Kitabı oku: «El caso tequila», sayfa 3

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VI
COCO LOCO

1 COCO FRESCO

½ MEDIDA DE TEQUILA

½ MEDIDA DE RON BLANCO

½ MEDIDA DE GINEBRA

1 CUCHARADA DE CREMA DE COCO

GRANADINA

EL AGUA DEL COCO

LIMÓN

HIELO

Realice un par de agujeros en la parte superior del coco, extraiga el líquido de su interior y reserve en un vaso mezclador. Corte el coco por la mitad, extraiga una cuarta parte de la pulpa, hágala puré y agréguela al vaso, junto con algunos cubitos de hielo, tequila, ginebra, crema de coco, ron y granadina. Mezcle bien y vierta en copas o en mitades de coco. Exprima por encima el limón y sírvase con popote. Adórnelo con flores.

Existe gran cantidad de versiones de esta receta, en Brasil, en Venezuela y en toda la costa de Centroamérica. En cada uno de estos países, el tipo de alcohol cambia, y hasta se le llega a agregar jugo de piña. El común es la crema de coco. En México, en especial en la costa del Pacífico, las palmeras cocoteras abundan y el coco loco se vende en puestos prácticamente en cada esquina. Parte del espectáculo es ver la destreza para abrir el coco y usar su agua para mezclar. Es conveniente agregarle hielo a fin de mantenerlo fresco. Se comenta que el coco se vuelve loco con la mezcla de los tres licores, y que es una bebida afrodisiaca. De lo que no hay duda es de que se trata de la bebida más representativa de Acapulco, lugar que inspiró a Elvis Presley a cantar su éxito del mismo nombre.

I|I

Desde mi ventanilla en el avión pude distinguir la bahía de Acapulco. Es un enorme agujero medio circular en el mar. Como si el gigante Paul Bunyan hubiera hecho un hoyo en la playa mientras jugaba en la arena.

Las montañas de los alrededores son de roca maciza, algunas adornadas con pelucas de plantas tropicales y palmeras. A un lado de la península que cerraba la bahía, encontré una gran roca en forma de pecho de nodriza alemana. Igual de blanca, debido a su uso, que un baño público de gaviotas, pelícanos y demás aves. Era conocida como la isla de la Roqueta.

Alrededor de la playa, colocados como cartones de leche, enormes edificios de concreto desfilaban por la avenida principal. Arriba, en las montañas, se podían distinguir retazos de su pasado pueblerino. Algunas casas se rehusaban a cambiar al uniforme de la modernidad. Sus tejas y muros de tabique encalado permanecían, aferrándose a la nostalgia.

Dejamos atrás la bahía. Nadie podía aterrizar en ese lugar de rocas, excepto un pelícano o Howard Hughes. Ninguno de los dos era el piloto.

Nos alejamos por un extremo, siguiendo campos sembrados de cocoteros. Cuando distinguí el aeropuerto, pensé que ya habíamos llegado a otra ciudad: Shanghái o Moscú. Que el aeropuerto de Acapulco estuviera tan alejado se debía simplemente a un capricho de Dios: no le otorgó nada en línea horizontal excepto el mar.

El avión pisó tierra y rebotó como una pelota. Se acercó al edificio de la terminal, una pequeña construcción que trataba de darse abasto con los aviones que llegaban de forma continua. Cuando abrieron el acceso, una brisa caliente inundó el avión.

Los pasajeros descendimos lentamente. El padre de la familia trataba de controlar a su tribu de niños, que seguían gritando y jugando. El pobre hombre se abanicaba con su sombrero de fieltro. En la plataforma me ofreció una leve sonrisa, tan leve como un suspiro.

Un empleado de Migración nos recibió con cara de tedio. Cuando llegó mi turno, me miró con desdén. Revisó varias veces mi pasaporte, no fuera a ser un vikingo sueco comprimido en mexicano. Al ver que todo estaba en orden, me lo devolvió soltándolo en el mostrador, como si yo tuviera una enfermedad venérea.

