Kitabı oku: «La niñez infectada»
La niñez infectada
Juego, educación y clínica en tiempo de aislamiento
Esteban Levin
La niñez infectada
Juego, educación y clínica en tiempo de aislamiento
Índice de contenido
Portadilla
Legales
Introducción
Capítulo 1. Frente al virus, escenarios de encuentro
Capítulo 2. Los niños humanizan el parásito
Capítulo 3. La plasticidad como resistencia al virus
Capítulo 4. Espejos utópicos de la otra escena
Capítulo 5. La imagen corporal confinada
Capítulo 6. La función del amigo. La potencia del símbolo
Capítulo 7. La comunidad educativa frente al encierro
Capítulo 8. La revuelta de los niños: sentido y sinsentido
Capítulo 9. El juego del cuerpo en cuestión
Capítulo 10. Los nietos y abuelos en tiempos de distanciamiento
Capítulo 11. El tercer tiempo en juego
Epílogo
Bibliografía
| Levin, EstebanLa niñez infectada : juego, educación y clínica en tiempo de aislamiento / Esteban Levin.- 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Centro de Publicaciones Educativas y Material Didáctico, 2020.Libro digital, EPUB - (Conjunciones / 63)Archivo Digital: descarga y onlineISBN 978-987-538-767-61. Psicología Infantil. 2. Terapia Lúdica. 3. Infancia. I. Título.CDD 155.4 |
Colección Conjunciones
Corrección de estilo: Liliana Szwarcer
Diagramación: Patricia Leguizamón
Diseño de cubierta: Pablo Gastón Taborda
Ilustración de cubierta: es.123rf.com/profile_trylyla
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Primera edición en formato digital: agosto de 2020
Digitalización: Proyecto451
No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o la transformación de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito del editor. Su infracción está penada por las leyes 11.723 y 25.446.
ISBN edición digital (ePub): 978-987-538-767-6
Esteban Levin. Licenciado en Psicología. Psicomotricista. Psicoanalista. Profesor de Educación Física. Profesor invitado en universidades nacionales y extranjeras. Director de distintos cursos de formación en psicomotricidad, psicoanálisis, clínica con niños y trabajo interdisciplinario. Es autor de numerosos artículos en diversas publicaciones especializadas nacionales e internacionales y de los libros La clínica psicomotriz. El cuerpo en el lenguaje (Nueva Visión, 1991); La función del hijo. Espejos y laberintos de la infancia (Nueva Visión, 2000); La experiencia de ser niño. Plasticidad simbólica (Nueva Visión, 2010); Discapacidad. Clínica y educación. Los niños del otro espejo (Noveduc 2017); Constitución del sujeto y desarrollo psicomotor: la infancia en escena (Noveduc, 2017); Autismos y espectros al acecho, la experiencia infantil en peligro de extinción (Noveduc, 2018); ¿Hacia una infancia virtual? La imagen corporal sin cuerpo (Noveduc, 2018); La dimensión desconocida de la infancia. El juego en el diagnóstico (Noveduc, 2019); Pinochos: ¿marionetas o niños de verdad? (Noveduc, 2020) y Las infancias y el tiempo. Clínica y diagnóstico en el país de Nunca Jamás. (Noveduc, 2020).
Agradezco a todos los niños y niñas, padres, colegas, amigos y familiares con los que, frente a la realidad que nos impuso esta época, nos rebelamos, resistimos y creamos una zona, un tiempo para reinventarnos.
| En el libro encontrarán un abecedario. No es un glosario. Cada letra representa una relación singular con una palabra que se transforma, transmigra durante la pandemia. Ellas rompen el letargo, se mueven sin saber todavía cuál será el destino de su potencia… |
Introducción
Primer impacto
Los niños en la comunidad infectada
Marzo, 2020. De pronto, irrumpe lo insólito, lo inédito. Cesa toda actividad; hay aislamiento social, confinamiento. Es la pandemia, el COVID-19; cuarentena, parásito, distancia, infección, contagio y muerte ocupan el centro de la escena cotidiana.
