Sadece Litres'te okuyun

Kitap dosya olarak indirilemez ancak uygulamamız üzerinden veya online olarak web sitemizden okunabilir.

Kitabı oku: «Los monfíes de las Alpujarras», sayfa 42

Yazı tipi:

CAPITULO. XXII.
Que sirve de epílogo á esta segunda parte

No habia pasado media hora cuando Yaye, que habia quedado profundamente pensativo y preocupado por su anterior escena con el rey, sintió pasos que se detuvieron junto á su calabozo, y luego el ruido en los cerrojos y de los candados.

La puerta se abrió.

Entró en el calabozo el alcaide acompañado de dos familiares.

– Levantáos y vestíos, don Juan, le dijo con acento duro el alcaide.

Estremecióse Yaye porque creyó que habia llegado la hora del tormento.

– ¡Se habrá adelantado por fatalidad el rey á los mios! dijo para sí; y luego añadió alto; ¿y para qué he de levantarme y vestirme?

– Si no quereis levantaros, contestó el alcaide, se os levantará; sino quereis vestiros, se os conducirá desnudo.

Yaye comprendió que herido y débil, se encontraba enteramente á merced de aquellos sicarios, y se levantó y se vistió lentamente.

Cuando estuvo vestido, el alcaide mandó á los dos familiares que le sostuviesen en razon de su debilidad, y sacándole del calabozo, le condujo hasta un patio donde le esperaba una litera.

– ¿Es ese el duque de la Jarilla? dijo una voz que estremeció de alegría á Yaye.

– Si, por cierto, señor don Luis de Robles, este es ese condenado preso, que tanto nos han encargado que guardemos. Alégrome que me quiten de encima esta guarda, y lo cedo de muy buena gana al alcaide de la cárcel de Toledo. Dadme, si gustais, el recibo de su excelencia, señor familiar.

– Tomad, pues, y que Dios os guarde señor Roquelillo; vamos, ganapanes, cargad con la litera y en marcha, que se hace tarde.

Yaye se sintió conducido, y poco despues oyó abrirse y cerrarse sucesivamente tres rastrillos.

Luego solo oyó el paso acompasado de algunos hombres que le acompañaban.

Mientras estuvieron en Madrid no hablaron una sola palabra, pero apenas hubieron salido por la puerta de los Pozos, cuando toda aquella gente se metió, llevando consigo la litera, por las tierras á campo atraviesa, y cuando se hubieron internado en ellas se pararon y un hombre abrió la portezuela de la litera:

– ¿Vais bien, señor, preguntó?

– ¡Ah! ¿eres tú Harum? dijo Yaye.

– Si, si señor, y espero vuestras órdenes.

– ¿Has enviado á alguien á mi casa á que recoja mis papeles?

– Si señor, y ya no debe tardar.

– ¿Lo tienes preparado todo?

– Si señor, y desafío á los familiares y alguaciles de la Inquisicion á quienes tan á poca costa hemos burlado, á que nos encuentren.

– Pues adelante, Harum, adelante.

La litera se puso de nuevo en marcha, y tomando una senda, aquellas gentes condujeron al emir á buen paso á una casa de campo en las inmediaciones de Fuencarral.

Poco despues Harum entró en un aposento donde, en un magnífico lecho, reposaba Yaye.

– Señor, dijo: Malek ha penetrado en vuestro palacio de Madrid sin ser sentido de nadie: ha ido á la cámara que indicásteis á Suleiman, y ha encontrado descerrajada la papelera.

– ¡Descerrajada!

– Si por cierto, y roto el sello que habia puesto sobre ella la justicia.

– Pero veo que traes en tus manos la cartera que yo habia pedido.

– Si señor.

– Dáme acá y acerca una bugia.

Harum dió á Yaye una cartera que tenia en la mano y acercó una luz.

Yaye abrió la cartera y buscó en ella con ansia.

– ¿Tienes confianza en Malek? dijo Yaye que estaba pálido.

– Si, si señor, ademas Malek no sabe leer.

– Aquí faltan dos papeles importantísimos; Harum, dos papeles que yo debí haber quemado; dos cartas terribles.

– Ya os he dicho, señor, que Malek encontró rotos la cerradura y el sello de la papelera, como asimismo los de las puertas de la cámara.

