Kitabı oku: «El reflejo de Amunet»
Primera edición: octubre de 2020
© Copyright de la obra: F. J. Gálvez
© Copyright de la edición: Angels Fortune Editions
Código ISBN: 978-84-122401-5-3
Código ISBN digital: 978-84-122401-6-0
Depósito legal: B-17589-2020
Diseño portada: Celia Valero
Corrección: Teresa Ponce
Maquetación: Celia Valero
Edición a cargo de Ma Isabel Montes Ramírez
©Angels Fortune Editions www.angelsfortuneditions.com
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NOTA DEL AUTOR
Con esta novela no deseo juzgar a nadie ni que nadie sea juzgado, tan solo pretendo que quien lea estas líneas se enfrente a sus rincones más secretos y admita sin miedo hasta dónde llegan sus más oscuros deseos. Cada cual tendrá sus límites y, como he dicho antes, no seré yo el que juzgue los tuyos, sino tú.
Prólogo
Morbo.
La forma más sencilla de describir el morbo se encuentra en cualquier diccionario:
Nombre masculino.
Modo formal: Enfermedad o alteración de la salud.
Modo coloquial: Atractivo que despierta una cosa que puede resultar desagradable, cruel, prohibida o que va contra la moral establecida.
Esta definición sería acertada si esa palabra no escondiese mucho más de lo que pudiese parecer a simple vista. ¿Enfermedad o alteración de la salud? Vale, ¿pero quién es el que juzga dónde termina la enfermedad mental y dónde comienza el puro vicio? ¿Un psiquiatra?
El morbo es algo mucho más grandioso y enrevesado de lo que pueden explicar cuatro líneas en un diccionario. Hasta cierto punto se podría decir que el morbo exacerbado es un fallo genético, no por lo que tenga de enfermedad, sino porque es una cualidad que debe mantenerse oculta por el propio bien del individuo. El morbo ha sido el culpable de tumbar reinos, fortunas, negocios y relaciones personales, por ello no hay que menospreciar el gran poder que tiene sobre las personas.
El individuo está en la obligación de mantener oculta cada una de sus perversiones para poder sobrevivir. No es una regla escrita, pero se cumple a rajatabla. Puede que algunas personas dejen vislumbrar a su pareja o a sus más cercanas amistades unos destellos de lo que ellos describen como una picardía, pero el morbo más exacerbado subyace en lugares donde nunca debe llegar el conocimiento de las personas que les rodean. Cualquier metedura de pata al respecto estaría proporcionando armas a tus enemigos que no dudarán en usar cuando quieran acabar contigo.
Esta historia comienza en una clínica para enfermos mentales, pero ninguno de los pacientes está ingresado por el tema que nos ocupa.
CRISTINA

El doctor Arnaldo, dueño de la clínica, y su fiel ayudante la doctora Martina observan tras el espejo como esa paciente vuelve a desafiar al tercer doctor en lo que va de semana. Parece que el doctor Arístides no está consiguiendo mucho más de lo que lograron los dos anteriores.
La doctora Martina es mujer de poco aguante para el lugar que ocupa, y sus reacciones suelen rayar casi siempre la impertinencia, pero aun así el doctor Arnaldo tiene una total confianza puesta en ella. Su mal carácter puede no venir bien a los que la rodean, pero una cosa está clara, ya se guardarán mucho los trabajadores de la clínica de saltarse alguna de sus normas.
Hoy, ese nivel de exigencia está sobrepasando al propio Arnaldo. Una y otra vez, su encargada le ha pedido de forma insistente que le dejase entrar en la habitación del espejo para ponerle las cosas claras a esa desgraciada que pretende dejarles en ridículo ante el juez que ha decidido ingresarla en el centro de forma excepcional.
Arnaldo ha tenido que hacer un esfuerzo extra para detener a la doctora en el momento que han visto como Christine acertaba a darle una patada en la entrepierna a Arístides.
Hasta ahora no han podido averiguar mucho más de esa intrigante chica que fue detenida en el chalet de Alejandro Farín. Entre sus pertenencias hallaron su pasaporte y un justificante de pago con el nombre de Christine, pero las únicas palabras que han salido de su boca lo han hecho para que se dirijan a ella por ese mismo nombre, pero en castellano: Cristina.
Una vez que el doctor Arístides ha salido por patas maldiciendo a su paciente y jurando que no iba a volver a trabajar jamás para esa clínica, la chica ha cambiado radicalmente su actitud. Su cara de odio ha dado paso a una expresión tan dulce y angelical que pocos podrían identificar con la misma persona desquiciada que ha agredido a todos los doctores que han osado intentar sacarle información.
La doctora Martina echa espuma por la boca mientras Arnaldo observa sonriente como la chica acaricia su pelo rubio al tiempo que mira hacia la ventana enrejada.
Los latidos de su corazón se normalizan, y Cristina recurre a los buenos recuerdos de los que suele servirse para escapar de cualquier situación complicada. Su mente rescata la imagen de Valentín y sus labios sonríen. Cuando aparece la imagen de su padre su boca se retuerce, pero no tarda en recuperar algunos de los momentos vividos junto a Valentín para que todo vuelva a su sitio.
No tiene pensado soltar prenda ante estos principiantes. Necesita ganar tiempo y hará lo que sea necesario para conseguirlo. ¿De verdad creen que esos doctores del tres al cuarto van a sacarle algún tipo de información? Si alguno de ellos se hubiese ganado su confianza, quizá les habría contado algo, pero los tres no han hecho otra cosa que mirar su escote en cada una de las entrevistas. Ese no es el camino.
Arnaldo ha visto esto en otras ocasiones. Individuos que guardan sus secretos como si la vida les fuese en ello, y que se defienden cerrándose en banda a la menor presión. Sabe que ella no es una paciente normal, y que este caso es especial, por lo que tendrá que recurrir a una persona tan singular como lo es Estíbaliz.
Lleva tiempo sin verla, y es consciente de que cada vez que le pide ayuda corre el riesgo de que ocurra algo que se salga de los límites establecidos en el centro, pero sin duda es la mejor opción para sacar a esta paciente de su estancamiento.

Nueva doctora

—Tranquila, Arístides no era tan importante para nosotros.
—Tú sabrás, este es tu negocio, pero yo nunca consentiría que una desquiciada como esa consiguiera que un doctor de la experiencia de Arístides dejase la clínica por su culpa.
A pesar de negar con la cabeza, Arnaldo sabe que Martina lleva razón.
—No podemos instalarnos en el pasado. Además, Arístides ya no volverá a pisar este centro. No consiento que un empleado me denuncie por una tontería como una patada en sus partes. Agresión por no haber tomado las medidas de seguridad oportunas. ¡Vaya imbécil!
Martina asiente sin otorgarle la razón mientras Arnaldo observa como la luz roja de su interfono se enciende intermitentemente.
—Afuera está esperando la doctora Muñoz. Ella se ocupará a partir de ahora de Cristina. ¿La hago pasar ya, Martina? —pregunta el doctor como si le hiciese falta la aprobación de su empleada.
—Por mí puedes decirle que entre. Este caso comienza a cansarme —dice la doctora mientras se recuesta en una de las sillas con reposabrazos con evidente gesto de desgana.
—Haga pasar a la doctora Muñoz.
La doctora Martina cierra los ojos y se muerde la lengua. Lleva tiempo sin verla y cree saber que nada bueno está por venir.
—Enseguida, señor —contesta una voz femenina por el interfono.
La puerta se abre y aparece ante ellos una chica morena, que aun vestida de calle deja ver un estilo elegante y sobrio. Unos zapatos de tacón alto en color amarillo chillón hacen el contraste justo con unos vaqueros ceñidos de un color gastado. No lleva un escote provocativo, pero sus pechos se adivinan enormes bajo una camisa blanca con finas rayas rojas verticales. No hay pendientes a la vista, pero sus chispeantes ojos verdes parecen ser suficientes para darle colorido a su rostro anguloso.
—Doctora Estíbaliz Muñoz, encantado de volver a verte ―dice Arnaldo mientras se acerca a darle dos besos―. ¿Recuerdas a la doctora Martina Anchorena, verdad?
Por supuesto que la recuerda, y Martina a ella también.
A la doctora no le da tiempo de levantarse, pues, con una amplia sonrisa, se ha acercado y le ha tendido una mano dotada de unos largos dedos y de unas cuidadas uñas color naranja.
—Encantada de volver a verte. Arnaldo ya me ha comentado todos los detalles sobre el seguimiento que se ha llevado con esta paciente.
Normalmente, una mujer tan decidida le gustaría a la doctora Martina Anchorena, pero siempre ha creído que esa forma de ser es fingida o, como poco, forzada.
—Solamente llevamos dos semanas con ella, pero ya te habrá informado Arnaldo de lo complejo que es este caso.
—Por supuesto. Me ha pasado su historial clínico —dice la esbelta mujer mientras abre su bolso para sacar un portafolios—. Esta documentación contiene muchos datos sobre todo el trabajo que se ha realizado con ella aquí, en la clínica, pero apenas proporciona detalles del motivo real por el que está acusada.
—No creas que nosotros sabemos mucho más —dice Arnaldo—. Solamente podemos asegurar que estuvo en el chalet donde murió un hombre de cincuenta y cinco años, casado y con cuatro hijos. La policía la interceptó en el momento que abandonaba la vivienda.
—Eso no es suficiente motivo para que esté ingresada en un centro psiquiátrico.
—No, no lo es —interviene la doctora Martina—. El juez Marjaliza decidió que, después de una semana de arresto en la cual se comportó de forma agresiva, y tras no encontrar pruebas contundentes en contra suya, lo mejor sería trasladarla a nuestro centro para que nuestros especialistas intentasen sacarle algo de información. De no haberse comportado de forma tan violenta en la celda, quizá ya estaría en la calle.
—¿Qué se supone que tengo que conseguir de la paciente? ¿Una confesión?
—Ahora mismo no hay pruebas reales que la incriminen, pero, según los informes policiales, no hay duda de que la chica tiene mucho que contarnos en referencia a ese asesinato.
—Entiendo que mi trabajo consistirá en hacer todo lo que sea necesario para que confiese si fue ella quien asesinó a ese tal Alejandro Farín o, de no haber sido ella, que nos desvele algún dato sobre quién pudo hacerlo.
—No dudamos de que la asesina sea ella, pero, aunque no lo aparente, es muy inteligente —replica la doctora Martina—. Tan solo nos hace falta que cometa algún fallo, y ese será su objetivo.

