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Kitabı oku: «Los monfíes de las Alpujarras», sayfa 53

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– ¡Cien rayos y cien truenos! ese clérigo mentecato lo cree todo: ¡decirme que ese hombre es cristiano! Cuando doña Elvira me ha prometido un tesoro si logro apoderarme de él, algo hay mas de lo que el licenciado Ribera cree: yo he seguido á ese hombre y le he visto perderse en la montaña; le he visto además hablar con los monfíes entre las breñas de la rambla de Yátor, y esto mas de una vez: hace tres dias que ha venido de Granada y no ha venido solo: le acompañaba una hermosa dama; que me confunda Dios, si anoche cuando nos apaleó no le oimos soltar un juramento en árabe… yo no aborrecia á ese hombre… pero desde anoche que nos zurró de lo lindo, le tengo ojeriza. Afortunadamente tenemos á las puertas del pueblo á la Inquisicion.

Dicho esto, tomó una capa parda y un enorme sombrero de un rincon de la sacristia, y salió: desde el momento en que estuvo en la calle, su estatura herguida y corpulenta se encorvó; su rostro antes feroz, adoptó de nuevo su expresion humilde, miserable é hipócrita, y empezó á saludar á todos los que encontraba por la calle, con una expresion servicial que tenia mucho de estúpida.

De repente, una mano se apoyó vigorosamente en su hombro.

Volvióse Barbillo, y vió ante sí á un hombre como de cuarenta y cinco años.

Aquel hombre era don Fernando de Válor, hermano de don Diego, tio de Aben-Humeya, á quien nombraremos en adelante con su nombre árabe: esto es, con el de Aben-Jahuar-el-Zaquer.

CAPITULO XV.
Lo que iba á hacer á Cádiar Aben-Jahuar-el-Zaquer

Volvióse maravillado el sacristan.

– Yo no os conozco caballero, dijo á Aben-Jahuar.

– Nada importa, con tal que te conozca yo.

– A mí me conoce todo el mundo en Cádiar, dijo con su sonrisa untuosa Barbillo.

– Pues mira, creo que no te conoce nadie.

– ¿Y vos decís que me conoceis?

– Si por cierto: hace mucho, muchísimo tiempo, que te conocí en otra parte.

– ¿En dónde, señor?

– En Granada.

– ¿En Granada?

– Si por cierto: en la cárcel.

– ¡Bah! vuesamerced se equivoca, yo no he estado nunca en la cárcel.

– Yo me llamo don Fernando de Válor.

– ¡Ah! ¡ah! ¡vuesamerced se llama don Fernando de Válor!

– ¡Vas recordando…!

– No, no recuerdo muy bien:

– Mi familia ha sido muy perseguida, Barbillo, y despues de la muerte de mi hermano don Diego, he sido preso varias veces: hace diez años, lo fuí á pretexto de no sé qué conspiracion de moriscos, en que yo no habia tenido parte: pero los señores alcaldes de casa y córte, se mostraban tan severos conmigo que lo temí todo: entonces pensé en escaparme: entonces nos conocimos: tú tambien tenias miedo de ser ahorcado y querias huir: nos concertamos y tú empezaste á abrir un agujero en mi calabozo.

– Repito á vuesamerced que se equivoca.

– No perdamos el tiempo. Yo pude al fin probar mi inocencia, y fuí puesto en libertad: tú quedaste preso.

– Os juro que…

– Déjame continuar. Yo me habia olvidado enteramente de tí: pero hace algun tiempo, la casualidad y el empeño de una mujer, ha vuelto á unirnos.

– Pero si os digo…

– Hace cuatro meses, que la conducta de mi cuñada doña Elvira de Céspedes me tiene cuidadoso: recibia en su casa de Válor y á horas desusadas, hoy á este, mañana al otro hombre desconocido. Doña Elvira no podia tener amores con ellos, porque eran de tu estofa: pero por medio de ellos podia tratar de amores con otro: hace algunos dias, aceché á uno de estos mensajeros, le salí al camino y supe que te traia una carta; yo no quise tocar á aquella carta, pero quise saber quién eras tú: me dijeron que eras sacristan de la iglesia de Cádiar, y vine, te ví, y te reconocí: entonces y antes de hablar contigo, quise saber si descubria en tu vida algo que pudiese obligarte á servirme. Fuí á Granada, pregunté, y averigüé que hace cinco años habias sido condenado á galeras por diez; luego, eres un gallote escapado, Barbillo, y si te niegas á servirme, te delato, te pierdo, porque á los galeotes huidos se les ahorca cuando se les coge.

