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Kitabı oku: «Los monfíes de las Alpujarras», sayfa 65

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Cercada por todas partes y abrumada por el número la valiente compañía de arcabuceros, habia sucumbido toda, á excepcion del marqués de la Guardia de quien estaba apoderado Yaye, y del soldado que el marqués habia enviado al capitan general de Granada.

La poblacion presentaba un aspecto horrible.

No se veia en las calles mas que sangre y cadáveres; en la plaza estaba amontonado un botin sangriento, y algunas casas que habian sido incendiadas ardian aun.

La atalaya y la huerta que habian servido de habitacion á Aben-Aboo, estaban desiertas: doña Isabel de Válor y Angiolina Visconti habian desaparecido.

Cuando Yaye hizo buscar á doña Elvira de Céspedes no pudo darse con ella, y solo quedaban en la villa algunos moriscos aterrados y los monfíes triunfantes.

Cuando Yaye preguntó por Aben-Aboo y por Aben-Jahuar el Zaquer, le dijeron que habian marchado á la taha de Jubiles.

Aben-Humeya habia marchado tambien á la taa de Válor.

Yaye envió dos de sus walíes con órden terminante de que se presentaran Aben-Humeya y Aben-Aboo.

Pero Aben-Humeya contestó con altivez que era rey de Granada y que no obedecia á nadie, y Aben-Aboo no pudo ser encontrado.

Yaye conoció que era llegada para él la hora de la expiacion.

Entre tanto don César de Arévalo esperó en vano á que pareciese su sobrino, y cuando, no teniendo que hacer en las Alpujarras, se despidió del emir y se fué con Peralvillo á Granada, supo con horror que el capitan general habia recibido una carta del marqués de la Guardia, fechada en la madrugada del primer dia de Pascua, en que le participaba que con su compañia habia batído los monfíes y ocupado la villa de Cádiar.

Todo el mundo, incluso don César de Arévalo, dió por cosa cierta, cuando se supo el degüello de la compañía por los monfíes, que el marqués de la Guardia habia perecido víctima de su lealtad al rey.

Entonces, y no teniendo ya cosa que le detuviese en España, se fué con Peralvillo al Perú donde le llamaba su oficio de oidor de aquella real audiencia.

Desde este momento don César y Peralvillo se nos pierden: no se sabe si se ahogaron en la travesía, ó si don César se murió de viejo haciendo injusticias á los peruanos.

CAPITULO XXXII.
En que se ve que se estrechan las distancias entre nuestros personajes

¿Qué habia sido de Angiolina Visconti y de doña Elvira de Céspedes?

Vamos á decirlo sin rodeos á nuestros lectores.

Aben-Aboo habia llevado á Angiolina á un caserío de sus parientes en la montaña donde no podia correr el menor peligro.

Doña Elvira habia sido conducida por Laurenti, medio robada, engañada, al subterráneo de la Princesa encantada.

Es tal la multitud de sucesos que se agolpan en esta parte, que se embrollan, en las viejas memorias que nos sirven de guia, que nos vemos obligados á desenredarlos y darles claridad, á dejar en suspenso la explicacion de la causa de algunos; de este número, es la razon que tuvo Laurenti para apoderarse de doña Elvira, y el por qué del consentimiento de doña Elvira á seguirle.

En cuanto á doña Isabel de Córdoba y de Válor ya hemos apuntado anteriormente que Yaye la habia puesto en seguridad en la montaña.

El marqués de la Guardia habia sido conducido por Suleiman, de órden de Yaye, al alcázar subterráneo de los emires de los monfíes.

En cuanto á Amina y su hija nada podemos decir por ahora á nuestros lectores.

Digamos algo á cerca de la rebelion, puesto que su historia nos llevará como por la mano al desenlace de los sucesos complicadísimos que vamos relatando.

Lo que habia acontecido en la villa de Cádiar la noche del 24 de diciembre de 1568 habia acontecido en todas las villas de las Alpujarras.

