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Kitabı oku: «Los monfíes de las Alpujarras», sayfa 69
– Miraba en tí á un tiempo el amante y el verdugo: hui del verdugo, pero he recordado siempre al amante.
– Para ultrajarle.
– No.
– Has sido querida del marqués de la Guardia.
– Me arrojó en sus brazos un empeño de mujer.
– Has sentido zelos de muerte contra la hija del emir.
– Siempre mi empeño y mi vanidad de mujer: pero me he vengado y estoy tranquila: he vuelto á tu poder, y no tiemblo, porque sé que me amas Laurenti, que enloqueces por mí, que por mí eres capaz de todo: porque sé que no seré tu esclava, sino tu señora.
– ¡Ah!
– Si; mis miradas te embriagan, mis palabras te fascinan: mi amor te hace esclavo mio.
– Es verdad, dijo con voz ronca Laurenti: por tu amor he cometido mis mas repugnantes crímenes; mis crímenes mas horribles: esa hermana en poder de su hermano… ese padre asesinado por sus hijos…
Laurenti se estremeció: Angiolina se estremeció tambien.
A entrambos los habian llevado el amor y los zelos á crímenes monstruosos; en entrambos la conciencia se sublevaba contra sus hechos, implacable, severa: eran dos espíritus condenados.
Pero en entrambos quedaba arraigado el gérmen que los habia llevado á aquellos crímenes.
Laurenti amaba con toda su alma á Angiolina, y por un fenómeno singular, á aquel amor se unia un odio implacable, porque Laurenti se sentia aborrecido por ella.
Lo mismo acontecia á Angiolina; amaba, codiciaba al marqués, pero el marqués habia herido su corazon y su vanidad, abandonándola, despreciándola por Amina.
Angiolina creia muerto al marqués; le creia muerto por consecuencia de los manejos vengativos de Laurenti, y sentia contra él una insaciable sed de venganza.
– ¡Oh! ¡yo te mataré! dijo en su pensamiento Angiolina, cuando conoció que Laurenti estaba, mas que nunca lo habia estado, enamorado de ella.
– Angiolina, dijo Laurenti, despues de algunos momentos de silencio: si tú me amases, aun podria ser feliz.
– ¿Y por qué no he de amarte? ¿no has hecho por mi inmensos sacrificios? ¿no lo has sufrido todo? ¿no me has visto acompañada por el marqués, apoyada en su brazo, sonriéndole enamorada?
– ¡Ah! exclamó Laurenti.
– Sin embargo, yo no amaba al marqués: estaba únicamente ofendida en mi orgullo, y creia amor lo que solo eran zelos de vanidad, empeño. Pero cuando he sabido que el marqués ha muerto, no he llorado…
– ¿Quién te ha dicho que ha muerto el marqués? exclamó Laurenti, disimulando su extrañeza, porque sabia bien que el marqués vivia.
– ¡Aben-Aboo! contestó Angiolina.
– ¿Has sabido que el marqués ha muerto, y no has vertido todo tu corazon en lágrimas? ¡si tu hubieras muerto, yo no hubiera podido sobrevivirte!
– Eso debe probarte que no le amaba.
– ¡Ah! yo te lo perdonaria todo Angiolina si pudiera creerte.
– ¿Y qué pruebas puedo darte para que me creas?
Laurenti se estremeció de conmocion, estrechó convulsivamente la cintura de la jóven y la besó en el cuello.
Angiolina suspiró, se volvió, y rodeó sus brazos al cuello de Laurenti.
– ¡Yo te amo! le dijo suspirando.
Y le besó en la boca.
– ¡Oh! ¡tu amor! ¡tu amor Angiolina! exclamó el bandido ¿no me engañas?
– No; yo te amaré toda tu vida y aun despues de tu muerte.
– ¡Oh! ¡amado por tí, mi vida será muy corta, porque la felicidad me matará!
– No, no te matará la felicidad, dijo Angiolina, apoderándose rápidamente de la daga de Laurenti, y estrechándole con fuerza contra su seno: te mato yo.
Laurenti dió un grito: habia sentido una punzada agudísima en su costado izquierdo, un cuerpo agudo que penetraba lentamente en su carne.
