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Kitabı oku: «Los monfíes de las Alpujarras», sayfa 58

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CAPITULO XXI.
Continuacion del anterior

Anunciaron á Yaye que acababa de llegar á la heredad el beneficiado y el sacristan de Cádiar.

Yaye mandó introducir al momento á Juan de Ribera.

– ¡Oh, qué dia! qué dia tan aciago, exclamó el beneficiado apenas vió á Yaye.

– ¿Pues qué sucede? contestó el emir.

– Sucede… vamos… no sé cómo he podido escapar para cumpliros mi promesa… sucede que el Santo Oficio ha venido á la villa.

– Ya lo sé.. vos mismo me lo dijísteis.

– Es verdad… pero tengo la cabeza trastornada… ¡qué escándalo y qué dolor, Dios mio!.. y que la tenacidad de esos desdichados nos obligue á ver tales cosas…

– ¡Ah! ¡la muerte de esa morisca… de esa Malicatulzarah..!

– ¡La sabíais…!

– Yátor está cerca de Cádiar.

– ¡Pero no sabreis…!

– Si, si; sé y me pesa, que su marido Adel, el tejedor, que estaba enfermo, ha muerto tambien: pero el anciano padre y los pequeñuelos huérfanos estan amparados.

– ¡Por vos, siempre vos en todas partes donde hace falta la caridad! ¡Cuando digo que sois un santo!

– No soy santo, pero creo que entre estas gentes se adelanta mas con la blandura.

– ¡Hum! dijo el beneficiado; son duros como rocas.

– Ya veis si yo he convertido gente.

– Dios os da la gracia.

– No, sino que obro de distinto modo que el inquisidor que ha venido á visitar á Cádiar… Me han dicho que ha obrado con muy poca caridad.

– Es un tanto duro el señor Molina de Medrano, pero muy religioso, eso sí… figuraos que aunque acababa de dejar el camino, no ha querido reposar ni comer hasta que se ha purificado la iglesia que habia quedado impura por la sangre que en ella se habia vertido. Por esa razon he venido mas tarde y os he hecho esperar… pero en cambio se ha labado el templo de su impureza, gracias á las ámplias facultades que trae el señor Molina de Medrano y podrá celebrarse en él la Pascua… de otro modo la iglesia hubiera estado impura algunos dias.

– ¡Gracias á Dios! asi tendremos misa del gallo.

– A la que me alegraría mucho que asistieseis: celebrará el señor inquisidor Medrano: yo seré diácono y el licenciado Arias subdiácono: tendremos villancicos en que cantará con su hermosa voz… una dama que vos apreciais mucho, y otra señora que ha venido á su casa…

– Doña Isabel de Válor, ¿y la otra?

– Una gran señora.

– ¡La princesa Angiolina Visconti..! Os prometo ir.

– Con vuestra noble hija.

– ¿Conoceis vos á mi hija?

– No señor, pero he oido ponderar su virtud y su hermosura.

– Mi hija no está aquí en estos momentos.

– ¡Qué desgracia!.. pero en fin, os tendremos á vos.

– Indudablemente: pero vamos á lo que importa.

– Si, á la conversion del Ferih de los Berchules.

– Pues no tenemos el gusto de bautizar á ese descreido.

– ¡Cómo! ¿por qué?

– Porque mientras yo fuí á veros, el tal bandido se ha escapado.

– ¡Cómo! ¿pues no estaba herido, y herido de peligro?

– Eso mismo me he dicho yo: no lo comprendo, pero lo cierto es que se ha escapado… yo lo he sentido mucho y vos, no debeis sentirlo menos.

– ¡Oh! ¡siéntolo en el alma! ¡un miembro podrido que continúa separado del cuerpo de los fieles!

– Y aun por algo mas debeis sentirlo, señor beneficiado, porque segun creo, aunque vos me habeis guardado el secreto, Melik el Ferih, es padre de una morisca, de una Mariblanca que es vuestra ama.

– ¡Ah! dijo el beneficiado no pudiendo evitar un estremecimiento: vos lo sabeis todo.

– ¿No veis que busco al bien, y para practicarle tengo por todas partes gentes que se informan de todo?

– ¡Ah! dijo el beneficiado que empezaba á sentir algun recelo.