En la aduana saqué mi permiso para portar el arma, acompañado con un billete de varios dólares. El aduanero me miró incrédulo. Recogió el billete y me devolvió mis papeles. No preguntó qué tipo de arma portaba. Podría haber llevado misiles rusos. Para él era lo mismo.

Cuando recogí mi equipaje pude observar que el tipo estaba platicando con un policía. No me importó. Yo ya había llegado al Paraíso.

Afuera había varios guías turísticos que se arremolinaban ofreciendo sus servicios. Los evité como corredor de futbol a punto de anotar. La sala de arribos no tenía aire acondicionado. Grandes rehiletes trataban de refrescar el lugar sin conseguirlo. En la esquina de la puerta de acceso descubrí a un viejo amigo. Estaba comiendo unas grasosas empanadas de jaiba de un vendedor ambulante. La salsa se le escurría en cada mordida.

–¡Sunny Pascal! —me gritó, tratando de deglutir un pedazo del tamaño de Texas.

–Charandas Fernández —le dije, y me puse lentes oscuros para combatir el fiero sol de Acapulco.

No me dio la mano. Siguió comiendo hasta terminar su almuerzo. Después de limpiarse con un pedazo de papel, me prodigó un fuerte abrazo. Se lo devolví con gusto.

Lupito Fernández era uno de los mejores arqueólogos de México. Al menos para mí, pues era el único que yo conocía. Le decían “Charandas” por venir de Morelia y por su debilidad de tomarse sus copitas después de cada comida. El problema es que comía todo el tiempo. Eso se le notaba a leguas: redondo por donde lo vieras, no más alto que un ídolo azteca y no tan bajo como una vasija tolteca. Aun así era ágil y se movía con ligereza. Llevaba eternamente un sombrero de cuero de ala ancha, pesados pantalones de mezclilla recogidos y botas industriales. Trataba de dejarse una barba de guerrillero cubano. No lo lograba. Nos habíamos conocido en San Francisco, cuando un millonario contrató a mi antiguo jefe, Mike Carmandy, para encontrar algunas piezas arqueológicas extraídas de su colección privada. Charandas me dio el pitazo de que tratarían de venderlas en México. Los ladrones lo visitaron para cotizarlas. Recuperamos casi todo, excepto el mentado halcón negro egipcio que tanto deseaba el cliente.

Años después, me visitó en Los Ángeles cuando montaba una exposición prehispánica, para ofrecerme un puesto como asesor de seguridad en ésta. Era de los pocos amigos cultos de los que podía presumir. El resto era gente de Hollywood: ésos se presumen solos.

–Es una sorpresa que dejaras tu madriguera en Los Ángeles. Pensé que eras un animal de costumbres fijas —me dijo tomando mi maleta, mientras se limpiaba la grasa de la boca con la manga de su camisa. Sacó un paliacate y se secó la cara. Me tranquilizó que estuviera limpio.

–A veces hasta yo me sorprendo —contesté.

Llegamos a su vehículo: un Volkswagen Sedán convertible, con tantas capas de pintura que parecía moteado. Aventó mi equipaje en la parte posterior.

–¿Te molestaría si te pregunto en qué andas?

–No.

–¿No te molestaría o no te pregunto?

–Ambas cosas. Ando en un trabajo secreto. Mi fachada es cuidar a Johnny Weissmuller.

–¿Conque trabajando en una película? Pronto convertirán Acapulco en el backlot de Hollywood. Terminaremos recogiendo el estiércol de los carruajes de las estrellas —gruñó.

Me acomodé en el asiento del copiloto y puse en el suelo libros viejos y panfletos del Partido Comunista. Me había comunicado con él, al saber que estaría en Acapulco. Deseaba ver a mi amigo y tener transporte gratis.

–Yo no discrimino billetes, el racismo económico es mal visto.

