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Kitabı oku: «Los monfíes de las Alpujarras», sayfa 40
CAPITULO XIX.
De cómo se vieron obligados á salir de la córte algunos de nuestros personajes
Algunos dias despues, el rey supo que Yaye ebn-Al-Hhamar, el terrible emir de los monfíes, preso en los calabozos del Santo Oficio, estaba bueno, y que antes de mucho podria empezarse el proceso contra él.
El príncipe don Cárlos supo tambien, que Cisneros estaba á punto de curar de su estocada.
Angiolina Visconti, no pudo tener duda de que estaba abandonada y sola en el mundo, sin mas caudal que su hermosura, su talento de cómica, su habilidad de bailarina, y mas desgraciada que jamás lo habia sido, puesto que estaba, como nunca lo habia estado, enamorada y zelosa.
El hidalgo don César de Arévalo, supo al fin de su sobrino por una carta de este, que le escribía desde las Alpujarras; pero la alegría del buen tío se aguó, como suele decirse, porque en aquella carta, su sobrino, le pedía dinero y Peralbillo.
El tio envió al lacayo con una bolsa demasiado ligera, y esta carta demasiado pesada.
«Amado sobrino don Juan: de lo que me pedis, os envío lo que puedo enviaros; vuestro lacayo y cincuenta doblones que es todo lo que he podido reunir: y no me pidais mas en mucho tiempo, porque en este último año nos hemos dado tal maña los dos para gastar vuestras rentas, que estan empeñadas hasta el cuello, sin que haya fuerzas humanas que puedan sacarlas de poder de los prestamistas. Si vuestros bienes no fueran vinculados, podriamos vender alguna hacienda y salir de apuros. Pero como esto no puede ser, y es menester vivir, yo me marcho á Flándes con una provision de capitan que he podido sacar al príncipe Ruy Gomez. Para que veais que no me he olvidado de vos, dentro de poco recibireis una provision de capitan para vos, de una de las compañías de arcabuceros del reino y costa de Granada. Si Dios quiere que entremos á saco algun burgo flamenco, os acudiré con lo que hubiere. Es cuanto tiene que deciros vuestro tio, que tiene ya puesto el pié en el estribo para ir á buscar á sus soldados. – Don César de Arévalo.»
En efecto, don César marchó dejando desesperadas á una porcion de doncellas que vivian de sus buenas obras.
En cuanto á Angiolina, habia recibido tambien una carta harto pesada, y mas que pesada, terrible. Esta carta era de Laurenti.
«Adorada Angiolina: El príncipe Lorenzini Maffei, Andrea Bempo y Giussepo Laurenti, son una misma persona: debes haberlo adivinado despues de la última y acalorada entrevista que tuvimos. Como hace diez años que andamos juntos, me ha parecido descortés salir de la córte de las Españas, de donde me alejo por muchas razones, sin despedirme de tí. Ademas, mi conciencia me manda que cuando busques tus últimas joyas y tu último dinero y no lo encuentres, no culpes á tus criados, porque esas joyas y ese dinero me los llevo yo para la costa del viaje que será largo. No te desconsueles por eso. Aun te quedan esperanzas. He sabido por boca de don César de Arévalo, que es muy amigo mio, que el marqués de la Guardia, tu adorado, el único hombre que ha sabido conmover tu corazon, está en la villa de Cádiar, en las Alpujarras. Aunque no tienes dinero puedes valerte, engañándole, del señor Andrés Cisneros, que, segun creo, se verá muy pronto obligado á dejar la córte. – Tuyo, siempre tuyo. – Giussepo Laurenti.»
Es indecible la desesperacion de Angiolina, porque aquella carta no mentia; sus joyas y su dinero habian desaparecido. Solo la quedaban sus ricos trages y sus muebles; pero para vender los primeros, necesitaba renunciar á presentarse en la córte; para vender los segundos, cerrar la casa; nada de esto podia ser: Angiolina, pues, se vió obligada á adoptar un partido decisivo.
Anunció, pues, que su esposo el príncipe Lorenzini, la llamaba á su lado á Italia, noticia que causó gran sensacion en la córte, porque mataba las esperanzas tenaces de muchos enamorados, y curaba el rabioso despecho de muchas damas envidiosas de Angiolina, y esta puso en almoneda, sus muebles, sus tapices, sus literas, su carroza y sus caballos.