Nueva doctora

Los dedos de Cristina se pasean por la pared del fondo de la celda. El acolchado blanco cumple con sus dos funciones, tanto de aislante de sonido como de amortiguador de posibles lesiones.
La pequeña ventanilla metálica de la puerta se abre tan solo unos centímetros y los ojos verdes de la doctora Estíbaliz se asoman curiosos.
Cristina intuye que alguien la está observando, pero no le interesa volverse para comprobar quién es, y ni tan siquiera se inmuta cuando con un chasquido seco se abre la puerta.
«¿Qué narices querrán ahora? Queda una eternidad para que me traigan la basura que ellos llaman comida. Si son más pastillas, les voy a hacer que se las traguen».
—¿Cristina?
«Esta voz es nueva. ¿Me giro, o escupo al suelo?».
Una decena de veces le habrá repetido la doctora Martina que no entrase en esa habitación a solas con la paciente, pero cada vez le cuesta menos ignorar sus advertencias.
—Soy la doctora Estíbaliz Muñoz. Si no quieres hablar conmigo, no pasa nada, pero quería que supieras que yo voy a ser la encargada de relevar al doctor Arístides.
—¿No va a volver el muy cabronazo? —dice en un susurro sin volverse a mirar a la recién llegada.
—Le dejaste sus partes un poco tocadas. Creo que se acordará de ti durante algún tiempo.
—Se lo merecía.
—¿Alejandro Farín también se lo merecía?
Esa pregunta ha sido la tecla que no quería que nadie tocase, y sus tripas se revuelven con su recuerdo.
—¡Nadie sabe de lo que era capaz ese hijo de puta! —grita mientras la encara adoptando la posición de ataque de un felino.
—¿Tú le conocías bien? —insiste la doctora sin amedrentarse por la actitud agresiva de su paciente.
—¡Vaya por Dios, si es usted una belleza! —dice Cristina con tono irónico suavizando su actitud—. Veo que me ha tocado el gordo de la lotería. No sabía que había loqueras que estuviesen tan buenas como usted.
La doctora Estíbaliz sonríe levemente, se gira y, para sorpresa de Cristina, cierra la puerta dejando fuera a los dos celadores.
—Gracias por el cumplido, pero no estoy aquí para hablar de valoraciones estéticas.
—Es usted muy valiente al quedarse encerrada conmigo. ¿No la han avisado de que soy peligrosa?
—Lo han hecho, pero tú tampoco sabes lo peligrosa que soy yo. Si no me equivoco, eso es un empate técnico, ¿verdad?
Cristina guarda silencio mientras sonríe a la doctora.
—Me gusta, me gusta, estaba cansada de que todo el mundo me tratase como una trastornada.
—Yo no lo haré, si no me das motivos.
—Es una apuesta arriesgada, doctora, pero voy a seguirle el juego.
«Qué jodida. Debe medir más de un metro setenta y cinco, y sus labios parecen fruto de un quirófano, aunque es visible a una legua que son naturales».
—En los próximos meses tendremos varias reuniones en las que intentaré que te abras a mí como lo harías con una amiga.
―¿Una amiga? Yo no tengo amigas.
A decir verdad solo ha tenido a Valentín, pero nadie tiene por qué saberlo.
—Todo el mundo necesita algún amigo. —La doctora se acerca a la cama y se sienta sobre una de las correas de cuero—. No sabemos cuándo nos va a hacer falta que alguien nos ayude de forma desinteresada.
—Doctora, no sé qué es lo que le han contado de mí, pero hace mucho tiempo me hizo falta esa ayuda y nunca llegó.
—Me han contado algunas cosas, pero son insuficientes para hacerme una idea de quién es la mujer que tengo delante. —La doctora coge un cigarrillo de un paquete que saca del bolsillo de la bata blanca—. ¿Fumas?
—Sabe perfectamente que aquí no se puede fumar.
—Puede que esto te sorprenda —la doctora prende el cigarrillo con un mechero que simula ser un pintalabios—, pero, para hacerme cargo de tu caso, el centro ha tenido que admitir alguna que otra modificación en sus reglas.
Estíbaliz alarga el brazo para ofrecerle el Marlboro con una expresión serena en su rostro. Ella coge uno de los cigarrillos que asoman del paquete, y es la doctora la que se encarga de darle fuego.
—Entonces —dice Cristina después de dar una calada mientras se sienta en el otro extremo de la cama—, ¿mis queridos doctores se han tenido que tragar sus mierdas de reglas para que usted consienta venir a ocuparse de mí? Vaya, debe de ser muy buena en lo suyo.
La doctora Estíbaliz entrecierra los ojos haciendo una pausa para analizar a su paciente antes de contestar.
—No me puedo quejar de la reputación que tengo en este mundillo, pero no intentes usar las ventajas de las que vas a disfrutar a partir de ahora para reírte de los doctores o te despojarán de ellas antes de que hayas podido comenzar a saborearlas.
—Tranquila, doctora, aunque le hayan dicho lo contrario, no estoy loca ni soy tonta.
—Nadie me ha dicho que fueses tonta —contesta con una sonrisa que apenas sale de sus labios—. Entonces, ¿estás dispuesta a cooperar?
«La verdad es que es condenadamente guapa. No pierdo nada por entrar un poco en su juego. Ha merecido la pena esperar. Algo me dice que ella puede ser la que me ayude a salir de aquí, y de todos modos necesito ganar tiempo. Quizá le vaya desvelando cosas para ver cómo reacciona».
—Haré lo que pueda para que mi lado malo no vuelva a aparecer como lo hizo con el hijo de puta del doctor.
—¿Siempre has tenido ese lenguaje?
—¿A qué se refiere?
—He leído las transcripciones de tus entrevistas, y lo poco que decías iba acompañado de insultos y palabras mal sonantes.
«Lleva razón la jodida. Quizá me estoy pasando en soltar lindezas por la boca. Valentín solía decir que era la mejor forma de mantener a raya a quien quisiera hacernos daño, pero no tengo tan claro que eso funcione con esta mujer».
—Si usted estuviese encerrada aquí a la fuerza, quizá hablaría de la misma forma en la que yo lo hago.
—No me llames de usted. Me gusta tutear y que me tuteen.
—Correcto, doctora. ¿Ve?, dos frases seguidas y no he soltado ni un jodido taco… Huy, perdón.
Estíbaliz no le ríe la gracia.
—Tendremos que tomarnos esto un poco más en serio. ¿Crees que podrías dejarte las bromas para otro momento?
Las dos mantienen unas miradas retadoras durante unos tensos segundos.
—Por supuesto, chica. ¿Qué quieres saber?
La doctora Estíbaliz esgrime una sonrisa a modo de tregua mientras saca de su bolso una moderna grabadora que sitúa encima de la camilla sin dejar de mirar a los ojos de su paciente.
—Sé que no eres española, pero nadie ha sabido darme los motivos de por qué una mujer como tú ha llegado a una isla como Ibiza desde los Estados Unidos. Según la policía, en tu bolso encontraron un pasaporte cursado en Utah. ¿Qué haces aquí y por qué hablas el castellano de una forma tan correcta?
Cristina mira a la doctora forzando una sonrisa sin abrir los labios mientras asiente con la cabeza levemente.
—Tendrás que apagar ese aparatito, doctora.
—Mi obligación es grabar todo lo que hablemos.
—Y la mía es que ninguno de los que hay afuera pueda usar mis palabras en mi contra en un futuro juicio.
La doctora no tarda en percatarse del aplomo de su paciente, y entiende que no dirá una palabra mientras no se sienta segura.
—Podría testificar en un juicio, y mi testimonio sería tan válido como una grabación, ¿lo entiendes?
—Entiendo los vericuetos legales, y sé que no es lo mismo que provenga de mí que de usted. ¿La apagas?
Estíbaliz asiente y le otorga esa pequeña victoria.
—Apagada —dice mientras muestra como desaparece la luz verde de la grabadora—. ¿Podrías contarme ahora cómo llegaste aquí exactamente?
Cristina se recoloca en la camilla y se apoya contra el cabecero con los pies encogidos mientras da otra calada al cigarro.
—¿Desde dónde quieres que te cuente, doctora?
—Quisiera que comenzases desde el punto de tu vida en el que supiste que ibas a venir a España.
—Si hago eso, nunca comprenderás cómo he terminado aquí. Mejor te contaré cuándo comencé a darme cuenta de que mi vida no era lo normal que debería haber sido.
—Como quieras, Cristina. Soy toda oídos.
—Yo creía que era una niña corriente, y en verdad lo era, pero no sabía que mi destino ya estaba programado mucho antes de nacer. Mi padre… ¡Joder, aún me cuesta llamarlo así! Mi padre era un mormón del estado de Utah, y era el obispo, o presidente, de una de las congregaciones locales que tenía sus propias reglas y que estaba ubicada en un pueblo pequeñito llamado Kanab. Creo que en aquel momento podía tener unos tres mil habitantes, pero no lo puedo asegurar. ¿Conoces algo sobre los mormones, doctora?
—Creo recordar haber leído un poco sobre ellos, pero solo me quedé con que pueden tener varias mujeres. ¿Es así?
—Siete tenía mi padre. ¿Un chollo, verdad? —La doctora decide elevar las cejas y no decir nada—. Sé que aquí en España eso está prohibido, y lo sé porque mi padre estuvo aquí de misionero cuando era joven. En esos años, en España estaba de moda el movimiento hippy y las creencias que impartía mi padre eran tomadas como una nueva forma de libertad por muchos de los chicos de Ibiza. Él tenía veinte años cuando llegó, y un empresario de hostelería le ayudó en sus primeros momentos.
—¿A qué tipo de ayuda te refieres? ¿A la económica?
—En aquella época, la dictadura acababa de terminar, pero los rescoldos de una época tan conservadora persistían en la sociedad. Tanto era así que mi padre fue a parar a las celdas de la comisaría hasta en cuatro ocasiones. Todas y cada una de ellas fue liberado por un tal Anselmo Briones. Este señor era dueño de varios restaurantes y locales de alterne, y tenía prácticamente comiendo de su mano a toda la policía de la isla. También tenía a gran parte del sistema judicial de su lado, y él lo agradecía con grandes noches de libertinaje.
—Era una época llena de cambios.
—Hay cosas que nunca cambian —contesta Cristina con una mueca de desprecio—. La depravación y el abuso es algo inherente a la humanidad.
La doctora asiente en silencio para no desconcentrarla de su relato.
—Como te iba diciendo, mi padre se dejó seducir por las noches de tentaciones y excesos. Las mujeres corrían por sus manos a decenas y se olvidaba de ellas al día siguiente. La isla se había convertido en una cloaca deseosa de libertades donde iban a parar una ingente variedad de individuos extravagantes y bohemios que querían vivir al margen de las tradiciones religiosas en las que aún se veía sumergida la España de la dictadura. Anselmo Briones tenía un hijo algo mayor que mi padre, Federico. Era el típico hippy melenudo con cerveza en mano que no hacía otra cosa que ver pasar la vida tras una cortina de humo de cannabis. Estaba bajo el escudo protector de su padre, y no se esforzaba en hacer nada que supusiese una molestia para su «paz interior». Después de la cuarta vez que Anselmo Briones sacó a mi padre de las celdas de la comisaría, Federico se convirtió en uña y roña con él.
—¿Uña y roña?
—Cada uno lo dice como quiere, ¿no? Pero si quieres digo uña y carne y…
—No, no, tranquila, no quería cortarte.
—Mi padre y Federico compartieron todo lo que se puede compartir. Primero comenzaron con el alcohol, pero no tardaron en dar el salto a las drogas.
—Pero tu padre fue de misionero a Ibiza. ¿Cómo pudo involucrarse en ese tipo de vida si vino a España a impartir su religión?
—Veinte años, doctora, veinte años. Mi padre no había salido nunca de Kanab y lo enviaron a impartir la ley de Dios a una isla donde llevaban años saltándose todas las normas divinas. ¿Crees que estaba preparado para aquello? De ninguna de las maneras. Puede ser que aquí lo de tener varias mujeres se vea como puro libertinaje, pero para nada es así. Eso entra en la normalidad de la religión mormona, y lo llevan con una naturalidad que solamente puede comprenderse desde dentro. Mi padre llegó con unas ideas religiosas tan cerradas que chocaron con la anarquía del libertinaje que inundaba la isla, y no pudo evitar dejarse llevar por las incesantes llamadas a la desobediencia que le llegaban de todas sus amistades. Dicho de otra forma: acabó por mandar al diablo a Jesucristo y se unió a los fieles seguidores de la diosa Afrodita.
—Parece mentira que alguien que hace un viaje tan largo para inculcar una doctrina a una sociedad completamente distinta a la suya cambie en tan poco tiempo.
—La veintena es una época jodida, doctora. Tú también has sido joven, por lo que debes saberlo muy bien.
Estíbaliz asiente sin hablar. No va a revelar nada referente a su vida personal. Ese sería un error de principiante.
—Mi padre llevaba dos años en la isla cuando le ocurrió la fatalidad que desencadenaría el cúmulo de situaciones que al final desembocarían en que yo tuviese la obligación de venir a España. Fueron unas carambolas del azar, pero, ya sabes, el destino tiene una forma curiosa de manejar las bolas de nuestras vidas.
»Fue una noche de finales de agosto. Mi padre y Federico acudieron a una de las fiestas que daba su padre en una terraza al aire libre de una exclusiva discoteca de Ibiza. Todos iban vestidos con blancos y vaporosos ropajes, y era el lugar perfecto para que el alcohol y la droga pudieran expandirse sin censura. Mi padre no llegó a darse cuenta, pues el alcohol se lo impedía, pero Federico nunca se excedía con aquellas chicas más allá de unos arrumacos forzados envueltos en risas.
»Sucedió de madrugada. Los dos chicos abandonaron la terraza y se dirigieron a la playa con dos chavalas que no se habían apartado de ellos en toda la noche. Federico era el que peor iba, e incluso tuvieron que ayudarle para que pudiese cruzar unas rocas que había que salvar para llegar a la playa de arena. Los porros se sucedieron durante más de una hora, y las risas se entremezclaban con el clamor de las olas rompiendo en las rocas. Mi padre no tardó en lanzar su ataque contra una de las chicas, y esta accedió casi antes de que lo intentase.
»Por su parte, Federico no parecía interesado en menesteres sexuales, y se dedicó a mirar la luna reflejada en el mar sin preocuparse ni un solo segundo por el enfado creciente de la chica que tenía al lado. Desde la distancia, la desdeñada muchacha se relamía mientras veía como el culo blanco de mi padre no paraba de dar envites entre las piernas de su amiga, y tuvo el fatal impulso de echar mano a la entrepierna de un Federico que estaba apurando el octavo porro de la noche. Una hostia sonó como si una rama hubiese estallado a consecuencia de recibir la descarga de un rayo, y la chica se quedó sin saber qué hacer durante unos segundos. Más le habría valido haberse quedado calladita, porque lo que salió de su boca fue lo que le costó la vida.
»Mi padre seguía con sus quehaceres cuando escuchó la palabra maricón saliendo de una boca enajenada. En ese momento de pasión no le prestó la debida atención al insulto de la chica, pero, cuando comenzó a escuchar llantos y gritos, no le quedó otra que abandonar a la chica que chorreaba de placer abierta de piernas sobre la arena. Lo que se encontró fue un combate de lucha libre en toda regla. Debió tener su parte de gracia ver como mi padre intentaba separar a aquellos dos desgraciados con su polla empalmada… Sí, tuvo que ser gracioso.
La doctora se ha sentido incómoda al ver la expresión de odio que exhibe su paciente mientras parece estar forjando en su cabeza la imagen de su padre desnudo.
―Ante los ojos asombrados de mi padre, la chica, enardecida por el odio, no dejaba de lanzar golpes contra la cara de Federico. Este, visiblemente colocado, no sabía ni por dónde le venían, y lo único que podía farfullar eran unas pocas palabras pidiendo el auxilio de su amigo. Esa ayuda llegó, y de la peor manera.
»Puede ser que las drogas fueran las causantes de aquella reacción, aunque lo mismo era algo que llevaba en su interior desde que vino al mundo, pero la verdad es que mi padre cogió una piedra del tamaño de un balón y la lanzó contra la chica. Siempre he querido pensar que no apuntó a un sitio en concreto, pero lo cierto es que dio de pleno en la cabeza de aquella pobre chica. Federico escuchó el ruido que hizo la piedra al chocar contra la cabeza de la chavala, pero solo mi padre era consciente de lo que acababa de hacer.
»Federico estaba doblado de dolor unos metros más allá cuando llegó la otra chica gritando la palabra asesino a mi padre. No sé lo que se le pasó por la cabeza, pero la agarró del cuello y la arrastró hasta la orilla. Los gritos desgarradores de la chica llegaban hasta los oídos de Federico, que seguía lamiéndose las heridas de su careto destrozado, y en ningún momento se giró para ver qué era lo que sucedía a sus espaldas.
—Eso fue terrible. ¿Tu padre ahogó a aquella chica?
—No tardó ni un par de minutos en hacerlo, y sin apenas hacer fuerza. Según me confesó en su lecho de muerte, solo tuvo que poner un pie sobre su espalda para que se asfixiase en poco menos de medio metro de agua. Quizá alguien que hubiese hecho algo así habría corrido a esconderse para que nadie lo localizase, pero él decidió quedarse sentado viendo como las olas empujaban una y otra vez el cuerpo de la difunta contra la orilla, como si el mar se empeñara en devolver un desperdicio que no le pertenecía.
—¿Y Federico? ¿No hizo nada?
—¿Qué iba a hacer ese inútil? Aunque no te lo creas, el muy imbécil se quedó dormido hasta que comenzó a despuntar el amanecer. Dos policías enviados por Anselmo Briones fueron los que se encontraron con la escena en la playa. El padre de Federico los había enviado para que los buscase una vez que se percató de que no estaban en la fiesta. Con el primero que se toparon fue con Federico durmiendo al lado de la cabeza ensangrentada de la chica. A trompicones consiguieron acercarlo hasta una de las rocas, y uno de los policías corrió a buscar a Anselmo.
»No habían pasado ni veinte minutos cuando Federico vio a su padre aparecer en la playa. Acudió con tres de sus hombres, y su cara no era precisamente de buenos amigos. Federico había usado ese tiempo para recomponer lo que había ocurrido y, sin tener claros todos los detalles, creyó que había sido él el que comenzó todo. Cuando llegó Anselmo, mi padre aún continuaba en trance viendo como las aguas seguían rebozando el cuerpo de la chica sobre la arena, y las preguntas que lanzaba el padre de su amigo le llegaban lejanas a pesar de estar siendo escupidas sobre su oreja. Mi padre no reaccionaba y Anselmo se dirigió hacia donde estaba su hijo. Federico estaba confundido, y sus ojos iban de cadáver en cadáver pensándose las palabras que iba a decir. Mi padre nunca entendió por qué lo hizo, pero mientras Anselmo le echaba una monumental bronca, Federico no dudó en culparse a sí mismo de lo que había ocurrido. Los dos policías se miraron sin hablar, esperando un gesto de Anselmo. Este los llamó aparte, e hicieron un corrillo al que ninguno de los esbirros de Anselmo estaba invitado.
»Mi padre nunca supo qué fue lo que hablaron exactamente, pero al final Federico fue a la cárcel durante dos años por homicidio involuntario. El nombre de mi padre nunca apareció en el atestado policial, solo figuraba el nombre de la chica que presuntamente había muerto después de golpearse con una piedra durante una pelea con Federico. Entonces no existían los adelantos de los que dispone la policía en estos días, pero, aunque así hubiese sido, los contactos de Anselmo le habrían asegurado a su hijo una sentencia benévola. De la otra chica se tuvieron noticias a los dos días. Fue encontrada en una playa que estaba a tres kilómetros de distancia de donde había muerto, y nadie relacionó, o no quisieron relacionar, las dos muertes. Mi padre se marchó esa misma semana sin poder hablar con Federico y sin llegar a entender por qué su amigo le había librado de una cárcel segura.
»Una vez que llegó a Kanab, su cabeza aún tardó mucho tiempo en dejar de maldecir lo que había hecho en tierras españolas. El martirio que le suponía el saberse culpable de haber arrebatado dos vidas jóvenes de este mundo le torturó de un modo tan salvaje que nadie comprendía el porqué de ese cambio tan radical. Sus delirios autodestructivos le llevaron a enclaustrarse en casa de sus padres durante un año. No estaba preparado para ver a nadie, e incluso la presencia de sus padres le llegaba a incomodar tanto que se encerraba en su habitación durante semanas. Allí fue donde comenzó a devorar todo tipo de libros que iban encaminados a las infinitas formas que existen para encontrar el perdón por los errores cometidos. Esas miles de horas de lectura y reflexión le llevaron hacia una radicalización de su fe en Cristo con la que creyó encontrar la absolución que tanto ansiaba.
»Al poco tiempo conoció a la primera de sus siete mujeres y comenzó a llevar una vida destinada a enmendar su pecado ante los ojos de Dios. Sus sermones eran escuchados por cientos de feligreses volcados con su peculiar y apasionada forma de proclamar la palabra de Jesucristo. Nadie podía sospechar que buena parte de su pasión provenía de llevar encerrado en su alma un secreto que por siempre le corroería las entrañas.
»El día que mi padre se enteró de que mi madre estaba embarazada de mí, fue el mismo que volvió a encontrarse con Federico. Por aquel entonces mi padre tenía cinco mujeres y habían pasado diez años desde lo ocurrido en la playa. Mi padre no sabía cómo recibir al hombre que le había librado de decenas de años en prisión, pero Federico tenía una idea bastante clara de cómo se iba a cobrar ese favor.
»Tras una conversación aparentemente estéril, Federico le informó de que estaba al tanto de la escalada que había experimentado como ministro de Cristo. Con cierto morbo, que llegó a molestar a mi padre, se encargó de contarle que su padre había muerto, y que él había heredado todos sus negocios. Por lo visto, aquel cabeza loca que no pensaba en otra cosa que encontrar una droga que le mantuviese alejado de la realidad se había transformado en un empresario de éxito. Mi padre no le hizo muchas preguntas al respecto, pues un par de comentarios salidos de tono le bastaron para comprender que esos negocios no estaban ajustados a la ley en su totalidad. Los restaurantes y salas de fiesta se habían multiplicado por diez, y ahora estaban esparcidos por toda España. Por lo visto, de algo había servido el consumo de todas las drogas de las que echó mano para sobrellevar su juventud, pues había utilizado esa experiencia para comenzar un negocio encubierto de distribución por las costas del levante español. A su lado, Anselmo Briones había quedado como un vulgar mafiosillo de barrio. Le iba bien, y eso era patente tanto en su forma de vestir como en los aires de grandeza que esgrimía sin pudor alguno.
»Al finalizar la conversación, surgió la pregunta del motivo de su visita. Ninguno de los dos sacó a relucir el tema de los dos asesinatos, y mi padre se lo agradeció desde el silencio. Federico no se cortó un pelo para preguntarle todo sobre su vida como mormón. Mi padre le explicó cuántas mujeres tenía y cuántos hijos con cada una de ellas. La cara de Federico se iluminó en el mismo momento que mi padre le contó que una de sus mujeres estaba en estado de buena esperanza. Hay instantes en la vida que pasan totalmente desapercibidos, y que aparentan carecer de transcendencia alguna, pero ese precisamente fue en el que mi vida quedó condenada. Mi padre ni tan siquiera pestañeó cuando su querido amigo del alma le propuso concertar una boda con el bebé que se estaba gestando en caso de que fuese niña.
—Eso es una aberración en toda regla —dice la doctora intentando que su rostro no refleje su asombro.
—¡Yo diría mejor que aquello fue una putada, doctora!
—Pero eso tiene que estar prohibido.
—Puede que esté prohibido en Estados Unidos, pero en esa congregación mormona las normas las dictaban los ancianos, y la práctica de los matrimonios concertados en aquellos años estaba a la orden del día. Una cosa era la burocracia legal y otra las normas internas de nuestra comunidad.
—Entonces, ¿te obligaron a casarte con ese hombre cuando te hiciste mayor?
—Si dieciséis años puede considerarse mayor, sí.
—¿Dieciséis? —El asombro comienza a desdibujar la cara de la doctora―. ¿Y tus padres no hicieron nada por impedirlo?
—Mi madre lo pasó verdaderamente mal. No entendía cómo su esposo, un hombre recto y severo, se estaba poniendo a los pies de aquel desconocido. Federico lo tenía todo muy bien planeado. Nada de lo que ocurrió en aquella habitación había salido de la casualidad. Ante la atónita mirada de mis padres, sacó un manojo de papeles de un portafolios y les hizo que los leyeran. Aquello era un contrato en toda regla, y en él venían reflejadas todas las cláusulas que tendrían que respetar las partes contratantes. El único requisito que poseía el poder de anular ese contrato era el que indicaba que solamente se realizaría el matrimonio convenido si el neonato fuese niña. Un varón daría por terminado el acuerdo comercial. Como ves, nací sin saber que toda mi vida estaba programada de antemano. Tengo dieciséis hermanos entre chicos y chicas, pero fui yo la que estuvo obligada a vivir apartada de todos ellos desde el mismo día de mi nacimiento. En ese maldito contrato venía reflejada la forma en la que tendría que crecer hasta que tuviese lugar la ceremonia de mi matrimonio concertado.
—¿Federico impuso algún tipo de normas a tus padres para criarte?
—Y de las más crueles, doctora. Yo no tuve una infancia como cualquiera de mis hermanos. Apenas me relacionaba con ellos, y además me mantuvieron aislada del exterior.
—¿A qué te refieres?
—Cuando digo aislada quiero decir eso exactamente. Yo estudiaba en casa, y apenas salía de mi habitación. Según aquel contrato, debía estar alejada de la civilización y de todas las normas impuestas por la sociedad. Los libros con los que tenía que estudiar los recibíamos a primeros de enero, y era Federico el encargado de hacerlos llegar. Parecían libros normales, pero de ellos se habían eliminado los textos que pudiesen interferir en los planes de mi futuro esposo. Aprendí todas las materias principales, como las matemáticas y las ciencias y tardé años en comprender por qué era tan importante la que tenía que ver con estudiar un idioma extranjero. Mi profesora particular era de habla hispana, y también estaba pagada con el dinero de Federico. Ella se encargó de enseñarme el idioma, pero, según uno de los apartados del contrato, estaba prohibido dar detalles de nada referente a la vida en España. Yo crecí sin saber realmente dónde se encontraba este país, pero había muchas cosas más que ignoraba. Expresamente estaba indicado que no podía tener constancia de qué eran los sentimientos ni el contacto humano. Cualquier referencia al afecto debía ser desterrada de mi educación. Nadie debía abrazarme ni tocarme. Hasta muchos años después no pude saber lo que era el calor humano.
—Perdona que te diga esto, Cristina, pero ese hombre era un monstruo y quería crear algo a imagen suya.
—No, no quería convertirme en algo horrible, solo quería recibir el día de la boda un folio en blanco donde poder explayarse como a él le viniese en gana, y vaya si lo consiguió. Yo supe que me tenía que casar con ese hombre a los diez años y, cuando llegó el día, lo vi como algo normal.
—Eso jamás se podría considerar como algo normal —interviene la doctora—. Aunque fueses una niña, debería haberte extrañado.
—No solo era una niña, sino que era una niña apartada del mundo tal y como lo conoces. Habían conseguido «fabricar» una criatura sin personalidad ni principios. Mi cabeza solo contenía datos históricos, números y unos modales que venían expuestos, e impuestos, en un libro que no cambiaba con los años. Ese montón de páginas se metía cada año en mi cabeza y ahora mismo te lo podría relatar con puntos y comas. Te puedes imaginar que las normas que venían reflejadas en el libro habían sido dictadas por Federico, y en ellas se describían los modales y la forma correcta de comportarse una señorita. ¿Sabes lo que es un cinturón de castidad?
—¿Cómo? ¿Te estás quedando conmigo?
—Vale. No pienses que me pusieron uno de esos cinturones metálicos de la edad media —dice exhibiendo una sonrisa picarona—, pero no estaba muy alejado de esa tortura medieval. Desde que cumplí los diez años, me obligaron a llevar unas bragas especiales que te puedo asegurar que no aguantarías tú ni una hora. Estaban elaboradas con una tela gruesa y áspera, y se apretaban a la cintura hasta tal punto que casi no me dejaban respirar. El objetivo era claro, no debía tocarme, y a ello estaban destinadas muchas de las normas del libro. En las lecciones de cada día, había una hora en particular en la que la chica que me instruía se dedicaba a criminalizar y demonizar las partes íntimas de la mujer, por lo que crecí pensando que mi coño formaba parte de un pecado que ninguna otra mujer poseía. Tanto era el interés en denostar mis partes íntimas que llegué a odiar verme desnuda.
—Por lo menos estarías a solas cuando te duchabas, ¿verdad?
—Nada de eso. Mi madre era la encargada de bañarme, y me obligaban a hacerlo con los ojos tapados. ¡Puto contrato de tarados!
—¿No había nadie que te echase una mano?
—No has entendido nada, doctora. Me mantuvieron dentro de una jaula de cristal, aislada de cualquier tipo de emoción o esencia humana, y se apropiaron hasta del último resquicio de mi inocencia para dejarla encerrada dentro de mi mente, congelada.
—¿Tus hermanos no veían raro ese comportamiento?
—¿Mis hermanos? —pregunta exhibiendo una mueca de desprecio—. Me enteré de sus nombres cuando fui a ver cómo moría mi padre, a los muchos años de haber abandonado Utah.
—Eso es muy triste, Cristina. No me imagino qué puede estar pasando en tu cabeza ahora mismo.
—No te preocupes por mi cabeza, doctora. Esas no fueron ni de lejos las peores experiencias que me tocó sufrir.
La doctora Estíbaliz observa con curiosidad la peculiar expresión del rostro de su paciente. Su mirada gélida sirve de acompañamiento a unos comentarios que parecen exentos de reproche alguno, y la forma de contar su historia roza la apatía.
—¿Cómo fue la boda? Me refiero a que si fue por lo civil o por lo religioso.
—Mi padre me hizo daño en muchas cosas, pero lo que nunca le perdoné fue que oficiase mi condena. Aquel miércoles fue la primera vez que vi en persona a quien tantas veces me había descrito mi profesora.
—¿Cómo se llamaba ella?
—Nunca lo supe. Para mí, su nombre era Señora. Tú sabrás por tu profesión quizá algo más de esto, pero creo que pretendían que no llegara a sentir cariño por alguien a quien veía todos los días. Lo consiguieron, aunque el que la muy zorra fuese una dictadora de mierda también pudo afectar a que lo único que sintiese hacia aquella mujer fuese odio.
—Sigo creyendo que se puede hablar con mejores modales.
—Mis modales tuvieron que ser perfectos hasta que cumplí los veintidós, doctora. No esperes que nadie me vaya a obligar a hablar correctamente cuando no encuentro adjetivos suficientes para catalogar a la zorra que tuve como educadora.
—No me has dicho nada de tu boda.
El suave tono de la doctora corta de raíz la violencia verbal que parecía querer ir a más y Cristina le mira sonriente.
