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Kitabı oku: «Los monfíes de las Alpujarras», sayfa 59

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CAPITULO XXIII.
Cómo trataba Yaye á sus parientes

Tendió á un tiempo las manos á Aben-Jahuar y Aben-Aboo y se las estrechó con fuerza.

– ¡Oh! dijo sentándose. Estoy contento. Al fin he tomado una resolucion decisiva, he fijado la suerte de mi hija y me quedo libre para hacer con vosotros la guerra al cristiano.

– ¡Qué habeis fijado la suerte de vuestra hija! primo, dijo Aben-Jahuar con las muestras del mas solícito interés.

– Sí, esta tarde se la he entregado á su marido. Era para mí un obstáculo inseparable; la acompaña su abuelo, y va bien escoltada. Es verdad que puede haberles cortado el camino la tormenta impidiéndoles pasar la rambla de los Ciegos, pero esto no es mas que algunas horas de detencion; remontaran la montaña y llegaran mañana á Motril, donde en una galeota mia se trasladaran á Venecia. Y estoy alegre, vive Dios, muy alegre. Era necesario decidirse, decidirse de todo punto. Pero tengo apetito. Manda, hijo mio que nos den de cenar.

Se levantó Aben-Aboo y salió.

– Tengo que hablarte primo, de un asunto, ó por mejor decir de dos asuntos importantísimos para los dos. No he querido decírtelo delante de nuestro sobrino.

– ¿Tan de repente has pensado ese asunto?

– Si; cuando al fin he visto asegurada la suerte de Amina, me he encontrado otro hombre. Pienso abdicar…

– Abdicar… ¿y en qiuén?

– Aben-Aboo es muy brabo y los monfíes le aman…

– ¡Cómo!

– Silencio, le siento acercarse… cuando hayamos cenado, yo me despediré, é iré á esperarte á la salida de la villa por la Caba-honda.

– Iré.

Aben-Aboo entró en aquel momento y á la primer mirada comprendió que habia pasado algo grave entre sus dos tios.

Sin embargo comprendió tambien que debia disimular.

– ¿Conqué mi prima, dijo, se va á Venecia? ¡Y yo que contaba al menos con verla!

– ¿Y qué habiamos de hacer aquí con ella una vez empeñada la guerra? No, no: era prudente ponerla fuera del incendio. Si Dios nos ayuda y triunfamos tiempo tendremos de verla.

El Cojo entró entonces con una verdadera cena de meson, pero era tal el apetito de los comensales, estaban todos tan contentos, cada cual por su causa, que devoraban un pésimo gigote y algunas aves, acompañadas de una liebre que por casualidad tenia cabeza.

Durante la cena y como estaban servidos por el Cojo y por su hija, alegre mocetona de veinte y cuatro años, la cena pasó con una conversacion indiferente.

– ¿Qué diria la Inquisicion si nos viera comer carne la noche de navidad?, dijo el emir.

– ¿Y si viera que esta carne nos la servia una mora de tan buena carne como Pascuala? dijo Aben-Jahuar.

– Vamos señor, siempre que hay gentes delante se estrella vuesamerced, contestó la muchacha.

– ¡Cuándo digo yo que esta Pascuala acabará por arruinarme! dijo el Cojo.

– ¿Pues qué hace la muchacha para ello? dijo Aben-Aboo.

– ¡Bah! con esa cara de hereje que pone á los huéspedes… no hay ninguno que no se me haya quejado, sobre todo de la mala cama.

– Es que los tales huéspedes quieren á veces, que las camas sean tan completas… dijo la muchacha.

– Y no crean usamercedes que esto es por virtud; no señor; sino porque la tiene bebidos los sesos ese organista del diablo, que solo gana tres maravedises… que… que en fin, es un haragan, un desarrapado… lo que no impide que esta señora se pase las noches de claro en claro pelando la pava con él.

– ¿Y qué tiene eso de malo?

Y asi mientras duró la cena, los tres personajes ocultaron su verdadero estado con conversaciones tales, como la de que acabamos de dar una muestra.

Acabada la cena, el emir se despidió de Aben-Jahuar y de Aben-Aboo.

– ¡Que está tranquilo acerca de su hija! dijo sombriamente el jóven apenas se quedó solo con su tio.

– Afortunadamente, nadie nos ha conocido, ni los mismos que nos han ayudado saben lo que han hecho. El emir no puede hacernos cargo de nada.

