Kitabı oku: «El caso tequila», sayfa 2
III
DESARMADOR
2 MEDIDAS DE VODKA
5 MEDIDAS DE JUGO DE NARANJA
1 REBANADA DE NARANJA
HIELO
Ponga el hielo, el vodka y el jugo de naranja en la coctelera. Agítela durante diez segundos al ritmo de “If I Have a Hammer”, del pionero del rock, Trini López. Cuele y sirva en un vaso largo. Haga un corte a la rebanada de naranja para que se sostenga en el borde del vaso.
El de desarmador, o screwdriver, es cuando menos un nombre bastante original para una bebida preparada. También es la mezcla más sencilla que existe para un coctel refrescante: sólo dos componentes. Su pureza compite únicamente con la del martini.
La leyenda cuenta que esta bebida la inventaron trabajadores estadunidenses que laboraban en las construcciones de las plataformas petrolíferas de Irán, en los años cuarenta. A falta de coctelera, para poder revolverlo usaban lo que tenían más a la mano en su caja de herramientas, en este caso, un desarmador. De acuerdo con otra versión, la crearon los trabajadores de la construcción de California después de la guerra. En esta última hay tres elementos comprobables: el auge de la construcción, que aprovechó a los soldados que regresaban de la guerra en los cincuenta; la naranja, que tiene como cuna preferida este estado; y el vodka, que se volvió popular en esa época.
I|I
Se dice que Hollywood invoca la magia en sus películas. Esa magia que hace volar a Mary Poppins; que a las gaviotas, cuervos y otros desagradables plumíferos los convierte en asesinos en Los pájaros; que a John Wayne le ayuda a disparar diez balas en revólveres que sólo tienen seis tiros; que a Rock Hudson lo vuelve varonil; que a Doris Day la convierte en virgen, y que a Humphrey Bogart lo hace ver alto.
Eso es verdadera magia. Pero cuando tratas de ocultar algo tan obvio como un camión de tres toneladas a doscientos kilómetros por hora frente a ti, no hay magia que valga. Ni siquiera aparece en la lista de invitados.
Mi trabajo estos últimos años era detener ese camión, evitar que embistiera a los pobres productores, directores, actores y arrimados de Cinelandia. Hay que tenerles compasión. Hasta ellos fueron bebés y sus mamás los amaban. Es un trabajo sucio, pero paga la renta. Sin embargo, para sostener un proyecto como el de Scott Cherries, necesitaba algo más que la magia de las películas. Requería convocar a todos los magos vivos. Además de desenterrar a otros famosos: Houdini, Merlín y Babe Ruth.
Y eso fue lo que le dije a Scott al día siguiente en su oficina de Sunset Boulevard. Él había conseguido un hermoso bungaló estilo colonial, con tejas californianas, azulejos españoles, palmeras de Florida, secretaria de Kansas y mucama de Mazatlán.
–Sunny, tú no tienes la visión del mundo del entretenimiento —me contestó con su sonrisa felina. Hoy había decidido usar cuello de tortuga y una chaqueta inglesa que lo hacía ver como el doble de Elmer Gruñón. En cualquier momento, Bugs Bunny aparecería y le daría un beso.
–No, te equivocas. Yo tengo una visión mejor desde donde estoy: los calzones de tu secretaria —le respondí. El escritorio de la recepción quedaba justo frente a la puerta de su oficina. Las torneadas piernas en forma de botella de Coca-Cola de su secretaria saltaban a la vista. Scott era un pícaro.
–Baja la voz, ella puede oírte —me murmuró molesto. Tras levantarse cerró la puerta. Su secretaria ya no escuchaba.
Su oficina era mona, como para devorarla, parecida a las casas hechas de golosinas de los cuentos. Mantenía el mismo estilo colonial del exterior, con el sello característico de California. El piso estaba decorado por grandes losetas de barro con remates de azulejos en tonos chillantes. Al centro, habían colocado una sala de piel color verde aceituna y un enorme escritorio fascista. Seguramente lo compraron de barata en el Partido nazi, cuando Alemania perdió la guerra. Atrás del escritorio había un viejo mueble de la época en que California era propiedad de México. En él guardaba Scott el alcohol, los teléfonos de sus amantes y el dinero. De la pared colgaban tres cartelones de películas en las que mi amigo estuvo involucrado. Dos ni siquiera las había visto.
