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Kitabı oku: «Los monfíes de las Alpujarras», sayfa 39
CAPITULO XVIII.
Complicaciones
Algunos dias despues de los acontecimientos que dejamos relatados estaba Madrid profundamente conmovido en sus dos círculos cortesanos, el alto y el bajo; algunas noticias extraordinarias habian ido circulando de boca en boca, agravándose mas, á medida que se sucedian.
Primeramente, la hermosa duquesita habia desaparecido de la córte sin despedirse de nadie, y sin que nadie supiese á donde habia ido.
En segundo lugar el hidalgo don César de Arévalo, tutor del marquesito de la Guardia, andaba desolado por calles y plazas, tabernas y garitos, mancebías y palacios, en busca de su sobrino que tambien se habia perdido. Ayudábale en su árdua empresa Peralvillo, lacayo favorito y confidente del marqués, mozo despierto y de puños, á quien no hemos tenido ocasion de citar hasta ahora, y señalado con un profundo chirlo en la cara, pero no por eso feo, ni desgraciado, respecto á ciertas princesas de vida airada. Ni el tio ni el lacayo habian podido ponerse sobre el rastro del marquesito.
Ademas de esto y de que los acontecimientos que vamos á relatar, fueron los que mas impresion causaron en la córte, el mismo dia de la salida de Amina de Madrid, á la hora de la audiencia, apareció fijado en la mampara de la antecámara pública de palacio, un papel en forma de carta, escrito, al parecer, por una mujer, con señales de haber estado arrugado, y vestigios de lágrimas en que se leian estas palabras:
«Don Juan de mi alma: hay cosas que el pudor impide á una mujer revelarlas ni aun á su mismo esposo, pero es preciso que sepas que alienta en mis entrañas un hijo de nuestro amor. Tu Esperanza.»
Por debajo estaba, pegado asimismo, otro papel escrito tambien al parecer por otra mujer, en que se leia en letras gordas:
«La esperanza de este don Juan, es la hermosa duquesita de la Jarilla, y el alma de esta Esperanza es el marquesito de la Guardia.»
El escándalo era soberano y debia retumbar de una manera imponderable: antes de que un ugier arrancase estos dos papeles y los entregase al gentil hombre de cámara de servicio, ya se habian sacado cien copias por los curiosos, y ya aquellos curiosos se habian esparcido por Madrid, llevando consigo el escándalo.
Pero no era esto solo.
Aquellos dos carteles fueron entregados al rey que despachaba á la sazon con el cardenal Espinosa.
Felipe II leyó letra por letra los dos escritos, meditó algun tanto sobre ellos, y luego dijo posando una mirada glacial en el cardenal secretario:
– Que se averigue á todo trance quién ha puesto estos carteles en palacio, y averiguado y probado que sea, que le ahorquen secretamente sin distincion de clase ni persona.
El cardenal dió las órdenes oportunas, y á poco volvió trayendo un pliego en las manos.
– ¿Qué es eso? preguntó el rey.
– Se ha encontrado este pliego en una de las habitaciones bajas del alcázar, donde han debido arrojarle por una reja, con sobre á vuestra magestad.
Tomó el rey el pliego.
Sobre su nema se leia en letra exactamente igual á la que habia esclarecido de una manera tan infame la carta de Amina al marqués:
«Al católico y justiciero rey de las Españas.»
El pliego era voluminoso.
Contenia las pruebas que contra Yaye poseia la princesa Angiolina: la historia del casamiento del emir con Estrella, la muerte del anterior marqués de la Guardia, la declaracion del monfí traidor, y ademas la para el rey terrible revelacion de que su hijo el príncipe don Cárlos le hacia traicion conspirando contra su persona.
«Y tenga en cuenta vuestra magestad, concluia la carta, que el hombre de quien se trata, es poderoso, rico, mas rico que vuestra magestad, y que si vuestra magestad tiene en su córte un ejército, en la córte, tiene tambien ese hombre un ejército de monfíes disfrazados.»
Solo por el cuidado con que don Felipe leyó aquel proceso, que tal lo parecia el contenido del pliego, pudo traslucir Espinosa que se trataba de un asunto de gran importancia: el rostro del rey habia permanecido impasible. Despues que los hubo leido y releido, dobló de nuevo aquellos papeles, los puso bajo su libro de devociones, y dijo al cardenal:
– Que me llamen con urgencia al marqués de los Velez.
