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Kitabı oku: «Los monfíes de las Alpujarras», sayfa 56

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– Pasé la noche sufriendo lo que ningun hombre ha sufrido jamás, pegado á una pared medianera de los aposentos de Angiolina; pegado el oído á la pared, oyendo, percibiendo cuanto Angiolina en su enamorado delirio dijo y concedió á aquel hombre.

– ¿Y no le matásteis al salir?

– No, porque tuve miedo.

– ¡Miedo! ¿y de qué?

– Miedo de que me aborreciese Angiolina.

– ¡Ah! repitió Cisneros.

– Vos no sabeis lo que es amar: si yo la hubiera amado menos, ella hubiera sido la que hubiera muerto: pero era su esclavo, y lo soy aun.

– Y entonces, ¿de quién quereis vengaros?

– ¿De quién? de el hombre que ha tenido la culpa de que Angiolina ame al marqués.

– No os comprendo.

– Angiolina jamás hubiera amado, porque era honrada: porque aun cuando ella creia no haber pertenecido á su marido, aunque no le amaba, le estaba agradecida y hubiera respetado su nombre.

– ¿Por qué decis que Angiolina creia no haber pertenecido á su marido?

– Porque ese marido, el príncipe Maffei Lorenzini, era una moneda falsa, no habia tal príncipe.

– ¿Pues quién era ese hombre?

– Ese hombre era yo: yo que habia tomado un disfraz impenetrable y un nombre supuesto; yo que gastando mis tesoros de bandido, sostenia el fausto con que Angiolina se presentaba en la córte como princesa.

– ¡Ah! ¡sois un hombre extraordinario!

– Decia, pues, que Angiolina, por un amor vulgar nunca hubiera manchado ante las gentes el nombre de su esposo. Pero las mujeres en general vienen al mundo con un grave pecado: con el pecado de la vanidad. – Angiolina se habia acostumbrado á ser la reina de las damas de la córte por su hermosura y por su fausto: yo gastaba cuanto era necesario: el homenaje y la envidia de los caballeros y de las damas de la córte, mantenian satisfecha su vanidad; pero cuando se presentó en Madrid la sultana Amina, ó doña Esperanza, ó la hermosa duquesita, como dieron en llamarla…

– La hermosa de las hermosas, la rica entre las ricas: la altiva entre las altivas, observó Cisneros.

– Decís bien: esa fatal mujer á cuya influencia debo la amargura que tengo en el corazon. – A poco de presentarse en la córte la sultana, noté con terror que Angiolina la envidiaba. – Nadie sabe hasta donde puede llevar la envidia á una mujer, y yo lo temí todo. – En efecto, Angiolina notó que la sultana estaba enamorada; buscó el hombre de su amor, le encontró, y por una sucesion de fatales consecuencias, se hizo querida del hombre á quien amaba la sultana, pretendió robárselo… la vanidad y la envidia llevaron á Angiolina respecto al marqués, al mismo punto á que á mi me llevó mi venganza respecto á Angiolina: se enamoró perdidamente del marqués de la Guardia. Pues bien, ¿quién es la causa de que Angiolina haya contraido ese empeño?

– Indudablemente la sultana Amina; pero acaso, acaso, sin la sultana, Angiolina se hubiera enamorado del mismo modo del marqués.

– No la conoceis: el marqués la habia galanteado: y por lo mismo que el marqués estaba reputado entre las damas de la córte por un hombre irresistible, su vanidad hubiera defendido de él á Angiolina.

– ¿Quién sabe?

– Sea como quiera, la causa palpable de mi desgracia es la sultana. La causa de haber ido la sultana á la córte, la ambicion del emir de los monfíes. Necesitaba, pues, no atreviéndome á saciar mi corage en Angiolina, no pudiendo, saciarle en otro: hay rabias que necesitan matar. Mi rabia se volvió al emir y á su hija. El rey don Felipe, supo que el duque viudo de la Jarilla era el emir de los monfíes: la córte supo que la hermosa hija del duque, estaba deshonrada por el amor del marqués de la Guardia: el mismo emir, en una ocasion solemne cayó á mis pies bañado en sangre, y la Inquisicion se apoderó de él: libráronle del Santo Oficio sus monfíes: pero no importa; el golpe de gracia, el golpe que acabará de hacer pedazos su corazon, que le exterminará, se lo daré yo aquí, en las Alpujarras, en medio de su ejército: golpe terrible, del cual se encargaran tales manos, que Satanás escribirá mi venganza entre las mas terribles que halla producido el odio humano.

