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Kitabı oku: «Los monfíes de las Alpujarras», sayfa 66

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CAPITULO XXXIV.
De cómo puede parecer feliz y aun serlo á medias un desgraciado

En vano, como sabemos, habia pretendido Yaye apoderarse de Aben-Aboo.

Aben-Aboo no parecia.

Del mismo modo Angiolina Visconti, doña Elvira de Céspedes y Aben-Jahuar habian desaparecido.

En vano Yaye apuró cuantos recursos tenia en su mano para descubrir su paradero.

Los monfíes no pudieron dar con ellos.

Entonces Yaye desesperado se volvió á buscar consuelo á la única persona que podia dárselo: á doña Isabel de Córdoba y de Válor.

Pero para que esta pudiera darle aquel consuelo, era preciso que fuese feliz.

Para esto era preciso engañarla hasta cierto punto.

Y decimos hasta cierto punto, porque una de las cosas que Yaye necesitaba hacer para que la felicidad de doña Isabel fuese una verdad, era bautizarse y casarse legitimamente ante la Iglesia Católica con ella.

Y la conversion de Yaye no era una mentira.

Fuese que la desgracia continuada y terrible hubiese creado en su corazon una ardiente necesidad de consuelo; que hubiese llegado á ese caso extremo en que el corazon humano se levanta al cielo, buscando en Dios la resignacion y la fuerza, y que el Dios del islamismo no pareciese á Yaye tan grande, tan misericordioso, tan inagotable de consuelos, como el Dios que, todo caridad, se humanizó, y lavó con su sangre las culpas de los hombres; fuese que su amor hácia doña Isabel influyese en él bajo el punto de vista religioso, Yaye se habia convertido; Yaye habia dejado hacia mucho tiempo de rogar al dios de Mahoma, para levantar su espíritu á Jesús crucificado: Yaye era cristiano de corazon.

Acaso tambien consistió en que del islamismo al cristianismo no hay mas que un solo paso; creer en un misterio altamente poético: en la maternidad de una vírgen.

Acaso tambien, perdida la ambicion y el odio que ciegan, habia comprendido Yaye lo que antes habia comprendido Amina: que la religion cristiana es una religion eminentemente grande, racional, conveniente, como por su esencia divina lo es, y no puede dejar de serlo: acaso influyó en él el pensamiento de que habia atribuido injustamente á la religion mas dulce, mas caritativa, mas pacífica, las crueldades, la intolerancia y el fanatismo que solo pertenecian á los vicios y á los errores de los hombres.

Yaye, como todo hombre dotado de un gran espíritu y de una alta inteligencia, habia discutido y combatido mucho en su pensamiento, y no se convirtió al cristianismo, sino cuando su razon le dijo que debia convertirse.

Si Yaye hubiese pensado del mismo modo veintidos años antes, acaso hubiese sido feliz; y lo que es indudable, no hubiera llenado su conciencia de remordimientos.

Perdido todo, familia, patria, porque Yaye desde el momento en que empezó la guerra, la vió vencida; desesperado hasta el último punto, buscó su consuelo en la embriaguez: porque lo único que podia ya embriagarle era el amor de doña Isabel.

Yaye la habia llevado la misma noche de la sangrienta catástrofe de Cádiar á su heredad de Yátor.

Un respetable número de monfíes aseguraba de todo peligro al último tesoro de Yaye.

El emir no habia dejado de verla un solo dia, ni de tranquilizarla acerca de su hijo: Yaye habia guardado un profundísimo secreto acerca de la terrible posicion en que se encontraba colocado respecto á Aben-Aboo.

Porque si Yaye hubiera revelado á doña Isabel que su hijo se habia apoderado de su hermana; que probablemente habria cometido, sin saberlo, uno de estos dos horribles crímenes: el fratricidio ó el incesto, hubiese desgarrado el corazon de aquella pobre mujer que tanto habia sufrido, que habia olvidado todas sus penas desde el momento en que habia visto á Yaye en la senda de la salvacion y del honor, profesando el cristianismo y desenvainando su espada en defensa de un pueblo oprimido, y que se habia quitado su luto, llevado veintidos años, cuando habia desaparecido el luto de su corazon.