–Tú ya eres un porco capitalista. Te perdimos hace mucho, camarada —me contestó al arrancar el auto. Éste tosió varias veces, refunfuñando por haberlo despertado.

Charandas se salió de los terrenos del aeropuerto. Tomó la carretera que estaba endulzada por enormes palmeras y manglares con garzas blancas.

–¿Sigues trabajando para el Instituto de Antropología? —le pregunté, para hacer plática durante el camino.

Charandas esculcó en sus bolsillos, sacó una paleta de caramelo y se la metió en la boca.

–Los ayudo a catalogar objetos que han encontrado en navíos hundidos. Nada que no puedas comprar en la calle por diez pesos —el viento trataba de volarle su sombrero, así que se lo caló hasta las orejas, mas no se lo quitó—, pero estoy haciendo mis propias investigaciones. Yo también trato de no hacer el feo a los billetes, aunque vengan de los imperialistas.

–¿En qué andas? —le pregunté mientras veía los puestos, al lado de la carretera, en los que vendían cocos fríos. Por un momento deseé pedirle que se detuviera para comprar uno con una buena medida de gin.

–La Nao de China. Un galeón que en tiempos de la Colonia llegaba a Acapulco, cada año, desde las Filipinas, con telas, joyería, marfil, porcelanas y demás tesoros. La última vez fue en 1844 —narraba mientras chupaba su caramelo ruidosamente. Incluso más fuerte que el motor del automóvil.

–Temo decirte que se te hizo tarde por algunos años. No creo que encuentres ya nada que comprar.

–Sunny, oye lo que voy a decir: sé dónde está uno de los galeones desaparecidos, el San Sebastián, que dicen que se hundió en 1754. Esa carga será mía y no pagaré ni un peso por importación.

–¿Otra vez tras leyendas de tesoros? Pensé que después del pajarraco negro se te habían acabado las ganas —contesté, intranquilo. Moví el espejo retrovisor para confirmar mi sospecha.

Charandas también se había dado cuenta de lo mismo:

–¿Había alguien más esperándote?

–En el hotel. La cola que traemos no creo tenerla en mi agenda de teléfonos —le dije, comprobando que un auto Ford Edsel en color oscuro nos seguía desde el aeropuerto.

Frente a nosotros estaba ya la montaña que tendríamos que sortear para llegar a la bahía de Acapulco. Las curvas cada vez estaban más cerradas. Era un laberinto de círculos entre rocas. Empecé a ponerme nervioso. Del lado de mi amigo se abría un gran precipicio con piedras afiladas que descendían hasta el mar. Si te caías, iba a doler.

–¡¿Y qué hago?! —me preguntó Charandas, tras escupir su caramelo como si fuera venenoso.

–No lo sé. Quizá sólo es un turista perdido.

Apenas había terminado de decirlo cuando el Ford Edsel nos golpeó por atrás y nos hizo patinar. Era un automóvil encabronadamente grande. Si lo volvía a hacer, nos aplastaría como a una hormiga en medio de la carretera.

Al menos ya sabía que no estaba perdido y que no era turista, pues salió por la ventana una mano con pistola. Las balas pasaron a los lados y dieron en la sólida pared de roca. Volteé a ver a los que conducían, eran dos hombres con cara intercambiable. Podían ser vendedores de Biblias o ladrones.

Charandas aumentó la velocidad. Estaba pálido, había visto a su propio fantasma. Pobre, quizá nunca le habían disparado. Para mí era como estar en casa.

–¡Dispárales! ¡¿No se supone que eres detective?! —gruñó.

Yo me volteé. Mi Colt seguía donde la había colocado la última vez: entre la ropa interior de mi equipaje.

Otra nueva lluvia de balas llegó. Esta vez una cruzó el parabrisas, dejándolo como una compleja telaraña. Mientras regaba mi ropa por el auto, tratando de encontrar el arma y las balas, mi amigo no paraba de gritar. No un solo grito, sino un aullido continuo que no se detenía.