– Por eso, porque lo sé todo, vuestra venida, á pesar de la fuga del Ferih, no es inutil. No os ireis sin bautizar una mora, y aun mas sin casar á una mora y á un cristiano, padres de la no bautizada.

– ¿Y por qué no bautizar tambien á la madre?

– Por la sencilla razon de que, desde que nació la madre es cristiana.

– ¡Ah! ¡una morisca!

– Algo mas que una morisca: una sultana.

– ¡No os comprendo! dijo el beneficiado que se sentia mal, y que iba viendo transformarse en otro hombre distinto del que habia visto hasta entonces á Yaye.

– Pues es muy fácil de comprender: la dama á quien vais á casar es hija del emir de los Monfíes: en una palabra, es mi hija.

– ¡Vos!.. exclamó el beneficiado y no pudo continuar.

Anudósele la voz en la garganta; se puso pálido como un cadáver, tembló, se anonadó; quedó tal como si la tremenda cabeza de Medusa, con toda su terrible virtud y sus sierpes ponzoñosas se hubiese presentado ante su vista.

– ¡Qué os espanta! ¿no sois vos el que con tanta crueldad habeis martirizado á los pobres moriscos? ¿no sois vos el que habeis arrebatado los hijos á sus madres y los habeis enviado á los hospicios del rey? ¡Habeis tenido valor suficiente para remitir las súplicas desesperadas, las lágrimas, los gritos de angustia de las desdichadas á quienes arrebatabais los hijos de sus entrañas, y os falta delante de mí que ningun mal he de haceros, puesto que habeis venido bajo el seguro de mi palabra!

Tranquilizóse un tanto el eclesiástico.

– ¿Pero quién habia de creer..? dijo: yo hubiera jurado…

– Que yo el don Alonso de Fuensalida á quien conociais, era el mayor cristiano del mundo…

– Vuestras obras… vuestra caridad…

– Si, es cierto: mi caridad hácia los mios, me ha obligado á presentarme ante vos encubierto con un nombre castellano, á captarme vuestra voluntad con donaciones hechas á vuestra iglesia, á fingirme catequizador de moriscos, cuando en verdad solo se bautizaban los infelices por sugestion mia, para evitar las crueldades que so pretesto de religion cometiais con ellos: si es cierto: mi caridad para con los moriscos ha sido grande, porque lo que he hecho en Cádiar lo he hecho tambien en las demás villas de las Alpujarras. Pero no hablemos mas de esto. Procurad tranquilizaros, porque os lo repito: aunque os encontrais entre monfíes, nada os acontecerá: por muy cruel y fanático que seais, aunque mereciéseis un terrible castigo, os he llamado yo, porque os necesito, y estais tan seguro como si os cobijara el trono del rey de España.

– ¿Y para qué me necesitais, señor? dijo el beneficiado no bien repuesto á pesar de las tranquilizadoras palabras de Yaye, y tratándole con tanto respeto cuanto era su miedo.

– Ya os he dicho para lo que os necesito: para casar á mi hija y bautizar á mi nieta.

– Estoy dispuesto á obedeceros, señor.

– Con vos ha venido vuestro sacristan que se ha quedado fuera.

– Si señor.

– ¿Sabe ese hombre á lo que venis?

– Le he dicho que se trataba de bautizar…

– Bien, por eso no quede, haremos una farsa; mandaré á uno de los mios que se meta en cama…

– Pero…

– ¿Y qué os importa á vos pronunciar algunas palabras y verter una poca de agua sobre la cabeza de un hombre?

– Lo que yo temo, es que maese Barbillo que es muy ladino conozca que no se trata de un herido.

– Descuidad que la farsa se hará bien. Ahora vamos á otra cosa. Es necesario que la fecha de ese casamiento y de ese bautismo se anticipen.

– No os comprendo bien.

– Vais á comprender al momento.

Yaye sacó de su bolsillo una cartera, y de aquella cartera dos papeles doblados, y los presentó á Juan de Rivera.

Eran dos partidas de casamiento y de bautismo; la una estaba fechada en 30 de setiembre de 1567, la otra nueve meses despues. Solo faltaba la firma del beneficiado.

– ¿Pero no veis, dijo Juan de Ribera, que estas partidas no pueden constar en el libro de la parroquia ni con los folios que aquí tienen?

