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Kitabı oku: «Los monfíes de las Alpujarras», sayfa 43
Dios, el rey y los médicos de cámara, Oliva y Vallés, el divino (como se le llama aun) sabian si el príncipe habia muerto por enfermedad, por excesos, ó por un veneno: la historia nada sabe, nada ha podido decir, sino que el príncipe murió preso y procesado por su padre, y este horroroso suceso, este parricidio, acaso, pesaba sobre el alma de Yaye, la torturaba, la estremecia, porque, aunque Felipe II fuese su enemigo natural, el verdugo de su pueblo, lo horrible, lo monstruosamente criminal, este sobre todos los odios, flota sobre todos los intereses.
De modo que Yaye, que habia tenido la vanidad de la virtud, y la ambicion de un héroe, se encontró cuando empezaba á descender el sol de su vida, con el alma ennegrecida y humillado por el remordimiento, y con la desesperadora certeza de no haber hecho nada por su patria.
Tales eran la situacion de Yaye, de doña Isabel de Válor, de doña Elvira de Céspedes y de sus hijos, en la fecha en que se encuentra nuestro relato.
CAPITULO II.
El peregrino y el ermitaño
Un dia de invierno del año de 1568, domingo por cierto á 19 de diciembre, despertó Granada, la que llaman los poetas paraiso oriental, jardin de amores, alcázar de perlas, castillo fuerte y contentamiento de la vida; despertó, decimos, tan envuelta en nieblas, que no parecia sino dueña mogigata y pudibunda, ú honesta desposada, que sale á la calle la mañana siguiente de sus bodas, y se cubre con su rebocillo en el breve tránsito de la casa nupcial á la iglesia. Lo cierto del caso es, y nos dejamos de peligrosas figuras, que tal y tan espesa era la niebla, que apenas se lograban ver los objetos á diez pasos de distancia; que algo mas allá los árboles parecian fantasmas y que, por último, algun espacio mas allá nada absolutamente se veia mas que el fondo perdido, vago y flotante de las extremidades de las nubes que tocaban á la tierra y la inundaban con una lluvia menuda, espesa y fria como la nieve.
Corria, otro si, un vientecillo tan sutil y helado que los traginantes y demás gente de camino que iban por el de las Alpujarras á Granada, tenian gran cuidado de llevar calados los chapeos hasta los ojos y subidas las mantas, capas ó capotes hasta las narices, requisito sin el cual se exponian á convertirse en carámbanos, á beneficio de un aire colado y á pesar del cual se les helaba el aliento á la salida de las narices, escarchándose sobre los mostachos de quien los tenia: era, en fin, una de esas homicidas mañanas de invierno contra las cuales no hay mejor defensa que el lecho y una habitacion herméticamente cerrada y convenientemente caldeada.
Si fuera preciso que nuestros lectores nos acompañasen en cuerpo y alma, en una mañana tal y con tal frio, al lugar en que es necesario que nos apostemos para esperar á ciertas personas, estamos seguros que del infinito número de lectores que han de tomar en sus manos este libro, solo quedaria alguno de esos calaveras á quienes nada pone espanto, y que estan siempre dispuestos á correr una aventura, siquiera sea en el infierno, ó algun desesperado cansado de la vida, y á quien fuese indiferente morir de pulmonia, de pasmo ó á mano airada. Pero, afortunadamente, tanto nuestros lectores como nosotros, no tenemos necesidad de otra cosa que de trasladar nuestra atencion, entidad moral é incorpórea, agena por lo tanto al frio ó al calor atmosférico, á la ermita de san Sebastian, antigua mezquita de moros, convertida despues de la conquista de Granada por el celo religioso de nuestros abuelos en santuario y hoy (vicisitudes de la suerte) por el espíritu mercantil y codicioso de nuestra época, en taberna.