Despues se puso á hojear algunos memoriales, y cuando volvió el cardenal le dijo:
– Sigamos en el despacho de Indias.
Rey y secretario siguieron en el despacho.
Como á las once del dia un gentil hombre anunció á don Luis Fajardo, marqués de los Velez, que fue introducido.
El rey despidió al cardenal y se quedó solo con el marqués, á quien ni miró ni dijo una sola palabra.
El rey escribia.
– Tomad y cumplid inmediatamente esta órden, adelantado, dijo el rey entregando al marqués de los Velez el papel en que habia escrito.
Don Luis hincó una rodilla para tomar el papel, alzóse despues, saludó profundamente al rey y salió.
Al llegar á la antecámara, el marqués de los Velez se detuvo, y ocultando la órden en el hueco de su gorra, la leyó; decia asi:
«El rey. – A nuestro muy leal vasallo don Luis Fajardo, marqués de los Velez, adelantado en el reino de Murcia. – Haceos acompañar de nuestra órden de un alcalde de casa y córte y de un secretario. Tomad, asimismo de nuestra órden, treinta alabarderos y un alférez de nuestra guardia suiza; id con esta gente á la casa de don Juan de Andrade, duque viudo de la Jarilla, grande de España, y prendedle muerto ó vivo. Mandad al alcalde en nuestro real nombre, que haga inventario de los papeles del duque, y de cuanto hubiere en su casa, que la desocupe, que selle los armarios, cajones y puertas, y que ponga un cartel en la puerta en que se conmine con pena de la vida al que pretendiere penetrar en dicha casa. Preso que sea el duque, le conducireis á la cárcel del Santo Oficio, que tiene en nuestra córte la Inquisicion del arzobispado de Toledo, y mandareis, so pena de la vida, que nadie hasta nuestra órden comunique con el preso. Del cumplimiento de esta me respondeis como vasallo. – De nuestro alcázar de Madrid á los cinco dias del mes de julio de 1567. – Yo el rey.
El marqués de los Velez palideció primero, arqueó las cejas, y despues se encogió de hombros, y sobre la marcha empezó á cumplimentar la órden del rey.
A las doce en punto, llegaba acompañado de un alcalde de casa y córte, de un secretario, de algunos alguaciles y de un alférez y cincuenta alabarderos suizos á la casa de Yaye. Cercóla á la redonda, tomó las salidas y se hizo anunciar á Yaye de órden del rey.
Pero encontró la casa en la mayor consternacion: los criados iban de acá para allá, y no sabian que hacerse; al fin vino á sacarse en claro, que aquella mañana habia entrado á visitar al duque un caballero que decia llamarse el príncipe Lorenzini Maffei, que despues de largo tiempo que el duque y el príncipe estaban encerrados, se habia oido un tiro en la cámara del duque; que el príncipe habia desaparecido en el primer momento de sorpresa, y que acababan de encontrar al duque en su cámara, sin conocimiento y con la cabeza atravesada de un tiro.
El marqués se hizo conducir hasta Yaye de órden del rey; en vista del deplorable estado del emir, se llamaron doctores, y estos declararon que tal como se encontraba el herido era expuestísimo para su vida, el que se le trasladase á ninguna parte. El marqués de los Velez fue con estas noticias al rey, pero el rey mandó que se curase en su casa al duque, y que despues, fuese cual fuese su estado, se le condujese de la mejor manera posible á la cárcel del Santo Oficio. Asimismo mandó que se prendiese al príncipe Lorenzini Maffei.
Hízose á Yaye la primera cura, sin que volviese en sí, despues de lo cual fue puesto en una silla de manos y llevado á la prision.
En seguida el marqués de los Velez, se presentó en la casa del príncipe Lorenzini; salióle al encuentro Angiolina que se mostró profundamente admirada de que un caballero tan galante como don Luis Fajardo fuese á visitarla al frente de la justicia, y acompañado de un tan respetable resguardo de alabarderos reales.
– El rey lo manda, hermosa señora, dijo con galantería el marqués, y me veo en la dolorosa pero imprescindible necesidad de prender á vuestro esposo.
