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Kitabı oku: «Los monfíes de las Alpujarras», sayfa 62

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Por las citas anteriores, se vé que en aquellos tiempos habia quien veia claro, y que solo el rey y los clérigos estaban ciegos por su fatal locura religiosa.

Y esta ceguedad, esta monomanía feroz por exterminar todo lo que no era católico, como si el catolicismo no fuese una religion altamente afecta á la discusion y á la libertad, hacen comprender hasta qué punto serian vejados, tiranizados, martirizados los moriscos por aquel doble despotismo, por aquella tenaz ferocidad, por aquella cólera sagrada, por decirlo asi; por aquella intemperancia de mando, por el odioso sic voleo sic jubeo del tirano.

Y esta ferocidad, esta carencia total de miras políticas, ya que no de sentimientos humanitarios, habian hecho precisa, inevitable la rebelion de los moriscos, porque cuando llega á un limite dado la miseria humana, la desesperacion suple con ventaja al valor, y la sed de venganza produce horribles catástrofes, á vueltas de sublimes rasgos de heroismo.

Y cuando un pueblo ha sido insultado, robado, azotado, herido en sus mas intimas afecciones cuando se han visto holladas las canas de los ancianos, separada la esposa del esposo, el hijo de los padres; cuando las sospechas han bastado como si hubiesen sido evidencias para imponer castigos atroces; cuando se han desoido una y cien veces las súplicas humildes; cuando el que manda se ha mantenido inflexible en el mandato cruel; cuando esto sucede, no hay pueblo cobarde, lo arrostra todo, prefiere la muerte aunque sea horrorosa, al martirio lento, continuado, dia por dia, hora por hora, minuto por minuto, y como se lanza á la pelea enloquecido por la desesperacion, excitado por la sed de venganza, se entrega respecto á sus enemigos á las mismas crueldades, á los mismos horrores, á los mismos crímenes de que ha sido víctima.

Los pueblos cuando se insurreccionan en nombre de su derecho, ponen siempre en práctica la tremenda ley del Talion.

Por eso antes de condenar los horrores de una revolucion, es necesario meditar á sangre fria las causas que la han motivado.

Hemos creido necesaria la antecedente digresion, para que nuestros lectores no crean ficciones de una fantasia salvaje, los hechos que vamos á continuar relatándoles.

No los inventamos: únicamente los ordenamos y los trascribimos con la historia á la vista, apoyándonos en su testimonio.

CAPITULO XXVII.
Continúa el asunto interrumpido en el anterior

La iglesia de la villa de Cádiar, era teatro de una orgía de sangre.

Melik-el-Ferih, enloquecido por el reciente recuerdo de la desastrada muerte de Alida, y por la dolorosa causa que habia motivado aquella catástrofe, estaba ébrio de sangre y sediento de venganza.

Aben-Aboo, con la mirada sangrienta como un lobo, arrastraba desde la sacristía al presbiterio, asido por el cuello al inquisidor Molina de Medrano que tropezaba embarazado por sus largos y rígidos ornamentos pontificales.

Al ver Melik-el-Ferih aquel grupo á la viva luz de las cien velas que aun ardian en el tabernáculo, saltó del monton de cadáveres en que habia subido, y se lanzó hácia el presbiterio, pero antes de llegar á él tropezó en un muerto y cayó.

Al levantarse vió ante sí una mujer pálida, de rodillas, mirándole de una manera ansiosa, y procurando ocultar entre sus brazos, entre sus ropas, á una criatura.

Aquella mujer para salvar á su hija se habia acurrucado entre los muertos, y solo se habia alzado al ver caer junto á ella el monfí.

Melik-el-Ferih contempló á la madre y á la hija con una mirada tal, en que habia tan feroz, tan cruel alegría, que la pobre madre se estremeció.

– ¡No la mateis! gritó: no mateis á mi hija: mi hija no os ha hecho ningun daño.

– ¿Y qué daño habia hecho mi hija á los cristianos? gritó el Ferih mezclando á sus palabras una carcajada insensata.

– ¡Ah! ¡teneis una hija! dijo la infeliz: pues bien, por la vida de vuestra hija, no mateis á la mia.

– ¡Por la vida de mi hija! exclamó el Ferih.