– ¿Y á dónde irá ahora?

– Es muy posible que vaya á ver á tu madre.

Ya sabemos que Aben-Jahuar sabia que Yaye no habia ido en busca de su hermana doña Isabel.

– ¿A buscar á mi madre en una noche como esta?

– Pues esta noche mas que otra, debe el emir estar cuidadoso por mi hermana.

– Pero la tenacidad de ese hombre, cuando mi madre…

– ¿Y qué quieres? asi son todos los enamorados.

– ¡Pues juro á Dios…!

Aben-Aboo se detuvo, pero Aben-Jahuar adivinó el resto del juramento: Aben-Aboo se habia puesto de pié, y se arreglaba la capa y el talabarte.

– Mira lo que haces, sobrino, exclamó profundamente Aben-Jahuar: el emir es poderoso, y está acostumbrado á satisfacer sus empeños: prudencia, sobrino, prudencia, y no aventuremos en un minuto lo que tanta paciencia y tantos sacrificios nos ha costado.

– Tan prudente seré, dijo Aben-Aboo, que daré ocasion á que otros aprendan en mi prudencia.

Aben-Aboo que habia pronunciado estas palabras de una manera ambigua, cuya verdadera intencion no podia apreciarse bien, salió.

– ¡Ah! dijo Aben-Jahuar: ¡quiere abdicar en Aben-Aboo! ¡si ese insensato llega á ser emir de los monfíes, todo está perdido para mí! los monfíes conocen su ferocidad y le aprecian: le servirian á ciegas, y correrian tras él, aunque los llevase á arrojarse de cabeza á un volcan. Pero aunque sois astuto y feroz, señor sobrino, yo os llevo la delantera, y nos veremos, vive Dios, ¡nos veremos!¡vos, el emir y yo…! ¡Ah! ¡ah! yo os juro amigo mio, que no habeis de ver la verdad hasta que esa verdad os espante.

Despues llamó, pagó la cuenta que le ajustó el Cojo por los dedos, y se fué á encontrar al emir.

Hallóle en la parte baja del pueblo junto á las tapias.

– Empezaba á impacientarme, le dijo.

– He tenido que engañar á Aben-Aboo para separarme de él.

– ¿Y sospecha algo?

– Nada: solo espera con impaciencia que llegue la hora.

– Poco tardará en sonar, ya son las nueve. Entre tanto podemos hablar nosotros, y ponernos de acuerdo.

– ¿Pues qué estamos discordes?

– Si; y este es un mal presagio.

– ¿Y en qué consiste esa discordancia?

– En que todos teneis ambicion, y vuestras ambiciones encontradas, seran la causa de nuestra ruina.

– ¿Y nada dices de tu propia ambicion?

– Yo la he perdido: todo me ha salido mal: en todos mis afectos, en todos mis deseos, en todas mis esperanzas, estoy ya contrariado: ya no soy el hombre que luchaba con toda su inteligencia, con todas sus fuerzas: soy un vencido que se rinde.

– ¡Un vencido!..

– Sí vencido por su suerte.

– Desmayas en los momentos en que mas necesitamos de tu ayuda.

– No por cierto: yo os doy todo lo que tengo: mi ejército, mis tesoros, mi espada. ¿Quereis mas?

– Pero esa abdicacion…

– Es necesaria. Aben-Aboo está descontento: Aben-Humeya le mira con recelo: señor es uno, vasallo el otro: ni Aben-Aboo serviria bien á Aben-Humeya, ni Aben Humeya confiará en Aben-Aboo. Por el contrario, siendo Aben-Aboo emir de los monfíes, se encontraran igualmente poderosos…

– Aben-Aboo pesará sobre Aben-Humeya.

– Pero aun vivimos nosotros: nosotros mas experimentados que ellos: nosotros que tenemos una poderosa influencia, tú sobre los moriscos, yo sobre los monfíes: nosotros que podemos enlazarnos á ellos por sagrados vínculos.

– ¡Cómo!

– Tu amas á tu cuñada doña Elvira, dijo Yaye.

– Es verdad, contestó con voz cavernosa Aben-Jahuar.

– Yo amo… cada dia con mas fuerza, cada dia con mas desesperación, á tu hermana doña Isabel.

– ¿Por qué no la amaste del mismo modo hace veintidós años? entonces Aben-Aboo sería tu hijo…

– ¡Ah! exclamó Yaye: olvidemos lo pasado y pensemos solo en el presente: estoy irrevocablemente decidido á lo que te he propuesto.