Por fin logré colocar cuando menos cuatro municiones en la pistola. El primer tiro fue tan erróneo que seguro maté a un chino en China. El segundo hizo lo suyo en el parabrisas. Harían negocio los vendedores de cristal esa tarde.

Para ponerle picante al asunto, un enorme camión de transporte venía en sentido contrario al nuestro. Bajaba poco a poco y forzaba ruidosamente los frenos. Por un momento pensé que Charandas frenaría, pues no había espacio para los dos en la carretera. Sólo por un momento.

Cuando aceleró, decidí que sería bueno guardar la última bala para matar a mi amigo por habernos llevado a un accidente mortal. No fue necesario usarla, el pequeño auto pasó entre el camión y la pared de piedra, como una novia entra en su traje de boda dos tallas más chico.

No vimos el accidente del Ford Edsel. Una curva nos lo impidió. Pero el estruendoso ruido seguro que lo oyó hasta el chino al que había matado con mi bala perdida.

VII
GROG

2 MEDIDAS DE RON

2 MEDIDAS DE RON JAMAIQUINO

2 MEDIDAS DE RON NEGRO

2 MEDIDAS DE AGUA

2 MEDIDAS DE JUGO DE LIMÓN

AZÚCAR

Mezcle los ingredientes en una jarra de cerámica o en alguna otra vasija que no transmita el calor. Se puede tomar en una taza de café capuchino. No hace falta decoración, ésta es una bebida para hombres rudos, piratas. Si se quiere, colóquese una rodaja de limón con clavos para que desprenda aroma, mientras el músico surfista, Dick Dale, toca la guitarra en su tema “The Víctor”.

Esta mezcla, aunque parece más un té, es catalogada como coctel. Fue inventada por la Marina británica como una forma de reducir el consumo de ron por parte de los marineros; formó parte de la ración diaria hasta 1970. A mediados del siglo XVII era la bebida más popular entre los piratas. Es una bebida para entrar en calor durante los largos viajes en barco. Se parece a un daiquirí, pero antiguamente se servía caliente, sin glamour y destilaba un sabor insípido. Hoy se sirve fría y se le agregan los jugos cítricos, como el de toronja.

I|I

Trataba de que la paleta de limón no se derritiera entre mis dedos. Por más que la chupaba, gruesas gotas caían en mi camisa. El calor era bochornoso, las manchas de la paleta derretida se mezclaban con mi sudor. Esperaba sentado, en el auto estacionado en la costera, peleando cual mamut contra el deshielo. Mientras, Charandas trataba de obtener información en un bar.

Salió de éste y subió al Volkswagen. Se veía tranquilo. Como si hubiera salido de confesarse con un sacerdote, cosa que era imposible, pues sólo tenía como religión al Partido. Chupaba también una paleta helada, de grosella. Le había pintado los labios de “rojo prostituta barata”.

–Nadie sabe nada —me dijo Charandas cuando arrancó el automóvil.

Después del susto de la carretera, decidimos perdernos un rato. No deseábamos que la policía nos buscara. Ninguno de los dos teníamos ganas de charlar con ellos. Generalmente, esas pláticas terminaban mal.

Nos metimos en el primer puesto de mariscos que se nos cruzó. Comimos un pescado “a la talla” una cazuela de jaibas con ajo, dos cocos locos y seis cervezas. Después de eso, nos volvió el color al rostro y se nos borró la blancura de muerto resucitado.

Paseamos por la costera. Había un constante movimiento. Uno podía encontrarse con tipos enseñando músculos a las turistas gringas; mujeres en busca del sol que dorara su piel, para exhibirla en elegantes bares; y vendedores de playa vestidos en un pulcro blanco, vendiendo tónicos, dulces y joyería barata, al doble del precio.

