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Kitabı oku: «Estudios históricos del reinado de Felipe II», sayfa 9

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Los turcos tenían aviso ya de lo que padecían, y así por apretallos más, á los 8 de junio, al alba, el Bajá había mandado poner en orden todos los esquifes del armada y algunas fragatas armadas y barquillas con esmeriles y mosquetes y banderetas, con 2.500 turcos, y así vinieron á la vuelta de las galeras, y Dragut envió por tierra otros 4.000 turcos y moros, porque en aquella sazón menguaba el agua, y así dieron el combate á las galeras por un gran rato, sin poder llegar á ellas, porque estaban muy bien proveídas de soldados franceses, italianos y españoles, los cuales las defendieron muy valientemente, y mataron é hirieron más de 400 turcos, entre los cuales fueron muertos más de 25 á 30 capitanes de galeras y arraezes, como ellos se quejaban y decían públicamente.

Este día se halló en las dichas galeras por cabeza de los italianos el capitán Fantón, siciliano, bien entendido y valiente soldado; de los franceses el coronel Masa, caballero de la Orden de San Juan; de algunos españoles, el sargento del Capitán Orejón; y así viendo los turcos que allende del daño que les hacían de las galeras, que del fuerte también habían echado á fondo algunos esquifes llenos de turcos, y que ya los esmeriles y arcabuces de la muralla los mataban por través, acordaron de retirarse con gran pérdida.

Estando este ruido y hervor de combate, pareció en el fuerte una paloma blanca con algunas pintas, la cual, entre tanto que pasó el dicho combate, andaba volando alrededor del fuerte; y como los cristianos hobieron la victoria, se fué, que no la vieron más después, ni primero la habían visto, si no es aquel día. Los soldados, habiendo tenido ésta por buena señal, alababan á Dios y decían que les enviaba el Espíritu Santo, que les había traído la victoria, como en efecto fué gran milagro, y luego D. Alvaro de Sande hizo decir una misa cantada del Espíritu Santo con Te Deum laudamus, y todos los capitanes y soldados cobraron gran esfuerzo y más que antes tenían, y en este propio día se entendió que el Bajá se quería ir dejando la empresa, y así lo hicieran si no por Dragut, el cual con grandes ruegos y haciendo grande instancia se ofrecía de fenecella, diciendo que sin combate por mar ni por tierra ni perder un hombre más le quería dar el fuerte en las manos, porque de nuevo había entendido por muy cierto que en el fuerte no había más agua, como era verdad.

Pasado que fué esto, D. Alvaro hizo poner fuego á tres galeras de las que había en el canal, y la guardia que estaba en ellas la hizo venir al fuerte, porque tenía bien menester della, estando seguro que las cuatro galeras no serían más acometidas, porque eran bastantes para guardarse y tener el paso de la mar para que las fragatas que viniesen de Sicilia y Malta pudiesen venir y tornar, y que las galeras y otros bajeles de los enemigos no se pudiesen acercar al fuerte ni dalles nenguna pesadumbre. Las dichas cuatro galeras que quedaron estaban bien proveídas de soldados.

En el fuerte, en tanto estrecho y extrema necesidad de agua, determinó á los 29 de julio de salir fuera con todos los capitanes y soldados que estaban para poder pelear, é ir con ellos á dar la batalla al campo de los turcos y desbaratallos ó quedar allí muertos todos. Eran muy pocos los cristianos, que entre todos los que se hallaron para poder tomar armas, no llegaban á 800 soldados, y todos flacos y maltratados y consumidos de la hambre y sed y mal que padecían; los demás estaban heridos y enfermos, que serían 1.500 escasamente, y así, dejando en las dos baterías y en toda la otra muralla hasta 200 soldados, con el resto, dos horas antes del día, D. Alvaro, sin haber dicho palabra á los Capitanes, que quería hacer tal efecto de salir fuera, ni menos habiendo antes de eso querido comunicar cosa alguna con nadie ni consentido que ninguno viniese á decille su parecer, haciendo todas las cosas de su cabeza, sin tratallas con algunos, bien que los Capitanes y soldados pláticos entendían que se podía hacer de otra manera mejor que se hacía, y le dejaban hacer por la autoridad que tenía, siendo Coronel de toda la infantería española y Lugarteniente de Su Excelencia, y así cada uno estaba callado, que no osaba hacer otra cosa, y también le valió mucho para esto el crédito que en lo pasado había tenido de buen soldado, según todos dicen.

