Kitabı oku: «Las infancias y el tiempo»
Las infancias y el tiempo
Diagnóstico y clínica en el país de Nunca Jamás
Las infancias y el tiempo
Diagnóstico y clínica en el país de Nunca Jamás
Esteban Levin
Índice de contenido
Portadilla
Legales
¿Cómo leer el tiempo en este libro?
Prólogo. Entretiempo, primer minuto (60 segundos)
Epílogo
Capítulo 1: Del tiempo del dolor a la ficción del secreto: El enigma de Tamara
Prismas del tiempo, primer segundo
La plasticidad del tiempo
Capítulo 2: El país del diagnóstico: el tiempo parental
Prismas del tiempo, el decisegundo
¿Es posible jugar con los padres?
Capítulo 3: La temporalidad del artificio y el pensamiento en la infancia
Prismas del tiempo, el centisegund
El territorio del tiempo en juego
Capítulo 4: El tiempo del gesto: de la risa inmotivada al motivo de la risa
Prismas del tiempo, el milisegundo
La gestualidad naciente
Capítulo 5: La infancia que crea y produce el tiempo
Prismas del tiempo, el microsegundo
La transformación de la imagen del cuerpo: la memoria corporal
Capítulo 6: El acontecimiento: el nacimiento del sujeto
Prismas del tiempo, el nanosegundo
El tiempo escénico del detalle
La ansiedad del tiempo: el suspiro de la escena
Capítulo 7: La plasticidad estallada: los niños y el malestar
Prismas del tiempo, el psicosegundo
Gaspar gira en el propio encierro del giro
Los niños del país del diagnóstico
De la mímesis de la luz al brillo del gesto
Capítulo 8: Memoria e infancia: la potencia en la historia
Prismas del tiempo, el femtosegundo
La pulsión motriz y la memoria en la niñez
El gesto en juego al jugar
Antes del Epílogo
Entre el Epílogo
Después del Epílogo
Lo eterno: al infinito y más allá
Bibliografía
| Levin, Esteban Las infancias y el tiempo : diagnóstico y clínica en el país de Nunca Jamás / Esteban Levin. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Centro de Publicaciones Educativas y Material Didáctico, 2020.Archivo Digital: descargaISBN 978-987-538-755-31. Psicología Infantil. 2. Infancia. 3. Terapia Lúdica. I. Título.CDD 155.41 |
Colección Conjunciones
Corrección de estilo: Liliana Szwarcer
Diagramación: Patricia Leguizamón
Diseño de cubierta: Pablo Gastón Taborda
Ilustración de cubierta: https://es.123rf.com/profile_fonafona
Illustración de interior: https://es.123rf.com/profile_annthegran
Los editores adhieren al enfoque que sostiene la necesidad de revisar y ajustar el lenguaje para evitar un uso sexista que invisibiliza tanto a las mujeres como a otros géneros. No obstante, a los fines de hacer más amable la lectura, dejan constancia de que, hasta encontrar una forma más satisfactoria, utilizarán el masculino para los plurales y para generalizar profesiones y ocupaciones, así como en todo otro caso que el texto lo requiera.
1ª edición, mayo de 2020
Se terminó de producir en el mes de mayo de 2020 en Prisma Gráfica Digital, Palestina 744, Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
Ediciones Novedades Educativas
© del Centro de Publicaciones Educativas y Material Didáctico S.R.L.
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Inscripción ley 11.723 en trámite
ISBN edición digital (ePub): 978-987-538-755-3
ESTEBAN LEVIN. Licenciado en psicología, psicomotricista, psicoanalista, profesor de educación física, profesor invitado en universidades nacionales y extranjeras. Profesor Honorario del Instituto Universitario Gran Rosario. Autor de numerosos artículos en diversas publicaciones especializadas nacionales e internacionales, y de los libros: La clínica psicomotriz. El cuerpo en el lenguaje (Nueva Visión, 1991); La infancia en escena. Constitución del sujeto y desarrollo psicomotor (Nueva Visión, 1995); La función del hijo. Espejos y laberintos de la infancia (Nueva Visión, 2000); Discapacidad. Clínica y educación. Los niños del otro espejo (Nueva Visión, 2003); ¿Hacia una infancia virtual? La imagen corporal sin cuerpo (Nueva Visión, 2006); La experiencia de ser niño. Plasticidad simbólica (Nueva Visión, 2010); Pinochos: ¿Marionetas o niños de verdad? (Nueva Visión, 2014). Este último libro ha sido presentado en Italia, Estados Unidos, Uruguay, Colombia y México. Todas las obras han sido traducidas y reeditadas al idioma portugués por la editorial Vozes. Ha reeditado con la editorial Noveduc el libro Discapacidad: clínica y educación. Los niños del otro espejo (2017) y ¿Hacia una infancia virtual? La imagen corporal sin cuerpo (2018) y editó Constitución del sujeto y desarrollo psicomotor (2017) y Autismos y espectros al acecho. La experiencia infantil en peligro de extinción (2018).