—Ah, sí, lo olvidaba, aunque no hay mucho que contar. Yo cumplí ese día los dieciséis años. Para cualquier jovencita, aquel día debería haber sido algo grandioso digno de ser celebrado, pero para mí se convirtió en la onomástica de la humillación más grande que había sufrido desde que nací. Ni las más estrictas descripciones me habrían preparado para la asquerosa sensación que sentí en el momento que vi aparecer a aquel viejo en el pasillo del templo. En los primeros bancos estaban mis hermanos, esos de los que no conocía ni sus nombres y a los que solamente había visto jugar por la ventana de mi habitación. Algunos de ellos comenzaron a reír cuando vieron caminar a aquel viejo de unos sesenta años hacia mí, pero yo no sabía a qué se debía. Estaban al tanto de lo que significaba todo aquello que para mí solo era una obligación para la que me había estado preparando dieciséis años, y odiaba que les divirtiera. Federico tenía el pelo blanco. Los excesos no le habían tratado bien, y su rostro reflejaba cada uno de los traumas que sufría en silencio. Una mirada huidiza salida de aquellos ojos que parecían estar más juntos de lo normal me hizo sentir tal aprensión que apenas pude contener una arcada.
—Estarías aterrorizada.
—No tenía por qué, doctora. Yo no sabía a lo que me enfrentaba. Era como un cordero que iba al matadero en un templo decorado con cientos de flores que camuflaban a la perfección el putrefacto aroma de toda la mierda que aquello escondía. Él se puso a mi lado sin mostrar ni un ápice de alegría. No creo que me viese guapa, pero tampoco tenía constancia de lo que era la belleza ni los cánones por los que se regía. Sencillamente me dispuse a decir lo que durante el último año tuve que memorizar para el día de la ceremonia.
»No hubo banquete, ni falta que hacía. Recuerdo perfectamente como mi padre nos acompañó hasta una casa enorme de las afueras del pueblo. Estaba aislada y ese fue el momento en el que más disfruté. Acostumbrada a mis cuatro paredes y a no ver otra cosa que el interior de la vivienda de mis padres, creí que aquello tenía que ser algo parecido a lo que nuestra biblia describía como el paraíso. Tras cruzar una verja enorme, el coche de mi padre atravesó un jardín inmenso repleto de pinos y plantas con todo tipo de flores. Me despidió con un beso al pie de las escaleras que daban acceso al gran caserón. Yo había visto en varias ocasiones, en algún tomo de enciclopedia, algunas fotos de casas lujosas que mi institutriz había olvidado recortar, pero aquella mansión las superaba con creces.
»Nos quedamos solos en aquel palacete. Bueno, para decir la verdad, había otra persona que nos haría compañía. Sergio era el encargado de mantener limpia la vivienda y se ocupó de subir mi maleta a la planta de arriba. Aunque una pequeña parte de su familia tenía origen hispano, Sergio no entendía el español, por lo que Federico se dirigía a él en un inglés de principiante. Solamente hizo falta que el chico mostrase un atisbo de sonrisa en una de las meteduras de pata de Federico para que este le propinase una patada en sus partes que le hizo caer al suelo encogido, pero sin protestar. Yo no sabía de qué iba aquello, pero era la primera vez que veía a alguien pegar a una persona, y no me gustó. Sergio se levantó sumiso, servicial, y corrió hasta el salón para preparar la cena.
»Federico fue muy amable, casi en exceso, y me acompañó del brazo al lugar que tendría que ocupar a partir de ese día en la mesa. Me dijo: «¿Sabes que esta casa la compré solamente para estar cerca de ti?». Era la primera vez que se dirigía a mí. Le había escuchado hablar con mi padre y en la ceremonia, pero esa no parecía la voz de la misma persona que había dicho los votos en el templo. Yo le pregunté: «Si vivía tan cerca, ¿por qué es la primera vez que le veo?». Él me dijo mientras daba un sonoro sorbo a una copa de vino tinto: «Buena pregunta, querida Christine. He estado siguiendo tus pasos desde que naciste, te he estado viendo crecer durante años, pero tú no debías conocerme hasta el día de la boda. No espero que lo comprendas, pero me hacía falta tener a alguien en quien poder depositar mi confianza y que me acompañase hasta el fin de mis días sin hacer preguntas indiscretas». Por supuesto que no iba a hacerle preguntas indiscretas a aquel ser decrépito al que el tiempo había arrebatado cualquier atisbo de color de su pelo. De hecho, no sabía ni lo que era la discreción, pero una curiosidad innata estaba creciendo en mis entrañas y eso era una sensación que no quise frenar, aunque sí disimular.
»Me explicó que Sergio era el que se ocupaba de que la casa estuviera limpia y presentable durante sus largas ausencias y el muchacho asintió luciendo cogote. Parecía mentira que un chaval tan alto fuese capaz de humillar tanto la cabeza. Después me dijo: «¿Qué te apetece cenar? Bueno, para ser sincero, solamente tenemos verduras. Soy vegetariano y no aguanto a las personas que comen carne». En ese momento entendí todo. Aquellos olores que salían de la cocina de mi madre nunca llegaban a materializarse en mi habitación a la hora de la comida. Una y otra vez preguntaba a mi institutriz por qué la comida que me servían no tenía nada que ver con lo que mi olfato había estado olisqueando toda la mañana, pero nunca recibí ni una sola explicación. Para mí, la carne tal como la conoces nunca existió, y su lugar lo ocupaba el tofu. Filete de cerdo, decían… ¡Si estuviese vivo, le haría tragarse a mi padre toda aquella basura sin sabor!
—¿Qué edad tenía Sergio?
—Entonces no me lo dijeron, pero tenía veinte. Cuatro más que yo. Poseía una cara tan agradable que podría haber estado horas enteras mirándole. No sé si era debido al contraste que veía entre la denostada piel de la cara de Federico y el rostro dulce de aquel muchacho. Transmitía una serenidad que yo no supe comprender en aquella época, aunque a esa mirada le faltaba algo.
—¿Tenía algún problema psicológico? Te lo digo porque por los pocos detalles que me has dicho, podría padecer alguna deficiencia intelectual.
—Puede ser que lo pareciese, pero no era exactamente así. Como de otras cosas, de eso me enteraría en el futuro. A Sergio, sus padres lo abandonaron en una gasolinera. Solamente una persona se había ocupado de él desde entonces, y ese era Federico. En uno de sus primeros viajes a Kanab mi padre le comentó que había un chico huérfano de cinco años en el templo y él no tardó en apadrinarlo.
—¿Lo adoptó?
—Ni mucho menos —dice Cristina negando como si acabase de decir una soberana tontería—. Él nunca dejaría que alguien que no fuese de su sangre adquiriese derechos sobre sus bienes y negocios. Sencillamente se ocupó de forma legal de su mantenimiento y de sus estudios. Hasta los dieciséis había vivido en aquel caserón en compañía de una vieja tutora pagada por Federico, pero incluso ella salió de aquella casa una vez que legalmente Sergio pudo quedarse solo.
»Federico tenía muchas normas sobre cómo cumplir sus leyes, y las llevaba a rajatabla. Una de las materias que se daban una vez a la semana en casa de mis padres hacía referencia a la convivencia conyugal. Aquel libro no describía grandes detalles ni se centraba en particularidades extravagantes, pero un mantra se repetía cada vez que acababa una página: «La buena esposa tiene la obligación de obedecer todas las indicaciones de su marido sin poner objeciones y sin juzgar sus actuaciones». Esa noche comencé a comprender el significado de aquellas palabras.
»Nunca había mostrado mi desnudez con otra persona que no fuese mi madre, pero, al acabar de cenar, Federico me dijo que tenía que asearme. Me acompañó hasta un cuarto de baño inmenso en el que solo había una bañera en el centro. Con una expresión rígida en su rostro me ordenó que me desnudara. Yo me quité el sencillo traje de novia que mi madre había reciclado y que no se había vuelto a usar desde el día que se casó con mi padre. Entonces dijo: «Quítate las bragas. Hasta que no vayas a la cama no las volverás a usar».
»Ni te puedes imaginar lo que significó aquello para mí. Las arrugas de su frente y labios que tanto me asqueaban parecían haber desaparecido ante mis ojos en el mismo instante que me había concedido librarme por un rato de aquella tortura que machacaba mis partes íntimas. Una vez que las arrojé al suelo, podían verse los estigmas que esa lija que él llamaba bragas había grabado sobre mi piel. Surcos morados se cruzaban entre sí y afeaban mi piel blanca como si un verdugo me hubiese molido a latigazos. Contemplar mi pubis poblado de un fino manto de vello rubio me hizo preguntarme qué podía haber ahí abajo para que durante años me hubiesen prohibido tocarlo.
—Pero a esa edad ya te habría bajado la regla.
—Por supuesto, y en los cinco días que me duraba mi madre convivía conmigo en la habitación para cambiarme.
—No quiero asustarte, Cristina, pero, si lo que dices es cierto, esa gente podría haberte hecho un daño psicológico que pudiera perdurar a día de hoy.
—Doctora, ya te he dicho que no estoy loca. Tampoco nada de lo que me hicieron provocó ninguna merma en mi inteligencia, aunque no sería porque no lo intentaran. ¿Sabes qué explicación me daban cuando manchaba de rojo las bragas?
—Sorpréndeme.
—Ahora me dan ganas de reír, pero entonces me tomaba al pie de la letra el que aquello era un castigo que me mandaba Dios por pensar en tocarme. Como comprenderás, huía de mi entrepierna como si fuese el mismísimo Satán. Pero ese día fue distinto.
»La bañera estaba llena hasta la mitad de agua caliente y jabonosa, y Federico ocupó una silla que estaba colocada en una de las esquinas del baño. Esa fue la primera de muchas veces que lo hizo. Me desprendí de la tela que aprisionaba mi pecho contra mis costillas. Aspiré profundamente como hacía tiempo que no lo hacía y me giré hacia donde había un espejo de cuerpo entero apoyado contra la pared. No llegué a sentir ni una pizca de vergüenza por mostrarme desnuda, no me lo habían enseñado, y me sumergí en el agua ante la lejana mirada de mi esposo.
»Mientras cogía la gran esponja natural, me fijé en que cruzaba las piernas y entrelazaba sus dedos apoyándolos sobre su rodilla. Me dijo: «Lávate con cuidado, lentamente, por favor». Mis pechos me gustaban, eran redondos y grandes. Por lo menos eso fue lo que me pareció la primera vez que los pude tocar libres de ataduras. Las areolas rosadas que encumbraban mis tetas eran el envidiable marco de unos pezones prominentes y suaves. Ahora lo recuerdo con nostalgia, pero aún siguen teniendo su encanto.
―A mí no me molesta, pero ¿crees que debes ofrecerme en tu relato todo ese tipo de pormenores?
La doctora Estíbaliz saca otro par de cigarros y le ofrece uno a ella.
—¿Quieres saber de verdad cómo he terminado aquí? —dice retadora—. Con que solamente salga una palabra de negación de tus labios, puedo sellar los míos para siempre, doctora.
Estíbaliz sabe que cualquier cosa que diga le valdrá como excusa para abandonar su relato.
—Cuando acepté tu caso mi objetivo era llegar a conocerte, y no me importa ni el tono ni las formas en las que te expreses con tal de que consiga servirte de ayuda.
Cristina se sabe ganadora en este asalto, y de modo ceremonial le pide el mechero a Estíbaliz y se enciende el cigarro mientras comienza a pasear en círculos por el habitáculo.
—Para ti puede que carezca de importancia, pero a mis dieciséis años nunca me había mirado en un espejo. Todo era nuevo para mí, e incluso me ilusionaba ver como la espuma jabonosa resbalaba desde mis pechos a mi ombligo. No sé cuánto tiempo estuve absorta admirando mi blanquecina piel, pero, cuando volví a girarme hacia donde estaba Federico, vi por primera vez el cuerpo desnudo de un hombre. En aquel momento no habría sabido muy bien cómo describirlo, pero ahora sí. La ropa había desaparecido como por arte de magia, pero él se mantenía con la misma pose cruzado de piernas. Yo lo miré curiosa y él me mantuvo la mirada diciendo: «Es tu primera vez, ¿verdad?». Yo asentí con la cabeza sin querer decir nada que pudiese poner fin a aquel placentero baño de agua caliente. Para nada me importaba que aquel tipo estuviese luciendo cachos de piel arrugada repleta de pelo blanco, lo que realmente quería era sumergirme en esa agua lechosa y dormir durante horas.
—¿Te mostró sus partes?
—¿Te refieres a la polla? —dice mordiéndose el labio inferior y soltando una carcajada a continuación—. No, doctora, no. Mantenía su pajarito muy bien guardado tras sus piernas cruzadas. Con una subida de cejas me dio a entender que continuase con mi baño y yo lo hice con mucho gusto. Me dijo: «No te frotes fuerte. Las esponjas naturales ayudan a mantener una piel tersa y limpia de impurezas, pero debes moverla de forma suave, aunque manteniendo la presión».
»Yo obedecía a todo lo que salía por la boca de mi esposo, y creo que tardé bastante en volver a dirigir la mirada hacia él. Desde un principio lo tenía claro: no quería que la visión de un cuerpo demacrado como el de Federico arruinase las sensaciones de libertad que me estaba proporcionando aquel sencillo baño. De repente dijo: «No te frotes ahí abajo, tú no».
»Yo no supe entender el porqué de aquella orden ni de esa puntualización, y le miré extrañada mientras alejaba la esponja de mi entrepierna. ¿Qué podía tener esa parte de mi cuerpo para que todo el mundo me prohibiese que ni tan siquiera la rozase? Ese pensamiento no dejaba de rondarme la cabeza cuando le vi levantarse de la silla del rincón.
»Yo me quedé muda, sin poder reaccionar. Federico se mostraba ante mí sin ningún pudor, y yo pude ver por primera vez lo que le diferenciaba de mí. Debería haberme producido repugnancia ver aquel diminuto colgajo balanceándose de lado a lado, pero lo único que despertó en mí fue curiosidad. Él se mostraba serio, y solamente sonrió cuando yo alargué la mano y señalé con mi dedo índice su polla flácida. «No te preocupes, no es nada raro, todos los hombres lo tenemos», me explicó. No pude evitar mirar hacia abajo para comparar mi entrepierna con la suya, pero al ir a tocarme para verificar las diferencias, él sacó el lado oscuro de su personalidad que había mantenido a buen recaudo hasta ese momento y gritó: «¡Ni se te ocurra hacerlo, zorra!». ¿Zorra? No entendía cómo me estaba comparando con esa clase de animal carroñero, ni comprendía el significado que coloquialmente se le suele dar a ese insulto, pero mi instinto de supervivencia me avisó en ese instante de que no debía meter la mano en el agua.
»Él volvió a suavizar el tono de su voz: «¿Te gusta la música clásica?». Yo temí abrir la boca sin saber que él no buscaba una respuesta. «Espero que te guste Mozart. Lo he preparado especialmente para ti». Federico se dirigió andando desnudo hacia un mueble antiguo donde había un equipo de música con discos de vinilo. La música comenzó a sonar, y yo tuve que esconder una carcajada al contemplar su arrugado trasero volver otra vez hasta la silla del rincón. Continuó explicándose: «No pretendo que me temas. Solamente tengo unas cuantas reglas que debes cumplir para que nuestro matrimonio funcione. Quizá esto te parezca raro, pero no es mi intención tocarte. Cuando te he puesto el anillo será de las pocas veces que te rozaré la piel. Desde que naciste he intentado mantenerte pura para mí. No quiero a mi lado a nadie que esté contaminado con los prejuicios que la sociedad nos impone como norma. Me hace falta alguien que no me catalogue como un ser abominable por la única razón de ser diferente a esa sociedad hipócrita que cree dirigir nuestras vidas. La pureza que yo busco viene precedida por mantenerte alejada de cualquier vicio que pueda condicionar tu vida. No sabes lo duro que es depender de algo de una forma tan visceral que te puede llevar a dar la vida por ello sin dudar ni un segundo».
—¿Estaba hablando de él mismo?
—Por supuesto, doctora, pero en aquellos momentos yo creía que lo decía por mi bien. Yo seguía metida en un agua que cada vez estaba más templada y, aunque la temperatura dentro de la habitación era más bien alta, un escalofrío que alertó a Federico recorrió mi cuerpo. Me preguntó: «¿Tienes frío, Christine?». Yo asentí con la cabeza y el gritó: «¡Sergio, trae agua caliente!».
»Apenas pasaron un par de minutos cuando apareció por la puerta el larguirucho pelirrojo cargado con dos grandes cubos metálicos. El vapor que desprendían me hizo temer que fuese a quemarme, pero aquel chaval fue agregando el agua de una forma tan lenta y delicada que apenas noté el ascenso de temperatura. El chico mantenía su vista puesta en lo que estaba haciendo, y creo que ni una vez dirigió sus ojos hacia mis pechos desnudos, por lo menos en el momento de rellenar la bañera. Mostraba una timidez digna del plebeyo más abnegado cuando Federico intervino: «Sergio, mi esposa se siente cohibida al estar desnuda ante ti. ¿Qué crees que podemos hacer para que no se sienta incómoda con tu presencia?». «No lo sé, señor», le contestó mientras mantenía la mirada clavada en la zona de la bañera donde estaban mis pies. «Tendrás que quitarte la ropa para estar en igualdad de condiciones», ordenó mi marido.
»Hasta ese momento me había mantenido serena, como si aquello no fuese en realidad conmigo, pero al ver como aquel avergonzado muchacho se desprendía de su ropa noté como mi corazón subía de pulsaciones. Él estaba de espaldas a mí, y, la verdad, no sé qué fue lo que más me alteró, pero creo que algo tuvo que ver el contemplar como, tras desprenderse de sus tirantes, sus pantalones anchos de pana cayeron al suelo dejando a la vista su blanco y luminoso trasero. Su camisa larga apenas me dejaba ver una pequeña porción de sus carrillos desnudos, pero fue lo suficiente para desear acariciar esas formas redondeadas y tersas. Pude ver claramente como los mofletes de su cara enrojecían casi hasta el punto de ponerse morados mientras se desprendía de la camisa blanca. Federico comentó: «¿Ves como todos los hombres somos iguales, Christine?».
»Yo no sabía si reír o llorar. No tenía ni puñetera idea de cómo debería ser el estereotipo del hombre perfecto, pero lo que estaba a la vista es que aquellos dos cuerpos parecían de especies distintas. Los músculos perfectamente dibujados en el cuerpo prácticamente exento de grasa de Sergio parecían estar riéndose de las pieles flácidas de un Federico que no intentaba disimular como sus ojos devoraban cada uno de los recodos de ese cuerpo joven.
—¿Era gay? —pregunta la doctora mientras se recoloca en la camilla.
—En aquella época no sabía lo que significaba esa palabra, pero dejaré que tú decidas cómo catalogarlo cuando termine mi historia. Sergio se había desnudado de cara a Federico, por lo que por el momento solo había podido contemplar su jardín trasero. Federico le ordenó que vaciase el otro cubo de agua en la bañera y ahí fue cuando descubrí cuál era la principal diferencia con respecto al carcamal decrépito de mi esposo.
»Yo nunca había visto un pene, ni tenía constancia de que existía, pero sabía perfectamente la diferencia entre un gusano y una cobra real. La polla de Sergio medía algo más de un palmo de mi mano, y eso que permanecía flácida, pero en comparación con la de mi esposo, aquel trozo de carne era un espectáculo tan bello que me hizo aborrecer las formas arrugadas y pachuchas del apéndice de Federico. Yo intentaba por todos los medios mantener la mirada al frente, pero me era imposible no ver de soslayo como su polla se movía de lado a lado con cada movimiento. Me hizo gracia comprobar como el vello de sus partes era incluso de un color más rojizo que el pelo de su cabeza, y en ese momento fue cuando nuestras miradas se cruzaron. Aquellos ojos no tenían la madurez que reflejaba su edad, y por su inocencia comprendí que algo en su mente no era como tenía que ser. No podía precisarlo con exactitud, pero noté algo raro que no me incomodaba lo más mínimo.
—¿Era autista?
—Eres una verdadera máquina, doctora. Llevas razón, lo era, aunque en un grado mínimo, pero en aquel momento yo lo vi como a un niño pequeño con miedo a lo desconocido. Sergio no correspondió a la sonrisa que le lancé, y al mirar su entrepierna pude entender por qué. Aquel apéndice tan raro para mí como la caricia de una madre comenzó a hincharse, o eso me pareció. Los movimientos de Sergio se volvieron torpes, y todos parecían encaminados a esconder el principio de erección de la mirada escrutadora de Federico.
»De repente, mi esposo me sacó de mis reflexiones e hizo que me olvidase de aquel pene en periodo de expansión: «Christine, tienes que lavarte tus partes íntimas. ¿Hasta ahora quién lo ha hecho por ti?». Esa pregunta era malvada, pues él mismo había sido el encargado de dictar las normas desde que nací. Creo que buscaba hacerme sentirme incómoda ayudándose de la presencia de Sergio. Le contesté que mi madre se ocupaba de ello, y que lo hacía después de taparme los ojos. Él anunció: «A partir de ahora lo hará Sergio».
»No puedes imaginarte la expresión de sorpresa, o terror, que el chico puso nada más escuchar aquellas palabras. Su respiración se aceleró y su polla volvió a su estado normal. No podía reírme, pero me resultó gracioso ver como cambiaba de tamaño en tan poco tiempo. Federico siguió dando instrucciones: «Recuéstate en la bañera». Yo obedecí de inmediato y me estiré todo lo larga que era para apoyar la nuca en el borde de la bañera. «Sergio, ponte al otro lado». El chico acató la orden sin pestañear. Era evidente que quería tener el campo libre para observar sin obstáculos lo que iba a ocurrir allí. «Abre las piernas y sácalas por encima de la bañera». Esa orden me molestó, pero, como en anteriores ocasiones, volví a obedecer. Mis piernas asomaron por cada lado de una bañera que por fuera estaba fría. La sensación fríocalor no me disgustó, y el estar abierta de piernas ante aquel chico abstraído, tampoco. «Quiero que cojas la esponja y que frotes con suavidad las partes íntimas de Christine». El chico dudó un instante, pero un carraspeo de Federico le hizo reaccionar. Sin mirarme a la cara, agarró la esponja y sumergió su largo brazo en el agua caliente. Yo no sabía cómo canalizar todas las sensaciones que estaban floreciendo desde lo más profundo de mi ser y, cuando aquella esponja se arrastró por mi pubis, no pude contener un respingo que provocó una sonrisa maliciosa en Federico. Este dijo: «Relájate, cariño. Sergio no está acostumbrado a acariciar según qué partes del cuerpo humano. Tendrás que ser paciente».
»¿Paciencia? Ese capullo me estaba pidiendo paciencia sin saber que mi sexo estaba comenzando a cobrar vida. Con cada uno de los movimientos del brazo de Sergio yo escondía tras los poros de mi piel un deseo de gritar que no parase, pero el chico no era consciente del placer que me estaba proporcionando. Todo aquello era nuevo para mí. Sergio estaba acariciando las partes de mi cuerpo que me habían estado vetadas desde que nací. Al principio fue como un cosquilleo, pero poco a poco me vi arrastrada hacia un fuego que ardía por debajo de mi vientre e inundaba el interior de mis muslos.
»No entendía el porqué, pero mis caderas comenzaban a moverse aunque yo intentase por todos los medios que no lo hicieran. Sergio miraba al techo, a la pared, al suelo, a cualquier sitio que no fuesen mis ojos. Era evidente que ese muchacho no había estado con ninguna mujer en su vida, pero yo no podía ser consciente de ello. «Lávale las piernas». Sergio miró otra vez con cara de sorpresa a Federico, y su esponja abandonó mi entrepierna. Quizá pienses que al hacerlo mi momento de placer terminó, pues nada de eso.
»Aquel movimiento de esponja había activado cada célula de mi ser, y el mínimo roce de la esponja con mis piernas hacía que mi cuerpo se convirtiese en gelatina. Cada centímetro de mi piel se había transformado en un horno ansioso de morbo y pasión irrefrenable que no alcanzaba a interpretar. Sergio movía sus manos lentamente, como con miedo, pero eso no hacía otra cosa que multiplicar el mar de sensaciones que llamaban a la puerta de mi vagina. Mis pezones se habían hinchado y prácticamente habían perdido su color rosado mientras mis tetas habían aumentado su tamaño, o por lo menos me lo parecía.
»Federico seguía con mirada inquisidora cada uno de los movimientos de Sergio, y yo intentaba que los espasmos de mis caderas no se trasladasen al agua de la bañera. Aquello era superior a mis fuerzas y en más de una ocasión estuve tentada de meter la mano entre mis piernas para intentar calmar aquella sensación que estaba más próxima al dolor que al placer. «Métete en la bañera». Sergio replicó: «No le entiendo, señor, está ella, y…». Yo propuse sin mucho convencimiento: «Si quiere, me salgo yo y entra él». Pero él ordenó con tono amenazante: «¡Tú quédate como estás! Mantén las piernas fuera de la bañera, y tú, Sergio, métete y arrodíllate mirándola a la cara».
»Te juro que en ese momento me dieron ganas de salir de aquella habitación para correr a buscar la protección de… ¿A quién tenía yo para que me ayudase? A nadie, y a nadie busqué. Respiré hondo, intenté calmar mi respiración y Sergio obedeció. Mientras me lavaba había estado de rodillas a mi lado, y en todo ese tiempo no había podido ver su cosita rodeada de ese vello rojizo, por lo que me quedé impresionada una vez que le vi levantarse.
»Lo que tenía ante mí ya no era la típica longaniza firme pero cabizbaja. Su polla se había multiplicado por dos y apuntaba hacia arriba como el mástil de un velero. Me sorprendió como ese trozo de carne había cobrado vida y se había llenado de venas, aunque lo que más me extrañó fue contemplar la punta redonda y brillante en la que se había convertido el montoncito de piel que exhibió cuando se bajó los pantalones.
»Sergio se metió en la bañera con tanto cuidado que ni tan siquiera me rozó. Yo miré a Federico buscando su reacción tras ver como el chico se había empalmado, pero parecía estar hecho de escayola. Quizá se podía adivinar un brillo raro en sus ojos, pero nada más. Entonces le ordenó que se arrodillara entre mis piernas. Ahora tenía ante mí el rostro aniñado del muchacho, y sus ojos esquivaban los míos mientras sus mofletes volvían a mostrar un rubor que durante mucho tiempo después sería la característica más tierna que le definiría. «Lávale los pechos. Tiene que quedar bien limpia».
»Yo ya me había lavado antes, y aquello me lo tomé mal. ¿Es que no lo había hecho bien? No podía entender que aquello no tenía nada que ver con la pulcritud. Sergio alargó la mano y comenzó a frotarme las tetas como si no quisiera hacerlo. Aunque esta bata te impida verlas, doctora, gasto una 95 de sujetador, copa C, querida. ―A Estíbaliz no le ha hecho gracia lo de querida―. «Lo estás haciendo demasiado suave. Limpia por abajo aunque te tengas que ayudar con la otra mano».
»Sergio cerró los ojos un instante en el que creí que iba a abandonar la bañera y le iba a hacer tragar la esponja a Federico, pero lo que hizo fue alargar su otro brazo para agarrar uno de mis pechos y levantarlo para poder acceder a esa zona con la esponja. Mi pezón sobresalía entre sus dedos, y aquellos ojos vivaces seguían con interés el trabajo que estaban realizando sus manos.
»Dejé de intentar que me respondiese con su mirada, y dirigí la mía hacia la parte de abajo. Al estar de rodillas, su polla sobresalía del agua por completo, y solamente sus testículos estaban recibiendo algo de calor húmedo. Aquella estaca repleta de venas me miraba amenazadora, y, si llego a saber entonces para lo que servía, no dudes que me la habría metido de golpe aunque Federico estuviese presente.
»Sergio acabó con un pecho y se cambió al otro, mientras su polla estaba a un empujón de distancia de mi entrepierna. «Vale, lo has hecho bastante bien. Cada vez lo harás mejor. Christine, cambia de postura y ponte de rodillas dándole la espalda a Sergio». Mis pies agradecieron volver al agua caliente, y no quise mirar al chico mientras adoptaba esa humillante postura. Mis tobillos hicieron contacto con sus rodillas y quedé totalmente expuesta ante él. «Apóyate en el borde de la bañera, donde antes descansabas la cabeza, y relájate». Yo no me habría relajado ni aunque me hubiesen administrado un sedante para caballos, y tuve que realizar un esfuerzo supremo para detener el movimiento involuntario de caderas que me hacía parecer un perro en celo.
»Esa situación me puso a prueba, pues era consciente de que aquel chico estaba contemplando partes de mi cuerpo que para mí eran completamente desconocidas. «Lávale la espalda hasta la nuca». Sergio procedió a recorrer mi piel, con la esponja repleta de espuma, arriba y abajo con una cadencia que me hacía enloquecer. Mientras frotaba mi espalda el placer fue exquisito, sensual, pero algo cambió cuando subió hasta la nuca. Nunca sabré si lo hizo adrede, aunque creo que no, pero cuando se movió para enjabonar mi cuello, su polla se introdujo entre mis piernas.
―¿Así que esa fue la primera vez que alguien te penetró? ―pregunta Estíbaliz abriendo los ojos de par en par.
—Mira, doctora. Si ese chico me llega a meter su polla ese día, creo que me habría muerto de placer en aquella bañera. No fue así. Le he dicho que la metió entre mis muslos. Apenas rozó los labios de mi coño, pero un relámpago sacudió mi vientre y no pude retener un gemido de placer. Nunca había emitido un sonido tan gutural en mi vida, y tuve que reflexionar durante unos segundos para asimilar que ese gemido acababa de salir de mi garganta.
»Federico se alarmó al ver mi reacción y se levantó de la silla muy enfadado: «¿No la habrás…?». «¡No, señor, no, ha sido sin querer!», tartamudeó Sergio aterrorizado, viendo como mi esposo se acercaba hasta la bañera. Yo observé a Federico y quise percibir que su pene había cambiado de tamaño, aunque no mucho. Él siguió gritando: «¿Qué has hecho? ¡No quiero que me engañes!». Yo no sabía si mirar hacia atrás o no, pero al final lo hice con el máximo disimulo posible. Federico agarró la polla de Sergio con fuerza y él se quedó inmóvil, en la misma postura que estaba cuando me había enjabonado la nuca. Intentó justificarse: «Solo la he rozado un poco por abajo, pero ha sido sin querer, señor».
»Entonces fue cuando noté la mano ardiendo de mi esposo tocar mi sexo desde atrás. Sus dedos solamente palparon mis labios por fuera, pero, aunque ahora me dé asco reconocerlo, me produjo un placer que a punto estuvo de hacerme gritar. Federico continuó increpándole: «Mi mujer tiene que mantenerse virgen para mí por siempre. No solo tendrás que ocuparte de su limpieza corporal, sino de la espiritual. Te he criado para que cumplas con ese objetivo, y lo tendrás que hacer a la perfección si no quieres quedarte en la calle repudiado por toda la comunidad, ¿comprendes?». Sergio asintió: «Sí, señor, haré lo que me diga. Usted es mi padre».
»Lejos de aplacar a mi esposo, esas palabras lograron aumentar el tono de su reprimenda: «¡No digas eso! ¡Yo siempre he querido un hijo, pero no como tú!». Sergio no reaccionó ante aquella humillación. Yo lo desconocía en ese momento, pero lo había estado amaestrando durante años para obedecer. Si le hubiese ordenado que me matase, lo habría hecho sin pestañear. Federico volvió a su silla, y yo tuve que aguantar ver otra vez la patética visión de ese culo flácido lleno de arrugas mientras se alejaba. Sergio se echó hacia atrás un poco, lo justo para que su pene no volviese a tocar territorio prohibido, pero ya no hacía falta. La energía de su miembro había desaparecido en medio de la bronca.
»Siguió enjabonándome como mucho unos cinco minutos más, pero parecía que alguien me había robado la sensibilidad con la que había comenzado el baño. Cada pasada se había convertido en un roce molesto, pero aquello me sirvió como primera lección para comenzar a conocer y comprender las reacciones de mi cuerpo.

