Kitabı oku: «El reflejo de Amunet»
Primera edición: octubre de 2020
© Copyright de la obra: F. J. Gálvez
© Copyright de la edición: Angels Fortune Editions
Código ISBN: 978-84-122401-5-3
Código ISBN digital: 978-84-122401-6-0
Depósito legal: B-17589-2020
Diseño portada: Celia Valero
Corrección: Teresa Ponce
Maquetación: Celia Valero
Edición a cargo de Ma Isabel Montes Ramírez
©Angels Fortune Editions www.angelsfortuneditions.com
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NOTA DEL AUTOR
Con esta novela no deseo juzgar a nadie ni que nadie sea juzgado, tan solo pretendo que quien lea estas líneas se enfrente a sus rincones más secretos y admita sin miedo hasta dónde llegan sus más oscuros deseos. Cada cual tendrá sus límites y, como he dicho antes, no seré yo el que juzgue los tuyos, sino tú.
Prólogo
Morbo.
La forma más sencilla de describir el morbo se encuentra en cualquier diccionario:
Nombre masculino.
Modo formal: Enfermedad o alteración de la salud.
Modo coloquial: Atractivo que despierta una cosa que puede resultar desagradable, cruel, prohibida o que va contra la moral establecida.
Esta definición sería acertada si esa palabra no escondiese mucho más de lo que pudiese parecer a simple vista. ¿Enfermedad o alteración de la salud? Vale, ¿pero quién es el que juzga dónde termina la enfermedad mental y dónde comienza el puro vicio? ¿Un psiquiatra?
El morbo es algo mucho más grandioso y enrevesado de lo que pueden explicar cuatro líneas en un diccionario. Hasta cierto punto se podría decir que el morbo exacerbado es un fallo genético, no por lo que tenga de enfermedad, sino porque es una cualidad que debe mantenerse oculta por el propio bien del individuo. El morbo ha sido el culpable de tumbar reinos, fortunas, negocios y relaciones personales, por ello no hay que menospreciar el gran poder que tiene sobre las personas.
El individuo está en la obligación de mantener oculta cada una de sus perversiones para poder sobrevivir. No es una regla escrita, pero se cumple a rajatabla. Puede que algunas personas dejen vislumbrar a su pareja o a sus más cercanas amistades unos destellos de lo que ellos describen como una picardía, pero el morbo más exacerbado subyace en lugares donde nunca debe llegar el conocimiento de las personas que les rodean. Cualquier metedura de pata al respecto estaría proporcionando armas a tus enemigos que no dudarán en usar cuando quieran acabar contigo.
Esta historia comienza en una clínica para enfermos mentales, pero ninguno de los pacientes está ingresado por el tema que nos ocupa.
CRISTINA

El doctor Arnaldo, dueño de la clínica, y su fiel ayudante la doctora Martina observan tras el espejo como esa paciente vuelve a desafiar al tercer doctor en lo que va de semana. Parece que el doctor Arístides no está consiguiendo mucho más de lo que lograron los dos anteriores.
La doctora Martina es mujer de poco aguante para el lugar que ocupa, y sus reacciones suelen rayar casi siempre la impertinencia, pero aun así el doctor Arnaldo tiene una total confianza puesta en ella. Su mal carácter puede no venir bien a los que la rodean, pero una cosa está clara, ya se guardarán mucho los trabajadores de la clínica de saltarse alguna de sus normas.
Hoy, ese nivel de exigencia está sobrepasando al propio Arnaldo. Una y otra vez, su encargada le ha pedido de forma insistente que le dejase entrar en la habitación del espejo para ponerle las cosas claras a esa desgraciada que pretende dejarles en ridículo ante el juez que ha decidido ingresarla en el centro de forma excepcional.
Arnaldo ha tenido que hacer un esfuerzo extra para detener a la doctora en el momento que han visto como Christine acertaba a darle una patada en la entrepierna a Arístides.
Hasta ahora no han podido averiguar mucho más de esa intrigante chica que fue detenida en el chalet de Alejandro Farín. Entre sus pertenencias hallaron su pasaporte y un justificante de pago con el nombre de Christine, pero las únicas palabras que han salido de su boca lo han hecho para que se dirijan a ella por ese mismo nombre, pero en castellano: Cristina.