Esta vez salió fuera con muy mala orden, que al parecer de buenos soldados, por el caballero de Su Excelencia, que estaba todo batido y abierto, y muy cercano á la trinchera de los turcos, y por el caballero del señor Andrea Gonzaga, que asimismo estaba deshecho y derribado, podía salir Don Alvaro, haciendo dos partes de toda la gente, y en la una ir él, y dar otra á algunos buenos y pláticos Capitanes, los cuales tomasen la vanguardia, y salir todos juntos de golpe y á un tiempo, con orden y concierto de venirse á encontrar en medio del camino, donde había plaza para quedar los que salían en retaguardia, en escuadrón, y marchar los demás, pasando á cuchillo á todos cuantos turcos topase en estrecho, é ir en escuadrón con buen concierto, siguiendo la victoria, que la tenían desta manera, con la ayuda de Dios, muy segura y cierta, y así sucedía muy mejor de lo que fué; pero D. Alvaro dentro, y creyendo que fuese muerto ó preso, estaban muy confusos y alborotados, y algunos capitanes y gentiles-hombres particulares, desampar[ando] sus cuarteles y la muralla, se metían dentro del castillo con determinación de curarse y abestionarse dentro, y hacer sus partidos y conciertos para salvarse, teniendo ya por perdido el fuerte, no acordándose de lo que eran obligados hacer por su honra ni la salvación de sus compañías ni de los otros soldados que habían dejado fuera al cuchillo de los enemigos.

En este medio llegó nueva que D. Alvaro enviaba á tomar vestidos para mudarse y á que llevasen los remos y vela que estaban dentro el castillo de una fragata que era venida de Mesina pocos días había, con intención de irse en siendo de noche; y como se entendió esto, los capitanes y soldados comenzaron á alborotarse y á no consentir que le llevasen la vela y remos, y entre los otros D. Guillén Barbarán, caballero sardo, dió de cuchilladas á aquéllos que los llevaban, é hízoselos dejar.

Viéndose todos en tales términos, que D. Alvaro había desamparado el fuerte, y con determinación, según se entendía, de no volver más á él, habiendo tanta falta de agua, que de lo demás tenían bastimento para muchos días, sabiendo que fuera, en el caballero de Gonzaga, se hallaba el capitán D. Juan de Castilla con su compañía, que ninguna otra cosa había quedado fuera del castillo, y tenía consigo las compañías del capitán Juan de Funes y del capitán Olivera y Ortiz, el cual había muerto un día antes, las cuales compañías estaban señaladas para la guardia del dicho caballero y batería, que todo estaba abierto y llano, y estas compañías con la mayor parte destos oficiales y todos los soldados se hallaban allí para su defensa, y no llegaban á 80 hombres; demás destos tenían orden de socorrellos cuando fuera menester, el capitán siciliano Jorge Siciliano y otro capitán milanés que se llamaba Juan Paulo, y era izquierdo; todos eran buenos capitanes y valientes, y se hallaron con el dicho capitán D. Juan de Castilla, entrambos con hasta 30 soldados de los suyos y un lugarteniente de alemanes de la guardia de D. Alvaro de Sande, con otros 30 soldados tudescos. También se hallaron allí algunos gentiles-hombres de la casa de Su Excelencia, los cuales asimismo tenían orden de acudir á este caballero cuando quiera que se tocara arma, y todos lo hicieron muy bien, entre los cuales se halló un gentil-hombre que se llamaba Beltrán, que era maestresala de Su Excelencia, y éste se señaló más que todos peleando hasta que el dicho caballero fué tomado, porque todos éstos que habemos dicho no sabían nada de cosa que se hacía dentro el fuerte, antes pensaban que todos estuviesen en sus postas y en los lugares que les habían señalado para que guardasen, y que los otros capitanes y gentiles-hombres particulares que faltaban era por otra causa y no por haberse huído y retirado al castillo.