Comienzo a recibir llamadas de los padres y las familias de los niños que atiendo. Con desesperación, angustiados, preguntan una y otra vez: “Y ahora, ¿qué hacemos?... ¿Cómo continuamos?... ¿Qué les decimos a los chicos?... ¿Cuándo podremos verte?”.
Con colegas, profesionales que trabajan con niños, desconcertados, preocupados, nos preguntamos cómo actuar en este contexto: “¿Cómo atendemos? ¿Qué te parece usar videollamadas? Y si los chicos tienen problemas para comunicarse, hablar, relacionarse… ¿qué podemos hacer? No sé cómo seguir ahora con el tratamiento ¡y lo necesitan!, ¿qué pensás de esto que está pasando?”.
Docentes y directivos de instituciones escolares de diversos lugares de Argentina y otros países, llenos de incertidumbre, se comunican entre sí y conversamos acerca de la situación de cada región: “¿Hasta cuándo podemos tener cerrada la escuela? ¿Qué opinás? ¿Cómo está allá? ¿Podemos sostener las clases a través de la tecnología, adaptar contenidos, metodologías… ¿Y lo grupal? ¿Y en la sala de los más pequeños…? Tampoco sabemos qué decirles a las familias, a los docentes. ¿Tenés alguna idea? Estamos desorientados; ¿podés ayudarnos?... Veamos qué hacemos”.
Amigos y compañeros se interrogan, inquietos por la acuciante realidad: “¿Cómo les decimos a los chicos lo que pasa? ¿Qué les contamos? Los chicos nos ven muy tensos, intuyen que algo no anda bien, quieren saber y averiguna acerca de sus amigos, ¿qué tenemos que decirles?”.
Hablo con un amigo, escritor; me sugiere: “Escribí sobre lo que está pasando; es una época tan especial, única… Expresala con tus palabras”.
Entonces, ¿cuál es el sentido de escribir sobre la pandemia, cuando ella aún no pasó (pero pasará y terminará)?
Este libro no es un diario, una bitácora ni una lista de ideas o imágenes sobre la situación epocal; intenta transmitir una ocasión sensible para reinventar y redescubrir la potencia de una praxis con los niños, la gestación de un pensamiento en acto frente a una coyuntura disruptiva que fija, encierra y desacredita la experiencia subjetiva y comunitaria.
La escritura se impone al efecto del impacto, como resistencia a la infección de un microorganismo que nos lleva a encerrarnos y a defendernos del afuera, en tanto él expone la vulnerabilidad, la fragilidad corporal, relacional y social de la comunidad.
Frente a la desdicha y la incertidumbre de esta época que nos afecta a todos –y, en particular, a los niños pequeños–, planteamos el acontecimiento de la natalidad de un tiempo, una zona, donde se inventa la realización sensible, plástica, de los sucesos que parecían inviables. Resistimos, rompemos la incredulidad y creemos en la posibilidad de lo imposible.
Segundo impacto
Los cuerpos infectados
El primer deseo propiamente social y significante de un niño es jugar con otro niño. La pandemia detiene el tiempo, lo infecta. El coronavirus impide y cuestiona la esencial experiencia infantil. Los pequeños sufren las nefastas consecuencias de estar encerrados, separados del mundo del afuera.
No creemos que sea el fin del mundo, pero pone a este en escena como confinamiento, extendido al globo entero. La cerrazón del sentido opaca la experiencia, obstruye la libertad de transcurrir por otros caminos que no sean ir y volver a la presencia del parásito, cuya corona alcanza y cuestiona a todos.
Trazar los confines del efecto viral sería una utopía; en realidad, una distopía, ya que alude a un horizonte propio de la ciencia ficción. Anonadamiento, reclusión y cuidado determinan el movimiento del cuerpo, redistribuyen las sensibilidades y trasforman hábitos, rutinas, lenguajes. Los interrogantes pululan en las redes: ¿cómo, cuándo, de qué modo vamos a salir de todo esto? ¿Qué pasará después? La incertidumbre inunda el contexto.
