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Kitabı oku: «Los monfíes de las Alpujarras», sayfa 57
CAPITULO XX.
De cómo fue el casamiento del marqués de la Guardia
Hacia tres dias que el marqués de la Guardia se impacientaba á causa de la situacion en que se veia colocado.
Veamos en la situacion en que se encontraba el marqués.
Esta se reducia á estar encerrado en una casa desconocida para él, no ver á otra persona viviente que á su criado Peralvillo que le servia, y á un esclavo negro que le procuraba alimentos.
La casa en que se encontraba el marqués estaba construida á la morisca, bellamente amueblada, y con cuantas comodidades se conocian en aquellos tiempos.
En esta casa ocupaba el marqués un recibimiento, una cámara y un retrete con alcoba y mirador á un jardin.
En este retrete habia ademas una chimenea siempre provista de fuego.
El jardin, que se veia desde el mirador, era muy bello, ó debia serlo cuando sus árboles estuviesen verdes y no despojados como entonces por el invierno, y cuando la nieve y la escarcha no cubriesen su cesped.
Sobre las tapias, que estaban revestidas por espalderas de jazmines silvestres, solo se veia á lo lejos la cumbre de una montaña distante, y sobre aquella cumbre una atalaya.
Mas allá se veia una estrecha línea azul oscura.
Era el horizonte del Mediterráneo.
Tres dias antes, esto es, el martes siguiente al domingo en que bebió en casa del Hardon el vino aquel que le adormeció, despertó don Juan con la cabeza un tanto pesada, y vió con admiracion suya á su lado á Peralvillo, que tenia los ojos hinchados como de haber dormido mucho.
– ¿Que es esto, Peralvillo? dijo don Juan incorporándose en el lecho en que se encontraba vestido: ¿nos hemos mudado?
– Sin duda, señor: dijo restregándose los ojos Peralvillo, que tenia todas las trazas de un lacayo de capa y espada de aquellos tiempos: pero yo no conozco al dueño, ni sé cuánto pagamos por la casa.
– ¿Pero dónde estamos?
– Eso mismo os pregunto yo señor: ¿dónde diablos nos han traido?
– ¡Cómo traido! pues qué, ¿no hemos venido nosotros?
– Indudablemente: puesto que estamos aquí, hemos venido, pero no por nuestro pié: cuando haya pasado algun tiempo y recordeis como yo…
– ¿Y qué has recordado?
– Por mi parte recuerdo que yendo por la calle de Elvira á punto de oscurecer un domingo, me he encontrado á un sargento amigo mio – ¿A dónde vais, señor Peralvillo, me ha dicho? – Voy á entretener el ocio por esas calles, le he contestado. – Lo mismo ando yo, me ha dicho…
– ¿Pero qué tiene que ver el sargento y tu conversacion con él, con lo que nos sucede? dijo impaciente el marqués.
– Y tanto como tiene: figuraos que el sargento me convidó á ir á la taberna, para dar tiempo á que volviesen del jubileo dos beatas amigas suyas.
– ¡Ah! ¡te llevó á una taberna!
– Si señor, comimos, bebimos… yo noté que el vino tenia cierto sabor… y despues no noté nada… porque me dormí.
– ¡Como yo! dijo el marqués.
– Pues ved ahí que no entiendo para qué diablos hayan de habernos aletargado.
– Pero en fin, ¿hace mucho tiempo que has despertado tú?
– Hará una hora: halléme en un colchon á los piés de otra cama mas alta; primero nada recordé; despues fuí recordando; me levanté y os ví en la cama dormido: os moví para despertaros, pero ¡bah! estabais como un tronco: llamé… y como si hubiéramos estado en un desierto: examiné nuestro alojamiento, que solo tiene cuatro piezas, aunque muy ricas, eso sí, y hallé sobre una mesa una carta cerrada con sobrescrito para vos.
– ¡Una carta! exclamó el marqués: ¡dame, dame!
Peralvillo salió y entró de nuevo en la alcoba con la carta.
El marqués rompió la nema, abrió la carta y Peralvillo, que observaba el semblante de su amo para ver el efecto que en él producia la carta, le vió palidecer, temblar, levantarse luego trasportado de alegria y exclamar:
– ¡Es de ella, de ella!