Yaye, pues, guardó un profundo secreto acerca de aquellas horribles desgracias: del mismo modo doña Isabel, sacada á tiempo de Cádiar, no habia podido ser testigo de la ferocidad con que habian manchado la justicia de su causa los monfíes: doña Isabel creía que se habia empezado una guerra justa, noble y leal: la guerra entre el oprimido que rompe sus cadenas y el tirano que lucha por ponérselas de nuevo: doña Isabel, creyente de corazon, confiaba en que Dios, que es misericordioso y ayuda al débil y al desventurado, sea cualquiera su religion, ayudaria á los moriscos, y completando el milagro, los convertiria despues: doña Isabel lo veia todo de color de rosa, y era porque todo lo veia á través de su virtud, de su caridad y de su amor.

Una noche entró Yaye en su heredad de Yátor.

Doña Isabel estaba impaciente porque tardaba mas que otras noches: al sentirle cerca doña Isabel, se levantó de junto á la chimenea donde estaba sentada, se arrojó en sus brazos, le estrechó palpitante de pasion entre ellos, y le besó en la boca.

No extrañen esto nuestros lectores, porque Yaye y doña Isabel eran esposos.

El dia anterior un sacerdote, salvado por Yaye del furor de los monfíes, habia venido con él á la heredad.

El buen anciano, porque anciano era, demostraba ardientemente su gratitud á Yaye. Cuando Yaye le dijo que queria bautizarse, lloró de alegría: sin embargo, se informó minuciosamente de si Yaye conocia el espíritu del Evangelio, si era cristiano por su voluntad; y cuando estuvo seguro de ello, le bautizó: despues, cuando pidió que le casase con doña Isabel, se informó asimismo de la cristiandad de ella, y al fin, de una manera misteriosa, sin testigos, arrodillados á los piés del anciano sacerdote, Yaye y doña Isabel recibieron la bendicion de Dios, y se levantaron asidos de las manos, convertidos en uno por su sagrada alianza.

Inútil es creer que Yaye cuidó de que el anciano sacerdote fuese puesto fuera de peligro en Granada por los mas leales de sus monfíes.

Pero ninguno de estos supo, incluso Harum-el-Geniz, que Yaye se habia bautizado, ni mucho menos casado con doña Isabel.

Sabian si que al hacer su compañero en el mando á Aben-Aboo, debia casarse con su madre en un breve plazo.

La noche en que dijimos que Yaye habia entrado en la habitacion donde se encontraba doña Isabel, y se habia arrojado entre sus brazos, iba deslumbrantemente vestido.

Doña Isabel por el momento no reparó en ello, pero cuando se separó de él y le miró, lanzó un grito de niña, un grito de alegría y exclamó:

– ¡Oh! ¡y qué hermoso y qué resplandeciente estás, rey mio!

– ¡Oh! ¡no estás tú menos hermosa y resplandeciente mi sultana! contestó sonriendo de una manera melancólica Yaye.

En efecto, Yaye y doña Isabel estaban vestidos de una manera maravillosa por lo bello y al mismo tiempo por lo sencillo de sus vestiduras.

Doña Isabel llevaba por la primera vez de su vida un traje árabe: aquel traje se lo habia enviado aquel mismo dia Yaye en una caja de sándalo, y dentro de aquella caja, sobre aquel traje, habia encontrado doña Isabel un cofrecillo de ágata, y dentro de este cofrecillo una riquísima diadema de oro, perlas, rubíes, amatistas y diamantes y un collar de gruesas perlas, todas iguales, como vaciadas en un mismo molde, con un broche en que campeaba un gruesísimo brillante, rodeado de rubíes: aquellas perlas se parecian de tal modo á las que Calpuc habia vendido en otro tiempo al aleman Franz, que era de sospechar que hubiesen provenído del Nuevo Mundo: era tan rico este collar, que podia dar tres vueltas al magnífico cuello de doña Isabel, lo que significa que el collar valia un tesoro: habia asimismo en el cofrecillo dos arracadas tan grandes, que podian descansar sobre los hombros y tan cuajadas de pedrería que relumbraban como soles; últimamente, dos ajorcas ó brazaletes formados por tres filas de perlas compañeras de las del collar, y con enormes y bellos broches de pedrería; una flor de gran tamaño de diamantes, perlas y esmeraldas, destinada á servir de herrete sobre el pecho, á la túnica interior de brocado blanco y encajes que venia entre las ropas, y un ceñidor maravilloso, en el que formando arabescos, se veian todas las piedras preciosas conocidas formaban el riquísimo aderezo destinado por Yaye á su esposa.