Una vez hecha aquella almoneda, y convertido en oro aquel mobiliario, era preciso salir de la córte: ¿pero cómo? ¿adónde ir? ¿qué hacer?
Despues de pensar mucho y en vano, de haber adoptado cien veces, y rechazado otras tantas, la idea de encerrarse en un convento, tropezó al fin en su imaginacion, como un recurso extremo, con el comediante Cisneros. Aquel hombre estaba locamente enamorado de ella, y seria capaz de todo por ella; pero Angiolina temia que no se prestase tan fácilmente á dejar la córte; Angiolina, que habia pensado usar de Cisneros, como de un instrumento de venganza, se vió obligada á asirse á él como á un áncora de salvacion.
En ocho dias que habian trascurrido desde que fue herido Cisneros, Angiolina le habia rodeado de cuidados, de esos cuidados afectuosos que con tan exquisita dulzura sabe prodigar la mujer á los seres que sufren; habia velado junto á su lecho, habia sostenido con él largos debates amorosos; habia sido indulgente con las no siempre respetuosas manos del comediante; le habia empeñado, en fin, en un deseo voraz, en uno de esos deseos que el mas experimentado confunde con el amor. Unas veces habia alentado sus esperanzas, otras las habia contenido, y se habia guardado muy bien de explorar á Cisneros, en cuanto á las rebeldías del príncipe, de quien le creia, y no sin causa confidente, para no alarmarle y hacerle sospechar acaso, que solo le queria para instrumento.
Cisneros, pues, era una masa preparada á todo entre las manos de Angiolina.
Decidida al fin esta, á apoyarse por último recurso en el comediante, bajó á la habitacion donde este se encontraba, sencilla, pero voluptuosamente vestida de blanco, y vaporosa y leve como una nubecilla de la mañana. Cisneros, cansado del lecho, se habia atrevido á levantarse y á probar sus fuerzas: el éxito excedió á su deseo, se encontró vigoroso, ágil, como si nada le hubiese acontecido; solo sentia un ligero picor en la herida.
Cuando Angiolina fué á entrar en la estancia, encontró á Cisneros á la puerta.
Iluminóse el semblante de Cisneros con una alegría infinita, sensual, ardiente, al ver junto á sí y tan hermosa á Angiolina.
Y aquella mujer que estaba desesperada, abandonada á sí misma, herida en el corazon y en el orgullo, excitadas cuantas pasiones violentas encierra el alma de la mujer, sonrió á Cisneros, con la alegría, con amor, con un amor ardiente y casi sensual.
Angiolina estaba segura, y podia estarlo, de que de todos sus secretos solo conocia uno Cisneros: el amor ó el galanteo que habia tenido con el marqués de la Guardia, y este, hemos dicho mal cuando le hemos calificado de secreto, no lo era, lo sabia todo el mundo, porque Angiolina habia necesitado hacer gala de aquellos amores para dar zelos á Anima.
Angiolina era, pues, para el comediante una gran señora, una princesa, una de las hermosuras mas codiciadas, y tenida por inconquistable antes de que hubiera dado el escándalo de sus amores con el marquesito de la Guardia.
Aun la circunstancia de haber sido el marqués el único que habia triunfado de la severidad de Angiolina, mantenia el prestigio de esta, porque ya se sabia por todo el mundo que el marquesito tenia tantos elementos de seduccion, que era irresistible.
Cuando una mujer domina á un hombre, puede decirse, sin temor de equivocacion, que hará de aquel hombre lo que quiera.
Angiolina dominaba al comediante por muchos conceptos, lo sabia y se aprovechaba de su influencia.
– ¡Oh! ¡qué grata sorpresa, amigo mio! exclamó; os encuentro enteramente distinto de como estabais ayer. De lo vivo á lo pintado.
Y tendió su hermosa mano á Cisneros, que la besó de una manera demasiado ardiente, sin que por esto diese muestras Angiolina de incomodarse.
– Tan bueno me encuentro, señora, dijo Cisneros, que me parece lo de la estocada un sueño, pero un sueño delicioso, porque he tenido un ángel á mi lado.