En esto arribó Antonio de Avila, sargento mayor del tercio de Sicilia, y en presencia de todos llamó al capitán D. Juan de Castilla y le dijo de parte de todos los capitanes y soldados que Don Alvaro se había metido en las galeras con intención, según decía, de irse en la fragata en siendo de noche, y que los otros capitanes se habían retirado en el castillo, por lo cual le rogaban que quisiese tomar el gobierno de aquellos soldados y del fuerte, y que hiciese arbolar una bandera de paz y rindiese el fuerte, y hiciese con los turcos los mejores partidos que pudiese para salvar aquella gente que allí estaba, la cual se tenía ya por perdida.

El dicho capitán D. Juan de Castilla dió por respuesta que, aunque D. Alvaro y todos los otros capitanes hobiesen faltado de cumplir con lo que eran obligados, que él era cristiano y buen caballero, y soldado como todos ellos, y que no haría falta de lo que cumplía al servicio de Dios y de Su Majestad y á su honor, y que se maravillaba mucho dellos que tuviesen dél tan mala opinión que le enviasen á decir semejante embajada, que hobiese de hacer cosa tan vil y vergonzosa como era rendir el fuerte; y así les envió á decir que, si ellos querían defenderse y morir por la fe de Nuestro Señor Jesucristo y por servicio de su Rey, y por la honra y reputación de cada nación de las que allí había, que él tomaría el gobierno dellos y del fuerte, y que lo ternía por gran favor y honra que le hacían, y que esperaba de Dios de tener tan buen orden, que se habría la victoria, porque tenía aviso por una carta que había tirado un renegado con una flecha, aquella propia mañana, que les había de dar el asalto, y que ninguno se parase á pensar en la falta que había de agua ni de ninguna otra cosa, sino que cada uno atendiese á pelear y defender el fuerte y á sí mismos; y con esta respuesta envió al dicho sargento mayor, y que no queriendo así que ni él ni aquellos otros dos capitanes italianos con el resto de los soldados y de otros amigos suyos no querían sino pelear y morir antes que hacer cosa que fuese menoscabo de su honra, y no tornando dicho sargento mayor, los dichos capitanes de ahí á poco querían hacer consejo entrellos, y enviaron á decir á D. Juan de Castilla con un caballero de la orden de San Juan, que se llama Garay, que viniese á hallarse en consejo, y él, viendo que los turcos se ponían en orden y se juntaban, envióles á decir cómo los turcos estaban juntos en gran número en las trincheras y que tenían las armas en las manos, y que ya no era tiempo de otro consejo ni acuerdo sino de estar cada uno en su lugar como él y otros lo hacían, que servían al Rey, y que lo tuvieran por excusado, y que les rogaba que hiciesen lo que debían; y esto les envió por respuesta con el dicho caballero, el cual se lo dijo así á los dichos capitanes, y con esta resolución ellos hicieron su consejo y eligieron por gobernador al capitán Rodrigo Zapata, y así, de allí á un poco, en el caballero de Su Excelencia se arboló una bandera blanca de paz, y viéndola los turcos saltaron fuera de las trincheras y comenzaron á venir hacia el fuerte á parlamento, y buena parte dellos, con muchos de pie y de caballo, se fueron la vuelta de las galeras, porque habían oído decir que D. Alvaro de Sande estaba dentro dellas, y los que había en su guardia, viendo el fuerte en aquel término y creyendo que fuese ya perdido, se rindieron sin pelear, y Don Alvaro de Sande fué tomado por Barmuzo, cómitre real del armada turquesca, y fué llevado con una fragata en tierra, en la tienda del Bajá, el cual y Dragut también estaban en sus trincheras esperando la respuesta de lo que los del fuerte querían hacer.