No pretendemos en este libro encontrar un significado nuevo al coronavirus, sino abordar el desafío que implica entrar en el sentido que nos determina para procurar transformarlo, abrirlo y, si podemos, transmigrar a otra escena. Y, desde allí, modificar el funesto escenario, produciendo una diferencia en lo idéntico, un pliegue que encadene una red a otra dimensión posible, donde el don del deseo enlace la originalidad de un sentir que cambie el tiempo.
Con los niños, tratamos de constituir una experiencia que, al ser realizada, permita a la imagen del cuerpo salir fuera de sí, romper el aislamiento y volver, para recrear otro.
El parásito invisible expone el límite, lo expropia, exaspera la continuidad, pone en juego el encierro de la imagen del cuerpo. Lo virulento del contagio no tiene virtualidad; disocia y escinde lo actual y lo virtual, es decir, actualiza una temporalidad que presentifica la epidemia hasta tomar el dramático efecto paradojal de depender de ella. No da un lugar: lo ocupa, hasta ser el centro existente del mundo. Al pasar el límite, el cuerpo y el lenguaje coaccionan la economía, diluyen las fronteras y las instancias políticas globales hasta agotarlas con la agobiante capacidad de infectar y ser infectado.
Expuestos, afectables, contagiables, nos impresiona la potencia de un virus cuya corona enmarca la afección de la comunidad y enuncia la vulnerabilidad y el riesgo concomitante. Los niños, confinados en el encierro, mudos, miran a los adultos, que a su vez se miran desconcertados y esperan el reflejo de la próxima salida posible. Un sentimiento que experimentan en relación con los otros que los alojan y aman.
Los niños, los artistas, los creadores, nos enseñan magistralmente que tanto el tiempo como el espacio son relaciones. Al jugar, ellos las realizan, las cruzan y las cambian, al hacer tiempo del espacio y espacio del tiempo.
Planteamos abrir lo temporal, espaciarlo, crear el “entre” que airee el presente y recree la natalidad del instante. Plegar el virus es hacer de él una apuesta para que advenga la potencia del “entretiempo” capaz de quebrar la fuerza mortal de la inmovilidad. Este no corresponde al tiempo cronológico ni al de la resignificación, sino al vaivén del “entre” que produce la pulsación del cuerpo receptáculo, efecto heterogéneo de la comunidad.
Aprendemos de los niños, cuando se lanzan a jugar con la avidez deseante de explorar. De esta manera, juegan la curiosidad o el asombro; hallan perplejos un sentido nuevo, singular, sin saber a ciencia cierta qué pasará, cuál será la trama o con qué se encontrarán; inventan aquello que no saben que van a inventar.
La pandemia interrumpe en lo cotidiano, bloquea el tiempo, encierra el espacio, abarca toda significancia que no sea el mismo virus y sus vicisitudes o consecuencias más o menos mortales. En estas circunstancias, procuramos producir un acto contrario a la ética del capital: proponemos donar tiempo afectivo para canalizar el aislamiento y dar lugar a la invención de una vital zona de subjetividad.
| AArtesanalArtesanal es el singular impulso a la invención, la procura de atravesar la pantalla junto al niño, sin conocer qué puede suceder con el deseo de engendrar la continuidad del entretiempo.¿Podrá ser artesanal el encuentro virtual? |
Tercer impacto
Compartir el instante
Bautista fue el último paciente que vino al consultorio antes de que se declarara oficialmente la cuarentena. Nos despedimos con un abrazo y una mirada pícara, cómplice. Él, con sus siete años, habla muy poco; inquieto, juega mucho con un títere, corre, se desespera por agarrarlo, lo aprieta; cada vez que lo hace, cambio el tono de voz y grito, como si me doliera a mí. Bauti reacciona, sonríe, repite el gesto, a la espera de la reacción que nos conduzca a otra posibilidad, donde lo que es, sucede.
Al cerrar la puerta detrás de él, pensé… “Y ahora, en pandemia, ¿cómo continuamos? ¿Cuándo será el próximo encuentro? ¿Qué va a pasar? ¿Podremos mirarnos, ‘abrazarnos’ a través de la pantalla, en una videollamada?”.