Mauri

Solamente podía reprocharle tres cosas a su padre. La primera era que designase a su abuela como su tutora en caso de desgracia sin haberse preocupado de informarse de quién era el hombre con el que esta se había casado en segundas nupcias después de enviudar. La segunda era haberle puesto ese detestable nombre que le persiguió como la peste desde que nació y del que tanto se rieron los monstruosos niños del colegio. Mauricia no era precisamente el nombre más glamuroso para una niña que quería pasar desapercibida en un colegio privado de Madrid. Y la tercera, y más dolorosa, que no se hubiese podido hacer con el coche en aquella curva justo en el momento en el que se encontró de frente con el maldito camión.
Los bomberos necesitaron hasta doce horas para sacar a sus padres del montón de chapa retorcida en el que se había convertido el Renault 19 que estrenaron justo cuando ella nació. Siete años había estado recorriendo las carreteras de España hasta que el hielo de esa curva le hizo meterse debajo de un tráiler de cinco ejes.
Le hubiese gustado que su abuela fuese una persona afable, cariñosa y sensata, pero, cuando llevaba con ella tan solo un mes, se habría conformado con que fuese silenciosa. ¿Cómo había podido poner su padre de tutora a una mujer tan falta de educación como su abuela Mauricia? Sí, nunca había entendido el origen de su nombre, pero, al mudarse a Valladolid, conoció por primera vez a la otra Mauricia.
Le llevó algunos años entender que su abuela fue su madrina en su bautizo, y que por eso tenía asignada su tutela en caso de faltar sus padres, pero más le llevó comprender por qué nunca más volvieron a verla por Madrid.
Su abuela enviudó el mismo año del bautizo, y no tardó ni un mes en encontrar a un madrileño que le prometió una vida acomodada. No sabía lo mucho que se equivocaba. Su boda con aquel hombre solo pretendía ser un acuerdo comercial para asegurarse unas pocas tierras y un par de pisos en el centro de Valladolid, pero nunca imaginó que tras esa imagen de buen hombre había una lista interminable de deudas que había que pagar, por lo que tuvo que recurrir a todos sus bienes de Madrid, dejando incluso a su hijo recién casado en la calle. Eso le acarreó no pocas discusiones con el padre de Mauri, y ese ambiente tenso fue lo que le llevó a comenzar una vida alejado de la mujer que le trajo al mundo. Quería pensar, deseaba pensar, que su padre creía que no iba a pasarle nunca nada, y que por eso no cambió la tutela. ¡Maldita la hora en que no cayó en la cuenta de la posibilidad que existía de que su preciosa niñita fuese a parar a manos de su madre!
Si se ponía a recordar, le era imposible enumerar los cientos de desprecios que le hizo aquella mujer, pero siempre le agradecería una cosa: para que su esposo Alfredo distinguiese a quién llamaba, decidió abreviarle el nombre y la dejó con Mauri. No es que fuese el nombre más bonito del mundo, pero por lo menos ocultaba el original a los ojos de sus amigos de colegio.
El tener que mudarse a Valladolid le produjo un trastorno en su personalidad. Ya le había costado integrarse en el colegio de Madrid, pero ahora tenía que volver a empezar, lo que le hizo volverse más introvertida.
Quizá pareciese que para una niña de casi ocho años aquello debería de haber sido una tarea fácil, pero no lo fue en absoluto. El insignificante deje madrileño le había hecho convertirse en el centro de las burlas de los niños más hostiles de primaria y ella lo llevaba cada vez peor.
La vida en casa tampoco era mejor, y tenía que aguantar los exabruptos de su abuela que jamás le concedían ni una sola tregua.
Alfredo, el segundo marido de su abuela, no parecía ni malo ni bueno. Podría haber pasado por el típico esposo calzonazos que solo valía para hacer la compra y ver los programas de media tarde dedicados al corazón y la prensa rosa. Tenía sesenta y dos años, pero estaba jubilado desde los cincuenta. Una hernia discal y una posterior operación le impidieron seguir trabajando de jardinero municipal. La operación salió bastante bien, pero tras aderezar un poco los males con exageraciones de dolor durante dos teatrales años, le concedieron la jubilación con el total de la paga.
Alfredo se había convertido en un mueble como lo podía ser el aparador donde estaba situado el televisor. Su abuela solo lo requería para algunos recados y a veces le dejaba escaparse un rato de ocho a nueve a la taberna del Mariano, eso sí, «solo un par de vinos que con tu jubilación no se pueden hacer alardes».
Su abuela le pegó algunas veces, pero dejó de hacerlo a los ocho meses de estar viviendo con ella. Esto no significaba que a partir de esa fecha la vieja cambiase de forma de ser y se hubiese convertido en una mejor persona, nada de eso. Lo que pasó es que, a los ocho meses de estar viviendo con ellos, la abuela Mauricia no se percató de que el semáforo de peatones estaba en rojo y un autobús de línea le pasó por encima. De esa forma tan tonta acabaron los gritos, las bofetadas a destiempo y toda una amalgama de insultos que en tan poco tiempo hicieron de Mauri una niña asustadiza y quebradiza.
Al entierro de sus padres acudió de la mano de una pareja con la que habían compartido todo tipo de celebraciones. En fin, ella los llamaba tíos, aunque tan solo eran unos grandes amigos. Es lo que tiene que ninguno de ellos contase con hermanos. Pero al entierro de su abuela la acompañó Alfredo. Le costó horrores no reírse cuando el ataúd comenzó a descender, y cree que su abuelo postizo se dio cuenta de ello, aunque no pareció importarle lo más mínimo. A pesar de lo joven que era Mauri, Alfredo creyó ver una expresión de tregua interior en la niña cuando pusieron la tapa de granito sobre la fosa de la difunta.
—Ahora solo quedamos tú y yo, Mauricia.
—La abuela me dijo que ahora soy Mauri.
—Ya no te podré confundir con ella.
—Me da lo mismo. Me llamo Mauri.
Luciendo una cruzada de brazos que a él no le hizo ninguna gracia, se marchó enfadada siguiéndole los pasos a corta distancia hacia la parada del autobús del cementerio.
Alfredo no hablaba mucho. La verdad es que no hacía mucho de nada. Pareciese que toda la energía que debería haber tenido se la había absorbido su abuela día a día desde que lo conoció, aunque su mirada escondía algo raro, molesto.
Los primeros días pasaron tan lentamente que a Mauri se le hicieron eternos. Le quedaban dos semanas para cumplir los ocho años y no acababa de encontrar su sitio en aquel piso de un barrio a las afueras de Valladolid. No ubicarse le molestaba, y de qué manera, pero esa sensación desagradable no era nada para lo que le quedaba por pasar. Si hubiese adivinado cuál sería su papel en aquella relación impersonal, se habría escapado sin mirar atrás.
Una tarta con velas le sorprendió en el salón cuando llegó del colegio. La tarta era diminuta, poco menos que casi tienen que poner una de las velas fuera del pastel. Alfredo seguía con la costumbre impuesta por Mauricia como si aún estuviese de cuerpo presente. «Ni un euro más de la cuenta. Ni se te ocurra».
No esperaban visita. No hubo canción de Cumpleaños feliz, ni nada que se le pareciese. Un tímido «felicidades» sirvió para que Mauri apagase las velas de un solo soplido. Aquella escena solamente podría haber sido más triste si hubiese un ataúd delante para velarlo.
Ninguno de los dos tenía mucho apetito, por lo que había quedado media tarta para tomarla de postre después de cenar, y así lo hicieron.
—¿Sabes que los muertos suelen aparecerse a la familia más cercana?
—¿Qué quiere decir, abuelo?
Mauricia siempre la obligó a llamarles de usted. Decía que era una muestra de respeto. Bastante sabría la muy bruja lo que era eso.
—Que puede ser que tu abuela se te aparezca en sueños, pero no debes tener miedo.
¿Qué no debía tener miedo? ¿Pero qué estaba diciendo ese hombre? Si ya le temía cuando vivía, si la viese ahora se moriría aterrorizada.
—Pues mi amigo Raúl dice que eso es mentira. Su madre le ha explicado que los muertos bien muertos están, y que ninguno regresa del cielo.
—Ya quisiera estar tu abuela en el cielo —dice Alfredo retorciendo una sonrisa―. Tu abuela tiene que estar jodiéndole la existencia al pobre Satanás, por eso no dudes de que la echarán de ahí abajo —dice señalando con la mirada al suelo—. ¿Y dónde va a ir si no la quieren en las calderas del infierno? Pues al séptimo piso de la calle Velarde.
Aquellas palabras se incrustaron en la cabeza de Mauri, y sus ojos eran la viva muestra de que esa maldita e improbable posibilidad comenzaba a tomar forma en su imaginación.
A las diez de la noche ya estaba en cama. Las palabras de Alfredo resonaban en la habitación oscura. Se había ocupado de dejar una rendija mínima por donde entraba la luz intermitente del televisor del salón, pero eso le daba un aspecto todavía más tétrico al armario viejo y al perchero de madera retorcida.
—Abuelo, ¿puede venir?
El sonido del televisor se apagó nada más lanzar la pregunta, aunque no sus imágenes, y al momento la rendija de la puerta aumentó de tamaño. Muchas veces lo haría a partir de esa noche, pero no sería para calmar su miedo a los muertos.
—Estoy asustada. No dejo de escuchar ruidos extraños.
—Tienes que tranquilizarte. ―A buenas horas, cabronazo―. Los muertos no tienen por qué aparecerse a la fuerza. Si han hecho todo bien en la vida, seguro que suben al cielo.
Sería desgraciado. Si eso era lo que hacía falta para que su abuela subiese al cielo, las puertas estarían soldadas de arriba abajo y San Pedro la echaría a patadas del paraíso.
—¿Puedo ir a ver la tele con usted hasta que me entre sueño?
—Sabes que a estas horas todos los programas son para adultos.
—Pero no quiero estar sola —protestaba entre gimoteos.
—Si quieres me acuesto contigo hasta que te duermas.
Aguantar aquel olor a viejo retestinado con la evidente falta de un agua, o esperar la aparición de la bruja de su abuela surgiendo entre tinieblas para abroncarla. Las dos opciones eran nauseabundas, pero el miedo le hizo escoger la primera.
Alfredo se metió en la cama con ella. La cama era grande. Antes de ir ella a vivir al piso, esa habitación hacía las veces de dormitorio forzoso para cuando Alfredo se pasaba de rosca en la taberna del Mariano y Mauricia lo ponía de patitas en el pasillo.
La respiración de Alfredo era similar a la de un búfalo del zoo, pero la aguantaría con tal de no recibir sola el espíritu de su abuela.
No sabía lo que había tardado en dormirse, pero sería de madrugada cuando un roce bajo su pijama la hizo despertarse. Mauri estaba asustada, y se preguntó si su abuela había sido la responsable de esa caricia en la cintura. La pobre chica tenía que hacerse esa pregunta porque a su lado solo estaba su abuelo respirando fuerte y, aparentemente, dormido. Aparentemente.

La cuidadora

Arnaldo Gutiérrez, jefe del centro psiquiátrico del que la justicia se sirve para aclarar crímenes complejos por el estado psicológico de los sospechosos, estaba sentado tras la mesa sin decir ni una palabra, pensativo. Había dejado en manos de su subalterna Martina Anchorena el interrogatorio de la doctora Estíbaliz. No le gustaba hacerlo, pero era la mejor forma de parecer imparcial.
—Me parece que no has entendido el objetivo de la función que se te ha ordenado realizar.
—¿Cómo? —pregunta extrañada mirando al jefe del centro—. Me parece que tu encargada no entiende que vine aquí por petición exclusiva tuya.
—De acuerdo, Estíbaliz. Pero Martina lleva razón. Si no consigues grabar todo lo que diga esa chica, la policía no tendrá nada que aportar en un posible juicio.
La doctora Martina escruta con ojos envidiosos el cuerpo de Estíbaliz sin atreverse a posar su mirada sobre su rostro. Los rasgos angulosos de la psicóloga le provocan un cierto respeto, pero no quiere que esta sea consciente de ello.
—Solamente he tenido una entrevista con ella, y he transcrito todo lo que me ha contado en un informe exhaustivo.
Miente, y solamente ha puesto lo imprescindible para cubrir el expediente. No tiene pensado describir los detalles morbosos que le ha contado Cristina. Sabe que podrían ser usados en un sentido contrario al que ella contempla.
—¿Estuviste reunida con la chica durante dos horas y la conversación solamente ha dado para rellenar un par de folios?
Está claro que el bicho de Martina no se ha creído nada de lo que ha reflejado en el informe, pero a Estíbaliz eso le trae sin cuidado. Ella mejor que nadie sabe cómo deben tratarse estos casos, y no va a consentir que esta aprendiz de madrasta malvada vaya a joderle el cometido que la llevó a convertirse en psiquiatra.
—Intentaré sacarle todo lo que pueda respecto al caso, pero, Arnaldo, sabes que soy especialista en cualquier comportamiento que conlleve conductas agresivas, y las prisas nunca han sido buenas en este tipo de casos.
—Quiero entenderte, Estíbaliz, pero la policía está impaciente.
—¿Pero qué me estás contando? —contesta elevando el tono de su protesta—. Nosotros no somos policías, somos doctores que nos debemos a nuestros pacientes, y por un interés ajeno a nuestra profesión no podemos acelerar los pasos artificialmente. Si lo hacemos, yo no me hago responsable de la respuesta de la chica.
Arnaldo y Martina se quedan en silencio mirándose a los ojos. El doctor es consciente de que, si deja esto en manos de su encargada, no tardarán en saltar por los aires las expectativas de que la paciente colabore.
—Está bien. Tendrás diez días para conseguir que hable. Si no lo consigues, pasará a nuestras manos y abandonarás este centro.
Estíbaliz eleva la barbilla, pensativa. Sabe que la doctora Martina está deseando que abandone en este mismo instante, pero no le va a conceder esa victoria.
—Diez días, jefe. Pero no quiero interferencias de nadie.
Estíbaliz abandona el despacho siendo consciente de que la doctora Martina tiene que estar escupiendo ácido a sus espaldas, y eso lo convierte en algo divertido.
—Hoy has llegado tarde —dice Cristina señalando el reloj digital que está colocado pegando al techo.
—Las cosas no siempre resultan fáciles, querida.
Cristina frunce los ojos sin saber cómo tomarse el que su doctora la haya llamado de la misma forma que lo hizo ella en el día de ayer.
—Te están poniendo trabas tus colegas, ¿verdad?
—No me lo ponen fácil, no, pero estoy acostumbrada. Cada centro tiene unas normas que no suelen ir con mi forma de trabajar, por lo que acaban chocando con mi sistema. Tranquila, siempre dan su brazo a torcer.
—Repito lo que te dije ayer. Tienes que ser muy buena en lo tuyo, doctora.
Estíbaliz no contesta y se concentra en sacar un papel de su portafolios.
—Nos quedamos en que Federico, tu esposo, estaba intentando someterte a su estricto control, y para ello usaba a Sergio.
—Ojalá hubiese sido Sergio el que se ocupase de mí durante los siguientes seis años. El desliz del chico en la bañera hizo cambiar de opinión a mi esposo. Desde entonces lo vio claro. Por muy retraído que fuese Sergio, su polla funcionaba a las mil maravillas, lo que suponía un peligro para mantenerme tan pura como él pretendía.
»Mi vida cambió bastante con respecto a la que llevaba en casa de mis padres. Allí podía recorrer todas las habitaciones, pero me estaba prohibido mantener conversaciones largas y amenas con Sergio. Esa era una prohibición que no hubiese hecho falta imponer, pues él no solía decir más de tres palabras seguidas. Si podía contestar con un monosílabo o con un gesto de cabeza, lo hacía y punto.
»Federico pasaba la mayor parte del tiempo en España a cargo de unos negocios que yo desconocía. Ignoraba todo lo referente a cómo se ganaba la vida, pero eso no me afectaba. Me había acostumbrado a vivir como una mantenida y no me molestaba seguir haciéndolo.
»Antes de irse a España por primera vez desde que nos casamos, nos reunió a Sergio y a mí en el salón. Allí nos esperaba junto a una mujer de mediana edad, vestida completamente de negro. No creas que era la típica ama de llaves con vestido de amplios vuelos y encaje. Esa mujer siempre iba vestida con ropa ceñida. Su pelo estaba impecablemente recogido y engominado con un moño atrás. Era tan guapa que incluso Sergio se quedó prendado de ella en un primer momento. Esa ingenua atracción tan solo duró un día. A partir de ahí se enteraría de cómo se las gastaba la celadora que nos había impuesto Federico. Nos la presentó como la señora Andrews, la encargada de que cumpliéramos las normas de la casa de manera estricta. Tenía los ojos grandes, y su pantalón vaquero de color negro parecía que fuese a estallar por las costuras. A juzgar por su culo, bien podría proceder de madre brasileña, pero su porte se asemejaba más al de una británica de clase alta.
»Después de lo de la bañera, puedes imaginarte que volvieron las bragas de tela gruesa y áspera. Pensaba que ya me había librado de ellas, pero, esa misma noche, la señora Andrews sacó un repertorio de treinta unidades. Una para cada día del mes. Ella sería la encargada de quitar y poner esos cepos lacerantes que se aferraban a mi cintura y anulaban cualquier posibilidad de que mis labios vaginales tocasen algo suave que les hiciese soñar con la libertad.
»Federico solía venir cada mes, o mes y medio. Nunca avisaba. Y cada noche tenía algo preparado para Sergio y para mí. Ese era el único momento en el que la señora Andrews no estaba presente, y Federico se convertía en el único capitán que dirigía aquel barco.
Desconozco si lo de poner una ducha grande tuvo que ver algo con que Sergio rozase con su polla mis labios, pero tras una semana de obras en las que tuve que estar encerrada en mi habitación, el enorme salón disponía de una ducha en la que podrían caber hasta siete u ocho personas. Los operarios la habían construido justo detrás de la bañera, aislada en el centro del salón. Todas sus paredes eran de cristal transparente, por lo que se podría ver desde cualquier punto de la habitación todo lo que sucediese dentro de aquella urna de cristal.
Puede ser que todo estuviese dispuesto para el disfrute de Federico, pero la primera vez que la usé, él estaba en España.
—Quítate la ropa ―me ordenó la celadora.
—¿Toda, o me dejo las bragas?
—Por Dios…, las bragas deberían ser lo primero.
Sergio estaba allí de pie sin saber a dónde mirar, cumplía a la perfección su obligación de ser la sombra de la señora Andrews desde que se levantaba hasta que se acostaba.
Yo me desprendí de la ropa y lancé con tal fuerza las bragas que fueron a parar a la bañera.
—No hace falta que hagas esos desprecios hacia una cosa que está hecha por tu bien.
Yo sabía que ni ella misma podía creerse lo que decía, pero no le contesté.
—Métete en la ducha. Y tú, desnúdate también.
Ni tan siquiera tuvo la deferencia de girarse para dar la orden a Sergio, pero este obedeció y de qué manera. A Federico le temía, pero esa mujer vestida de negro había conseguido meterle el miedo en el cuerpo de una forma mucho más despiadada de lo que jamás hubiese podido hacer su protector.
Me metí en la ducha y me giré hacia ella. Detrás estaba Sergio encogido de hombros y tapándose las vergüenzas.
—Entra con ella. ¡Ahora!
El chico no corrió, pero casi, y al momento estaba dentro de la ducha acompañándome. Se colocó a mi lado, debajo de una de las cuatro alcachofas que tenían una forma cuadrada. Podían medir casi medio metro y contenían cientos de agujeros por los que en un momento comenzaría a salir el agua.
Con el desprecio que solamente puede mostrar el que se sabe superior, la señora Andrews arrojó una esponja natural y un bote de gel rosa que cayó en las manos de Sergio, por lo que su pene volvió a aparecer ante nosotras.
Sus ojos cuarentones parecían querer salirse de sus órbitas, pero mantuvo la compostura. No iba a dejar que viésemos ningún tipo de emoción salir de ella.
—Primero quiero que te duches tú.
Sergio giró la llave, y un chorro de agua caliente que imitaba una fina lluvia comenzó a salir de la gran alcachofa. El chico se enjabonó todo el cuerpo mientras con disimulo amontonaba la máxima espuma posible sobre su pene flácido para intentar ocultarlo.
—¿Esa parte no te la limpias?
Sergio miró hacia abajo, pero no quería tocar. Sabía lo que vendría a continuación.
—O lo haces tú, o lo haré yo.
Por supuesto que la muy zorra quería hacerlo ella, y solo le bastó un segundo de duda para que su grito estallase en el salón.
—¡Basta! Estate quieto.
Yo estaba callada, tapando tímidamente mi pubis, pero dejando al descubierto mis pechos, y contemplé como aquella mujer se acercaba al chico. Antes de que me quisiese dar cuenta, la señora Andrews se había arremangado y le había arrebatado la esponja a Sergio.
—¡Esto se hace así! ¡No quiero rincones sucios!
Con una expresión de rabia comenzó a frotar el cuerpo del chico y no le importó que su ropa negra se estuviese empapando. La verdad es que con el color negro y con el pelo engominado, lo único que cambiaba era su rímel corriendo cara abajo.
Como no podía ser de otra forma, aquellos movimientos bruscos no tardaron en despertar la polla dormida de Sergio. Pude verlo de forma secuencial. Segundo a segundo, esa parte de su cuerpo se iba transformando de forma casi mágica, y la esponja no dejaba de pasar a cada momento por ahí para seguir aupando esa potencia hacia el cielo.
La señora Andrews parecía no darse cuenta de lo que hacía, pero era patente que cada vez se detenía un poquito más sobre el vello rojizo.
—¿Cómo te atreves? —le preguntó a Sergio con rabia.
El chico no contestó, y ella agarró su polla y tiró de la piel hacia abajo con tal fuerza que parecía pretender desollarla. Sergio gritó y se encogió echando el trasero hacia atrás mientras sus ojos se perdían en el fondo del salón.
—No te encojas. Si te atreves a empalmarte con el simple roce de una esponja, tendrás que ser fuerte y aguantar. Es imprescindible que esta zona quede absolutamente limpia.
El capullo rojo resaltaba entre la espuma blanca, y la señora Andrews acababa de tirar la esponja al suelo y se estaba encargando de lavar cada uno de los rincones de aquella estaca dura como una piedra. Por un momento pensé que yo estorbaba, pero fue entonces cuando mi entrepierna volvió a resucitar. No lo había hecho desde el día de mi boda, pero esa sensación estaba volviendo y con más fuerza.
Los síntomas eran claros, las piernas empezaban a flojearme. Otra vez mis caderas estaban comenzando a moverse de una forma cada vez más evidente y mi sexo se hinchaba a pasos agigantados. Lo notaba húmedo, pero sabía que no podía meter la mano ahí, delante de la señora Andrews, por lo que me quedé mirando como las hábiles manos de esa mujer estaban haciendo una paja en toda regla a un Sergio asustado y tembloroso. Vale, yo entonces no tenía ni idea de lo que era eso, pero sabía que aquello escondía un punto de placer que tenía que resultar como mínimo agradable.
Los movimientos se iban acelerando, y de vez en cuando la señora Andrews robaba algo de espuma del vello rojizo de la base de su pene para volver a masajear con furia la punta redonda que parecía a punto de estallar.
Yo no sabía que pretendía con aquello, pero salí de dudas al momento. Me pilló de susto, no voy a negarlo, y llegué a pensar que algo se había roto en el interior del muchacho. Sin que la señora Andrews se inmutase, de su polla surgió un chorro de un líquido blancuzco que se derramó sobre su ropa negra. Yo me sobresalté, y noté como algo caliente cayó en mi mano después de rebotar una gota sobre la camisa de la señora Andrews. Ella seguía masajeando la polla de Sergio mientras este no dejaba de convulsionar una y otra vez al tiempo que su miembro comenzaba a colgar entre sus piernas. Yo no albergaba ni una sola duda en ese momento. Aquel líquido era el que mantenía su pene erecto y duro, por lo que pensé que ya nunca más se volvería a ver tan firme ni lustroso.
—¿Creías que aquella mujer le había roto el pene? —pregunta Estíbaliz reprimiendo una carcajada.
—No te rías, doctora. Era la primera vez que veía algo así, y tengo que confesar que nunca he visto salir tal cantidad de leche de ninguna verga con las que me he encontrado a lo largo de mi vida.
—¿Te concentrarás ahora en lo que tienes que hacer, Sergio?
A la señora Andrews ni tan siquiera le preocupó que el reguero de semen resbalase camisa abajo hasta llegar a su pantalón, y Sergio asintió cabizbajo.
Yo me mantenía en mi sitio, esperando y temblando sin tener claro si era debido al frío o a la situación que acababa de contemplar.
—¿No ves que se puede constipar? Lávala con cuidado.
Sergio giró la llave de mi ducha y el agua caliente comenzó a caer sobre mí. Su pene ya no era ni la sombra de lo que había sido momentos antes y se había convertido en un apéndice mustio carente de vida.
Yo me limité a sentir el suave roce de la esponja inundada de gel, y por un momento me pregunté si aquel líquido que había manado en abundancia también podía haber caído en esa esponja, aunque eso no me impidió disfrutar de mi baño.
Sergio paseaba su mano por todo mi cuerpo y el interior de mi ser volvía a entrar en erupción. El magnífico pene había sido derrotado a manos de la señora Andrews, pero en mi memoria se mantenía erguido y venoso. El chico seguía dando pasadas y yo notaba como flojeaba su presión en el momento de deslizar la esponja por mis pechos y por mi entrepierna.
—No lo hagas —le susurré—, me gusta fuerte.
Con el sonido del agua esperaba que nuestra vigilante no me escuchase, pero que llegase con claridad a los oídos de Sergio, y así fue. En el mismo instante que entendió mis palabras, noté como la esponja ejercía una presión mayor y que mis pezones se endurecían con su contacto. Aquello era una locura. Cuanto más daño se suponía que tenía que hacerme, más placer me proporcionaba.
—Apóyate contra el cristal de atrás para que pueda limpiarte bien la espalda y el trasero.
Yo obedecí y me giré levantando los brazos para apoyarme contra la superficie cristalina. El agua parecía estar fría en comparación con mi cuerpo, y los débiles chorros que se deslizaban por mi espalda ejercían de amplificador con todas las sensaciones de las que estaba disfrutando.
Sergio comenzó desde el cuello hacia abajo, lentamente, quizá demasiado, pero, una vez que llegó a los carrillos del culo, pude notar la caricia de un dedo paseando por el centro de mi trasero. Fue solo un relámpago, pero mi piel se erizó al sentir el tacto humano en esa parte de mi cuerpo.
—Abre las piernas, querida, ahora ya no tienes peligro.
Vaya que sí, podía abrirlas sin miedo. Esa zorra había descargado a un Sergio que debía haber estado sin vaciarse por lo menos un mes.
Yo abrí las piernas y Sergio comenzó a hacer círculos en mi entrepierna. Por un momento posó su mano sobre mi cintura. No sé si sería para mantener el equilibrio en la superficie resbaladiza o sencillamente para meterme mano, pero lo hizo con bastante disimulo y dejó de hacerlo del mismo modo.
No me moví, no pestañeé, ni tan siquiera respiré mientras la esponja removía cada centímetro de mis labios vaginales. Mi interior ardía como una hoguera y mi garganta quería expresar ese estado de placer. Ni por un momento me planteé hacerlo.
—¡Basta! Niña, enjuágate, que eso ya lo puedes hacer tú solita.
¿Cómo? ¿Pero qué decía aquella bruja? Yo también podía bañarme sola, pero claro, no se fiaban por si me daba por jugar.
—Deja que el agua resbale por tu cuerpo y coloca las manos detrás de tu espalda.
Yo eché las manos hacia atrás y las posé en los carrillos de mi culo. Eso no podía verlo ella, pero mis uñas no dejaron de arañar mi piel provocándome una sensación tan placentera que a punto estuve de gemirle delante de su cara.
El agua se llevó todo lo que había generado el morbo y, al igual que desaparecía el líquido jabonoso por el desagüe, también lo hizo el temblor de mi vientre.
Fue entonces, mientras me secaba con un albornoz blanco, cuando observé algo en la oreja de la señora Andrews. Sí, era de color carne y recordé que lo había visto en una enciclopedia. Se trataba de un transmisor y, al percatarme de ello, mis ojos corrieron a escrutar la habitación. No entendía mucho de aquello, y de hecho no llegué a descubrirlo, pero estaba segura de que por ese aparato estaba recibiendo órdenes de Federico, y tenía que haber alguna cámara desde donde observaba toda la escena aun estando en España.
En los siguientes seis meses, Federico solamente acudió tres veces a verme. Entre visita y visita pasaba el tiempo muerto leyendo, eso sí, libros perfectamente censurados en los que no apareciese nada que tuviese relación con el amor o con el sexo.
Habían conseguido que me convirtiera en una adolescente carente de sentimientos hacia nada o nadie. Lo más parecido a un romance era lo que sentía por Sergio, pero entonces no sabía que aquello no era más que una sencilla amistad surgida del interés. No conocía prácticamente a nadie, no podía juzgar cómo eran el resto de personas, por lo que el comportamiento que tenía ese chico hacia mí entraba dentro de la normalidad.
Además, era el único que me había hecho experimentar un conato de placer, que, aunque nunca llegó a culminar en un orgasmo, sí que apuntaba maneras.
Las visitas de Federico eran tan esporádicas que de una vez para otra se me olvidaba el olor rancio que despedía a pesar de intentar disfrazarlo con el perfume de alguna colonia cara. Durante el día, a veces me acompañaba en mis quehaceres rutinarios, pero en otras ocasiones disfrutaba mirándome. Cuando Federico me dejaba salía a regar las plantas del jardín, solo las que estaban en macetas, y él me observaba desde el porche sin quitarse las gafas de sol.
Sergio se ocupaba del resto del jardín. La verdad es que se había convertido en un profesional en la materia. Mantenía los setos perfectamente podados y alineados, y siempre conseguía que aquel verdor conformara una imagen digna de una estampa de película.
El fantástico aspecto que tenía ese escenario natural cambiaba radicalmente al caer el sol, al igual que lo hacía la personalidad de Federico, que parecía transformarse con el crepúsculo.
El ambiente enrarecido ya comenzaba a ser evidente durante la cena. Con el primer plato, sus ojos ya no estaban pendientes de la comida, y se mantenían alejados de aquel frío salón, como si estuviesen buscando una salida urgente a ese espaciotiempo. Hablaba poco durante el día, pero durante la cena no abría la boca nada más que para tragar. Su mente parecía estar planeando lo que sucedería a continuación y yo pensaba que ni tan siquiera saboreaba la comida.
—Es hora de ir a la cama. Señora Andrews, avise a Sergio.
Ya me había acostumbrado a que Sergio me acompañase un rato cada noche de las que pasaba Federico en la casa, y aquello no me sorprendía, pero esa noche algo cambió.
—Hoy también vendrá usted —dijo mirando fijamente a la señora Andrews.
Los ojos de nuestra guardiana parecían querer destriparlo, pero asintió como lo haría una geisha, sin perder esa sonrisa ambigua que le caracterizaba.
Sobre las diez de la noche tocaron a la puerta de la alcoba. Habitualmente, en una relación normal, la alcoba sería donde comparte confidencias y colchón un matrimonio, pues eso no se había dado en mi caso, y nunca se daría.
Yo ya me había metido en la cama cuando por la puerta apareció Federico acompañado de Sergio y de la señora Andrews.
Él ocupó la silla de madera con respaldo alto y apoyabrazos que mandó colocar en una esquina enfrente de la cama, y mi guardiana se colocó en pie, justo a su lado.
—Sergio. Desnúdate. —Federico había hecho recaer la responsabilidad de dar las órdenes sobre su ayudante.
Sergio obedeció. Ya ni se ponía los calzoncillos. Desde mi cama pude ver como al instante su ropa ya estaba tirada en el suelo.
—Acércate a la cama.
Sergio se adelantó y se detuvo justo antes de llegar a tocar el colchón por la parte donde yo tenía los pies. Él se mantenía estoico, sereno. Su mirada, como siempre, al frente, y entonces escuché el chasquido que produjeron los dedos de Federico. A su señal, la señora Andrews abandonó su lugar y se acercó a la cama, situándose tras las espaldas del chico.
Otra palmada se escuchó y mi celadora respiró hondo, como estuviese a punto de hacer algo que nunca habría pensado tener que hacer.
Los botones de su camisa se fueron desabotonando uno a uno, y me quedé sorprendida por el pecho tan abultado que permanecía oculto tras esa indumentaria oscura. Yo alucinaba de ver ese sujetador a punto de estallar, y casi lo hizo al agacharse para quitarse los pantalones. No sé qué talla usaría, pero a mí me superaba holgadamente.
Mis ojos no daban crédito a lo que estaban viendo. Se le intuía buen tipo vestida, pero sus líneas perfectas parecían estar sacadas de un cómic. Hasta ese momento le otorgaba unos cuarenta y tantos, pero quizá estaba más cerca de los treinta y cinco.
—Quíteselo todo, señora Andrews, no quiero interferencias textiles.
Ella volvió a cerrar los ojos a espaldas de Federico y procedió a dejar caer todo el peso de sus pechos, y a liberar su coño de aquel escueto tanga también de color negro.
Apenas un centímetro de pelo decoraba su pubis, y eso fue algo que me hizo sonreír. No tardé en borrar ese gesto de mi cara al ver la mirada que me lanzó. Después de todo, era normal que me extrañase, y lo tenía que entender. Yo mantenía todo el pelo en mis partes, pero claro, el mío era rubio y fino. Aun así, no me costó comprender que esa forma de llevarlo debería responder a alguna moda que yo desconocía por motivos obvios.
—Acérquese al chico y comience a acariciarle el culo.
Yo seguía estando en la cama tapada hasta el cuello, y vi como ella se colocaba detrás de Sergio para comenzar a acariciarle su culo exento de pelo. El pelo rojizo solamente estaba en su cabeza, en la base de su pene y cuatro pelillos en guerrilla esparcidos por su pecho marcado.
La señora Andrews se pegó al chico como una lapa, y llegué a ver reflejado en el rostro de Sergio el instante en que sus tetas chocaron contra su espalda.
En la habitación no hacía ni frío ni calor, pero la frente del chico comenzaba a humedecerse al tiempo que lo hacía mi entrepierna.
Las hábiles uñas de aquella mujer recorrían el pecho y la cintura de Sergio. Cada mano se ocupaba de una parte, y las dos se intercambiaban con un ritmo lento pero continuo. Yo asistía a ese espectáculo sin saber cómo reaccionar. Estaba claro que lo que pretendía Federico era ejercer de voyeur, entonces ignoraba que esa era una parte del sexo a la que muchas personas son aficionadas.
—No tanto, amiga, no tanto.
—Eso es lo que crees tú, doctora. Si yo te contase todo lo que he llegado a ver.
—De eso se trata, ¿no? De que me cuentes todo.
Cristina se detiene un momento y alarga su mano.
—¿Hoy no me merezco un cigarro?
—Perdona. —Estíbaliz se da un golpecito en la frente al caer en la cuenta de que no le había ofrecido nada porque estaba tan absorta en la historia que no le ha dejado pensar en otra cosa que no fuese en sexo.
—Gracias —dice Cristina levantando las cejas mientras lo enciende—, ya sabes lo bien que sabe después de un polvo.
—¿Entonces esa noche, por fin…?
—Ni mucho menos, doctora, Federico nunca lo habría consentido. Él disfrutaba observando cómo yo participaba en esos juegos sexuales, siempre y cuando fuese como sujeto pasivo.
Los dedos de la señora Andrews seguían explorando cada rincón del torso de Sergio cuando vi que su pene comenzaba a cobrar vida. Fue algo discreto, y coincidió con que una de las manos de esa mujer acariciaba su trasero y la otra arañaba la ingle del muchacho. Parecía como si el botón de activado estuviese localizado a menos de diez centímetros de la base de su polla. Ella también notó su agitación y su cara sonriente se asomó para ver cómo iba creciendo el miembro de Sergio. Yo estaba recordando lo que ocurrió en la ducha, y creía que aquello no iba a volver a funcionar, pero me equivoqué. Aquellas uñas pintadas de negro revolvían el escaso pelo rojizo con mucha delicadeza, y la polla de Sergio comenzó a crecer. En sus venas se podían adivinar los latidos de su corazón ejerciendo de bomba para poner su miembro más duro que el granito, y yo no podía dejar de maravillarme con aquella imagen. Aunque me llevó un concienzudo trabajo ante el espejo, había conseguido que la expresión de mi rostro no cambiase ocurriese lo que ocurriese. Estaba obligada a hacerlo, pues no tenía ni idea de cómo podía reaccionar Federico si me veía gozar con lo que estaba ocurriendo.
Una vez que el pene del chico se había vuelto a convertir en una estaca dura y larga, la señora Andrews le giró y le puso de perfil. Mis ojos corrieron a repasar las líneas del muchacho sin que pareciera que lo hacía. Tenía el culo respingón, casi como el de ella, pero algo más pequeño. La forma que habían adoptado, uno enfrente del otro, se asemejaba a un dibujo que había en una de sus macetas que simulaba una S reflejada en un espejo.
Ella se separó un poco de él y volvió a agarrar con una mano su verga y los testículos con la otra. Yo imaginaba lo que vendría a continuación, pero para nada me esperaba lo que hizo una vez que acabó de subir la piel arriba y abajo. Sus movimientos eran lentos y precisos, y solía pararse a acariciar con el pulgar la punta de su rabo, pero otro chasquido proveniente de los dedos de Federico la hizo arrodillarse ante Sergio. En cualquier otra situación, arrodillarse ante un sirviente habría sido humillante, pero hacerlo completamente desnuda, me resultó degradante y bochornoso.
En ese justo momento me di cuenta del poder que ejercía Federico con las personas, y entendí que sus órdenes jamás debían ser desobedecidas.
Mi vulva parecía querer salir hacia fuera para disfrutar de la panorámica, pero estaba obligada a mantenerla oculta bajo la sábana. La polla de Sergio se veía mucho más grande de perfil que de frente, y la señora Andrews tenía su nariz a un palmo escaso de los testículos del muchacho.
De repente, ella sacó su larga y afilada lengua y dio un lametazo a los testículos que tenía delante. Mi cuerpo se revolvió con aquella imagen. Su saliva brillaba y colgaba pegajosa del escaso vello que protegía aquella zona de piel arrugada, pero eso no iba a parar ahí. Usando las dos manos, agarró la polla de Sergio y la forzó a bajar hasta la altura de su boca. Su lengua se dedicó a repasar esta vez la superficie pulida y brillante con extrema lentitud. Sabía que a su jefe le encantaban este tipo de detalles y lo hacía con sobrada profesionalidad, pero yo estaba asqueada.
No era tan ingenua como para desconocer que el trozo de carne que esa remilgada mujer se estaba metiendo en la boca también valía para mear, y eso era algo que me revolvía las tripas y me obligaba a apartar la vista.
—¡No dejes de mirar! Y quiero que mantengas las manos fuera de las sábanas.
Por supuesto que las mantenía fuera. Si las hubiese tenido dentro, hacía un buen rato que habría jugado con mi coño húmedo, pero al ver esa escena se me cortó completamente el rollo.
La señora Andrews lamía y relamía todo lo largo que era aquel pene erecto y se lo introducía en la boca para comenzar un movimiento de vaivén que parecía no tener fin.
—¡No quiero que te corras sin avisarme, chico!
Sergio negó con la cabeza ante la advertencia de Federico, y siguió aguantando las embestidas de una mujer que parecía otra bien distinta a la rectora que se ocupaba de mantenernos a raya.
—Señor —Sergio levantó un dedo como aviso—, creo que ya no puedo más.
—¡Cristina!
—Sí, señor.
—Destápate y quédate tendida sobre la cama, desnuda.
Desnuda ya estaba, y corrí a apartar la sábana que cubría mi cuerpo. Con bastante vergüenza, pude comprobar como una mancha húmeda había inundado la parte donde rozaba mi coño, y rápidamente cerré las piernas para que ninguno de ellos lo descubriese.
—Sergio, ponte de rodillas sobre el colchón, a horcajadas sobre los muslos de mi mujer.
Su mujer. Me resultaba raro escuchar aquellas palabras de su boca, pero no me dio tiempo a analizarlas. Sergio se puso de rodillas y avanzó con mis piernas entre las suyas hasta llegar a la altura de mis muslos. Su pene rojizo e hinchado estaba a unos miserables centímetros de mi pubis y yo lo miraba, si no con miedo, con respeto.
—Acabe el trabajo, señora Andrews, e intente que no caiga nada sobre la sábana que cubre el colchón.
Yo estaba tendida, con los brazos pegados a mi cuerpo, y ella se situó al lado de la cama, en pie. Una de sus manos fue a parar al culo respingón de Sergio, y la otra a su polla erecta. Fue entonces cuando comenzó a hacerle una paja a una velocidad de vértigo. Las enormes tetas de la señora Andrews chocaban entre sí debido al movimiento, mientras yo volvía a rememorar la escena de la ducha.
No tardó mucho, un par de minutos y, al tiempo que un gemido abandonaba la garganta de Sergio, su leche fue a parar encima de mi cuerpo impregnándolo desde la cintura hasta mi pecho. Esa sensación caliente aún me trae buenos recuerdos, aunque en aquel momento lo vi como algo repulsivo. Solo una cosa me resultó más repugnante que lo que acababan de hacerme, y fue el ver a esa mujer volver a sacar la lengua para arrastrarla sobre la gota de leche que había caído sobre mi pezón. Aquello me desquició hasta tal punto que mis ojos no pudieron esconder la rabia y la impotencia que sentía.
—Entiendo —dice la doctora Estíbaliz pensativa—. Aquello tenía que ser un salto abismal para una niña de dieciséis años.
—Diecisiete, doctora, y no era tanto por mi edad, sino por haber estado aislada del mundo desde que nací.