En esto los capitanes y soldados arriba nombrados, que se hallaban en el caballero de Gonzaga, pensando que los turcos querían dar el asalto, comenzaron á tocar arma y tiraron arcabuzazos y poner en orden las minas de fuego y otras cosas que tenían hechas para su defensa, y del caballero de la Cerda les dieron voces que no tirasen, porque estaba ya arbolada la bandera de paz. Y así, viniendo al caballero de Gonzaga el gobernador Rodrigo Zapata y el capitán Diego de Vera, como los vió el capitán D. Juan de Castilla, quiso reñir con ellos y díjoles bien alto, que lo oyeron todos, que á qué venían allí y qué querían, y yéndose ellos les envió el alférez del capitán Olivera, al cual encargó que dijese al dicho gobernador Rodrigo Zapata que D. Juan de Castilla se protestaba de parte de Su Majestad y de Su Excelencia que no hablase ni dejase hablar á ningún soldado con los turcos, ni hacer otro pacto ni concierto con ellos, porque no se lo cumplirían ni guardarían, sino que procuraran de defender el fuerte, que aún estaban á tiempo de poderlo hacer, y á esto no respondieron cosa ninguna; que á esta sazón el capitán de Funes y el capitán Juan de Montiel de Zayas y el capitán Juan del Aguila, habían salido á parlamento fuera del fuerte, con el Bajá y Dragut; y el capitán Juan de Funes, por orden del Bajá, después que hobieron hablado largamente, volvió dentro en el fuerte diciendo que serían salvos y libres todos los Oficiales y 25 soldados por cada compañía, y con este recaudo y resolución le enviaba el Bajá, y con él dos turcos para escrebir y tomar por letra los dineros, moniciones y vituallas, y el número de la gente que se hallaba dentro.

El capitán Juan de Gama se salió fuera y se fué de su propia autoridad y sin orden de ninguno á la tienda del Bajá y allí se rindió á buena guerra, por no faltar de su costumbre, y después con el tiempo y su poca vergüenza, le dieron libertad, y se fué con los otros capitanes que habían rendido el fuerte, en libertad, los cuales, ni más ni menos, habido la libertad por este insine servicio que hicieron al Bajá, sin ningún temor de Dios ni vergüenza de la cristiandad.

Los turcos decían que los dineros pasaban de 50.000 ducados, mas tiénese por cierto que no sea verdad y que no fuesen aun la mitad. Y viendo esto el capitán D. Juan de Castilla, y habiéndole avisado un paje de Su Excelencia, llamado Calveti, que los soldados hablaban con los turcos y que tomaban pan y agua y fruta que les daban, hizo retirar y puso de guardia en la dicha batería á su alférez D. Diego de Castilla, su hermano, y al sargento del capitán Olivera, que se llamaba Valdés, y éste quedó después captivo en Trípol, y entrambos á dos eran muy valientes soldados, y dióles orden que no dejasen llegar á nadie á la batería, ni menos que tomasen cosa alguna de los turcos, y él entre tanto entendía en repararse y apercibir y poner en orden á los soldados que allí tenía para defenderse, determinado de hacer todo lo posible hasta la muerte; y así mandó á su alférez que quemase la bandera, y á sus criados que rompiesen y echasen en el fuego unos reposteros suyos, porque tenían el escudo de sus armas, y esto hizo á fin que los turcos no podiesen hacer triunfo con su bandera como hicieron de las otras que ganaron de los nuestros, colgándolas de las entenas de sus galeras, y así dió á saco lo demás de su ropa y no quiso salvalla dentro del castillo, como lo hicieron otros Capitanes y gentiles-hombres; también quería que quedase allí su ropa y lo que tenía.

