Kitabı oku: «En el nombre del rey»
EN EL NOMBRE DEL REY
UN ENSAYO SOBRE LA DELINCUENCIA
Y LA JUSTICIA PENAL
EN LA VALENCIA DE LOS AUSTRIAS
HISTÒRIA / 189
DIRECCIÓN
Mónica Bolufer Peruga (Universitat de València)
Francisco Gimeno Blay (Universitat de València)
Pedro Ruiz Torres (Universitat de València)
CONSEJO EDITORIAL
Pedro Barceló (Universität Postdam)
Peter Burke (University of Cambridge)
Guglielmo Cavallo (Università della Sapienza, Roma)
Roger Chartier (EHESS)
Rosa Congost (Universitat de Girona)
Mercedes García Arenal (CSIC)
Sabina Loriga (EHESS)
Antonella Romano (CNRS)
Adeline Rucquoi (EHESS)
Jean-Claude Schmitt (EHESS)
Françoise Thébaud (Université d’Avignon)
EN EL NOMBRE DEL REY
UN ENSAYO SOBRE LA DELINCUENCIA
Y LA JUSTICIA PENAL
EN LA VALENCIA DE LOS AUSTRIAS
Eugenio Ciscar Pallarés
UNIVERSITAT DE VALÈNCIA
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© Del texto, el autor, 2020
© De esta edición: Universitat de València, 2020
Publicacions de la Universitat de València
http://puv.uv.es
Coordinación editorial: Amparo Jesús-María Romero
Ilustración de la cubierta: Cuello de hierro - antiguo instrumento de castigo. Tallin, Estonia.
Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera
Corrección: Iván García Esteve
Maquetación: Celso Hernández de la Figuera
ISBN: 978-84-9134-621-0
Edición digital
ÍNDICE
PRÓLOGO
Nota sobre fuentes, criterios generales y abreviaturas
PRIMERA PARTE EL DELITO Y SU CONTEXTO
I. LA ESTRUCTURA DE LA DELINCUENCIA
1.1 Análisis general de las diferentes bases de delitos
1.2 Una proyección global
II. RASGOS GENERALES DE LA DELINCUENCIA
2.1 Perfil sociológico de los delincuentes
2.2 Espacio y tiempo del delito
2.3 Delincuencia rural y urbana
2.4 Marginalidad y delincuencia social
2.5 Las causas generales de la delincuencia
2.6 Moriscos y cristianos ante el delito
III. EL HONOR
IV. LA VIOLENCIA
4.1 Los niveles de la violencia
4.2 Características generales
4.3 Los instrumentos de la violencia: las heridas
4.4 Motivaciones y situaciones criminógenas según los procesos penales
4.5 Las raíces profundas de la violencia
4.6 Un intento de contención: la «pau y tregua»
V. LA PROPIEDAD
5.1 Delitos e infracciones contra la propiedad: los criterios de una cuantificación
5.2 Los daños
5.3 Los fraudes
5.4 Los robos
VI. EL SEXO
6.1 Sexo y sociedad. El amancebamiento
6.2 La prostitución
6.3 Los actos deshonestos
VII. EL ORDEN PÚBLICO
7.1 Delitos contra la justicia y la autoridad
7.2 Las armas prohibidas
7.3 Los juegos prohibidos
7.4 Otros delitos
7.5 Las situaciones de peligrosidad
VIII. OBSERVACIONES SOBRE LOS BANDOS Y EL BANDOLERISMO
8.1 Acerca de los bandos
8.2 Sobre el bandolerismo y sus tipos
8.3 Una perspectiva procesal: bandos y bandoleros como delincuentes
SEGUNDA PARTE EL CASTIGO DEL DELITO
IX. DERECHO, ACCIÓN POLÍTICA Y REALIDAD CRIMINAL
9.1 Viejo y nuevo derecho penal
9.2 El derecho procesal penal: entre la continuidad y el incumplimiento
9.3 La crisis progresiva del principio acusatorio. Los «casos fiscals»
9.4 La organización de los tribunales y sus conflictos. El reforzamiento de la justicia real
X. LA REPRESIÓN DEL DELITO Y SUS LIMITACIONES
10.1 Medios y procedimientos de la justicia
10.2 Los estímulos económicos de la represión: la delación y las recompensas
10.3 Las resistencias sociales
10.4 Los procedimientos habituales para el castigo del delincuente
XI. APROXIMACIÓN AL PROCESO PENAL
11.1 Introducción
11.2 El proceso penal y sus fases
11.3 Los procesos de ausencia
11.4 La duración y el coste de los procesos
11.5 El proceso penal en la encrucijada
XII. A DISPOSICIÓN DEL VERDUGO: LA TORTURA JUDICIAL
12.1 Un trámite procesal de limitada aplicación
12.2 El verdugo y su actividad
XIII. LAS PENAS
13.1 Introducción: entre el derecho y la práctica de los tribunales
13.2 La determinación de la pena: el arbitrio judicial
13.3 Las restricciones a la remisión de penas
13.4 Las penas efectivas: provisión, sentencia y remisión
13.5 La ejecución de sentencia: las penas corporales
13.6 La ejecución de sentencia: las penas pecuniarias y costas procesales
XIV. RETO Y RESPUESTA EN UNA SOCIEDAD EN TRANSFORMACIÓN. LA LUCHA CONTRA LA DELINCUENCIA EN LA FORMACIÓN DE LA MONARQUÍA ABSOLUTA
14.1 La evolución de la delincuencia. Bases empíricas
14.2 La explosión de la delincuencia
14.3 La suprema lucha
14.4 El control y disciplinamiento social
PRÓLOGO
«Apellidant lo nom del Rey», «Apellidant lo nom del Rey y la Justicia», «Apellidant al Rey», «Al Rey», «Ajuda a la Corona»… Con estas y otras expresiones semejantes los hombres al servicio de la justicia (magistrados, oficiales de todo nivel…) dan el alto y proceden a interrogar y detener a los presuntos responsables de algún delito en el Reino de Valencia durante la época de los Austrias. En general, la justicia se ejerce en nombre del rey, ya sea en zonas de realengo o en lugares de señorío, ya se trate de la justicia local o de las instituciones superiores y de amplia competencia territorial, como la Real Audiencia y las gobernaciones. A partir de entonces empieza un «empapelamiento», la apertura de un proceso penal, que es nuestra fuente principal de información: hechos ocurridos, personas implicadas, trámites procesales, acusaciones, penas impuestas, su condonación y «composició»… Sin embargo, más allá de la anécdota inicial y de la delegación última y genérica del poder de juzgar del rey, la línea directriz de la actuación política en este periodo va a ser la progresiva imposición de la justicia real, del poder de la autoridad regia y de sus principales instituciones judiciales sobre la deficiencias y limitaciones de las cortes inferiores, en el camino de un mayor disciplinamiento de la sociedad y del control de sus comportamientos desviados.
El origen de este libro está en el propósito de estudiar un conjunto de procesos penales del monasterio de Santa María de Valldigna en los siglos XVI y XVII, circunscrito al territorio esencial de su jurisdicción, el valle o zona de Valldigna (Valencia). Sin embargo, pronto pudimos advertir, primeramente, su carácter excepcional (por su cantidad y calidad), en relación con otras fuentes semejantes, así como la dificultad de entender con detalle su contenido sin conexión detenida con otros conocimientos diferentes (fueros, derecho procesal, actitudes políticas generales, otros métodos judiciales…). Pero, sobre todo, era destacable la ausencia de un contexto general que nos permitiera comprender y evaluar con precisión el caso original o particular dentro de un conjunto de coordenadas supralocales, la necesidad de establecer un cotejo con otras variables y de entender las diferencias o contrastes que empezábamos a observar. Fuimos conociendo aspectos que no se podían percibir exclusivamente con las fuentes locales de Valldigna, o incluso que las contradecían. Por ejemplo, las sentencias individuales (dictadas por justicia y asesor) o en «consell criminal»; la diversa estructura de delincuencia según fuentes y lugares; el contraste entre una delincuencia rural o urbana; la dicotomía entre una delincuencia marginal o social…; el carácter presencial o absentista de los titulares de la jurisdicción; distintas actitudes ante el castigo del delincuente, etc. Salvo muy brillantes excepciones y en supuestos puntuales, la historia de la criminalidad o de la delincuencia en el Reino de Valencia en la época que referimos está por hacer, en parte por el gran atractivo y la atención que ha merecido el bandolerismo, una faceta importante y compleja (aunque parcial) de esta, visto además hasta ahora sobre todo desde la perspectiva de la política de orden público y represión a cargo de los virreyes.
La conciencia de esta limitación y el propósito de entender de manera lo más integral posible esta problemática nos llevaron a ampliar nuestros horizontes y buscar nuevas fuentes, ya fuesen de la misma clase (procesos penales de Alzira, Valencia-Real Audiencia, ducado de Gandía, Orden de Montesa…), o de diferente estructura o sentido (justicia de ciudades reales en Maestre Racional, Tesorería General, fueros y actos de corte en las Cortes valencianas de los siglos XVI y XVII; pragmáticas y «crides» generales o particulares; política de represión del bandolerismo y afines por parte de los virreyes…). Los procesos penales son una fuente excelente en muchos aspectos, pero dejan fuera mucha información conveniente… Al final, tras varios años de investigación y reflexión, el trabajo resultante, redactado de forma bastante sintética, parece pivotar en dos planos simultáneos. Por un lado, un estudio sistemático de los procesos penales de tres áreas diferentes: rural y de señorío, como Valldigna; de media ciudad y de realengo, como Alzira, y de una gran ciudad –Valencia– junto a un tribunal superior como la Real Audiencia. Por otro lado, la elaboración de una visión general por la que pueda entenderse equilibradamente todo el mundo de la delincuencia y su castigo, integrado en su contexto histórico.
A lo largo del proceso de investigación pronto pudimos inferir que la comprensión de la problemática de la delincuencia no podía ser nunca el resultado exclusivo de la suma o adición de diferentes estudios locales o puntuales (de tal o cual corte o tribunal, o aspecto determinado). Las deficiencias operativas de las justicias locales (medios humanos limitados, parcialidades y juegos de bandos…) y los estrechos espacios de su ámbito jurisdiccional, con la fuga de los delincuentes más peligrosos (procesos de ausencia), dificultaban obtener una visión de conjunto satisfactoria. Para ello era necesario que entrasen en juego y en relación varios elementos superiores en constante evolución (cambios legales, decisiones políticas, el contenido de las nuevas pragmáticas reales, los resortes económicos, el papel de la Real Audiencia, la avocación de causas, la acción represiva a cargo de los virreyes, las actuaciones eficaces pero contrarias a los fueros…).
Su contenido se desgrana en dos partes bastante diferenciadas, que casi coinciden con el clásico tópico de la historiografía anglosajona del «crime and punishment». La primera, y de manera más empírica, trata sobre la descripción de los delitos y su contexto explicativo: desde la estructura de la delincuencia, sus rasgos generales, hasta el análisis de cada uno de sus grupos principales y un apunte final sobre el bandolerismo. La segunda, y de forma más genérica y abierta, aborda el castigo del delito, lo que nos obliga a definir el derecho penal y procesal penal de forma dinámica, en relación con las fuerzas políticas en juego, la estructura de los tribunales, seguida de la represión del delito y sus medios y circunstancias, los procedimientos de castigo, con atención especial al proceso penal, y finalmente la pena, sus modalidades y gradaciones. La primera parte tiene un sesgo preferentemente sociológico y más empírico u objetivable, mientras que la siguiente muestra una impronta más política e institucional, además de una proyección generalista, lo que implica una mayor dificultad de definición.
En ese sentido, y tal como hemos apuntado, se ha intentado conjuntar el análisis preciso de una documentación esencial, los procesos penales, con el diseño e interpretación de un panorama global de la delincuencia en la Valencia de los Austrias, de sus características básicas, de su represión y de su evolución principal. Ha interesado preferentemente construir un cuadro general de esta problemática en relación con la sociedad de la época, interconectando diversos elementos en juego. Priman las visiones estructurales y su evolución en este periodo sobre las fluctuaciones de corto plazo o las coyunturas. Importan las líneas directrices más que los pormenores o el exceso de erudición, a veces innecesaria. No nos dejamos llevar por los detalles de tal o cual proceso muy interesante en sí mismo, sino por las líneas maestras que apuntan varios de ellos en relación con una misma característica. Nos atrae más la aplicación del derecho o la práctica de los tribunales que la dicción literal de las normas legales. Algunas de las fuentes consultadas (sobre todo las no procesales) son susceptibles de un mayor aprovechamiento (v. g., la economía «judicial»), pero se ha seleccionado la información más adecuada a nuestros objetivos. Por ello, y por su amplitud temática, varios capítulos o epígrafes pueden ser objeto de otras extensas y detalladas monografías (v. g., la violencia, la «pau y tregua», el armamento popular, la prostitución, el proceso penal, la tortura…). Sin duda, estas podrán confirmar, o no, las afirmaciones aparentemente más sólidas, discernir sobre algunas de las tesis vertidas, evaluar ciertas hipótesis lanzadas… Teniendo en cuenta las características señaladas, no es este un libro pretendidamente definitivo, si es que alguno de historia de cierta amplitud o envergadura lo es realmente… Al contrario, además de ofrecer una visión global, aspira ante todo a facilitar y estimular ulteriores estudios sobre una materia no muy atendida hasta ahora por la historiografía valenciana.
Resulta obvio que una obra de la extensión y complejidad que hemos descrito hubiera sido imposible o muy difícil de elaborar sin las sugerencias, ayudas, conversaciones y colaboraciones de muchos compañeros y amigos, que me han brindado su apoyo y facilitado información. Su relación sería muy larga y no quisiera pecar de omisión u olvido. Vaya por delante mi agradecimiento, así como que me corresponde toda la responsabilidad de los errores o insuficiencias en que pueda haber incurrido.
L’Eliana, 2017
NOTA SOBRE FUENTES, CRITERIOS GENERALES Y ABREVIATURAS
Entre las fuentes consultadas se ha prestado especial atención a los procesos penales, que desde el siglo XVI tienden a presentarse como expedientes autónomos (desprendidos de los libros generales de justicia), aunque con frecuencia inacabados o parciales y no pocas veces en mal estado de lectura. Con un total global de 1.468 expedientes procesales, se estructuran en cuatro grupos: a) Valldigna (Simat, Benifairó, Tavernes y otras aldeas desparecidas después de 1609), con 977 (1504-1705) (ARV, sección Clero, legajos, dispersos en cajas n.º 1.887 a 2.240, citados por fecha de incoación); b) Alzira (y localidades próximas de su jurisdicción), con 204 (1568-1704) (AMA, leg. 501); c) Valencia - Real Audiencia, con una selección equilibrada de 205 (1511-1701), que suponen el 22,95 % de procesos de la Real Audiencia - «Segunda Parte» (en ARV, Inventario n.º 137, dispersos en cajas n.º 1 a 75), y d) otras localidades (Orden de Montesa, Albalat de la Ribera, Villalonga, Gandia…), con 88 procesos de carácter complementario.
Siguen en interés los cuadernillos de justicia de las ciudades de realengo mejor conservadas en la sección Maestre Racional del ARV: Alzira, Xàtiva, Alcoi, Ontinyent, Llíria y Castellón de la Plana, y en menor grado Valencia, que se precisarán en el capítulo I. De la misma sección, los libros de la Tesorería General (siglos XVI y XVII) (Tesorería General, n.º de serie 8.852 a 8.997, años 1531 a 1704), además de los repertorios de «crides», pragmáticas y documentación similar, así como un vaciado de la legislación foral en las Cortes valencianas (1484-1645) sobre temas relacionados.
Hemos utilizado un baremo de estructura de la delincuencia que fuese operativo, tanto por su adecuación a las fuentes como a criterios de análisis generalmente adoptados, organizado en cinco grandes secciones (Honor, Violencia, Propiedad, Sexo, Orden Público), en las que se agrupan los principales delitos. En cada expediente primamos el delito o infracción principal o más representativo, aunque en ciertos casos contabilizamos otros diferentes de cierta relevancia que resultan del relato de los hechos (concurso de delitos). Su calificación, sin perder de vista criterios técnico-jurídicos actuales, intenta ante todo adaptarse a la realidad sociológica estudiada. Determinados términos o conceptos jurídicos se utilizan más de forma expresiva, narrativa y dirigida a un público amplio, y con preferencia a un preciso rigor técnico actual (tipos penales, libertad provisional, circunstancias modificativas de la responsabilidad…).
Sobre el «hecho criminal» inciden multitud de factores que lo convierten en un objeto de estudio ambiguo, complejo y a veces polémico.1 En este trabajo utilizamos un concepto amplio de delito, como la conducta castigada y recogida en la ley, de carácter tradicional (homicidios, robos…) («crims», «delictes»), ciertos «vicis y pecats publichs» (juego de naipes, prostitución…), nuevos delitos (armas prohibidas), determinadas medidas de prevención o actitudes peligrosas (circular de noche, forasteros…) recogidas en los bandos, las «crides» o las pragmáticas. Conductas «penales» reguladas (con variable precisión…) en las «leyes», pero que bordean o se solapan a veces con las prescripciones morales o teológicas. Delincuentes y pecadores son matices de una misma realidad que tiende a mezclarse o confundirse.2 Los delitos más tradicionales tienen incluso una valoración negativa en función de preceptos y valores morales.
La mayoría de las fuentes inciden en la actuación de las justicias ordinarias, locales o territoriales, titulares de la jurisdicción baronal o mero y mixto imperio, que asumen la gran mayoría de delitos cometidos (a excepción de lesa majestad, falsificación de moneda, herejía y «collera»), pero también se atiende a los tribunales de ámbito regnícola, como en particular la Real Audiencia. En este sentido, estaría descontextualizado plantearse la diferencia entre «delito» e «infracción administrativa». Es obvio recordar la maraña institucional del Antiguo Régimen, y específicamente en la época foral valenciana, en la que determinadas instituciones asumen (más allá de su cometido específico) competencias jurisdiccionales y juzgan (instruyen, sentencian y castigan, incluso con penas corporales a veces) diversas infracciones, sobre todo de tipo económico (el mustaçaf, la Baylia, el tribunal del almirantazgo o de la capitanía general…).
Preferimos el término delincuencia, como más general, frente al más ambiguo de criminalidad. Los delitos nos informan sobre la gran masa de la sociedad, los no privilegiados (más del 90 %), mientras que rara vez surge algún miembro de la nobleza, así como los delitos del clero tienen una jurisdicción reservada. Conviene recordar que los delitos procesados o inventariados no suponen la totalidad de los realmente cometidos («los números negros»), que la verdad judicial o procesal no siempre coincide con la verdad real, pero el volumen de información y el cruce de fuentes nos ayudan a superar muchas limitaciones documentales. Más que medias aritméticas generales, amplias o totalizadoras, preferimos obtenerlas en función de su representatividad concreta y limitada (por localidades, fuentes, ámbitos…), aunque en la práctica muchas veces tienden a homogeneizarse. En este sentido, operamos en tres claves sociológicas e institucionales: la rural y señorial, representada por la Valldigna; la de las ciudades medianas y de realengo, como Alzira y asimilados (Xàtiva, Alcoi, Castellón…), y la de la gran ciudad y tribunal superior, como es Valencia y la Real Audiencia. El número de procesos estudiados por cada zona citada es aproximadamente proporcional y paralelo al cómputo demográfico respectivo en el Reino de Valencia en la época.
El análisis de las fuentes evidencia ciertas «variables» que hay que ir conjugando, como la diferencia entre ámbito rural y urbano, entre jurisdicción suprema e inferior o alfonsina, las diversas formas de práctica judicial (el «empapelamiento» de los procesos o el recurso rápido a la «composició» en Maestre Racional), la simultaneidad o solapamiento territorial en la competencia de ciertos tribunales, la modalidad inquisitiva según delitos (los perseguibles de oficio o «casos fiscals» y los que no lo son) o las distintas «políticas criminales» que puntualmente y a lo largo del tiempo (y en diferentes localidades) pudieran seguir unas autoridades u otras y que no siempre son fáciles de detectar.
PRINCIPALES ABREVIATURAS UTILIZADAS
| AHN | Archivo Histórico Nacional |
| AMA | Archivo Municipal de Alzira |
| AMV | Archivo Municipal de Valencia |
| ARV | Archivo del Reino de Valencia |
| BUV | Biblioteca de la Universidad de Valencia |
| c. | caja |
| cap. | capítulo |
| Cl. | clero (sección) |
| d | dinero |
| fol. | folio |
| Ju. | Judiciari; ma judiciaria, ma de cort…o libro de justicia |
| L | libra |
| leg. | legajo |
| MR | Maestre Racional (sección) |
| Me. | Manaments y Empares |
| N. | Nobleza (sección) |
| p. | página |
| pr. | proceso |
| Pro. | protocolos |
| R. | Real Cancillería (sección) |
| RA | Real Audiencia |
| RAcrim | procesos criminales de la Real Audiencia, 2.ª parte (ARV) |
| s | sueldo |
| Tas. | Tasación de costas |
Los fueros y actos de corte de las Cortes de 1484 a 1645 se citarán de la siguiente manera:
Cortes de un determinado año, número de orden si lo hubiere y página de los libros donde se publican, editados por el Departamento de Historia Moderna de la Universidad de Valencia:
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
BELENGUER CEBRIA, E.: Cortes del reinado de Fernando el Católico, Valencia, 1972.
GARCÍA CÁRCEL, R.: Cortes del reinado de Carlos I, Valencia, 1972.
SALVADOR ESTEBAN, E.: Cortes valencianas del reinado de Felipe II, Valencia, 1973.
CISCAR PALLARÉS, E.: Las Cortes valencianas de Felipe III, Valencia, 1973.
DE LARIO RAMÍREZ, D.: Cortes del reinado de Felipe IV, I, Cortes valencianas de 1626, Valencia, 1973.
GUÍA MARÍN, L.: Cortes del reinado de Felipe IV, II, Cortes valencianas de 1645, Valencia, 1984.
1 Entre otros, P. Pérez García: «Una reflexión en torno a la Historia de la Criminalidad», Revista de Historia Medieval 1, Universitat de València, 1990, pp. 11-37; «Desorden, criminalidad, justicia y disciplina en la Edad Moderna temprana: problemas abiertos», en L. Álvarez Santaló y C. Cremades Griñán: Mentalidades e ideología en el Antiguo Régimen. II Reunión Científica de la Asociación Española de Historia Moderna, Murcia, 1993, II, pp. 93-118; R. Iglesias Estepa: «El crimen como objeto de investigación histórica», Obradorio de Historia Moderna 14, 2005, pp. 297-318.
2 F. Tomas y Valiente: El Derecho Penal de la Monarquía Absoluta (siglos XVI, XVII y XVIII), Madrid, 1972, pp. 85-112. Del mismo autor, «Delincuentes y pecadores», pp. 11-31; B. Clavero: «Delito y pecado. Noción y escala de transgresiones», pp. 57-89, ambos artículos en Sexo barroco y otras transgresiones premodernas, Madrid, 1990. Observaciones críticas sobre la identificación de delito y pecado, en P. Pérez García: «La criminalización de la sexualidad en la España Moderna», pp. 366-367, en J. L. Fortea et al. (eds.): Furor et rabies. Violencia, conflicto y marginación en la Edad Moderna, Santander, 2002.
PRIMERA PARTE
EL DELITO Y SU CONTEXTO
I. LA ESTRUCTURA DE LA DELINCUENCIA
A pesar de las dificultades que entraña para esta época establecer la radiografía de la delincuencia de manera cuantitativa y objetiva, constituye un paso inicial esencial para conocer la dimensión de los problemas estudiados y su auténtica representatividad.1 En ese sentido hay que advertir primeramente que excluimos de nuestro análisis las pequeñas infracciones agrarias, vulgarmente llamadas en la documentación «clams», consistentes sobre todo en daños del ganado en los campos y en menor grado pequeños hurtos agrarios («furts de mans»), casi siempre frutos para el consumo inmediato; son faltas leves, numerosas pero de escaso relieve e importancia, tramitadas rápida y oralmente y que la práctica judicial discriminó o marginó desde muy temprano.2
1.1 ANÁLISIS GENERAL DE LAS DIFERENTES BASES DE DELITOS
a) La Valldigna
En este pequeño valle, abierto al Mediterráneo al sur de la provincia de Valencia, se constituyó un señorío regido por la comunidad cisterciense del monasterio de Nuestra Señora de Valldigna, sito en la localidad de Simat. De predominante población morisca (entre un 75 y un 80 %), a principios del siglo XVII estaba poblado por unas 550 o 600 casas (en torno a 2.400 habitantes), distribuidas en tres pueblos (Simat, Benifairó y Tavernes) y algunas aldeas (Xara, Hombria, Alfulell, etc.), casi todas desaparecidas después de la expulsión de 1609. Zona predominantemente agrícola, con ganadería complementaria, la gran mayoría de sus habitantes eran llauradors, que ocasionalmente simultaneaban su oficio con actividades comerciales o de trasformación artesanal doméstica. Representa pues una zona estricta y claramente rural, con pueblos de pocas casas, escaso entramado callejero y mucha transparencia entre los vecinos; sobre ella tenía el abad del monasterio plena jurisdicción, mero y mixto imperio, pudiendo juzgar y castigar todos los delitos, salvo las escasas excepciones generales establecidas (lesa majestad, falsa moneda, herejía).3 Por tanto, ámbito plenamente rural y señorial.4
Para cifrar la estructura de la delincuencia, nos hemos centrado en los delitos extraídos de los procesos abiertos de 1557 a 1704 en primera instancia.5 Para este periodo general, el cuadro 1.1 muestra con contundencia que los delitos contra la integridad física de las personas (violencia) representan la parte del león, el 40,56 % del total, con marcado peso de peleas y lesiones, seguidas de homicidios. Siguen los delitos contra la propiedad, con el 24,48 %, casi todos ellos robos. Muy cerca se halla el conjunto de los de orden público, con el 20,46 %, entre los que destacan los que atentan contra la justicia y la autoridad (en particular las «resistencias»). Completan, con escasa entidad, las injurias/calumnias y los delitos contra la honestidad en materia sexual (gráfico 1.1). Si desdoblamos las cifras entre dos periodos muy diferenciados, el siglo XVI hasta 1609, con predominio de población morisca, y el largo siglo XVII hasta 1704, observamos que los resultados son muy semejantes, con porcentajes muy próximos entre sí, marcados en ambos casos por los delitos violentos, quizá con una mayor incidencia de los homicidios en el siglo XVII.
Datos en los que hay que reparar, pues entendemos que estamos ante una fuente excepcional. Es muy difícil encontrar tanta información procesal penal sobre unas pocas y pequeñas localidades como las citadas.6 Desde luego, no se cuenta con la totalidad de procesos o casos y tenemos ejemplos o referencias criminales de los que no se han encontrado expedientes, pero trabajamos con un porcentaje muy cercano a ello. De 1557 a 1609 hay datos de todos los años, con una media anual de 13,73 delitos, que por su entidad y por comparación con otras variables7 probablemente superaría con creces el 80 % de la totalidad de casos penales realmente producidos. Menos contundentes son las cifras de 1610 a 1704, con una media anual de 4,02 delitos, pero de esta centuria tenemos datos de todos los años menos de diez8 y la población se redujo drásticamente (apenas llegaría a trescientas casas en 1646 y superaría levemente las cuatrocientas hacia 1700), por lo que los 287 expedientes conservados suponen un volumen de información muy amplio.
Por tanto, conocemos un altísimo número de los delitos producidos, con una gran diversidad y variedad (excluidos los «clams» agrarios), distribuidos homogéneamente a lo largo del tiempo y, lo que es más importante, con un criterio común y general de incoación, sin diferencias sustanciales entre unos delitos u otros. Es decir, que el sistema de trabajo de la justicia solía ser esencialmente el mismo para la generalidad de delitos: abrir expediente por cada caso (de oficio, por denuncia presentada, etc.) y tramitarlo; las excepciones debieron de ser muy raras.9 Por tanto, la documentación de la Valldigna cumple ampliamente los criterios preferentes de representatividad aludidos (cantidad, diversidad y homogeneidad en la tramitación). En consecuencia, por las razones expuestas, consideramos como altamente válidos los resultados obtenidos de esta fuente, y como un indicador de fiabilidad para los análisis de la estructura de la delincuencia de otras zonas.
CUADRO 1.1
Estructura de la delincuencia en Valldigna (delitos, cifras absolutas y porcentajes)

b) Las ciudades reales
Los registros de justicia de algunas ciudades reales de la serie Maestre Racional (ARV) relacionan con brevedad las cantidades percibidas por las justicias locales, especialmente en materia penal, la persona responsable, con frecuencia el delito cometido, algunas circunstancias personales (origen, profesión, etc.) («rebudes»)y los gastos producidos («dates»). Normalmente se trataba de una «composició» y remisión, por la que a un reo se le conmutaba la pena de una infracción, ya fuese antes de abrir expediente o seguirse el procedimiento, o con posterioridad; más raro era la conmutación de sentencia condenatoria o el pago de pena pecuniaria, aunque muchas veces la fuente no es suficientemente explícita (o los criterios de los escribanos cambiaban con los años, etc.). Así se debieron de resolver la mayoría de los asuntos, pero no todos. Otros (por desconocimiento del autor, complejidad del tema, resistencia de los reos, oposición judicial a la remisión, etc.) se tramitarían en procesos ordinarios e independientes, que habitualmente no se han conservado, salvo con alguna excepción (v. g., Alzira).
Nos interesa ahora el cómputo de delitos reseñados en esta fuente por cada año10 (excluidos los «clams» agrarios) para evaluar la estructura de la criminalidad. Cuando no se indica el delito o resulta ilegible, lo situamos en los cuadros correspondientes como «desconocidos». Cuando no se concreta el delito ni la fecha de realización y solo se remite a un proceso o sentencia como justificación del pago, lo registramos como «procesos». Estos dos apartados no son contabilizados para obtener la estructura de la criminalidad, pero no hay que olvidar que alcanzan un nivel de casi una quinta parte de las infracciones y normalmente se referirían a delitos de cierta gravedad.11 Hemos intentado superar y homologar la casuística local,12 y quizá neutralizar hasta cierto punto los posibles fraudes.13
Las localidades estudiadas son pequeñas o medianas ciudades, con ciertos rasgos comunes. Así, en general, todas son capitales de comarca, de población de más de mil casas en torno a 1600 (excepto Llíria), con un amplio término municipal y que gozan de un importante sector agrícola. Probablemente en torno a la mitad o más de su población activa estaba relacionada con el sector primario, pero en su casco urbano, más desarrollado de lo habitual (casco viejo, murallas, varias plazas, etc.), existen numerosos talleres artesanales y una pequeña red gremial de diversos oficios («velluters», «peraires», zapateros, sastres, herreros, molineros, hornos, etc.). Destaca su infraestructura de tiendas y comercios de todo tipo, y disponen de un renombrado mercado comarcal, con mayor oferta de mercancías y concurrencia de precios, polo de atracción de los vecinos de muchos pueblos del alrededor. A su vez, son centros de prestación de servicios varios (médicos, cirujanos, notarios, justicia, etc.), y poseen abundantes lugares de ocio (hostales, burdel). De poblamiento predominantemente cristiano desde la Reconquista, disponen de una amplia infraestructura eclesial (varias iglesias, ermitas, capillas, conventos, beneficios, etc.). Son también lugares de tránsito de diferentes personas –unas forasteras, otras, meros transeúntes, otras, vecinos de pueblos próximos, etc.– que gozan de un cierto nivel de anonimato. La propiedad de la tierra y el rentismo suelen ser los rasgos económicos preferentes de una clase dirigente local de propietarios agrícolas, mercaderes y profesionales que conviven con algunos eclesiásticos y caballeros o miembros de la pequeña nobleza. Bajo el paraguas de la titularidad real, de esta oligarquía surgen los oficios rectores del municipio, y entre ellos el justicia, de nombramiento y renovación anual, es quien ejerce la plena jurisdicción sobre la «ciutat» o «vila», y solamente la suprema o mero imperio sobre las «universitats» o «llochs» situados en sus términos generales.
Xàtiva, el principal núcleo urbano después de Valencia (más de dos mil casas y una poblada morería de 380 en 1609), es uno de los ejemplos más característicos de estas ciudades, además de sumamente conflictiva (motivos jurisdiccionales, fiscales, administrativos, etc.).14 El cuadro 1.2 ofrece una estructura general de la delincuencia de todo el periodo,15 sorprendente y muy diferente a la de Valldigna. Priman ahora los delitos de orden público, y en particular los relacionados con las armas prohibidas, con un tercio del total (34,52 %), a lo que habría que sumar los juegos, normalmente cartas o naipes (8,11 %). Luego, los delitos sexuales, sobre todo prostitución y amancebamiento, acaparan otra cuarta parte. En cambio, los delitos violentos solo suponen el 5,45 % y los robos el 0,87 %. Los de injurias tienen aquí, y en otros registros del Maestre Racional, una presencia casi insignificante. Su desglose en el periodo inventariado (1538-1703) permite algunas oscilaciones, pero se mantienen las mismas constantes: predominio de los delitos de armas y juegos prohibidos, del amancebamiento y de la prostitución.16
CUADRO 1.2
Estructura de la delincuencia en Xàtiva (1538-1703) (cifras absolutas y porcentajes) (MR)
| A) Honor Injurias | 3 (0,09) 3 (0,09) |
| B) Violencia Amenazas Lanzamientos Peleas Lesiones Homicidios | 168 (5,45) 4 (0,12) 9 (0,29) 15 (0,48) 67 (2,17) 73 (2,36) |
| C) Propiedad Daños Fraudes Robos | 144 (4,67) 8 (0,25) 109 (3,53) 27 (0,87) |
| D) Sexo Amancebamiento Prostitución Actos deshonestos | 819 (26,57) 382 (12,39) 370 (12,00) 67 (2,17) |
| E) Orden público Justicia Armas Juegos Desórdenes | 1.486 (48,21) 137 (4,44) 1.064 (34,52) 250 (8,11) 35 (1,13) |
| F) Varios | 462 (14,99) |
| Subtotal Desconocidos Procesos | 3.082 297 150 |
| Total | 3.529 |
Efectivamente, la serie del Maestre Racional de Xàtiva refleja, sin duda, la estructura de la labor punitiva de su justicia, pero no la estructura «real» de su delincuencia. La insignificancia de los delitos violentos y los robos así lo indican, junto con la exageración de otros. Como veremos en otras ciudades reales, aunque en grado variable, aquella parece haber centrado su actividad en los delitos no marcadamente graves, menos complejos, cogidos in fraganti y/o con previa delación, preferentemente producidos en el caso urbano, y que sus responsables decidieron negociar y admitir una multa para evitarse los gastos, sin las tardanzas y la vergüenza de un juicio («per no sperar forma de juhi», como dirán las fuentes), por ejemplo los de armas, juegos prohibidos, amancebamiento y prostitución. A su vez, es evidente que una ciudad populosa y con importante tráfico de vecinos ofrecía un amplio muestrario de ello y permitía sobradamente dicha inclinación. De esta manera, se evitaban las largas tramitaciones procesales y se percibían con rapidez los ingresos, cuando además el magistrado principal solo dispondría de un año de gobierno para gestionar su oficio. Los delitos más graves, como lesiones, homicidios, violaciones, ladrones insolventes o especialmente casos dudosos (injurias), quedarían remitidos a procesos más largos. Es difícilmente imaginable una ciudad importante «sin ladrones» o con ausencia de actos violentos entre sus habitantes. A mayor abundamiento, el justicia de Xàtiva coincidía en su ciudad y comarca con un tribunal superior, la Gobernación («llochtinent de Portant Veus de General Governador» del norte), que tuvo que absorber los casos de más relieve e incluso a veces los delitos menores; estos dos tribunales entraron en competencia y sus roces institucionales se tradujeron en quejas y peticiones en Cortes por parte del brazo real.17
Semejante, pero no igual, parece haber sido el caso de la villa de Castellón de la Plana (1595-1702),18 donde también el justicia local y el gobernador entraron en pugna. Los delitos de orden público son mayoritarios, con un 44,90 % (armas, juegos, contra la justicia), seguidos, con una cuarta parte del total, por los sexuales (amancebamiento y prostitución), para quedar detrás los delitos contra la propiedad y los violentos. Sin embargo, hay diferencia entre la primera mitad del siglo XVII, con más delitos conocidos y mayores referencias a «procesos» (infracciones no reseñadas), con dicha estructura en lo esencial, que en la segunda mitad (menos delitos, y menos referencias desconocidas), cuando repuntan los delitos violentos y los robos (hasta el 22,22 %).19
En esa misma tendencia, la villa de Llíria, más pequeña (507 casas en 1609), de sesgo predominantemente agrícola, y mucho más cercana a la ciudad de Valencia y relacionada con esta,20 refleja una estructura aún más exagerada y polarizada que sin duda no se adecuaría a la realidad de la criminalidad. Tanto en el conjunto del periodo del que tenemos datos (1509-1680),21 como en las tres franjas en las que se ha dividido la información,22 se muestra una composición semejante: insignificancia de los delitos contra la propiedad y sexuales (y por supuesto de las injurias), escaso relieve de las acciones violentas (en torno al 10 %) y un predominio aplastante de los delitos contra el orden público (en torno al 80 %), muy en particular de los juegos23 y de las armas, pero sin olvidar las resistencias a la justicia y desacatos (13,10 %) e incluso una cierta particularidad local, los «juraments» («per jurar a nostre Senyor») (4,49 %, en desórdenes o escándalos públicos). Otra vez, la acción de la justicia parece más centrada en los delitos preferentemente urbanos, leves y de fácil tramitación, y ello unido a la escasa entidad de los sexuales en una localidad no muy poblada, de mayor signo rural, mientras que algunas infracciones más graves (violencia y robos) se tramitaban por vía procesal, en la propia localidad o por avocación de los tribunales superiores de la cercana ciudad de Valencia (Real Audiencia).
Más equilibradas nos parecen las estructuras de Ontinyent24 y Alcoi,25 donde sus justicias actuaban en solitario y estaban más alejadas de núcleos urbanos mayores (sobre todo Valencia) y de sus tribunales. Así, en Ontinyent (1598-1692),26 el grupo más numeroso lo constituyen los delitos contra el orden público (37,76 %), con especial incidencia de las armas prohibidas (19,07 %), aunque el porcentaje de los delitos violentos está muy próximo (31,98 %), en particular homicidios y lesiones; los delitos sexuales y contra la propiedad mantienen un porcentaje no exagerado, en torno al 12 %, eso sí, los robos son casi insignificantes. Por su parte, Alcoi (1600-1701)27 muestra una estructura semejante, donde los delitos violentos (peleas y lesiones, sobre todo), con el 38,62 %, están casi igualados con los de orden público, con el 35,95 % (justicia, armas, juegos), seguidos por los contrarios a la propiedad (daños, fraudes y algunos robos), con un 17,89 %, y algo por los sexuales (5,35 %) (gráfico 1.2). En las dos ciudades no se observan grandes oscilaciones entre las dos mitades del siglo XVII, salvo los delitos contra la honestidad en materia sexual en Ontinyent (amancebamiento y prostitución), con relevancia en la primera mitad de la centuria (13,75 %) para casi desaparecer posteriormente.
CUADRO 1.3
Estructura de la delincuencia en Castellón de la Plana
(cifras absolutas y porcentajes) (MR)

CUADRO 1.4
Estructura de la delincuencia en Llíria (cifras absolutas y porcentajes) (MR)

CUADRO 1.5
Estructura de la delincuencia en Ontinyent (cifras absolutas y porcentajes) (MR)

CUADRO 1.6
Estructura de la delincuencia en Alcoi (cifras absolutas y porcentajes) (MR)

GRÁFICO 1.1
Estructura de la delincuencia en Valldigna (1557-1704) (cuadro 1.1)

