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Kitabı oku: «Los monfíes de las Alpujarras», sayfa 52
»El cual subirá con sus ejércitos y estandartes á los alcázares de la Alhambra, y allí estará algunos dias encubierto:
»Y desde allí conquistará muchas y muy grandes fortalezas, climas y provincias,
»Y vereis pujante el cetro y la corona de los moros.
»Poseerá este rey á Sevilla, y tomará noventa ciudades á los herejes;
»Y todas las ciudades del Poniente seran dichosas bajo la corona de este rey.
»Siete años durará esta guerra victoriosa;
»Y el rey de los creyentes alcanzará al cabo de este tiempo al rey de los infieles,
»Y le combatirá y le matará.
»Y sobre la frente de este rey maldito se leerá: tiranizó y pecó.
»Y el valiente rey que cumplirá todas estas maravillas, pasará sus primeros años encubierto bajo un humilde nombre.
»Y será bautizado y hereje de su ley;
»Y para que podais conocerle mejor, este mozo será descendiente de la santa familia del Profeta;
»Y sus abuelos habran sido califas de Damasco y de Córdoba:
»Y el astro esplendoroso de los Omeyas lucirá sobre su frente y le dará victoria.
»Y en el tiempo en que este mancebo sea reconocido y encumbrado, los árboles llevaran abundantes frutos,
»Y los agostos del pan seran mas ricos en los montes frios y en las costas;
»Y las abejas llenaran sus colmenas de miel en este año bendito;
»Y la entrada de este año será en sábado;
»Y el ángel Miguel y el ángel Gabriel bajaran sobre el Andalucia con la espada de la justicia de Dios.
»Glorifiquemos y alabemos al Señor Altísimo y Unico.
»El levanta y abate los imperios: él da la vida y da la muerte; él es la luz y él la sombra.
»Glorifiquémosle y confesémosle: no hay otro Dios sino Dios.
»Roguemos á su escogido Mahoma y por el amor que Dios le tiene, el enviará sobre los tiranos su castigo en todo extremo y su rigor.»
Calló Abul-Hassam y extendiendo el pergamino y mostrándolo á los circunstantes que guardaban el mas profundo silencio, dijo:
– Esta es la profecía de Tauca-el-Hamema, el sábio y el justo: vedlo: aquí está escrito lo que os he leido.
– ¿No dice esa profecía, exclamó Yaye, que el rey que ha de libertarnos, rey hijo de rey, será descendiente de la santa familia del Profeta, nieto de los califas de Damasco y de Córdoba, y que vivirá entre nosotros encubierto y hereje de su ley?
– Si, dijo Abul-Hassam; eso dice la profecía.
– ¿Y no veis cumplido claramente su pronóstico, sabios y caballeros, en Aben-Humeya, que ha llevado entre los cristianos el nombre de don Fernando de Válor?
– ¡Si! ¡si, si! dijeron todos los parciales de Aben-Jahuar-el-Zaquer:
– ¿Cuanto oro te han dado por ese jofor21 embustero? dijo Farax-Aben-Farax adelantando lleno de cólera hácia el faquí.
– La palabra de Dios ha resonado entre nosotros, dijo con acento solemne Abul-ben-Eden, levantándose: ¿quién es el imprudente que se atreve á blasfemar de la palabra de Dios?
– ¿Y qué crédito puede mereceros un artificio que cualquiera puede haber inventado?
– ¡Esta es la profecía de Tauca-el-Hamema! exclamó con acento indignado el faquí: ¡hay del impío que blasfema de los profetas de Dios!
– El reino es libre para elegir su rey, Farax-aben-Farax, exclamó el emir bajando de su trono: y mientras yo lleve espada al costado, nadie se atreverá impunemente á contrariar la voluntad del reino. ¿Hay alguno que se atreva á imponernos aquí su voluntad?
Todos callaron.
Yaye revolvió en torno suyo una mirada amenazadora, que acabó por fijarse en Farax. Este se hizo atrás murmurando sordamente como un mastin á quien su amo arrebata de los dientes una presa, y le amenaza con un palo.
Yaye volvió al diván.
