Kitabı oku: «Arboleda»
LARGO RECORRIDO, 158
Esther Kinsky
ARBOLEDA
Una novela del territorio
TRADUCCIÓN DE RICHARD GROSS
EDITORIAL PERIFÉRICA
PRIMERA EDICIÓN: febrero de 2021
TÍTULO ORIGINAL: Hain. Geländeroman
DISEÑO DE COLECCIÓN: Julián Rodríguez
La traducción de esta obra ha recibido
una subvención del Goethe Institut

© Suhrkamp Verlag Berlin, 2018
Todos los derechos reservados
© de la traducción, Richard Gross, 2021
© de esta edición, Editorial Periférica, 2021. Cáceres
www.editorialperiferica.com
ISBN: 978-84-18264-83-2
La editora autoriza la reproducción de este libro, total o parcialmente, por cualquier medio, actual o futuro, siempre y cuando sea para uso personal y no con fines comerciales.
¿Tiene sentido señalar una arboleda y preguntar: «¿Comprendes lo que dice este grupo de árboles?». En general, no. Pero ¿no podríamos expresar un sentido ordenándolos de determinada manera? ¿No podría ese orden ser un lenguaje cifrado?
ludwig wittgenstein,
Gramática filosófica
I
Olevano
I plans un mond muàrt.
Ma i no soj muàrt jo ch’i lu plans.*
pier paolo pasolini
vii / morţǐ
En las iglesias rumanas hay dos lugares, separados uno de otro, donde los creyentes encienden velas. Puede tratarse de dos nichos en la pared, de dos repisas o de un par de candeleros metálicos con velas que flamean. El lado izquierdo alberga las velas para los vivos; el lado derecho, las velas para los muertos. Cuando fallece una persona por la que, en vida, se encendió una vela en el lado izquierdo, la vela ardiente es trasladada a la derecha. De los vii a los morţǐ.
Esta costumbre de encender velas en las iglesias rumanas solamente la he visto, pero nunca la he practicado. He visto arder las velas en los sitios que tenían asignados. He descifrado las inscripciones en sus respectivos lugares –nichos sencillos en una pared, saledizos, afiligranados candeleros de hierro forjado u hojalata calada– y las he leído como si fueran nombres que designan un espacio para la esperanza, vii, y otro para la memoria, morţǐ. Unas velas iluminan el futuro; otras, el pasado.
Una vez, en una película, vi cómo un hombre sacaba la vela encendida de una pariente del nicho de los vii para colocarla en el de los morţǐ. La pasaba del cómo será al ya fue, de la fantasmagoría del futuro a la inmovilidad de la imagen recordada. El gesto, en la película, conmovía por su sencillez y resignación, pero al mismo tiempo repelía por obediente y sobrio, el mudo cumplimiento de una regla.
Pocos meses después de ver esa escena en una película, murió M. Me convertí en superviviente, en doliente. Antes de sobrevenirle a uno la condición de doliente, se puede pensar la «muerte», pero todavía no la «ausencia». La ausencia es impensable mientras haya presencia. Para el doliente el mundo se define por la ausencia. La ausencia de la luz en el espacio de los vii ensombrece el resplandor en el espacio de los morţǐ.
Territorio
En Olevano Romano vivo algún tiempo en una casa en lo alto de una colina. Conforme uno se va acercando por la tortuosa carretera que asciende desde la llanura, distingue el edificio de lejos. A la izquierda de la colina de la casa está el viejo pueblo, como acodado en torno a la empinada ladera, de color rocoso y tonos grises que varían según la luz y la intemperie. A la derecha de la casa, un poco más arriba en la montaña, se halla el cementerio, anguloso, de hormigón blancuzco y orlado de árboles negros, altos, esbeltos. Cipreses. Sempervirens, el imperecedero árbol de los muertos, una réplica a los nada severos pinos que se yergue recortada contra el cielo.