– ¿Pero quién es ella, señor, quién es ella? ¿acaso el duende negro de la calle de San Miguel que nos trae de cabeza?
– Ya sabes que no quiero que se me pregunte, Peralvillo, contestó el marqués.
– Es verdad, señor, pero la situacion en que nos encontramos…
El marqués no contestó: se habia acercado á una vidriera y estaba absorto en la lectura de la carta.
Peralvillo se calló, y se puso á pasear por la cámara con las manos atrás.
Hé aquí lo que el marqués leia:
«Don Juan de mi corazon: al fin mi padre se compadece de nosotros; al fin consiente en que sea tu esposa. Para que nos unamos, mi padre te ha robado de Granada, valiéndose del medio de aletargarte: yo te escribí para que fueras á la taberna donde has sido aletargado. Nada te importe donde estás. Nada te importe que pasen algunos dias antes de que me veas. Nada te faltará. Tu criado estará contigo para servirte. Un esclavo de mi padre te proveerá de cuanto quieras; pero nada preguntes á ese esclavo, porque nada te contestará. Quien tanto confía en tí que ya se llama tu esposa. – Esperanza de Cárdenas.»
Luego por bajo se leia:
«Nuestra hija sabe ya dar besos, y te se parece tanto, que aunque quisiera olvidarte no podria.»
El marqués leyó diez veces esta carta, la guardó y volvió á sacarla otras tantas, y al fin cuando ya Peralvillo se habia sentado cansado de dar paseos, el jóven se dirigió á él.
– Tengo apetito, le dijo, y almorzaria de buena gana.
– Y yo tambien, señor. Pero en esta casa no he visto la cocina.
– No importa, llama.
– Es que ya he llamado, y nadie me ha respondido. Mucho será que el duende negro no nos haya encantado, señor.
El marqués aplicó un puntapié á Peralvillo.
Miróle este dolorosamente y salió de la cámara, se dirigió á la puerta de la antecámara y dijo:
– ¡Ah de casa! Mi señor, que es un señor muy impaciente, y que trata de una manera dolorosa á sus criados cuando tiene hambre, pide de almorzar.
Oyéronse pasos tras de la puerta, luego una llave en la cerradura de esta, abrióse y apareció un negro atlético, que hizo retroceder dos pasos á Peralvillo.
– Se va á servir al momento al señor, dijo el negro en buen castellano, y desapareció volviendo á cerrar la puerta.
– Paréceme, señor, que estamos metidos en una mala aventura, dijo Peralvillo: no me gusta nada ese tizon de dos piés que acaba de hablarnos.
– Tienes el defecto de ser el hablador mas incorregible del mundo, Peralvillo, dijo el marqués que preocupado con su pensamiento, queria quedarse á solas con él, y devorar su alegría.
Peralvillo comprendió la situacion en que se encontraba su amo y se calló.
Poco despues acudió á la puerta de la antecámara donde habia sonado la llave, y vió que el negro entraba trayendo por sí solo una enorme mesa, cubierta y servida.
– Os ayudaré amigo mio, dijo Peralvillo que deseaba á todo trance hacerse un conocimiento.
– No hay necesidad, dijo el negro, entrando con la mesa en la cámara.
Peralvillo quiso aprovechar la entrada del negro para ver lo que se ocultaba tras la puerta de la antecámara, que habia quedado abierta, pero al encaminarse á ella, se cerró.
– Vamos, dijo Peralvillo volviéndose: cartas que no se sabe quien las ha traido; negros que sirven sin permitir que nadie les ayude; puertas que se cierran por sí mismas: decididamente estamos encantados.
Cuando entró en la cámara, el marqués, que siguiendo las instrucciones que le daba en la carta Amina, no habia dicho al esclavo una sola palabra, se sentaba á la mesa.
– Ponme vino, y trínchame esas perdices Peralvillo, dijo el marqués.
Peralvillo se quitó los puños, se levantó las bocamangas, y se puso á trinchar las perdices.
– Y estan asadas con aceite, y soberbiamente asadas, dijo: ¿sois vos el cocinero, amigo? añadió volviéndose al negro.
Este hizo un movimiento afirmativo con la cabeza.
– Pues podiais servir en las cocinas de su magestad, á quien por noticias de un galopin á quien yo conocia, sé que gustan mucho las perdices asadas con aceite.
