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Kitabı oku: «Los monfíes de las Alpujarras», sayfa 50

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Y la sombría mirada de Aben-Aboo, y la letal palidez que cubrió instantáneamente su semblante, demostraron que luchaba con un horrible pensamiento.

– Y bien, dijo; estoy solo con él; le tengo en mis manos; no puede haber lucha ni gritos; aquí hay un misterio que no comprendo, y en el cual está envuelta Amina; y luego… este hombre es peligroso; el emir ama demasiado á su hija; el marqués ha dicho, si, lo recuerdo bien, que cuando le pidió la mano de Amina, le dijo que era necesario que fuese rey… que podria ser rey. ¡Oh! ¡y el marqués es valiente! ¡el emir poderoso! Dios me entrega este hombre para que impida con su muerte una traicion que nos perderia.

Aben-Aboo salió; fué á la puerta de la escalera, escuchó, miró al oscuro fondo de una manera insensata, y luego, despues de un momento de vacilacion, en que pasaron por su rostro las mas horribles expresiones, se arrancó la daga de la cintura, y se arrojó sobre el marqués.

Pero cuando creia asegurado el golpe, cuando iba á descargarle sobre el corazon de don Juan, sintió que una mano, formidable por su fuerza, detenia la suya y le arrancaba la daga.

Volvióse rugiente de cólera, y vió ante sí á Roque.

– Los que quieren ser reyes, dijo profundamente, no deben ser asesinos.

– ¡Ah, traidor! exclamó Aben-Aboo: tú sirves al emir de los monfíes.

– Y bien, ¿qué? contestó el tabernero, con una calma glacial.

– Tú sabias, que esa dama encubierta por quien te pregunté, era la sultana Amina.

– Y bien, ¿qué? repitió con doble calma Roque.

– Tú no eres lo que pareces.

– ¡Yo soy monfí! exclamó Roque con acento feroz.

– ¡Ah! ¡tú eres monfí! ¡esclavo de un hombre que nos tiende lazos traidores, que mantiene amistades con los cristianos, y nos suscita peligros!

– No sé quien haya podido revelarte que don Alonso de Fonseca y su hija doña Inés, son el poderoso Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar, y la noble sultana Amina; pero no importa, Aben-Aboo: la suerte está echada: muy pronto la sangre del combate correrá en la montaña, y acaso en la ciudad: importa poco que hayas descubierto el secreto: y oye… guárdate: porque si te atreves á levantarte contra el emir, eres hombre muerto.

– ¿Me retas?

– Te aconsejo.

– ¿Y si yo te castigase y diese muerte al castellano que puede ser la causa de nuestra ruina? exclamó Aben-Aboo, echando mano á su espada.

– Aunque yo solo basto para reducirte á la razon; una sola voz mia, haria caer sobre tí mil puñales.

– ¡Ah! los monfíes ¡siempre astutos y traidores! exclamó Aben-Aboo, trasportado de rabia; ¡los monfíes en todas partes!

– Vete; y olvida lo que aquí ha pasado, dijo con altívez Roque; es lo mejor que puedes hacer. Pronto empezaran á venir los moriscos que elegiran por rey de Granada á tu primo Aben-Humeya, y debes evitar que te encuentren aquí.

– ¡Si; adios! exclamó trémulo de cólera Aben-Aboo: ¡pero hay del emir! ¡hay de Aben-Humeya! ¡hay de tí!

– ¡Y hay de tu cabeza! contestó con desprecio el monfí.

Aben-Aboo, salió rugiendo; bajó como una avalancha las escaleras, y salió á la calle, rebozóse, y se puso en un soportal, en acecho de su casa y de la taberna.

Entre tanto el monfí habia quedado profundamente pensativo en medio de la habitacion.

– No sé, dijo, por qué el emir anda con tantas contemplaciones con esos dos mozos, permite que Aben-Humeya sea rey, y me ata las manos respecto á Aben-Aboo. El emir se arrepentirá, porque esto acabará mal… muy mal… los dos son miserables y traidores: Dios quiera que no sucedan grandes desgracias: por ahora obedezcamos las órdenes de la sultana, y avisémosla de lo que aquí ha pasado.