– No creo realizable tu proyecto mas que en lo relativo á la abdicacion en Aben-Aboo: por lo demás, ni mi hermana se casará contigo, ni conmigo mi cuñada doña Elvira; ademas, y seamos francos… doña Elvira te ama, Yaye.

– ¡Oh! ¿quién te ha dicho eso?

– ¿No crees que los zelos son muy perspicaces?

– Los zelos mienten, ó por mejor decir, los zelos se engañan. Doña Elvira no ama á nadie, á nadie mas que á su hijo: por eso, encontrando solo un hombre ante el porvenir de su hijo, siendo ese hombre yo, pretende inhabilitarme, apoderarse de mí, matarme, en una palabra; Doña Elvira, primo, me aborrece, y por que me aborrece, me cerca de asechanzas, me ataca con todas sus armas, con su astucia, con un amor fingido, con un empeño tenaz. Cuando vea que yo abdico en Aben-Aboo… que me caso con tu hermana, doña Elvira se casará contigo, para contrabalancear el poder de Aben-Aboo: no lo dudes Aben-Jahuar: doña Elvira solo ama á su hijo Aben-Humeya.

Quedóse profundamente pensativo Aben-Jahuar.

– ¿Y qué hemos de hacer? dijo.

– ¿Consientes en que pongamos por obra mis proyectos?

– ¿Y tú estás seguro de que doña Elvira querrá casarse conmigo?

– Sí, en el momento en que yo me case con tu hermana doña Isabel.

– Pero es necesario empezar á obrar al momento.

– Es necesario que vayamos á casa de tu hermana.

– ¡Ah!

– Tú hablarás á Aben-Aboo; le participarás mi resolucion, y le prepararás para que desde esta noche empiece á obrar como corresponde á su nuevo estado: yo entre tanto hablaré á tu hermana.

– Quiera Dios, dijo Aben-Jahuar que saques de ella tan buen partido como yo espero sacar de Aben-Aboo.

Y tomando por fuera de las tapias arriba, se encaminó con Yaye á la atalaya donde vivia Aben-Aboo.

CAPITULO XXIV.
De cómo se encontraron reunidas de una manera extraña, personas que se creian muy separadas

En una habitacion completamente blanca, con el pavimento cubierto de una estera de esparto, desnudas las paredes y con techo de bovedillas y adornada con algunos muebles modestos, al lado de una chimenea encendida, habia dos mujeres.

Era la una doña Isabel de Córdoba y de Válor: la otra Angiolina Visconti.

Doña Isabel, si bien contaba ya cuarenta años, estaba en el esplendor de su hermosura: no de esa hermosura brillante, vaporosa, delicada, esmaltada, por decirlo así, de la jóven, de la adolescente casi, sino en esa fuerte y brillante hermosura de la mujer, en que hay un exceso de vida y de pasion, en que se mira con dolor el pasado, y se espera con temor ó al menos con una dolorosa resignacion la metamorfosis de la mujer, en que se marchitan las mejillas, en que aparecen las canas y las arrugas, en que las formas mas hermosas se deprimen, en que la mirada se apaga, en que los cabellos se disminuyen, se aclaran, se retiran de la frente, ó por mejor decir, la ensanchan: doña Isabel no tenia ya la belleza de la esbeltez, pero tenia en cambio, la magestad y la incitante hermosura de la matrona: habia engruesado, pero sin perder la belleza de sus formas; su pecho se habia levantado, pero sin perder su aspecto puro y virginal; doña Isabel habia crecido en vida y en hermosura y no habia perdido nada de su pureza: el sufrimiento agudo de un amor contrariado, de una vida robada á la felicidad, habia impreso, fijado sobre su semblante, la expresion del sufrimiento, pero de un sufrimiento valiente y resignado, y esta expresion daba á su hermosísimo semblante, á su ardiente mirada, un resplandor sublime, por decirlo así, casi divino: doña Isabel era á los cuarenta años, una de esas mujeres que hacen bendecir á Dios que las ha criado, que inspiran un amor exento de competencias de todo género, que absorven completamente la vida y el alma de un hombre.

Sin embargo, en los veintidos años que habian pasado desde la muerte de Miguel Lopez, se habia visto libre de pretensiones, exceptuando las de Yaye.

