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Kitabı oku: «Los monfíes de las Alpujarras», sayfa 44
– Te he llamado dos veces y no me has contestado, dijo el jóven, ¿en qué diablos piensas, Julaní?
– ¡Ah! es Aben-Aboo, dijo aquel conociéndole.
– Si, yo soy; ¿pero qué sucede?
– ¡Suceder! ¿quién sabe? pero me parece que llega la hora.
– Lo mismo me parece á mí.
– ¿Estás seguro de tus parciales, Aben-Aboo? dijo gravemente el Julaní.
– Como lo estoy de la hoja de mi espada, contestó el jóven.
– Entra dentro, Aben-Aboo, dijo el Julaní, que no es prudente, hablar largo tiempo donde alguien pueda vernos juntos.
Y diciendo esto cerró la puerta de la ermita, fué á la que daba paso desde el exterior á su habitacion, la abrió, miró con recelo al camino, y viendo que en él no habia nadie, empujó al interior del patio á Aben-Aboo que le habia seguido, tiró de su caballo, y cuando estuvo dentro cerró el postigo. Un momento despues Aben-Aboo y el Julaní estaban sentados frente á frente junto al hogar.
– ¡Oh! cómo nos engañamos los mas prudentes, dijo el Julaní: te muestras muy seguro de tus parciales, y sin embargo ni aun puedes sospechar donde se encuentra ahora Abul-Hhassam. Es, ó era segun creo uno de tus mayores amigos.
– Es sabio y santo, dijo Aben-Aboo: el espíritu de Dios ilumina sus pensamientos y las estrellas hablan para él con tanta claridad como el libro de Dios para los creyentes. Abul-Hhassam está en Argel donde yo le he enviado á pedir ayuda al dey Aluch-Alí.
– Sin duda que la costa del viaje habrá concluido con las últimas doblas de la hacienda que te dejó tu padre.
– En verdad, en verdad que ando muy pobre, Julaní.
– Ya lo sospechaba yo. Tu hermosa casa de la calle de San Miguel está alquilada; ya no eres el rico hidalgo que viajaba acompañado de lacayos, ahora viajas solo como un cualquiera.
– ¡Qué quieres, Julaní! ¡decretos son de Dios! pero espero recojer con usura el dinero que he sembrado.
– Creo que te engañas, dijo el Julaní. Pero creo tambien que creerás en mi amistad.
– No tengo motivos para dudar de ella. ¡Hemos recorrido tantas veces juntos la montaña! ¡juntos hemos dado muerte á tantos castellanos!
– Y yo que te he visto valiente y noble, yo que sé que como Aben-Humeya tienes derecho al trono de Granada; yo que comprendo que habria un medio para que nuestro invencible emir, pensase en tí para hacerte su heredero, yo que te amo, siento un dolor profundo al decirte que es necesario que renuncieis á la corona de Granada.
Púsose en pié de un salto Aben-Aboo.
– ¡Qué renuncie á ser el caudillo de mi pueblo en la guerra que va á emprenderse contra el cristiano! ¡Que otro los lleve al combate! exclamó con voz reconcentrada y el rostro lívido de cólera. ¿Piensas acaso que yo ambiciono una corona? ¡Miseria humana! Honra y nada mas es lo que quiero. Libertar á mi patria lo que ambiciono. ¿Y quién tiene mas derecho que yo para empuñar la bandera del Islam? ¿Quién mas que yo ha trabajado, ha velado, ha sufrido, por libertar á mi patria? ¿No he expuesto mi vida? ¿No he gastado mis riquezas?
– Hé ahí el mal, todo el mal. Por desgracia hay entre nosotros un hombre á quien la plebe cree santo, inspirado por Dios, profeta: no será rey de Granada, sino aquel cuyo nombre salga de la boca de ese hombre. Ese hombre es el faquí Abul-Hhassam.
– Pero Abul-Hhassam…
– Abul-Hhassam sabe que has gastado tu último doblon.
– Mis parientes han hecho pasar por su mano mis riquezas para ayudar la predicacion con la caridad, para proveernos en Africa de armas y de bajeles.
– Tus riquezas han servido para aumentar las de ese embustero.