Y asiendo del marqués, le cargó sobre sus hombros, con la misma facilidad que si hubiera sido un niño, tomó la bugía que estaba sobre la mesa, se encaminó á una puerta situada al fondo de la habitacion por la parte que lindaba con la casa habitada por el emir, y desapareció por aquella puerta con su carga.

CAPITULO X.
En que se trata de lo que pasó entre la sultana Amina y Aben-Aboo

El joven permaneció algun tiempo observando la casa y la taberna contigua.

La calle estaba desierta y envuelta en un profundo silencio. La luna brillaba sobre ella. Al dar las diez en la iglesia del Salvador, hora en que se cerraban las tabernas, la gente que habia en la del Hardon salió, y se cerró la puerta. La calle quedó ya completamente silenciosa.

Aben-Aboo esperó algun tiempo, pero nadie apareció, á pesar de que segun las noticias del morisco, los xeques del Albaicin debian empezar á acudir á las diez. Entonces recordó Aben-Aboo que á la casa del Hardon podia entrarse por diferentes minas, algunas de las cuales conducian fuera de la ciudad.

– ¡Oh! exclamó: los que han de elegir rey á don Fernando entraran por las minas, y de la misma manera habran sacado por las minas al marqués: aunque me estuviese aquí toda la noche nada descubriria… y luego… luego quién sabe por qué se ha dado ese brebaje al marqués. Acaso he supuesto lo que no existe: acaso mis zelos… tenia razon ese hombre… no se puede ver á Amina una vez sin amarla… el amor que me ha inspirado ha crecido con los zelos que el marqués me ha hecho sentir… y acaso me engañe… porque si ella amara al marqués ¿á qué haberse estado recatando de él durante dos años? pero sin embargo, la carta que le citaba esta noche á la taberna… pero á mi me ha citado tambien y de una manera mas directa, por el postigo… yo puedo saber si la sultana, esa sultana que ha estado á mi lado sonriéndome horas enteras, es la Dama blanca… y luego puede ser muy bien que me ame: que me conozca hace mucho tiempo… yo me he puesto á su paso en la montaña… tal vez solo ha tenido con el marqués una aventura galante… y sobre todo yo debo apurar hasta donde pueda este misterio… yo debo acudir á la cita de doña Inés.

Y saliendo del soportal rodeó su propia casa como quien bien la conocia, y se dirigió sin vacilar al postigo.

Detúvose un momento en él á fin de dominarse, y cuando lo hubo conseguido, cuando juzgó que en su semblante no quedaba el menor vestigio de la reciente tormenta, llamó recatadamente al postigo.

Inmediatamente aquel postigo se abrió, y Aben-Aboo lanzó un grito de sorpresa al ver ante si entre las sombras una mujer enteramente vestida de blanco y con un antifaz del mismo color sobre el rostro.

– ¡La Dama de la montaña! exclamó.

– Seguidme, dijo la joven.

Aben-Aboo la siguió con el corazon palpitante: atravesó el huerto tras ella, y tras ella atravesó un corredor oscuro, subió unas escaleras, y se encontró en un precioso retrete alumbrado por dos bugías de cera que habia sobre una mesa. Sobre aquella mesa ademas habia un pergamino enrollado y una daga que Aben-Aboo reconoció con terror: era la suya, la que le habia arrebatado en la taberna el monfí.

La jóven cerró la puerta, se quitó el antifaz y apareció el semblante pálido y severo de Amina.

– ¿Qué habeis pensado de esta cita? dijo Amina con acento grave.

– ¿Me preguntais lo que he pensado ó lo que pienso? dijo con audacia Aben-Aboo.

– Os pregunto lo que habeis pensado, no lo que penseis ahora.

– He pensado delirios, prima.

– ¡Delirios!

– Si; he pensado que Dios se compadecia de mí y me daba con vos la felicidad.

– ¿Y qué motivos habeis tenido para pensar que yo?..

– Hace mucho tiempo que sin conoceros os amo.

– ¡Extraño amor!

– Os he visto en la montaña…

– Creo que ya os costó un lance desagradable vuestra obstinacion en seguirme.

– Con que confesais…

– Lo confieso todo… todo lo que querais que confiese… que soy la Dama blanca de la montaña, la sultana Amina, la amante del marqués de la Guardia…

Amina pronunció estas palabras con una indiferencia despreciativa.