Camino bordeando la tapia del cementerio hasta que la carretera se bifurca. En dirección sudeste atraviesa olivares, y entre campos vinícolas y bambúes enmarañados se vuelve pista rural que pasa rozando un ralo conjunto de árboles. Abedules, tres o cuatro, huéspedes errantes, mensajeros dispersos rodeados de olivos, encinas y cepas, que se alzan torcidos sobre una suerte de promontorio junto a la pista. Desde el promontorio uno mira hacia la colina de la casa. El pueblo queda ahora de nuevo a la izquierda, y el cementerio, a la derecha. Un coche pequeño se mueve por las calles del pueblo, alguien cuelga ropa en la cuerda de tender bajo las ventanas. La ropa dice: vii.
Cuando, en el siglo xix, se venía aquí a pintar, aquel promontorio debía de ser un buen mirador. Tal vez los pintores, al sacar el pañuelo del bolsillo de la casaca, esparcían, distraídos e incautos, semillas de abedul de su patria color norte. Una flor de abedul arrancada al pasar y olvidada hace tiempo que formó pequeñas raíces allí, entre la hierba. Los pintores se secarían el sudor de la frente y seguirían pintando. Las montañas, el pueblo, quizá también pequeñas columnas de humo elevándose en la llanura. ¿Dónde estaba el cementerio? La tumba más vieja que encuentro es la de un berlinés fallecido en 1892. La segunda más vieja, la de un olevanés de mirada audaz y tocado con un sombrero, nacido en 1843 y muerto en 1912.
Por debajo de los abedules errantes, un hombre trabaja en su viña. Corta el bambú, poda los tallos, les quema las barbas telarañosas, los iguala en longitud. Con los tallos monta unos armazones, estructuras complicadas alrededor de las cepas en trance de brotar. Carga los puntos de intersección de varios tallos con una piedra. Allí las viti medran entre los vii a lo lejos, a la izquierda; y los morţǐ, algo más cercanos, a la derecha.
Es invierno, anochece temprano. Al caer la oscuridad, el viejo pueblo de Olevano queda sumido en la luz amarilla de las farolas. A lo largo de la carretera de Bellegra y a través de las nuevas urbanizaciones del lado norte se extiende una maraña de farolas de cruda blancura. Arriba, en la ladera, el cementerio planea en el resplandor de las innumerables lamparitas perennes que brillan ante las losas o, alineadas, en las cornisas de los panteones funerarios. Cuando la noche es muy oscura, el cementerio iluminado por las luces perpetuae flota como una isla en la negrura. La isla de los morţǐ sobre el valle de los vii.
Camino
Llegué a Olevano en enero, dos meses y un día después del entierro de M. El viaje fue largo y me condujo por unos embarrados paisajes de invierno que se aferraban indecisos a los restos de nieve gris. En la selva de Bohemia los árboles, goteando nieve reciente, enturbiaban, a través del monte bajo stifteriano, la vista del joven río Moldava, que ni siquiera tenía ya una fina randa de hielo.
Cuando, tras unas escarpadas peñas, el paisaje se fue ensanchando hacia el Friulano, sentí cierto alivio. Había olvidado cómo era el encuentro con la luz transalpina, y de súbito comprendí las remotas euforias de mi padre en cada descenso de los Alpes. Non ho amato mai molto la montagna | e detesto le Alpi,* dice Montale, pero sirven para ese descenso y salida hacia la luz distinta. A la altura del desvío a Venecia, empezaba el crepúsculo. Cuanto más oscuro se hacía, tanto más grande, plana y vasta me parecía la llanura; el termómetro cayó por debajo de cero grados, se veían luces puntuales y, según creí apreciar, incluso pequeñas hogueras esporádicas al aire libre. Me detuve en Ferrara. Éso nos habíamos propuesto M. y yo para este viaje. Ferrara en invierno. El jardín de los Finzi-Contini con nieve o niebla helada. La bruma de las pianure. Italia era un país por el que nunca habíamos viajado juntos.
Al día siguiente encontré una de las lunas del coche rota. El asiento de atrás y todos los objetos guardados allí, libros, cuadernos, fotografías y cajas con lápices de escribir y de dibujo, se hallaban salpicados de esquirlas de cristal. El ladrón sólo se había llevado las dos maletas con la ropa. Una de las maletas estaba llena de prendas de vestir que M. había usado en los últimos meses. Me había imaginado cómo su rebeca de punto colgaría de la silla en aquel lugar extraño, cómo yo vestiría sus jerséis cuando trabajara y dormiría con sus camisas puestas.
