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Kitabı oku: «La alhambra; leyendas árabes», sayfa 24

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XXV

¿Qué habia acontecido, pues, dentro de la caverna de las trescientas cincuenta y cuatro malas hadas al walí Abd-el-Rahhaman?

Apenas entró en ella, sintió un vértigo inesplicable y se sentó junto á una piedra.

Poco despues reclinó su cabeza en sus rodillas y se durmió.

De repente sintió que le movian suavemente, y oyó una voz que le dijo:

– ¡Despierta! infante Abd-el-Rahhaman.

El walí abrió los ojos, y no se encontró ya en la gruta, si no en un alcázar maravilloso.

Pero aquel alcázar tenia algo de terrible.

Parecia que sus cúpulas estaban perdidas en una niebla vaga, infinita, á través de la cual penetraba una claridad fria.

Los arcos, las galerías, las columnas, estaban abiertos á un espacio nebuloso tambien, infinito, frio, apenador.

El alcázar parecia estar suspendido en el abismo, y flotar sobre él.

Entre los arcos, entre las galerías, entre las columnas, pasaban y cruzaban, y volvian á pasar y á cruzar, confundiéndose, mezclándose, sombras indecisas, que como las nubes, se estendian y cambiaban de forma, dejándose ver á veces cerca y determinadas como mugeres hermosas y ricamente engalanadas, que fijaban por un momento sus ojos negros y relucientes, en Abd-el-Rahhaman, y luego se alejaban como empujadas por el viento, y se confundian en la niebla volviendo á dejarse ver en una nueva oleada.

– ¡Oh, poderoso Allah! dijo el walí; ¿qué doncellas son estas, que así vienen y ván, y que así me miran y que no se acercan á mí? Todas son resplandecientes como gotas de rocío á los rayos del sol, y todas hermosas, y todas anhelantes y tristes. ¿Por qué turban mi razon esas mugeres, y me embriagan y avivan recuerdos de mi juventud ya acibarados por los años y por las desgracias?

– ¡Abd-el-Rahhaman! dijo una voz que parecia salir de la inmensidad, sonora, vibrante, que puso espanto en el corazon del walí: ¿qué has hecho de tus hijos?

– ¡Mis hijos! esclamó Abd-el-Rahhaman: ¡mis hijos, genio invisible, yo no tengo mas que un hijo!

– A más del asesino del rey Abul-Walid, has tenido dos hijas: ¿qué has hecho de ellas?

– La una me la robó su madre; la otra me la robaron los cristianos, contestó el walí.

– Dos de tus hijos están malditos, esclamó la voz.

– ¡Ah, perdon para ellos! repuso el walí.

– La última hija tuya, tu María…

– ¡Ah! ¿qué es de María? esclamó el walí.

– ¡María! corre á la Alhambra, walí, corre á la Alhambra, y salva á María porque la impureza y el crimen la acechan.

– El walí guardó silencio aterrado.

– ¿Te acuerdas de tu sobrina Aleidah, la sultana de Granada?

– ¡Ah, infeliz!

– Fué envenenada por una muger terrible.

– ¿Y quién es esa muger; vive, puedo tomar venganza de ella?

– Esa muger ocupó el tálamo vacío de Abul-Walid; esa muger fué sultana; esa muger envenenó al que creia su padre…

– ¿Pues quién fué su padre?

– Su nombre está envuelto en un misterio para tí, porque es necesario que se cumpla una venganza terrible.

– ¿Y sabré el nombre del padre de esa muger?

– Cuando la hayas esterminado.

– ¡Matadora de Aleidah! ¡envenenadora del que creia su padre!

– Y la condenacion del alma de tu hijo.

– ¡De mi hijo!

– Sí; de tu hijo que enloquece entre los brazos de la adúltera: de tu hijo que amaba á su prima la sultana Aleidah, y que al estremecerse de amor entre los brazos de la sultana que mató á su padre y á su esposo, ignora que mató tambien á la anterior sultana.

– ¡Invisible genio! ¿me haces esta revelacion para que castigue tantos crímenes?

– Sí; toma.

Un pergamino enrollado cayó á los pies del infante Abd-el-Rahhaman.

– ¿Qué es esto, poderoso genio? dijo el infante.

– Esa es la historia de los crímenes de la sultana Ketirah, y de su cómplice el wacir Masud-Almoharaví: dá esta historia á tu hijo.

– ¿Y dónde encontraré á mi hijo, poderoso genio?