Y sus ojos rodaron de una manera espantosa en sus órbitas.

La infeliz madre dió un grito horrible.

El Ferih la habia arrebatado la pobre criatura asida por el cuello, y la habia abierto de una sola puñalada: despues habia arrojado aquel miserable despojo palpitante á los piés de la madre, y de un salto se habia puesto en el presbiterio y asido al inquisidor Molina de Medrano.

– ¡No le mates! ¡no le mates! exclamó Aben-Aboo: una puñalada es poco castigo para este infame lobo: ¡no le mates, Ferih!

– ¡Matarle! no por cierto… ya verás… ya verás… la noche es nuestra, y es necesario que nos divertamos… vamos á divertirnos mucho…

El solo anuncio de aquella diversion, de que sin duda iba á ser él el protagonista, despegó la carne de los huesos del inquisidor.

El Ferih entre tanto habia acercado uno de los tres sillones del presbiterio, y le habia puesto sobre el altar.

– Siéntate ahí, dijo el Ferih: te ponemos en un trono… no tienes por qué quejarte te vamos á adorar, faquí de los cristianos: vamos sube: ¿no quieres ser rey?

– No puedo subir, soy viejo; exclamó llorando el inquisidor: tened compasion de mi.

– ¡Ah! ¿no puedes subir? dijo Aben-Aboo, por eso no quede: échamelo acá, Ferih, añadió desde el altar á donde habia subido de un salto.

El Ferih asió por la cintura al inquisidor y le levantó: Aben-Aboo le asió por el cuello le puso sobre el altar y le sentó rudamente en el sillon.

Desde aquel momento puede decirse que Molina de Medrano no vió ni sintió mas que un terror pánico: todo daba vueltas en derredor suyo, pero cubierto de una niebla densa, azul, inpura, y el miserable temblaba, pero de una manera exclusivamente orgánica.

– No basta, no basta eso: dijo el Ferih: es necesario asegurarle en su trono.

Y volviéndose hácia el fondo de la iglesia donde continuaban el degüello y las crueldades, tocó por tres veces la bocina.

Cesó la matanza y un numeroso grupo de monfíes adelantó hasta el presbiterio, y se pusieron á reir y á señalar con ademanes grotescos al inquisidor.

– ¡Ah, valientes mios! dijo el Ferih: ved á este respetable señor encaramado en su silla, vestido de oro y rodeado de luces, ni mas ni menos que como los ídolos que han querido que adoremos: pero este trono es todavía poco resplandeciente.

– Es verdad, si, es verdad.

– Aumentemos el resplandor de su trono.

– Pongamos fuego al altar.

Y algunos adelantaron blandiendo sus antorchas.

– Esperad: esperad, dijo Aben-Aboo: ¿no veis que tanto resplandor puede parecerle demasiado y hacerle huir de una gloria de que se creerá indigno? es necesario que se vea obligado á recibir nuestros homenajes. Buscad cuerdas, y sino las halláreis, vengan las de vuestras ballestas.

– Dice bien.

– Asegurémosle en su trono.

– Que no pueda escapar.

– Como no pueden escapar los sentenciados por la Inquisicion.

– Como no pudo escapar mi padre, á quien vi revolverse como una sabandija por entre las llamas.

– Ni mi madre á quien quemaron porque decian que era bruja.

– ¡Allah Ahbar! (Dios es grande).

– ¡Allah Galib! (Dios es vencedor).

– ¡Allah Rahman! (Dios es misericordioso).

Y sin saber de donde, salieron á plaza cordeles, y en medio de un tumulto espantoso de carcajadas y silbidos, el inquisidor fue fuertemente atado á la silla, y la silla no menos fuertemente atada á las columnas del tabernáculo.

Volvieron á avanzar los implacables monfíes con las antorchas.

– Esperad, esperad: aun no es tiempo: traed acá á cuantos cristianos encontreis.

Extendiéronse los monfíes por la iglesia, y á poco volvieron trayendo á empellones como unas veinte personas entre hombres, mujeres y niños.

– Pocos son, dijo Aben-Aboo: pero ahí veo á mi buen amigo Lope Gutierrez, corregidor de la villa. ¿Eh? ¿que te parece de esto?