Presenté una denuncia en la policía. Había que hacerlo en la questura, situada en un antiguo palazzo de pórtico grave. Un agente de baja estatura sentado en una silla de respaldo alto y labrado detrás de la mesa de trabajo tomó nota de mi relato. Su gorra oficial, con un espléndido cordel dorado, descansaba junto a él en una pila de papeles y parecía el olvidado accesorio de un baile de disfraces de tema marinero.
Por consejo de un policía de rango inferior, que me entregó la copia del atestado, pasé las horas siguientes buscando las maletas robadas cerca del área de estacionamiento, al pie de las murallas, entre matas y arbustos. Sólo encontré una bicicleta, cuidadosamente tapada con hojarasca. Cuando oscureció, abandoné la búsqueda e hice las compras necesarias. Por la noche, mi mirada recayó en el membrete del papel de la questura: Corso Ercole I d’Este. Era la calle desde la cual se accedía al jardín de los Finzi-Contini.
A primera hora del día siguiente, partí en dirección a Roma y Olevano. Hacía un frío atroz, la hierba de las murallas estaba cubierta de escarcha, y las bocas de los vendedores ambulantes que montaban sus puestos en la Piazza Travaglio exhalaban vaho. Unos africanos destemplados merodeaban por los bares de la plaza: el día de mercado prometía más vida y oportunidades que el resto de los días laborables, un poco de comercio, alguna chapuza, tabaco, café.
Una vez pasada Bolonia, la luz, las vistas desde la autopista que recordaba de mi infancia e incluso las tiendas de las gasolineras con sus pomposas arquitecturas de chocolate ofrecían un extraño consuelo. Parecía que el mundo seguía siendo tan inocente y anecdótico, tan inmutable pese al dolor como aquel paisaje claro que se deslizaba fuera: un escenario panorámico móvil que, en mi cansancio profundo e inmune a cualquier sueño, quería convencerme de que sólo se movía él, mientras que yo me quedaba siempre en el mismo lugar; y durante un rato lo creí.
Pero tras salir de la autopista en Valmontone me encontraba en territorio desconocido, apartada de los recuerdos. Circulando a paso de tortuga por la pequeña ciudad observé cuánto se había alejado Italia de los recuerdos de mi niñez. Detrás de una pequeña cadena de colinas se extendía una llanura en cuyos confines se elevaban unas montañas. Los picos de la segunda y tercera cadena estaban nevados, podía tratarse ya de los Abruzos, que en mi cabeza continuaban asociándose, como antiguamente, a los lobos y los ladrones. Un territorio siniestro, igual que todas las montañas.
La primera mañana en Olevano lucía el sol. En las hojas marchitas de la palmera que hería la vista en la llanura que se extendía a los pies de la colina rumoreaba un viento plácido. Cada cuarto de hora tocaba una campana, seguida de otra, más metálica, a un minuto de distancia, como si necesitara aquella pausa para verificar la hora. Por la tarde, el cielo se nubló, el viento se hizo cortante y, de pronto, empezó a oírse un ruido estridente. Venía del pueblo, que parecía muy lejano, un espejismo extraño visto desde la casa de la colina, pues se tardaba pocos minutos en llegar a la plaza donde ahora se celebraba una fiesta. En ésta, al son de una música pegadiza a todo volumen, los niños recibían los regalos de la Befana, la bruja epifánica a quien las abuelas habían invocado la víspera en el pequeño supermercado para regatear descuentos en juguetes baratos. Los habían sacado de las cestas de saldos que entorpecían el paso en los pasillos: muñecas Barbie de indumentaria plateada, guerreros de neón, espadas luminosas para uso extraterrestre. Una y otra vez, una animadora lanzaba consignas que un tímido coro de voces infantiles repetía, una y otra vez oía yo la palabra «¡Bé-fa-na!», acentuada en la primera sílaba, como debía de exigirlo el dialecto.