– Mañana, cuando la noche sobrevenga, en el sendero por donde marches, encontrarás sentado y de frente á tí, un perro blanco de montería. Cuando te llegues á él, el perro se levantará y correrá delante de tí; sigue á ese perro y él te llevará á el lugar de donde todas las noches sale tu hijo para perder su alma entre los brazos de Ketirah.

– ¡Poderoso genio!.. dijo el walí.

– Yo no soy genio… soy un condenado que vaga sobre la tierra, hasta el dia en que, siendo el vengador de los crímenes de los hombres, alcance mi perdon.

– ¡Ah! ¿tú has sido hombre?

– Sí; yo he sido el rey mago, Abu-Jacub-el-Alime, y esas doncellas que ves aparecer y desaparecer entre la niebla y que no te despedazan porque te protejo yo, son mis trescientas cincuenta y cuatro hijas malditas: una por cada dia de pecado.

Y apenas la voz del mago Abu-Jacub, pronunció estas palabras, cuando el alcázar fantástico y sus hadas malditas se desvanecieron en una niebla impura, resonaron gritos horribles, como de mugeres desesperadas que se alejaban, y se perdieron al fin en el silencio, y el rey se puso de pie, y se encontró en medio de la caverna, por cuya abertura penetraba la luz de la luna.

– ¡Oh! ha sido un sueño, un horrible sueño: yo habia oido contar muchas veces el cuento de las hadas malditas hijas del mago, pero no sabia que fuese esta la caverna; además, llevo conmigo un anillo mágico que me protege, pero este pergamino, añadió reparando en uno enrollado que tenia entre los pliegues de su faja… ¡Oh! ¡este pergamino escrito!.. ¿con que esto ha sido mas que un sueño? ¡Oh, poderoso Allah! ¡que se cumpla lo que está escrito! ¡si encuentro un perro blanco de montería, le seguiré, y si encuentro á mi hijo le daré este pergamino! ¡Oh, poderoso Señor! ¡que se cumpla tu voluntad!

Y saliendo de la gruta, despertó á su secretario Zuleka, que dormia á su entrada.

– ¡A caballo! dijo el infante, y prosigamos nuestro camino.

Zuleka se llevó la corneta á los labios y tocó á cabalgar: los cien ginetes salieron de debajo del resalte de la roca, donde se habian acogido durante la tempestad, y poco despues, el infante, Zuleka y los esclavos, cabalgaban á la orilla del torrente rojo que la tormenta habia formado en la rambla.

XXVI

Era la noche del siguiente dia: la luna brillaba en medio del firmamento.

El walí de Algeciras habia soltado las riendas sobre el cuello de su caballo, habia inclinado la cabeza y se habia dormido.

A Zuleka le habia acontecido otro tanto.

Otro tanto á los cien ginetes.

Los caballos seguian uno tras otro por un sendero de la montaña.

De repente el caballo del infante, que iba el delantero, se paró, erguió el cuello, olfateó el aire, rehiló las orejas y lanzó un largo relincho.

Luego partió á la carrera, raudo y pujante como la tormenta, perdiéndose por entre las revueltas de la montaña con la misma valentía con que hubiera corrido por el llano.

Muy pronto quedaron atrás Zuleka y los ginetes, y las rocas y las colinas parecian huir deslizándose junto al caballo.

Y cuando el caballo encontraba una roca en medio del sendero, la salvaba de un salto, y de la misma manera salvaba las cortaduras que se le oponian.

Y el infante, á pesar de la rápida carrera de su caballo, seguia durmiendo.

Súbito se oyó entre las quebraduras un ladrido potente, ronco, prolongado; y como si aquel ladrido hubiera tenido mas fuerza que la violenta carrera del caballo, el infante despertó.

Y al despertar el infante, el caballo se paró de repente, como si le hubiera dominado un encanto.

Y Abd-el-Rahhaman vió delante de sí, en la entrada de un sendero, á la luz de la luna, un enorme perro de montería, sentado y mirándole de hito en hito, con unos ojos que parecian brasas.

El infante invocó á Dios.

Aquel perro era horrible, feróz.

Sus largas lanas blancas arrastraban por el suelo.

Al ver ante sí al infante se levantó, se volvió, y se dió á correr por la montaña.

El infante apretó los acicates á su caballo, que partió tras el perro.

Y el perro siguió corriendo por cortaduras, por precipicios, por ramblas y por desfiladeros.