– ¡Cúmplase la voluntad de Dios! dijo Yaye pálido de espanto.

Las dos cartas que faltaban, eran la de doña Elvira de Céspedes y la de doña Isabel de Válor, en que le avisaba la una del nacimiento de Diego Lopez; la otra del de don Fernando de Válor.

El emir hubiera dado diez años de su vida por recobrar aquellas cartas.

Su pérdida encerraba para él una amenaza oscura, y en vano queria adivinar quién fuese el que se habia atrevido á entrar en una casa sellada por la justicia, en busca de aquellos papeles.

En aquel mismo punto, el rey recibia una carta escrita con mano trémula por el inquisidor general don Fernando Valdés.

Ni un solo músculo de su semblante se contrajo, aunque en aquella carta el inquisidor general le avisaba de la violencia que se habia hecho con él, y de haberse escapado el emir de los monfíes de la cárcel del Santo Oficio.

El rey tomó una pluma y escribió por bajo estas lacónicas palabras:

«Vuestra cobardía no tiene ya remedio; procurad, pues, que nadie sepa que la Inquisicion y el rey han sido burlados. ¡Que se cumpla la voluntad de Dios!»

Durante algunos dias los familiares y los alguaciles del Santo Oficio, revolvieron hasta las piedras en Madrid y en sus alrededores.

A pesar de esto el emir no pareció ni mas ni menos que una gota de agua que cae en el mar.

TERCERA PARTE.
LA REBELION

CAPITULO PRIMERO.
El castillo y la atalaya

No á mucha distancia una de otra en ese laberinto montañoso que se llama las Alpujarras, hay dos cumbres que se atalayan, y que descubren otras muchas y son descubiertas por ellas, incluyendo la cima de Sierra Nevada, y su gigantesco anfiteatro de montañas.

Una de estas dos cumbres que hemos citado domina al pueblo de Válor, la otra al de Cádiar.

En ambas cumbres se conservan vestigios de cimientos: llaman los de Válor á los unos castillo, los de Cádiar á los otros atalaya.

Hoy los lagartos asoman entre las grietas de las ruinas, y las culebras se deslizan entre los escombros cubiertos de musgo, y los habitantes conservan acerca del castillo y de la atalaya la memoria de dos nombres que son dos historias sangrientas. Las ruinas del castillo guardan el nombre de Muley Aben-Humeya: las de la atalaya el de Muley Aben-Aboo.

No hay alpujarreño que no sepa contaros, si se lo preguntais, cómo murieron cada uno de los hombres que llevaban aquellos nombres; no hay uno solo que no os diga que sus antiguas viviendas han sido arruinadas, porque sus dueños estaban malditos de Dios.

Las que hoy son ruinas, eran en 1568 dos edificios característicos.

Empezemos por el castillo.

Ocupando la ancha planicie de la cumbre se levantaban cuatro torreones cuadrados, unidos entre sí por cuatro muros robustos y almenados: ni un agimez, ni una galería, ni mas que algunas estrechas saeteras, se veian en aquel recinto exterior, pero en el centro del extenso cuadrado comprendido dentro de aquellas torres y muros, se veia un bellísimo alcazar moruno, con torrecillas caladas, galerías, miradores, cúpulas y pizarras, resplandeciente con sus vivos colores; era aquel alcázar, dentro de aquel fuerte y rojizo recinto murado, lo que podia ser una hermosa dama, cuya magnífica y engalanada cabeza se levantase sobre una armadura de guerra: fuera, robustez, almenas enhiestas, profunda caba, hondo rastrillo, puerta chata y maciza de herradura, matacanes y ladroneras: dentro, todos los bellos caprichos de la arquitectura oriental; galerías cinceladas con esbeltas columnas de alabastro; agimeces con dobles arcos festonados, y entre estos arcos y trás estas columnas, cristales rica y maravillosamente matizados, como los de nuestras viejas catedrales góticas; era aquel un alcázar fuerte, de los tiempos medios de la dominacion de los árabes en España; una especie de casa de placer de algun rey moro, que al mismo tiempo servia de alcazaba á la villa: una de esas magníficas huellas que dejó trás sí el paso de ese maravilloso pueblo árabe.

