Kitabı oku: «El Medioevo peronista»

Yazı tipi:


Fernando A. Iglesias

El Medioevo Peronista

y la llegada de la Peste



Iglesias , Fernando A.El medioevo peronista : y la llegada de la peste / Fernando A. Iglesias . - 1a ed Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Libros del Zorzal, 2020.Libro digital, EPUBArchivo Digital: descarga y onlineISBN 978-987-599-621-21. Historia Política Argentina. 2. An·lisis de Políticas. 3. Corrupción Política. I. Título.CDD 320.0982

Imagen de tapa: collage sobre La boda, de Niccolò di Giacomo

da Bologna. Ilustración de manuscrito iluminado.

Diseño de tapa: Osvaldo Gallese

©Libros del Zorzal, 2020

Buenos Aires, Argentina

Printed in Argentina

Hecho el depósito que previene la ley 11723.

Para sugerencias o comentarios acerca del contenido de esta obra, escríbanos a: <info@delzorzal.com.ar>.

Asimismo, puede consultar nuestra página web: <www.delzorzal.com>

“El siglo veintiuno será de las democracias populares, por mucho que se opongan los anglosajones. Es, por otra parte, la línea ya perfilada por las corporaciones de la Edad Media que, a través de las democracias burguesas, vuelve a levantar sus banderas. La Revolución Rusa, Mussolini y Hitler demostraron al mundo que la política del futuro es del pueblo y, en especial, de las masas organizadas”.

Juan Domingo Perón (carta a John William Cooke)

Índice

Introducción. Tiempo circular y Día de la Marmota | 7

1. El Medioevo Peronista | 14

La camiseta de Boca | 19

La dimensión no geográfica de la grieta | 29

Peronismo o productividad | 33

La verdadera grieta argentina | 44

2. La leyenda del primer trabajador | 51

Los mejores días siempre fueron peronistas | 55

Los únicos que pueden gobernar este país | 81

Los que saben manejar la economía | 100

Los que hicieron crecer a la Argentina | 108

Los que construyeron las bases de la Nación | 121

Los que industrializaron el país | 148

Los que inventaron la Justicia Social | 158

3. Los trucos de la Leyenda y el Relato | 170

Truco 0: Psicopatear, psicopatear, psicopatear. | 173

Truco 1: Asumir en un “país incendiado” o una “tierra arrasada” | 178

Truco 2: No hacerse cargo nunca de nada | 191

Truco 3: Promover la sinécdoque anumérica peronista | 195

Truco 4: Generar un país de pequeños perones | 200

Truco 5: Masajear la megalomanía nacional y el narcisismo argento | 204

Truco 6: Robustecer la doble vara nacional | 211

Truco 7: Minguitearla, “se ’gual” | 214

Truco 8: Disfrazarse de payador perseguido | 226

Truco 9: Destruir la racionalidad | 234

Truco 10: Instalar fake-news históricas | 240

Truco 11: Gobernar solo para los propios | 254

Truco 12: No irse nunca | 258

Conclusión | 264

4. Los colaboracionistas | 268

Tribus colaboracionistas: las elites argentas | 269

Tribus colaboracionistas: los coreanitos del centro | 276

Tribus colaboracionistas: los alfonsinitos | 278

Tribus colaboracionistas: los betisarlistas | 281

Tribus colaboracionistas: los liberalotes | 286

Tribus colaboracionistas: la banda vaticana | 289

Tribus colaboracionistas: los cierragrietas | 293

Tribus colaboracionistas: el votante-champagne | 300

Conclusión | 302

5. Los errores de Cambiemos | 304

Optimismo exagerado, círculo rojo y metro cuadrado: la teoría duranbarbista de la política y la comunicación | 306

La ingenuidad frente al peronismo | 310

Un paciente en terapia intermedia | 315

Un fracaso de bolsillo | 319

¿Fue un fracaso el gobierno de Cambiemos? | 325

6. ¿Existe un futuro para la Argentina? | 339

¿Puede ser republicano el peronismo? | 339

¿Qué puede pasar? | 345

7. La llegada de la Peste | 352

Conclusión. El tamaño de mi esperanza | 363

Breve manual de autoayuda | 375

Bibliografía | 383

Introducción

Tiempo circular y Día de la Marmota

“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”.

Augusto Monterroso

Argentina es ese país al cual se vuelve después de un año y todo cambió, pero se vuelve después de veinte años y todo sigue igual. Así me dijo un señor que conocí en el tren de Roma a Bologna en diciembre de 2019, un abogado del sindicato de bancarios de la confederación sindical de izquierda italiana, la Confederazione Generale Italiana del Lavoro (cgil). Según me contó el señor, su tía usaba esa frase —que todos hemos escuchado en alguna de sus muchas variantes— para justificar sus pocas ganas de cruzar el mar y visitar a sus hermanas. Y sin embargo, en aquel momento, pocos días después de la asunción del séptimo gobierno peronista sobre diez desde la recuperación de la democracia, la frase cobraba un significado especial. La experiencia de Cambiemos había acabado en una derrota electoral y el peronismo reunificado volvía al poder de la mano de Cristina Kirchner, Alberto Fernández y Sergio Massa; tres sujetos que pocos meses antes se insultaban y amenazaban con la cárcel. Para 2023, cuando el gobierno de Fernández-Fernández termine, habrá concluido un período de cuarenta años de democracia durante el cual el peronismo habrá gobernado casi todo el tiempo gracias a la repetida operación de convencer a los argentinos de que el desastre nacional se ha desarrollado enteramente durante los pocos años en los cuales no gobernó.

El hecho comprobable de que en la Argentina todo cambia de un año a otro pero nada cambia en el largo plazo solo puede ser explicado por la vigencia de un tiempo circular; el tiempo de los ciclos naturales de las antiguas civilizaciones en que cada invierno era completamente diferente al verano que lo había precedido pero completamente igual a miles de inviernos anteriores y posteriores; un tiempo determinado por la repetición y el estancamiento; el tiempo sin evolución ni desarrollo que existía en el Medioevo antes de que la Modernidad inaugurara el progreso acumulativo y su correlativa idea de tiempo social lineal y progresivo. El tiempo argentino es el tiempo circular y repetitivo de los pueblos que Hegel describió como ajenos a la Historia; el tiempo premoderno cuyo lento paso podía medirse con relojes de sol y de arena; el tiempo medieval del eterno-retorno determinado por las ideas y las prácticas del peronismo que Borges definió magistralmente diciendo que tenía todo el pasado por delante.

La pregunta acerca de cuándo comenzó el tiempo circular del estancamiento argentino merece varias respuestas. Cuando el 10 de diciembre de 2023 finalice el gobierno de Alberto Fernández, también habrán pasado noventa y tres años desde el 6 de septiembre de 1930, fecha en la que Uriburu entró en la Casa Rosada acompañado de cerca por el joven teniente Juan Domingo Perón. Desde entonces, han sido muy pocos los gobiernos no encabezados por militares, por peronistas o por un militar peronista. Si excluimos a Ortiz y Castillo, cuyas presidencias estaban contaminadas por el fraude patriótico que les había dado origen, las apuestas de la sociedad argentina por la República fueron pocas, breves y espaciadas: Frondizi e Illia antes de la Dictadura y, después de ella, Alfonsín, De la Rúa y Macri. Y eso si dejamos de lado el hecho no banal de que Frondizi e Illia llegaron al poder en elecciones viciadas por la proscripción del peronismo. Se trata de cinco presidencias sobre un total de treinta y cuatro (contra doce presidentes militares y catorce presidentes peronistas), y de diecinueve años sobre noventa y tres: un año de cada cinco. Una nimiedad. La nada misma.

Son números concluyentes para dar una primera respuesta a nuestra pregunta: el tiempo circular de la decadencia nacional comenzó con el golpe de 1930, que dio origen al Partido Militar; se consolidó con el de 1943, que dio origen al peronismo, y sigue siendo el tiempo dominante de la política nacional. Terminada la Dictadura, la sociedad argentina realizó tres intentos de salir de ese laberinto; todos ellos culminados en derrocamientos o en derrotas electorales a manos del peronismo. Alfonsín, a quien sucedió Menem. De la Rúa, a quien sucedieron Rodríguez Saá, Duhalde y los Kirchner. Y Macri, a quien siguió Alberto Fernández.

¿Por qué se produce este eterno-retorno de la pesadilla peronista? ¿Será que nuestros días más felices siempre fueron peronistas, o es que los peronistas logran hacer que los argentinos solo recuerden esos días? ¿Se debe a que el peronismo es un intérprete legítimo de las aspiraciones de Democracia y Justicia Social, o será que las promesas eternamente incumplidas de la Leyenda Peronista y su hijo, el Relato Kirchnerista, resultan más importantes a la hora del voto que la realidad? ¿Será que los peronistas gobiernan bien o que —como dijo el General— no es que sean buenos gobernando sino que los otros han sido mucho peores, o será que es mejor no prestarle atención a lo que dicen los peronistas y el General? Cualquiera sea la respuesta que se dé a estas cuestiones es necesario concluir que son preguntas válidas, que merecen consideración más allá de las opiniones formadas, y que de esas respuestas depende la actitud que se tome frente al futuro argentino; un futuro que otra vez mira al pasado y que no parece ya augurar una salida del laberinto sino nuevos y vertiginosos loops por la espiral descendente en que se ha transformado nuestra Historia.

Tiempo circular. Eterno-retorno. Espiral descendente. Metáforas para explicar un fracaso reiterado y repetitivo; un fracaso en el cual las claves centrales son las mismas del fracaso anterior; un fracaso que en los momentos de auge peronista conduce al país hacia alguna forma atenuada de totalitarismo: de Derecha, en los Cincuenta del General; de Izquierda, en los Setenta de Cámpora y durante los años recientes, dominados por la figura de Cristina Kirchner. Un fracaso nacional que en sus escasos momentos de auge republicano no ha logrado conseguir más que alguna forma de empate catastrófico como el descripto por Gramsci, en el cual las dos fuerzas en pugna son incapaces de concretar su modelo de país pero son eficaces en impedir que la otra lo haga.

Tiempo circular. Eterno-retorno. Para aquellos que prefieren el cine a los tratados de filosofía, la Argentina está atrapada en un eterno Día de la Marmota1 como el de la película protagonizada por Bill Murray. En ella, una tormenta de nieve sorprende a un cronista infeliz y frustrado y lo sumerge en un bucle de tiempo en el cual se despierta, cada día, reviviendo el mismo día: el Día de la Marmota; el día en que las conductas imprevisibles de una marmota que sale de su hibernación son tomadas por una sociedad aparentemente civilizada como previsión razonable del curso de la Historia. Y bien, después de varios intentos de salir del tiempo circular y de varios suicidios seguidos de sus correspondientes resurrecciones, el personaje de El Día de la Marmota comprende que la única forma de evitar la repetición de sus frustraciones es cambiar su propia conducta, disminuir sus pretensiones, mejorar sus capacidades y cambiar su relación con las personas y con el mundo. Solo así logra quebrar el maleficio y salir del laberinto del tiempo circular hacia el futuro.

En todo caso, para lograrlo, una pregunta es relevante: ¿por qué el peronismo siempre logra volver, muchas veces, después de poco tiempo? ¿Qué es lo que impide a las fuerzas no peronistas enhebrar un período de al menos una década de gobierno como la que se necesita, como mínimo, para enderezar la proa del barco después de décadas de populismo y decadencia? ¿Qué impide a los no peronistas lo que al peronismo le resulta natural: llegar al poder y mantenerse en él, como hicieron el primer Perón, que gobernó nueve años (1946-1955), Menem, que gobernó diez (1989-1999), y los Kirchner, que gobernaron doce (2003-2015) y en 2019 volvieron?2

Este libro es un intento de responder estas cuestiones desde una perspectiva crítica del peronismo; es decir, republicana y antipopulista. Como los argumentos son muchos y reconocen variados campos, establecer un orden de enunciación comprensible es una hazaña incumplible. Para intentar poner un poco de orden en la argumentación, en primer lugar he optado por describir la esencia del Medioevo Peronista, en qué consiste y qué representa; en segundo lugar he analizado La leyenda del primer trabajador, es decir, los argumentos peronistas, seguidos por su correspondiente intento de refutación; el tercer capítulo —Los trucos de la Leyenda y el Relato— se ocupa de la descripción de los mecanismos utilizados por el peronismo para perpetuarse en el poder; en el cuarto —Los colaboracionistas— se describe a la incontable multitud que se declara no-peronista pero trabaja incansablemente a favor del eterno-retorno del partido fundado por el General; el quinto —Los errores de Cambiemos— ejerce una necesaria autocrítica tratando de no confundirla con la autoflagelación; en sexto lugar, intento responder a una pregunta crucial: ¿Existe un futuro para la Argentina?; séptimo lugar para una coda inesperada: La llegada de la Peste; y como conclusión, algo borgeano: El tamaño de mi esperanza, que incluye un muy poco borgeano manual de autoayuda para sobrevivir al Medioevo Peronista.

Sabrán disculparme. Este libro abunda en cifras aburridas y gráficos hostiles. Si prefieren, pasen a la página siguiente cuando los vean, pero se perderán algo importante. No es que quiera ensañarme con mis lectores. Es que para desmentir una Leyenda y un Relato resulta imprescindible concentrarse en el análisis de la realidad, lo que en una sociedad enorme y compleja como la argentina solo es posible recurriendo a las estadísticas. Lamentablemente, la política nacional ha caído en una forma de posmodernismo en el cual el análisis del discurso ha reemplazado al análisis de lo real. Sesudos papers, copiosos artículos y cerebrales ensayos usan como material propulsor las declaraciones de unos y de otros y sus correspondientes desmentidas, transformando el debate público argentino en una disputa de metarrelatos carentes de conexión con lo real. Esta barbarie se completa con el prejuicio antiestadístico de una Argentina prenumérica para la cual es posible conocer lo que sucede en una nación de cuarenta y cinco millones de habitantes sobre la base de las cien personas que nos rodean en el preciso punto geográfico en el que transcurre nuestra existencia.

País extraño, en Argentina sobra la gente que exige que su médico haga todos los análisis y chequeos posibles antes de tomar la trascendental decisión de sacarse una verruga pero frunce el ceño ante las estadísticas, convencida de que los números “son fríos” y “no reflejan la realidad”; al menos, no tan bien como las conversaciones con sus familias, sus amigotes y los taxistas y kiosqueros. Hoy, que ha quedado demostrado que no solo el peronismo puede terminar sus mandatos, el uso de las cifras resulta fundamental para desmentir el imaginario de la “tierra arrasada” instalado durante la campaña de 2019, según el cual el peronismo puede ser autoritario y corrupto pero es el único capaz de manejar eficientemente la economía; una afirmación que la Historia argentina ha desmentido con puntualidad y eficiencia.

“De un lado, las instituciones; del otro, la heladera”. Esta versión decadente del tradicional “Justicia Social o República” peronista, repetida acríticamente por los loros barranqueros del paleo-progresismo argento, les bastó para ganar las elecciones en 2019. “Veníamos bien y apareció el coronavirus” es su continuación, utilizada para intentar ocultar un fracaso que ya era evidente para febrero de 2020. He aquí dos modestas falacias presentadas como verdades evidentes por los muchachos peronistas, y que es necesario analizar y desmentir. Ojalá este modesto libro logre aportar un pequeño grano de arena al debate público argentino, ese debate democrático que quienes aman las tradiciones militares suelen denominar “batalla cultural”. Ese debate pluralista sin el cual la superación del Medioevo Peronista y su eterno-retorno continuará siendo un imposible. Porque Dato mata Relato, y la verdad es la única realidad, como dijo Aristóteles y se copió el General.

1

El Medioevo Peronista

Ojalá el único problema que planteara el peronismo fuera el de su eterno-retorno. Pero es peor. Es peor porque ese eterno-retorno no es más que la manifestación en el aspecto temporal del medievalismo que impregna todas sus concepciones; “la línea perfilada por las corporaciones de la Edad Media, que vuelve a levantar sus banderas”, según la formulación del General en su carta al Gordo Cooke. Es peor porque el peronismo logra sistemáticamente arrastrar a toda la Argentina hacia un proyecto de país que no es más que una rémora del pasado; el decantado de un conjunto de ideas sobre la sociedad, la economía y la política que ya eran obsoletas cuando nacieron, hace más de setenta años. La historia de su gestación es simple. La crisis global de 1930 trajo al mundo consecuencias similares a las que hemos presenciado en 2008: estancamiento de la economía, aumento de la pobreza y las desigualdades, descontento social, descreimiento en las instituciones y en la capacidad de representación de los parlamentos, repudio del sistema democrático-liberal, auge de los nacionalismos y de los liderazgos mesiánicos y antisistémicos, del pensamiento mágico, la superchería religioso-política, el pesimismo cultural y el rechazo de la Modernidad. Así llegaron al poder en Europa los totalitarismos de Derecha e Izquierda, con su pesada carga de desprecio por los valores universales; de estatismo, dirigismo y proteccionismo económicos; de resentimiento social y deseos de imponer un incendio regenerativo; de una hegemonía política basada en el partido único; de aspiraciones de reemplazar la democracia republicana y sus instituciones por regímenes corporativos basados en el verticalismo militarista y el disciplinamiento social.

A la Argentina, esa ola medievalista llegó junto con la crisis. En 1930, de la mano del golpe falangista de Uriburu, expresión de un nacionalismo autoritario cuyo proyecto era la “nación católica”3 propiciada por el Revisionismo Histórico elitista y basada en la unión de la Iglesia y el Ejército, la cruz y la espada. En 1943, con el golpe del Grupo de Oficiales Unidos (gou), que daría origen al peronismo, añadiendo a la alianza entre la cruz y la espada un elemento novedoso: el bombo, expresión de un nacionalismo autoritario plebeyo propiciado por el Revisionismo Histórico populista y basado en la unión entre el Ejército y los sindicatos, con la Iglesia bendiciendo el modelo. El modelo peronista es ese, el que Perón describió en 1949 en La comunidad organizada, recientemente reeditado con prólogo del actual jefe de Gabinete de ministros, Santiago Cafiero. Todas esas ideas surgidas y desarrolladas durante la crisis de los Treinta, que Perón había observado de cerca en su etapa de estudios en Italia, y que lejos de traer soluciones habían llevado al caos y la tragedia a Europa, encontraron una encarnación peronista en nuestro país. Y aquí siguen, persistiendo en el proyecto y en las prácticas que los gobiernos peronistas llevan adelante apenas se hacen con el poder.

La línea perfilada por las corporaciones de la Edad Media volvió a levantar sus banderas en nuestro país con el primer peronismo y ha generado un paisaje medieval que regentean hoy los gobernadores feudales del Norte, los jeques petroleros del Sur y los barones del conurbano. Y el peronismo y sus afanes modernizadores y democratizantes se han transformado en lo opuesto: una oligarquía dominada por sindicatos que parecen más gremios medievales que organizaciones modernas, por gobernantes convertidos en monarcas que reinan sobre empresarios transformados en súbditos y sobre ciudadanos devenidos en acólitos de una religión política; víctimas propiciatorias obligadas a pagar el diezmo y chivos expiatorios en los que expurgar su reiterado fracaso. Su corte medieval es un séquito de pajes papales y bufones nacionales y populares, siervos de la gleba estatales y vasallos dependientes de las limosnas otorgadas por la casta político-sindical. Gracias a su magna obra, en todos lados florecen los estamentos medievales: la nobleza peronista, el clero cardenalicio y el pueblo llano de Fuerte Apache y de Gregorio de Laferrere. Cada uno con su credo y su escolástica. Y todo el conjunto, bendecido por la más específica de las instituciones medievales: la Iglesia católica, con el Vaticano convertido por el primer Papa peronista en unidad básica barrial.

Las ideas económicas del peronismo, basadas en el trípode estatismo + proteccionismo + industrialismo, han sido incapaces de desarrollar un solo país desde hace al menos medio siglo; este medio siglo marcado por el auge de las producciones inmateriales, la economía del conocimiento y la globalización. El peronismo atrasa, y su medievalismo económico no es casual. Existe una línea directa entre el “combatiendo al capital” de la “Marcha peronista” y el pensamiento antimoderno, antiliberal y anticapitalista de la Iglesia, que mantiene su visión preconciliar del dinero como “excremento del demonio”, de la pobreza como estado de pureza y de la riqueza como síntoma de debilidad moral. Esa visión medieval de la economía se expande entre sindicatos modelados por la “Carta del Lavoro” mussoliniana y finaliza imponiéndose en la casta de empresarios sometidos al vasallaje y amigos del poder; ese capitalismo clientelista argento que no vive de la inversión y la innovación sino que caza en el zoológico, a la manera de las medievales cazas al zorro entre los castillos de la Loire y de Hampshire. Y lo que pasa en la economía sucede también en la política, donde las ideas autoritarias, antiliberales y antirrepublicanas del peronismo solo han traído atraso, opresión y sufrimiento a las sociedades en las cuales han sido aplicadas a lo largo del mundo y de la Historia; ya sea en sus formas de Derecha como de Izquierda. Aunque la crisis económica les haya dado nueva vigencia en buena parte del mundo avanzado, siguen siendo expresiones de un pasado premoderno y llevan a un escenario medieval. Para entenderlo, basta comprobar el efecto de su aplicación por décadas en la Argentina que, junto con los Estados Unidos, supo ser el paraíso de la movilidad social ascendente y se ha visto hoy transformada en una sociedad estamental, con sus castas determinadas por el nacimiento y la imposibilidad de transcenderlas mediante el esfuerzo individual y el mérito personal.

Lejos de ser vanguardia de la Historia, el populismo peronista impregna la escena política con los aromas putrefactos de la era monárquico-feudal medieval. En el lugar donde las revoluciones liberales y democráticas erigieron la República definida por el pluralismo y la diversidad, el populismo entroniza a la Nación definida por las circunstancias del nacimiento y la uniformidad cultural; donde construyeron la independencia de poderes, restaura al monarca y al caudillo que todo lo comandan desde el Ejecutivo; donde había federalismo, impone el Estado unitario y su caja domesticadora; donde existía limitación de poderes, reconstruye el viejo y querido poder absoluto central; donde crecía la interdependencia de los pueblos del mundo, sacraliza la soberanía nacional, expresión resucitada del poder soberano sobre el territorio y los súbditos; donde había Estado de derecho, hace crecer el despotismo y la arbitrariedad; y donde se había levantado una muralla que separaba la propiedad pública de la privada, el populismo santifica la apropiación del patrimonio estatal por el monarca y su corte. El proyecto populista no es contingente ni espontáneo. Por el contrario, tiene un objetivo preciso: la reducción del ciudadano autónomo de la Modernidad a la condición de cliente, esa versión posmoderna del siervo de la gleba. Desde luego, en plena era global de la información y el conocimiento, la epopeya populista está destinada al fracaso; lo que no quiere decir que no logre arrastrar a una entera sociedad al abismo. En este sentido, el peronismo es ejemplar.

Sin embargo, nada nuevo hay en él. El peronismo es la reencarnación argenta del viejo y querido bonapartismo, aquella invención política francesa que clausuró las conquistas liberales de la Revolución, defraudó sus aspiraciones democratizantes y restauró el antiguo régimen monárquico medieval bajo una fachada novedosa y pretendidamente moderna. El ex primer ministro francés Lionel Jospin ha resumido brillantemente las características centrales de aquel primer populismo de la Historia: jefe carismático directamente unido al pueblo, degradación del Parlamento, censura y amordazamiento de la información, domesticación de los contrapoderes, uso masivo de la propaganda, severas restricciones a las libertades públicas,4 naturaleza dictatorial del poder, represión de los opositores, utilización de la policía con fines políticos, manipulación de la opinión pública, centralización del Estado, búsqueda de la gloria exterior para suscitar el orgullo de los franceses y reunir la Nación alrededor del Ejército y del Emperador, que es padre y salvador de la Patria.5 Hasta el paralelo que Jospin traza entre el Primer Imperio bonapartista y su emperador, Napoleón, y el Segundo Imperio bonapartista y su emperador, Luis, recuerda extraordinariamente la sucesión entre el peronismo original y el actual: “Si los círculos dirigentes se distinguen por la misma búsqueda de prebendas y por el gusto por el dinero y la corrupción, la especulación es más pronunciada durante el Segundo Imperio”.6

El peronismo como restauración del Medioevo. Podríamos pasarnos horas y gastar decenas de páginas haciendo chistes sobre el mensajero papal Grabois, el paje de la reina Pichichi Scioli, el galanesco casanova Amado Boudou, el gnomo Axel y el bufón Dady Brieva. Pero no hay mucho que agregar a la caracterización del peronismo como fuerza medieval que no se haga evidente con un simple vistazo a los feudos de Formosa, La Pampa, La Rioja, San Luis y Santa Cruz, o a las baronías conurbanas de La Matanza, Almirante Brown, Berazategui, Moreno, José C. Paz y Florencio Varela, donde los muchachos peronistas gobiernan ininterrumpidamente desde 1983. Sin embargo, el Medioevo Peronista ejerce sus potestades e impone su eterno-retorno. El “Volveremos” de los Setenta se ha transformado en el “Vamo a volvé” de 2015-2019, y este, en el gobierno de Alberto Fernández. Desconocerlo, o menospreciar el profundo arraigo del peronismo en la sociedad argentina, es condenarse a la derrota. Porque para salir del Día de la Marmota hay que poder cambiar la propia actitud, y para hacerlo, comprender qué representa y a quiénes representa el peronismo es condición necesaria y fundamental. Y para eso, hay que entender las razones por las cuales la geografía de nuestro país se parece a la camiseta de Boca.

La camiseta de Boca

La idea de un país partido al medio y en guerra interna forma parte de la percepción que la sociedad nacional tiene de sí misma. Las metáforas para expresar esta fractura han ido desde la “grieta” señalada por Jorge Lanata hasta el “Hay dos bandos” que por casi una década esgrimió el ponciopilatismo vernáculo para lavarse las manos y justificar lo injustificable del kirchnerismo. Lejos de permitirnos ver más allá, esta módica enunciación de lo aparente configura uno de los mayores obstáculos a la comprensión de lo que sucede. En primer lugar, porque señalar que existe una grieta que separa a dos bandos es tan adecuado para describir a la Argentina de hoy como a la Chicago que se disputaban Eliot Ness y Al Capone. En segundo lugar, porque la Argentina está partida a la mitad, pero la comprensión de esta división en términos de mera disputa del poder por dos facciones políticas es solo la espuma de la espuma.

Los mapas electorales argentinos desmienten categóricamente esta visión simplista. Basta darles un vistazo para verificar que en las provincias centrales, las más productivas, avanzadas y desarrolladas, el Partido Justicialista y sus aliados han logrado alternarse en el gobierno con otras fuerzas políticas, pero nunca han logrado instalar ningún tipo de hegemonía. En cambio, el peronismo ha sido y sigue siendo hegemónico en los distritos donde subsisten los despojos de los fracasos del pasado nacional: 1) las provincias del Norte, que a fines del siglo xix quedaron relegadas como periferias de la economía agraria, y en las que proliferaron y subsisten formas monárquico-feudales de organización político-social: ayer, las dinastías y los caudillos conservadores, y hoy, las dinastías y los caudillos peronistas; 2) las provincias del Sur, en las que predomina el modelo extractivo típico de la producción petrolera y minera, y en las que comandan los jeques petroleros, las cajas estatales repartidoras de bendiciones y el clientelismo; 3) el conurbano de las grandes ciudades, donde el industrialismo de mano de obra intensiva perdió el rol progresista que desempeñara durante el siglo xx dejando a millones de sus habitantes sometidos a salarios miserables, trabajo en negro, contaminación ambiental y a la violencia desatada por la batalla por el territorio entre las patotas, los aparatos políticos, las barras bravas y las policías más bravas aún. Es el territorio de los barones del conurbano, que junto con los gobernadores feudales del Norte, los jeques petroleros del Sur y los gremialistas de aquí, de allá y de todas partes constituyen las castas privilegiadas, la nobleza feudal del sistema peronista. Son la columna vertebral del Medioevo, la que lo sostiene manteniendo amplias porciones del poder incluso cuando gobiernan otros partidos, y es esencial para garantizar el eterno-retorno.

Türler ve etiketler

Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
26 mart 2025
Hacim:
475 s. 43 illüstrasyon
ISBN:
9789875996212
Telif hakkı:
Bookwire
İndirme biçimi:

Benzer kitaplar