¿En qué podia consistir esto, tratándose de una mujer tan hermosa y tan pura?

Consistia en que en Cádiar no la conocia nadie mas que los parientes próximos de su hijo, su confesor y un escaso número de mujeres.

Estas en verdad habian ponderado su hermosura: pero doña Isabel no salia de su casa sino para ir á misa (eso todos los dias), y en esta sola ocasion se cubria de tal modo el rostro con el manto, que solo podia apreciarse lo airoso de su andar, lo gentil de su conjunto, y ese perfume particular que deja tras si toda mujer hermosa.

Su casa, encerrada dentro de una tapia y situada en una altura, estaba libre de miradas curiosas, y en ella no penetraba nadie, mas que, como hemos dicho los parientes, y estos viejos unos, ó casados los otros, y algunas mujeres.

La hermosura pues, de doña Isabel, solo se conocia de fama.

Pero lo repetimos: era esta tal, que á pesar de ser hermosísima Angiolina, se encontraba como empalidecida, como borrada, como vulgarizada, al lado de doña Isabel.

Encontrábanse las dos, en el momento en que las presentamos de nuevo en escena, en esa disposicion de ánimo en que se piensa mucho y se habla muy poco.

Ademas, la situacion en que se encontraban colocadas la una respecto á la otra, era tirante y difícil: vivian juntas y apenas se conocian: al llevar Aben-Aboo á Angiolina de Granada, habia dicho á su madre:

– Esta dama es una noble viuda á quien amo, y que se encuentra sola en el mundo: sino fuera la persona que es, pudiera haberme recibido en su casa, como otras tantas; pero esto no era conveniente ni decoroso, ni para ella ni para mí: he contado, pues, con que vos la servireis de madre hasta el dia en que pueda llamarse vuestra hija.

Doña Isabel tendió la mano á la aventurera que su hijo la presentaba, la admitió en su casa, la llamo su parienta para salvar las apariencias, y nada la preguntó ni nada la dijo Angiolina.

La dulzura y la virtud, y la magnífica belleza de doña Isabel, empezaron á dominar á la veneciana, que se sintió arrastrada hácia ella. Angiolina por su parte, que era una mujer digna y noble cuando no se trataba de su empeño por el marqués de la Guardia, empezaba tambien á hacerse lugar en el corazon de doña Isabel.

Esta no sabia quién era: pero aquella mañana en el exámen, delante de la Inquisicion, se habia llamado Angiolina princesa.

Doña Isabel no habia podido olvidar aquella revelacion: ni que el inquisidor habia tratado á Angiolina como una conocida antigua, ni la turbacion y la vacilacion de Angiolina al reconocer al inquisidor. Cuando doña Isabel dejaba de pensar en esto, se la venia á la memoria la terrible muerte de Malicatulzarah, con sus horribles detalles, con toda su aguda pasion, y entonces los ojos de doña Isabel se llenaban de lágrimas, y su corazón se levantaba á Dios rogando por aquellos desventurados.

Por esta razon estaba tan profundamente pensativa doña Isabel.

El haberse visto reconocida por Molina de Medrano cuando menos lo esperaba; el haber visto aquella mañana desde la atalaya entre las breñas y á lo lejos á Laurenti y á Cisneros, y el recuerdo de la sangrienta escena de la iglesia, tenian tambien profundamente pensativa á Angiolina.

Dieron las ánimas, y doña Isabel las rezó.

Contestóla Angiolina, y por esta razon se cruzaron entre ellas algunas palabras.

– Cómo zumba el viento en la chimenea, dijo doña Isabel arreglando los tizones.

– Todo es hoy lúgubre, contestó Angiolina.

– ¿Y mi hijo? ¿dónde estará mi Diego? añadió doña Isabel: otras noches ha venido mas temprano.

– Aquí estoy madre, dijo la voz de Aben-Aboo á la puerta.

Y el jóven adelantó, se quitó la gorra, la capa y el talabarte, y se sentó delante del fuego entre las dos mujeres.

– No es prudente andar á deshora por la calle cuando tenemos el pueblo lleno de soldados, y cuando la Inquisicion hace su visita, dijo doña Isabel: recelan demasiado de nosotros, y es peligroso…

– Pues ved ahí, madre mia, dijo Aben-Aboo: yo quisiera que hubiese cien veces mas soldados y mil veces mas inquisidores en el pueblo.