La atalaya que coronaba la cumbre del monte sobre Cádiar, era un edificio severo, escueto, que se destacaba vigorosamente sobre el horizonte, y que descubria con sus cuatro ojos negros, abiertos en su muro circular de piedra, ennegrecida por el tiempo, un número considerable de pueblos y montañas, y el mar por la parte de Levante. Dábala entrada una pequeña puerta de herradura, y por la parte oriental, sobre una cortadura del monte, se veia una ventana estucada, dividida por una columnilla blanca, y guarnecida por vidrios de colores; este era el único detalle delicado y bello que se notaba en aquel macizo torreon negruzco; detalle que á tiro de arcabuz dejaba conocer que era una adicion reciente, una herida abierta en el muro antiguo, una especie de respiradero practicado en el centro de la torre para hacer habitable y un tanto cómoda aquella atalaya de guerra.

Dulcificaba un tanto su aspecto brabío, una pequeña huerta y una blanca casita adherida á la atalaya por la parte del Sur. La cumbre se habia allanado y cercado con un tapial, y una noria, á que daba vueltas un enorme buey, mantenia la frescura y la frondosidad de un emparrado, colocado como un toldo delante de la fachada de la casa, y que corria hasta la puerta de la atalaya, y á las legumbres y á los árboles frutales que ensanchaban sus frondas odoríferas, bajo el templado cielo del Mediodía.

Un perro, una legion de gallinas y algunos patos, que nadaban en un estanque donde se recogian las aguas de la noria, daban ruido y vida, una vida especial á aquel pequeño recinto, dulcificando lo severo y sombrío del aspecto de la atalaya.

Entre esta y el castillo de Válor existia no sé que de extraño y hostil. La atalaya, hasta en la pequeña perforacion que se habia practicado en ella abriendo en su muro un agimez, era severa y sencilla; pero altiva y enérgica, por decirlo asi, como un viejo y veterano centinela avanzado al enemigo: el castillo, cuyas defensas estaban deterioradas, y desatendidas, parecía envilecido por aquel alcázar tan delicado y tan bello que á nada podia compararse tanto como á una cortesana corrompida y coronada de flores, que se sentase sobre un viejo y abollado arnés de guerra: la atalaya parecia representar la ancianidad brabia aun é indomable, y el castillo el valor degradado, el atleta rendido á los pies de la hermosura.

Entre el castillo y la atalaya filosóficamente considerados existía un abismo.

Pasando de los edificios á sus habitantes respectivos, hallaremos entre ellos diferencias esenciales.

Eran dos mujeres viudas, cada una de las cuales tenia un hijo.

La una, la moradora de la atalaya se llamaba doña Isabel de Córdoba y de Válor. La otra la habitante del castillo doña Elvira de Céspedes.

Veinte y dos años habian pasado por estas dos mujeres desde la fecha en que las presentamos á nuestros lectores al principio de nuestro relato.

Doña Isabel contaba, pues, cuarenta y dos años; doña Elvira cuarenta y cinco.

Por un privilegio de la naturaleza estas dos mujeres se habian conservado hermosas, en la edad en que generalmente ha empalidecido la hermosura de la mujer, han brotado en su cabeza las canas, y se han impreso en su rostro las arrugas.

Doña Isabel y doña Elvira no tenian ni canas ni arrugas.

Comprendiase, sí, á primera vista, que no eran jóvenes; pero nadie se hubiera atrevido á decir que eran viejas.

Encontrábanse en ese desarrollo de vida y de hermosura, que viene á ser como el estío en la vida de la mujer, en que lo que la falta de frescura la sobra de fuerza, de vigor.

Eran todavía dos mujeres peligrosas.

Cuando salia doña Isabel de su casita adherida á la atalaya, ó cuando salia doña Elvira del castillo para bajar á las poblaciones, siempre habia ricos y jóvenes moriscos que las aquejasen con pretensiones.

Llamábanlas, por último, en la comarca las hermosas viudas.