Echóse á temblar Barbillo.

– Pero nada te acontecerá si me sirves bien, añadió Aben-Jahuar.

– Vamos, está visto que nada se os puede negar y os serviré en cuanto querais, don Fernando, dijo el galeote escapado.

– Y yo te pagaré. Pero los tiempos no estan para estar muy despacio en la calle, y es necesario que busquemos un lugar donde nadie nos vea.

– ¿En qué posada vivís? porque vos sois forastero en Cádiar.

– Vivo en el meson del Cojo.

– Pues en mejor parte no pudierais vivir, porque el Cojo es un grande amigo mio, y á propósito para cualquier cosa. Yo iré por allá esta noche.

– ¡Esta noche! sabe Dios lo que sucederá esta noche.

– Sucederá que como es noche de Navidad, todos la celebraran y nadie se acordará de nosotros.

– Juro á Dios que han de acordarse muchos de la noche de Navidad de 1568.

– ¿Pues qué va á suceder?

– Yo me entiendo y Dios me entiende. Es preciso que al momento, y rodeando por otro lado, vayas al meson del Cojo.

– Iré, en cuanto avise al corregidor y á los soldados y los frailes de San Francisco.

– ¡Avisarles! ¿y de qué?

– ¡De que viene la Inquisicion al pueblo!

– ¡Ah! viene la Inquisicion, murmuró Aben-Jahuar: pues, no podia venir á mejor hora. Vé, vé, y avisa, y al momento vé á buscarme. Te espero.

– Iré.

Separáronse los dos antiguos conocidos, y Aben-Jahuar, bajando por unas pendientes y torcidas callejuelas, llegó á la entrada del pueblo á un meson miserable.

– Ahí está esperándoos hace una hora, el señor Diego Lopez, nuestro vecino, dijo un viejecillo cojo.

– ¡Ah! mi sobrino Aben-Aboo, exclamó de una manera ininteligible Aben-Jahuar. Ya era tiempo.

Y entró, subió unas escaleras, atravesó unos corredores, y entró en un aposento.

Sentado junto á un brasero con fuego, habia un jóven.

Era Aben-Aboo.

Tan distraido estaba, que no reparó en que otra persona habia entrado en el aposento: miraba á través de una ventana abierta y desguarnecida de vidrieras, á unas breñas cercanas que estaban enteramente cubiertas de nieve, y entre cuyas quebraduras se veian otras cumbres.

Ibale á hablar su tio, cuando Aben-Aboo se levantó, se fué á la ventana, y miró con grande interés hácia fuera en direccion á una cumbre que se veía entre un rompimiento de las breñas.

– ¿Qué será lo que llame de tal modo la atencion de mi sobrino? dijo para sí Aben-Jahuar; y permaneció inmóvil.

– Ellos, son: murmuraba á su vez Aben-Aboo: si; los dos hombres que hace dos dias rondan mi atalaya. Desde aquí no se les distingue bien; pero los reconozco por la capa parda del uno, y la gris del otro: el de la capa parda, es sin disputa aquel comerciante que representó con Angiolina en la comedia «Reina Moraima», Andrés Cisneros: no me cabe duda; en cuanto al otro creo haberle visto tambien, pero no sé quien es: ¿qué busca el señor Cisneros en mi casa? ¿Tendrá á caso algun derecho sobre la princesa? pues en mal hora os habeis venido á las Alpujarras, galanes.

Y Aben-Aboo, trás estas palabras se separó de la ventana.

Al volverse vió á su tio.

– ¡Ah! gracias á Dios, dijo: hace una hora que os espero.

– He tenido que atender á asuntos importantes, sobrino; contestó Aben-Jahuar: creo que tú tambien tienes entre manos asuntos de interés.

– Si por cierto, tio, contestó Aben-Aboo, me ocupo en pensar de qué manera puedo ser mas útil á mi patria.

Movió en un movimiento de incredulidad la cabeza Aben-Jahuar.