Al mismo tiempo, varios pacientitos con otras dificultades y problemáticas aparecen en catarata en mis pensamientos. ¿Cómo y cuándo podré verlos, para no interrumpir los tratamientos? ¿Con qué recursos cuenta cada uno de ellos? ¿En qué situación están del proceso educativo y clínico? ¿Cómo contener a los padres y a la familia? ¿Qué sucederá a nivel grupal y social?
Algunos niños no quieren, no pueden o tienen muchas dificultades para relacionarse a través de pantallas… No alcanzamos a conectar con ellos; sufrimos la desazón angustiosa de la abrupta interrupción de nuestros encuentros. En esta situación, por todos los medios, procuramos continuar comunicándonos con los padres, intentamos recrear la experiencia y generar un borde posible para contener la irrupción abismal de la separación y la distancia inevitable. Mantenemos el contacto con ellos. Nos ubicamos, disponibles; nos preparamos para atravesar este momento de pandemia con todos nuestros recursos: enviamos mensajes, grabamos audios, hacemos videítos con los juguetes del consultorio, los preferidos por cada uno de los chicos. Ofrecemos un espacio y un tiempo compartido en el que nuestra ausencia devenga presencia; en esta dialéctica en suspenso, buscamos continuar el puente, la relación; no queremos dejar que ella se silencie o termine. No están solos; entretejemos la red donde alojarlos pues, aunque no podamos verlos, estamos junto a ellos.
A veces, la videollamada nos permite compartir lo cotidiano; abrir esto a otro produce un comienzo posible. Los chicos nos muestran los juguetes, la habitación en la que duermen, los muebles, las ventanas, los rincones de la casa. Esto propone una nueva escena, conjuga la distancia y compone el entretiempo que sostiene la continuidad del “entredós” relacional, transferencial.
Compartimos un momento en el que entramos y salimos de la vivienda; al hacerlo, armamos un puente con el afuera, abrimos la cotidianidad, jugamos con él, damos tiempo. Lo donamos, para que al irnos, al finalizar la pandemia, él pese menos y pueda fugarse en la siguiente jugada. Queremos evitar la fijeza amenazante y punzante del virus y, de este modo, posibilitar el movimiento del devenir, al articular lo actual con el pasado que anticipa el posible futuro, aún desconocido.
Fuera del consultorio, en mi casa, sentado frente al celular, en la mesa, acomodo los juguetes: títeres, autitos, muñequitos, animales de granja y osos, monos, cebras, leones en miniatura. Además, unos dinosaurios, pequeños insectos (arañas, hormigas, moscas, cucarachas), unas máscaras, hojas, marcadores, plastilina, pelotas, telas, aros, hilos, plasticola y sogas.
Como un prestidigitador o titiritero artesanal, antes de comenzar la función tomo distancia y miro todos los objetos de que dispongo. El escenario hay que montarlo en relación con la escena que aún desconozco.
Muchas veces no sé qué juguete elegir o cuál será la situación a desplegar; entonces, procuro dejarme llevar por la intuición; doy tiempo para que surja el no saber. Se trata de intuir sensiblemente el gesto, el detalle de aquello que le pasa al otro, en base a la experiencia que construimos juntos, en un territorio que nunca está delimitado por cuatro paredes o por un espacio encerrado, aislado en sí mismo. En esta insólita situación, trato de captar la mínima particularidad, un gesto –a veces ínfimo, efímero– que la pantalla permite diferenciar, o un sonido que puede darme una pista, un indicio de por dónde o cómo continuar.
Pedro, de diez años, espera; quiere que llegue el encuentro virtual para mostrarme el efecto del experimento que preparamos en nuestra última videollamada, cuando mezclamos componentes “mágicos” en un recipiente amplio (una olla grande). En la complicidad del “entredós”, él puso allí champú del papá, jugo de naranja, sal, un poco de pimienta, aceite y un juguete, un pequeño elefante. Luego colocó la mezcla en el freezer, para develar el resultado en nuestro siguiente encuentro.