GRÁFICO 1.2
Estructura de la delincuencia en Alcoi (1600-1701) (cuadro 1.6)

c) Alzira
La mayor información de la que disponemos de Alzira la convierte en un caso singular. Como «vila» real dispuso de un amplísimo término general desde la Reconquista, pero desde un principio se produjeron diversas segregaciones, tanto de lugares de señorío como de realengo. A mediados del siglo XVI aún contaba con un dilatado territorio con muchas localidades dependientes de su jurisdicción suprema y algunas de ellas bastante pobladas, pero desde los años setenta comienza una fase importante de desagregación territorial que se va a prolongar hasta principios del siglo XVII, con tres casos muy importantes (Algemesí, Carcaixent y Guadassuar).28 Ello, obviamente, tuvo sus consecuencias en el ámbito de la jurisdicción de la justicia alzireña, que sin duda vio disminuido el volumen de sus competencias y causas, pero en una dimensión difícil de evaluar.29
De todas formas, Alzira era una pequeña ciudad destacada y principal en la comarca de la Ribera, muy poblada y con jurisdicción variable sobre distintos territorios.30 La serie del Maestre Racional es bastante completa y hemos construido la estructura de la delincuencia desde 1530 hasta 1690.31 La imagen general que muestra el cuadro 1.9 es semejante a la de otras ciudades reales ya comentadas: un predominio de los delitos de orden público (51,85 %), con especial incidencia de los de armas prohibidas y juegos; les siguen los de ámbito sexual, en particular el amancebamiento y la prostitución (en total el 21,19 %), los violentos, con una cierta presencia (18,64 %) (peleas, lesiones, homicidios) y, ya con poca entidad, aquellos contra la propiedad, sobre todo robos.
Pero si dividimos la información por periodos cronológicos (cuadro 1.7), encontramos diferencias bastante considerables y no de evidente explicación. En primer lugar, de 1530 a 1578, antes de la acentuación de la segregación de localidades, los delitos de juegos y armas son predominantes, además de los de justicia, pero al tener poca incidencia los delitos sexuales (9,55 %) destacan más los delitos violentos, que llegan al 30,28 %. Durante el periodo intermedio (1579-1639), la mayor impronta pudo residir en las citadas segregaciones, aunque también, con mayor nivel de información, los clásicos delitos de orden público, que siguen acaparando la mitad de la base, mientras que se incrementan porcentualmente los amancebamientos y disminuyen correlativamente los hechos violentos. Ya en la segunda mitad del siglo XVII (1640-1690), y con muchos menos datos (solamente 159 infracciones), lo que puede distorsionar los resultados con más facilidad, vemos que adquieren más peso los delitos violentos (44,02 %) (en especial homicidios), por encima incluso de los de orden público, mientras que se reducen los sexuales y repuntan en cierto modo los robos, siempre en términos relativos.
Se trata, como ya dijimos, de delitos remitidos (sujetos a «composició») y algunas penas pecuniarias. Pero de esta sede judicial tenemos un número considerable de expedientes o procesos penales en primera instancia de 1568 a 1705,32 de aquellos asuntos que siguieron su curso procesal, ya fuese porque hubo resistencia y oposición de las partes, negándose a negociar, o bien por la propia complejidad de los hechos, o bien por corresponder a investigaciones que quedaron sin resolver o bien porque se finalizaron aplicando especialmente penas corporales y no pecuniarias (o los reos eran insolventes, etc.), etc. Otros, después de una mayor o menor tramitación procesal, acabaron igualmente total o parcialmente «remitidos» y «composats».33 Si atendemos a la estructura de estos expedientes procesales (cuadro 1.8), especialmente en todo el periodo (1568-1705) y la comparamos con los resultados del Maestre Racional en el cuadro 1.9 observamos un gran contraste (gráfico 1.3). En los procesos el peso de la delincuencia está en el grupo de los delitos violentos, que alcanza casi la mitad del total (49,37 %), seguidos de los delitos contra la propiedad (casi el 20 %), sobre todo robos; los delitos de orden público no representan aquí la parte del león y suponen el 16,59 %, pero ya no destacan las armas prohibidas o los juegos de cartas, sino los atentados y resistencias a la justicia; los delitos sexuales muestran el diez por cien, pero no el amancebamiento o la prostitución, sino las infracciones más graves (actos deshonestos) como las violaciones, abusos deshonestos, etc.; incluso las injurias empiezan a tener un peso en la estructura de los procesos, cuando eran casi inexistentes en los registros del Maestre Racional. Si desglosamos las datos de los procesos entre las dos centurias (cuadro 1.8), encontramos alguna diferencia, pero el perfil general es el mismo que hemos descrito: predominio claro de los delitos violentos, seguidos por los robos, completados por los que atentan contra el orden público y, por último, en torno al 10 %, los delitos sexuales.34
Como vemos, entre los registros del Maestre Racional y los procesos conservados existe no solo una cierta diferencia, sino incluso un fuerte contraste.35 Es el resultado de prácticas y fuentes judiciales distintas, que inciden en una misma realidad criminal. Y esta se debió de situar a medio camino entre estas dos estructuras de la delincuencia.
CUADRO 1.7
Estructura de la delincuencia en Alzira (cifras absolutas y porcentajes) (MR)

CUADRO 1.8
Estructura de la delincuencia en Alzira (cifras absolutas y porcentajes) (procesos)

CUADRO 1.9
Alzira: estructura de la delincuencia comparada (cifras absolutas y porcentajes) (MR, procesos)
| 1530-1690 | 1568-1705 | |
| A) Honor Injurias | 12 (0,50) 12 (0,50) | 8 (3,31) 8 (3,31) |
| B) Violencia Amenazas Lanzamientos Peleas Lesiones Homicidios | 447 (18,64) 10 (0,41) 32 (1,33) 163 (6,80) 125 (5,21) 117 (4,88) | 119 (49,37) 5 (2,07) 7 (2,90) 26 (10,78) 50 (20,74) 31 (12,86) |
| C) Propiedad Daños Fraudes Robos | 150 (6,25) 7 (0,29) 48 (2,00) 95 (3,96) | 48 (19,91) 10 (4,14) 2 (0,82) 36 (14,93) |
| D) Sexo Amancebamiento Prostitución Actos deshonestos | 508 (21,19) 334 (13,93) 99 (4,13) 75 (3,12) | 26 (10,78) 4 (1,65) 4 (1,65) 18 (7,46) |
| E) Orden público Justicia Armas Juegos Desórdenes | 1.243 (51,85) 183 (7,63) 582 (24,28) 468 (19,52) 10 (0,41) | 40 (16,59) 25 (10,37) 9 (3,73) 2 (0,82) 4 (1,65) |
| F) Varios | 37 (1,54) | 0 |
| Subtotal Desconocidos Procesos | 2.397 208 189 | 241 0 0 |
| Total | 2.794 | 241 |
d) La ciudad de Valencia. La Real Audiencia
La ciudad de Valencia se configura con todos los requisitos de una gran ciudad. Contaba con una población media de unas diez mil casas (unos cuarenta mil habitantes) intramuros, que oscilaron al alza o a la baja según las circunstancias socioeconómicas, y era un centro artesanal destacado, con activo comercio minorista e interior y de proyección externa, con un importante puerto, junto a una minoría de agricultores. Además, estaba rodeada (extramuros) de un gran número de «llochs» en su término general, la fértil «huerta», en donde existía un relevante poblamiento disperso en alquerías, que en conjunto suponían otras cinco mil casas aproximadamente. Entre ambas partes hubo siempre una ósmosis y una comunicación constante en todos los sentidos.36 Como capital del reino, era la sede de las principales autoridades e instituciones de gobierno, de la mayoría de la clase dirigente (nobleza titulada, señores de lugares, caballeros, principales jerarquías eclesiásticas) y de una numerosa y variada clase media de profesiones liberales, mercaderes y rentistas («ciutadans honrats»). Estas circunstancias le daban un carácter abierto y cosmopolita, con presencia de forasteros y transeúntes, centro de servicios y ocio y un elevado nivel de anonimato para la época.37
En principio, la competencia ordinaria de la justicia penal correspondía al justicia criminal, que tenía plena jurisdicción (mero y mixto imperio) en el interior de los muros de la ciudad propiamente dicha, y la jurisdicción suprema, la correspondiente a los delitos con penas más graves, en los lugares de su amplísimo término general (con límites aproximados en Sagunto, Buñol y la comarca de la Ribera del Xúquer), en donde sus propietarios ejercían con carácter general la jurisdicción alfonsina.38 Conocemos la acción punitiva de este magistrado por los registros del Maestre Racional,39 y muestran aproximadamente los mismos rasgos que hemos visto en las otras ciudades reales. Un cómputo de 779 delitos de 1556 a 1597 indica que el 62,5 % de los casos corresponden a delitos contra la honestidad, un 22,5 % contra la persona, el 8,2 % contra el orden público y el 6,8 % contra la propiedad. Para el reinado de Felipe III, y con 3.863 casos, siguen siendo mayoritarios (con el 53,22 %) los delitos contra la honestidad, seguidos, con un 29,30 %, por los de orden público y, con un 14,20 %, por aquellos contra las personas.40 Por nuestra parte, hemos efectuado un simple sondeo orientativo en cuatro años alejados entre sí (1546, 1597, 1640 y 1680) y los resultados son semejantes.41 Por tanto, otra vez, la acción punitiva de la justicia local ordinaria según esta fuente (MR) se centraba en los delitos fáciles y leves más abundantes y frecuentes (prostitución, amancebamiento, armas y juegos), producidos mayoritariamente dentro del casco urbano de la capital.
Otros asuntos de esta demarcación, y muchos de los graves producidos en su término general, debieron de seguirse en procesos ordinarios que no se han conservado. Hemos seguido el rastro de estos últimos en las dietas que consignaron y cobraron los distintos oficiales en sus desplazamientos a diferentes lugares para levantar acta de los «nuevos» delitos graves que se cometían extramuros (más en Sueca y su término) y el resultado es clarificador: de 1.852 delitos graves registrados en 98 años (entre 1566 y 1704), el 91,14 % corresponden a 1.688 delitos violentos, y de ellos 834 son homicidios, 667 lesiones y 184 «escopetades», mientras que el resto se reparte entre otros grupos («furts», delitos monetarios, resistencias, etc.).42
Sin embargo, en la gran ciudad de Valencia coinciden otros tribunales de rango superior al justicia criminal, titulares igualmente de jurisdicción plena, pero además sobre ámbitos territoriales mucho más amplios. Se trata de la Gobernación43 y sobre todo de la Real Audiencia.44 Nos encontramos así con una competencia «concurrente», en la que acababa imponiéndose la jerarquía administrativa. Razones de proximidad geográfica y la gran cantidad de gente y delitos de la capital acaban focalizando su actuación en este ámbito espacial, aunque centrándose en los delitos más graves. Hemos estudiado varios procesos de la Real Audiencia,45 que conoce casos por apelación y avocación, pero la mayoría parecen ser actuaciones en primera instancia; asimismo, más de tres cuartas partes de ellos se centran en la gran área urbana de Valencia.46
La estructura de la delincuencia resultante (cuadro 1.10) nos da una primacía indiscutible de los delitos violentos, con un 43,77 % del total, en el que destacan los homicidios y las lesiones. Le siguen de lejos, en torno al 20 %, los delitos contra el orden público y la propiedad; pero ahora, en el primer grupo, sobresalen los concernientes al ejercicio de la justicia y autoridad (resistencias, desacatos, fugas de cárcel, etc.), y en el segundo los robos y «lladres» de todo tipo. En fin, los delitos sexuales suponen el 10,84 %, pero no ya la prostitución y el amancebamiento (excepto casos especiales), ocupación represiva esencial del justicia criminal local, sino las violaciones y estupros, e incluso tenemos algunos ejemplos de injurias graves (gráfico 1.4). Si comparamos la estructura entre las dos centurias, hay similitud general en los grupos de violencia y propiedad y honor, pero cierto contraste en los otros: en el siglo XVII disminuyen los casos de violación y aumentan los de vulneración de la justicia y armas prohibidas.
CUADRO 1.10
Estructura de la delincuencia, Real Audiencia (cifras absolutas y porcentajes) (muestra de procesos)

e) Otras referencias
Las indagaciones en otros archivos señoriales indican que los procesos conservados suelen ser pocos por cada localidad o señorío, y normalmente están centrados en aquellos casos más llamativos, de mayor trascendencia, de personajes destacados (justicias, jurados, administradores, etc.) y en supuestos de una o varias apelaciones. En consecuencia, la estructura criminal resultante no es equilibrada, ofrece escasa diversidad de asuntos y suele potenciar los delitos más graves, normalmente los violentos. Así se ha podido ver en ejemplos de Benicarló-Vinarós,47 de Villalonga, Albalat de la Ribera y en general en los procesos de la Orden de Montesa.48 Por tanto, en fuerte contraste respecto de lo que hemos analizado en Valldigna.
El cuadro 1.11 recoge, como ejemplo, la estructura de la delincuencia de algunos pocos procesos dispersos, tomados como complemento o mayor variedad local de las muestras anteriores y que hemos clasificado como «otras localidades». El resultado global indica el predomino absoluto de los delitos violentos (57,50 %), con el corolario consiguiente de homicidios y lesiones, seguido a considerable distancia por el grupo de orden público (22,50 %), con desacatos y resistencias a la justicia, y completado con los contrarios a la propiedad.
CUADRO 1.11
Estructura de la delincuencia en otras localidades (procesos)

En un estudio sobre 252 procesos criminales de la Orden de Montesa (1550-1700), al parecer en apelación, J. Hernández Ruano llega a conclusiones quizá no alejadas a las que hemos llegado, por ejemplo, para Valldigna. Si reorganizamos los 13 epígrafes en los que este autor organiza los delitos, el peso de la violencia parece fuera de dudas, con un 44 % (homicidios, agresiones y atentados), un 28 % para orden público (armas, jurisdicción, corrupción, etc.), un 20 % para delitos contra la propiedad (hurto, fraude, bandolerismo), más un 7 % para «moral» y un 1 % de injurias.49
GRÁFICO 1.3
Estructura comparada de la delincuencia en Alzira (MR y procesos) (cuadro 1.9)

GRÁFICO 1.4
Estructura de la delincuencia en Valencia - Real Audiencia (procesos 1511-1701) (cuadro 1.10)

1.2 UNA PROYECCIÓN GLOBAL
Los cuadros estadísticos expuestos y comentados sucintamente reflejan la gran variedad de resultados e, incluso a veces, abiertas contradicciones. A nuestro juicio, muestran los distintos orígenes documentales y son consecuencia más de las características de las diferentes fuentes de las que proceden, con todas las variables en juego (sociológicas, jurisdiccionales, de práctica judicial, de política criminal, etc.),50 que de las diferencias que pudo haber entre la delincuencia de uno u otro lugar. Desde luego, estas existieron y puntualmente pudieron variar con el tiempo. Sin embargo, en periodos largos, y en el momento central de nuestra investigación (1550-1650), debió de haber un denominador común, una estructura delictiva básica, que intentamos definir desde parámetros de objetividad y solvencia. Por supuesto, ello solo puede tener un carácter aproximativo y orientativo, dadas las circunstancias del sistema social e institucional del Antiguo Régimen y de la Valencia foral (ausencia de criterios estadísticos; complejidad, confusión y superposición de competencias de los diversos órganos administrativos, etc.).
A nuestro modo de ver, la fuente más solvente y representativa corresponde a la Valldigna por diversas razones: la abundancia de procesos y casos conocidos en relación con su escasa población, la diversidad de los asuntos vistos en primera instancia, la práctica judicial de tratar por igual todos los delitos y por escrito, o el carácter presencial de la señoría y la gestión diligente del orden público, que hizo innecesaria casi siempre la intervención de autoridades superiores (Real Audiencia). La imagen resultante muestra una delincuencia muy polarizada en torno a los delitos violentos, aproximadamente el 40 % del total, o en una horquilla entre el 35 y el 45 %, no solo en número, sino también en las infracciones más graves, como las peleas, lesiones y homicidios. Una cuarta parte son delitos contra la propiedad, y muy en particular los robos, cercanos al 20 %. Les sigue el grupo heterogéneo contra el orden público, con una quinta parte del total, pero entre los que sobresalen los delitos que implican desobediencia y falta de respeto a la justicia y la autoridad (desacato, resistencia, fuga de cárcel, falsedad en juicio, etc.) y mucho menos las armas prohibidas. Los delitos contra la honestidad en materia sexual son pocos y normalmente relacionados con hechos graves (violación), y equiparables en porcentaje (6-7 %) a las injurias, a los insultos y a las acusaciones entre vecinos, que estuvieron con frecuencia en el origen de posteriores agresiones.
En líneas generales, esta radiografía debió de corresponderse aproximadamente con la estructura general de la delincuencia, pero especialmente en zonas rurales, en localidades de pocas casas y habitantes, de escasa presencia forastera, de gran proximidad y cercanía entre sus vecinos, de vida muy tradicional…, que recogían entre el sesenta y el setenta por ciento de la población valenciana.
Sin embargo, el panorama debió de cambiar parcialmente en las pequeñas y medianas ciudades, con un ambiente más urbano, más diversificado socialmente, con mayor dinamismo, a pesar de tener también una fuerte impronta agrícola. Rasgos cosmopolitas que se acentuarían en la capital y que supondrían en conjunto casi un tercio de la población total del reino.51 En este ámbito las fuentes presentan dificultades que hay que tener en cuenta y superar: el doble juego de tribunales (el ordinario y el superior); la práctica judicial, que acentúa a veces la focalización en asuntos leves y de rápida tramitación y relega los complejos, que acaban en procesos muchas veces perdidos; la dificultad del recuento de algunos delitos, que puede acentuar su número (los diferentes «jugadors» individualmente considerados, en vez del delito conjunto de juego); la casi inexistencia de «furts» o «lladres» en las series del Maestre Racional por la razón de su insolvencia para obtener una «composició» o para pagar una pena pecuniaria, y que con mayor frecuencia aparecen como sujetos pasivos de penas corporales, como los azotes; la referencia de casi la cuarta parte de los apuntes de dicha serie contable a procesos, sin identificar las infracciones, hace presumir su gravedad, etc. Todo ello hace que los resultados estadísticos de algunas ciudades distorsionen en cierto modo la realidad criminal. Así, los registros del Maestre Racional de Xàtiva, Castellón de la Plana, Llíria, Alzira y Valencia tienden a sobreponderar algunos delitos de orden público, como el juego, las armas prohibidas y los delitos sexuales, como el amancebamiento/prostitución, mientras que reducen por consiguiente las manifestaciones de violencia y casi anulan a veces los delitos contra la propiedad, en particular los robos. Además, cuando podemos comparar los registros del Maestre Racional con series de procesos, como en Alzira (cuadro 1.9), aquellos quedan un tanto en entredicho. Solo Alcoi y Ontinyent parecen ofrecer una estructura más equilibrada, más asimilable a la resultante de los procesos, y nos sirven de pauta. A su vez, lógicamente, la Real Audiencia prefirió centrarse en los delitos más graves del momento: homicidios, lesiones, robos, alguna violación y armas prohibidas.
Por tanto, lo que podría representar una estructura de la delincuencia de ámbito sobre todo urbano nos daría una presencia importante de delitos violentos, en torno al 30-35 %, junto con un lugar muy destacado para los robos (15 %). No porque estos dos grupos hayan perdido importancia en entidad y cifras absolutas, sino por la presencia y concurrencia mucho más numerosa de otros delitos típicamente «urbanos», que modifican los términos relativos. Así, la presencia de jugadores, armas prohibidas e infracciones contra la justicia situarían al grupo del orden público en torno al 30-35 %. Los delitos de índole sexual más simples (amancebamiento/prostitución) estarían en torno al 10-15 %, con mayor incidencia en las ciudades más grandes (Valencia, Xàtiva, Castellón) respecto a las más pequeñas (Alzira, Ontinyent, Alcoi, Llíria). En fin, las injurias y pequeñas rencillas verbales entre la gente sin duda tuvieron también su presencia de forma independiente (5 %).
De esta manera se perfilan dos radiografías de la delincuencia, próximas entre sí, pero distintas: la rural y la urbana. Y ello tanto por la parcialmente diferente tipología delictiva, como por la propia complejidad de las infracciones. A su vez, una lectura más integral de las figuras o tipos delictivos, considerando la importancia de los que atentan contra la integridad física de las personas, unido a la agresividad verbal de las injurias, completado con la gran difusión y uso de las armas (entre ellas las prohibidas), e incluso con las actitudes y delitos de «resistencia» a las autoridades, nos indica el gran peso que tiene la violencia en la sociedad valenciana de la época, de cómo esta se configura como un rasgo esencial, básico, casi estructural de ella, por otro lado similar al resto de la Europa occidental del momento.52
Asimismo, hay que preguntarse si esta clasificación general de los delitos sufrió una variación o evolución, más o menos marcada o destacada, en el periodo estudiado. La base estadística de los procesos con la que trabajamos no nos permite una respuesta inequívoca. Son importantes las carencias o limitaciones en la primera mitad del Quinientos y en la segunda mitad del siglo XVII.53 La información se concentra en el periodo 1550-1650, en el que predomina ante todo una impresión de estabilidad o continuidad esencial. Como máximo, podríamos entrever quizá una mayor incidencia porcentual de los delitos violentos en el Seiscientos respecto al Quinientos (seis puntos de diferencia en Valldigna y diez en Alzira); entrando en algún detalle, se observa una ligera potenciación de los homicidios (Valldigna, Valencia) y las lesiones (Alzira) y de la lucha contra la violencia, preferentemente en la primera mitad del Seiscientos (difusión de las armas de fuego, más virulentas o mortíferas; momento álgido del bandolerismo, etc.), con matices según zonas. Ello se completaría en las últimas décadas, cuando la disminución del número de procesos viene acompañada por la focalización de la atención o represión en los homicidios y las lesiones graves y la rareza de otros delitos (sexuales, contra la propiedad).54 En cuanto a los registros del Maestre Racional, y dentro de sus características ya explicitadas, hemos visto una cierta estabilidad general en los porcentajes de grupos delictivos en las dos mitades del siglo XVII tanto en Alcoi como en Ontinyent; pero en Alzira (con alguna particularidad), y sobre todo en Xàtiva, Castellón de la Plana y Llíria, el predominio de los delitos de armas prohibidas, juegos y prostitución-amancebamiento durante el siglo XVI se mantiene en el siglo XVII, aunque con alguna corrección, pues tienden en algún caso a disminuir sus porcentajes y asumen más protagonismo los delitos violentos (Alzira, y menos en Xàtiva), evolución que en cambio no se observa en Llíria o Castellón, donde continúan las características observadas en el Quinientos.
La comparación con estructuras o composiciones de la criminalidad de otras épocas o zonas es siempre complicada. Cambian los conceptos o elementos estructurales de los distintos autores y no siempre se especifican las fuentes y su crítica, además de que la mayor parte de las bases estadísticas suelen corresponder al siglo XVIII,55 cuando a veces se producen cambios legales.56
En el ámbito español, la rica documentación de la Sala de Alcaldes de Casa y Corte refleja la criminalidad de la ciudad de Madrid, convertida en capital de la monarquía desde 1561, foco de inmigración constante y masiva, centro de las principales instituciones políticas y sede de una clase alta de elevado nivel de consumo, junto a amplias capas populares. En la segunda mitad del siglo XVII, los «reos implicados» en delitos violentos, más las injurias, suponen cerca del 50 % del total, porcentaje que va disminuyendo a lo largo del Setecientos, mientras que los delitos contra la propiedad oscilan entre el 20 y el 28 %, y los producidos contra la moral sexual se sitúan en un 7,7 % (1581-1595), y algo más después de 1700.57 En un ambiente muy diferente, la zona rural de los montes de Toledo, los delitos violentos suponen el 28,59 %, o llegan al 35 % si incluimos las injurias; los opuestos a la propiedad representan el 7,31 %, más un 18,61 % específicamente contra la propiedad comunal (uso ilegal del agua, carbón, madera, pastos, caza furtiva, etc.), frente a los sexuales, con un 4,07 %, aunque se advierte la interferencia de los tribunales eclesiásticos en estos últimos.58 Respecto a los valles de Cantabria, la información disponible indica un predominio de las agresiones físicas, seguidas de las injurias, en menor grado los delitos sexuales y pocas referencias contra la propiedad.59 En un ambiente que recuerda mucho a Valencia, en Cataluña, en general, se indica «la presencia de la violencia como una constante estructural en ese mundo rural catalán de los siglos XVI y XVII», y en concreto en algunas zonas (comarcas de Osona y el Vallés) las agresiones físicas supondrían un 30-36 % de los delitos, a lo que habría que sumar un 12-15 % de agresiones verbales y un 5 % de armas prohibidas, con un 20 % de hurtos.60 En cuanto a Málaga y su tierra, en la misma época, se ha remarcado la importancia de los delitos contra la vida, que alcanzarían el 24,3 %, seguidos de un nutrido grupo de actos contra la moral sexual (sodomitas, proxenetas, violadores, adúlteros, polígamos, etc.), además de un 21,1 % de ladrones y otros (falsificadores, incendiarios, falsificadores, etc.), más un específico 10,3 % de bandidos.61
Por tanto, en general,62 con todas las matizaciones y variables en juego (fuentes utilizadas o disponibles, metodología seguida, circunstancias históricas locales, etc.), que pueden distorsionar parcialmente los porcentajes, los resultados estructurales obtenidos en otras zonas españolas son semejantes a los que hemos expuesto para Valencia. Esta se encontraría en los mismos parámetros generales que otras áreas, sin duda porque suponen un rasgo común de las sociedades del Antiguo Régimen. Una rápida aproximación a la amplia bibliografía sobre la criminalidad en la Europa occidental nos reafirma en la misma conclusión. Así, en el Artois francés se ha evidenciado la enorme importancia de la violencia en la conducta habitual de la población campesina, a partir de las «lettres de remission» (1400-1660), en un análisis que parece paradigmático.63 Sin aportar una cuantificación relativa, en Florencia destacaban los delitos violentos en el siglo XVI, junto a los sexuales, de orden público, propiedad, etc.64 Durante el siglo XVIII, junto a Burdeos, los delitos violentos suponían el 38,3 %, más un 14,7 % de la «verbal violence», un 24,3 % contra la propiedad (de ellos, un 15,7 % son robos) y un 5,5 % contra la moralidad.65
Sin embargo, otros autores manifiestan la mayor importancia relativa de los delitos contra la propiedad respecto a otras clasificaciones, incluidos los violentos (homicidios, infanticidios, «assaults», etc.), quizá debido a que suman en el total de la delincuencia los «petty crime», o pequeña delincuencia (pastos indebidos, robos de madera o leña, pequeños hurtos de consumo, daños del ganado, etc.).66 En el Languedoc de 1750 a 1790, tanto en «le grand criminel» como en «le petit criminel», en zona urbana o rural, los delitos contra la propiedad suponen al menos dos tercios del total.67 En la comarca de Neuchatel, durante el siglo XVIII, los delitos contra los bienes y contra las personas (incluidas aquí violación, injurias y calumnias) están casi equiparados en un 42 % cada grupo, pero se evidencia el fuerte peso que aún tienen los delitos violentos, que no parecen haber menguado en esta centuria.68
En fin, la exitosa teoría «de la violence au vol», que desde los años sesenta-setenta defendió la escuela de Pierre Chaunu, a partir de varios estudios zonales en Francia, ha sido puesta en entredicho, aunque no por ello es descartada plenamente. Según esta, en la Edad Moderna se habría pasado progresivamente de una criminalidad marcada sustancialmente por la delincuencia violenta, a otra en la que el delito principal sería el que atentara contra la propiedad (los robos), sobre todo a partir del siglo XVIII y XIX, paralelamente al desarrollo de las estructuras capitalistas.69 Sin embargo, algunos autores han negado la evidencia empírica de esa evolución, otros la han matizado con rigor, sin perjuicio en cualquier caso de que desde mediados del siglo XVII aproximadamente se observe en Europa occidental una tendencia fluctuante y contradictoria a la contención y reducción de la violencia.70
1 Representatividad que vendrá avalada por: 1) una «cantidad» suficiente de casos que no altere o desvíe fácilmente los resultados; 2) la «diversidad», presentando todo tipo de delitos (graves, leves, diversas actuaciones, etc.); 3) la «homogeneidad», con una actuación judicial semejante en todos los casos, sin diferencia de procedimientos según gravedad, respuesta de los inculpados, tipo de delitos, etc.
2 Nos hemos ocupado extensamente de este tema en E. Ciscar Pallarés: «Los “clams”, o pequeñas infracciones agrarias en la práctica judicial del Reino de Valencia (siglos XVI-XVIII)», Revista de Historia Moderna. Anales de la Universidad de Alicante, 32, 2014, pp. 181-217.
3 Con carácter general, véase la síntesis y bibliografía de A. Grau Escrihuela: Aproximació a la Història de la Valldigna. De la Cova del Bolomor a la Revolució Liberal, Sueca, 2009, y más en concreto, E. Ciscar: La Valldigna, siglos XVI y XVII. Cambio y continuidad en el campo valenciano, Valencia, 1977; y Vida diaria y mentalidades en el campo valenciano (Valldigna, siglos XVI-XVIII), Valencia, 2002.
4 Con la advertencia de fuerte y continua presencia señorial (abad, prior, justicia mayor, normalmente un fraile lego, etc.), frente a otros señoríos de marcado absentismo de sus titulares y gestión por terceros (bailes, administradores, etc.). (Véase E. Ciscar Pallarés: La justicia del abad. Justicia señorial y sociedad en el Reino de Valencia (Valldigna, siglos XVI, XVII, XVIII), Valencia, 2009; sobre el absentismo señorial, del mismo autor, Tierra y señorío en el País Valenciano (1570-1620), Valencia, 1977, pp. 83-84).
5 Para este cometido no hemos computado los 32 expedientes de 1504 a 1543, por su carácter esporádico, centrado sobre todo en lesiones y homicidios, con un importante vacío de información entre 1543 y 1557, etc., que podrían haber distorsionado la serie sin aportar valor cuantitativo.
6 Esta impresión, forjada en el análisis de diversos archivos, queda ratificada por la opinión de P. Pérez García: «Perspectivas de análisis del proceso penal en el Antiguo Régimen: el procedimiento ordinario de la Valencia foral (ss. XVI y XVII)», Clio y Crimen, 10, 2013,Durango, pp. 44-48.
7 Con población muy superior, normalmente más de mil casas hacia 1600, los registros del Maestre Racional (que recogen la mayoría de delitos, pero no todos, como luego veremos) de Castellón de la Plana dan una media de 9,32 delitos por año (1576-1702, 1.035 delitos en 111 años); en Alcoi, 10,11 delitos por año (1600-1701, 728 delitos en 72 años), o en Ontinyent, 7,17 delitos por año (1598-1692, 761 delitos en 166 años). En Llíria, con 507 casas, 12,65 delitos (1509-1680, 978 delitos en 78 años).
8 Años sin información delictiva, que se reparten por toda la centuria: 1626, 1638, 1645, 1653, 1665, 1676, 1678, 1684, 1689 y 1702.
9 Obviamente, hubo excepciones. Conocemos algún caso de «bandeig» de prostituta o amancebado, o sospechoso de «lladre», que se anotan simplemente en el libro de justicia y no se abre expediente o proceso (o no se ha encontrado). Pero se han conservado una gran cantidad de libros de justicia y de manaments y empares, y dichas anotaciones son muy esporádicas. Cabe, en fin, la posibilidad de una orden o provisión meramente verbal que ejecutase un castigo (el más usual en este caso podría ser el destierro, quizá una pequeña multa), y que no quedara constancia escrita, pero esto contradice la práctica habitual valldignense de plasmarlo por escrito y conservar los documentos en el archivo-biblioteca del monasterio.
10 Contabilizamos los delitos registrados en los cuadernos de cada año, tiempo en el que se produjeron y conmutaron la gran mayoría de infracciones. Inclusive los muy pocos casos en los que se dice o sugiere que la «composició» corresponde a un delito o proceso de años anteriores. La falta de precisión de la fuente, junto con su escaso número, permite que su posible efecto distorsionador se diluya en el medio y largo plazo.
11 En cómputo total y en su conjunto (desconocidos y procesos) suponen el 12,66 y 13,96 % respectivamente en Xàtiva y Alzira, pero sube en Alcoi, Llíria, Ontinyent y Castellón de la Plana (17,85, 19,65, 19,81 y 20,71 %, respectivamente).
12 Cambios de denominación, delitos nuevos o solo perseguidos en algunos lugares o años, expresiones de contenido dudoso, etc.; tasas por circunstancias diversas (prostitución, hostales), ventas de objetos requisados (v. g., las armas), pero no delitos, etc.
13 Sin duda, a lo largo del tiempo y de los lugares hubo fraudes en la liquidación de las cantidades cobradas (ocultaciones, disminución de estas, incremento de los gastos o averías que deben deducirse, etc.), a veces de forma casi sistemática, pero de difícil cuantificación o proporción (véase para Valencia, P. Pérez García: El Justicia Criminal…, pp. 372-447). Pero no se pueden olvidar los elementos de control para evitarlos (intervención del Maestre Racional, los «dubtes» de las cuentas y su aclaración, la publicidad de los hechos, etc.), así como que trabajamos en series de largo plazo y de número considerable de delitos (no de cantidades) que pueden diluir o reducir fuertemente su incidencia.
14 Con más de sesenta pueblos en su término general («contribución particular»), la ciudad tenía plena jurisdicción en unos (Ènova, Canals, La Llosa, etc.) y en otros solo la superior o del «crimen» (Senyera, Rafelguaraf, Barxeta, Genovés, etc.), mientras que sus propietarios disfrutaban solo de la «alfonsina»; en este periodo algunas localidades se segregaron e independizaron (La Llosa, Villanueva de Castellón, Benigànim), etc. Con carácter general, Historia de Xátiva (J. Hermosilla, dir., Xàtiva, 2006); C. Sarthou Carreres: Datos para la Historia de Xátiva, Xàtiva, 1933, 2 vols. Sobre las ciudades reales se lee con interés la descripción del M. de Viciana: Crónica de la Ínclita y Coronada Ciudad de Valencia, reimpresión facsímil, Valencia, 1972, vol. III, pp. 326-339.
15 ARV, MR, n.º 6.963 al 6.971, que recoge datos anuales entre 1538 y 1703, aunque con considerables altibajos. Como se desprende de todo nuestro análisis, contabilizamos delitos, pero no otras situaciones que surgen a veces y pueden tener interés económico, pero no criminalístico (v. g., tasas por el ejercicio de corredor, tasas para ejercer la prostitución en el «publich», etc., preferentemente en el siglo XVI).
16 Oscilaciones no fáciles de explicar, pero de las que cabe reseñar un aumento de la persecución de la prostitución en el cambio de siglo, un incremento relativo de los actos violentos en el siglo XVII y el hecho de que los 462 casos del grupo «varios» corresponden a ingresos económicos por «paus y tregua», que camuflan enfrentamientos o infracciones de tipo violento, pero solamente anotadas en los registros conservados de seis años (1538, 1544, 1545, 1546, 1547 y 1552) (ARV, MR, n.º 6963).
17 Atendemos a este aspecto en los capítulos IX y X.
18 ARV, MR, n.º 6.955 bis (dos cajas), con datos de 1576 a 1702, aunque el número de delitos conocidos en los primeros años es muy escaso y establecemos la estructura desde 1595, con desglose entre las dos mitades del siglo XVII. Tenía unas 1.165 casas en 1609. Sobre esta ciudad, véase M. Arroyas Serrano: El Consell de Castellón en el siglo XVII: Ordenamiento jurídico y estructura institucional, Castellón, 1989.
19 En particular los robos de productos agrícolas («fulla», uva, algarrobas, cáñamo, animales, etc.), junto con los daños (roturas de árboles, algarrobos, escorrentías, etc.), en lo que parece una política especial de protección de los intereses agrarios.
20 Curiosamente, M. Viciana insiste en esa circunstancia (op. cit., vol. III, p. 323).
21 ARV, MR, n.º 6.987 a 6.991. Como en Castellón, excluimos los «clams agrarios», y unos ingresos de los hostaleros por tener abiertos sus establecimientos hasta cierta hora. Una de las particularidades locales son las multas por «juramentos», que incluimos en el apartado de «desórdenes».
22 Del primer periodo (1509-1600) se recogen datos de 26 años, de ellos 24 de la segunda mitad del siglo. De 1601 a 1645, 32 años, y de 1646 a 1680, 23 años.
23 Si bien contabilizamos delitos y no delincuentes, a veces las fuentes contables no precisan y relacionan separadamente jugadores que han jugado conjuntamente, es decir, un solo delito con varios delincuentes, por lo que el número podría estar exagerado.
24 Con 1.350 casas en 1609.
25 Se le atribuyen 1.150 casas en 1609. Como en Ontinyent, era reputada su pañería de lana.
26 ARV, MR, n.º 7.070. Con datos de 49 años para la primera mitad del Seiscientos y de 36 para la segunda. Aunque la serie cronológica empieza en 1526, solo adquiere entidad informativa en el siglo XVII. Incluye los datos de Agullent, que consiguió el estatus de «universitat» en 1585. Véase A. Bernabeu Sanchis: Ontinyent, Vila Reial (De les Germanies a la Nova Planta), Ontinyent, 1992.
27 ARV, MR n.º 6.908 y 6.909. Aunque la serie empieza en 1526, solo adquiere volumen estadístico en el siglo XVII. Para la primera mitad de la centuria contamos con datos de 37 años y de 35 para la segunda mitad.
28 Algemesí se convirtió en universidad en 1574 (430 casas), y Carcaixent en 1576 (280 casas). La primera obtuvo el privilegio de villa en 1608, con la jurisdicción suprema, mientras que la segunda había alcanzado dicha condición en 1589. Guadassuar se transformó en universidad en 1581 (240 casas en 1609). Ello supone en todos los casos un correlato de largos pleitos sobre deslinde del término, reparto de la deuda, etc. (véase F. Torres Faus: Evolució del mapa municipal valenciá, Simat de la Valldigna, 1999, pp. 142-160).
29 Cabe pensar que, hasta la total independencia de las dos primeras localidades, el justicia de Alzira conocía las causas criminales graves (mero imperio) que se cometieran en su territorio. Así lo hemos visto en Algemesí (villa desde 1608), pero hay excepciones en Carcaixent (el justicia de Alzira paga la mitad de la pena de algunos reos al justicia de Carcaixent en 1617 o 1627). En Guadassuar podía conocer las causas graves desde 1581 (hay ejemplos de 1617 y 1635, por ejemplo).
30 Se le atribuyen 800 casas y una pequeña morería en 1609. Además de los tres lugares citados, en su término se encontraban, entre otros, Pujol, Cogullada, Toro y Puebla Larga. En este último sus propietarios (los Esplugues) tenían la jurisdicción alfonsina y Alzira la suprema, hasta que en 1646 pasó a depender de Carcaixent. Sobre la zona, T. Peris Albentosa: Historia de la Ribera. De Vespres de les Germanies fins a la Crisi de l’Antic Regim (segles XVI-XVIII), 4 vols., Alzira, 2001-2003; e I. Peris Giménez: La otra historia. Delincuencia, comportamientos y mentalidad en la jurisdicción de Alzira (1568-1588), Alzira, 1996.
31 ARV, MR, n.º 6.853 (año 1515) hasta el 6.900 (último año 1693). Como todas las series locales, esta tiene sus particularidades (se habla de «desafiu», que lo asociamos a «questio» o pelea; no contabilizamos las ventas de gallinas, seguramente entregadas para pago de multas. Igual ocurre con las ventas de armas requisadas. Por su parte, los «trencaments de mercat» se sitúan en Varios, etc.).
32 AMA, leg. 501, n.º 1 al 199, con 204 procesos. Hemos excluido algunos sin fecha o en peor estado. De difícil lectura con frecuencia, suelen estar incompletos y la mayoría carecen de resolución final.
33 Pese a la dificultad de cotejar las dos fuentes, hemos encontrado algunos casos de delincuentes con procesos cuya causa (o pena) aparece como remitida en MR previo pago de una cantidad. Por ejemplo, proceso en 1598 contra V. Serrador, C. Cano y G. Pardal por «voler foradar la presó» (n.º de orden 82), que pagan, el 24 de octubre de 1598, 400 reales castellanos y son remitidos de su proceso (MR, n.º 6.855). I. Peris presenta igualmente otros ejemplos (La otra Historia…, n.º 17, 1576, p. 92; n.º 21, p. 99, 1584).
34 De todas formas, conviene destacar el fuerte aumento relativo de los delitos violentos (sobre todo lesiones) en el siglo XVII, precisamente cuando descienden los delitos contra la propiedad y el orden público.
35 Contraste que ya observó I. Peris para el periodo 1568-1598 (I. Peris: La otra Historia…, pp. 35-40).
36 Hemos desarrollado estas ideas en un trabajo (en preparación) sobre las dietas de los oficiales del justicia criminal de la ciudad.
37 Si bien contamos con excelentes monografías específicas, echamos en falta un estudio de la huerta y de su vinculación con la ciudad (parcelado, producción agrícola, estructura artesanal, relación comercial, etc.), así como una síntesis de conjunto, por lo que sigue siendo cita obligada el ya antiguo libro de M. Sanchis Guarner: La ciutat de València. Síntesi d’Història i Geografia Urbana, Valencia, 1972, o la obra colectiva más reciente La ciudad de Valencia. Historia (dirigida por J. Hermosilla, Valencia, 2008).
38 F. Torres Faus: op. cit., pp. 131-142. También, pero para el siglo XVIII, V. Giménez Chornet: Compte i raó. La hisenda municipal de la ciutat de València en el segle XVIII, Valencia, 2002, pp. 19-22.
39 ARV, MR, larga y completa serie que arranca a finales del siglo XIV. Aparte de los trabajos de F. Roca Traver y de R. Narbona, esta institución ha sido estudiada para la época moderna por P. Pérez García (sobre todo, El Justicia Criminal de Valencia, 1479-1707, Valencia, 1991), quien ha contabilizado y publicado minuciosamente las cantidades recaudadas y gastadas desde 1479 a 1707 (en total y por conceptos), pero no en atención a los delitos cometidos, salvo lo referido en la cita siguiente.
40 P. Pérez García: «Una Magistratura de la Valencia Moderna: El Justicia Criminal (1598-1621)», Estudis. Revista de Historia Moderna, Valencia, 1986, pp. 217-218. Los primeros datos (1556-1597) corresponden a un trabajo de D. Minguillon sobre Felipe II, y los del periodo de Felipe III al profesor Pérez García.
41 ARV, MR, respectivamente n.º 6.233, 6.312-6.313, 6.381 y 6.417. Los delitos contra la honestidad suponen el 55,84, 93,07, 48,83 y 52,94 %, respectivamente, seguidos de lejos por los juegos y armas prohibidas.
42 E. Ciscar: «La delincuencia grave y su evolución…» (en preparación).
43 Compleja e importante institución, con claras funciones judiciales de índole penal, que no ha sido objeto de nuestra atención, aunque aludiremos a ella puntualmente. Sobre su demarcación y estructura básica, E. Salvador Esteban: «La Gobernación Valenciana durante la Edad Moderna. Cuestiones en torno a su singular estructura territorial», Studia Historica et Philologica in Honorem M. Batllori, Roma, 1984, pp. 443-455.
44 T. Canet: La Audiencia Valenciana en la época foral moderna, Valencia, 1986; y La Magistratura Valenciana (SS. XVI-XVII), Valencia, 1990.
45 Procesos de Real Audiencia, Segunda Parte, reseñados en el inventario 137 del ARV. Hemos seleccionado 205 (sobre un total de 893), de 1511 a 1701, con un sondeo que recoge procesos legibles de cada década y procura mantener una estructura delictiva paralela a la de la serie en su conjunto.
46 De los 205 procesos estudiados, 129 (62,9 %) corresponden a la propia ciudad de Valencia; 38 (18,5 %) a localidades de los alrededores, en su término general (Moncada, Patraix, Aldaya, Paiporta, Quart, Albal, Torrent, Chirivella, Ruzafa, Orriols, Benimaclet…), y otros 38 a distintos lugares del reino (Xàtiva, Albaida, Villarreal, Alginet, Nules, Llíria, Carcaixent, Gandia, Morvedre, Carlet, Denia, etc.).
47 En una monografía sobre Vinarós y Benicarló (477 y 393 casas en 1609, respectivamente) solo se han localizado 25 procesos criminales entre 1490 y 1688 y de ellos 18 corresponden a actos violentos (el 72 %) (J. Hernández Ruano: La hora de los litigios. La justicia de la Orden de Montesa y los Austrias en la encomienda de Benicarló-Vinarós, Valencia, 2006, pp. 151-152).
48 En un legajo relativo a procesos en Villalonga (AHN, Archivo de la Nobleza, leg. 793; otros consultados del ducado de Gandia, legs. 800 y 812) en la primera mitad del siglo XVII, de 12 asuntos penales conservados, 9 corresponden a violentos (75 %). En la publicación de veinte procesos (22 delitos) de Albalat de la Ribera (R. Frasquet Fayos: Vint processos criminals d’Albalat de la Ribera, 1611-1666, Albalat de la Ribera, 1997), 17 son de cariz violento (85 %), y uno de robo, prostitución e injurias, respectivamente. Los procesos dispersos en legajos sobre lugares de la Orden de Montesa en ARV (Clero) suelen referirse a temas complejos, enrevesados, avocados y/o con varias apelaciones que llegaron a la Lugartenencia General de la Orden en la ciudad de Valencia (cuadro 1.11).
49 J. Hernández Ruano: Justicia y sociedad en el señorío de la Orden de Montesa en los siglos XVI y XVII, tesis doctoral, Valencia, 2004, 2 vols. Sin embargo, no queda suficientemente dilucidado el origen de los procesos penales (Vallada y/o varias cortes de Justicia), y al parecer son preferentemente causas en apelación (vol. I, pp. 378-388, cuadro 4.2.1). Trabajo publicado sustancialmente como Poderosos pleitos. Conflictividad, litigantes y estrategias judiciales en el señorío de Montesa (siglos XVI y XVII), Castellón de la Plana, Universitat Jaume I, 2014, pp. 257 y ss.
50 Véanse en ese sentido las reflexiones de la introducción.
51 Las localidades de más de 600 casas, junto con la ciudad de Valencia y su hinterland, suponían casi un tercio del total de la población del Reino de Valencia, a partir del recuento del marqués de Caracena en 1609.
52 Sobre estas cuestiones se volverá en otros capítulos, en especial en el segundo y cuarto.
53 Así, ausencia de procesos en Alzira hasta 1568, solo 32 en Valldigna entre 1504 y 1543, y unos escasos 22 en Valencia en la primera mitad del siglo XVI. Para la segunda mitad del Seiscientos, el descenso de procesos es muy notable en las tres zonas.
54 En la Valldigna del siglo XVIII, dentro de una cierta continuidad, aumentan los delitos violentos, especialmente los homicidios, mientras que en términos relativos disminuyen las injurias y los robos. En Alzira son las lesiones las que más crecen, con descenso proporcional de injurias, robos y orden público. En Valencia-Real Audiencia, en cambio, disminuye ligeramente el porcentaje de delitos violentos (aunque sube el número de homicidios), pero aumentan los que reprimen las desobediencias a la autoridad y los de armas prohibidas, lo que supone otras facetas de la lucha contra la violencia.
55 Así, a partir de las causas de la Real Audiencia borbónica en Valencia, tenemos dos clasificaciones generales de los delitos correspondientes, una al reinado de Felipe V (J. A. Catalá y S. Urzainqui: «Delincuencia y Orden público en la Valencia de Felipe V. Una visión general y dos aproximaciones selectivas a partir de una fuente poco conocida, los registros de la Real Audiencia borbónica», Estudis. Revista de Historia Moderna, 37, Valencia, 2011, p. 257) y otra a los años ochenta de la centuria (J. M. Palop: «Delitos y penas en la España del siglo XVII», Estudis…, 22, Valencia, 1966, p. 67), que si bien tienen similitud con las que hemos expuesto (predominio de los delitos violentos, seguido de los contrarios a la propiedad…), ofrecen también diferencias, incluso entre las dos clasificaciones citadas.
56 Así, por ejemplo, y sin extendernos en este tema, muestran un predominio muy destacado y llamativo de los homicidios en ambas estadísticas (sobre las lesiones, normalmente superiores en número), lo que sugiere que en esta época dicha institución (la Real Audiencia) asumió directamente el conocimiento de los delitos graves, relegando los otros a los tribunales inferiores, lo que distorsiona en parte los resultados porcentuales.
57 A. Alloza: La vara quebrada de la Justicia. Un estudio histórico sobre la delincuencia madrileña entre los siglos XVI y XVIII, Madrid, 2009, esp. pp. 124, 145-148 y 189-190.
58 A. Rodríguez González: Justicia y criminalidad en Toledo y sus montes en la Edad Moderna, Toledo, 2009, esp. pp. 97-98, 128, 153 y 184-185. La base documental recoge causas criminales de 76 localidades (no llega al 6 % de Toledo ciudad solamente), desde el siglo XVI al XIX, con reparto espacial y cronológico desigual. Sobre esta zona y una primera aproximación a sus procesos, M. R Weisser: The Peasants of the Montes. The Roots of Rural Rebellion in Spain, Chicago, 1976.
59 T. A. Mantecon Movellan: Conflictividad y disciplinamiento social en la Cantabria Rural del Antiguo Régimen, Santander, 1997, pp. 358-359 (pocos datos procesales penales de mediados del siglo XVII).
60 J. L. Beltrán Moya: «Violencia y marginación en la Cataluña de la Época Moderna (siglos XVI y XVII)», Estudis. Revista de Historia Moderna, 28, 2003, pp. 7-41, y bibliografía citada.
61 F. J. Quintana Toret: «De los delitos y las penas. La criminalidad en Málaga y su tierra durante los Siglos de Oro», Estudis. Revista de Historia Moderna, 15, 1989, pp. 245-269.
62 Con alguna excepción, quizá en relación con la fuente utilizada: de una estadística de detenidos en las cárceles de Castilla en 1572-1573, el 35 % lo son por delitos contra el patrimonio, el 22 % contra la integridad física, un 10 % son gitanos, un 8 % responden a delitos de naturaleza sexual, y el resto al orden público y justicia (J. L. De las Heras: La justicia penal de los Austrias en la Corona de Castilla, Salamanca, 1991, pp. 273-276).
63 R. Muchembled: La violence au village. Sociabilité et comportements populaires en Artois du XVe au XVIIe siecle, Bruselas, 1989. Del mismo autor: Una historia de la violencia. Del final de la Edad Media a la actualidad, Madrid, 2010.
64 J. K. Brackett: Criminal Justice and Crime in Late Renaissance Florence, 1539-1609, Cambridge, 1992 (sobre todo el capítulo VI).
65 J. Ruff: Crime, justice and public order in Old Regime France. The senechaussés of Libourne and Bazas, 1696-1789, Londres, 1984. Pone de relieve que durante este siglo no se incrementan los delitos contra la propiedad respecto a los violentos. De este autor, con carácter general sobre la violencia, Violence in Early Modern Europe, 1500-800, Cambridge, 2001.
66 J. A. Sharpe: Crime in Early Modern England, 1550-1750, Nueva York, 1984, p. 55. M. R. Weisser: Crime and Punishment in Early Modern Europe, Bristol, 1982, pp. 47-49.
67 N. Castan: Les criminels de Languedoc. Les exigences d’ordre et les voies du ressentiment dans une societé pré-revolutionnaire (1570-1790), Toulouse, 1980, pp. 212, 218, 277.
68 Ph. Henry: Crime, Justice et Societé dans la Principauté de Neuchatel au XVIIIe siecle (1707-1806), Neuchatel, 1984, pp. 494-495 y 654-655.
69 «Les violents font place aux voleurs», afirma en síntesis B. Garnot (dir.): «L’historiographie de la criminalité pour la periode moderne», en Histoire et Criminalité. De l’antiquité au XXe siecle. Nouvelles approches, Dijon, 1992, pp. 25-29.
70 R. Muchembled: Una historia de la violencia…, en general y especialmente pp. 245-299. N. Elias: El proceso de la civilización. Investigaciones sociogenéticas y psicogenéticas, México-Madrid, 1993, pp. 229-242, 257-265, 449-520. Redactadas estas líneas, conocemos el trabajo de T. A. Mantecón Movellán («Los impactos de la criminalidad en sociedades del Antiguo Régimen: España en sus contextos europeos», Vínculos de Historia. Revista del Departamento de Historia de la Universidad de Castilla-La Mancha, 3, Ciudad Real, 2014, pp. 54-74), coincidente en general con lo afirmado (declive de la violencia interpersonal en la Edad Moderna; extraordinario peso de los delitos violentos; semejanza en los porcentajes de delitos contra el honor, el sexo y la propiedad, aunque no en los de orden público; tasas de homicidios sobre población muy variables, etc.).
II. RASGOS GENERALES DE LA DELINCUENCIA
2.1 PERFIL SOCIOLÓGICO DE LOS DELINCUENTES
Según el cuadro 2.1, en torno al 90 %, o más, de los individuos implicados en los procesos como responsables penales de algún delito son varones. El delito es preferentemente masculino, mientras que la mujer tiene una representación aquí mucho menor que la que le corresponde en términos estrictamente demográficos. Tal hecho, perfectamente constatado en otras regiones europeas,1 es una virtud que encierra a su vez una limitación sociológica del Antiguo Régimen: la supeditación de la mujer al varón (padre o marido), su confinamiento en gran parte al mundo doméstico, con escasa proyección social, etc. Incluso cuando vemos a una mujer implicada en un proceso, suele tratarse de delitos menores, como las injurias, peleas con vecinas, pequeños hurtos domésticos y comportamientos inmorales, como el amancebamiento, la prostitución, dar malos ejemplos, etc.; salvo excepción, no suele estar relacionada con los homicidios o lesiones graves, los desacatos, las resistencias a la justicia, el uso o posesión de armas prohibidas o el juego de naipes, por ejemplo. Las cifras de dicho cuadro parecen mostrar a su vez una diferencia, ya clásica, entre la zona rural y la urbana. Pese a que la participación femenina en la delincuencia es del 8,8 % del total de procesados en la Valldigna preferentemente morisca del siglo XVI (1504-1609), en un mundo de densa población en diversos pueblos y aldeas, aquella baja hasta el 2,9 % en una sociedad rural más despoblada (siglo XVII); el conjunto de los dos siglos nos da un porcentaje del 7,0 %. En Alzira y Valencia (R.A. el porcentaje es algo mayor, el 9,6 y 9,2 % respectivamente, que podría ser de hecho mayor si tuviéramos en cuenta las «composicions» directas y rápidas (y antes de abrir procesos) que los justicias locales imponían a amancebados y prostitutas, delitos femeninos típicamente urbanos. Ya dijimos en el capítulo anterior que eran contrarios a la honestidad un gran número de los delitos castigados por el justicia criminal en la ciudad de Valencia, además de Castellón de la Plana, Alzira y otras pequeñas ciudades.2
Son escasos los datos sobre la edad de los procesados,3 que además tienen los rasgos propios de «aproximación» e incertidumbre («poch mes o menys») de las sociedades del Antiguo Régimen (imprecisión, redondeo, contradicciones, etc.).4 Sin embargo, no nos resistimos a exponerlos en el cuadro 2.2 (solo para varones), dado que de alguna manera reflejan en general la pirámide de edad de la época y porque ofrecen en términos cuantitativos la misma impresión que la lectura reiterada de procesos. Cuestión clave es saber si el inculpado ha alcanzado la mayoría de edad, fijada en 20 años, pues de ello se van a derivar consecuencias procesales (necesidad o no de un tutor/curador), y quizá por eso tenemos bastantes referencias de las edades bajas de los delincuentes. Pero esta preocupación de la justicia no desfigura la realidad. Los jóvenes, en torno a 20 años, solteros preferentemente o recién casados, son los actores de gran número de delitos. Bastantes procesos definen a los inculpados como «fadrins», muchas veces actuando en grupo, pero luego no dicen la edad concreta de cada uno de ellos. Todos estos protagonizan en torno al 50 % de las infracciones en la Valldigna (1589-1704) y en Alzira, algo menos en los procesos de la Real Audiencia. Son los que, con la fogosidad e impulsividad de sus pocos años, con escasas responsabilidades familiares a sus espaldas, organizados en pandillas o grupos, rivalizan entre sí, promueven «musicas» hasta altas horas de la noche, beben en campo abierto con fruición, tienen sus celos y competencias por las chicas casaderas, disfrutan con el manejo de armas peligrosas, etc., y promueven un buen número de «questions» y peleas, daños y robos rústicos, realizan gamberradas («enrramades»), desprecian las rondas nocturnas y a la autoridad, etc. El otro gran grupo de procesados, en torno al 40 %, se sitúa entre los 26 y 40 años, en un lapso de tiempo más largo, en el que encontramos a gente bastante joven y de reciente matrimonio junto a personas más adultas, de una cierta madurez, cercanas ya a la esperanza media de vida. Constituye el grupo central de la comunidad, el que tiene a sus espaldas el trabajo, el sustento diario y la construcción del patrimonio personal, la defensa de la familia y de su honor, etc., con todos los roces que ello puede provocar con terceros. La manifestación, bastante repetida en los procesos, de adjudicar «cuarenta años» en cifras redondas al inculpado parece sugerir ya una edad elevada, en la que poco cuentan las precisiones numéricas y en la que ya no merece la pena entrar en detalles. Con todo, se dan algunos casos (entre el 5 y el 13 %) de gente de mayor edad, auténticos ancianos para la época, que como «patriarcas» que han vivido largo tiempo acumulan muchas experiencias y rencores y quieren hacer valer la autoridad que al menos les otorga la edad. Evaluación que está en línea con otros estudios. B. Garnot hablará con carácter general de jóvenes asalariados como la gran masa de delincuentes;5 en Cataluña son los jóvenes «fadristerns» los que marcan la pauta (J. L. Betrán), mientras que en el Languedoc, entre el 20 y el 30 % son menores de 30 años y en torno al 50 % tienen entre 26 y 40 años (N. Castan); en los montes de Toledo se destacan la violencia juvenil y las «peleas de mozos» (A. Rodríguez Sánchez); en las cercanías de Burdeos la mayoría se sitúan entre los 20 y los 29 años (J. Ruff), mientras que en el Artois rural francés el 59 % de los autores de hechos violentos son jóvenes y solteros (R. Muchembled).
Algo mayor es nuestra información sobre la profesión de los delincuentes.6 La de los varones, pues las mujeres solo se mencionan como «muller de» o «filla de», salvo alguna vez (criada, prostituta). El resultado del cuadro 2.3 muestra con claridad las características geográfico-sociológicas diferentes de las tres zonas analizadas: la zona rural, una pequeña ciudad y la gran urbe cosmopolita con su hinterland rural. La estructura profesional de los procesados parece semejante, sino igual, a la de la generalidad de la población. El 86,2 % de los delincuentes en la Valldigna del siglo XVII se declaran ser sobre todo «lauradors» y algunos pastores, completado por un 10 % de oficios (tejedor, sastre, herrero, carpintero, zapatero, etc.) y algunas profesiones comerciales (mercader, «llenser») o de prestación de servicios («ministre», hostalero). En Alzira, el peso de los activos del sector primario es mayoritario (46,4 %), como era de esperar al ser el centro de una fértil comarca agrícola, surcada por el Xúquer y sus acequias, y rodeada de muchos núcleos básicamente agrícolas (Carcaixent, Algemessí, Guadassuar, etc.). Sin embargo, no llega a la mitad de los procesados, presentando una estructura mucho más diversificada, en la que el 35,2 % de los reos tienen varias profesiones del sector secundario y un 18,4 % otras del sector servicios.7 Una estructura profesional sin duda similar a la de otras pequeñas «ciutats» o villas reales.8 Intramuros de la ciudad de Valencia, contigua a la huerta, viven algunos agricultores, pero sobre todo tiene una gran comunicación con la variedad de pueblos de su término general, y con los pescadores de la costa (casas del Cabañal), de ahí que los procesos de la Real Audiencia reflejen aún un 34,2 % de los reos pertenecientes al sector primario; pero es el sector secundario el predominante (40,0 %), con una gran variedad de oficios de transformación, de los que parecen destacar los relacionados con el textil, y un sector terciario más desarrollado, con una cuarta parte de los procesados.9
A veces no se especifica la profesión del delincuente, sino su condición social. En la Valldigna rural del siglo XVII no hay ningún caso, pero en Alzira se menciona a un caballero, dos «ciutadans», cuatro moriscos y dos gitanos, y en Valencia su número y variedad aumenta: dos condes, cuatro caballeros, tres «don», tres «ciutadans», siete moriscos, dos esclavos, un liberto y cuatro vagabundos.
CUADRO 2.1
Distribución sexual de los delincuentes (cifras absolutas y porcentajes)