Una mirada del marqués hizo callar á Peralvillo, que puso delante de su amo la fuente de plata con las perdices trinchadas, y le sirvió vino en una enorme copa de oro.
Despues, y no atreviéndose á hablar por temor al marqués, se puso á contemplar el servicio.
– ¡Cáspita! dijo para sí: del ramillete de su magestad no saldria una mesa mejor servida: todo esto es regio: ¿y de dónde diablos han sacado esas flores? decididamente estamos encantados y encantados por duendes reales.
– Otro plato, Peralvillo, dijo el marqués.
– ¿Qué quereis? ¿carne, cecina ó pescado?
– Dame de ese salmon.
Sirvió Peralvillo.
Poco despues el marqués se levantó de la mesa.
– Yo os aconsejaría señor, que comieseis de estos mariscos, de estas ensaladas y de estas confituras.
– Come de lo que quieras como si estuviese empezado Peralvillo, dijo el marqués conociendo la intencion de su lacayo: come y déjame en paz.
– ¿Pero dónde he de comer, señor?
– En esa mesa.
– Pero…
– No hay otra.
El negro adelantó y se acercó á Peralvillo.
– Fuera teneis vos mesa servida.
– ¡Ah! exclamó Peralvillo estremeciéndose, porque esperaba encontrar fuera una olla podrida y un gigote, cuando ya se habia consentido á gozar del excelente almuerzo del marqués.
Salió, pero en la pequeña mesa que encontró en la antecámara, solo vió un cubierto de plata, una copa de vidrio y algunos platos.
– ¡Pero y la comida! exclamó pálido Peralvillo.
– Tomad de aquí lo que querais, dijo el esclavo con cierto acento de superioridad.
Volvió la cabeza Peralvillo y encontró tras si al negro que habia traido consigo la mesa del marqués.
– ¡Ah! esto es distinto, dijo: mi amo está desganado pero yo no lo estoy… estas perdices, despues esas ostras, luego aquella ensalada de truchas, despues unas confituras y dos botellas de vino: perfectamente. Hemos concluido, camarada.
– Cuando vuestro señor necesite algo llamad, dijo el negro.
– Se llamará, amigo.
– Y en cuanto á vos no seais curioso, porque os pudiera pesar.
– Y decidme, ¿durará mucho este encierro? dijo Peralvillo con la boca llena.
– No lo sé.
– Y mientras estemos aqui, ¿comeremos del mismo modo?
– Probablemente.
– ¡Y cuáles son las horas de comer en esta casa?
– Las que vuestro señor quiera.
– Bien, ¿pero y si mi señor no tiene ganas de comer?..
– Pedid vos.
– Y si…
– Sois el lacayo mas hablador del mundo.
– Lo que no quita para que seamos buenos amigos.
– Yo no os conozco.
– Pues conozcámonos. ¿Hay doncellas en esta casa? no me pesaria conocer á las doncellas.
– Quedad con Dios; dijo el esclavo abriendo la puerta.
– Vaya con Dios vuesamerced, contestó empinándose una botella Peralvillo.
…
Sin ningun nuevo accidente, comiendo cuando querian, durmiendo por entretenimiento, y fastidiándose mas de lo que hubieran querido, pasaron amo y criado, desde el anochecer del martes veintiuno de diciembre, hasta el medio dia del viernes veinticuatro.
Apunto que el sol señalaba el medio dia natural en un cuadrante, situado en el mirador que daba sobre el jardin, apareció de improviso en la cámara el esclavo negro, y presentó al marqués inclinándose profundamente, una carta en una bandeja de oro.
Tomó el marqués la carta, la abrió, y vió con suma sorpresa, que era de su tio don César de Arévalo, de quien hacia mucho tiempo que no tenia noticias.
La carta era brevísima.
«Mi amado sobrino decia: os estoy esperando con suma impaciencia; tengo muchas cosas que deciros, y una grave comision que desempeñar con vos. Seguid al dador de esta y me vereis. – Vuestro tio. – Don César de Arévalo.»
– En esta carta me dicen que os siga, dijo el marqués al esclavo.
– Y yo tengo órden de guiar al señor á donde le esperan, contestó el esclavo.
– ¿Es decir que salimos de nuestro encierro? dijo Peralvillo.
– Vos no, repuso el esclavo, y salió precediéndo al marqués, despues de lo cual cerró la puerta.