Y como los turcos hobieron asegurado un poco á los del fuerte, mostrándoles buen rostro y el semblante alegre, de allí á dos horas, al poner el sol, estando todos bien descuidados desto, arremetieron por todas partes y sin mucha resistencia entraron dentro y encomenzaron á matar á cuantos hallaron en aquella primera furia, y así murieron muchos, especialmente aquéllos que estaban enfermos y heridos, y la mayor parte de aquéllos se hallaron en el caballero del señor Andrea Gonzaga, porque no se querían rendir sino peleando, se defendían cuanto podían, y así los que escaparon con la vida, fueron tomados con sus armas defendiéndose, y éstos fueron los que estaban bien armados, y así acabaron todos muy honrosamente, como valientes y esforzados capitanes y soldados.

Luego los turcos se pusieron al derredor del castillo, y este día no lo tomaron, hasta otro que el Bajá y Dragut se hallaron á la puerta del castillo, como salían los capitanes que se habían encerrado y retirado dentro, por miedo que tuvieron de perder la vida, y asimismo otros capitanes y gentiles-hombres particulares que estaban heridos, que entre todos serían pocos menos de 1.000 hombres, y los escribían á cada uno por su nombre, y fueron consignados por captivos del gran Turco, y donde los pobres quedan con poca esperanza de haber libertad, y éstos creyendo salvarse en el castillo acertaron mal, porque fué peor para ellos, que los otros que fueron presos en el fuerte quedaron en poder de particulares, los cuales con el tiempo podrán haber la libertad, ó por rescate ó por otra manera, y algunos se rescataron muy presto y otros huyeron y se salvaron.

Así miserablemente se perdieron aquéllos que quedaron en el fuerte y en las galeras. Dios se lo perdone á quien fué causa de tan gran pérdida y destrozo y tan universal daño de la cristiandad, porque si al tiempo que la armada turquesca llegó estaban quedos y firmes así los de mar como los de tierra, no les podía faltar más seguro partido y mejor suerte, y no murieran tantos pobres hombres y desdichados heridos y dolientes, que era la mayor piedad y compasión del mundo vellos hacer pedazos sin poder tomar armas para defenderse, y con tanta crueldad ser muertos.

Dios dé gloria y reposo á sus ánimas, y concordia á los cristianos para que puedan vengarse deste daño que recibieron de los enemigos de Jesucristo, que ciertamente esta victoria ha ensoberbecido de tal manera á aquellos infieles, que no estiman más á los cristianos que si no estuviesen en el mundo, y si Dios no provee, se harán de contino más grandes y poderosos.

Todo esto que he dicho ví por mis propios ojos y aun podría contar otras particularidades; mas me remito al que quisiere tomar la mano que sea de mejor juicio, y por lo pasado y porvenir, sea loado el nombre de Nuestro Señor Jesucristo. Amén.

Hállase esta traducción, de letra del siglo XVI, en un códice en 4.º de Misceláneas que se halla en la biblioteca alta del Escorial, iij-23, y tiene el original 17 hojas. Confrontóse allí mismo á 10 de noviembre de 1791. – Martín Fernández de Navarrete.

APÉNDICE II

CARTA

de D. Juan de la Cerda, Duque de Medina Celi, fecha en Mesina á 7 de enero de 1564, remitiendo al Dr. Páez, Cronista de S. M., la relación que D. Alvaro de Sande había dado á S. M. acerca de la jornada de Berbería, con anotaciones suyas 41.