Sin embargo, y decimos esto de paso; sin embargo de que el humo del aceite del figon y de los cigarros de los borrachos, ha ennegrecido el interior de aquel pequeño edificio cuadrado, á pesar de que un innoble hacecillo de sarmientos se mueve al impulso de las auras del Genil sobre el venerable arco árabe de la antigua mezquita, como en muestra de que allí puede embriagarse todo el que quiera por algunos maravedises, aquel edificio, envilecido por los hombres, conserva los gloriosos recuerdos de haber acampado junto á él los ejércitos de Castilla y de Aragon, el mismo dia en que se entregó Granada á los Reyes Católicos, que, rodeados de su córte, de sus prelados y de sus mas grandes capitanes, vieron desde aquel punto ondear sobre la distante torre de la Alcazaba de la Alhambra los tres pendones de Castilla, de la fe y de las órdenes militares: una lápida antigua, incrustada en el lado oriental de la ermita que conserva en una sencilla inscripcion estos gloriosos recuerdos históricos, forma un enérgico contraste, es casi una protesta, contra el hacecillo de sarmientos y las impuras bacanales de rameras y gente perdida, cuotidianos concurrentes del garito, y una voz muda, pero severa, que acusa ante el buen patricio, ante el hombre de corazon y ante el extranjero, la incuria de los que no han sabido defender del envilecimiento, aquel depósito de tan nobles tradiciones, aquel santuario donde se ha elevado entre el humo del incienso del altar, el homenaje de adoracion y alabanza del hombre á su Criador.
Pero dejando el tono declamatorio que sin saber cómo, nos ha inspirado el recuerdo de la mezquita-templo-taberna, situémonos junto á ella y veamos si llegan las personas á quienes esperamos.
Inútil es decir que en aquellos tiempos la ermita de san Sebastian era una verdadera ermita, con su fraile-lego-sacristan, su esquilon colgado entre dos postes sobre la puerta, su rejilla de hierro abierta en ella, y su lámpara siempre encendida delante del altar, que se veia á través de la rejilla.
Acababa de amanecer, ó por mejor decir, de esclarecerse la luz del dia, harto empañada por la niebla, cuando de entre esta y ya cerca de la ermita, se destacó un bulto, primero informe, y perfectamente perceptible poco despues; componian el bulto un hombre y un asno; vestia el primero, que venia cabalgando en el segundo, un hábito de peregrino; esto es: sombrero de anchas alas, fatigadas por enormes conchas, muceta igualmente conchuda, túnica de buriel y bordon con la consabida calabacilla pendiente de su extremo superior; era el segundo un sesudo y robusto jumento de las Alpujarras, enjaezado con jáquima y albarda á la morisca; esto es: enriquecidas ambas con flecos de estambre y seda de colores á que llaman alhamares de la tierra, y adornada la cabeza con un penacho voluminoso, cuya tiesura contrastaba de una manera original con lo abatido y lacio de las enormes orejas del jumento, abatidas por el frio y por la lluvia.
En vez de seguir adelante por el enlodado y difícil camino que siguiendo por la márgen izquierda del Genil, sobre que está situada la ermita, conduce al cercano puente y á la ciudad, el peregrino tocó suavemente con la extremidad de su bordon el lado derecho de la cabeza del asno, y este se dirigió en derechura á la puerta de la habitacion del ermitaño, adherida por la parte del rio á la ermita.
Es de advertir que el peregrino no se habia descubierto ni santiguado al pasar junto á la cruz de piedra situada delante de la ermita, irreverencia notabilísima en aquellos tiempos, y que hacia sumamente sospechoso á quien tal desacato se permitia: ello es verdad que nadie podia haberlo visto, porque en la pequeña área en que podian ser perceptibles los objetos á causa de la niebla, no habia otra persona que el irreverente, ni otro testigo que el asno, y aun este, por su posicion natural, no podia notar la falta, y caso de que la hubiera notado, ya sabemos hasta donde llegan el silencio y la discrecion de un borrico.
Apeóse el peregrino cuando el animal hubo de detenerse, no pudiendo pasar adelante á causa de la interposicion del muro de la ermita, y acercándose aquel á la puerta de la habitacion del ermitaño, dió en ella y consecutivamente tres fuertes golpes con el herrado cuento de su bordon.