El ruidoso tránsito de Acapulco era constante. Salpicado por anuncios de neón, letreros con faltas de ortografía y casas que se balanceaban en peñascos rocosos. Para mí, era la versión mexicana de Sunset Strip. Más barata, más desagradable y mucho más hipnótica. Acapulco es la playa que Los Ángeles desearía tener.

–¿Estás seguro de que nadie sabe nada? —le pregunté, mientras me deshacía de la paleta, que estaba a punto de convertirse en un lago.

–Nada. Un accidente más. La carretera de Las Brisas es peligrosa…

Con esa frase cerrábamos el desafortunado evento. No dije más, ni Charandas tampoco. Para mí la respuesta era simple: los de Migración dieron un pitazo para asaltarme o Charandas estaba metido en algo más peligroso que buscar barcos hundidos. Que yo sepa, los piratas no manejan Ford Edsel.

–Llévame a mi hotel. Creo que por hoy tuve más diversión que el carrusel de Santa Monica Pier —le dije.

Charandas me sonrió, enseñando sus dientes pintados de rojo grosella.

–Espero una buena propina por el servicio de taxi.

–Veamos cómo te portas los siguientes días —el viento me refrescó la cara. Cerré los ojos y lo disfruté—. ¿Y cómo piensas sacar un tesoro hundido? ¿Con un anzuelo?

–No está hundido. Todos creen que el San Sebastián fue atacado por el pirata George Compton, en la isla de Santa Catalina. Tú que pierdes el tiempo surfeando en California, quizás hayas oído la leyenda.

No era difícil encontrarse con ese cuento. Muchos buzos especializados habían tratado de encontrar el galeón frente a las costas de California. Se decía que el pirata George Compton trató de abordarlo, pero cometió un error de cálculo: se hundió con el botín, antes de que alguien pusiera un pie en él. Debió haber sido frustrante para el pirata. Quizá dos o tres de sus marinos fueron fileteados nada más para apaciguar su mal genio.

El pequeño auto de Charandas dejaba atrás el centro de Acapulco. Nos dirigíamos al otro extremo de la bahía. Pude ver a lo lejos el hermoso fuerte que servía como portería para evitar goles de los piratas ingleses.

–Descubrí en un documento que el barco se hundió, pero después de haber sido robado. Compton decidió esconder el botín debajo de las narices de la real flota española: en Acapulco.

Su sueño de enriquecimiento inmediato estaba aburriéndome. Sospechaba que yo sería quien recibiría el gol. No me equivoqué.

–Por eso pensé en ti. Necesito fondos para costear mi exploración.

Volteé a verlo. Desconozco qué cara le mostré, pero sí sé que fue explícita.

–¡Vamos, no te estoy mintiendo!

Mi hotel me salvó de la situación. El anuncio de Los Flamingos estaba frente a nosotros. Nos hallábamos en lo alto de una montaña, entre palmeras y caminos hermosamente cuidados, con plantas costosas y flores coloridas. Era el tipo de entrada a la que estaban acostumbradas las estrellas de Hollywood. Eso era el hotel Los Flamingos, un pedazo de Cinelandia en la bahía acapulqueña.

El Sedán se detuvo frente al lobby. Charandas seguía esperando mi respuesta. Sólo obtuvo un golpe cariñoso en la espalda y una sonrisa. Era su propina.

–Luego hablamos. Encárgate de que ningún pirata nos vuelva a tratar de quitar nuestro tesoro.

Tomé mi equipaje y me perdí en el edificio de la recepción. Un botones en guayabera blanca me lo arrebató en búsqueda de un billete de dólar.

–Tengo una reservación a nombre del señor Scott Cherries —le dije al muchacho, que parecía tener cosida su sonrisa a la cara.

Sin voltear a verme, contestó:

–El señor Tarzán ya lo está esperando.