A cada paso que adelantaban, el paisage se hacia mas agreste y bravio, mas triste y mas opaca la luz de la luna.

Al fin el perro se detuvo en la cumbre de un cerro, delante de una vieja torre de atalaya.

El infante refrenó su caballo.

Y echó pie á tierra.

Cuando buscó al perro, este habia desaparecido.

Por una de las saeteras de la torre se veia una luz rojiza.

La puerta de hierro de la atalaya estaba cerrada.

Cuando el walí de Algeciras se dirigió á ella para llamar, oyó dentro el relincho de un caballo y el crugir de un cerrojo por la parte de adentro de la puerta, que se abrió al fin, dejando ver dos hombres.

Uno de ellos era un esclavo negro: llevaba en la una mano una antorcha, y en la otra tenia del diestro un hermoso caballo árabe.

El otro hombre, era un hermoso y jóven caballero moro.

Al verle, el walí de Algeciras dió un paso atrás.

Aquel caballero era su hijo, el infante de Granada Ebn-Ismail.

El asesino del rey Abul-Walid, el amante de su hermana la sultana Ketirah, el que se habia olvidado de su otra hermana María.

No deben olvidar los que leyeren esta historia, que el mago Jacub-Al-Hakem habia ocultado al walí Abd-el-Rahhaman, que Ketirah era su hija; que el infante Ebn-Ismail ignoraba que fuese su hermana, y que solo conocia este horrible secreto María, que no habia podido revelarlo á nadie recluida en la torre de la Cautiva.

El infante retrocedió á su vez al reconocer á la luz de la luna á su padre.

– Al fin te encuentro, dijo con voz ronca el walí: á tí, que huyes de la luz del sol, de la justicia de los hombres y de la indignacion de tu padre.

– ¡Ah, señor! contestó todo trémulo el infante.

– Zenko, dijo el walí al esclavo de su hijo, ténme el caballo, y tú, añadió dirigiendo severamente su voz al infante, llévame á donde podamos hablar sin que nos escuchen mas oidos que los de Dios.

El infante todo confuso, tomó la antorcha de las manos de Zenko, se dirigió al interior de la torre, y subió por unas escaleras.

Se encontraron al fin en un pequeño espacio, en el que ni lecho habia, y el infante Ebn-Ismail puso la antorcha entre una grieta del muro.

– ¡Digno albergue de un asesino! esclamó el walí mirando severamente á su hijo: cuadra bien á quien tal crímen ha cometido mancillando mis canas; una vieja atalaya abandonada, por refugio, en lo mas áspero de una montaña.

– ¿Sabes tú, padre y señor, por qué maté yo al rey Abul-Walid? dijo Ebn-Ismail levantando los ojos y posándolos en su padre.

– Y aun querrás disculparte de aquel crímen.

– Yo maté á un tirano en medio de su córte, con peligro, y combatí despues la Alhambra; si no pude tomarla no fué mia la culpa si no de la suerte, que me volvió las espaldas.

– Tú mataste al rey, por gozar libremente los amores de la maldita sultana Ketirah.

– ¡Ah! no: es cierto que despues la sultana me ha enloquecido, pero… yo maté al rey, porque pretendia deshonrar á una cautiva que me robó en Martos: fué necesario matarle, para que no sacrificase á sus deseos á la infeliz María.

– ¡María! esclamó Abd-el-Rahhaman: ¡María! ¿es la cristiana que está cautiva en la Alhambra?

– Si señor; ella es.

– Y dime, hijo mio… ¿has amado tú á esa doncella?

– Sí, si señor, pero de una manera tranquila, pura, como se ama á una hermana.

– ¡Oh! ¡gracias! ¡gracias, poderoso Señor, que no has permitido que el hermano deshonre á su hermana!

– ¿Qué decís, señor?

– ¡Oh! nada, nada. Digo que has hecho muy bien en matar al rey.

– Y habeis dicho tambien que María es mi hermana; eso mismo me dijo una noche de una manera misteriosa, un mago, un astrólogo: la noche que precedió al dia en que maté á Abul-Walid, y cuando quise que el mago me esplicase sus palabras, me dijo: «Muestra á tu padre el walí de Algeciras las joyas que tu hermana llevaba el dia en que la encontraste en Martos.»

– ¿Y dónde están esas joyas? dijo con anhelo el walí.

– Aquí, bajo una piedra, escondidas en este mismo aposento.

– ¡Oh! ¡muéstrame, muéstrame esas joyas!