Las ropas eran una túnica de brocado de seda y plata, formando arabescos, delicada, feble, como la tela mas sutil, ancha, flotante, que la caia hasta los piés, determinando por detrás una pequeña cola redonda: y esta túnica cerrada en la parte superior sobre el pecho por el herrete de que hemos hablado, dejando ver en su abertura, hasta el ceñidor, riquísimos encajes de Flandes; sobre esta túnica un caftan de brocado verde mar con grandes arabescos negros de terciopelo sobrepuesto; con anchas mangas perdidas; con falda hasta la rodilla, y sobre este caftan, descendiendo de la diadema, un largo veto de gasa de plata salpicada de pequeñísimas violetas de oro.

No podia ser esta traje mas sencillo á pesar de su riqueza, ni una mujer cuya hermosura, cuya expresion, cuya poesia pudiesen estar mas en relacion con la hermosura y con la riqueza del traje.

Doña Isabel, durante su juventud, es decir, antes de su desastrado casamiento con Miguel Lopez, habia sido la doncella, que por su hermosura y por la riqueza de sus trajes y joyas, se habia hecho mas reparable en el Albaicin. Su hermano don Diego la habia amado con delirio, acaso porque era la única mujer de la familia, acaso porque doña Isabel se hacia amar de todo el mundo: á pesar de sus ruinosos dispendios, don Diego, no solo no habia tocado á las ricas joyas de familia que habia heredado de su madre, como su madre de la suya, y asi sucesivamente desde la primera abuela de su raza la sultana Howara, esposa de Abd-el-Rahman-Aben-Moavia, primer califa onmiade de Occidente, sino que habia aumentado cuanto habia podido el número de aquellas joyas puramente árabes, con otras puramente del renacimiento, y sostenido una magnífica coleccion de costosísimos trajes á su hermana. Doña Isabel estaba, pues, acostumbrada á las galas y á las joyas; es mas, la agradaba porque la agradaba todo lo bello, pero habia usado de unos y otras sin afectacion y sin orgullo, y habia dejado de usarlas sin pena, desde el momento en que por sus desgraciados amores con Yaye, por su casamiento con Miguel Lopez, y por la extraña fatalidad que la habia arrojado casada y vírgen entre los brazos del hombre de su amor, habia perdido la alegría de su alma: desde entonces, y durante veinte y dos años, solo habia vestido un sencillo traje negro de lana, y una toca blanca, y lo que es mas, por amor á su hijo, y para que nada le faltase, habia vendido una á una y sin pena las admirables joyas de las sultanas y damas sus abuelas, como las que debia á su hermano, y los ricos trajes con que se habia engalanado en su tranquila juventud: doña Isabel habia vivido apartada del mundo, replegada en si misma, viviendo solo para su hijo y para su amor, que era el recuerdo de Yaye; llorando á solas con su lecho; inflamando su corazon en el candente recuerdo de la terrible felicidad que habia producido como una consecuencia maldita á Aben-Aboo, rogando á Dios con toda la pasion de su alma, porque reducido Yaye al cristianismo, pudiera abrirle sus brazos.

Aquel dia habia llegado: Yaye era cristiano: Yaye era su esposo: doña Isabel habia arrojado lejos de sí con su traje de luto el luto de su alma: como su alma se habia engalanado con todas las flores, con todos los perfumes de la felicidad, cuando recibió el rico canastillo de bodas de Yaye, al que acompañaban dos esclavas para servirla de doncellas, Doña Isabel, que habia vuelto á ser la niña, habia visto aquellas joyas y aquel traje con placer, se habia perfumado, se habia puesto aquellas galas, y se habia contemplado al espejo: entonces su alma habia sonreido, y su conciencia íntima la habia dicho:

– Eres mas hermosa que hace veinte y dos años: eres la alegría y la vida de Yaye.

