Sadece Litres'te okuyun

Kitap dosya olarak indirilemez ancak uygulamamız üzerinden veya online olarak web sitemizden okunabilir.

Kitabı oku: «Los monfíes de las Alpujarras», sayfa 49

Yazı tipi:

Sexto. No habiendo por ninguna de las dos partes hijo varon, las coronas reunidas de Granada y de las Alpujarras, pasarán á Sidi-Aben-Aboo, primo hermano de Aben-Humeya, y sobrino de Yaye-ebn-Al-Hhamar, ó al hijo varon de Aben-Aboo, si este hubiese muerto.

Sétimo. En el caso de haber descendencia masculina por cualquier concepto de Muley Aben-Humeya, ó de Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar, Sidi-Aben-Aboo, será considerado como infante de la casa real de Granada, y se le señalará señorío bastante para que pueda vivir con arreglo á su estado.

Ultimamente. En virtud de las presentes capitulaciones, el emir de los monfíes de las Alpujarras, se obliga á ayudar con sus gentes de guerra y con sus tesoros, á Muley Aben-Humeya para reconquistar de los cristianos el reino de Granada.

Seguian la fórmula religiosa y cancilleresca, por decirlo asi, que usaban en tales documentos los moros, la fecha, el nombre de los testigos y el sello y la firma del emir.

Despues de leer don Fernando detenidamente este pergamino, miró con ansiedad á Amina.

– Sultana, la dijo: todo esto seria inútil si tu consintieses en ser mi esposa.

– Eso es imposible, dijo con impaciencia y desagrado Amina.

– ¡Imposible! ¡los reyes pueden romper los vínculos del matrimonio!..

– No lo haré jamás.

– Y… ¿por qué?

– Porque amo lo bastante á mi esposo para renunciar por él una corona, y temo á Dios lo bastante para robar á una mujer y á un niño, su esposo y su padre.

– Y si yo no quisiese firmar esas capitulaciones.

– No seriais rey de Granada.

– ¡Oh! ¡lo veríamos!

– Una sola palabra de mi padre, y el faquí Abul-Hasam, á quien dentro de poco consultaran los xeques del Albaicin y de la Vega, pronunciaria el nombre de mi padre en vez del vuestro.

Entróle un terror pánico á Aben-Humeya, que tenia tal idea del poder del emir de los monfíes, que todo lo temió.

– Firmaré, dijo tomando una pluma.

– Esperad, dijo Amina: es necesario que firmeis solemnemente en presencia de los wacires y de los katibs de mi padre.

Amina dió tres fuertes golpes sobre la mesa, é instantáneamente se abrió la puerta y aparecieron uno tras otro, las veintitres sombras blancas que habian precedido hasta allí á Aben-Humeya.

– Acércate, mi buen Harum, dijo Amina, y vé como firma Muley Aben-Humeya las capitulaciones que voy á leerte: escuchad tambien vosotros ancianos walies nobles secretarios de mi padre, sabios de su consejo.

Amina leyó con voz sonora las capitulaciones.

Entonces adelantó una de aquellas sombras, y dijo con autoridad á don Fernando.

– ¿Te obligas á todo lo que has oido?

– Me obligo.

– ¿Juras por el Dios Altísimo y Unico, guardar y cumplir estas capitulaciones?

– Lo juro.

– Pon al pié de ellas tu nombre de rey, y junto á tu nombre este sello de oro, que es el antiguo sello de los reyes de Granada.

Y el que asi hablaba, sacó un magnífico sello de entre sus ropas y le puso sobre la mesa.

Don Fernando de Válor firmó, y cuando hubo firmado, el mismo moro encubierto, sacó de una manga de su almaizar, otros tres pergaminos enrollados.

– ¿Qué es eso? dijo cuidadoso don Fernando.

– Tres copias iguales de estas capitulaciones, señor, contestó el moro.

– ¿Y para qué tanta copia?

– Una para vos, otra para el emir de los monfíes; otra para Sidi-Aben-Aboo.

– ¡Ah! es verdad, que tambien se le incluye en las capitulaciones.

– Firmad si quereis estas otras.

Don Fernando firmó con despecho.