Los moriscos se habian rebelado enteramente apoyados en los monfíes, habian acometido á los cristianos, matado á los que no pudieron escapar, cautivando á las mujeres jóvenes, incendiando, robando, martirizando con una crueldad infinita: tan cierto es que cuanto mas dura y ferozmente ha sido tiranizado un pueblo, mas terrible, mas cruel, mas abominable es su venganza.

Ni es nuestro objeto entrar en los detalles de aquellas inhumanas carnicerías, ni nuestro carácter se presta á ello: en el relato de los acontecimientos de Cádiar de que no hemos podido dispensarnos, no hemos tenido afortunadamente necesidad de presentar niños crucificados, y acañavereados, sacerdotes á quienes se arrancaba vivos el corazon; hombres quemados á fuego lento; horrores inauditos, venganzas monstruosas, que se llevaron á cabo en casi todos los lugares de la Alpujarra, y que empañaron la causa defendida por los monfíes, haciendo de ellos innobles ladrones y repugnantes asesinos.

Yaye veia desvanecerse sus sueños: comprendia al fin que solo habia sido rey de una numerosa banda de malhechores, contenida por su espada, mientras no se habia llegado á un rompimiento decisivo, pero desbordada y alentada y puesta en insubordinacion por fatales elementos el dia del rompimiento. Alrededor de Yaye habia muchos caballeros entre ellos Harum, que conservaban la tradicional y generosa hidalguía de los antiguos árabes, pero que eran impotentes para contener el mal.

Yaye conoció que en todo se habia engañado: pero cada uno de sus engaños habia sido para él de una trascendencia terrible.

Yaye estaba desesperado.

A mas de sus desgracias domésticas, que eran bastantes para desgarrarle el corazon, veia con espanto que la guerra se habia empezado con los peores auspicios posibles.

La justicia, la opinion pública, la conciencia debian protestar y protestaban contra aquellas gentes que no cesaban de incendiar, de violar, de matar, de robar.

Los horrores se sucedian sin intermision27.

Inmediatamente despues del alzamiento de Cádiar se alzó la taa de Poqueira; á continuacion los quince lugares ó alquerias de la taa de Orgiva; los once lugares de la de Ferreria; los veinte de la de Jubiles; los veinte de las taas de los dos Cebeles; los diez y nueve de la de Ujijar, todas estas villas y lugares, los primeros del alzamiento, lo verificaron, como Cádiar, el dia 24 de diciembre; despues y hasta el 1.º de enero del siguiente año de 1569, esto es: en el espacio de seis días se rebelaron los lugares de la tierra de Adra, las taas de Veria, Andarax, Dalias, Lucha, Marchena, Rio Boluduy, las tierras de Salobrena y Almería y el marquesado del Zenete: es decir: todas las Alpujarras y parte de la Axarquía de Málaga y de la provincia de Almería.

Un número considerable de cristianos asesinados, cuyo número no seria exagerado determinándolo en diez mil, habian sido el terrible reto, lanzado por los moriscos al rostro de Felipe II; una oleada de sangre que estremeció á España, y que hizo se fijasen en ella las miradas de Europa; sombrío relámpago de una insurreccion comprimida hacia mucho tiempo, y que al fin estallaba salvaje en todo el esplendor de su horrorosa venganza.

Encontró esta rebelion al marqués de Mondéjar sin gente y sin pertrechos: afortunadamente la tentativa de los monfíes sobre Granada habia fracasado: si por un acaso, por una combinacion mejor meditada, el estandarte de Mahoma llega á tremolar sobre las torres de la Alhambra, España se hubiera encontrado de repente acometida por un enemigo formidable: Africa entera se hubiera lanzado á los puertos españoles ocupados por los turcos y el ambicioso sultan de Constantinopla, el guerreador y terrible Selín II hubiera encontrado en España su campo de batalla contra la cristiandad.

¿Quién sabe lo que pudo haber sido de Europa, por la imprevision de Felipe II, por lo antipolítico de su opresor fanatismo, por su ciega confianza en las fuerzas del clero y de las gentes de justicia? En el reino de Granada, como en todo país recien conquistado, se necesitaba un gobierno justo y benévolo para atraer, un ejército respetable para reprimir. Nada de esto habia; se azotaba al vencido, se le provocaba, se le excitaba á la rebelion, y no se tenia ningun medio represivo.