Laurenti, calló, apoyó la cabeza entre sus manos, y quedó profundamente pensativo: Cisneros le miraba con terror.

– Ahora bien, dijo Laurenti alzando de nuevo la cabeza, despues de algunos momentos de silencio; cuento con vos para mi venganza.

– ¡Conmigo! ¿y qué he de hacer yo?

– Ya habeis oido que doña Elvira de Céspedes, viuda de don Diego de Córdoba y de Válor, está en Cádiar. Lo habeis oido de boca del mismo emir de los monfíes.

– ¿Y bien?

– El emir ha recomendado al Ferih con un acento particular esa dama.

– ¿Y bien?

– Es necesario que vayais á verla.

– ¿Y con qué pretexto?

– Por ejemplo: vos conoceis á Aben-Humeya.

– Mucho: como que el tal está tambien enamorado de Angiolina, y travó amistad conmigo para aproximarse á ella por mi medio.

– Pues bien, presentaos á doña Elvira, y decidla: que habiendo escapado su hijo de Granada, y sabiéndose que los moriscos piensan sublevarse, acudís á ella para que por su mediacion, os admita su hijo á su servicio.

– Pero no veo lo que en eso pueda convenirme.

– Esta es una de las primeras mallas de una red, en que os juro se cogeran tantas cosas, contribuyendo vos á ello, que el rey de España os perdonará por lo de marras, y os dará cuanto querrais.

– Pero Angiolina…

– No hay que pensar en ella… ni os ama, ni me ama; esa será otra de las buenas presas que queden en la red: no pudiendo obtener á Angiolina, os importa abriros un camino para volver á la córte: vos fuera de Madrid vivís como el pez de mar en agua dulce: estais mareado: procurad, pues, enmendar vuestra mala suerte, y para eso servidme: yo necesito ser una doble persona: vos sois alentado y astuto, y me convenís.

– ¡Qué diablos! dijo Cisneros, mas perdido que estoy no puedo estarlo: haré cuanto querais.

– Y no hareis nada que no sea en provecho vuestro: preparaos, sin embargo, y fortaleceos, porque la empresa es dura y llena de peligros.

– Entre peligros ando hace mucho tiempo, y de todos ellos me ha sacado después de Dios, mi buen aliento.

– Pues por lo pronto, hemos convenido en lo que debemos convenir: esta tarde nos pondremos en camino, y esta noche entraremos en Cádiar. Con que si teneis sueño, que bien podrá ser, segun lo que habeis trasnochado y andado por cerros, dormid, que yo os llamaré cuando sea hora.

Cisneros que comprendió que aquel terrible y misterioso Godinez, que se habia convertido en su señor, no tenia mas ganas de hablar, y sintiéndose por otra parte cansado, se metió en el alhami ó alcoba que Laurenti le habia dicho era su aposento y se acostó, y á poco se durmió.

Laurenti, cuando le oyó roncar, se levantó, fué á un rincón donde tenia su maleta, la abrió, sacó de ella una cartera, y volviendo á sentarse junto á la mesa, sacó de la cartera unos papeles y se puso á meditar sobre ellos con profunda y terrible atencion.

CAPITULO XIX.
El exámen de doctrina cristiana

A las once de aquel mismo dia, el inquisidor Molina de Medrano, acompañado del licenciado Juan de Ribera, del guardian de San Francisco, de algunos clérigos y frailes, del corregidor, del capitan Diego de Herrera y de algunos castellanos viejos vecinos de Cádiar, entró en la iglesia.