Entonces el mismo moro derritió cera encarnada sobre los tres pergaminos, junto al nombre de don Fernando de Válor, estampó sobre la cera en los tres el sello real de Granada, y luego firmaron como wacires, secretarios y testigos, los tres pergaminos, los veintitres moros que estaban presentes, despues de lo cual, el moro que hasta entonces habia hablado, entregó el sello real y uno de los pergaminos á don Fernando, y guardó los otros dos.

– Id á ser rey, primo mio, dijo entonces Amina; los xeques del Albaicin y los de la Vega, estaran á las doce de la noche, en la casa del Hardon, junto á san Miguel.

– ¿Y vos…?

– Yo… yo parto esta misma noche para las Alpujarras.

– ¿Y no me dejareis ver vuestro rostro? exclamó desesperado don Fernando, sin reparar que le escuchaban todos aquellos hombres.

– ¡Oh! no, eso jamás. Adios primo, adios. Que él os ayude en la empresa en que os vais á empeñar.

Y Amina desapareció por la puerta, dejando á don Fernando, mudo, asombrado, como presa de un sueño.

Los veintitres fantasmas desfilaron tambien, y el jóven se encontró solo: entonces se precipitó á la salida, atravesó el oscuro espacio de la casa arruinada, y salió á la cumbre del Panderete de las brujas.

Nada vió. Se precipitó por el sendero, y á nadie encontró; solo su caballo atado á una vid al lado del camino.

Volvió á trepar á la cumbre, entró en la casa esperando encontrar á alguien, y llegó á tientas al mismo aposento donde se habian firmado aquellas capitulaciones. Estaba densamente oscura. Palpó: la mesa, los libros, todo habia desaparecido. Dudando aun, buscó mas, y oyó una voz que le dijo:

– No busques, señor, porque nada encontrarás. En la calle de San Miguel te esperan, casa del Hardon.

Don Fernando lanzó un rugido de rabia, salió de nuevo de las ruinas, bajó del Panderete de las brujas, desató su caballo, montó en él, y partió como una flecha en direccion á Granada.

– ¡Ella! ¡ella! ¡hermosa, rica! ¡hija del emir! ¡mi prima la sultana Amina, mi esperanza! ¡y casada! ¡casada! ¿y con quién? con algun reyezuelo de Africa. ¡Oh! ¡oh! si no tuviera en mi poder este pergamino y este sello, creeria que todo lo que me ha acontecido era un sueño.

CAPITULO IX.
De cómo por el amor se olvida la amistad

Cuando llegaron don Alonso de Fuensalida, su hija doña Inés y Aben-Aboo á su casa, que bien podia llamarse casa de todos, cuando estuvieron en la cámara de recibo, doña Inés se inclinó graciosamente hácia Aben-Aboo y le dijo:

– Os suplico, señor Diego Lopez, que me perdoneis si os dejo solo con mi padre, necesito variar de ropas… y rezar mis devociones de costumbre. Adios.

Y sonriendo al jóven de un modo que le hizo palidecer de emocion, salió.

A su vez Aben-Aboo se inclinó tambien cortesmente ante don Alonso:

– Os suplico me perdoneis, si os dejo por un momento.

– ¿Teneis alguna aventura, señor Diego Lopez? dijo don Alonso con un acento de interés y de autoridad que maravilló á Aben-Aboo.

– ¡Aventura! no ciertamente; pero… quisiera ver á mi amigo.

– ¿A vuestro amigo…?

– Creo haberos dicho que era mi amigo el marqués de la Guardia.

– ¿Estais citado con él?

– No, pero le buscaré.

– No andeis mucho por Granada esta noche; creedme á mí que soy vuestro amigo: podreis tener malos encuentros.

– ¡Oh! por eso descuidad: voy siempre bien acompañado con mi espada.

– Sé que sois valiente. Sin embargo, los encuentros que podeis tener, son de aquellos en que nada vale una espada.

– No os comprendo.

– ¿No sois morisco?

– Si por cierto.

– Pues bien, de seguro que los moriscos seran vigilados esta noche por la justicia.

– ¡Ah! ¿y quién os ha dicho?

– Es de suponer que suceda asi, despues de lo que ha pasado esta mañana en el Ayuntamiento con don Fernando de Válor.

– Don Fernando es un imprudente.

– Paréceme que amais poco á vuestro primo.

– Mi primo es enemigo mio.

– ¡Ah! esas enemistades no deben existir entre parentescos tan cercanos.