El infante fué á un ángulo del aposento, levantó una piedra, socavó debajo de ella la tierra con su puñal, y sacó un talego de seda, que entregó á su padre.

El walí sacó con ansia aquellas joyas y las examinó.

Eran las mismas que Sancho de Arias habia dado á María.

– ¡Ah! esclamó el walí; ¡las joyas de su madre!

– ¿Y quién era su madre? dijo Ebn-Ismail.

– Su madre no era la tuya; pero ella es mi hija. ¡Y el rey Ismail se habia atrevido á la honra de esa doncella!.. Has hecho bien en matarle: has hecho bien, porque le has matado defendiendo á tu hermana.

– ¡Mi hermana! ¡mi hermana! esclamó Ebn-Ismail: harto me lo decia el corazon!

– Y sin embargo, respecto á otra muger el corazon te ha sido infiel, dijo Abd-el Rahhaman.

– ¡Otra muger!

– La infame sultana Ketirah.

– ¡La infame sultana has dicho, padre y señor!

– Sí; la muger que por ser sultana envenenó á su padre.

– ¡Oh! ¡Dios mio!

– La que ayudándose de Masud-Almoharaví, y ayudándole á él, mató á tu prima la sultana Aleidah.

– ¡La prueba, padre, la prueba! esclamó Ebn-Ismail.

– La conciencia de la sultana Ketirah te dará esa prueba, si quieres, esta misma noche.

– ¡Esta misma noche!

– Sí; ¿para qué salías cuando yo llegué de la torre? Para ir á arrojarte en los brazos de Ketirah.

– Es verdad.

Además este pergamino le revelará los crímenes de la sultana y de su cómplice.

Y dió á su hijo el pergamino que le habia dado el mago en la caverna de las hadas malditas.

– Pues bien; vé, añadió el walí, pero vé á vengar á tu prima la sultana Aleidah, á salvar á tu hermana María: yo te acompañaré.

Y tras estas palabras salieron del aposento y bajaron las escaleras, tomaron los caballos y partieron por entre los cerros á la Alhambra, que ya estaba próxima, el padre y el hijo.

XXVII

– Padre, dijo el infante Ebn-Ismail mientras marchaban, ¿quieres la felicidad de tu hija la cristiana?

– ¡Qué si quiero su felicidad!.. yo la he llorado muerta; yo la he recordado continuamente en mis sueños, sin poder olvidarla; y era que mi hija vivia y su espíritu se hacia sentir del mio. ¡Oh! ¡que si quiero hacerla feliz! ¡Dudarías tú, Mohammet, de que yo desease tu felicidad!

– La felicidad de mi hermana María puede serte muy dolorosa, señor.

– ¡Dolorosa! ¿y por qué?

– María ama á un hombre.

– ¿Y á qué hombre ama?

– A un cristiano.

Detúvose un instante contrariado Abd-el-Rahhaman.

– ¡Ah! dijo, me la robaron los cristianos; ha crecido entre ellos… ha debido, pues, amar á un cristiano… ¿Y ese cristiano es digno de ella y de nuestra sangre?

– Es un valiente caballero de Martos: el dia en que iba á casarse con María, el rey Abul-Walid acometió la villa, y Gonzalo Nuñez sacó á María de la iglesia, la llevó á su casa, y defendió aquella casa con sus parientes y amigos. Yo la acometia. En la acometida mis gentes cayeron como la mies bajo la hoz del segador, y ese valiente mancebo, Gonzalo Nuñez, el amante de mi hermana, cayó al fin á mis pies.

– ¿Y murió?

– No; no lo quiso Dios. Cuando salvé á mi hermana del furor y de la codicia de mis esclavos, porque es muy hermosa y estaba cubierta con las ricas joyas que has visto, padre; cuando la ví llorando, aterrada, trémula, sentí por ella un amor como nunca le habia sentido, dulce, tranquilo. Procuré consolarla, y ella me dijo que habia perdido á su padre y á su esposo. Su padre estaba muerto; pero no se sabia lo que habia sido de su esposo, y le buscamos entre los cadáveres, y le encontramos.

– ¡Vivo!

– Con muy pocas esperanzas de vida. Yo le dejé con mi sabio médico y dí órden á mis esclavos de que le llevasen á mi castillo de Hins-Aleux. Despues pretendí salvar á María, pero no pude. El rey la vió, la codició, y me la robó. Algunos dias despues, maté al rey.

– ¿Y el esposo de María, vive?