Y doña Isabel habia llorado de felicidad, y habia esperado impaciente á su esposo, con lo mas hermoso que la naturaleza produce, sobre su hermosura, con la magnífica y pura frente ceñida por la diadema de las sultanas.

Si no alcanzais á soñar en cuerpo y en alma, una mujer tal como la que el autor ve en su pensamiento, viva, palpitante, irresistíble, al describiros á doña Isabel, debeis sentirlo porque perdeis un bellísimo sueño: y como la vida es sueño…

Pero esto es muy vulgar. Os describiremos á Yaye.

Su traje era mas sencillo que el de doña Isabel, y pertenecia á la moda de los tiempos medios de la dominacion árabe en España: una pequeña corona de oro macizo de puntas, lisa y sencilla: alrededor de la corona, una toca blanca, cuyo extremo, cayendo del lado ízquierdo de la cabeza, ondulaba sobre el pecho y venia á caer á su espalda pasando sobre el hombro derecho: una túnica ceñida de brocado verde con arabescos negros, grandes y sobrepuestos, larga hasta las rodillas, cerrada en el cuello sobre una camisa blanca y plegada, y abrochada por delante con una sola fila de botones de piedras preciosas: una faja de seda y oro ceñida á la cintura: una espada árabe con empuñadura de oro cincelada en arabescos con inscripciones cúficas esmaltadas, y un grueso brillante en el pomo: unas calzas de seda ceñidas, á grandes listas rojas y negras: unos borceguíes de tafilete verde bordados con hilo de plata, y sobre este traje una especie de toga talar negra, abierta por delante, con mangas perdidas y forrada de armiños.

Doña Isabel llevaba asido de la mano á Yaye hácia la chimenea.

– ¡Oh! ¡y como tiemblas! le dijo: hace mucho frio, ¿no es verdad?

Yaye no temblaba por el frio, sino por la poderosa conmocion que le dominaba, cuando quería, acobardado por su destino, olvidarlo todo y embriagarse con el amor, con la hermosura, con el irresistible encanto de doña Isabel.

– Sí, sí, el invierno es crudo, dijo Yaye asiendo por la redonda cintura á doña Isabel, que llena de solicitud, con todas sus galas, se habia inclinado sobre la chimenea para avivar su fuego.

– Siéntate, luz de mi vida, la dijo Yaye; tengo que hablarte.

– Me dices eso de una manera demasiado séria, dijo palideciendo doña Isabel.

– Nada temas, la dijo sonriendo melancólicamente Yaye.

Y asiendo un sillon, le unió al de doña Isabel; se sentó en él y asió las manos de su esposa que le miraba con ansiedad.

– ¿Por qué esa palidez, Isabel? la dijo Yaye que empezaba á embriagarse y á olvidarlo todo delante de ella. ¿Acaso no tienes una gran confianza en mí?

– Despues de Dios en nadie confio tanto como en tí, Yaye: pero desde que puedo llamarme legítimamente tuya: desde que puedo levantar mi frente tranquila y feliz, porque mi felicidad no puede avergonzarme… ¡oh! un vago cuidado se ha apoderado de mí: un recelo misterioso, que me he apresurado á arrojar de mi alma: si, si, yo te amo; no sé cómo hacerte comprender cuánto te amo: mira: lo que voy á decirte, es terrible, no debiera ser… pero… te amo mas… infinitamente mas, sin comparacion, ya lo creo… te amo mas… ¡que á mi hijo! ¡que al hijo de mis entrañas!.. es mas: cuando al fin Dios ha tenido compasion de mí, y te me ha dado, he comprendido que amaba á mi hijo, porque era hijo tuyo… he comprendido y me he sonrojado al comprenderlo… que cuando durante mi viudez y mi luto, pasaba no sé cuánto tiempo bebiendo la mirada de nuestro hijo, fijos mis ojos en los suyos… era porque en la mirada de nuestro hijo hay algo de la tuya… ¡oh! no sabes cuánto me he desesperado, cuánto he vacilado cuando he recibido tus cartas; cuánto he deseado llorando estrecharte contra mi corazon: ¡oh! yo te he amado siempre asi; desde el dia en que te ví… desde el tiempo en que pasábamos tan dulces mañanas cada cual en su mirador no he olvidado nada… nada… y cuando veia que el tiempo no me hacia vieja; que á pesar de los años, porque ya estamos cerca de las puertas de la vejez, mi corazon era siempre el corazon de una niña: cuando por un privilegio sin duda, veia, – yo puedo y debo decírtelo todo, todo lo que pienso, todo lo que siento, – veia, que mis ojos eran cada vez mas brillantes, y que me hacia mas hermosa… ¡oh! ¡y cómo la modesta viuda, la que siempre tenia fijos los ojos en el suelo delante de las gentes, la que siempre estaba pálida, oh y cómo se contemplaba al espejo! ¡y cómo se coloraban sus mejillas, y cómo decia su corazon: gracias Dios mio, porque me conservas hermosa para mi Yaye! ¡haz Dios mio, que crea en tí para que yo pueda unirme á él! ¡para que pueda mirarme en sus ojos como me miro en este espejo!