Sin embargo desde la muerte de Miguel Lopez, ó poco despues, doña Isabel se habia retirado á las Alpujarras, á la villa de Cádiar donde habia dado á luz un hijo, y se habia mostrado sorda á todas las pretensiones, vistiendo severamente sus tocas de viuda, y dedicándose por completo al cuidado de su hijo á quien amaba de una manera extremada; doña Elvira, antes de la muerte de don Diego de Córdoba, su esposo, se habia retirado á la villa de Válor donde habia dado á luz á don Fernando de Válor, y del mismo modo despues de la muerte de don Diego se negó de todo punto á contraer un nuevo enlace, concentrando, como doña Isabel, todo su amor en su hijo.

A pesar de que vivian á poca distancia, ninguna de las dos cuñadas se visitaron, ni se vieron una sola vez, desde la noche en que, veinte y dos años antes, habia sido incendiada por los moriscos la casa de don Diego de Córdoba y de Válor.

Pero si doña Isabel y doña Elvira no se veian, no acontecia lo propio respecto á sus hijos Diego Lopez y don Fernando de Válor.

Cuando fueron mozos, estos se encontraron cazando en la montaña, ó en Granada, á donde solian ir con frecuencia, ó en donde era mas peligroso: en las reuniones de los moriscos, á las que se les llevaba para nutrir en sus almas el odio contra los cristianos.

Las ambiciones de los parientes de entrambos jóvenes, habian hecho nacer entre ellos rivalidad y aun odio; odio y rivalidad que disimulaban, pero que no por ello eran menos fatales: los parientes de Miguel Lopez no cesaban un punto de decir á Diego su hijo, que su madre doña Isabel, era descendiente del Profeta; que si bien era verdad que don Fernando de Válor su primo, era el primogénito de la familia, sus vicios, su afeminacion, y la estrecha amistad que como veinticuatro de Granada y capitan del rey de España sostenia con los cristianos, le hacian peligroso, cuando él, pobre, aislado en las Alpujarras, contando sus únicos amigos entre los moriscos, fuerte, robusto y severo en sus costumbres, era mas á propósito para ponerse al frente de ellos: los allegados de don Fernando de Válor excitaban de la misma manera la ambicion de este, recordándole siempre su alto orígen y avivando su odio á los cristianos con traerle continuamente á la memoria, el desastrado fin de su padre. Contribuia no poco á ello, su tio don Fernando, á quien se conocía entre los moriscos con el nombre de Aben-Jahuar-el-Zaquer. Encargado este de su tutela, habia pretendido, aunque en vano, pasar de tutor á padrastro por su casamiento con su cuñada doña Elvira; pero esta se habia negado constantemente; don Fernando sin embargo no habia cedido; enamorado y empeñado cada vez mas por la peligrosa hermosura de doña Elvira, habia procurado hacerse de un arma contra la misma doña Elvira de su hijo don Fernando: enervó su alma, se apoderó de él, le corrompió, y para sujetarle mas á su influencia le casó con Inés de Rojas, hija de Miguel de Rojas, morisco influyente, tan ambicioso como Aben-Jahuar, y dispuesto á ayudarle en sus proyectos que eran tenebrosos.

Reducíanse estos, á poner como condicion á doña Elvira, el engrandecimiento de su hijo, á trueque de su mano, ó su anulacion completa ante los moriscos si persistia en su negativa. Fácil era de comprender que, amando como amaba doña Elvira á Aben-Humeya, su hijo, no vacilaria, por repugnante que le fuese, en entregar su mano á Aben-Jahuar, su cuñado, á trueque de que Aben-Humeya fuese proclamado rey por los moriscos de Granada, cuando llegase el caso inminente de una insurreccion decisiva. Miguel Rojas, por su parte, morisco influyentísimo, como ya hemos dicho, no podia menos de desear que el marido de su hija, llegase á ser rey, y ayudaba con todas sus fuerzas á Aben-Jahuar: este se habia cubierto de la mas profunda reserva, y nadie mas que doña Elvira, porque los ojos de una madre lo adivinan todo, habia adivinado, que Aben-Jahuar, satisfecho su empeño amoroso casándose con ella, no pararia hasta ver satisfecha su ambicion: doña Elvira habia comprendido que su cuñado elevaria á su hijo, que le sostendria hasta cierto punto en el poder, y que le derribaría despues para hacer con su cadáver un escalon del trono de Granada.

