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Kitabı oku: «Los monfíes de las Alpujarras», sayfa 63
CAPITULO XXVIII.
Continúan las escenas de sangre
En aquellos momentos en un estrecho y oscuro callejon de Cádiar habia dos hombres como ocultos en la sombra, y hablando en voz muy baja por temor acaso de ser escuchados desde las casas.
Oíanse desde allí las campanas de la iglesia parroquial y del convento de San Francisco, tocando, de una manera que podia llamarse desesperada, á rebato, y se oian á lo lejos, perdidos, indistintos, gritos salvajes, alaridos, voces confusas.
Alguna vez un hombre pasaba en huída por la calleja, sin reparar en los dos hombres que estaban como cosidos á un entresijo de ella, y poco despues de haber pasado el que huia, en la parte baja, á la salida de la villa, se oia algun disparo de arcabuz, lo que demostraba que el pueblo estaba cercado.
A excepcion de estos ruidos lejanos ningun otro ruido se oia: la calleja estaba profundamente silenciosa, cerradas las puertas y ventanas de sus casas, y sin que ni por un solo resquicio se viese una luz.
Aquel era el silencio del miedo, porque á no dudarlo, los habitantes de aquellas casas, como todos los de Cádiar, velaban.
De repente se sintió abrirse silenciosamente una ventana, y desde su fondo oscuro cayó á la calle un objeto pesado que produjo un ruido opaco, sordo, como el de una odre que se rebienta.
La ventana volvió á cerrarse, y volvió el silencio.
– ¿Qué es eso? dijo uno de los dos escondidos con voy temblorosa.
– Paréceme que teneis miedo, señor Cisneros, dijo el otro hombre.
– No tengo miedo, pero me repugna lo que está sucediendo; Dios me perdone, sino es un cuerpo humano el que han arrojado á la calle.
– Es sin duda el cadáver de algun soldado de los de la compañía de Diego de Herrera, que estaban aposentados en las casas de la villa: ¿pero qué os importa eso? No hemos venido á Cádiar ciertamente á divertirnos.
– ¿Pero qué hacemos aquí, á estas horas y en tales circunstancias, señor Godinez?
– ¿No habeis venido á ver esta noche, como teníamos concertado, á doña Elvira de Céspedes?
– Sí.
– ¿No la habeis dicho que su hijo Aben-Humeya os conoce, y que veniais á ampararos de ella?
– Sí.
– ¿No la habeis dicho ademas, como tambien convinimos, que venia con vos un amigo que igualmente necesitaba del amparo de Aben-Humeya?
– Si.
– ¿Y no habeis venido á buscarme?
– Ciertamente.
– Ahora bien, la entrada de los monfíes nos ha hecho ampararnos de lo apartado y oscuro de esta calleja; pero ahora que los monfíes estan allá dentro, y por lo que se vé, bien entretenidos, podemos y debemos ir á casa de doña Elvira.
– Es que yo no he estado nunca en Cádiar: valíme de las señas que me dísteis, pregunté por la calle donde vive doña Elvira, y hallé la casa por su mirador de madera y el farol de su imágen… pero ahora estoy seguro de no dar con la calle.
– Pues la tenemos bien cerca.
– ¡Ah!
– Si, aquí á la vuelta. Venid conmigo.
– ¿Pero no oís?
– Oigo y no oigo. Es decir, antes se oia tocar á rebato en al convento de San Francisco, y ya no se oye: antes no se oian disparos, y ahora se oyen descargas de arcabucería.
– Seran los vecinos del pueblo que se defienden desde sus casas.
– No, no; solo dispara asi la infantería española; son descargas cerradas.
– ¿Pero qué infantería es esa? La compañía de Diego de Herrera ha sido degollada.
– Pero estaba en Yátor la compañía del marqués de la Guardia.
– Pero en Yátor habran entrado los monfíes como en Cádiar, y habran degollado á los soldados.
– Asi es probable que haya sucedido: pero os afirmo, y no me engaño, que tenemos cerca infantería española, mucha y valiente. Esto nos favorece.
– ¿Qué nos favorece?
– Ya vereis. No podian presentarse mejor nuestros negocios. Andad, andad mas de prisa, que se nos va acercando el combate. He aquí que estamos en la calle de doña Elvira.
– Creo que os engañais. No veo el farol.
– ¿Queriais que los monfíes dejasen ardiendo una luz debajo de una imágen? Llamad.