– ¡Oh! si señor, vive y está restablecido y fuerte. ¿Quieres hacer feliz á tu hija, señor?

– ¡Oh! sí.

– Pues bien, separémonos en la entrada del camino de Granada que ya está cercano: corre tú al castillo de Hins-Aleux. La noche empieza; picando, bien puedes llegar y traer á Gonzalo antes de la media noche, y entregarle tu hija.

– ¡Oh! ¡poderoso Señor!

– Yo entretanto, veré á la sultana Ketirah, y si no te han engañado, padre y señor, si ella ha sido la envenenadora de mi perdida Aleidah… ¡oh! yo te juro castigarla, señor, y de tal modo, que cause horror á las gentes.

– ¿Y cuando vuelva con Gonzalo, ¿cómo sabré donde está mi hija?

– Entra señor por detrás de la Alhambra y llega hasta la torre de la puerta de Hierro, un esclavo mio te esperará y te guiará. Pero he allí el camino de Granada, señor, yo voy á seguir por los cerros hácia la Alhambra, tú por el camino, gana la Vega y llega á Hins-Aleux. Dí á Gonzalo que eres mi padre, que todo lo sabes y que vas á entregarle tu hija.

– Adios, pues, infante de Granada, hijo mio; adios, pues: ha llegado la hora de comenzar un grande sacrificio y de efectuar una gran venganza.

Y el padre acercó su caballo al de su hijo y le abrazó.

Luego se separó, bajó por un sendero á un ancho camino y partió por él á la carrera.

Ebn-Ismail se lanzó tambien á la carrera por un valle cercano y se perdió en la montaña repitiendo:

– ¡La sultana Ketirah, esa hermosura que parece un arcángel del sétimo cielo y á quien yo adoraba, es la infame envenenadora de mi perdida sultana Aleidah! si mi padre no se ha engañado… ¡oh, mas la valiera no haber nacido!

XXVIII

En una magnífica cámara de un fuerte castillo moro, se paseaba solo un jóven con trage castellano.

Estaba pálido, como acabado de salir de una enfermedad.

Pero era hermoso, muy hermoso, y en la apariencia muy bravo.

Apenas contaría veinte y cuatro años.

De una de las columnas que sostenian la techumbre de cedro de la cámara, estaba colgado un arnés completo castellano, y apoyada en él una larga lanza.

Bajo este arnés se veian los jaeces de un caballo.

El jóven se asomaba de tiempo en tiempo á un ajimez, y miraba á la luna.

Y sus ojos se llenaban de lágrimas.

– ¡Oh! esclamaba: ¿te mirará ella á tí, blanca lámpara de la noche, como yo te miro pensando en ella? ¡Oh, María, mi María!

Y el jóven se apartaba del ajimez, y volvia á pasearse por la cámara.

De repente se escuchó en la poterna el sonido de una bocina; se oyó el estruendo del puente y del rastrillo, y poco despues un moro asomó á la puerta de la cámara y dijo:

– ¡Cristiano! el padre de mi noble y poderoso señor, el esclarecido é invencible walí de Algeciras, Abd-el-Rahhaman, desea verte.

– ¡Oh! que entre, que entre al momento, dijo Gonzalo.

Poco despues entraba en la cámara Ab-el-Rahhaman.

Observó durante algunos segundos en silencio al jóven, y el noble semblante del walí resplandeció con la espresion de la benevolencia.

– Guárdete Dios, mancebo, y te proteja, le dijo: ¿sabes quién soy?

– Sé, segun acaban de decirme, que eres el padre de un caballero moro á quien mi desdicha hizo mi vencedor, y á quien despues me he visto obligado á amar, porque le debo la vida.

– ¡Oh! Ebn-Ismail, mi hijo, te ama tambien, cristiano, y á tí me enviía.

– Gracias doy al cielo de haber conocido un tan grande caballero como demuestras ser. Pero ¿qué me quieres?

– ¿No deseas nada?

– ¡Desear!.. sí, si por cierto… deseo la muerte.

– ¡La muerte!

– Sí; estoy fuera de mi patria, vencido…

– Pero no eres cautivo. En mi hijo has encontrado un hermano; en mí un padre.

– Dios os lo pague, dijo Gonzalo; ¿pero me podreis dar vosotros lo que yo he perdido?

– Hablas como mancebo, y como mancebo enamorado: sobre tí no han llovido todavía todas las amarguras las nubes de la desgracia. Amas y eres amado, y si por algun tiempo el destino te ha robado mi hija…

– ¡Tu hija!.. yo no conozco á tu hija, contestó con estrañeza Gonzalo.