– Abul-Hhassam es un santo.
– Ha sabido parecerlo, y tanto que os ha engañado á tus parientes y á tí.
– La prueba, una sola prueba.
– Vuelvo á repetirte una pregunta que ya te he hecho: ¿dónde crees que está en estos momentos tu santo faquí?
– Ya te he contestado que en Argel.
– Hace una hora que Abul-Hhassam ha estado aquí, y ha entrado por la mina en Granada.
– Pero eso es imposible, imposible de todo punto. Ayer tarde se me mandó de órden del emir, que estuviese hoy en Granada, y yo me he apresurado á cumplir su mandato. Pero no sabia que me esperaban tan malas nuevas.
– Pues aun hay mas. En Granada se dice entre los moriscos, que Aben-Humeya será su rey, y que para evitar toda disension, casará con la hija del emir.
– ¡Con la hija del emir! ¡con la sultana Amina! pero Aben-Humeya está casado con Inés de Rojas.
– La repudiará.
– ¿Y su hijo?
– Le abandonará como á su madre.
– Pero esto es un tejido de infamias.
– ¿Y crees tú que se pare mucho Aben-Humeya en cometerlas, si son necesarias para alcanzar el reino? Es necesario que renuncies por ahora á la corona. El emir es poderoso. Nosotros los monfíes lo podemos todo. Cuando Yaye-ebn-Al-Hhamar, proteje á Aben-Humeya, es necesario obedecer y callar. Y luego, aunque Aben-Humeya sea elegido rey, nada debe importarte; él tendrá que vencer las primeras y mas duras dificultades, y luego tú…
– ¿Y qué me importa que Aben-Humeya sea elegido rey, en comparacion de la pérdida de Amina?
– ¿Cómo! ¿conoces á la sultana?
– No.
– ¿Y estás enamorado de ella?
– Como nos enamoramos de un misterio, tras el cual creemos encontrar un tesoro. ¿Sabes tú lo que es en las Alpujarras la sultana Amina?
– Si, sé que es un Dios.
– Todos ansían conocerla y ninguno la conoce.
– Te engañas. Hay un hombre que la conoce y que nunca se separa de ella.
– ¿Y qué hombre es ese?
– Ese hombre es Harum-el-Geniz.
Despejóse la frente de Aben-Aboo de la sombría nube que la habia cubierto.
– Algunas alboradas de verano, dijo suspirando, al volver la ladera de una montaña, suelen verse en el borde del opuesto barranco, brillantes armas, tocas y almaizares; algunos ginetes armados como nuestros abuelos antes de la conquista, pasan deslumbrantes y magníficos, y entre ellos, en un palanquin cubierto con un dosel de púrpura, va una dama con vestiduras régias, cubierta con un velo: la cabalgata pasa, y con ella el palanquin y la dama, y se pierden en las cercanas quebraduras: muchos han visto este prodigio y siempre antes de la salida del sol: los naturales creen que aquellos ginetes y aquella dama son sombras de nuestros abuelos. Ninguno se atreve á seguirles por temor que aquellas sombras condenadas pierdan su alma. Pero yo un dia me lancé tras ellos al escape de mi caballo.
– ¿Y qué sucedió?
– Uno de aquellos ginetes, magníficamente armado, que mostraba en su adarga el blason real de los reyes de Granada, volvió hácia mí á rienda floja, con la lanza baja, y me encontró de tal manera, que me arrojó en tierra, valiéndome para no ser herido, el buen temple de mi coselete, que es el mismo que llevo puesto: entonces aquel hombre, que llevaba calada la visera, me puso la lanza al rostro, y me dijo:
– Júrame si quieres vivir, que no volverás á seguirnos.
– Te lo juro, le contesté. Pero una sola palabra. ¿No es verdad que esa dama no es la sombra de la sultana Zoraya?
El jinete lanzó una carcajada.
– Esa dama, dije con harta imprudencia, es la sultana Amina, hija del poderoso Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar.
– Si tú no te llamases Aben-Aboo, contestó con acento irritado el caballero, el nombre que acabas de pronunciar te costaria la vida. Pero cuenta contigo Aben-Aboo; cuenta con lo que haces, con lo que dices y con lo que piensas, porque los monfíes estan en todas partes, hasta en el pensamiento de sus enemigos.