– ¿Dónde?
– Estamos á la puerta de doña Elvira.
– ¡Ah! ¿esta es la casa?
– Esta es.
Cisneros buscó el llamador de la puerta, y dió tres golpes.
Vióse poco despues luz por las rendijas y una voz de vieja dijo desde adentro:
– ¿Quién sois?
– Vuestra señora me espera, contestó el comediante.
– ¿Sois el hidalgo que vino esta noche?
– Yo soy.
– ¿Venís solo?
– No, viene conmigo un amigo.
– Abrid, abrid, dijo con precipitacion otra voz de mujer mas fresca y mas sonora.
Abrióse la puerta y entraron Laurenti y Cisneros.
– Y á tiempo ha sido, dijo este: entrad, entrad con esa luz, señora, que tenemos el combate ya en la calle.
La vieja, una dama hermosa, vestida de negro que estaba en la segunda puerta del zaguan, y Cisneros y Laurenti desaparecieron en el interior.
Entre tanto el fuego de la mosquetería redoblaba, oíase entre él el crugir de las ballestas y el silbar de las jaras, y alguno que otro grito de un hombre herido.
Veamos lo que pasaba en la villa.
Debemos retroceder: mientras tenian lugar los terribles acontecimientos de la iglesia, otros no menos terribles tenian lugar en el convento de San Francisco: por mas que los frailes se habian defendido, por mas que habian tocado á rebato; incendiado el convento, incendiada la torre de la iglesia, último refugio á donde aquellos desdichados se habian acogido, se habian visto obligados á rendirse; mas ceñido que el Ferih á las órdenes del emir, el wali que mandaba á los monfíes que habian asaltado el convento, dejó libres á las mujeres, á los niños y á los viejos que á él se habian refugiado y solo degolló á los frailes y á los hombres robustos.
Despues de esto penetraron en el convento entre las llamas, tomaron los vasos sagrados y los ornamentos y fueron á depositarlos en la plaza.
En seguida empezaron el saqueo por las casas una parte de los monfíes, y otra se fué á combatir la torre de la iglesia donde estaban refugiados el beneficiado Ribera, maese Barbillo y algunos alguaciles, soldados, vecinos y mujeres.
Aquellos infelices se encontraban apurando desde hacia mucho tiempo una agonía horrible: oian á sus piés los gemidos de los que eran asesinados en la iglesia, veian recorrer las calles monfíes con antorchas, penetrando en las casas; matando cristianos, saqueando y arrojando á un tiempo por las ventanas los cadáveres y los objetos robados: veian ardiendo el convento de San Francisco y lo que mas les aterraba era el notar que la campana de los frailes habia cesado de tocar á rebato.
Ellos por lo mismo, redoblaron su toque de una manera desesperada: al principio solo habian tañido la campana mayor; despues asociaron á ella otra campana: por último, hasta los esquilones se pusieron en movimiento.
– ¿Habeis cortado las escaleras de la torre, Barbillo? decia lleno de angustia el beneficiado.
– Si señor, contestaba repicando á dos manos Barbillo.
– ¿No pueden subir?
– No señor, como no pongan escala, y para eso les arrojaremos los ladrillos que hemos arrancado del suelo y cuando estos falten los esquilones…
– Nos pondran fuego, exclamó llorando de terror el beneficiado.
Barbillo siguió repicando.
– ¿Qué habrá sido de la pobre Mariblanca? añadió Juan de Ribera.
Barbillo soltó un bufido, y apretó con entrambas manos las cuerdas de ambos badajos.
– ¡Ay señor beneficiado, exclamó una pobre mujer! ¡Mire vuesamerced; mire por allá: por la parte de Yátor se ven antorchas!
– Y son soldados del rey, exclamó un muchacho.
– ¿Soldados del rey has dicho, hijo? exclamó Juan de Ribera, avalanzándose al arco de campana que miraba á Yátor.
– Yo no veo mas que las luces.
– Pues yo si, yo veo muy bien los coletos de gamuza y los capacetes de los soldados, dijo una jóven. ¡Oh, Dios mio! vendran á socorrernos.
– Es la compañía del señor marqués de la Guardia, exclamó con alegría Barbillo: veo tendida su bandera blanca, con su cruz de bastos rojos.
– Muy alegre os habeis puesto, maese.