– ¡Que no la conoces, y mueres por ella!

– Te engañas, señor; yo no he amado mas que á una muger, y esa muger es cristiana.

– Mi hija es cristiana tambien.

– La muger que yo amo tiene el hermoso nombre de la santa Vírgen madre de Dios.

– El nombre de la madre de Jesus, es el nombre de mi hija.

– ¡María!

– Sí, María.

– Pero es imposible. La María de mi amor, ha vivido siempre en Martos, y era hija del corregidor Sancho de Arias.

– En Martos ha vivido mi hermosa María, y por hija del corregidor Sancho de Arias pasaba.

– ¡Oh! esto no puede ser.

– Dios, que es Todo poderoso, ha querido que sea.

– ¡Hija tuya, María!

– Sí; y de una rica-hembra aragonesa.

– ¡Oh! no alcanzo á comprenderlo.

– Hace centenares de años que primero los árabes, y despues los moros, estamos en contínuo trato con los cristianos: las razas se han mezclado, porque el amor es mas poderoso que el odio: ya ha sido una hermosa doncella originaria de Africa, cautiva en la entrada de una villa, la que ha dado su sangre á los hijos del cristiano; ya una hermosa cristiana arrebatada á su familia, la que ha dado su sangre á los hijos del Islam. ¿Te parece tan estraño que yo en mis mocedades tomase por esposa á una cristiana, y que la hija, fruto de estos amores, me fuese robada por los cristianos?

– ¡Oh! bien puede ser, dijo Gonzalo.

– ¿Y amarías tú menos á María porque fuese mi hija?

– ¡Aborrecerla! ¿quién habla de aborrecerla? ¿puedo aborrecerla acaso? Y luego, ¿no debo á tu hijo la vida?

– Y tu amor y el honor de María. Si mi hijo no hubiera matado al rey de Granada, ¿qué hubiera sido de ella? ¡Estaria deshonrada, triste y sola en el harem de la Alhambra!

– ¡Oh! ¡Dios mio! ¿y ahora dónde está?

– Cautiva en una torre de la Alhambra.

– ¿Pero, pura… salvada?

– A que me ayudes á salvarla vengo por tí.

– ¡Por mí!

– Sígueme y te entrego á María.

– ¡Oh, si te sigo! dijo Gonzalo dirijiéndose á su armadura.

– Voy á ser tu escudero; dijo el infante Abd-el-Rahhaman tomando las piezas de aquella armadura.

– ¡Oh! ¡sí; pronto! ¡pronto, si de salvarla se trata!

– ¡Salvarla! ¡sí! ¿y crees tú que el salvar á mi hija no me cuesta un inmenso sacrificio?

– ¡Un sacrificio!

– Sí, salvarla es hacerla feliz, segun me ha dicho mi hijo, María te ama de tal modo, que no puede ser feliz sino siendo tu esposa. Tú la llevarás contigo, y yo, que hace catorce años que no la veo, que no la he visto crecer, la veré un momento para perderla despues.

– ¡Perderla! ¿y por qué no seguirnos, señor?

– ¡Seguiros! ¿y á dónde queriais que yo fuese con vosotros?

– A Castilla.

– ¡Entre cristianos!

– ¿Y no es tu hija cristiana?

– Para darte á María, dijo con severidad el infante; ¿te he pedido yo que te quedes entre nosotros, y que apostates de tu religion?

– ¡Ah, señor, perdon!

– ¡Alí! ¡Alí! dijo el infante acabando de enhevillar la última pieza del arnés de Gonzalo: un caballo de batalla, y veinte ginetes. Pronto, pronto.

El esclavo que habia aparecido á la puerta, desapareció.

– No hablemos, pues, mas de esto, dijo el infante dirijiendo de nuevo su palabra á Gonzalo. Así lo ha querido Dios, y así es, porque no puede ser que deje de cumplirse la voluntad de Dios. Ahora, cristiano, sígueme y roguemos á Dios que nos proteja, porque la empresa que vamos á acometer es peligrosa.

Y salió con Gonzalo de la cámara.

Poco despues, el moro y el cristiano cabalgaban por el camino de Granada y á gran prisa, seguidos de veinte ginetes moros.

Yaş sınırı:
12+
Litres'teki yayın tarihi:
27 eylül 2017
Hacim:
691 s. 2 illüstrasyon
Telif hakkı:
Public Domain