VIII
BANANA DAIQUIRÍ

6 MEDIDAS DE RON

3 MEDIDAS DE LICOR DE BANANA

1 MEDIDA DE JUGO DE LIMÓN

½ BANANA

HIELO

Coloque en el vaso de la licuadora el licor de banana, el ron blanco, el jugo de limón, el hielo y la media banana. Licue a toda velocidad, esperando a que se trituren y mezclen los ingredientes, entre quince y treinta segundos. Sírvase en una copa de globo o copa de coctel.

El daiquirí tiene su origen en Cuba, en especial en el famoso bar La Floridita. Y aunque su procedencia fue la mezcla de jugo de limón, azúcar y ron blanco, se ha extendido en una gran variedad de sabores, especialmente de frutas tropicales. Un gran amante del coctel era Ernest Hemingway que escribió en su obra Las islas del golfo: “La bebida no podía ser mejor, ni siquiera parecida, en ninguna otra parte del mundo—Miró la parte clara debajo de la cima frappé y le recordó el mar”. El daiquirí de fresa, de tamarindo o de piña tomaron el lugar del clásico. A tal grado, que en la película El Padrino II, el mafioso, Fredo Corleone pide un banana daiquirí al llegar a Cuba, pues él sabía que disfrutarlo con el éxito de Los Tokens, “The Lion Sleeps Tonight”, es incomparable.

I|I

Johnny Weissmuller era un poco más bajo que el Empire State y dos palmas más alto que el Capitolio. Su estructura corporal era similar a un tanque Panzer reforzado, y sus brazos asemejaban los remos de un barco vikingo. En cambio, su voz poseía un tinte juvenil, de muchacho con todo y espinillas. Tenía una gran mata de pelo, la suficiente para ser cortada con una podadora de césped. En los extremos ya reflejaba las canas del inoportuno paso de los años. Si había algo que llamara la atención del conjunto era la fila de dientes blancos que marchaban uno tras otro, en una sonrisa toda mazorca. Para iluminar ese desfile, un par de ojos brillantes se abría como puertas a su interior. Y en éste, no había nada que esconder.

–¡Sunny Pascal, supongo yo! —me gritó desde su silla, cubierta por una enorme sombrilla de domo de iglesia.

Estaba sentado al lado de su bungalo en el hotel. Una pequeña casa con todas las comodidades que una estrella necesita, incluido un Cadillac V-8 1963 a la puerta. En la mesa había un par de bebidas a medio tomar y la sección de deportes del Los Angeles Times. En un plato habían colocado una ensalada Pico de Gallo con piña, mango y jícamas en una orgía de limón con chile. Se respiraba un ambiente de cordialidad y calma. Uno podía sentir cómo los problemas se quedaban atrás.

–Mucho gusto, señor Weissmuller —le respondí en español, ofreciéndole mi mano para que fuera triturada y zangoloteada en algo parecido a un saludo. Al terminar, mi extremidad quedó cual cucaracha aplastada por un zapatazo.

–Siéntate, acabo de comunicarme con Cherries. Me ha anunciado tu llegada —ofreció el asiento vacío en inglés. Me acomodé dejando caer todo mi peso en él—. Debes tener sed, ¿un trago?

No puedo decir que no a una bebida, a un beso o a un dólar. Acepté moviendo la cabeza. Un chamaco con un poco más de una decena de años apareció corriendo, entre las buganvilias que adornaban todo el lugar. Poseía el pelo rizado y unos grandes ojos como monedas de a tostón. Era tan agradable que desearías envasarlo en un bote y llevártelo a casa.

–Adolfo, el señor Pascal se quedará con nosotros durante el festival. Ve al bar y tráele un daiquirí —le pidió Tarzán con una gran sonrisa. El muchacho aseveró con la cabeza y salió corriendo por las escaleras—. Es un buen chico. Trabaja en el hotel desde hace unos años, cuando era propiedad de John Wayne, Red Skelton, Fred MacMurray y mía. Lo vendimos hace unos años, pero mantienen mi casa para vacaciones.