Asi es que el marqués de Mondéjar no supo que hacer en los primeros momentos; urgia ir á apagar el terrible incendio de las Alpujarras y no contaba con fuerzas para ello: temia una acometida sobre la ciudad y no encontraba los medios de defensa: tenia los enemigos dentro de la casa, esto es: los moriscos del Albaicin, porque, aunque reprimidos y al parecer leales, porque no veian aun en los monfíes bastante apoyo para rebelarse, se rebelarian en el momento en que supiesen que un ejército turco venia en su ayuda; todo esto era inminente: urgia guarnecer la ciudad, y atravesando á todo trance por medio de las rebeladas Alpujarras, cubrir las costas.

En este conflicto el marqués de Mondéjar apeló á la antigua usanza de Castilla, apellidó guerra: hizo llamamiento de gente á las ciudades y señores de Andalucia, con arreglo á la antigua obligacion de los concejos: puso banderas para el enganche de soldados aventureros, buscó cuantas armas, pertrechos y provisiones pudo, gran parte con su propio caudal y parte con la ayuda de los mas principales señores del reino de Granada, y como todos estos esfuerzos no bastasen para tanta empresa, escribió á Felipe II, manifestándole lo grave del suceso, y pidiéndole con urgencia capitanes, hombres y dinero.

Entre tanto la ciudad estaba profundamente desasosegada: las noticias que se sabian cada dia de las Alpujarras, y los que venian de ellas aterrados y acaso maltratados y heridos, exagerando aun lo terrible de la rebelion, eran una continua ocasion de alarmas falsas: veíanse de repente correr los vecinos sin saber á donde con los arcabuces afianzados y las espadas desnudas; y volver á su casa despavoridos, solo por el pensamiento del peligro que no existia: todo era turbacion y miedo: desconfiaban los unos de los otros: las mujeres corrian á los templos á rogar á Dios, y las principales señoras se acogieron á la Alhambra, como lugar mas fuerte, siendo infinito el número de las familias que abandonaron á Granada: no se veian por todas partes mas que casas vacias y tiendas cerradas: los clérigos y los frailes en rogativas, y todos ansiosos por la venida de gentes de guerra.

Las primeras que llegaron fueron las de Alcalá y Loja: una compañía fué por órden del marqués á Restabal, pueblo inmediato á las Alpujarras, para poner en salvo á los cristianos viejos, sus familias y haciendas; otras dos compañías se estacionaron en Durcal para impedir á los enemigos el paso á la ciudad, y el capitan don Diego de Quesada con una bandera de infantería y una corneta de caballos fué á ponerse sobre el puente de Tablate, lugar estrecho á la entrada de las Alpujarras.

El presidente Deza por su parte, queriendo emular con el marqués de Mondéjar, escribió á don Luis Fajardo, marqués de los Velez, adelantado en el reino de Murcia y capitan general de la provincia de Cartagena, excitándole á que con sus gentes, y las de sus parientes y amigos, acometiese á los rebelados de las Alpujarras por la parte del rio de Almería: á lo que se prestó hidalgamente el marqués de los Velez, levantando banderas y empezando á reunir gente.

La misma incertidumbre, la misma perplejidad de que estaban poseidos el capitan general, el presidente de la Chancillería y el corregidor de Granada, se habia apoderado de las cabezas de la rebelion.

Yaye estaba aturdido; Aben-Aboo, oculto; Aben-Jahuar, receloso; Aben-Humeya, desalentado; al ver el poco efecto que habia hecho en los moriscos de la ciudad y de la Vega el alzamiento, no sabia qué partido tomar: y entre tanto la turba multa, esto es: los monfíes, los moros gandules (entre monfí y morisco) y los moriscos rebelados, se entregaban á la matanza, al saqueo, al incendio y á toda clase de licencias, haciendo de la guerra una empresa de bandidos, desprestigiándola, haciéndola odiosa. El mismo aspecto repugnante y brutal que habia tomado la rebelion, la reconcentró en la montaña, sin poder pasar mas adelante; hizo que Selin II mirase con poco calor la ayuda de aquella empresa, que el dey de Argel, Aluch-Ali, mas ocupado de presas y piraterías que de este asunto, y mas siendo tan dudoso el de los moriscos, contestase á sus peticiones de socorro de una manera vaga, y que solo el rey de Fez, descendiente de los Xerifes, que por su religiosidad veia en la sublevacion de las Alpujarras una guerra santa, fuese con ellos mas esplícito.