A los niños, que día a día nos enseñan a inventar la sensibilidad de lo increíble.
A los papás de los chicos, que frente a la opacidad del diagnóstico confirman la potencia afectiva de sus hijos.
A los amigos, que siempre están en el tiempo del nos-otros.
A mis hijos; con ellos, apasionados, compartimos la ficción cómplice de la escritura.
A Peter Pan, por volar al país de Nunca Jamás, adonde el tiempo no pasa.
¿Cómo leer el tiempo en este libro?
Tic...
Tac…
Tic…
Tac…
Tic…
No sé lo que es el tiempo. No sé cuál es su verdadera medida, si tiene alguna. La del reloj sé que es falsa: divide al tiempo espacialmente, por fuera. La de las emociones sé también que es falsa: divide, no al tiempo, sino a la sensación de él. La de los sueños es errónea: en ellos rozamos al tiempo, una vez prolongadamente, otra vez de prisa, y lo que vivimos es apresurado o lento conforme a alguna propiedad del decorrer cuya naturaleza ignoro.
Fernando Pessoa
Como en una película cuyo inicio es el final, y este se comprende si se tiene en cuenta la imagen del principio, en este libro el Epílogo está al comienzo, en el origen de la lectura. Tic, tac, tac, tic…
El texto se expresa en cuatro tipografías diferentes; entre ellas, el tiempo transcurre sin pausa; se relacionan sin mezclarse, entretejen sentidos todavía inconclusos…Tac, tic, tic, tac…
Cada capítulo empieza con un “prisma del tiempo” numerado en forma descendente, que alude a la multiplicidad y heterogeneidad de lo ínfimo. Tic, tac, tac, tic…
Hay también “entretiempos”, cuya numeración ascendente hace referencia a lo inconmensurable. Pequeñas frases, pausas, aforismos abiertos que pasan, para dejar un vacío susceptible de habitar… Tic, tac, tic, tac…
Yo no sé si habréis visto nunca el mapa de la mente de una persona. Los médicos dibujan a veces mapas de otras partes de vuestro ser, lo que puede resultar algo interesante, pero les desafiaría a que tratasen de dibujar la imaginación de un niño, que no solo es confusa, sino que no deja un momento de dar vueltas.
J. M. Barrie
Le pregunto a Pablo, un niño de 9 años: “Para vos, ¿qué es el tiempo?”. Piensa… Sin dudarlo, responde: “El tiempo es lo que falta”.
Prólogo
Entretiempo, primer minuto (60 segundos)
En el umbral del tiempo, los niños juegan y crean lo que aún no existe: la memoria.
Los niños de los a los que se referirá-refiere-refirió este libro son aquellos que sufren el vértigo del tiempo que no pasa; ellos no pueden perderlo ni rescatarlo, tampoco ausentarse de él para resignificarlo desde otra posición.
Tamara no habla, tiene dos años. La gestualidad estallada, entristecida, enuncia la tensión en la postura. Repentinamente, reacciona con violencia, se golpea la cabeza contra la pared, el piso, la mesa, la silla. No llora ni se queja, no para. Se lastima hasta lograr lo que quiere. Para ella el tiempo actual se paraliza en el dolor que no duele.
Ramiro insiste, persiste en el movimiento; con sus dos años, inquieto, se mueve por todos lados; imparable, el desenfreno postural desborda el cuerpo y los movimientos sensoriomotores, deshilachados, se desvanecen en la acción. Por momentos sonríe, no juega ni imita al otro. Tampoco emite ningún sonido. El tiempo detenido actualiza la permanencia del sufrimiento sin edad.
