Kitabı oku: «Filosofía de la imagen: lenguaje, imagen y representación», sayfa 7
§ 17. El lenguaje articulado como una modalidad
del pensar entre otras, según Wittgenstein
Para entender en toda su complejidad la concepción del pensamiento y sus relaciones con el lenguaje en el Wittgenstein joven, hay que referirla a su concepto de “imagen”. De modo que lo abordado ahora sobre este tema será complementado con lo expuesto mucho más adelante sobre el lenguaje como imagen lógica del mundo.[85]
La tríada pensamiento-lenguaje-realidad es indisoluble para el Wittgenstein del Tractatus. No podríamos decir nada de los nexos entre pensamiento y realidad sin mencionar al lenguaje, que establece una relación entre ellos. La unión entre lenguaje y realidad, por otro lado, sería un mero juego vacuo sin el sustento del pensamiento. Por último, la conexión entre pensamiento y lenguaje (la más difícil de esclarecer, a mi juicio), requiere de un punto de referencia que nos indique si es correcta o no, si tiene o no algún sentido. Y este punto de referencia no puede ser otro que la realidad misma. Así es como se establece en el Tractatus la amalgama de lo ontológico con lo lógico-lingüístico.
2.18 Lo que cada imagen, de cualquier forma, debe tener en común con la realidad para po-der representarla —justa o falsamente— es la forma lógica, esto es, la forma de la realidad.
2.22 La imagen representa lo que representa, independientemente de su verdad o falsedad.
2.223 Para conocer si la imagen es verdadera o falsa debemos compararla con la realidad.
2.224 No se puede conocer sólo por la imagen si es verdadera o falsa.
Si no hay imagen verdadera a priori es porque el pensamiento no mantiene nexos «directos» o intrínsecos con la realidad. Necesita confrontarse con ella, y para hacerlo tiene que adquirir forma con el lenguaje. De estas aseveraciones se deriva que Wittgenstein no concibe al pensamiento como una entidad o actividad que yace intacta y pura en la mente. Al mismo tiempo, entiende que el lenguaje no es un mero vehículo inerte al servicio de las ideas, sino un factor que garantiza y asegura la relación entre el pensamiento y el mundo.
Esta concepción de la pareja lenguaje-pensamiento, aunque despojada posteriormente por el propio Wittgenstein de sus adherencias ontológicas y metafísicas, es mantenida en lo esencial a lo largo de sus escritos de madurez. En el volumen de reflexiones reunidas como Zettel, rechaza las concepciones asociacionistas, específicamente la idea de que “en” la mente (sea en el cerebro, en la cabeza o en algún lugar indeterminado) se encuentran las ideas y que éstas se exteriorizan por medio del lenguaje. Tanto el “decir” como el “pensar” suelen ser explicados como «actividades» que ocurren “internamente” y que son “externadas”:
El querer decir se representa como una especie de designar mentalmente algo.
Una de las ideas más peligrosas filosóficamente hablando es que pensamos en la cabeza o con la cabeza.
La idea del pensar como un proceso que ocurre en la cabeza, en un espacio completamente cerrado, le da algo de oculto.[86]
Aquí Wittgenstein está atacando concepciones consideradas casi como verdades incuestionables, específicamente la idea de que en el cerebro se encuentra la razón, y de que la razón se exterioriza por medio del lenguaje.[87]
Surgen varias preguntas: “¿si no se piensa en la cabeza, en dónde se piensa?”, “¿el lenguaje es o no es la forma externa del pensamiento?” Wittgenstein propone no dar una respuesta unilateral a este tipo de preguntas. Por ejemplo, en cuanto al “lugar” del pensamiento, su propuesta es orientarse más bien hacia la observación de las acciones durante las cuales se piensa.