Peralvillo se quedó durante algun tiempo mirando aquella puerta con desesperacion, y luego se entró en la cámara, tomó de un rincón, donde solia ocultarlas, una botella, se la empinó, y despues fué á tenderse de una manera heróica en la cama de su amo.
Este entre tanto, guiado por el esclavo, habia llegado á otra cámara á cuya puerta le salió al encuentro un hombre que se arrojó entre sus brazos.
Era su tio.
Despues de los primeros apretones, el marqués dijo á don César:
– ¿Qué significa esto?
– ¡Cómo! ¿no sabeis lo que esto significa?
– No por cierto, mi buen tio, porque esperaba no volveros á ver tan pronto.
– Creo que te casas.
– Eso sospecho.
– ¡Cómo! ¿pues no lo sabes de cierto?
– Hace tres dias que he tenido el primer indicio.
– ¿Indicio no mas?
– Nada mas, tio.
– Pues te casas de veras, sobrino: digo, á no ser que no quieras casarte, en lo que harias ciertamente muy mal.
– Si es con doña Esperanza de Cárdenas, me caso.
– ¿Pues con quién habia de ser, sino con su excelencia la hermosa duquesa de la Jarilla?
– Ved tio, que el rey confiscó ese titulo.
– Si, pero le ha devuelto á la duquesa.
– ¿Pero y el proceso contra su padre?
– El emir de los monfíes es una cosa, y su hija la duquesa de la Jarilla, es otra. ¿Qué culpa tiene la duquesa, de que su padre sea enemigo del rey, y le haya provocado y se le haya ido de entre las manos?
– Si; pero ya sabeis que en el mundo en que vivimos pagan justos por pecadores: y al menos el título y la grandeza del duque…
– Es que el padre de doña Esperanza era duque viudo: que tu presunta esposa, estaba en posesion de su título y de su grandeza: que se han hecho muchas informaciones y muchas probanzas, se ha gastado mucho dinero, y el Consejo de su Magestad, ha declarado: primero: que doña Esperanza de Cárdenas, es descendiente legítima de los duques de la Jarilla; segundo: que es cristiana desde su nacimiento, y muy piadosa, y muy honrada, y muy pura; tercero: que si bien su padre es rebelde y moro y traidor al rey, su hija no le ha ayudado en sus conspiraciones, ni ha alentado los amores del difunto príncipe don Carlos, á quien continuamente ha rechazado; cuarto: que por lo mismo no puede imponérsela pena alguna, debiéndosela, por lo tanto, restituir sus bienes y preeminencias como grande de España, exigiéndola, sin embargo, juramento de fidelidad al rey. Por último, y en atencion á las rebeldías de su padre, se la ha declarado mayor de edad, librándola de toda tutela; se la ha puesto en posesion de su título, su grandeza y sus bienes, y se la ha concedido licencia para casarse… con mi amado sobrino, el señor marqués de la Guardia, capitan de infantería de los ejércitos de su Magestad, y el mayor loco, que despues de mí he conocido ni espero conocer.
– Pero tio, esas noticias son tales, que no debeis ofenderos, si dudo de que os encontreis en completo uso de razon.
– Carta canta, dijo don César, yendo á una maleta que estaba sobre la mesa, y sacando de ella un promontorio de papeles: y á los desconfiados como vos, no hay cosa como darles con la prueba en las narices.
Y desatando el legajo, sacó de él un pliego de papel sellado, moreno, granugiento, escrito con letra gorda, y autorizado al fin, por la firma de tres escribanos de cámara, y el sello de la Chancilleria de Valladolid.
Devoró el marqués el contenido de aquel pliego: era la restitucion hecha por el rey á la excelentísima duquesa de la Jarilla, grande de España, de su título y grandeza, y todos sus bienes que le habian sido confiscados.
– ¿Y ahora crees, sobrino, dijo don César?
– Creo tio; pero me parece que sueño.
– Lee este otro documento, añadió don César, dando al marqués un segundo pliego, autorizado del mismo modo que el primero.
El rey declaraba en él mayor de edad, á la duquesa de la Jarilla, y aprovaba su casamiento con el marqués de la Guardia, indultando á entrambos de la pena en que habian incurrido, por haberse casado sin su licencia en la villa de Yátor en las Alpujarras, el dia 30 de setiembre de 1567.