– Vos no conoceis á don Fernando; él me provoca.

– Perdonad, señor Diego Lopez; pero necesito hablaros mucho y despacio, no os detengo ahora: id á ver á vuestro amigo… pero os lo ruego, os lo suplico, no entreis esta noche en casa de ningun morisco; no nos obligueis á hacer un esfuerzo para salvaros. ¿Cuándo volvereis de ver á vuestro amigo?

– ¿Quién sabe? porque el tal marqués es un loco de atar, y estando á su lado, no hay medio de ser mas cuerdo que él. Pero no quiero pasar esta noche fuera de la casa.

– Bien; á cualquier hora que vengais os estará esperando un criado que os llevará á mi aposento.

– ¿Tan importante es lo que teneis que decirme…?

– ¡Oh! ¡mucho! con que id con Dios, y sed prudente.

Aben-Aboo salió lleno de confusiones; no sabia qué pensar de aquella familia con quien habia trabado conocimiento de una manera tan singular, y si se quiere tan misteriosa; por otra parte, doña Inés habia causado en él una sensación profundísima: su hermosura le habia hecho concebir deseos ardientes; la habia aspirado, la habia visto de cerca, habia estado en contacto con ella durante muchas horas, y su alma se habia saturado del tentador perfume que emanaba de la jóven: por otra parte habia sido testigo de muchas singularidades, y todas aquellas singularidades venian á anudarse en un solo punto: en la comedianta Angélica.

Segun la conversacion que habia oido en la hostería entre Andrés Cisneros y el misterioso Godinez, Angélica estaba zelosa de una mujer á quien amaba el marqués de la Guardia; aquella mujer á quien aborrecia Angélica era hija del emir de los monfíes: era Amina: Angélica habia entrado aquella tarde de una manera inesperada en el aposento de doña Inés, y la habia insultado, porque Aben-Aboo á pesar de las protestas que de haberse equivocado habia hecho la cómica, habia notado que aquellas dos mujeres se aborrecian: sin duda doña Inés no era otra que la hermosísima hija del emir, la sultana Amina, la Dama blanca de la montaña; su primo, Aben-Aboo pues, estaba loco enamorado, zeloso aun tiempo, é iba en busca del marqués de la Guardia, ansioso de esclarecer cuanto le fuera posible sus dudas, y de arrancarle insidiosamente algunas palabras con las que esperaba esclarecer sus sospechas.

Atravesaba, pues, Aben-Aboo muy de prisa el corredor medio oscuro de que hemos hablado, cuando se abrió silenciosamente una puerta, y sintió un ceceo: detúvose, y el ceceo se repitió; entonces Aben-Aboo se dirigió á donde sonaba, y á través de una puerta oscura una mano de mujer le dió un papel y cerró.

Estremecióse de placer Aben-Aboo; aquella carta no podia ser de otra que de doña Inés, de doña Inés que le habia sonreido durante la comedia; de doña Inés que se habia apoyado fuertemente en su brazo. Y si era de doña Inés aquella carta, doña Inés no era Amina, se habia verdaderamente equivocado Angélica, sus disculpas no eran fingidas; él se habia engañado tambien creyendo encontrar una intencion en el acento de aquellas dos mujeres; no, no podia ser Amina doña Inés, porque le citaba, porque una mujer no cita á un hombre jóven mas que para asuntos amorosos, y Amina no le hubiera citado porque amaba al marqués de la Guardia.

Aben-Aboo se precipitó por las escaleras, ansioso de salir de aquella casa, é ir á otro lugar donde pudiese leer el papel que acababa de recibir: al bajar por las escaleras se acordó de que en la misma calle de San Miguel, lindando con su casa, estaba la taberna del Hardon.

Atravesó el zaguan, salió, tomó la calle á la izquierda, y se metió por una puerta inmediata. Muy pronto se encontró en una sala baja, en la cual habia dos grandes rejas y un postigo que daban á un patio. Al fondo, sentado tras un mostrador y entre toneles, habia un hombre de fisonomía ruda, y enérgica, aunque franca: algunos bebedores charlaban y bebian sentados en derredor de las mesas.

Aben-Aboo se dirigió resueltamente al mostrador: al verle el que estaba al despacho, se puso de pié y clavó en el jóven una profunda mirada.