Mauri

Ese miércoles era el día de su décimo cumpleaños, pero esta vez no iba a haber tarta. No soplaría las velas, y le importaba tres narices hacerlo.
Alfredo se había vuelto a enfadar por no dejar que le diese protección la noche anterior, y hoy tenía un día de perros.
Era muy joven, demasiado joven, pero ya se había dado cuenta de que las visitas que hacía Alfredo a su habitación cuando ella había cogido el sueño no eran normales.
—No quiero tomarme la leche. Me sienta mal.
—Mira, niña. No voy a aguantar tus tonterías. ¡Últimamente estás insoportable!
Si no fuese todas las noches a importunarla cuando el sueño la vencía, no estaría así.
—Alfredo, hoy me quedaré en casa de mi amigo Raúl. Su madre me ha preparado una pequeña fiesta.
—Te he dicho mil veces que no me llames Alfredo. Soy tu abuelo.
—¡Tú no eres mi abuelo! ¡Me lo dijo la yaya!
—Buen nombre te pusieron. ¡Has salido a ella en lo referente a la educación!
En eso llevaba razón. Alfredo era un hombre callado y educado. En el vecindario estaba catalogado como un caballero que siempre se hallaba dispuesto a ayudar a cualquier vecino en cualquier problema. ¡Qué hombre tan servicial! Una pena que enviudase. Mauri estaba cansada de escuchar bonanzas sobre aquel hombre que al apagarse las luces se metía en su cama con la gastada excusa de tener que protegerla por si acudía el fantasma de su abuela.
Desde hacía dos años se iba a la cama con miedo, pero nada tenía que ver en eso una posible visita paranormal.
A las dos de la tarde, la madre de Raúl estaba esperándolos en la puerta del colegio con su monovolumen negro. A Mauri le caía genial aquella mujer. Tenía una sonrisa perpetua y sincera ocurriese lo que ocurriese, y si alguna vez se desprendía de ella era para poner un tono de voz sensato y cordial.
Diez niños habían ido a la fiesta que había preparado Merce para ella.
Mercedes se llamaba, pero seguramente le había pasado como a ella con su nombre y lo había abreviado.
Merce era consciente de que un viudo como su abuelo poco podría hacer para organizar una fiesta adecuada a la edad de Mauri, por lo que decidió proponerle a la niña celebrar el cumpleaños en su casa.
¿Cómo se iba a negar? Raúl se había convertido en el mejor, bueno, en el único confidente de las pequeñas y grandes cosas que la atormentaban.
Los escuetos momentos en el recreo los llenaban con enormes historias que contarse. Raúl era un niño dotado con una imaginación desbordante, y solía inventarse mundos que hasta una niña de diez años sabía que eran mentira. Ella reía con todas aquellas historias descabelladas y, cuando le tocaba el turno, intentaba darle a las suyas ese toque de imaginación con el que Dios había bendecido a su amigo.
—¿Sabes que el Pulpo Maligno me vino a visitar anoche?
—¿Otra vez?
Entre gritos, los niños corrían a esconderse por todas las habitaciones llevando en sus manos las pulgas de chorizo y de salchichón mientras ellos dos habían encontrado un hueco en el armario empotrado de la alcoba de Merce. A Daniel le costaría dar con ellos.
—Otra vez —dice pesarosa—. Me había dejado tranquila durante tres días, pero anoche volvió a salir de su madriguera y se introdujo en mi habitación de puntillas.
—Un pulpo no anda de puntillas.
—¡El mío sí!
No le llevaría la contraria. De todas formas, él solía contar barbaridades más gordas cuando su mente se disparaba.
—¿Se volvió a meter en tu cama?
Mauri se mostró pensativa.
—No. Esta vez no.
—¿Te volvió a tocar la espalda?
Hacía años que el Pulpo Maligno no se conformaba con tocarle solamente la espalda, pero eso no se lo podía contar a su mejor amigo. El pulpo ya se había encargado de decirle que, si se lo contaba a alguien, acabaría en un reformatorio o algo peor.
—Creo que cada vez tiene más tentáculos. No puedo quitármelo de encima por más que quiero.
—¿Por qué no le pegas?
—Anoche lo intenté, pero es un pulpo muy grande.
—Si quieres se lo podemos contar a mi madre. Seguro que ella puede vencerle.
Mauri nunca supo si aquellas palabras querían decir que el niño comprendía lo que le estaba ocurriendo, pero, aunque así hubiese sido, ella no aceptaría la ayuda de nadie. Las amenazas eran demasiado agresivas para que se las saltase a la torera.
—¡Os pillé! ¡Mauri y Raúl están en el armario! ¡Mauri y Raúl están en el armario!
Daniel, aquel endemoniado niño de pelo rubio cortado al dos no paraba de gritar sus nombres mientras corría hasta donde había comenzado el juego del escondite. Raúl corrió tras él. Mauri no. El recuerdo del pulpo deslizándose por sus sábanas la había dejado sumida en su otro mundo. Ese mundo de caricias forzadas del que quería escapar, pero no encontraba la forma.
—¿Qué haces aquí? Te toca amagar a ti.
¡De verdad que ese niño era odioso! Ya sabía ella que tenía que ir a recitar la frasecita con los ojos cerrados para luego contar hasta diez, pero en ese momento le hacían falta unos segundos de tranquilidad.
—¡Te he dicho que salgas! ¡Te toca a ti!
Impaciente como él solo, Daniel la cogió del brazo y tiró hasta sacarla a la fuerza del armario. Mauri se quedó tirada en el suelo sin querer moverse. A la fuerza, no. El graznante niño quiso cogerla de la cintura para ponerla en pie, y eso era algo que Mauri no iba a aceptar. Bueno estaba que lo hiciese un pulpo grande y fuerte, pero ese niñato no le iba a tocar ni un pelo de la ropa.
Daniel comenzó a gritar una vez que comprendió que aquella niña le iba a dar una buena paliza. Los puñetazos y arañazos volaban y aterrizaban en la cara del niño asustado en el que se había transformado el insoportable de Daniel. La fiesta de cumpleaños acabó allí. Merce no comprendía la reacción de la niña, pero tampoco la juzgó. Sencillamente, se ocupó de curar las heridas de la cara de Daniel y a continuación llamó a todas las madres.
—No sé qué le ha podido ocurrir. Algo le ha tenido que hacer ese chico, pero no quiere contarme nada.
—Tranquila, seguramente solo son cosas de niños. Si me hace el favor, puede decirle a la madre de Daniel que cuando ella lo vea bien estaré a su disposición para hablar sobre lo ocurrido. Puede estar tranquila que esto no supondrá ningún problema.
Tras esas explicaciones de Alfredo, Mauri se fue a la cama esperando con actitud defensiva al pulpo, pero esa noche no acudió.