Contestó inmediatamente tras de la puerta una voz nasal y característica, verdadera entonacion frailuna y untuosa, á cuyo sonido contestó el peregrino en dialecto extranjero gutural y acentuado:
– ¡Al-jandul-illah!15
– ¡Le ille-Allah!16 contestó inmediatamente con entonación devota y enérgica una voz robusta y varonil, al mismo tiempo que se abría la puerta y dejaba ver un ermitaño robusto de cuerpo, de barba bermeja, cútis cobrizo y ojos negros y centelleantes, envuelto en un hábito ceniciento de franciscano descalzo.
Miráronse frente á frente ermitaño y peregrino y el primero dijo al segundo:
– Yo esperaba á un hombre que pronunciara á mi puerta el nombre de Dios.
– Yo soy ese hombre, contestó el peregrino.
– ¿Ha llegado el dia hermano? dijo el ermitaño.
– Se acerca la hora, contestó el peregrino.
– Muéstrame una señal para que pueda creerte.
– Déjame entrar en tu casa, dijo el peregrino, viendo que el ermitaño cubria recelosamente la estrecha entrada.
Apartóse el ermitaño, y el peregrino tirando del ronzal del asno, le introdujo en un reducido patio en cuyo centro existia aun la pequeña fuente de ablucion de la mezquita, y al fondo bajo un parral en esqueleto, una preciosa puerta árabe minuciosamente labrada y orlada de inscripciones cúficas, con leyendas del Koram.
El ermitaño cerró inmediatamente la puerta exterior: entonces el peregrino se quitó el sombrero, levantó una de sus conchas, y arrancó de ella un pequeño pergamino cuidadosamente enrollado, que habia estado adherido con cera á la parte interna de la concha, le desenrolló y le mostró al ermitaño.
Este leyó lentamente el contexto del pergamino, que consistia en algunas líneas de pequeños y hermosos caracteres africanos, escritos con tinta roja.
– ¿Cómo te llamas? dijo el ermitaño mirando profundamente al peregrino.
– Abul-Hhassan, contestó aquel.
–¿Por dónde se camina hacia la luz hermano? replicó el ermitaño.
– Por las tinieblas, contestó el peregrino.
– Bien venido seas, hermano, dijo el ermitaño tomando la mano derecha del peregrino y llevándola á la frente, muestra de aprecio y de amistad entre los moros, recibida por ellos de los árabes.
– Que el Altísimo y Unico te pague tu buena acogida hermano, contestó el peregrino.
– Entra y conforta tus miembros, Abul-Hhassan, dijo el ermitaño; por acá tenemos el invierno crudo, y vienes sin duda de tierra donde el sol es siempre ardiente.
– Vengo de Argel.
– ¿Y qué noticias traes?
– Malas, muy malas; dijo el peregrino sentándose en un taburete junto á un hogar en que habia fuego.
– ¿Malas noticias dices que traes?
– El dey Aluch-Alí, desconfia de nosotros.
– ¡Que desconfia de nosotros! y bien: tiene razón: hasta tal punto sufren los moriscos las tiranías y las afrentas con que los afligen los castellanos, que debe creerlos cobardes, y lo son, si, por la santa Kaaba. ¿Por qué no imitan á los monfíes de la montaña?
– Pero el dia de la venganza y del exterminio se acerca, exclamó con energía Abul-Hhassan.
– ¿Y qué haran los moriscos solos, rodeados por todas partes de soldados, de alguaciles y de inquisidores?
El peregrino sonrió con desden.