– ¡Qué! dijo ofendido el jóven, ¿creeis que no haré yo tanto como el que mas por romper el yugo de los cristianos?

– No digo eso, sino que en estos momentos, en todo pensabas menos que en nuestra empresa.

– ¿Teneis la pretension de adivinar, tio? dijo con cierta secatura Aben-Aboo.

– No, pero pretendo tener tan buenos ojos como tú.

– No os comprendo.

– Estoy viendo desde aquí, dijo Aben-Jahuar extendiendo el brazo hácia la cumbre á donde antes habia mirado Aben-Aboo, dos hombres que llamaban hace poco tiempo tu atencion: el uno tiene una capa parda, y el otro una capa gris. Entrambos miran con la misma atencion con que tú los mirabas, á la atalaya donde vives, y desde la cual no pueden ser vistos.

– ¡Ah! ¿habeis reparado eso?

– Como lo has reparado tú.

– ¿Y qué interés creeis que puedan tener aquellos dos hombres en mirar á mi casa? dijo con negligencia el jóven.

– Veo con disgusto, sobrino, que me tratas con doblez, dijo Aben-Jahuar.

– No, no por cierto; decid mas bien que vos sois receloso.

– Me ha hecho receloso la experiencia: ademas de eso, de algun tiempo á esta parte, no te reconozco: eras mas confiado, mas sincero: has contraido con tu familia una reserva…

– No hago mas que pagarla en la misma moneda.

– Mi sobrino Aben-Humeya te ama.

– Ciertamente, como ama el carnicero á la oveja.

– En mala disposicion de ánimo empezamos la guerra.

– Esforcémonos todos: mi primo es rey, Aben-Farax alguacil mayor, vos capitan general, yo infante: nuestro poderoso pariente el emir de los monfíes nos ayuda…

– Y todos nos aborrecemos.

– ¡Que nos aborrecemos!

– Esta es la verdad; Satanás se ha metido en medio de nosotros.

– Yo por mi parte…

– Tú estas tan empeñado como cada ano de nosotros.

– ¡Empeñado! ¿y en qué?

– Has pensado en ser rey de Granada.

– Creo que tenia derecho para pensar así; pero desde el momento en que el reino ha elegido á mi noble primo Aben-Humeya, le he recibido por rey y le he prestado homenaje: y si á eso vamos vos tambien…

– ¿Qué quieres suponer? exclamó con cuidado Aben-Jahuar.

– ¿No pretendeis casaros con vuestra cuñada, con mi tia, doña Elvira?

– ¡Oh! si… la amo, la amo hace muchos años.

– Bien puede ser porque doña Elvira es muy hermosa… ¿pero no podria tambien suceder que pretendiérais apartarla de su hijo, sin suscitar á este dificultades, envolverle en un lazo y alzaros con el reino…?

– Te repito que no te conozco, Aben-Aboo.

– Si, es cierto, vos creiais que yo era un mancebo inexperto, confiado, sobre quien su madre tenia una potestad absoluta…

– Tu madre no es ambiciosa, tu madre no quiere la guerra: tu madre tiembla de que esa guerra se empieze.

– Harto lo sé.

– ¿Y sabes por qué tu madre tiembla la guerra?

– Es cristiana de corazon.

– Tu madre ama…

– Es natural que ame á su hijo.

– A mas que á tí ama á otra persona.

– Mi madre no se ha quitado aun sus lutos de viuda, que lleva hace veintidos años.

– Mas de veintidos años hace que tu madre amaba con toda su alma á otro hombre que no era tu padre.

– Teneis fama de maldiciente, tio.

– Yo no digo que mi hermana, la pobre Isabel haya faltado á su virtud; la conozco mejor que tú: mi hermana ha sido una mártir de su familia, y aunque ha amado, aunque ama á un hombre que debió ser su esposo, ni le ha alentado con una sola esperanza, ni aun ha consentido en verle, desde el dia en que se casó con tu padre. Pero ama á ese hombre, le adora, y se estremece por él tanto como por tí… Teme la guerra, la evitaria á costa de su sangre.

– ¿Y qué hombre es ese á quien decís que mi madre ama, y con quien debió casarse?

– Ese hombre es nuestro pariente el poderoso emir de los monfíes.

– ¡Ah! exclamó Aben-Aboo, comprendiendo entonces el amor con que le habia tratado Yaye.