– Puesto que ya habeis oido esa profecía; puesto que estais decididos á elegir rey, consultad entre vosotros; escribid cada uno en un papel el nombre del elegido, y entregad ese papel doblado á los secretarios.
Todos se levantaron y se dividieron en grupos; Yaye hizo á Farax señal de que se acercase.
El tremendo morisco se acercó hosco y sombrío, y Yaye estuvo hablando con él largo tiempo en voz baja.
– No es la ambicion la que me mueve, dijo al fin Farax, sino el amor de la patria; pero puesto que quieres que Aben-Humeya sea rey de Granada, sealo en buen hora: Dios quiera que no te arrepientas tarde, emir.
Y tomando un papel, escribió en él el nombre de Aben-Humeya, le dobló y le entregó á un secretario.
Despues, cada uno de los moriscos y de los monfíes, fue entregando su voto, y cuando se contaron, se vió que todos habian votado; cuando se abrieron los papeles se encontró escrito en todos el nombre de Aben-Humeya.
Poco despues, buscado el jóven por su tio Aben-Jahuar-el-Zaquer, fue traido á la cámara, revestido de las vestiduras reales, y proclamado rey con las mismas ceremonias que vimos al principio de este libro proclamar á Yaye emir de los monfíes en el alcázar subterráneo de las Alpujarras.
El primer acto de soberanía de Aben-Humeya, fue nombrar alguacil mayor del reino á Farax-aben-Farax, y capitan general de sus ejércitos, á su tio paterno Aben-Jahuar-el-Zaquer.
Aquella misma noche, Aben-Humeya partió acompañado de sus parciales á las Alpujarras.
Aquella misma noche tambien, partieron á la montaña, Yaye, Amina y los monfíes.
CAPITULO XIII.
Cómo estaba gobernada la villa de Cádiar
La villa de Cádiar está situada entre lo mas montañoso de las Alpujarras, sobre una vertiente.
Esto no impide que los terrenos, colinas y montañas que rodean á esta villa sean muy fértiles, siendo ademas recomendable esta poblacion, por la pureza y salubridad de sus aires y de sus aguas.
Hoy la tal villa es un poblacho feo, de reducido vecindario, albergado en algunas casas ennegrecidas, agrupadas alrededor de una iglesia situada en lo mas alto y deteriorada y fea.
Cádiar ha perdido mucho de su antigua importancia; por mejor decir: lo ha perdido todo.
Pero en el año de 1568 era otra cosa.
Solo habian pasado entonces setenta y seis años desde la conquista de Granada, y aquella terrible catástrofe para los moros, que los habia sujetado al fin bajo el yugo de los cristianos, sus enemigos, en toda la extension de España, habia determinado el apogeo, la riqueza, no solo de Cádiar, sino tambien el de las demás villas y lugares de las Alpujarras.
Esto se explica facilmente: del mismo modo que el vencido Muley-Abd’-Allah-al-Ssagir-el-Zogoibi22, mas vulgarmente conocido por Boabdil, al trasladarse á Andarax, despues de haber entregado la Alhambra y los castillos de Granada á los reyes don Fernando y doña Isabel, llevó consigo á aquel destierro, donde estuvo dos años, gran parte de su córte y de sus caballeros: otros muchos nobilísimos y ricos musulmanes, con sus familias, esclavos y tesoros, se habian trasladado de Granada, á esta, ó á la otra villa de las Alpujarras, pretendiendo de este modo robarse en parte á la vista de los aborrecidos vencedores, y esta gente acostumbrada á la riqueza y á la molicie de sus alcázares, y á la frescura y frondosidad de los jardines que habian dejado en la ciudad perdida, embellecieron para hacer mas cómoda su residencia en ellas, y aumentaron la poblacion y la riqueza de las villas á que se habian acogido.