– Si, te mato yo; miserable asesino; raptor y deshonrador de mujeres; ladron infame.
Y Angiolina apretaba con fuerza la daga sobre el costado de Laurenti; y la estrecha daga penetraba con lentitud.
De repente Laurenti abrió los brazos, cayó sobre la grupa del caballo, y desde allí al suelo.
Angiolina saltó del caballo, y fué al sitio donde estaba Laurenti.
– ¡Muerto! exclamó reconociéndole: ¡le he atravesado el corazon! ¡miserable, que has sido la causa de todas mis desgracias! ¡al fin me veo libre de tí! ¡líbre y sola! Ya me he vengado de tí, pero aun me queda que vengarme de otro hombre: don Juan ha muerto… es necesario que Aben-Aboo muera tambien: y le mataré; sí, le mataré, no sé cómo, pero el infierno le arrojará en mis manos.
Y temerosa de que Laurenti no estuviese bien muerto, con la crueldad del odio y del miedo, le atravesó las sienes con la daga, sirviéndose para hacer penetrar el arma, de una piedra á manera de martillo.
La daga quedó atravesada en el cráneo de Laurenti.
Angiolina registró los bolsillos del cadáver, se apoderó del dinero que llevaba y de sus pistoletes, y montando de nuevo á caballo, se alejó, exclamando con un gozo horrible.
– ¡Oh! ¡de esta vez estoy segura de no volverte á encontrar!
Y resuelta á todo, llevando en la mano un pistolete amartillado, dejó al caballo en libertad de marchar por donde mejor quisiera.
Poco le importaba lo que pudíera acontecerla; si encontraba cristianos, les diria que era una cautiva escapada del poder de los monfíes, y si eran monfíes se declararia cautiva de Aben-Aboo.
El caballo caminaba á la ventura.
De repente, al atravesar una rambla, se escucharon pasos y voces de hombres, y se vieron relumbrando algunas antorchas.
Al sentir las pisadas del caballo, todos aquellos hombres avanzaron y rodearon á Angiolina.
– Es una dama, exclamaron con asombro.
– Sí, una dama que huye de sus enemigos, exclamó Angiolina.
– ¡Ah! dijo un jóven que acababa de sobrevenir: vos sois la princesa Angiolina Visconti.
– Y vos sois don Fernando de Válor.
– Sí, yo soy Aben-Humeya.
– Pues me doy por dichosa, dijo Angiolina, porque he huido de mis verdugos, y os buscaba para que me amparáseis, señor.
– ¡Ah! hermosa princesa, en mala hora venis á ampararos de mí: pero no importa: asid del diestro el caballo de esa dama, y adelante. No podemos detenernos un momento hasta que estemos en medio de mi ejército. Hasta entonces, perdonadme si para salvaros y para salvarme, no me detengo un punto. Adelante, adelante y aprisa: es necesario que antes del amanecer lleguemos al Laujar.
Aben-Humeya siguió á gran paso al frente de sus moriscos entre los cuales siguió marchando el caballo de Angiolina, ó mas bien del difunto Laurenti.
CAPITULO XXXIX.
De cómo se perdieron de nuevo Amina y el marqués
Entre tanto Calpuc, Harum, y un cuerpo como de quinientos monfíes, marchaban á gran paso atravesando las Alpujarras en direccion á Orgiva.
Iba ademas con ellos otra persona muy conocida nuestra.
El marqués de la Guardia que habia sido sacado por Harum del alcázar subterráneo del emir.
El marqués caminaba entre Calpuc y Harum.
De tiempo en tiempo Calpuc exhalaba un profundo suspiro, al que contestaba una imprecacion del marqués y una blasfemia de Harum.
– ¡Por los siete cielos, y por el infierno! exclamaba Harum: ¡muerto mi señor, y muerto villanamente á traicion! ¡muerto por esos dos miserables!
El marqués juraba y votaba, y ofrecia su alma al diablo por matar á Aben-Aboo que le habia robado á su esposa y á su hija; pero el marqués no sabia, que Aben-Aboo y Aben-Humeya eran hijos del emir, y que por lo tanto Amina era hermana de ellos.