– Descuidad: el libro de la parroquia desaparecerá sin que os puedan hacer cargo. Ya comprendereis que tratándose de mi hija y de mi nieta, tengo un gran interés en que estas partidas no aparezcan falsas; á vos os interesa tambien porque… pienso demostraros mi agradecimiento de una manera digna de mí.

Y Yaye abrió un cajon de su mesa, y sacó de él uno trás otro, veinticinco columnas compuestas por veinticinco dorados doblones de á ocho cada uno.

– Si, si, es verdad: sois el mismo generoso señor de siempre, pero encuentro una dificultad.

– ¿Cuál?

– ¿De quién es hija la dama que se va á casar?

– Es hija mia.

– Aquí dice: la excelentísima señora doña Esperanza de Cárdenas, duquesa de la Jarilla, grande de España, hija del excelentísimo señor don Juan de Andrade, duque viudo de la Jarilla.

– Es que yo soy ese.

– ¿Pero no sois entonces el emir de los monfíes?

– Tambien lo soy; para que os aclare mas dudas, preguntad al inquisidor Medrano, ya que le teneis en la villa, y aposentado en vuestra casa, quién es el duque viudo de la Jarilla: él me conoce bien.

– ¡Ah!

– Lo que importa es que firmeis estos documentos, porque se va haciendo tarde, y teneis que volver antes de la noche á Cádiar.

Juan de Ribera firmó.

Yaye guardó de nuevo las dos partidas, y dijo:

– Vamos y terminemos. Casareis á mi hija, bautizareis á mi nieta, y despues haremos delante del sacristan la farsa del bautismo de Melik-el-Ferih, del padre de vuestra ama.

– Vamos á donde querais, señor.

Yaye y el beneficiado desaparecieron por una puerta.

Pasó una hora, y maese Barbillo fue llamado.

Atravesó la cámara acompañado de un lacayo y desapareció por otra puerta.

Media hora despues, el lacayo y Barbillo volvieron.

– Es mucha, mucha, la caridad cristiana de don Alonso, dijo con cierto intencionado sarcasmo Barbillo al atravesar la cámara: pero creo que ese buen Ferih no está tan gravemente herido como dicen. ¿Eh? ¿qué decís vos?

– Digo, contestó el lacayo, que no era otra cosa que un monfí, mirando fijamente á Barbillo, que jamás me entrometo en las cosas de mi señor.

Y salieron por otra puerta.

Apenas habian salido, cuando entraron de nuevo en la cámara Yaye y el beneficiado.

– Ya que habeis casado á mi hija, y bautizado á mi nieta, le dijo Yaye, cuidad de que nadie sepa lo que aquí ha sucedido. Mi hija debe aparecer casada en la fecha que consta en la partida de desposorios. Nadie ha asistido á la ceremonia, mas que mi familia: si esto se sabe… vos lo habreis dicho… y entonces…

– ¡Oh! descuidad, descuidad, señor, contestó todo humilde el beneficiado.

– Y no os atrevais á nada cuando os veais libre y seguro en Cádiar, porque podria pesaros.

– ¿Y cómo me habia yo de atrever, viviendo en las Alpujarras, á faltar á la voluntad de quien tan poderoso es en ellas?

– Y aun fuera de ellas. Mis monfíes estan en todas partes. Oid: en una ocasion, herido gravemente, caí en poder del Santo Oficio. La Inquisicion hubiera tenido un grande placer en quemarme vivo: pero no pudo. Mis monfíes me sacaron de la cárcel del Santo Oficio. Y esto sucedió en Madrid, delante del rey, como quien dice, y del inquisidor general. Guardaos, pues, si apreciais vuestra vida.

– ¿Pero me prometeis, señor, que ningun peligro corro? los moriscos estan inquietos… esta mañana…

– Si; esta mañana se ha cometido un horrible crímen en vuestra iglesia… pero nada temais por ahora… mas adelante podrá suceder… para mas adelante, ya os habré procurado yo una buena prebenda.

– ¡Una prebenda! ¡vos!

– Si por cierto. Si, yo quiero haceros obispo… yo moro, capitan de bandidos, como vosotros decís… sereis obispo.