Representémonos el caso de alguien que realiza un trabajo que implica comparación, ensayos, opciones. Digamos que produce un objeto de uso corriente. [...] El obrero quizá también emite sonidos como «¡hum!» o «¡Ah!». Sonidos, por así decirlo, de titubeo, de súbito hallazgo, de decisión, de satisfacción o de insatisfacción. [...] Desde luego, no podemos separar su “pen-sar” de su actividad. El pensar no es ningún aspecto concomitante del trabajo, y tampoco del hablar reflexivo. [...] Pensar es un concepto terriblemente ramificado. Un concepto que abarca múltiples manifestaciones de la vida. Los fenómenos del pensar son muy distintos entre sí. [...] No debe esperarse que esta palabra tenga una aplicación homogénea; más bien, debe esperarse lo contrario. [Ibíd., § 100-101, 110, 112]
Si, de acuerdo con Wittgenstein, aceptamos que no existe el lenguaje, sino un complejo conglomerado de usos lingüísticos a los que por comodidad consideramos como reunidos bajo un solo nombre,[88] nos será fácil entender que no existe el pensamiento, sino una indefinida diversidad de acciones para cuya ejecución hay que pensar. Por eso afirma que «pensar es un concepto terriblemente ramificado», frase que conviene no olvidar. En el caso del trabajador manual, no es posible separar su pensamiento de su actividad, pero no porque el pensamiento “acompañe” a la actividad, sino porque pensar y actuar están amalgamados: son, de algún modo, lo mismo. En cuanto a la relación lenguaje-pensamiento, Wittgenstein matiza sus ideas del Tractatus, pues señala ahora que las palabras no son la única vía para que el pensamiento tome forma, sino que hay otras maneras de pensar. Así habría que leer las siguientes frases:
Recuérdese que nuestro lenguaje podría poseer gran variedad de palabras: unas para “pensar en voz alta”; otras para pensar mientras uno se habla a sí mismo en la imaginación; unas más para hacer una pausa en la que se nos ocurra algo, después de la cual somos capaces de dar una respuesta con mayor seguridad.
Una palabra para el pensamiento que se expresa en una frase; otra para la idea repentina que más tarde puedo “investir de palabras”, una más para trabajar pensando sin articular palabras. [89]
A fin de cuentas, no se trata de decir qué es el pensamiento, sino en qué contextos reales (no filosóficos) se usa el término “pensamiento”. Por eso afirma: «Sólo en el flujo de los pensamientos y de la vida tienen significado las palabras». [Ibíd., § 146, 173]
Palabras y pensamientos tienen un sentido sólo en relación con la vida, o sea, con la actividad real de quienes hablan y piensan. Palabras, pensamientos y praxis son inseparables. Entonces, no habrá problema en aceptar que puede haber un pensamiento sin palabras, como el pensamiento visual.
[51] Benjamin Lee Whorf, Lenguaje, pensamiento y realidad, 1956, p. 269.
[52] Ludwig Wittgenstein, Investigaciones filosóficas, 1930, § 65.
[53] Paul Feyerabend, Wissenschaft als Kunst [La ciencia como arte], 1984, pp. 56-59.
[54] L. Wittgenstein, Investigaciones... § 79.
[55] Rudolf Arnheim, Visual Thinking, 1969, pp. 157-158.
[56] En § 55 será necesario volver a estas ideas de Arnheim, particularmente a que pensar no requiere «desembarazarse» de los datos perceptivos, sino al contrario: la percepción es pensamiento.
[57] John Locke, An Essay Concerning Human Understanding, 1690, Lib. II, Cap. XI, 12-13.
[58] Las pruebas clínicas de A. R. Luria lo conducen a conclusiones similares a las de Locke: en casos de retraso mental, el desciframiento de una comunicación (hablada o escrita) se mantiene en el nivel de la representación concreta, gráfico-figurativa, y se vuelve inasequible el significado metafórico o no concreto. Esto significa que el retrasado o el dañado mental son incapaces de abstraer, de generalizar y de conceptualizar. Por ejemplo, en esquizofrénicos se da una plurivocidad en las interpretaciones: en su expresión verbal afloran significados no frecuentes. [A. R. Luria, Lenguaje y pensamiento, 1975, pp. 121-121].