–¿Qué te hace pensar que quiero ser niñera? —le pregunté apenas regresó a su lugar detrás del escritorio, que se le veía grande. Unas tres tallas más.
–Bueno… somos socios, ¿no? —balbuceó mientras abría su mueble antiguo. Vació media botella de vodka en dos vasos y agregó jugo de naranja.
Mientras preparaba el desarmador, sentí que me lo clavaba en la yugular. Puso un vaso frente a mí. El suyo se lo bebió de un trago.
–Es un honor. Debes estar en serios problemas si dices que un sabueso es tu socio. Me pregunto si estoy en una lista entre el plomero y Lupita, tu empleada de limpieza.
–Tú sabes que yo nunca te mentiría —dijo mi amigo con la seriedad del presidente Johnson declarando la guerra—. Al parecer, el tipo, Weissmuller, está en serios problemas. Me ha costado que acepte el trato, pues viene saliendo de un divorcio, acaba de morirse su hija y prácticamente está en bancarrota. Se ha refugiado en Acapulco. Tengo miedo de que haga una locura.
–¿Cómo se puede estar deprimido si se es campeón olímpico y estrella de cine?
–Sunny, Hollywood perdona un desliz con una quinceañera, pero nunca el fracaso. El hombre está acabado. ¿Cuándo fue la última vez que oíste de él?
–No lo sé. Pasan algunas viejas películas por la televisión. No pensé que estuviera tan mal —respondí admirado. No era fácil ver a Scott preocupado. El Pájaro Loco tendría más depresiones que él.
–Estamos arriesgando mucho —bajó los ojos. Hubo un momento de tensión. Sólo un instante. Luego aplaudió y apareció su sonrisa gatuna, marca registrada. Incluso fue la especial, la que se comió al canario—. Pero estoy a punto de cerrar un trato que nos volverá ricos.
–¿Volverá? ¿Tú y yo? ¿Como un matrimonio de bienes mancomunados? —contesté. Sentí el metal en la tráquea. El vodka sólo era para que no doliera.
–Necesito un socio en Acapulco que se asegure de que las cosas funcionan. Él ha aceptado trabajar si lo libramos de un problema: lo están chantajeando por una deuda. Tú podrás contener el problema, aunque no tengamos dinero todavía —me extendió la mano para cerrar el trato. Por alguna extraña razón vi que le salieron cuernos, un rabo y que se tornó, todo él, color rojo. Quizá no era un demonio, tal vez sólo un camarón.
–No habías mencionado nada de eso. No me gusta.
–¿Qué parte? ¿Que deba dinero o que tendrás que lidiar con un chantajista?
–Ninguna parte me gusta, empezando por ti. Scott, yo creo que los chantajistas hacen su trabajo porque la víctima hizo algo mal. No te extorsionan por una mentira. Weissmuller puede empezar a rezar, lo van a aplastar.
–Por eso te necesito.
Lo miré de reojo. Mi mano estrechó la suya. La solté rápidamente, pues tuve la sensación de haber pactado con un demonio.
–Conoces las reglas: sin policía.
–Sólo si no hay un asesinato —respondí en automático. Mi camarada sabía que nunca pediría ayuda a la policía, pues la odiaba. El doble si era mexicana.
Antes de irme saqué una caja de puros que Scott guardaba en el mueble antiguo. La abrí y tomé cinco billetes de cien dólares. Gritó asustado como una niña a la que le quitan su muñeca preferida.
–Es un adelanto. Necesitaré darles algo. El resto me lo pagas cuando llegues a Acapulco —le expliqué con la frialdad de un esquimal de nariz congelada.
–¡Estás loco! ¡Ésos son mis ahorros! —continuó balbuceando palabras incomprensibles. Apenas logré captarlas—. ¿Cómo sabías que ahí guardo las cosas?