CUADRO 2.2
Edad de los delincuentes (varones) (cifras absolutas y porcentajes)

CUADRO 2.3
Profesión de los delincuentes (varones) (cifras absolutas y porcentajes)

Los procesos permiten también aproximarse al nivel cultural de la sociedad a partir de si son capaces o no de firmar sus «confessions» ante la justicia y, por tanto, si tienen algún dominio de la escritura y/o lectura, con todas las prevenciones y suspicacias que se quiera, y ello tanto de los procesados como de otros muchos intervinientes (v. g., los testigos). Baste señalar ahora el alto nivel de analfabetismo en zonas rurales (más del 70 %), que va disminuyendo en las medias ciudades y sobre todo en la capital, y cómo a mayor escala social corresponde un superior nivel de escritura, así como el marcado analfabetismo femenino.10
Los expedientes penales manifiestan, e incluso enfatizan, la intervención de forasteros o extranjeros en la comisión de delitos, o en relación con ellos. No dejan de precisar su origen, nacionalidad, condición, etc., en tanto que les resulta llamativa su presencia, cuando no sospechosa. Pero el número de procesos con reos ajenos al ámbito jurisdiccional del tribunal es escaso, aunque con matices. Así, en la Valldigna morisca del siglo XVI solo hay forasteros en el 7,0 % de los expedientes, aunque sube al 16,3 % en el siglo XVII; 11 si en el primer momento corresponden sobre todo a comarcas próximas (en Gandia, Corbera, Calp o Benigànim, gitanos, etc.), en el siglo de la repoblación el espectro se amplifica: comarcas próximas (Ribera, Safor, valle de Albaida), otros reinos de la monarquía (mallorquines, catalanes, castellanos) y franceses, además de gentes sin raíces conocidas (gitanos, pobres). La pequeña ciudad de Alzira muestra un nivel superior (21,0 % de los procesos) y más diversificado, en el que llaman la atención los franceses, muy numerosos en toda la comarca, además de otros del reino o de fuera (mallorquines, castellanos, aragoneses, napolitanos, etc., y gitanos). Una cota alta, pero no excesiva (13,7 %), es la que indican los procesos de hechos acontecidos en Valencia, mayoritariamente pertenecientes a individuos ajenos al reino (franceses, ingleses, sicilianos, aragoneses, vascos, etc.). Igualmente, lo habitual es que estos forasteros sean los delincuentes; en menos ocasiones han sido las víctimas de delitos, sobre todo de agresiones.
Al fin y al cabo, los procesos reflejan los movimientos migratorios y sus oscilaciones. De hecho, aparte de los desplazamientos internos (jornaleros en busca de trabajo), el Reino de Valencia atrae mano de obra de otros lugares (franceses, castellanos, aragoneses, etc.), que con mayor o menor facilidad buscan y encuentran ocupación y alcanzan cierta estabilidad. Las declaraciones testificales de los procesos lo muestran reiteradamente. Además, la repoblación posterior a la expulsión de los moriscos, y su profunda inestabilidad, acentuó estos movimientos, por lo menos en los cuarenta años posteriores a 1609. Pero, por otro lado, había un flujo continuo de gentes que podemos asociar a la marginalidad que circulaba por los caminos y recalaba en los pueblos o en la capital, en las esquinas o en los llamados «hospitales» o albergues: vagabundos, pobres, pedigüeños, viajeros sin rumbo, transeúntes sin recursos a la búsqueda de fortuna u oportunidades fáciles, desterrados de algunos lugares, delincuentes huidos, etc.
Diferenciar esa doble condición (simple inmigrante o individuo marginal) es siempre problemático, entonces y ahora. Pero cabe pensar si esas cifras de delincuentes «forasteros» pueden presentar un resultado poco preciso o incluso algo exagerado, precisamente porque no valoran su «arraigo». Efectivamente, según informan los procesos, algunos de ellos han permanecido ya años viviendo en la localidad donde han cometido un delito y, por lo tanto, de «forasteros» solo tienen ya el nombre o el recuerdo de sus orígenes, pues a todos los efectos parecen estar totalmente integrados en la comunidad; otros al menos llevan ya un cierto tiempo residiendo («habitador en…») y trabajando allí mismo.12 En este sentido, en el cuadro 2.4 hemos puesto el acento en el lugar de residencia habitual del delincuente (cualquiera que fuera su origen), con una cierta estabilidad y continuidad, y en los delitos ocurridos solamente en cuatro localidades y en su término inmediato, con independencia del ámbito jurisdiccional: Simat, Tavernes, Alzira y Valencia.13 Al margen del supuesto D (casos inciertos o dudosos), el A refleja que la gran mayoría de delitos (entre el 70 y el 80 %) los ha cometido un procesado residente, ya sea en solitario (v. g., posesión de armas prohibidas) o contra otras personas o bienes de la misma localidad; solo muy pocos residentes (algo superior al 3 %) han cometido un delito contra pobladores de otra localidad, aunque sea inmediata o muy próxima (supuesto B). Es decir, que la delincuencia está básicamente relacionada con la vecindad, con la cercanía, con un sinfín de causas y conflictos próximos, con una convivencia continuada que acumula roces e intereses contradictorios, en lo que podríamos llamar una cierta endogamia delictiva local. J. L. Betrán insiste en el carácter «intervecinal» de los delitos, mientras que J. Ruff indica que se ataca a quien se trata, a quien se conoce, a sus propios vecinos (el 73,2 %), como hace R. Muchembled. Por contra, el supuesto C indica que entre el 11,2 y el 16,2 % de los delitos se deben a forasteros no residentes, ya sea contra residentes o contra otros forasteros, subiendo solo al 24 % en Simat durante el siglo XVII, sin duda relacionado con los movimientos migratorios de la repoblación posteriores a la expulsión de los moriscos. Por tanto, parece razonable pensar que los delitos cometidos por forasteros propiamente dichos (no residentes, desconocidos, etc.) no superarían normalmente el 15 % del total, con todas las variantes o circunstancias locales que se quiera.
Y si ello es así en términos cuantitativos, parece exagerada la prevención que se tuvo contra los forasteros en general durante el Antiguo Régimen.14 Si según nuestros cálculos a estos se podría atribuir aproximadamente una destacada criminalidad en torno al 15 %, ello no se corresponde con el revuelo, las medidas y las sospechas que suscitó. Así, una exagerada «Crida» del patriarca Ribera en 1603 afirmaba que era experiencia probaba que la mayor parte de los delitos que se cometían en Valencia y sus arrabales se debían a forasteros.15 Efectivamente, fueron muchos los bandos que se dictaban de tiempo en tiempo prohibiendo acoger a forasteros, hacerlo sin permiso o licencia, estableciendo la obligación de manifestarlos a la justicia cuando estaban ya en una localidad, o simplemente ordenando taxativamente su expulsión inmediata o en breve lapso de tiempo de una determinada zona, con la amenaza de varias penas. Ejemplos sobrados tenemos en los numerosos bandos dictados en Valldigna y de haber fuentes se encontrarían en otros lados. También en Valencia hubo «crides» especiales contra forasteros, aparte de que las «Crida del Be Comú» focalizaron su atención específicamente en los vagabundos, un tipo particularmente peligroso o sospechoso entre los forasteros en general.16 Por otro lado, en momentos de peste la histeria xenófoba se incrementaba, aunque en este caso la prevención se extendía a todo el que viniera de fuera por riesgo de contagio.
Sin duda estamos ante un fenómeno más profundo, de miedo a lo desconocido, de exageración de su peligrosidad, de zozobra e inquietud ante el extraño a quien se le atribuye el riesgo de males desconocidos, incluso de un principio de xenofobia, etc. Es un fenómeno que desborda la realidad objetiva de las cifras, las cuales muestran que la delincuencia es ante todo un problema que surge entre gente conocida, vecina, próxima, con la que se tienen diferencias, encontronazos o litigios. El mal o el peligro parecía verse en el extraño, cuando en realidad estaba ante todo en la casa propia.
Finalmente, el cuadro 2.5 pone de relieve que en dos terceras partes de los expedientes el delito se comete individualmente, por el procesado en solitario, de manera aislada. Sin embargo, en el otro tercio restante, aproximadamente, los delincuentes actúan en grupo, a veces de forma organizada, otras de manera más o menos espontánea, con lo que ello tiene de seguridad para los malhechores y debilidad para las víctimas. De este grupo, la mayoría corresponde al supuesto de dos individuos,17 pero la peligrosidad y trascendencia empieza a subir a partir de tres o más, pues se trata de peleas callejeras tumultuarias, actuaciones de bandoleros, fugas colectivas de la cárcel, robos de varios a un domicilio, asesinato y/o «escopetades» entre varios, un motín, etc. No se observa una diferencia sustantiva entre localidades o siglos, sino que más bien predomina la similitud o proximidad de los porcentajes. La actuación individual o en grupo de los delincuentes no parece incidir particularmente en la diferencia de los delitos cometidos.
CUADRO 2.4
Relación entre residencia y delito (cifras absolutas y porcentajes)

CUADRO 2.5
Participación en los delitos (cifras absolutas y porcentajes)

2.2 ESPACIO Y TIEMPO DEL DELITO
De manera espontánea o premeditada, se puede cometer una infracción penal en cualquier lugar o momento, pero la lectura de muchos expedientes acaba por indicar, con mayor o menor precisión, unas pautas de comportamiento.
En primer lugar, el cuadro 2.6 diferencia los delitos cometidos en áreas o zonas rurales y urbanas. Las primeras son claramente minoritarias, frente a lo que podríamos pensar al tratarse de espacios abiertos, de menor control, de mayor impunidad, de economías agrícolas, con campos más ocupados y transitados, etc. Y dentro de ellas, podemos distinguir además una doble matización. Por un lado, mayor proporción en las zonas más ruralizadas como Valldigna (29,4 % en el siglo XVI y aún mayor en el XVII, con un 38,4 %), por contraste con las más urbanizadas, como la jurisdicción de Alzira (20,1 %), y aún más en la ciudad de Valencia y su término general, con solo el 11,6 % de los procesos. Por otro lado, que se consigue identificar más el simple tránsito o paso por caminos rurales en estas últimas zonas (Alzira, Valencia) que la simple permanencia en el campo como en Valldigna, si bien muchas alusiones a «campo» manifiestan la ambigüedad o imprecisión de la declaración de los hechos en el expediente procesal.
Pero por más que hubiese roces por reparto de aguas de riego, por lindes de parcelas, por robos y asaltos en campo abierto o en camino con mayor impunidad, la masa de los delitos acontece en los espacios urbanos, en la aldea, pueblo o ciudad, donde vive la gente y donde se relacionan unos con otros, donde se comunican habitualmente, donde discuten por una deuda, por una ofensa, por el juego de pelota o naipes, por discrepancias en el hostal o taberna, donde hacen las fiestas, «musicas» o bailes, tienen las reuniones colectivas, salen a flote las enemistades familiares, etc. Allí se producen más de dos tercios de los delitos, con una gradación entre los pueblos valldignenses (70,5 y 61,5 %) hasta casi el 90 % del ámbito de la ciudad de Valencia. Y dentro del mismo casco urbano son muy importantes los espacios abiertos, las calles y plazas, pero en conjunto acaban primando fundamentalmente los espacios cerrados o de convivencia precisa. Entre estos últimos, obviamente el principal es la casa, en su interior o en la fachada o portal, pero también en una serie de distintos ámbitos concretos de todo tipo, que hemos agrupado como «Otros». El más señalado de estos es el hostal o taberna, pero no hay que olvidar la cárcel, el molino, el horno, la «almácera», el «llavador», el burdel, el hospital, la tienda, la iglesia, la corte («en juhi»), etc.18 Comportamientos similares encontramos en otras regiones, donde entre la gran variedad de escenarios destacan las calles, las plazas, las tabernas…, además de las casas (J. Brackett en Florencia; J. Ruff en las proximidades de Burdeos; en el Artois o en la Cataluña moderna, etc.).
CUADRO 2.6
Ubicación de los delitos (cifras absolutas y porcentajes)

El cuadro 2.7 distribuye los delitos por los meses en los que se cometieron.19 Si tomamos por referencia la media aritmética mensual, se observa que los datos resultantes (delitos por mes) normalmente oscilan en torno a ella, ligeramente por encima o por debajo con poca diferencia en todos los lugares analizados. Predomina, pues, una imagen de estabilidad, de continuidad, de pequeñas alteraciones entre un mes y otro, sin duda producto del azar o la casualidad. Puestos a afinar en la observación, podríamos distinguir, de manera bastante común, unas cifras ligeramente superiores a la media concentradas en los meses estivales aproximadamente y que podrían deberse a factores bastante lógicos: días más largos, mayor permanencia en las calles o espacios abiertos, mayor intensidad de las faenas agrícolas, por ejemplo20 (gráfico 2.1). Dentro de coordenadas parecidas, ciertas circunstancias locales pueden variar la cronología: en la Neuchatel del siglo XVIII las agresiones aumentan en octubre, el mes de la vendimia, mientras que los robos son altos en otoño, sobre todo en noviembre (Ph. Henry); en París, los robos aumentan en verano (A. Farge), mientras que en Artois el cenit de la violencia se encuentra entre mayo y julio (cosecha de cereales), empezando a descender en agosto (R. Muchembled).
Pero si los astros y la meteorología no influyen en la criminalidad, sí lo hacen los hábitos de vida cotidiana y los comportamientos sociales e individuales. El cuadro 2.8 recoge los casos en los que «expresamente» se manifiesta en los procesos el día de la semana en el que se produjo el delito. Una circunstancia meramente anecdótica e intrascendente, pocas veces indicada en las fuentes, pero que a la postre resulta significativa. El azar o la casualidad de la información suministrada por denunciantes, reos o testigos hace que los delitos se vayan produciendo a lo largo de la semana, sin ninguna explicación aparente, pero su número aumenta espectacularmente los domingos y días festivos no dominicales. En los primeros, más numerosos que los segundos, los delitos cometidos se duplican y casi se triplican en los cuatro cómputos realizados. Los domingos y festivos son días especialmente propicios para la comisión de infracciones penales de todo tipo. La explicación es evidente: en los festivos («fiesta de guardar») no se trabaja (incluso está prohibido y castigado hacerlo), y además se vive un ambiente de jolgorio, de «fiesta» y diversión, se dispone de más tiempo libre, se acude a la calle o plaza del pueblo para conversar con otros vecinos, es el momento de reclamar una deuda pendiente o de aclarar alguna cuestión, se juega a la pelota o a los naipes, se bebe vino con holgura en el hostal o fuera de él, se celebran bailes, se tocan los instrumentos musicales o se cantan canciones a novias o jóvenes casaderas, grupos de «fadrins» cometen gamberradas o resuelven sus diferencias; en estas circunstancias es más probable la exhibición de desmesuras, que las palabras o los gestos se extralimiten, que surjan los viejos resquemores, etc., es decir, es más fácil cometer delitos.21 Ninguna sorpresa cuando sabemos que el 59 % de los homicidios se producen el domingo en Artois (R. Muchembled), o que J. Ruff establece como momento peligroso el sábado por la noche y el domingo cerca de Burdeos.
En fin, el cuadro 2.9 contabiliza los casos conocidos de delitos producidos de noche, es decir, entre las ocho y las doce de la noche aproximadamente, rara vez en la madrugada. De vuelta a casa tras el trabajo, se cena y cabe una pequeña tertulia (en casa propia, del vecino, en el hostal, etc.), y entre las nueve y diez se retira casi todo el mundo a dormir porque al día siguiente hay que madrugar; entonces se toca «la queda» y empieza su deambular la «ronda» nocturna. Es un momento de oscuridad, de mayor impunidad, y por tanto de mayor inseguridad, de miedo; es el momento propicio para cometer delitos (robos, peleas, agresiones, gamberradas, intentos de violación, etc.). De ahí que numerosos bandos prohíban circular de noche, o hacerlo sin antorcha para no ser identificado, circular por la huerta (con o sin «sistella»), llevar armas prohibidas, etc., y de ahí el gran papel que hacen las citadas «rondas». La estadística nos muestra que al menos una cuarta parte de los delitos conocidos se produjeron por la noche en la Valldigna de los siglos XVI y XVII y en Alzira, y unos pocos menos en el cómputo de Valencia-Real Audiencia (15,2 %). Su distribución por grupos delictivos indica que sigue la pauta general de su estructura, pero acentuando los delitos violentos en todas las localidades, y manteniendo niveles altos en Valldigna los delitos contra la propiedad, que en cambio disminuyen proporcionalmente en Alzira y Valencia. Obviamente, la noche era un momento de peligro y los procesos y otras fuentes así lo indican. R. Muchembled pone el acento en «le soir» (Artois), mientras que F. Bayard sitúa el momento peligroso entre las 18 y 24 horas en el Lyonnais.22 Se cometían muchas infracciones en ese corto periodo, pero, como en el caso de los forasteros, creemos que era más el miedo que la realidad. Cifras importantes, pero que tampoco parecen acompasarse con la angustia o inseguridad que concitaban la noche o la oscuridad, aunque los bandos prohibitivos y el efecto de la ronda nocturna debieron de contrarrestar parte del peligro y de sus posibles consecuencias.
CUADRO 2.7
Distribución mensual de los delitos

CUADRO 2.8
Distribución semanal de los delitos

CUADRO 2.9
Delitos nocturnos (cifras absolutas y porcentajes)

GRÁFICO 2.1
Distribución mensual de los delitos (cuadro 2.7)