[59] Ernst Cassirer, op. cit., p. 265. Véase nota 18 del Capítulo 1.
[60] R. Arnheim, Visual..., pp. 188-207.
[61] Véase § 32-33 y § 43-44.
[62] Hubo, sin embargo, una postura que logró conciliar, al menos en teoría, ambas posiciones: el neoplatonismo aplicado a la doctrina cristiana. Por ejemplo, un personaje conocido como Pseudo Dionisio Areopagita (siglos V-VI) estableció que mediante la materia y la forma visual era legítimo o válido representar un contenido divino, pues nuestra condición de seres carnales hace necesario valerse de las primeras para llegar a lo segundo: se podía acceder a lo no sensible mediante lo sensible.
[63] Véase Martin Heidegger, El origen de la obra de arte, 1952, pp. 50-51.
[64] Antoine Arnauld y Pierre Nicole, La logique ou l’art de penser, 1670, p. 143.
[65] J. Locke, op. cit., Lib. II, Cap. VIII, 12; Cap. XI, 17.
[66] Sobre este punto véase más adelante § 45 y § 70.
[67] Gottfried Leibniz, Nuevos ensayos sobre el entendimiento humano, 1704, Lib. II, Cap. XII.
[68] Immanuel Kant, Crítica de la razón pura, 1781, B 1.
[69] Véase § 7 y § 8.
[70] Estas vacilaciones se examinarán en § 21, § 42 y § 49 del presente trabajo.
[71] I. Kant, Crítica de la facultad de juzgar, 1790, § 59.
[72] Cfr. Herbert Marcuse, Eros y civilización, 1953, p. 182: «Ante la corte de la razón teórica y práctica […] la existencia estética está condenada».
[73] W. Humboldt, op. cit., pp. 76-77.
[74] E. Cassirer, op. cit., t. I, 1923, pp. 37-45.
[75] V. M. Bogulavski, «La palabra y el concepto», en D. P. Gorski, op. cit., pp. 155 y 198.
[76] E. M. Galinka-Fedoruk, «La forma y el contenido en el lenguaje», en ibíd., p. 355.
[77] E. Cassirer, op. cit., t. III, pp. 386-387.
[78] E. Sapir, op. cit., pp. 18-21.
[79] Colin Murray Turbayne, El mito de la metáfora, 1970, pp. 107-117.
[80] A. Schaff, Ensayos..., pp. 36-37.
[81] A. Schaff, Lenguaje y ..., pp. 206-207. Cursivas de F.Z.
[82] V. Z. Panfilov, «Acerca de la correlación existente entre el lenguaje y el pensamiento», en D. P. Gorski, op. cit., pp. 106-111.
[83] Lev S. Vygotsky, Pensamiento y lenguaje, 1934, p. 76.
[84] L. S. Vygotsky, op. cit., pp. 22-26.
[85] En § 71.
[86] L. Wittgenstein, Zettel, 1967, § 12, § 605 y § 606.
[87] Concepción que se puede encontrar en Locke, por ejemplo.
[88] L. Wittgenstein, Investigaciones filosóficas, § 65.
[89] L. Wittgenstein, Zettel, § 122.
Capítulo 3
Logocentrismo, iconocentrismo y confluencias palabra-imagen
Siempre debe uno disculparse por hablar de pintura. Pero hay grandes razones para no quedarse callado. Todas las artes viven de palabras.
Paul Valéry[90]
El arte, convertido en uno de los centros de interés de nuestra época, sufre los efectos de esa tupida vegetación de paráfrasis que lo aprisionan y ahogan como una enredadera. Una vez más se impone la necesidad de aplicar, sí, el pensamiento al arte, pero con el intento de ver claro en esa logomaquia,
de entrar en contacto con verdades sustentadas por los hechos. En la materia
que nos ocupa, los únicos hechos que cuentan son las obras.
René Huyghe[91]
El iconófobo y el iconódulo están condenados a vivir juntos,
y a veces en el mismo individuo.