– El pueblo de Dios, dijo con solemnidad, vive entre los infieles; parece sumiso y resignado; pero se agita en silencio, y está en todas partes; en las casas de los magnates cristianos, sufriendo sus insolencias y comiendo el pan de la servidumbre con la frente baja, la mirada tranquila, la sonrisa en los labios; en los conventos, vistiendo el sayal del fraile cristiano; bajo las banderas del rey impío, vistiendo el coselete del soldado; nuestras hijas sonrien al castellano y le enamoran, mostrándole el rostro descubierto y dominándole con su hermosura; en nuestras casas entran descuidados, y en sus templos penetramos nosotros encubiertos; tú mismo pasas por santo entre ellos, eres sacristan de esta santa mezquita profanada, y ninguno desconfia de tí; yo, cuando paso por los caminos del infiel, con mi bordon de peregrino, les pido caridad en nombre de su dios, y con la máscara de mendigo penitente, paso entre ellos, que me respetan y llenan mi bolsa con sus limosnas. ¿Quieres mas? Llegará un dia en que el vencido, humillado hoy, envilecido, doblegado ante su señor, se levante con el puñal en una mano y la tea en la otra, cuando menos lo esperen los cristianos; cuando esten mas confiados por nuestra humildad y nuestro sufrimiento, y ese dia ha llegado ya.
– Pero envuelto en nieblas: me parece muy pronto Abul-Hhassan.
– Dentro de pocas horas esas nieblas se habran deshecho ante la luz del sol; nos espera un hermoso dia, hermano.
– ¿Y por qué si tienen los moriscos tantas esperanzas los abandona el dey de Argel?
– Su guerra con los venecianos, á que le lleva su fidelidad hacia el supremo emir de los creyentes, Selim II, á quien Dios prospere, le tiene sin naves y sin dinero; hoy no nos podria dar ni una sola fusta, ni un solo soldado, ni una sola dobla. Esperémoslo todo del sultan, del sublime Selim. Entre tanto nos ayuda el emir de los monfíes de las Alpujarras.
– Ya, ya lo he visto por el pergamino que me has entregado.
– Si unidos á los monfíes de la montaña logramos apoderarnos de Granada y poner en armas la tierra desde Almería á Gibraltar; si vencidas, como es de esperar, las armadas de Venecia, puede el sultan enviarnos sus galeones, y sus taifas, que haran innumerables las taifas berberíes, España volverá á ser nuestra como lo fue en tiempos de Muza y de Tarik, y ¡ay entonces de la infame Europa! la palabra de Dios llevada adelante por las espadas del Islam, llenará la tierra desde el Oriente á las mas altas regiones del Occidente, mas allá de los grandes mares, y desde el Mediodia al Septentrion; hasta los eternos hielos.
– Cúmplase la voluntad de Allah.
– Y se cumplirá, asi está escrito: ¿no crees tú en lo que revelan esas palabras de luz que se llaman estrellas?
– La carta que me has dado dice que eres sabio y astrólogo: solo Dios sabe lo oculto, y él lo revela á sus escogidos. ¡Cúmplase la voluntad de Dios!
Hubo un momento de silencio.
– ¿Quién te ha dicho que me busques? preguntó al cabo el ermitaño que no confiaba mucho en Abul-Hhassam.
– El emir de los monfíes.
– ¿Y dónde has visto al emir?
– En las Alpujarras.
– ¿Cuánto tiempo hace?
– Dos dias.
– Y nada mas te ha dicho el magnífico emir al enviarte á mí.
– Si me ha dicho: busca al Julaní que vive encubierto en la mezquita de Al-Morabethin17 y á quien los cristianos llaman el hermano Pablo; desde la mezquita hasta la casa de su hermano el Hardon en el Albaicin hay una larga mina, cuya entrada por la mezquita sabe él solo: no es prudente que tú, hombre de Dios, andes á la luz del dia por Granada, ni te aposentes en las posadas públicas; en la ciudad hay gente que te conoce y que sabe que andas oculto desde el levantamiento de las Guajaras. Toma este escrito: mediante él, el Julaní te abrirá la puerta de la mina, y por bajo de Granada, llegarás á casa del Hardon. Esto me dijo el emir al darme el escrito que te he entregado.
– Tú eres el faqui, dijo aun con recelo, pero mas tranquilo el Julaní, que hace algunos años dijiste que las estrellas te habian revelado el nombre del escogido por Dios para ser rey de Granada.
– Sí es verdad, yo soy Abul-Hhassam el faqui.