– Pues os desafío á que le prendais, dijo riendo Angiolina: aunque trajerais con vos, señor don Luis, todos los ejércitos de su magestad, seria imposible prenderle.
– ¡Imposible porque le guardais vos! dijo sosteniendo su galanteria el marqués.
– Yo soy muy débil guarda contra el rey, dijo Angiolina, pero la imposibilidad de que prendais á mi esposo consiste… en que no está en España.
– ¡Oh! ¿no está en España el señor príncipe?
– No, no por cierto; está en Venecia, donde procura porque la república me devuelva los bienes que en otro tiempo confiscó á mi padre.
– ¡Ah! ¿con que el señor príncipe está en Venecia?
– Ni mas ni menos, y en prueba de ello, ved, ved una carta que acabo de recibir de él.
– ¡Ah! basta vuestro dicho, señora, dijo el marqués rechazando noblemente una carta que Angiolina habia tomado de encima de una mesa. Ademas, no conozco la letra ni aun la persona de vuestro esposo.
– Se le conoce muy poco ó nada, señor marqués; mi esposo es un hombre extraordinario. Yo apenas le conozco; hace seis años que nos casamos y despues de la ceremonia solo permaneció un dia á mi lado; despues me envió á España; sucesivamente ha venido á visitarme dos veces al año, y eso por un solo dia; emplea el tiempo en viajar y en escribirme con suma frecuencia cartas amorosas; eso lo sabe todo el mundo en Madrid; se sabe tanto, que me llaman de pública voz la casada doncella… y ¿qué ha hecho, ó qué dicen ha hecho el príncipe para que el rey quiera prenderle?
– Se le acusa de haber dado muerte al duque viudo de la Jarilla.
– ¡De haber dado muerte al duque de la Jarilla! exclamó palideciendo profundamente Angiolina, y dejando su acento y su aspecto ligero y galante; pero eso es imposible, don Luis; imposible de todo punto; puedo probar que mi esposo está ahora mismo en Venecia, á no ser que haya venido corriendo postas como esta carta. Deben haberse equivocado; alguien debe haber tomado el nombre de mi esposo para cometer ese asesinato.
– ¿Es el príncipe un caballero como de cincuenta años?
– Sí.
– ¿Un tanto encorbado?
– Sí.
– ¿Con los cabellos entrecanos, largos y rizados?
– Exactamente, exclamó con asombro Angiolina.
– ¿Usa anteojos verdes?
– Sí, si señor, porque tiene débil la vista.
– ¿Ademas la nariz un tanto gruesa y encarnada?
– No hay duda, esas son las señales de mi esposo.
– Señales que ha dado uno de los criados del duque al alcalde de casa y córte que me acompañaba, y que escritas traigo conmigo. Mirad, princesa, mirad.
El marqués sacó de su limosnera un papel doblado que desplegó y entregó á Angiolina.
– Si, si, dijo esta cada vez mas turbada, con sus señas; pero os juro, don Luis, por mi honor, que no he visto al príncipe, que no le esperaba, y por lo tanto que no está en mi casa.
– Os creo señora, os creo, dijo el marqués guardando de nuevo el papel que le devolvió Angiolina: vuestras palabras rebosan ingenuidad, pero me veo en el doloroso compromiso…
– ¡De prenderme…! exclamó trémula y conmovida la princesa.
– ¡Oh! ¿quien piensa en eso? dijo el marqués: ¿quien podrá haceros cargo de un delito que no habeis cometido? solo he querido decir al hablar de compromiso, que no puedo escusarme de registrar vuestra casa, para asegurarme y asegurar al rey con testimonio de escribano que no se encuentra en ella el príncipe.
– ¡Ah! eso es distinto: podeis registrar cuanto gusteis, don Luis, pero antes de que registreis tengo que haceros una advertencia.
– Advertidme cuanto gusteis.
– En estos momentos hay en mi casa un hombre herido.
– ¡Un hombre herido…!
– Si por cierto: el comediante Andrés Cisneros, á quien encontré muy tarde abandonado en la calle cuando volvia de casa de una amiga: pero ya he dado parte de ello al alcalde del barrio, el herido ha declarado, y sino ha sido trasladado ya á su casa, es porque el estado de su herida no lo permite.