2.3 DELINCUENCIA RURAL Y URBANA
El análisis de las distintas bases de delitos efectuado en el capítulo I ya puso de relieve la existencia de diferencias entre las localidades urbanas y rurales, además de las diversas peculiaridades intermedias y signos puntualmente locales. Había una misma criminalidad, con unos rasgos comunes y generales, pero también matizaciones en la cantidad y porcentajes de los delitos conocidos entre unas zonas y otras. A nuestro modo de ver, no se trata solamente de una diferenciación física entre núcleos de población, sino esencialmente sociológica, de comportamientos de vida cotidiana, de conductas humanas diferentes y predominantes que, al resultar prohibidas o perseguidas por la ley, acaban trascendiendo y son objeto de acción represiva por la justicia. Dichas diferencias se muestran ante todo en la estructura de la delincuencia y en la propia complejidad de algunos delitos.
El contraste entre la criminalidad rural y la urbana se manifiesta especialmente en la nimiedad o en la importancia de cuatro tipos delictivos: el amancebamiento, la prostitución, los juegos y las armas prohibidas. La mayor contraposición se debió de producir, obviamente, entre el mundo de la Valldigna y el de la ciudad de Valencia, aunque la documentación consultada nos da ejemplos ante todo de otras ciudades reales (MR). Las cifras resultantes indican que, mientras en la primera zona los tres primeros delitos apenas llegan al 1 % y las armas prohibidas al 3,83 % de 1557 a 1704 (cuadro 1.1), en la segunda, en ciertos casos, los delitos contra la honestidad rondaban el 30 % y los del orden público, y entre ellos los juegos y armas prohibidas, el 50 %. La comparación con Xàtiva muestra que los delitos sexuales llegan cada uno al 12 % (amancebamiento y prostitución), algo menos los juegos (8,11 %) y hasta el 34,52 % las armas prohibidas (cuadro 1.2). Castellón de la Plana y Alzira reflejan igualmente cifras muy superiores a la Valldigna, aunque algo inferiores a Xàtiva (cuadros 1.3 y 1.9).
Sin embargo, a estas alturas ya sabemos que estos porcentajes no pueden ser tomados con reverencia y fueron objeto de crítica por nuestra parte. Para el caso de Valldigna, los datos registrados de los procesos sugieren una alta representatividad y una actuación bastante generalizada; todo parece indicar que hubo pocas excepciones (prostitutas, amancebados, etc.), que se resolvieron de forma directa y sin abrir proceso, aplicando la expulsión, destierro o «bandeig», y como máximo se dejó constancia en los libros de justicia. En cambio, las otras cifras provienen de los registros del Maestre Racional, centrados en los asuntos leves, cogidos «in fraganti» o con delación, sujetos a «composició y remisió», mientras que los más graves, los desconocidos o los que las partes se resistían a «negociar», se tramitaron por procesos independientes: así lo pudimos comprobar claramente al comparar ambas fuentes en Alzira (cuadro 1.9). Por tanto, los porcentajes de las ciudades reales (Valencia, Xàtiva, Castellón, etc.) deben ser reducidos sensiblemente, pero con todo nos dan ejemplos de que este tipo de delincuencia fue muy superior al mundo rural valldignense. Y ello resulta obvio y bastante lógico: en un pueblo pequeño la escasa población, el general conocimiento entre sí de los vecinos y determinados comportamientos (amancebamientos, prostitución organizada, los juegos prohibidos, el uso ostentoso de armas prohibidas, etc.) causan escándalo, son de general conocimiento y suelen reprimirse o autocensurarse con rapidez; por el contrario, en la ciudad, desde luego en Valencia y en menor grado en otras ya citadas, la mayor población, el trasiego de gentes (viajeros, forasteros) y un superior número de lugares de ocio (hostales, «publich», tahúres, etc.) implican amplio anonimato, menor control de la vida de las personas, mayores inclinaciones lúdicas, posibilidad de ejercer la prostitución al margen de los controles municipales sobre el «publich», etc. En consecuencia, es perfectamente comprensible que los casos de amancebamiento, prostitución, armas y juegos prohibidos, etc., fuesen mucho mayores que en zonas rurales. En ese sentido, para el Languedoc de antes de la Revolución francesa N. Castan sentencia que la ciudad «corrompe», y R. Weisser plantea una estructura comparada entre ambas zonas, aunque con diferencias muy matizadas.23
Al mismo tiempo, la delincuencia urbana tiene a veces una complejidad o un enrevesamiento que es muy difícil o casi imposible que se den en un medio rural. Así, por ejemplo, en la ciudad de Valencia nos encontramos con una red de ladrones en los mercados que están en conexión con un intermediario que en su domicilio compra la mercancía robada a precios rebajados para su ulterior comercialización.24 Se puede abrir una investigación contra varios supuestos rufianes, individuos de vida oscura y sin trabajo conocido y verificado, de los que se sospecha que protegen y explotan a mujeres concretas, que trabajan como prostitutas en el «publich» o en las calles.25 No puede sorprender la existencia de auténticos tahúres, organizadores de importantes timbas o que siguen a la soldadesca en sus desplazamientos para jugar a las cartas con los soldados y desplumarlos con todo tipo de trampas.26 Tampoco resulta difícil conocer y localizar a supuestos sicarios, a gentes sin escrúpulo dispuestas a cometer delitos por encargo, a cambio muchas veces de muy poco dinero. En fin, encontramos algunos delitos complejos, a veces con cierta motivación paranoica, en los que los asesinos y sicarios, autores y cómplices, intervienen en diverso grado, discrepan luego entre sí, se amenazan con denunciarse y al final se descubren por azar (v. g., alguien lo comunica a la Inquisición para obtener un trato de favor).27 Todos estos casos son imposibles o sumamente extraños en los medios rurales.
Por tanto, diversidad delictiva en un doble plano (estructura y complejidad interna), pero, además, en distinta cantidad. No se puede deducir de nuestros datos, pero en general se considera que las ciudades muestran ratios de mayor criminalidad que las zonas rurales (M. Weisser, N. Castan). Mientras que en los pueblos es posible conocer a los vecinos y controlar a los extraños, forasteros, recién llegados, etc., en las ciudades, y sobre todo en la capital, todo ello se vuelve muy difícil o casi inviable. Es hacia la ciudad donde se dirige la masa de vagabundos que circulan por los caminos, a donde van los que se quedan sin trabajo en busca de una oportunidad, etc. Es sintomático que en la gran cantidad de «crides», «edictes» y pragmáticas que dictaron los virreyes en esta época, aunque en principio dirigidas con carácter general a todos los lugares del reino, la mayor preocupación estuvo siempre en la aplicación y en la represión de la delincuencia en la ciudad de Valencia, ya lo dijesen expresamente o se infiera tácitamente de su contenido.
2.4 MARGINALIDAD Y DELINCUENCIA SOCIAL
En el sentido amplio que tomamos de la palabra delincuencia, como conjunto de conductas reprobables socialmente (delitos, «crims», inmoralidades, medidas preventivas, etc.), recogidas en normas legales, perseguibles por la justicia (de oficio o solo a instancia de parte), tal como ya expusimos, encontramos variables cuya diferenciación resulta fundamental.
En general, se asocia delincuencia a «marginalidad». Es este ambiente social el que por «naturaleza» provoca la comisión de delitos. Se relaciona básicamente con la pobreza en general y además suele vincularse habitualmente a la «mala vida», es decir, a unas prácticas vitales de desorden, desarraigo, fuera de los cánones ordinarios, etc., que irremisiblemente conducen al delito. En este mundo encontramos gran variedad de personas, cuya descripción tipológica sería interminable. Así, podemos citar, desde luego, a los pobres, ya fuesen reales o fingidos, cuya diferenciación ya resultó casi imposible en la época. A los vagabundos, que cual ejército descontrolado recorren los caminos y ciudades principales del Antiguo Régimen, sin oficio ni beneficio seguro y fiable (B. Geremek). Siguen los pícaros, limosneros o mendigos; los ejercientes de oficios ambulantes; los que no tienen trabajo estable y seguro (criados, jornaleros, etc.), siempre codiciosos de los bienes ajenos; los soldados licenciados, o desertores; los inmigrantes de todo tipo y origen (franceses, castellanos, etc.), que se desplazan de unos lugares a otros en busca de trabajo o de algún modo de vida. Están los ociosos, poco amantes del trabajo productivo cuando lo hay, que ocupan su tiempo en toda gama de distracciones, etc. Desde luego, las mujeres desnortadas, desarraigadas de sus familias, cuya salida natural es la prostitución. Incluso hay colectivos «raciales» y culturales como los gitanos, asociados a determinados delitos como el robo, y que no dejan de dar ejemplos de ello.28 Incluso podemos añadir una marginalidad «sobrevenida», la de los prófugos de la justicia, que perseguidos por esta huyen por miedo o por mecanismo de defensa. Si resulta imposible la reconducción de su situación procesal (defensa, transacción, «composició», etc.), rotas o dificultadas las relaciones con sus familiares, se ven obligados a llevar una vida errante, condenados ya en sentencia firme en «ausencia», y alimentando probablemente otras formas de delincuencia más grave (robos, sicarios, bandolerismo, etc.). Se ha escrito, quizá con alguna exageración, que estos personajes viven o se mueven entre la taberna, el burdel o la cárcel. Habría que incluir además los caminos por los que vagan errantes, las plazas de los pueblos o ciudades a donde llegan, los «hospitales» o albergues donde pernoctan al no poder pagar los «hostales», etc. Sospechosos y temidos, se les atribuye la condición de gentes peligrosas, y, de hecho, con frecuencia están relacionados con la comisión de diversos delitos. En fin, podemos completar la serie con los delincuentes consumados, reiterados, condenados y perseguidos, cuya biografía es un largo rosario de fechorías sin número («bandolers, assasins, lladres, saltejadors de camins y altres malfatans y delinquents»).
Obviamente, estas gentes salen en los procesos como autores de determinados hechos perseguidos por la justicia, pero no solo ellos. El delito no es solo un fenómeno vinculado a la gente marginal. No es, ni en exclusiva, ni siquiera fundamentalmente, una cuestión de marginalidad. Entre los sujetos que desfilan ante la justicia aparece toda la escala social, todo tipo de individuos; todas las profesiones y oficios se encuentran representados; todas las condiciones sociales. Buenos padres de familia; campesinos esforzados; mujeres honestas y trabajadoras, excelentes madres; artesanos laboriosos y organizados en los gremios; jurados y otros oficios públicos; mercaderes y hombres de poderío económico; pobres pero honrados jornaleros; «fadrins» de buena familia, todos aparecen en un momento u otro en la práctica procesal de la justicia. Incluso no faltan miembros de las clases privilegiadas (caballeros, nobles, clérigos, etc.), aunque en menor cuantía por su escaso número en la escala social y por gozar muchas veces de jurisdicciones especiales. De esta manera, los expedientes procesales de estos delincuentes «no marginales» tienden a presentar dos rasgos bastante significativos. Por un lado, el carácter excepcional, o bastante raro, del delito o de los hechos acontecidos. Frente a una cierta habitualidad o carácter crónico de los comportamientos marginales, o de ciertos individuos marcados por antecedentes o hábitos criminales anteriores, muchos procesos se abren por delitos que acontecen de forma insólita, extraña, no habitual, que vinculan a personas de forma inesperada o no previsible. Sin duda, determinados hábitos de vida y mentalidades hacían relativamente fácil que una u otra vez, a lo largo de su vida, muchos individuos tuvieran una mala experiencia con la justicia (una pelea, una «questio», gamberradas juveniles, injurias o insultos, discusiones por dinero, discrepancia con algún oficial, etc.), pero ello no generaba necesariamente un sistema repetido de actuaciones ilícitas ulteriores. Cuando tenemos abundante información documental como en Valldigna, es difícil reconstruir las biografías «delictivas» de los vecinos de los pueblos del valle, porque sus delitos son excepcionales. Por otro lado, el análisis de los hechos en la información procesal demuestra que el delito atribuido ha sido resultado de una reacción impulsiva, ocasional, en función de determinadas circunstancias provocadoras; o que ha sido consecuencia de una relación de enemistad reiterada y repetida durante mucho tiempo, que desemboca en una reacción puntual, por ejemplo, una agresión física. Es decir, que no se corresponde normalmente con una «mala vida» habitual y unas condiciones generales de propensión al delito, sino con circunstancias insólitas o aisladas.
Toda la escala social comete delitos en mayor o menor medida, alterando el orden público, inquietando la «paz entre las personas», lo que obliga a los poderes públicos, es decir, a la justicia, a intervenir de una manera u otra. Con carácter general M. Weisser dirá que los delincuentes no son gente marginal;29 en la misma idea insiste J. A. Sharpe para Inglaterra;30 J. L Betrán hablará de personas integradas mayoritariamente en la sociedad catalana; R. Muchembled afirma que los homicidas no son en general individuos marginales en el Artois rural; para la Florencia del siglo XVI J. K. Brackett insiste en que no son personalidades «aberrantes», sino gente común bien integrada en la sociedad, que actúa según las pautas de su tiempo.31 Son los nobles, con título o sin él, enzarzados entre sí por principios de honor, de preeminencia, enfrentados en bandos, jefes de clientelas que tienen que cuidar, etc. Son los clérigos, hijos de su tiempo, no ajenos a envidias y rencillas, que tensionan la vida de los cabildos y la paz de los claustros de los conventos y monasterios, necesitados a veces de conflictivas visitas extraordinarias para reconducir la situación. En fin, la gran masa de la sociedad, que revela toda la conflictividad latente de la vida cotidiana, acentuada por una mentalidad hipersensibilizada por el concepto del honor, de la fama pública, con propensión natural a la venganza; gentes armadas hasta los dientes, organizadas en «bandositats», dispuestas a resolver directamente sus diferencias. Ahí encontramos a ricos mercaderes y acomodados propietarios agrícolas, a oligarcas locales junto a campesinos modestos y de cortos vuelos, a maestros pudientes y a artesanos proletarizados, a jornaleros de vida incierta pero honesta, junto a fieles criados, etc. Toda la sociedad, de un modo u otro, es esclava de una mentalidad, de unas prácticas y de un modo de vida que la llevan a situaciones de alteración de la paz social y obligan a la justicia a intervenir. Injurias, peleas y todo tipo de delitos violentos, el uso y abuso de las armas, los fraudes, la resistencia a la autoridad judicial, etc., son todo un inventario de problemas en que la gente «normal» incurre una u otra vez a lo largo de su existencia. De ahí que en esta época (y no solo en ella) los procesos penales no estudian fundamental o exclusivamente el mundo de la marginalidad, sino que son también un reflejo de la sociedad en su conjunto.
Por tanto, la delincuencia que estudiamos no es solo un problema de «marginalidad», sino también, y de forma muy destacada, una consecuencia de la sociedad en la que se vive, de un tipo de «cultura»: hábitos, comportamientos, actitudes, mentalidades, etc. Tenemos pues una delincuencia «marginal» y una delincuencia «social» o «sociocultural». Son dos caras de una misma moneda. Su diferenciación es importante y significativa, por más que no siempre se pueden deslindar en los procesos, y menos cuantificar de forma objetiva y solvente. Son dos realidades mezcladas, confundidas, pero diferentes, y sin cuya distinción, aunque solo sea conceptual, sería difícil de entender la delincuencia de la Valencia de los Austrias. Y en ese sentido, adelantando ahora una de las tesis de este libro, el retraimiento y progresivo autocontrol en la segunda mitad del siglo XVII de esta delincuencia «social», o de un sector significativo de esta, ayuda a explicar el descenso de la delincuencia en general, su predominante marginalidad a finales de dicha centuria, las dificultades de autofinanciación de la justicia, el retroceso y la crisis del bandolerismo y, en suma, el progresivo disciplinamiento de la sociedad (capítulos XIII y XIV).
2.5 LAS CAUSAS GENERALES DE LA DELINCUENCIA
Explicar o desarrollar las causas de la criminalidad es siempre un tema complejo y muy debatido. Desde el siglo XIX diversas corrientes científicas han intentado profundizar en esta cuestión y las polémicas han sido y siguen siendo interminables. Podemos buscarlas en el plano interno o endógeno del delincuente (herencia, biología, rasgos somáticos, etc.), o potenciar los aspectos externos, sociales, políticos, ambientales, familiares, etc. Caben fórmulas sintéticas de integración de ambos conjuntos de factores. Puede plantearse con carácter general o circunscrito a un momento histórico dado, más o menos próximo en el tiempo, cuando solo desde mediados del siglo XIX o en el siglo XX se cuenta ya con buenas o aceptables estadísticas.32 Desde luego, todo este debate o enfoque científico de la criminología queda fuera de nuestra atención. Nos interesa centrarnos en el contexto social en el que se mueven el delito y los delincuentes en una época histórica determinada y, sobre todo, a partir de unas fuentes en las que se pueda fundamentar empíricamente nuestras observaciones y reflexiones. Y todo ello con un objetivo esencial: conocer la criminalidad para entender mejor la sociedad.
Si la documentación más detallada y específica con la que contamos son los procesos penales, hay que advertir, desde ya, que, en su gran mayoría, y en la casi totalidad de los grupos delictivos analizados, aquellos no suelen entrar en detalle ni explicación alguna del porqué del delito de manera explícita. No hay una argumentación suficiente de las razones que motivan la conducta humana, aunque sea desde una perspectiva popular o superficial. Los procesos se centran en los hechos, que hay que describir y precisar con el máximo detalle posible y, desde luego, que hay que probar, incluso una y otra vez, mediante la reiteración de declaraciones testificales. Obviamente, interesan los «hechos probados», que permiten relacionar una conducta con unos sujetos, y a partir de ahí aplicar el derecho penal, es decir, la pena o sanción, tras una serie de garantías (acusación, defensa, cautelas, etc.).
Diríamos que las causas se dan por «sobreentendidas», que no resulta necesario explicar, que hacerlo sería posiblemente irrelevante, salvo quizá para la aplicación de determinadas circunstancias atenuantes o agravantes en terminología actual. En consecuencia, habría que «suponer» lógicamente que sería el afán de lucro, la codicia o la avaricia lo que llevaría al robo o las estafas; los impulsos libidinosos o instintos sexuales incontrolados los que impulsarían al amancebamiento, el adulterio, la violación, la prostitución; la envidia o la ira, la que produciría daños innecesarios a terceros; la vanidad, la responsable de determinadas actitudes; la holgazanería y los malos hábitos, los que conducirían al juego de naipes o dados, por ejemplo; y, desde luego, el odio y el espíritu de venganza, lo que impulsaría los actos de violencia, etc.
Cuando se quiere concretar a veces alguna motivación explícita, ya sea por los denunciantes o testigos, o por los escritos del procurador fiscal, incluso a veces recogida en las sentencias, parece querer explicarse, de forma vaga y genérica, con un cierto tono moral y con evidente trasfondo religioso. Es el mal, el pecado del hombre, sus propios vicios los que le llevan a cometer el delito, en una dialéctica confusa siempre entre delito y pecado. Es el demonio, «lo diable», quien está detrás de los hechos («algun diable tenia la culpa», 1701). O de manera más ambigua, el «sperit maligne»; «induhits per lo sperit maligne» es una frase bastante repetida que parece explicarlo todo, a veces aderezada y ampliada: «induhits per lo sperit maligne e posposat lo temor de deu e la correctio de la Justicia» (1587).
En fin, en otros casos (los menos) se va más allá y se determina expresamente una determinada pasión, vicio, comportamiento, reacción, práctica de vida cotidiana, etc., de forma más terrenal y precisa, aunque siempre de forma bastante excepcional. Solo entre los delitos violentos, muy numerosos, tenemos más información, ya sea de las causas de la agresión o al menos de las situaciones o circunstancias, inmediatas o más remotas, que están en los orígenes de los hechos y de alguna manera contribuyen a explicarlos. Lo iremos viendo en cada uno de los capítulos próximos, pero podemos adelantar algunas directrices. Así, según algunos procesos, son la ira o la malicia las que motivan el delito de daños; la mala vida, la holgazanería o la vida ociosa y viciosa (jugador, bebedor) las que llevan al robo, pues si el reo trabajara y quisiera vivir con lo que tiene y gana, no desearía los bienes ajenos; los delitos de índole sexual son los que menos motivación contienen, salvo alguna referencia a «induhits per lo sperit maligne». La vanidad, la presunción y la ostentación explican el gusto por las armas prohibidas; o el machismo y la soberbia, la desobediencia o resistencia a la justicia. Las injurias (o violencia verbal) se asemejan a los delitos de violencia física, en donde los testigos de muchos expedientes ponen de relieve la hipertrofia del sentido del honor, el machismo varonil, la arrogancia manifiesta y el atrevimiento de los «fadrins», las reacciones impulsivas y primarias, el gusto por los duelos o desafíos, el enfrentamiento de las «bandositats», el sentimiento profundo de venganza, la ira o el «oy, rancor e mala voluntat» (o la «enemiga») que anida en el corazón de los individuos (y de sus familias) y que los conduce inexorablemente a la agresión física, al enfrentamiento personal, etc. O, al menos, los procesos nos relatan las situaciones y circunstancias en las que estos delitos violentos se suelen producir (las discusiones acaloradas por diferentes motivos, las disputas por el agua de riego, las fiestas nocturnas, los juegos en la taberna, las frustraciones o desplantes amorosos…).
Es precisamente en el análisis de los delitos violentos y de otros en cierto modo relacionados (injurias, armas prohibidas, resistencia a la justicia, etc.) donde encontramos algunas de las claves de la mentalidad y de las pautas de comportamiento más características de la sociedad valenciana de la época. Y también las que la justicia de una monarquía que quiere fortalecer su poder tendrá que controlar y reprimir con más intensidad.
2.6 MORISCOS Y CRISTIANOS ANTE EL DELITO
Es recurrente, y no falta de interés, la comparación en diversos planos de estas dos comunidades antes de 1609, como puede ser el comportamiento ante el delito. Las dificultades metodológicas o documentales para ello parecen superarse puntualmente en la abundante masa procesal del señorío de Valldigna.33
El análisis de los procesos penales no sugiere básicamente un enfrentamiento entre comunidades (diferencias culturales, religiosas, etc.) por vía delictiva, sino una lectura más prosaica. Así, en Xara, de poblamiento exclusivamente cristiano, el 93,33 % de los delitos se cometen por cristianos en solitario y/o contra cristianos, mientras que el 6,66 % se efectúan contra moriscos, de paso o con residencia en pueblos cercanos. Por contra, en Tavernes, de abundante población morisca, aunque en zona de cruce de caminos, el 82,45 % de los delitos los cometen moriscos, ya sea individualmente o contra otros moriscos, mientras que solo una minoría, el 9,47 %, tiene lugar entre gente de distinta comunidad religiosa. En fin, en Simat, de población mixta, pero de mayoría cristiana, observamos que los porcentajes se dividen, aunque en cifras mayoritarias, entre los delitos solo entre cristianos (41,17 %) o solo entre moriscos (31,37 %), pero obviamente la mayor proximidad o el carácter mixto del poblamiento hacen aumentar el cruce de delitos cometidos entre individuos de diferente comunidad (20,91 %). De este modo, aunque desde otra perspectiva, volvemos a lo que ya vimos en el cuadro 2.4. A nivel global y en conjunto, son razones de proximidad, de vecindad, de roces personales o entre familias, de relaciones sociales próximas y contradictorias, etc., las que llevan esencialmente a cometer delitos (agresiones, robos, injurias, violaciones, etc.), y no la pertenencia a una u otra comunidad religiosa o con ciertos rasgos culturales propios (lengua, en parte el vestido, por ejemplo).
CUADRO 2.10
Moriscos y cristianos. Estructura de la delincuencia comparada (delitos de Valldigna, 1557-1609) (cifras absolutas y porcentajes)

