Kitabı oku: «Marie-Claire Blais y Margaret Atwood»
MARIE-CLAIRE BLAIS Y MARGARET ATWOOD
BELLAS BESTIAS,
ORÁCULOS Y APOCALIPSIS
Biblioteca Javier Coy d’estudis nord-americans
http://www.uv.es/bibjcoy
Directora
Carme Manuel
MARIE-CLAIRE BLAIS Y MARGARET ATWOOD
BELLAS BESTIAS,
ORÁCULOS Y APOCALIPSIS
Eva Pich Ponce
Biblioteca Javier Coy d’estudis nord-americans
Universitat de València
Marie-Claire Blais y Margaret Atwood:bellas bestias, oráculos y apocalipsis
©Eva Pich Ponce
1ª edición de 2014
Reservados todos los derechos Prohibida
su reproducción total o parcial
ISBN: 978-84-9134-155-0
Imagen de la portada: Sophia de Vera Höltz
Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera
Publicacions de la Universitat de València
http://puv.uv.es publicacions@uv.es
A mis padres
Índice
INTRODUCCIÓN:
LA LITERATURA CANADIENSE Y LA LITERATURA QUEBEQUENSE
Dos escritoras leídas en las dos lenguas
Marie-Claire Blais y Margaret Atwood
IDENTIDAD NACIONAL Y LITERATURA
Marie-Claire Blais y Estados Unidos
Margaret Atwood y Estados Unidos
La convivencia de las dos soledades
EL UNIVERSO FEMENINO
Subvirtiendo los géneros tradicionales
La belle bête y los cuentos de hadas
The Edible Woman y la forma del romance
Entre el silencio y la escritura
Manuscrits de Pauline Archange
Lady Oracle
Cierta reconciliación: Visions d’Anna y Cat’s Eye
Vulnerabilidad y violencia
Bodily Harm
Soifs
UN FUTURO INCIERTO
Soifs y el fin del mundo
Después del fin del mundo: Oryx and Crake, The Year of the Flood, MaddAddam
Conclusiones
Bibliografía
Abreviaturas utilizadas
Marie-Claire Blais
| BB | La belle bête |
| MPA | Manuscrits de Pauline Archange |
| VIVRE | Vivre! Vivre! |
| JJ | Un Joualonais sa Joualonie |
| NU | Les nuits de l’Underground |
| SV | Le Sourd dans la ville |
| VA | Visions d’Anna |
| SF | Soifs |
| DFL | Dans la foudre et la lumière |
| ACD | Augustino et le chœur de la destruction |
Margaret Atwood
| EW | The Edible Woman |
| SURF | Surfacing |
| LO | Lady Oracle |
| BH | Bodily Harm |
| CE | Cat’s Eye |
| OC | Oryx and Crake |
| TYF | The Year of the Flood |
| MAD | MaddAddam |
Agradecimientos
Quisiera agradecer sinceramente la ayuda de todas aquellas personas que me han apoyado y aconsejado a lo largo de este trabajo. En primer lugar quisiera dar las gracias a la profesora Claude Benoit Morinière, por el detenimiento con que ha leído este manuscrito y por sus observaciones, que me han sido de gran utilidad. No puedo sino recordar también aquí con cariño a Elena Real Ramos, quien fue testigo de mis primeros pasos en la investigación de la literatura quebequense.
Las conversaciones con Patrick Poirier, Élisabeth Nardout-Lafarge, Pierre Nepveu y Lori Saint-Martin han sido de inestimable ayuda, al igual que los consejos de Lola Bermúdez, Marta Segarra, Angels Santa, Rosa de Diego, y Ana Monleón. También quisiera agradecer a los miembros del Departamento de Filología Francesa i Italiana de la Universitat de València sus continuos ánimos y apoyo durante estos últimos años a pesar de la distancia. Y a los miembros del Departamento de Filología Francesa de la Universidad de Sevilla, por el apoyo que me demuestran día a día. Finalmente, quisiera dar las gracias a mi familia y amigos por su paciencia, su cariño constante.
Esta investigación ha contado con la ayuda de la Bourse Jean-Cléo-Godin del Centre de recherche interuniversitaire sur la littérature et la culture québécoises de la Université de Montréal y de la Bourse d’Excellence Gaston Miron, de la Association Internationale des Études Québécoises.