– ¿Y estás seguro sobrino, de que esos dos hombres que observan con tal interés y tan de lejos tu casa, no sean monfíes enviados por el emir, en un dia en que han de tener lugar graves acontecimientos?

– Os afirmo que esos hombres no son monfíes.

– Pues entonces, no es tu madre el objeto de esos hombres.

– ¿Y cuál creeis que pueda ser?

– Bien pudiera ser una dama que has traido imprudentemente de Granada.

– ¿Quién os da tantas noticias, tio?

– Nada pasa en las Alpujarras que yo no lo sepa: por ejemplo hace tres dias que llegó á Yátor otra dama que tambien te interesa mucho.

– ¿Una dama que me interesa…?

– Si por cierto: la sultana Amina.

Palideció profundamente Aben-Aboo.

– ¿Y decis, que la sultana Amina está en Yátor…?

– Si, si por cierto y repito que Satanás en forma de tres mujeres se ha metido entre nosotros.

– Explicaos.

– Tú amas á la hija del emir.

– Es verdad, contestó Aben-Aboo bajando los ojos.

– Aben-Humeya la ama tambien.

Destelló un relámpago de zelos salvajes en los ojos de Aben-Aboo.

– ¿Y qué pretende mi primo?

– Pretende un imposible. Hacer su esposa á Amina.

– Pero eso no puede ser, mi prima es casada.

– ¿Pero con quién? ¿con quién? dijo Aben-Jahuar con cierto temor ¿quién es el afortunado esposo de esa mujer?

– Se os sale la ambicion por los ojos, tio: no creeis que la sultana Amina pueda estar casada con menos que con un emir de Africa y temeis que ese emir se ponga entre Aben-Humeya y vos. Descuidad… descuidad de todo punto.

– ¿Pero sabes tú quién es el marido de la sultana?

Sonrió con el desden de la superioridad, Aben-Aboo.

– Mi prima no está casada, dijo, sino simplemente deshonrada.

– ¡Mira lo que dices! exclamó Aben-Jahuar mirando en torno suyo con recelo: en todas partes hay monfíes y esos tabiques…

– Descuidad, tio: por lo mismo que sé que podemos estar espiados hablo muy bajo.

– ¿Pero qué pruebas tienes…?

– ¿No habeis leido un contrato solemne, celebrado entre Aben-Humeya y el emir de los monfíes?

– Si.

– ¿No hay en él una cláusula por la que se acuerda el casamiento del hijo de Aben-Humeya con una hija de la sultana?

– Si.

– Pues bien, esa hija es hija del amor: esa hija ha sido concebida en Madrid, sin duda alguna, á contar por el tiempo en que la dió á luz la sultana en las Alpujarras: esa niña es hija del capitan del presidio de Cádiar, el marqués de la Guardia, á quien adora Amina; que es su amante.

– ¿La sultana amante del marqués de la Guardia? ¿y por qué no su esposa?

– Hace cinco dias, en la fecha en que se firmaron las capitulaciones entre Yaye y el emir, estuve hablando con el marqués de la Guardia en el Albaicin, en la taberna del Hardon. El marqués buscaba á su amante, á Amina, y estaba muy lejos de saber que era su esposa… esto no impide que lo sea ya… y con haber atrasado la fecha…

– Resulta, pues, que Amina se ha enamorado de un caballero castellano: peor para el emir.

– Si peor para el emir y para su hija, exclamó con acento reconcentrado Aben-Aboo. Pero seguid, tio, seguid: sepamos cuáles son las otras mujeres que Satanás ha metido en nuestros asuntos.

– La sultana Amina bastaria; porque tanto tú como Aben-Humeya estais empeñados por ella: pero existen ademas tu tia doña Elvira y tu madre.

– ¡Ah!

– Si, ambas aman al emir y son enemigas á muerte: yo amo á mi cuñada y soy enemigo del emir; los odios se cruzan entre nosotros: hay ademas otra mujer por quien estais á un tiempo empeñados Aben-Humeya y tú: esa comedianta que has traido de Granada.

– Os confieso tio, que esa mujer me espanta, que no la comprendo, y que á pesar de estar enamorado de la sultana, esa mujer me enloquece.