– Pero tio, dijo el marqués con asombro, aquí se me dá por casado desde hace mas de un año, y vos solo me habeis dicho que se nos concedia licencia para casarnos.
– Tanto da: yo decia que te se daba licencia, porque me consta que no te has casado: pero cuando hay mucho dinero para hacer probanzas falsas…
– ¿Pero quien ha andado en eso…? el emir no puede haber sido, porque hace mas de un año que vive de incógnito fuera de la córte.
– ¡Ah! en eso hemos andado el abuelo de la duquesa y yo.
– ¡El abuelo de la duquesa! ¡pues no le conozco!
– ¡Cómo! ¿no conoces al abuelo materno de la duquesa, rey del desierto de Méjico, cristiano, vasallo de su magestad, y el hombre mas rico de España?
– Pues no le conozco, tio.
– Bien puede ser: á los enamorados, generalmente les basta con conocer á la mujer que les enamora. Pero eso no quita, que á los muchos y buenos doblones del megicano se deba el buen resultado de vuestro negocio: porque desengáñate, sobrino: aunque el rey es demasiado caballero, y altivo, y celoso de su autoridad para doblegarse por todo el oro del mundo, sus consejeros, los que andan á su lado, no piensan del mismo modo: título de Castilla, del Consejo de su magestad, ha habido, que ha desempeñado sus rentas con lo que le ha producido este negocio, y oidor que por la primera vez se ha visto dueño de una razonable cantidad de oro. Y lo que es mas extraño; la Inquisicion, la tremenda Inquisicion, ha cedido por la gracia del dinero.
– ¿Pero qué tenia que ver la Inquisicion…?
– ¡Ahí es nada! La Inquisicion, que habia preso al emir de los monfíes, á quien no pudo quemar, por la sencilla razon de que el emir se les fué como una anguila de entre las manos, le ha seguido la vareta, como dicen los curiales, le ha sentenciado en rebeldia, le ha quemado en estátua, ha declarado infames á sus hijos hasta la cuarta generacion, y les ha sentenciado á llevar de por vida, el Sambenito; porque la Inquisicion como sabes muy bien…
– Si, lleva su castigo á los hijos y á los nietos de los que sentencia.
– Pues para que la Inquisicion quite el Sambenito á tu esposa, y la declare buena y limpia cristiana, ha sido necesario empezar por regalar una vajilla de oro y mas de diez alhajas riquísimas al inquisidor general, don Fernando Valdés, que estaba terriblemente irritado, y con razon, contra los monfíes. Como que hicieron con su venerable persona una herejia, y le causaron del susto una enfermedad que puso al pobre señor muy al cabo. Ademas, fue necesario deslumbrar á los inquisidores de la Suprema… todo esto invirtiendo un tesoro.
– ¡Oh! ¡y cuántos sacrificios!
– De que tú eres la causa, sobrino, y por los que debes amar mucho á tu mujer.
– Pero tio, si yo la adoro.
– ¡Milagro!
– Un milagro causado por la hermosura y por el alma de Esperanza. ¡Ah! os juro tio, que no merezco tanta felicidad. Y sin embargo, esa felicidad será amargada.
– ¡Amargada! ¿y por qué?
– Yo quisiera que mi Esperanza fuera pobre, muy pobre, y de una muy humilde cuna.
– ¡Bah! sobrino, tú estás loco: como parece mejor una bellísima rosa, ¿á la luz de la luna, ó á los rayos del sol? ¿en un tiesto miserable, ó en un magnífico jarron de oro?
– Si, pero podrá creer que me caso…
– ¡Por interés! ¡bah! tus rentas son considerables, sobrino.
– ¡Mis rentas! ¡si estan empeñadas hasta el cuello, segun me dijísteis vos hace mas de un año en una carta dentro de la cual, me enviásteis la provision de la compañía que mando!
– Es mucha verdad: pero tambien lo es, que los usureros que cobraban tus rentas, me vinieron á ver uno trás otro, me dieron muchas y rendidas gracias por haberles pagado…
– ¿Pero les pagásteis vos?