Calpuc guardaba tambien dentro de su alma aquel terrible secreto.
Los tres aguijaban sus caballos, hasta el punto de dejar atrás á los monfíes, que aunque iban á la carrera, no podian seguirlos.
De tiempo en tiempo Harum se volvia y gritaba á los monfíes:
– ¿Os habeis convertido en bueyes cansados, de cabras sueltas que érais? ¿no sabeis que vamos en busca del asesino del emir, que vamos á libertar á la sultana?
Los monfíes lanzaban un alarido de furor y forzaban su carrera.
Pero por mucho que apresuraban su marcha, y aunque eran fuertes é incansables, no podian seguir á los caballos.
Estos les tomaron gran delantera.
A punto de amanecer, el caballo del marqués, mas fuerte, ó mejor llevado por su ginete, habia adelantado á los de Calpuc y Harum, y entraba en la rambla de los Gamos, en aquella rambla donde existia aun la encina muerta, de cuyas deshojadas ramas habia mandado colgar veinte y dos años antes Yuzuf, padre de Yaye, á los monfíes asesinos de Miguel Lopez.
Pasaba el marqués á la carrera junto á aquella viegísima encina, cuando de repente se oyó el galope de otro caballo, y apareció al fin, trayendo sobre su lomo un hombre y una mujer.
Este caballo, conduciendo aquel grupo, pasó como una exhalacion por delante del marqués cortando la carrera á su caballo.
A la luz de la mañana, el marqués creyó reconocer en aquella mujer á Amina, en aquel hombre á Aben-Aboo, y no pudo quedarle duda, porque reconocido por Amina, la oyó gritar:
– ¡Sálvame! ¡sálvame de este infame!
El marqués revolvió violentamente su caballo, exponiéndole á dar de través, y destrozándole en esta vuelta violenta; y se puso en seguimiento de Aben-Aboo.
Pero fuese que el caballo de este fuese mas fuerte que el del marqués ó que estuviera mas descansado, á pesar de la desventaja de llevar sobre sí dos personas, siguió sosteniendo la ventaja que habia ganado, y sin que el marqués pudiera por mas que castigaba y excitaba á su caballo, hacerle disminuir aquella ventaja.
Hubo un momento en que Aben-Aboo revolvió su caballo con la intencion manifiesta de venir sobre el marqués y empeñar un combate.
Pero vió tras el marqués á otros dos ginetes á lo lejos, aunque no pudo reconocerlos, y allá, mas lejos aun, los monfíes que entraban á la carrera en la rambla, y se puso de nuevo en fuga.
– ¡Flanquead! ¡flanquead y cortadle la huida! gritó Harum á los monfíes: ¡flanquead, mientras nosotros le seguimos por derecho!
Y los monfíes, al escuchar aquella voz de mando, se dividieron en dos bandas, y tomaron los atajos y los desfiladeros de la sierra.
El marqués continuaba clavando sus espuelas en los flancos de su caballo que lanzaba gemidos de dolor, y corria cubierto de espuma, pero sin alcanzar ventaja.
El caballo de Aben-Aboo no podia adelantar tampoco, por el aumento de su carga.
De repente el caballo del marqués, se paró jadeante: se extendió, tosió fatigosamente, arrojó un vómito de sangre y cayó muerto.
Don Juan lanzó una blasfemia, se desembarazó de los estribos, y siguió corriendo tras Aben-Aboo, pero desesperado.
De improviso lanzó un grito de alegría.
El caballo de Aben-Aboo habia caido rebentado tambien.
Calpuc y Harum continuaban montados, pero sus caballos se resistian á las espuelas y se negaban á correr.
Los monfíes empezaban á aparecer sobre los flancos de la montaña y se oian sus gritos de amenaza á Aben-Aboo.
Este se desembarazó tambien de los estribos, asió á Amina; cargó con ella y se embreñó.
Parecia inevitable la captura de Aben-Aboo, ó que á lo menos se veria obligado á abandonar su presa.