– ¿En qué puedo servir á vuesamerced, caballero? dijo llevándose respetuosamente la mano á la gorra.

– ¿Teneis un aposento en que pueda estar solo? dijo Aben-Aboo.

– ¡Oh! si señor, y bien abrigado; seguidme si gustais.

Y tomando de un anden una palmatoria con una bugia hizo luz, y saliendo de detrás del mostrador, atravesó la taberna, y seguido de Aben-Aboo, abrió una puerta, y entrambos subieron por una estrecha escalera, y se encontraron en una reducida habitacion en que habia una mesa, algunas sillas y un barreño con fuego.

El tabernero puso la luz sobre la mesa, y dijo encarándose á Aben-Aboo.

– ¿Necesitais algo mas?

– Si, necesito que me contesteis á una pregunta. ¿No sois el tabernero que estaba aquí hace seis meses?

– Ya veis que no, respondió con un severo laconismo el preguntado.

– ¿Y qué se ha hecho del otro?

– Toméle la taberna, se fué é ignoro su paradero.

– ¿Pero esta taberna no es la del Hardon?

Miró con doble profundidad el tabernero á Aben-Aboo.

– El Hardon, ó Pero Alonso, que es como le llamamos, tiene parte conmigo en la taberna, como la tenia con el otro tabernero. Ademas, la casa es suya y vive en ella.

– ¿Cómo os llamais?

– Roque Garcia, para serviros.

– ¿Sois morisco como el Hardon?

– Algo de morisco tengo.

– Entonces debeis conocerme; yo me llamo entre los moriscos Aben-Aboo.

– Pues no os conozco.

Mortificó un tanto esta respuesta al jóven que continuó.

– ¿Pero conoceis al marqués de la Guardia?

– Tampoco conozco á ese caballero.

– Es un jóven como de veinte y tres años, muy galan, muy valiente, muy bebedor y gran jugador de dados.

– Solo conozco de esas señas á un capitan de infantería, que se llama don Juan Coloma.

Acordóse entonces Aben-Aboo, de que don Juan ocultaba su título á causa de su pobreza.

– Y bien dijo: tambien don Juan Coloma es mi amigo. ¿Y viene con mucha frecuencia á vuestra casa ese caballero?

– ¡Oh! si señor, y ahora mas que nunca.

– ¿Y por qué mas ahora que antes?

– Porque anda enamorado en la vecindad.

– ¡Ola! ¿y de quién está enamorado?

– De una dama que vive en la casa grande inmediata.

– ¿Y conoceis á esa dama?

Fijó otra nueva y profunda mirada Roque en el semblante de Aben-Aboo.

– Sábese, dijo, que el padre de esa dama es un caballero noble y rico, pero en cuanto á su hija nadie puede jactarse de haberla visto el rostro.

– De modo, que solo el capitan Coloma nos puede decir…

– Creo que tampoco la conoce don Juan: pero helo ahí: en nombrando al ruin de Roma… me parece que le oigo gritar llamándome.

En efecto, se oian en el piso bajo desaforadas voces.

– Pues id, id, amigo, dijo Aben-Aboo, y decid al buen capitan que aquí hay un conocido suyo que le espera.

El tabernero desapareció por las escaleras.

Aprovechando aquel momento, Aben-Aboo leyó el papel que le habian dado en el oscuro corredor de su casa: el contenido era muy corto:

«Si sois discreto, guardad un profundo secreto acerca de la cita que os doy, y ningun pensamiento atrevido aventureis por ella; id á las ánimas, por el postigo de vuestra casa; yo os abriré. Doña Inés.»

Tras este billete y como no tenia tiempo que perder, sacó de la escarcela el que le habia dado con una llave Pertiñez de parte de la comedianta Angélica, y que no habia podido leer hasta entonces: decia así:

«Si sois tan cortés como bizarro, venid esta noche á las doce á la hosteria del carbon: cuando llegueis á lo alto de las escaleras abrid con la llave que os entregará maese Pertiñez la puerta, y adelantad por el corredor: mi aposento es el número 13. Yo os estaré esperando. Angélica.»

Aben-Aboo no tuvo tiempo de meditar en el contenido de estos dos billetes, porque el marqués de la Guardia se le echó encima.

Traia en las manos una guitarra, al costado una espada descomunal, y pendiente de la pretina un broquel cincelado.