Dicho esto, revolvió su caballo, y fué á incorporarse con la dama, que desde su palanquin habia presenciado impasible mi aventura, y desaparecieron en la vuelta de la montaña. Yo me levanté, monté como pude, y volví á Cádiar. Desde entonces amo á esa mujer. Yo habia visto su apostura magestuosa, sus largas trenzas negras pendientes bajo la toquilla que la encubría: sus brazos desnudos, su talle esbelto, la incitante y lánguida actitud con que iba reclinada en el palanquin que conducian cuatro esclavos negros. Muchas veces he salido de noche de Cádiar, y á pié y solo, he ido á ocultarme en las quebraduras cercana al barranco por donde la ví pasar la vez primera y algunas otras veces, antes de la salida del sol, la he vuelto á ver, ya reclinada en el palanquin, ya á caballo, ya á pié, siempre gentil, siempre magestuosa, pero siempre encubierta. Esa mujer arroja de sí, no sé qué de voluptuoso, de bello, de magnifico, que arrebata, que enamora, que obliga por su mismo misterio á que no pueda olvidársela. Y luego esa mujer que gasta vestiduras tan deslumbrantes como las de una sultana, á quien obedecen hombres feroces, que tiene, sin duda, en alguna sima debajo de la tierra, alcázares maravillosos y tesoros inmensos, es un misterio impenetrable. Llámanla unos la hechicera, otros el espíritu del Islam, que en forma de mujer vaga por las montañas, de donde espera renazca la gloria del pueblo moro; otros la Dama blanca. Yo sé que es la sultana Amina, no sé por qué, pero lo juraria. Esa mujer, y no mi pobreza como habias pensado, es la que me obliga á retirarme de Granada, porque á donde ella esté va mi alma y yo no puedo vivir sin verla alguna vez, oculto entre las breñas.
– ¿Y no conoces tú al emir? dijo profundamente el Julaní.
– Nunca le he visto; pero obedezco sus órdenes, acato su valor y le reconozco como nuestro señor.
– ¿Y te obstinas en el amor de su hija?
– Es mi ambicion, es mi luz. La busco y se me huye como un misterio, como una sombra: algunas veces he creido tenerla al lado, y luego… era una pobre labriega, hermosa, sí, como son hermosas todas las hijas de las Alpujarras, pero ruda y zafia. Algunas veces he creido escuchar entre las quebraduras, una voz dulcísima que me gritaba: «¡Aben-Aboo!» y era el viento en cuyos zumbidos creia escuchar mi locura acentos humanos; era un sueño; era mi amor que cree verla en todas partes.
En aquel momento rechinó violentamente la tarima, se alzó crugiendo, impulsada por la compuerta de la mina, y apareció un hombre enteramente envuelto, á la usanza mora, en un blanco almaizar.
Al verle Aben-Aboo y el Julaní, se hicieron atrás, y el primero echó mano á la empuñadura de su espada.
– Antes imprudente y ahora loco, dijo aquel hombre cuyas palabras estaban llenas de autoridad: los monfíes estan en todas partes y á nadie temen. ¿Te has olvidado ya de la negra aventura que te aconteció, por seguir á la Dama blanca de la montaña?
– He olvidado la aventura, pero no la memoria de que fuiste generoso conmigo.
– ¡Yo!
Te he reconocido en la voz. Tú fuiste el caballero que me derribó.
– Has quedado pobre por la patria, noble Aben-Aboo, dijo aquel hombre con voz solemne, has sacrificado tu amor á tus promesas. Sírvate esto para disculpar tu imprudencia. Amas ó crees amar á esa dama, olvídala. Te crees llamado á ser rey de Granada: los monfíes te daran rey.
– ¿Y con qué derecho? exclamó con orgullo Aben-Aboo.