Muy magnífico Señor: Los otros días me enviaron de la Corte la copia de una relación que dió D. Alvaro de Sande á su maj. del progreso de la jornada de Berbería, ó por mejor decir, de nuestra tragedia; sobre la cual me paresció apunctar algunas cosas de que tenía memoria pontual por hauerlas encomendado los mismos días que sucedían á la escritura; la qual solamente con lo que tenía vestido saqué del fuerte, y vna pequeña ymagen de plata de nra. Sra. en el gueco de la qual hauia ciertas Reliquias que mis padres tenían en mucho, por deuoción y compañía de los peligros del viaje de la fragata, y porque los papeles acabassen conmigo si assí nro. Sr. lo quería, los quales se están todavía en borrador assí porque juzgándose comunmente los hechos por los fines no merecían sacarse en limpio, como por las ocupaciones deste cargo, y también por no Renouar los dolores, y digo pues Sr. que lo que apuncto en la dicha Relación es la pura verdad, y que si quisiera escribir historia, ó en aquel lugar conviniera que en cada cosa me pudiera dilatar mucho, assí sobre lo que apuncto como sobre lo que queda omiso en algunos lugares, porque mi intención ha sido apunctar lo que á D. Alvaro no se acuerda y declarar algunos motivos y causas que me mouieron á las Resoluciones que tomé desde el comienço de la jornada hasta que dexé aquel castillo en su poder. Y porque no menos me tienen cansado los juicios que sin oir las partes he entendido que en diuersos cabos se han hecho del discurso de este viaje y del fin del que su adverso succeso no pensaua tratar más dél: sino satisfacerme con enterrallo yo de mi parte, aunque otros lo tengan al ayre. Todauía por lo que se deue á la subcessión, pues nro. Sr. ha sido seruido de dármela, pienso hurtar algún tiempo á las horas de Reposar de los trauajos ordinarios y sacar en limpio las notas que hize, y embiaroslas Sor. las quales sino fueren por el estilo ó orden que á buen orador conuiene, no será menester pedir que nos cause admiración, pues se sabe que no estudié, lo qual fuera bien apropósito haberlo hecho para esto, si tubiera tanto fin á que paresciera bien lo que se hizo, como de que sepáis la verdad, para lo qual hubiera menester buscar suficiente ayuda, lo qual no Requiere mi intento, porque es la Verdad vna coluna tan firme que no puede ser rota jamás, y tan clara y tersa que no puede durar mucho en ella la mancha y escuridad. Acceptarlo eys Sor. quando fuere y agora esta Relación para hazer della lo que os paresciere, que aunque sólo sirua de que la veays, es demasiada satisfacción para mí que vn tan mi amigo sepa en esto lo mismo que yo y que considere en todo el discurso que lo que la fortuna no quiso que se hiziesse lo pedí en la ocasión á cuyo cargo libremente estaua, que lo que se perdió no me hallé en ello en persona ny en consejo, y que no faltó cosa de lo que tocó á mi prouisión como los Retratadores del viaje proponían, y que perdí más hacienda, más amigos, más criados y mi propia sangre, y lo ganado y las esperanzas dello, lo cual no caresce de misterio, y todo para que conozca á Dios, el qual, quién sabe si me ha guardado para alguna cosa de mayor importancia de su seruicio y de my Rey, lo que me tiene con esperanza entre cíclopos en no pequeña penitencia, y tal que por lo que yo deuo holgar de escribiros Sor. siquiera por gustar de vuestras Respuestas y hazello tan raras vezes, la podeys muy bien juzgar, y si la ocupación es pequeña ó fastidiosa. Guarde nro. Sor. vra. muy magnífica persona como Sor. deseays, de Mecina á vij de enero 1564.

A lo que v. m. mandare. – D. Juan de la Cerda.

Sobrescrito. – Al muy magnífico Sr. el Sr. Doctor Paez, Coronista de su Majestad.

41.Original en la Academia de la Historia, Colección Velázquez, T-36, est. 22, gr. 4, núm. 75.
Yaş sınırı:
12+
Litres'teki yayın tarihi:
27 eylül 2017
Hacim:
380 s. 1 illüstrasyon
Telif hakkı:
Public Domain