– ¡Ah! gracias á Dios que os hallo, exclamó; no sabia donde podria hallaros, y hubiera dado por hablaros esta noche… mi alma, porque no tengo otra cosa que daros.

– ¿Y para qué me buscabais con tanto interés, don Juan?

– ¡Qué diablos! necesito explicarme con vos.

– ¿Explicaros conmigo?

– Si por cierto, me habeis dado zelos.

– ¿Zelos yo?

– Habeis acompañado esta tarde á una mujer á quien amo, á quien adoro, por la que estoy loco.

– ¿La que vive en mi casa?

– ¿Cómo en vuestra casa?

– Habeis de saber que la casa grande de al lado es mia, y que la tengo alquilada á don Alonso de Fuensalida.

– ¡Ah! perdonad; pero decidme: vos habreis visto el rostro á esa dama.

– Sin duda.

– ¿Y es hermosa?

– Permitidme que extrañe, marqués, que me hagais una pregunta tal acerca de una mujer de quien os confesais enamorado.

– ¡Ah! no lo extrañeis: sino es la que yo creo esa dama encubierta, no la he visto en mi vida.

– ¡Ah! ¿creeis que sea una dama de la que habeis estado enamorado?

– No he amado á otra que á ella.

– Sin embargo, dicen que sois amante favorecido de una hermosísima mujer.

– ¡Ah! de la princesa.

– No, no os hablo de princesas; sino de una comedianta.

– ¡Ah! sí, de la comedianta Angélica: tanto da.

– Es verdad las comediantas lo son todo, princesas reinas… pero en fin ello es que pasais por su amante.

– Yo amo á esa por la otra. Estoy seguro de que donde quiera esté esa comedianta, estará la dama á quien amo. No sé por qué tengo esa seguridad, pero creo que el odio que se profesan las atrae, las junta.

– Os confieso que no os comprendo.

– Y yo os confieso que lo que pienso es incomprensible: no hay ninguna razon que lo justifique; se apoya en un instinto, en un impulso del corazon, que me grita: donde está la una está la otra.

– Pero ¿qué razones teneis para creer que doña Inés sea la mujer á quien amais?

– Os diré: hace algunos meses, yo, que habia dejado la córte siguiendo á la mujer que amo, mujer que me arrebataba su padre me vine á Granada: en Granada su padre fue mas astuto que yo y perdí su rastro de todo punto.

– ¡Ah!

– Estaba ya desesperado, cuando una mañana, hace seis meses, al entrar á oir misa en la iglesia de san Miguel, ví salir una dama enteramente envuelta en un manto de seda. No vi ni su rostro ni su mano, ni su pié, y sin embargo me pareció reconocerla, me pareció que era ella… mi alma, á la que ando buscando desesperado: ella por su parte, al verme de improviso ante sí, hizo un movimiento marcado, un movimiento que me hizo creer que aquella dama me conocia, mas aun, que al verme habia sentido una vivísima alegría: la seguí, y ví que se entró en esa casa de al lado, en la vuestra, señor Diego Lopez. Empecé á rondar pero inútilmente. Jamás se abrió un balcon ni una reja; pregunté á la servidumbre, pero la encontré muda, incorruptible. Vine todas las mañanas á la iglesia de san Miguel, y siempre la ví á la misma hora, pero envuelta cuidadosamente en el manto, acompañada de una dueña tan encubierta como ella y de un viejo escudero. Indagué cuanto pude, y solo saqué en claro, que su padre era un rico indiano llamado don Alonso de Fuensalida, que guardaba mucho á su hija y que nadie la habia visto el rostro. Añadian aun que dentro de su casa tenia un antifaz puesto.

– Y decidme: ¿habeis visto á esa dama todos los dias en misa?

– No, todos los dias no, con frecuencia faltaba seguidos quince dias.

– Tambien, dijo para sí Aben-Aboo, faltaba con frecuencia quince dias seguidos la Dama blanca á sus paseos por la montaña.

– Acontecióme por aquellos dias un suceso singular. Estando yo en mi posada, entró mi lacayo una mañana, y me entregó una caja que habian dejado para mi. Abrí la caja y encontré… ¿qué diréis que encontré?

– ¿Quién sabe?

– Pues encontré tres cortes de brocado de los cuales es uno el que teneis puesto, algunas ricas joyas de hombre y quinientos doblones de oro.