– Con el derecho de la fuerza, con el derecho de la justicia. ¿Qué habeis hecho vosotros y vuestros padres, desde el dia de la conquista? doblegaros cobardemente ante el cristiano, aprender su habla, vestir sus trages, acudir á sus templos, y murmurar en voz baja y estremecidos de espanto, en lo retirado de vuestras casas, delante de vuestras hijas profanadas y envilecidas por el vencedor: y ¿qué hemos hecho nosotros los monfíes de la montaña? no hemos cambiado con el castellano mas que hierro y sangre, odio por odio, exterminio por exterminio: hemos huido de las poblaciones impuras, y hemos hecho nuestros templos las montañas, nuestros alcázares, las grutas de los barrancos: y admírate: somos ricos, poderosos, terribles: la Chancilería se aterra á nuestro nombre, el capitan general nos teme; cuando un monfí da en manos de la Inquisicion, se apresura á entregárnoslo; por nosotros la ley alcoránica vive en las Alpujarras y el Almanzora; y por nosotros, alentais la esperanza de ser libres algun dia, vosotros, los infames habitantes de las poblaciones.
– ¡Infame! ¡eso no! llama infame á quien lo sea, no á Aben-Aboo, no al enemigo irreconciliable de los cristianos.
– Eres bueno y leal, jóven: pero es necesario que no seas imprudente. Antepon tu patria á tu ambicion: y espera. Entre tanto, toma.
– ¿Qué me dais aquí? dijo con orgullo Aben-Aboo: ¡un bolsillo! ¿Soy acaso un mendigo?
– El emir de los monfíes es tu pariente.
– Es verdad.
– El emir puede darte oro sin humillarte.
– Sí.
– Te ha mandado venir hoy á Granada.
– Es verdad.
– ¡Y vienes sin dinero!
El jóven se sonrojó y calló.
– Guarda ese oro, jóven, guárdalo. Yo te lo entrego de órden del emir.
Aben-Aboo guardó el pesado bolsillo.
– Ahora vete: el emir te ha llamado á Granada. Cuando estés en ella, el emir te buscará.
Y señaló con un ademan de imperio la puerta á Aben-Aboo.
Este, dominado, salió, tiró de su caballo, montó en él, y se dirigió á la ciudad.
– Para unos hombres la palabra que manda, dijo el incógnito, para otros el amor, para otros la ambicion, para todos el oro. ¡Miseria humana! Cierra tu puerta Julaní, y sígueme.
El monfí cerró, y precedido del encubierto desapareció por la mina.
CAPITULO IV.
El corral del Carbon
Aben-Aboo habia tomado el camino del puente de Genil, harto pensativo y preocupado; su porvenir era un laberinto en que se embrollaba su pensamiento cuando queria aventurarse en él: no sabia si esperar ó desesperar: tenia el alma poseida por dos terribles pasiones: la ambicion y el amor: de un lado una corona, del otro una mujer: entrambas misteriosas, pero magníficas, y entrambas difíciles y rodeadas por todas partes de peligros.
Usaban los monfíes de él como de instrumento: ¿le querian por gefe ó por soldado? ¿Quiénes eran aquellos hombres? Bandidos los llamaba el vulgo, pero Aben-Aboo no habia sabido explicarse lo que eran. Robaban, incendiaban y degollaban sin compasion, pero jamás un buen creyente habia sido acometido por mas que hubiese atravesado solo los desfiladeros de la montaña, ni las haciendas de los buenos moriscos habian sido taladas: los cuadrilleros de la Santa Hermandad jamás habia logrado encontrarlos, ni nadie sabia sus guaridas: la dama encubierta era á todas luces su reina, y se hacia rodear de un aparato tal, en sus solitarios paseos por los pintorescos valles y quebradas de las Alpujarras, que era necesario concebir en ella algo de regio, algo de grande, algo de magnífico.
Por otra parte, aquel hombre que acompañaba á la Dama blanca, hasta entonces inaccesible para él, le daba oro en nombre del emir, y le hacia escuchar una voz amiga. ¿Qué significaba esto? le amaba aquella mujer, ó le temia y pretendia seducirle, engañarle y hacerle esperar por amor á Aben-Humeya. De todos modos, Aben-Aboo, deducia, que cuando asi se le trataba, debia temérsele ó apreciársele, y esto ya era mucho: esto significaba que se reconocia su poder.