Cádiar habia sido una de las villas mas favorecidas por esta especie de inmigracion; muchas familias poderosas se avecindaron en ella, y con una rapidez maravillosa, fueron desapareciendo las casas pobres y antiguas, para dar lugar á otras mas bellas y mejor proporcionadas; construyéronse algibes; convirtiéronse en amenos cármenes las laderas de la montaña, estableciéronse en sus plazas mercaderes, creció el tráfico y el dinero, y al cabo, la antes casi insignificante villa, se convirtió en una poblacion importante, rica, populosa y considerada, llegando á tal punto, que el capitan general de la costa y reino de Granada, en vista de la aglomeracion en aquel lugar, de tanta gente recien conquistada y mal sujeta al yugo, creyó oportuno establecer en la villa un presidio de soldados, y uno de esos rígidos é inflexibles corregidores que son capaces de ahorcar hasta á su sombra.
A mas de esto, habia en Cádiar parte de una compañía de arcabuceros, cuyo resto estaba dividido entre las villas de Válor y Yátor.
El capitan de esta gente de guerra, que pertenecia á los presidios del reino y córte de Granada, era nuestro antiguo conocido el marqués de la Guardia, á quien, como recordaran nuestros lectores, habia procurado su tio, don César de Arévalo, este oficio de capitan, para que se mantuviese con su sueldo, no siempre pagado con exactitud, á falta de las pingües rentas de su marquesado que sabemos estaban empeñadas.
Un capitan de infantería de aquellos tiempos, era mucho mas considerado que en los nuestros, y para llegar á este empleo, era necesario haber servido mucho y bien, ser ya viejo, ó gastarse sendos doblones para levantar á su costa una compañía. Fuera de estos dos casos, solo podia ser capitan un jóven, por su título y su nobleza: como si dijéramos: en premio á los servicios de sus antepasados.
En este caso se encontraba el marqués de la Guardia, que era demasiado jóven para capitan, no mediando favor ó méritos heredados, y demasiado arruinado para poder gastar un solo doblon.
En cambio era valiente hasta la temeridad, y se hacia respetar y obedecer ciegamente de sus soldados, en las pocas ocasiones en que se encontraba entre ellos.
Y decimos las pocas ocasiones, porque tal estaba la disciplina militar en aquellos tiempos, que la gente de sueldo ensanchaba cuanto podia y aun mas de lo que podia el círculo de su licencia: singularmente los capitanes iban de acá para allá y residian donde mejor les parecia, dejando encargado el mando á su teniente.
El marqués de la Guardia, que, como sabemos, buscaba desalado á su Esperanza sin lograr encontrarla, residia la mayor parte del tiempo en Granada, yendo muy pocas veces á su presidio, y aun asi morando alternativamente en Cádiar, en Válor ó en Yátor.
En Cádiar estaba la bandera de la compañía, y con ella un teniente soldadote y aventurero, que quedaba encargado del mando en ausencia del marqués.
Este teniente, pues, venía á ser en Cádiar, la segunda potencia despues del corregidor.
Ademas de estas autoridades que llamaremos temporales, habia otra autoridad que llamaremos espiritual: el beneficiado de la iglesia parroquial de la villa.
Este eclesiástico era un varon duro, irascible y terriblemente fanático; su fanatismo era para aquel pueblo de moriscos mal convertidos, tan fatal como las arbitrariedades del corregidor, y las licencias del teniente del marqués de la Guardia.
El corregidor se llamaba el licenciado Lope Gutierrez, vivia de los derechos que le daba su vara, no siempre recta é inflexible, y en cuanto á calidad, tan tenebrosa era su procedencia, que solo se sabia de él, y esto por el dicho de algunas lenguas murmuradoras, que habia sido escolar sopista en Salamanca.
El teniente se llama Cristóval de Belorado, era hidalgo y valiente, pero hombre licencioso y cruel, que abusaba contra los pobres moriscos de la fuerza que únicamente se le habia dado para sostener la justicia.
El beneficiado se llamaba Juan de Ribera; trataba severísimamente á sus feligreses, y á pesar de su rigidez y de sus pretensiones de santo, no les daba el mejor ejemplo, teniendo en su casa á una mocetona de veinticinco años, desenfadada y hermosa, que se llamaba Mariblanca, morisca convertida, que despues de algunas negras aventuras, habia ido á servir á su casa al eclesiástico.