El corregidor tan feroz antes, cuando mandaba, cuando se creia fuerte, rompió á llorar.

– Yo no os he hecho ningun daño, dijo: yo era mandado; me lo mandaba el rey.

– ¿Y te mandaba el rey, dijo una morisca jóven y hermosa, saliendo de entre la multitud, que para obligar á una mujer á ser tuya, la amenazases con ahorcar su padre, y vender por esclavos á sus hermanos?

– Yo no he hecho eso… yo no he hecho eso, os lo juro.

– ¿Me conoces? exclamó la morisca arrancando una antorcha á un monfí, acercándola á su semblante, y acercándose al mismo tiempo al corregidor Lope Gutierrez, que retrocedió.

La morisca le miraba con los ojos dilatados escandescidos como los de una bacante.

– ¿Me conoces al fin Lope Gutierrez? repitió la morisca; tú me deshonraste, y no bastó mi sumision á tus deseos: poco tiempo después á pretexto de que eran monfíes ahorcaste á mi padre, y echaste á galeras á mis hermanos.

– ¡Ah! ¡no! ¡no! exclamó el corregidor.

– Ese miserable me abofeteó á pretexto de que no me habia quitado el sombrero en su presencia, echó á galeras á mi hijo porque tomó la defensa de su anciano padre, mi pobre esposa murió al verse separada en su ancianidad de su hijo, y despues me vi reducido á la indigencia: mis bienes, unas escasas tierrecillas habian sido confiscadas: ¡vengadme, hermanos!

– Ese miserable mató á mi amante porque no quise ser su manceba.

– Ese hombre deshonró á mi hija.

– Ese hombre es nuestro, exclamaron las mujeres apoderándose de él, y sacándole arrastrando de la iglesia.

– Hé aquí un buen exámen de doctrina cristiana, dijo Aben-Aboo volviéndose al inquisidor que no le oia. Dejad, dejad á esas buenas muchachas que despachen á su gusto al señor corregidor: no lo querais todo para vosotros. ¿Quién es aquel que se esconde detrás de esotro que está tan cabizbajo?

– El cabizbajo es el alguacil Truchuela, un bribon que merece ser desollado vivo: el que se esconde es el escribano Diego de Angulo.

– ¡Ah! ¿con que sois vos el escribano que no tenia mas placer que fulminar procesos para engordar con las costas perdiendo hombres? ¿y vos maese Truchuela el alguacil que prendia con perro á los moriscos?..

Rompieron á dar alaridos los dos acusados.

– Colgad de los piés á esos dos perros, dijo Aben-Aboo.

No le escucharon sordos ni remisos, porque media docena de monfíes asieron del alguacil y del escribano, y los colgaron cabeza abajo de la verja de una capilla.

Los miserables gritaban de una manera horrorosa.

– Ponedles mordazas, gritó uno.

Poco despues aquellos hombres dejaron de gritar.

– ¿Qué mujer es aquella exclamó el Ferih que está detrás de aquellos dos soldados castellanos?

– Yo soy doña María de Cáceres, dijo aquella mujer que era bastante hermosa, y que lloraba silenciosamente adelantando hácia el presbiterio.

– ¿Quién tiene que quejarse de esa mujer? dijo Aben-Aboo que se habia constituido en único juez de un tribunal ejecutivo.

Nadie contestó.

– Ya lo veis, nadie tiene que quejarse de mí, contestó con acento sereno doña María.

– ¿Y por qué lloráis? ¿creeis que los moros somos tan infames como los castellanos? ¿creeis que nosotros sentenciamos á los inocentes solo por el placer de verter sangre?

– Lloro, dijo doña María, porque he visto muchas desdichas.

– ¿Qué pretendeis hacer con esa mujer? dijo una de las moriscas que volvían de dar fin del corregidor. Esta cristiana es nuestra.

– ¿De qué teneis que acusarla? dijo Aben-Aboo.

– ¡Acusarla! ¡por el contrario, tenemos mucho que decir en su favor!

– Es caritativa.

– Es buena.

– Ha dotado á muchas doncellas.

– Ha remediado muchas desdichas.

– Es la madre de los infelices.

– Una sola condicion y os libro, dijo Aben-Aboo.

– ¿Y qué condición es esa?