– ¡Si son ciento y cuarenta demonios, y el marqués de la Guardia un leon, y el teniente Belorado un toro, y el alférez Cordavias un lobo! ¡ah, señores monfíes, paréceme que vais á dar con la horma de vuestro zapato!
– ¿Pero vendran aquí?
– ¡Pues no han de venir! vedlos que suben por el repecho.
– Pero no estarian en Yátor, porque si hubieran estado allí no hubieran podido atravesar la rambla ni los barrancos, dijo el beneficiado.
– Habran subido á la sierra y habran pasado por el puerto.
– Pues entonces traen seis leguas en el cuerpo, vendran rendidos, exclamó con desaliento el beneficiado.
– ¡Pero calla! exclamó Barbillo, han apagado las antorchas; encima los tenemos. ¡Ah valientes!
Y se tiró con el furor del miedo á las campanas.
En aquel momento una jara que penetró por el arco se le clavó en la frente y cayó de espaldas.
Levantóse un alarido de terror entre los prisioneros de la torre.
Otra jara hizo sonar de una manera aguda una campana y otra y otra y otra siguieron entrando por los arcos.
Toda aquella pobre gente se arrodilló.
Solo siguió tocando á rebato la campana mayor, cuyo badajo ponian en movimiento los prisioneros tirando desde el suelo, de su cuerda.
Pero de improviso un nuevo incidente vino á centuplicar su terror.
Un humo espeso y acre empezó á penetrar por los arcos de las campanas.
Los monfíes habian puesto fuego á la torre.
Sin embargo, entre aquel torbellino de humo y de llamas la campana seguia tocando apresuradamente á rebato.
Allá en los extremos de la villa y en el centro ardían tambien algunas casas de cristianos.
No tardaron en oirse en las entradas del pueblo disparos de arcabucería.
Entonces fue cuando Yaye, Aben-Aboo, Aben-Humeya, Aben-Jahuar y el Ferih, salieron de la iglesia con los monfíes.
Al salir á la plaza desembocaba en ella á la carrera una manga de arcabucería, en medio de la cual flotaba la bandera blanca con la cruz de bastos rojos que habia visto desde la torre el difunto Barbillo.
Al frente de la manga y armado con una pica corta, venia un caballero jóven, con el rostro pálido y la mirada chispeante é iracunda, que apenas vió á los monfíes mandó hacer fuego con voz ronca á sus soldados.
Aquel caballero era el marqués de la Guardia.
Brillaron primero las mechas sopladas por los soldados y poco despues se vió un relámpago y se escuchó una detonacion uniforme: algunos monfíes cayeron por tierra: á la descarga de la mosquetería española contestó una descarga de la ballestería de la montaña.
Algunos soldados cayeron tambien.
Una segunda descarga de los soldados diezmó de nuevo á los monfíes.
– ¡Es el marqués de la Guardia! exclamó con rabia Aben-Aboo.
– ¡El marqués de la Guardia! exclamó con terror el emir. ¿Qué es esto, Dios mio?
– Hierro en mano y á degüello, gritó con voz tonante Aben-Aboo á los monfíes, lanzándose el primero alfanje en mano sobre los soldados.
– ¡Ah! dijo el marqués de la Guardia con una alegría insensata, horrible: ¡te me vienes á las manos, asesino! ¡á mí, camaradas! los arcabuces bajo el brazo izquierdo y fuera las espadas: ¡á ellos! ¡Santiago y cierra España!
Pero de repente los monfíes se detuvieron cortados: por otra avenida de la plaza habia aparecido el teniente Cristóval de Belorado, y los barria enfilándolos con las descargas de sus arcabuceros.
Casi al mismo tiempo el sargento Gaspar de Aponte desembocaba por otro punto y los heria por la espalda.
Los monfíes acorralados entre tres fuegos, se arrojaron en tropel por una salida de la plaza que quedaba descubierta, obligando á que los siguiesen á Yaye, Aben-Humeya, Aben-Aboo y Aben-Jahuar.
– ¿A dónde va vuestra señoría? exclamó el teniente Cristóval de Belorado, atravesándole al marqués de la Guardia que se habia puesto en seguimiento de los monfíes.
– ¡Huyen!
– No huyen: desembarazan un lugar en que se han encontrado acorralados por sorpresa; pero dentro de poco cargaran sobre nosotros á centenares. ¡A cubrir las calles! gritó inmediatamente el viejo soldado.