De modo que, la villa estaba encerrada dentro de un triángulo terrible: el rey, la religion, y la justicia, tenian por representantes en ella, tres corazones de pedernal.
Las moriscas que escapaban de la soldadesca, iban á dar en los alguaciles, entrando por último á la parte el sacristan maese Barbillo, especie de bribon con sotana, que sabia ser lo suficientemente hipócrita para que el señor beneficiado le creyese un casi santo, y diese el mayor asenso á las acusaciones de impiedad que fulminaba el sacristan contra todos aquellos que no reconocian su influencia.
El teniente, dejaba á título de rebeldes á aquellos que tenian la desgracia de querer emanciparse de sus tropelias; el corregidor, multaba, encerraba, atormentaba y ponia á la vergüenza, siempre con pretexto de una infraccion de las pragmáticas, á aquel contra quien, por cualquier fútil motivo, habia contraido ojeriza; por último, el licenciado Ribera, por las sugestiones del sacristan unas veces, por su exagerada severidad religiosa otras, afligia á aquella pobre raza vencida.
El teniente los apaleaba; el corregidor los multaba y los prendía; el beneficiado, á pretexto de irreligion, solia quitarles sus hijos menores de diez años, para enviarlos á los hospicios del rey, donde debian aprender á ser buenos cristianos.
Lo que decimos, pues, de Cádiar, podriamos decir de cualquiera de las demás poblaciones de las Alpujarras; no tenian seguridad personal, ni hacienda ni familia, propiamente dicho: eran esclavos.
¿Y por qué no huian de aquella region maldita?
Porque en cualquiera de los lugares comprendidos en los dominios del cristianísimo rey don Felipe el II, hubieran sido tratados de la misma manera.
Podían haber pasado á Africa, pero sucedia con frecuencia, que despues de haber vendido sus propiedades, y embarcádose con su dinero y alhajas, eran robados por los patrones de los barcos, y, lo que era peor, arrojados al mar para que no pudiesen querellarse del robo.
Asi, pues, preferian vivir miserablemente labrando la tierra donde habian nacido, y practicar las industrias en que eran tan sobresalientes, entre las demasías de los cristianos.
Con tantas causas, con tan repetidos vejámenes, estaban dominados por un profundo disgusto y predispuestos á la insurreccion por cien fatales elementos.
CAPITULO XIV.
El licenciado Juan de Ribera
Era el jueves 24 de diciembre de aquel año, tres dias despues de la proclamacion de Aben-Humeya.
Era muy de mañana: despues de haber celebrado la misa de alba, y mientras maese Barbillo le desnudaba de los ornamentos, el licenciado Ribera, dijo al sacristan lego:
– Ireis inmediatamente casa del señor corregidor, que con sus alguaciles y gente de justicia esté esta misma mañana á la hora de las once en la iglesia.
– Se lo diré, contestó con voz gangosa y humilde Barbillo.
– Ireis despues á la posada del señor marqués de la Guardia…
– El señor marqués hace dias que anda fuera de la villa, observó el sacristan.
– Pues á falta del marqués, ireis á la posada de su teniente el señor Cristóval de Belorado, y le direis que con su bandera y sus hombres vestidos de gala, venga asimismo á las once.
– Se lo diré, repitió con la misma mansedumbre Barbillo.
– Ireis luego al convento de los frailes de San Francisco, y direis al guardian, que de órden del Santo Oficio de la Inquisicion, venga con su comunidad y estandarte; despues avisareis á los clérigos de la iglesia; hareis que se vistan los monaguillos, sacareis la cruz y los ciriales de plata, la capa pluvial de brocado de tres altos, y el alba de encajes de Flandes.
– ¡Ah! ¡viene la Santa Inquisicion á la villa! dijo con acento de queja maese Barbillo: y vea vuesamerced, señor licenciado: yo no sabia nada.
– Ni yo mismo lo sabia hace una hora: como que aun era de noche cuando llamaron á la puerta; asomóse á la ventana Mariblanca, y un alguacil del Santo Oficio que se habia adelantado, la dió para mí cerrada y sellada, esta órden del Santo Oficio.