–Amigo, cuando agarramos la fiesta y terminamos aquí, estoy borracho, no ciego.
Me miró con cara de odio. Por primera vez en mi vida pude devolverle la sonrisa de gato. Me había comido su canario disuelto en mi bebida.
–No sufras. Facturaré todo para que lo deduzcas.
Abrí la puerta de su despacho y descubrí el panorama de las entrepiernas de su secretaria.
–Apúrate a llegar a Acapulco, no te distraigas mucho viendo debajo de la falda de tu secretaria.
La muchacha clavó los ojos en mí al oírme decir eso.
No supe qué pasó después, pero el ruido de la cachetada llegó hasta el exterior.
IV
B-52
1 MEDIDA DE KAHLÚA
1 MEDIDA DE BAILEYS
1 MEDIDA DE COINTREAU O AMARETTO
Vierta los licores en el orden indicado en un vaso delgado o en uno tequilero. Intente formar tres capas con la ayuda de una cuchara pequeña, dejando caer el líquido suavemente, hasta lograr un efecto de tres colores en la bebida.
Esta famosa bebida fue bautizada con el nombre del bombardero B-52. El estratégico aeroplano Boeing ha volado con el Ejército de los Estados Unidos, desde 1955 hasta la fecha. Diseñado para volar a grandes alturas sin ser detectado por radares en tierra, así como para portar desde explosivos en racimo hasta bombas nucleares, fue una pieza fundamental en el ajedrez de la Guerra Fría y se creó para poder bombardear Rusia en cualquier momento. Ésa fue la razón que motivó a la Unión Soviética a retractarse de colocar misiles en Cuba en 1962. También tuvo un papel importante en las dos últimas guerras de los Estados Unidos: Afganistán e Irak.
La razón de la denominación del coctel es la mezcla de tres licores, que son una bomba. Tan de moda en una época donde todo era atómico, como “Mini Skirt”, de Esquivel.
I|I
Para el viaje arreglé las cosas a fin de dejar mi estudio en Venice Beach por un tiempo. No era un gran trabajo. Sólo dejar un juego de llaves con mi casera. Ella regaría mis plantas, quitaría el polvo cada dos semanas y se aseguraría de que ningún amante de lo ajeno entrara para llevarse mis pertenencias valiosas: las tablas de surf, la colección de historietas, las botellas del bar y las fotos de miss Bettie Page. En cuanto al resto, como los muebles y la ropa, hasta pagaría por que se lo llevaran.
Dejé mi Ford Woody en un taller mecánico. Esta vez se quedaría guardado. Nada grave, sólo una cuarentena mecánica. Ahí le pondrían un termómetro en la boca y le darían su jarabe para el resfriado.
Muy temprano, por la mañana, adquirí mi boleto para Acapulco en la TWA. Preparé mi equipaje. Por más que ponía cosas, no conseguía el título de “maleta de viaje”. Mi Colt descansaba adormilada entre los calzones y las guayaberas, al lado de un libro autografiado por una antigua cliente, titulado Delta de Venus, y unos prismáticos. Si necesitaba algo más, lo compraría con el dinero de Scott. Sólo cosas necesarias, como las bebidas.
Llegué con anticipación a la terminal aérea de Los Ángeles, en Sepúlveda Boulevard. Me dirigí al edificio central, el Theme Building.
Por su forma parecía un platillo volador estacionado en cuatro patas, que esperaba partir a Marte. Ese armatoste en forma de nave espacial siempre me había fascinado. Sus diseñadores, los arquitectos Pereira y Luckman, se echaron un pitillo de marihuana, vieron La guerra de los mundos y dijeron “hagamos un edificio”.
Subí a la parte superior, donde está el restaurante. Me decepcioné al no encontrarme con seres intergalácticos bebiendo extraños cocteles. Sólo estaba lleno de criaturas horrendas: un grupo de agentes viajeros uniformados en traje gris, sombrero de fieltro y gabardina. Unas muchachas de uniforme azul militar atendían.