– ¡Oh! exclamó con rabia Aben-Aboo, ¿sabeis que os amo, que os he buscado con una tenacidad incansable, y os atreveis á decirme que amais á otro?

– Sino vinierais de donde venís, sino hubierais querido hacer lo que no habeis podido, yo os hubiera dicho: soy vuestra prima Amina, la que habeis seguido á la montaña con peligro de vuestra vida; en el tiempo que hoy hemos estado juntos he comprendido que me amais: yo no puedo pagar vuestro amor, porque no me pertenezco, porque mi corazon y mi vida son de otro á quíen conocí antes que á vos; pero ahora despues de lo que he hecho, despues de lo que habeis dicho, me limito á deciros: tomad vuestra daga, infante Aben-Aboo, y dedicadla á mas noble uso que á asesinar hombres dormidos.

– ¿Sabeis señora que ese hombre se jactaba de una manera insolente de que le amabais?

– Puede jactarse de ello: ademas creia hablar con un amigo.

– ¿Habeis olvidado señora que ese hombre desprecia vuestros dones vendiéndolos?

– Creia hacer un servicio á un amigo.

– ¿Es decir que creeis bueno y noble todo lo que proviene del marqués de la Guardia?..

– Es mí esposo, y debo respetarle… es mas, creo que solo peca de imprudente, de enamorado.

– ¿Que es vuestro esposo, exclamó asombrado Aben-Aboo?

– Tomad ese pergamino y comprended por qué os llamo infante, por qué llamo mi esposo al marqués de la Guardia.

Y entregó á Aben Aboo el pergamino enrollado que estaba sobre la mesa, y que no era otra cosa que una copia de las capitulaciones concertadas entre el emir de los Monfíes y Aben-Humeya.

– ¡Teneis una hija! exclamó ferozmente Aben-Aboo despues de haber leido el pergamino; ¡Aben-Humeya tiene un hijo!..

– ¡Oh! nunca hubiera creido, dijo con profundo desden Amina, que la ambicion hiciese á los hombres tan miserables. Pero ved lo que haceis, Aben-Aboo, ved lo que haceis, porque os advierto que vuestra primera traicion será la señal de vuestro castigo.

– ¿Para qué me habeis llamado aquí, señora?

– Mi padre os conoce, Aben-Aboo, y lo ha temido todo de vos, en los momentos en que los moriscos de Granada elijen por su señor á Aben-Humeya: procuró distraeros, os llamó á su casa con un pretexto, os retuvo á nuestro lado, y yo procuré haceros olvidar vuestra ambicion por el amor. Creyéndoos enamorado os cité para apartaros acaso de vuestra ruina, no para alentar un amor que era imposible. Pero vos habeis obrado de tal modo, que me obligais á ser con vos todo lo severa que puede ser una persona que aborrece el crímen.

– Pues os anuncio que vos sereis la causa de muchos crímenes.

– ¡Yo!

– Si, vos. Primero he codiciado la corona de Granada, y me la habeis robado; despues os he codiciado á vos y os he perdido.

– ¿Y qué derecho teneis á esa corona, qué derecho á mi amor?

– Mi voluntad.

– Vuestra voluntad os llevará á vuestra ruina. Haced lo que mejor os plazca, sed en buen hora mi enemigo. Ni os temo ni os desprecio. Procuraré burlar la venganza que sin duda meditais contra mi padre y contra mí. Pero os aconsejo una cosa. Recatad mucho vuestra venganza, y sobre todo no hableis con mi padre como habeis hablado conmigo. Mi padre nada sabe. Yo debia avisarle para que se precaviese de vos, pero sobre ser vos casi impotente, espero que cuando salgais del estado de delirio en que os encontrais, reflexionareis, comprendereis que en vez de odio nos debeis agradecimiento, y sereis nuestro buen pariente. Si ese momento llega, yo os tenderé mi mano, os perdonaré el mal que habeis querido hacerme, y seré vuestra hermana. Ahora salid, porque todo lo que teniamos que hablar lo hemos hablado ya.

– Adios señora, adios, dijo Aben-Aboo, con acento sombrio, adios, y no os olvideis de mi.

– A pesar de vuestras amenazas, os aconsejo que nada intenteis esta noche contra Aben-Humeya, por mas que tengais algunos parciales, ni dejeis de ver á mi padre. No deis un paso hácia adelante, sino estais seguro de que no habeis de arrepentiros, porque os lo repito, creo que mas que criminal sois loco.