– ¿Decís que encontrásteis dentro de la caja el córte del justillo que llevo puesto?

– Si por cierto, y á no ser vos tan mi amigo, no os hubiera dado por nada del mundo ese justillo.

Esta confidencia del marquesito, fue un rayo de luz que empezó á esclarecer las dudas de Aben-Aboo: entonces comprendió por qué doña Inés le habia hecho preguntas, basta cierto punto extrañas é inconvenientes, acerca de la procedencia del brocado que vestia.

– Ahora os agradezco doblemente vuestro sacrificio, dijo Aben-Aboo, pero continuad.

– Para obligarme á admitir aquel regalo venia dentro de la caja un billete que contenia las siguientes palabras:

«Podeis aceptar sin reparo lo que os envio, porque teneis mi alma.»

– Era, pues, el regalo, de una dama enamorada de vos.

– ¿Y quién podía ser esa dama mas que la mujer á quien adoro? ¿Cómo pudo conmoverme la vista de dona Inés encubierta sino era el amor que busco?

Don Juan inclinó la cabeza sobre el pecho como para ocultar su conmocion.

– Pero vos habeis visto á esa doña Inés, exclamó de repente el marqués levantando la cabeza y fijando una mirada entumecida en Aben-Aboo; vos me direis si es hermosa ó fea, porque si es fea, no es ella, y me interesa saberlo, porque mirad: hoy que se cumplen quince dias desde que no he visto á mi encubierta, he recibido esta brevísima carta.

Y el marqués sacó de su escarcela un papel que entregó á Aben-Aboo.

Este al abrirle palideció: estaba escrito, al parecer, por la misma mano que el billete de doña Inés que le habian entregado poco antes. Aquella carta decia:

«La constancia con que me habeis seguido me obliga; estad esta noche en la taberna próxima y me conocereis. – Quien bien os ama.

– Yo no puedo aseguraros, dijo el marqués, si esta carta esta escrita por la misma mano que escribió la que acompañaba el regalo que me hizo una dama hace seis meses antes por que aquella carta de puro guardarla se me extravió. Lo que sé deciros es que estoy loco; que la cabeza se me arde; que vine esta tarde á saludarla, frenético de alegría, aunque solo pudiese enviarla mi saludo á través de las paredes, cuando os ví salir con ella y con su padre, á quien creí reconocer, á quien creí haber hablado alguna vez: soy muy mal fisonomista, y nada tiene de extraño que si en efecto le he hablado alguna vez no recuerde su semblante: la verdad del caso es que por una parte tuve zelos de vos, y por otra me alegré porque me dije: el señor Diego Lopez es mi amigo, sabe que puede contar con mi bolsa, y con mi espada y me hablará con franqueza. ¿Amais á esa mujer?

– Hoy es el primer dia que la he visto.

– ¡Ah! no importa; si es ella, con sola una vez que la hallais visto os habreis enamorado de ella para no olvidarla jamás.

– Eso piensan todos los que aman como vos, de los que conocen á su amante.

– ¿No la amais, pues?

– No marqués, no, porque amo á otra; á una mujer que es vuestra querida: á la comedianta Angélica.

– ¡Oh! amadla cuanto querais: yo mismo os llevaré de noche, tarde, á la puerta de su aposento. Llamaré y en vez de entrar yo entrareis vos. Pero decidme: ¿esa doña Inés es hermosa?

– No puede ser la que vos sospechais, marqués, es imposible, dijo Aben-Aboo, empezando á tender un lazo traidor al confiado don Juan, lo que demuestra que no hay amistad que no pueda romper una mujer.

– ¡Ah! no sabeis si es, eso posible, dijo el marqués; contestadme: ¿es hermosa?

– Hermosísima: tan hermosa como la comedianta, mas hermosa, porque hay en doña Inés mas juventud y mas pureza.

– ¡Es jóven! exclamó el marqués que alentaba apenas.

– Como de veintiun años.

– ¡Ah! ¡Dios mio! ¿Morena?

– Moreno límpido, encendido, ardiente, y para concluir de una vez ojos negros y grandes, cuello incomparable, alto y puro el seno, los labios muy rojos, y la sonrisa de ángel, pero triste y apasionada.