Introducción
La literatura canadiense y la literatura quebequense
La literatura canadiense anglófona y la literatura quebequense se han dado la espalda durante mucho tiempo y se han desarrollado de forma independiente, sin que haya habido apenas contacto entre ambas. Esta situación refleja las “dos soledades” de la sociedad canadiense, una expresión tomada de la novela de Hugh MacLennan, Two Solitudes, publicada en 1945, cuyo título se ha convertido en el símbolo de la falta de comunicación entre el Canadá anglófono y francófono. Escritas en lenguas diferentes, estas dos literaturas siguen tradiciones literarias distintas. La canadiense anglófona comparte muchas de las características de las literaturas inglesa y estadounidense. La quebequense, en cambio, está escrita en francés y se acerca principalmente a los modelos estéticos y culturales de la literatura francesa. Ahora bien, sí que tienen en común no sólo el espacio geográfico, sino también una historia política y social, y una herencia colonial que, como ha señalado Milan Dimic, hacen que encontremos en ellas temas y arquetipos característicos del mundo occidental (1979: 115).
En 1867, a través de la Confederación, Canadá se transformó en un dominio federal de distintas provincias. A pesar de esto, el país ha seguido vinculado a Gran Bretaña a través de la monarquía constitucional y conserva a la reina Isabel II como jefe de estado. La nación está compuesta por ocho provincias anglófonas (Alberta, Columbia Británica, Manitoba, Terranova, Nueva Escocia, Ontario, Isla del Príncipe Eduardo y Saskatchewan), una francófona (Quebec) y una bilingüe (New Brunswick). El francés y el inglés no son las únicas lenguas de estos territorios, puesto que también hay que tener en cuenta la presencia de lenguas indígenas y de otras habladas por una gran variedad de inmigrantes venidos de distintas partes del mundo, que constituyen a su vez otras comunidades culturales. Según Rosa de Diego, el “Otro en Quebec puede ser americano o europeo, o incluso procedente del sur, sobre todo haitiano, magrebí u oriental. Procede de los cinco continentes. En cualquier caso, una mirada global sobre los inmigrantes nos revelará que conforman un mosaico variado y heterogéneo de rostros y culturas” (2002: 268). Por este motivo, y como ha subrayado Faye Hammil, la dificultad de definir la identidad nacional canadiense es particularmente compleja, debido a la diversidad de su población (2007: 1-2).
Es importante destacar que Canadá también se encuentra bajo la influencia cultural y económica de Estados Unidos. Frente a esto, los canadienses han sentido la necesidad creciente de afirmar su propia identidad, algo complejo dadas las fracciones internas del país, caracterizado por la convivencia de distintas lenguas y culturas, y de un movimiento quebequés que reivindica a su vez su propia identidad francófona.
A finales del siglo XIX, el sentimiento patriótico emergente en el Canadá anglófono empezó a sugerir la necesidad de afirmar la existencia de la literatura canadiense, una literatura nacional que fuera capaz de competir con la de países como Inglaterra o Estados Unidos. Henry James Morgan publicó en 1867 su Biblioteca Canadensis or a Manual of Canadian Literature, una obra que incluye tanto a autores anglófonos como francófonos. A principios del siglo XX se empezó a hablar también en Quebec de una literatura “nacional”, francófona, distinta de la de Francia. Esta literatura tenía que representar los valores religiosos (católicos) y culturales de Quebec, y distinguirse tanto de Francia como de la dominación canadiense anglófona, protestante. Para ambas partes, el reconocimiento de su literatura era fundamental para poder afirmar su autonomía frente a la dominación cultural exterior.
La idea de una literatura propia de Canadá, o del reconocimiento de sus distintas literaturas, fue cuestionada durante mucho tiempo. Hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX, una gran parte de la crítica se centró en la producción literaria de Inglaterra, Estados Unidos y Francia, y dejaba de lado los escritos que se realizaban en el país, considerados de menor calidad. Como señala Philip Stratford, las reputaciones de los autores se consolidaban en el extranjero, y no en casa (1979: 131).