La noche siguiente al día de la Befana las calles se colmaron de un estrépito de ciclomotores, y aprendí que allí cada sonido se multiplicaba, reverberado por innumerables superficies y, al parecer, redirigido siempre a la inhóspita casa de la colina. Acostada y despierta, medité sobre las posibilidades que tenía en aquel lugar para ajustar mi vida durante tres meses a un orden que me permitiera sobrevivir a la inesperada extrañeza.
Pueblo
Por las mañanas iba al pueblo. Cada día por una calle distinta. Cuando creía conocer todos los caminos, en cualquier parte me salía al paso una escalera, una cuesta empinada o un arco que conducían hacia una vista panorámica. El invierno era frío y húmedo, y a lo largo de los angostos corredores y escaleras el agua crepitaba en la vieja piedra. Muchas casas estaban desiertas; hacia el mediodía había una gran quietud, casi una ausencia de vida. Tampoco el viento entraba a las calles, sólo el sol, que por lo general en invierno no se presentaba. Veía a personas mayores que, con su escasa compra, se doblaban para hacer frente a la escarpadura. Seguro que allí la gente tenía el corazón sano, ejercitado a diario en aquellas subidas, con o sin carga, y bajo el peso de la humedad invernal. Algunos subían despacio y de un tirón, otros se detenían y tomaban aire, el aire que podía tomarse en aquel lugar sin luz ni cualquier aroma de vida. Ni siquiera olía a comida en aquellos mediodías de invierno. Los domingos de más luz, en las primeras horas de la tarde, se oían los ruidos de platos chocando y voces apagadas desde las ventanas abiertas de la Piazza San Rocco. No había gatos merodeando. Los perros ladraban a los escasos transeúntes; si tenían un huesecillo, permanecían quietos.
Luego, un día, volvió a lucir el sol. Los ancianos salían de sus casas, se sentaban a la luz del Piazzale Aldo Moro y parpadeaban por la claridad. Aún estaban vivos. Se descongelaban como lagartos. Pequeños reptiles cansados, con abrigos acolchados con ribetes de piel artificial. Los zapatos de los hombres, torcidos por el uso. A las mujeres, el viejo carmín se les descascarillaba por las comisuras de los labios. Después de una hora al sol reían y hablaban. Gesticulaban acompañadas por el crujido de las mangas de poliéster de su ropa. En mi infancia fueron gente joven. Quizá lo fueron en Roma, golfos con zapatos amarillos y ciclomotores, muchachas que querían parecerse a Monica Vitti y llevaban grandes gafas de sol, que trabajaban en fábricas durante el día y que, cogidas del brazo, participaban de vez en cuando en manifestaciones.
Sobre el valle se dispersaban nubes de humo blanquecino, más ligeras que la niebla. Tras la poda de los olivos se quemaban las ramas. Sacrificios propiciatorios, realizados a diario, ante una plaga de parásitos que amenazaba la cosecha. En los olivares, tal vez los atizadores hacían visera con la mano, examinando qué columna de humo ascendía de qué forma. Sobre todas las cosas planeaba un suave olor a incendio.
Cementerio
Por la mañana temprano, hacía la misma ruta cada día. Cuesta arriba por la ladera, entre los olivos, y, rodeando el cementerio, hacia la pequeña arboleda de abedules. El par de quioscos con las flores de cultivo de colores dulces y los arreglos de plástico de colores chillones aún estaban cerrados. Los trabajadores municipales, ocupados desde mi llegada en clarear los cipreses entrelazados, llegaban con la furgoneta y sacaban sus herramientas. Los bordes de la calle estaban sembrados de los restos de la poda: ramitas, piñones, hojas pinnadas y escamosas. Junto a la entrada del cementerio se acumulaba un montón de restos de poda de mayor tamaño, tirados de cualquier manera, salpicados aquí y allá de los jirones de los arreglos florales de plástico: cabezas de lirio rosa que se resistían a todo marchitamiento, cintas amarillas. Vista desde allí, la casa de la colina quedaba entre el pueblo, al fondo a la derecha, y el cementerio, en primer plano a la izquierda. Un orden diferente. El pueblo, quieto a la luz matinal gris azulada. Detrás de la tapia del cementerio, los hombres intercambiaban gritos.