El hotel Los Flamingos era un grupo de terrazas, palapas y cuartos, distribuidos estratégicamente entre un edén de palmeras cocotero, largos arbustos serpenteantes y enormes manojos de buganvilias que caían a los precipicios como ramos de novias. Alzado, de cara al Pacífico, donde un azul profundo dominaba el ambiente mezclándose con el brillante cielo, el desarrollo ayudaba a que cada bungaló tuviera cierta privacidad del resto del conjunto, sin perder las hermosas vistas. No había duda de que se trataba del mejor lugar para refugiarse, si eras una estrella de Hollywood.

–Nunca pensé que llegaría a conocer a Tarzán en persona. Admito que es un placer. De niño soñaba con poder nadar entre los cocodrilos y las sirenas. Más con las últimas, para serle franco —admití con admiración.

Johnny Weissmuller me dio un gran golpe en la espalda. Tuve que ir a recoger mi pulmón, que se me salió por la boca.

–Te tengo una sorpresa —susurró cerrándome el ojo. Se levantó y dio un paso hacia el pretil del acantilado en dirección al mar. Tras desabotonarse la camisa, mostró un pecho del tamaño de un autobús. Se golpeó con los puños cerrados y, colocando las manos en la boca para amplificar el ruido, soltó su característico grito de Tarzán.

Yo salté de mi asiento lo bastante alto como para tocar un pelícano. Había sentido el grito de la jungla a sólo un par de centímetros. Estoy seguro de que todo Acapulco lo escuchó. Johnny Weissmuller se carcajeaba al ver mi cara. Adolfo llegó con mi bebida. Me la tomé de golpe.

–¿Ya le enseñó su grito de Tarzán? Lo hace cada mañana para asustar a los huéspedes, aunque muchos están por eso —explicó el muchacho. Johnny me volvió a dar una palmada en la espalda entre sus inocentes risotadas, esta vez aderezadas con su tufo alcohólico. Noté los ojos inyectados de sangre—. Deje que lo haga, señor. Si estuviera la condesa, ya lo hubiera regañado.

–En Cuba me atraparon los rebeldes en plena revolución. Estaba jugando un torneo de golf de celebridades con mi tercera esposa, Allen Gates. Llegaron una decena de muchachos con barbas y trajes verdes. Todos con armas, apuntándonos y vociferando. Cuando me amenazaron con secuestrarnos, me enojé y emití el grito de Tarzán. De inmediato me reconocieron y nos dejaron ir, mientras decían: “¡Tarzán! ¡Tarzán!”. Hasta los comunistas quieren al Rey de la Selva —soltó, mientras hacía desaparecer dos copas más.

El muchacho permaneció parado a mi lado, con los ojos sin parpadear: se veía que lo quería.

Desde luego que los chicos de Fidel Castro tenían razón: todo el mundo quería a Tarzán. Johnny Weissmuller era una leyenda en toda su extensión. No sólo por su carismática actuación como el hombre mono en las películas, sino porque era el ejemplo de un triunfador hecho por mano propia. Un héroe olímpico, un competidor nato y un hombre íntegro. Había ganado tres medallas de oro en carreras de natación en los Juegos Olímpicos de 1924, y dos en los de 1928. Sin contar su bronce al competir en el equipo de waterpolo.

–Yo nunca pierdo una carrera, ni siquiera con esos rojos…

–¿Nunca?

–Me retiré invicto. Ni siquiera perdí una carrera cuando practicaba en la YMCA de Chicago. No sé lo que significa la palabra “perder”.

Alcé mi daiquirí y brindé con Tarzán. Me agradaba ser guardaespaldas de un tipo como él: todo músculos, todo fama y sin nada de complejos. Sería pan comido este trabajo.

–¿Y tú, kid? —me preguntó Weissmuller mientras cerraba su camisa—. ¿Cuál es tu historia?

–No me he casado con Lupe Vélez, la dinamita mexicana; no he tenido como compañeros de trabajo a un chimpancé, ni a un león ni a un niño en taparrabos; tampoco soy presidente del Salón de la Fama de la Natación en Florida… simplemente soy un tipo al que puedes encargarle las cosas de seguridad.