– Abrid los ojos al conocimiento de la santa ley del Dios altísimo y único.

– ¡Qué reniegue de Jesucristo! exclamó con horror doña María.

El Ferih que desde que habia empezado este diálogo habia templado su ballesta y armado en ella una jara, se echó de repente la ballesta al rostro, y exclamó disparándola sobre doña María:

– Mi hija tambien era inocente y ha muerto.

Doña María cayó sin exhalar un gemido.

– ¡Oh! ¿qué has hecho? exclamó horrorizado á pesar de su ferocidad Aben-Aboo.

– Estamos perdiendo el tiempo, gritó el Ferih: yo he sido encargado por el emir de hacer justicia en la villa de Cádiar… ¡ea mis valientes! acabad con esos perros… y tú clérigo, tostador de criaturas de Dios, añadió volviéndose al inquisidor que continuaba alelado por el miedo, muere como debes morir.

Y tomando una antorcha de manos de un monfí, se encaminó al altar.

– ¡Detente, Ferih! exclamó una voz poderosa, terrible, llena de autoridad y de mando en el fondo de la iglesia.

El Ferih quedó inmóvil en el lugar en que se encontraba cuando resonó aquella voz: los monfíes que habian empezado de nuevo la matanza, se detuvieron tambien.

Entre tanto un hombre armado como los caballeros moros del tiempo de la conquista, con corona en la cabeza é insignias de califa, adelantó evitando pisar los cadáveres, pero sin poder evitar teñir sus piés de sangre.

Detrás de él ondeaba un estandarte rojo, en cuyo centro se veian las armas de Granada, y tras el estandarte seguia un escuadron cerrado de monfíes.

Aquel hombre era el emir Yaye-ebn-Al-Hhamar.

– ¿Qué es lo que estais haciendo? exclamó: ¿es esto lo que yo te he mandado hacer Ferih: es esto lo que conviene hacer á un caballero Aben-Aboo?

Ni el Ferih, ni Aben-Aboo, contestaron: pero se levantó un sordo murmullo entre los monfíes que estaban en la iglesia á la llegada del emir.

– ¿Quién se atreve á murmurar, cuando su señor habla? exclamó con voz tonante Yaye, revolviendo en torno suyo una mirada amenazadora: ¿hay alguno que se atreva á levantar la voz, ni los ojos, ni un solo dedo, cuando habla su emir?

Nadie contestó: nadie se movió.

– ¿Qué es lo que miro en rededor mio? exclamó creciendo en su cólera Yaye: ¡mi vista solo encuentra cadáveres!

– Cadáveres de castellanos, señor, contestó humildemente Aben-Aboo.

– Pero entre esos cadáveres hay viejos, niños y mujeres: doncellas que han sido violadas, madres delante de cuyos ojos se han degollado los niños de pecho. ¿Quereis acaso igualar y aun exceder las crueldades de los castellanos? ¿Pensais acaso que porque este es un lugar de idolatria, no está presente en él el Dios altísimo y único?

– ¡Señor! murmuró Aben-Aboo.

– ¡Basta! exclamó Yaye: los que se precian de valientes no se ensangrientan en los débiles: los que se precian de justos no sacrifican inocentes: los que se creen buenos muslimes deben temer á Dios, á Dios que escribe en el libro de su justicia la sentencia de los asesinos con la sangre de los débiles.

– Hemos sufrido cuantas desdichas, cuantas crueldades, cuantas humillaciones puede sufrir un hombre, dijo el Ferih.

– Los crímenes agenos, deben inspirarnos horror, no deseo de imitarlos: repuso el emir: ademas, si hemos de triunfar es necesario que sepamos obedecer. ¿Qué te habia ordenado yo Ferih?

Melik no contestó.

– Te dije, cerca la villa, que no salga de ella un cristiano…

– Degüella y mata, me dijiste.

– Si, pero degüella y mata á los clérigos, á los ministros de justicia, y á los soldados: pero sé justo y clemente con los que no han cometido otro delito que no ser moros como nosotros.