– ¡Yo! ¿de dónde ni cómo? Los sacos y las buenas presas, han andado por el cielo en el poco tiempo que he estado en los Paises Bajos, y aunque hubiéramos entrado en Gante, á saco mano, no hubiera tenido con mi parte ni la centésima de la cantidad que se necesitaba para el tal desempeño.
– ¿Con que es decir…?
– Que las escrituras de todas tus haciendas estan allí desempeñadas.
El marqués que era noble, generoso y altivo, alzó los ojos al cielo, y suspiró con impaciencia y pena.
– ¡Como ha de ser! dijo: ella es primero.
– Y aun hay mas. Tu esposa, á mas de sus riquezas propias que son inmensas, trae su dote; un tesoro por parte de su padre, y otro por parte de su abuelo, en buenos doblones de oro, y alhajas.
Tornó á lanzar su mirada de blasfemia al cielo don Juan.
– ¡Tú estás loco, sobrino! le dijo don Juan: cuando una mujer que tanto vale se casa contigo…
– Se casa tal vez por cubrir su honor… y yo necesito su alma, su alma entera.
– Bien, muy bien: pero eso pasará y quedará lo positivo: esto es, la inmensa cantidad contante y sonante del dote de tu mujer: las rentas de su título que ya son enormes, y que juntas con las del tuyo, llegan á ser maravillosas. Dentro de un año me lo dirás si es que vuelvo por España.
– ¡Pues qué os vais!
– Sin duda debo parecer peligroso á los que te casan, cuando me apartan de tu lado.
– ¡Pero cómo!
– Soy oidor de la real Audiencia del Perú, dijo con hueca gravedad don César.
– ¿Y eso…?
– Tambien me lo han procurado los que te casan con tu mujer.
– ¡Ah! ¡ah!
– Tengo órden ademas de llevarme á tu lacayo Peralvillo.
– Lleváoslo en buen hora, cada dia se va haciendo mas hablador.
– Ahora bien, y sin saber como, hé aquí que he terminado mi comision.
– ¿Pero qué comision era esa?
– Darte parte de lo que sucedía, entregarte tus bienes; que ahí estan con tu ejecutoria en esas escrituras, preparándote, en fin, para que nada de esto tuviese que decirte el padre de tu mujer.
– ¡Cómo! ¿está aquí el emir de los monfíes?
– Si.
– ¿Pero en donde estamos?
– Ni mas ni menos que en el riñon de las Alpujarras, cerca de la villa de Yátor, en una heredad del señor don Alonso de Fuensalida.
– ¡Ah! ¡el emir continúa disfrazado!
– Si, pero aunque el padre de tu mujer está encubierto, es necesario evitar que te presentes á él con ese trage de ronda. Ahí en mi maleta traigo un rico vestido de terciopelo, y un collar de Santiago: con que manos á la obra: voy á servirte de ayuda de cámara: ¿y qué mucho? casi casi, eres un especie de rey.
– ¡Rey! murmuró el marqués mientras su tio le desnudaba, recordando la frase que en otra ocasion le dijo Yaye: «si habeis de casaros con mi hija, todo se reducirá á haceros rey.»
– ¿En qué piensas sobrino? dijo don César? encajándole al mismo tiempo una camisa de Cambray.
– Pienso en que el padre de doña Esperanza ha cambiado mucho de intenciones.
– ¡Porque te da su hija!
– Si.
– ¡Bah! ama á su hija, y las mujeres son capaces… estírate mas las calzas, sobrino, y mira que grana… es de la mas rica: el jubon… sencillo… pero los herretes de diamantes valen un mundo: vamos, la daga, la espada y la gorra. El padre de tu mujer te espera, y como es un gran personaje, moro ó cristiano, lo que importa poco, no debe impacientársele: maldita arruga: suéltate el segundo herrete, sobrino: vamos, ya está bien: ¡ola!
Apareció el esclavo negro.
– Id, y decid á vuestro señor, le dijo don César, que dentro de un momento va á tener la honra de saludarle el señor marqués de la Guardia.
El esclavo salió, y tras él, don César y el marqués: atravesaron algunas habitaciones y se detuvieron en una antecámara, donde les indicó el esclavo que se detuviesen; poco despues, el esclavo que habia salido, volvió y dijo al marqués:
– Mi noble señor, espera al señor marqués de la Guardia.
– Hasta luego, sobrino, dijo don César, estrechando fuertemente la mano del marqués.