Régis Debray[92]
Para la filosofía de la imagen es más fructífero estudiar la continuidad entre palabras e imágenes que estudiar su discontinuidad. Tanto en la comunicación como en el pensamiento, y tanto en la representación como en la expresión recurrimos a distintos vehículos significantes que en cada ocasión conforman un todo unificado. Si dos personas conversan frente a frente, no sólo hablan, sino que también gesticulan, hacen ademanes, guardan silencio, manipulan y señalan objetos, varían el volumen y el timbre de la voz, intercambian miradas, trazan dibujos sobre algún papel o bien “dibujan” objetos en el aire, sonríen de diversas maneras, manifiestan interés o indiferencia, se emocionan, se deprimen, etc., etc. Su conversación está integrada por todo eso. Si la conversación se realiza por teléfono, la comunicación tampoco se limita al lenguaje fonético-articulado: hay silencios, matices o ruidos que tienen un valor significante. Pretender que las palabras sean “la base” de su conversación y el resto sea sólo “derivaciones” o “apoyos” es incurrir en un reduccionismo logocéntrico más dañino que benéfico. Los encuentros entre personas consisten en un complejo intercambio de signos de toda índole, no simplemente en hablar y escuchar. Y lo mismo sucede en otro tipo de actividades como el pensar y el expresar: cada vez intervienen diversos signos y soportes que se complementan entre sí. A veces se piensa discursivamente, a veces imaginativamente, a veces combinando ambas formas. El lenguaje no tiene “esencia” o componentes “esenciales”, sino que consiste en un conglomerado de “juegos” (lingüísticos, gestuales, olfativos, visuales, sonoros…).
Este capítulo mostrará en forma panorámica los caminos por donde palabras e imágenes transitan juntas, a pesar de los esfuerzos que se han hecho por separlas o incluso por oponerlas.
§ 18. La obligación del lenguaje discursivo
A lo largo del Capítulo 1 revisé distintas versiones del logocentrismo. Ahora veré brevemente cómo éste sirve de plataforma para elevar argumentos explícitos en contra de las imágenes. Asistimos aquí a una verdadera militancia en defensa del lenguaje articulado ante los embates de las cada vez más omnipresentes y variadas modalidades de la imagen.
Uno de los más viejos argumentos que se han esgrimido para erigir el lenguaje verbal como sistema “superior” de signos ha sido su capacidad de desligarse de las circunstancias o de las situaciones momentáneas o inmediatas, a diferencia de otras formas de expresión y comunicación (como el lenguaje gestual humano o el lenguaje de las abejas).
Ésta era una de las principales tesis de Cassirer, para quien, sencillamente, sin lenguaje tendríamos sensaciones, pero no conoceríamos nada. El lenguaje, principal forma simbólica, posibilita para este filósofo el paso de la mera presentación a la representación, categoría humana. Asimismo, ello demostraba según Cassirer que la representación por medio de imágenes es en todo caso una etapa inferior comparada con la representación lingüística.[93] Y con esto entramos de lleno a los intentos explícitos por descalificar a la imagen como forma de representación legítima.
W. M. Urban, seguidor de Cassirer, sostiene:
La vida meramente vivida no tiene sentido. Quizá pueda concebirse que somos capaces de aprehender o intuir directamente la vida, pero su sentido no puede aprehenderse ni expresarse sino en un lenguaje, sea cual fuere.