– ¡Oh! ¡es ella! añadió levantándose fuera de si el marqués: la esposa de mi alma, mi Esperanza.

– ¿Estais loco? dijo Aben-Aboo, dominando sus zelos y su rabia.

– Si, si, perdonadme, amigo mio, dijo el marqués sentándose y apoyando la frente calenturienta entre sus manos; estaba hablando como si hubiera hablado con ella.

– No lo digo por eso, sino porque os equivocais: porque esa dama que vos llamais Esperanza y que yo llamo doña Inés, no puede ser vuestra esposa ni vuestra amante, porque… en fin, no puede ser.

– No, no me engaño: es ella; ni me he engañado nunca; me lo dijo el corazon desde el momento en que la vi.

– Os digo que no puede ser, insistió Aben-Aboo: para probároslo necesito revelaros un secreto.

– ¿Y creeis que yo no soy bastante caballero para guardarlo?

Aben-Aboo esperaba esta respuesta, y se apresuró á contestar:

– Para que no creais que dudo, de vuestra, hidalguia, voy á deciros el verdadero nombre de esa dama. Olvidadle despues é id á buscar con mas fruto vuestra perdida Esperanza, á quien tanto amais. Esa dama tan encubierta es una mora.

– ¡Y bien! dijo el marqués con fijeza.

– Esa mora es sultana.

– Y esa sultana, insistió el marqués, es mi esposa ante Dios y mi conciencia.

– Pero… ¿sabeis la que decís…? tartamudeó Aben-Aboo.

– Esa dama á quien yo llamo Esperanza, es hija del emir de los monfíes de las Alpujarras; ya veis que no me habeis revelado secreto alguno.

Aben-Aboo al escuchar estas palabras hizo crugir la silla en que se sentaba: todas sus dudas habian quedado esclarecidas por la revelacion del marqués; habia sentido revolverse en su alma pasiones terribles, salvajes; los zelos, la envidia, el odio; pero ninguna de estas furiosas oleadas de su alma salió á su semblante.

Entonces un pensamiento siniestro cruzó por su alma: sintió ansia mortal contra el marqués, pensó en embriagarle y en asesinarle cuando lo hubiese conseguido, y desplegando la funesta astucia, y la intencion mortífera de que mas tarde se sirvió en la rebelion de las Alpujarras, revistió su semblante de la mas engañadora alegría, y tendiendo la mano al marqués exclamó:

– ¡Oh! ¡pues me alegro, me alegro con toda mi alma, don Juan! porque amando vos á la sultana Amina, como la amais, ¡sois de los nuestros!

– Soy enteramente de ella. Ya sé que sois morisco, señor Diego Lopez, dijo con altivez el marqués, y que sois de los mas ilustres. Pues bien: si mañana me dice Esperanza… ó Amina, como querais; «¡Defiende mi corona!» seria traidor á Dios, traidor al rey, perderia mi alma, pero empuñaria el estandarte de la rebelion por los moriscos, y os llevaria al combate.

– ¡Que nos llevariais al combate! exclamó Aben-Aboo, cuya alma acabó de ennegrecerse; sois digno del amor de la sultana; sois digno de la corona que ese amor puede ceñir á vuestra cabeza: ¡oh, don Juan! permitid tambien que dé rienda á la locura de mi alegría y que os abrace: ¿con que al fin todos somos unos? ¿todos hermanos?

Y Aben-Aboo se arrojó en los brazos del marqués que le estrechó en ellos con efusion, porque se sentia feliz y el que es feliz, no odia, no sospecha, no desciende á las miserias del mundo.

– Pero Esperanza no me sujetará á tal prueba, dijo el marqués sentándose de nuevo; Esperanza sabe que soy capaz de sacrificarlo todo por ella, pero no me pedirá el sacrificio. Y sin embargo, y ahora recuerdo cuando ví á su padre: un dia que fuí á pedírsela, en Madrid el año pasado, me dijo estas palabras que no he podido olvidar: «Mi hija solo se casará con un rey; pero no importa: si es preciso os haremos rey.»

El alma de Aben-Aboo se decidió al crimen; sin embargo dijo con un acento natural y amigable:

– ¡Oh! pues, si el emir se propone haceros rey lo sereis.

– ¡Dios me libre de ambicionar tal cosa!

– Pero decidme don Juan, ¿si habeis hablado una vez al emir cómo no le habeis reconocido al verle en Granada?