Palideció doña Isabel al escuchar la ronca y amenazadora voz de su hijo y no contestó.

Angiolina miró de una manera profunda al jóven.

Su semblante estaba terriblemente contraido, ceñudo.

– Supongo, dijo doña Isabel, que nos acompañarás á la misa del gallo.

– Cabalmente he venido á deciros que no ireis.

– ¿Que no iremos? exclamó doña Isabel: ¿y por qué?

– Porque no debeis ir.

– ¡Que no debemos ir! explícate por Dios, Diego.

– Ha llegado la hora, replicó el jóven.

– ¿La hora de qué?

– Esta mañana se ha vertido en la iglesia sangre inocente.

– ¡Ah! exclamaron las dos mujeres.

– Esta noche se verterá en la misma iglesia sangre de infames.

– Pero tú no la verterás, Diego, hijo mio; exclamó toda asustada doña Isabel: el crímen ageno no autoriza el crímen propio; tú te harás ageno á esos crímenes.

– ¿Crímenes llamais á la venganza de un pueblo oprimido?

– Dios toma á su cargo las lágrimas y la sangre de los que sufren.

– No queremos esperar tanto.

– Pero no meditas que una vez dado un paso…

– Se dan diez, ciento, mil… en buen hora: yo daré el primero sin vacilar.

– No, tú no darás ninguno.

– He jurado beber la sangre de ese infame inquisidor y la beberé, madre.

– Pero te perderás, y perderás á los tuyos.

– ¿Temeis que alguien perezca en esa lucha, señora? dijo con acento de reconvencion Aben-Aboo.

– Temo que perezcas tú, contestó con dignidad doña Isabel que habia comprendido la intencion de su hijo.

– ¿Y no temeis por nadie mas?

– Temo por todos, por todos, Diego, ¿lo entiendes?

– Yo creia que antes que por mí temblabais por…

– ¿Por quién? preguntó con tal altivez doña Isabel que Aben-Aboo á su despecho se vió obligado á bajar los ojos.

En aquel momento y cortando la conversacion que empezaba á hacerse difícil, se abrió la puerta y apareció en ella Alí, el esclavo de Aben-Aboo.

– Señora, dijo; vuestro hermano don Fernando, que viene con otro caballero, desea veros.

– Dí á mi tio, contestó Aben-Aboo, que pase á mi habitacion.

– No, no, dijo doña Isabel: díle que entre aquí.

El esclavo salió.

– Acaso mi tio me busca á mí, no á vos, señora.

– Tu tio, dijo á la puerta Aben-Jahuar, os busca á todos; pasad, primo, pasad; hermana, te traigo un antiguo conocido.

Y adelantaba llevando de la mano á Yaye que temblaba como un niño.

Todos se pusieron de pié.

Aben-Aboo miró con recelo á su tio: doña Isabel fijó una mirada atónita, vaga, indescribible en Yaye, y Angiolina al ver al emir se puso sumamente pálida.

– ¿Qué es esto, dijo Aben-Aboo? pues no me habiais dicho…

– Indudablemente te he dicho mucho y aun tengo mas que decirte.

– Si, dijo Yaye; vuestro tio tiene que deciros de mi parte graves cosas; seguidle, Aben-Aboo; yo tambien tengo que tratar con vuestra madre gravísimos asuntos.

– Aben-Aboo vaciló un momento, y luego dijo:

– Veamos lo que teneis que decirme, tio don Fernando; os dejo con mi madre, tio don Juan: oid vos señora á ese mi tio que se queda con vos, como yo voy á oir á este con quien me voy.

Y salió con Aben-Jahuar.

– Permitidme, dijo Angiolina; vais á hablar de graves negocios y…

– No, no; quedaos doña Angélica, dijo con precipitacion doña Isabel.

– La princesa Angiolina Visconti, mi antigua amiga, dijo Yaye con acento natural, dulce, casi cariñoso, dice bien; tenemos que tratar gravísimos asuntos, prima, y necesitamos tratarlos á solas. Venid, princesa, venid y perdonadme, pero graves razones me disculpan.

– ¡Oh! siempre estais para mí perdonado, dijo Angiolina, y aceptando la mano de Yaye se dejó conducir á una puerta inmediata.

Doña Isabel habia quedado de pié y temblando junto á la chimenea.

Su mirada estaba fija en Yaye de una manera lúcida, ardiente, medrosa, enamorada.