En 1951, la Comisión Massey, nombrada por la Royal Commission on National Development in the Arts, Letters and Sciences, publicó un informe que advertía de la amenaza cultural que suponía Estados Unidos para Canadá. En él se recomendaba la creación y financiación de una organización nacional que apoyara las artes canadienses y que fomentara, a través de éstas, la unidad del país. El llamado “Massey Report” impulsó el nacionalismo cultural y promovió la creación en 1953 de la National Library of Canada y en 1957 del Canada Council for the Arts. El gobierno también promocionó la cultura canadiense (anglófona y francófona) mediante festivales, subvenciones y becas para escritores y artistas. La Expo 67, celebrada en Montreal, favoreció un clima de confianza nacional. Se crearon más premios literarios y más revistas especializadas en literatura canadiense. Esto favoreció la producción literaria, que aumentó considerablemente en las décadas siguientes.
Además, en Quebec, los años 60 supusieron una época clave que acabó con el oscurantismo social y cultural que había caracterizado a esa provincia durante los años anteriores, conocidos como el período de “la Grande Noirceur”. Marcado por el espíritu conservador del gobierno de Maurice Duplessis y por la omnipresencia de la Iglesia, fue una época de enfrentamiento político y social entre los partidarios y los detractores de los valores sociales tradicionales. Frente a la miseria, al éxodo rural, la industrialización y la urbanización que caracterizaron la primera mitad del siglo XX, la Iglesia y los entornos conservadores fomentaban el regreso a la tierra y a las tradiciones. La Revolución Tranquila de los años 60 constituyó el momento en el que se confirmó la ruptura con el Quebec tradicional. La subida al poder del gobierno liberal de Jean Lesage marcó el comienzo de una serie de medidas para modernizar todas aquellas estructuras que se habían quedado arcaicas. Las reformas sociales y económicas coincidieron por lo tanto con la efervescencia cultural. Se generó una actividad literaria intensa que intentaba denunciar el oscurantismo que había caracterizado a la sociedad durante los años anteriores y reivindicar la identidad y el nacionalismo quebequenses. Las novelas que aparecieron durante esta década reflejan ese deseo de cambio e insisten en la cuestión de la identidad: la expresión “literatura quebequense” reemplaza la de “literatura canadiense-francesa”, utilizada hasta ese momento. La literatura de Quebec aparece entonces como un proyecto nacional de fundación que pretende reflejar dicha cultura y su unidad. El pasado se convierte en aquel lugar en que el “québécois” debe buscar sus raíces francófonas, pero también en un espacio con el que debe romper. Para asegurar su identidad, el individuo necesita reivindicar su pasado y al mismo tiempo rechazar los valores que caracterizaban a este último. Según el crítico y escritor Pierre Nepveu, los autores quebequenses, durante los años 60, superan frecuentemente esta paradoja mediante la ironía y la caricatura, que les permite recuperar y asumir con cierta distancia el Canadá francés tradicional (Nepveu 1999: 20).
En 1969, el inglés y el francés fueron declaradas lenguas oficiales de Canadá, y a finales de los años 70, la literatura canadiense, anglófona y francófona, alcanzó un reconocimiento tanto nacional como internacional. Ahora bien, la crítica siempre mantendrá una distinción tajante entre la literatura “canadiense”, anglófona, y la literatura “quebequense”. La utilización de estos términos para designar dichas literaturas no está exenta de problemas, puesto que el término federalista “quebequense” excluye las producciones francófonas escritas fuera de Quebec, en otras partes de Canadá. También excluye aquellas producciones anglófonas escritas en Quebec, por autores como Mordecai Richler o Leonard Cohen. Pocos manuales recogen escritores de ambas tradiciones literarias y las dos literaturas han evolucionado sin que haya habido apenas contacto entre ellas.