Doña Elvira aborrecia, pues á su cuñado; pero encubria su odio, porque Aben-Jahuar estaba apoderado de su hijo, y le tenia como en rehenes.

Abandonado Aben-Humeya á su tio, habia contraido viciosas inclinaciones: era jugador y camorrista como su padre; falto de fe en sus empeños como su padre, y como él infatuado con su orígen: añadíase á esto el odio que doña Elvira le habia hecho concebir contra su tia doña Isabel de Válor, y su primo Aben-Aboo; su corazon era un depósito de amargas pasiones: su pensamiento enloquecia con sueños insensatos: desconfiaba de todo el mundo, y sin embargo á todo el mundo se entregaba: débil, irresoluto, voluntarioso, era á todas luces inferior á su primo Aben-Aboo, á su rival, á su antagonista.

Era este un mancebo de veinte y dos años, á quien la reflexion hacia parecer de mas edad; hermoso; pero con una hermosura enérgica; moreno, con ese color dorado y característico de los oriundos de Africa; pálido, con enormes y elocuentes ojos negros, nariz aguileña, boca de sutiles labios, que indicaban astucia y firmeza, y miembros musculosos y fuertes; pero constituyendo un conjunto esbelto, en que se adivinaban un vigor sumo y una agilidad extraordinaria.

Aben-Humeya, era otro tipo enteramente distinto: su semblante blanco, pálido, de cútis fino y denso, y sus grandes ojos negros de mirada sensual y lánguida recordaban la antigua y casi extinguida raza árabe: aunque á veces brillaba una chispa de valor indómito en sus miradas, aunque habia altivez en la actitud de su cabeza, y algo de magestad en su frente, sin embargo, en la tersa morbidez de sus manos, que hubiera envidiado una dama, en la indolencia de sus movimientos, en esa especie de cansancio habitual que constituye la afeminacion en el hombre, se comprendia que estaba enteramente entregado á la molicie, á los placeres, á la vanidad: sin embargo, como un indicio, como un signo de raza, en medio de esta degradacion, se notaban algunos destellos de valor sereno é infinito, de actividad, de magestad: algo de regio, de grande, de indomable, que debia revelarse y dominar á la degradacion en situaciones dadas, haciendo de aquel hombre otro enteramente desemejante de sí mismo, aunque por un momento.

Aben-Aboo, aventajaba á Aben-Humeya en hermosura, en energía, en virilidad; pero Aben-Humeya aventajaba á Aben-Aboo en fueros y privilegios.

Aben-Humeya era señor de Válor, regidor perpetuo, ó veinticuatro del ayuntamiento de Granada, capitan de infantería, y se llamaba don Fernando.

Aben-Aboo, solo era hidalgo por su madre, vivia oscurecido, y se llamaba lisa y llanamente Diego.

Aben-Humeya era rico y brillaba entre la nobleza castellana.

Aben-Aboo, ó por mejor decir doña Isabel, su madre, lo habia vendido todo á excepcion de la atalaya y la huerta en que vivian en Cádiar, y una enorme casa situada en el Albaicin de Granada, perteneciente al dote de doña Isabel, que esta habia cedido á su hijo, y que estaba continuamente alquilada.

En vano Yaye-ebn-Al-Hhamar, habia pretendido de doña Isabel que aceptase, al menos, cuanto fuese necesario para sostener dignamente los gastos de Aben-Aboo. Doña Isabel se habia mostrado inexorable.

Aben-Humeya tenia en Inés de Rojas una esposa jóven, pura y enamorada, que le habia dado un hijo; en su tio un espíritu que hablaba siempre á su vanidad y á sus pasiones; en su suegro un instrumento servil, que se plegaba á todos sus caprichos, y numerosos amigos parásitos que le adulaban y le ensoberbecian.

Aben-Aboo, solo tenia á su madre, pura y santa mártir, que le predicaba constantemente la virtud y el honor, y unos que, por parte de Miguel Lopez, se creian parientes del jóven, y que este tenia por tales (hasta tal punto habia quedado envuelto en el misterio el orígen de Aben-Aboo) gentes zafias, brabías, que no pudiendo ser nada por sí mismas, lo esperaban todo del derecho que parecia asistir en un caso dado á la corona de Granada, á Aben-Aboo, como descendiente de los Aben-Humeyas por parte de su madre. Pero estas gentes aunque ricas, eran oscuras y no podian dar prestigio alguno á Aben Aboo.