Pedí un desayuno rápido, acompañado de una cerveza. Al probar mi omelet descubrí que la comida sí era extraterrestre. Solicité, a mi sonriente mesera, salsa Tabasco para quitarle el sabor a marciano. Al menos la bebida no estaba mala, pero tampoco era nada fuera de este mundo. Fui al baño para quitarme el olor de extraterrestre verde que tenía en las manos. Luego busqué un teléfono público. Al encontrarlo, coloqué algunas monedas, rogando que la llamada no fuera intergaláctica.
–Cherries, salgo en la TWA a Acapulco —le dije a mi amigo Scott, que contestó del otro lado.
–Weissmuller te espera en el hotel Los Flamingos. Arregla todo para cuando yo llegue. Me ha pedido un adelanto de dinero —dijo. No se oía contento. Nada contento.
–Lo vas a deducir después. No chilles como niñita. Eres productor de cine, ustedes nunca pierden, ni siquiera con las peores cartas…
Se oyó un gruñido en la línea. Quizá se había vuelto a disfrazar de canario y se lo había tragado un gato.
–Sólo cuida su trasero, Sunny. No te metas en líos.
Sonreí. Ya se le había terminado el enojo.
–Espero que ya hayas arreglado el problema con tu secretaria.
–Ni me recuerdes ese tema. Tuve que darle un regalo: Chanel N° 5… —se hizo un silencio, no tan largo como una ópera—, el frasco grande.
–No te entiendo, Scott. Eres productor, te va bien. ¿Por qué meterte con una mujer casada? —le dije en un tono más amistoso. Me volteé para ver a los comensales del restaurante, seguía ahí el mismo equipo de agentes viajeros. De pronto, una persona me hizo detener la mirada.
–No lo sé. Por la misma razón por la que tú no has visto a tu padre desde hace cinco años: porque es más fácil —contestó Scott.
Yo apenas lo oía, estaba hechizado por completo por mi descubrimiento: una mujer que entraba al restaurante. Valía mucho la pena mirarla. Estaba mejor hecha que el edificio. Sus ingenieros le habían otorgado más belleza. Aunque era pequeña de estatura, su falda corta la hacía verse más alta. Las piernas, perfectamente torneadas. Cada una construida de concreto. Quizás un material más fuerte. La falda era parte de un vestido de dos piezas color azul. Le quedaba tan ajustado como un guante de seda a la mano. Su silueta era sólo curvas, como Sunset Boulevard. Incluso poseía mejores montañas. Ella traía el pelo largo, de un tono castaño. Recogido en una coleta. Con la luz parecía rojizo. El cabello apresado dejaba libre un par de ojos azul grisáceo, tan brillantes como unos costosos pendientes de aguamarina. Sus labios no eran carnosos y al sonreír le otorgaban un par de hoyuelos a la cara, que combinaban de lujo con sus pecas. Había aterrizado un ángel en el aeropuerto de Los Ángeles. Dios lloraba por su pérdida.
–Voy a mandarte dinero para que arregles lo del chantajista. Por favor, no te lo bebas —siguió diciendo mi amigo. Yo ya no lo escuchaba. Ojos Aguamarina requería de toda mi atención.
–Sólo dos botellas —le dije para poder colgar.
Scott seguía dándome indicaciones banales.
–¡Y no mandes todo a la mierda! Por favor, sé discreto… —fue lo último que le oí decir antes de colgar.
Regresé a mi lugar, a tres mesas de donde se había estacionado mi ángel. Dejó su abrigo en la silla y clavó sus ojos metálicos en el menú. Pidió un café y un pastel de queso. Yo me los saboreé. A ella y al pastel.
Mientras esperaba su servicio, comenzó a divagar con la mirada. Hasta que se cruzó con la mía. Le regalé mi mejor sonrisa.
La de ella apenas fue una mueca. Cuando llegó su café se olvidó de todo.