Una vez que el doctor Arístides ha salido por patas maldiciendo a su paciente y jurando que no iba a volver a trabajar jamás para esa clínica, la chica ha cambiado radicalmente su actitud. Su cara de odio ha dado paso a una expresión tan dulce y angelical que pocos podrían identificar con la misma persona desquiciada que ha agredido a todos los doctores que han osado intentar sacarle información.
La doctora Martina echa espuma por la boca mientras Arnaldo observa sonriente como la chica acaricia su pelo rubio al tiempo que mira hacia la ventana enrejada.
Los latidos de su corazón se normalizan, y Cristina recurre a los buenos recuerdos de los que suele servirse para escapar de cualquier situación complicada. Su mente rescata la imagen de Valentín y sus labios sonríen. Cuando aparece la imagen de su padre su boca se retuerce, pero no tarda en recuperar algunos de los momentos vividos junto a Valentín para que todo vuelva a su sitio.
No tiene pensado soltar prenda ante estos principiantes. Necesita ganar tiempo y hará lo que sea necesario para conseguirlo. ¿De verdad creen que esos doctores del tres al cuarto van a sacarle algún tipo de información? Si alguno de ellos se hubiese ganado su confianza, quizá les habría contado algo, pero los tres no han hecho otra cosa que mirar su escote en cada una de las entrevistas. Ese no es el camino.
Arnaldo ha visto esto en otras ocasiones. Individuos que guardan sus secretos como si la vida les fuese en ello, y que se defienden cerrándose en banda a la menor presión. Sabe que ella no es una paciente normal, y que este caso es especial, por lo que tendrá que recurrir a una persona tan singular como lo es Estíbaliz.
Lleva tiempo sin verla, y es consciente de que cada vez que le pide ayuda corre el riesgo de que ocurra algo que se salga de los límites establecidos en el centro, pero sin duda es la mejor opción para sacar a esta paciente de su estancamiento.

Nueva doctora

—Tranquila, Arístides no era tan importante para nosotros.
—Tú sabrás, este es tu negocio, pero yo nunca consentiría que una desquiciada como esa consiguiera que un doctor de la experiencia de Arístides dejase la clínica por su culpa.
A pesar de negar con la cabeza, Arnaldo sabe que Martina lleva razón.
—No podemos instalarnos en el pasado. Además, Arístides ya no volverá a pisar este centro. No consiento que un empleado me denuncie por una tontería como una patada en sus partes. Agresión por no haber tomado las medidas de seguridad oportunas. ¡Vaya imbécil!
Martina asiente sin otorgarle la razón mientras Arnaldo observa como la luz roja de su interfono se enciende intermitentemente.
—Afuera está esperando la doctora Muñoz. Ella se ocupará a partir de ahora de Cristina. ¿La hago pasar ya, Martina? —pregunta el doctor como si le hiciese falta la aprobación de su empleada.
—Por mí puedes decirle que entre. Este caso comienza a cansarme —dice la doctora mientras se recuesta en una de las sillas con reposabrazos con evidente gesto de desgana.
—Haga pasar a la doctora Muñoz.
La doctora Martina cierra los ojos y se muerde la lengua. Lleva tiempo sin verla y cree saber que nada bueno está por venir.
—Enseguida, señor —contesta una voz femenina por el interfono.
La puerta se abre y aparece ante ellos una chica morena, que aun vestida de calle deja ver un estilo elegante y sobrio. Unos zapatos de tacón alto en color amarillo chillón hacen el contraste justo con unos vaqueros ceñidos de un color gastado. No lleva un escote provocativo, pero sus pechos se adivinan enormes bajo una camisa blanca con finas rayas rojas verticales. No hay pendientes a la vista, pero sus chispeantes ojos verdes parecen ser suficientes para darle colorido a su rostro anguloso.
—Doctora Estíbaliz Muñoz, encantado de volver a verte ―dice Arnaldo mientras se acerca a darle dos besos―. ¿Recuerdas a la doctora Martina Anchorena, verdad?
Por supuesto que la recuerda, y Martina a ella también.
A la doctora no le da tiempo de levantarse, pues, con una amplia sonrisa, se ha acercado y le ha tendido una mano dotada de unos largos dedos y de unas cuidadas uñas color naranja.
—Encantada de volver a verte. Arnaldo ya me ha comentado todos los detalles sobre el seguimiento que se ha llevado con esta paciente.