Pero lo que sobraba al Xerife de buenos deseos, le faltaba de fuerzas: temia exponer sus naves en el mar contra las galeras de España, y aplazó su socorro; limitóse solo, á formar una alianza con el dey de Argel, y á ayudar indirectamente á los moriscos, distrayendo las fuerzas marítimas de España en una empresa contra Túnez y Biserta.

Si estaban divididos y empeñados en una vieja rivalidad, el presidente don Pedro de Deza y el capitan general don Iñigo Lopez de Mendoza, no estaban menos divididos los gefes de los moriscos.

Aben-Humeya desalentado andaba errante de villa en villa; el emir de los monfíes se ocupaba mas de sus asuntos particulares que de la guerra; Aben-Aboo, conspiraba contra el emir, y contra Aben-Humeya, y Aben-Jahuar le alentaba, previendo el dia en que, quedándose solo Aben-Aboo pudiese vencerle haciéndole á su vez traicion y apoderándose de todo.

De parte de los cristianos faltaban fuerzas: de parte de los moriscos conciencia: la lucha se habia reducido desde el principio empequeñeciéndose á una guerra de montaña que podia durar mas ó menos, pero sin otro horizonte por el momento, sin otros augurios que los de una sucesion de sangrientas escaramuzas sin resultado de una parte ni de la otra.

España tenia su poder y sus ejércitos: los moriscos sus breñas inaccesibles, y su brabío y feroz espíritu su independencia; pero España podia, como lo hizo mas adelante, aislar el incendio é impedir que por la agregacion de nuevos elementos se extendiese.

La balanza, pues, estaba igual al empezarse la guerra: entrambas partes se temian: entrambas estaban recelosas: entrambas contaban con temor las fuerzas probables que podria poner en accion la parte contraria.

Porque ni los moriscos apreciaban bien las dificultades casi insuperables que tenia que vencer España, distraida en otras empresas para levantar enormes ejércitos, ni los cristianos sabian las tambien insuperables dificultades con que contaban los moriscos para procurarse una eficaz ayuda de sus correligionarios de Africa.

Desalentado Aben-Humeya, se salió un dia solo de Lanjaron, resuelto á pasar á Africa abandonando la empresa, y no atreviéndose ya en razon al estado de las cosas á demandar perdon del rey de España.

Encontráronle unos monfíes atravesando un barranco, á pié triste, cabizbajo, llevando el caballo del diestro.

Aquel encuentro fue para él decisivo; fue, puede decirse, una prision: desde entonces Aben-Humeya, á pretexto de lealtad estuvo vigilado, pusiéronle casa real á usanza de los antiguos reyes de Granada: le casaron con tres moriscas principales, una del Albaicin, otra del rio Almanzora, y otra de Tabernas: procuráronle un pequeño harem con las mas bellas de las cristianas que habian robado en las villas y lugares entrados á sangre y fuego, y le obligaron á desnudar la espada y á dirigir la guerra.

Dividió los moriscos y los monfíes en dos ejércitos: el uno ocupó el camino de Orgiva, entre Granada y la entrada de las Alpujarras al Levante de Almería, al Poniente de Salobreña y Almuñecar, y al Norte de Granada. El otro ejército adelantó sobre Granada, poniéndose sobre Durcal, pero habiendo sido rechazado despues de una noche de combate dudoso (4 de enero de 1569) por las gentes de las compañías de Lorenzo de Avila y de Gonzalo de Alcántara, que fueron socorridas por el marqués de Mondéjar, que con dos mil infantes y cuatrocientos caballos se habia puesto sobre la villa del Padul, se retiraron del centro de las Alpujarras al Laujar, barrio inmediato á Válor el Alto, y allí se hicieron fuertes y sentaron sus reales.