– ¡Ah, señor! exclamó el beneficiado, arrojándose casi á los piés de Yaye.

– Pero para que yo os favorezca, será necesario que os hagais merecedor de mis favores.

– Descuidad, callaré, os serviré, seré vuestro esclavo.

– Bien: obrando asi obrareis prudente: ahora idos: ya el sol desciende y es necesario que llegueis á Cádiar antes de la noche. Algunos de mis criados os acompañaran hasta la entrada del pueblo, id.

El beneficiado se dirigió á la puerta.

– Se os olvida eso, dijo Yaye, señalándole el dinero que estaba sobre la mesa.

El beneficiado, con vergüenza, no de recibir el dinero, sino por la manera con que lo recibia, guardó el oro en sus bolsillos.

Despues salió con Yaye que le precedia, con las muestras de la mayor distincion y amistad.

Poco despues, Yaye entró de nuevo en la cámara.

– Ha sido necesario, dijo, confiar á ese miserable, para que no hable una sola palabra: difundido este secreto, cualquiera que por casualidad escapase, podria llevarlo á oidos tales, que perjudicasen á mi hija!.. ¡Mi hija! ¿puede hacer un padre mas sacrificios que los que yo he hecho por Amina?

Yaye se pasó la mano por la frente, como si hubiera querido arrancarse de ella una horrible pesadilla.

– ¡Cúmplase la voluntad de Dios! exclamó.

Y luego dirigiéndose á una puerta, la abrió y llamó.

– ¡Suleiman!

Presentóse el mismo monfí jóven que habia burlado un año antes en Madrid al inquisidor general.

– ¿Qué me mandais, magnífico señor? dijo.

– ¿Has mirado bien á ese clérigo? le preguntó.

– Le conocería aunque pasasen muchos años, y le viese entre mil.

– ¿Y al que le acompañaba?

– Si señor.

– Es necesario que esos dos hombres mueran.

– Morirán, señor.

– Vete, y di á mi wazir Harum, que le espero.

Fuése Suleiman, y á poco entró Harum.

Yaye se encerró con él.

CAPITULO XXII.
Lo que hicieron contra el emir Aben-Aboo y Aben-Jahuar

Aquella misma tarde, un jóven con un trage sumamente pintoresco, y con una escopeta al hombro, atravesaba por el áspero desfiladero de una montaña próxima á Cádiar.

El trage de este jóven, consistia en un gorro ó bonete de granada, una chaquetilla de colores vivos, y adornada con alhamares y bordados de plata; una camisa sin cuello, bajo una chupa del mismo color que la chaqueta (jaqueta la llamaban los moros); una faja de seda sobre la chupa, y unos calzones anchos, cortos hasta la rodilla, abiertos por abajo, cuadrados en su abertura, y en las piernas unos botines de grana bordados.

Llevaba ademas sobre la faja un cinto con dos bolsas, llenas la una de balas de hierro, y la otra de pólvora: en el cinto dos largos pedreñales ó pistoletes, y un puñal; pendiente del cinto con dos cordones de seda, un alfange berberisco, y sobre el hombro un albornoz de lana, listado á anchas franjas negras y blancas.

Este jóven era Aben-Aboo.

Con su bello trage morisco, su fisonomía se habia completado: era el infante de Granada, brabío y valiente, con el sello característico de su raza fijo en el semblante, y la expresion sombría y amenazadora del oprimido, que tras largos años de paciencia, se levanta ante su opresor.

Era á punto que el sol se ponia, el cielo hasta entonces limpio y despejado, empezaba á cargarse de oscuras nubes hácia el Norte, y allá entre los altos picos de Sierra Nevada se escuchaba rodar el trueno á lo lejos: frias ráfagas de viento pasaban silbando entre los brazos desnudos de las encinas y las peladas rocas, á las que se veia acudir las águilas para preservarse en su profundo nido de la tempestad.

Aben-Aboo siguió andando á gran paso.

El nublado siguió avanzando con extrañada rapidez, y al fin, al ponerse el sol, un tupido toldo de densas nubes cubrió las montañas.

Algunas gruesas gotas cayeron sobre las rocas.

Aben-Aboo entonces partió á la carrera.

