido la mirada a la realidad, por dura que fuera, aunque haya venido cargada de lágrimas.

No es fácil relatar unos acontecimientos a través de una relación epistolar. Las cartas de María dieron vida a esta historia, permitiéndome construir un personaje en el que la ficción y la realidad quedaran separadas por fronteras tan frágiles que ni yo mismo supiera diferenciar.

Durante mi relación con María pretendí recorrer la senda que soñé para ella, mostrarle el mundo como un lugar maravilloso en el que ser feliz, ofrecerle cada día una colección de motivos para estar alegre, pero lo que cuenta es el resultado final. Lo que importa no es la intención, sino la acción. Por ello quiero compensar con gratitud lo que he aprendido con María. Ha sido una de las personas más bonitas que me ha regalado la vida. Ella me ha enseñado a saber perdonar, seguir hacia delante y tender una mano, descubriendo así la grandeza de su ser.

Desde esa gratitud hay que leer Cartas desde el abismo, que ojalá sirva para conocer, al menos, donde está el sendero que nunca se ha de cruzar, incluso cuando se nos ofrece una libertad, en apariencia inalcanzable por otros medios, que solo es la puerta trasera de una cárcel definitiva.

Siempre existe una alternativa para ser libre más allá de las drogas.

enero de 2018

—Lo que estás afirmando es que el viaje que voy a hacer a Uruguay durante, al menos, un año va a servir para estar igual que ahora o peor ¿correcto? —Su tono desafiante era frecuente, lo mantenía al observar que me hacía fuerte en mis argumentos.

—Más o menos —la miré serio mientras terminábamos de elegir la cena en el restaurante que tanto le gustaba.

—¿No vas a admitir la posibilidad de que te equivoques? ¿Que, para tu sorpresa, me haga más fuerte y madure en esta nueva situación?

—Cabría esa posibilidad si te hubieses encontrado en una encrucijada que te obligara a enfrentarte a esta nueva etapa que se abre en tu vida —hice una pausa y continué—: sin embargo, revelas sin darte cuenta que los objetivos que buscas no son coincidentes con los que manifiestas.

—¡Joder, Javier! Voy a una asociación que intenta integrar a chicos con problemas de inadaptación que…

— ¡Qué dices! — Interrumpí enfadado—. Eso ha sido debido al azar, la semana pasada ibas a cuidar tortugas que están próximas a desovar. ¡Te da igual tortugas que personas!

—¡Claro! Siempre que sea ayudar a la naturaleza, la sociedad, da igual —argumentó seria.

—Pues entonces quédate con lo que estás haciendo al lado de tu casa. ¿Acaso esas personas, con problemática psicológica, merecen menos atención por tu parte que los chicos uruguayos?

—Me atacas sin sentido. Sabes que aquí estoy anclada emocionalmente, necesito cambiar de ambiente.

—¿Qué necesitas cambiar? ¿Quizás...?

—Pues a lo peor todo. Lo mismo mi forma de ser está naufragando porque no tengo ni puta idea de por dónde continuar mi camino. Estoy perdida. ¿Acaso lo ignoras?

—Exacto, y a 10.000 kilómetros de aquí ¿te encontrarás? Es tan infantil tu planteamiento. ¿Por qué no denominas de forma correcta lo que estás haciendo?

—Dilo tú —su rostro estaba rígido, su ira al límite—, y de paso dime ¿qué coño tengo que hacer?

La conversación se fue endureciendo más.

Nos conocíamos desde siete años atrás, cuando con diecisiete entró a clase de la asignatura que yo impartía en la Universidad donde trabajo. Existía la confianza suficiente para decirnos las cosas con claridad, sin fisuras, con contundencia. Hacía tiempo que habíamos superado la relación profesor-alumna, y habíamos avanzado consolidando nuestra relación psicólogo-cliente. Nunca fue una relación profesional en sentido estricto. Teníamos la suerte de considerar que caminábamos unidos siendo amigos, “amigos especiales”, a pesar de nuestras diferencias, tanto en edad como en nuestra forma de comprender y afrontar la vida.

—Se llama huir, María, huir de ti, de tu consumo descontrolado de alcohol y drogas, de las relaciones extrañas que entablas con hombres que ni tú misma eres capaz de explicar. Hasta de tu relación con Miguel que, muchas veces, no sé si es algo placentero para ti o una condena que has de cumplir siendo su novia —contemplé sus ojos con tristeza—. Así se llama lo que quieres hacer yendo a Uruguay.