– ¡Ah! en ese caso nada temais, señora; por el contrario, esta bella accion añadirá nuevo brillo á vuestra ardiente caridad, que tanto conoce la córte. Ahora bien, como hace ya algun tiempo que estamos solos, y espera fuera la justicia, permitidme que para evitar enterpretaciones…
– Si, si, don Luis, registrad cuanto gusteis, voy á mandar que os abran mis criados todas las puertas.
Procedióse al registro, revolvióse la casa de alto á abajo desde los desvanes hasta los sótanos; abriéronse los muebles huecos, se tentaron las paredes y el príncipe no pareció: no podia haberse escapado porque el marqués de los Velez habia mandado cercar la casa antes de entrar en ella. Solo se encontró á Cisneros herido; pero Angiolina lo habia previsto todo, habia dado parte á la justicia, Cisneros, que habia declarado de una manera que apartaba toda responsabilidad de la jóven, prestó nueva declaracion ante el alcalde de casa y córte que acompañaba al marqués de los Velez, y cuando se le pidió el nombre de quien le habia herido, respondió que no le conocia, lo que era verdad, porque no habia tenido ni tiempo, ni luz la noche antes, para reconocer al marqués de la Guardia en su adversario.
Don Luis Fajardo salió con la justicia: apenas se vió sola Angiolina, tocó un silvato; entonces, como una aparicion, se la presentó el bandido Laurenti, bajo la figura de Andrea Bempo, y con el mismo trage que la noche anterior.
– Has puesto la carta de la duquesita en la antecámara de la audiencia, le preguntó.
– Si, contestó Laurenti; en la misma mampara.
– ¿Has puesto el pliego que te dí en lugar á propósito para que pueda llegar á las manos del rey?
– Si.
– Gracias Bempo, gracias, dijo Angiolina estrechando entre sus blancas manos una membruda mano de Laurenti.
El bandido se extremeció como si hubiese recibido un choque galvánico y retiró su mano de las de Angiolina.
– Sucede una cosa muy singular, dijo esta, y es necesario averiguar lo que en ello hay de cierto. La justicia acaba de salir de casa.
– Lo sé.
– ¿Y sabes por qué ha venido á casa la justicia?
– Buscando á tu esposo.
– ¿Sabes de qué le acusan?
– Si: de haber herido ó matado al duque viudo de la Jarilla, al emir de los monfíes.
– ¿Pero es eso cierto?
– ¿Quién sabe? El príncipe Lorenzini es un hombre extraño. Siempre he desconfiado en él. ¿Y luego quién es ese hombre?
– Lleva un ilustre nombre italiano.
– ¿Pero sabeis quién es ese hombre?
– Acuérdate, Bempo, de que tu fuiste quien me aconsejaste…
– Si te aconsejé que te casarás con el príncipe, te lo aconsejé porque debia aconsejartelo; cuando te libre de mi capitan el infame Laurenti, el hombre que en medio de un misterio tenebroso te esclavizaba, te hacia sufrir su odiosa brutalidad, pudimos sostenernos durante algun tiempo con el dinero que logré sacar de las canteras que nos servian de asilo. Despues la caberna fue descubierta: me ví privado de los recursos que me proporcionaban algunos compañeros que conspiraban conmigo contra el capitan, y sobrevino la miseria, una miseria horrible: yo no sabia ningun oficio, no sabia mas que robar, y esto, encontrándome solo era dificil: nos vimos obligados á buscar un medio de vivir; entonces tú, con ese corazon fuerte que Dios te ha dado me dijiste: yo soy hermosa, se tocar el laud y cantar; viviremos como vivian los trovadores en otros tiempos: yo ganaré nuestro pan, tú me acompañaras y me defenderas. Asi recorrimos la Italia. Un dia en Nápoles, un autor de cómicos españoles te vió, y te dijo si querias formar parte de su compañía; aquello era mas cómodo y mas decente que andar por calles y plazas como mendígos sufriendo soeces injurias. Fuiste cómica, yo fuí cómico: antes de mucho teniamos fama, nos aplaudian, ganábamos dinero abundante. Otro dia en Pésaro, te vió el príncipe representar en una farsa y se enamoró de tí. Aquel hombre no te buscó como se busca á una mujer perdida: aquel hombre te dijo redondamente que si querias ser su esposa. Yo te amaba lo bastante para anteponer tu felicidad á la mia, te amaba, aunque no tenia esperanzas de ser correspondido, aunque me tratabas como un esclavo, porque conocias mi amor y abusabas de él.