AJUSTE DE CUENTAS

Está acostada en el sofá. Entre otras muchas cosas, es lo que necesitaba. La última sesión con Cristina le ha provocado tal agotamiento mental que su cabeza le ha pedido a gritos una tregua bien merecida.
Aún no sabe si darle veracidad a todo lo que esa mujer le está contando, pero tampoco le importa demasiado en estos primeros pasos de la terapia.
El doctor Arnaldo parece conforme con lo que le va trasladando sobre lo que le cuenta Cristina, por lo que se guardará en una manga todos los detalles escabrosos de esos relatos. Sabe de buena tinta que cualquier detalle puede ser de vital importancia en un posible juicio, y hará todo lo que esté en su mano para que esa baza no caiga en manos de la arpía de la doctora Martina.
Aún no entiende el porqué de la urgencia e impaciencia que están demostrando con este caso, pero a ella eso le trae al pairo. Seguirá dando pasos lentos, pero sobre hormigón armado. No puede consentir que las prisas de la burocracia den al traste con lo que está consiguiendo hacer con esa peculiar mujer.
Son muchos años tratando toda clase de pacientes con distintos tipos de conductas anormales debidas a abusos sufridos cuando eran niños, y sabe muy bien que todo puede saltar por los aires con tan solo un mal gesto o una palabra a destiempo.
No puede negar que la forma que tiene Cristina de contarle los pormenores de su historia la está poniendo a prueba. Ha intentado abstraerse de los detalles más morbosos y, cuando intuye que su interior comienza a bullir, enseguida su mente intenta buscar alguna imagen que acabe de un portazo con cualquier conato de deseo.
Es evidente que el perfil psicológico de Federico es el de una persona posesiva. Su necesidad de controlarlo todo y a todos los que hay a su alrededor se ha convertido en su forma de vida. Es normal que estos tipos tiendan a emplear la manipulación emocional con los que le rodean, y que al principio lo hagan de una forma tan sutil que sus órdenes pueden parecer simples proposiciones o sugerencias, pero en el caso de Federico se ha pasado por el arco del triunfo cualquier sutileza artificial y ha pasado directamente al ataque. Este tipo de personas creen conocer cuáles son las necesidades de aquellos a quienes pretenden controlar, pero ese perfil no se corresponde exactamente con el de Federico. No le ha pasado desapercibido el detalle que Cristina contó de que cuando era joven su padre nunca le vio con ninguna mujer. Tampoco describió ninguna escena con hombres, por lo que tendrá que estudiar muy a fondo cada uno de los aspectos que está recopilando para encuadrar su personalidad con la patología que le corresponde.
Cristina. Cristina es otro cantar. Le resulta extraña la expresión de su rostro cuando cuenta los detalles escabrosos por los que le hicieron pasar desde que se casó. Su cara se contrae y se relaja una y otra vez sin dejar ver exactamente cuáles son sus verdaderos sentimientos respecto a lo que le ha tocado vivir. El brillo de sus ojos va y viene sin dejar muy claro si lo que reflejan es odio o sencillamente desidia.
Estaba a medio camino entre el razonamiento y el sueño cuando el teléfono móvil casi le provoca un infarto.
—¡Joder! ¿Quién será ahora?
En la pantalla no viene reflejado ningún nombre y solamente sale el número de un fijo.
—¿Sí?
—¿La doctora Estíbaliz Muñoz?
—Sí, soy yo. ¿Quién es usted?
—Perdone, sé que es tarde, le llamo de la clínica Almanzor.
—¿Ha ocurrido algo?
—Se trata de su paciente, Cristina, está histérica y la está llamando a gritos. He intentado localizar al doctor Arnaldo, pero no ha habido forma. ¿Podría venir usted?
—¿Pero qué ha ocurrido?
—Durante su ronda, el vigilante ha observado que estaba intentando autolesionarse golpeándose con la cama y ha tenido que atarla con las correas de protección.
Le había costado horrores poner su mente en blanco para coger el sueño, y lo único que le apetecía ahora era dormir unas cuantas horas del tirón, pero tendría que dejarlo para otra ocasión.
A esa enfermera no la conocía. Seguramente solo trabajaba allí en el turno de noche. Al ver la cara del vigilante, un escalofrío recorrió su espalda. No lo miró directamente a los ojos, pero le llamó la atención los dos arañazos rojizos que sobresalían de la manga de su brazo izquierdo.
—Tenga cuidado, doctora. Es una puta desquiciada.
—¿Cómo ha dicho? Esa no es forma de referirse a una paciente.
El vigilante suelta el aire por la nariz y acompaña esa acción con una sonrisa cargada de sarcasmo, para a continuación abrir la celda e indicarle con un gesto altivo que ya podía entrar.
—Perdone si me he pasado, pero es que el turno de noche es más duro de lo que se creen ustedes los doctores ―dijo el vigilante mientras se tapaba los arañazos con la mano.
Ahora mismo mandaría a ese tío a la mierda con todos los honores, pero no quiere que su segundo día en el centro se convierta en una pelea de gallos.
La puerta se cierra a su espalda y sus ojos no dan crédito a lo que están viendo.
—¿Pero qué demonios ha pasado aquí?
Cristina no le contesta. Sus tobillos y muñecas están atados con correas a la cama. Sus ojos están reteniendo unas lágrimas que su rostro de odio desean expulsar, y sus manos se abren y se cierran con furia mientras observa a la doctora con desesperación.
—Intenta tranquilizarte, cariño. ¿Qué ha ocurrido para que te aten así?
La mirada de Cristina se mantiene pegada al techo mientras las correas van cayendo a ambos lados de la cama.
—¿No vas a decir nada?
La respiración agitada de Estíbaliz contrasta con los movimientos forzosamente pausados del pecho de su paciente arriba y abajo. Su deber es preguntarle por lo que ha sucedido, pero imagina que la mente de Cristina está rumiando algo que no quiere mostrar.
Tras quitar todas las correas, Estíbaliz le acerca el camisón que alguien había tirado en un rincón del suelo, y le ayuda a ponérselo mientras la chica mantiene la vista perdida en dirección a la puerta.
Al cambiarse de ropa, la doctora se fija en los moratones que pintan la parte inferior de su pecho y, al ponerse en pie, comprueba como el trasero de Cristina está marcado con otros tantos golpes. Estíbaliz es consciente de lo mal que ha tenido que pasarlo para estar en ese estado, aunque eso no le impide fijarse en el escultural cuerpo que tiene Cristina. Esas formas no se consiguen tan solo por obra y arte de la genética.
—¿Tienes un cigarro, doctora?
Estíbaliz acude a su bolso y le ofrece el paquete entero mientras observa con temor la inusual calma que muestra su paciente.
—Puedes contarme lo que ha ocurrido. No saldrá de aquí.
Cristina le lanza una mirada inquisidora y niega con la cabeza mientras expulsa una nube de humo que parece querer engullirla.
—No es la primera vez que me follan a la fuerza, y me temo que no será la última. Cada persona tenemos una cruz que llevar y, por lo visto, esta es la mía.
—¿Quieres decir que alguien te ha violado? —pregunta Estíbaliz alarmada.
—¿Eso te sorprende, doctora? De todas formas no le des importancia, a todo cerdo le llega su San Martín.
—No sé qué quieres decir con eso, pero tenemos que denunciarlo. ¿Ha sido el enfermero que me ha traído hasta aquí? He visto que llevaba unos arañazos.
—¿Te han gustado? —dice soltando una carcajada—. Se ha pensado que soy una de sus putas loquitas que pululan por este centro.
—¡Denunciaremos!
—No conseguirás nada, doctora. Ese tío tiene la suficiente experiencia en esto para no dejar rastro.
—Pero los arañazos…
—¿Un par de arañazos pueden demostrar que un vigilante de un manicomio ha violado a una paciente? No seas tan ingenua como yo lo era cuando vivía en Kanab.
—Pero un ginecólogo puede atestiguar que te han forzado.
—Vives en un mundo de fantasía, doctora —su tono de voz está comenzando a endurecerse convirtiéndose en una forma de reproche—. Antes de largarse me ha enseñado el preservativo con su leche dentro y se ha partido de risa mientras le daba vueltas en el aire como si fuese una honda. El tío es un cabrón de los peores.
—Llamaré a un forense que pueda comprobar si tienes desgarros internos.
—No me hagas reír, doctora. ¿Desgarros? El pobre imbécil tiene una minipolla. Ese no podría desgarrar ni a un canario.
Ese último comentario casi ha conseguido sacar una carcajada de Estíbaliz.
—Pues tú me dirás qué quieres que haga.
Cristina mira con ternura a la que se ha convertido en su confidente. No creía que fuese a funcionar esta simbiosis, pero puede que al final consiga sacar algo en claro de esta relación.
—Me apetece seguir contándote cómo llegué a España. ¿Estás demasiado cansada para escucharme? Tienes cara de agotamiento.
Estíbaliz asiente con la cabeza en silencio mientras intenta comprender cómo una chica que acaba de ser violada se preocupa por el estado de otra que viene de dormir. Podría negarse, pero no lo hará. El tener que descansar no es excusa para escuchar a un paciente cuando siente la necesidad de abrirse en canal.
—Iré a por un café. De todas formas no sé si podría dormir después de verte así.
Tras dar dos toquecitos a la puerta, esta se abre y aparece la cara sonriente del vigilante.
—¿Ha sido usted el que la ha atado y ha avisado a la enfermera de guardia? ―pregunta Estíbaliz agravando la voz.
—Sí, y espero que esta zorra no le haya contado ninguna mentira.
—¡Le he dicho que no hable así de mis pacientes! Si de mí dependiera, le denunciaría ahora mismo.
—Doctora… —dice retorciendo una sonrisa chulesca—, la verdad es que depende de usted. Pero creo que no sería una buena profesional si creyese lo que le ha contado una paciente que no ha hecho otra cosa que mentir desde que llegó.
Estíbaliz finge haber perdido este asalto y, tras recibir una sonrisa cómplice por parte de Cristina, esquiva al vigilante y se acerca a la máquina de café de la entrada.
A los pocos minutos llega con un café doble y una tila. Tras pasar ante la sonrisa retadora del vigilante, Estíbaliz vuelve a encerrarse con Cristina.
—Esto es para ti. Te ayudará a calmarte.
—¿Me ves nerviosa, doctora? —dice mientras comienza a menear la bolsita de tila arriba y abajo.
—No, y eso me preocupa. ¿Por dónde nos quedamos esta tarde, Cristina?
—¿No lo recuerdas? —dice con una sonrisa pícara—. Te estaba contado que me cayó encima la corrida de Sergio.
—Vale, vale —asiente mientras recuerda la sensación que le produjo en su vientre ese relato.
—En ese momento tenía diecisiete años, y aquello duró otros cinco. Las visitas se iban espaciando en el tiempo, e incluso llegó a estar casi un año sin ir a verme, pero cuando lo hizo fue con un puñado de abogados. Aquella fue la primera vez que abandoné la casa, y tras un viaje muy largo en una limusina llegamos a un edificio lujoso presidido por un puñado de banderas. Yo acababa de cumplir los diecinueve y tuve que firmar todos los papeles que pusieron delante de mí. Uno de ellos cometió un error al creer que yo no hablaba su idioma y me dio la clave de para qué servía todo aquello. Con esas firmas estaba formalizando mi matrimonio para que fuese legal en el Estado español. Como ocurría con todo, no recibí ni una sola explicación más y volvimos a casa el mismo día.
»La señora Andrews continuaba ejerciendo su mandato con mano de hierro, sin concederme ni una sola tregua que pudiese hacer que cambiase mi opinión sobre ella. La única vez que dejaba asomar algo de humanidad era cuando Federico le ordenaba que llamase a Sergio. Yo tuve que limitarme a ver como, cada dos o tres meses, aquella mujer se metía en mi cama, y a mi lado hacía de todo a ese muchacho que se dejaba hacer. Sergio se tomaba aquello con resignación, y nunca mostró ni un solo gesto de desaprobación.
»Puede parecer que siempre disfrutaba, pero no era así, y yo lo veía clarísimo. No puedo calcular ahora mismo las corridas que vi caer sobre mi celadora y sobre mí. Aquello parecía ser lo que más gustaba a Federico, pero tenía otras manías que acabaría descubriendo más tarde. A veces le daba por ordenarle a Sergio que se acostase boca abajo y que se pusiese una almohada doblada bajo su vientre. Federico podía estar horas observando su culo en pompa mientras yo me resignaba a contemplar la escena tumbada desnuda al lado del chico.
»Mis ásperas bragas cada vez tenían que ser mayores. Me estaba desarrollando, y mi cuerpo se estaba convirtiendo en el de una mujer. Sí, en una mujer que tan solo había disfrutado de unos pocos roces casuales por parte de Sergio o de aquella mujer posesiva. Estaba a punto de cumplir los veintidós años cuando ocurrió algo que siempre recordaré.
Federico había avisado que esa semana vendría a pasar unos días conmigo. Por mi parte, estaba deseando que el avión en el que tenía que venir se estrellase en altamar. Cada vez aguantaba menos aquella tortura en la que me habían obligado a vivir. Estar viendo como dos personas llevaban a cabo todo tipo de actos sexuales delante de mí me había convertido en una chica carente de afección. El sexo se había convertido en un estigma que odiaba con toda mi alma y quería desterrarlo de mi vida.
El querer y no poder había trastocado tanto mi cabeza que solamente ver a mi esposo quitarse los pantalones antes de sentarse en aquella silla me provocaba arcadas.
La señora Andrews lo tenía todo preparado. La cama perfectamente hecha, y Sergio recién duchado. Las órdenes llegadas de España decían claramente que a las ocho de la tarde tenían que estar los tres desnudos esperando en la habitación, pero a las siete sonó el timbre de la casa.
Yo estaba arriba, pero pude escuchar perfectamente la conversación que se mantenía en el quicio de la puerta.
—No puede ser, le esperábamos a las ocho.
—Esto sucedió hace dos días, y he venido para llevar a la mujer del señor Briones a España para el entierro.
¿Entierro? No entendía el alcance de lo que estaba escuchando. ¿Quién había muerto? Por lo que acababa de decir la señora Andrews, parecía que podía tratarse de Federico, pero aún no lo celebraría.
Por mi cabeza comenzaron a juguetear mis deseos, y por una vez en mi vida acariciaba la posibilidad de que por fin fuese a ser libre, pero tendría que cerciorarme de si aquello era real.
—Pero ¿así, sin más?
La voz de la señora Andrews se estaba agarrando a su garganta y le costaba horrores salir. Yo me asomé por la escalera y pude ver en la puerta a un señor aparentemente cincuentón, con pelo blanco, bastante alto y exquisitamente vestido.
A su lado, la señora Andrews parecía estar empequeñeciendo por momentos.
—Pero Christine tiene unas obligaciones que cumplir.
—No sé nada de sus obligaciones, señora, pero la señora Briones debe acompañarme, y tiene que ser esta misma tarde.
—¿Hoy? —preguntó dando un tono de desesperación a su voz—. No puede irse sin haberlo planeado con tiempo, esto no funciona así.
—Me parece señora que no entiende bien lo que está ocurriendo aquí. No tengo ni idea de quién es usted ni de qué papel desempeña en la relación con mi cliente, pero a partir de ahora todo ha cambiado. Las posesiones y negocios de Federico Briones acaban de pasar a manos de Christine Morgansen y, a partir de que yo le entregue los poderes, todo dependerá exclusivamente de ella.
—Pero yo tengo un contrato con Federico que aún está vigente.
—Tenía, señora, tenía. Una cláusula de su testamento indica que tendría que romper con cualquier negocio o compromiso comercial que mantuviese en los Estados Unidos. Esta casa será vendida cuando acabe el mes en el que estamos. Mientras tanto —comenzó a sacar un papel de su cartera—, un tal Sergio Spencer podrá disponer de ella hasta entonces. De usted no tengo constancia.
Yo reía desde la planta de arriba al contemplar de qué forma tan radical estaban cambiando los papeles, y eso fue lo que me dio una fuerza que hasta ese momento desconocía poseer y que me empujó a armarme de valor y bajar.
—¿Cómo se llama usted? ―pregunté con aplomo.
La señora Andrews se giró hacia mí y me mostró su peor cara, pero no dijo ni mu. Sus ojos reflejaban la derrota.
—Señorita Christine, la conozco por foto. —Inclinó la cabeza como el que lo tiene por oficio—. Mi nombre es Clemente Zúñiga, y soy el encargado de llevar toda la burocracia administrativa que confiere al señor Federico Briones. Siento decirle que su esposo ha muerto.
—Ya le he escuchado —dije señalando con la cabeza hacia la parte de arriba—. ¿Cómo ha ocurrido?
—Perdone, pero no puedo contarle los detalles delante de personas ajenas a usted.
Yo quería romper a reír a carcajadas delante de aquella zorra mal parida, pero comprendí que esa no sería la mejor tarjeta de visita ante el hombre que tendría que arrojar algo de luz sobre lo que iba a ocurrir a partir de ese momento con mi vida.
Por unos segundos, esa incertidumbre me produjo una especie de vértigo, pero reaccioné enseguida al pensar que no podía ser peor que lo que me había tocado vivir hasta entonces.
—Muy bien, se hará como diga usted ―acaté con una sonrisa.
Si las miradas matasen, la de la señora Andrews me habría fulminado en ese mismo instante.
—Entonces, ¿qué tengo que hacer yo?
El educado abogado se giró hacia una señora Andrews a la que se le acababan de caer todos los galones al suelo, y su barbilla temblorosa era la prueba de ello.
—Ese no es mi problema, señora. En esta casa solo puede permanecer el señor Sergio Spencer, las demás personas tienen que abandonarla enseguida.
Habría pagado gustosa por ver cómo hacía las maletas esa maldita bruja, pero me quedé en la puerta, esperando y acompañando a aquel hombre tan serio.
Sergio estaba arreglando el jardín, y así se lo hice saber al abogado. Él asintió con un intento de sonrisa y se mantuvo en silencio. Estaba visto que su prioridad era que la señora Andrews abandonase la casa. Y lo hizo, vaya que si lo hizo. Se despidió con un portazo, no sin que antes recibiese la última andanada por parte del abogado.
—No hay motivos para enfadarse, señora. Conozco desde hace muchos años al señor Federico Briones, y sé de muy buena tinta que pagaba sobradamente a la gente que no podía tener trabajando con él de forma legal. No sé lo que habrá cobrado por estar a su servicio, pero seguro que su cuenta bancaria tiene ahora mismo mejor cara que usted.
Portazo y se acabó. El abogado se encogió de hombros y cerró los ojos.
—¿Qué le vamos a hacer? Hay personas que saben aceptar cuándo tienen que marcharse sin hacer ruido y otras que no soportan un cambio en su estatus. Tendrá que acostumbrarse a eso, señorita Christine.
Yo estaba flipando, sin saber qué hacer ni qué decir. Aquel hombre me estaba tratando con una educación que creía que no existía, por lo que decidí que, a partir de ese momento, él sería mi mejor aliado.
Eran casi las doce de la noche cuando llegamos al aeropuerto. Pensaba que íbamos a tomar un avión de pasajeros, pero me sorprendí al ver como pasábamos directamente a la pista para subir a un jet privado. El señor Zúñiga me miraba divertido mientras subía alucinada la escalerilla, e incluso llegó a soltar una carcajada cuando me asusté al encontrarme con una de las azafatas del vuelo.
—Vamos a ver, Cristina —la interrumpe Estíbaliz mientras da otro sorbo a su café en vaso de plástico—. ¿Me estás diciendo que tu esposo era alguien tan rico como para tener un jet, y nosotros no hemos encontrado nada sobre ti?
—¿Estás dudando de mi historia, doctora?
—¿No debería hacerlo? Si fueses la mujer de algún español rico, nos habría costado muy poco averiguar quién eres.
—Doctora, te lo estoy contando a ti. Si esto sale de aquí antes de que te dé permiso para hacerlo, dejaré de hablar contigo para siempre. ¿Lo has entendido, doctora?
Esa actitud chulesca no le ha gustado en absoluto, pero no entrará al trapo en esa provocación. ¡Hay que joderse! Con lo bien que estaría en su sofá durmiendo a pierna suelta.
—De acuerdo, Cristina. Intentaré no especular sobre tus historias.
—No te preocupes, doctora, al final comprenderás el porqué de todas las cosas. No es tan complicado, te lo aseguro.
—¿Cómo quiere que me dirija a usted? ¿Como señora Briones o como señorita Christine?
Yo estaba alucinada viendo los asientos de piel y a las azafatas yendo de un lado para otro mientras ese señor tan elegante me preguntaba cómo se tenía que dirigir a mí. A mi cabeza no le daba tiempo a asimilar tantas novedades.
—¿Podría decirme solamente Christine? Sin lo de señorita. Si no es mucho pedir.
Él me miró muy serio, manteniendo la compostura y, tras unos segundos de reflexión, asintió con la cabeza.
—Muy bien. Como quiera. Su esposo nunca lo habría aprobado, pero creo que ahora eso ya no importa.
Yo aún estaba confusa y desorientada, pero de una cosa estaba segura: ese hombre era de confianza.
Sergio se había quedado en la casa. Según el señor Zúñiga, podría quedarse allí hasta acabar ese mes, y estábamos a primeros de febrero. Ni tan siquiera me planteé en ese momento qué sería de él en el futuro, y era normal, porque primero tenía que saber qué pasaría conmigo.
La azafata fue muy amable y me ofreció unos auriculares tan grandes como mi cabeza. Yo nunca había visto tecnología parecida a la que había en aquel aparato y aluciné cuando de la mesa que tenía delante de mis piernas surgió una pantalla de televisor.
Como una niña pequeña me dediqué a buscar películas, documentales, sin ver nada y viéndolo todo. Esas imágenes se metían en mi cabeza, y cada una de ellas me abría una puerta a un futuro que hasta ahora se me tenía negado.
No sé si habrían pasado dos o tres horas de vuelo cuando me quité aquellos auriculares y me giré decidida hacia Clemente.
—¿De qué ha muerto mi esposo?
Clemente se mostró sereno ante mi pregunta y se recostó en el asiento mientras me contestaba con los ojos cerrados.
—Cuando lleguemos a España le daré todos los detalles, y además le informaré de los negocios que tenía. No se asuste, pero algunos no son todo lo transparentes que la legalidad exige.
—¿Quiere decir que era un criminal? —pregunté extrañada.
—Yo no lo definiría de esa forma. Digamos que eludía de vez en cuando andar por el camino correcto.
Aquello no me daba buena espina, pero ver la tranquilidad con la que ese hombre me explicaba las cosas le hacía perder gravedad al asunto.
—Durante estos años, su esposo se ha dedicado a erigir y asentar una franquicia de salas nocturnas por todas las capitales de provincia de España, aunque las que están en la costa son las que funcionan mejor. De todas formas, el total de sus ingresos no provenía de sus cuarenta y cuatro discotecas ni de sus diecinueve restaurantes: la droga entraba en sus locales con barra libre.
Yo no comprendía en aquellos momentos el alcance que tenía ese negocio ni qué era lo que significaba eso de la droga, pero entendí que lo segundo no era nada bueno y le dejé continuar.
—No todo el mundo veía bien que Federico se llevase una comisión de todo lo que entraba en sus locales, y creemos que ha sido uno de sus enemigos el que se ha encargado de librarse de él.
—¿Me está diciendo que ha sido ejecutado por un ajuste de cuentas?
Esa expresión se la había escuchado muchas veces a Federico, aunque siempre la usaba para amenazarme si no hacía algo de lo que me ordenaba, y ahora me resultaba irónico que a él le hubiesen pagado con la misma moneda.
Aunque puso toda la voluntad posible para explicarme en qué había consistido la vida empresarial de Federico, yo tan solo pude ver lagunas. Aun así, mi ingenuidad no me impedía tener claro una cosa: si el motivo de que Federico hubiese muerto eran los negocios sucios, tendría que hacer algo para que dejasen de existir tal y como los había creado mi esposo.
Llegamos al aeropuerto de Madrid a las seis de la tarde. Allí fue donde me enteré de que el entierro sería en un cementerio de la capital de España. Hasta que no llegué a Barajas no había tenido la oportunidad de explotar mis conocimientos del español, pero una vez que comencé a desenvolverme me di cuenta de que mi profesora había sido muy exigente conmigo y que los resultados eran los previstos. Apenas me costó trabajo mantener conversaciones fluidas con los trabajadores del aeropuerto.
Mi primera noche en Madrid la pasé en un hotel. Federico disponía de dos viviendas en la sierra de Madrid, pero las dos estaban demasiado lejos del tanatorio donde se velaría el cuerpo. La autopsia había durado los tres días que había empleado Clemente para ir a buscarme, y estaba previsto que el ataúd estuviese en el tanatorio a las nueve de la mañana.
Yo intentaba adaptarme a marchas forzadas a todo ese mundo desconocido para mí, y en aquella habitación de hotel fue la primera vez que me invadió la verdadera sensación de libertad.
—Mañana a las ocho y media vendré a recogerla. No se preocupe por nada. La recepción del hotel se encargará de despertarla a las siete y media.
No dije ni sí ni no, sencillamente levanté la mano antes de que Clemente abandonase la habitación y me quedé sola en ese espacio que me resultaba cien veces más acogedor que ninguno de los dos hogares que había tenido hasta entonces.
La habitación era enorme, y la pantalla de televisión no lo era menos, pero lo que más me impresionó antes de entrar al baño fue la cama. Era moderna, lujosa y cómoda a rabiar. Las almohadas parecían haber sido confeccionadas por los mismísimos ángeles, y durante un buen rato retocé sobre las sábanas como lo haría un perrillo cuando lo sacan de paseo al parque. Todo iba bien hasta que decidí darme una ducha. Al abrir la puerta del baño me quedé en shock. En el centro de la habitación había una bañera idéntica a la que Federico tenía en casa. Las mismas formas suaves y redondeadas soportadas por aquellas patas doradas y retorcidas que tanto odiaba.
A mi mente acudieron en torrente cada una de las situaciones vividas en aquella bañera, y en ese instante fui consciente de que aún llevaba puestas las malditas bragas que parecían de esparto.
Salí del baño alterada, pero tras situarme delante del espejo que había en la entrada comencé a desvestirme de forma serena.
Las prendas fueron cayendo una a una sin prisa y, cuando me vi tan solo con el sujetador y las bragas puestas, me sentí fea. Más de quince años llevando aquella ropa interior me habían convertido en poco menos que un maniquí desvencijado y decrépito que me daba asco mirar.
Me arranqué el sujetador y lo lancé a la papelera del rincón, y con rabia me quité las bragas que fueron a parar al mismo sitio. Mi cuerpo me pedía lavar esos recuerdos hasta que se fueran por el desagüe, pero no podía hacerlo en aquella bañera, por lo que acabé usando el bidé. El suelo terminó encharcado, pero a mí me daba lo mismo, ya lo limpiaría con una toalla. Con tanto jabón como rabia, me arranqué el olor de aquella ropa rancia que me había tocado padecer durante tantos años.
«Marque el 155 si desea pedir algo. Sea lo que sea, se lo concederán, no hay límite». Me tomé las palabras de Clemente al pie de la letra y mandé que acudiese alguien. La cara bonachona del chico del servicio de habitaciones se enrojeció al verme desnuda ante él.
—Me han dicho que puedo pedir lo que quiera.
—Ya, señorita, pero no creo que esto sea lo correcto.
No era tartamudo, pero vaya si tartamudeó. No estaría acostumbrado a ver el cuerpo desnudo de una chica en horas de trabajo, o quizá le llamaron la atención las marcas de mis bragas y sujetador. No lo sé.
—Me hace falta ropa interior, y no sé dónde conseguirla. ¿Podrías encargarte tú? Tengo un abogado que te pagará lo que le pidas por hacerlo.
—No hace falta, señorita, eso entra dentro de mis obligaciones, pero…
—¿Pero?
—Es que no sé qué talla usa.
—Vaya, creía que al verme desnuda te harías una idea —dije pensativa.
Yo no era consciente de que todo el mundo no veía la desnudez tal como yo la tenía asumida. Yo me mantenía virgen, pero lo más natural para mí era mostrarme desnuda.
—Si quieres puedes llevarte lo que hay allí.
Le señalé la papelera, y él se acercó a recoger el sujetador y las bragas. Menuda cara puso al verlas… Se sorprendió más que al encontrarme desnuda.
Cogió las prendas con la punta de los dedos, como si se fuese a contaminar con ellas, y desapareció por la puerta mientras hacía lo imposible para que sus ojos no fuesen buscando mi cuerpo.
Yo esperé más de una hora metida en la cama, desnuda. Las sábanas olían a gloria y, aunque diesen algo de calor, no quería desprenderme de ellas.
Estaba a punto de quedarme dormida cuando oí como tocaban en la puerta.
Rápidamente me acerqué al cuarto de baño y, evitando mirar la bañera, agarré el albornoz blanco que había colgado en la pared y me lo coloqué tan rápido como pude.
—Solo he podido encontrar esto.
Yo no sabía si reír o llorar. Ante mí tenía al botones del hotel con la frente húmeda reflejando el esfuerzo que acababa de hacer para encontrar lo que le había pedido y con la gorra a punto de caérsele. En las manos llevaba cuatro bolsas grandes de color negro adornadas con letras doradas, y yo le dije que las dejase sobre la cama.
—Señorita, si no desea nada más...
Los nervios del chico se podían ver a kilómetros de distancia, y yo me preguntaba por qué alguien más mayor que yo parecía temerme.
—¿Puedo pedirte opinión sobre algo?
El botones no sabía dónde meterse.
—Por supuesto, señorita. Dígame.
Casi pude oírle tragar saliva cuando me dirigí hacia la puerta y la cerré.
Antes de volverme hacia él, respiré hondo y me despojé del albornoz dejándolo caer al suelo.
—Escuche, señorita, yo no…
—Por favor.
La voz salió de mi garganta como un lamento, más que como una súplica, y me giré hacia él.
—No sé qué es lo que quiere de mí, señorita.
—¿Crees que soy bonita?
Desde que tuve uso de razón, nunca había escuchado nada sobre mi aspecto físico, ni bueno ni malo, y la curiosidad por saber podía conmigo.
—Por supuesto que es bonita.
—¿Estás seguro? ¿No lo dices por compromiso?
El chico negó con la cabeza y en sus ojos descubrí que decía la verdad.
—Usted tiene un cuerpo maravilloso. ¿Por qué lo pregunta?
—Cosas mías. ¿Podrías hacerme otro favor?
Creo que, si por él hubiese sido, habría saltado por la ventana, pero asintió con la cabeza.
—Me han ordenado que no le falte nada mientras dure su estancia en el hotel. ¿Sabe que tenemos cocina hasta de madrugada?
El intento del muchacho por desviarse del tema no le sirvió de nada, y yo me acerqué hasta la cama.
—¿Puedes acariciar la parte de mi cuerpo que más te gusta?
Estaba disfrutando de esa sensación de poder y de ver como su cara se desencajaba con cada pregunta.
—No sé qué idea tiene usted de este hotel, señorita, pero mis obligaciones están muy alejadas de lo que me está proponiendo.
¿Cómo iba a saber aquel muchacho que la chica que tenía ante él era un ser tan inocente como un cervatillo?
—No te estoy proponiendo nada, y si te molesto solo tienes que decírmelo. ¿Puedes acariciar la parte de mi cuerpo que más te gusta?
No sé si sería el haber repetido la pregunta con el mismo tono lo que le dio un carácter de orden, pero el chico se acercó a mí y se colocó enfrente. Yo lo miraba suplicante, ansiosa. Quería saber qué parte de mi cuerpo sobresalía de las demás, y él alargó la mano. No sé si decir que me sentí defraudada al notar cómo me acariciaba la cara, pero en ese momento no me gustó.
—¿Lo que te gusta es mi rostro? —pregunté perpleja.
—Tiene unos ojos bonitos y sus labios son perfectos.
—¿Y mi cuerpo? ¿No te gusta mi cuerpo?
—Pues claro que sí, señorita, pero no creo que sea correcto tocarla ahí —dijo mirando hacia abajo.
—Sé cómo es mi cara. Quiero que toques la parte que más te atraiga y que la acaricies.
Podría haberme tocado las tetas, son grandes. Mi trasero, lo tenía y lo tengo bien puesto, pero no, el botones del hotel me acarició el vello de mi pubis. No bajó a los labios. Sencillamente me acarició mi triángulo peludo con una suavidad que me hizo estremecer. Se me hacía extraño que alguien se pudiese sentir atraído por una parte de mi cuerpo que tanto mi madre como Federico me habían hecho odiar.
Sus ojos parecían querer atravesarme, y pude ver como se relamía las comisuras aunque él intentase que no se notara.
—¿Por qué te gusta?
Él seguía acariciándome como el que lo hace con un cachorro.
—Tienes poco pelo y..., y es muy rubio.
—¿Has visto muchos?
—¿Como este?
—No, en general —dije riendo a carcajadas.
El chico se quedó pensando un momento como si le costase recordar cuántos.
—No sé, unos quince o alguno más.
Quince o alguno más, ¿será posible? Yo solamente había visto la polla de Sergio y la de Federico, y este chaval enclenque había visto ya casi veinte mujeres desnudas. Imaginaba que me estaba perdiendo algo, pero en ese instante me di cuenta del alcance que había tenido mi encierro.
—Si quiere paro, señorita.
Esa propuesta me pilló de sorpresa. Sencillamente estaba disfrutando de esas caricias en mi entrepierna y ni tan siquiera me había detenido a pensar que quizá él no quisiera hacerlo.
—¿Quieres parar?
Esa pregunta llegó demasiado tarde. El chico estaba cachondo y se le notaba en la respiración. Yo no sabía mucho de eso, pero recordaba a la perfección como a Sergio se le aceleraba el pulso una vez que la señora Andrews comenzaba a acariciarle la entrepierna.
—No —contestó con voz ronca.
Yo me mantenía erguida al lado de la cama. El colchón estaba exageradamente alto, casi a un metro, y apoyé mi trasero en las suaves sábanas que lo cubrían.
Él quiso que no lo notase, pero se recolocó el paquete. No me apetecía ver lo que escondía aquella bragueta. Sabía que me traería malos recuerdos que acabarían por estropear ese momento de placer. Noté como sus movimientos iban aumentando de velocidad y de presión, y sentí como un calambrazo cuando su dedo corazón se introdujo en mi raja húmeda.
Yo me encogí y eché el culo hacia atrás en un acto reflejo. Nunca nadie había sobrepasado la frontera de mi vello. Mis labios vaginales jamás habían sido tocados de forma tan directa por la piel de ninguna persona. Solamente las esponjas naturales de Federico habían pasado de puntillas por esa zona.
—Si no quieres hacerlo, no pasa nada.
No sabía qué quería decir con aquello. De hecho, yo no sabía nada referente a follar. Mi experiencia sexual se limitaba a pajas y mamadas realizadas al que consideraba mi amigo por parte de una celadora inflexible. Delante de mí, la señora Andrews nunca se tiró a Sergio, aunque después me enteré de que lo hacía a escondidas de Federico.
Yo no contesté al chico. Sencillamente me tumbé hacia atrás y me quedé tendida en la cama con los pies colgando del colchón. Él, con mucha suavidad, me cogió de las piernas y las subió al colchón, dejándome colocada como si fuese a dormir, pero eso no iba a suceder.
Mientras yo estaba tumbada con los brazos pegados al cuerpo, él comenzó a desvestirse. La casaca roja y negra fue a parar al sillón de leer que había bajo una lámpara de pie, y sus zapatos fueron por el mismo camino.
El chico no apartó su mirada ni un momento de mis ojos mientras se despojaba de su pantalón, pero su mano hacía rato que no me tocaba. Era delgado, quizá demasiado delgado para mi gusto, pero claro, el único hombre que había visto desnudo, sin contar a Federico, era un portento muscular pelirrojo.
Mi vientre subía y bajaba sin saber qué esperar de todo aquello, mientras los ávidos ojos del chico repasaban mi cuerpo de arriba abajo. Su primer movimiento tuvo como objetivo uno de mis pechos. Los dos caían levemente hacia los lados debido a su tamaño y rozaban mis brazos, pero él se encargó de colocarlo en su sitio agarrándolo con la palma de su mano mientras que la otra se deslizaba vientre abajo. Yo lo miraba, no podía dejar de hacerlo, y él apretaba mi teta como si quisiera ordeñarla.
El movimiento suave de su otra mano me provocaba unos espasmos nerviosos que no podía controlar. Cada parada y cada arranque de sus dedos era correspondida por mi cuerpo con una sacudida que me hacía temblar por dentro y por fuera.
—¿Te gusta?
Yo asentí. ¿Cómo no me iba a gustar? Nunca me habían acariciado de esa forma tan sencilla y dulce. Me sentía expuesta, pero no indefensa, por lo que decidí continuar.
Después de chuparse el pulgar, su mano derecha cambió de pecho, y con ese dedo se dedicó a masajear mi pezón haciendo círculos. Todo mi ser estaba en tensión, y cada pasada por mi pezón lo endurecía más y más.
Su otra mano estaba rozando el pelo de mi pubis, y mi interior comenzaba a arder. No sabía lo que me pasaba, pero la sensaciones que estaba sintiendo no tenían nada que ver con las vividas junto a Sergio y la señora Andrews.
De repente, su dedo volvió a meterse en la hendidura de mi coño. Yo cerré las piernas como si las hubiese tenido abiertas, y presioné para que no se adentrara más de lo debido.
—¿No quieres que te meta el dedo?
Yo negué con la mirada. No sabía qué había detrás de esa puerta cerrada para mí desde que nací, pero no iba a ser el botones de un hotel el que me lo revelase.
—Si te hago daño puedo humedecerlo.
El chico sacó su dedo de mi vello y lo impregnó de saliva en su totalidad. Estaba acalorada y totalmente petrificada. Mis muslos ejercían una presión tan fuerte que mi pubis parecía querer huir de ese dedo chorreante.
Él me lanzó una sonrisa maliciosa, y con mucha suavidad comenzó a excavar en el centro de mi sexo buscando una humedad que ya había encontrado en más de quince chicas. Yo no iba a ser menos, y tras una corta pelea con los rizos de mi entrepierna halló lo que su dedo juguetón tanto ansiaba.
Mi cuerpo se estremeció al entrar en contacto su dedo con la carne rosada de mi vulva. ¡Bastante sabía yo que lo que acababa de acariciar ese dedo ansioso de carne era mi clítoris! ¿Cómo iba a saberlo?
—¿Sigues deseando que no te meta el dedo?
¡Vaya pregunta ambigua! Contestase lo que contestase, podía interpretarse como un sí o un no, por lo que me limité a ejercer más presión con mis muslos. Él lo entendió enseguida, y su dedo prosiguió su camino milímetro a milímetro.
Por supuesto que ese chico sabía dónde estaba mi clítoris y cómo tenía que trabajarlo, pero lo dejó atrás para seguir buscando otras zonas que colonizar. Al chico le había quedado claro que yo no quería que profundizase en mi vulva, por lo que su dedo se fue deslizando de labio a labio, pero solo rozándolos por fuera. Yo creía morir. ¿Cómo se habían atrevido a meterme en la cabeza que aquello era algo satánico? Ahora comprendía por qué se rozaba como una perra en celo la señora Andrews a los muslos de Sergio mientras se la chupaba o le hacía una paja.
Sus dedos se movían hábiles y precisos, aunque no le había hecho falta precisar mucho dónde tocar, pues todo mi sexo se había convertido en una máquina de gozar. El pobre chico tenía sus bóxer a punto de reventar. Eran blancos, y su polla parecía una boa constrictor que estuviese intentando escapar rodeando su cuerpo, pero yo no tenía pensado acercar mi mano a aquel bulto alargado.
Su mano derecha abandonó mi pezón y subió por el cuello hasta mi boca. Sin haberme dado cuenta de la jugada, en un instante ya estaba jugando con mis dos tipos de labios. Aquello era enloquecedor. Los dedos de su mano izquierda parecían querer cruzar la frontera de mis labios vaginales, pero eran los de su mano derecha los que se introducían en los de mi boca. No sé de dónde me vino esa reacción, pero comencé a rodear sus dedos con mi lengua arriba y abajo.
Mis nalgas se apretaban contra el colchón, y se empeñaban en hacer círculos mientras mi cabeza daba volteretas entre gemidos y jadeos. Algo se había puesto en marcha en mi interior y desconocía el modo de detenerlo.
El muy cabronazo era joven, pero sabía cuáles eran las teclas que acariciar para conseguir la melodía perfecta. Aquella era una partitura que parecía haber tocado cientos de veces, y yo era el instrumento perfecto para hacerlo.
Su dedo ahora subía y bajaba siguiendo el reguero de mi vulva apretada, y por un momento acudió a mi cabeza el pasaje de Moisés en el mar Rojo. Mi coño se había convertido en un mar atacado por encrespadas olas, y ese chico en el libertador del pueblo judío que estaba en la obligación de abrirlas para seguir su camino. Una sonrisa apareció en mi boca, aunque no tardó en convertirse en una mordida de labio.
Su dedo seguía insistiendo en su movimiento, pero ahora tenía apoyada toda la palma de su mano sobre mi triángulo glorioso. Yo había perdido el control sobre mi cuerpo cuando entró en juego un segundo dedo. ¡Qué jodido! El muy ladino separó mis labios vaginales mientras que yo ya había estado tentada de morderle los que tenía dentro de mi boca como veinte veces.
Cuando estaba a punto de hacerlo con la fuerza suficiente para arrancarle las primeras falanges, sus dedos abandonaron mi boca. Tras pasar por encima de mi pezón y darle un pequeño pellizco, continuaron por la línea que marcaba el contorno de mi cintura hasta colocarse en mis caderas.
—Abre las piernas.
Su voz cada vez se escuchaba más ronca.
—No pienso hacerlo.
—Tienes el coño ardiendo. ¿No tienes ganas de follar?
Vaya que sí, ese chico estaba destinado a ser mi cómplice en la ardua tarea de ponerme al día en lo referente al sexo, y aquella fue la primera vez que escuché esa formidable palabra: follar.
—No tengo ni idea de qué es eso.
El chico se retiró sin apartar sus dedos de mi cuerpo y me miró alucinado.
—¿Eres virgen?
—Yo solo conozco a una virgen, pero creo que no te refieres a eso.
—¡Joder, tía! ¿De dónde has salido?
Esa era una pregunta que yo también me estaba haciendo en ese momento, pero no perdería ni un segundo en responderla. No mientras mi entrepierna estuviese a punto de entrar en ebullición.
—Es una larga historia, no quiero hablar de ello.
Aunque era difícil imaginar que era virgen, supongo que el chico me creyó. Quizá lo hizo porque era evidente el grado máximo de inocencia que le mostraba, y sin reírse de mí me lo explicó en pocas palabras.
—¿Ves esto de aquí?
¡Joder que si lo vi! No era tan larga como la de Sergio, pero parecía más gruesa y oscura. La polla de un pelirrojo es blanca tirando a rosada, pero aquella parecía de cuero negro. El chico se quedó sonriendo con los calzoncillos bajados tan solo por la parte delantera, mientras señalaba su mástil con el dedo índice.
—No sé si te estás riendo de mí o no. Pero esto —dijo agarrándosela con fuerza— tiene que entrar ahí —me tocó con su dedo pegajoso— para que dejes de ser virgen.
¿Pero cómo iba a entrar ese pedazo de carne en mi coño? Yo me negué con la cabeza y mis manos corrieron a ocultar mis partes para protegerlas de la mirada reluciente de su polla.
—No sé si te molestará lo que te voy a decir —a mí me daba lo mismo si le molestaba—, pero no voy a dejar que me metas eso en la entrepierna.
—Coño, se llama, coño.
Segunda lección.
—Pues no voy a dejar que metas eso en mi coño. ¿Entiendes?
Mi fuego interno estaba a punto de desaparecer cuando percibí que su gesto se relajaba.
—De acuerdo, pero no me puedo quedar así.
—¿Qué quieres decir?
—Tengo que correrme, y tú también deberías hacerlo. No es bueno acumular tensiones.
¿Correrme? ¿A qué se refería este tío? Yo sabía que los hombres se corrían. Lo supe cuando el primer chorro de leche de Sergio me empapó de cintura para arriba, pero ¿una mujer? Yo nunca vi a la señora Andrews correrse, pero claro, entonces desconocía que había mujeres que no lo podían conseguir por más que lo intentaran, aunque tampoco sabía nada de las que sí podían hacerlo.
—No sé lo que pretendes, pero no quiero que metas nada ahí adentro.
—Tranquila —dijo sonriendo— confía en mí. Follar no es imprescindible para que te puedas correr, a veces, incluso estorba.
Yo seguía sin comprender nada, pero me dispuse a dejarme hacer. Al estar la cama tan alta, él comenzó a lamer mis pezones sin apenas tener que agacharse, y poco a poco inició el descenso hacia mi vientre. Mis pulsaciones habían subido, y mi ardor estaba a punto de evaporarse cuando sentí por primera vez su aliento sobre mi clítoris. Yo miraba al techo sin saber si cerrar los ojos o no cuando, de repente, su lengua se paseó entre los pelos rizados que protegían mi raja. Tardó unos segundos en abrirse camino, pero cuando lo consiguió solté un grito que se tuvo que escuchar en la habitación de al lado. Bueno, estaba en la suite más lujosa del hotel y tenía derecho a hacer lo que quisiera, incluso gritar.
Tras posar sus manos en el interior de mis muslos, fue ejerciendo la presión suficiente para que yo fuese abriéndolos muy despacio, dejándose el campo abierto. Se encontraba con su boca metida en mi entrepierna, mientras que su trasero estaba cerca de mi cara, aun así no quise cerrar los ojos. Su lengua paseaba una y otra vez arriba y abajo, a izquierda y a derecha, y mi cuerpo comenzó a retorcerse como una serpiente.
Sus calzoncillos seguían solo bajados por su parte delantera, y de vez en cuando veía asomar la punta de su polla reluciente como una perla negra, pero su culo aún estaba tapado por aquellos bóxer blancos. Quizá fue debido a que ese chico se había centrado en morder y chupar mi clítoris, no lo sé, pero mi mano se agarró a sus calzoncillos y los bajé dejando al descubierto su trasero.
Me llevé otra sorpresa al verlo lleno de pelo. En los carrillos no tenía mucho, pero la raja estaba tapada con ellos. Aquello no disminuyó mi placer, pero la comparativa con Sergio me hacía reír. Al final acabé acariciando aquellos pelos con tal vicio que a punto estuve de arrancarlos de un tirón.
Su lengua entraba y salía de entre mis labios con una rapidez que iba en aumento, y cada vez que se paraba en mi clítoris, mi cuerpo se curvaba sobre la cama como si fuese a romperse. Fue entonces cuando algo comenzó a crecer dentro de mi vagina. Era difícil distinguir si era calor o una sensación de dolor, en aquel momento no podía precisarlo, pero el chico se había dado cuenta y ya no se apartaba de mi botoncito de placer. Una sensación de angustia me invadió, y mi reacción fue echar la mano por debajo de la entrepierna del chico y agarrarme a su polla con toda la fuerza que pude. Él gimió mientras mi coño se empeñaba en llevar hasta tal punto el placer que incluso creí que iba a desmayarme. Fueron unos segundos más, solo unos pocos segundos, pero algo estalló en mi interior que me hizo gritar. Fue entonces cuando comprendí lo que era correrse. Mi cuerpo se encogió para colocarse en posición fetal. Me molestaba estar dando una imagen ante el chico de niña desprotegida, pero en esos momentos no era dueña de mis movimientos. De hecho, no era dueña de nada en ese instante de fuego.
El chico gozaba con verme, e intentó seguir con su dedo dentro de mi coño. Esa fue la única torpeza que tuvo en toda la noche, por lo que es perdonable. Yo le retiré la mano, y entonces fue cuando él cogió la mía y la arrastró hasta su polla.
—Hazme una paja o una mamada.
Sabía lo que eran las dos cosas, por lo menos, de haberlas visto, pero no estaba preparada para meterme eso en la boca, por lo que decidí hacerle una paja.
Vaya, aquello no era tan fácil como había creído. Mi cabeza intentaba imitar los ágiles movimientos de la mano de la señora Andrews, pero mi torpeza era más que evidente, por lo que me armé de valor y acerqué mi boca a su polla.
No tuve que hacer mucho, pues tan solo con notar el calor de mi lengua comenzó a convulsionar, y su leche salió disparada. No puedo quejarme, pues el chico tuvo la delicadeza de sacar su polla de mi boca para correrse sobre mis tetas.
Él quiso limpiarme, pero le pedí que se marchase. Aún sigo sin comprender cómo la mayoría de las mujeres quieren quedarse abrazadas al hombre con el que han hecho el amor, yo nunca he podido hacerlo.
—¿Tu primer orgasmo fue con un botones de un hotel?
La cara de Estíbaliz es un poema, pero Cristina la mira sonriente.
—Y aún no tengo ni idea de cómo se llama. ¿No crees que fue la forma más perfecta de correrse por primera vez? —pregunta sonriendo mientras da la última calada a su cigarrillo.
No. No lo creía.