La esperanza, ese dulce consuelo que Dios ha dado al hombre, empezó á refrescar el hasta entonces árido y seco corazon de Aben-Aboo, y como la esperanza nunca llena el corazon del hombre sin traer consigo alguna parte de alegría, á medida que se abrigaba en el corazon del morisco, iba dulcificando la torva expresion de su semblante, iluminándole con un aspecto de paz y de resignacion que hasta entonces no habia expresado. Al fin, parte por esta causa, y parte por la necesidad que como morisco tenia de mostrarse satisfecho y tranquilo ante los cristianos para no hacerse sospechoso, á medida que despues de haber pasado el puente de Genil, se acercaba á la puerta del Rastro, su semblante se serenaba mas, hasta que, llegando á la puerta, se mostró ya perfectamente tranquilo.
Entonces sus pensamientos cambiaron de rumbo; volvia á Granada despues de una ausencia de algunos meses, y podia decirse, que aunque tenia casa, era como si no la tuviese: reducidos sus bienes por una y otra venta, consumidos del todo en expediciones á Africa y á las Alpujarras, sobre todo como sabemos, en pagar la codicia ó la ciencia de Abul-Hhassan, solo le habia quedado en el Albaicin, dentro del recinto de la Alcazaba Kadima, y cerca de la iglesia de san Miguel, la casa, con honores de palacio, y palacio verdaderamente en aquellos tiempos, que constituia el resto de la dote de su madre, y la atalaya de las Alpujarras con su pequeño huerto. Pero hasta su última dobla habia desaparecido.
Un dia, pues, antes de que llegase el caso de contraer deudas, vendió sus caballos y sus esclavos, quedose solo con dos hermosos caballos árabes de montar, y un esclavo negro, se trasladó con su pequeño capital y su escasa servidumbre á su antiguo señorío de las Alpujarras, y puso su casa ó palacio del Albaicin con todos sus muebles y alhajas en arrendamiento.
Lo populoso, salubre, y en aquellos tiempos aristocrático, del barrio de san Miguel, hizo que su casa estuviese poco tiempo sin inquilinos: presentóse un dia el mayordomo de un caballero de Castilla al administrador de Aben-Aboo en Granada, y por el precio de diez ducados al mes tomó la casa para su señor y su familia.
Aquel caballero continuaba viviéndola, y hé ahí por qué hemos dicho que Ahen-Aboo tenia casa en Granada y no la tenia.
Pero sus circunstancias habian variado: habia aceptado como pariente cercano del emir, aceptando con él, una esperanza, un bolson de oro bastante á satisfacer por algunos meses sus necesidades, y se decidió á usar de su despotismo de propietario, y á arrojar de su cómoda vivienda para ocuparla él mismo, á sus inquilinos.
Pero para llegar á este fin, era preciso pasar por algunos trámites: á saber: buscar al administrador, encargarle del mensaje, esperar la respuesta, y acaso, acaso, andar de justicia.
Pero es el caso, que Aben-Aboo no conocia á su administrador: era de tan poca cuantía la renta que tenia que pasar por sus manos, que el morisco habia desdeñado tratar directamente con él, y habia encargado de ello á su fiel esclavo Agar.
Recordando Aben-Aboo, vino á sacar en claro, ateniéndose á las noticias que le habia dado el esclavo, que venia cada tres meses á Granada á cobrar la renta, que su administrador era un rapista de los famosos de Granada, no porque rasurase bien, sino por su habilidad en puntear la vihuela, que vivia en el corral del Carbon, y que se llamaba maese Pertiñez.
Armado con estas noticias, y recordando que en el mismo corral del Carbon habia una excelente hospedería donde poder esperar el resultado de su intento de desalojo de sus inquilinos, el morisco tomó á buen paso por las callejas que ahora se llaman de san Matías, y tropezando y deslizándose por sus estrechuras, llegó al fin delante de la bellísima portada árabe del corral del Carbon, en tiempo de los moros almarestan ú hospital de los mas famosos de Granada.
Entróse de rondon y á caballo por el arco flanqueado por los tenduchos ó nidos de dos adobadores de pieles de gato, echó pié á tierra en el destartalado corral, y miró en torno suyo.