Si se compara la estructura de los delitos cometidos por moriscos y cristianos a partir del cuadro 2.10, la primera impresión es la de una cierta similitud general. Moriscos y cristianos cometerían aproximadamente el mismo tipo de delitos que hemos recogido en el modelo de vaciado general utilizado, así como en semejante proporción. Es decir, importancia sobresaliente de los delitos violentos, seguidos por los realizados contra la propiedad y orden público, y finalmente, en menor grado, cierta igualación porcentual de los delitos de índole sexual y de las injurias. Sin embargo, cuando profundizamos más en los resultados, se aprecian algunas matizaciones colaterales, que posiblemente no carecen de sentido. En principio, existe un parecido prácticamente total en dos grupos generales, en el de las injurias/calumnias y en los delitos de índole sexual. La mayor diferencia, de casi nueve puntos porcentuales, la encontramos en los delitos violentos; los cristianos mostrarían un sesgo más violento en sus comportamientos y cometerían proporcionalmente más delitos en este ámbito, lo que se muestra especialmente en las peleas («bregues», «questions»), en las pedradas, escopetadas o lanzamientos, y sobre todo en las amenazas, pero no en los porcentajes de heridas y muertes. De este modo mostrarían una actitud más arrogante y más desafiante que los moriscos en los delitos violentos leves, mientras que estarían más igualados en los delitos más graves, como los homicidios y las lesiones. Por contra, y de manera igualmente significativa, los moriscos destacarían en el grupo de delitos contra la propiedad sobre los cristianos en siete puntos porcentuales; de manera particular la diferencia se circunscribe esencialmente a los hurtos/robos, donde aquella se concentra, y en menor medida en los fraudes. Sin duda ello podría estar relacionado con el distinto nivel socioeconómico de las dos comunidades en general y en el valle; los moriscos se caracterizan, a nivel masivo y de colectividad, por un estatus algo inferior en distintos parámetros conocidos y cuantificados (media de hanegadas de tierra por propietario, nivel de parcelación, dimensión de los patrimonios familiares, herencias, número de jornaleros, etc.)34 y, por tanto, con más necesidades y estrecheces, y sería más fácil encontrarlos apropiándose de propiedades ajenas, al menos en mayor proporción que el conjunto de los cristianos, en general de mejor condición económica media. En fin, aunque el volumen porcentual de delitos contra el orden público es semejante, al analizar los distintos delitos en particular observamos también diferencias significativas: los cristianos cometen más delitos contra la justicia, como el más común de la «resistencia», mientras que los moriscos aparecen resaltados entre los encausados por poseer armas prohibidas.
Si extrapoláramos prudentemente los resultados de la rica documentación valldignense, tendríamos que sacar la conclusión de una similitud básica y esencial entre la estructura de la criminalidad de los dos colectivos. A mayor abundamiento, el análisis de las diferencias observadas nos sugeriría una comunidad cristiana más segura de sí misma, más orgullosa de sus privilegios, más arrogante, que se permite mostrar con más contundencia su agresividad o un mayor nivel de violencia (peleas, amenazas) y que se resiste o desobedece más a la justicia. Por contra, la comunidad morisca sería consciente de su sometimiento o postergación como población vencida (y de sospechosa fidelidad, etc.) y diferente (religiosidad, lengua, cultura, etc.), controlaría o refrenaría más algunas de sus manifestaciones violentas, sería menos propensa a desobedecer a la justicia y cometería más delitos de armas prohibidas por sufrir una legislación más restrictiva en esta materia, pero su menor nivel de riqueza global la llevaría de forma lógica a ser más destacada como protagonista de robos y fraudes.
1 El 10,8 % en Neuchatel (siglo XVIII) (Ph. Henry: Crime, justice et societé…, p. 658); N. Castan indica cifras del 8,1 % en Grenoble, del 13,0 % en Toulouse y superiores en el norte de Francia y en medios urbanos (Les criminels de Languedoc…, p. 26). En la zona rural de los montes de Toledo, el 6,62 % (G. A. Rodríguez: Justicia y criminalidad…, p. 111). Cerca de Burdeos, el 13,9 % de las agresoras en delitos violentos y el 14,85 en delitos contra la propiedad (J. Ruff: Crime, Justice…, pp. 87 y ss.). Algo más bajas parecen algunas cifras de los procesos de las audiencias borbónicas en estadística general de los años ochenta del siglo XVIII, con una media general del 9,4 % (J. M. Palop: «Delitos y penas en la España del siglo XVIII», Estudis. Revista de Historia Moderna, 22, 1996, pp. 88-89). Igualmente, en la Castilla de finales de la Edad Media, J. M. Mendoza Garrido: «Sobre la delincuencia femenina en Castilla a finales de la Edad Media», en R. Córdoba (coord.): Mujer, Marginación y Violencia entre la Edad Media y los Tiempos Modernos, Córdoba, 2006, pp. 75-126.
2 Realidad objetiva que no siempre se muestra en la documentación del Maestre Racional, pues se suele anotar en esta al que pagaba por el delito de amancebamiento y prostitución, y que con mucha frecuencia era el varón exclusivamente.
3 Para la Valldigna de 1589 a 1609, 158 casos conocidos de un total de 412 varones (el 38,3 %); en la Valldigna del XVII, el 30,6 %, en Alzira, el 31,2 %, y en Valencia-R.A., el 9,8 %.
4 Sobre estas cuestiones, véase E. Ciscar: Vida diaria y mentalidades en el campo valenciano. La Valldigna, siglos XVI-XVIII, Valencia, 2000, pp. 185-195.
5 B. Garnot: «L’Historiographie de la criminalité pour la periode moderne», en Historie et criminalité. De l’antiquité au XX siecle. Nouvelles approches, Dijon, 1992, pp. 25-29.
6 En los procesos de Valldigna antes de la expulsión rara vez se menciona la profesión, obviamente la de labrador en su mayoría, y se expresa en cambio la condición de «nou cristia». Los datos conocidos suponen el 43,3, 55 y 64,4 % de los reos en Valldigna (siglo XVII), Alzira y Valencia, respectivamente.
7 Muy diversificado el espectro, destacan molineros, carniceros, panaderos, carpinteros, caldereros, sastres, sombrereros, algún tejedor o «velluter», etc., y notarios, «caps de guayta», taberneros, comerciantes, guardas, etc.
8 Los registros del MRson menos precisos, ofrecen pocos datos, no faltan contradicciones, etc. Tenemos la sospecha de que los escribanos tendían a consignar preferentemente las profesiones u orígenes geográficos que les llamaban más la atención, y no lo que era más habitual y común (ser labrador y oriundo de Xàtiva, por ejemplo). En ese sentido, en esta última ciudad predominan ampliamente los artesanos y el sector servicios sobre los agricultores y pastores (en torno al 25 %).
9 Así, varios del sector textil («12 velluters, 3 perayres, 2 teixidor de lli, 2 teixidor de llana, 4 torcedors de seda»), entre otras varias profesiones (carniceros, sastres, plateros, horneros, zapateros, albañiles, cerrajeros, herreros, «polvoriste», «tapiners», «asahonadors», etc.). Entre las profesiones del sector terciario, seis mercaderes, seis notarios, criados, escuderos, cocheros, verguetas, estudiantes, soldados, alguaciles, porteros, bailes, juristas, médicos, sacerdotes, comerciantes de pescado, etc.
10 E. Ciscar Pallares: «Cruz o firma en la práctica procesal (contribución a la medición de la alfabetización en el Reino de Valencia, siglos XVI-XVIII)», Estudis. Revista de Historia Moderna, 24, Valencia, 1998, pp. 37-62.
11 Computando todos los forasteros y extranjeros en los procesos penales (inculpados, testigos, oficiales, etc.), en la década posterior a la expulsión se incrementó muy fuertemente su presencia y permaneció alta hasta 1660-1669, respecto a épocas anteriores o posteriores (E. Ciscar: La Valldigna, siglos XVI y XVII …, pp. 286-287).
12 Los ejemplos serían muy abundantes, tanto los que se desprenden de la narración de hechos como de las propias afirmaciones. Así, Miguel Martínez, detenido en Valencia en 1566, dice que es de Aragón, pero que lleva más de veinte años en la ciudad y reino (RAcrim, c. 20, n.º 209). Antoni Bruno, «queixaler» de Sicilia, trabajaba como «moço de cavalls» en el palacio del Real (Valencia) (ibíd., n.º 474, año 1597). En Alzira, en 1571, un aragonés de Cariñena era guardia en Carcaixent (AMA, leg. 501, n.º 7); en 1628, uno de Requena (Castilla) era «habitador de Alzira» (ibíd., n.º 133), y en 1637 un francés que trabajaba ordinariamente en el molino está acusado de robo (ibíd., n.º 158), por ejemplo.
13 Alzira e inmediaciones, pero no Carcaixent, Algemesí, Guadassuar, etc. La ciudad de Valencia intramuros y zonas o partidas adyacentes (carrer Alboraya, carrer Morvedre, «junt al Real», el Grau, Arrancapinos, Cabañal o Soternes), pero no los lugares de la huerta (Ruzafa, Beniparrell, Aldaya, Patraix, Campanar, Orriols, etc.).
14 «La aparición de cualquier extranjero en la oscuridad era generalmente causa de llamar a alarma general» (M. Weisser: Crime and Punishment in Early Modern Europe, Londres, 1979, p. 57).
15 Exposición de motivos de la «Crida» de 6 de noviembre de 1603 (BMV 1634/105, n.º 45).
16 Volveremos sobre este tema en el capítulo VII, epígrafe 5.
17 Aquí, como en otros niveles, tanto si actúan conjuntamente contra un tercero, que suele ser lo habitual, como si se enfrentan entre sí (v. g., una pelea entre dos individuos).
18 En Valldigna priman el hostal, el molino, la cárcel, «en juhi», el hospital, el propio monasterio, pero también el «trapig» y varios casos en espacios abiertos como la era y el más ambiguo de corral. En Alzira, la cárcel, el hostal, el burdel y el «llavador», entre otros. En Valencia, prácticamente los mismos, pero con más incidencia en el mercado (y «botiga», «lonja Nova», etc.), horno, el «pùblich», la cárcel y hostal, o «en lo Real» o palacio del virrey. Mención aparte merecen los puertos, y en particular el Grau de Valencia, del que hablaremos en el capítulo IV.
19 Tomamos por referencia aquí los delitos cometidos y no los procesos. No siempre se precisa en los expedientes la fecha de comisión del delito (denuncias tardías, hechos antiguos, infracciones repetidas como los robos, etc.), y esta discrepa de la fecha de incoación del proceso.
20 Por ejemplo, en la Valldigna del siglo XVI, de junio a septiembre; durante el XVII, en agosto y septiembre. En Alzira, en junio y julio, y en Valencia, de julio a septiembre. Siguiendo con los pequeños matices, parece observarse una ligera disminución en los meses de otoño (octubre en Alzira y noviembre en Valencia), mientras que los meses de diciembre y enero parecen repuntar hasta niveles medios (¿fiestas de Navidad y principios de año?).
21 No se observa en la distribución mensual o semanal de los delitos una mayor o menor incidencia de un tipo de delitos sobre otros. Con pequeñas oscilaciones variables, debidas sin duda al azar, mantienen en general la estructura general de la delincuencia, aproximadamente.
22 F. Bayard: «Les crimes de sang en Lyonnais et Beaujolais aux XVIIe et XVIIIe siecles», en Historie et criminalité…, pp. 273-281.
23 M. R. Weisser: Crime and Punishment in Early Modern Europe, Bristol, 1982, pp. 47 y ss.
24 Aunque veremos ejemplos en los próximos capítulos, v. g. RAcrim, c. 45, n.º 449, año 1594.
25 Ibíd., c. 52, n.º 530, año 1605.
26 Ibíd., c. 35, n.º 344, año 1579.
27 Ibíd., c. 25, n.º 235, año 1568.
28 Ampliaremos las referencias a estos colectivos, como grupos «peligrosos», en el capítulo VII.
29 M. R. Weisser: Crime and Punishment in Early…, pp. 5-6.
30 J. A. Sharpe: Crime in Early Modern England (1550-1750), Nueva York, 1984, pp. 94-120.
31 J- F. Brackett: Criminal Justice and Crime…, p. 133.
32 A. García-Pablos de Molina: Tratado de Criminología, Valencia, 2008, pp. 365-790; W. Hassemer y F. Muñoz Conde: Introducción a la Criminología, Valencia, 2001, pp. 41-170; V. Garrido, P. Stangeland y S. Redondo: Principios de Criminología, Valencia, 2001, pp. 163-230.
33 Abundancia de procesos del siglo XVI, en una misma zona, un mismo tribunal, frente a pocos datos, dispersos y aleatorios de otros registros procesales de la época.
34 Con carácter general, E. Ciscar: Moriscos, nobles y repobladores, Valencia, 1993, pp. 104-109. En Valldigna, la media de hanegadas de tierra es de 34,6 entre los propietarios cristianos y de 29,8 entre los moriscos, aunque en esta zona las diferencias globales no parecen excesivas, quizá por la incidencia de importantes familias de ricos mercaderes moriscos que hacen subir las medias (E. Ciscar: La Valldigna, siglos XVI y XVII…, pp. 156-157).
III. EL HONOR
Los delitos específicos contra el honor de las personas, básicamente injurias y calumnias, no suelen ser independientes en los estudios históricos sobre la criminalidad, probablemente por su escasa cuantía y por la posibilidad de confundirlos en cierto modo con la violencia. Sin embargo, todos los autores lo consideran un factor esencial para la comprensión de la litigiosidad en la Europa moderna (Ph. Henry, R. Muchembled, J. Ruff, J. Brackett, N. Castan, A. Rodríguez Sánchez, J. Hernández Ruano, etc.), razón por la que les prestamos una atención particular y autónoma.
Pocas palabras han generado tal cúmulo de reflexiones como el honor. La riqueza de matices, la versatilidad de su concepción, las relaciones con otros conceptos (virtud, limpieza de sangre, preeminencia, etc.) y su propia plasmación filológica (honor, honra, fama, «mas valer», etc.) han generado ríos de tinta. Lejos de cualquier planteamiento atemporal, el honor cambia, evoluciona o muestra facetas distintas según lo estudiemos en la Ilíada, en los discursos de Cicerón, entre los pueblos bárbaros, en la caballería medieval, en el teatro calderoniano…, o en pueblos actuales (Chipre, la Cabilia, la ciudad de Granada durante el siglo XX).1
Para la época de los Austrias, en general, el honor es «el valor de una persona a sus propios ojos, pero también a los ojos de la sociedad. Es la estimación de su propio valor y dignidad, su pretensión al orgullo, pero es también el reconocimiento de esa pretensión, su excelencia reconocida por la sociedad, su derecho al orgullo». Es el concepto e imagen que se tiene de sí mismo, o que se pretende tener, que forma parte de su yo, de su dignidad, del respeto que se tiene a sí mismo. Implica forma de ser, actitudes, comportamiento, etc. Pero, al mismo tiempo, esa imagen de sí exige consideración y aceptación externa, el reconocimiento por los demás; presupone, pues, la valoración por parte de la sociedad. El sentimiento del honor inspira «una conducta que es honorable, la conducta recibe el reconocimiento y establece reputación, y la reputación es finalmente santificada por la concesión de honores». Es decir, es honor «sentido», honor «pretendido» y honor «reconocido» (J. Pitt-Rivers).
En lo que ahora nos concierne, hay que remontarse a la consolidación del feudalismo en la Edad Media y al auge de la caballería y de sus ideales. Una nueva clase de nobles y caballeros, arropados en torno al rey, va cuajando a base de hazañas o hechos destacados y de lazos de sangre y familia, un código de conducta, unos ritos llenos de significado, posesiones y riquezas, privilegios y diferenciación del resto de la sociedad, etc., y al mismo tiempo, una ideología de grupo dominante. Cualquier vulneración de ese conjunto de valores implica una «vergüenza», una afrenta que hay que limpiar mediante la venganza y con sangre (de ahí, las «faide» germánicas, las «vendettas» italianas, etc.). Al final de la Edad Media ese honor nobiliario queda ya claramente definido como exclusivo de un grupo social reducido, como forma de «honor de clase», con conciencia de élite dominante y con su propio corolario (sentido de la jerarquía, criterios de protocolo, espíritu de solidaridad, rivalidades entre familias, formación de bandos, el recurso a la venganza, etc.). Pero toda esa ética caballeresca y nobiliaria, ese conjunto de ideales excelsos propios de la clase dominante, irradia en el conjunto de la sociedad; de alguna manera se derrama en cascada en el conjunto del cuerpo social. Todos, de alguna forma, más o menos tácitamente, conocen, admiran e intentan copiar, a su manera, y en la medida de sus posibilidades, ese mundo ideal y supremo de prestancia personal y honorabilidad, de prestigio y respetabilidad social. Los pobres, los humildes, los plebeyos, el conjunto de la sociedad en suma, tienen también un sentido del honor que tienen que hacer valer y defender frente a terceros, incluso con las armas si fuera necesario.
En ese sentido, en la sociedad española de los siglos XVI y XVII se nos muestra la nobleza (en transformación de nobleza guerrera a «élite de poder») como estamento privilegiado, como un conjunto de caracteres diferenciadores del resto de la sociedad (antecedentes familiares, apellidos, pureza de sangre, títulos, riquezas, privilegios, etc.) que constituye todo un «honor», con todos sus códigos y su ética de conducta y preeminencia. Pero también el pueblo llano, el conjunto de la sociedad, recibe y asume un «reflejo» de esa magnificencia superior y que suma a su propia conciencia o concepto de sí mismo, como cualquier persona humana. El pueblo, no privilegiado, el 95 % de la población aproximadamente, aunó a su imagen de respetabilidad personal la asunción (en mayor o menor grado) de los ideales de la clase dominante, admirada y envidiada e imitada en lo posible. El honor (sinónimo de la honra) se convirtió, pues, en un valor social fundamental. Amor propio y dignidad personal se confunden con honor. Si es vulnerado y humillado, se convierte en una «vergüenza» intolerable y debe ser reparada y lavada, y si es necesario, con sangre. Y con frecuencia de forma directa (el duelo o desafío, la venganza), porque el recurso «civilizado» a los tribunales de justicia aún no estaba suficientemente arraigado. Una de las formas de humillación más populares y corrientes (aunque puntual) fue la de poner en tela de juicio o ultrajar la honestidad de la mujer. Así lo reflejó el teatro del Barroco, más sensible al sentir popular en autores y obras clásicas, que apenas merecen ser recordadas (Lope de Vega, Tirso de Molina, Calderón de la Barca, Rojas Zorrilla). Los maridos calderonianos lavan con sangre los ultrajes a sus mujeres o hijas. Desde luego, hay un punto de exageración escénica, un recurso fácil, casi morboso, hacia los gustos del público que llenaba los corrales de comedias, pero en el fondo refleja valores sociales populares, profundos y extendidos. Pero, más allá de este recurso literario, el honor estará en la causa de un gran número de delitos de la época, en particular los violentos. La lectura de centenares de procesos penales sugiere rememorar en prosa vulgar y forense ese mismo mundo de ideas y valores.
Más en concreto, con la voz «injurias» en los cuadros de delincuencia (capítulo I) hemos incluido tanto las injurias propiamente dichas (insultos, difamación, gestos, etc.) como las calumnias, es decir, la atribución a terceros de determinados actos que de ser verdad supondrían la comisión de un delito (haber robado algo en concreto, falsedad en juicio, etc.). Estas últimas, muy inferiores en número, tienen un denominador común con las injurias: la ofensa a la honorabilidad, buen nombre, honra de las personas, a su propia consideración personal y a su respetabilidad social.
Como es obvio, la base del análisis documental son los procesos penales, pero con un criterio diferenciador e individualizado respecto a otros delitos conexos.2 De esta manera, las injurias se nos aparecen como un delito de escasa cuantía, relativamente menor. En la Valldigna suponen el 7 %, pero con una diferencia entre el siglo XVI (8,37 %) y el XVII (4,09 %). En Alzira alcanzan el 3,31 %. Aunque, dada su menor gravedad en relación con otros delitos, las injurias deberían ser muy raras en los procesos de la Real Audiencia, con todo alcanzan el 3,61 %. En los registros de delitos del Maestre Racional, el número de injurias es casi irrelevante: apenas llegan al 1 %, salvo en Alcoi (2,17 %).3
Si bien en la mayoría de procesos estudiados este delito es considerado como única infracción, en una cuarta parte, aproximadamente, de estos las injurias aparecen asociadas a otros delitos.4 De estos últimos, aunque no faltan casos sin relación o conexión aparente (v. g., injurias y fuga de cárcel), lo normal suele ser que vayan vinculadas a los delitos violentos como amenazas, coacciones, peleas y lesiones, o con el delito de daños. Lo que sugiere que, más allá de las estadísticas, probablemente el porcentaje de injurias debió de ser mayor si consideramos todas las variables en juego (las leves que no trascendieron judicialmente, las confundidas o diluidas en agresiones graves, los desacatos, etc.). Hubo desde luego una agresividad verbal considerable, muy difícil de evaluar cuantitativamente, aunque quedó muy minusvalorada o marginada ante la gravedad de la agresividad física, como veremos en el capítulo siguiente. En ese sentido, cuando se indica la causa, esta apunta a lo que fue común en las agresiones físicas: el odio («oy, rancor e mala voluntat»), la ira o el consabido «induhits per lo sperit maligne».
Las injurias se pueden realizar o proferir por hombres o por mujeres, individual o colectivamente, de forma unidireccional o con respuesta y cruce de insultos de todo tipo o nivel entre los presentes e implicados. Pueden acontecer en lugar privado o reservado (v. g., el interior de una casa), o en lugar público (la calle, la plaza, el horno, el molino, etc.), lo que le añade más gravedad por su trascendencia social. Pero quizá uno de sus rasgos más destacados es el mayor protagonismo que tienen las mujeres en este grupo delictivo. Si bien estas no llegan al 10 % del total de los delincuentes (cuadro 2.1), su número y participación aumentan considerablemente en este tipo de infracción, en proporción variable pero aproximándose al nivel o participación de los varones.5 Si la criminalidad general parece tener un sesgo preferentemente «masculino», en el caso de las injurias el peso de las mujeres es muy superior a la media general y los dos sexos casi se equilibran.6 La agresividad de las mujeres se manifiesta más abiertamente en las palabras y rara vez llega a la agresión física (¿por menor agresividad en general, por menor fuerza muscular, por menor acceso a las armas, etc.?), precisamente al contrario que los varones, como veremos al analizar la violencia.
En general, el medio utilizado es, obviamente, la palabra, la expresión oral, las «paraules injurioses», o «tractar mal de paraula». La excepción viene a ser la injuria por medio escrito, por papeles o libelos, lo que hasta cierto punto resulta algo sorprendente tratándose de un ambiente de tan generalizado analfabetismo. Así, en 1633 se colocaron dos papeles escritos debajo del «Om de la plaça» en Simat de Valldigna, en los que se decían muchas insolencias sobre «Mathias lo barber», de ciertos «desacatos» que había hecho «en les fadrines».7 En muchos pilares y esquinas de la plaza de San Mateo se encontraron en 1608 «pasquins o libells infamatoris», en los que se ridiculizaba al obispo de Ampurias y se insinuaban sus orígenes familiares espurios (¿moriscos, herejes?).8
Un supuesto ambiguo es la injuria por hechos materiales, que, además de daños o un cierto perjuicio patrimonial, implica humillación pública, difamación generalizada, manifestación ostentosa y recordatorio evidente de una crítica ambiental, etc. Se trata de ensuciar y pintar las fachadas de las casas (paredes o puertas) de la persona o familia a quien se quiere humillar. Es una gamberrada de mal gusto, cuyo momento idóneo de realización es la oscuridad de la noche y sus autores con frecuencia son los jóvenes y en días de fiesta y jolgorio. Cuando los perjudicados presentan una denuncia ante la justicia, quizá más que el daño material que se ha producido en su propiedad suele trascender la vergüenza pública por padecer tal afrenta y por estar en boca de toda la comunidad por semejante acción. Lo hemos visto repetidamente al estudiar la vida cotidiana en la Valldigna.9 Así, Miguel Paixer, morisco de Simat, acusa en 1561 a Antoni Serrano de haberle hecho «certes carabaces y pintures» en la puerta de su casa, lo que atribuye a cierta «mala voluntat», lo que acabará en una agresión. Al año siguiente se pregunta a Johan Cirrey, quien había hecho «les enramades y pintades de les portes de les cases de Miguel Flori del loch de Taverna y de Miguel Signell ab erbes verdes, pintant en aquelles moltes vellaqueries a modo de carabaces y a modo de ballestes y altres bodonnies»;10 otros testigos hablarán de «enrramades» y de «fadrins que costumen de fer cudolets11 y anar apredegant y pegant porrades ab espases per les portes». El fiscal dirá en 1580 que a Miguel Caysat «li penjaren espardenyes y altres enramades de front de la porta de aquell en gran infamia de dit clamant», como otros casos en 1578, 1589 o 1624, por ejemplo. En Alzira, en la «nit de Capdany» de 1582, el notario Pere Serrano encontró las puertas de su casa «fullades de merda»; sus pesquisas por identificar al responsable del daño y afrenta inquietaron al presunto autor, que le atacó e hirió.12 A pesar de la parquedad de los apuntes de los libros de justicia del Maestre Racional, encontramos algunos casos semejantes en Castellón de la Plana o Alcoi.13
Pero son las palabras, o si se quiere una sarta de ciertas palabras y frases en concreto, las que provocan normalmente las injurias. Algunos procesos son crípticos, renuentes a reproducir los términos exactos que se han pronunciado o la alusión es velada, como queriendo disimular una cuestión de evidente mal gusto. Se hablará, entonces, de palabras insultantes, de «paraules injurioses», «paraules malsonants», «se desavingueren de paraules», «vindre a rahons», «haver parlat malcriat», etc. Así, dos vecinas, esposas de dos labradores de Campanar, junto a los muros de Valencia, discutieron en 1571 sobre diversas cuestiones; una llegó a forcejear con otra, que estaba «preñada», pero la Real Audiencia solo destaca que se dijeron «algunes paraules injurioses».14 En Tavernes, en 1674, Nicolau Thomas se «desavingué de paraules» con Antonio López mientras jugaban a la pelota y el incidente acabó en una resistencia a la justicia y amenazas con escopeta. A veces se desconoce exactamente lo que se dice, pero se presupone grave: los moriscos Negral y Tanna discutieron por diferencias económicas y acabaron pegándose, lanzándose al suelo y diciéndose mil improperios en algarabía, «com sia costum e pratica entre los novament convertits dirse quantes vellaqueries saben al temps ques barallen» (Tavernes, 1570).15 Sin duda, eso no era exclusivo de los moriscos y, como ya hemos dicho, los insultos de todo tipo solían acompañar a los golpes y las agresiones físicas.
Sin embargo, otras veces los escribanos sí reproducen las palabras pronunciadas (o parte de ellas), sin duda como reflejo fiel de los hechos. Si entramos en ellas, vemos que dos tercios aproximadamente de los términos recogidos inciden en una misma cuestión: la honestidad de la mujer en materia sexual, con todos sus derivados colaterales. Y en ese sentido la palabra reina por antonomasia es la de «bagasa» o prostituta, acompañada de otras similares («puta», «puta provada», «bagassa, revenedora, cul de frares», «bruta sapasobrosa avalotadora de poble y bruxa», «alcavota», etc.). La referencia a los hombres incide casi siempre en «cabró» o «cornut», entre otros («puto», «bujarró», «rohin ome y cabró», «cap en lo cabró, fill de la bagassa», etc.). Son muchos los ejemplos que podríamos describir, pero nos limitaremos a unos pocos en varios planos de análisis. El principal tiene relación con la conducta sexual de la mujer en general, y en particular de la casada. Así, a Antonio Amat y su mujer les habían insultado públicamente en la calle («un cornudo y una puta y que le havian de cortar los cuernos y que eran unos ladrones») dos hermanas, que eran unas «mujeres libres y que públicamente tienen venal su cuerpo» (Valencia, 1619).16 En Alzira, Ana Talavera denunció a la mujer de Hieroni Ruvio porque le había llamado «puta, bagassa, mala dona e que havia conegut lo bordell y que era estat mare del bordell» y a su marido «cabró» (1594).17 El morisco Negret denunció a Catalina Maymona de Jarafuel porque anteayer, a la que «eixien de misa», trató a su mujer de «puta, bagassa, alcavota, dientli que hera venguda de Castella bagassa de xpians (¿cristianos?) y altres coses indecents» (1595).18 Maria Sennena es «dona de mala llengua y costums», borracha, alborotadora, que llama a las mujeres «putes», «bagasses y dones rohins», que sus casas son «bordells» y que «de ordinari parla mal de persones honrades, levantlos la honra y fama» (Simat, 1635).19
Semejantes comportamientos no solo desacreditan a las mujeres en general, sino que para el caso de las casadas representan una humillación pública para el marido, que se ve ridiculizado socialmente, traicionado por aquella de quien más fidelidad y lealtad podía esperar, puesta en duda su hombría, etc. De ahí el fácil recurso de llamar «cabró» o «cornut» al varón. En 1575, una mujer de Tavernes dijo de un vecino que «era un puto y no era home pera dar raho a sa esposada»; en 1590, la mujer de Joan Paella gritó en la plaza de Benifairó que la mujer de Geroni Dido había parido un «bort», que su marido era un «cornut», citando a quien entraba en su casa «a ferlo cornut»; dos años después, Antoni Minig gritaba al molinero «cabró, trau la dona que tens ahi», amenazándolo con una «espaseta desembaynada»; en 1607 un labrador de Xara desafió a otro con una «agulla espardenyera», gritándole «lladre, vellaco, puto y si era home que ixques».20 Y ese insulto no era una expresión más o menos chistosa u ocurrente. El marido «engañado», avergonzado públicamente, podía tener la «razonable» tentación de limpiar su honor matando a su mujer, supuestamente adúltera. Así, Ursula Torrella, mujer de un pescador, no solo se quejaba de que Bárbara Godos, esposa de un labrador, todos residentes en Valencia, la injuriase como mujer deshonesta («bagassa») por «oy, rancor e mala voluntat», sino que sobre todo temía la reacción violenta de su marido contra ella («grandissim perill de sa vida») (1562).21 Exageraciones aparte, ello no era una fantasía imposible, como veremos al analizar la violencia. En la misma línea, las hijas, jóvenes y casaderas, debían permanecer vírgenes antes del matrimonio y llevar una vida de recato y decencia. De lo contrario, peligraba su propia imagen y, lo que es peor, la de toda su familia. Una simple insinuación era de hecho un grave insulto. Así, se impuso una pena «per haver infamat la filla de…, dient que havia dormit ab aquella», en el Ontinyent de 1616. En Simat, la viuda Na Violant Fuster interpuso una «accusatio» contra Franses Blasco, un pretendiente de su virtuosa hija, a la que cortejaba, porque había empezado a hablar mal de ella por el pueblo, jactándose de haberle quitado la virginidad, que la havia «hagut carnalment» (1574); en el Benifairó de 1669, se acusó a Blay Ribelles porque había dicho públicamente que se había «honrat y chaltat» en dos ocasiones con la hija del denunciante, «que es muy honrada».22
Un caso particular es el de los monjes cistercienses del monasterio de la Valldigna. Habituados a una vida bastante «relajada», a incumplir en varios extremos la regla de San Benito, a vulnerar la estricta clausura monacal, etc., administraban directamente sus señoríos, salían con mucha frecuencia del convento y departían con los vasallos de sus pueblos inmediatos, sobre todo del contiguo Simat, y muy especialmente en horas de media mañana, cuando los hombres estaban en el campo y sus mujeres solas en casa. Ello creó un mal ambiente y una pésima imagen, que pesaba como una maldición sobre los suspicaces varones de la zona. Sin duda, hubo a lo largo del tiempo relaciones sexuales de monjes con campesinas, pero a nuestro parecer aisladas y excepcionales, pues de lo contrario se hubieran producido reacciones violentas y desbordadas. Pero importaba quizá más la «apariencia» que la realidad. Así, un insulto frecuente en el señorío fue el de «bort, fill de frare», y los simatenses tuvieron que soportar especialmente ser el hazmerreír y el objeto del chiste fácil de los alrededores: eran «la fábula de la comarca», como dijo un fraile visitador en 1666.23
Todos estos ejemplos son el contrapunto de una serie de valores fuertemente arraigados en la sociedad y que se consideraban básicos para la imagen pública y honra: la virginidad de la mujer antes de llegar al matrimonio, el recato y la modestia de las doncellas, la fidelidad de la esposa al marido, cuidando además de «parecerlo», la virilidad y respetabilidad sexual del hombre/marido. Valores que eran fundamento del honor y fama pública de las personas y de sus familias, y que si eran ofendidos o destruidos había que repararlos, ya sea mediante el matrimonio con la doncella, o con la muerte del ofensor en su caso.
Después de la honestidad sexual (de esposas, hombres, hijas, monjes), destacan numéricamente los ataques a la honestidad económica. Muchas veces se insulta, sobre todo a los varones, como «lladres», en público y en privado, y esa voz producía a la sazón profundo malestar y zozobra en quien la recibía. La honradez y seriedad en las relaciones económicas (decir verdad, cumplir la palabra dada, responder de las obligaciones, etc.) eran esenciales para dar seguridad y fiabilidad en el trato comercial. En una sociedad con porcentajes elevadísimos de analfabetismo, los tratos de todo tipo (compraventas, salarios, pequeños préstamos, etc.) se hacían «de paraula», sin constancia escrita, con frecuencia sin testigos (que en su caso podían ser dudosos), y además el pago se pactaba a plazos y condicionado (a la cosecha, a otra venta, etc.), sin duda por la escasez de liquidez y numerario; recurrir al notario era caro y solo se reservaba para algunas operaciones más relevantes. En estas circunstancias, la seriedad y el rigor en las relaciones comerciales eran fundamentales, pues de lo contrario se habría extendido la desconfianza y se habrían bloqueado y reducido las transacciones económicas.24 Por tanto, era grave socialmente que le llamasen a uno «lladre», lo que se producía no pocas veces. A la Real Audiencia llega una denuncia por un «clam criminal» interpuesto en Morella, porque en un conflicto económico uno «els hauria tractat de lladres y hauria tractat molt mal dient los molts opropis» (sic) (1619).25 Una discusión económica (reclamación de «redelme») acaba con «maltractes» de palabra, en los que se destaca «lladre» y casi agresión con una «aixadeta» (Vallada, 1669).26 La voz «lladre» sonó en la Valldigna muchas veces en las discusiones entre los agricultores (1565, 1588, 1593, 1607, 1611, 1670, etc.), a veces adornada y enriquecida («lladre vellaco», «lladre borracho lluterá» en 1596), pronunciada en algarabía y en valenciano, y a veces dirigida también a una mujer («lladria», 1593). A las palabras podrían acompañar determinados «gestos» con las manos o dedos, que normalmente no registran los procesos: Xuxa, mujer de Signell, trató mal de palabras a Miquel Moquebir, diciéndole «lladre y altres coses y li feu dos o tres signes» (Tavernes, 1596).27
«Vellaco», «gos» o «perro gos» (1589), «jueu» (1589), desde luego «borracho», etc., son otras expresiones que encontramos. También mentiroso, pero aquí se suele circunscribir casi siempre a mentir en juicio, al falso testimonio como testigo. En los procesos (civiles o penales) la prueba suele ser casi siempre exclusivamente testifical y de ahí la importancia de la presencia y veracidad de los testigos; entre los trámites procesales, la «tacha de testigos» se convierte en una fase decisiva (tratándoles de enemigos, gente con demérito, clientela de la contraparte, etc.), de igual manera que la crítica de las afirmaciones de contrario en los escritos de conclusiones de los pleitos. Una de las razones para explicar o justificar una sentencia desfavorable será la falsedad de los testigos que intervinieron, y de ahí van a surgir nuevos motivos de enfrentamiento. Así, los Badahuy de Tavernes presentaron en 1589 una querella contra varios vecinos (a los que tildaron de borrachos, viciosos, amancebados, huidos a Berbería, etc.), porque les acusaban de sobornar a los testigos e incitarlos a falsos testimonios; o por ejemplo en un tenso pleito sobre partición de herencia entre cuñada y hermano del causante, la dudosa traducción de una expresión en algarabía («xehet adzar») dio pie a una posible acusación de mentir en juicio o falso testimonio (1591).28
Cabe también «perdre lo respecte a un saserdot» (Alcoi, 1674; Tavernes, 1693), o decir que un notario hace «actes falsos» (Valldigna, 1587). En una sociedad no acostumbrada a la crítica política, poner en entredicho la gestión pública de una magistratura (jurados, justicia, consejeros, etc.) en un ámbito local (gastos, pleitos, etc.) acaba en enfrentamiento personal, ofensa al honor y denuncia ante los tribunales. Por ejemplo, en Albalat de la Ribera en 1666, en Alcalá de Xivert en 1630, en Simat en 1588, donde el morisco Martí Caparro «era vengut contra lo poble y en favor del señor» y que era un «home mascarat y de dos cares»; o cuando en Tavernes en 1589 el jurado Gaspar Tintorer detuvo y encerró en el «cep» ilegalmente a Geroni Ayet por las críticas a su gestión, cuando ambos formaban parte de dos «parcialitats» locales distintas y enfrentadas.29 Cualquier conversación baladí podía acabar en discusión agria, en insultos luego, e incluso en agresión. En una tarde de principios de agosto de 1662 hablaban en un banco de la plaza de Bexix, Domingo Delles, herrero de origen aragonés, y el notario Domingo Sorio; la conversación se centró en la «riquea» comparada entre los reinos de Aragón y Valencia; Sorio «en colera li digue a ell relant y testimoni que los aragonesos baixaven al pnt. regne com a porchs a que asi els matasen la fam»; Delles, molesto, le replicó y se insultaron mutua y gravemente. Como consecuencia de ello tuvieron un primer enfrentamiento puñal en mano y lanzándose piedras; Delles se fue y un cuarto de hora más tarde se volvieron a encontrar e insultar los dos y Sorio, que llevaba ahora un arma de fuego, le tiró una «escopetada».30
En fin, un conjunto de palabras y expresiones que humillaban a las personas y que probablemente no tenían nada de original, pues aludían a algunos valores esenciales de los individuos y comunes en distintas zonas, tan dispares y distantes como las cercanías de París o Navarra.31
La injuria ofende al honor y debe ser castigada. Pero tanto por sí mismo como por las posibles consecuencias que podría tener. Como ya dice un fuero de Jaime I, de esta nace el odio y la mala voluntad, y de ahí se llega a la agresión, lo que hay que prevenir: «Fem fur nou car per iniuries de paraules se seguexen e naxen odis e males voluntats e d’aquen nafres e morts e car perill qui pervenir son deia hom occorer…».32 Como leemos también en textos coetáneos, la gente pasaba demasiado rápidamente «de les paraules a les mans». Más en concreto, unas «crides» de principios del siglo XVIIdirán que «ninguna persona que vinga a paraules ab altra puixa llansar ma a la espasa ni tirar gavinet ni punyal…».33 De las injurias se pasaba demasiado frecuentemente a la violencia.
Principales localidades citadas

1 El tema del honor es una constante en casi toda la bibliografía sobre la España del Antiguo Régimen, en particular en el ámbito de la literatura, del pensamiento y de la estratificación social. Tras las obras clásicas de R. Menéndez Pidal y A. Castro, podemos recordar, por ejemplo, M Gautheron (ed.): El honor. Imagen de sí o don de sí: un ideal equívoco (Madrid, 1992, en particular, las colaboraciones de J. Pitt-Rivers, R. Muchembled y F. Billacois); J. A. Maravall: Poder, honor y élites en el siglo XVII (Madrid, 1979) y Estado moderno y mentalidad social. Siglos XV al XVII (Madrid, 1972); A. Domínguez Ortiz: La sociedad española en el siglo XVII (2 vols., Madrid, 1963-1964) y Los judeoconversos en España y América (Madrid, 1971); L. Stone: La crisis de la aristocracia, 1558-1641 (Madrid, 1976); J. G. Peristiany (coord.): El concepto del honor en la sociedad mediterránea (Barcelona, 1968, sobre todo, artículos de J. Pitt-Rivers y J. Caro Baroja); N. Salomon: Recherches sur le thème paysan dans la «comedia» au temps de Lope de Vega (Burdeos, 1965).
2 Así, la injuria aisladamente, o en concurso con una agresión (u otro delito), pero claramente independizada o señalada. Sin duda fueron más que las que inventariamos, porque algunas se confundieron con los hechos violentos, discrepaban los testigos, las leves no llegaron a los tribunales, etc. No computamos como calumnia las ofensas a las autoridades, las cuales serán analizadas en el grupo de orden público.
3 Aparte de las razones expuestas (levedad de algunos insultos, o confundidos en agresiones más graves, etc.), la práctica local de «composició y remissió» se compagina mal con las injurias, porque cuando trascienden a los tribunales suelen ser de tramitación compleja y dudosa (prueba testifical de las palabras, contradicciones, etc.) y acaban en procesos.
4 En proporción variable según bases documentales: en 13 de 61 casos en la Valldigna del siglo XVI; en 7 de 14 en el siglo XVII; en 6 de 8 delitos en Alzira, y en 3 de 9 en la Real Audiencia.
5 En 5 de los 9 procesos de la RA, en 3 de los 8 de Alzira, en 25 de los 61 de la Valldigna del siglo XVI y en 2 de los 14 de esta zona en el siglo XVII.
6 En la comarca de los montes de Toledo, las injurias son el delito más común entre las mujeres, y suponen casi la mitad de las detenidas y el 28,94 % de las causas (A. Rodríguez González: Justicia y criminalidad…, pp. 114-115).
7 ARV, Cl., c. 2.001, pr. de 3-V-1633. También en 1580 se colocaron «cartells difamatoris per les plases y cantons de dit lloch de Taverna e tota la vall» (ibíd., c. 2.186-87, pr. 26-VII-1580).
8 ARV, Cl., c. 2.308-09, pr. de 14-II-1608.
9 Me remito a E. Ciscar: Vida diaria y mentalidades en el campo valenciano. La Valldigna, siglos XVI-XVIII, Valencia, 2002, pp. 171-173, con las referencias documentales de los casos que se mencionan a continuación. Trabajo que analiza los comportamientos y la vida cotidiana en el citado ámbito, esenciales para encuadrar los delitos y al que aludiremos en varias ocasiones.
10 «Bodonnies», o badonia o badomia, es decir, necedad o tontería (Alcover).
11 Hablar con voz desfigurada y escondiéndose para declarar faltas cometidas por otros o para hacer burlas (Alcover).
12 AMA, leg. 501, n.º 21 y 88. También, I. Peris: La otra historia. Delincuencia, comportamientos y mentalidades en la jurisdicción de Alzira (1568-1588), Alzira, 1996, pp. 94-100.
13 En el Castellón de 1684 se multó a alguien por «indicis de haver posat certs almaguenades devant les portes de certes persones particulars…»; en 1693, uno había tirado «inmundicies de escrement fresch en la casa de…». En Alcoi, no sabemos con certeza si tenían carácter despectivo los «fer lo cantalet» («cudolets») (1607, 1632, 1638, etc.) y el desconocido «haver fet la madrina» (1617, 1622, 1624, 1657, 1668, etc.), multados por la justicia. Alguna vez surge la sanción por «fer cudolets» (burlas), semejante a «fer cantalets» (tirar piedras, etc.) (cap. VII, n.º 4).
14 RAcrim, c. 75, n.º 803. También, 1599, c. 48, n.º 483.
15 Respectivamente, ARV, Cl., c. 2.118, pr. 26-II-1674; y c. 2.033-34, pr. de abril de 1570.
16 RAcrim, c. 61, n.º 624.
17 AMA, leg. 501, n.º 65; otro caso, n.º 147 (1633).
18 AHN, Archivo de la Nobleza, leg. 812, n.º 4.
19 ARV, Cl., c. 2.202-03, pr. de 23-XI-1635; otros casos en pr. de 2-VI-1574; pr. de 10-VIII-1585; pr. de 11-III-1587; c. 2032, pr. de 23-XI-1635; c. 2.016-17, pr. de 14-VIII-1673.
20 Respectivamente, ARV, Cl., c. 2.186-87, pr. de 27-VI-1575; c. 2.173-74, pr. de 22-VI-1590; c. 2.196-97, pr. de 9-VIII-1592; c. 2.132-33, pr. de 22-X-1607.
21 RAcrim, c. 14, n.º 147.
22 ARV, Cl., c. 2.223, pr. de 29-XI-1574; y otros casos en c. 2.186-87, pr. de 26-VII-1580; c. 2.059, pr. de 13-IV-1590; c. 2.217, pr. 30-III-1669.
23 Hemos desarrollado este aspecto en E. Ciscar: Vida Diaria y Mentalidades…, pp. 100-106 («Fills de Frare»).
24 Ibíd., pp. 245-246.
25 RAcrim, c. 61, n.º 619 (1619); otro caso en c. 35, n.º 350 (1579).
26 ARV, Cl., c. 2.382, pr. de 25-II-1669.
27 ARV, Cl., c. 2.217, pr. de 17-VIII-1596.
28 ARV, Cl., c. 2.186-87, pr. de 11-IX-1589; c. 2.224-25, pr. de 12-III-1591; otros casos en c. 2.091-92, pr. de 28-IX-1592; c. 2.067, pr. de 26-II-1599.
29 Respectivamente, R. Frasquet: Vint Processos…, pp. 164-167; ARV, Cl., 2.260, pr. de 20-IV-1630; c. 2.057-58, pr. de 2-X-1588; c. 2.224-25, pr. de 18-VII-1589.
30 RAcrim, c. 70, n.º 744.
31 Así, en Gonesse, una localidad al norte de París, se proferían sus habitantes semejantes palabras en el siglo XVII (el hombre es sodomita, cornudo, etc.; la mujer es puta, maricona, zorra, etc.; más de una cuarta parte de los insultos aluden al ladrón o ladrona, estafador, maleante, etc.) (trabajo de F. Mayet, citado por R. Muchembled: Una historia de la violencia. Del final de la Edad Media a la actualidad, Madrid, 2010, p. 287). Palabras e insultos semejantes en Navarra (cornudo, amancebado, puta, bellaco, borracho, etc.) (J. Ruiz Astiz: «Los instrumentos del conflicto. Estudio de la violencia colectiva en la Navarra moderna», Estudis. Revista de Historia Moderna, 38, Valencia, 2012, pp. 172-181; La fuerza de la palabra escrita: amenazas e injurias en la Navarra del Antiguo Régimen, Pamplona, 2012).
32 Citado por F. Roca: El Justicia de Valencia…, pp. 255-256, n. 33.
33 «Crides» sobre materias de orden público, Libros de Justicia de Valldigna, años 1612, 1618, 1619 y 1622 (ARV, Cl., c. 2.060, anotación de 9-I-1612, por ejemplo).
IV. LA VIOLENCIA
4.1 LOS NIVELES DE LA VIOLENCIA
Hay una primera agresividad, la de las palabras y derivados (verbal violence) (capítulo III), que puede continuarse con la agresión física y corporal, con la violencia propiamente dicha.1 Como ya estudiamos en el capítulo I, los delitos violentos, o contra la integridad física de las personas, se moverían, en síntesis, en una horquilla entre el 35 y el 45 % en medios rurales, y entre el 30 y el 35 % en ámbitos urbanos, diferencia que vendría dada no tanto porque hubiésemos observado documentalmente una mayor incidencia de estos en unas zonas respecto a otras, sino por la repercusión porcentual de la mayor presencia de ciertos delitos en las ciudades (prostitución, amancebamiento, juegos o armas prohibidas). En los procesos penales de Valldigna, que consideramos más representativos, la cifra global de 1557 a 1704 es del 40,56 %, porcentaje que es algo superior en los de la Real Audiencia/Valencia y de Alzira, por las razones que ya expusimos. Los registros del Maestre Racional no son tan fidedignos, pero Alcoi (38,62 %) y Ontinyent (31,98 %) dan cifras coherentes con lo que hemos venido razonando.
Ese conjunto de delitos tan abundante y numeroso, que se acerca a la mitad de la totalidad, se encuentra reflejado en los fueros. Con lenguaje propio del siglo XIII mayoritariamente, y en sus manifestaciones entonces más frecuentes, se describen los tipos penales y sus variantes, tanto en lesiones (ataques a oficiales, malos tratos a la mujer, entre parientes) como en homicidios (simple muerte, asesinato, muerte de la esposa, de un hijo, de un siervo, muerte en riña, etc.), con sus circunstancias concurrentes («effusió de sang», nocturnidad, el arma empleada, dentro o fuera de la ciudad, en día festivo, en lugar sagrado, etc.), las excepciones o eximentes y, desde luego, con la pena atribuida, siguiendo una técnica jurídica pendiente de la descripción de una amplia casuística.2
Por contra, nosotros hemos preferido una solución más sociológica y atenta a la realidad documental estudiada, clasificando las distintas situaciones encontradas sobre la base de razones obvias de concepto esencial, intensidad y gravedad. En este sentido, hemos distinguido cinco supuestos o niveles de violencia, que guardan cierta autonomía entre sí y que reflejan un clima «in crescendo» de agresividad y de consecuencias nocivas. Su deslinde no siempre es fácil, caben casos dudosos, pero permite una mejor aproximación a la realidad, al mismo tiempo que la concurrencia de muchos ejemplos diluye el posible efecto distorsionador.
En su nivel más elemental situamos las amenazas y las coacciones. Aquí la agresión es fundamentalmente verbal, como las injurias, pero las palabras tienen o contienen un componente de potencial agresión física, próxima y real, que hace muy posible la acometida y crea miedo auténtico en la víctima. Es el contexto, son las circunstancias, los antecedentes, etc., y las propias palabras las que configuran el concepto de amenaza. Se amenaza de muerte a la víctima, que se siente en peligro y tiene que huir o pasa un momento de peligro. Muchas veces estas expresiones vienen acompañadas de la presencia y despliegue de armas ofensivas, incluso muy dañinas (escopetas, además de espadas y puñales), y obligan al individuo a obedecer, a escapar o a proceder según quiera el agresor. Normalmente no hay contacto físico, pero este se suele ver como inminente o altamente probable, limitando su libertad y causándole gran zozobra. Como vimos en los cuadros de referencia en el capítulo I son pocas en número (del 2 al 4 %, en general), pero suponen ya un principio de peligro evidente de potencial violencia física.
Más gravedad tienen los llamados lanzamientos, es decir, la acción de lanzar, tirar o arrojar objetos peligrosos, susceptibles de producir incluso lesiones graves o la muerte, pero que por las razones que fuera (falta de acierto o puntería, fallo en el arma de fuego, etc.) no llegaron a consumarse, no tuvieron efecto alguno. Son los lanzamientos de piedras, de flechas desde ballestas y sobre todo de las «escopetades». Sus consecuencias potenciales eran elevadas, podía peligrar la vida de la persona a la que iban dirigidas; muchos individuos murieron a causa de fuertes «pedrades al cap» y desde luego por tiros de escopeta, pero en los casos de simples lanzamientos no llegó a consumarse la lesión física. Su número en general no es abundante. Es casi insignificante en el siglo XVI (en torno al 1 %), pero aumenta considerablemente en el Seiscientos, cuando se generalizan las armas de fuego y las «escopetades»; estas, si no se identifican como un acto de caza, se convierten en un peligroso y temido sonido de fondo (sobre todo en el ámbito urbano y de noche), y su número alcanza entre el 4 y el 5 % en la Valldigna y Alzira. Podríamos relatar casos de «pedrades»; más raros son los tiros de ballesta, especialmente circunscritos a la primera mitad del Quinientos, pero son las «escopetades», muy frecuentes ya en el siglo XVII, el ejemplo clásico de este tipo de agresión (v. g. en Valldigna durante el siglo XVII: 1618, 1619, 1623, 1630, 1632, 1659, 1666, 1682, etc.; o Alzira, 1575, 1622 o 1693).
Un salto cualitativo hay en lo que hemos llamado peleas, pero que en la documentación tienen nombres mucho más expresivos: «questió», «brega», «pendencia», «desafiu», etc., o de forma más concreta «galtada», «bufet», «bosinades», «bastonades», etc. Se trata de situaciones de fuerte enfrentamiento y encontronazo personal en las que, además de palabras e insultos («paraules injurioses»), que se concretan o no en los documentos, dos o más personas se zarandean, se empujan, se golpean e incluso acaban «abraçats» en plena contienda; se puede llegar a sacar un arma (v. g., el puñal o la espada, que se llevan al cinto), oír el blandir y cruce de los aceros en la calle, etc., hasta que acuden otras personas a «despartirlos», a separarlos, a calmarlos y evitar que la situación evolucione a peor. Aunque no siempre se produce, lo normal es que haya contacto personal, roce corporal y unos u otros se propinen ciertos golpes. Sin embargo, estos por fortuna son de escasa o regular trascendencia (algún moratón, cierta «blanura» o rojez, etc.), no llegan a producir propiamente herida, los documentos no hablan de derramamiento de sangre (o muy tangencial), no se menciona la necesitad de descanso, recuperación ni hay intervención o asistencia médica. Pero, desde luego, supone una importante tensión entre personas, indica ya una clara «diferencia» y existe el peligro de que el incidente pueda tener ulteriores consecuencias. Por tanto, se insta ya a los contendientes a firmar una «pau y tregua» a fin de evitar la repetición con consecuencias más graves. Su número empieza a ser más relevante: el 6,35 % de los delitos en Valldigna, el 10,78 % en la jurisdicción de Alzira, con incidencias diferentes en las dos centurias,3 pero menor en los registros de la Real Audiencia y Valencia (4,01 %), sin duda porque en este tribunal superior se tiende a asumir los casos más graves (homicidios y lesiones).
Pero, a poco que el enfrentamiento y choque personal o la agresión hayan sido más intensos, prolongados y apasionados, el resultado normal van a ser las lesiones, las consabidas «nafres». Aquí los procesos relatan siempre la «gran effusio de sang» como signo característico, así como la intervención al menos del «cirurgiá», quien certifica el número, tipo y lugar de las heridas en el cuerpo, evalúa en su caso su peligrosidad y aplica los primeros cuidados médicos hasta la «desospitació». En alguna ocasión hemos considerado lesiones algunas pocas agresiones físicas de consideración, en las que, si bien no se menciona el derramamiento de sangre, o este no es llamativo, dejan al individuo sumamente lastimado (cara «unflada» de bofetones, espalda muy enrojecida y golpeada, postrado en el suelo por el dolor) o en lugar peligroso (fuerte golpe craneal con piedra o palo). Obviamente, constituyen el delito más numeroso dentro de los violentos e incluso en el conjunto de la clasificación general de los delitos, situándose en torno al 20 % del total.4
En fin, todas las «morts» las hemos catalogado como homicidios, que como delito más grave representan ya un porcentaje menor que las lesiones: el 7,47 % en Valldigna (1557-1704), el 12,86 % en Alzira y sube en Valencia-Real Audiencia al 18,87 %.5 Su número parece incrementarse en el siglo XVII respecto al periodo anterior,6 lo que sin duda está relacionado con una mayor difusión de las armas de fuego, de mayor potencia mortífera y facilidad de uso, como veremos más adelante. A este fatal resultado se llega por diversos caminos. Algunas lesiones son muy graves, o sencillamente evolucionan mal, y el expediente que empezó por tal, incluso con declaración consciente de la víctima ante la justicia, acaban con su fallecimiento, y el delito que se persigue entonces es de «mort» u homicidio. Son abundantes las muertes que proceden de lesiones producidas en riñas, incluso a veces tumultuarias. No faltan ejemplos de defunción por simple accidente no intencionado (con escopeta de caza). Otras veces, el agresor ha agotado todas las posibilidades y los medios para que su acción criminal acabe necesaria e indefectiblemente en la muerte de la víctima (con alevosía, emboscada, ensañamiento, v. g.), ya sea porque un odio apasionado le impulsa a perpetrar su crimen y materializar su venganza, o porque actúa a sueldo de terceros y cumple diligentemente con su encargo, o porque se aprovecha de la debilidad e inocencia de la víctima (la mujer respecto del marido, el infanticidio). Dentro de las dificultades para evaluar todos los detalles e intenciones en los expedientes penales, se puede afirmar que casi una mitad aproximadamente de las muertes son propiamente asesinatos.7
Se suele considerar la ratio de muertes por cien mil habitantes y año como el indicador general del grado de violencia de una sociedad y su evolución. Se ha constatado que en la Europa occidental de principios de la Edad Moderna eran usuales unas veinte muertes por año, que en algunos casos podían llegar a cifras muy superiores, en torno a cincuenta o sesenta (J. Ruff). A lo largo del siglo XVII se aprecia un brusco descenso: en torno al 10 por cien mil (R. Muchembled), o en el caso concreto de Madrid del 12,2 al 16 (A. Alloza). Desde entonces dicho indicador iría bajando hasta los momentos actuales, de dos o ninguna muerte por cada cien mil habitantes y año.8 Nuestras bases estadísticas no permiten efectuar tal evaluación fuera de toda duda, sobre todo al carecer del número total de fallecimientos no naturales por año. Sin embargo, si intentamos obtener por extrapolación un indicador aproximado en Valldigna, donde nuestra información de la delincuencia se acerca mucho a la totalidad de la realmente producida, las cifras resultantes son elevadas pero no aberrantes, y se acercan a los parámetros aludidos: en las décadas anteriores a la expulsión se situarían en una ratio de 36,5 muertos/año, que incluso subiría a 40 en el siglo XVII.9 Cifras elevadas que hay que tomar con prudencia, pero que se aproximan a los 30 del marquesado de Llombay en este último siglo.10 Sin duda no fueron una excepción, sino más bien un hecho generalizado, que prueba la gravedad e importancia de la violencia.
Sin embargo, conviene no dramatizar la situación. Hablamos siempre de la delincuencia, y entre ella de la violenta, como de la «anormalidad». En términos relativos, aquella podía ser excesiva en sí misma y por comparación a otra época, pero en el ámbito local y en la vida diaria solo suponía, por ejemplo, 5,3 delitos violentos de media por año (amenazas, peleas, lesiones, etc.) en tres pueblos y varias aldeas de la Valldigna morisca (que llegó a más de 600 casas habitadas), o de 1,8 delitos violentos en el siglo XVII (en torno a 400 casas a finales de siglo). Estos hechos llamativos y perseguibles formaban parte de una realidad integrada y asumida dentro de lo excepcional en la normalidad de la vida cotidiana; esta se desarrollaba con las pautas que eran habituales en un momento histórico, en el que, a pesar de todo, lo ordinario eran las relaciones pacíficas, la convivencia más o menos forzada o espontánea y la superación de las pequeñas diferencias corrientes. Además, en el Antiguo Régimen hubo siempre una cierta benevolencia, alguna comprensión o menor reprobación con la violencia, que solía considerarse una manifestación de hombría, de defensa de la personalidad o del propio yo, una «perdonable» debilidad humana, etc., frente al desprestigio social que suponía, por ejemplo, el robo (Ph. Henry, T. A. Mantecón). A mayor abundamiento, era en este importante grupo delictivo donde tenía su mayor expresión el principio acusatorio que regía en general en el derecho penal foral (inquisición solo a instancia de parte, previa acusación, y no actuación de oficio), hasta su crisis y derogación parcial en las Cortes de 1626.11
4.2 CARACTERÍSTICAS GENERALES
En principio, los rasgos generales que estudiamos en el capítulo II sobre la delincuencia en su conjunto no difieren sustancialmente de los atribuibles a los delitos violentos en concreto, pues estos suponen casi la mitad del total. Sin embargo, no es ocioso recordarlos brevemente, aunque la base empírica disponible disminuye.
Así, la participación de las mujeres en los delitos violentos es casi insignificante. En Valldigna, el 2,4 % (7 casos de mujeres sobre 281 delitos) en 1557-1609, y ningún ejemplo para el siglo XVII; otros dos en Alzira, el 1,6 % (entre 119 delitos) y 3 en Valencia-Real Audiencia, el 2,7 % (entre 109 delitos). Cifras casi simbólicas en la violencia física, mientras que veíamos que ascendía en las injurias (violencia verbal) (capítulo III). Además, utilizan medios «blandos» para las agresiones,12 los enfrentamientos suelen ser entre mujeres y no con hombres, aunque como víctimas su participación es mayor: triplica el porcentaje antes citado (hasta el 5 o el 6 %); aun así es muy minoritaria. Además, en más de una tercera parte de los casos se trata de violencia familiar, sobre todo de agresiones de los maridos a sus mujeres (lesiones o muertes), entre otros (discusiones o insultos, celos, etc.).
Por tanto, la violencia es un asunto «de hombres» y «entre hombres». Y son varones de todas las edades los que agreden a sus semejantes: adultos y sensatos padres de familia, vecinos con una edad ya avanzada para la época, jóvenes solteros e incluso a veces adolescentes revoltosos. Pero el grupo de edad que más reiteradamente destaca en el análisis de este tipo de delincuencia son los «fadrins», jóvenes, mayoritariamente entre 16 y 17 y hasta 25 años. A pesar de la oscuridad de las fuentes en este aspecto, se observa su presencia en los hechos violentos investigados en al menos una cuarta parte aproximadamente de los expedientes. Dado que suelen actuar en grupo o en bandos, el número de delincuentes jóvenes sería bastante superior a la media de la generalidad de delitos, lo que queda reflejado en el cuadro 2.2 (en torno al 40 % o más los menores de 25 años, algo menos en los procesos de la Real Audiencia). Por tanto, siguen los parámetros estudiados en Artois, cerca de Burdeos, en Cataluña, en Madrid, en los montes de Toledo, etc.13 Son los autores de las «enramades», de los bailes, fiestas y «musicas»; los que salen a beber y comer hasta la saciedad; los que gozan saliendo por las noches después de cenar; los que valoran la amistad y el espíritu de grupo o «pandilla»; los que están en ciernes de hacerse adultos, aprenden y practican los valores socialmente establecidos; los que, orgullosos de su hombría, están dispuestos a todo para defenderla y acreditarla; los que sufren todas las pulsiones hormonales de su contenida sexualidad y rivalizan por las jóvenes solteras, etc.
Las amenazas, riñas y agresiones de unos con otros suelen acontecer normalmente entre vecinos, conocidos de una misma localidad o barrio, o al menos no muy alejados. La proximidad, el roce, la convivencia, etc., pueden producir la simpatía, el acercamiento o la amistad, que no dejan huellas en los procesos penales. Pero también un conjunto de conflictos de intereses, caracteres, suspicacias o circunstancias que desembocan en agresiones de todo tipo (epígrafe 4). Es en el roce y en la vida cotidiana donde surge el enfrentamiento y por tanto la violencia, que se plasma mayoritariamente entre conocidos y próximos. Y en ello la presencia de forasteros no arraigados en la localidad suele ser minoritaria (cuadro 2.4). Cómo máximo, los forasteros residentes habituales pueden sufrir alguna burla o agresión cargada de xenofobia o clasismo (franceses en la Ribera, los movimientos migratorios después de 1609),14 o un cierto desprecio o displicencia a los moriscos donde son minoritarios (v. g. Alzira).15
Tal como vimos al estudiar la generalidad de los delitos, los que atentan contra la integridad física de las personas se producen sobre todo en el casco urbano y menos en el campo o caminos rurales, es decir, donde la sociabilidad es mayor. Sin embargo, la diferencia es menor en este caso, probablemente porque otro grupo de delitos (v. g., los robos) se producen sobre todo en los cascos habitados y por la mayor incidencia de conflictos específicamente rurales (peleas por el riego, por daños en las cosechas, accidentes de caza, etc.). Dentro del ámbito urbano, el predominio de la calle o la plaza sobre los espacios cerrados (sobre todo la casa) es igualmente superior, pues la vías públicas son los lugares idóneos para las peleas, las discusiones, las juergas, los desafíos, etc.16 En ello coinciden varios autores (N. Castan, R. Muchembled, J. Ruff, Ph. Henry), que también han insistido en la importancia de las tabernas o lugares semejantes como focos de tensiones y enfrentamientos.17 En cambio, nuestras fuentes indican que son muy pocos los delitos violentos producidos en el «interior» de los «hostales», sobre todo si los comparamos con los acontecidos en los espacios abiertos. A nuestro modo de ver, son lugares públicos que inhiben las agresiones o enseguida acude gente a «despartir» a los contendientes y calmar la situación; es más bien al salir a la calle cuando los agraviados se sienten más libres y menos cohibidos, dan rienda suelta a sus pulsiones y despliegan sus desafíos. Y con un denominador bastante común, dentro de la limitación de la información: han bebido en la taberna (sobre todo vino) y a veces están muy «borrachos». Este es un insulto corriente y a veces se justifican con ello las agresiones. Porque en el descanso, en las fiestas, por las noches, dentro o fuera de las tabernas, se bebe e incluso se bebe con generosidad, y aunque ello no es motivo directo para producir violencia, sí disminuye el autocontrol y se manifiestan más libremente todo tipo de sentimientos.18
Ante el predominio de los espacios abiertos, la casa recoge menos enfrentamientos, en gran parte circunscritos a la violencia intrafamiliar o a la intromisión o discusión con algún vecino desbordado. Y donde los hay, los «puertos de mar» son zonas de alta conflictividad personal y multitud de «questions», «nafres» e incluso «morts», tal como hemos podido comprobar en el puerto de Valencia. Estos lugares y sus alrededores tienen todos los ingredientes para convertirse en focos de abundante violencia: numerosa concentración de gente diferente de variada ocupación (marineros, pescadores, soldados, transportistas, carreteros, comerciantes, artesanos del sector naval, etc., además de los labradores de las cercanías) e incluso de orígenes y lenguas distintas; gran movimiento de mercancías y tráfico mercantil, lugar de cobros y pagos, con la consiguiente colisión de intereses; necesidad de que la marinería o los carreteros descansen, se relajen, recuperen fuerzas, sacien su sed con abundante vino en los «hostales», visiten los burdeles, etc. Los oficiales del justicia criminal de Valencia tuvieron que hacer muchos desplazamientos a la «Vilanova del Grau» para enjuiciar la gran cantidad de riñas y lesiones y no pocos homicidios y robos que allí se producían, ofreciendo el mayor índice de delincuencia grave de toda la Huerta.19
El cuadro 4.1 recoge la distribución mensual de los delitos violentos, que muestra un gran paralelismo con el cuadro 2.7, relativo a la generalidad de los delitos. Si atendemos a las cifras totales, observamos una cierta continuidad y estabilidad general; la violencia se muestra a lo largo de todo el año, y no hay meses exentos o de especialísima concentración de este tipo de delincuencia, con ligeras oscilaciones al alza o a la baja de la media aritmética mensual. Todo el año, cualquier mes, es susceptible de tener o padecer un acto violento. Sin embargo, resulta evidente una mayor densidad en los meses centrales del año, sobre todo de junio a septiembre, cuando de forma reiterada se supera ampliamente la media, y muy particularmente en agosto, como apunta J. Ruff para las cercanías de Burdeos en el siglo XVIII. Además, esta interpretación general se cumple de igual manera en todas las zonas observadas, aunque en Alzira se produce un poco antes (de mayo a julio) (similar al Artois francés, o alrededor de Lyon), además del dato un tanto errático de marzo en la Valldigna morisca de 1504 a 1609. Este resultado no puede sorprender, y en cierto modo ha sido también observado para otras áreas geográficas, aunque con matices.20 En los meses estivales los días son más largos, se vive más fuera de casa, el calor diurno se ve atemperado con la brisa nocturna, con lo que se trasnocha más (tabernas, juegos, bailes, «musicas», etc.). En una agricultura de policultivo hay trabajo todo el año y cuando este disminuye o se tiene tiempo libre, el campesino se dedica más a labores artesanales o complementarias (seda, lino, acudir al mercado, etc.). No obstante lo anterior, desde junio hasta octubre se intensifican las labores agrícolas: la siega de los cereales, riego de las hortalizas y su cosecha, recogida de las uvas, cosechas de algunos árboles frutales (higueras, almendros, etc.), la siega del arroz, cercanía de la recolección del maíz y luego la aceituna, v. g. Si quizá haya una cierta continuidad en la actividad artesanal y comercial en general en el ámbito urbano, para el campesino son meses de más trabajo y de una cierta tensión y preocupación: vencimiento de muchos plazos de pagos o deudas en San Juan, en junio, necesidad de regar en plena sequía, asegurar los frutos cultivados y que no los roben (sobre todo de noche), llevar a cabo la recogida final del trabajo realizado durante mucho tiempo, etc.21 En fin, factores que aumentan la sociabilidad y la tensión psicológica y que pueden desembocar en fricciones y conflictos con los vecinos (gráfico 4.1).
En ese sentido, pues, tampoco hay ninguna novedad sobre qué días de la semana son más propicios para la comisión de delitos violentos (cuadro 2.8): casi la mitad de los delitos violentos se cometen en los domingos y festivos (más ocio, taberna, fiesta, comunicación con allegados, etc.), como en Languedoc, cerca de Burdeos, en Neuchatel o Toledo, mientras que el resto se reparten entre los seis días restantes de la semana.22 De igual manera, más del 40 % de las agresiones, peleas, homicidios, etc., se suelen concentrar desde el atardecer (seis o siete de la tarde) hasta la hora de la «queda» aproximadamente (hacia las nueve o diez de la noche), y supera la mitad del total si incluimos las horas de noche cerrada, sobre todo en las ciudades, repartiéndose el resto entre las horas de la mañana y la tarde.23 Otra vez, los hábitos de vida cotidiana marcan una mayor sociabilidad (relación con los demás, las tertulias o «velar» después de cenar, el asueto en las tabernas, la oportunidad de celebrar los jóvenes sus cantos y reuniones, etc.), además del anonimato o impunidad que permite la oscuridad de la noche, en unos pueblos sin ningún tipo de alumbrado o muy escaso, parcial o localizado en las ciudades, pendientes de la variable «claridad» que permita la luz de la luna, solo contrarrestado en parte por las rondas nocturnas (o la exigencia excepcional de alumbrarse con antorchas). Son situaciones que por sí mismo no generan violencia, pero que facilitan su manifestación.
CUADRO 4.1
Distribución mensual de los delitos violentos