– ¡Es verdad! dijo suspirando el marqués: mandad barrear las calles: primero es nuestra obligacion como nobles y castellanos: sacad todos los muebles y colchones que encontreis en las casas: ¿tenemos bastante pólvora?
– Nos hemos traido cargadas cuatro acémilas.
– Destinad veinte hombres que apaguen el incendio de la iglesia: ola ¿qué haceis, alférez Cordavias? id cubriendo: sargento Aponte, vivo; haced abrir las casas y barread aprisa. Recoged nuestros heridos y rematad á esos perros monfíes. ¡Ah! primero es nuestra obligacion como cristianos y caballeros.
Y se puso á pasear por la plaza, con la pica debajo del brazo y con una distraccion espantosa, murmurando monosílabos y lanzando de tiempo en tiempo un horroroso juramento.
En un momento las calles que daban á la plaza estuvieron cubiertas y barreadas; esto es, cortadas con altas barricadas; muchos de los cristianos que vivian en la plaza y que habian estado escondidos, salieron con sus escopetas, y unos veinte soldados de la compañía de Diego de Herrera que se habian salvado en la torre descolgándose con una cuerda, fueron armados con los arcabuces de los soldados que habian sido muertos ó heridos en la sorpresa de la plaza.
– ¿Pero dónde está el señor beneficiado? decian algunas mujeres que habian salido de la torre.
– ¡El beneficiado! dijo uno de los de la compañia de Diego de Herrera: no ha tenido valor para descolgarse por la cuerda como nosotros y se ha quedado en la torre.
– ¡Cómo! ¡el beneficiado de Cádiar! exclamó el marqués de la Guardia; ¡el que me casó esta tarde!.. ¡Ah! Diez hombres conmigo!
Pero cuando llegaron al pié de la torre, les detuvo un espectáculo horrible.
La torre, que se habia incendiado por el centro, arrojaba por los arcos de sus campanas torbellinos de fuego: por la parte que miraba á la plaza, un hombre asido á una cuerda se contraia, se izaba, luchaba, daba gritos, pero no descendia; estaba aferrado á la cuerda con el terror de la muerte.
En vano le gritaban los soldados que se dejase resvalar.
Aquel hombre no les oia.
Viósele agotar sus fuerzas en conatos desesperados, extenderse al fin, quedar un momento pendiente de los brazos, y caer luego desde la altura dando vueltas.
– ¡Es el beneficiado! gritaron las mujeres.
– ¡Está muerto! dijo un soldado.
El marqués de la Guardia se separó de aquel lugar, y se puso á pasear de nuevo á lo largo de la plaza.
Entre tanto seguian los preparativos de defensa: muy pronto todas las avenidas de la plaza estaban perfectamente cubiertas, todas las calles que de ellas nacian, cortadas. Solo con un largo sitio y por hambre, podian rendir los monfíes á los castellanos, y era de esperar que el capitan general enviase pronto socorro.
Cuando todo estuvo preparado, distribuidos los centinelas, apagado el incendio de la iglesia, se esperó en vano la acometida de los monfíes: el mas profundo silencio reinaba en la villa.
– ¿Qué hacemos aquí? dijo el marqués de la Guardia, volviéndose bruscamente á Cristóval de Belorado: ¿nos vamos á quedar esperando al Mesías? los enemigos se han marchado.
– Los moros son mala gente, señor marqués, dijo Belorado: callan, pero no se fie usia de su silencio: han huido, pero no se fie usía de su fuga: saben que somos pocos, y quieren que nos extendamos en la villa. Como estamos, estamos bien.
– Os digo que los moros se han retirado.
– Como guste usía, pero.
– ¡Señor Cristóval de Belorado! ¿Sereis acaso vos el capitan de la compañía, y estaré yo acaso faltando á mi obligacion disputando con vos?
Callóse el teniente.
– Tomad veinte hombres y reconoced.
El marqués volvió la espalda al teniente y siguió paseando.
– El capitan está loco, dijo Belorado, y su locura nos va á costar el pellejo; pero ¿qué hemos de hacer? lo manda; desobedecer ó cumplir mal su mandato, seria una cobardía: ¡Hola sargento Aponte! escoged veinte hombres, y conmigo.
– ¿A dónde vamos, señor Cristóval de Belorado? dijo el sargento.
– ¡Eh! ¿y qué os importa á vos? ¿Teneis miedo?
El sargento se calló ante el teniente, como el teniente se habia callado ante el capitan.