Y el beneficiado sacó de su bolsillo un papel grueso y basto, doblado en forma de pliego, sobre el cual se veia en cera verde, la cruz de Santo Domingo, sello de la Inquisicion.
El sacristan acabó de doblar pausadamente una riquísima alba, la guardó, tomó el papel que el beneficiado le entregaba, y sacando una caja de cuero, y de ella unas enormes antiparras, leyó, tarda, pesada y malamente el escrito, á pesar de que su letra era gorda y perfectamente legible.
– ¡Ah! dijo devolviendo el pliego al beneficiado: ¡el señor inquisidor de la Suprema, Molina de Medrano, viene á la visita! no esperaba yo tan pronto al Santo Oficio.
– ¿Qué quereis buen Barbillo? la depravacion de las costumbres cunde entre esos desdichados moriscos: no hay medio de apartarles de sus zambras, de sus impuras fiestas de bodas, de sus baños y de sus torpes placeres: será necesario que su magestad se deje de contemplaciones, y haga cumplir á todo derecho, y con una severidad, que nunca será sobrada, la pragmática de su nobilísimo y piadoso padre el gran emperador don Carlos. ¡Fuera! ¡fuera esas fiestas malditas! ¡fuera esas costumbres reprobadas! ¡fuera el misterio con que cierran sus puertas para que no veamos sus impurezas! ¡que el rigor los haga cristianos, ya que no bastan las persuasiones y el consejo humilde! ¡el hierro y el fuego! De otro modo, el dia menos pensado, el dia en que menos la esperemos, tendremos que lamentar una desdicha. ¡El hierro y el fuego para los rebeldes y los descreidos!
Y la voz del tremendo sacerdote tronaba: y el funesto fuego del fanatismo lucia en sus ojos en una chispa sombría.
– ¡Ah! ¡ah! dijo untuosamente el sacristan: pues yo creia que el Santo Oficio apresuraba su visita por otro motivo.
– ¿Y qué motivo puede ser ese? preguntó con severidad el licenciado; ¿motivo que yo no conozco, cuando me lo anuncias con tanto misterio?
– ¡Hum! dijo flemáticamente el sacristan: ese motivo es un hombre.
– ¿Un hombre que vive en el pueblo?
– Hé ahí lo que yo encuentro de malo: que no vive en el pueblo ni se sabe donde, ni quién es, ni á que viene.
– ¿De quién quereis hablar, maese? dijo el beneficiado, fijando sus ojos grises con una fijeza extraordinaria en el sacristan.
– Hablo de un hombre que, por su talante, parece un gran caballero, que viene de noche al pueblo en un caballo que da envidia el verlo, se mete en el meson Alto, y cuando ya es la queda, sale sin saberse á donde va.
– Debiais haberme avisado.
– Vuésamerced se hubiera quedado con el deseo de saber á donde iba, ó qué venia á hacer porque…
– ¿Por qué?
– Porque yo le seguí una noche, y al ir á entrar en la plaza, se volvió aquel hombre y me dijo con una voz que me puso espanto: – «Vuélvete sino quieres que te envie á cenar con el diablo.»
– ¡Ah! ¡eso os dijo! ¿y por qué no me dísteis cuenta para que yo se la hubiera dado al corregidor?
– Bien hecho hubiera estado, pero perdóneme vuesamerced; es el tal hombre tan grave de suyo, parece tan principal, que yo quise saber antes si tenia agarradero, no fuese que vuesamerced, que en nada repara, cuando de estas cosas se trata, se pusiese en contingencia de un peligro. ¿Qué sabe nadie lo que es un hombre á quien no se conoce?
– Adelante, adelante, maese Barbillo.
– A la noche siguiente me puse en acecho tras una esquina del meson Alto, acompañado del organista y del barbero, que, como sabe vuesa merced han sido soldados, y de los buenos de los tercios viejos: cada uno llevaba una espada y una ballesta; para que no nos sintiera, porque el asunto no era prenderle, sino saber á donde iba, y sacar por el hilo el ovillo, nos habiamos calzado abarcas. Dió la queda; rechinó la puerta del meson y salió nuestro hombre embozado en una capa negra. Dios me perdone, si miento al decir, que al pasar por delante del cristo de la Caba honda, ni se descubrió, ni aun se persignó.