La triste dulzura con que Amina pronunció estas palabras alentó á Aben-Aboo que volvió desde la puerta y se arrojó á los piés de Amina.

– ¡Oh! tened compasion de mí, le dijo: teneis razon, yo no he pensado en el crímen hasta que he visto defraudadas todas mis esperanzas… pero amadme, señora, amadme, porque yo antes de ver vuestro semblante os amaba, me habia fingido en vos la hermosura de un arcángel, y al veros he visto que habia soñado poco, que sois mas hermosa, mas noble que lo que soñó mi deseo: amadme, y sea en buen hora Aben-Humeya rey de Granada: si vos sois mia, seré mas feliz que mandando sobre todos los imperios del mundo.

– ¡Yo os amo! dijo Amina con una dulcísima voz de consuelo.

– ¡Oh! ¡que me amais! ¿luego vuestro amor al marqués de la Guardia es mentira?

– Y es mentira tambien mi hija Kinza.

– ¡Ah!

– ¿Y habeis podido creer que habria sido madre sino por el amor de un hombre que hubiera llenado enteramente mi alma?

– ¡Oh! y entonces… entonces… ¿cómo me amais?

– Levantad y oid: yo os amo porque una voz íntima de mi corazon me dice que os ame; pero os amo de una manera tranquila; como creo que se debe amar á los hermanos; el solo pensamiento de otro amor hácia vos, me horroriza, me repugna… ese amor no puede ser entre nosotros: mi corazon le rechazaria, aunque no amase á otro hombre.

– Pues adios, señora… adios, dijo Aben-Aboo levantándose con el semblante teñido de una palidez letal… ya que no puede haber entre nosotros amor, habrá odio… no podeis amarme… yo os juro que me aborrecereis.

Y Aben-Aboo que conocia las entradas y salidas de la casa como quien era su dueño, salió frenético, dejando sola y aterrada á Amina, que comprendia bien lo temible que era Aben-Aboo.

Por algun tiempo, este vagó á la ventura por calles y callejas; sin direccion fija, calenturiento, entregado á pensamientos, ó por mejor decir, á intenciones de venganza á cual mas horribles: la venganza, ese monstruo del corazon humano, no habia tomado para él formas, pero se revolvia fermentando y rugiendo en su alma.

Asi anduvo una hora: al cabo de ella, el frio que era intenso, contrapesó el ardor febril de su sangre, volvió á su pensamiento la reflexion y se rehizo. Entonces no renunció á su venganza, sino que se resignó á esperar que esta se le presentase en todo su esplendor, justificada, traida por los acontecimientos; comprendió que debia ser prudente, que cuanto mas encubriese su odio mas seguro seria su efecto, y á paso lento tomó el camino de la calle de San Miguel; cuando llegó á ella notó que estaba tan silenciosa y desierta como cuando la habia abandonado, y que no se veia el reflejo de una sola luz ni se escuchaba el mas leve rumor en la casa del Hardon.

– Habrán venido por las minas y estaran en los subterráneos, dijo suspirando, y se encaminó á la puerta principal de su casa.

Abrióle un criado que le indicó que su señor le esperaba y le condujo á su habitacion.

Yaye estaba sentado junto á una mesa, tenia quitada la venda y se le veia en el lado izquierdo de su frente una profunda cicatriz redonda.

Aben-Aboo, ya enteramente dominado adelantó y dobló una rodilla ante el emir besando una de sus manos.

– ¿Qué haces, hijo mio, le dijo conmovido Yaye?

– Os rindo el homenaje que os hubiera rendido desde el primer momento, señor, si hubiera sabido quien erais.

Yaye le atrajó á sí y le besó conmovido en la frente: Aben-Aboo notó que una lágrima del emir habia caido sobre sus mejillas.

Esto que hubiese conmovido á otro, irritó á Aben-Aboo.

– ¿Has visto á tu prima? le dijo Yaye haciéndole sentar á su lado.

– Si señor.