Normalmente, una mujer tan decidida le gustaría a la doctora Martina Anchorena, pero siempre ha creído que esa forma de ser es fingida o, como poco, forzada.
—Solamente llevamos dos semanas con ella, pero ya te habrá informado Arnaldo de lo complejo que es este caso.
—Por supuesto. Me ha pasado su historial clínico —dice la esbelta mujer mientras abre su bolso para sacar un portafolios—. Esta documentación contiene muchos datos sobre todo el trabajo que se ha realizado con ella aquí, en la clínica, pero apenas proporciona detalles del motivo real por el que está acusada.
—No creas que nosotros sabemos mucho más —dice Arnaldo—. Solamente podemos asegurar que estuvo en el chalet donde murió un hombre de cincuenta y cinco años, casado y con cuatro hijos. La policía la interceptó en el momento que abandonaba la vivienda.
—Eso no es suficiente motivo para que esté ingresada en un centro psiquiátrico.
—No, no lo es —interviene la doctora Martina—. El juez Marjaliza decidió que, después de una semana de arresto en la cual se comportó de forma agresiva, y tras no encontrar pruebas contundentes en contra suya, lo mejor sería trasladarla a nuestro centro para que nuestros especialistas intentasen sacarle algo de información. De no haberse comportado de forma tan violenta en la celda, quizá ya estaría en la calle.
—¿Qué se supone que tengo que conseguir de la paciente? ¿Una confesión?
—Ahora mismo no hay pruebas reales que la incriminen, pero, según los informes policiales, no hay duda de que la chica tiene mucho que contarnos en referencia a ese asesinato.
—Entiendo que mi trabajo consistirá en hacer todo lo que sea necesario para que confiese si fue ella quien asesinó a ese tal Alejandro Farín o, de no haber sido ella, que nos desvele algún dato sobre quién pudo hacerlo.
—No dudamos de que la asesina sea ella, pero, aunque no lo aparente, es muy inteligente —replica la doctora Martina—. Tan solo nos hace falta que cometa algún fallo, y ese será su objetivo.

Nueva doctora

Los dedos de Cristina se pasean por la pared del fondo de la celda. El acolchado blanco cumple con sus dos funciones, tanto de aislante de sonido como de amortiguador de posibles lesiones.
La pequeña ventanilla metálica de la puerta se abre tan solo unos centímetros y los ojos verdes de la doctora Estíbaliz se asoman curiosos.
Cristina intuye que alguien la está observando, pero no le interesa volverse para comprobar quién es, y ni tan siquiera se inmuta cuando con un chasquido seco se abre la puerta.
«¿Qué narices querrán ahora? Queda una eternidad para que me traigan la basura que ellos llaman comida. Si son más pastillas, les voy a hacer que se las traguen».
—¿Cristina?
«Esta voz es nueva. ¿Me giro, o escupo al suelo?».
Una decena de veces le habrá repetido la doctora Martina que no entrase en esa habitación a solas con la paciente, pero cada vez le cuesta menos ignorar sus advertencias.
—Soy la doctora Estíbaliz Muñoz. Si no quieres hablar conmigo, no pasa nada, pero quería que supieras que yo voy a ser la encargada de relevar al doctor Arístides.
—¿No va a volver el muy cabronazo? —dice en un susurro sin volverse a mirar a la recién llegada.
—Le dejaste sus partes un poco tocadas. Creo que se acordará de ti durante algún tiempo.
—Se lo merecía.
—¿Alejandro Farín también se lo merecía?
Esa pregunta ha sido la tecla que no quería que nadie tocase, y sus tripas se revuelven con su recuerdo.
—¡Nadie sabe de lo que era capaz ese hijo de puta! —grita mientras la encara adoptando la posición de ataque de un felino.
—¿Tú le conocías bien? —insiste la doctora sin amedrentarse por la actitud agresiva de su paciente.
—¡Vaya por Dios, si es usted una belleza! —dice Cristina con tono irónico suavizando su actitud—. Veo que me ha tocado el gordo de la lotería. No sabía que había loqueras que estuviesen tan buenas como usted.
La doctora Estíbaliz sonríe levemente, se gira y, para sorpresa de Cristina, cierra la puerta dejando fuera a los dos celadores.
—Gracias por el cumplido, pero no estoy aquí para hablar de valoraciones estéticas.
—Es usted muy valiente al quedarse encerrada conmigo. ¿No la han avisado de que soy peligrosa?