En un ángulo estaban levantando un tablado y poniendo una cortina, señal clara de que habia llegado á la ciudad alguna compañía de farsantes, y que para aquella tarde se preparaba algun auto, loa ó farsa. Esto tenia en movimiento á todos los habitantes del corral; y las vecinas, andaban en retruécanos y agudezas de casa de vecindad, y los chiquillos miraban embobados á un hombre, que con trage de botarga, dirigia la construccion de aquel teatro informe, muestra de la infancia del arte, compuesto de una docena de malas tablas, de algunos tapices viejos, de una cortina descolorida, y abierta enteramente á la intemperie.
Como era natural, este objeto el mas notable de los que contenia el corral, fijó por un momento la atencion del morisco, que seguidamente se puso á buscar por los ámbitos del corral, los vestigios de la tienda de su administrador rapista.
Vió al fin, una vieja y abollada vacía que se balanceaba colgada del dintel de una puerta tenebrosa, pero lo que mas que nada le indicó que habia dado con su dependiente, fue un alegre y zarandeado ruido, que no armonia, de guitarras y castañuelas, que salia como una tempestad por la negra puerta donde la vacía se balanceaba.
Enderezó para ella sus pasos el morisco, llevando su caballo del diestro, y en breve se detuvo en el dintel de la tienda.
A la presencia de uno que creyeron parroquiano, por interés al dueño de la casa, callaron castañuelas y guitarras, para que se pudiese oir lo que se hablase, y el morisco pudo decir sin temor de no ser oido, en un acento entre llano y altivo, verdadero acento de gran señor que quiere tratar bien á sus inferiores:
– Dios guarde á la buena gente.
– ¡Ah! ¡voto á mil legiones de demonios! dijo una alegre voz de jóven desde un negro ángulo: bien venido sea el señor Diego Lopez; ¿y á qué hora? parece que os han llamado con campanilla, mi buen amigo: haced un lugar en el barreño, princesas, é id llenando los vasos: ¡cuernos de Lucifer! ¿pues si es mi mayor amigo?
Y adelantó guitarra en mano y con los brazos abiertos, un bulto, que al llegar mas hácia la puerta, pudo verse lo que era: á saber: un capitan de infantería, jóven y buen mozo, con su abigarrado uniforme, su castoreño, su espada de gabilanes, y unos atrocísimos mostachos retorcidos de una longitud espantosa.
– ¡Ah! marqués de mis pecados! exclamó Aben-Aboo, aceptando el terreno que le presentaban y abrazando cordialmente al capitan: vos en este tabernáculo… siempre el mismo, pardiez.
– Mi casa no es tabernáculo, dijo un hombre diminuto, que necesitó para ver al rostro de Aben-Aboo, levantar la cabeza, del mismo modo que un hombre de buena estatura puesto al pié de una torre, se vé obligado á levantarla para ver su parte superior: sabed señor Diego Lopez, que esta es una casa honrada donde concurre gente noble.
– Ya, ya veo que entre vuestros conocimientos teneis nada menos que al marqués de la Guardia.
– ¡Chits! exclamó el capitan, ya lo habeis dicho dos veces y me habeis perdido: nadie extraña que un capitan ande con la bolsa un tanto ligera… los pagadores de los tercios nunca tienen dinero… pero un marqués… no lo creais, señores, el señor Diego Lopez, mi amigo, se chancea… yo no soy ni mas ni menos que un buen soldado del rey, que gasta lo que tiene, cuando lo tiene… eso si; ¡ea! siga la zambra, y vos sentaos y mirad en qué buena compañía nos encontramos.
Dispensad un momento, don Juan, dijo Aben-Aboo; necesito antes que todo, hablar con maese Pertiñez. ¿No es esta la tienda de maese Pertiñez?
– Ya se ve que si, y no me espanta que hayais preferido mis navajas, caballero; son unas excelentes navajas cuando yo las uso… nos conocemos hace ya mucho tiempo; el que se rasura una vez en mi casa, de seguro viene ciento.
Y el hombrecillo suavizaba una enorme navaja en un pedazo de cuero negro y lustroso.
– ¡Ah! ¿sois vos maese Pertiñez? Pues mirad, nunca lo hubiera creído… me pareceis hombre de bien.