De tiempo en tiempo, Amina lanzaba un grito de socorro, y Harum, que habia logrado incorporarse al marqués, gritaba á los monfíes, algunos de los cuales preparaban sus arcabuces y sus ballestas:
– ¡No tireis! ¡no tireis! ¿no veis que podeis herir á la sultana?
Aben-Aboo, como si le hubiera prestado fuerzas un poder sobrenatural, seguia corriendo.
Oyóse de improviso un grito de triunfo de Aben-Aboo.
Acababa de entrar en la jurisdiccion maldita, por decirlo asi, de la Princesa encantada; en aquel escondrijo que habia encontrado por casualidad Laurenti.
Ya hemos dicho que aquel lugar era terriblemente respetado por la credulidad supersticiosa de los monfíes: al llegar á cierto punto, Harum se detuvo aterrado, como si hubiera tratado de penetrar en el infierno, y los monfíes que flanqueaban la montaña, se detuvieron tambien y retrocedieron cuando reconocieron la hoya.
Solo el marqués, con la espada desnuda en una mano, y un pistolete amartillado en la otra, seguia tras Aben-Aboo y Amina, que se acercaban ya á la roca á la que se habia dado el nombre de Princesa encantada.
Aben-Aboo dió la vuelta á la roca y penetró por la grieta, recorrió los primeros senos, y al llegar á un paraje se detuvo, dejó en el suelo á Amina que se habia desmayado por la emocion y la fatiga, se inclinó sobre el suelo, levantó una piedra, y descubrió una mecha de yesca seca y perfectamente preparada.
Aben-Aboo cogió aquella mecha entre la cazoleta del pedreñal, y dió fuego: la mecha empezó á arder; Aben-Aboo cargó de nuevo con Amina y continuó descendiendo á la carrera, internándose rápidamente en el subterráneo.
El marqués de la Guardia, aunque muy retrasado, penetró tambien en la gruta espada en mano, siguiendo á Aben-Aboo.
Entre tanto los monfíes detenidos por su terror supersticioso en la frontera, por decirlo asi, de aquel terreno maldito, no daban un paso: el mismo Harum vacilaba, solo Calpuc atravesó á la carrera aquella demarcacion fatal.
Excitado al fin Harum por su lealtad á sus señores, la pasó tambien.
Pero ni un solo monfí adelantó.
Limitáronse á rodear aquella demarcacion.
Calpuc adelantaba, Harum le seguia.
De improviso una detonacion horrorosa hizo temblar la tierra; la roca que representaba la Princesa encantada, voló lanzando á gran altura enormes fragmentos, y solo quedó en el lugar que ocupaba un monton de escombros calcáreos.
Calpuc y Harum se detuvieron pálidos de espanto; y los monfíes lanzaron un alarido de terror.
Era imposible ya penetrar en el subterráneo: Aben-Aboo, Amina y el marqués de la Guardia, habian quedado sin duda sepultados.
Calpuc y Harum, pasado el primer momento de terror, corrieron al lugar de la catástrofe, y al contemplar aquel hacinamiento de rocas rotas, impidiéndoles el paso, separándolos de Amina y del marqués, cayeron de rodillas y oraron por ellos.
Pero de repente Harum se alzó.
En su semblante pálido se veia una expresion terrible de venganza, de una venganza ansiosa; sus ojos destellaban sombríos relámpagos de muerte.
Como él, Calpuc se habia alzado rígido y terrible.
– De seguro, dijo volviéndose á Harum, en esta terrible voladura, solo ha perecido el marqués de la Guardia. Aben-Aboo se ha dirigido aquí sin vacilar: debia conocer este escondrijo: debia tenerlo preparado á todo evento. Las voladuras se efectúan siempre para arriba: esto lo sé yo muy bien, como que he hecho volar muchas masas de pedernal, en el desierto mejicano para buscar el diamante: esa caverna debe tener una salida por la cual se habrá sin duda salvado ó se salvará con Amina Aben-Aboo… pero el pobre marqués…
– Acaso se haya salvado tambien, murmuró con acento ronco Harum; seguia ya de cerca á Aben-Aboo.
– Pero lo que nos queda que salvar es mi viznieta; sin duda ha sido abandonada por Aben-Aboo en el lugar donde ha tenido oculta á mi nieta. Corramos, Harum, corramos: salvemos al menos á la última de nuestra familia.