– ¡Hum! dijo el beneficiado, acabándose de arreglar los manteos y encasquetándose el bonete.
– Dejámosle pasar un trecho adelante, y nos pusimos en su demanda á larga distancia, por temor de ser vistos, aunque la noche era oscura, y recatando nuestros pasos para no ser oidos. Pero ¡bah! ese hombre debe de ser el diablo.
– Suelto anda el enemigo entre estas gentes condenadas: pero seguid, maese, seguid.
– Digo que debe de ser el diablo, porque nos sintió, nos vió, se vino para nosotros, y… mire vuesamerced, exclamó en acento entre dramático y dolorido el sacristán, levantándose la manga de su balaudran y mostrando al beneficiado un cardenal lívido y enorme.
– ¡Os maltrató!
– Sin hablar una palabra; y lo que es mas: al organista le rompió la cabeza, y al barbero un brazo.
– ¿Y quién os manda, mentecatos, poneros en seguimiento de quien no conoceis? dijo una voz sonora á la puerta de la sacristía.
Estremecióse todo al escuchar aquella voz maese Barbillo, y el beneficiado, con gran asombro del sacristan, salió solícitamente al encuentro del desconocido y le estrechó las manos con un ardor completamente en contradiccion con la frialdad que, segun su aspecto, parecia la base de su carácter.
– ¡Ah, señor don Alonso! exclamó, ¡vos al fin en mi iglesia!
– Perdonad, pero necesitamos quedarnos solos, dijo con gravedad aquel caballero, que no era otro que el emir de los monfíes.
Antes de que el beneficiado mandara salir al sacristan, este se apresuró á escurrirse: saludó profundamente á Yaye, le lanzó una recelosa mirada de lobo escarmentado y salió murmurando:
– Bien pensaba yo, cuando pensaba que un hombre á quien no se conoce, puede ser muchas cosas. Pero yo sabré quien es ese hombre.
Esto significaba que no conociendo el sacristan á Yaye, nadie lo conocia en Cádiar.
Entre tanto el beneficiado se deshacia en cumplidos con su visitante.
Desde el momento en que Yaye, al entrar en la sacristía, fijó su mirada en el licenciado, produjo en él el singular milagro de borrar de su semblante la austeridad, y de matar en sus ojos la sombría y dominadora mirada del sacerdote ascético y fanático: parecia que donde estaba Yaye, solo podia haber un semblante grave; solo una mirada inflexible; su semblante y su mirada.
– Vengo á veros para dos negocios importantísimos, señor licenciado, le dijo.
– Si quereis, contestó el beneficiado, subiremos á mi casa y nos encerraremos.
– No, no por cierto; retirémonos á aquel rincon de la sacristía y allí estaremos bien.
Y Yaye se dirigió á un escaño situado al fondo de la sacristía, adonde le siguió el eclesiástico.
Sentáronse al par, y Yaye dijo, mirando con ansiedad al beneficiado.
– ¿La habéis visto?
– Si señor, la he visto: la he hablado, he procurado convencerla: la he dicho cuán desesperado estais…
– ¿Y qué os ha contestado?
– Como siempre, no: pero ayer añadió: decidle que, hace veintidos años, le dije en una carta que debe recordar, cuál era mi resolucion invariable: decidle, que como pensaba entonces pienso ahora, y que es inútil, de todo punto inútil, su obstinacion.
– Hágase la voluntad de Dios, dijo Yaye.
– Siempre habeis sido muy cristiano y muy paciente, dijo el beneficiado, y Dios os premiará.
– Necesario me es que Dios tenga compasion de mí; pero pasando al otro asunto de que necesito hablaros, habeis de saber, que hemos hecho una adquisicion importantísima para el pueblo de Dios.
– ¡Acaso este terrible rey de los monfíes..!
– No tanto, no tanto, señor Juan Ribera: pero sin embargo, debemos dar muchas gracias á Dios por la adquisicion que hemos hecho.