– ¡Ah! no sé lo que me sucede tio, dijo don Juan, y entró por la puerta cuyo tapiz tenia levantado el esclavo.
Encontróse en una cámara magnífica. En ella con el mismo trage con que se habia presentado aquella mañana al beneficiado de Cádiar, se paseaba Yaye profundamente pensativo.
Al sentir los pasos del marqués, se detuvo, se volvió á él, y le miró con una grave benevolencia.
– ¡Ah! sois vos, dijo: bien venido seais.
– ¡Ah señor! dijo el marqués: disimulad mi turbacion porque…
– Sentaos, marqués, dijo Yaye con una perfecta y fácil cortesanía: sentaos, y hablemos un momento.
Sentáronse en un estrado, y Yaye asió las manos del jóven.
– ¿Quereis ser mi hijo ahora, como lo queriais ser en otro tiempo?
– No puedo vivir sin ella, dijo con la voz apagada y trémula el marqués.
– Ni ella puede vivir sin vos. El Altísimo lo quiere, y no mereceria yo su ayuda sino cumpliese con placer su voluntad. Pero, prescindiendo de todas las dificultades que se oponian á este casamiento, y que ya estan vencidas, hay en medio de nosotros un terrible secreto.
Don Juan comprendió que Yaye se referia á la muerte de su padre, y bajó los ojos.
– A pesar de ese terrible secreto, señor, comprendo que debísteis tener poderosas razones para obrar de la funesta manera que obrásteis y… no hablemos mas de ello… yo no puedo aborreceros; no puedo… no… sois padre de Esperanza… ¡que me perdone Dios…!
– Tuve razon: pero decís bien… olvidemos… vos por Esperanza… yo… ¡cómo no he de amaros yo si sois la vida de mi hija!
Yaye se enjugó una lágrima.
– Pero hablemos de otros asuntos. Ha llegado para mi un momento supremo: el momento de la guerra contra España.
– Pero ¿por qué no os reducis á la obediencia del rey?..
– No hablemos de eso… Felipe y yo somos enemigos á muerte. Por lo mismo no debemos fiar en la devolucion de sus títulos y de su rango á mi hija. Felipe es un lobo: le debo un hijo, y temo que si ha accedido al dictámen de su Consejo, haciendo justicia á nuestra Esperanza, es solo para tenderla un lazo, para apoderarse de ella, para cobrarse del hijo que le he muerto. No, no debeis permanecer en España. En las aguas de Motril os espera un bergantin fletado por mí que os llevará á Venecia, á Francia, á cualquier Estado de Europa. No entreis en los dominios del rey de España mientras don Felipe viva.
– ¡Pero separar de vos á vuestra hija…!
– Dios lo quiere. Dejadme, dejadme luchar con mi destino, que es terrible; yo no puedo exponer á mi hija. No quiero tampoco perderos. Permaneciendo aquí, ó tendriais que haceros monfí y lidiar contra España, ó servir á Felipe y volver las armas contra el pecho de vuestra esposa y de vuestra hija. No, no; vais á casaros, y despues… vuestra compañía está en Yátor; entregadla al teniente Velorado y tomad testimonio de ello, para que el rey no pueda llamaros nunca desertor; ya teneis su licencia para dejar la compañía: despues, escoltado por mis monfíes ireis á Motril donde os embarcareis, vos, mi hija y mi nieta: con vos irá para serviros el mas noble, el mas bravo, el mas fiel de mis walíes: el noble Harum el Geniz, y permanecerá con vosotros si asi lo quereis. Ha visto nacer á Esperanza y la ama casi tanto como yo.
– Será lo que querais, señor, dijo el marqués que estaba aturdido.
– Bien, puesto que estamos enteramente de acuerdo, id, abrid aquella puerta, atravesad un corredor y encontrareis á vuestra esposa y á vuestra hija.
Zumbaron los oidos al marqués, se nublaron sus ojos, se levantó como un ébrio, y dominado por su emocion, y sin decir una sola palabra á Yaye, corrió á la puerta que este le habia indicado.
Poco despues se oyeron dos gritos de suprema alegría, uno como de hombre, otro de mujer; besos y sollozos.
– ¡Oh! era preciso, dijo el emir: Amina no puede amar ni ser amada de otro modo.
Y siguió paseándose á lo largo de la cámara.