Habia ademas otras disparidades notabilísimas entre ambos jóvenes.

Aben-Humeya, tenia en torno suyo una numerosa y espléndida servidumbre; sus caballerizas estaban llenas de caballos de raza pura; tenia un palacio en Granada y otro en Cádiar, y en estos palacios magníficas cámaras, y en estas cámaras, costosos y bellísimos muebles, cuadros, estátuas, alfombras; cuanto constituia, en fin, la ostentacion de un gran señor de aquellos tiempos.

Aben-Aboo, solo tenia á su servicio un esclavo africano, negro como la noche, fuerte como un cedro, valiente como un leon, y fiel á su dueño como un perro: en su cuadra no habia mas que dos caballos, valientes animales de raza, y tan buenos como los mejores de don Fernando: vivia encerrado en aquella vieja atalaya en cuyo centro habia habilitado un reducido y desnudo aposento, al que, mirando al distante mar, que aparecia á lo lejos entre las rompientes de las montañas, daba luz la ventana ornamentada de que hemos hablado. En aquel aposento no habia mas muebles que un lecho modesto, una ancha mesa de roble con recado de escribir, y algunos legajos de papeles; un armario donde se encerraban algunas ropas sencillas, y un medio arnés de hierro, suspendido de una escarpia: los objetos de mas lujo que allí se veían, eran las vidrieras de colores de la ventana, y una chimenea de mármol blanco del gusto del renacimiento; una pequeña puerta que daba paso á una escalera de caracol, servia de entrada á este aposento que era circular, y tenia cierto aspecto severo y triste, á causa de un pilar de ladrillo agramilado, que sostenia en el centro la bóbeda de agallones al estilo árabe.

Sin embargo, á pesar de las diferencias que existian, segun hemos demostrado, entre ambos jóvenes, estaban puestos en contacto de una manera peligrosa, bajo dos distintos aspectos; el de la ambicion, y el del amor, siendo de advertir, que estas dos pasiones estaban alimentadas por ellos sobre dos fantasmas.

Su ambicion miraba á la corona de Granada.

¿Y donde estaba aquella corona?

En la acalorada imaginacion de los moriscos.

Su amor, en un ser misterioso, cuyo nombre y cuyo semblante no conocian; en una especie de fantasma.

¿Y qué fantasma era esta?

Fantasma ó mujer, el ser á quien amaban Aben-Aboo y Aben-Humeya, era… ¡la Dama blanca de la montaña!

Cuanto de bello y de poético sueña la imaginacion meridional del pueblo andaluz, se atribuia á aquella dama misteriosa: ¿era un fantasma, una hada, un génio de la montaña, ó un ser viviente real y efectivo? Nadie podia asegurarlo; pero era preciso contestar algo: aquella dama que, durante el verano anterior, habia aparecido con suma frecuencia en los desfiladeros de la montaña, por las mañanas antes de salir el sol, y durante las noches de luna; aquella dama misteriosa, siempre encubierta, siempre engalanada con regias vestiduras, conducida en un palanquin, ó cabalgando en una blanca hacanea, resguardada siempre por soldados moros, blancos como ella, y encubiertos con las viseras de sus cascos, no podia ser otra que la sultana Zoraya12, que consecuente á su nombre y á su amor, se levantaba de su tumba antes de la salida del sol, ó á la luz de la luna, para mirar la altísima y siempre nevada cumbre de Muley-Hacem, donde creia ver la sombra de su esposo.

Esto, que no pasaba de ser una conseja, era creido como un artículo de fe, no solo por los moriscos, sino tambien por los cristianos viejos. Estos la maldecian porque era la sombra de una perra infiel y renegada, á cuya influencia se debian sin duda las calamidades que afligian á la comarca: los moriscos sentian hácia la dama fantástica, un horror invencible, porque, al fin, ¿la sultana Zoraya no habia sido cristiana? ¿No se habia llamado doña Isabel de Solís? ¿Enamorando al rey Hacem, no habia motivado los zelos y la venganza de la sultana Aixa la Horra13, las disidencias entre los infantes sus hijos y el rey Boabdil, hijo de Muley-Hacem y de Aixa, y las guerras civiles de Granada y por ellas la pérdida del reino?