—Está bien —se serenó—. En cualquier caso, me voy. Tal como te he comentado antes, me gustaría seguir manteniendo el contacto contigo, porque con independencia de quién tenga razón, yo te voy a necesitar.

—Me tienes desde aquel primer día de clase —me emocioné—, y seguirá siendo así.

Sellamos ese momento con un abrazo. Nos despedíamos. A los pocos días iniciaba ese incierto viaje a su futuro. Seguimos hablando, dejamos de lado el asunto que había tensado la conversación. Los dos sabíamos que cruzar sus líneas rojas, como había sucedido instantes antes, generaba una tensión que impedía el desarrollo normal de nuestra relación, siendo injusto, por mi parte, deteriorar lo que tanta ilusión le hacía: el viaje que me generaba inmensas dudas, y demasiadas preocupaciones.

La noche se fue alargando. Las risas, los abrazos y las muestras de cariño impregnaron de armonía el momento, era lógico que sucediera entre dos personas que habían aprendido a quererse, a pesar de las grandes diferencias y dificultades que les separaban.

En el contexto de la docencia, en el que llevo trabajando años, María fue la persona que más me impresionó. Me sorprendió que siendo tan joven tuviera tantas cosas claras y oscuras al mismo tiempo. Me preguntaba cómo era posible que se mostrara tan firme en cuestiones que, a la mayoría, le cuesta asimilar. Por ejemplo, su autonomía para vivir fuera del alcance de la influencia familiar y que, al mismo tiempo, no temiera el riesgo de las drogas, el alcohol y todo lo que conllevaba su consumo desde tan joven. Me confesó que a los catorce años se había iniciado en alguna de estas locuras, con borracheras que empezaron a ser demasiado frecuentes.

Recuerdo cuando me pidió, según avanzábamos nuestra relación, que la ayudase a regular su consumo de cannabis, la otra droga que se había instaurado en su vida desde temprana edad. No se trataba de dejar lo que tanto le gustaba, sino de fumar menos maría porque desde hacía no mucho tiempo había aumentado en exceso los petas que fumaba. También me acuerdo de mis absurdos intentos de comprender cómo alguien, con unos principios de libertad, de seguridad personal tan evidentes, algo desordenados, se dejase manipular tan fácil por tipos que solía conocer en fiestas de las que disfrutaba varias veces a la semana.

No era sencillo entender que aceptara mantener relaciones sexuales con desconocidos, porque una vez dado el paso de intimar con alguien, de acompañarlo a su casa, no se viera con fuerza suficiente para decir que no a algo que a ella no le apetecía. Nunca asociaba que esas situaciones coincidían con lo que ella denominaba grandes pelotazos. Presentaba un enorme interés en defender el consumo de drogas por encima de cualquier intento de prohibición. Se refería a esos momentos en los que había ingerido cantidades ingentes de alcohol, así como otras sustancias. Este consumo variaba en función de los grupos con los que se movía, del ambiente en el que se encontrara o, a veces, de los objetivos que persiguiera, casi nunca decididos por ella.

Cualquier colega profesional habría definido a María como un claro ejemplo de persona politoxicómana. Sin embargo, habría sido demasiado simple el diagnóstico. Desde luego, no habría alcanzado a comprender las dificultades tan profundas que cabalgaban a lo largo de su desarrollo vital.

Cuando, después de mucho tiempo, fui descubriendo su historia familiar, de pareja y de amigos, logré comprenderla mejor. En ningún momento pude encorsetarla como una persona inadaptada en una familia marginal, siguiendo el juicio clínico típico de los libros que versan acerca de la temática del uso y abuso de drogas.

No, me había adentrado en el intento de comprensión de los conflictos propios de una persona que maduraba a dos velocidades. De una parte, procuraba ser coherente cuando establecía relaciones que superaban el comportamiento esperado de otras personas de su edad. Así, podía justificar varios de sus encuentros sexuales, repetidos en algún caso, con hombres mayores que ella. Por otra parte, se mostraba infantil adoptando comportamientos rebeldes en los que, por ejemplo, perseguía acabar con el sistema político con una simple sentada delante del edificio de una institución, junto a tres o cuatro de sus colegas habituales.

Aprendí a conocerla, a quererla. Para mí fue un reto como alumna. Ella deseaba aprender más de lo que yo había previsto para aquel primer cuatrimestre, echándome a menudo pulsos profesionales en la evaluación y afrontamiento de sus problemas. Pulsos, que enriquecían mi forma de acceder a ella.

—¡Cuando te convencerás de que tengo un trastorno bipolar! —Exclamó con energía.