– ¿Y quién debe ser rey de Granada? dijo con sarcasmo el Julaní.
– Hubo un tiempo en que yo creí leer de una manera clara su nombre en el eterno libro del firmamento.
– ¿Y era ese nombre el de Aben-Aboo, el hijo de doña Isabel de Córdoba y de Válor?
– Si, ese era el nombre que creí leer; pero despues las estrellas me han dicho: «espera solo un momento antes de que el pueblo de Granada se levante armado contra sus opresores y podrás saber ese nombre.»
– ¿De modo que?..
– Esta noche á las doce, sabré quién ha de ser rey de Granada.
– Que Dios te ilumine para bien de su pueblo santo faqui, dijo el Julaní con acento de amenaza. Entre tanto, y como tu permanencia aquí no es prudente, ven.
El Julaní se levantó y llevó al faqui á un ángulo de la estancia donde estaba la humilde tarima de penitente, que le servia como complemento de su apariencia cenobítica; la apartó y debajo de ella quedó descubierta una trampa cerrada con un candado: sacó el Julaní una llave de la manga de su hábito, levantó la compuerta y quedó descubierta una trampa.
Abul-Hhassam fue á descender por ella.
– Espera, dijo el Julaní; es necesario que todo lo que ha venido contigo desaparezca.
Y salió al patio, asió el ronzal del jumento, tiró de él, le introdujo en la habitacion y le hizo descender por la trampa: siguióle Abul-Hhassam, y poco despues marchaban por un pasadizo llano, á cuyos costados habia algunas puertas, iluminado por una lámpara pendiente del techo.
– ¡Daruh! exclamó el Julaní cuando estuvieron en el pasadizo.
Poco despues por una de las puertas laterales apareció un hombre jóven, robusto y de aspecto feroz, vestido exactamente como los monfíes de la montaña.
Este hombre examinó atentamente á Abul-Hhassam, y volviéndose al Julaní le dijo.
– ¿Qué me quieres walí?
– Lleva este asno á la caballeriza, ponle pienso como á nuestros caballos y vuelve.
Daruh tomó el ronzal del asno, y desapareció con él por una puerta inmediata.
– ¡Tus caballos! ¡tus caballerizas! exclamó con asombro el faquí.
– Si por cierto: estamos preparados: en un solo momento los monfíes de las Alpujarras saldran de debajo de la tierra armados y cabalgando como en tiempos de Boabdil.
– A quien Dios maldiga.
– Si; maldígale Dios: fue un traidor.
Apareció entonces Daruh.
– Guia á este hombre de Dios, le dijo el Julaní señalando al faquí, á casa del Hardon en el Albaicin.
– ¡Qué! ¿de esta entrada corren muchas minas al interior?
– Tantas Abul-Hhassam, que si Daruh no te acompañase te perderias en su laberinto. Pero á Dios: no puedo faltar mucho tiempo de la mezquita: que Dios te guie y te ilumine, faquí.
– Que la proteccion del Dios Altísimo y Unico esté sobre tí, hermano.
Habia un ligero acento de amenaza en las palabras con que se habian despedido el wali y el faquí.
Daruh encendió una lámpara, y echó por la mina adelante precediendo al faquí.
El Julaní permaneció un momento inmóvil y pensativo.
– El emir lo quiere, dijo al fin; pero hace algun tiempo no eran esas sus intenciones: ¿le habrá engañado ese astrólogo embustero? ¿Quién sabe? Que Dios ilumine al magnífico emir.
Despues de estas palabras el Julaní subió, cerró la trampa, puso sobre ella la tarima, y tomando de sobre una mesa en que habia un crucifijo y una calavera, un cepillo de cobre, salió á la ermita, abrió su puerta y se puso en ella exclamando de tiempo en tiempo con voz compungida, y haciendo sonar algunas monedas que contenia el cepillo:
– ¡Hermanos caritativos! ¡ayudad con vuestras limosnas al culto de esta santa ermita!
CAPITULO III.