Desde la arboleda de abedules miraba yo hacia el pueblo y el cementerio, desde el cual, por las mañanas, no llegaba sonido alguno. Sólo veía un humo blanco ascender al otro lado de la tapia y de la hilera de cipreses. Quemaban restos de árboles. Los trabajadores forestales aún no podaban, primero hacían su pequeña ofrenda. Seguramente, formaban un círculo y velaban el fuego. Cuando el humo se aligeraba, aullaba la primera sierra.
Por las tardes visitaba las tumbas. Los dos quioscos de flores estaban abiertos: el de la izquierda vendía flores frescas, crisantemos amarillos, lirios rosa pálido, claveles blancos y rojos; el de la derecha, arreglos de flores artificiales con cintas o sin ellas, corazones, angelitos e incluso globos de dimensiones varias. La florista del quiosco derecho por lo general se dedicaba a su teléfono, pero a veces lanzaba una mirada llena de torva suspicacia.
Buscaba cómo denominar las paredes funerarias que constituían gran parte del cementerio. Armarios de piedra con pequeñas losas con los nombres de los fallecidos y, de ordinario, una foto suya impresa sobre la cerámica. Rocchi, Greco, Proietti, Baldi, Mampieri. Los nombres en las tumbas eran los mismos que figuraban sobre las puertas y los escaparates de las tiendas del pueblo. Supe que las paredes se llamaban columbarios, palomares destinados a las almas. Más adelante alguien me dijo que en el habla corriente a los nichos se les llama fornetti: hornos en los que se introduce el ataúd o la urna.
A primera hora de la tarde, el trajín en el cementerio alcanzaba su punto culminante. Eran, sobre todo, hombres jóvenes los que entonces cumplían con sus obligaciones de hijos o nietos; llegaban en coche a toda velocidad, se bajaban de un salto, de un portazo cerraban la puerta del vehículo, empujaban traqueteando una de las escaleras hasta delante de su fornetto para sustituir las flores marchitas por unas frescas, desempolvar la fotografía y examinar la lamparita ardiente. Los ancianos arrastraban lentamente el paso ante los nichos, cruzaban saludos, llevaban los ramos mustios al basurero y cambiaban el agua de los jarrones para las flores que traían.
Delante de cada fornetto había una lamparita cuya forma recordaba un viejo quinqué, una vela o un candil como de Las mil y una noches. Las lamparitas estaban conectadas a unos cables eléctricos que discurrían por la orilla inferior de los pisos de los nichos y alumbraban siempre. Lux perpetua, me explicó alguien. La luz eterna. A la luz del día su débil brillo apenas se distinguía.
Los días de lluvia no quería salir, me quedaba de pie frente a la ventana. Me debatía con el cansancio ocasionado por aquel aire húmedo y pesado. A veces la lluvia se mezclaba con nieve. Desde las ventanas traseras de la casa, orientadas al norte, hacia la hondonada comprendida entre un revoltijo de angulares construcciones de nueva planta y las laderas, cubiertas por un encinar y estrechos pastos de ovejas y demasiado empinadas para edificar, veía, a mano izquierda, las recientes urbanizaciones de Olevano, la carretera de Bellegra, la plaza del mercado con su suelo de cemento liso, la nueva escuela, el campo de deporte. Arriba, a la derecha, estaba el cementerio, un palco pétreo de marco oscuro con vistas al lacerado valle. Desde su palco, los muertos podían contemplar cómo se limpiaban las ambulancias al pie de la ladera, mientras los enfermeros hablaban por teléfono o fumaban; cómo los chinos montaban sus puestos los lunes para vender enseres domésticos, flores artificiales y ropa baratos; y cómo los domingos se celebraban los partidos de fútbol en el campo de deporte aledaño al mercado. Durante los partidos resonaban en las laderas gritos y silbidos, y la cancha verde opaco relucía bajo la lluvia en tanto que, por el escarpado camino hacia el cementerio, unas ancianas llevaban despacio sus paraguas entre los olivares.