– He preferido que ella sea quien te revele lo que no te he querido revelar hasta este momento: queria retenerte junto á mí para que no hicieses una locura, pero no quise imponerte el respeto que en este momento te domina. Pero era necesario, cuando te se da un infantazgo, que tu tio y tu señor hablase contigo. Ya sé que has pensado en un puesto mas alto, pero en todos los puestos, hijo mio, encuentra un noble lugar el que es valiente, caballero, y, sobre todo, ama á su patria. Ha llegado el momento de la lucha, lucha que ya no puede dilatarse por mas tiempo. Aben-Humeya cumplirá con su deber como rey de Granada y tú como infante le ayudarás: yo os ayudaré á entrambos. No quiero ocultártelo; la lucha es terrible, arriesgada, y si sobreviene la mas leve division entre nosotros somos perdidos, y sentenciamos á nuestros pobres hermanos, ya harto oprimidos, á la esclavitud, á la muerte, á la deshonra, que es la peor de las muertes. Si hay en tí ambicion, espera y no desesperes, hijo mio. Si el cristiano nos vence, nuestra corona será la corona del martirio; si le vencemos, si, como en otro tiempo nuestros abuelos, logramos avanzar sobre las tierras del cristiano, ayudados del poder del Sultan de Constantinopla nuestro amigo, entonces Aben-Aboo, sobraran coronas en los reinos que reconquistemos.

– Solo os pido una gracia, señor, dijo hipócritamente el jóven.

– ¿Cual?

– No separarme de vos, pelear á vuestro lado, llevar en el combate vuestra bandera.

– En lugar estarás, que satisfaga tu valor y tu orgullo, hijo mio. Ahora escúchame, es necesario que partas al momento á las Alpujarras.

– Eso mismo pensaba deciros, señor.

– Yo partiré mañana. Toma: esta carta mia te abrirá paso entre los monfíes que te ayudaran si necesario fuese. Tu madre vive en Cádiar, añadió conmovido el emir.

– Si señor.

– Tu madre estará inquieta.

– Mi madre me ama en extremo, señor.

– Pues bien: dí á tu madre que nada tema, que el emir de los monfíes te protege. Esto la tranquilizará.

– Muy bien, señor.

– Toma, añadió Yaye, abriendo un cajon de una mesa y sacando una repleta bolsa de oro: sé infante de Granada.

– ¡Ah! ¡cuántas bondades, señor!

– Adios, vete: sobre todo prudencia y sigilo: que nada puedan sospechar los cristianos hasta el dia del alzamiento.

– Adios, señor, adios, dijo Aben-Aboo que deseaba verse libre de la influencia que ejercia sobre él el emir.

– ¿Y no te despides de mi hija? dijo el emir señalando á Amina que habia aparecido en una puerta.

– ¡Ah, señora, adios! dijo Aben-Aboo dirigiéndose á ella.

– Sed feliz… y seguid mis consejos, le dijo Amina.

– ¡Ah! no los olvidaré, señora.

Aben Aboo salió, y poco despues se sintió abrir la puerta exterior y las pisadas de un caballo en la calle que se alejaron hasta perderse en el silencio.

– ¡Ah! exclamó Amina en un acento que no pudo oir su padre: quiera Dios que con ese hombre no nos preceda á las Alpujarras la desgracia.

Amina sentia oprimido su corazon por un presentimiento funesto.

CAPITULO XI.
Alianza de sangre y lodo

A punto que Aben-Aboo entraba á caballo en el corral del Carbon, daban las doce en el reló de la capilla real.

Era la hora de la cita con Angélica.

El corral estaba desierto, silencioso é iluminado de lleno por la luna. Aun estaba alzado el tablado donde se habia hecho la representacion, pero despojado de los tapices y de las cortinas: como si dijéramos: en esqueleto.

Aben-Aboo, pensó primero en llamar á maese Pertiñez para que le sirviera de guia hasta el aposento de la comedianta. Pero prefirió no recurrir á él, sino en un caso extremo, ató su caballo á un poste del corral, y se aventuró por las estrechas escaleras que guiaban á la hospederia.

Llegó á lo alto de las escaleras y palpó: encontró al fin una puerta que abrió con la llave que le habia entregado maese Pertiñez de parte de Angélica.

Pero se encontró con una dificultad; el pasillo estaba oscuro, y apenas penetraba en él un débil reflejo de los rayos de la luna á través de las claravoyas del techo.

Aben-Aboo recordó que el aposento de Angélica estaba á la derecha, y en la parte media del pasillo, cabalmente por aquella parte y en el mismo costado daba un rayo de la luna.