Cuando aparece la imagen de Pedro en mi celular, lo noto expectante, preparado, con el experimento junto a él, en la mesa; hay allí, además, un destornillador, un martillo y una vela para poder descongelarlo. Exclama: “Hola, hola… Tenemos que ver qué pasó, hay que sacar al elefante de acá y descubrir cómo está. Mirá, mirá, ¡está todo azul! Es una formula nueva, tenemos que hacer otro experimento, veamos cómo quedó este y después preparamos otro más difícil… ¡dale, hagámoslo!”. El espacio subjetivo –el entretiempo– conforma una trama que nos permite sostener la relación y crear nuevas experiencias, en las que Pedro puede poner en juego la imagen corporal y hacer uso de ella.
Nadia, de seis años, me muestra unos dibujos de monstruos que tiene en un rincón especial de su habitación. Hay varios que la asustan mucho; me los señala y, ante cada uno de ellos, realizo un gesto de temor y horror. “¡Qué miedo!”, exclamo gestualmente. Después de un rato, Nadia me pide que cierre los ojos: quiere compartir un secreto, una sorpresa. La intriga sobrepasa el tiempo, revela y separa.
Frente a la pantalla, me tapo los ojos con las manos; se escucha el movimiento de ella que, de pronto, exclama: “Mirá ahora: esta es la llave de mi diario íntimo, te lo quiero mostrar”… Me atrapa el asombro; encuentro un instante de intimidad indescriptible. Poco a poco, abre el diario y, con sumo cuidado, me muestra sus dibujos. El espesor de ese gesto no tiene sustancia, enmarca un tiempo acompañado en el que Nadia transforma sus miedos en la narración de la complicidad del secreto compartido.
Los papás juegan con Iván, su hijo, a garabatear una hoja, “pierden” el tiempo, hallan el sinsentido al relacionarse con la experiencia inédita que atraviesan, juegan el oculto secreto de lo inesperado, sienten el placer del deseo que comparten. En grupo, imprimen un trazo y crean espejos sensibles; en acto, piensan… El pequeño, sin dejar de reflejarse en ellos, exclama alegremente: “Dibujamos un súpervirus” y corre con él entre las manos a asustar a todo el mundo…
Martín tiene cinco años; su abuelo se comunica por videollamada; cuando lo ve, el niño salta de alegría y exclama: “Abu, abu… hice una pista con el auto amarillo, vos tenés el rojo”; con la otra mano, toma ese auto: “Este es el tuyo y este es el mío”. El abuelo responde: “Me encanta el color rojo de mi auto, juguemos”. Van por la pista y, al llegar a una curva, el abuelo propone: “¿Y si hacemos un puente ahí, para que los autos pasen por arriba?”.
El pequeño lo mira, cambia la postura y le pregunta: “Pero, ¿cómo?”. Con mirada pícara, el abuelo sugiere: “Ponele dos libros abajo y tenemos el puente, dale”. Martín, entusiasmado, corre por la habitación, busca unos libros y los pone como indicó su abuelo. “¡Ya está!”, grita con alegría y toma los autitos, el amarillo y el rojo, que atraviesan el puente y, finalmente, llegan a la meta. Al mismo tiempo, ambos gritan: “¡Ganamos!... ¡Ganamos!”. Martín se pone de pie, mira la cámara y propone: “Demos otra vuelta”… “¡Vamos, vamos!”, le contesta el abuelo.
Los niños juegan; en sí, eso no tiene ninguna finalidad utilitaria: lo hacen por el placer de una ficción imposible, pero real. La plasticidad de la acción de jugar, a través de la imaginación, encarna la imagen corporal, que despliegan; el tiempo pasa y por él circula el afecto que enlaza lo comunitario.
La comunidad es una relación, no tiene sustancia, materialidad real, sino simbólica; ella nos representa para otros dentro de una legalidad y un linaje. Confirma la herencia en tanto legado para otros que perviven en la propia historicidad; quizá sea por eso que, en la primera infancia, los más pequeños siempre juegan a ser otros, que no son, pero que de algún modo, sensibles a él, representan.
| BBurbujasBurbujas juegan en el aire, palpan el deseo y desaparecen. A través de las videollamadas, al hacerlas, nos miramos. Las burbujas decantan en trazos móviles, flotantes… ¿Nos reconocemos en ellas?Las burbujas, ¿ pueden transformarse en espejos relacionales? |