Yaye se conservaba tan hermoso como ella se habia conservado.

Yaye cerró las dos puertas de la habitacion.

– ¡Oh, no! exclamó doña Isabel; pueden venir, encontrar las puertas cerradas.

– Nadie vendrá, dijo Yaye: tu hermano tiene que hablar mucho en mi nombre á nuestro hijo.

– ¡Ah! exclamó doña Isabel cubriéndose el rostro con las manos.

Yaye se acercó y apartó las manos del rostro de doña Isabel.

Esta le miró frente á frente.

Sus ojos parecian absorver á Yaye.

– ¡Oh Dios mio! ¡mas hermosa que hace veinte y dos años!

Doña Isabel bajó los ojos y calló.

– ¡Veinte y dos años sin vernos! continuó Yaye: ¡veinte y dos años amándonos de una manera desesperada!

– ¡Ah! ¡no, no, yo no! exclamó doña Isabel.

– Si, me amas, tus ojos me lo dicen, me lo dicen tus manos que tiemblan entre las mias, me lo dice tu alma, Isabel, esposa mia.

Y en un momento de fascinacion aquellos dos semblantes se unieron, aquellas dos bocas se besaron.

Doña Isabel exhaló un grito ahogado, se retiró bruscamente de Yaye, se desasió de él y le dijo trémula y conmovida:

– Vete.

– ¡Que me vaya!

– Si, vete: vete y déjame con mi pobre amor sin esperanza, resignado, sufrido; vete, y no me atormentes, porque me atormentarias en vano, Yaye. Lo que Dios quiso que fuera, fue: me has hecho avergonzarme ante mí misma; no me hagas que me avergüence ante Dios; vete, Yaye, vete: sabes que te amo, que te amo como el primer dia en que te confesé mi amor, pero… Dios no quiere que pasemos de ahí; vete, Yaye, y déjame en mi triste paz.

– Los dos somos viudos, dijo Yaye.

– Pluguiera á Dios que no lo fuésemos, repuso doña Isabel.

Ennegrecióse el semblante del emir.

– ¿Habré yo vivido soñando? dijo.

– Sí, contestó doña Isabel; toda tu vida ha sido un sueño, y un sueño horrible.

– Pero es que quiero despertar de ese sueño: es que quiero olvidar lo que por mí ha pasado: es que quiero volver á la vida, renacer transformado en otro hombre: es que desde hace algun tiempo, veo claramente que Dios aparta de mí su mano y maldice todas mis obras: ¿será tambien que Dios haya maldecido mi sincero amor, la luz que continuamente ha alumbrado mi existencia? ¿será que trás tantos años de esperar y de sufrir, haya tambien de renunciar á tí, á tí á quien he buscado en vano, á tí á quien adoro y á quien me amparo perdida ya la esperanza de todo?

– ¿Y la patria á quien me sacrificaste, Yaye?

– ¡La patria! ¡la patria! exclamó con sordo acento el emir; ¡no hay esperanza para la patria como no la hay para mí!

– Lo que habeis hecho vosotros los ambiciosos, dijo doña Isabel, ha sido mantener el descontento entre los moriscos; excitarlos á la rebelion, en vez de aconsejarles una sumision que hubiera hecho mas blando el yugo del conquistador. Pero los moriscos han resistido, excitados por vosotros, los que queriais ser á costa suya; se han rebelado una y cien veces, han resistido de todo punto la conversion, se han hecho temibles á fuerza, de indómitos, y solo han conseguido venir al punto de un rompimiento fatal: esta mañana, ¡oh Dios mio! ¡esta mañana he visto morir una familia delante de mis ojos! he visto el templo del señor manchado de sangre y… ¡te he acusado Yaye!

– ¡Isabel! exclamó el emir.

– Sí; yo no puedo hacer otra cosa que acusarte. ¡Acuérdate!

– ¡Isabel! repitió Yaye.

– ¿Qué has hecho de tus hijos, emir de los monfíes? exclamó con acento solemne y doloroso doña Isabel.

– ¡Oh! ¡calla! ¡calla! exclamó Yaye con terror: y luego añadió con voz sorda y reconcentrada: mis hijos estan malditos de Dios.

– ¡Oh! ¡si! exclamó doña Isabel: malditos de Dios porque son hijos del adulterio.