Del lenguaje […] articulado, es de donde proceden los símbolos no idiomáticos, y es a este lenguaje natural al que todos los símbolos convencionales, si han de entenderse e interpretarse, deben inevitablemente volver. [...] La vida, ciertamente, es más profunda que el lenguaje, pero lo que es así más profundo no tiene sentido. Puedo tener un sentido de la vida, pero la vida no tiene sentido o significado mientras no se expresa, y en último análisis, esa expresión tiene que ser verbal.[94]
Veamos algunos casos más. Roland Barthes ha generado una de las más radicales formulaciones logocéntricas. Al afirmar que es «difícil concebir un sistema de imágenes u objetos cuyos significados pueden existir fuera del lenguaje»,[95] implica que es imposible para cualquier signo sustraerse a las palabras o funcionar con independencia de éstas. Es imposible una significación no lingüistizada. En consecuencia, no es posible la existencia de imágenes puramente denotativas (carentes de connotaciones), “inocentes”, sin código o naturales.[96] En la lectura de una fotografía, por ejemplo, interviene de un modo o de otro una verbalización por parte del espectador. Pero no sólo eso, sino que toda percepción es categorizada y está mediada por el discurso: «no hay percepción sin categorización inmediata, la fotografía se verbaliza en el momento mismo en que se percibe».[97]
Conducen a lo mismo los argumentos de un integrante de la escuela soviética como Kopnin. Para él, una fórmula matemática, una tabla estadística, un gráfico, contienen un sujeto y un predicado (con su cópula, desde luego). Estos sistemas sígnicos extralingüísticos no tienen un valor independiente, pues sólo el lenguaje les da significado:
«Como toda proposición lógica, la tabla estadística tiene su sujeto y su predicado» (V. S. Niemehinov)
La lengua constituye un medio capitalísimo para expresar los juicios. Con ella no puede competir ningún lenguaje artificial de los símbolos, gráficos y tablas. […] Sin el lenguaje verbal no pueden existir. No es posible aplicar y comprender designaciones simbólicas, sean de la clase que sean, sin palabras y sin oraciones.[98]
Por su parte, Adam Schaff entiende que los signos no verbales son improductivos y unívocos, mientras que los verbales son productivos y plurívocos además de ser herramienta indispensable para el pensamiento abstracto.[99] Este autor también se opone a la idea de que la creación musical o la pintura abstracta puedan ser “asemánticas”. Ni el compositor musical ni el artista plástico producen sus obras imaginando sonidos y formas independientemente de su explicación lingüística y de la enunciación de su significado en términos verbales:
Aun cuando supongamos que la creación musical o pictórica está totalmente separada del lenguaje de las palabras, no debemos pasar por alto el hecho de que en ambos dominios se emplean, empero, lenguajes específicos, que son un producto del intelecto. [...] La música también posee su lenguaje, rico y formalizado con gran exactitud, al menos en lo que se refiere a la notación musical, es decir, las notas. Además, posee una serie de principios de armonía, contrapunto, composición, que se expresan a través del lenguaje hablado. [...] La pintura está más ligada que la música al lenguaje verbal. [...] El pintor [...] mientras produce su obra no se puede separar de la reflexión sobre su propia creación, y […] esta reflexión siempre se lleva a cabo en el lenguaje verbal.[100]
La posición de Schaff es típicamente logocéntrica. Pero, podríamos preguntar, ¿cuáles son las oraciones (con su estructura sujeto-predicado) que “subyacen” o “explican” a estas “frases” musicales?
Johann Sebastian Bach, Minueto en Sol Mayor

Si escuchamos completa esta pequeña obra maestra, podremos darnos cuenta de que hay un “diálogo”, de que hay algo como “afirmaciones”, “respuestas”, “contrarrespuestas”, “réplicas”, etc. Pero ninguna de éstas requiere de la verbalización para ser entendida, comprendida, interpretada y disfrutada. De hecho, cuando interpretamos esta sencilla pieza sentimos y disfrutamos todos esos ecos internos. Mas no hace falta “traducir” a palabras lo que la obra dice a su manera o, mejor dicho, lo que muestra o presenta.
§ 19. Limitaciones del lenguaje verbal: las nociones de “palabra” y “enunciado”
¿Qué es una palabra? La dificultad de responder a esta pregunta suele deberse a que se confunde (a veces por no ser capaz de separarlos) el punto de vista fonético y el punto de vista semántico. Es decir, se cree que una palabra es una unidad fonética independiente claramente identificable, y con un significado también independiente. La idea corriente es que las palabras son como unas celdillas separadas entre sí que “contienen” significados, a su vez independientes entre sí. Según esto, el lenguaje es el conjunto integrado por estas celdillas. Pero ésta es una concepción artificial del lenguaje. El lenguaje, en realidad, no consta de palabras, sino de enunciados.