Y al decir estas palabras doña Isabel, atrajo á sus labios las manos de Yaye y las besó suspirando.

Yaye estaba al fin embriagado: lo habia olvidado todo: no veia mas que á doña Isabel, y no la veia en la tierra, se creia con ella en el cielo.

Y esta embriaguez de Yaye, que era hermoso, daba tal expresion á su semblante, tal lucidez á sus ojos, que doña Isabel abria toda su alma para que la fecundase aquel amor.

– Y mira, añadió doña Isabel: si nos hubiéramos casado entonces, yo nunca te hubiera dicho esto, aunque pensaba del mismo modo; y no hubiera sido tan feliz, porque no hubiera conocido la desgracia.

Estaba tan dominado Yaye, que no contestó.

– Escucha, dijo doña Isabel inclinándose sobre su semblante, colorada de un leve rubor y con el acento ligeramente trémulo: anoche, ya tarde, dormias: yo no: la felicidad, lo inmenso de mi felicidad, no me dejaba dormir: la lámpara iluminaba blandamente tu semblante: tu sueño parecia fatigoso, tu aliento ronco: yo velé tu sueño; yo hubiera querido leer á través de tu hermosa frente tus pensamientos: yo te contemplaba enamorada y cuidadosa, me parecia que el ensueño que se habia apoderado de tí te hacia sufrir; de repente tu entrecejo se plegó de una manera terrible, tu semblante todo tomó un aspecto de amenaza, tu boca una expresion cruel, feroz, y con una voz ronca, con palabras apenas articuladas, murmuraste: ¡Amina! ¡Aben-Aboo! yo me incliné sobre tí, uní casi mis oidos á tus labios, y sentí tu aliento que abrasaba, pero no oi ni una palabra mas.

– ¡Oh! dijo Yaye sonriendo, acabo de separarme de mi hija; mi hijo vela en la montaña frente al cristiano, ¡mientras yo duermo entre los brazos de su madre!

– Porque yo lo soy todo para tí, como tú lo eres para mí, exclamó con acento opaco y ardiente doña Isabel: porque olvidas entre mis brazos como yo olvido entre los tuyos… pero esos son breves momentos: algunas horas robadas á la realidad; despues nuestro mismo amor vuelve sobre nuestros hijos: ¿no es verdad?.. ¿no es verdad que nos engañamos cuando creemos que los amamos menos que á nosotros mismos?.. ¿cómo hemos de amarlos menos? ¿acaso no son ellos tu sangre? ¿acaso mi hijo no es un pedazo de mis entrañas? ¡Yaye! ¡Yaye de mi alma! tú, y tus hijos y yo… no somos mas que un solo corazon…! ¡no los olvidamos anegándonos en nuestro amor, porque ellos son hijos de nuestro amor!