Los que hayan viajado por las Alpujarras, y hayan tenido necesidad de atravesar una rambla para llegar al término de su viaje, comprenderán por qué Aben-Aboo, que tenia que atravesar la rambla de los Ciegos, corria.

A los que no conozcan aquel terreno, les diremos: que basta una lluvia de algunos minutos para que en aquel quebradísimo terreno, las innumerables vias de las vertientes de las montañas, conduzcan á la rambla que viene á ser un punto de reunion, un pequeño arroyo, y que juntos todos estos arroyos produzcan por su inconcebible número una corriente bastante considerable para que no pueda ser atravesada por un hombre.

Cuando la lluvia es fuerte y dura algunas horas, no es ya un rio invadeable, el que rueda por la rambla, sino un torrente monstruoso, atronador, que se extiende de monte á monte, que arrastra árboles y aun rocas: un alubion gigantesco que dura muchas horas despues de haber terminado la lluvia que lo produce, que va á aumentar alguno de los traidores rios de las Alpujarras, y que cuando se extingue deja sobre la rambla un fango arenoso, entre el cual, no es difícil encontrar reses muertas y aun cadáveres humanos.

Por eso corria Aben-Aboo.

La tormenta se le echaba encima, y la lluvia empezaba, lenta si, pero con indicios de aumentarse progresivamente hasta convertirse en un furioso aguacero.

Saltaba el jóven como un gamo de roca en roca, y al fin vió una ancha abertura practicada entre dos rocas gigantes, por la cual se veia un plano ancho, pendiente, de arena blanca y brillante.

Tan blanca era esta arena, que cuando reverberaba en ella el sol, ofendia la vista, por cuya razon la habian llamado la rambla de los Ciegos.

Entre estas dos altísimas y cortadas rocas, habia un hombre cubierto en otro albornoz rayado, que al saltar junto á él Aben-Aboo, desde una breña, retrocedió un paso y preparó su escopeta, exclamando con acento enérgico:

– ¡Párate! ¡la señal!

– ¡Granada y los monfíes! contestó Aben-Aboo.

– ¡Ah! ¿eres tú sobrino? dijo el que esperaba, y dejó caer el embozo de su albornoz.

Era Aben-Jahuar-el-Zaquer.

– ¿Y nuestra gente? dijo Aben-Aboo.

– Estan mas abajo.

– Está con ellos Abd-el-Melik-el-Ferih.

– No; pero ya hemos quedado de acuerdo: nuestra gente se compone de veinte de los mios.

– ¡No son monfíes!

– No; son moriscos y cristianos renegados por delitos, gente dura y braba, que yo estoy reclutando hace tiempo, y cuyo número aumento con todo hombre á proporcion que se me viene á las manos.

– ¿Y sabe el emir que vos teneis esa gente?

– Si lo sabe yo no se lo he dicho.

– ¿Y entonces quien paga á esa gente?

– Los moriscos de Granada y de la Vega.

– ¡Ah! ¿y cuántos son?

– Unos trescientos que podran servirnos de mucho para nuestros asuntos particulares.

– ¿Y para qué habeis traido con vos esos veinte hombres?

– Atravesemos la rambla, sobrino, que la noche y la lluvia se nos vienen encima por fortuna nuestra, y sabrás para lo que he traido conmigo á esa gente.

Y Aben-Jahuar tomó á buen paso hácia las quebraduras del frente seguido de Aben-Aboo.

Cuando hubieron atravesado la rambla, subido un áspero repecho, y penetrado en las quebraduras que habia indicado el tio al sobrino, se encontraron en un terreno extremadamente brabío, oculto bajo el saliente de una roca.

– ¿Ves la Muela del Lobo, sobrino? dijo Aben-Jahuar, señalando una alta roca que se veia á lo lejos hácia el Sur, al pié de una montaña.

– Si por cierto.

– ¿Ves al pié de la Muela una huerta, y en medio de la huerta una casa?

– Sí.

– ¿Y alcanzas á percibir á la poca luz que tenemos, lo que pasa delante de aquella casa?

– Tengo muy buena vista, tio: delante de aquella casa hay tres literas, seis caballos y algunas acémilas que estan cargando con maletas y cofres. Eso indica que la gente que vive en aquella casa, ha olido la tempestad de sangre que se prepara, y huye antes de que se le eche encima. Algunos perros cristianos que piensan ponerse en salvo antes de que arrecie el peligro.