—Lo han hecho, pero tú tampoco sabes lo peligrosa que soy yo. Si no me equivoco, eso es un empate técnico, ¿verdad?
Cristina guarda silencio mientras sonríe a la doctora.
—Me gusta, me gusta, estaba cansada de que todo el mundo me tratase como una trastornada.
—Yo no lo haré, si no me das motivos.
—Es una apuesta arriesgada, doctora, pero voy a seguirle el juego.
«Qué jodida. Debe medir más de un metro setenta y cinco, y sus labios parecen fruto de un quirófano, aunque es visible a una legua que son naturales».
—En los próximos meses tendremos varias reuniones en las que intentaré que te abras a mí como lo harías con una amiga.
―¿Una amiga? Yo no tengo amigas.
A decir verdad solo ha tenido a Valentín, pero nadie tiene por qué saberlo.
—Todo el mundo necesita algún amigo. —La doctora se acerca a la cama y se sienta sobre una de las correas de cuero—. No sabemos cuándo nos va a hacer falta que alguien nos ayude de forma desinteresada.
—Doctora, no sé qué es lo que le han contado de mí, pero hace mucho tiempo me hizo falta esa ayuda y nunca llegó.
—Me han contado algunas cosas, pero son insuficientes para hacerme una idea de quién es la mujer que tengo delante. —La doctora coge un cigarrillo de un paquete que saca del bolsillo de la bata blanca—. ¿Fumas?
—Sabe perfectamente que aquí no se puede fumar.
—Puede que esto te sorprenda —la doctora prende el cigarrillo con un mechero que simula ser un pintalabios—, pero, para hacerme cargo de tu caso, el centro ha tenido que admitir alguna que otra modificación en sus reglas.
Estíbaliz alarga el brazo para ofrecerle el Marlboro con una expresión serena en su rostro. Ella coge uno de los cigarrillos que asoman del paquete, y es la doctora la que se encarga de darle fuego.
—Entonces —dice Cristina después de dar una calada mientras se sienta en el otro extremo de la cama—, ¿mis queridos doctores se han tenido que tragar sus mierdas de reglas para que usted consienta venir a ocuparse de mí? Vaya, debe de ser muy buena en lo suyo.
La doctora Estíbaliz entrecierra los ojos haciendo una pausa para analizar a su paciente antes de contestar.
—No me puedo quejar de la reputación que tengo en este mundillo, pero no intentes usar las ventajas de las que vas a disfrutar a partir de ahora para reírte de los doctores o te despojarán de ellas antes de que hayas podido comenzar a saborearlas.
—Tranquila, doctora, aunque le hayan dicho lo contrario, no estoy loca ni soy tonta.
—Nadie me ha dicho que fueses tonta —contesta con una sonrisa que apenas sale de sus labios—. Entonces, ¿estás dispuesta a cooperar?
«La verdad es que es condenadamente guapa. No pierdo nada por entrar un poco en su juego. Ha merecido la pena esperar. Algo me dice que ella puede ser la que me ayude a salir de aquí, y de todos modos necesito ganar tiempo. Quizá le vaya desvelando cosas para ver cómo reacciona».
—Haré lo que pueda para que mi lado malo no vuelva a aparecer como lo hizo con el hijo de puta del doctor.
—¿Siempre has tenido ese lenguaje?
—¿A qué se refiere?
—He leído las transcripciones de tus entrevistas, y lo poco que decías iba acompañado de insultos y palabras mal sonantes.
«Lleva razón la jodida. Quizá me estoy pasando en soltar lindezas por la boca. Valentín solía decir que era la mejor forma de mantener a raya a quien quisiera hacernos daño, pero no tengo tan claro que eso funcione con esta mujer».
—Si usted estuviese encerrada aquí a la fuerza, quizá hablaría de la misma forma en la que yo lo hago.
—No me llames de usted. Me gusta tutear y que me tuteen.
—Correcto, doctora. ¿Ve?, dos frases seguidas y no he soltado ni un jodido taco… Huy, perdón.
Estíbaliz no le ríe la gracia.
—Tendremos que tomarnos esto un poco más en serio. ¿Crees que podrías dejarte las bromas para otro momento?
Las dos mantienen unas miradas retadoras durante unos tensos segundos.
—Por supuesto, chica. ¿Qué quieres saber?