– Ciertamente don Alonso, que vos sois uno de los campeones, casi me atrevería á decir, uno de los apóstoles mas ardientes de la iglesia de Jesucristo: todavía me acuerdo de que lo que no pudieron hacer mis pláticas, y todos mis esfuerzos, y todas mis amenazas, y el rigor que estrené con los habitantes de las alquerías de la jurisdiccion de la villa, á fin de que fuesen buenos cristianos, lo conseguísteis vos en breve espacio: casi estaba ya resuelto á quitarles sus hijos para que no se pervírtiesen con su ejemplo, cuando vos me digísteis: id á las alquerías: entrad en ellas una por una, y abrid para esos infelices el reino de Dios por la puerta del bautismo. ¡Oh don Alonso! yo os amaba por vuestra piedad, por vuestra caridad, por el celo con que habeis favorecido esta iglesia, que está encomendada á mi indignidad, y que sin vos seria pobre, muy pobre: cuando veo esos hermosos cuadros que adornan nuestra iglesia; cuando tomo en mis manos esos sagrados vasos de oro purísimo; cuando me visto esas albas y esos ornamentos tan maravillosos por su valor y por su mérito; sobre todo, cuando me dais para que las distribuya entre los pobres esas cuantiosas limosnas, oro por vos al Altísimo y os bendigo.
– ¡Orad señor licenciado, orad!, contestó solemnemente Yaye, en un acento indeterminado que tenia mucho de terrible: orad, porque soy muy pecador y aun estoy en el camino del pecado.
– ¡Oh! si vos no os salvais ¿quién se salva? No bastaba vuestra ardiente fe, vuestra inagotable caridad; era necesario que como salvais á los pobres de la miseria del cuerpo, los salvareis de la miseria del alma. Cuando vi arrodillarse á mis piés pidiendo la regeneracion del bautismo, una y otra familia, que antes habian rechazado el agua de vida que yo les ofrecia, entonces, don Alonso, sentí por vos mas que amor; sentí veneracion, y desde entonces no oro por vos, porque no se ora por los santos…
– No hay mas santo que Dios, el Altísimo y Unico… y trino, dijo Yaye pronunciando con un acento estremadamente duro su última palabra.
– Si, ciertamente, dijo el beneficiado; los santos lo son en Dios y vos sois uno de sus elegidos.
– Decíamos, continuó Yaye, á quien visiblemente contrariaba la mística adulacion del beneficiado; decíamos que hemos hecho una gran adquisicion para el rebaño del Señor.
– Vos la habeis hecho.
– Yo empiezo y vos concluís. Vamos, pues, sin mas rodeos al asunto: el Ferih de los Berchules está en mi casa gravemente herido y desea bautizarse.
– ¡Cómo! ¿ese terrible monfí, que no pasa semana que no ponga de noche en la puerta de la iglesia, un impío cartel en que nos amenaza de muerte si seguimos en la conversion? ¿ese terrible bandido que tiene aterrada á la comarca?
– Ese hombre, continuó reposadamente Yaye, me salió al camino ayer cuando volvia con mi hija de Granada á mi heredad de Yátor: empezamos á subir la cuesta, cuando hé aquí que siento pasar zumbando junto á mi cabeza una jara, y oigo el chasquido de una ballesta entre una maleza inmediata. Eché pié á tierra, me fuí hácia el asesino, me encomendé á Dios, y Dios me amparó: poco despues, el Ferih de los Berchules estaba en mi alquería: no le maté porque yo jamás vierto mas sangre que la precisa para defender mi vida. El Ferih quiso matarme, segun me dijo despues, á causa de haber motivado yo la conversion de la gente de las alquerías: y mirad lo portentoso de los milagros de Dios: ese hombre que habia deseado mi muerte por aquella causa, se convirtió á Dios despues de dos horas de conversacion conmigo. Dios; siempre Dios; manso y arrepentido queda allá como un cordero, esperando con ansia, antes de morir, la vida del bautismo.
– ¿Pero ese pecador está tan en peligro de muerte, que sea necesario, inevitable ir al momento? exclamó con una inquietud que no era fingida el beneficiado.
– Ese hombre estará en mi casa hasta mañana.