– ¿En que comedia habeis aprendido eso de ángeles y de sueños, Cisneros?
– ¡Ah!¡señora! ¿será posible que desconfieis todavía de mi amor?
– Las mujeres deben ser muy desconfiadas, muy cautas, antes de dar un paso que puede decidir de su suerte.
– ¡Ah! ¡señora! ¡señora! ¡habeis meditado lo que habeis dicho! exclamó Cisneros, pálido de emocion, absorviendo en su alma la sonrisa envenenada con que Angiolina habia acompañado sus palabras, ó por mejor decir con que las habia ilustrado.
– ¡Oh! sí: he meditado mucho antes de decirlas, y conozco su valor.
Angiolina desasió indolentemente su mano de entre las de Cisneros, y fué á sentarse en un estrado que habia en la cámara: el comediante fue ansioso á sentarse junto á ella, y de tal modo se sentó, que Angiolina se vió obligada á retirarse, obedeciendo á las prescripciones del decoro, que nunca olvida una mujer que vale algo, y mucho menos cuando se trata de un hombre de quien se quiere sacar partido, que tiene ingenio, y, como se dice, mundo.
– ¡Habeis meditado vuestras palabras! dijo con intencion Cisneros.
– Si; ya os he dicho que sí.
– ¿Las habeis pronunciado con intencion de ser comprendida?
– Nunca pregunteis, Cisneros, á una mujer acerca de sus intenciones; contentaos con adivinarlas.
– ¿Me permitireis que os diga lo que yo he entendido en esas palabras divinas?
– Puesto que os parecen divinas habreis comprendido algo que os halague.
– ¡Algo que me halague! ¡una vida de felicidad suprema! ¡todo un cielo, señora! exclamó con entusiasmo Cisneros.
– Pues si habeis comprendido que yo os guardo un cielo, dijo Angiolina con una expresion y una sonrisa terriblemente seductoras, haceos digno de ese cielo.
– ¡Oh! es que nadie, nadie sobre la tierra es digno de poseeros, señora.
– Teneis atrevida la lengua como las manos, Cisneros, dijo severamente Angiolina.
– ¡Ah! señora es que me habeis vuelto loco.
– En ese caso será necesario que os alejeis de mí, dijo riendo la jóven: no quiero á mi lado un hombre que pueda disculparse de todo á pretexto de locura. Ademas, añadió con mas severidad, si habeis podido permanecer en mi casa sin escándalo mientras los médicos han afirmado que trasladándoos peligraba vuestra vida, ahora es distinto: afortunadamente os encontrais curado y fuerte…
– ¡Ah! no, no señora, dijo suspirando Cisneros: me encuentro mas enfermo y mas débil que nunca: enfermo del corazon, que es todo vuestro; débil de la cabeza, que llenais con sueños y con visiones insensatas. No, no señora; no saldré de vuestra casa…
– Si, si, saldreis por el momento, Cisneros, pero después volvereis á entrar.
– ¿Cuando?
– ¡Oid y oidme con las manos cruzadas y de rodillas!
Habia tal intensidad, tal calor, una expresion tan dulce, tan apasionada en los ojos de Angiolina, que Cisneros cayó de rodillas.
– ¡Yo os amo! exclamó la jóven inclinando su rostro sobre el de Cisneros casi hasta tocarle.
Angiolina se retiró un tanto y miró al comediante: aquella mirada le convenció de que aquel hombre era suyo.
Cisneros estaba pálido, temblaba, asomaban á sus ojos las lágrimas, y su hermosura, porque Cisneros era un hombre hermoso, se habia transfigurado; se encontraba sujeto, esclavo por aquella mujer.
– ¡Oh! pensó Angiolina, ¡será el de este hombre amor, ó deseo, uno de esos deseos frenéticos que he inspirado á tantos!
Luego le alzó, le sentó á su lado y le dijo.
– Os amo como nunca he amado: creí amar una sola vez, me sentí deslumbrada, pero el hombre á quien creí amar no merecia mi amor; fue un error, pero error en el que solo perdí momentaneamente algo de mi orgullo: despues… despues me curé enteramente: ese hombre era el marqués de la Guardia.
– ¡Ah, señora!
– Ya os dije que me engañé… y ahora os digo que estoy segura de no engañarme respecto á vos. Me amais y os amo. Os amo porque sois grande, porque teneis un alma sublime, porque antes de hablarme á solas, habeis hablado á mi alma delante de todo el mundo, la habeis hecho estremecerse, comprimirse, espaciarse, alegrarse, entristecerse: yo he corrido ansiosa á admiraros, siempre que os habeis dejado admirar del vulgo, y despues, cuando os he tratado de cerca, he visto que sois sublime, grande como comediante, porque como hombre sois grande y sublime. Os amo, Cisneros, con toda mi alma, hasta el punto de despreciarlo todo por vos.
Cisneros estaba trastornado, doblegado, bajo el peso de tanta felicidad, sufriendo no un dolor, sino un placer: hubo un momento en que, avaro de mas placer, quiso llevar su felicidad basta el último punto, pero Angiolina le adivinó y le dijo:
– Respetad en mí las costumbres de una mujer honrada: seré vuestra, os lo juro, pero no lo seré sino completamente.
– ¿Que quereis decir?
– Quiero decir que no seré vuestra sino fuera de la casa de mi esposo; fuera de la córte, cuando ya no hayamos de separarnos jamás.
– ¡Cómo! ¿y abandonais por mí…?
– Lo abandono todo.
– Pero si os venis conmigo…
– Dirán lo que quieran, pero no haré ese doble y vergonzoso papel que hacen tantas mujeres sonriendo á un tiempo á dos hombres, partiendo con dos lo que solo debe ser de uno: seré adúltera… en buen hora… seré adúltera porque os he conocido tarde: pero no mentiré… una mujer puede deshonrarse, pero en la deshonra, como en todo, hay dignidad ó bajeza: yo no seré jamás baja ni cobarde: yo no engañaré nunca á dos hombres á un tiempo.
– Pero meditad…
– ¿Es que no quereis partir vuestra vida con la mia? ¿vuestro peligro con el mio?
– ¡Oh! si, si… pero yo no puedo daros lo que dejais… una posicion envidiable…
– ¿Quien os pide mas que amor?
– ¡Oh, Dios mio!
– Oid: ahora vais á salir de esta casa: no volvais á ella: pero estad todas las noches en la vuestra despues de media noche. Cuando menos lo espereis yo iré á llamar á vuestra puerta vestida de viaje… yo iré á arrojarme en vuestros brazos y á partir despues.
– ¡Ah, señora! aseguradme que no sueño, que estoy despierto: que sois vos la que eso me decis…
– Si, si, soy vuestra, enteramente vuestra… pero fuera de la córte, donde nadie nos conozca. Adios.
Angiolina se levantó, atravesó ligera y gentil la cámara y antes de atravesar la puerta volvió el rostro á Cisneros y le sonrió.
– ¡Ah! ¡ah! exclamó Cisneros: es hermosa, hermosísima, divina: pero se ha vuelto loca… ¡dejar la altura en que se encuentra colocada..! ¡obligarme á mí, á Cisneros, á dejar la córte! ¡oh! ¡esto es imposible! ¡imposible! pues bien: procuraremos que esta mujer sea racionalmente nuestra querida ó de lo contrario abandonemos la empresa: bien sé que la posesion de esa mujer aumentará mi renombre… ¡pero el príncipe don Carlos! ¡mis proyectos! ¡proyectos que un dia deben hacerme grande..! ¡bah! ¡bah! es necesario que nos dominemos y que pueda mas la cabeza que el corazon.
…
Cisneros salió aquel mismo dia de la casa de Angiolina, donde, por decirlo asi, habia estado incomunicado: cuando supo lo que pasaba en la córte se aterró: el príncipe don Carlos estaba confinado en su cuarto en el alcázar, bajo pretexto de enfermedad: acerca de la hermosa duquesita se decian cosas horribles, y no se la llamaba entre las cortesanas mas que la sultana enamorada.
El emir de los monfíes estaba herido y preso en el Santo Oficio; la princesa Angiolina no se presentaba en la córte, y su esposo estaba procesado en rebeldía por asesinato intentado contra el duque viudo de la Jarilla.
Pero el prestigio de la princesa se mantenia en pié; á nadie se le habia ocurrido que ella hubiese sido ni remotamente la causa de la herida del duque moro, como se le llamaba, ni se creia tampoco que el príncipe, á quien nadie conocia, hubiese realmente cometido aquel crímen.
Cisneros se encontró perplejo sin saber que partido tomar, y de su inaccion, de su perplejidad, sacó en claro que estaba realmente enamorado de Angiolina.
En cuanto á lo que debia hacer, el cardenal arzobispo de Toledo, se tomó la molestia de prescribirselo. El licenciado Pelegrin, secretario privado de su señoría11 habia intimado de órden de su señor á Cisneros que en el término de tercero dia saliese de la diócesis de Toledo (en la cual estaba como ahora comprendido Madrid) porque con su mala conducta, irreverencia y trato peligroso con el príncipe de Asturias, estaba dando escándalo á todos los hombres de lealtad y religion.
Hubo de resignarse Cisneros á esto y aun lo atribuyó á una intriga de la princesa, lo que, como le alhagaba se consoló en parte. Pero queria disculparse al menos con su señoría el cardenal arzobispo de Toledo y escribió á su secretario la carta siguiente;
«Señor licenciado Pelegrin: he recibido primero con gusto, y he leido despues con sumo dolor de mi alma, la órden que vuesamerced me ha enviado con un papel en que su señoría el cardenal arzobispo de Toledo me manda que en término de tercero dia salga de su diócesis. Siéntolo por muchas razones, y la principal de ellas, porque haciéndose público este mandamiento, pueden creer las gentes, no solo que soy mal cristiano, lo que es ya mucho, sino que soy mal hombre. Dícese en la órden que yo traigo á su alteza en vicios y malas costumbres y bien sabe Dios, señor, que si yo sirvo al príncipe es como criado; que le sirvo lealmente y que estoy á los reparos de todo. Buena muestra es de ello la estocada que recibí y que me ha tenido muy al cabo, causada, no por imprudencias mias, sino por la tenacidad de su alteza en servir á cierta dama de quien se habla mucho estos dias en la córte. Por mi parte, aunque me ha dejado muy débil esta herida, que ha sido tal como recibida de mano airada, saldré antes de tres dias á buscar mejores venturas por esos mundos, obedeciendo como esclavo lo que me ordena su señoría el arzobispo. – Dios guarde á vuesamerced, señor licenciado. De esta su casa á los veinte dias del mes de julio de 1567. – Andrés Cisneros.»
Al dia siguiente recibió Cisneros esta otra carta.
«Mi buen amigo: haced vuestra maleta y venid á buscarme: por razones que podeis adivinar no he querido ir á vuestra casa. Os espera en la venta de los Angeles con un coche de camino, quien tanto os ama que todo por vos lo deja. – Angiolina.»
El señor Andrés Cisneros, pues, metió en su maleta sus joyas y sus dineros; en sus cofres sus ropas de comediante, las cargó en un carro y salió de Madrid con su amor y sus aventuras, no sin cuidarse de decir antes á sus conocidos, para que lo divulgasen, que se iba acompañado por la princesa Angiolina.
Cisneros, que indudablemente se hubiera hecho interesante entre las damas durante ocho dias, solo por haber sido desterrado por el arzobispo de Toledo, lo estuvo siendo durante quince por la circunstancia de haberse llevado consigo á la hermosísima princesa Angiolina Visconti.
CAPITULO XX.
De cómo el rey don Felipe y la Inquisicion se convencieron de que no podian todo lo que querian
Menudeaban las cartas. Poco despues de haber salido de la córte Cisneros, y de haber desaparecido de ella Angiolina, recibió el cardenal inquisidor general don Fernando Valdés, la siguiente irreverentísima epístola;
«Verdugo con sotana: te aviso de que se me va acabando la tinta con que te he escrito varias veces, advirtiéndote de que te abstengas de atormentar al emir de los monfíes, mi señor, que si se encuentra en tu poder es porque aun no puede movérsele por el estado de su peligrosa herida. Vuelvo, pues, á advertirtelo, y que, como la tinta se me acaba, la renovaré con tu sangre, que como alimentada de sangre humana, es de la mejor calidad posible.
»Y no desprecies este mi último aviso como los anteriores, porque sino te haces mas humano, tomaré tu sangre, aunque te rodees de familiares, y te escondas en las entrañas de la tierra. – Un moro tan moro como Mahoma, vasallo del poderoso emir de los monfíes, que vive en Madrid, que te ve todos los dias y todos los dias habla contigo; que se llama entre los cristianos como quiere, y entre los moros, sus hermanos, Harum-el-Geniz.
Entróle cierto miedo al bueno de don Fernando Valdés, con la lectura de esta carta, que se habia encontrado sobre su mesa, sin que nadie la hubiese llevado á no ser un duende ó un espíritu. Y tenia razon para intimidarse el inquisidor general, porque asi, de la misma manera invisible, habia recibido otras misivas amenazadoras, en las cuales se le habia hecho ver que habia quien conocia lo que pasaba dentro de la cárcel del Santo Oficio, como si fuera lo mas público, á pesar de que se creia muy reservado. Supuso, y no sin razon el cardenal, que quien tenia poder natural ó sobrenatural para sorprender los tenebrosos secretos de la Inquisicion, lo tendria tambien para cumplir lo que amenazaba. Aguijado, pues, por el miedo, llamó á un tremendo inquisidor llamado Molina de Medrano, calificador de la Suprema y fiscal de la general Inquisicion, y por no permitirle sus achaques ir en persona á ver al rey, encargó á Medrano que llevase aquella insolente carta á su majestad, y que le dijese, que estando ya el preso en estado de prestar declaracion, podia pedirsele la indagatoria para abreviar de este modo, y salir de una vez con un ejemplar castigo del cuidado de aquel preso, que segun muchas y repetidas pruebas era peligroso.
Partió el licenciado Medrano con la carta y el mensaje, orgulloso y contento porque se le presentaba una ocasión de hablar al severo Felipe II, dificilísimo de ver para ciertas gentes en razon de la rígida etiqueta de la casa de Austria; llegó á las antecámaras y se hizo anunciar para un asunto que atañia á la religion y á nombre del inquisidor general, merced á lo cual fue introducido, no sin que tuviese que esperar dos horas largas en la antecámara de audiencias.
Oyó sin pestañear el rey su mensaje, leyó y releyó detenidamente la carta de Harum el-Geniz, meditó sobre ella un gran rato y luego dijo:
– Decid al cardenal que vé por todas partes visiones de moros: que no sea tan asustadizo: que en nuestra córte estamos seguros de tales duendes, y que en todo caso, obligacion suya es morir, si necesario fuese, por nuestra santa religion; que no se atormente al preso, porque atormentándole se dilatará mas su cura y la posibilidad de sujetarle, como Dios manda, sano y bueno, á la prueba del tormento: y puesto que el cardenal cree que ese moro puede prestar declaracion indagatoria, decidle que me envie una órden en forma, para que una persona encubierta pueda entrar en el calabozo del preso y permanecer á solas con el. Por lo demás, advertid al cardenal, que no ponga mano en esto, porque todo lo que respecta á ese hombre es asunto mio. Que se componga allá como pueda en averiguar quien le envia estas amenazas, que bastantes familiares y alguaciles tiene, y que no volvamos á hablar de esto. Id, pues, en paz, Medrano, y cuidad de que se me envie al momento esa órden.
Y volviendo el rey las espaldas al licenciado, le dejó hecho una estátua.
– O el inquisidor general no sabe lo que se pesca, dijo Molina de Medrano para su manteo, mientras salía de la cámara, ó el rey no sabe el terreno que pisa. ¡Hum! con reyes como este la Inquisicion no sirve mas que para gitanos, brujas y buhoneros. ¡Es mucho, mucho rey don Felipe!
Cuando salió del alcázar Molina de Medrano era ya de noche, merced á las dos horas que le habia hecho esperar el rey; entonces alrededor del alcázar y en la parte que ahora se llama Plazuela de Oriente, existia un enmarañado laberinto de callejuelas, por las cuales era aventurado meterse de noche, á pesar de su proximidad al alcázar.