Quedaron fuera, Juan Hurtado Docampo, con los arcabuceros, los timbales y los alguaciles de la Inquisicion.

Desde el momento en que el inquisidor Molina de Medrano entró en la iglesia, una campana empezó á tañer un toque lento y acompasado.

Aquel toque llevó el terror á los oídos de todos los moriscos, porque aquel toque era la voz que les llamaba á la iglesia para ser examinados de doctrina cristiana.

Cuando resonaba la campana tañendo de aquel modo, todos los moriscos tenian obligacion estrecha, bajo severas penas, de acudir á la iglesia, sucediendo muchas veces, que el terror hacia dejar el lecho á los mismos enfermos.

Apenas empezó el toque, de todas las casas de la villa empezó á salir gente que se encaminó á la iglesia.

Bien pronto esta se encontró llena de una multitud vestida en su mayor parte con el pintoresco trage árabe, notándose solo que las mujeres no llevaban albornoz ni nada que las cubriese el rostro.

No era aquel un pueblo cristiano, que lleno de fe y por su libre y espontánea voluntad acude al templo y se arrodilla ante los altares: era un pueblo que iba allí llamado por una campana inexorable que parecia decirles con su lúgubre son: – El que no acuda será condenado: – todos estaban de pié, apilados hácia el fondo de la iglesia, vista desde el presbiterio, dejando vacio un gran espacio entre las sillas que á los piés del altar mayor ocupaba el inquisidor Molina de Medrano, teniendo á su derecha al beneficiado Juan de Ribera, á su izquierda el sacristán Barbillo, que tenia en las manos un papel en que se fijaban de una manera medrosa las miradas de los moriscos, y detrás de su silla, los clérigos de la iglesia, el guardian y los padres graves del convento de San Francisco, y por último, los familiares y alguaciles del Santo Oficio. Ademas, y para no perdonar intimidacion ni aparato, á derecha é izquierda del presbiterio, en su primer escalon habia dos soldados de la fe con las alabardas al hombro.

En el espacio que quedaba libre entre el presbiterio y el semicírculo demarcado por la primera fila de los moriscos, habia algunas personas arrodilladas: eran estas personas, dona Isabel de Córdoba y de Válor; Aben-Aboo, su hijo, Angiolina Visconti, Mariblanca, Tomás el Ansarí, y algunos otros cristianos viejos, alguaciles y oficiales castellanos, y moriscos ricos, conocidos por todo el mundo como convertidos de buena fe.

Todas estas personas que estaban arrodilladas, parecian buenas cristianas por su actitud recogida y tranquila, en contraposicion de los moriscos que estaban de pié al fondo de la iglesia, y cuyos semblantes, no solo se mostraban disgustados, sino hostiles.

Angiolina Visconti por su parte, al ver de improviso ante sí al inquisidor Molina de Medrano, palideció y se cubrió instintivamente el semblante con el manto. Molina de Medrano habia fijado en ella una mirada penetrante, y hasta cierto punto amenazadora: esto consistia, en que Molina la habia conocido el año anterior, en razon á las actuaciones del proceso fulminado por el Santo Oficio contra Yaye, y en razon á pasar Angiolina en la córte por esposa del príncipe Lorenzini Maffei, á quien se atribuia la herida que habia entregado al emir de los monfíes al Santo Oficio. Angiolina habia desaparecido de Madrid por el mismo tiempo de la fuga de Yaye, y esta circunstancia y la de encontrar á la princesa en las Alpujarras, llenaron de alegria la negra alma del inquisidor, que creyó haber encontrado un precioso hilo, que podia llevarle á una rehabilitacion de la influencia del Santo Oficio que tan mal parada habia quedado en el asunto de Yaye. Disimuló sin embargo Molina de Medrano, y Angiolina, comprendiendo que era peor mostrar miedo, que afrontar con valor aquella situación, descubrió de nuevo el rostro, y acercándose á doña Isabel, la dijo con recato:

– Es necesario que no digais que soy vuestra parienta, sino que he venido á parar á vuestra casa.