– ¡Ah! no, no, Bempo: es verdad que Dios no ha querido que yo te ame, que he abusado acaso de tí… pero…
– Dejemos eso, la interrumpió Laurenti; dejemos eso, porque me mortifica y no quiero pensar en ello. El príncipe, antes de casarse contigo, quiso que estuvieses algun tiempo en un convento de Nápoles, para cubrir las apariencias. A los dos meses eras su esposa, y te enviaba á España, para evitar que alguien te conociera en Italia, por donde habias andado vagando como cantora y como cómica. Yo te seguí como sigue la sombra al cuerpo, y en seis años que llevas de casada, he visto muy pocas veces al príncipe.
– ¡Oh! ¡nunca he podido comprender á ese hombre! exclamó Angiolina.
– ¿Y estás segura de que ese hombre tan misterioso, no sea el bandido Laurenti?
– ¡El bandido Laurenti! exclamó estremeciéndose Angiolina; yo no le conozco, nunca le he visto: si sé que fue él el bandido que me robó, que me deshonró, que me obligaba á satisfacer sus deseos en medio de una eterna oscuridad, es porque tú me lo has dicho: en el aposento subterráneo en que yo estaba, no entraba otra persona que el capitan Laurenti. A mí, á pesar de la oscuridad, me parecia jóven y hermoso… muy diferente del príncipe…
– ¿Y no has tenido nunca un recuerdo de amor para Laurenti? dijo él mismo con voz insegura, que Angiolina atribuyó á zelos.
– ¡Yo! ¡amar yo al miserable que me robó, que me deshonró, que mató mi porvenir, que asesinó á mi padre! ¡Amarle yo! si le conociese… si le conociese, le sonreiria, sí, le colmaria de caricias, seria una vez mas suya, y… le mataria cuando estuviese dormido entre mis brazos.
– ¡Ah! exclamó Laurenti…
– Y si supiera que el príncipe era él… si lo supiera, si el príncipe volviera á verme… ¡Oh! le daría ese amor que tanto desea… para matarle, Bempo, para matarle, para vengar mi deshonra, para vengar á mi padre.
– ¡Ah! exclamó de nuevo y mas profundamente Laurenti.
– Pero tú, que conoces al príncipe, tú que has sido bandido de Laurenti, descubre si el príncipe es Laurenti.
– Nadie, ni el mas valiente, ni el mas allegado de sus bandidos, ha visto nunca el rostro del capitan Laurenti, eternamente cubierto con una máscara de hierro.
– ¿De modo que nada sabemos?
– Nada.
En aquel momento un criado entró con una carta para la princesa.
Esta notó que la letra del sobre era del príncipe.
– ¿Quién ha traido esta carta? dijo preocupada por aquel inesperado accidente.
– Un hombre encubierto, que no se ha detenido, señora; contestó el criado.
– Vete.
El criado salió.
Angiolina rompió la nema de la carta, y la leyó rápidamente.
– ¡Ah! exclamó con un acento emanado del fondo de su alma; ¡abandonada! ¡abandonada otra vez á mí misma!
– ¡Abandonada! ¿y de quién? exclamó Laurenti.
– ¡De quién! ¡del príncipe! toma y lee.
Laurenti tomó la carta que conocia demasiado, y la leyó en voz alta.
Aquella carta decia:
«Mi adorada Angiolina: me veo en la triste necesidad de deciros, que á contar desde el dia de hoy, no puedo serviros de nada. Estoy arruinado. He muerto ademas á un hombre poderoso, al duque de la Jarilla, y me veo obligado á huir, á ocultarme, porque ese hombre tiene parientes poderosos. Volved, pues, reina mia, á vuestro oficio de cómica, y buscad otro príncipe que se case con vos…
– ¡Ah! ¡yo no he leido eso! exclamó Angiolina.
– Pues aun queda mucho de la carta, que por lo visto no has leido.
– ¡Ah! sigue Bempo, sigue.
Laurenti siguió.