Otra palmada en mi espalda hizo de mi cerebro una tortilla de huevos. Si seguíamos con esas muestras de afecto, terminaría siendo recogido por una pala.

–¡Eres mi tipo, kid! —dijo Weissmuller haciendo desaparecer otro trago. Por mucho, era mejor bebedor que yo—. ¿Detective en Hollywood? Eso sí es algo que ver.

–Suena más importante de lo que en verdad es. Es un trabajo, nada más. Colaboré en una agencia grande, la de Carmandy. Decidí ser mi propio jefe y tener tiempo extra para surfear en Santa Mónica, así que me independicé.

–¿Carmandy? Lo recuerdo. Hizo un trabajo para mí en el 57: mi hija, Heidi, huyó de su madre, mi tercera esposa. Anduvo perdida por más de treinta y cinco días. Los empleados de Carmandy la encontraron viviendo con una familia mexicana al sur de Los Ángeles. Ésta la asistió, al verla vagar por las calles. Mi hija estaba aterrada, tenía catorce años… Si ves a tu exjefe, mándale mis abrazos.

–Lo haré, señor. ¿Y la condesa Maria Bauman? —pregunté. Cherries me había dicho que Weissmuller había comenzado una relación con una mujer alemana que se hacía llamar la Condesa. Me había advertido de su veneno y mal genio. Deseaba saber si, como serpiente, estaba agazapada y dispuesta a saltar para matarme. Johnny se convirtió en todo júbilo. Otro brindis.

–Está en Florida, kid. Seremos sólo tú y yo.

–Me gustaría que me platicara de su problema, señor —saqué el asunto lo más rápido posible. No deseaba una mala sorpresa después.

–La vida me ha sonreído. No me quejo. ¿Explícame cómo es que un tipo sube a los árboles, dice “Yo, Tarzán; tú, Jane” y gana un millón de dólares?

–Suena como si fuera el sueño americano.

–Soy tan sano a mis cincuenta y cinco años como cualquier humano pudiera serlo. Pero la vida dejó de sonreírme. Me robaron mi fortuna, y la existencia que llevo no es fácil.

–¿Pidió dinero?

–Quizá no me acerqué a las personas indicadas. Ahora lo desean de regreso.

–¿Nombres?

–Son los terratenientes locales y unos estadunidenses. Lo peor de ambos mundos.

–¿Quiere que averigüe quién está detrás de esto?

–Ya no tengo edad para eso, kid. Simplemente paga. No me gustan las cosas complicadas. Recuerda que soy campeón olímpico, y algunas personas llaman a las villas olímpicas campos de boy scouts ricos.

Traté de arrancarle un dejo de mentira a sus palabras. No encontré nada. Sus ojos eran grandes, limpios y sin mancha. Un poco alocados por los tres litros de alcohol, pero yo no le arrojaría la primera piedra por ese pecado.

Permanecimos acompañados por Adolfo, en la terraza, platicando sobre anécdotas de los Juegos Olímpicos, de cuando le propuso matrimonio a Lupe Vélez con el león de Tarzán a su lado, y de cuando conoció a la reina de Holanda en una posición tan incómoda que, al parecer, su majestad confundió las medallas de oro de Johnny con lo que colgaba entre sus piernas. Fue una tarde agradable. El sol lentamente se fue sumergiendo en el mar, mientras una policromía explotaba entre las nubes. Acapulco me daba la bienvenida.

–¡Es hora de emperifollarse, kid! —dijo Johnny, al levantarse y estirar sus brazos como dos palas mecánicas que se desentumían.

–¿Adónde vamos? —cuestioné intrigado.

–A la inauguración del Festival de Cine de Acapulco.

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Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
02 mart 2026
Hacim:
212 s. 4 illüstrasyon
ISBN:
9786077359852
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
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