Doña Isabel miró con turbacion á Angiolina.

Molina de Medrano se apercibió de todo esto.

Despues de algunos momentos en que el inquisidor estuvo comtemplando con su mirada de buho á los moriscos que tenia ante sí, se levantó, y con voz tonante y acento enérgico y duro, les manifestó el objeto de su visita: que su magestad el católico rey de las Españas, y el Santo Tribunal de la Inquisicion, estaban indignados contra ellos, por la tibieza de su fe, y por la tenacidad con que conservaban sus trages y sus malas y reprobadas costumbres, contra los mandamientos de su magestad; que el rey y la Inquisicion le enviaban para poner remedio á todo aquello; que estaba decidido á obrar con un vigor saludable, y que iba á examinarlos en el acto de doctrina cristiana.

Despues de esto, se volvió á maese Barbillo que continuaba con su papel en ristre, y le dijo.

– Id llamando á los vecinos, uno por uno, desde el mas alto, hasta el mas bajo, sin dejar nombre que en el padron se encuentre, hasta los niños de siete años.

Maese Barbillo, se caló las antiparras, arrojó una mirada sobre el papel, y dijo:

– ¡Doña Isabel de Córdoba y de Válor, viuda de Miguel Lopez!

Levantóse doña Isabel de donde estaba arrodillada, y se acercó tranquila, pero pálida, al inquisidor.

– ¿Sois vos esa doña Isabel á quien ha llamado el sacristan? dijo Molina con voz áspera.

– Yo soy, contestó doña Isabel.

– ¿Cuánto tiempo hace que os habeis bautizado?

– El tiempo que cuento de vida.

– ¡Ah! ¿sois cristiana desde la cuna?

– Lo es mi familia desde la conquista de Granada.

– ¡Lástima que tan noble familia se olvide de sus obligaciones para con Dios y para con el rey! Vos debeis ser parienta de don Fernando de Válor.

– Soy su tia, hermana de su padre.

– ¿Y sabeis que don Fernando de Válor anda huido?

– Sé que tuvo contestaciones en el cabildo de Granada, y que por resultas de ellas, ha desaparecido.

– ¿Conoceis los misterios de la Religion Católica Apostólica Romana?

– ¡Oh! si señor, y los adoro.

– ¿Qué teneis que decir de esta mujer? preguntó el inquisidor volviéndose con una ruda grosería al beneficiado.

– Esa señora, dijo Juan de Ribera, es un modelo de piedad, y de caridad cristiana.

– ¿De modo que no hay necesidad de examinarla?

– Vuestra señoría puede hacerlo si gusta, y yo me alegraré mucho, porque conozca vuestra señoria á una excelente cristiana.

– Apartaos, pero no os vayais de la iglesia, dijo Molina de Medrano.

Doña Isabél fué á sentarse en un escaño.

– Seguid, dijo el inquisidor á Barbillo.

– Diego Lopez Aben-Aboo, dijo el sacristan; hijo de Miguel Lopez, difunto, y de doña Isabel de Córdoba y de Válor.

Adelantó Aben-Aboo.

– Soy cristiano desde que nací, como mi madre, dijo con impaciencia el jóven, sé la doctrina cristiana desde el principio hasta el fin, y soy bueno y leal vasallo de su magestad.

– Pero sois soberbio y poco respetuoso; nadie os ha preguntado.

– Preguntad cuanto querais.

– ¿Es cristiano como su madre este mozo? dijo el inquisidor volviéndose á Juan de Ribera.

– Oye misa, y cumple con los preceptos de la Iglesia.

– ¿Está instruido?

– Si señor.

– ¿Da escándalos?

– No señor.

– ¿Cumple las pragmáticas de su magestad?

– Si señor.

– ¿Y respeta su justicia?

– Nunca ha sido preso ni aun reprendido.

– ¡Sois primo hermano de don Fernando de Válor! le dijo con voz tonante el inquisidor.

– Su primo soy, contestó Aben-Aboo.

– ¿Y sabeis donde para vuestro primo?