—María, no lo creo, porque ni en el espectro psicótico de la sintomatología, ni en el más neurótico, presentas los síntomas con claridad —hice una pausa—. Creo más bien que se trata de un desorden emocional, provocado por innumerables situaciones estresantes en tu devenir habitual.

—Sé que cuando estoy arriba me siento capaz de cualquier cosa, al igual que sucede en la fase maniaca. Sin embargo, después, padezco una gran necesidad de evadirme de este mundo y, en muchas ocasiones, desaparezco sin más.

—Sabes que los trastornos psicológicos se encuadran en grupos amplios que, a la fuerza, han de compartir síntomas. Ni siquiera cumplirías los criterios relacionados con el tiempo de padecimiento de los mismos.

—Bueno, a veces —sonrió eufórica, parecía que hubiese acertado la pregunta de un examen.

—Es más —seguí con mis argumentos para desmontar su propuesta diagnóstica, sin atender a su “alegría”—, el hecho de consumir con regularidad alcohol y otras drogas, imposibilita realizar un diagnóstico limpio de trastorno bipolar.

—Eres un cabezón, Javier —dijo sonriendo, acariciándome la mano con la que sujetaba la taza de café que estaba tomando.

—De todas formas, si quieres ese diagnóstico ve a tu médico de familia, hazle un resumen de tu historia. Con un poco de suerte lo conseguirás con facilidad. Ya sabes lo que te espera a continuación.

—¿Qué me espera? —Preguntó con cierto tono desafiante.

—Pues toda una batería de pastillas para estabilizar el ánimo. Supongo que, de entrada, litio para disminuir la activación y, después, antidepresivos para aumentarla. Cuidado, porque en tu caso, las fases se intercambiarían con tal rapidez que, si no los tomas bien, los efectos podrían ser contraproducentes —volví a tomar la taza de café, bebí un poco y la dejé en la mesa—. Además, seguirías con los antipsicóticos para las crisis agudas de manía, y los ansiolíticos para la ansiedad generalizada que, con esta prescripción de medicamentos, seguro que se incrementaría.

—¡Vale! —Exclamó derrotada—. No sé quién está peor de los dos. Yo, con mi trastorno bipolar, o tú, con tu trastorno obsesivo compulsivo, con ese perfeccionismo que un día te matará.

Los dos reímos la ocurrencia, porque algo que no he comentado de María, es que su espontaneidad la convertía en un ser especial. Por eso lo que más aprendí con ella fue a quererla y contemplarla como el ser humano extraordinario que era. Aunque tenía características que se pueden encontrar en otras personas, en ella se observaban de forma más contundente. Liberal en sus comportamientos, al tiempo que respetuosa con cualquier opción ideológica, sexual o religiosa. Incluso aquellas actitudes que no encajaban en su forma de entender la vida, que podían llegar a ser manifiestamente negativas en otras personas, las explicaba y justificaba diciendo que pertenecían a individuos que habían tomado decisiones equivocadas, sin ser conscientes de su error. La presunción de bondad en el ser humano superaba su propia bondad.

Una persona sincera hasta el límite de lo problemático. Ni siquiera admitía la mentira piadosa, que la hubiese librado de conflictos por describir asuntos íntimos que cualquiera hubiese ocultado, o emitir juicios personales, que discutía con tal vehemencia que le hacían víctima de crueles batallas en defensa de sus ideales.

En definitiva, un espíritu inquieto que le llevó a deambular por distintas ciudades hasta alcanzar su graduación como psicóloga. Ya con 24 años, a punto de ir a América para continuar con su búsqueda, encuentro consigo misma, o no sé bien qué, me preguntaba si sus conductas se podían calificar de inadaptadas, inmaduras, producidas por consumo de drogas, o consecuencia de una vida desordenada. Nunca fui capaz de responder con certeza a esas dudas. Ni tan siquiera a si su continuo trasiego por distintas ciudades fue la causa que agudizó su problema. En aquel momento, mi único objetivo era hacerle desistir de su aventura en Uruguay porque sabía que podía suponer su caída definitiva.

Su sensibilidad, relacionada con los momentos frecuentes en los que su inestabilidad emocional la sumían en situaciones cargadas de melancolía, se reflejaba en bellos poemas escritos frente al mar, lugar que tanto ansiaba y elegía cada vez que necesitaba aire nuevo para sobrevivir. Al menos una cosa iba a lograr: mar tendría mucho en Uruguay, me alegraba pensar que así sería. Quizás, que ella naciera en una localidad costera le influyó. Su amor por ese mar, y por disponer de un barco con el que surcar los mares en un futuro, constituía su gran ilusión.