– Eso consiste en que la sultana habla á tu ambicion, y la comedianta á tu deseo. Pero es necesario que encubras tus amores hácia la sultana: es necesario que separes de tí á la comedianta.

– ¿Y á qué propósito?

– Para evitar el odio de Aben-Humeya.

– ¿Y qué me importa? Bien sabeis que desde antiguo, por mas que lo hayamos disimulado, somos enemigos.

– Pero esa enemistad es fatal en estos momentos.

– Yo no quiero una patria en que he de ser esclavo.

– Es que esa patria, si luchamos todos á una, podrá ser tan grande que haya lugar en ella para todas las ambiciones.

– Yo no puedo contar con la buena fe de Aben-Humeya.

– Si Aben-Humeya te se muestra hostil, es porque desconfia de tí; ayúdale, inspírale confianza y Aben-Humeya se unirá á tí como á un hermano.

– Ya habeis dicho, que entre nosotros se han colocado dos mujeres.

– Si sigues mis consejos, solo habrá una, y esa es tal que no merece que dos buenos creyentes sean enemigos por ella.

– ¿Y cuál de esas dos mujeres ha de ser la que ha de dejar de excitar nuestra rivalidad?

– La sultana Amina.

– ¡Ah! exclamó Aben-Aboo, cuyo rostro se cubrió con la expresion de la mas profunda reserva; ¿y de qué modo podremos hacer para que la sultana Amina deje de ser un objeto de rivalidad entre Aben-Humeya y yo?

Sonrió sutilmente Aben-Jahuar.

– Ni tú ni Aben-Humeya amais á la sultana, dijo: quereis sin embargo casaros con ella, porque comprendeis que el que sea su esposo, tendrá en su favor al poderoso emir de los monfíes.

– Puede ser que piense así mi noble primo.

– No piensas tú de otra manera.

– Y bien, dado caso que yo piense así, ¿de qué modo hemos de obrar para que la sultana deje de ser un medio de elevacion?

Sonrió de nuevo sutilmente pero de una manera mas sesgada Aben-Jahuar.

– Supongamos que muere el emir…

– ¡Ah!

– Esto es muy fácil que suceda… acometemos una empresa peligrosa… ademas el emir va todas las noches…

– ¿A dónde?

– A ver á tu madre.

– ¡A ver á mi madre!

– ¿No te he dicho que se aman?

– ¡Eso es mentira!

– Observa tu casa en las altas horas de la noche.

– Sois un demonio, dijo Aben-Aboo; quereis envenenarme el corazon.

– Tengo experiencia y te aconsejo bien.

Guardó por un momento silencio Aben-Aboo, y luego dijo.

– No hablemos mas de esto y vamos á lo que importa. Vos como capitan general de los moriscos me habeis mandado llamar y he venido.

– Ha llegado el momento de probar tu valor.

– ¿Es decir, que ha llegado la hora?

– Si; Farax-aben-Farax, con seis mil hombres, marchará esta noche sobre Granada, sublevará el Albaicin, acometerá la Alhambra, en la cual hay poco resguardo, y para lo que llevan escalas, y es muy posible… los cristianos se entregarán descuidados á sus fiestas de la Noche-Buena; acudiran á los templos á la misa del Gallo, y cuando pretendan salir de ella, se encontraran con la muerte. Pero es necesario obrar al mismo tiempo en las Alpujarras: los cristianos, sea por casualidad ó por recelo, se mueven en nuestras montañas; la parte de compañía del marqués de la Guardia, que estaba en Cádiar, ha marchado á Yátor, pero en cambio, acaba de entrar esta mañana en la villa y de alojarse en las casas, la compañía de arcabuceros del capitan Diego de Herrera.

– ¡Cómo! ¿ese miserable que ha cometido en las Alpujarras tantas infamias, vuelve entre nosotros?

– Vuelve para morir. Ademas de esto, la Inquisicion nos visita hoy.

– ¡La Inquisicion!

– Esto nos favorece: como nuestros hermanos estan poco instruidos en lo que atañe á la religion cristiana, el inquisidor Molina de Medrano, que viene encargado de la visita, se estremará con ellos: á pretexto de que son poco celosos, de que ignoran los preceptos de la religion cristiana, les amenazará, pretenderá arrebatarles sus hijos…

– Es necesario arrancar el corazon á ese clérigo, exclamó Aben-Aboo.