– Mi primo vive en Válor, y yo en Cádiar. Apenas nos tratamos.

– Bien, retiraos, pero no os vayais de la iglesia.

Aben-Aboo, fué á sentarse junto á su madre.

– Seguid, dijo el inquisidor á Barbillo.

– Doña Angélica, forastera, que vive en casa de doña Isabel de Córdoba y de Válor, su parienta.

Adelantó Angiolina, y posó una mirada serena y altiva en el inquisidor.

– ¡Ah! ¡ah! hénos aquí otra vez frente á frente, señora princesa, dijo con sarcasmo Molina de Medrano: por cierto que no esperaba yo volver á ver á vuecencia tan lejos de la córte y entre tales parientes.

– Yo no tengo aquí ningun pariente, contestó con altivez Angiolina; aquí no hay ningun Visconti. Pero como soy viuda…

– ¡Ah! ¿ha muerto el señor príncipe?

– Si señor: mi salud requeria el aire de las montañas, y lo repito, como soy viuda y jóven, al venir á parar casa de mi buena amiga doña Isabel, convinimos en que pasaria por su parienta.

– Es extraño que os hayais venido á tomar los aires en una tierra por donde anda sin duda vuestra antigua amiga la duquesa de la Jarilla con su noble padre, y donde ademas se encuentra otro vuestro grande amigo, el señor marqués de la Guardia.

– Creo que no sean estas cosas para tratadas en un templo, dijo con altivez Angiolina.

– Teneis razon, estos asuntos deben tratarse en otra parte; por lo mismo, tened la dignacion de esperar, señora, á que yo concluya la importante comision que traigo. Seguid, añadió el inquisidor, mientras Angiolina se retiraba al escaño donde estaban sentados doña Isabel y Aben-Aboo.

– Mariblanca, morisca, que antes de convertirse se llamaba Alida, hija de Melik el Ferih.

Adelantó Mariblanca con su resplandeciente hermosura y su bello trage de montañesa alpujarreña.

– Mariblanca es mi ama desde que se bautizó, dijo el beneficiado, y cuando digo que es mi ama, añado que es buena cristiana y buena doncella, que de otro modo no la tendria yo conmigo.

– ¿Y cuánto tiempo hace que se bautizó esta… doncella?

– Hace diez años.

– ¿Y qué edad teneis, moza?

– Veinticinco años, señor.

– ¿Es decir, exclamó severamente Molina de Medrano, que tomásteis por ama, una doncella morisca de quince años, garrida y hermosa?

– Estaba abandonada… su padre la habia abandonado.

– Debísteis evitar el tenerla en vuestra casa.

– Hícelo por caridad.

– Idos á vuestros quehaceres, muchacha, dijo el inquisidor, y procurad ser en lo sucesivo tan cristiana y tan honrada como lo habeis sido hasta ahora.

Mariblanca saludó al inquisidor, salió, y dijo al pasar, al capitan Diego de Herrera, que estaba en la puerta de la iglesia.

– Que no te olvides de que te espero esta noche Diego.

– Esa muchacha está loca por mí, dijo el capitan, acariciándose el vigote.

Entre tanto, Barbillo habia llamado á Tomás el Ansari, morisco bautizado.

Adelantó humildemente el anciano.

Examinóle minuciosamente Molina de Medrano, pidió informes de él al beneficiado, y cuando estuvo convencido de su cristiandad y buenas costumbres, le pidió por su familia.

– Estoy solo en el mundo, señor, contestó el xeque; mi esposa murió, mis hijos han muerto, y dos nietos pequeñuelos que me quedaban, han sido llevados á Castilla para criarlos en los hospicios del rey.

– Su magestad quiere que todos sus vasallos sean buenos católicos, y ha mirado por el alma de vuestros nietos.

– Dios se lo pague á su magestad, señor, contestó el Ansari.

Y se retiró.

– ¡Malicatulzarah!24 dijo el sacristan.

Adelantó una hermosísima mujer, muy jóven, como de veinte años, vestida con el trage morisco, y llevando de la mano un niño como de ocho años, y una niña como de siete, igualmente vestidos á la morisca.