Conforme fuimos intimando desaparecieron los secretos, pasé a ser protagonista en su vida. Esa fue la razón que tanto nos unió, y por la que ella se apoyó en mí cada vez que necesitaba una válvula de escape, cuando alguna situación relacionada con su conducta sexual le influía demasiado. Recuerdo su facilidad para mantener encuentros sexuales que, aun no siendo satisfactorios, apenas le causaban carga emocional negativa. Sin embargo, el hecho de que pudiesen darse cuando estaba intentando consolidar su relación con Miguel, le generaba evidente malestar.

Nunca tuvo una pareja a la que no le hubiese sido infiel. Resultaba llamativo, porque no se trataba de la infidelidad por causa de otro deseo o atracción surgida de repente, sino que podría pensarse en ello como una conducta de solidaridad con el necesario actor de la situación. Eso, de difícil comprensión para cualquier persona que quisiese entablar una relación de futuro con María, le permitía solventar de forma airosa el escaso sentimiento de culpa que le generaba lo acontecido. Al no existir enganche emocional con ninguno de los tipos con los que se relacionó, tampoco le resultaba difícil borrarlos de su vida con la máxima inmediatez.

Fascinante.

En definitiva, se marchaba a Uruguay. Lo dejaba todo, su trabajo, sus amigos, su pareja, su familia, para ir a ayudar a chicos con problemas de inadaptación. Curiosa vida esta que, irónica, permite a personas con problemas no menos desadaptativos en muchas ocasiones, ir a ofrecer ayuda a otras con casuísticas similares. Quién sabe, hasta podría ser positivo. Desde luego era lo que yo deseaba, sin confiar demasiado en el éxito de esta posibilidad.

Quedamos en mantener el contacto. Lo habría mantenido, aunque ella no me lo hubiese pedido, porque esta situación me llenaba de preocupación. Llevo tiempo intentando comprender al ser humano y he llegado a una conclusión: que las personas, hagan lo que hagan, bueno o malo, son extraordinarias. Desde esta situación anómala que supone el mismo hecho de ser extraordinario, es imposible prever qué puede ocurrir en cada momento.

Ante esta realidad aprendí a aprehender las sensaciones que las personas, con dificultades emocionales, transmiten de forma inconsciente. Sin saber explicar su causa, porque son sensaciones sin más, las que desprendía María en esta ocasión me resultaban inquietantes.

enero de 2018

A veces cuando siento la necesidad de hablar de mí, se me ocurre empezar señalando esa edad maldita, que va apoderándose de mi vida a pasos agigantados. Es entonces cuando asumo que cumplí los 50 años hace tiempo. Otras veces, creo que es mejor presentarme de acuerdo a mi profesión, pues soy en buena medida el resultado de ello. Psicólogo, profesor de Universidad. Mi labor terapéutica ha ocasionado que, en innumerables ocasiones, los problemas de los pacientes hayan calado hondo en mi quehacer diario, en mi forma de pensar, lo que me ha empujado a distanciarme de ellos para no sufrir, y eso mismo me ocurría con María.

Ahora que lo pienso, quizás la mejor manera de decir quién soy sea esa, desde la amistad que nos une. No un amigo cualquiera, sino el amigo que se fue creando conforme superábamos fases, o eliminábamos capas de una relación que sabíamos compleja. Cuando la conocí con 17 años, era una joven que comenzaba sus estudios. Su primera clase fue en mi aula.

Así quiso el destino que fuese nuestro primer encuentro. A veces pensamos que hablar de un primer y siguientes encuentros no tiene sentido una vez que se dio el primero. No es verdad, porque ella es similar al río Guadiana, que aparece y desaparece, siguiendo su esquivo curso. Cada vez que María se cruzaba en mi vida suponía un nuevo encuentro, diferente al primero, sin la continuidad requerida en cualquier relación de amistad. La nuestra se afianzaba a través de saltos irregulares.

Tras ser alumna de mi asignatura, empezó a contarme diferentes problemas que le afectaban en su vida cotidiana. De repente, me vi ante una niña que no era tan niña, o ante una mujer que, no siéndolo del todo, aparentaba una madurez no acorde con su edad. Me equivoqué. No era una niña, era una mujer joven, inmadura, llena de complejos, de conflictos que la atenazaban en sus relaciones personales, en especial en las más íntimas, sin tener claro qué senda continuar.