En tal estado se encontraba la guerra de Granada al empezar el año de 1569.

CAPITULO XXXIII.
En que el autor deja la historia para tomar otra vez la novela

Aben-Jahuar y Aben-Aboo, habian abandonado, no sin razon la escena pública, por decirlo asi.

La noche del 24 de diciembre del año anterior, esto es, aquella terrible noche en que la esterminadora venganza de los monfíes habia caido sobre Cádiar: en el momento en que el marqués de la Guardia al frente de sus soldados, cargaba sobre los enemigos y llamaba á Aben-Aboo ansioso de matarle: cuando el emir al ver en peligro al marido de su hija mandó retirar á los monfíes, Aben-Jahuar al parar junto á la embocadura de una oscura calleja habia asido á su sobrino de un brazo y le habia arrastrado consigo.

– ¿A dónde me lleváis? dijo el jóven.

– Sigue, sigue aprisa, dijo Aben-Jahuar: es preciso huir del peligro.

– ¿Pero qué peligro nos amenaza? esta es una retirada falsa, sin duda, para sacar á esos perros de la plaza.

– Los cristianos no son en estos momentos nuestro peligro. El peligro está entre nosotros. Nuestro peligro es el emir de los monfíes.

– ¿Nos hará acaso traicion?

– No me entiendes. El emir no puede hacer traicion á los moros. El emir matará hasta el último de esos cristianos, pero será cuando no esté entre ellos su hijo, el duque de la Jarilla.

– ¡Ah!

– El emir llamará al duque, le robará, si es necesario, para salvarle, y cuando el duque de la Jarilla, esto es, el esposo de Amina hable con el emir, eres hombre perdido.

– ¡Ah!

– Fuiste muy imprudente cuando nos apoderamos de Amina, te olvidaste de ponerte el antifaz. El resplandor aunque momentáneo de los disparos de las escopetas de nuestros hombres, bastó para que el marqués, que estaba cerca de ti en el barranco, te reconociera.

– Acaso os equivoqueis: con la turbacion del lance, con una noche tan oscura…

– El duque…

– Me martirizais con llamar duque á ese hombre.

– Pues bien: el marqués de la Guardia, es valiente y sereno, y no hay en él, por grande que sea el peligro, turbacion que le impida ver pronto, y bien; tú eras el que estabas turbado…

– Yo no soy cobarde.

– Pero tenias ansiedad por apoderarte de Amina: por lo mismo no pudiste oir lo que yo oi; el marqués te llamó por tu nombre y te apellidó infame, ladron y asesino. Poco despues la avenida del barranco le arrastró; yo di la cosa por concluida… porque ¿quién habia de pensar que el marqués se salvase? Sin embargo, se ha salvado: el emir le ha visto entre los soldados que combatian en Cádiar, y no ha mandado retirar al verle sino para salvarle. Le salvará, lo sabrá todo. ¿Qué piensas tú responder al emir cuando te pregunte por Amina? ¿puedes entregarle su hija?

– ¡Ah! exclamó Aben-Aboo.

– Anda, pues, mas de prisa, sobrino; es necesario que nos perdamos: que no puedan dar con nosotros.

– ¿Pero no considerais que perdernos ahora, es perdernos para siempre?

– Es que estaremos poco tiempo perdidos.

– No os entiendo; ¿creeis que mañana no me preguntará Yaye por su hija?

– Dentro de algun tiempo no podrás temerle.

– Explicaos, explicaos, tio, porque no os entiendo.

– Hablemos, pues, sin rodeos. Es necesario que muera el emir.

– ¡Que muera! pero no es tan fácil matarle.

– Tú le matarás.

– ¡Ah! sois mas sanguinario y mas cruel que yo.

– Conozco la necesidad. Y entre matar y morir, prefiero matar.

– Pero mi pobre madre… mi pobre madre que le ama.

– Tu madre le amaba antes de casarse con tu padre.