– ¿Cómo os atreveis á presentaros asi en la iglesia, y delante de mí? dijo el inquisidor á la pobre joven que temblaba.

– ¡Ah, señor! somos pobres y no tenemos dinero para comprar vestidos castellanos.

– ¿Que sois pobres, y vestis sayas de lana fina, y gastais cadena de oro y arracadas de plata?

– Estas joyuelas eran de mi madre y las conservo por su amor.

– ¿Y esos niños?

– Son mis hijos.

– ¡Vuestros hijos!

– Si señor, soy casada.

– ¡Casada! ¿pero qué edad teneis?

– Veinte años.

– ¿Y esos hijos, son hijos de vuestro esposo?

– ¡Oh! ¡si señor!

– ¿Pero á qué edad se casan estas gentes? exclamó escandalizado el inquisidor.

– Las castellanos pueden casarse á los doce años, señor, observó la morisca.

Irritóse el inquisidor.

– Hablad cuando os pregunten, dijo.

La morisca bajó los ojos, y calló.

– ¿Vive vuestro marido?

– Si señor: todo el mundo le conoce en la villa: es tejedor de sedas.

– ¿Y por qué no ha venido á la iglesia?

– Está gravemente enfermo, dijo maese Barbillo, y por eso no le habia nombrado.

– Que vayan al momento por él cuatro alguaciles del Santo Oficio, y uno de la villa para que los guie.

– ¿Pero no ois, señor, que mi pobre Adel está enfermo de peligro?

Irritóse mas con esta réplica Molina de Medrano, y gritó lleno de cólera, sin tener en cuenta el sagrado lugar en que se encontraba:

– Los enfermos y los sanos, los altos y los bajos, todos vendrán aquí: es necesario limpiar los dominios del rey de la mala yerba, y si los muertos pudieran oir y contestar, á los muertos sacaria yo de la tumba, cuanto mas á los enfermos de sus lechos. Dios y el rey lo mandan.

– Pero si mi Adel muere, ni vuestro Dios, ni vuestro rey, me le volverán, exclamó desesperada Malicatulzarah.

– Id ministros, id, exclamó en el colmo de su cólera el inquisidor: traedme acá ese descreido. Y tú, tú la de vuestro Dios y vuestro rey, como si no fuesen tambien tu Dios y tu señor, mira como me contestas, porque si no te encuentro instruida en los misterios de nuestra santa religion, si no te retractas de tus blasfemias, me apodero de tí en nombre del Santo Tribunal de la Inquisicion.

La jóven no temblaba: tenia fija una mirada lúcida, altiva, terrible, en Molina de Medrano, que en vano queria dominarla con su mirada de lobo hambriento.

– Empecemos por tus hijos: si eres buena cristiana les habrás enseñado á rezar: di el padre nuestro muchacho.

– No lo sé, contestó el niño, estrechándose contra el zagalejo de su madre.

– ¡Ah! ¡no sabes el padre nuestro! ¡no sabrás tampoco cuántas son las personas de la Santísima Trinidad!

– ¡Le ille Allah! contestó el niño en árabe con voz sonora.

– ¿Qué quiere decir este muchacho? exclamó el inquisidor.

– ¡No hay otro Dios, que Dios el Altísimo y Unico y Mahoma su profeta! dijo una voz débil desde el centro de la multitud, pero que á pesar de su debilidad, resonó clara y distinta en el templo.

Molina de Medrano se puso de pié, y gritó:

– ¿Quién es el blasfemo…?

– Has preguntado lo que ha querido decir mi hijo, contestó adelantando apoyado en un viejo, un hombre como de treinta años, demacrado, pálido, vacilante, y á todas luces gravemente enfermo: al verle Malicatulzarah corrió á él, seguida de sus hijos, y ayudó al anciano á llevar al jóven hasta el presbiterio.