GRÁFICO 4.1
Distribución mensual de los delitos violentos (cuadro 4.1)

4.3 LOS INSTRUMENTOS DE LA VIOLENCIA: LAS HERIDAS
Todo vale para agredir a otro, especialmente en momentos de rabia, ofuscación e ira. Cabe pensar en las armas, pero también en otros medios u objetos que no podemos tildar de tales. A partir de la información obtenida de los procesos penales, hemos construido un cuadro para cada una de las zonas estudiadas (cuadros 4.2 a 4.4), en el que sintetizamos los datos más relevantes para conocer con más precisión los instrumentos de la violencia y su evolución.24
La forma más elemental y simple de dañar a otro es con las propias manos. Es la clásica reacción en las «questions», en las peleas: golpes, empujones, puñetazos, «galtades», etc. Los contendientes se lanzan uno contra otro y están «abraçats», como tantas veces dice la documentación. Si no llevan armas, el incidente es de tono menor, y suele durar hasta que los presentes (o cercanos) van a «despartirlos». Vienen a suponer en torno al 10 % de las agresiones, algo menos en los procesos de Valencia-Real Audiencia, quizá por su tendencia a conocer los asuntos más graves. Hay una intención mayor de «damnificar» al otro cuando se buscan piedras para golpearle. No es un detalle baladí: una piedra, de cierto tamaño al menos, lanzada con la fuerza muscular de quien habitualmente se dedica a trabajos físicos y dirigida con frecuencia a la cabeza, puede provocar lesiones muy graves, incluso muertes, como veremos más adelante.25 Y las piedras abundan por las calles de los pueblos y en los campos, quizá menos en las ciudades. En ese sentido, las cifras obtenidas muestran una gradación campo-ciudad que no es despreciable: un 13,6 % de las agresiones en Valldigna se realizan con piedras, mientras que son un 7,7 % en Alzira y un 3,7 % en Valencia. No tan a mano están los palos, maderas, garrotes, varas, bastones, etc., pero se usan en bastantes ocasiones. Había que buscarlos a propósito o los individuos los llevarían circunstancialmente. Las fuentes no los describen especialmente, pero se usan en un 6 a un 8 % de los casos. Son las clásicas «bastonades», expresión con la que a veces se califica o define un proceso. Aunque suele dirigirse la agresión a la cabeza o espalda, no suelen producir lesiones, o estas no son graves, salvo que la fuerza, contundencia y repetición de los golpes dejen auténticamente lastimada a la víctima. Estos tres grupos sumados no llegan al 25 % de las agresiones, bastante por debajo de lo registrado en Burdeos, por ejemplo.26
Con los puñales (y similares, como daga, «ganivet», etc.) y espadas se da un salto cualitativo y hablamos ya de armas, con una mayor capacidad de provocar daño físico ajeno. Ambos representan entre el 40 y casi el 60 % de los instrumentos de agresión citados en los procesos en todo el periodo. Hay diferencias según zonas, tanto en su porcentaje global conjunto (mayor en Valencia y más próximo entre sí en Valldigna y Alzira), como por separado (predominio de las espadas en Alzira, pero no en Valldigna). Por razones de imprecisión en la documentación, es probable que el número de puñales esté sobreponderado y sean las espadas el arma blanca ofensiva más usual.27 Dentro de la ausencia sistemática de descripción, debió de tratarse de espadas cortas, normalmente denominadas como «spaseta» (sobre todo en la Valldigna morisca),28 y a veces se las diferencia de la espada «llarga», escasamente citada. Dada su abundancia y popularidad, con mucha frecuencia la gente sale a la calle, al campo, por la noche, se va de viaje, etc., con estos aceros, frecuentemente con los dos.29 De ahí que cualquier pelea, pendencia, «brega», etc., se convierta en la ocasión propicia para sacarlos y utilizarlos con la contundencia y la rabia que la situación exija. Incluso si no los llevan, producida una confrontación, un cruce de palabras ofensivas, los implicados se retiran a sus casas a buscar sus armas y vuelven luego al lugar del incidente, dispuestos a enfrentarse con el contrario. De estos encontronazos armados surgieron la mayoría de las «nafres» corrientes, con el consiguiente derramamiento de sangre.30 Como en la zona rural de Artois, los aceros fueron claramente mayoritarios en Valencia.31
De manera global, las armas de fuego representan en torno al 20 % del total de los instrumentos agresivos utilizados según los expedientes penales,32 aunque como veremos se van a ir imponiendo en número y proporción. Ya fuesen arcabuces, de mecha o rueda, simples escopetas, «pedrenyals» o escopetas de pedernal (con mayor cadencia y facilidad de tiro), las «caravinas» o escopetas cortas, o las pistolas, entre otras modalidades y variaciones, son un instrumento de rápida divulgación y mayor innovación técnica. «Penjada al coll» o al hombro («homens en muscleres», «escopetes muscleres»), se las llevan para salir al campo, a los caminos desiertos, para apacentar el rebaño por los «herbatges», al circular por la noche, para ir de caza, etc. Clásicos son los «fogonazos» («fogó») que citan las fuentes al disparar y que alumbran en la oscuridad de la noche; la «pilota» (o bala) que atraviesa el cuerpo humano con facilidad; los perdigones que se incrustan en las paredes o puertas; el sonido conocido y preocupante de un disparo en las cercanías, etc., y, desde luego, los fallos técnicos de estas armas que permitieron a más de uno salvar su vida; por ejemplo, que se viese la llamarada de la pólvora al disparar pero que no saliese la bala. Pero, anécdotas aparte, suponen un instrumento violento de la mayor envergadura y peligrosidad, además de una evidente facilidad de agresión, que debió de incidir en un incremento de la mortalidad.33 Fuera de todos esos instrumentos más frecuentes, encontramos una amplia variedad de objetos agresivos, que solo adquieren cierto volumen global en la Valldigna (11,2 %)34 (gráfico 4.2).
CUADRO 4.2
Instrumentos de la violencia (Valldigna)

CUADRO 4.3
Instrumentos de la violencia (Alzira)

CUADRO 4.4
Instrumentos de la violencia (Valencia-RA)

Dentro de lo arriesgado de hacer afirmaciones generales, parece bastante obvio que en la Valencia del Renacimiento las armas son objetos comunes, populares y bastante abundantes, como en otras zonas europeas.35 Armas ofensivas y defensivas, largas y cortas, antiguas o más modernas, en buen estado, usadas, rotas, etc.36 Aparecen con frecuencia en los inventarios post mortem y en los embargos domésticos, tanto en los hogares acomodados como en otros más ajustados; se manifiestan en la relación de hechos de los procesos por delitos violentos y en las abundantes requisas de armas por las autoridades; se llevan con naturalidad y se emplean en los muchos desafíos y duelos callejeros, etc. Sin duda, son la continuación de una tradición medieval, un objeto necesario para asegurarse la autodefensa, para resolver las diferencias con otros y un símbolo más del machismo varonil. Queda dicho el elevado nivel de violencia y que más del 60 o 70 % de las agresiones físicas se producían con distintas armas (cuadros 4.2 al 4.4); a su vez y como reacción, baste recordar que motivaron una larga, compleja y contradictoria política de control y restricción de su posesión y uso.
Pero ese armamento popular evolucionó en el tiempo de nuestro análisis. En la Valencia postagermanada destacan como las más abundantes y difundidas ante todo las espadas, quizá no muy largas, y los puñales y dagas. Mucho menores en número, llaman la atención las ballestas, además de algunas lanzas; en este momento aquellas son las más peligrosas por su largo alcance y cuentan con bastantes referencias.37 Las armas de fuego, arcabuces y escopetas, son aún raras; como objetos populares apenas son objeto de alguna restricción minoritaria38 y no aparecen en la limitada muestra de procesos penales anteriores a 1550 (cuadro 4.5). En cierto modo, a pesar de haber sido ya objeto de ciertas prohibiciones,39 la clasificación general de las requisadas a los moriscos en el desarme de 1563 nos viene a reflejar esta misma situación aproximadamente: de media general cada casa tiene casi dos armas (1,7); más del 85 % del total requisado son ofensivas; predominio absoluto de las espadas (53,3 %) y puñales (14,6 %); no son despreciables las ballestas (12,3 %) y son muy pocos los arcabuces y escopetas (1,17 %).40 Más en concreto, esa es la situación que nos muestran los pueblos de moriscos de la Foya Alta de la Valldigna,41 o los de la comarca del Camp del Túria, en torno a Llíria.42
En la segunda mitad de la centuria se producen cambios importantes. Espadas y puñales mantienen su predominio como las armas blancas más populares; las ballestas tienden a desaparecer hasta convertirse en un objeto singular,43 pero sobre todo va a tener lugar una difusión importante de las armas de fuego como elemento cada vez más extendido y popular. Así, algunos arcabuces, las escopetas ordinarias o sobre todo las que llevan cerrojo de pedernal («pedreñal»/«pedrenyal»), de mayor cadencia de fuego y de efecto más decisivo. Es entonces cuando van a surgir las primeras restricciones o limitaciones, sobre todo centradas en los moriscos, pero en menor grado también en los cristianos. El ejemplo de Simat y Xara en 1599 es muy significativo, probablemente acrecentado en este acaso por la necesidad de asegurarse una defensa ante el posible ataque de la piratería berberisca. En estas dos localidades, la gran mayoría de vecinos cristianos relacionados tienen un arma de fuego, sobre todo arcabuces y escopetas de mecha o «foch».44 Con carácter general, el cuadro 4.5 indica que el 6,8 % de los instrumentos violentos usados o citados en los procesos penales de este periodo son armas de fuego.
Esta tendencia va a acrecentarse y desarrollarse en el siglo XVII. Su gran difusión y generalización es un hecho sumamente contrastado, incluso desde el principio de la centuria. Normalmente se citan las escopetas; quizá una mayoría fuesen ya de «pedrenyal», desapareciendo progresivamente la mención a arcabuces. No solo son un objeto de «última tecnología» eficaz en la defensa personal, sino también en la caza, que goza de bastante predicamento. Además, se desarrollan las formas más peligrosas de las armas de fuego, tanto por su menor tamaño como por su mejor camuflaje: las escopetas recortadas, las «escopetes curtes», las «caravinas» o simplemente «pistolets» o «pistoles».45 El cuadro 4.5 muestra dicha progresión, pues en la primera mitad de la centuria las armas de fuego suponen el 25,7 % de los instrumentos usados en los delitos violentos de los procesos, pero pasan al 39,2 % en la segunda mitad, siendo entonces el tipo de arma más utilizado. Podemos decir que, desde el punto de vista armamentístico, el Seiscientos es el siglo de las «escopetades», ese sonido escandaloso y mortífero que tanto alteró la vida y seguridad de la gente; y en ese sentido, las armas de fuego fueron compañeras inseparables de los bandoleros y de los criminales más peligrosos. Y por contra, ante la popularidad y extensión de «les muscleres», tienden a disminuir las espadas (sobre todo en Valldigna y Valencia, menos en Alzira) (gráfico 4.3). Se configuraría así, en síntesis, una imagen doble de la estructura básica del armamento popular: la escopeta para el largo alcance y el puñal como arma corta. De este modo, desde la gran variedad armamentística de principios del Quinientos, se habría seguido una línea de simplificación en la tipología, al mismo tiempo que de adaptación e innovación técnica, centrada en las armas de fuego.
CUADRO 4.5
Evolución de los instrumentos de la violencia (todas las zonas; totales y %)

Y los instrumentos de la violencia ocasionan heridas. En los procesos más completos los escribanos recogen los informes de los «cirurgians», describiendo las lesiones producidas por cualquier tipo de objeto. Especifican si el golpe es superficial o profundo,46 realizado con arma «punchant» o no, si esta es «ampla» o «estreta», o si la escopeta ha quemado la piel al disparar («socarrat de la flama sos pits», Alzira, 1703; la herida estaba «cremada y socarrada molt negra», «y es mostrava haverli saltat lo cervell per haverse trobat part de aquell en terra un poc apartat…», Alcudiola, en Valldigna 1696).47 Se cuentan el número de heridas: en algunos casos se tratará de una sola herida (o una muy importante), pero lo normal son varias (dos, tres, cuatro, cinco, etc.), sin duda porque en la mayoría de supuestos se trata de peleas o riñas más o menos espontáneas y descontroladas, e incluso cuando hay ataques premeditados los agresores utilizan armas blancas y despliegan toda su agresividad en varios golpes.48 A veces, el número de heridas llega a ser muy elevado: 7, 11, 13, 14, etc. Son casos extremos de auténtico ensañamiento, producidos por uno o varios instrumentos simultáneamente (espadas, puñales, escopetas, piedras, etc.), por un solo individuo o por varios (v. g., en emboscadas, en luchas juveniles).49
Algunos autores (R. Muchembled, P. Pérez) han cuantificado las partes del cuerpo humano que fueron objeto de lesión en los delitos violentos.50 Esta prospección nos ha parecido siempre algo artificiosa, además de excesivamente minuciosa, pues los contendientes con frecuencia están «abraçats», se zarandean, están presos de la ira, las fuentes son poco precisas, etc. Sin embargo, es cierto que los documentos muestran ciertas pautas bastante comunes y reiteradas: los procesos muestran la cabeza (cráneo, cara, cuello, garganta, etc.) como la parte más vulnerada; allí se ubican en torno al 50 % de las heridas o más, mientras que el resto se reparte por este orden: las manos y brazos, la espalda, el tórax, las piernas y el abdomen. El «cap» es, pues, la parte más golpeada, sin duda porque los contendientes se pelean «cara a cara», porque al otro se le mira a la «cara» y esta es su imagen más viva y dinámica, la más evidente representación del contrario. Quizá también porque es el lugar donde se le puede lastimar más fácilmente, pero sin llegar a las últimas consecuencias. Palos, piedras, golpes de espada, machetes o puñales («coltellades») con el filo o el plano del acero (las llamadas a veces «esplanissades»), etc., van a parar al «cap».51 Cuando se quiere ser más resolutorio, el objetivo es el pecho o tórax (el corazón, una puñalada «baix la mamella», «als pits»), el vientre o abdomen (estocada «al ventre»), o aproximar el cañón de la escopeta al mismo cuerpo y disparar a quemarropa. No obstante, todo depende del azar, de la intensidad del golpe, de la auténtica intención del agresor, de factores imprevisibles, etc. Son bastantes los casos de muerte por una «pedrada al cap» (Valencia, 1566; Valldigna, 1584; Alzira, 1621), con una «eixadeta al cap» (Benifairó, 1674; con «un tallant d’aygua», Tavernes, 1667) o incluso por una «bastonada al cap» («gran bastonada», Alzira, 1614; Valencia, 1587); una paliza con una «esparteña» está a punto de ocasionar la muerte (Benifairó, 1646) o se deja muy lisiado a alguien con veinte «bastonades» (Simat, 1581). Salvo en casos muy graves (puñalada en el cuello, estrangulamientos, «degollat», etc.), la muerte no es inmediata; se queda uno malherido, recibe los primeros cuidados, declara ante la justicia, etc. Pero pocos días después, no muchos normalmente,52 fallecerá; algunas heridas dejaban poco margen de esperanza (estocada en «la boca del ventrell» –‘vientre, estómago’–, Alzira, 1585; una estocada que pasa de parte a parte «per mig del cos», Alzira, 1594), pero en otras, las limitaciones de la medicina coetánea, la facilidad de las infecciones, las dificultades para contener las hemorragias, etc., acabaron con la vida de muchos lesionados. En este sentido resulta sorprendente cómo heridas en órganos o articulaciones relativamente colaterales o poco peligrosas («el genoll», «el muscle», el brazo) tuvieron finalmente un resultado fatal. En cambio, más fugaz y discreto era el raro y oscuro envenenamiento.53
GRÁFICO 4.2
Instrumentos de la violencia (Valldigna) (cuadro 4.2)

GRÁFICO 4.3
Evolución de los instrumentos de la violencia (cuadro 4.5)