Miré mi reloj. Apenas tenía tiempo de llegar a registrarme. Ojos Aguamarina no había dado pie para que me aproximara. Sin poder olvidarla del todo, recogí mi equipaje y me lancé a la salida. Volteé por unos segundos, para volver a verla. Fue el tiempo suficiente para no darme cuenta de que un hombre venía hacia mí. Nos golpeamos de lleno, como dos locomotoras sin freno. Mi maleta hizo piruetas en el aire. Yo sólo di una vuelta. Los dos caímos con un sonoro golpe.
Por fin logré que Ojos Aguamarina volteara a verme. Esta vez no sólo me devolvió una sonrisa, sino que soltó una carcajada que de inmediato acalló al llevarse la mano a la boca. Por un momento brevísimo nuestras miradas se cruzaron. Después, algo con la fuerza de una pala metálica me levantó de las solapas.
El hombre al que golpeé me tenía alzado a unos milímetros del piso. No era más viejo que yo, pero me sacaba casi una cabeza. Vestía un pulcro traje negro con corbata delgada. Lucía un corte militar y unas gafas oscuras que se habían proyectado a varios metros. Su cara era un cuadrado, sólo su barbilla sobresalía. Sus cejas, amplias, muy pegadas a sus ojos, le daban un gesto de odio que sólo gente como Hitler, Aníbal y el capitán Garfio lograban. El color de los ojos era claro, pero como agua puerca. Si eran el reflejo de su alma, estaba enlamada.
–¡Jijo-de-puta-cabrón! —me soltó en un español brutal, con acento del Caribe. Un español que un mexicano no entendería. Necesitaría traductor o subtítulos—. ¿Quieres morir, imbécil? ¡Te voy a dar una lección para que aprendas a ver por dónde caminas! —completó en inglés. Impulsivamente llevó su mano derecha al saco, y mostró una pistola en su sobaquera.
Yo levanté las manos tratando de emular la cara de un pizcador de naranjas de Orange County.
–Lo siento mucho, míster. No sé inglés —me disculpé en español, como si no hubiera visto la automática que estaba a punto de sacar y probar sobre mí.
El hombre se congeló. Mi plan funcionó, no esperaba que le hablara en su idioma. Todos se sorprenden cuando oyen otra lengua. Es como si les cambiaran el guion a última hora. Sus ojos agua puerca miraron a la concurrencia. Primero al equipo de agentes vendedores, luego a las meseras en sus trajes azules, que, aun asustadas, se veían monas. Pasó por mi ángel para detener la mirada de nuevo en mí.
–Greaser-come-mierda —me escupió en su inglés personal, muy aderezado por su español de Fidel Castro. Dejó lo de la pistola para otro día. Ni siquiera se dieron cuenta los testigos. Para ser federal, era bueno. Terminó gruñéndome en perfecto inglés—: ¡Lárgate de mi vista!
Yo concluí mi espectáculo con una gran sonrisa. Le di la mano y agité la suya como un vendedor de plata en Taxco.
–Gracias, señor. Muchas gracias… —tomé mis pertenencias. Me alejé a la velocidad de superhéroe de cómic. El hombre limpiaba con una servilleta la mano que le había tocado cuando murmuré al salir del restaurante:
–Cubano culero…
V
JAMES BOND MARTINI
6 MEDIDAS DE VODKA
1 MEDIDA DE VERMUT BLANCO SECO
ACEITUNAS DE COCTEL
HIELO
Junte las bebidas con el hielo en el vaso mezclador, agítelo para escarchar. Sirva en una copa de coctel. Adorne con una aceituna en palillo. Bébalo mientras oye el éxito de Shirley Bassey, de la película de James Bond del mismo nombre: Goldfinger.
Ésta es una variante del martini clásico, llamada también vodka martini, ligada al personaje creado por el escritor lan Fleming: James Bond, el agente 007. El autor, quien también fue espía en la vida real, le otorgó su gusto por este coctel a su personaje. Aunque en su primer novela, Casino Royale, Bond pide un martini con gin, vodka, Kina Lillet y adornado con una rodaja de limón, desde su segundo libro, Vive y deja morir, 007 tomaría sólo vodka martinis. Fue un detalle que pasó a la pantalla en las películas, donde Sean Connery fue el agente secreto al servicio de su majestad. Éste volvió famosa la frase de “Shaken, not stirred”, la cual repetirían los otros actores que también encarnaron al espía. El agitar el martini, como lo pide Bond, hace que se derritan los hielos y se creen burbujas. Para algunos puristas, inconcebible. Para otros, el sólo revolverlo no mezcla el vermut con el vodka. Quizás el tiempo le dio la razón a James Bond por su buen gusto, no sólo respecto a las mujeres, sino en cuanto a su bebida: hoy en día la mayoría de los martinis se sirven con vodka y son agitados.