Como subraya Philip Stratford, los lectores de cada lengua desconocen lo que se escribe en la otra. Se han utilizado diversas imágenes para describir la relación entre la literatura canadiense y la literatura quebequense: líneas paralelas, una espiral, una elipse, una doble hélice (Stratford 1979: 132-137). Sin embargo estas figuras abstractas ofrecen una visión incompleta de la complejidad de las relaciones (o de la ausencia de relación) entre ambas culturas. Como señala Barbara Godard, lo más común es encontrar en los pocos manuales de literatura canadiense en los que se incluye algo sobre la literatura de Quebec, el modelo “AND Quebec”, es decir, un último capítulo en el que se habla de la literatura quebequense y que implicaría una apropiación de ésta por parte de la literatura canadiense anglófona (Godard 2002: 76). De hecho, la recepción de las obras quebequenses en el Canadá anglófono ha seguido durante mucho tiempo dos perspectivas: se las consideraba como obras que permitían al lector anglófono conocer al Otro, “québécois”, por lo que se apreciaban aquellos elementos folklóricos o que enfatizaban las características culturales de la gente de dicha región, o bien al contrario, adoptaban una perspectiva que minimizaba las diferencias con el objetivo de integrar la obra quebequense en un proyecto nacionalista antiamericano.
El Canadá anglófono, siguiendo este propósito, ha buscado con frecuencia lazos que lo unieran a la literatura de Quebec. En la década de 1920 las traducciones inglesas de algunos libros francocanadienses de Camille Roy y de Adjutor Rivard, así como la traducción de la obra de Louis Hémon, Maria Chapdelaine, dieron a conocer mejor esta literatura al público anglófono. No obstante, como señala Annette Hayward, las obras que se traducían a principios de siglo presentaban sobre todo una imagen rural, folklórica y católica de Quebec. Se trataba también de una imagen que querían dar a conocer los regionalistas francófonos de la época con el fin de presentar un Quebec distinto al Canadá protestante (Hayward 2002: 22).
Muchas obras, tanto anglófonas como francófonas, anteriores a los años 60, presentaban una visión estereotipada de la otra cultura. Según Patricia Smart, en novelas francocanadienses como La Terre paternelle, Maria Chapdelaine, Menaud, maître-draveur, Trente arpents o Bonheur d’occasion, el personaje anglófono aparece como un invasor, un conquistador, un empresario rico que destruye la cultura francófona. De la misma manera, en la literatura canadiense anglófona, y particularmente en obras como The Man From Glengarry de Ralph Connor, en la poesía de William Henry Drummond o en Two Solitudes de Hugh Maclennan, los personajes de Quebec se convierten en restos folklóricos de una cultura en vías de desaparición (Smart 1984: 26). Las traducciones de los años 20 ignoraron muchas obras, menos folklóricas, de autores tan importantes como Emile Nelligan, Paul Morin o Arsène Bessette (Hayward y Lamontagne 1999: 465) y ofrecieron por lo tanto al público anglófono una visión muy incompleta de la literatura que se hacía en Quebec.
A pesar de esto, el conocimiento de la literatura francocanadiense en el Canadá anglófono se vio favorecido por algunos manuales de literatura que incluían a autores quebequenses. La yuxtaposición de obras canadienses de lengua inglesa y francesa comenzó en el siglo XIX con L’histoire de la littérature canadienne de Edmond Lareau (1874), que enumeraba autores de ambas literaturas. En 1924, Archibald MacMechan publicó Head-Waters of Canadian Literature, en el que la literatura quebequense estaba muy presente. Con posterioridad, en 1927, apareció An Outline of Canadian Literature, de Lorne Pierce, un manual que trataba de forma comparada las obras de escritores de lengua inglesa y francesa, ayudándose del Manuel d’histoire de la littérature canadienne-française de Camille Roy de 1918. Como homenaje a Pierce, en 1939, Roy publicó una edición de su propio manual bajo el título de Histoire de la littérature canadienne, donde añadía un capítulo dedicado a la literatura canadiense anglófona, inspirado por el manual de Pierce. A partir de 1937 The University of Toronto Quarterly dedicaría una sección separada a las “French Canadian Letters”, que presentaría autores como Ringuet, Marie Lefranc, Jean-Charles Harvey. También se escribirían libros completos sobre la literatura francocanadiense: J. Turnbull, Essential Traits of French Canadian Poetry (1938); Ian Forbes Fraser, Bibliography of French-Canadian Poetry (1935) y The Spirit of French Canada (1939); Wilfrid Bovey, The French Canadians Today (1939); Charles Clark, Voyageurs, Robes noires et Coureurs des bois: Stories from the French Exploration of North America (1934); James Geddes, Bibliographical Outline of French-Canadian Literature (1940).