4.4 MOTIVACIONES Y SITUACIONES CRIMINÓGENAS SEGÚN LOS PROCESOS PENALES
Tras evidenciar la importancia de la violencia y de sus características, interesa particularmente analizar sus causas, adecuadamente «contextualizadas». Ello presenta no pocas dificultades, tanto por la amplitud y complejidad de las razones, que en general llevan a la comisión de un delito violento, como por las limitaciones «físicas» de las propias fuentes (procesos inacabados, en mal estado, ilegibles, etc.). Además, entonces como ahora, la «verdad judicial» no tiene por qué coincidir con la «verdad real» (o, al menos, no siempre). Las partes suelen mentir u ocultar alguna información en los procesos, ya sea el presunto culpable, que niega los hechos o los dulcifica por razones obvias; las propias víctimas, que se suelen presentar a veces como seres seráficos ajenos a toda culpa o responsabilidad, casi sorprendidas por el delito cuando este era previsible; o los propios testigos, a veces muy vinculados a una de las partes. Asimismo, el fallo judicial está en ocasiones muy condicionado por las formalidades procesales o por requisitos de corte legal (defectos de forma, nulidades, etc.).
Sin embargo, convendrá no extralimitar el escepticismo, pues los procesos penales sobre delitos contra la integridad física de las personas nos dan una abundante información. Dada la complejidad de las motivaciones de la criminalidad, hemos desechado en una primera aproximación la opción de buscar o rastrear unas causas básicas o esenciales, de carácter general, con un cierto nivel de abstracción (honor, interés, venganza, solidaridad, etc.) (R. Muchembled) y preferimos un procedimiento más concreto y pegado a los hechos tal como ocurrieron, que intenta aunar la motivación de las acciones violentas y las situaciones o circunstancias en que se producen, en un inventario algo extenso, circunscrito a la documentación consultada y que nos sirva de abanico y guion expositivo en el análisis de la realidad (J. Ruff).54 A partir de esa idea hemos construido el cuadro 4.6, que incluye todos los procesos con delitos violentos de todas las zonas, incluido el grupo de «Otras localidades» (Villalonga, Albalat de la Ribera, lugares de la Orden de Montesa, etc.), y en el que cada proceso queda catalogado según la causa o circunstancia «principal» más destacada y motivadora de la acción criminal. Es evidente que este sistema (como cualquier otro) tiene un componente de subjetividad, por tanto los porcentajes resultantes deben ser interpretados como una orientación, pero acaba dando resultados fiables.55
En claro contraste con los procesos de otros grupos de delitos (propiedad, sexo, etc.), la información causal es aquí bastante más rica. De 706 procesos por delitos violentos, en 590, es decir, el 83,5 %, podemos identificar una motivación principal y/o circunstancia/situación conflictiva que genera la agresión, y que pasamos a analizar por separado. Los ejemplos que podríamos citar serían interminables, pero en aras de la brevedad mencionaremos solo algunos más representativos.
a) Como no puede sorprender, las reclamaciones y diferencias económicas entre la gente están bastante presentes en muchos expedientes como motivo principal de un enfrentamiento personal. Las discrepancias sobre dinero y propiedad representan el 9,3 % del total, pero mientras que en Valencia y la Valldigna del siglo XVII se mantienen en ese porcentaje, lo supera con creces Alzira y queda muy por debajo la Valldigna morisca.56 Ante todo son deudas y se discute de dinero («diners» o «deute»), que suponen más de la mitad de los casos, pero la gama es muy amplia: objetos prestados y no devueltos (una espada, una azada, una olla, algarrobas, etc.), la permuta de animales, el alquiler de casas y desahucios, salarios impagados, detalles de un determinado negocio o «tracte», impuestos pendientes de pago (el «redelme»), los intereses de un censal, la competencia comercial, diferencias con el tendero, etc. Sin embargo, con ser importante la faceta estrictamente material, es el cruce de palabras que van subiendo de tono, que van calentando los ánimos hasta llegar a faltar el respeto o insultar al contrario, lo que sirve de desencadenante de la agresión. A la razón originaria de base económica se suele añadir una agresión verbal («vellaco», «lladre», «borratxo», etc.), que conduce directamente al choque físico, formando los tres momentos distintas fases de un mismo proceso. Una reclamación económica que se podría ventilar pacíficamente en una demanda judicial, incluso meramente verbal, acaba motivando un delito contra la integridad física de las personas. Así, en Alzira, en un domingo de 1704 discutían Vicente Dolz y su hijo con Luis Agostí por un «deute»; este pidió un plazo de «six o huit dies» para pagar, pero al negarse y seguir discutiendo le acabó diciendo: «son vostes uns homens que fan de la boca cul»; después se enzarzaron en una pelea con puñales y un «machinet» y Agostí acabó hiriendo de muerte al acreedor y refugiándose en la Iglesia.57 Miguel Ramon y Amira, moriscos de Tavernes, tuvieron «rahons sobre una penora q. lo dit clamant tenia…per un deute que li devia a ell dit clamant»; molesto Amira, se fue a su casa, cogió una «corbella», fue a buscar a Ramón a la huerta y le dio por la espalda dos «coltellades al cap» (1585).58 Las «diferencies» sobre la compra de una olla delante de casa hacen discutir a dos mujeres, una se queja de ello a su marido, que propinó a la otra varias «bastonades» en la espalda.59 En la ciudad de Valencia, acabado el plazo del arrendamiento de «unes cases, forn y terres», los inquilinos no quisieron abandonarlos; los propietarios fueron a «ajustar contes», pero el arrendatario Antonio Martí, «sentit de que lo executaren, llança ma a un punyal», pero varios vecinos los separaron; lo detuvieron por ello y al salir de la cárcel, prendió fuego al horno (Benimaclet, 1631).60 El 1 de enero de 1645, el pueblo de Villalonga (jugando sus pobladores a las cartas, a la pelota, etc.) quedó sobresaltado al oír tres «escopetades» en el casco urbano; acudieron y vieron a tres individuos, uno al menos con una «tercerola» y otro (Geroni Moratal) dándole puñaladas a Miguel Sanz, que gritaba en tierra «confessió»; la causa eran «unes paraules» que habían tenido «sobre uns diners de un censal que devia dit Moratal al dit Sanz y açó es estat y es veu y fama publica en dita vall».61
b) La protección de la propiedad frente a daños provocados por terceros y vecinos constituye otra faceta complementaria del grupo anterior. Menores en número (2,8 %) (cuadro 4.6), estas agresiones tienen por objetivo defender el bien económico más importante del campesino, la tierra. Normalmente incide en los daños provocados por el ganado, sobre todo por el más dañino para la agricultura, el bovino (los «bous»), el más citado con diferencia. Otras veces es el derecho de paso de ese mismo ganado, o los lindes con el campo del vecino, siempre inciertos en una agricultura de predominantes «campos abiertos». Y, desde luego, no es solo el hecho en sí mismo, sino también las palabras que se profirieron cuando tuvo lugar la incidencia. Nofre Boquerbi tuvo un altercado con los hermanos Galip, todos moriscos, cuando fue a sembrar en un campo de marjal, junto al camino a Gandía; discutieron por dónde debía ir la «regadora» intermedia y acabó recibiendo varios golpes con la «exada». En las cercanías de Barx, los Alberola pacían su ganado cuando quisieron pasar por allí otros dos pastores; les tiraron «cantalades» para que no siguieran, no les hicieron caso y Luis Alberola acabó disparando una «patilla larga» a Joseph Faus y lo mató (1685).62 Batiste Doménech, labrador de Alzira, quiso pasar por una senda («cami») que ya había atravesado muchas veces, cuando salió Jeroni Torremocha con una espada desenvainada y se lo impidió, diciéndole que no tenía obligación de darle paso; posteriormente el «mustassaf» hizo «visura», y cuando ya quería volverse, Torremocha le tiró varias «estocades» y si no es porque otras personas lo detuvieron, lo hubiera matado (1604). En fin, Pau Fortuny, estudiante de 15 años, pasó con su «somera» por una calle de Valencia y pisó por descuido unas pieles que había colgadas de la pared; Joan Salvador le llamó la atención, la conversación subió de nivel, y este le dijo «si vaig pera tu, fill de una gran bagassa…»; Fortuny le replicó «qué es lo que fará, fill de un cabró?»; Salvador le pegó «bascollades» hasta que fue reprimido y separado por el padre de Fortuny; sin embargo, horas más tarde aparecieron otros Fortuny (Miquel y Cristófol), desafiaron, insultaron y tiraron piedras a Salvador, quien salió con una espada desenvainada y le dio una estocada a Miquel Fortuny en el vientre, y murió al poco tiempo (1622).63
c) Una situación específica y concreta, de perfiles bien delimitados, aunque repetida y relativamente frecuente, es la pelea por el agua de riego (el 4,4 % de los procesos).64 Los cultivos de regadío son los más preciados en la pequeña economía campesina y ello solo es posible con el agua de riego, muchas veces escasa. Su reparto y distribución siempre fue una cuestión problemática. De ahí que fueran frecuentes los hurtos de agua de riego, las confusiones de «tanda», las roturas de presa cuando otro está regando, los malentendidos, discrepancias, etc.65 Especialmente cuando llegaba la sequía estival y ciertos frutos necesitaban la sazón final, gran parte de las cosechas del año (maíz, arroz, hortalizas, etc.) dependían entonces del riego. Se hizo esencial la figura del «cequier», encargado de la distribución de turnos de riego y de ordenar los servicios. Pero con todo, los incidentes se repetían una y otra vez. Los jurados y la justicia ordenaban sistemáticamente respetar las «tandas», no hurtar agua, no hacer «parada» y amenazaban con castigos. Por ejemplo, en Valldigna conocemos «crides» en ese sentido en 1568, 1584, 1608, 1609, 1611, 1622, 1658, 1697, etc. Y, lógicamente, esa tensión por el agua, estos incidentes entre unos y otros regantes, se tradujo en discusiones y peleas («se venen a baralla…», dice una «Crida» de 1609), a veces con resultados muy graves.66 La generalidad de las agresiones tuvieron lugar en verano, sobre todo en el mes de agosto, pero también hubo algunas en la primavera (marzo, abril, mayo), cuando había que regar los cereales. Por ejemplo, el morisco Lluís Signell le pegó una «pedrada» a Lluís Paixer, que quería regar, y el agresor pensaba que él tenía preferencia (Tavernes, 1593).67 El Seiscientos en la Valldigna está lleno de ejemplos de lesiones por problemas de riego (1604, 1607, 1620, 1629, 1631, 1660, 1661, 1667, 1669, 1672, 1683, 1697, etc.), pero podemos detenernos en cómo Miquel Verger destapaba «les boqueres dels bancals de l’arros», haciendo mucho daño a los demás, y cuando Miquel Sala, jurado, se lo echó en cara, le contestó de malas maneras, no le hizo caso y le amenazó con un «tallant d’aygua» (1660); en Albalat de la Ribera, Guillem Seguer y Anthoni Ponç se enzarzaron a golpes, uno con un puñal y otro con una «corbella formentera», al discrepar sobre el turno de riego, pues «se havien desavengut per l’aygua» y tratado «mal de paraules» (1631).68 También la Real Audiencia conoció de estos asuntos, producidos en la huerta de Valencia y con resultados graves, como en Aldaia: tras una larga discusión sobre el agua de riego, adornada de insultos («merdós», «sou un gran baladre»), Francés Collado hirió de muerte en la cabeza a Pasqual Serrano mediante una gran «bastonada» con gancho, a resultas de lo cual cayó ensangrentado en la acequia (1564).69
d) El robo es un móvil clásico en la comisión de agresiones y lesiones y se da en bastantes casos como causa principal (8,4 %, o algo más, en Valldigna y Alzira). En estos procesos penales no interesan tanto los objetos robados (productos agrarios, dinero, en zona rural o urbana, etc.) como la lesión o muerte producida, de mayor interés y relevancia que el daño material en sí. Puede tratarse de un homicidio producido para asegurar el robo, la consecución del botín, o para tener la certeza de que la víctima no denunciará el delito, o incluso que al mismo tiempo se unan otras razones (odio personal, desprecio a la vida ajena). Cabe que la lesión sea resultado de la resistencia del perjudicado o del forcejeo con el delincuente. O la atribución de un robo, la discusión consiguiente y la agresión como forma de zanjar la diferencia. Incluso es posible que, temiendo el robo, la víctima potencial se prepare para reprimirlo y, si es necesario, herir al supuesto ladrón de forma preventiva. En la jurisdicción de Alzira, después de la celebración del mercado de los miércoles, Bernat Mahí atacó a tres «fadrins», posibles rateros, que estaban contando dinero; les dio «coltellades en lo cap», recogió dinero y una capa y huyó, tras lo cual, poco después, murieron dos de los heridos (1584). Baltasar Lara fue asesinato y tirado al fondo de un pozo por sus socios y conocidos a fin de robarle el dinero (1592). Miguel Turquet era un morisco habitante de Corbera, labrador, «trompeter» y también se dedicaba al pequeño comercio («mel cocha, torrons…»); la envidia de su posición económica y ciertas diferencias con otros moriscos despertaron en estos «oy, hira, rancor y mala voluntat»; tras algunos incidentes, un día le prepararon una emboscada, le robaron el dinero que llevaba en una bolsa después de unas ventas y le propinaron siete «coltellades» en el camino de Alzira a Corbera (1596).70 A Guillem Turi, «ministre» del justicia mayor de Valldigna, en Tavernes lo encontraron cosido a puñaladas (y «degollat») en un «forn de cals»; la causa se relaciona con la pretensión de los asesinos de que no los denunciara por los robos y demás maldades que habían hecho (1618).71 Hay lesiones resultantes de robos sin tanta crueldad; por ejemplo, en Albalat de la Ribera dos jóvenes de unos veinte años, residentes en Riola, son acusados de varios robos y de la agresión a un vaquero francés para robarle (1628).72
La acusación particular de haber cometido un robo se convierte en motivo de discusión y enfrentamiento; al corolario de palabras insultantes o humillantes le sucede la agresión física: Joseph Serreller fue acusado por Joseph García de haberle cogido «les magranes» de su campo; lo negó, se trataron «mal de paraules» y por ellas «pasarense an armes a puñalades», resultando herido García (Alzira, 1664).73 Los robos nocturnos tienen más peligro: como temían que les robasen parte de la cosecha de «alfalços», Tomás Almiñana y Franses Sellés se fueron al campo en una noche de noviembre, oyeron ruido de que alguien estaba «segant herba» y de que al poco «alsaren dos martells de escopetes y en continent veu la flama de la escopeta», recibiendo el primero dos heridas de bala (Tavernes, 1631).74
CUADRO 4.6.
Motivaciones y situaciones criminógenas (delitos violentos, todas las zonas)
| Procesos | % | |
| a) Disputas por dinero y propiedad b) Disputas por daños y pasos c) Disputas por agua de riego d) Robos e) Venganzas por denuncias f) Embargos g) Acción de la justicia h) Cuestiones amorosas i) Conflictividad familiar j) Disputas por juegos k) Fiestas y diversiones: desafíos y enfrentamientos l) Discusiones, burlas y humillación ll) Otras motivaciones y situaciones m) Accidentes n) Enemistad intensa y duradera | 55 17 26 50 18 8 23 59 24 27 45 69 57 13 99 | 9,3 2,8 4,4 8,4 3,0 1,3 3,8 10,0 4,0 4,5 7,6 11,6 9,6 2,2 16,7 |
| Subtotal Procesos sin causa claramente identificada | 590 116 | |
| Total general | 706 |
e) Algunos procesos (3 %) establecen una relación directa de causa-efecto entre una denuncia anterior interpuesta ante la corte o tribunal y una agresión física. El agresor se ve perjudicado por la acción judicial de su vecino, conocido, socio, etc., y le agrede. Esa parece ser la causa principal del delito según la manifestación del perjudicado o de los testigos. Probablemente habría muchas más razones o motivos (enemistad, antecedentes, otros roces anteriores, etc.), pero no lo suelen manifestar los expedientes. Para ellos es suficiente (o más que suficiente) la justificación aludida. Cuando se conoce, el perjuicio suele tener casi siempre contenido económico, y con frecuencia son los llamados «clams agrarios» (daños del ganado, pequeños hurtos, peligro de próximos embargos, etc.). La agresión suele producirse con posterioridad al hecho causante (la denuncia), de manera premeditada, y no como reacción espontánea o inmediata. En el «spital del Grau» de Valencia estaba muerto el marinero Gaspar Rijo; las investigaciones concluyen que fue asesinado por Tomas Vidal y otros marineros, como venganza de una denuncia que el año anterior el fallecido había puesto contra él ante el justicia criminal por llevar un puñal en forma de «agulla» y desde entonces le había cogido «gran rancor e mala voluntat» (1560). Por venganza contra una denuncia ante la justicia y consiguiente «manament» le lanzó Catherina Rodríguez una «ampollada grossa» a Catherina Sans (Paiporta, 1569). En Benifaraig, cerca de Valencia, el morisco Baptista Chumeri, «cequier» del lugar, fue asesinado con un «pedrenyal» por unos desconocidos sin mediar palabra; las sospechas de los vecinos recaen en un tal Blanco, que fue denunciado ante la justicia por robarle «tramussos» de su bancal, se hizo «escorcoll» en su casa y en la de otro amigo y allí se encontraron «feixos de tramussos»; fueron detenidos en Benimuslem y luego huyeron (1595).75 Pere Terón, labrador de Valencia, había interpuesto «quatre clams» contra Joan Cervera, molinero, ante la corte del justicia, de «Trescientos Sueldos» porque «li furtava lo alfals»; fue atacado y agredido mientras trabajaba en su campo (1635).76 En Valldigna conocemos venganzas por haber interpuesto «clams» en 1559, 1562, 1566, 1599, 1600, 1602, 1620, etc.
f) En un 1,3 % de los procesos se llegan a producir violencias como resistencia a un embargo (cuadro 4.6). Este fue un procedimiento normal y numeroso, resultado de la acción de la justicia ante el impago de multas, deudas o la ausencia de avales y fianzas en los procedimientos judiciales. La falta de liquidez se traducía en la toma de prendas o «penyores» o en embargos más generalizados, las «scripció de bens». Como se debía empezar siempre por los bienes muebles, el acto comenzaba con la presencia de los oficiales de justicia en casa del ejecutado, a fin de trabar los objetos domésticos necesarios que cubriesen la deuda. Ello implicaba en primer lugar un perjuicio patrimonial, pero también una humillación y vergüenza que otros entrasen en el propio domicilio, lo registraran y tomaran los bienes que les parecieran convenientes. No era menor afrenta que todo el pueblo o barrio conociera que un vecino había sido objeto de tal actuación. De ahí surgieron, en general, muchas venganzas y enemistades de unos con otros. Pero en el mismo acto de embargo hubo a veces resistencia hasta llegar a causar una lesión a los funcionarios judiciales. Así, el fraile Perutxo Ferrando murió como resultado de una «brega» cuando fue a tomar «penyores» (Valldigna, 1510).77 Miguel Carleca, jurado de Alcudiola, acudió con un «ministre» y guardia a coger dos gallinas para la señoría a casa de Domingo Moner, pero este le acuchilló (1600).78
g) Los seis apartados anteriores inciden en una causa principalmente económica para cometer una agresión. Pero, en los dos últimos, denuncias y embargos implican ya la actuación de la administración de justicia, procurando hacer valer su poder y exigiendo la obediencia de los vecinos, aunque encontrándose con frecuencia con su resistencia y rebeldía, hasta el extremo de cometer una agresión. Acostumbrados a actuar a su antojo, a resolver por sí mismos sus diferencias, celosos de su autonomía e independencia, ven mal que alguien coarte su libertad y les imponga una autoridad superior. Por su parte, la justicia intenta cada vez más hacerse respetar e imponer una mayor autoridad y disciplina en un mundo demasiado acostumbrado a la anarquía o a no recibir injerencias ajenas. Encontramos ejemplos de delitos violentos frente a la justicia en el 3,8 % de los procesos de media general, aunque el porcentaje de la Valldigna del siglo XVI es el doble. En el Seiscientos, el número desciende considerablemente. Por este y otros indicadores que veremos, parece observarse una progresiva mayor aceptación de la autoridad judicial a medida que transcurre el tiempo; poco a poco la sociedad valenciana empezó a asumir, aunque fuese a regañadientes, que los tiempos iban cambiando y que tenía que asumir unas nuevas pautas de conducta y una mayor obediencia a la autoridad. El ejemplo más repetido, casi único, es la resistencia a la detención del reo ante la justicia, mediante la amenaza, el recurso a las armas, la pelea, la agresión o incluso la muerte. Tenemos ejemplos de ello en la Valldigna de 1513, 1560, 1563, 1569, 1572, 1573, 1575, 1584, 1586, 1588, 1595, 1596, 1598, 1607, 1608 o 1609. En este último año, al resistirse a la detención, un joven llega a herir al propio justicia mayor, «frare» Miguel Benet, quien murió poco después.79 Su número desciende considerablemente en el siglo XVII. Un ejemplo clásico puede ser cuando Joan Alberola, lugarteniente de justicia en la granja de Barx, intervino en un gran alboroto entre los hermanos Climent en la era; los apaciguó y ordenó que se fueran a su casa, pero Vicent Climent se resistió. Alberola exclamó «ques tingués al Rey» e intentó detenerlo, pero aquel sacó un puñal y una hoz, dio varios cortes al bastón de la justicia e hizo huir al oficial (1658). Pero en otros casos el delincuente llevó la peor parte: Antoni Galiana murió de un tiro al ofrecer resistencia ante la justicia y sacar un puñal en su propia casa; ante el ruido y los gritos acudió Jaume Galiana, su primo hermano y jurado, quien desconcertado por la muerte de su familiar los agredió con otro puñal delante de mucha gente de Benifairó que había acudido en ayuda y solidaridad con el fallecido (1620).80
h) Las motivaciones amorosas y sexuales se encuentran en buen número de procesos penales como causa principal de la agresión física (10 %), aunque quizá en menos de las que cabría esperar. Lo que aquí está en juego son ciertos valores básicos de la sociedad, a los que ya hemos aludido: la honestidad y fidelidad de la esposa, la virginidad y el recato de la mujer antes del matrimonio y cómo sobre estos principios pivota gran parte del honor de la familia. Estos expedientes suelen ser complejos; los hechos y las circunstancias no se muestran explícitos, queda siempre un cierto halo de incertidumbre o de falta de concreción, etc., pero la causalidad erótica como factor fundamental está fuera de toda duda. Además, se percibe en ellos una mayor carga emocional y una particular agresividad, dándose muchos casos de homicidio. No sería una exageración decir que nos encontramos ante varios ejemplos de «crímenes pasionales». Entre las muchas modalidades que podemos encontrar, la más habitual y repetida son los celos del marido por presuntas o reales infidelidades de la esposa, que puede acabar con la vida de esta última. Cuando Pere Buigues volvió a su casa en Villalonga (1647) y vio que su mujer le daba tabaco a Juan Alemany, mallorquín, puso mala cara; cuando se fue la visita, comenzó a «cridar y barallarla», amenazándola de muerte; esa noche no durmió con ella, pero a medianoche apareció e intentó ahogarla; al día siguiente estaba «mohino» y triste y en un momento de arrebato la apuñaló; como no podía con ella, cogió una escopeta y le disparó, pero «no hixque de cano» y huyó.81 Pere, «lo sabater, fill de la viuda Santander», estaba casado con «Na Gallarda»; sospechaba o «tenia que un home entrava en sa casa contra su voluntat» (sic); se lo echó en cara a su mujer, que cansada le abandonó y se fue a vivir a casa de un vecino; una noche fue a buscarla y la mató a puñaladas, «per ço q. estava molt temps hapartada de aquell» (Valencia, 1600).82 Miguel Verger, labrador de Tavernes, se quedó muy frustrado porque al casarse con Madalena Altur «la habia trobada estuprada y llevada sa virginitat», y que por esa razón su madre y hermanas le habían dado unas medicinas que pudieron matarla (¿veneno?); temiendo por su vida, la mujer se refugió con ayuda de la justicia en el monasterio de la Zaydia y luego vivió en Enova; Verger quiso entonces reanudar la vida marital, pero al poco de iniciada la convivencia la mató a «scopetades» y huyó, juntándose entonces con un grupo de «bandolers de la Ribera»; juzgado en ausencia, fue condenado a muerte (1664).83
Resulta difícil sustraerse de la idea de que en ocasiones tales celos tenían un componente patológico y de que se había producido una cierta confluencia: la de un valor esencial en una sociedad (la fidelidad de la mujer), supuestamente quebrantado, y la propensión a determinada paranoia o esquizofrenia por parte del agresor. Pere Oramig era un pintor procedente de la ciudad de Valencia que se encontraba en Benifairó de Valldigna en 1619 para pintar el retablo de la iglesia de la localidad. Vivía con su mujer en una casa de la señoría. Últimamente estaba triste y melancólico. A su mujer no la dejaba sola nunca, la acompañaba a todas partes y cuando se tenía que ir la dejaba encerrada con llave en su casa. Una noche de junio la estranguló y huyó. La víspera del día de San José de 1632, a la vuelta del trabajo, Gabriel Javali y Pere Miralles volvían a casa en Tavernes; llamado el primero por un vecino, el segundo entró en el domicilio de Javali, se sentó junto «al foch» y se puso a hablar relajadamente con Juana Ferragut, esposa de Javali. Cuando este volvió, «pensa que lo dit Miralles estava alli a mal fi y quel offenia y no li digue res». Cuando se fue la visita y se iban a dormir el marido le dijo a la mujer que la iba a matar, que pensara si quería confesarse, y bajándole un cuadro (religioso) le dijo que pidiera perdón y que ello le valdría tanto como confesarse con un sacerdote; que también podría llamar a su madre para despedirse de ella; fue a buscarla, vino y los intentó apaciguar; la esposa le dijo varias veces que «nol havia offes»; parecía que el marido se había conformado y dijo que «no la tocaría». Sin embargo, a media noche, Javali la despertó y le preguntó si quería morir ahogada o a puñaladas; ella se abrazó a él desesperadamente, y al no poder ahogarla la apuñaló y huyó, dejándola por muerta.84
La agresividad del marido, parientes (padres, hermanos, etc.) y amigos puede dirigirse hacia los responsables de la humillación producida en alguna mujer de la propia familia. Nada había tan ofensivo, particular o íntimo, como para no buscar la venganza directa y lavar con sangre el deshonor infringido. Solo el «débil», incapaz, pusilánime, etc., acudiría en tales casos a la justicia buscando reparación. Así, Magdalena Carpi, mujer de Pere Escrivá, fue violada por Vicent Vidal y por Frances Llinares; enterado el marido (la encontró «mes uberta y tractada») casi la quiso matar; él, su hermano y un amigo acudieron el sábado a la puerta de la iglesia de Tavernes y ante mucha gente (y gran escándalo) le dispararon varias veces a Vidal, con suerte para este porque solo salió el «fogó»; el lunes siguiente fueron a buscar a Llinares a su casa, al que hirieron a tiros, para luego huir (1623).85 A veces, las venganzas por desamores tenían gran resonancia social, sobre todo si implicaban a familias muy conocidas en la localidad. Joan Badahui fue encontrado muerto el 15 de agosto de 1589 en una «cambra» de la casa de los Signell de Tavernes. Todas las sospechas recayeron en que aquel tenía amores carnales con Xuxa Signell, con promesa de matrimonio, y que luego quería casarse con otra; al parecer, los cuatro hermanos Signell no toleraron la afrenta y lo mataron. Un largo y confuso proceso penal comenzó entonces, repleto de declaraciones testificales, contradicciones y dudas, de insinuaciones y prácticas de prueba, embargos preventivos, fianzas, intervención de prestigiosos juristas y abogados ajenos al valle de Valldigna y, luego, la consiguiente apelación.86
Puede ocurrir que sea el propio marido engañado el que además sufra la agresión del adúltero o violador, quizá como elemento de autodefensa. Hierónimo Salat se había casado con Isabet Joan Arnes y vivían desde 1562 en la huerta de Valencia, cerca del monasterio de Sant Vicent de la Roqueta. Ella era «dona desembolta e de bon pareixer». El mercader Miguel Aguilar presumía de haberse acostado con ella. Al enterarse de ello el marido, decide (al parecer) matarlo. Una noche Aguilar fue atacado y «acoltejat» en una calle de Valencia y desde el principio sospechó de Salat. En reacción, se propone adelantarse al presunto agresor y asesinarlo. Buscó sicarios y amigos por las tabernas de la ciudad, les prometió dinero («se ajusten») y se concertaron para tenderle una emboscada en el camino de vuelta a su casa, donde le acuchillaron entre todos a principios de agosto de dicho año. Fue «fama publica» en la ciudad la razón de dicha muerte, pero nada se aclaró. Pasado el tiempo, uno de los sicarios (Joan Baptiste Tamarit) se sintió insatisfecho, no paraba de pedir dinero y amenazaba con denunciar los hechos. Cansados de la presión y del peligro que suponía, decidieron asesinarlo en una casa particular (con nuevos testigos) y dejarlo abandonado en el «portal dels jueus» (1564). Otra muerte que no se aclaró y por la que algunos de los implicados abandonaron la ciudad. Sin embargo, años más tarde Maciá de Lines, cuñado de una partícipe en el segundo asesinato, fue detenido por la Inquisición y, quizá para congraciarse con ella, les informó de la trama, que acabó siendo investigada por la Real Audiencia desde 1568.87
El rechazo de un varón por parte de una mujer, o de su familia, es otro motivo de humillación y resentimiento. Se siente entonces despreciado, minusvalorado y humillado ante sí mismo y, lo que es peor, el posible hazmerreir de los amigos y conocidos del pueblo o barrio donde vive. Pero determinados casamientos generan resistencia y odio en terceros, además de posibles perjuicios económicos. Por ejemplo, cuando apareció muerto Miguel Mansano, de Algemessí, todos supusieron que su muerte se debía a que se había casado «a disgust de un padastre», que era hombre de «mala vida i fama y de males companyies y que casant-se li llevaba la hasienda»; en Algemessí decían que le tenía «rencor por el casament» (Albalat de la Ribera, 1631).88 El deseo por una misma mujer puede acabar con una amistad e incluso llevar a los amigos al enfrentamiento personal.89 Jugar y burlarse en exceso de las cosas del amor podía ser arriesgado. Entre muchas negaciones y medias verdades, quizá se pueda concluir que Miguel Agostí, joven morisco de Tavernes, estuvo trabajando durante nueve meses en casa de Hilel Signell, que tenía cinco hijas. Tuvo amores con una de ellas, Moneyme, que dio a luz a una criatura. Como consecuencia de ello fue despedido del trabajo y Moneyme se casó con Mandoll. Todos los testimonios apuntan a que Agostí cortó «la coa del rosi» del novio, lo que significaba popularmente que era un cornudo, para su escarnio e injuria; no contento con ello, para mayor burla hizo además una «enramada de carabaces y banyes». Su actitud y antecedentes concitaron tal odio que pronto se organizó toda una conspiración de los Signell y allegados para acabar con su vida. El lunes 27 de julio de 1579, hacia las nueve de la noche, lo sacaron de casa y lo llevaron al campo, donde se ensañaron con él y lo mataron a pedradas y cuchilladas.90 Del intento de violación pueden derivarse además lesiones físicas, como la muerte de Madalena Ximeno, golpeada y degollada al resistirse presuntamente a la violación por parte de Antonio Espí (Valencia, 1625).91
Para evitar la vergüenza pública, si la mujer soltera (o viuda) quedaba embarazada podía, sucesivamente, disimular su natural embarazo o gravidez, escondiéndose, ocultándose, rara vez desplazándose a otros lugares a casa de parientes; cabía intentar el aborto con «metzines», hierbas u otros recursos caseros de dudosa eficacia y de cierta peligrosidad para la salud; finalmente, una vez había dado a luz, podía hacer desaparecer a la criatura recién nacida matándola y enterrándola en lugar desconocido, con ayuda de cómplices (padres, amantes, etc.). Probablemente la opción de abandonarla era más factible en medios urbanos y más anónimos que en zonas rurales. El infanticidio se practicó (y quizá no excepcionalmente) en la Europa moderna y generó no poco rechazo, persecuciones y medidas de control y represión. Se ha dicho que el perfil de este tipo de delincuencia era mujer, soltera, rural y pobre. Los casos conocidos, o sospechosos, siempre son pocos, pues no era demasiado difícil ocultar los rastros del delito.92 Entre nuestros procesos hemos encontrado solamente cuatro ejemplos, y en medios rurales, pero de su análisis no parece desprenderse especial escándalo o desconocimiento popular; da la sensación de que, aunque no frecuentes, estas prácticas no eran una sorpresa, ni un recurso inviable o imposible. Por ejemplo, de Sebastiana Blasco, cristiana de Simat, se «decían» historias que ponían en duda su honestidad: que, aunque parecía doncella, había tenido dos o más embarazos con distintos hombres y que había hecho desaparecer a los niños. Probablemente estos rumores hicieron abrir una investigación en noviembre de 1569. En ella los testigos y peritos probaron que había tenido una subida de leche, como la tienen las mujeres embarazadas, aunque no le conocían tener ningún niño; la propia Sebastiana reconoció que hace dos años tuvo «copula carnal» con un criado del convento y quedó embarazada y que su madre intentó «lançar» la criatura con «medecines ab unguents y algunes erbes de la muntanya», pero sin éxito; llegado el momento del parto, dio a luz y su madre ahogó al niño, enterrándolo después en el corral; afirmaba que esta la ayudaba pero su padre y hermanos no sabían nada, aunque le habían preguntado por qué tenía «el ventre tan gros»; la madre, en cambio, lo negó todo, diciendo que habían vivido como «casers» en una granja apartada de Barx, y que al bajar de allí su hija se puso mala y le dio medicinas.93 Francisca Vidal, viuda de Villalonga, tampoco pudo ocultar su embarazo; ante su desesperación, y temiendo que quisiera matar a la criatura, alguna vecina se ofreció a ayudarla (darle de mamar, alimentarla, etc.), pero la futura madre se negó; una noche de finales de 1642 se oyó llorar a un niño y luego el silencio; la sospechosa abandonó el pueblo. La justicia registró la casa y vieron la tierra removida en un «studi», excavaron y encontraron a un niño ahogado y golpeado.94
i) La familia, reducto de la mayor protección y afecto, origen de la vida, la educación, el patrimonio y la solidaridad, puede ser también raíz de enemistades y conflictos, e incluso pueden producir en casos extremos violencia (el 4 % de los procesos). Con algún ejemplo por el problema clásico de desavenencias por el reparto de la herencia,95 lo más llamativo y reiterado lo constituyen los malos tratos del marido a la mujer. No se trata de las pequeñas reprensiones, ligeros golpes o humillaciones que pudieran producirse y quedaban ocultos o disimulados en la intimidad del hogar, como incidentes que entrañase naturalmente la convivencia conyugal, sino de hechos graves, escandalosos y llamativos que rebasaban el ámbito doméstico, tenían cierta publicidad familiar o vecinal y que obligaban a la justicia a intervenir en defensa del más débil. Era conocido que Geroni Ayet maltrataba a su mujer, la hacía trabajar en exceso y le limitaba la comida, a pesar de que tenía «molt bona hazienda»; un día se oyó un «avalot» en su casa y al día siguiente su mujer salió a la calle con la «falda al cap», tapándose «una blanura» (1587). Por una discusión familiar con la suegra, Bellexit dio una gran paliza a su mujer y había riesgo de que «se affollas per ço que stava prenyada» (1588).96 El «forner» de Valencia Jaume Morales discutió con su mujer, que le habló despectivamente (le llamó «belitre y pollós» y que solo tenía «deutes y pells»); el marido reaccionó violentamente con varias «bastonades al cap», con lo que murió poco después la esposa (1599).97 Durante la comida, una discusión baladí con su mujer embarazada, que le llamó la atención y le dio una «bascollada», provocó una reacción brutal en Batiste Fons, que cogió un cuchillo de la mesa y le dio una «gavinetá» en el vientre y la mató (Tavernes, 1628).98 Enfrentamientos, golpes, lesiones, «escopetades», etc., entre sobrinos, tíos, yernos y suegros no faltan, siempre por pequeñas rencillas familiares, a veces no fáciles de desentrañar, como la muerte supuestamente envenenado de Vicent Maylach por su mujer y cuñado, Tomasa y Geroni Badahui, en la Tavernes morisca de 1585.99
j) En el Antiguo Régimen los juegos tuvieron gran predicamento y una regulación jurídico-política compleja, de lo que nos ocuparemos en el capítulo VII. Unos eran más simples y callejeros, como la pelota, les «birles» o la «argolla», normalmente públicos y permitidos, salvo abusos. Otros, más restringidos y peligrosos, con peor imagen: los juegos de cartas y naipes. La gente se distraía con ellos, se volcaba, se apasionaba en el juego. Además, en los de cartas sobre todo, se apostaba («travesses») y había por tanto un interés económico en el resultado, no ya meramente lúdico. Y en los lances de este podía haber una jugada dudosa, una treta de cierta picardía, una mala interpretación, un gesto desafortunado o intencionado, una trampa abierta, etc., y, por consiguiente, la reacción de los compañeros de juego. Surgían entonces las discusiones, las palabras altisonantes y luego los insultos. Una expresión se repite con mucha frecuencia en los procesos: «se desavingueren de paraules». Y se acaba con las manos y algún arma si se lleva encima. Suelen ser reacciones inmediatas, directas o espontáneas, en el lugar del juego o tras salir a la calle al poco tiempo (4,5 % de los procesos). En la calle de la «tapineria» de la ciudad de Valencia, se encontraron unos jóvenes «tapiners» y discutieron sobre «certes travesses» que tuvieron el lunes anterior «jugant a la bona barba», se llamaron «bujarrons», sacaron las espadas y uno acabó muerto con una «coltellada al cap» (1553). El segundo día de Pascua, jugando dos jóvenes con piedras en la calle, uno («induhit del sperit maligne, la temor de deu e correctio real posposats») le lanzó una pedrada muy fuerte a la cabeza del otro y lo mató (1563).100 En 1588 estaban jugando a la «argolla» unos zapateros, o en 1604 unos pescadores en la calle; o a las cartas los presos en la misma cárcel (1597), etc. En «la taula de joc dels trucos» de una casa particular «travesaven» varios artesanos y «per raho de dites traveses per interes de tres o quatre diners se desavingueren y pasaren entre si paraules de disgust»; tras varios lances sacaron los cuchillos y murió un menor, Pere Martir (1614).101 Aparte de otros casos en Alzira («se desavingueren de paraules», discrepancias sobre el juego, insultos de «borrachos», etc.),102 no cambian las cosas en las zonas rurales, como en Albalat de la Ribera, donde jugando a las cartas en una casa particular «se desavingueren ell, dit testimoni, y lo dit Joan Çena per una diferencia de cosa de un diner, de tal manera que vingueren a les mans» (1626).103 Además de otros casos de naipes y apuestas (1581, 1584, 1619, 1681), las desavenencias más frecuentes en la Valldigna fueron por juegos callejeros de pelota o «birles», preferentemente en días festivos, como en 1526, 1566, 1574, 1589, 1628, 1646, 1659, 1674 o 1703. El día de Navidad de este último año había juego de «birles» en la plaza de Benifairó con muchos hombres mirándolo y haciéndose «travesses»; los jugadores discutieron sobre una jugada, se acaloraron y echaron mano a los puñales que llevaban «a la sinta», de lo que resultó un jugador herido (Miquel Fons). Al día siguiente el abad publicó una «Crida» ordenando que nadie, «fadri o cassat», jugase a «birles o a pilota» llevando «puñals a la sinta ni atravessats en la correja», ni ninguna otra arma, so pena de sesenta sueldos y un mes de cárcel.104
k) La secuencia es clásica y bastante repetida (45 procesos, el 7,6 %): jóvenes solteros («fadrins»), en torno a 20 años, normalmente en grupo; salen de casa después de cenar y deambulan por la calle, entre las nueve y doce de la noche; por razones de seguridad y de arrogancia juvenil, además de hábito frecuente, suelen ir armados (espada y puñal); celebran alguna «musica» (laúd, guitarra, canciones…), hay bailes en una casa particular o en el pueblo, se solazan a la luz de la luna o es la ocasión para hacer alguna broma pesada («enrramada», «carabaces»), en día festivo sobre todo, pero también en días laborables; normalmente ha corrido el vino, se ha bebido o se va a beber con fruición (en la taberna o en espacios abiertos), están alegres, cuando no claramente borrachos, etc. En este escenario salen a flote con facilidad las rivalidades juveniles, las envidias de unos a otros, los desafíos, las venganzas por algún incidente reciente, las inclinaciones por las chicas casaderas de la localidad, etc., y se producen luchas, retos o duelos, emboscadas, golpes, agresiones, y no es extraño que acabe corriendo la sangre, todo ello en espacios oscuros, nocturnos y poco transitados. Es en Valldigna de donde más ejemplos tenemos (cerca del 10 % de los procesos), tanto en la época morisca (1504, 1506, 1566, 1569, 1586, 1588, 1589, 1591, 1592, 1594, 1596, 1597, 1605) como en el siglo XVII (1611, 1616, 1621, 1630, 1633, 1650, 1565, 1659, 1674, 1682, 1683, 1700). Por ejemplo, en una noche de domingo de julio unos jóvenes cristianos de Simat estaban haciendo una «musica» delante de la casa de una viuda, recibieron unas piedras y ellos respondieron, resultando un herido; otra noche de finales de septiembre estaban bebiendo vino de una «carabasa», se fueron hacia el «llavador de Tavernes», llegaron a beber mucho (no recuerdan con claridad cuántas «miges» o «quarts») y emborracharse, y fueron acusados de pelear entre sí con armas y protagonizar un alboroto, hasta el extremo de tocar a rebato y ser detenidos (1588).105 Dos «fadrins» estaban «sonant una guitarra entre les dos oracions», discutieron con otro, se formó un «avalot» y uno acabó con una puñalada en la espalda (1659). La víspera de San Antonio Abad era «nit de bulla» en Tavernes y unos jóvenes decidieron hacer una broma a una chica que había dado calabazas a un muchacho («cremar una albarda» en la puerta de su casa); quisieron insistir, seguir haciendo burla y acabaron peleando y sacando un «machinet» (1700).106 Además de casos semejantes en Albalat de la Ribera (1611) o en Valencia (1591, 1600), Morvedre (1639) y Alzira (1583, 1599, 1663), donde en una noche de 1702 mataron de una estocada a Thomas Giner, «per causa de una diferencia que en les nits antecedents havien tengut lo dit Giner y el dit Calixto Gomis sobre si es deixava de tocar o no una guitarra».107
l) En un considerable número de procesos poco explícitos no se entra en detalles ni en razones de más envergadura (11,6 %) (cuadro 4.6. Discusiones, burlas y humillación). La explicación de las agresiones que suelen dar los testigos es bastante evidente y más que suficiente para ellos.
Los implicados en la «cuestió», «brega», «pendencia», «desafiu», etc., se dijeron «paraules», «paraules de disgust», tuvieron «rahons», se lanzaron insultos, hubo un enfrentamiento verbal, en su caso se produjo un empujón, etc., o se afina más diciendo que hubo burlas. Es decir, el resultado fue la humillación de uno de ellos o de los dos, y la consecuencia fue pasar «de les paraules a les mans», con resultado incierto y variable. Los ejemplos se repetirían sin demasiada trascendencia. Así, en Valencia, Joanico Pineda, un esclavo al servicio de un hornero, se «atravesa de paraules» con otro trabajador, le llamó «puta y bagasa de un altre catiu blanch…», le replicó, empezaron a «bosinades» y acabaron con cuchillos (1566). «Rahons y paraules» tuvieron Bertomeu Frasquet, «traginer», y el labrador Pere Planes, y acabó este recibiendo un bastonazo en la cabeza (1587). Una noche de domingo de 1670, «dos fadrins cantant» intentaron molestar a la mujer de su amo e insultaron al criado que la acompañaba («cap de bort», «cap de macho»); este se «doná per molt sentit», se volvió a casa, cogió una espada, regresó a buscarlos, dio una estocada a uno de los «fadrins», «sens presehir paraules», y lo mató.108 En algunos casos se atisba o intuye una cierta xenofobia. No faltaron motivos u ocasiones por los muchos franceses residentes en la Ribera (Alzira, Guadassuar, Algemessí, Albalat, etc.), o por los movimientos migratorios del siglo XVII (después de 1609) (mallorquines, castellanos, catalanes, etc.). La gran mayoría están arraigados en la zona, donde trabajaban de jornaleros, criados, artesanos, agricultores, etc., pero el acento, sus nombres, sus costumbres, por su inclinación a tener amigos del mismo origen geográfico o cultural, etc., los delata continuamente. En ocasiones aparecen como delincuentes o perjudicados, en peleas entre ellos o con terceros; pero en otras son las víctimas propiciatorias de la agresividad de los naturales de la zona por su condición de «extraños». La misma actitud de rechazo y desconfianza se podía tener con los emigrantes intercomarcales. No hemos encontrado ejemplos en la cosmopolita Valencia, pero sí en los pueblos. Así, Joan Serra, criado francés en Albalat de la Ribera, se había ganado la antipatía de algunos vecinos, que le amenazaban con hacerlo «tornar deves Catalunya» (sic); una noche dos jóvenes tapados con sus capas le dieron varios bastonazos (1634).109
ll) En el grupo «Otras motivaciones y situaciones» (9,6 % de los procesos) hemos reunido una serie de expedientes que no se reconducían fácilmente a las clasificaciones anteriores, pero que no dejaban de tener una explicación más o menos concreta y puntual, aunque dispersa y variada. Así, cuatro casos aluden a peleas motivadas por saltarse o no respetar la «tanda» o cola en el molino o en el horno.110 Puede tratarse de agresiones como respuesta a amenazas; o por la réplica a una riña o «pendencia» anterior, por haber ensuciado una puerta, por haberle tirado barro, por haber mentido, etc. Aparecen muestras de una cierta solidaridad cuando se ataca a alguien porque previamente pegó o maltrató a un hijo, o azotó a un criado. Incluso entran en juego las discrepancias políticas, tanto a nivel local como con carácter más general.111 Algunos procesos despiertan la hilaridad y sorprenden por su propia ridiculez, si no fuera porque ya estamos acostumbrados a ver brutalidad, desproporción, exageración, sobrerreacción, etc., en nuestros personajes. Son hechos o circunstancias irrelevantes, auténticas nimiedades que acaban en desgracias innecesarias (agresiones en defensa de una mascota o porque un perro ladra y molesta; por razón del tráfico en las calles; por un empujón; por hacer ruido; por no saludar; por rechazar a alguien en el corro de una taberna, etc.). Otros expedientes plantean un contraste radical: cómo la amistad y la alegría se pueden convertir en segundos o minutos en una tragedia irremediable. Son las «bromas que acaban mal», que terminan en resultados imprevisibles y aberrantes. El caso más claro puede ser el de Juan Forés, cristiano, que cenó y pasó la noche en el «hostal» de Tavernes con Miguel Comanos y otro morisco; eran amigos y su relación era buena; habían bebido y en un momento dado se pusieron a bromear unos con otros; Forés quiso levantar en alto a Comanos, que se resistió, y «en esta porfia estigueren abraçats…, burlantse y rientse», pero algo se torció y el morisco acabó con una puñalada en el vientre, de la que murió (1602).112
m) Algunos pocos procesos (2,2 %, «Accidentes») se abren por lesiones o muertes, pero de la instrucción se deriva que su causa fue meramente accidental e involuntaria, sin responsabilidad dolosa o intencionada por parte del agresor. Así, un hombre fallecido como consecuencia de un incendio forestal producido por negligencia (Valldigna, 1627), o un herido al caer al suelo con la espada desenvainada (aunque fue cuando se disponía a luchar, Alzira, 1634). Pero la mayoría tienen relación con circunstancias históricas contextualizadas. Por un lado, la difusión de las escopetas en el siglo XVII, con sus deficiencias técnicas ya mencionadas, provocó cinco accidentes mortales cuando los implicados estaban normalmente cazando.113 Por otro, la gran abundancia de peleas («questió», «pendencia», «desafiu», etc.) y la generosidad y buena intención de los testigos y vecinos para separar a los contendientes e impedir que se lastimaran les hicieron entrar a «despartir» y, en la furia y confusión del altercado, en seis casos se recibieron heridas de arma blanca sin ninguna intencionalidad.114
n) Finalmente, más allá de una causa concreta o determinada, algunos procesos reflejan una «enemistad profunda y duradera» entre individuos, familias o grupos, una especie de «cruzada» personal, un sentimiento profundo de odio mantenido a lo largo del tiempo en una localidad o zona, que predispone a unos contra otros sin solución de continuidad. Una situación social en la que una pelea, lesión o muerte no es un mero incidente aislado, y no acaba de explicar las cosas; más bien, es un eslabón de una larga cadena de longitud imprecisa. Diferenciar este tipo de procesos no es tarea fácil y desde luego su clasificación tiene un inevitable componente subjetivo y equívoco, pero más que la vana pretensión de exactitud en un guarismo porcentual nos importa detectar el fenómeno y describir sus rasgos esenciales como generador cualificado de violencia. Y no son pocos los procesos que hemos relacionado, formando el grupo más numeroso: el 16,7 %, con 99 unidades.115
La frase o expresión clave para definir la animadversión entre el agresor y su víctima es «hoy, rancor e mala voluntat». A veces se le añade la palabra «hira». Con frecuencia se suele utilizar completa, pero normalmente aparecen solo algunas palabras: «rancor e mala voluntat», «hoy», «había rancors» o «mala voluntat», «lo volen mal». A ello le sucede la afirmación de que tenía «voluntat de dampnificarlo», o más claramente, de matarlo. La expresión «oy, rancor e mala voluntat», muy usual en el siglo XVI, aparece cada vez menos en el siglo XVII. Precisamente lo contrario de otra fórmula clave, la «enemiga», citada primeramente en 1586 («capital enemiga»), otra vez en 1595, pero luego, habitual en el Seiscientos (1620, 1631, 1636, 1647, 1657, 1680, etc.). Su relación o redacción completa se suele utilizar en las «scriptures de accusatio e denunciatio» o querellas, en las calificaciones del procurador fiscal, a veces en las sentencias; es decir, en escritos redactados por juristas. Más raras son en las declaraciones testificales, que tienden en su caso a emplear una o dos palabras aisladas («rancor», «mala voluntat», «enemiga», «parcialitat», etc.). Obviamente, es una «frase hecha», una muletilla repetida a la que se acude para justificar o explicar una determinada agresión, como ya hemos mencionado en otros casos del cuadro 4.6. Pero lo importante ahora es que del contexto del expediente se desprende una fuerte animosidad, una inclinación de odio declarado hacia alguien, una voluntad casi pasional (irracional, febril, desmedida) de agredir o perjudicar a un supuesto enemigo, una actitud de «guerra» de unos contra otros. Es, en pocas palabras, un odio profundo, sentido con pasión y con cierta ansiedad de plasmarlo. Y los profesionales del foro lo sabían y por eso utilizaban esa fórmula como explicación lógica de una determinada pelea, lesión o asesinato. Incluso a veces completaban el argumento con otras frases más raras, que traían a colación la intervención del demonio: «Induhit per lo sperit maligne e posposat lo temor de deu y la correctio de la Justicia» (Valldigna, 1587), o «induhit e sedusit del sperit maligne» o «Induhit del sperit maligne e poch tement a deu ne respectant a la Justicia» (Valencia, 1545, 1582).
Ese odio visceral, profundo e intensamente vívido, tiene unas causas que se pierden a veces en el tiempo. Cuando se conocen, son en general las mismas motivaciones que hemos ido relatando. Normalmente, en el origen suelen estar los contenciosos económicos (por una casa y tierras que querían adquirir y no pudieron; por un pleito sobre «eixams» –enjambres–; por el pago de unos impuestos, etc.), las suspicacias o afrentas amorosas (por violación, infidelidad, celos, porque «li persiguiria y inquietaria a sa muller», porque los vio cometiendo «crim de sodomía», etc.), las denuncias ante la justicia (por «clams» agrarios, v. g.), por xenofobia o desprecio al extraño o diferente («gavaitx», al referirse a los franceses), por cuestiones más leves o inconsistentes (por «traveses» o diferencias, por «malenconies», melancolía o irritación…), etc. Puede tratarse de pequeñas discrepancias acumuladas, o de situaciones muy graves que provocan una gran reacción y un cierto arrebato pasional (v. g., la muerte de un pariente, el adulterio, la violación de la mujer o hija). Pero las motivaciones concretas han ido quedando más o menos olvidadas o aparcadas en el pasado y lo que queda como motor de la agresión y de la «vendetta» es el odio, fácilmente alimentado con nuevos desplantes o roces.
Evidentemente, porque una característica esencial de estos procesos es que la enemistad es duradera y se mantiene a lo largo del tiempo. La justicia abre una causa por un delito determinado, reciente o inmediato, pero en la investigación y declaración de testigos se va poniendo de relieve que entre las partes afectadas existe un conflicto personal más o menos antiguo. Hace pocos días, meses, incluso años, los implicados tuvieron «questió», «rahons», «paraules», «brega», «nafra», etc., y no una, sino a veces en varias ocasiones. Después de agredir gravemente a Ana Barberá en el «llavador» de Pobla Llarga, Gabriel Domínguez declaró que era una mujer de mala lengua, que no dejaba de llamarle «lladre» y a su esposa «mala dona», y que había tenido «mes de vint disgusts» con ella (1626).116 Prueba de estos antecedentes es que en entre un tercio y la mitad de este grupo de procesos se ha roto una «pau y tregua» anterior, con lo que al delito violento habría que añadir otro, el de «trencament de pau y tregua».117 Hubo, pues, un fallido intento anterior de zanjar o limitar una enemistad.
Por su propia lógica, otros rasgos no pueden sorprender. Así, estas enemistades no permanecían secretas o disimuladas, sino que acababan siendo «fama publica», adquirían cierta «nottorietat»; la gente del pueblo, barrio o ciudad sabía que tal familia tenía cuentas pendientes con otra, o que esta o aquella persona pertenecía a una u otra «parcialitat». Aunque los expedientes son poco explícitos al manifestar la edad de los reos o delincuentes, en bastantes casos vemos que son jóvenes veinteañeros, con toda la furia, impulsividad e inconsciencia de edades tan tempranas, con sus consecuencias ya conocidas: fiestas y cantes callejeros y nocturnos, el consumo generoso de vino, los desafíos personales, etc. Aquí, como en otros procesos, tiene cabida retar al contrario para resolver la diferencia y dar rienda suelta al propio rencor y deseo de venganza. El grito de guerra es apelar a la hombría del contrario y decirle que salga a la calle. Eso es lo que dice Esteve Duch, morisco de Simat en 1595: «que ixqués, si era home» (1595); o lo que atribuyen a Damiá Sala, labrador de Xara, «lladre, vellaco, puto y si era home, que ixqués» (1607); o Pere Carpí, armado con una espada, «Que si eren homens, hisquessen hu a hu» (Simat, 1630); o Jusep Pascual, «que si era home, q. ixquera», al tiempo que tenía «una musclera en ses mans» (Alzira, 1703).118
Los enfrentamientos físicos suelen caracterizarse por la premeditación, por la búsqueda de la ocasión (v. g., el duelo o reto), por la emboscada, por el ataque a traición, por la agresión por la espalda o con sorpresa, etc., más que por la espontaneidad. Se tiene mucho tiempo para alimentar el rencor y maquinar la venganza, pensando y buscando el momento y lugar oportunos. Es lo que las fuentes repiten una y otra vez: la agresión se hizo «acordadament». Así, en la ciudad de Valencia, en un martes «darrera festa de Pasqua de Resurrectio», a las nueve de la «prima nit», movido por la «mala voluntat y rancor» que le tenía, Pere Mas, «sabater», sacó de su casa a Joan Seguí con la excusa de que le quería hablar; lo llevó con engaño hasta un «cubertis» que da a Santa Catalina, donde le esperaban varios hombres que le atacaron todos con piedras y cuchillos, resultando herido de gravedad (1588).119 Cuando Antonio Jornet se dirigía de Alzira a Benimuslem por el «cami real», le salió Bartholomé Simón, «arrebosat en una escopeta de pedreñal» y le mató por la «enemiga» que le tenía (1636).120 Y en el momento de la lesión, el agresor suele «abrir su corazón», soltar su rabia y justificar su ataque, para que el herido sepa que se va a vengar. Así, Miguel Mir, «home molt inquiet», que no «fa faena ni jornal» y que pasa el tiempo jugando en las «banderes» (a cartas, con la soldadesca), dio un gran golpe a traición a Francesc del Camí, «torsedor de seda», rompiendo «pau y tregua», y en ese momento le dijo: «traydor, qué te he fet yo?» (Valencia, 1627).121
Y «acordadament» también es pagar a alguien para que ejecute la agresión con total impunidad para quien la encarga. El recurso a sicarios, «pistoleros a sueldo», asesinos a precio, etc., no fue raro en la Valencia de los Austrias. Siempre había gente dispuesta a facilitar la venganza de otros por dinero; esa era una de las labores atribuida habitualmente a los llamados vagamente «bandoleros». Ejemplos no faltan en nuestros procesos, como cuando el asesinato de Blaya Borrás en Pobla Llarga se atribuye a Jaume Sisternes, por orden de su sobrino, Sebastiá Borrás (1635).122 Melchior Tapiola y Onofre Soriano, ladrones y gente de mal vivir, recibieron dinero para asesinar a Pere Ferrandis, de Torrent, lo que hicieron emboscados cerca de Valencia, en el paraje de Arrancapinos (1593). Miquel Martí, labrador de Quart de Poblet, era «home de mala vida, facinerós, malfatá, spadají y assassí», al que se atribuyen diversas muertes por orden y pago de terceros (1599). En la lucha de bandos y en la «enemiga» de gente del mismo oficio, se acusa a Jaume Aznar, «esparter» de Llíria, de haber ordenado y pagado para asesinar a sus contrarios, contando con la colaboración del justicia de Llíria y de su lugarteniente (sus «amichs y valedors») (1616).123 Por eso mismo, si se veía a alguien desconocido y armado merodear por los alrededores, la gente se preocupaba, se asustaba y temía que sus intenciones no fueran buenas. Siempre cabía la posibilidad de que un enemigo o contrario recurriera a un sicario para consumar una venganza.124
Odios profundos, duraderos, «guerras» personales, alimentadas por la venganza de cualquier afrenta, interés encontrado, antipatía personal, etc., que enfrentan a individuos aislados, pero con mucha frecuencia se involucran enseguida la familia (hermanos, padres, cuñados, etc.) y amigos y allegados (criados, socios, colaboradores, vecinos, etc.). Hay un principio elemental de solidaridad, de vinculación personal y de propensión al bando o «parcialitat», que convierte los conflictos particulares en guerras potencialmente generalizadas entre unos grupos y otros, más o menos disimuladas o soterradas pero vivas. Esa estructuración no escrita de la población de diversos ámbitos (pueblo, ciudad, gremio, cofradía, estamento, clase social, etc.) en relaciones de clientela y de solidaridad mutua es básica para comprender la sociedad de la época. Si el bando es numeroso, muy poderoso, con ambición de control del poder local y de las finanzas municipales, etc., llegamos a las «bandositats», de las que hablaremos más adelante (capítulo VIII).
La abundancia de procesos de la Valldigna en el siglo XVI nos presenta muchos ejemplos de ese espíritu colectivo, familiar o grupal, que acaba traduciéndose en delitos violentos, con frecuencia suspendidos temporalmente por «paus» que luego se rompen. Así, los Gayvell en la Alcudiola de 1560,125 los desencuentros de Martí Caravanal con algunos Sala, Ferrer, Almazán, Colomer, Alberola, etc. (en Simat-Xara);126 los enfrentamientos de los tres hermanos Oppar con sus muchos enemigos en Tavernes (1571),127 o cómo Jaume Joan Colomer sufría el «oy, rancor e mala voluntat» de varios Sala, Vell, Oliver y Andreu, todos cristianos, y un domingo por la noche, a la salida del «hostal» de Simat se burlaron de él y le dieron cuatro «coltellades» (1578).128 Especial virulencia tuvo la guerra familiar entre los Paddon de Tavernes y los Colomer de Simat. Un hijo de Marquo Paddon, llamado «bandoler», mató a Antoni Colomer, sin que sepamos la causa; fue condenado en ausencia. Desde entonces los Colomer tenían «hoy y capital enemiga» a los Paddon; la madre del muerto estimulaba y excitaba el odio de sus hijos contra la familia del asesino. A principio de enero de 1586, Cosme y Damiá Colomer fueron a casa de los Paddon en Tavernes, buscaron al asesino de su hermano y, al no encontrarlo, mataron a su padre, el citado Marquo Paddon Asís. Por sentencia de 25 de marzo de 1586 fueron condenados a muerte en proceso de ausencia, y hasta que fuesen detenidos, tal como establecían los fueros, irían «a risch e perill dels parents del dit Marquo Patdon occis». Poco después, Cosme Colomer fue detenido en Xérica, identificado y devuelto a la Valldigna, donde fue ahorcado el 26 de mayo del mismo año y su cuerpo expuesto mientras colgaba de una horca.129
La misma tónica vemos en el violento siglo XVII valldignense, del que por encima de los casos individuales (como el de Agosti Pérez en 1647)130 queremos destacar aquellos que tienen un componente familiar o colectivo, como los Sansaloni, padre e hijo, hombres rebeldes y desobedientes, y Fransés Molinés, residentes en la granja de Barx, que ya habían intentado matar a Fransés Montagut, y «continuant la enemiga ab lo dit Montagut que es estada notoria» lo consiguieron de una «escopetada» en febrero de 1641, sin que sepamos la causa.131 La «guerra» entre los Sellés y Ferrandis fue notoria en el Tavernes de principios de los años cuarenta. Al parecer, Pere Ferrandis, «major», tuvo una pelea con Fransés Sellés, al que dejó «molt impedit e inapte» y por ello no podía trabajar desde hacía un año; rompieron las relaciones, pero la mujer de Fransés Sellés, Joanna Roselló, querida y respetada en el pueblo, tuvo «unes baralles» con la hija de Pere Ferrandis. Una noche de enero de 1640 alguien disparó una «escopetada» a Joanna Roselló cuando se iba al horno y la mató. Las sospechas del asesinato se centraron en los Ferrandis, aunque sin pruebas claras; la «fama publica» y la acusación del fiscal se centró en Vicent Ferrandis, hijo de Pere, que hasta enero de 1640 era lugarteniente de justicia y «rondaba» en solitario por las noches e iba armado; este lo niega todo y dice no saber nada de las rencillas entre las dos familias. Una sentencia de 27 de octubre de 1640 lo condena a tres años de galeras y multa, pero es dudoso que esta resolución se ejecutara.132 Lo cierto es que el 18 de septiembre de 1642, casi dos años después, apareció muerto de otra «escopetada» y cinco puñaladas. El asesinato se atribuyó a Fransés Sellés y otros cuatro hombres desconocidos, que quisieron vengar la muerte de su madre, Joanna Roselló; fue condenado a muerte en ausencia y de él se dice que se había unido «ab jent facinerosa y bandida».133 Los ejemplos podrían continuar: los hermanos Vicent y Josep Torres tenían «enemiga» declarada a Andreu Galiana hasta que lo mataron (1649);134 o cómo Joseph Moragues tuvo una riña con Andreu Palomares, de Tavernes, de la que nació la «enemiga»; aunque habían firmado «pau y tregua», aquella persistía y un hijo de Palomares le disparó una «escopeta curta» una noche de fiesta y guitarras de 1680.135
4.5 LAS RAÍCES PROFUNDAS DE LA VIOLENCIA
Después del largo inventario de las situaciones y motivaciones que producen actos y delitos violentos en los procesos penales, es oportuno recapitular e intentar trazar algunas pautas comunes y generales.
Obviamente, el amor propio, el honor, la propia respetabilidad que uno espera recibir de los demás, la defensa de su dignidad, etc., flotan en un gran número de supuestos analizados, muchos más de la mitad. Probablemente es el motivo más usual, frecuente y generalizado. El honor está presente en las situaciones más dispares: las palabras o «rahons», contestar de forma poco respetuosa, los desafíos y enfrentamientos, etc. Pero no solo se vive de una «imagen» de respetabilidad; en el día a día cuentan mucho los intereses, el dinero, la defensa del patrimonio, el beneficio esperado, la compensación del propio trabajo, la devolución de lo prestado, etc. En unos procesos el sustrato económico es explicito (apartados a, b, c, d y f), pero en otros late también la misma motivación (venganzas por «clams» o denuncias ante la corte –apartado e–; algunas razones de las enemistades intensas y duraderas, las apuestas en los juegos, etc.). En el 30 y el 40 % de los expedientes, al menos, podemos vislumbrar intereses económicos, que acaban traduciéndose en agresiones de unos contra otros. Importantes son también las razones amorosas; entre los procesos específicos (apartado h) y otros que podemos encontrar o percibir en diversos expedientes (v. g., en el apartado de enemistades duraderas, en el de discusiones y humillación, o en fiestas y diversiones, etc.), quizá fuesen bastante superiores al 10 % del total. Son los celos, el rechazo amoroso, el deseo sexual, el infanticidio para evitarse la vergüenza pública, etc. Pero como causa general estamos bastante alejados de los criterios anteriores del honor y de los conflictos económicos. Las llamadas comedias del honor del teatro castellano del Siglo de Oro pudieron bien centrar, de forma casi absoluta o predominante, la ofensa de aquel en problemas amorosos, porque era un tema más literario, más poético, que concitaba más el morbo y la atención del espectador, aseguraba el éxito de las taquillas, y no los viles, aburridos y prosaicos temas monetarios de cada día. En el teatro, el honor se vino casi a homologar o identificar con el «honor sexual» o erótico. Pero, a nuestro modo de ver, desdibujaba un poco la realidad social. Por razones de presión social, de tradición y de inercia, de supeditación del sexo femenino al masculino, etc., las esposas eran mayoritariamente fieles y las hijas procuraban llegar vírgenes al matrimonio, o por lo menos parecerlo. En la vida cotidiana era un motivo de agresión mucho menor que las diferencias económicas, por ejemplo. Amor propio, dinero y sexo son las causas más comunes de la violencia según los procesos, pero habría que añadir otras, como quizá un cierto sentido de la solidaridad (familiar, con los criados o amigos), una irascibilidad a flor de piel, la mala vecindad, las antipatías personales, las luchas por el poder, la xenofobia, las bromas mal entendidas, etc., incluso hay casos que hacen pensar en reacciones irracionales y/o patológicas (paranoia), que las fuentes obviamente no pueden aclarar.
Sin embargo, hasta cierto punto estas son las causas «universales» de la violencia en general. Se pueden repetir una y otra vez, las podemos encontrar en cualquier época, momento o lugar, con la debida adaptación al momento histórico. Así, las frecuentes peleas por el reparto del agua de riego tenían sentido en una economía agraria del siglo XVI y no hoy; por contraste, en la actualidad podemos pensar en las agresiones y robos motivados por el síndrome de abstinencia de una droga, lo que es impensable en la España de Felipe IV, por ejemplo. Por tanto, debemos preguntarnos por las circunstancias o razones «específicas» que pudo tener la violencia en la época que estudiamos, en un determinado momento histórico, cómo fue posible que estos delitos llegasen a suponer en torno al 40 % de la delincuencia, y que ello diese tasas de homicidios por habitante muy superiores a la actualidad, además del sinfín de peleas, enfrentamientos, heridas, etc. Sin duda, la etiología, además de compleja, es también heredada; procede de momentos históricos anteriores, se fue creando y desarrollando en la Edad Media y los tiempos modernos debieron de gestionar de alguna manera tal desmedida tradición.
Los procesos consultados nos sugieren algunas explicaciones complementarias. En primer lugar, es inevitable constatar una auténtica desmesurada hipertrofia del sentido del honor, una sensibilidad desproporcionada y desbordada sobre el concepto del propio yo, sobre el sentido de la propia dignidad y la imperiosa necesidad de que los demás lo respeten, que no lo mancillen o menoscaben. La defensa del honor se convierte en un criterio vital esencial y decisivo en muchas circunstancias de la vida cotidiana. Cualquier cosa que pueda ofenderlo es motivo de reacción, de reparación, de respuesta, etc. Las mismas reclamaciones o intereses económicos parecen palidecer ante la palabra ofensiva, ante el gesto despreciativo. Y nadie está dispuesto a tolerarlo. Es, sin duda, la exacerbación del sentido de la propia dignidad, acentuado y exagerado por el reflejo de la ideología de la clase dominante, la nobleza, admirada, respetada, envidiada, etc., en una sociedad de corte y tradición feudal. Estructuras sociales e ideología conforman una mentalidad que alcanza a toda la sociedad, hasta a los más humildes. El «honor de los nobles» irradia también en los «plebeyos», potenciando y reforzando su propia respetabilidad, su imagen pública. Y, desde luego, la afrenta al honor por parte de los demás exige una «respuesta», una reparación.
En segundo lugar, podríamos hablar de una cierta prevalencia del espíritu o ánimo de venganza como un rasgo sustantivo de la mentalidad de la época. La venganza se considera natural, congruente, está en la lógica de las cosas, es consecuencia evidente de una acometida o afrenta anterior. Aunque se puede recurrir a terceros para realizarla (los sicarios), se espera o se estima normal que sea una respuesta «directa», llevada a cabo por el propio individuo, «cara a cara», tomándose la «justicia por su mano». De ahí la abundancia de desafíos, de retos al contrario. La expresión «si eres home, ix al carrer», se convierte en el grito de guerra de muchos enfrentamientos, en Valencia, en Toledo…, o en Ámsterdam.136 Y en esa situación sale a flote todo el machismo de los contendientes, con sus rasgos de arrogancia, orgullo viril, agresividad, prepotencia, etc. Es lo que un individuo normal piensa que debe hacer o cómo debe reaccionar, pero sobre todo es lo que espera de él la sociedad. Los otros aguardan la reacción consecuente, la limpieza de la ofensa, la «respuesta». De hecho, el «desafíu», el reto o duelo, tuvo en su origen un carácter aristocrático, regulado y autorizado por los fueros (el «guerrejar»),137 pero pronto se difundió y divulgó entre las clases populares.138 Como el honor, fue otra irradiación o «democratización», que enraizó perfectamente en una sociedad tan volcada en la expresión pública y abierta de la violencia. Adultos en sus peripecias habituales o jóvenes en sus salidas nocturnas se desafiaron y batieron con frecuencia.139 Este duelismo popular se vio más constreñido y prohibido desde el Concilio de Trento, pero probablemente tal limitación apenas tendría efecto debido a su fuerte arraigo. De no responderse al reto, a la afrenta primera se añadiría otra, la cobardía y falta de hombría por no vengarse, por no responder a un desafío o duelo. Y ello era una losa, una amenaza demasiado dura de sobrellevar para un hombre normal en aquellas circunstancias.140 Cuando la respuesta no es inmediata, el ofendido (real o imaginario) acumula odio y resentimiento contra el supuesto ofensor; entonces, una fiebre interior, una desazón o ansiedad le corroe, aguijoneada por lo que cree que piensan sus vecinos o conocidos, hasta que se decide finalmente a ejecutar la agresión y entonces se siente en cierto modo liberado, aliviado. Es el «oy, rancor e mala voluntat» del que hablan los procesos (o la «enemiga»), como auténtico motor, en última instancia, de la agresión efectuada.
En una sociedad impregnada de valores religiosos cristianos no parece que la caridad, el perdón de las ofensas del contrario o incluso el modelo extremo de ofrecer «la otra mejilla» tuvieran efecto inhibidor o neutralizador alguno. Al contrario, lo normal era «vengarse», antes o después, por un procedimiento u otro, y en ello estaba en juego el propio honor personal. Y del juego dialéctico de acción, venganza y luego «más venganza» podía seguirse una guerra o combate sin fin, un reguero de sangre en «nafres» y «morts». De ahí el recurso (en parte fallido) a la «pau y tregua» como fórmula para detener una violencia que podía descontrolarse y causar muchos percances y desgracias, poniendo en juego la vida humana.141
La antítesis de la venganza «directa», tal como lo hemos explicado, era acudir a la corte y pedir justicia; que un «tercero», una autoridad arbitral superior, conociera de los hechos y dictara una solución reparadora de la ofensa producida. Pero había resistencia a hacerlo, no tenía buena imagen recurrir a otros para resolver los propios problemas, podía parecer socialmente una debilidad, se consideraba costoso y largo, cabía dudar a veces de la imparcialidad de los jueces, etc. Existía una tradición, una cierta inercia, incluso con fundamentos legales, de que las cuestiones personales las debían arreglar y resolver los particulares entre sí.142 Cuando dos sastres discutían en Valencia sobre una cantidad de dinero, Johan Ros le dijo a Francesc Tomás que fuese a la justicia, pero este le contestó orgullosa y despectivamente: «¡no soy yo hombre que voy a la Justicia!»; efectivamente, la biografía de Francesc Tomás estaba llena de «questions» y lanzamientos de puñales con unos y con otros y aquella discusión acabó en heridas a la mujer de Johan Ros cuando se interpuso entre los dos (1569).143
No constituyen menor motivación de la abundante violencia ciertos rasgos psicológicos muy extendidos. Con frecuencia, los personajes de nuestros procesos son hombres impulsivos, de carácter primario, de reacción viva e inmediata, de respuesta espontánea, rápida, explosiva y no reflexiva, de «sangre caliente» y, al parecer, de escaso autocontrol. Algunas palabras, ciertos comentarios o gestos, alguna alusión, etc., pueden ser suficiente motivación para pasar casi sin solución de continuidad al contacto físico. Los golpes o heridas vienen precedidos por palabras acaloradas y consideradas injuriosas, que conducen al poco a la agresión, a la pelea. Se pasa, pues, con gran facilidad «de les paraules a les mans» y la reacción parece a veces excesiva, desproporcionada, e incluso abiertamente brutal en ocasiones. En ese sentido, podríamos considerar como muy extendido en la sociedad de la época el carácter «primario», entendido como la manifestación abierta, inmediata, directa, espontánea de las emociones («arrebatarse», «picarse y repicarse hasta sacar sangre»).144 En el polo opuesto tendríamos un carácter «secundario», más comedido, controlado, reflexivo, de respuestas proporcionadas, lo que implica mayor autocontrol y que quizá solo es resultado de la «educación» de costumbres y hábitos generalizados, es decir, del progreso de una sociedad «civilizada», en la que ciertos excesos deberían ser excepcionales o muy reducidos.
Intentando verificar de alguna manera esta observación, hemos procurado evaluar los hechos relatados en los procesos penales por delitos violentos desde esa doble perspectiva: hasta qué punto la agresión física se produce como reacción espontánea y rápida desde un hecho, discusión o circunstancia inmediata o próxima; o por el contrario, se realiza de manera premeditada, distante, tras unos acontecimientos previos en momentos diferentes pero bastante anteriores, con cierta posible reflexión anterior, de manera «acordada», como dicen las fuentes.145 De 706 procesos, hemos descartado 92 como inciertos o dudosos, y de los restantes 614, en 380, es decir, en el 61,8 % la agresión física tiene carácter de reacción espontánea e inmediata al encontronazo o relación de los implicados; por contra, en los restantes 234 procesos (el 38,2 %) lo fue de manera premeditada. Una opinión que comparte J. Ruff para la zona de Burdeos, para quien tres cuartas partes de las agresiones son espontáneas y no premeditadas.146 Entre las distintas zonas de procedencia de los procesos, encontramos una ligera diferencia entre las áreas específicamente rurales, donde la espontaneidad es mayor (el 65 y el 66,4 % en la Valldigna de los siglos XVI y XVII, respectivamente), intermedio en el caso de Alzira (59,7 %), mientras que en la ciudad de Valencia el porcentaje está más de diez puntos por debajo de las zonas rurales (el 54 %), es decir, con menor espontaneidad, aunque aún mayoritaria. Observaciones que están en línea con lo que se ha detectado en otras regiones.147
Los procesos penales han mostrado, igualmente, la gran difusión de las armas en la sociedad valenciana de los siglos XVI y XVII. Las armas existen en casi todos los hogares, en mayor o menor número, de un tipo o de otro; se las considera un objeto ordinario de vida cotidiana, se las aprecia y se utilizan cuando se considera conveniente u oportuno. Y es que son un instrumento «necesario» como elemento de defensa personal, como garante de seguridad, sobre todo cuando no hay otras instancias que la proporcionen (durante la noche, en los caminos, en campo abierto, etc.), cuando las instituciones de orden público no pueden ofrecer una mínima seguridad para las personas o los bienes. Como es obvio, las armas por sí mismas no generan violencia, pero facilitan y/o permiten que el hecho violento resulte más fácil, más dañino y tenga una mayor repercusión, sobre todo desde que aparecieron y se generalizaron las armas de fuego, e incluso con mayor rapidez de fuego, como los pedernales. Sin duda contribuyeron a hacer más extendidos y de mayor gravedad los actos y delitos violentos.
Violencia individual y también violencia colectiva. Hemos podido observar que los enfrentamientos personales derivan con relativa facilidad en «guerras» familiares, y que en torno a familias se agrupan amigos, socios, vecinos, criados, etc., constituyendo una «parcialitat», un bando. Por esta razón aquellos adquieren una dimensión extralimitada. Desde ese momento, el conflicto asume una envergadura muy superior, una complejidad mayor y es más difícil de dilucidar, resolver o desactivar. Volveremos sobre este tema en el capítulo 8, pero entendemos que la interconexión y relación de una propensión acentuada a la violencia personal con la estructura clientelar de la sociedad, con los lazos propios de solidaridad que la caracterizan, tuvo un efecto multiplicador en los delitos violentos y están en la base y el origen de los bandos y del bandolerismo, o al menos de algunas de sus manifestaciones más señeras.
A nuestro modo de ver, todas estas circunstancias (honor desmedido, espíritu de venganza, machismo, propensión a los duelos, carácter primario, difusión popular de las armas, sociedad clientelar) generaron una cierta «cultura de la violencia», con todo lo que ello implica: naturalidad, respetabilidad, frecuencia, recurso habitual, etc., en línea con lo que acontecía en el Occidente europeo.148 No se puede apreciar en los procesos penales, pero este ambiente de violencia se vio facilitado por la debilidad e impotencia del Estado, de la monarquía y sus fuerzas de autoridad y orden. Lo veremos en ulteriores capítulos, pero podemos concretar y desglosar ahora esa afirmación general en la dispersión de las justicias ordinarias y en su falta de probidad y eficacia a nivel local, en las limitaciones a la actuación de oficio («casos fiscals») de la justicia, en particular en ciertos delitos violentos, o el propio sistema «fiscal» de castigo de las infracciones mediante la correspondiente «composició y remisió». Precisamente, la falta de eficacia y represión ejemplarizante de la justicia ordinaria no hacía sino incentivar y aumentar el juego privado de las venganzas y de las guerras de familias y bandos. De ahí que cuando se quiso reaccionar contra la violencia y su desbordamiento, ante la dificultad o imposibilidad de atajar cuestiones complejas de calado estructural (las raíces del honor, el «espiritu» de venganza, el carácter impulsivo de la gente, etc.), se intentó actuar sobre aspectos más concretos, como la limitación y prohibición de ciertas armas, la potenciación de la justicia real o la modificación de algunas materias procesales (aumento de los «casos fiscals», mayor control de las remisiones de penas, etc.).
4.6 UN INTENTO DE CONTENCIÓN: LA «PAU Y TREGUA»
El recurso a la violencia era tan habitual, persistente y grave que la sociedad tuvo que buscar fórmulas para su control e inhibición. En especial, preocupó que los actos violentos se pudieran extender en el tiempo y derivaran en guerras privadas, facilitadas por la vigencia del principio acusatorio, mediante el cual en teoría solo podía intervenir la justicia en estos delitos si previamente había acusación de parte ofendida o víctima. De ahí que, desde el nacimiento de los fueros en el siglo XVIII, aunque con obvios antecedentes medievales (la paz o tregua de Dios) y difusión en otros reinos peninsulares, surgiese con ese objetivo la «pau e tregua», institución de amplia raigambre y larga duración (abolida con la Nueva Planta del siglo XIII). Por ello merecería un estudio en profundidad que rebasara su necesario análisis jurídico,149 esencialmente intemporal, y se abriera a otras consideraciones sociológicas. En ese sentido, y siguiendo la temática de este capítulo, solo queremos aportar algunas consideraciones a partir de los procesos de los tres tribunales estudiados y de los libros de justicia de la Cort de Valldigna, aparte de otra información general.
Las «paus» o paces tienen fundamentalmente un carácter «preventivo» del delito o acción violenta y operan básicamente en dos momentos. Por un lado, de modo previo o previsor, cuando entre unos individuos existe una situación de tensión, un ambiente de discusiones, cierta enemistad, con intercambio de palabras o realización de hechos, etc., que hace prever que acabe en una agresión física (pleitos civiles complicados, palabras altisonantes o claras injurias, «questions», etc.). Por otro lado, y de manera mucho más importante y frecuente, cuando ya se ha producido una agresión o delito y se teme que sea el principio de una cadena o rosario de acciones y reacciones violentas entre los individuos, o sus familias, amigos o bandos, con venganza o «vendetta» personal, independientemente de que ya esté abierto un proceso penal y que este siga su curso.
Como ambas situaciones son públicas y notorias, son diversas las iniciativas que surgen para propiciar una paz. Desde luego, la propia justicia, a instancias incluso de la dicción de los propios procesos;150 el señor feudal, interesado en la armonía entre sus vasallos;151 a veces los virreyes en su cuidado del orden público; los parientes, amigos y valedores, que instan también a la conciliación, e incluso los propios implicados en la contienda, en un intento de que esta no adquiera mayor gravedad y trascendencia. Pero la aceptación y firma de una «pau» es voluntaria y libre; son las partes enfrentadas, normalmente dos, las que deciden o no realizarla.152 Así, se dan casos de rechazo a la invitación u oferta, ya sea por el fuerte sentimiento de odio o rencor todavía existente o por el deseo no confesado públicamente de buscar una «satisfacción» directa.153 A veces, las autoridades ejercen una auténtica coacción para propiciar la paz, como una fórmula necesaria y conveniente (aunque no suficiente) para resolver conflictos públicos y evitar su interminable continuidad.154 Sin embargo, el análisis conjunto de la documentación indica que muchos individuos o grupos concernidos se plegaron a aceptarlas y firmarlas públicamente ante la justicia por razones bastante obvias (la presión ejercida por terceros, mayor facilidad en el perdón o sanción suave de un delito, etc.). Pero también que, a pesar de la aparente gravedad de las penas impuestas por su incumplimiento, las paces acabaron convirtiéndose quizá en un cierto ritual, en un acto formalista, no asumido con mucha responsabilidad o miedo, llegando a romperse posteriormente sin demasiadas consecuencias.
Fueron frecuentes, más que los delitos violentos cometidos sin duda, pero la dispersión y particularidades de su formalización155 hacen difícil establecer ratios comparativos y relativos a la población de distintas zonas y a su posible evolución. Dispersas entre cientos de anotaciones procesales de todo tipo en los Libros de Justicia y Manaments y Empares de la cort de Valldigna,156 hemos prestado atención a las paces registradas y, sorteando las limitaciones de las fuentes, intentado buscar unas referencias numéricas de paces por año registradas ante la justicia. Así, el cuadro 4.7 recoge los datos del total de paces otorgadas en treinta y cinco años del siglo XVII, en todo el ámbito territorial valldignense, presentadas por medias aritméticas anuales por periodos. En la época morisca, sabemos que de 1602 a 1606 se anotaron una media anual de quince paces en la Foya Alta o Simat, por lo que es posible que en todo el valle oscilaran entre 20 y 30 por ejercicio anual,157 para una población cercana a los dos mil quinientos habitantes. La media de los dos periodos, 1610-1612 y 1621-1623, refleja una cifra media muy alta (19,6; 22,2), no alejada de la anterior a la expulsión, pero ahora con menos de la mitad de la población; ello indicaría un alto grado de violencia o tensión en las primeras décadas del proceso repoblador. Desde el periodo 1627-1634 las cifras bajan considerablemente (11,3), aproximándose a la media general de los treinta y cinco años de la serie (12,7), con un mayor descenso entre 1639 y 1648, para repuntar ligeramente a mediados del siglo XVII. En cambio, entre 1688 y 1700 la media presenta una clara disminución (9,8), que hay que relacionar con una población en clara recuperación (en torno a 1.500 habitantes), por lo que nos da una imagen de menor firma «relativa» de paces, de un inferior recurso a esta figura o incluso un descenso del nivel de violencia o tensión social, que no deja de guardar paralelismo con otros indicadores.
Menos complejidad presenta la distribución de un considerable número de paces a lo largo de los meses en que fueron firmadas, como queda reflejado en el cuadro 4.8. Este indicador aproximativo158 muestra que, dentro de una distribución de las paces lógicamente a lo largo de todo el año, en los dos periodos estudiados (1564-1609 y 1610-1700), estas suelen aumentar en los meses de junio a agosto, e incluso en septiembre (época veraniega, días más largos, mayores labores agrícolas, etc.); luego sigue en volumen un momento bastante destacado en diciembre-enero (Navidades y fiestas de principio de año); a veces destaca marzo (la Pascua, siglo XVI), mientras que los meses con menos anotaciones suelen ser siempre octubre y noviembre (el otoño). Esta evolución interanual de las firmas y anotaciones de las paces ofrece un paralelismo muy elevado con el registro mensual de los delitos violentos que quedó reflejado en el cuadro 4.1, lo que, con todas las precauciones y matices que se quiera, muestra una estrecha relación entre violencia y «pau y tregua».
CUADRO 4.7
Número anual de paces (Valldigna, siglo XVII)