I|I
Registré mi maleta en el mostrador de la línea aérea. Junto a mí había una familia perfectamente arreglada con sus mejores galas para visitar México. Parecía que iban a la iglesia más que a un avión. Me recordaron a la familia de mi madre, en Puebla. Había que emperifollarse hasta para jugar en el lodo. Sentí lástima por los niños, con sus calurosos trajes de lana. Me miraban con esos ojos que imploraban que los raptara y los sacara de esa pesadilla de modales.
Me entregaron el boleto para abordar el avión. Al voltear descubrí al cubano con el que me había tropezado. Estaba en la línea de espera para abordar el mismo avión que yo. Sinatra había invitado a todos, incluso a los pesados.
Traté de alejarme de su vista. No deseaba otra escena como la anterior. Me acomodé en el asiento más apartado de la sala de espera, la familia lo hizo frente a mí. Los niños empezaban a sentirse molestos con las corbatas y los listones. Comenzaron a correr y gritar. Yo hubiera hecho lo mismo. Si a los diez años no posees el alma de un anarquista, no puedes llamarte niño.
Estuve pensando por un rato. No era difícil que el cubano se diera cuenta de mi presencia. Tampoco de que le había mentido. No era cobardía, pero no quería empezar este trabajo con un pleito de pistolas en el aeropuerto de Los Ángeles. Sería mala publicidad para la serie de televisión, y sería peor para mi salud. En especial si una de esas balas me llegase a alcanzar.
–Emocionante, ¿verdad? —le dije al padre de la familia.
Era un hombre grueso, con bisoñé. Un bigote delgado adornaba su gordo labio. Sudaba copiosamente, metido en su gabardina y un traje gris. Los niños empezaban a tramar algo, como tomar el aeropuerto e iniciar la Revolución francesa.
–¿Disculpe? —me preguntó secándose el sudor de la frente, antes de moverse el peluquín.
–El aeropuerto. Volar a un país extraño… es muy emocionante —le expliqué al pobre hombre. Éste volteó a ver a sus hijos, que se revolcaban en la lustrosa alfombra mientras su esposa, de la misma rodada que él, hojeaba una banal revista de modas.
–¡Si usted lo dice! Es una pesadilla. ¿Nunca ha viajado con niños? —se desahogó el hombre. Volteé a ver la tribu de chiquillos. Dejé de contarlos al llegar a cinco.
–El avión tardará en salir. Le invito una copa, amigo —le ofrecí con mi sonrisa de vendedor de autos Cadillac. El hombre gordo lo tomó como su salvación. Saltó un poco, cual atleta olímpico, y me jaló hasta el bar, a unos pasos de la sala de espera.
–Gracias, socio. Realmente lo necesitaba —dijo colocándose en un taburete que chilló al sentir su peso. Yo tomé el de al lado y pedí dos vodkas al cantinero.
–¿Primera vez que va a Acapulco? —pregunté revolviendo mi bebida.
–Sí. Doris, mi esposa, y las niñas se han encaprichado en este viaje desde que salió la película de Elvis Presley —contestó bebiéndose la mitad de su trago. Dos hielos resbalaron también por su garganta. Ni los sintió.
Elvis Presley había logrado un éxito con El ídolo de Acapulco. No era mala, era peor. Pero todas las mujeres suspiraban al verlo cantar “Bossa Nova Baby” mover las caderas y besar a la sueca Ursula Andress. Vamos, hasta yo quería ser como Elvis. ¿Quién no deseaba besar a ese bombón, después de que nos ofreció su cuerpo en bikini en la película Dr. No?