Aben-Aboo adelantó con la esperanza de que tal vez aquel blanco rayo de tibia luz le dejaria percibir algun número por el cual guiarse; se quitó las espuelas para no hacer ruido, y adelantó recatadamente, hasta el lugar iluminado por la luna.

Aquel lugar de la pared estaba sobre una puerta; Aben-Aboo sintió una extraña conmocion al notar que en medio del espacio iluminado por la luna se destacaba un negro y enorme el número 13.

¿Era aquello una casualidad ó que Dios ó el infierno le ayudaban?

Otro estremecimiento distinto agitó á Aben-Aboo al llamar á la puerta; al fin era jóven y por mas que un jóven esté poseido de las mas violentas pasiones, siempre siente un no sé qué poderoso que le domina cuando en medio del misterio se acerca á una buena moza que le espera.

Porque Angélica debia esperarle.

Aben-Aboo notó que la puerta cedia bajo su mano sin ruido, lo que demostraba que la puerta estaba preparada para esta clase de lances: el jóven adelantó y se encontró en un espacio alfombrado, con gran asombro suyo, porque no esperaba encontrar tal lujo en tal hostería.

Por una puerta al frente se percibia un tenue resplandor: Aben-Aboo adelantó guiado por él, atravesó otro aposento oscuro y se encontró al fin en la misma habitacion en que Angélica habia recibido aquella mañana á maese Pertiñez.

En un estrado de damasco, reclinada en sus almohadones, y dormida, reflejando en su hermoso semblante, en su cuello y en su seno casi descubierto, como por descuido, la luz de una bugía colocada en una pequeña mesa junto á ella, estaba Angélica.

¿Dormia ó fingia dormir? esta pregunta se hizo Aben-Aboo, pero comprendió que aquella mujer que le esperaba á aquella hora, despierta ó dormida, no debia de haberle citado para hablarle del gran turco.

Aben-Aboo no se atrevió á despertarla en el momento: tan hermosa estaba dormida; por intencion ó pereza, no se habia quitado el traje que habia usado para la comedia, mas que el adorno de plumas: conservaba el magnífico collar de perlas, regalo humillante de Amina, y sin duda, para respirar mejor, se habia abierto el justillo; Aben-Aboo, pudo pues, anegar sus miradas en aquel cuello divino, y en aquel seno de mármol; luego como si una atraccion poderosa le hubiese dominado, acercó lentamente su semblante á aquel seno y le besó.

En esto, entraba al mismo tiempo el deseo y el cálculo, necesitaba mostrarse enamorado y audaz con aquella mujer, en quien habia visto un enemigo mortal de Amina, y cuya alianza podia convenirle.

Al sentir el ardiente beso del jóven, Angélica despertó y exaló un ligero grito de terror, que si fue fingido, lo fue admirablemente. Luego, al reconocer al jóven se tranquilizó, se sonrió de una manera tentadora, y tendió la mano á Aben-Aboo, cubriéndose con la otra el seno con los encajes.

– ¿Por qué estais de rodillas? dijo infiltrando una mirada traidora por lo amante, en los ojos entumecidos de Aben-Aboo.

– Estaba adorando vuestra hermosura.

– ¡Ah! ¿y vos cuando adorais besais?

– ¡Ah, señora! perdonad; pero la culpa es de vuestra divina belleza.

– ¡Quién os ha enseñado á enamorar de ese modo?

– Vos.

– En poco tiempo hago yo maestros de amor.

– Vos le enseñais con una sola mirada.

– De modo que vos…

– Yo os adoro.

– No lo creo.

– ¿Por qué?

– Porque adorais á otra.

– ¡Ah!

– Como yo adoro á otro.

– ¡Oh!

– Pero vos necesitais vengaros.

– Si.

– Y yo tambien.

– Yo de la altivez de una mujer.

– Yo del desamor de un hombre.

– Somos, pues, amigos.

– Amigos de odio.

– ¿Y no mas que amigos? dijo Aben-Aboo rodeando la cintura de Angélica.

– Ya veis que os dejo hacer…

– ¿Quereis sin duda serviros de mí?

– Como vos de mí.

– ¡Ah! yo me serviria de vos para ser feliz.

– Vos podeis hacerme feliz haciéndome vuestra.

– ¿Hablais de veras?