Segun los moriscos, la sultana Zoraya, castigada sin duda por Allah, vagaba insepulta expiando sus pecados: ella era el espíritu maldito de las Alpujarras; ella tenia sobre sí, no solo la execracion de los habitantes cristianos, sino tambien la de los moriscos.

¿Pero acertaba en sus deducciones el vulgo? ¿Habia algo de cierto en aquella conseja?

No hay tradicion que no tenga algun fundamento: la Dama blanca existia; pero lejos de ser un fantasma, era lo que mas adelante, en el discurso de nuestro relato, verá, el que lo leyere.

Para Aben-Humeya y Aben-Aboo, la Dama blanca era mas que una mujer; entrambos, habian acechado su paso escondidos entre las breñas; entrambos la habian visto, y aunque siempre encubierta, era tal la magia, el encanto que se desprendia de ella, que entrambos se habian enamorado.

Aben-Aboo y Aben-Humeya, estaban separados por las dos pasiones que mas imperio ejercen sobre el corazon humano: el amor y la ambicion.

Sin embargo, siempre que los dos jóvenes se encontraban, se saludaban sonriendo; siempre antes de separarse, se estrechaban con fuerza las manos; pero siempre que Aben-Humeya se asomaba á los miradores de su castillo de Válor, lanzaba una mirada llena de odio á la atalaya de Cádiar; siempre que Aben-Aboo sacaba la cabeza por la ventana de su nido, arrojaba una mirada letal al castillo de Válor.

Entrambos tenian respectivamente, el uno para el otro, la palabra de amistad en los labios, y el odio en el corazon.

Para aumentar este odio, la suerte parecia vacilar entre los dos.

Los moriscos de las Alpujarras despreciaban á Aben-Humeya, y los monfíes, aquellos horribles bandidos invisibles, habian dejado mas de una vez el cadáver de un perro á la puerta de su castillo, lo que era una afrenta horrible entre los moros, y al mismo tiempo una amenaza: por el contrario, los xeques de la vega de Granada y del Albaicin, seducidos por Aben-Jahuar-el-Zaquer, tio paterno de Aben-Humeya se habian declarado ardientemente sus partidarios, y pensaban en él para hacerle rey de Granada.

Habia ademas, otra persona parienta de entrambos jóvenes, á la que nunca habian visto; pero cuyo parentesco conocian, y cuya influencia sentian, y á quien aborrecian por la misma razon que se aborrecian entre sí: por ambicion: aquel hombre era demasiado poderoso para que no les fuese temible: era el que mas derechos tenia á la corona de Granada; porque aquel hombre, en una palabra, era Yaye-ebn-Al-Hhamar, emir de los monfíes.

Nuestros lectores, por lo que acabamos de consignar, comprenderan, que la vida del emir habia llegado á su situacion mas dramática; nuestros lectores conocen los amores de Yaye con doña Elvira de Céspedes, esposa de don Diego de Córdoba y de Válor, y con doña Isabel, hermana de este: saben tambien, que por una horrible fatalidad, aquellos amores habian dado por fruto dos niños, cuyo verdadero orígen, habia sido cubierto respectivamente por decoro de familia: nadie sabia aquel secreto, mas que las dos mujeres y Yaye, siendo de presumir, que lo supiese tambien la persona que se habia apoderado de las cartas de doña Elvira y de doña Isabel, en que ellas mismas habian descubierto aquel secreto. Por mas que habia hecho Yaye, no habia podido averiguar quién habia sido el ladron de aquellas cartas, lo que le tenia en una ansiedad increible.