– Pero ya te he dicho que mi vida ha sido un sueño horrible: que necesito tu amor para ahogar en él mis recuerdos… mis remordimientos… porque tengo remordimientos, Isabel… remordimientos crueles… y tú… tú eres la primera causa de esos remordimientos.

– ¡Yo…!

– Si, tú, porque tú fuiste mi primera víctima.

A esta confesion tan franca, tan espontánea, la generosa doña Isabel no supo qué contestar.

– Cuando yo te conocí, continuó Yaye, alentado por el silencio de doña Isabel; cuando yo te conocí, abria mis alas al viento de la vida, volaba de frente, al sol, le miraba cara á cara, y en vez de deslumbrarme, me parecia el sol pequeño. Sin embargo, te amaba Isabel, te amaba: aun no se ha cerrado la dolorosa herida que abrió en mi alma nuestra separacion; solo la muerte de Miguel Lopez y la certeza de que no fuiste suya, pudo calmar la desesperada amargura que sintió mi alma al verte su esposa. Yo te necesitaba para llegar á mis sueños de gloria, como la nube fresca y olorosa que debia sustentarme en mi vuelo por el espacio. Durante veintidos años he estado pensando continuamente en tí; llorándote á mis solas, ó entregado al furor por no poseerte: durante veintidos años, me has esquivado, te has apartado de mí, y yo que siempre he estado á tu alrededor, no me he valido de los mil medios con que contaba para apoderarme de tí, porque no podia decirte: soy tuyo, enteramente tuyo: tú eres mi Dios y mi patria; mis altares y mi honra: tú lo eres todo para mí, noble y pura mujer engrandecida por el martirio.

Doña Isabel miraba fascinada á Yaye: podia decirse que su magnífica hermosura se habia transfigurado.

Yaye creia ver alrededor de su cabeza una aureola de luz.

La desdichada se habia apoyado desfallecida en el respaldo de su sillon, y miraba de hito en hito á Yaye.

Y un amor inmenso, sin reserva, apareció en su rostro en una explosion de felicidad; pero de repente, aquel hermoso semblante se nubló de nuevo bajo su pálida tristeza; el fuego divino de sus ojos se apagó bajo dos brillantes lágrimas, y oprimiéndose el pecho sobre el corazon, exclamó:

– ¡Ya es tarde!

Yaye se estremeció.

Aquella terrible frase ¡ya es tarde! hacia mucho tiempo que se presentaba ante sus ojos saliendo al encuentro de todos sus proyectos.

– ¡Tarde! ¡tarde aun para arrepentirse!

– Tu arrepentimiento no puede evitar las desgracias que nos amenazan, exclamó dolorosamente doña Isabel. ¿Qué vá á suceder en Cádiar esta noche?

Yaye se estremeció.

– Es necesario vengar á nuestro pueblo, dijo con voz ronca.

– Y para ello es necesario que se ensangrienten tus hijos, que se cubran de crímenes. Me destrozaste el corazon como amante, y ahora me le destrozas como madre. ¿Qué vá á ser de nuestro hijo, Yaye?

Y arrebatada por su pasion de madre, doña Isabel levantó la voz mas de lo que hubiera debido.

– ¡Oh! ¡silencio! ¡silencio, imprudente! exclamó el emir palideciendo de una manera mortal: cuando yo entré aquí estaba contigo una mujer terrible, esa italiana, esa farsanta… nos hemos olvidado de todo al vernos solos, y no hemos cuidado de la seguridad de nuestra entrevista.

Y Yaye tomó una bujía y salió á una habitacion inmediata.

– Afortunadamente no habia nadie, dijo volviendo á entrar; he cerrado las puertas y podemos hablar sin temor: pero es necesario que nos decidamos pronto: tu hermano no podrá entretener por mucho tiempo á nuestro hijo: escúchame Isabel, y escúchame como quien vá á salvar ó á perder irremisiblemente á una criatura: estoy cansado de la vida: la fatalidad me ha convencido de que todo lo que haga para salvar á mi pueblo será inútil: antes de empezar la lucha estan divididos; tu hermano, mis hijos, todo morisco que vale algo, que puede algo quiere la corona: se levantan á un tiempo, pero con el odio en el corazon los unos para los otros: esto acabará mal: Selin II que podria ser para nosotros una poderosa ayuda, está demasiado entretenido con los venecianos, y nada hará por el momento: Felipe II sujeta á Flandes con el severísimo gobierno del duque de Alba, y los hugonotes estan acobardados en Francia: la reina Isabel de Inglaterra contemporiza y no he podido meter la rebeldía en Italia: todo nos sale mal. Desde hace año y medio, Dios se ha encargado de mostrarme palpablemente que yo seré el último emir, que nuestros hijos seran los últimos moros de España.