– Y á los que no podamos salvar, los vengaremos, exclamó Harum roncamente.
Y alejándose de la sima que habia abierto la explosion llegó con paso lento y tardo al lugar de donde no se habian atrevido á pasar los monfíes.
Calpuc le seguia.
Harum hizo sonar su corneta.
Poco despues los quinientos monfíes, con sus dos banderas, estaban agrupados á su alrededor:
– ¡Valientes! gritó Harum: ya sabeis que el emir ha sido asesinado por Aben-Aboo y Aben-Humeya.
– ¡Venganza! gritaron á una voz todos los monfíes como impulsados por un mismo pensamiento.
– ¡Si, venganza, y venganza terrible! vosotros sois los valientes que componiais la guardia del emir, los que ibais tras su bandera: á vosotros toca vengarle y le vengareis. ¿Hay alguno entre vosotros que no quiera jurar enemistad á muerte á Aben-Aboo y Aben-Humeya?
Todos callaron.
– Mirad que vuestro silencio es un juramento de venganza contra esos dos infames: que el que no quiera ser de los nuestros hable, y quedará libre.
Continuó aquel elocuente silencio.
– ¿Es decir que desde hoy todos somos hermanos? gritó Harum.
– Si.
– ¿Que todos nos obligamos á ayudarnos, defendernos y avisarnos?
– Si.
– ¿Que en cualquier tiempo y ocasion puedo contar con vosotros cuando os llame?
– Si.
– ¡En el nombre de Dios Altísimo y Unico! ¡que ninguno de vosotros olvide lo que ha jurado, sino quiere ser tenido por infame y traidor!
– ¡No! ¡no! gritaron en coro los monfíes.
– Pues bien: que ninguno de vosotros diga ni aun á su padre el nombre de los asesinos del emir.
– ¡No! ¡no!
– Ahora, valientes, separémonos: yo haré de modo que todos, cualquiera que sea en el lugar donde nos encontremos, sepamos los unos de los otros: quedaos conmigo los de mi taifa: los demás á vuestros apostaderos.
Harum extendió el brazo en un ademan de imperio, y los monfíes se disolvieron, encaminándose á distintos puntos.
Solo quedaron con Harum cien hombres con una bandera.
– Ahora, dijo Calpuc, á mi antiguo subterráneo.
…
Al oscurecer de aquel mismo dia, Calpuc y Harum penetraron en el subterráneo.
Antes de llegar á la habitacion donde habia muerto Miguel Lopez, oyeron el llanto desesperado de una criatura.
Cuando llegaron á aquella habitacion, encontraron á la pequeña hija de Amina abandonada sobre el lecho.
Tomóla Calpuc en sus brazos, la besó en la frente, y exclamó llorando:
– ¡Lo último, lo último acaso que me queda de todo cuanto he amado!
CONCLUSION.
LA VENGANZA DE LOS MONFIES.
CAPITULO XL.
En qué estado se encontraba la guerra de las Alpujarras algunos meses despues de los sucesos anteriores
La guerra de las Alpujarras se hacia cada vez mas difícil y de resultado mas dudoso.
El marqués de Mondéjar no tenia medios para reprimir la insurreccion.
Le faltaban hombres y dinero.
Ademas, entre él y el presidente de la Chancillería, se cruzaban competencias de autoridad.
Las prudentes medidas que el marqués de Mondéjar tomaba para mantener en paz á los moriscos del Albaicin y de la Vega, eran inutilizadas por las severas é imprudentes represiones que el presidente don Pedro de Deza ejecutaba sobre los moriscos.
Los alguaciles y las guardas de la Chancillería, se permitian con ellos toda clase de excesos, y por la mas leve causa, con los mas absurdos pretextos, eran encarcelados.
La mayor parte huian á las Alpujarras.
La rebelion crecia.
Un dia y otro llegaban noticias terribles.