– ¡Los monfíes! exclamó con un acento feroz Aben-Jahuar; los monfíes haran eso. El Ferih el tremendo Abd-el-Melik el Ferih, te espera esta tarde á la caida del sol en las quebraduras de la rambla de los Ciegos.

– ¡Ah! ¡me espera!

– Sí; tú á mas de ser infante de Granada, eres el morisco de mas influencia en Cádiar.

– ¿Y me obedecerá el Ferih?

– Ciegamente.

– ¿Sabe esto el emir?

– Ha dado órdenes al Ferih para que te espere.

– ¿Y qué he de hacer, tio?

– ¿Qué han hecho con nosotros los cristianos?

– Nos han aterrado á fuerza de crueldades.

– Pues bien, los cristianos te han dicho lo que debes hacer.

– ¡Oh! ¡oh! ¿debo hacer con los cristianos lo que los cristianos han hecho con nosotros…? ¡bien! lo haré.

– No olvides lo que hemos hablado.

– ¡Oh! es muy dificil olvidarlo: mi madre y mi tia aman al emir: el emir ama á mi madre; el marqués de la Guardia está casado con la sultana Amina y tiene de ella una hija… ¿Sabeis donde está la hija de la sultana? exclamó de repente Aben-Aboo.

– Puede ser que lo sepa.

– ¿Y por qué no he de saberlo yo?

– Te he dicho que puede ser que lo sepa, lo que quiere decir que no lo sé.

– ¿Y teneis medios para saberlo?

– Los buscaré…

– Y entonces…

– Lo sabrás.

– ¡Ah tio, tio! conozco que sois un demonio, y sin embargo me parece que me voy á condenar con vos.

– O á salvarte.

– El olor de la sangre y de la carniceria me da ya en las narices.

– Procura que ese olor no te desvanezca: si oyes mis consejos, y eres valiente y leal, hijo, grande suerte te espera. Pero por el momento muéstrate con Aben-Humeya como un hermano; con Aben-Farax como con un amigo.

Aben-Aboo; estrechó la mano de Aben-Jahuar.

– Ahora es necesario que te vayas, dijo este á Aben-Aboo: Espero á una persona que no quisiera te viese conmigo.

– Pues entonces adios, tio.

– No te olvides de ir esta tarde á puestas del sol, á las quebraduras de la rambla de los Ciegos: yo iré tambien. Adios.

Aben-Aboo, salió, y poco despues, su tio le sintió bajar por las escaleras.

– Hé ahí un sobrino de buena raza, dijo Aben-Jahuar cuando se hubo quedado solo. Es valiente y cruel, y sobre todo ambicioso: en mejores manos no podría haberse puesto lo de Cádiar. Esta noche se verá claro en las calles aunque no haga luna.

Y se puso á pasear meditabundo á lo largo de la habitacion.

Como se vé, el amor hácia su cuñada doña Elvira, y su anhelo por poner las cosas á punto de que él fuese la única cabeza de la rebelion de los moriscos, hacian meditar á don Fernando de Válor ó Aben-Jahuar, horribles crímenes: para llegar á su objeto era preciso que se ensangrentase en su misma familia, que matara á sus sobrinos; que desgarrase el corazon de su hermana, y que hiciese caer en un lazo traidor y horrible á Yaye, su pariente tambien, pariente generoso que le habia dado continuamente oro y proteccion, y á cuya influencia debia el no haber muerto en galeras, ó á lo menos en un encierro como murió su hermano. Pero Aben-Jahuar queria poseer el amor de doña Elvira y la corona de Granada, y nada le detenia en su terrible paso hácia aquellos objetos: ni aun la sangre de los suyos.

Oyéronse pasos en el corredor, se acercaron, se entreabrió la puerta, y una voz clerical, dijo:

– Deo gratias.

– A Dios sean dadas, contestó don Fernando.

Poco despues, maese Barbillo, el galeote escapado, el sacristan de la iglesia parroquial de Cádiar, estaba de pié y caperuza en mano, delante de Aben-Jahuar.

Yaş sınırı:
12+
Litres'teki yayın tarihi:
28 eylül 2017
Hacim:
1330 s. 1 illüstrasyon
Telif hakkı:
Public Domain