– ¡Vivirá… hasta mañana!
– Eso es; mañana habrá salido de mi casa para no volver.
– Pues bien, vuestra heredad está cerca: iremos esta tarde: bien tendremos lugar maese Barbillo y yo de ir despues que la Inquisicion haya hecho su visita y volver aun de dia.
– ¡Cómo! ¿esperais al Santo Oficio?
– Hoy al medio dia, entrará solemnemente en el pueblo, y despues de que haya cumplido su santa comision, pasará á Yátor.
– ¿Y qué inquisidor viene encargado de la visita?
– El señor Molina de Medrano.
– ¡Molina de Medrano! dijo Yaye como quien no conoce un nombre en una corporacion que le es muy conocida.
– Si, si señor, dijo el beneficiado, comprendiendo la duda de Yaye: es un santo varon muy severo y muy descontentadizo en religion: un ministro de la Suprema, que el rey nuestro señor ha enviado de su córte para que le informe del grado de conversion en que se encuentran los cristianos nuevos de las Alpujarras.
– ¡Molina de Medrano! exclamó Yaye levantando decididamente la cabeza y dejando ver en sus ojos una mirada semejante á un relámpago: será necesario que yo conozca á ese señor Molina de Medrano: ¿decís que es muy severo?
– Es una de las lumbreras de la Orden de Predicadores, segun dicen: yo tampoco le conozco.
– Pues bien, tendremos á un tiempo el gusto de conocerle. Entre tanto y en albricias de la conversion del Ferih, tomad, señor beneficiado; repartid este poco de oro entre los pobres de vuestra feligresía.
Y puso entre las manos del bachiller un repletísimo bolsillo.
– ¡Cómo! ¿os vais? dijo el beneficiado viendo que Yaye se levantaba.
– Si, adios; esta tarde os espero en mi heredad, temprano.
– Iré, señor don Alonso, iré.
– Adios, pues, y hasta la tarde: quedaos: no me hagais la honra de acompañarme: un sacerdote es mas que un simple hidalgo: quedaos, señor licenciado, y hasta la tarde. Adios.
– El os premie y os bendiga, señor, dijo el eclesiástico, lanzándole su bendicion cuando salia por la puerta de la sacristía: luego añadió, metiéndose el oro que aun tenia en la mano en el bolsillo: no me queda duda ninguna; don Alonso es un santo.
– ¿Y le habeis dejado ir, cuando acaba de entrar en el pueblo una compañía de arcabuceros? exclamó el sacristan entrando en aquel momento.
– ¿De quién hablais maese Barbillo? dijo con acento acre el beneficiado, que al desaparecer Yaye habia recobrado su dureza y su severidad habituales.
– ¿De quién he de hablar, pecador de mí, sino de ese hombre que ha estado hablando con vos? respondió temblando todavía el sacristan.
– ¡Cómo! ¿de don Alonso hablábais?
– Es que ese don Alonso, es quien anoche estropeó al organista y al barbero, y á mí mismo, aunque mucho menos que á los otros, por la misericordia de Dios.
– Vamos claros, dijo el beneficiado mirando fijamente al sacristan: ¿no me habeis dicho que el hombre á quien pretendisteis seguir anoche, pasó irreverentemente por delante del cristo de la Caba honda?
– Si señor, y lo afirmo y lo juraria á siete cruces.
– ¡Y os condenariais, desdichado! exclamó con una irritacion terrible el eclesiástico, os condenariais si os atreviéseis á jurar que ese caballero habia pasado por delante de la imágen de Nuestro Divino Redentor sin descubrirse ni santiguarse.
Barbillo se quedó mirando de una manera atónita al bachiller.
– ¡Arrepentíos! ¡arrepentíos, y haced penitencia por haber calumniado á tan cristiano caballero! mas valiera que el tiempo que habeis empleado en alentar tan ruines pensamientos, le hubiérais invertido avisando á la gente que os dije.
Cuando el sacristan volvió de su asombro y notó que se encontraba solo en la sacristia, cambió rudamente de aspecto, dejó su posicion encorvada, se irguió, brilló en sus ojos una expresion salvaje, y exclamó:
