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Kitabı oku: «Los monfíes de las Alpujarras», sayfa 70

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Renovóse de nuevo el asalto del peñon por todas partes, y siendo el combate encarnizado todo el dia, con gran mortandad de los cristianos, que eran heridos por los moros desde sus reparos y asperezas á mansalva.

Visto por los monfíes y los moriscos que se encontraban cercados, que el campo del marqués habia vencido, que les faltaban municiones y víveres, y que al dia siguiente podrian resistir mal un nuevo asalto, rompieron durante la noche por el lugar que encontraron mas flacamente cercado, salvándose los monfíes con sus capitanes Gironcillo y el Zamar, y sacando las mujeres y niños que pudieron, pero quedando otro gran número de los naturales en las Guajaras defendiendo el peñon.

El marqués puso parte de su gente en demanda de los que huian, y el wali Zamar, embarazado por el peso de una hija doncella, á quien habia tomado en sus brazos, porque no podia seguir de cansada, fue herido en un muslo por un arcabucero preso, cautivada y deshonrada aquella hija por cuya salvacion se habia perdido, y enviado él mismo á Granada, donde le mandó atenacear el conde de Tendilla, hijo del marqués de Mondéjar.

Los horrores crecian.

Los desdichados que habian quedado cercados en el peñon, gente floja, mujeres, niños y viejos la mayor parte, fueron acometidos, tomada la cumbre del peñon despues de un ligero combate, y pasados todos los que allí se encontraron á cuchillo, sin distincion de persona, edad, ni sexo.

Cuando hoy se pasa por entre los peñones de las Guajaras, los naturales señalan algunas anchas ráfagas de tierra roja, y pretenden que aquella es la señal de la sangre vertida en aquella jornada.

Esta jornada fue de poco honor para Mondéjar; habia triunfado si, pero perdiendo la mitad de su gente, sin un gran resultado decisivo, puesto que aquella matanza de moriscos irritó mas que aterró á los insurreccionados.

Aquella victoria habia sido tan costosa, que se tenia por una derrota, é hizo pensar que si de esta suerte seguia triunfando con frecuencia el marqués, se necesitarian para la guerra de las Alpujarras los ejércitos de Jerjes y los tesoros de Creso.

Apretaban, pues, el presidente Deza y los vecinos mas calificados de Granada en que se encomendase la empresa de la pacificacion de las Alpujarras al marqués de los Velez, quitando este cargo al de Mondéjar.

Este último, por su parte, daba por concluida la guerra; pero para desmentirle se levantaban Ohañez y el marquesado del Zenete con nuevo empeño y temeridad increible; apenas castigados estos lugares, se alzaban otros, y los vencidos volvian á levantarse cuando el ejército cristiano, yendo de acá para allá, los desalojaba para ir á sujetar nuevas insurrecciones.

Perseguíase, buscábase á Aben-Aboo y Aben-Humeya, y no se les encontraba; pero los soldados no se volvian sin haber saqueado y cometido todo género de excesos en los lugares á donde habian ido á buscarlos.

Válor, Narila, Orgiva, sufrieron sucesivamente cuantas calamidades pueden llevar la guerra y el bandidaje á una poblacion; las mujeres y los niños eran cautivados y vendidos, y muertos los hombres y los viejos.

Veíase con frecuencia una larga caravana de moriscas descalzas, desgreñadas, aterradas, llevando sus hijos en los brazos unas, y otras de la mano, atravesando las montañas, escoltadas por algunos monfíes, en fuga de los cristianos que se habian acercado á su poblacion.

Acontecia muchas veces que estas pobres caravanas de fugitivos encontraban con un cuerpo de cristianos, que los acometian, se ensangrentaban en ellos, los cautivaban, y no perdonaban género de ferocidad.

Otras veces, por el contrario, los monfíes encontraban al revolver de un desfiladero una inmensa turba desvandada de soldados españoles, cargados con la presa de una poblacion que acababan de saquear, y llevando consigo mujeres cautivas; entonces los cristianos, embarazados por el botin, eran degollados, sin que los monfíes tomasen uno solo preso, y á veces sin que perdiesen los degolladores un solo hombre.

Era, en fin, una guerra de exterminio y de bandidaje, cuyo fin no se veia, y que amenazaba siempre con el peligro de que el turco tomase parte en ella, enviando á las Alpujarras un formidable ejército.

Por resultado de un terrible descalabro sufrido en Válor por las gentes del marqués, el rey mandó á este que recogiese su gente á los lugares fuertes y suspendiese todo género de hostilidades hasta recibir nuevas órdenes.

Algo mas adelante el rey conoció que se necesitaba mas capitan para aquella empresa, que el marqués de los Velez y el de Mondéjar, y encargó de ella á su hermano don Juan de Austria, á quien, á pesar de su mocedad, daba aliento y autorizaba la generosa sangre de su padre, el poder y respeto de su hermano, y bajo cuyas órdenes estarian mas obedientes los capitanes y mas sujetos los soldados.

Por otra parte, alentados los monfíes y los moriscos por las ventajas que recientemente habian alcanzado tras los pasados desastres, habian crecido en brios; Aben-Humeya mas ayudado por los suyos entró con mayor autoridad en el gobierno; imitó la manera de ordenar la gente y de combatir de los cristianos, dividió su ejército en tercios, compañías y escuadras; nombró para estos cuerpos, maestres de campo, coroneles, capitanes, alféreces y cabos; dió á cada compañía una bandera, y como estandarte suyo levantó un guion rojo con las armas de Granada.

Dividió las Alpujarras en partidos, y estos partidos en taas, poniendo en cada taa para su gobierno un alcaide que atendiese á la defensa y al mando de su demarcacion, y por último, para su decoro y seguridad personal, creó una guardia de cuatrocientos arcabuceros.

Tranquilos entre tanto y sosegados los moriscos de Granada, y los de la Vega, estaban muy lejos de temer la inmensa desgracia que se les preparaba con la venida de don Juan de Austria.

El primer augurio de estas desdichas, fue la matanza que hicieron algunas gentes de Granada, de moriscos que estaban presos en la cárcel de la Chancillería por mandado del presidente Deza.

Culpábaseles, con razon ó sin ella, de estar en tratos con los de las Alpujarras, para alzarse con la ciudad, y entregarla al saqueo, al incendio y al degüello.

Aumentó el temor y el odio de los cristianos el haber corrido la voz el dia 17 de marzo de 1569, de que en la ladera de la Sierra Nevada mas próxima á la ciudad, se habian visto de noche fuegos que parecian señales, y que de algunas ventanas y terrados del Albaicin habian contestado con otras lumbres.

El presidente habia tomado precauciones en consecuencia, y habia mandado á don Gerónimo de Padilla, capitan de la gente de guerra que aseguraba al Albaicin, y al cuadrillero Bartolomé de Santa María, que mandaba las rondas, estuviesen atentos y prevenidos, y al alcaide de la cárcel que tuviese gran cuidado con algunos moriscos principales que tenia presos.

El alcaide reunió á algunos parientes y amigos suyos armados para que custodiasen á los presos, y todo parecia estar prevenido, cuando una casualidad vino á producir una catástrofe.

Desde muy antiguo, la campana de la torre de la Vela del castillo de la Alhambra, al dar las once de la noche, toca treinta y tres campanadas; á este toque se llamaba en aquellos tiempos el cuarto de la modorra.

La noche del 18 de marzo, como el encargado de la campana tocase este cuarto mas tarde que de costumbre, y de una manera mas apresurada, creyóse en la ciudad que tocaba á rebato y se alborotó Granada.

Alborotáronse asimismo los presos de la cárcel, tanto cristianos como moros, y llegaron á tal punto que vinieron á las manos.

Los moriscos se valian para acometer y defenderse, de muebles, ladrillos y palos que sacaban de los calabozos, y los cristianos y la guardia, unos con los travesaños de los grillos, otros con sus espadas y arcabuces acometian á los moriscos.

El corregidor Juan Rodriguez de Villafuerte, que dormia en una sala del palacio de la Audiencia, oyó entre sueños el ruido del combate de la cárcel, se levantó y mandó á un soldado que fuera á ver qué era aquello.

El soldado volvió diciendo que los moriscos presos se habian rebelado, y que estaban peleando con la guardia y con los otros presos cristianos; que los unos decian «¡viva Mahoma!» y los otros, «¡viva la fe de Jesucristo!»

Avisado de lo que sucedia el presidente don Pedro de Deza, mandó que la compañía de infantería que estaba de guardia en la Plaza Nueva, cercase la cárcel, pero á este tiempo ya grandes turbas de gente de la ciudad, creyendo que se tocaba á arrebato, habian acudido armadas y entrado en la cárcel.

Los moriscos desesperados, habian juntado las esteras, los muebles, las camas, y les habian puesto fuego, y los cristianos á un tiempo apagaban el fuego y pasaban á cuchillo á los moriscos entre torbellinos de humo.

Diez horas duró esta escena de sangre, y fueron muertos á hierro y fuego ciento diez moriscos que estaban presos, y cinco cristianos, resultando ademas diez y siete heridos.

Muchas casas del Albaicin fueron saqueadas y robadas, y gran número de moriscos, aterrados, pasaron á las Alpujarras á aumentar la rebelion.

En estas circunstancias el 6 de abril de 1569 partió don Juan de Austria para Granada, desde Aranjuez, á donde habia ido á recibir instrucciones del rey.

Acompañábale su ayo don Luis Quijada, y el 12 del mismo mes llegó á la villa de Iznalloz, á cinco leguas de Granada, en la que entró al siguiente dia con gran solemnidad, como quien era hijo del famoso emperador don Carlos, y hermano del rey de España.

Acompañábale en la entrada el marqués de Mondejar que habia venido para esto solo de las Alpujarras.

Salióle á recibir el conde de Tendilla con doscientos ginetes, vestidos y armados á la morisca, y adelantó al lugar de Albolote.

Fuera de las puertas de la ciudad, le recibió el presidente Deza con cuatro oidores, y los alcaldes del crímen, y el corregidor con cuatro veinticuatros y sus tenientes y el arzobispo con cuatro dignidades del cabildo, y muchos caballeros particulares.

Todas estas gentes llegaron hasta el rio Beiro, próximo á la ciudad por la parte de la puerta Elvira, y allí encontraron á don Juan de Austria.

En el llano del rio estaba formada la infantería en número de diez mil hombres, que al pasar don Juan, hicieron salva con sus arcabuces.

Por industria del presidente Deza, y para predisponer al rigor la jóven alma de don Juan de Austria, se habia preparado una farsa.

Al llegar á la puerta de Elvira, le salieron al encuentro mas de cuatrocientas mujeres, desarrapadas, desmelenadas, enlutadas, dando alaridos, y arrojándose á los pies de su caballo.

– Justicia, señor, justicia, gritaban en coro.

– Nosotras somos las viudas y las huérfanas de los que han matado cruelmente los viles moriscos de las Alpujarras.

– Venganza contra los asesinos de nuestros padres, de nuestros esposos, de nuestros hijos, de nuestros parientes.

– Justicia, señor, y que no tengamos el dolor de ver á nuestros enemigos perdonados.

Y siguieron con sus alaridos, con sus lágrimas y con sus aclamaciones de venganza, hasta el punto de que don Juan de Austria se enterneció, las consoló y las prometió cumplida venganza, todo con gran consentimiento del presidente Deza, autor de aquella pantomima, y con no pequeño fruncimiento de cejas del marqués de Mondéjar, que veia claro á donde iba encaminado todo aquello.

Entrado don Juan en la ciudad, no tardó en presentársele una diputacion de los moriscos del Albaicin y de la Vega, compuesta de cuatro de los mas rícos y principales de ellos y un procurador general, el cual le espetó el siguiente discurso que tomamos á la letra del historiador Mármol:

«Grande es el contento que aquestas gentes tienen de ver á vuestra excelencia en esta ciudad para el remedio de tantos males como hay en ella, que cierto es, representan su destruicion. Temen que algunos habran desatado las lenguas y dado falsas nuevas de su fidelidad, diciendo ser autores del mal, ó favorecedores de los malos; mas confian en Dios, y en la bondad y clemencia de Su Magestad, que los que hubieren sido leales, seran favorecidos y bien tratados, como es justo sean rigorosamente castigados los que pareciere haber sido culpados en el levantamiento. Quéjanse que son molestados por los ministros de las cosas de justicia y de guerra con cohechos; que los soldados les roban sus haciendas y les deshonran sus casas; y que hasta agora los superiores no han puesto remedio en ello. Y suplican á vuestra excelencia lo mande remediar de manera, que desagraviados de lo pasado, proviniendo á lo porvenir, cese el alojamiento de las gentes de guerra en las casas, y tengan libertad de poder ir seguros á sus labores. Bien sabe que en esta ciudad cada uno da fuerza á la ruin opinion, ó la acrecienta de manera, que muchos temen lo que ellos mesmos inventaren; mas asegúralos la prudencia de vuestra excelencia, en cuya proteccion y amparo ponen sus vidas, honras y haciendas.»

A lo que don Juan de Austria, con sumo agrado, contestó con las palabras siguientes:

«El Rey, mi Señor, me mandó venir á este reyno, por la quietud y pacificacion de él; sed ciertos que todos los que hubiéredes sido leales al servicio de Dios, Nuestro Señor, y de Su Magestad, como decís, sereis mirados, favorecidos y honrados, y se os guardarán vuestras libertades y franquezas; pero tambien quiero que sepais, que juntamente con usar de equidad y clemencia, con los que lo merecieren, los que no hubieran sido tales, serán castigados con grandísimo rigor. Y en cuanto á los agravios que vuestro procurador general dice que habeis recibido, darme habeis vuestros memoriales, que yo lo mandaré ver y remediar luego, y quiéroos advertir, que lo que dixeredes sea con verdad, porque de otra manera habriades hecho daño á vosotros mesmos.»

Pero al salir los moriscos consolados con las nobles palabras de don Juan de Austria, estaban lejos de sospechar la tormenta que amenazaba á sus cabezas.

Pocos dias despues de la llegada de don Juan de Austria, llegó el duque de Sesa, y con su presencia empezó á tratarse del asunto de la pacificacion en consejo.

Componíase este consejo, bajo la presidencia de don Juan de Austria, del arzobispo, del duque de Sesa, del marqués de Mondéjar, de Luis Quijada, y del presidente Deza, al cual se añadió algunos dias el licenciado Bribiesca de Muñatones, del consejo y cámara de Felipe II, al cual habia enviado este exprofeso á Granada.

El marqués de Mondéjar fue de opinion, á la que se adhirieron el arzobispo y Luis Quijada, de que se remediase el daño poniendo guarniciones bastantes en los lugares de las Alpujarras, concentrando á los moriscos que querian la paz en la parte llana de las taas de Verja y Dalias, y tomar las sierras con la gente de guerra: que sino bastase esto, se le diesen al mismo marqués mil infantes y doscientos caballos, con los cuales, y con la gente que habia dejado en Orgiva, destruiria los sembrados y quemaria á los moriscos todos los bastimentos que tenian, reduciéndolos por hambre.

Pero el presidente Deza, enemigo declarado del marqués de Mondéjar, creyó insuficiente lo que aquel habia opinado, y dijo que lo que se debia hacer antes que todo, era quitar de Granada y de la Vega á los moriscos y deportarlos tierra adentro de España, para que no pudiesen ayudar á los moriscos rebelados con avisos, armas y gentes. Aconsejó ademas, que para aplacar á Dios, ofendido por tanto sacrilegio y tanto delito, se ejecutase un rigurosísimo castigo en los alzados empezando por las Albunuelas y siguiendo á las otras taas de las Alpujarras.

Pidió, en fin, como buen clérigo de aquellos tiempos, la deportacion, el hierro y el fuego para los moriscos, y declaró que solo de este modo podria llegarse á la pacificacion absoluta y duradera del reino.

El marqués de Mondéjar, apoyado por el arzobispo y el duque de Sesa, se opuso con energía á tan violentas y sanguinarias medidas, como quien sabia bien por haber sido muchos años capitan general de Granada, que no era de los moriscos toda la culpa del alzamiento, sino del rigor y de la injusticía con que hacia tantos años se les venia tratando.

Dijo: que no podia ni debia despoblarse un reino como el de Granada, de gente útil y rica, exponiéndose á perder el fruto las de ricas industrias que solo los moriscos conocian; que no era el rigor lo mas á propósito para reducir á gentes que excitadas por añejos y cada dia mas duros rigores, se habian levantado, y que solo servirian para despoblar y empobrecer el reino por una parte, y por otra para hacer mas encarnizada y duradera la guerra.

Durante esta controversia, sobrevino el licenciado Muñatones, con la autoridad de enviado especial del rey, y aunque al principio repugnó la deportacion, instigado al fin por Deza y por el licenciado Bohorques, gente de su mismo oficio, convino en ella y en extremar el rigor; tuvo esta opinion mayoría, se aprobó, y no le quedó al marqués otro recurso que representar al rey, y enviar con la representacion á la córte á su hijo el conde de Tendilla.

Esta lucha del consejo producia dilaciones, se perdia tiempo y de él se aprovechaba Aben-Humeya para rehacerse, para organizar á sus gentes, en una palabra.

Conoció el consejo lo que en tiempo se perdia, y se dió órden de seguir la guerra mientras llegaba la resolucion del rey acerca de las medidas que debian tomarse respecto á los moriscos.

Llamóse de nuevo gentes de las ciudades, se atendió á la provision de víveres y municiones, enviáronse banderas de infantería de guarnicion á las principales villas de las Alpujarras, y se recomendó á sus capitanes que tuviesen gran cuidado con la costa, porque se habian recibido noticias de la llegada de galeotas de Berbería con gente, armas y municiones para los moriscos.

En efecto, Aben-Humeya enviaba mensages y presentes á los alcaides y faquís que privaban con el Xerife y con el dey de Argel para que inclinasen y decidiesen á sus amos á socorrerle. De Tetuan habian venido á las Alpujarras algunos soldados y mercaderes con provisiones; el dey de Argel, Aluch-Alí, prometia venir en socorro de las Alpujarras en el momento que llegasen cuarenta galeras que Selim II le enviaba para aquella empresa; por último, el Xerife habia enviado á Aben-Humeya algunas fuerzas, y muchos turcos aventureros habian venido á ponerse bajo sus banderas.

Alentados los moriscos al ver que les acudian tantas gentes, no solo dieron por logrado el triunfo, sino que volvieron á las poblaciones, y se dedicaron á sus industrias y á las labranzas de sus campos.

Este aumento de fuerza de los rebelados, y la confianza de los moriscos eran demasiado amenazadores para que el receloso Felipe II no se decidiere por las medidas terribles.

Entre tanto seguia completándose el alzamiento de las Alpujarras, y empezaba el de los lugares del rio Almanzora.

Al fin llegó la resolucion de Felipe II acerca de la suerte de los moriscos.

La deportacion de los de Granada y del Albaicin habia sido decretada.

CAPITULO XLI.
De lo que aconteció á los moriscos de Granada la víspera de San Juan de 1559

Al amanecer, los tambores y los pífanos de las compañías de infantería tocaron llamada á las gentes de guerra.

Las principales plazas de la ciudad se vieron llenas de soldados.

Luego se pregonó solemnemente un bando, por el cual se mandaba á todos los moriscos y mudejares que habitaban en la ciudad, en el Albaicin y en la Alcazaba, asi vecinos como forasteros, se reuniesen en sus respectivas iglesias parroquiales.

No pudiendo resistir obedecieron.

Pero aterrados, porque lo temian todo, porque no sabian qué iba á hacerse con ellos.

Cuando estuvieron reunidos en las iglesias, fueron encerrados en ellas.

Preguntaron aterrados qué suerte iba á ser la suya y el presidente Deza les ofreció cédulas de seguros de sus vidas, y lo que mas los tranquilizó fue la palabra que don Juan de Austria les empeñó en nombre del rey, de que los tomaba bajo el seguro y amparo real, que no se les haria daño, y de que se les sacaba de Granada para apartarlos del peligro en que se encontraban entre la gente de guerra.