Ya era la de que en Guecija, los monfíes, despues de haber acorralado en la torre de su iglesia á una comunidad entera de frailes agustinos la habian matado, echándoles aceite hirviendo por un agujero abierto en el techo de la habitacion en que se encontraban; ya de que habian enchido ó rodeado de pólvora al cura de Mairena, y le habian puesto fuego, y de que habian enterrado hasta la cintura al vicario de la misma villa, y le habian asaeteado; enterrando á otros eclesiásticos hasta el cuello, y dejándolos morir de frio y de hambre; ya de que á otros cristianos habian mutilado los miembros y entregádolos á las mujeres para que con almaradas los acabasen de matar; ya que á este ó al otro corregidor, alguacil, corchete, ó miembro de justicia habian acañabereado, apedreado, desollado ó despeñado; ya que á los hijos del alcaide de la Poza llamado Arze, habian dado cruel muerte degollando al uno; azotando, crucificando, é hiriendo en el costado al otro, como en escarnio y reproduccion de la muerte de Jesucristo; ya que un convento entero de monjas habia sido entrado, y repartidas las monjas jóvenes entre ellos y hechas sus mancebas, y destinadas á la mas dura servidumbre las monjas viejas: ya, en fin, de horrores repugnantes, inconcebibles, de todo punto infames, practicados por los monfíes.
Los que escapaban, maltratados algunos y heridos, llevaban el terror á Granada, y las peticiones de represion y de venganza de los ciudadanos atemorizados, hacian mas precaria la situacion de los moriscos de la ciudad, y enconaban las diferencias entre el presidente don Pedro de Deza, y el capitan general, marqués de Mondéjar.
Este opinaba que nada debia hacerse contra los que en nada habian delinquido, y protegia abiertamente á los moriscos de la ciudad, porque decia:
– Si ellos tuviesen pensamiento de alzarse, y de faltar á la lealtad al rey, hubieran aprovechado la entrada de los monfíes en el Albaicin la noche de Navidad: manteniéndoles en su lealtad por medio de la blandura; se conseguirá que muchos de los moriscos de las Alpujarras que ven la guerra dudosa y la temen, se vengan á Granada á ponerse bajo el amparo del rey, cuando si á los de la ciudad se les trata con rigor, huiran á las Alpujarras y aumentaran desesperados la fuerza de la rebelion.
Pero en contra de las razones del marqués, el presidente decia.
– Los de la ciudad y los de las Alpujarras son unos mismos: si los de acá no se han levantado, es porque no han visto seguro el suceso, pero el dia en que por recibir ayuda de Berbería los rebeldes, ó por otra circunstancia, crean llegada la hora del triunfo, se sublevaran y nos encontraremos con los enemigos en casa. Deben, pues, ser considerados como enemigos ocultos y tratados con rigor.
No se sabia á cuál de estos dos opuestos pareceres conceder el acierto; pero el resultado era que el presidente conspiraba contra el marqués de Mondéjar; y que el marqués de Mondéjar andaba contrario y enemistado con el presidente; que la ciudad, dependiente de la Chancillería en gran manera, andaba rehacia en ayudar en lo que podia al marqués, y que los habitantes castellanos, acusaban públicamente de blandura y de parcialidad por los moriscos al capitan general, y pedian le sustituyese el marqués de los Velez don Luis Fajardo, adelantado de Murcia, en quien decian tener mas confianza.
Del mismo modo los caballeros y gentes que habian venido á ayudar en la empresa al marqués de Mondejar, estaban divididos, ayudando los unos al capitan general, poniéndose los otros de parte del presidente y del marqués de los Velez.
Aben-Humeya entre tanto habia acabado de levantar todas las Alpujarras; habia dado ocasion á que el fuego cundiese á la tierra de Almería, á la Axarquia de Málaga y á la serranía de Ronda; habia enviado embajadores al rey de Argel avisándole del buen punto en que se encontraba la guerra, y pidiéndole socorro, y habia enviado á Africa á Hernando el Habaquí á tomar turcos á sueldo, de los que andaban pirateando en el Mediterráneo.
Entre tanto las gentes del rey de España llevaban en las Alpujarras la peor parte; el capitan Avila habia sido vencido y encerrado en Adia; Castil de Ferro fue tomado por los monfíes; Orgiva habia sido entrada y ocupada; y el mismo Aben-Humeya, cargando con seis mil hombres sobre el puente de Tablate donde estaban las avanzadas de la gente del marqués de Mondejar, las hizo retroceder, venciéndolas y obligando al capitan Diego de Quesada que las mandaba á retirarse á Durcal.