Era toda una familia que se presentaba ante la Inquisicion: el abuelo decrépito, el hijo enfermo, la mujer hermosa y desesperada, y los hijos pequeñuelos asombrados y temblando por lo que veian.

– Tus alguaciles han ido á buscarme, dijo, pero yo estaba allí entre mis hermanos: yo esperaba que fueses un hombre de caridad, pero eres un lobo, y vengo á que me despedaces con los mios, antes que el miedo haga renegar á mi esposa del Dios de nuestros abuelos.

– Es decir que te confiesas moro.

– Moro soy y moros son los mios, y moros moriremos confesando al Dios Altísimo y Unico.

– ¿Estan bautizados? dijo el inquisidor con una intencion de hiena dirigiéndose al beneficiado.

– Si señor, bautizados estan, pero siempre han sido flojos cristianos, contestó todo trémulo el beneficiado.

– Nunca hemos sido cristianos, ni lo son los que tienes delante: ninguno… ninguno ha dejado de ser moro: hemos doblado la frente de miedo, hemos mentido y Dios nos castiga: pero ha llegado la hora: ó nosotros ó vosotros.

– Morireis como mueren los herejes contumaces, gritó Molina de Medrano. Llevaos ese hombre, esa mujer y ese viejo, y encerradlos en la cárcel.

– ¡Y mis hijos! exclamó con un grito indefinible Malicatulzarah, viendo que los alguaciles la arrebataban sus pequeñuelos.

– Quien no es cristiano no tiene hijos, gritó Molina de Medrano: estos niños son hijos del rey.

Malicatulzarah palideció, un destello terrible, un destello de sangre lució en sus ojos, y antes de que nadie pudiera evitarlo, se avalanzó al inquisidor, y le estrechó el cuello con entrambas manos.

Era la leona que defendia sus cachorros.

Pero instantáneamente la infeliz lanzó un grito agudísimo, soltó el cuello de Medrano y cayó de espaldas exclamando:

– ¡Vengadme, hermanos, vengadme!

Uno de los soldados de la fe la habia herido con su alabarda en el costado izquierdo en el momento en que se arrojó sobre el inquisidor.

La sangre corria sobre el pavimento: una exclamacion de horror habia salido de todas las bocas: Adel arrojado sobre su esposa lloraba á gritos: lloraban los niños, el viejo levantaba las manos y los ojos al cielo en un ademan de blasfemia, y aterrados los moriscos, temiendo que la maldicion de Dios cayese sobre aquel lugar de sangre, se precipitaron por la puerta de la iglesia.

Solo quedaron allí Aben-Aboo, que miraba de una manera letal al inquisidor, doña Isabel y Angiolina, pálidas como la muerte; Tomás el Ansari, impasible, Barbillo atortolado, el beneficiado confuso, los soldados feroces, y Molina de Medrano mirando fascinado, á aquel hombre y aquellos niños que se retorcian sobre el cadáver de su esposa y de su madre, y el viejo morisco detrás de este grupo pidiendo justicia al cielo por la sangre que corria á sus piés.

– Llevaos esa gente… lleváosla, exclamó Medrano, el templo está impuro, y es necesario purificarle: no podemos permanecer aquí.

Y Molina de Medrano como si hubiera sentido miedo de permanecer en aquel sitio salió.

Doña Isabel corrió á aquella pobre familia, pero Aben-Aboo y el Ansari se interpusieron.

– Nada podemos hacer por ellos, dijo el Ansari: idos á vuestra casa señoras; idos, y procurad olvidar lo que habeis visto.

Doña Isabel salió llorando seguida de Angiolina que iba profundamente preocupada.

El Ansari y Aben-Aboo las seguian.

– ¡Oh! ¡y cuánto tarda la noche, dijo el Ansari!

– ¡Juro á Dios beber la sangre de ese clérigo! dijo con la voz ronca y trémula Aben-Aboo.

24.Malicatu-’l-Zarah, reina de las flores.
Yaş sınırı:
12+
Litres'teki yayın tarihi:
28 eylül 2017
Hacim:
1330 s. 1 illüstrasyon
Telif hakkı:
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