– ¡Tio! ¡tio! ved lo que decís.

– Yaye debió casarse con tu madre; el casarse con ella costó la vida á tu padre.

– Harto lo sé, dijo roncamente Aben-Aboo: me lo ha dicho Angiolina, que no sé por qué, aborrece al emir.

– Le aborrece porque el emir es padre de Amina, y Amina ha robado á Angiolina Visconti, que este es su verdadero nombre, el hombre á quien amaba, porque la princesa ama con toda su alma al marqués de la Guardia.

– Parece que Satanás habla por vuestra boca. ¿No sabeis que estoy enamorado de esa mujer?

– Por lo mismo mata al emir, para poder matar despues al marqués de la Guardia.

– ¿Olvidais que el emir me ha proclamado su sucesor, y su compañero en el mando? ¿que los monfíes me miran ya como su señor?

– Pues mejor, mucho mejor; los monfíes no tienen necesidad ninguna de saber que tú has matado al emir, y cuando él haya muerto, tú serás el rey único y absoluto de esos valientes. Con ellos, y alguna habilidad, puedes dar de través con Aben-Humeya, y quedar único rey de Granada.

– Me aconsejais que atraviese un lago de sangre.

– Cuando se buscan coronas, los cadáveres se pisan.

– Si al menos el emir hubiera tenido una parte directa en el asesinato de mi padre… pero quien le mató fue vuestro difunto hermano… por mas que ha hecho Angiolina no ha podido hacerme ver claro que el emir tomase parte alguna en aquel crímen. Vos, que en aquella ocasion acompañábais al verdadero asesino…

– ¿Quién te ha dicho que mi hermano fue el autor de esa muerto? Monfíes fueron los que la mataron.

– Probadme que asesinó á mi padre…

– ¡Le matarás, sobrino, le matarás!.. y para ello te ayudará tu madre.

– ¡Mi madre! ¡mi madre que tanto le ama!

– Te ayudará sin saberlo: pero adelante sobrino, adelante, que ya viene el dia.

– ¿Pero dónde nos ocultaremos?

– ¿Dónde? en el lugar donde murió tu padre.

– ¡Ah! exclamó Aben-Aboo.

En efecto, el dia se entraba por el Oriente á buen andar, y á buen andar tambien Aben-Jahuar y Aben-Aboo, se perdieron entre las quebraduras de la montaña.

27.Lo primero que hicieron fue apellidar el nombre y secta de Mahoma, declarando ser moros agenos de la santa fe católica, que tantos años habia que profesaban ellos y sus padres y abuelos… Y á un mismo tiempo sin respetar con divina ni humana, como enemigos de toda religion y caridad, llenos de rabia cruel y diabólica ira, robaron, quemaron, y destruyeron las iglesias, despedazaron las venerables imágenes, deshicieron los altares, y poniendo manos violentas en los sacerdotes de Jesucristo, que les enseñaban cosas de la fe, y administraban los sacramentos, los llevaron por las calles y plazas desnudos y descalzos, en público escarnio y afrenta. A unos asaetearon, á otros quemaron vivos, y á muchos hicieron padecer diversos géneros de martirios. La misma crueldad usaron con los cristianos legos que moraban en aquellos lugares, sin respetar vecino á vecino, compadre á compadre, ni amigo á amigo; y aunque algunos lo quisieron hacer no fueron parte para ello, porque era tanta la ira de los malos, que matando cuantos les venían á las manos, tampoco daban vida á quien se lo impedia. Robáronles las casas, y á los que se recogian en las torres y lugares fuertes, los cercaron y rodearon con llamas de fuego, y quemando á muchos de ellos, á todos los que se les rindieron á partido dieron igualmente la muerte, no queriendo que quedase hombre cristiano vivo en toda la tierra que pasase de diez años arriba. Mármol: historia de la rebelion y castigo de los moriscos del reino de Granada: Lib. IV, cap. VIII.
Yaş sınırı:
12+
Litres'teki yayın tarihi:
28 eylül 2017
Hacim:
1330 s. 1 illüstrasyon
Telif hakkı:
Public Domain