Por esta victoria de Aben-Humeya, Granada estaba amenazada.
El marqués de Mondejar se vió obligado, pues, á salir contra el enemigo, dejando encomendado el gobierno de la ciudad á el presidente don Pedro de Deza, y llevando por todo ejército ochocientos infantes, doscientos caballos y algunos caballeros particulares.
Cuando llegaron encontraron cortado el puente.
Al otro lado estaba Aben-Humeya con un estandarte y tres mil y quinientos hombres entre monfíes y moriscos, armados parte con arcabuces y ballestas, parte con hondas y armas enhastadas.
Parecian dispuestos á defender á todo trance aquella puerta de las Alpujarras.
Aben-Humeya, ginete en un caballo negro, con corona en la cabeza y vestiduras reales, seguido de su estandarte, recorria sus apiñados escuadrones que ocupaban el repecho; alentaba á los unos, excitaba á los otros, ofrecia recompensas, se multiplicaba, acudia á todas partes, y obraba, en fin, como un valiente capitan.
El marqués de Mondejar por su parte, mandó á la infantería forzar el paso del puente; pero la infantería que acompañaba al marqués, reunida de improviso pocos dias antes, mal regida y poco disciplinada, fue rechazada por los monfíes, que repasaron el puente cargando en tropel y con recio alarido sobre las gentes del marqués.
Entonces Mondejar mandó cargar á la caballería, pero á la primera envestida empezaron á arremolinar algunas picas de su escuadron, y el marqués, resuelto á todo, se vió obligado á envestir en persona, seguido de su guardia, de sus escuderos y de los caballeros particulares que le acompañaban.
Aconteció que, como el paso era estrecho, entre dos cerros, y los monfíes se embarazaban unos á otros por el poco espacio, y presentaban un frente de ocho hombres, no pudieron resistir los primeros la acometida del marqués y de sus gentes, fueron arroyados y arrojados á los barrancos laterales los primeros en que se encarnizó la embestida, y revueltos los de detrás, y siendo muy estrecho el paso del puente, cayeron la mayor parte despeñados al fondo del tajo, se retiraron los demás, y alentada la gente del marqués, pasó á la carrera y á la deshilada por las tablas, apretando á los monfíes y haciéndoles retirarse á la montaña, donde no podian perseguirlos los caballos.
El marqués pasó adelante, puso alguna arcabucería en el castillo de Lanjaron, que encontró abandonado, y acampó en una cumbre delante de los enemigos.
Pero esta victoria, señalada é importantísima, porque quebraba el primer ímpetu de los monfíes, debida al arrojo y á la sangre fría de Mondejar, no fue bastante para darle autoridad como capitan y acallar las rencillas y las competencias del presidente de la Chancillería y la rivalidad del marqués de los Velez.
De nada le sirvió tampoco el haber libertado á Orgiva, el haber conseguido notables ventajas sobre el enemigo, obligándole á concentrarse, y todo esto con poca gente, sin ningun dinero, sin bastimentos ni provisiones.
Culpábasele por el presidente Deza de haber causado con sus contemporizaciones la rebelion de los moriscos; se desestimaban sus triunfos, se atribuian al acaso mas que á la pericia, todo esto en cartas al rey en que por el contrario se elogiaba al marqués de los Velez, que, requerido por el presidenta Deza, habia entrado con sus deudos, amigos y allegados en el reino de Almeria; se ponderaban su valor y su pericia: se referia enfáticamente cómo habia combatido una gruesa taifa de moros que atravesaban desvandados por Illar; cómo habia tomado á Flix, villa de moriscos y saqueádola y llevádola á sangre y fuego, y matando mas mujeres que hombres, y cómo por falta de vituallas, se habia visto obligado á recogerse á Casar de Canjayar, á quien por otro nombre llamaban y aun llaman hoy, barranco de la Hambre, en memoria de que en él se recogieron los moriscos cuando don Fernando el Católico fué sobre Andarax, en la primera rebelion de las Alpujarras, barranco en el cual murieron de hambre casi todos los moriscos que en él se refugiaron.