– ¡Cómo, caballero de gente honrada vengo, y apellido uso, que mas noble, ni en la córte… los Pertiñez…
– Son indudablemente unas gentes honradas, pero nada importa eso: dejad vuestra navaja que por ahora no pienso ser desollado, y ved donde podemos hablar unas palabras á solas.
Y Aben-Aboo, que no habia pasado dos palmos dentro de la tienda, ató las bridas de su caballo á la celosía, que segun costumbre en esta clase de establecimientos, heredada sin duda de los árabes, servía de cancela, y siguió á maese Pertiñez que le indicaba una pequeña puerta.
– Ya sé para lo que me habeis llamado aparte, caballero, dijo con gran misterio Pertiñez cuando estuvieron dentro de un reducido cuartucho… vaya si lo sé… pero os advierto, que la empresa en que os meteis es difícil.
Aben-Aboo, que tenia mas de un motivo para dar importancia á palabras menos graves que aquellas, se alarmó, pero encubriendo su cuidado, dijo de la manera mas natural del mundo:
– ¿De qué empresa quereis hablar, amigo mio?
– ¡Bah! todos los señores de Granada estan alborotados, desde que vino ese prodigio; todos, hasta el mismo don Fernando de Válor, hombre que jamás ha puesto los piés en mi casa, y que ha estado hablando conmigo dos horas largas sobre el mismo asunto.
– Pero, ¿de qué prodigio y de qué asunto hablais, mentecato? dijo Aben-Aboo, que era por naturaleza impaciente, y que al oir el nombre de don Fernando de Válor acabó de impacientarse.
– ¡Ah! yo creia que veniais por la reina mora.
– ¿Por la reina mora? ¿Qué reina es esa?
Miró con asombro el barbero á Aben-Aboo, y luego dijo:
– ¿De donde venis caballero?
– Quiero contestaros aunque vuestra pregunta sea importuna. Vengo de las Alpujarras.
– ¡Ah! acabáramos: ya no me extraña que vos no conozcais á la reina mora. Y decidme, ¿no era de eso de lo que veniais á hablarme? me alegro, porque asi me ahorrais el trabajo de desesperanzaros.
– Acabemos de una vez, dijo Aben-Aboo ya enteramente perdida la paciencia y alarmado por el misterioso sentido de las palabras de maese Pertiñez. Sepamos claro qué empresa es esa tan difícil, y de qué reina mora se trata.
– Pues señor, la reina mora no es ni mas ni menos, que una famosa comedianta, llamada Angélica, que hace á las mil maravillas de reina mora en una farsa de moros y cristianos, que se ha hecho ya tres veces en otros tres dias de fiesta: y como la tal Angélica gasta unas plumas y una saya de relumbron, que no hay mas que pedir, y tiene una voz de ruiseñor, y llora que da lástima (porque la farsa es muy lastimosa), y es la mas garrida manceba que yo he visto en todos los dias de mi vida, que es mucho encarecer, porque en Granada hay mozas como serafines, han dado las gentes en llamar á la Angélica la reina mora, y los caballeros que gustan de galanteos, y aun los que nunca han andado en ellos, en la empresa de rendir su desvio, que os juro que es empresa mayor y mas difícil que ninguna de las que llevaron á cabo los Doce Pares de Francia.
– Acabarais de una vez, maese, con vuestras impertinencias que me han hecho perder mas tiempo del que quisiera. Vamos á lo que me interesa. Vos cobrais cada tres meses treinta ducados de una casa que poseo en san Miguel.
– ¡Qué poseeis! ¡luego vos sois, el señor Diego Lopez!
– Ya habeis oido que asi me nombraba el capitan don Juan.
– Perdonad señor, pero hay en este mundo tantos Lopez y tantos Diegos…
– Bien, quiero perdonaros, pero á condicion de que me habeis de hacer un encargo que me interesa, por el aire.
– Mandad, señor.
– Ireis á mi casa.
– Iré.
– Direis á las gentes que la habitan, que se muden al momento.
Rascóse una oreja, como en muestra de que encontraba sumas dificultades en el negocio, el rapista, y murmuró algunos monosílabos.