Distraido Molina de Medrano, se aventuró por ellas, y no lo reparó hasta que ya estaba en el centro del laberinto.
– ¡Hum! dijo; malos sitios son estos, muy malos, y especialmente para quien tiene enemigos.
Y apresuró el paso.
De improviso y sin que antes hubiera sentido pisadas ni otra señal que le revelase la aproximacion de persona alguna, sintió una mano que se apoyaba pesadamente en su hombro derecho, y al volver la vista hácia aquel lado, vió ante sí un bulto envuelto en una capa, á pesar del calor de la estacion, cubierto con un ancho sombrero, y mostrándole á dos dedos de los ojos otro objeto terrible, esto es, el cañon de un pistolete.
– ¡Socorro! gritó instintivamente el inquisidor.
– ¡Eh! ¡silencio! exclamó una voz amenazadora, ó si quieres que hagamos ruido, hagámosle en buen hora: pero te juro que ese ruido pasará muy pronto.
– No llevo dinero conmigo, dijo todo trémulo Molina de Medrano.
– ¡Por Mahoma! ¿y quién te pide dinero, clérigo? exclamó el embozado.
Aquel por Mahoma, fue un rayo de luz, ó por mejor decir, un relámpago que iluminó el turbado pensamiento de Medrano. Aquel hombre era mucho mas temible que un ladron vulgar, porque aquel hombre era, sin duda, un monfí.
– ¿Qué me quereis? dijo Medrano haciendo un esfuerzo para hablar.
– Muy poca cosa, amigo mio, contestó el embozado; quiero que me sigas.
– ¡Qué os siga! ¿y á dónde?
– Cerca de aquí.
– ¿Pero qué quereis hacer de mi?
– Lo que tú haces con todos, todos los dias y á todas horas: interrogarte, y si no contestas sujetarte al tormento.
– Ved que lo que pretendeis hacer os pudiera pesar.
– Lo que te interesa sobre todo es salvar tu vida obedeciéndome: no siempre has de mandar tú: con que agarrate á mi brazo y sígueme.
Y esto diciendo, asió el brazo derecho de Molina de Medrano, le sujetó bajo su brazo izquierdo y tiró del inquisidor, que opuso resistencia.
– Escucha, clérigo, le dijo el incógnito, si resistes, por la santa Kaaba que te envio á cenar con el diablo, que hace mucho tiempo que debe de tener la mesa puesta esperándote. ¡Adelante y silencio!
Molina de Medrano se dejó arrastrar, temblando como un raton entre las garras de un gato.
Su apresador le hizo rodear dos ó tres callejas lóbregas, y en una de ellas se detuvo y lanzó un largo silbido.
Instantáneamente, de detrás de una esquina salieron otros cuatro hombres que adelantaron y rodearon al inquisidor, que perdió toda esperanza.
– Será preciso que consientas en que te vende los ojos, dijo el que hasta allí le habia conducido.
– Ved lo que haceis, repitió Medrano, queriendo valerse como de un arma poderosa del terror que imponia á todo el mundo la Inquisicion, de que era uno de los mas terribles ministros.
– Tambien ahorcan al verdugo, amigo Molina, dijo uno de los recien llegados, con la diferencia de que nosotros, si es necesario ahorcarte, te ahorcaremos con mas humanidad que como vosotros lo haceis: te dejaremos elegir la cuerda y la altura. Vamos, estate quieto y concluyamos, que se va haciendo tarde.
Y diciendo esto, sacó un pañuelo, le preparó en forma de venda, y cubrió con él los ojos del inquisidor, que cediendo á las circunstancias: no opuso la menor resistencia.
Poco despues Medrano sintió que le metian en una litera, y luego que aquella litera se ponia en marcha.
Fuese por desorientarle, fuese porque efectivamente recorriesen una gran extension, la litera, y junto á ella los embozados, cuyas pisadas sentia el prisionero, anduvieron durante una hora. Al cabo de ella sintió que una puerta se abria, pararon la litera y los hombres y se abrió la portezuela.
– Sal, dijo la voz del hombre que le habia apresado.
El inquisidor salió.