»Buscad otro príncipe que se case con vos, lo que podeis hacer sin escrúpulo de conciencia, porque no estais casada, ni yo soy príncipe. Por lo demás, aunque vos os habeis jactado de que yo no habia obtenido la felicidad de poseeros, estais en un error. Os he poseido tanto, como que me llamo Laurenti…
– ¡Ah! exclamó Angiolina.
– ¡Ya lo sospechaba yo! exclamó con la mayor formalidad Laurenti.
– ¡Oh! ¡sigue Bempo, sigue! exclamó irritada Angiolina.
»Como ya no tengo mis buenos bandidos, como se me han acabado las riquezas que pude salvar de mi antigua guarida, no solo no puedo daros, sino que, mientras vos cuidabais al hermoso comediante Cisneros, os he tomado los diamantes y las perlas que os habia regalado, valiéndome para ello de la llave de vuestro postigo, que siempre me acompaña. Sin embargo, os quedan las alhajas con que estabais prendida, mientras yo hacia mi último robo, con las cuales podeis vivir algunos meses. – Vuestro enamorado. – Giussepo Laurenti.»
Angiolina miró pálida y convulsa á Laurenti.
– ¡Y qué hacer! ¡qué hacer Dios mio! exclamó llorando.
– Aun queda un recurso, dijo Laurenti, si sigues mis consejos.
– Por ellos me casé con ese infame.
– Ya te he dicho que yo no conocia al capitan, me ha engañado como á tí. Los consejos que te daré ahora son mas juiciosos.
– Te escucho.
– Yo te amo Angiolina, te amo con toda mi alma. En España no me conoce nadie, y seré capaz por tí de ser un hombre honrado.
– Y bien, dijo con impaciencia Angiolina.
– Sé mi esposa.
– ¡Tu esposa!.. ¿y qué hemos de hacer pobres, sin apoyo..? tú no sirves para nada mas que para bandido… esto sería expuesto… yo no sé mas que representar y cantar… tú tenias zelos cuando era cómica. ¿Si no adoptamos ninguno de esos dos partidos, cómo podremos vivir?
– Te quedan bastantes alhajas de valor, y ricos trajes. Los muebles de tu casa ascienden á una buena suma…
– Pero viene un dia y otro dia, y el dinero se acaba.
– Sí… cuando el dinero no se emplea… pero podriamos vender esas alhajas, esas ropas, esos muebles; comprar unas tierras en un rincon de Asturias ó de Galicia, y vivir felices.
– ¡Déjame que me vengue, y soy tuya! dijo Angiolina, levantando hácia Laurenti sus ojos cubiertos de lágrimas.
– ¡Qué te vengues! ¿y de quién?
– De la duquesita de la Jarilla.
– ¡Ah! ¡tú amas al marqués de la Guardia!
– Pues bien, sí, dijo Angiolina levantando la frente radiante de amor: no quiero engañarte Bempo; le amo, le amo con toda mi alma, le he entregado mi corazon vírgen, y mi cuerpo… ¡vírgen! ¡vírgen tambien! ¿Qué importa? la violencia y la fatalidad no mancillan; yo he salido pura de las manos de Laurenti, como habia caido en ellas; yo he dado á don Juan toda mi alma, todo mi amor, toda mi felicidad… y don Juan no me ama, don Juan ama á esa sultana, como que es mas noble, mas hermosa, mas rica, mas jóven, mas feliz que yo, ¡necesito completar mi venganza contra esa mujer, y despues morir! No quiero engañarte Bempo, te debo mucho; te lastima mi trato acaso duro, esa es la corteza Bempo, debajo está el corazon; yo no puedo ser tu amante, seré tu hermana: si esto no te satisface, si te he hecho desgraciado sin quererlo, déjame que me vengue, y mátame despues.
Laurenti miró de una manera profunda, severa, terrible, desesperada, á Angiolina: sus ojos se tiñeron de sangre, y puso mano á su puñal: Angiolina se creyó sentenciada, dió un grito y cayó de rodillas: Laurenti la contemplo un momento en silencio; en su semblante se pintó una lucha horrible, y luego la volvió la espalda y salió de la estancia.
Angiolina se dobló sobre sus rodillas, se cubrió el rostro con las manos, y rompió á llorar de una manera desolada.