– Es necesario romper á todo trance la situacion en que nos encontramos: yo era valiente cuando era desgraciado, cuando nada tenia que perder… ahora que te tengo á tí, me encuentro cobarde: el combate me estremece: se me figura que el primer arcabuz disparado por el enemigo ha de matarme: ¡Isabel! añadió gravemente Yaye: es necesario que sepas lo que eres para mí: desde anoche, luz de mis ojos, desde que he empezado á satisfacer la sed de mi corazon, nada hay ya en el mundo para mí mas que tú: he vivido soñando: he buscado lejos de tí la vida, y solo he encontrado la muerte: y cuando al fin vuelvo á vivir, la inflexible fatalidad me cierra el camino. Pues bien, estoy resuelto á todo: nada puedo hacer por mi patria, porque la patria ha muerto: la ha borrado del libro de los pueblos y de las generaciones la mano de Dios. He resuelto revelarlo todo á nuestro hijo…

– ¡Ah! dijo doña Isabel cubriéndose el rostro con las manos.

– Es preciso, preciso de todo punto, dijo Yaye: y quiera Dios que mi revelacion no llegue tarde, nuestro hijo está enamorado de su hermana.

Dona Isabel se puso de pié pálida como un difunto.

– ¿Y acaso tu hija le ama tambien?

– No, es peor que eso: le aborrece.

– Estamos malditos de Dios Yaye, exclamó anonadada doña Isabel.

– No, no; nuestro hijo, cuando sepa que Amina es su hermana, se horrorizará de su amor y le olvidará, le sustituirá con otro… ademas, yo no estoy seguro… necesito averiguar… probar… en esto pasará algun tiempo… y en ese tiempo te obligo á hacer un pequeño sacrificio.

– Ante todo júrame que estás seguro de que podemos salvar á nuestros hijos.

– Lo estoy, contestó Yaye.

– Pues bien, sepa Diego en buen hora que soy su madre.

– El sacrificio que acabo de indicarte, es mas sencillo. Se trataba de mi casamiento ante mi pueblo, de un casamiento aparente…

– ¿Con quién?..

– Con la sultana Howara, dijo Yaye sonriendo.

– ¡Casarte tú!.. segun las costumbres de los moros, ese matrimonio debe consumarse, debe presentarse un testimonio á la córte… y yo… yo no puedo permitir eso… tú me has engañado de una manera infame.

Y doña Isabel se levantó con la cólera de una leona.

– Es que ese matrimonio está consumado, dijo Yaye sonriendo.

Los hermosos ojos de doña Isabel irradiaron en una expresion de agonía, de tal modo, que Yaye asustado se apresuró á decir:

– ¡Isabel! ¡Isabel de mi alma! ¡la sultana Howara eres tú!

– ¡Dios mio! y ¡que horrible juego! exclamó doña Isabel dejándose caer sobre el sillon.

– Toca la corona que rodea tu frente; mira la corona que ciño: ¿á qué habia yo de ceñírmela sino porque el momento de mi union contigo delante de los mios se aproxima?

– ¡Pero yo no comprendo esto! ese nombre árabe…

– Es el de tu ilustre Abuela la sultana de Córdoba, la esposa del califa Abd-el-Rahman, el de la gran mujer á quien debió Abd-el-Rahman el trono que le hizo grande.

– Pero yo no quiero dejar de llamarme Isabel ni renegar de Dios.

– Ya te he dicho que es solo un casamiento aparente.

– ¿Me obligaran á confesar el islamismo?

– Todos te creen morisca.

– ¿No tendré que pronunciar una palabra sola contra Dios?

– No: es muy sencillo… se supone que ya está todo hecho: entregadas las arras concluido el contrato… todo se reducirá á tu presentacion; y á una fiesta de bodas.

– ¡Ah! ¿es decir que solo engañamos á los hombres?

– Y los engañamos por necesidad: Dios lo sabe. Si yo no tuviese que esperar por nuestro hijo…

– ¡Por nuestro hijo!..

– Si… necesito reducirle… convencerle á que nos siga. Los moriscos y los monfíes han empezado la guerra de una manera infame: como verdaderos bandidos.

– ¡Oh! ¡Dios mio!

– Han incendiado, robado, degollado, exterminado: un caballero no puede desnudar con honra su espada al frente de ellos… he vivido soñando; pero no he despertado tarde… durante algunos dias los engañaremos: después nosotros, con nuestro hijo, nos acercaremos á la costa, embarcaremos nuestros tesoros y nos trasladaremos á Francia ó á Venecia, para vivir solo por nosotros mismos.