– ¡Bah! en aquella casa hay cristianos y monfíes.

– ¡Cristianos y monfíes!

– Si por cierto: voy á decirte el nombre de los cristianos: primeramente la excelentísima señora duquesa de la Jarilla, doña Esperanza de Cárdenas, ó sino la conoces por ese nombre, la sultana Amina.

– ¡La sultana Amina! exclamó estremeciéndose Aben-Aboo.

– Déjame que continúe mi lista de cristianos: el antes solamente marqués de la Guardia, y hoy duque de la Jarilla por su casamiento con la sultana, don Juan Coloma.

– ¡Ah! ¡mi amigo el marqués! exclamó con un sarcasmo amenazador el jóven.

– Ademas, doña Estrella Coloma y Cárdenas, hija de los excelentísimos duques de la Jarilla.

– ¡Su hija!

– Item: la nodriza de doña Estrella y dos criadas: Calpuc, el indiano, abuelo de doña Esperanza, y bisabuelo de doña Estrella; don César de Arévalo, tio del marqués de la Guardia, ó mejor dicho del duque de la Jarilla, y por último Peralvillo, lacayo del duque.

– Y sin duda allí estará tambien…

– Sí, voy á decirte los monfíes que estan en esa casa: primero el magnífico emir de los monfíes nuestro pariente: luego Harum-el-Geniz, su wazir, Suleiman, su walí, y como hasta cincuenta monfíes.

– ¿Pero á dónde es ese viaje?

– No sé tanto; solo sé que podrá suceder muy bien si tienes valor que hagamos un buen negocio.

– Tio… jugamos el todo por el todo.

– Y á qué nos habíamos de haber puesto estos vestidos berberiscos nosotros y nuestra gente, á qué traer antifaces rojos sino para no ser conocidos. Sígueme sobrino, y confia en mí y en el diablo que nos dará buena suerte.

Aben-Jahuar y Aben-Aboo siguieron las breñas adelante, descendieron á unas ásperas quebraduras y al entrar en ellas, Aben-Jahuar gritó ténuemente como un cuclillo.

En el acto respondió otro grito semejante, y otro y otro.

– Ahí estan, dijo Aben-Jahuar.

– ¿Quién?

– Los mios.

– Pues os juro que hubiera pasado junto á ellos sin notarlos, dijo Aben-Aboo.

– Eso prueba, cuando han podido engañarte á tí, que eres astuto y experimentado como el monfí mas viejo, que engañaran tambien á los monfíes. Ahora, ocultémonos tambien nosotros, y guardemos el mas profundo silencio.

Tio y sobrino se perdieron entre un jaral.

Junto al sitio en que toda esta gente estaba oculta, habia un estrecho desfiladero, y en él una senda escabrosa.

El desfiladero estaba desierto.

Nadie tampoco hubiera sospechado que junto á él habia gente oculta.

Pasó algun tiempo; empezó al fin á llover con mas fuerza, y en el momento en que arreciaba la lluvia, se oyeron resonar pasos de cabalgaduras en la parte baja del pedregoso sendero, y voces de hombres que hablaban descuidadamente.

– Aquijad, aquijad, decia una voz robusta; marchad de prisa, la lluvia arrecia, y mucho será que podamos pasar la rambla de los Ciegos.

– Las mulas no pueden marchar mas deprisa, señor, contestó otra voz: nos vemos obligados á llevar las literas una detrás de la otra.

– Pues aprisa cuanto se pueda, dijo la voz que mandaba.

De repente se oyó un sordo mugido, indistinto y sordo primero, que fue creciendo y aumentándose hasta oirse perfectamente el bramido de las aguas que corrian á alguna distancia.

En aquel punto la lluvia caia á torrentes.

– ¡La avenida en la rambla de los Ciegos! gritó una voz.

– Pues volved, volved atrás; gritó con energía la voz que antes habia mandado; dentro de poco tendremos por aquí otra avenida.

Apenas habia pronunciado aquella voz estas palabras, cuando sonó un tiro: luego otro y otro, sucediendo á esto el rumor de un reñido combate.

Veamos lo que era aquello.