–¡Oh, Elvis!
–Sí, Elvis.
Los dos nos quedamos mirando al frente, nuestras bebidas también, con la vista perdida. Era una expresión común. Nadie podía competir con Elvis. Perdías desde antes de siquiera intentarlo.
–Volar se me hace excitante. Es como una película de espías de James Bond —continué la plática. El gordo sonrió, parecía un niño al que le ofrecieron un helado. Me empezaba a simpatizar.
–¡Oh, sí! —dijo. No porque estuviera aburrido, sino lo contrario. Pero creo que nunca fue un buen conversador.
–¿Puede imaginarse la cantidad de espías que vuelan hoy en día? Hombres con apariencia común y corriente. Como tú o como yo, pero trabajan para los rusos. Cargan pistolas que tienen silenciador —los ojos del hombre casi salieron de sus órbitas. Apretó su vaso con tanto fervor que pensé que lo iba a romper—. Entonces uno se sube al avión, se queda dormido y… ¡paf! ¡paf!
El pobre hombre saltó. Su bebida se derramó en la barra. Bajé la voz para que no me escucharan los demás.
–Llegas muerto a Acapulco. La KGB cumplió su misión: tomaron venganza por lo de los misiles en Cuba —me di media vuelta y terminé el coctel. El hombre estaba blanco como una bata de doctor. El taburete rechinaba por su temblor.
–¿Es verdad eso que me dices? ¿Realmente hay espías rusos infiltrados en este aeropuerto?
–Socio, son fáciles de descubrir. Gafas y traje oscuros, corte militar —volteé a la sala de espera. Encontré al cubano. Estaba a sólo unos pasos de donde los niños jugaban—. Observa a ese hombre, es uno de ellos. Si te fijas puedes ver cómo se le hace un bulto en el brazo. Es una pistola. ¿Quién se dio cuenta? Nadie. Estamos en un país libre, todos podemos portar armas.
–¿Ese hombre volará con nosotros? ¡¿Con un arma…?! ¿Cómo lo sabe? —preguntó, incrédulo. Me acerqué. Saqué mi placa de investigador privado, se la mostré en menos de un pestañeo.
–Yo trabajo para el FBI. Pero no puedo hacer nada. El hombre tiene derecho a portarla. Por eso peleamos en Vietnam, ¿no? Por la libertad —le dije mientras pagaba las bebidas, y lo dejé con la quijada tan abierta que ya habían hecho un panal las avispas en ella. Le di un cariñoso golpe en la espalda. Me gustan los padres que saben qué es lo mejor.
Solo, regresé a mi lugar a esperar, contando los minutos.
Las cosas sucedieron casi como las había planeado. Al mismo tiempo que comenzamos a abordar, el hombre gordo corrió a hablar con un encargado de la aerolínea. Discutieron por unos minutos. Luego llegó alguien de mayor posición y dos policías. Antes de que pudiera acceder al avión, se acercaron al cubano para llamarlo. Molesto, los siguió.
Antes de entrar al avión, ya en la escalera móvil, logré oír su nombre.
–¡Mi nombre es Luis Posada! ¡No saben con quién se están metiendo!
Me tomé algún tiempo para encontrar mi lugar. El hombre gordo ya estaba en el suyo, al lado de su mujer. Me guiñó el ojo y lanzó una sonrisa. Lo adoré aún más.
–Ese espía ruso ya no va a ser problema, compañero —murmuró.
Me acomodé en el asiento. Frente a la ventana. Desde ahí pude ver cómo la policía forcejeaba con el cubano, mientras el avión se alejaba rumbo a la pista. Sospeché que no se trataba de un federal. Un cubano en Los Ángeles es tan raro como un policía honesto. Quizá pronto se arreglaría su situación, enseñaría sus papeles y el permiso de su arma. Incluso yo llevaba una en mi maleta. La diferencia es que ningún padre de familia, como mi nuevo amigo, se quejaría ante la aerolínea.
Me gustaba mi trabajo: ser un cabrón de tiempo completo y trabajar horas extras.