Ariel, a los tres años, endurece los dedos de la mano. Tiembla en la inestabilidad. La motricidad se independiza del brazo y el hombro. La postura disarmónica, dispráxica, tensa el movimiento. Rígido, endurece la actitud corporal. El tiempo actual perdura en la inestabilidad del cuerpo.
Gaspar, con sus dos años, hacer girar cualquier cosa incesantemente: tapitas, lápices, cubiertos, hojas, juguetes, objetos. Gira y gira sin gestualidad. No habla ni juega, ocupa todo el espacio en cada giro; lo sensoriomotor funciona en relación a lo que mueve. Fusionado en el giro, no para de girar. El tiempo gira indefinido, inmóvil; en el mismo espacio, el goce deja huellas, no avanza ni retrocede, actualiza el sufrimiento en cada vuelta. ¿Cómo abrimos la sensibilidad de una demanda?
Peter Pan… ¿no quiere o no puede crecer? (1)
Lo infantil de la sensible experiencia de la infancia es imprevisible; en intervalos discontinuos el tiempo movedizo transcurre; si queda fijo, estancado, sufre el dolor gozoso, desolador, de existir en una temporalidad que no pasa. Estática e irreversible, envuelve, absorbe lo anterior y rigidiza lo actual en la apremiante tensión corporal que no deja de estallar, sin dar lugar a una nueva gestualidad.
El sufrimiento, ¿puede detener el tiempo? ¿Duele la memoria? ¿A quién le duele el dolor? El tiempo, ¿puede encarnarse en el cuerpo hasta encerrarlo, cristalizarlo y poseerlo? El tiempo de la niñez que no se separa de sí mismo hace sufrir, no pasa: agobia en la desmesura, aniquila la ficción; la plasticidad estallada produce la contracara, el tenaz desamparo del encierro, escenario mortal de la memoria y el pensamiento.
El acontecer no es nunca lo que acaba de pasar o lo que va a suceder, pero tampoco lo que pasa; en esa paradoja se enuncia el devenir de la niñez, donde el tiempo constantemente es otro.
Escuchamos el tiempo, lo leemos, lo miramos, somos receptáculos de la temporalidad sufriente del otro, del pequeño que, angustiado, no para de moverse; del que, al estereotipar en un imperceptible detalle, demanda; del que se defiende tras la repetición de los síntomas, los terroríficos miedos o los alicaídos y, a la vez, potentes rituales. Es el modo de donar tiempo, de trastocarlo para transmigrar a otro, que, al devenir, se historice en la imagen del cuerpo. Esta es una imagen cristal, sensible coexistencia de lo actual y lo virtual.
Al jugar, los chicos ficcionalizan lo temporal, lo transforman en un afecto, devienen con él a otra escena que nunca jamás recordarán pero jamás nunca olvidarán, acontecimiento original y originario de la infancia.
La única forma de tener el tiempo es perderlo; cuando se lo tiene ya no es lo que fue: existe en tanto perdido; al recuperarlo, cambia; coexiste lo actual con la virtualidad de una historia inaprensible, que se fuga entre la ausencia y la presencia.
En los niños, el tiempo está íntimamente relacionado con el cuerpo, la plasticidad y el acontecimiento. Este último, esencialmente, se distingue por su alternancia singular, se produce en un instante excepcional, conmueve, desborda lo anterior y reabre lo posterior. Redistribuye el afecto y la potencia de nuevas experiencias infantiles. Al interrumpir, transforma, trasciende cualquier interpretación y explicación causal. Inédito, incomparable, habita la aventura (como la de Peter Pan, Tamara, Ariel, Gaspar, Wendy, Lorena, Ramiro…), provoca deseos e inspira el vértigo de la plasticidad de otro acontecer todavía impensado. (2)
Si bien no somos solo el tiempo, él nos pone en escena a través, del lenguaje, los gestos, la postura, el cuerpo. Los síntomas del tiempo conmueven, a tal punto que no se puede salir de ellos. Los pequeños, los chicos aprisionados fijados en una solitaria ecuación temporal, nos demandan en la demora el tiempo del deseo del otro, para existir donde no son sino en el movimiento de la ficción. Es en este territorio donde la memoria se historiza. ¿Podremos pensar, diagnosticar e intervenir en la subjetivación del tiempo?
Los niños, sensiblemente, nos enseñan que el deseo implica lo temporal: no hay acto deseante sin tiempo. ¿Acaso podemos no querer a nuestros pacientes?