Una mano asió una de las suyas y tiró de él, conduciéndole en la extension de algunos pasos en línea recta.
Luego la misma voz le dijo.
– Aquí hay una escalera.
Molina de Medrano bajó y tuvo cuidado de contar los escalones.
Cuando hubieron llegado al ciento cincuenta su guia le dijo:
– Ya no hay escalera.
El inquisidor siguió siempre asido y llevado, y contó doscientos pasos por un pasadizo tortuoso y humedo, á cuyo fin se abrió una puerta y se tornó á cerrar.
Entonces el hombre que le conducia le quitó de los ojos el pañuelo.
Molina de Medrano á la luz de una vela de sebo que ardia sobre una mesa, vió un aposento reducido, humedo, y por únicos muebles una silla, la mesa que hemos indicado, y sobre ella un tintero, papel blanco y una bugía.
Ante él habia un hombre: aquel hombre era alto, fornido, vestia coleto de ante, greguescos pardos, calzas rojas y zapatos de ante con lazo: llevaba en su talabarte una espada de voluminosa empuñadura, una daga con enorme guardamano, y un par de pistoletes ó pedreñales de extraordinaria longitud; tenia cubierta la cabeza con un sombrero ancho de alas caidas, el rostro con un antifaz de cuero, y los hombros con una ancha capa parda.
– ¿Que tal te parece esto? dijo aquel hombre sentándose en la única silla que habia, y señalando con un ademan al inquisidor el aposento en que se encontraban; no es muy hermoso que digamos, pero no son mucho mejores vuestros calabozos de la Inquisicion. Aquí á lo menos no hay cadenas, ni ruedas, ni hornillos, pero te advierto que no te fies mucho de esto, porque ya, sin esos trevejos, encontraré medio de darte tormento si te niegas á hablar. Veamos, añadió el incógnito poniéndose en posicion de escribir; apunto mi primera pregunta. ¿Ha recibido el inquisidor general don Fernando Valdés, una carta firmada por un moro?
Molina de Medrano que se habia decidido por sacar su pellejo lo mejor librado posible, contestó con un sí categórico.
– ¿Has estado esta tarde en casa del inquisidor general?
– Si.
– ¿El inquisidor general te ha enviado á ver al rey?
– Sí.
– ¿Has esperado en la antecámara de audiencias dos horas largas?
– ¡Lo sabeis todo!
– No importa. Contesta.
– Si.
– ¿Qué mensaje has llevado al rey?
Molina de Medrano declaró al pié de la letra cuanto habia hecho desde que salió de casa del inquisidor general, y cuanto le habia mandado y dicho el rey.
– Bien; perfectamente; dijo aquel hombre: eres dócil y mereces que te tratemos bien. Firma esta declaracion.
– Pero… balbuceó el inquisidor.
– Espero que no me obligarás á tratarte con dureza.
Era tan amenazador el acento del enmascarado, que Molina de Medrano ocupó el asiento que aquel habia dejado vacío, y firmó.
– Ahora toma otro papel.
– ¡Otro papel! ¿Y para qué?
– Escribe con letra clara y puño firme lo que voy á decirte.
– Espero que no tratareis de perderme.
– No; pero trato de asegurarte. Escribe.
Y dictó al inquisidor lo siguiente:
«Mi buen amigo Harum-el-Geniz: agradecido á las dádivas que os debo…
– ¡Pero esto me deshonra! exclamó el inquisidor.
– Escribe ó te mato, murmuró sordamente el encubierto, y continuó:
»… á las dádivas que os debo, no puedo menos de avisaros que he ido á ver al rey esta tarde de órden del inquisidor general, que ha recibido vuestra carta. El rey me ha mandado pedir al inquisidor general, una órden para que se permita entrar un encubierto en la cárcel del Santo Oficio esta noche. Como esto tiene, sin duda, relacion con el emir, os lo comunico para que esteis avisado y tomeis las medidas que creais oportunas. Os advierto que el inquisidor general tiene mucho miedo, y que podreis hacer de él cuanto querais. De lo que haya de nuevo os avisaré, como debo. Guárdeos Dios. De esta vuestra casa á veintidos dias del mes de julio de 1567. – El licenciado Molina de Medrano.