Fuera de esta persona ignorada, nadie habia que pudiera revelar aquel secreto. A nadie constaba si Miguel Lopez, antes de partirse á las Alpujarras, habia poseido á su esposa. Nadie sabia la terrible escena que habia acontecido entre don Diego de Válor y doña Elvira, á la vuelta de aquel de las Alpujarras, y antes de que fuese preso por el capitan general. Miguel Lopez no habia podido revelar nada, porque habia muerto de hambre en el subterráneo; don Diego de Válor, que esperaba para vengarse verse en libertad, acusado con pruebas fehacientes del asesinato de su cuñado, habia muerto en la prision; su hermano don Fernando, al tiempo de la muerte de don Diego, se encontraba en Africa á donde habia ido á buscar auxilio en nombre de los moriscos de Granada, en la córte del dey de Argel, y nada pudo revelarle el preso antes de morir. El secreto, guardado de una parte por la tumba, y de otra por intereses de familia, no podia ser descubierto, sino por la mano misteriosa que habia robado sus únicas; pero terribles pruebas.

Hermanos Aben-Humeya y Aben-Aboo, solo se creian primos, y se aborrecian de muerte, y este aborrecimiento; cuya causa conocia Yaye, le aterraba.

Porque Yaye no podia dudar de que los dos jóvenes eran sus hijos, y esto para él era una fatalidad mas: sino hubieran sido hermanos de Amina, el emir que conocia las rivalidades de entrambos, las hubiera atajado, uniendo á Aben-Humeya con su hija, cumpliendo de este modo el antiguo contrato de las dos familias, y satisfaciendo ó sosteniendo con mano fuerte la ambición de Aben-Aboo.

Llovian las contrariedades sobre el emir. Del mismo modo que Aben-Humeya se habia hecho partido entre los moriscos de Granada y de la Vega, Aben-Aboo, por las influencias de los parientes de Miguel Lopez, su falso padre, se lo habia hecho entre los de las Alpujarras.

Ademas, por su valor, por su fanatismo musulman, que en vano habia querido dominar su madre; por sus atrevidas excursiones á la montaña; por algunas muertes dadas, aunque secretamente, á algunos castellanos, habia llamado la atencion de los monfíes que le apreciaban sobre manera, del mismo modo, que, como dejamos dicho, insultaban á Aben-Humeya.

Sabíalo esto Yaye, y veia venir las disidencias y las luchas intestinas entre los moriscos. Queria remediarlo y no podia. Todos los caminos se le cerraban. Amina, Aben-Aboo y Aben-Humeya, eran sus hijos.

Yaye habia empezado á ser hombre, cometiendo grandes desaciertos. Habia escuchado á su ambicion y á su fanatismo, mas que á su corazon; habia, en una palabra, cometido crímenes: el crímen no puede producir mas que crímen, y Yaye, ya casi en el otoño de su vida, veia levantarse contra él su pasado de una manera aterradora: dos mujeres, hermosas aun y llenas de vida, sedienta la una, doña Elvira, de venganza, lo que no se ocultaba á Yaye; resignada la otra, dona Isabel, pero infeliz, víctima de la ambicion y de los crímenes de su familia, mártir inocente que devoraba su dolor y sus lágrimas, ocultándolas á todo el mundo. Ademas de estas dos mujeres, era otro cruel remordimiento para Yaye, su hija, su infeliz Amina, deshonrada á sus ojos, enamorada de una manera insensata del marqués de la Guardia; una niña, una infeliz criatura dada á luz por Amina, oculta, bastarda, con un porvenir oscuro; sus dos hijos Aben-Humeya y Aben-Aboo, empeñados en una lucha sorda, pero por lo mismo mas terrible. Calpuc, el rey del desierto, viniendo de tiempo en tiempo de América, trayéndole tesoros, representante á un tiempo de la desventura de Estrella y de la desventura de Amina, y luego ¡oh! luego otro remordimiento mas terrible, mas aterrador… El príncipe don Cárlos de Austria, el insensato, á quien él habia lanzado á la rebeldía contra su padre, el infeliz loco habia sido procesado por el terrible Felipe II, y habia muerto en el alcázar de Madrid14.

12.Lucero de la mañana: así llamaron los moros de Granada á doña Isabel de Solís, que fue sultana por su casamiento con Muley-Hacem.
13.La honesta.
14.Fue la muerte del príncipe á 24 de Julio de 1568.
Yaş sınırı:
12+
Litres'teki yayın tarihi:
28 eylül 2017
Hacim:
1330 s. 1 illüstrasyon
Telif hakkı:
Public Domain