La recua, el carro y el ginete
El sol habia salido, y haciendo honor á los pronósticos de Abul-Hhassam, la niebla se habia disipado, contribuyendo á ello, un fuerte viento del Norte que habia arrojado las nubes hácia Sierra-Nevada, en cuya cima se agrupaban, como sirviéndola de turbante.
El golpe de vista que se gozaba desde la ermita de san Sebastian era bellisimo: una ciudad maravillosa, Granada, iluminada por los primeros rayos del sol de la mañana, aparecia, extendiéndose su anfiteatro desde el puente de Genil hasta la encumbrada Alhambra que recortaba sobre el purísimo y radiante azul del cielo, sus torres y sus muros almenados, y sobre estos y entre aquellos, los verdes cipreces de los adarves de la torre de la Vela de la Alcazaba, el bello palacio del emperador Carlos V, y la iglesia de santa María. Has cerca las torres Bermejas, con sus robustas defensas; el cerro de los Mártires, cubierto de cármenes, y estos cármenes cubiertos de verdura, á pesar de la estación, merced al verdor eterno de los laureles, los naranjos, los cipreces y los nopales. Mas abajo los muros, siguiendo las inflexiones de las colinas; la Puerta del Sol, las torres de la ribera de los Molinos, la puerta de Bib-Lachar, el Cuarto Real, la puerta, la del Rastro, de Bib-Ataubin, la Real, de Bib-Arrambla, hasta perderse á lo lejos entre las calles de la ciudad nueva; y dentro de los muros, cubriendo las colinas, casas blancas como tórtolas en su nido, entre las que brotaban cipreces y laureles, y los campanarios de las parroquias y de los conventos, y de las capillas; y todos aquellos capiteles relumbrando, todas aquellas casas frescas y galanas, todo aquel verdor desmintiendo al invierno y aquellos castillos pesando sobre las cumbres; todo visto á través del dorado vapor producido por la luz matinal del sol naciente, y á la derecha la Sierra-Nevada con su turbante de nubes, su blanco manto y su anfiteatro de montañas; á la izquierda la extendida vega y las distantes y azules cordilleras; cerca el murmurante y claro Genil; en torno la tierra empapada por la lluvia exhalando un tenue vapor bajo los rayos del sol; todo aquello, repetimos, era una magnífica poesía, escrita la mitad por la mano de Dios, la otra mitad por la mano del hombre.
El camino de las Alpujarras, ó como ahora se dice, de Armilla, se hacia mas concurrido á medida que avanzaba el dia; hermosas y robustas aldeanas, la mayor parte moriscas, montadas á las ancas de sus pollinos, por temor de manchar con el lodo, sus encarnados zagalejos, llevando en los serones hortalizas ó en los capachos gallinas y corderos, pasaban alegres entonando el lánguido fandango, é interrumpiéndole de tiempo en tiempo para animar su cabalgadura; oíase sin interrupción el zumbido de los cencerros de las recuas, que conducían á la ciudad los variados frutos de las ricas Alpujarras, y de tiempo en tiempo pasaba tambien algun hidalgo, ginete en su cuártago con el arcabuz en el arzon y la espada al cinto; toda esta gente, las aldeanas que saltaban de una manera hechicera de las ancas de sus asnos; los arrieros que se separaban de su recua; el hidalgo que dejaba momentáneamente el camino, se dirigian á la ermita, se descubrian, se santiguaban, y dejaban caer media blanca, ó moneda de mayor valía, en el cepillo del ermitaño.
Unos decian al dar la limosna:
– ¡Dios le guarde santo ermitaño!
Otros:
– Dios nos ayude hermano.
A los primeros contestaba el Julaní:
– Dios se lo pagará en el cielo.
A los segundos.
– Dios tendrá misericordia de nosotros.
Los primeros eran cristianos viejos: esto es, vencedores.
Los segundos eran moriscos: esto es, vencidos.