– Hace veintidos años, pensaba yo del mismo modo: veia á pesar de mi juventud, que la lucha de los moriscos contra el rey de España era una lucha insensata: veia con dolor á mis hermanos empeñados en esa lucha… pero ya no es tiempo de hablar de eso, aprovechemos el tiempo Yaye, porque es necesario que nuestra entrevista concluya pronto, porque sufro demasiado. ¿A qué has venido con mi hermano, amparándote de él?

– He venido á decirte: sé mi esposa.

– ¿Y para qué se ha llevado mi hermano á nuestro hijo?

– Para que nuestro hijo sepa que yo le dejo mi herencia.

– ¡Tú herencia!

– Sí; yo abdico en él mi dignidad de emir de los monfíes.

– ¡Dios mio! ¡mi hijo rey de tus bandidos!

– Mis bandidos le haran mejor de lo que él seria sin ellos.

– Pero… en vez de evitar…

– Yo no puedo evitar nada. ¡Dios lo quiere! Aben-Aboo es ambicioso, Isabel.

– ¡Oh Dios mio!

– Y no podrás acusarme de que yo he excitado su ambicion.

– ¡Oh no!

– Los parientes de Miguel Lopez, su ascendencia, su nombre, todo le ha alentado para fundar esperanzas ambiciosas sobre la corona de Granada; ademas, Isabel, la fatalidad me hizo traer hace año y medio á las Alpujarras á mi hija Esperanza.

– ¡Ah! ¡pobre niña! exclamó doña Isabel.

– La fatalidad ó mi ambicion, ó Satanás, han determinado su destino. Esperanza cayó entre los brazos de un castellano, y fue necesario ocultar su deshonra. Mi alcázar subterráneo la ahogaba: entonces y mientras le construia un pequeño palacio en Yátor, Esperanza salió á respirar el aire libre por las noches y por las mañanas.

– ¡Ah! ¡la Dama blanca de la montaña!

– ¿Quién fue el primero que pronunció este nombre? La fatalidad sin duda. No podia haberse elegido un nombre mas misterioso ni mas incitante. ¡La Dama blanca de la montaña! ¡la hermosísima Dama blanca! y como si la fatalidad no hubiera quedado satisfecha, extendió este nombre por todas las Alpujarras: le llevó á los oidos de todos los moriscos, y acreciendo la fatalidad, Aben-Humeya y Aben-Aboo, la buscaron, la vieron escondidos en las quebraduras y… se enamoraron de ella sin conocerla; de ella… de su hermana…

– ¡Oh! ¡que horror!

– Luego sospecharon que era mi hija… despues esta sospecha se convirtió en certidumbre y entrambos me la pidieron por esposa.

– Dios te castiga de una manera tremenda Yaye, y el castigo de tu culpa recae sobre los que han tenido la desgracia de pertenecerte. Tú has condenado á tu amor y á tu familia: tú has hecho maldito á todo lo que has tocado con tu mano.

– Mi culpa ha sido haber amado á mi patria y habérselo sacrificado todo… mi culpa ha sido…

– Haber ambicionado lo imposible, haber mirado con desprecio la felicidad sencilla, humilde, pero tranquila, sin remordimientos. Has querido salvar á tu pueblo y le has perdido.

– Sea como quiera ya es tarde para volver atrás: vale mas morir luchando, que ser martirizados lentamente dia por dia, hora por hora, minuto por minuto: en el punto en que estan las cosas… y no nos engañemos, en el punto en que yo las encontré… la lucha la guerra, han sido y son la única, la última esperanza de nuestro pueblo. Nuestro hijo ha tenido la desgracia de nacer de tí…

– ¡Ah! exclamó doña Isabel!

– Y acaso, si hubiera sido hijo de Miguel Lopez, si este hubiera vivido, fuera mas feroz, mas impetuoso. La sangre de los Válor que corre por sus venas es la que le da soberbia: si fuera hijo de otra mujer…

Yaş sınırı:
12+
Litres'teki yayın tarihi:
28 eylül 2017
Hacim:
1330 s. 1 illüstrasyon
Telif hakkı:
Public Domain