– ¿Y tu ambicion?

– Mi ambicion ha sido anegada por un torrente de sangre.

– ¡Oh! ¡Dios mio!

– Te juro que antes de un mes habremos arrojado esta corona que abrasa la frente, y estas vestiduras reales que oprimen el pecho. Pero es necesario dar el último paso hácia nuestra libertad.

Y Yaye se levantó y asió á doña Isabel de la mano.

– ¿Es decir que es esta noche?

– Si, dijo Yaye.

– ¡Que nos esperan!

– Si.

– Yo me habia puesto estas joyas y estas vestiduras por darte gusto; pero no creia…

– Si, ha llegado la hora de que los moros vean por un momento levantarse ante ellos una sultana tan hermosa y tan llena de magestad como la esposa de Abd-el-Rahman: es necesario que te aclamen, que los fascines y que contribuyas á que no desconfien de nosotros.

– Pero este terrible convenio durará poco.

– ¡Oh! te juro que antes de que pase un mes habremos fijado nuestro destino.

Yaye llamó á las esclavas, y las mandó que trajesen un haike. Envolvióse en él doña Isabel á la usanza mora, y enteramente encubierta, sin que se la viesen mas que sus magníficos ojos negros, y sin mostrar de su hermosura mas que la gallardia de su cuerpo y lo magestuoso de su paso, salió de la cámara.

Aquella cámara estuvo desierta durante cuatro horas: al cabo de ellas oyóse en el exterior ruido de caballos y de gente armada, y los alegres acordes de la zambra.

Poco despues se oyeron abrir puertas en el interior, y al fin aparecieron Yaye y doña Isabel de vuelta, como á su salida, en el haike, que arrojó de sí doña Isabel.

– ¡Oh! ¡cuanta magnificencia y cuanta grandeza! dijo: no sabia yo que eras tan poderoso, Yaye mio.

– Si, pero tras esa grandeza hay sangre y lágrimas dijo Yaye. Feliz aquel que en vez de nacer sobre un trono nace en una cabaña.

– Ha habido un momento, dijo doña Isabel quitándose por sí misma su diadema y sus ropas, en que aquellos ancianos de barbas blancas que llegaban uno tras otro á inclinarse delante de mi; en que aquellos fuertes soldados que de igual modo me saludaban; en que aquella música heredada de nuestros abuelos; aquellas lámparas que brillaban tan numerosas como estrellas sobre aquellas paredes de oro; aquellas esclavas que bailaban al compás de la zambra; aquel trono que tenia bajo mis piés, me fascinaron, me lucieron sentir no se qué vanidad, no sé qué sentimiento de que aquello fuera un sueño. Porque eso ha sido un sueño, ¿no es verdad? Ya no volveré á ponerme mas esa diadema: la venderé y daré su precio á los pobres: ya no volveré á ponerme mas esta túnica dorada y negra, emblema de la dignidad real: ¿no es verdad Yaye? ¿No es verdad que tu me amas del mismo modo con estas sencillas ropas castellanas?

Doña Isabel se habia puesto un trage de terciopelo negro, y se habia colocado de una manera hechicera sus trenzas; pero como era excesivamente blanca, como habia conservado las arracadas, el collar de perlas y los brazaletes, con el ancho y largo vestido negro de terciopelo, indolentemente reclinada en el divan, asomando un precioso pié calzado aun con el borceguí morisco recamado de perlas, sobre el dintel de la chimenea; apoyando en el sillon un magnífico brazo desnudo, la cabeza en la mano, y fijando en Yaye una mirada intensa y enamorada, estaba infinitamente mas hermosa que con el deslumbrante trage, con el trage de relumbron de que se habia despojado.

Yaye se levantó, se quitó la corona, la arrojó con desden sobre un sillon, se desciñó la espada, arrojó el ropon negro, se puso una loba de terciopelo que cruzó sobre su pecho, y se acercó á doña Isabel.

– ¡Oh! ¡vida de mi vida! la dijo: ¡tú eres toda la felicidad que existe para mí!

Yaş sınırı:
12+
Litres'teki yayın tarihi:
28 eylül 2017
Hacim:
1330 s. 1 illüstrasyon
Telif hakkı:
Public Domain