Hacia ya mas de una hora que el fingido ermitaño pedia para el culto de la ermita, y agitaba el cepillo que era enorme, y que sucesivamente iba produciendo su sonido mas ronco, y haciéndose mas pesado, cuando se oyó un cencerro mucho mas sonoro que los que habian pasado hasta entonces, acompañado del sonido de muchas campanillas, y desembocó por el camino una recua de poderosos burros que venian al trote, excitados por sus arrieros.
Pero lo que tenia de extraño esta recua, ademas de la riqueza y de la variedad de los penachos y los caireles con que venian engalanados los jumentos, era que para cada uno de ellos venia un hombre, y que estos hombres eran jóvenes, robustos, bien encarados y gallardos; vestian ni mas ni menos, como los traginantes de las Alpujarras; quien los hubiera contado, hubiera visto que llegaban á veinte y dos, y que tras ellos, ginete en un macho, sobre una vistosa enjalma, venia un hombre de mas edad y respeto, y al parecer como capataz ó mayoral de aquella gente; en cada asno detrás de la carga, que era abultada, aunque no de un peso excesivo, á juzgar por lo desembarazado y fácil del trote de los jumentos, se veia un largo arcabuz, y en cuanto al que hacia cabeza de aquellos hombres, llevaba sujetos al cinto dos pedreñales y una daga, en el talabarte una espada y á mas de esto dos arcabuces pendientes á los costados de la parte posterior de la enjalma.
Estos veinte y dos jumentos, sonoros con su cencerro y sus cascabeles, pasaron como una exhalacion por delante de la ermita, no sin que el Julaní los mirase de una manera profunda, no á los burros, sino á cada uno de los hombres que llevaban á las ancas, ni sin que todos estos hombres mirasen con profunda atención al Julaní. En cuanto al capataz de aquella gente, se desvió del camino, enderezó su mulo á la ermita, se descubrió respetuosamente al pasar por delante de la cruz; pero con un tanto de tiesura y como quien lo hace de mala gana, y parando junto al falso ermitaño, que acortó el trecho, saliendo al encuentro del que llegaba, cepillo en ristre, el ginete se inclinó y echó en el cepillo un doblon de á ocho.
Aquella enorme limosna, que trocada en cobre hubiera llenado veinte cepillos, era sin duda una seña, puesto que el Julaní dijo palideciendo y mirando fijamente al ginete, que era un hombre como de cuarenta y seis años.
– ¿Con que ha llegado la hora?
– Si, contestó el otro.
– Tú eres el walí, Harum-el-Geniz, exclamó el Julaní mirando fijamente al otro.
– Si, si por cierto, y vengo bien disfrazado cuando solo me has reconocido por la voz.
– Buena barba y buenas cejas traes. ¿Y esos valientes que han pasado con la recua son de los nuestros?
– Si, son de la taha de Cádiar. Pero vamos á lo que importa. Tras mí viene un carro de mulas resguardado por cuatro de nuestros mejores hermanos; dentro de poco estará aquí y entrará una persona que viene en el carro á orar en la ermita: deja ya de pedir y espera dentro; ya suenan las campanillas de las mulas del carro, y mi buena recua va lejos. Adios.
Y apretando las espuelas al mulo, partió al galope al mismo tiempo que el Julaní se metia en la ermita.
Poco despues apareció en el camino un carro que adelantó á buen paso; tiraban de él cuatro mulas, al cabezon de una de las cuales iba asido un zagal jóven y ágil: en la delantera iba un mayoral fornido, y la entrada del carro iba cubierta por una doble cortina de cuero.
Detrás y á poca distancia armados con lanzas á la gineta, venian cuatro lacayos de buen aspecto, y lo bien costeado y lujoso del carro, el valor de las mulas y de los caballos de la servidumbre, y las libreas de estos, todo demostraba que quien de tal modo hacia su viaje, era una persona principal.
El carro se dirigió á la ermita y cuando estuvo cerca de ella paró, uno de los lacayos echó pié á tierra, tomó de la zaga una escalerilla de madera, la apoyó contra la delantera, y el mayoral abrió las cortinas que cerraban la entrada: entonces salió una persona con trage negro de caballero, y apoyándose ligeramente en el hombro del lacayo, que á pesar del frio tenia el sombrero en la mano, saltó al suelo casi sin tocar los travesaños de la escalerilla, pasó junto á la cruz, se quitó devotamente la gorra y entrando en la ermita se arrodilló delante del altar.