– ¡Ah, de la primera escuadra! gritó.
Formáronse inmediatamente en tres filas unos treinta hombres; el sargento hizo adelantar los hombres de las dos primeras filas, envió á los diez restantes á sus puestos, y fijó una mirada terrible en los veinte hombres que se habian quedado.
Algunos de ellos murmuraban.
– ¡Eh! ¿Qué dices tú, Gil Perez? ¿y tú Pedro Donoso? ¿y tú, Chirlo del diablo? ¡eh! ¿teneis miedo, vergantes? ¡silencio y firmes! ¡ó voto á!..
Y la soltó redondo, arrimando al mismo tiempo á los soldados algunos golpes con el asta de su alabarda.
El sargento se vengaba en los soldados de las palabras del teniente, como el teniente se habia vengado en el sargento del exabrupto del capitan: pero hay que notar que aquella venganza aumentaba á medida que descendia.
Los soldados no podian desagraviarse con nadie, porque la venganza habia dado fondo en ellos.
El sargento dió parte á Belorado de que la gente estaba dispuesta, y Belorado se adelantó hácia ellos, y les dijo apoyado en su pica:
– Muchachos: vamos á hacer un reconocimiento sobre los enemigos: esto quiere decir que sopleis las cuerdas para que den pronto fuego. El lance es apretadillo y se os ha buscado para él, á vosotros, que por valientes marchábais en la vanguardia de la companía: ¡cuerpo de Dios! todos habeis estado en Flandes, y ya sabeis á lo que sabe el hierro: ¡voto á… que el que se me vuelva atrás un paso, se encuentra con la punta de mi pica! ¡Treinta legiones! debeis ser valientes porque sois soldados, y… ¡fuego y rayos! acordaos de que estos moriscos son muy ricos y de que podemos encontrar al paso alguna cosa. Con que no os digo mas. Id adonde yo vaya… y en marcha, hijos, en marcha.
Y el teniente, con el sargento y los veinte hombres salió por el claro de una barricada.
– ¡Una valiente espada que perdemos, y veinte y un leones, que van á quedar tendidos á oscuras, y miserablemente! dijo el alferez Cordavias, que estaba apoyado en su bandera, al aposentador de la compañía.
– Pero yo no entiendo esto, dijo el aposentador: á nosotros nos habia relevado la compañía de Diego de Herrera, estábamos en Yator y de él no debiamos de habernos movido: el marqués parece dominado por algo terrible: vamos, no lo comprendo: ¿y á qué enviar á Belorado con esa gente?
– Yo no sé, yo no sé lo que le pasa al marqués, amigo Macías: todos le creiamos en Granada, cuando he aquí que se presenta en la posada de Belorado… yo estaba con él, y con dos buenas mozas. – Que se vayan esas mujeres, dijo el marqués.
Por mas que nos extrañase esta salida tan descortés, porque al fin, si él es título de Castilla no es mas hidalgo que nosotros, venia de tal manera que nos causó espanto: venia con la cabeza descubierta, con el semblante desencajado: mojado de piés á cabeza; mas que mojado, cubierto de lodo; miraba en torno suyo de una manera insensata, y arrojaba llamas por los ojos. ¿Veís que es buen mozo y buena cara? pues daba miedo: cuando salieron las mujeres dijo á Belorado. – Dadme vestidos y vos Cordavias, haced que los trompetas toquen llamada de infantes, y á la plaza con la gente.
Yo salí: algunos minutos despues, y antes de que hubiese acudido toda la compañía, vi venir al capitan vestido con otras ropas, y con una coraza limpia al lado del teniente, ¿y no habeis reparado? trae sobre la coraza una cadena de oro, y pendiente de la cadena una rica joya.
– Si, si; ya lo he visto, y no sé á qué vienen esas galas: sobre todo cuando hace una noche tan oscura, y cuando es mas fácil encontrar un arcabuzazo que un galanteo.
– Yo tampoco lo entiendo: ni sé si el capitan ha cumplido con su obligacion abandonando á Yátor y trayéndonos á Cádiar, con tres leguas en el cuerpo y enlodados hasta la cintura.
– En Yátor debe de haber habido tambien jarana.
– Esto se estaba esperando de un momento á otro, y creo, Dios me perdone, que tenemos faena para algun tiempo.
– ¿Creeis que esto sea una guerra?