Aprendemos a contabilizar segundos, minutos, horas, días, meses, años, décadas, siglos, milenios… Pero nadie nos enseña dónde está la experiencia del tiempo ni nos traduce el valor de la ocasión, del instante.
1- Tal vez nos oriente el relato del creador de este personaje, James Barrie, al confesarnos: “El horror de mi infancia era que yo sabía que se acercaba el tiempo en que debería renunciar a mis juego; y eso me parecía intolerable… Entonces, resolví seguir jugando en secreto”. El país de Nunca Jamás es un lugar y/o un tiempo exótico, fantástico. Peter le comunica a Wendy dónde queda: “La segunda a la derecha y luego, todo seguido hasta mañana”. De este modo, actúa, dramatiza lo imposible; no sabe ni entiende por qué no puede o no quiere crecer, ni tampoco por qué nadie puede siquiera tocarlo. La dimensión trágica pone en escena el olvido sin posibilidad de memoria. “¿Quién es el Capitán Garfio? –preguntó con interés cuando ella habló del archienemigo–. –Pero. ¿no te acuerdas? –preguntó asombrada– de cuando lo mataste y nos salvaste a todos la vida? –Me olvido de ellos después de matarlos –replicó él, descuidadamente”. Retomemos el interrogante: Peter, ¿no quiere o no puede crecer? Entre el querer y el poder, lo posible y lo imposible, lo fantástico y la realidad, transcurre la niñez. Justamente por ello Peter Pan jamás podrá ser un síndrome (Barrie, 1965). Mientras él no puede retener ningún recuerdo para metamorfosearse en historicidad, Funes, el memorioso (protagonista del homónimo cuento de Borges) no consigue abstraer, restar un instante, dar lugar a la pérdida para poder pensar en otra cosa. Ambos sufren del tiempo y la reproducción de lo igual. Sin discontinuidad y alteridad, en ese exceso, la plasticidad estalla en sentido inverso (Borges, 1989).
2- Sobre esta temática véanse Jullien (2005); Quinard (2006 y 2014); Deleuze (2008) y Braunstein (2012).
Epílogo
Tic…
Tac…
Tic…
Tac…
Ya Carroll había escrito que el Unicornio reveló a Alicia el modus operandi correcto para servir el budín de pasas a los convidados: primero se reparte y luego se corta. La Reina Blanca da un grito brusco porque sabe que va a pincharse un dedo, que sangrará antes del pinchazo. Asimismo, describe con precisión los hechos de la semana que viene. El Mensajero está en la cárcel antes de ser juzgado por el delito que cometerá después de la sentencia del juez. Al tiempo reversible se agrega el tiempo detenido. En la casa del Sombrerero Loco siempre son las seis de la tarde, y se agotan y se colman las tazas.
Jorge Luis Borges

Las infancias son sensibles espejos del tiempo; cuando se reflejan en ellos, ya han pasado...
Capítulo 1 Del tiempo del dolor a la ficción del secreto: el enigma de Tamara
Prismas del tiempo, primer segundo (1)
Si el espacio es infinito, podemos estar en cualquier punto del espacio. Si el tiempo es infinito, podemos estar en cualquier punto del tiempo.
Jorge Luis Borges, El libro de arena, 1975
Cuando los papás de Tamara llaman para una consulta diagnóstica, la angustia desborda el teléfono. El tiempo se detiene como un relámpago, agota el espacio: “Esteban, te llamamos porque queremos que veas a nuestra hija, ella es muy chiquita, no habla, generalmente está sola, como que no necesita de otros… Lo que más nos preocupa es que se golpea la cabeza contra el piso, una puerta, la ventana o cualquier cosa que esté cerca, en especial cuando le decís que ‘no’ a algo que ella quiere. En ese momento reacciona violentamente, golpeándose la cabeza, la frente, la nuca; se da fuerte contra cualquier cosa”.
Tamara no habla, la gestualidad entristecida enmarca la tensa postura. “En la consulta neurológica, la médica nos dijo que era un trastorno del espectro autista… Estamos preocupados, desesperados, por eso decidimos venir a verte, para que nos orientes. No sabemos en realidad qué tiene ni tampoco qué hacer, nunca nos pasó con nuestros otros hijos, sus dos hermanos. ¿Hay que hacer algo? ¿La dejamos? ¿La retamos?... ¡Tenemos miedo de hacerle mal!”.