Los desdichados hubieron de satisfacerse con esto: permanecieron aquella noche presos en las iglesias guardados por algunas compañías de infantería, y al dia siguiente escuadronada y apercibida la gente de guerra en el campo del Triunfo, que está situado entre la puerta de Elvira y el Hospital Real, campo que aun no llevaba aquel nombre, salieron los moriscos de las iglesias entre arcabuceros, yendo entre ellos para protegerlos con su autoridad, don Juan de Austria, el duque de Sesa, el marqués de Mondéjar, don Luis Quijada, ayo de don Juan, y el licenciado Briviesca de Muñatones, y fueron encerrados en el Hospital Real, donde Francisco Gutierrez de Cuellar, caballero del hábito de Santiago, y teniente de contador mayor, venido por órden del rey á Granada, y con él algunos otros contadores y escribanos, hizo lista de ellos con sus nombres, estado y profesiones, encontrándose despues de hecha la lista, pasar de diez mil los moriscos arrancados de sus hogares.

No se hizo esta prision en mano sin que aconteciese algo terrible.

A pesar de cuanto se procuró por don Juan de Austria y los del consejo, que nada siniestro aconteciese al tiempo de trasladar á los moríscos de las iglesias al hospital Real, sobrevino un hecho, que puso en peligro de ser muertos á manos de la soldadesca todos los moriscos.

Don Alonso de Orellana, uno de los capitanes de la infantería de Sevilla, queriendo señalar su compañía de las otras, ató en el asta de una lanza un crucifijo cubierto con un velo negro, y puso al soldado que le llevaba á la cabeza de la compañía: al sacar aquella compañía los moriscos de las iglesias, los infelices, al ver la cruz enlutada, creyeron que los llevaban á morir, y creyendo lo mismo las moriscas que iban llorando tras ellos, empezaron á dar alaridos y á mesarse los cabellos y á exclamar:

– ¡Oh desventurados de vosotros, que os llevan como corderos al degolladero! ¡cuánto mejor os fuera morir en las casas donde nacísteis!

En estos momentos, un soldado dió un palo á un morisco jóven, que llevaba medio ladrillo debajo del brazo, y que, al sentir el golpe se lo tiró al soldado partiéndole una oreja; esto aconteció cerca de don Juan de Austria: arrojáronse los alabarderos de la Guardia sobre el morisco, y allí mismo le hicieron pedazos.

Revolviéronse los soldados y los moriscos, empezaron á correr voces entre los primeros de que el herido era don Juan de Austria, entre los segundos de que los iban á matar á todos, y fue necesaria la autoridad de don Juan de Austria, del presidente Deza y del marqués de Mondéjar, para que no aconteciese una gran desdicha.

Apaciguóse, pues, á los moriscos, se sosegó á los soldados, se apartó al muerto, se retiró al herido, y para que no se alborotase la ciudad y matasen á los moriscos que iban por las calles, don Juan de Austria mandó á don Francisco de Solís y á Luis de Mármol Carvajal, que mas adelante historió la rebelion de los moriscos de Granada, se pusiesen á las puertas de la ciudad y no dejasen entrar á nadie dentro.

Al fin los moriscos fueron encerrados en el Hospital Real, edificio gótico de fines del siglo XV ó principios del XVI, fundado por doña Isabel la Católica, para la curacion de toda clase de enfermedades y expecialmente para recoger locos.

Aquellos pobres moriscos, solo por el delito de serlo, y por haber inspirado temor, fueron deportados al interior de Castilla: todos fueron tratados cruelmente, y muchos de ellos muertos, vendidos otros por esclavos y repartidas entre la soldadesca las moriscas mas hermosas.

A pesar de esta deportacion, no quedó Granada enteramente limpia, como se decia entonces, de moriscos: habian quedado en la ciudad y en las alquerías de la Vega los niños menores de siete años, y los viejos mayores de cuarenta, como gente que no podian causar recelo; y á mas de esto, muchos oficiales de artes y oficios, que eran necesarios en la ciudad, y los mudejares, porque alegaron que no debian ser tratados de igual manera que los moriscos, porque decian descender de cristianos, que habian vivido como en vasallaje entre los moros, y que sus antepasados habian servido buena y fielmente á los príncipes cristianos contra los reyes moros.