– ¡Qué! ¿creeis, que no puedo yo cuando guste disponer de mi casa? Creo que esa fue una de las condiciones del arriendo: ademas, que segun me ha dicho Agar mi esclavo, la tal gente no ha traido un solo mueble, sino que se sirven de los mios. De modo, que es lo mas fácil del mundo, que carguen con sus maletas y se vayan á donde mejor les convenga: no he de pasarlo yo mal, alojado en una hospedería, teniendo casa en Granada.
– Y una casa tal como la vuestra; pero es el caso, que la casa está arrendada á personas muy principales: y ya veis que el caso es díficilillo… Cuando se trata de gente noble y rica… tomariánlo á desprecio, me despedirian de mala manera, y vos podriais tener un lance.
– Me importa poco.
– Pero cuando las cosas pueden hacerse yendo por el buen camino, es dislate echar por el malo… si consintierais en darle un plazo siquiera de ocho dias…
– Ni tres.
– Yo os procuraría hospedaje tal, que no os pesase (y el rapista se sonreia maliciosamente), tabique por medio de la Angélica, de la reina mora.
– De alguna mozuela descarada que me ponderais, esperando que os pague bien las diligencias.
– Me injurias, caballero; los Pertiñez…
– Van á concluir á mis manos si sois vos el último de la familia.
– Nada menos que eso, señor, nada menos: pero os ruego que mireis bien lo que me pedis, aunque no sea mas que por el apuro en que me poneis: si supiérais quiénes son vuestros inquilinos…
– Me estan dando ganas de probar por mi mismo lo que haya de terrible en esa gente.
– Y que me place señor Diego Lopez, id vos, y ved… contadme despues si yo tenia razon para negarme, es decir, para poner dificultades… en fin, id vos y contadme.
– ¿Tendremos aquí otro misterio como el de la reina mora?
– Sentaos, señor Diego Lopez; sentaos y escuchadme, que por media hora mas ó menos no se descompone ningun negocio.
Sentóse Aben-Aboo, un tanto interesado á su pesar por los misterios del rapista, y este, tomando otra silla, se encaramó en ella, puso sus piés en el primer travesaño, sus codos en sus rodillas y su barba entre sus manos y en esta actitud en que á nada se parecia tanto como á un mono, dijo:
– Hace un año vuestro honrado negro Agar, que venia á mí casa á tomar leccion de vihuela á que era muy aficionado, y para cuyo instrumento…
– Maese, si empezais asi, yéndoos del camino de vuestra relacion por las orillas, y á cada paso, no acabaremos nunca.
– Pues si señor, bien; dejando á un lado, á la orilla, como vos decis, la vihuela, vuestro esclavo Agar, á quien conocí…
– Mi esclavo Agar, exclamó con cólera Aben-Aboo, merecia quinientos azotes por haber pensado en vos para encargaros ningun asunto mio. Lo que yo quiero saber es qué clase de gente vive en mi casa, por qué razon es tan temible como decís y concluyamos.
– Concluyamos: son cinco hombres y dos mujeres: el uno y la una amos: los otros criados: el señor, el amo, es un hombre de cuarenta y mas años, muy rico, muy noble, pero muy altivo: la señora, el ama, es una doncella muy hermosa, segun dicen, y segun dicen tambien muy caritativa y dulce, y tratable y muy cristiana, eso si: dicen que es un ángel. La otra mujer, la criada, es una dueña como de cincuenta años, rezadora y gruñona, con la cara enjabelgada de soliman y las tocas tales y tan almidonadas, que mas que tocas parecen yelmo de encaje en lo tiesas: de los otros cuatro hombres, el mayordomo, el rodrigon, el cocinero y el paje, no hay que hablar: son cuatro demonios á los cuales nunca se les ve la risa. El señor se llama don Alonso de Fuenzalida, la señora doña Inés; la dueña doña Mónica, el mayordomo Rodriguez, el cocinero Cuchillada, el paje Ballestilla y el lacayo Judas.
– ¡Pardiez! ¡pues tienen nombres de encargo los criados de mis inquilinos!
– Esto es todo lo que sé de esa familia… por lo demás pagan bien, cuidan de la casa, y tanto que en ella no entra persona viviente y son buenos cristianos.