– ¿Pues nó?

– Oid, señora: á pesar de que creo, que cuando me habeis llamado, me conoceis y comprendeis que puedo serviros de mucho, á pesar de que estoy seguro de que ni me amais ni podeis amarme, vos podeis estar segura tambien, de que á pesar de que amo á otra mujer, á pesar de que lucho con mi suerte, podeis ser mi tentacion, la mano que me impulse… y á mas de eso, la fuente donde beba el amor de que estoy sediento.

– ¿De veras? ¿Hablais de veras?

– Entre una mujer como vos y un hombre como yo, no puede haber mentira. Yo os comprendo como vos me habeis comprendido.

– ¿Y qué habeis comprendido en mí?

– Que sois capaz de todo por vengaros de una mujer.

– ¡Ah! sí, como vos arrostrareis la perdicion de vuestra alma por vengaros de un hombre.

– Yo os doy la mujer á quien amo.

– Y yo el hombre á quien adoro.

– A falta de ese hombre.

– Acepto vuestro amor.

– A falta de esa mujer, yo os doy mi alma.

– Oid, dijo Angélica levantándose de entre los brazos de Aben-Aboo, y separándole de sí en un movimiento de suprema dignidad: no creais que la mujer que habeis visto representando sobre un tablado, ofreciendo su talento y su hermosura al vulgo, es una de esas cómicas perdidas, que abren sus brazos al primero que se las presenta con las manos llenas de oro. Bajo la comedianta está la mujer con todo su pudor, con toda su dignidad: tras mi presente de cómica, hay un pasado noble y altivo, aunque lleno de amargura y de pasiones terriblemente combatidas. Lo he perdido todo, todo, menos la honra y el corazon. Y os digo que no he perdido la honra, porque solo he pertenecido á un hombre á quien he considerado como mi esposo; os digo que no he perdido el corazon, porque no puedo sufrir que ese hombre me engañe y me mienta amores cuando me desprecia. El amor que sentia hácia el marqués, se ha convertido en odio, en lo único que puede convertirse el amor, como un dia se convertirá en odio el amor que os inspira esa duquesita de la Jarilla, esa sultana mora, esa doña Esperanza ó Amina…

– Se ha convertido ya.

– Os habeis arrastrado á sus pies y os ha despreciado…

– Si.

– ¡Oh! pues debeis vengaros.

– Me vengaré, no sé cómo, pero me vengaré.

– ¡Oh! ¡cuanto me amareis si yo os proporciono una venganza doble, una venganza horrible!

– Siento, señora, que me dominais, que acabareis por enloquecerme por ser el arcángel de fuego de mi vida.

– ¡Oh! seguid, seguid: irritad vuestro odio: ¡qué hermoso estas pensando en vuestra venganza!

En efecto, Aben-Aboo estaba hermoso, pero con una hermosura como la que solo puede suponerse en Satanás.

– Somos, pues, el uno del otro. Nos pertenecemos, dijo Aben-Aboo.

– Si; somos desde ahora el uno del otro para vengarnos: despues, cuando nos hayamos vengado; cuando yo pueda considerarme viuda, ahogaremos nuestros remordimientos, el uno en los brazos del otro.

– ¡Remordimientos!

– Sí; ¿qué culpa tienen Amina y don Juan, de que el cielo los haya reunido para amarse como se aman los ángeles? Nosotros deberiamos respetar ese amor, noble y grande, purificado por el infortunio, y sin embargo, ese amor nos roe el alma, y necesitamos exterminarle para que no nos despedace: cometeremos un crímen: lo sé: marcho á él de frente, sé que me espera el remordimiento, pero me vengaré, ó por mejor decir, destruiré lo que no puedo ver, lo que no puedo suponer sin sentir una rabiosa sed de sangre.

No parece sino que mi alma es una continuacion de vuestra alma, porque lo mismo pensamos los dos, señora.

– Nuestro comun odio hácia esos dos, que sin nosotros serian tan felices, establece ya entre nosotros una especie de amor extraño…

– Que tal vez mañana…

– ¿Quien sabe?

– Os juro no perdonar nada por vengaros.

– Yo os lo juro tambien.

– Os seré fiel como la espada á la mano.

– Y yo á vos como el veneno á la muerte.

– Somos, pues, el uno del otro.

– Como hermanos de venganza ahora.