– Creo que nosotros somos los primeros soldados del rey que han disparado en esta guerra los arcabuces.
– ¡Bah! ¡Diego de Herrera!..
– En la iglesia hay algunos soldados muertos de su compañía: sin armas, con todas las señas de haber sido sorprendidos: juraria á que esos perros los han degollado en sus mismas casas.
– Todo pudiera ser: pero noto una cosa singular.
– ¿Qué?
– Ya sabeis que Cristóval de Belorado es hombre capaz de meterse en el infierno, antes de que uno solo de sus soldados pueda decir que se ha parado ante el peligro. De seguro se ha metido por las calles de la villa y reconocido en regla y como Dios manda.
– ¿Y qué encontrais de extraño en eso?
– Que no se oye un solo arcabuzazo.
– Eso no quiere decir mas sino que á los monfíes les gusta mas el campo que las calles, y que han cercado la villa.
– Belorado ha tenido ya tìempo para salir de la villa y habrá salido: á lo menos habrá mandado internarse en las quebraduras inmediatas algunos hombres, y nada, nada se oye. Los moros se han retirado de Cádiar.
– Vayan con Dios: á enemigo que huye…
– ¡Alférez! dijo el capitan desde el centro de la plaza.
Se echó el alférez la bandera al hombro, y se dirigió al capitan.
– Dejad una escuadra de guardia y con la demás gente reconoced los muertos que hay en la iglesia y en la plaza.
El alférez obedeció.
– Es extraña la confianza que tiene el capitan, dijo volviendo junto al aposentador. No parece sino que está seguro de que los monfíes se han retirado.
– Pues no lo entiendo, dijo Macías.
– Ni yo tampoco. ¡Ola sargento Astudillo! quedaos de guardia con vuestra escuadra en la plaza!
– Muy bien, mi alférez.
– Poned en cada bocacalle un centinela.
– Muy bien.
– Y decid á los sargentos de las otras tres escuadras que formen la gente.
El resto de la compañía, que no habia ido á reconocer ni quedaba de guardia, se encontraba poco despues en la iglesia, reconociendo los cadáveres.
La mayor parte de las velas se habian apagado, pero aun quedaban muchas ardiendo.
La iglesia exhalaba un insoportable olor á sangre fresca.
Los soldados revolvian los cadáveres y los amontonaban.
Cuando encontraban una mujer, la arrancaban las arracadas, y si las orejas resistan se las abrian con las dagas: no perdonaban joya ni suma que hallaban ni dejaban de registrar la bolsa á un solo muerto.
Y en aquella ocupacion ni parecian sentir el olor de la sangre, ni el horror que naturalmente inspiran cadáveres despedazados.
Eran dignos míembros de aquella famosa infantería española compuesta de vagos y aventureros, á la cual para que tomasen una plaza al asalto, no habia necesidad de hablarles de la gloria que podian alcanzar, sino de las horas que se les concedian de saqueo y licencia, una vez tomado el castillo ó la ciudad sobre la que los arrojaban como una tromba de exterminio.
Encontráronse mas de cien cadáveres, entre ellos el corregidor, algunos alguaciles, algunos soldados, mas de treinta mujeres, algunos niños, y como sabemos el del inquisidor Medrano, el del beneficiado Juan de Ribera, el de maese Barbillo, y el de Hurtado do Campo.
Despues de este reconocimiento se reconocieron las casas de la plaza, y en ellas, desiertas todas porque los moriscos habian escapado con los monfíes, se encontraron soldados asesinados en sus lechos, y en la del beneficiado Juan de Ribera, el capitan Diego de Herrera, cosido á puñaladas bajo una mesa servida.
Los primeros soldados que entraron allí, al ver los manjares los devoraron: poco despues dos soldados que habian comido de las setas preparadas por Mariblanca murieron en medio de las mas horrorosas convulsiones.
Al amanecer volvió de su reconocimiento el teniente Cristóval de Belorado.
– Señor marqués, dijo: los monfíes se han retirado enteramente.
– Ya lo sabia yo, dijo el marqués de la Guardia: ahora, añadió, que ya es claro, poned guardias en la atalaya y en la torre de la iglesia: haced que los demás que hayan quedado recojan los muertos y los entierren, y aposentad la compañia.
Dicho esto, el marqués fue á aposentarse en la vecina casa de Juan de Ribera, escribió un largo parte al capitan general de Granada, y le envió con un correo.