Sería sobre todo tras la Revolución Tranquila de los años 60 cuando la explosión literaria de Quebec llamaría la atención de la crítica anglófona sobre esta literatura. Según Hayward y Lamontagne, más de 163 textos sobre la literatura quebequense se escribieron en el Canadá anglófono en 1967, un año que coincidió también con la celebración del centenario de la Confederación (Hayward y Lamontagne 1999: 469). Los intentos por comparar ambas literaturas también aumentaron ligeramente en los años 60, con críticos como Jean-Charles Bonenfant, Jean-Charles Falardeau, Desmond Pacey, Malcolm Ross, Philip Stratford, Clément Moisan o Ronald Sutherland, que hacían frecuentemente hincapié en los aspectos sociopolíticos de las dos literaturas, como señala el propio Moisan (1999: 57).
Philip Stratford afirma que en 1968 había más autores quebequenses traducidos al inglés que viceversa (Stratford 1968: 180). En 1972, el Conseil des Arts puso en marcha un programa de subvenciones para traducir libros quebequenses y canadienses anglófonos a la otra lengua oficial. Se tradujeron 66 libros en 1974, y entre 1972 y 1981 las traducciones subvencionadas fueron 452 (Godard 2002: 75). Sin embargo, como ha analizado detenidamente Barbara Godard en sus estudios, muchas de las traducciones de obras quebequenses al inglés reescribían en cierto sentido estas obras dándoles un carácter realista o referencial (Godard 2002: 77).
A partir de 1970, las tensiones asociadas a la subida del movimiento nacionalista en Quebec aumentaron. La creación en 1968 del Partido Quebequés y el terrorismo que desembocó en la crisis de octubre de 1970, muestran las relaciones sociales y políticas conflictivas que existían entre Quebec y el Canadá anglófono. En 1980, el referéndum sobre la soberanía de Quebec, en el que el no ganó por un 59,44%, llevó a muchos escritores francófonos a la desilusión y situó la cuestión nacional en un segundo plano. La idea de la fundación de la literatura quebequense se vio sustituida por toda una serie de posiciones políticas y estéticas. El entusiasmo y el optimismo que había suscitado la novela de la Revolución Tranquila, dejó paso a un sentimiento de pérdida (Biron, Dumont y Nardout-Lafarge 2007: 502). A partir de ese momento, la literatura quebequense se caracterizará por una gran pluralidad temática y estilística. La importancia del movimiento feminista, sobre todo a partir de 1975, también transformará dicha literatura dándole un carácter más intimista e inspirando la creación de nuevas formas literarias, como la “teoría-ficción” (théorie/fiction o fiction-theory).
El movimiento feminista favoreció los contactos entre la literatura quebequense y la canadiense anglófona, como han señalado, entre otras, Barbara Godard o Marguerite Andersen. Según Godard, algunas escritoras anglófonas se vieron influenciadas por la teoría-ficción que se hacía en Quebec. Margaret Atwood y Lola Tostevin la practicaron mediante el poema en prosa, Smaro Kamboureli y Daphne Marlatt mediante la forma del diario, y Aritha Van Herk, Kristjana Gunnars y Gail Scott la utilizaron en sus “ficto-criticisms” (Godard: 2002, 81).
Según Andersen, durante los años 80, el Canadá inglés se interesó considerablemente por la literatura quebequense escrita por mujeres. Admiraban esta literatura por su carácter subversivo puesto que representaba una transgresión tanto por las nuevas formas que introducía, como por la temática que cuestionaba las tradiciones patriarcales (Andersen 1988). Un diálogo muy significativo entre escritoras de ambas lenguas se realizó a través de revistas como Tessera, Room of One’s Own, o en obras colectivas como In the Feminine: Women and Words (1983) y Gynocritics/La gynocritique (1987). Si cierto cambio aparece en el sistema literario canadiense anglófono por la influencia de estos textos, y de escritoras quebequenses como Nicole Brossard, Suzanne Lamy, France Théoret, Madeleine Gagnon, o Louise Dupré, se trata de una práctica que se limita a la producción marginal de la escritura experimental (Godard 2002: 81).