Hizo falta una primera vez para que ella se sincerara conmigo, me planteara todas sus dudas, e intentara convencerme de que necesitaba mi ayuda para resolver su futuro más inmediato. Desde mi perspectiva nunca fue una relación profesional, porque nunca fue constante en sus citas como paciente, lo que hizo casi imposible establecer una intervención específica. No existía una relación contractual de por medio, ni siquiera hablábamos de terapia en sentido estricto. Un día, conversando con ella, después de estar varios meses sin tener noticias suyas, fiel a su impulso viajero, descubrí que nos habíamos adentrado en la tercera fase, la de la amistad. Me lo mostró ella, con la belleza propia que solo pueden ofrecer personas con el alma limpia.

—¡Qué a gusto estoy contigo! Parece que nos hubiésemos visto hace unos días —se mostró muy alegre.

—Es verdad, y eso que ha pasado más de un año desde la última vez que estuviste aquí.

—Es bonito. Al principio venía nerviosa a tu despacho, a ver al profesor, con lo que eso impone a una adolescente.

—Lo recuerdo —sonreí.

—Después no creas que fue mejor. Eras mi psicólogo, sabía entonces que me esperaba una buena bronca cada vez que nos veíamos.

—Mujer, una bronca…

—Merecida —interrumpió más con su sonrisa que con las palabras—. ¿Sabes en qué noto ahora la diferencia, Javier?

—¿En qué?

—En los abrazos. En el temblor que siento en mi cuerpo durante los primeros segundos, que es el tiempo que tarda el alma en reconstituirse entre tus brazos, y la serenidad que me inunda al final del mismo —hizo una pausa mirándome con la dulzura que ella podía trasmitir—. ¡Claro! Ahora somos amigos y nos queremos.

Desde esta perspectiva entendí lo que necesitaba de mí. Que la escuchara. Tenerme en cualquier momento. Había pasado por ser querida, amada, utilizada, abandonada, arrastrada por las miserias que existen en lugares, donde los más jóvenes creen encontrar la paz y felicidad, que viene servida en dosis, en papelinas o recubierta en una hierba que promete saciar grandes anhelos. En esa fase se encuadra el momento en el que sucedió el contenido de estas páginas.

Sabía que existía una fase más, no intenté cruzarla, mi destino se dibujó con tanta amargura que no me dejó ver más allá o, quizás, fuese este el que quiso jugar conmigo cartas más profesionales, menos lúdicas, con menos carga de placer, sin ninguna aportación de sentimientos, tan profundos como el amor.

Amor y amargura.

Amargura, porque ese era el estado en el que estaba desde que había perdido la mujer con la que decidí caminar mi vida. Existe por ahí un Gigante, acerca del que canta el grupo musical Maldita Nerea que, en efecto, la arrasó, me arrasó y arrastró hacia un limbo en el que ignorar hasta el sentido de las cosas. No terminé de perder la conciencia de lo que suponía vivir, porque unos hijos que sacar adelante no permitían esa clase de dispendios emocionales.

Con esa melancolía la recibí cuando atravesábamos esa nueva capa de nuestra relación. Buena parte de ella se canalizó, se sublimó como dicen mis colegas, en otra amargura, aquella que empezó a provocarme un ser tan joven. Apenas alcanzaba los dieciocho años. Alguien especial, que había dejado escapar su belleza interna, ignorando cuáles eran los límites de su oscuridad. A pesar de ello, lo lúgubre dejaba de tener sentido cada vez que ella me sonreía y me acogía en sus brazos.

El primer abrazo me regaló las claves para valorar lo existencial del contacto humano, ese que puede superar cualquier dimensión conocida. No sabría describirlo, cuando llegaba a mi despacho, a la cafetería, o al restaurante donde quedábamos para seguir hablando, viviendo la sensación de su cuerpo unido al mío, más allá de lo físico, convirtiéndose en realidad, en luz, en futuro.

No sé a qué tuve miedo. ¿Por qué no crucé esa última línea que nos separaba?

Pasados estos años tengo la absoluta certeza del poder, de la magia que envuelve el encuentro entre almas que se cruzan en el transcurso de sus propias soledades. Varios segundos sin hablar, quizás un minuto, solo abrazados. Después aparecerían las sonrisas, los diálogos, los secretos, las confidencias, los enfados, las disculpas y la reconciliación, cuando nuestras almas se reconstruían a través de ese abrazo iniciático. Un abrazo deshecho en el miedo a no hacer lo correcto.

Yaş sınırı:
0+
Hacim:
182 s. 5 illüstrasyon
ISBN:
9788412346398
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
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