La sensación de perplejidad inunda lo que siento, es difícil desligarse del relato. El sufrimiento del otro nos sufre, entramos en él. ¿Acaso es posible no entrar en el tiempo? Si queremos humanizar los golpes, ¿es posible hacerlo si no nos duele? Sin conocerla todavía, me duele el golpe de Tamara… El tiempo actual parece fijarse en la dramática de la escena.
La madre se quiebra, llora desesperadamente; desesperanzada, la angustia repercute en el aire, siento en el cuerpo la conmoción del silencio entrecortado en lágrimas… Sin pensarlo, pienso. ¿Qué es una lágrima, sino el dolor del otro encarnado en una gotita de agua? El vacío se llena de dolor, languidece la esperanza. Reacciono: “Marquemos un horario, me encantaría conocer a Tamara y ver si puedo ayudarla a ella y a ustedes en este momento. No voy a tomarle ninguna prueba ni hacer ningún test, solo quiero conocerla; para eso, voy a intentar relacionarme con ella, con lo que está pasando, a través de la experiencia que surja en el tiempo del encuentro”.
¿Cuándo termina el tiempo?
Una vez había…
El origen de Peter Pan nos da una pista; así comienza la narración: “Todos los niños crecen, excepto uno”. (2) Lo real da paso a lo fantástico de ser el único. El enigma está instalado, deja un interrogante vacío. ¿Qué misterio podrá narrar la imposibilidad del crecimiento? ¿Cómo será el secreto del desarrollo de un niño que no puede crecer, pero tampoco decrecer? Si el lenguaje anclado en el cuerpo redefine la temporalidad de un sujeto, ¿qué sentido tiene la inmortalidad y eternidad de un chico? ¿Cuál es la incertidumbre o intriga que subyace al mito de una infancia rebelde, eterna?
James Barrie, el creador de Peter Pan, inventa un universo ficcional, una isla que cohabita con él. Todo niño, al jugar, crea mundos de verdad en la ficción del instante. A veces, adquieren tanta consistencia y volumen que cautivan el deseo de desear otra cosa. Refugiados en la propia isla fantástica, se defienden de cualquier cambio y no pueden dejar de estar ahí en ese tiempo que no pasa, no va para atrás ni para adelante, pero tampoco está quieto. Naufraga el sentido pleno de la realidad y entra en la fantasía, quiebra la incredulidad, conforma la creencia y potencia lo imposible.
La fuerza de esta invención es de tal magnitud que perdura en la huella de los sueños como pequeños y únicos cristales subjetivos de tiempo. Cuando ellos adquieren consistencia, condensan, materializan el deseo, de modo tal que este se ve condenado a no cambiar ni a crecer. La infancia “eterna”, detenida en el propio movimiento infantil, enuncia sin tapujos el naufragio inhóspito en una isla (la de Nunca Jamás) cuya vitalidad, paradójicamente, reside en la imposibilidad de cambio y transformación. Los niños que habitan allí no pueden o no quieren perder la experiencia a la que, aprisionados, pertenecen.
¿Cuándo comienza el tiempo?
“Había una vez…”
Así empiezan muchos cuentos; los niños se fascinan, buscan entrar en la originalidad del tiempo ficcional. Convocados por lo que había, piensan en pasado, presente y futuro, coexisten en un tiempo imposible o en ninguno de los tres tiempos a la vez; en realidad, crean otra temporalidad y, al unísono, son creados por ella. Apasionados por lo inesperado, toman distancia del cuerpo como masa, peso corporal, organicidad, para saltar a un entretiempo sin saber dónde caerán, ni por qué ni para qué. Durante toda la vida coexistimos con cristales del tiempo, que no dejan de transformarse hasta crear la huella temporal de una ausencia aún por venir. Al hacerlo, producen un nuevo crisol y con él nuevas imágenes.
La natalidad implica el prodigioso acontecimiento de crear un tiempo sin huella, irrepresentable; en este sentido, es caótico, plebeyo, porque recrea un vaivén temporal, una variación en la densidad del circulo inextricable de la reproducción de lo siempre igual (por ejemplo, del país de Nunca Jamás, o de los síntomas, miedos, rituales, angustias y estereotipias de la niñez). Frente a ellos, como en los cuentos, las novelas y las narraciones, un simple detalle, el azar de un hallazgo o una gestualidad hace la diferencia. En algunos relatos, ser trata de una varita mágica; en otros, un espejo encantado, un polvillo de hadas o una pócima hechizada. En nuestro trabajo cotidiano, es la ocasión inaudita, el entretiempo, la ficción de una escena que causa el otro tiempo afectivo de una experiencia única, aún por realizarse.