– ¿Qué estas hablando de justicia y de clemencia, emir, á quien como yo ha visto su hija deshonrada; á quien la ha visto morir á consecuencia de las infamias de los castellanos; á quien la ha mirado espirar, gritando de dolor entre sus brazos y pidiéndole venganza? ¡Mi hija! ¡mi pobre Alida queda allá muerta entre las breñas, y me pides templanza á mi, á quien despedazan la rabia y el dolor!

Y el Ferih rompió á llorar como una mujer.

Hubo algunos momentos de solemne silencio, durante el cual solo se oyeron los gemidos de los que espiraban á consecuencia de sus heridas.

– Desatad ese clérigo que está en el altar, dijo el emir.

Pareció reanimarse á estas palabras Molina de Medrano.

– Ved, señor, dijo Aben-Aboo, que este es el miserable que causó esta mañana la muerte de la infeliz Malicatulzarah y de su esposo Adel: ved señor que es un lobo sediento de sangre.

– Ese hombre debe morir, y morirá, pero no de la manera horrible, cruel con que ellos matan á sus víctimas.

El inquisidor habia sido bajado del altar y se arrastraba á los piés de Yaye, en cuyo semblante fijaba una mirada entumecida por la atonía.

– Yo os conozco… señor… yo os conozco… tartamudeó.

Y se asió á las ropas talares de Yaye.

Yaye se inclinó.

– Tú eres Molina de Mediano…

– Si, si, pero yo obedecia al rey…

– Obedecias á un tirano…

– Por el Dios de Abraham y de Ismael que es nuestro mismo Dios… no me mateis… cautivadme… vendedme… llevadme á Africa… pero no me mateis.

– Tú has predicado el exterminio contra los que adoran al Dios de Abram, de Agar y de Ismael, y ahora pides misericordia á nombre de ese mismo Dios… suele suceder que los asesinos cuando se apodera de ellos la justicia mueran con valor: pero tú á mas de asesino eres cobarde.

– ¡Perdon! ¡señor, perdon!

– Arrancadle de mi y matadle; matadle á hierro y pronto… necesitamos salir de aquí.

– ¡Piedad! gritó Medrano al sentirse asido por una turba de monfíes.

Fue su última palabra: rasgado su pecho á un tiempo por veinte puñales manchaba de sangre su vestidura pontifical.

– Acabad con esos soldados, dijo el emir.

Seis soldados que habian sido apresados por los monfíes fueron inmolados en pocos segundos.

– Ahora soltad esa gente menuda.

– Nos mataran los que estan fuera señor, dijo un viejo.

– Id con ellos diez hombres, y amparadlos en las casas del ayuntamiento de la villa: asimismo llevareis á esas casas las mujeres, los viejos y los niños que encontreis.

Algunos monfíes salieron escoltando algunos cristianos que por fortuna habian escapado con vida de la iglesia.

– Rematad á esos desdichados que penan, añadió Yaye.

Pocos momentos despues, y mientras el emir hablaba acaloradamente con Aben-Aboo, fueron cesando los gemidos de los moribundos hasta dominar un silencio pavoroso.

Los monfíes que se agrupaban inmóviles tras el estandarte rojo del emir, llenando la iglesia, parecian fantasmas.

Yaye y Aben-Aboo siguieron hablando algun tiempo con gran interés.

El Ferih, doblegado al fin por su dolor estaba apoyado sobre el altar, inmóvil, insensible á todo.

Al fin Yaye se separó de Aben-Aboo, y dirigió la voz á los monfíes.

– Valientes, les dijo: al hacer lo que hemos hecho, hemos herido el rostro del tirano rey de España: hemos arrojado á sus ojos la sangre infame de sus jueces, de sus clérigos, y de sus soldados: ya no hay medio de retroceder: los ejércitos del rey de España vendrán sobre nosotros, pero vendrán tarde, porque el alguacil mayor del reino, el valiente Farax-Aben-Farax se apodera en estos momentos de Granada: Dios nos alienta y nos guia: pero no irritemos á Dios cometiendo actos de crueldad y de barbarie semejantes á los que acaban de cometerse: si apreciais en algo mi espada, si creeis que yo puedo llevaros á la victoria, no vertais mas sangre débil, no cometais mas crímenes, porque yo nunca desnudaré mi espada para ponerme al frente de infames ni de asesinos.

– ¡Viva el emir! gritaron á una voz los monfíes.