Felipe II recibia estas cartas; las leia detenidamente, conocia la parcialidad que en ellas se encerraba, y no proveia socorros ni para Mondejar ni para el marqués de los Velez, ni se decidia por el uno ni por el otro.
Política incomprensible, que dejaba crecer una rebelion respetable, que dilataba la guerra y empequeñecia la influencia del rey en las Alpujarras.
Sin embargo, puso algun temor á los moriscos la toma de Poqueira, Jubiles y Paterna, lugares que por su aspereza creian inexpugnables, tomas tanto mas dolorosas para ellos, cuanto por la reputacion de fuertes de aquellas villas, habia recogido en ellas todos sus caudales que fueron tomados por los cristianos.
Con estas ventajas creyó el marqués de Mondejar tener ya vencida y á punto de terminar la rebelion; pero esta, que parecia sosegada en el centro de las Alpujarras, saltó por otras partes á las Guajaras, que son tres lugares pequeños al Poniente de las Alpujarras, situados entre Almuñecar y el valle de Lecrin, en la rambla que va á parar al puerto de la Herradura.
Los monfíes ocuparon los dos peñones que se llaman las Guajaras, uno alto, de subida áspera y dificil, y otro mas bajo y accesible.
Fortificáronlos como pudieron, con piedra seca y mantas y enjalmas, á falta de tierra y ramas, y aumentado su número por tres mil moriscos de los lugares vecinos, esperaron al marqués, que dejando con sobrada impremeditacion á sus espaldas lugares sospechosos y mal reducidos como Ohañez y Válor, cargó sobre las Guajaras donde de nuevo aparecia la rebelion audaz y provocadora.
Desastrada pudo ser para los castellanos esta empresa por la imprevision del marqués de dejar á sus espaldas y á sus flancos lugares enemigos.
Acometidas las Guajaras, los monfíes y los moriscos se defendieron con el valor de la desesperacion; el ardor del capitan de infantería don Juan de Villaroel empeñó á una bandera de arcabuceros en el asalto imprudente del peñon mas difícil; cundió la imprudencia, y ya pasaban de ochocientos infantes los que subian por lo mas áspero del peñon, sin que el marqués de Mondéjar pudiese contenerlos; alentado el capitan Villaroel con aquel aumento de gente, creyendo tener asegurado para sí el honor de la jornada, desoyendo las órdenes del marqués, prosiguió en el asalto de una manera desvandada, dando ocasion á los monfíes de que le rechazasen con sus arcabuces y ballestas, y con una lluvia de piedras derrumbadas desde el alto del peñon.
De los moros, todos eran á arrojar: hombres, mujeres, viejos y niños.
Los cristianos fueron rotos, muertos de una manera desastrada la mayor parte de ellos; cargados por los moros que, al ver el desórden, saltaron del peñon abajo, y mataron entre otros muchos hidalgos al imprudente capitan Villaroel, que cayó desalentado con la espada en la cinta, acuchillado en la cabeza, y mutiladas las manos con que pretendia parar los golpes de los alfanjes y yataganes.
Murió allí tambien don Luís Ponce de Leon, que estando herido de muerte y por tierra, le despeñó un criado suyo por salvarle; y asimismo murieron el veedor de las compañías de Granada Juan de Ronquillo, y el único hijo del maestre de campo Hernando de Oruña, que cayó ensangrentado á los piés de su mismo padre.
El marqués, á la vista de aquel estrago y de los enemigos que embravecidos por el triunfo cargaban, prolongándose por la cumbre para tomarle las espaldas, guiados por los terribles walies Gironcillo y el Zamar, envió á don Alonso de Cárdenas con una manga de arcabucería á que contuviese su ímpetu.
Logróse, conteniéndose el impetu de los enemigos; llegó la noche, y el marqués con su gente recogida y en ordenanza permaneció acampado delante de los moros.
Al amanecer llegó al campo del marqués su retaguardia, compuesta de cinco mil quinientos hombres y cuatrocientos caballos.