Los tres autores quebequenses más estudiados en el Canadá anglófono son mujeres: Gabrielle Roy, Anne Hébert y Marie-Claire Blais. Como ha destacado Godard, sus obras han circulado durante mucho tiempo en el campo de la producción restringida, y han sido publicadas sobre todo en inglés por editoriales estadounidenses y en coedición con editoriales canadienses anglófonas (McClelland & Stewart, Stoddart-General). En cuanto a las obras experimentales de las escritoras feministas, circularon sobre todo en el ámbito de la producción marginal de vanguardia y aparecieron en revistas especializadas en la literatura experimental o en editoriales pequeñas como Talonbooks, Exile Editions, Coach House, o Women’s Press (Godard 2002: 77).
La crítica quebequense se ha resistido durante muchos años a considerar la literatura anglófona. A partir de los años 80 sí que ha habido cierta voluntad de reconocer dicha literatura y sobre todo las obras escritas por aquellos autores anglófonos que viven y escriben en Quebec. En 1984, la revista quebequense Voix & images dedicó un número a la literatura canadiense anglófona, lo que pone de manifiesto claramente cierto cambio en cuanto a las relaciones entre ambas culturas. Desde entonces, diferentes revistas quebequenses han consagrado números a la literatura anglófona, aunque se han centrado principalmente en aquella escrita en Quebec: Quebec Studies, Lettres québécoises, Spirale. Como ha destacado Lianne Moyes, el número de revistas quebequenses que han dedicado números temáticos o artículos a la literatura anglocanadiense pone de relieve cómo una nueva generación de intelectuales francófonos se vuelca sobre la escritura anglo-quebequense, que constituye, según ella, “a company of strangers” (2006: 17).
También a partir de los años 80 se han multiplicado los encuentros y coloquios internacionales tanto en Quebec como en el resto de Canadá. Festivales como Write pour écrire o Métropolis bleu fueron creados para incrementar los lazos entre ambas culturas. Si la relación entre los espacios culturales ha sido problemática, no hay que olvidar que Canadá es un país marcado cada vez más por la presencia de escritores inmigrantes que han enriquecido las dos literaturas y cuestionado el carácter bicultural de Canadá. La presencia de escrituras migrantes, el mestizaje cultural, la multiculturalidad son cuestiones esenciales que atraviesan tanto los textos de los autores como las reflexiones de los críticos canadienses y quebequenses contemporáneos. Los festivales literarios que se celebran en Canadá abren cada vez más sus puertas a la literatura internacional. Para observar esta apertura a las demás culturas, no hay más que ver el ejemplo de la Rencontre Internationale des Écrivains, que se celebra anualmente en Montreal y en la que participan escritores venidos de distintas partes del mundo.
A pesar de todos estos esfuerzos, las relaciones entre la cultura quebequense y anglocanadiense siguen siendo complejas. De hecho, si existen estudios quebequenses sobre la literatura anglófona de Canadá, como se ha mencionado, éstos se centran casi exclusivamente en la literatura escrita en Montreal. Los estudios comparativos de ambas literaturas son escasos y los trabajos de tipo comparativo que han realizado los críticos anglocanadienses y quebequenses se han centrado mucho más en las literaturas europeas, estadounidense o de América Latina.
Aunque la literatura quebequense rara vez se inspira en la literatura anglocanadiense, sí que está muy marcada por la literatura de Estados Unidos, tal y como han mostrado los estudios de Jean Morency o Jean-François Chassay (Morency 1994; Chassay 1995). Esto puede deberse, tal vez, al mayor número de traducciones al francés de las obras estadounidenses, o al rechazo de una literatura anglocanadiense que encarnaría todavía para algunos la dominación política anglófona sobre el territorio de Quebec.
Como señala Paula Ruth Gilbert, los intentos del Canadá anglófono por definir y preservar su identidad como sociedad distinta a Estados Unidos, se asemejan a los intentos de Quebec por afirmar su identidad frente al Canadá anglófono. El Canadá anglocanadiense ha adoptado medidas nacionales para protegerse de Estados Unidos, mientras que Quebec se ha preocupado menos de limitar los intercambios económicos con su vecino del sur, puesto que la lengua francesa le proporciona cierta protección frente a la invasión cultural de este país (Gilbert 2006: 107). A pesar de esto, la presencia de la cultura popular de Estados Unidos en Quebec es innegable. Una encuesta realizada en 1993, sobre la venta de bestsellers en Montreal, mostró que el 40% de los títulos vendidos eran de autores quebequenses, el 30% de autores de Estados Unidos, el 25% de autores de Francia, el 2.6% de autores anglófonos (principalmente británicos) y menos del 2% de autores anglocanadienses. En el Canadá anglófono, las ventas de bestsellers de Estados Unidos ocupaban, según esta encuesta, el 70% y tan sólo el 25% eran títulos de autores canadienses (Mulcahy 2000: 191).