NO TOCARÁS

Cierra los ojos. Intenta dormirse. No lo consigue. Quiere que su mente siga caminos que la alejen de la vorágine de confesiones de su paciente, pero una y otra vez sus pensamientos vuelven a recordar las palabras de Cristina.
—¡Acabáramos! ¡Buenos días! ¡Arg!
—Vaya por Dios —dice Estíbaliz refunfuñando—, solo me faltaba que tú te despertases.
Cualquiera le explica a ese pajarraco que son las tres de la madrugada y que hay que seguir durmiendo. Tajoe es un papagayo que unas amigas le regalaron cuando tan solo era un polluelo. La advirtieron de que sería muy difícil sacarlo adelante siendo tan joven, y que necesitaría muchas atenciones, casi las mismas que un hijo, pero ella no tenía otra cosa que hacer una vez que llegaba del trabajo. Desde que lo llevó a casa, se convirtió en una nueva ilusión en su vida, y eso no dejaba de sorprenderle.
Durante los dos primeros años se convirtió en el confidente en el que volcar sus pocas alegrías y los infinitos contratiempos que surgían en su trabajo, pero dejó de hacerlo una vez que se percató de que aprendía rápidamente a copiar sus palabras.
—¡Mi jefe es un cabrón sin escrúpulos!
Ya sabía de una persona que nunca podría invitar a su piso.
Tajoe tiene reservado un exclusivo rincón en la alcoba, y es el encargado de velar su sueño cuando llega la noche. Hace años que no necesita esa compañía extra, pero le agrada tener a alguien a su lado cuando se va a dormir. Los relatos de Cristina le están sobrepasando, pero tiene que hacer lo posible para mantenerse alejada de las sensaciones que le provocan. Había comprado una sábana de color amarillo para cuando quería relajarlo, y ese era uno de esos momentos.
—¡Vamos que nos vamos! ¡Reeeea! ¡Si lo sé no vengo!
Aunque a veces le servía de excusa para romper a reír, la verborrea de Tajoe esta vez la está poniendo de los nervios. Solo ha tenido que aguantar sus irritantes chascarrillos durante unos diez minutos, tras los cuales parece que se ha quedado dormido.
Ha decidido darle total credibilidad a esas historias. Quizá está confiando demasiado en esa desconocida. Ya lo había hecho otras veces y le habían fallado. ¿Sería esta una de tantas?
Hasta ahora no le ha contado nada sobre el asesinato de Alejandro Farín, pero sabe que no debe obligarla a adelantar su relato con la pobre excusa de que la policía tiene prisa. Por otra parte, le resulta curioso, por no decir excitante, que una chica haya comenzado a conocer la realidad del sexo con los veintidós años cumplidos.
Las escenas que le había descrito estuvieron a punto de poner su interior en ebullición, pero sabe que eso sería un error. Tiene que mantener una distancia de seguridad con todas esas historias por su propio bien. Ya se había sentido tentada de aprovechar vivencias de pacientes para darse placer cuando llegaba a casa, pero no quiere más cargas de conciencia.
Intenta dormirse, de veras que lo intenta, pero su mayor esfuerzo está orientado a frenar su mano. Por todos los medios tiene que impedir que baje de su cintura, pues sabe que al día siguiente se tendrá que arrepentir.
¡La bruja de la doctora Martina Anchorena! ¡No revienta en mil pedazos la muy…! ¡Y si no ese guardián, qué hijo de puta!
No hay reproches suficientes para borrar de su cabeza a aquel botones metiendo la lengua en el interior ardiente de Cristina, pero tendrá que seguir intentándolo.