La estatura de esta persona era mediana para hombre y aventajada para mujer, y decimos para mujer, por que por la redondez de sus formas, por lo mórvido de su cuello, que se veia en parte entre una rica gorguera de Cambray y un cumplido antifaz de terciopelo que cubria su semblante; por lo brillante y sedoso de sus largos rizos, muy reparables entonces, puesto que los nobles llevaban los cabellos exageradamente cortos; por la altura de su pecho, por la pequeñez de sus manos, por mil indicios, en fin, de delicadeza y de hermosura femenil, se comprendia que aquella persona era una mujer disfrazada de hombre.
Sus ropas eran ricas, y como hemos dicho, enteramente negras, y de terciopelo; únicamente su capotillo era de riquísimo paño de Segovia, forrado de armiños; llevaba espada y daga; pero no pequeñas como pudieran suponerse pendientes de la cintura de una mujer, sino tales como pudiera haberlas usado un capitan de los tercios de Italia, aunque de gran riqueza y primor en sus empuñaduras; últimamente, sus botas de gamuza adobada estaban armadas de espuelas de oro y (cosa extraña) pendiente de un cordon de seda negro, llevaba sobre el pecho una plaquita de oro, en que estaba esmaltada la cruz de Santo Domingo, distintivo usado por los familiares del Santo Oficio de la Inquisicion.
El antifaz que esta persona llevaba, sin duda para no ser conocida, no era de reparar en aquellos tiempos, en que tanto los caballeros de algun estado, como las damas, usaban el antifaz cuando iban de camino con el objeto de resguardar el rostro de los agravios de la intemperie.
La incógnita estuvo algun tiempo arrodillada ante el altar y luego se levantó, miró en torno suyo, vió al Julaní que estaba relegado á un ángulo junto á un confesonario, se dirigió á él, sacó de su limosnera un pliego cerrado, se lo dió y sin decir una sola palabra salió de la ermita, y entró en el carro que seguidamente tomó á buen paso el camino del puente de Genil.
El Julaní se volvió de espaldas á la puerta y rompió la nema del pliego en la que se leia únicamente estas palabras: «Obediencia y sigilo.»
Dentro algunas líneas en caracteres africanos muy bien escritos decian: «El Señor Altísimo y Unico prospere tus bienes y te de paz y salud. Sabrás, Julaní, como esta noche á las doce, llamaran á tu puerta todos los xeques de las tahas de las Alpujarras y de la Vega; cada uno de ellos te mostrará una sortija de oro que tendrá escrito en la parte exterior el nombre de Dios. A todo el que te presente una sortija tal le introducirás por la mina, haciendo que uno de los monfíes que te acompañan le guie á casa del Hardon junto á San Miguel. A todo el que pretenda entrar sin mostrarte la sortija convenida, préndele y si resistiere mátale. – El emir.»
Guardó cuidadosamente el Julaní en su seno esta carta, fué á la puerta de la ermita, permaneció en ella con el cepillo en la mano y tan profundamente pensativo, que aconteció que mas de un viandante se acercase á él, echase una moneda en el cepillo y pronunciase la fórmula de costumbre, sin que el le contestara.
Los cristianos al verle tan abstraido decian:
– Es un santo.
Los moriscos:
– ¿Qué sucederá que tan pensativo se muestra el Julaní?
Pero hubo de volver en sí de su profunda meditacion al sentirse sacudido de una manera vigorosa.
Miró y vió ante sí á un jóven como de veinte y dos á veinte y cuatro años, de altivo continente, rostro moreno y ojos negros y penetrantes: vestia á la usanza de los hidalgos castellanos, usaba el pelo corto como ellos, llevaba espada, daga y pedreñales y además, como arma defensiva una coraza blanca y limpia y tenia del diestro un magnífico caballo de raza árabe.