El tiempo del que hablamos deja instantáneamente de ser cronológico; no se mide con el segundero que no deja de girar en una única dirección constante y cíclica, siempre idéntico a sí mismo. Si tuviéramos que pensar el tiempo de la infancia, tal vez nos ayudaría la imagen del reloj de arena: los pequeños granos pasan y caen solo si reciben un movimiento, una fuerza que impulsa el acontecer. Entonces, la arenilla logra perderse de acuerdo al orificio por el cual cae. El movimiento traslada la arena de un lado a otro; cada vez, ella se pierde y cae en otra posición; perdida, todavía no es ni pertenece a las arcas del recuerdo y mucho menos de la memoria. No toda la estructuración subjetiva pasa por el lenguaje, también lo hace en y por el tiempo, el cuerpo y los acontecimientos.
En esta instancia primera se tratará-se trató-se trata del tiempo del devenir por fuera de la repetición de la resignificación o el a posteriori. Momento privilegiado está, estuvo y estará en la ocasión del salto, la caída, el pasaje y la pérdida. No medible, huye del sentido pleno, insustancial; existe al romper la homogeneidad, la linealidad e irrumpe entre el antes, el después y el ahora. Existe simultáneamente vacío de contenido numérico y letras, pervive en cada acontecimiento originario de la experiencia infantil. Constituyen los prismas del tiempo.
En el territorio de Nunca Jamás, con Peter Pan conviven sus amigos de aventuras, piratas, hadas, guaridas, Wendy, los archienemigos, los Niños Perdidos… En fin, un territorio que no deja de construir desventuras plagadas de intrigas, enigmas, muerte e ideas que, lejos de dar miedo, lo causan y aprisionan aún más en una vida fantástica por la cual es y existe eternamente.
Peter no sería tal sin la isla que jamás nunca podrá ser otra más que ella misma. Los niños, durante la infancia, crean los propios prismas del tiempo. Conviven con ellos sin cristalizarse en uno. Móviles, plásticos, los atraviesan, juegan, imaginan y fantasean como jamás lo han hecho y lo harán.
Ante determinado sufrimiento, el dolor de existir cobra tal magnitud que indefectiblemente paraliza el sentido, detiene el devenir, enfría la experiencia y el afecto que ella conlleva, se defiende del otro y lo otro. Arma otra isla, plena de un afecto que no puede donar ni mover más allá. El tiempo bloqueado opaca lo fantástico y, refugiado en la repetición de lo mismo, se cobija en el cuerpo, la acción, la estereotipia, los síntomas. Pétreo, goza una y otra vez de la potencia del encierro, displacer que sin embargo lo protege de la pérdida. La plasticidad, en lugar de enlazar, estalla.
Conjeturamos que el malestar opaca el cristal, le quita el brillo, la transparencia y el reflejo en un proceso de esmerilado que, en vez de dar lugar a otra imagen, la oscurece y apaga, aunque de algún modo deja entrever el sufrimiento amorfo sin espejo. El tiempo del dolor sufriente encarnado en el cuerpo cobra existencia subjetiva; en bloque monolítico, detona lo inerte.
La primera vez que veo a Tamara, ella está a upa del papá. La cabeza levemente recostada en el hombro, escondida entre los brazos de él, descansa en el cuello y postura paterna. Ante esta actitud, juego a que no puedo verla; la busco, pero no la encuentro, giro varias veces alrededor del papá hasta que, en una de esas vueltas, se cruzan nuestras miradas. Registro la tensión de la cautela; una cierta vergüenza vacilante deja entrever una sonrisa tenue que se esconde nuevamente.
Los niños nunca nacen jugando; para que lo hagan, el Otro (encarnado en la madre el padre, los adultos, los hermanos) tendrán que jugar con ellos. Lo hacen con el cuerpo, el lenguaje, que constituye el campo y el tiempo de la ficción en escena. El otro desea al jugar, lo alimenta y cuida; se trata del don de amor al hijo, pero hay un momento en el que ese otro se ausenta y el pequeño debe esperar la llegada; entonces, las sensaciones y movimientos corporales comienzan a tener un lugar central. De algún modo ocupan el vacío, la ausencia de plenitud conforma el entretiempo constitutivo, es la ocasión de la experiencia corporal investida del don del deseo encarnado en la caricia y la palabra. Los primeros cristales del tiempo (3) instituyen el umbral del placer corporal, no como cuerpo-cosa, sino como sujeto que compone la plasticidad simbólica.