Hecha esta limpia de seguridad, por decirlo asi, los ciudadanos de Granada se creyeron salvos; pero sin embargo, empezó á notarse la falta de los moriscos deportados; resintióse el comercio, se enflaqueció la industria, las casas y jardines de los moriscos tan bellos poco antes, empezaron á verse asolados, destruidos y tan mal parados, que parecia, segun el dicho de los contemporáneos, que habia caido una maldicion sobre Granada.

Los moriscos viejos, llorando sus desventuras, decian haberse cumplido un pronóstico hecho en otro tiempo á los de Granada: este pronóstico les habia anunciado que vendria un tiempo en que bajaria por la cuesta de Alacaba un arroyo de sangre morisca que cubriria una gran piedra puesta en la desembocadura de aquella cuesta al campo del Triunfo, en una esquina del convento de la Merced: y ciertamente que pudieron dar por cumplido el pronóstico, porque el dia de la deportacion bajaron por aquella cuesta tantos moriscos, que bien pudo considerárseles como sangre que cubrió la cuesta y la piedra.

Hubo otra circunstancia, sin duda casual, pero que podria tenerse por peor resultado de un fatalismo: la batalla de las Navas de Tolosa, fue la mas funesta de cuantas ganaron los cristianos á los moros: en las crónicas árabes, se encuentra aquel hecho señalado con el nombre de batalla de Hins al-Acab28: Hins al-Acab, se llamaba y se llama hoy en Granada, la cuesta por donde bajaron del Albaicin los moriscos para ser deportados.

Dado este terrible paso de precaucion, á costa de la libertad, de la vida y de las haciendas de diez mil infelices, se pensó en llevar adelante la guerra de las Alpujarras á todo rigor.

Aben-Humeya y Aben-Aboo, rey el uno, alcaide de los alcaides el otro, entre los moriscos, se robustecian y organizaban sus fuerzas: el marqués de Mondéjar no inspiraba gran confianza por su blandura, y don Luis Fajardo se averiguaba muy mal con los moriscos del Almanzora y del Marquesado. Aben-Humeya se habia apoderado de las fortalezas del rio Almanzora, y puesto por general de aquel distrito al Malek, tristemente célebre por sus desgracias, y que mas tarde debia morir desastradamente, con su amante Maleka en Galera, y ensoberbecido con los socorros que le habia enviado el dey de Argel, no dejaba reposar un punto á los cristianos, y aunque no alcanzase grandes ventajas, la confianza de los moriscos de la Alpujarra crecia hasta el punto de que labraban tranquilamente sus tierras y se entregaban al artefacto de la seda, como si fuesen las gentes mejor defendidas y seguras del mundo.

En vista de esto, y de que Aben-Humeya seguia levantando la tierra, y extendiendo la rebelion, temiéndose que esta cundiese á los reinos de Valencia y Murcia donde habia un considerable número de moriscos, el rey determinó que se hiciesen dos campos contra los rebeldes, uno bajo las órdenes de don Juan de Austria, y otro bajo las del marqués de los Velez.

En cuanto al marqués de Mondéjar, para evitar entorpecimientos y competencias, se le apartó de Granada con el pretexto de que fuese á la córte á informar en persona al rey acerca de los asuntos del reino de Granada, y de la manera que se habia de tener para sujetar á los moriscos, como quien habiendo sido tantos años capitan general de Granada, debia conocer bien á aquellas gentes.

Al saber que el marqués de Mondéjar era llamado á la córte, el licenciado Briviesca de Muñatones, como práctico que era en cosas de estado, dijo (era tuerto de un ojo): que me saquen el otro si el marqués torna de allá mientras dure la guerra.

En tal estado se encontraba la rebelion del reino de Granada á principios del mes de octubre de 1569.

28.Cuesta de la Fortaleza.
Yaş sınırı:
12+
Litres'teki yayın tarihi:
28 eylül 2017
Hacim:
1330 s. 1 illüstrasyon
Telif hakkı:
Public Domain