– Ya os dije que solo tenia de ese caballero un recuerdo muy confuso, como que hace muy cerca de dos años que le hablé y eso solo una vez y en una ocasion en que estaba muy turbado.

– Lo comprendo, dijo Aben-Aboo: y recayendo en su traidor pensamiento de embriagar al marqués para matarle sin ruido añadió: pero lo que no comprendo bien, es que vos, que sois tan bebedor…

– ¡Ah! es verdad: es necesario que brindemos juntos por mi felicidad.

– No: bebed vos solo: ya sabeis que soy morisco: sabed ademas que solo soy cristiano en el nombre, y que el Koran me veda el vino y las bebidas espirituosas.

– Sea como vos querais; pero en cuanto á mí necesito templar bebiendo y cantando mi alegría. ¡Ola, Roque! ¡Roque de Satanás! mis dos botellas, añadió levantándose y asomando la cabeza á la puerta de la escalera.

Apareció á poco Roque, con dos botellas y un vaso; estaba pálido de una manera notable, y miró de un modo singular al marqués.

Después salió.

El marqués se entregó á una alegría que podremos llamar lúgubre, en la que habia mucho de locura, mucho de sufrimiento; habia encontrado, al fin, á Esperanza, á la que habia buscado largo tiempo en vano, y un presentimiento oscuro, de que no se apercibia, daba á su contento el aspecto lúgubre y aterrador de que hemos hablado. Bebia á grandes tragos, y con una frecuencia tal, como si hubiera querido ahogar en vino lo que de una manera incomprensible, comprimia su alma.

Pero cantaba, rasgueaba la guitarra, bebia y abrumaba á preguntas sobre Amina á Aben-Aboo, que le contemplaba con ansiedad, esperando ver los primeros síntomas de la embriaguez.

Ya habia despachado el marqués una botella, y ni el mas ligero asomo de embriaguez habia aparecido en su semblante.

Destapó la segunda, llenó el vaso y le apuró de un trago.

– ¿A qué sabe este vino? dijo: ese Roque se descuida: este vino sabe á húmedo.

– ¡Bah! os habreis engañado tal vez, dijo Aben-Aboo.

– ¿Qué es engañarme? dijo el marqués, llenando de nuevo el vaso y apurándole hasta la mitad. Este vino está echado á perder. ¡Eh! ¡Roque! ¡Roque!

Pero Roque no podia oirle, porque la voz del marqués se habia hecho ronca; ademas se iba poniendo densamente pálido; Aben-Aboo sin saber qué pensar de aquello, miraba al marqués con asombro.

– ¡Oh! ¿qué es esto? añadió don Juan, llevándose las manos á la frente: la casa se me anda alrededor. ¡Ah! ¿qué… es… esto?

Y como al impulso de una sospecha terrible, se levantó, dió un grito, y cayó de nuevo, pálido como un cadáver sobre la silla.

– ¡Oh! ¿le habrán envenenado…? exclamó con terror y con alegria al mismo tiempo Aben-Aboo. Tal vez le mate el amor de Amina. Le han citado á esta taberna… acaso el emir se deshace de una manera tan buena como cualquiera otra, de un amante de su hija, de un amante peligroso…

Y siguió contemplando al marqués que pugnaba en vano por hablar y por levantarse. Sus ojos se cargaban; su semblante palidecia mas y mas, y al fin, su cabeza cayó inerte sobre la mesa.

– ¡Oh! esto está concluido, dijo con una feroz alegria Aben-Aboo: el amor de Amina le ha costado la vida.

Aben-Aboo, se levantó, se acercó á él, tomó la luz, levantó la cabeza del jóven y la examinó atentamente: entonces notó con rabia, que el marqués no estaba muerto, sino dormido: respiraba con facilidad, y la palidez habia desaparecido. Aben-Aboo puso la mano sobre el pecho de don Juan, y notó que su corazon latia naturalmente.

– ¡Oh! no era un veneno, exclamó; sin duda se le ha adormecido con la intencion de conducirle misteriosamente, sin que pueda darse cuenta del lugar, á los brazos de Amina.

Yaş sınırı:
12+
Litres'teki yayın tarihi:
28 eylül 2017
Hacim:
1330 s. 1 illüstrasyon
Telif hakkı:
Public Domain