IBIZA

—¿Has pasado mala noche, doctora?
—¿Se nota mucho?
Estíbaliz apenas ha dormido cuatro horas. No recuerda el tiempo que hace que alguno de sus pacientes la haya llevado a tal punto de implicación.
—Hoy llevo un poco de prisa. ¿Quieres recordarme por dónde nos habíamos quedado?
—Doctoraaa…, mi primer orgasmo ―dice Cristina con un gesto divertido que a Estíbaliz no le hace ni puñetera gracia—. Me parece que aquella noche dormí mejor de lo que lo has hecho tú.
El teléfono que había colgado al lado del cabecero de la cama sonó a las siete en punto, tal y como había dicho Clemente.
—Señora Briones, si quiere la podemos volver a avisar quince minutos más tarde.
—No, no hace falta.
Mi voz se resistía a salir, y al principio lo achaqué al madrugón, pero poco después descubrí que esa pequeña afonía me duraría todo el día.
No es que no estuviese acostumbrada a levantarme a esa hora, pero entre el viaje, el cambio horario y la primera experiencia sexual seria que había tenido en la vida, se me hicieron las tantas hasta quedarme dormida. Eso sí, una vez que caí, dormí de un tirón.
Necesitaba un baño relajante antes de abandonar el hotel, y sin pensarlo dos veces me metí en la bañera. Sí. Mi miedo a que esa bañera me trajese malos recuerdos había desaparecido en el mismo momento de correrme la noche anterior.
Mientras me secaba el pelo ante el espejo, mi mente no paraba de recordar cada una de las caricias y de los lametazos con el que aquel muchacho castigó mi vulva. Una pequeña molestia se había concentrado en lo que aquel chico dijo que era el clítoris, pero no quise ni tan siquiera tocarlo. No había tiempo. Clemente estaba al caer.
No habían dado las ocho cuando unos nudillos sobre la puerta me asustaron. Sonaban como los del botones la noche anterior, pero no fue él el que apareció tras la puerta.
—Nos tenemos que ir ya. Hay mucha gente que nos espera.
—Muy bien, Clemente, enseguida estoy lista.
En menos de cinco minutos bajábamos por el ascensor sin hablar entre nosotros. Ni un «¿cómo ha pasado la noche?». Se le veía muy profesional. Vaya que sí. La puerta del ascensor estaba situada justo enfrente de la recepción, y allí mismo, junto al mostrador, había un grupo de hombres con trajes oscuros cuchicheando entre ellos.
Conforme me iba acercando pude ver al botones de la noche anterior incorporándose tras el mostrador, y mi corazón comenzó a descontrolarse.
—Christine, estas personas son los asesores de su esposo, y le han servido fielmente hasta el final ―me informó Clemente.
Estaba bien enterarse de quiénes eran los personajes de los que tendría que librarme si no quería acabar como él. No me los presentó uno a uno, sino que fue soltando la retahíla de nombres, nueve en total, sin que se me llegase a quedar en la cabeza con ninguno de ellos. El botones seguía tras el mostrador y su mirada clavada en el techo. Le podía costar el puesto si dejaba ver algún tipo de afinidad hacia mí, y eso me hacía relativa gracia.
—Señores, esta mujer —vaya, se había referido a mí como mujer— es la viuda de Federico Briones, y por lo tanto la heredera universal de todos sus bienes.
La cara del botones era todo un poema, y parecía que sus ojos iban a saltar para comerme a bocados. Me pregunto qué se le pasaría por la cabeza al enterarse de que la joven que la noche anterior se dedicó a decirle que era virgen, y a la que le comió el coño hasta correrse, era la viuda del famoso Federico Briones. Su cara reflejaba asombro, y yo solté una carcajada que ninguno de los hombres trajeados supo interpretar ni comprender. Esa sería la última vez que vería al chico que me hizo debutar en el mundo del orgasmo.
El día comenzó nublado, pero antes de que se celebrase la ceremonia, el cielo se despejó, y un sol radiante parecía estar dándome la bienvenida a España y a mi nueva vida como viuda. No sé cómo se llamaba el cementerio de Madrid donde fue enterrado Federico, y a día de hoy sigo sin saberlo. Nunca más fui, y no tengo pensado hacerlo. Alrededor del ataúd pude ver a medio centenar de personas con caras afligidas. Con un susurro en mi oído, Clemente me avisó de que no todos estaban tristes con su muerte.
—Muchos de estos tipos solo han venido para asegurarse de que está bien muerto. Intente no llamar la atención.
Me pregunté por el motivo de esa advertencia, pero mi confianza sobre él seguía aumentando consejo a consejo.
Yo me mantuve en un discretísimo segundo plano. La ropa que me había comprado el abogado me venía al pelo para ese tipo de evento. El color negro del traje y la pamela dotada de una rejilla de igual tono que cubría mi cara me camuflaban a la perfección entre esa marabunta de hombres trajeados y me mantenían alejada de las miradas indiscretas.
—Obsérvelos, pero no intime con ninguno. Ni tan siquiera con la mirada.
Yo asentía levemente, sin cuestionar ninguno de aquellos consejos que por alguna razón se me antojaban órdenes que había que cumplir por mi propio bien.
La ceremonia fue corta, y cuando el sacerdote pidió que alguien dijese algunas palabras el silencio se adueñó del cementerio. Quise creer que un batallón de pájaros que revoloteaban entre los cipreses estaban riéndose a graznidos del cuerpo presente de Federico. Yo también lo hacía por dentro.
El ataúd inició su descenso lentamente, y antes de tocar el fondo muchas de esas personas ya se habían marchado.
—¿Esos son los que le odiaban?
Clemente me miró con el rabillo del ojo y volvió a hablarme al oído.
—No. Los que le odiaban y le temían son los que se han quedado a mirar.
No había tocado la primera palada de tierra la caja de madera cuando Clemente Zúñiga me cogió del brazo y me invitó a que nos marchásemos. Me habría encantado quedarme con los que le odiaban para asegurarme de que quedaba bien enterrado, pero confié en que aquellos buitres carroñeros no se marcharían hasta ver las coronas de flores sobre el montón de tierra.
Al pasar junto al ataúd me dieron ganas de gritarle a mi difunto esposo todas y cada una de las cosas que me había hecho sentir ese chico en el hotel, pero me conformé con lanzar una mirada de rencor a la tumba antes de darle la espalda.
—Me apetece tomar un bocado.
—Lo harás en el aeropuerto.
El cambio de tono me sobresaltó.
—¿Es que volvemos a Estados Unidos?
Él me lanzó una sonrisa afable.
—Si quieres marcharte, estás en tu derecho, pero primero tenemos que ir a Ibiza.
—¿Ibiza?
Ignoraba que Ibiza fuese una isla, y mucho menos que pertenecía a España, pero el abogado de Federico me informó de todo lo referente a esa pequeña porción de tierra integrada en las Islas Baleares. No me dio muchos detalles, y por supuesto ninguno de los que esgrimió me aportó la menor idea del tipo de isla que era Ibiza, sobre todo en verano. Ya lo descubriría con el tiempo. Me habría encantado conocer en aquella época la historia de mi padre en ese lugar, pero lo averiguaría mucho después.
El vuelo fue muy corto. Apenas pude ver unos pocos avances de películas cuando el comandante avisó por megafonía que estábamos comenzando la maniobra de aproximación y aterrizaje.
Me acerqué a la ventanilla y, aunque no pude ver gran cosa, el color azul de sus aguas me maravilló. Cuando el jet hizo una maniobra en la que se inclinó vertiginosamente, me impresionó la enorme cantidad de edificios blancos que salpicaban el paisaje. Clemente se percató al instante de mi cara.
—Esto es Ibiza. Seguro que te gustará la peculiaridad de este lugar.
Como todo lo que había visto hasta ese momento destilaba lujo por donde lo miraras, esperaba que el vehículo que nos recogiese se correspondiese con ese nivel, pero nada más lejos de la realidad.
Un viejo todoterreno Mitsubishi Montero nos esperaba en medio de la pista. Era rojo y descapotable.
Su interior estaba limpio, pero olía a rancio. Debía de haber estado mucho tiempo parado para desprender ese olor que Clemente también percibió.
—No te preocupes. Una vez que comiences a usarlo se aireará y dejará de oler tan mal —me dijo con una sonrisa mientras metía la llave con dificultad.
—¿Dónde vamos ahora?
—¿Ahora? —contestó sin apartar la vista de la carretera—. Ahora vas a conocer tu casa.
¡Mi casa! Yo nunca había sentido que tenía nada mío, y ahora iba a ver mi casa. Ya sé que era la de Federico, y que me había aprovechado de una carambola del destino, pero en esos momentos el rencor que sentía hacia él me gritaba al oído que merecía algo bueno después de sacrificar mi vida en favor de los deseos de ese hombre tan desconocido para mí como lo era esa isla. Durante media hora recorrimos una carretera serpenteante que transcurría paralela a la playa, y yo me deleitaba viendo aquel paisaje maravilloso, sin dejar de lanzar todo tipo de expresiones de asombro que Clemente recibía con una sonrisa serena.
Justo en un recodo de la carretera salía un camino a mano derecha, y el todoterreno giró para adentrarse en él. No estaba asfaltado, por lo menos en los primeros metros, y tenía tal inclinación que pareciera que estuviésemos subiendo hacia el cielo.
Enseguida comenzó el asfaltado y, después de haber coronado la colina, por fin pude ver el muro blanco que protegía la casa que hasta hacía unos pocos días había pertenecido a mi difunto esposo.
Una puerta corredera, fabricada con listones de madera de roble y hierro forjado, se abrió tras pulsar Clemente el mando que llevaba el llavero del todoterreno. Tardó un poco en hacerlo, y ese momento se asemejó a cuando en el teatro se abre el telón. Centímetro a centímetro, ante mí se descubrió la enorme vivienda que Federico había mandado construir en lo alto de aquella colina. Sus líneas eran rectas y frías, pero, al estar acostumbrada a la vivienda de madera oscura en Kanab, esa explosión de claridad y color me dejó sin palabras.
—¿Te gusta?
Yo asentí como una boba, sin percatarme de que tenía la boca abierta. Él estiró su brazo y con su dedo índice me subió la barbilla.
—Es normal que te sorprenda. Es de las viviendas más caras que se han construido en Ibiza.
—¿Él vivía aquí durante todo el año?
—Prácticamente sí —contestó mientras nos aproximábamos a la casa—. Tan solo se ausentaba cuando le surgía algún viaje de negocios. Pero volvía en cuanto podía.
Yo me dediqué a contar las palmeras que delimitaban el camino que nos llevó hasta la casa, y quedé encantada cuando vi la fuente que presidía el pequeño jardín y que servía de antesala a la lujosa vivienda. El agua caía abundante sobre un pequeño estanque adornado con nenúfares, y lo primero que hice al bajar del todoterreno fue correr hasta él para acabar soltando un grito que Clemente recibió con una sonrisa generosa.
—Son peces, peces de colores, ¡y hay cientos!
—Son carpas koi, y no hay más de veinte. Mariano es el encargado del mantenimiento del estanque y de alimentarlas.
—¿Mariano?
—Sí. Mariano y Rosario son un matrimonio que llevan trabajando para Federico más de veinte años. Luego te los presentaré.
Yo volví a asentir. ¿Tendría criados que me cuidasen como lo hacía Sergio? Y Sergio, ¿qué estaría haciendo en ese preciso momento?
—Acompáñame. Tengo que enseñarte el interior.
El porche no era muy alto. En Utah se estilaba hacerlos casi con el doble de altura, pero esa casa parecía haber sido construida por alguien que no quería que desde afuera se pudiese ver ni un solo detalle que evidenciara el lujo que contenía. De hecho, había necesitado que se abriese la puerta de la valla de par en par para saber qué es lo que se escondía tras ella.
Una puerta metálica y moderna se abrió sin hacer ni un solo ruido. Aquellas bisagras estaban perfectamente engrasadas, no como las de su habitación en Kanab. Otra vez mi boca volvió a abrirse al tiempo que lo hacía esa puerta. Me recibió un salón con varias alturas que separaban los distintos ambientes, y con una cristalera en la pared del fondo tras la que se podía ver una bonita piscina.
La parte de atrás del chalet daba a un acantilado, y el agua de la piscina parecía ser la prolongación del mar que se extendía ante mis ojos.
—¡Esto es precioso! —dije encantada.
—La casa está orientada para aprovechar cada rayo de luz, por lo que la parte de atrás está dotada de grandes ventanales, tanto arriba como abajo —me contó como lo haría el que pretendiera venderme una casa.
Yo correteaba por el salón sorteando las distintas alturas como si estas hubiesen sido diseñadas para servir como zona de juego, y fue entonces cuando vi que la expresión de Clemente se endurecía.
—Debemos hablar, y para ello tenemos que subir a la planta de arriba.
Por el tono que empleó, supe que tenía que seguir sus pasos sin hacer preguntas. Clemente subió los peldaños de forma tan lenta que a punto estuve de adelantarle en la escalera. No era un buen momento para las bromas. Volvió a sacar la misma llave y abrió una puerta alta y blanca. Así eran todas.
—Pasa y coge asiento.
Al mismo entrar en la habitación, una línea de halógenos oculta en la escayola, y que rodeaba todo el techo, se iluminó al advertir nuestra presencia. Ahora es de lo más normal, pero en aquella época yo no sabía nada de detectores de movimiento ni nada por el estilo. Aquella habitación era una sala de reuniones, pero su olor era muy parecido al del todoterreno. No parecía que la usasen muy a menudo.
Lo esperé sentada en una de las diez sillas que rodeaban una mesa redonda de cristal negro, y no tardó en aparecer con un maletín que depositó sobre la superficie de cristal.
Tardó casi dos horas en explicarme todos los bienes de los que me tenía que hacer responsable a partir de ese momento, pero lo que no me esperaba era que uno de ellos me iba a cambiar la vida.
Yo ya estaba cansada de ver fotos de todas las discotecas, restaurantes, un velero ―el Nueva Victoria― y otras cinco o seis viviendas repartidas por distintas provincias de España cuando Clemente sacó un sobre rojo del maletín.
—¿Qué lleva dentro? ¿Un caballo? ¿Un tigre? Porque creo que nada me va a sorprender después de lo que me ha mostrado.
—En este sobre está la posesión más preciada de Federico y la que tendrás que cuidar con más mimo.
—¿No soy demasiado joven para tantas responsabilidades?
—Por supuesto que lo eres —no dudó y me molestó—, pero el testamento me obliga a proponerte que te ocupes de esto.
—¿Y si no lo hago?
No le gustaba que lo retasen. Saltaba a la vista.
—Si no lo haces, no dispondrás de ninguno de sus bienes.
Vaya. Esas palabras sonaron lapidarias. No dejaría que lo que hubiese dentro de aquel sobre rojo me arrebatase la posibilidad de adueñarme de todo el lujo que me rodeaba.
Clemente Zúñiga se sentó por primera vez y abrió el sobre con un abrecartas plateado que sacó de un bolsillo de su maletín. Al terminar de rasgarlo, un puñado de fotos se deslizó, desparramándose por la mesa.
Por más que intenté averiguar las imágenes que contenían, Clemente se apresuró a juntarlas para ocultarlas a mi vista.
—En caso de que no quisieras aceptar esta cláusula del testamento, todos los bienes de Federico pasarán a manos de la persona que aparece en estas fotos.
Clemente las colocó de forma ceremoniosa y ordenada sobre la mesa. Yo elevé las cejas a modo de sorpresa. En ellas aparecía la figura de un chico con gorra y sudadera ancha. Las fotos estaban sacadas en momentos distintos, pero la ropa seguía siempre un mismo patrón. Mi cabeza recuperó uno de los avances de películas que vi en el avión. En él aparecían un grupo de gamberros con espráis haciendo diversas pintadas sobre trenes blancos y eran perseguidos por la policía. Sus ropas eran idénticas a las que llevaba ese chico. Yo miré al abogado de Federico con curiosidad.
—¿Quién es?
—Es la persona a la que más ha querido tu esposo. Se llama Valentín y, aunque no lo creas, es tu hijo.

MAURI

Los dos primeros meses de ese curso se le empezaban a hacer cuesta arriba. Según le habían dicho sus profesores, primero de la ESO solía ser el curso más difícil en lo referente al nivel de las materias nuevas, pero eso no había sido un obstáculo para ella. No había examen que bajase de nueve, y eso le granjeó una fama tan buena con los profesores como mala con sus compañeros. El odio que provocaba en sus antiguos amigos era directamente proporcional a la devoción que le profesaban sus maestros.
Raúl se había convertido en el salvavidas que siempre estaba ahí para rescatarla de los desprecios del resto de la clase.
Para más inri, esas malditas tetas no dejaban de crecer, y el apodo de Pamela Anderson no tardó en correr como la pólvora durante los recreos. La serie de Los vigilantes de la playa había marcado tendencias, y esos malvados niños no dudaron en plantarle el dichoso mote el día que el profesor de gimnasia la obligó a saltar a la comba.
No quería que aquello volviese a pasar. Las risas de todos los niños al ver botar aquellas tetas que no deberían estar en un cuerpo de doce años solamente eran contrarrestadas por las miradas de envidia de las niñas. Nunca más usaría esa camiseta ajustada que Alfredo le había comprado a principio de curso aunque ella se quejase de que le parecía escasa.
Más de una vez había pensado que don Emilio la obligaba a saltar precisamente para deleitarse con aquel bamboleo, pero por ahora no le había dado ningún otro motivo para tener esa certeza.
Esta vez no cogerían el autobús. La víbora de Inés, aprovechándose de la ausencia de doña Carmen, se había fabricado unas tetas postizas a base de papeles arrugados bajo su jersey de pico, y se había paseado por la clase, burlándose de ella.
Desde la distancia, Raúl le decía con la mirada que respirase hondo y que no entrase al trapo de las provocaciones de aquella insoportable arpía, pero Mauri estaba a punto de estallar. Solamente la vuelta a clase de doña Carmen pudo evitar que ese día Inés se fuese a casita con la boca reventada, pero algún día se lo haría pagar caro.
Mochila al hombro, Raúl no dejaba de dar patadas a cada una de las piedrecillas que encontraba en el camino, mientras que Mauri llevaba la mirada fija al frente esgrimiendo un gesto tan retorcido que no hacía falta preguntarle para entender que por ahora no quería hablar.
Esa tarde tendrían que hacer un trabajo juntos y para ello Mauri había pedido permiso a Alfredo para quedarse a comer en casa de Raúl. Merce no era muy buena cocinera. Tenía treinta y dos años, y nunca llegó a casarse. El chico que la dejó preñada de Raúl no tenía pensado implicarse en el embarazo. Además, los padres de él intentaron de forma muy concienzuda que su preñez se interrumpiese.
Por nada del mundo iba a abortar. Le daba un miedo terrible y, aunque sus propios padres la echaron de casa al enterarse, ella no dudó en seguir con la gestación de su bebé. Nunca se arrepintió, nada de eso, cada día celebraba haber tomado aquella decisión. Nadie le dijo que iba a ser fácil, y de hecho no lo fue, pero esa situación le hizo convertirse en la mujer de hierro que era.
No había vuelto a tener ninguna relación seria con nadie. Usaba a los chicos, aspirantes a hombres, como pañuelos de papel. Una vez utilizados, los dejaba de patitas en la calle antes de irse a dormir.
Raúl había visto pasar por aquella casa a muchos varones con la mirada cargada de deseo, pero sabía algo que ellos desconocían: solamente los vería esa vez.
Ese día, los tortellini al microondas le habían salido perfectos, cómo no, y tras apurarse los flanes de huevo los dos se marcharon a la habitación de Raúl.
—¿Cierras la puerta con pestillo?
—Claro. Mi madre dice que con esta edad ya voy necesitando de intimidad. No entiendo muy bien qué quiere decir con eso, pero, cuando preciso estar a solas, solo tengo que echar el pestillo.
Mauri miraba a la puerta deseando tener una así en casa, pero la suya nunca dispondría de un cerrojo. Alfredo jamás lo consentiría.
Toc-toc.
—¿Sí, mamá?
—Me marcho al gimnasio. Volveré en un par de horas. Portaos bien.
―Sí, mamá.
Mauri miraba aquella puerta cerrada y le resultaba curioso que Merce no hubiese querido fisgonear para saber de qué trataba el trabajo que tenían que hacer. Les llevó media hora buscar los datos sobre las investigaciones que estaban reflejadas en la enciclopedia sobre la despoblación de las zonas rurales, y otra hora plasmarlas en dos folios a dos caras. Mauri tenía una capacidad extraordinaria para relatar con sus propias palabras todo lo que leía, y Raúl la idolatraba por ello. Siempre tenían que poner sus dos nombres en los trabajos que hacían en común, pero él sabía que el noventa por ciento pertenecía a su mejor amiga.
—Llevas mucho tiempo sin hablar de… eso.
—¿De qué?
—No seas tonta. Sabes muy bien de qué estoy hablando.
—Ya, el pulpo. Hablar de ello me perjudica.
—Sabes que mi madre te ayudaría con tan solo pedírselo.
Mauri negó con la cabeza mientras grapaba los dos folios y los metía dentro de una funda de plástico.
—La última vez que se me ocurrió contar algo al director, nadie me creyó. Por aquella época era una niña rebelde, y aquellas tonterías que les contó una niña de nueve años quedaron como una forma de querer llamar la atención.
—¿Por eso ahora te has convertido en la alumna perfecta?
Mauri asintió con la mirada perdida.
—Si alguna vez vuelvo a decidirme a decir algo al respecto, no quiero que se excusen en que soy una pésima estudiante y que lo único que busco es algún tipo de venganza debido a mis malas notas.
Raúl se pensó dos veces cómo hacerle la pregunta.
—¿Sigue con sus visitas nocturnas?
Mauri asintió con las lágrimas peleando por no abandonar unos ojos temblorosos.
—Sí. Cada vez lo hace menos, pero no hay semana que no se acerque a mi habitación.
Hacía tiempo que Raúl quería hacerle un tipo de preguntas específicas. Una curiosidad que estaba provocada por la pubertad que a punto estaba de comenzar a germinar en él le empujaba a buscar respuestas, pero nunca se había atrevido por miedo a que se sintiera ofendida.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Por supuesto, Raúl —contestó extrañada.
—Pero no quiero que te enfades. Si no te apetece contestar, lo veré bien.
Mauri elevó las cejas y se encogió de hombros.
—Eso no te lo puedo asegurar. Tú pregunta y yo veré si te contesto o no.
—Es que... yo... quisiera…
Mauri lo observó haciendo fuerza con la mirada para que las palabras comenzasen a salir de la boca de su amigo, hasta que perdió la paciencia.
—¿¡Lo vas a decir hoy, o mañana!?
—¡Vale, vale, no me grites! Quisiera saber qué te hace el pulpo por las noches y qué sientes cuando lo hace.
A Mauri parecía que le acababan de robar el aliento, pero, para la sorpresa de Raúl, su mirada no desprendía ni odio ni asombro. Los segundos iban pasando y, cuando el chico creyó que ahí se acababa todo, incluida la amistad, Mauri salió de su ensimismamiento.
—Ahora soy yo la que te va a hacer otra pregunta, y no quiero que te rías de mí.
—Lánzala —dijo el chico con solemnidad.
—Hace mucho tiempo que necesito contarle a alguien todos los detalles de esas noches en las que el pulpo entra a hurtadillas en mi habitación, pero nunca encuentro las palabras adecuadas para hacerlo.
—No importa. Tú cuéntalo como mejor sepas.
Mauri negó con la cabeza.
—He intentado escribirlo, y nunca consigo completar más de tres renglones. Lo que quiero proponerte es una forma distinta de hacerlo, y no sé si la comprenderás.
Raúl la miraba con los ojos como platos, sin entender de qué le estaba hablando.
—¡Dímelo ya!
—¿Te meterías conmigo en la cama vestido con tu pijama y a oscuras?
¡Tierra, trágame! El estómago de Raúl se había convertido en un molino de viento en medio de un huracán, y los coloretes azotaban su cara tiñéndolos de un color tan rojizo como el infierno.
—Pero tú no tienes pijama.
Raúl se intentó agarrar a cualquier pretexto para que esa petición pasase de largo, pero Mauri llevaba demasiado tiempo planificando la forma de desahogarse con su amigo.
—Lo sé. Pero para explicártelo no me hace ninguna falta.
¡Qué demonios! Él ya era mayor, y por lo menos sabía qué era lo que hacían los adultos en la cama. Estaba cansado de taparse los oídos con la almohada cuando su madre creía que estaba durmiendo, lo que le otorgaba una experiencia, aunque teórica, bastante sólida para enfrentarse a ese paso.
—¿Te atreves? Si tienes miedo de hacerlo no pasa nada.
«¿Miedo dice? ¿Pero quién cree que soy? Yo la he defendido ante los peores matones del colegio. Esto no puede ser peor».
—Por supuesto que me atrevo. He sido yo el que se ha interesado por que lo cuentes.
«Vale. Muy bien. Mi respuesta ha sido contundente».
—Entonces cierra la persiana y apaga la luz.
Raúl asintió sin mucho convencimiento, pero al final se levantó de su silla y tiró de la cinta de la persiana bajándola por completo.
—¿Puedo ponerme el pijama cuando apague la luz?
Mauri sonrió mientras asentía.
—Yo también me quitaré la ropa cuando estemos a oscuras.
El chico retiró las dos sillas para no tropezar con ellas y, tras lanzar una última mirada a Mauri, presionó el interruptor. Las dos respiraciones peleaban por acompasarse, y era como si alguien hubiese subido el sonido de la habitación al máximo.
Raúl sabía a la perfección dónde estaba su pijama. Debajo de la almohada. Esa operación la había repetido miles de veces a oscuras, pero ese día parecía que estuviese en la habitación de un desconocido.
El chico se desprendió de sus pantalones vaqueros y de su jersey, y se plantó como buenamente pudo el pijama fino que su madre le había regalado hacía ya tres años y que le llegaba muy por encima de los tobillos. Al acabar, se colocó la camiseta de Mazinger Z y se metió con cuidado en la cama. Los muelles del colchón gruñían como si quisieran escapar de aquella tensión, cosa que a él le habría encantado hacer.
Se tapó con la sábana hasta la barbilla. Era demasiado gruesa, o por lo menos ese día se lo parecía. La muy condenada le estaba haciendo sudar tinta, o quizá eso no tenía nada que ver. Él se sobresaltó con cada zapatilla que golpeó el suelo, y mucho más al oír una cremallera bajarse. ¡No tenía pijama! ¿Qué se iba a poner?
La oscuridad rozaba la totalidad, y apenas podía distinguir las perfiladas líneas de la figura de su amiga. La persiana pareció ser lo suficientemente efectiva para que ese trago pudiera pasar más livianamente.
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