Hemos dicho que la gente de Aben-Jahuar estaba oculta en unos arenales al lado de un pendiente desfiladero: á uno de sus lados se habian ocultado tambien Aben-Jahuar y Aben-Aboo.

Por aquel desfiladero habia aparecido una caravana, que aunque la noche habia cerrado anticipadamente á causa de la tempestad, se veia de tiempo en tiempo á la clara luz de los relámpagos.

Componian esta caravana cuatro monfíes; tras ellos tres literas, cada una de las cuales era llevada por dos mulas una delante y otra detrás, y cada una de estas mulas por un monfí. Luego á caballo, el marqués de la Guardia, Calpuc, el rey del desierto, don César de Arévalo, Peralvillo y Harum-el-Geniz: últimamente como hasta cuarenta monfíes.

En el momento en que, las literas pasaron del lugar donde estaban escondidos con su gente Aben-Jahuar y Aben-Aboo, sonaron los disparos que hemos dicho, y á poco se trabó un combate cuerpo á cuerpo entre los de Aben-Jahuar, y los del emir.

Las literas habian quedado cortadas y delante, y se oia la voz de Amina y las de sus doncellas que pedian socorro, y las imprecaciones en árabe de los monfíes que guiaban las literas.

Uno de los relámpagos iluminó la escena.

– ¡Ah! exclamó con rabia Harum el Geniz que se batia como un lobo: ¡son corsarios berberiscos!

La estratagema de Aben-Jahuar, por lo que vemos, habia producido muy buen efecto.

De repente el pavor se apoderó de todos.

No era un enemigo humano el que les aterraba: eran los elementos: algunos pedazos de roca habian pasado zumbando por el desfiladero y por la parte alta se dejó oir un ronco mugido.

– ¡La avenida! ¡la avenida! gritaron todos.

Y se arrojaron fuera del desfiladero.

No tardó mucho en dejarse ver el torrente que pasó brillando entre la oscuridad como una serpiente inmensa, blanquecina, puesta en fuga y cuya carrera fuera velocísima.

A la luz de los relámpagos vieron Harum, el marqués, y todos los demas, que los que creian berberiscos se perdian entre las breñas al otro lado del torrente que por efecto de la tempestad llenaba el desfiladero.

Por una casualidad no habia quedado entre ellos ni uno solo.

Faltaban los monfíes que precedian á las literas; los que las conducian y Amina, su hija, la nodriza y las doncellas de Amina que eran llevadas en las literas.

Al ver esto el marqués de la Guardia, que era valiente hasta la temeridad, antes de que nadie pudiese impedirlo, se arrojó con su caballo á la avenida, pretendiendo atravesarla.

Un grito de horror salió de todas las bocas.

El caballo y el ginete fueron arrebatados por la corriente.

– Pronto, pronto, á buscar el puente del salto del Gamo, gritó Harum: salvemos á la sultana: la sultana antes que todo.

– Es que, dijo un monfí viejo, no podremos llegar al salto del Gamo.

– Tienes razon Mahdar; el desfiladero del Fraile estaba invadeable: estamos encerrados, señores, añadió con desesperacion; estamos encerrados por la avenida entre una rambla y dos desfiladeros: ¡que se haga la voluntad de Dios!

– Dios ó el diablo nos han protegido, sobrino, decia Aben-Jahuar á Aben-Aboo, entrando con él en Cádiar, en el meson del Cojo, cubiertos con sus capas castellanas; la tormenta nos ha ayudado; de otro modo aunque sin duda hubieramos vencido, alguno de dos nuestros hubiera quedado en poder de ellos y era un mal cabo; ahora… ahora… no salen á bien librar hasta mañana de la prision en que los han puesto las aguas.

– Pero han sucedido horribles desgracias tio, dijo Aben-Aboo, cuyo semblante tenia una expresion ferozmente sombría.

– ¿Y qué importa? ya no es un obstáculo á nuestros proyectos la hija del emir.

Y al decir estas palabras se entró con su sobrino en el aposento en que se habian encontrado aquella mañana.

Poco despues un hombre llamó recatadamente á la puerta, le abrieron y entró. Era el emir.

Yaş sınırı:
12+
Litres'teki yayın tarihi:
28 eylül 2017
Hacim:
1330 s. 1 illüstrasyon
Telif hakkı:
Public Domain