Tamara ha sido muy deseada y demandada, sus padres y hermanos esperaron mucho que llegara (luego del nacimiento de los dos primeros hijos, recién tras años de intentos, la mamá logró volver a quedar embarazada). Desde el inicio, la pequeña se convierte en el centro del amor familiar. Comporta la mirada, la palabra y el deseo de todos. Cuando comienzan a ponerle algún limite, ella se opone: solo quiere hacer lo que quiere; si no, reacciona golpeándose fuertemente la cabeza contra cualquier superficie sin registrar el mínimo dolor.
En las sesiones junto a los padres, Tamara no habla y la experiencia lúdica se empobrece en el hacer sensoriomotor de abrir o cerrar la puerta de una casita de juguete, vestir o desvestir una muñeca, lanzar pelotas, mover juguetes, tirarse por un pequeño tobogán… Los papás, predispuestos, le ofrecen juegos, objetos, libritos. Ella los toma, parece jugar, pero finalmente no lo hace. La acción pierde riqueza, languidece en sí misma, sin mucha relación con el otro.
Cuando por algún motivo los papás le dicen que no puede hacer algo o se niegan a su deseo, la intempestiva reacción de Tamara es violenta; golpea con fuerza la cabeza contra el piso, una silla, la pared, o cualquier cosa que esté a su alcance.
El “no” no alcanza a evitar el golpe: conmueve el ruido siniestro de la cabeza, la frente, la nuca o las orejas contra una superficie dura. Rápidamente, la toman, la sostienen y evitan la situación. Muchas veces le dan lo que quiere (por ejemplo, un juguete, la mamadera, una golosina, sentarse arriba de la mesa) y otras la contienen (en brazos, a upa, provocándole otra postura) hasta que logran calmarla o, con el paso del tiempo, la reacción se le pasa…
En varias entrevistas con los padres surge el tema de los límites. La mamá cuenta que, luego del destete, Tamara continúa buscando y tocándole el pecho en distintas circunstancias. Y que ella duda entre dejarla o no, pero finalmente cede.
Recalco justamente la vacilación en el límite: esa es una de las dificultades para reposicionarse y producir algún cambio. Los papás concuerdan con esta idea y de allí en más, ante la oposición de la mamá, la pequeña se ofusca, protesta pero, en lugar de golpearse, por primera vez empieza a decir “mamamama” para dirigirse a ella y llamarla. El tiempo del “no” habilita que la demanda circule en otra legalidad donde lo corporal, contenido en el deseo y la prohibición, abre a su vez la posibilidad del lenguaje y la de otra posición.
Entretiempo, primera hora (60 minutos)
Los paréntesis hacen que el tiempo respire.
El lenguaje y la experiencia son siempre después del tiempo de la infancia, pero él es también lo anterior del lenguaje y la experiencia. Entre ellos se produce un “entre” inefable e inalcanzable; es una memoria del después en el ahora del antes, un cristal. Me gustaría llamarlo “el tiempo del devenir”, temporalidad afectiva cuya función conecta, es efecto y causa de los prismas que generan la apertura.
Lo abierto del tiempo donará, dona y donó el lugar de la invención de lo nuevo, donde la experiencia de la palabra ligada al cuerpo lo recrea a través de la imagen, el espejo la divide de lo corporal y, al mismo tiempo, hace de puente. Al jugar, los niños realizan el cristal del tiempo sin pensar ni calcular. En ese espacio se va dando cuenta de que nada de aquello que comienza termina en él y que ya se originó en el después del antes donde todavía no estaba. El tiempo comienza a mover, a ser efectivo, sin entender ni saber por qué mueve. (4)
El tiempo de la infancia divide un pasado en la actualidad que historiza un futuro en resonancia. Al jugar, lo temporal se desprende y transita a través de un vacío que funciona como un tajo abierto al afuera, y liga el adentro. La temporalidad de los niños reúne lo que separa, establece dos orillas y un puente como un pasaje de redes que entretejen la historicidad en prismas de tiempo.