– ¡Y cuando se satisfaga esa venganza!

– Creo que para entonces os amaré… os amaré como yo amo, con toda mi alma.

– Para eso es preciso que no nos separemos.

He despedido esta noche á mi doncella para estar en libertad de obrar.

– ¿Qué quereis decir?

– Que voy á seguiros ahora mismo.

– ¿Y el señor Cisneros?

– ¡Ah! ¡Cisneros! ¡pobre loco!

– ¿Y el señor Salvador Godinez?

– ¡Callad! dijo Angélica palideciendo: callad: cabalmente por temor á ese hombre seria capaz de huir con Satanás.

– El cree que no le conoceis.

– ¿Le conoceis vos?

– No, pero creo…

– Es mi verdugo, el autor de mis desgracias, el que me ha obligado á arrojarme á las tablas: cree que no le conozco. ¡Ah! á una mujer como á mi no se la engaña mas que una vez.

– Pero, ¿quién es ese hombre? ¿por qué os causa tanto terror?

– Si me probais que no desconfiais de mí, yo no desconfiaré de vos. ¿Como os llamais?

– Me llamo el infante Sidi-Aben-Aboo.

– ¡Ah! ¡no mentís cuando decis que sois mio! ¿Sois moro?

– Si.

– ¿Vais á revelaros contra el rey?

– Si.

– ¿Ansiais beber la sangre de Aben-Humeya?

– Si.

– ¡Oh! he buscado el crímen, y el infierno no podia habérmele presentado mas completo, mas terrible. ¿Matareis á Aben-Humeya, vuestro pariente?

– Aunque fuese mi hermano.

– ¡Y si yo os dijese el nombre del asesino de vuestro padre!

– El nombre del asesino de mi padre…

– Vuestro padre murió de hambre despues de haber sido herido por los monfíes en una cueva de las Alpujarras.

– ¡Ah! y acaso el emir de los monfíes…

– Es el asesino de vuestro padre… y no solo de vuestro padre, sino de don Diego de Válor, padre de Aben-Humeya.

– ¡Y aun no hace una hora, que el hipócrita, que el miserable me abrazaba y me llamaba su hijo, y regaba con sus lágrimas mi semblante!

Angélica se estremeció; su crímen era horrible; pero necesitaba despedazar el corazon de Amina, y siguió marchando de frente al crímen.

– ¡La prueba! ¡la prueba de lo que acabais de revelarme, señora!

– Si, os la daré clara y terminante: pero si hemos de llevar á cabo nuestra alianza, es necesario que no nos separemos: para no separarnos, es necesario que huyamos, para huir es necesario aprovechar los momentos. ¿No os he dicho que me he quedado sola para estar dispuesta á todo?

– ¡Huir! ¡huir conmigo, esta misma noche!

– ¿Os falta dinero?

– Tengo unos cien doblones.

– Y yo tengo joyas que valen un tesoro: joyas que he preparado para la fuga.

– ¿Pero habeis meditado que estamos en diciembre, que tenemos que pasar por la falda de la Sierra?..

– ¿Y quien teme al frio llevando un volcan en el corazon?

– Luego… un viaje de algunas leguas á caballo…

– Pero vuestro caballo es fuerte…

– ¡Oh! ¡sí!

– ¿Para llevarnos, y á mas mis joyas y mi dinero?

– Si, indudablemente, si no es mas que lo que hay en ese cofrecillo.

– ¡Oh! pues entonces, esperad.

Angélica, tomó la luz, dejando á oscuras á Aben-Aboo, y desapareció tras una puerta de cristales.

No es la oscuridad lo mejor para inspirar buenos pensamientos; parece que hay mas bien allí donde hay mas luz. Durante el breve espacio que Angélica tardó en volver, Aben-Aboo acabó de convertirse en un demonio, sintió hácia Angélica un amor satánico, enteramente distinto del amor que le habia inspirado Amina: ardió su sangre al recuerdo de su hermosura; se inflamó su alma en un fuego sombrío al medir la profundidad de aquella alma infame de mujer. En una palabra, Aben-Aboo se vendió enteramente al diablo.

Yaş sınırı:
12+
Litres'teki yayın tarihi:
28 eylül 2017
Hacim:
1330 s. 1 illüstrasyon
Telif hakkı:
Public Domain