CUADRO 4.8
Distribución mensual de las paces (Cort de Valldigna)
| 1564-1609 | 1610-1700 | |
| EneroFebreroMarzoAbrilMayoJunioJulioAgostoSeptiembreOctubreNoviembreDiciembre | 188159102126301715617 | 644344364252728545302240 |
| TotalesMedia mensual | 19216 | 57547,9% |
Tras referirse a la fecha de su realización, un documento o «acte de pau y treua» comienza siempre por la relación de las dos partes (enfrentadas, opuestas) que deciden firmar la paz, con referencia a su profesión, domicilio o situación ocasional. Todas las actividades laborales aparecen en los escritos, lo que refleja sin duda la estructura social del lugar donde se encuentran.159 Se trata de individuos que viven en la misma localidad o sede judicial donde se levanta el acta, o pueblos próximos, o incluso gente forastera que se encuentra («atrobat…») en ese momento en un lugar diferente al de su residencia habitual. Son siempre varones, nunca hemos visto la comparecencia de una mujer. Suelen ser hombres adultos, pero a veces comparecen menores de edad (20 años), representados por un curador (normalmente sus padres), que recuerdan los enfrentamientos y desafíos entre jóvenes solteros desde poco después de la adolescencia (los «fadrins»).
El cuadro 4.9 pone de relieve que en la gran mayoría de casos las partes firmantes están constituidas por individuos aislados, entre el 66 % antes de 1609 y el 71,32 % a lo largo del siglo XVII. Es decir, refleja una diferencia o fricción interpersonal por diversos motivos que no se especifican, sin que podamos conocer si detrás de ellos existen otros individuos, grupos, familias, por elementales lazos de solidaridad. A veces, se especifica que son dos «germans», o individuos del mismo apellido (v. g. los Ferrando), los que firman paz, lo que indica un conflicto intrafamiliar que intenta conjurarse. En cambio, en el resto de paces consignadas una de las partes firmantes, o las dos, están compuestas por grupos de individuos, que en conjunto suponen una tercera parte de las paces estudiadas, ya sea un individuo con un grupo (el 20 y 17,45 %), o dos grupos de personas entre sí (14 y 11,22 %). Son grupos de dos, tres, cuatro, etc., hasta en alguna ocasión seis o siete individuos descritos personalmente, que deciden renunciar a su enfrentamiento particular. Dentro de la parquedad de la anotación procesal, en estos grupos observamos la repetición de los mismos apellidos de forma bastante reiterada: en el 70,58 % de los grupos citados en el siglo XVI y en el 80 % de los referidos en el XVII aparecen personas con los mismos apellidos, en una amplia gama de posibilidades y combinaciones. Claro indicador de que una parte muy considerable de la violencia y conflictividad social (aunque no toda) tiene un fuerte componente grupal, «asociado», de bandos y parcialidades formadas en todos los pueblos y lugares. Y, a mayor abundamiento, la repetición de apellidos, unido a veces a su indicación expresa («germans», «pare», «fill», «parents»), convierte el componente familiar o parental en un aglutinante muy fuerte en la conformación de estos grupos, junto a otros elementos (amigos, criados, socios, vecinos).
CUADRO 4.9
Estructura subjetiva de las paces (Cort de Valldigna) (cifras absolutas y porcentajes)
| 1564-1609 | 1610-1700 | |
| Entre individuos aisladosEntre un individuo y un grupoEntre dos grupos | 33 (66)10 (20)7 (14) | 286 (71,32)70 (17,45)45 (11,22) |
| TotalesApellidos repetidos en los grupos | 5012(70,58) | 40192 (80) |
La «pau y tregua» se otorga ante la autoridad judicial, el propio justicia, su lugarteniente, el omnipresente escribano o a veces otros oficiales menores (misatge, el cap de guayta, alguacil, etc.). Las Cortes intentarán vigilar esta posible dispersión.160 En los ejemplos estudiados y en diversas lecturas de la época no hemos encontrado la diferencia entre la firma de una simple «tregua» exclusivamente, más o menos larga o extensa, por un lado, o la opción por una «pau» definitiva, por otro. Al contrario, lo normal es observar la referencia conjunta a una decisión concluyente y sin condiciones temporales («pau y tregua», sin más). No obstante, sí hay muchas veces en el documento original la anotación marginal de «pau final» o «pau definitiva», que se traduce en el desarrollo del texto en la expresión de «duradera per cent y un any».
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