La doctora Estíbaliz esgrime una sonrisa a modo de tregua mientras saca de su bolso una moderna grabadora que sitúa encima de la camilla sin dejar de mirar a los ojos de su paciente.
—Sé que no eres española, pero nadie ha sabido darme los motivos de por qué una mujer como tú ha llegado a una isla como Ibiza desde los Estados Unidos. Según la policía, en tu bolso encontraron un pasaporte cursado en Utah. ¿Qué haces aquí y por qué hablas el castellano de una forma tan correcta?
Cristina mira a la doctora forzando una sonrisa sin abrir los labios mientras asiente con la cabeza levemente.
—Tendrás que apagar ese aparatito, doctora.
—Mi obligación es grabar todo lo que hablemos.
—Y la mía es que ninguno de los que hay afuera pueda usar mis palabras en mi contra en un futuro juicio.
La doctora no tarda en percatarse del aplomo de su paciente, y entiende que no dirá una palabra mientras no se sienta segura.
—Podría testificar en un juicio, y mi testimonio sería tan válido como una grabación, ¿lo entiendes?
—Entiendo los vericuetos legales, y sé que no es lo mismo que provenga de mí que de usted. ¿La apagas?
Estíbaliz asiente y le otorga esa pequeña victoria.
—Apagada —dice mientras muestra como desaparece la luz verde de la grabadora—. ¿Podrías contarme ahora cómo llegaste aquí exactamente?
Cristina se recoloca en la camilla y se apoya contra el cabecero con los pies encogidos mientras da otra calada al cigarro.
—¿Desde dónde quieres que te cuente, doctora?
—Quisiera que comenzases desde el punto de tu vida en el que supiste que ibas a venir a España.
—Si hago eso, nunca comprenderás cómo he terminado aquí. Mejor te contaré cuándo comencé a darme cuenta de que mi vida no era lo normal que debería haber sido.
—Como quieras, Cristina. Soy toda oídos.
—Yo creía que era una niña corriente, y en verdad lo era, pero no sabía que mi destino ya estaba programado mucho antes de nacer. Mi padre… ¡Joder, aún me cuesta llamarlo así! Mi padre era un mormón del estado de Utah, y era el obispo, o presidente, de una de las congregaciones locales que tenía sus propias reglas y que estaba ubicada en un pueblo pequeñito llamado Kanab. Creo que en aquel momento podía tener unos tres mil habitantes, pero no lo puedo asegurar. ¿Conoces algo sobre los mormones, doctora?
—Creo recordar haber leído un poco sobre ellos, pero solo me quedé con que pueden tener varias mujeres. ¿Es así?
—Siete tenía mi padre. ¿Un chollo, verdad? —La doctora decide elevar las cejas y no decir nada—. Sé que aquí en España eso está prohibido, y lo sé porque mi padre estuvo aquí de misionero cuando era joven. En esos años, en España estaba de moda el movimiento hippy y las creencias que impartía mi padre eran tomadas como una nueva forma de libertad por muchos de los chicos de Ibiza. Él tenía veinte años cuando llegó, y un empresario de hostelería le ayudó en sus primeros momentos.
—¿A qué tipo de ayuda te refieres? ¿A la económica?
—En aquella época, la dictadura acababa de terminar, pero los rescoldos de una época tan conservadora persistían en la sociedad. Tanto era así que mi padre fue a parar a las celdas de la comisaría hasta en cuatro ocasiones. Todas y cada una de ellas fue liberado por un tal Anselmo Briones. Este señor era dueño de varios restaurantes y locales de alterne, y tenía prácticamente comiendo de su mano a toda la policía de la isla. También tenía a gran parte del sistema judicial de su lado, y él lo agradecía con grandes noches de libertinaje.
—Era una época llena de cambios.
—Hay cosas que nunca cambian —contesta Cristina con una mueca de desprecio—. La depravación y el abuso es algo inherente a la humanidad.
La doctora asiente en silencio para no desconcentrarla de su relato.