– Ademas, dijo Yaye: oidme y entendedme bien: yo no soy el emir que debe mandaros.

Levantóse un murmullo de descontento que era una adulacion al emir.

– Los moriscos de Granada han elegido un rey.

– ¡Viva el emir poderoso y vencedor Yaye-ebn-Al-Hhamar! gritaron los monfíes.

– Yo soy emir de las Alpujarras, únicamente, dijo Yaye: los granadinos han elegido legítimamente su rey; su rey es aliado y pariente mio. Obedeced al rey de Granada Muley-Aben-Humeya.

Pronunció con tal acento estas palabras Yaye, que los monfíes viendo en ellas un mandato gritaron:

– ¡Viva el rey de Granada Muley-Aben-Humeya!

– ¡Gracias, gracias, valientes muslimes de la montaña! exclamó una voz á las puertas de la iglesia; oyóse precipitado ruido de espuelas, y adelantó y abrazó á Yaye un jóven sencillamente vestido á la morisca.

Aquel jóven era Aben-Humeya.

Tras él seguia otro hombre de mas edad igualmente vestido á la usanza mora, llegó junto al emir, pero en vez de abrazarle se inclinó profundamente.

Aquel hombre era Aben-Jahuar el Zaquer.

– ¿Y tu hermana? le dijo rápidamente y en voz baja Yaye.

– Está en seguridad en un cortijo de la montaña.

– ¡Oh! ¡gracias hermano, gracias! Y volviéndose á los monfíes continuó en voz alta asiendo de la mano á Aben-Aboo, que era el único que vestia á la castellana: ¿Conoceis á este caballero?

– Si, si, gritaron todos.

– Es Sidy Aben-Aboo, de la raza de los Omeyas, añadieron algunos.

– Es mi pariente, añadió Yaye. Desde ahora, leales muslimes compartiré con él vuestro gobierno: obedecedle como á mí mismo: es mi compañero: aclamadle.

– ¡Viva Muley Aben-Aboo!, gritaron espontáneamente los monfíes.

– Y para concluir, este otro caballero, Sidy Aben-Jahuar el Zaquer, mi pariente tambien, es el walí de los walíes25 de Granada y de las Alpujarras.

– ¡Viva Sidy Aben-Jahuar! gritaron los monfíes.

– Lo que á vosotros os he hecho saber en persona, se hará saber á las demás taifas por sus xeques. ¡La guerra empieza! constancia y valor y triunfaremos.

– ¡Viva el emir!

– Pero si hemos concluido, dijo Aben-Humeya que habia oido con un profundo disgusto la espontánea aclamacion de los monfíes á su primo Aben-Aboo, si hemos concluido, bueno será, que nos preparemos á un próximo y sangriento combate.

– ¿Pues qué sucede? dijo con gran calma Yaye.

– La compañía de infanteria española que estaba en Yátor, viene sobre Cádiar, dijo Aben-Humeya; y segun me han informado mis corredores viene á su frente, bramando de corage, el valiente marqués de la Guardia.

– ¡El marqués de la Guardia! ¡no! ¡es imposible!

– Si es posible ó no, pronto lo veremos, dijo Aben-Humeya; entre tanto oid.

Se habian escuchado algunos distantes disparos de arcabuz. Animados por aquel socorro los cristianos que se habian refugiado á la torre de Cádiar empezaron á tocar de nuevo á rebato.

Yaye, Aben-Aboo, Aben-Humeya y Aben-Jahuar, se lanzaron fuera de la iglesia: los monfíes los siguieron á la carrera.

La iglesia quedó silenciosa, poblada solo de cadáveres, iluminada y resplandeciente, pero manchado de sangre el altar, y presentando delante de él un bulto brillante á trozos, rojo en otros.

Aquel bulto era el cadáver de Molina de Medrano, á quien cubrian aun los ornamentos pontificiales.

Por una coincidencia terrible aquel cadáver ocupaba el mismo lugar donde habia caido muerta Malicatulzarah.

25.Lo que equivale á nuestra denominacion de capitan general.
Yaş sınırı:
12+
Litres'teki yayın tarihi:
28 eylül 2017
Hacim:
1330 s. 1 illüstrasyon
Telif hakkı:
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