Estas cifras son interesantes puesto que ponen de manifiesto la influencia que la cultura de Estados Unidos puede tener tanto en la sociedad canadiense anglófona como francófona, y justifican el miedo del Canadá anglocanadiense ante la invasión cultural de un vecino que también ha difundido su cultura popular mediante las distintas producciones cinematográficas de Hollywood y la música. Sin embargo, en Quebec las ventas de escritores francófonos inclinan la balanza y permiten a este territorio proteger su lengua y su cultura en el contexto norteamericano. Si el Canadá anglófono se define frecuentemente por oposición o con respecto a Estados Unidos, Quebec destaca tanto la lengua francesa (que le permite distinguirse del mundo anglófono), como su “americanidad” (que le permite diferenciarse de Francia). Según Michel Tétu, los “quebequenses rechazan la utilización del término ‘americanos’ exclusivamente para los habitantes de Estados Unidos. Ellos son también americanos, al igual que los mexicanos” (Tétu 2002: 242).
Frente a la mayor aceptación de la cultura estadounidense, considerada distinta tanto políticamente como por la lengua, las relaciones de Quebec con el Canadá anglófono continúan siendo dificiles, puesto que a este último se le sigue considerando como un poder que domina política y económicamente al “québécois”.
Los autores quebequenses estudiados en el Canadá anglófono son limitados, y el Quebec francófono sigue mostrando una indiferencia palpable hacia la literatura canadiense escrita en inglés. A pesar de esto, los intercambios de principios del siglo XX entre “las dos soledades” se han multiplicado considerablemente en los últimos años mediante coloquios, asociaciones (como por ejemplo L’Association des littératures canadiennes et québécoise/The Association for Canadian and Québec Literatures), colaboración entre universidades, entre escritores, etc. Las conversaciones radiofónicas de 1995 entre Margaret Atwood y Victor-Lévy Beaulieu, un escritor separatista quebequense, recogidas en la obra Deux sollicitudes (que sería traducida al inglés como Two Solicitudes), son sólo un ejemplo del diálogo que algunos autores han intentado establecer con el fin de acabar con la distancia tradicional que existe entre las “dos soledades”. En la introducción a dicho libro, Atwood hace alusión al juego de palabras que aparece en el título, basado en la famosa expresión “two solitudes”, y recuerda el contexto original del que fueron tomadas esas palabras:
This is of course a play on Hugh MacLennan’s famous observation about Canada’s “two solitudes”, and it captures the true spirit of that remark–a remark which was originally used as an epigraph, but often taken out of context. It comes from Rilke’s Letters to a Young Poet, and reads as follows: “Love consists in this, that two solitudes protect and touch and greet each other.” In our conversations, I believe we acknowledged the solitudes. We also acknowledged the greeting. If there were more solicitude, on both sides of the great linguistic divide, we would all be a great deal better off. (Atwood 1998: xi-xii)
DOS ESCRITORAS LEÍDAS EN LAS DOS LENGUAS
El crítico estadounidense Edmund Wilson publicó en 1965 O Canada, un manual en el que describía la literatura de Canadá escrita en ambas lenguas. Según la escritora quebequense Marie-Claire Blais, Wilson se esforzaba en este libro por unir dos culturas separadas, exiliadas la una de la otra en los años 60:
[Edmund Wilson] s’efforce de rassembler nos deux cultures séparées et, pendant ces nébuleuses années soixante, en exil l’une de l’autre, par une interprétation nuancée des écrivains des deux langues. Ainsi parmi les auteurs étudiés, il y aura Morley Callaghan, Hugh MacLennan aussi bien qu’Anne Hébert, Roger Lemelin, André Langevin. (Blais 1993: 24)