—Como te iba diciendo, mi padre se dejó seducir por las noches de tentaciones y excesos. Las mujeres corrían por sus manos a decenas y se olvidaba de ellas al día siguiente. La isla se había convertido en una cloaca deseosa de libertades donde iban a parar una ingente variedad de individuos extravagantes y bohemios que querían vivir al margen de las tradiciones religiosas en las que aún se veía sumergida la España de la dictadura. Anselmo Briones tenía un hijo algo mayor que mi padre, Federico. Era el típico hippy melenudo con cerveza en mano que no hacía otra cosa que ver pasar la vida tras una cortina de humo de cannabis. Estaba bajo el escudo protector de su padre, y no se esforzaba en hacer nada que supusiese una molestia para su «paz interior». Después de la cuarta vez que Anselmo Briones sacó a mi padre de las celdas de la comisaría, Federico se convirtió en uña y roña con él.
—¿Uña y roña?
—Cada uno lo dice como quiere, ¿no? Pero si quieres digo uña y carne y…
—No, no, tranquila, no quería cortarte.
—Mi padre y Federico compartieron todo lo que se puede compartir. Primero comenzaron con el alcohol, pero no tardaron en dar el salto a las drogas.
—Pero tu padre fue de misionero a Ibiza. ¿Cómo pudo involucrarse en ese tipo de vida si vino a España a impartir su religión?
—Veinte años, doctora, veinte años. Mi padre no había salido nunca de Kanab y lo enviaron a impartir la ley de Dios a una isla donde llevaban años saltándose todas las normas divinas. ¿Crees que estaba preparado para aquello? De ninguna de las maneras. Puede ser que aquí lo de tener varias mujeres se vea como puro libertinaje, pero para nada es así. Eso entra en la normalidad de la religión mormona, y lo llevan con una naturalidad que solamente puede comprenderse desde dentro. Mi padre llegó con unas ideas religiosas tan cerradas que chocaron con la anarquía del libertinaje que inundaba la isla, y no pudo evitar dejarse llevar por las incesantes llamadas a la desobediencia que le llegaban de todas sus amistades. Dicho de otra forma: acabó por mandar al diablo a Jesucristo y se unió a los fieles seguidores de la diosa Afrodita.
—Parece mentira que alguien que hace un viaje tan largo para inculcar una doctrina a una sociedad completamente distinta a la suya cambie en tan poco tiempo.
—La veintena es una época jodida, doctora. Tú también has sido joven, por lo que debes saberlo muy bien.
Estíbaliz asiente sin hablar. No va a revelar nada referente a su vida personal. Ese sería un error de principiante.
—Mi padre llevaba dos años en la isla cuando le ocurrió la fatalidad que desencadenaría el cúmulo de situaciones que al final desembocarían en que yo tuviese la obligación de venir a España. Fueron unas carambolas del azar, pero, ya sabes, el destino tiene una forma curiosa de manejar las bolas de nuestras vidas.
»Fue una noche de finales de agosto. Mi padre y Federico acudieron a una de las fiestas que daba su padre en una terraza al aire libre de una exclusiva discoteca de Ibiza. Todos iban vestidos con blancos y vaporosos ropajes, y era el lugar perfecto para que el alcohol y la droga pudieran expandirse sin censura. Mi padre no llegó a darse cuenta, pues el alcohol se lo impedía, pero Federico nunca se excedía con aquellas chicas más allá de unos arrumacos forzados envueltos en risas.
»Sucedió de madrugada. Los dos chicos abandonaron la terraza y se dirigieron a la playa con dos chavalas que no se habían apartado de ellos en toda la noche. Federico era el que peor iba, e incluso tuvieron que ayudarle para que pudiese cruzar unas rocas que había que salvar para llegar a la playa de arena. Los porros se sucedieron durante más de una hora, y las risas se entremezclaban con el clamor de las olas rompiendo en las rocas. Mi padre no tardó en lanzar su ataque contra una de las chicas, y esta accedió casi antes de que lo intentase.
»Por su parte, Federico no parecía interesado en menesteres sexuales, y se dedicó a mirar la luna reflejada en el mar sin preocuparse ni un solo segundo por el enfado creciente de la chica que tenía al lado. Desde la distancia, la desdeñada muchacha se relamía mientras veía como el culo blanco de mi padre no paraba de dar envites entre las piernas de su amiga, y tuvo el fatal impulso de echar mano a la entrepierna de un Federico que estaba apurando el octavo porro de la noche. Una hostia sonó como si una rama hubiese estallado a consecuencia de recibir la descarga de un rayo, y la chica se quedó sin saber qué hacer durante unos segundos. Más le habría valido haberse quedado calladita, porque lo que salió de su boca fue lo que le costó la vida.
»Mi padre seguía con sus quehaceres cuando escuchó la palabra maricón saliendo de una boca enajenada. En ese momento de pasión no le prestó la debida atención al insulto de la chica, pero, cuando comenzó a escuchar llantos y gritos, no le quedó otra que abandonar a la chica que chorreaba de placer abierta de piernas sobre la arena. Lo que se encontró fue un combate de lucha libre en toda regla. Debió tener su parte de gracia ver como mi padre intentaba separar a aquellos dos desgraciados con su polla empalmada… Sí, tuvo que ser gracioso.
La doctora se ha sentido incómoda al ver la expresión de odio que exhibe su paciente mientras parece estar forjando en su cabeza la imagen de su padre desnudo.
―Ante los ojos asombrados de mi padre, la chica, enardecida por el odio, no dejaba de lanzar golpes contra la cara de Federico. Este, visiblemente colocado, no sabía ni por dónde le venían, y lo único que podía farfullar eran unas pocas palabras pidiendo el auxilio de su amigo. Esa ayuda llegó, y de la peor manera.
»Puede ser que las drogas fueran las causantes de aquella reacción, aunque lo mismo era algo que llevaba en su interior desde que vino al mundo, pero la verdad es que mi padre cogió una piedra del tamaño de un balón y la lanzó contra la chica. Siempre he querido pensar que no apuntó a un sitio en concreto, pero lo cierto es que dio de pleno en la cabeza de aquella pobre chica. Federico escuchó el ruido que hizo la piedra al chocar contra la cabeza de la chavala, pero solo mi padre era consciente de lo que acababa de hacer.
»Federico estaba doblado de dolor unos metros más allá cuando llegó la otra chica gritando la palabra asesino a mi padre. No sé lo que se le pasó por la cabeza, pero la agarró del cuello y la arrastró hasta la orilla. Los gritos desgarradores de la chica llegaban hasta los oídos de Federico, que seguía lamiéndose las heridas de su careto destrozado, y en ningún momento se giró para ver qué era lo que sucedía a sus espaldas.
—Eso fue terrible. ¿Tu padre ahogó a aquella chica?
—No tardó ni un par de minutos en hacerlo, y sin apenas hacer fuerza. Según me confesó en su lecho de muerte, solo tuvo que poner un pie sobre su espalda para que se asfixiase en poco menos de medio metro de agua. Quizá alguien que hubiese hecho algo así habría corrido a esconderse para que nadie lo localizase, pero él decidió quedarse sentado viendo como las olas empujaban una y otra vez el cuerpo de la difunta contra la orilla, como si el mar se empeñara en devolver un desperdicio que no le pertenecía.
—¿Y Federico? ¿No hizo nada?
—¿Qué iba a hacer ese inútil? Aunque no te lo creas, el muy imbécil se quedó dormido hasta que comenzó a despuntar el amanecer. Dos policías enviados por Anselmo Briones fueron los que se encontraron con la escena en la playa. El padre de Federico los había enviado para que los buscase una vez que se percató de que no estaban en la fiesta. Con el primero que se toparon fue con Federico durmiendo al lado de la cabeza ensangrentada de la chica. A trompicones consiguieron acercarlo hasta una de las rocas, y uno de los policías corrió a buscar a Anselmo.
»No habían pasado ni veinte minutos cuando Federico vio a su padre aparecer en la playa. Acudió con tres de sus hombres, y su cara no era precisamente de buenos amigos. Federico había usado ese tiempo para recomponer lo que había ocurrido y, sin tener claros todos los detalles, creyó que había sido él el que comenzó todo. Cuando llegó Anselmo, mi padre aún continuaba en trance viendo como las aguas seguían rebozando el cuerpo de la chica sobre la arena, y las preguntas que lanzaba el padre de su amigo le llegaban lejanas a pesar de estar siendo escupidas sobre su oreja. Mi padre no reaccionaba y Anselmo se dirigió hacia donde estaba su hijo. Federico estaba confundido, y sus ojos iban de cadáver en cadáver pensándose las palabras que iba a decir. Mi padre nunca entendió por qué lo hizo, pero mientras Anselmo le echaba una monumental bronca, Federico no dudó en culparse a sí mismo de lo que había ocurrido. Los dos policías se miraron sin hablar, esperando un gesto de Anselmo. Este los llamó aparte, e hicieron un corrillo al que ninguno de los esbirros de Anselmo estaba invitado.