Sapir entiende que una palabra es una «unidad de habla viva», o sea, un elemento separable, pero no en el laboratorio o en los libros, sino en el uso real del lenguaje. Una palabra no es el correspondiente simbólico o lingüístico de un concepto único: puede consistir en un solo vocablo que se refiere a un solo concepto, o puede consistir en una expresión sonora que en una lengua se dice con un solo vocablo y se traduce a otras lenguas con una oración entera.[101] Esta aclaración es muy importante, pues supera la concepción trillada de que cada palabra es como una etiqueta que identifica a un objeto.
Viene a colación aquí la idea de “campos conceptuales”. Según Porzig, para determinar el contenido de una palabra se necesita conocer el de las demás de ese campo.[102] Es más correcto decir que las lenguas constan de campos de palabras que decir que constan de palabras como elementos discretos (separados) del lenguaje. Hablamos con palabras, sí, pero nos entendemos a base de campos de palabras. El valor de una palabra se reconoce respecto al valor de otras palabras afines u opuestas: siempre es parte de un conjunto y sólo dentro de ese conjunto tiene significado. Ése es el campo conceptual, como lo define Trier.[103]
La significación, pues, no consiste en la asociación entre dos conjuntos (los sonidos del lenguaje por un lado y los significados por el otro), sino que es más bien un proceso por medio del cual uno o varios vocablos se relacionan temporalmente con algún significado que en determinado contexto es el pertinente: la significación no es un acto de etiquetación, sino el resultado de un complejo proceso selectivo y combinatorio.
Si la definición de “palabra” plantea dificultades, la de “oración”, “enunciado” o “proposición” no le va a la zaga. Tradicionalmente se ha aplicado un criterio gramatical para decir qué es una oración: una emisión discursiva que consta de dos elementos imprescindibles (un sujeto y un predicado). También se considera un tercer elemento: la cópula (verbo «ser»). De modo que —según esta concepción— si no se encontraran tales elementos no estaríamos ante un enunciado.[104]
Cassirer se mantiene fiel a estos principios. La cópula es para él la cumbre de la conceptuación de las relaciones, de la conceptuación del «puro enlace». Gracias a la cópula, el enlace del sujeto y el predicado adquiere objetividad, en tanto se lo libera de la subjetividad. Sólo las lenguas “superiores” poseen la cópula pura, universal. Con ellas se da un salto evolutivo de la expresión del mero existir o el mero estar a la expresión del ser:
No sólo las lenguas de los pueblos primitivos —como la mayoría de las lenguas africanas, las lenguas de los aborígenes americanos, etc.— carecen de una expresión unitaria y general para lo que nosotros indicamos con nuestra conectiva “es”, sino que tampoco puede hallársela en otras lenguas altamente evolucionadas, [...] por ejemplo, en la familia uralo-altaica la unión del sujeto con el predicado se efectúa casi siempre mediante yuxtaposición, de tal manera que una expresión como «la ciudad grande» significa «la ciudad es grande», una expresión como «yo hombre» significa «yo soy un hombre», etc.[105]
Como diría Wittgenstein, tenemos aquí dos casos en que se sublima un elemento gramatical. Se desliga al verbo “ser” de su contexto gramatical y de los juegos de lenguaje en donde es parte de jugadas genuinas, para erigirlo como el verbo. Y con este criterio se considera que aquellas lenguas que carecen de tal verbo son imperfectas. Según Cassirer, el significado “real” de la expresión «la ciudad grande» sería: realmente «la ciudad es grande»; el de la expresión “yo hombre” sería: “yo soy hombre”. Pero ¿no podría ser al revés? Wittgenstein nos enseña a plantearnos este tipo de preguntas, cuando dice que la expresión «¡Losa!» dicha por un albañil a su ayudante no necesariamente es una abreviación de «¡Tráeme una losa!», pues esta última bien podría ser una manera de alargar la primera.[106] Con esto, la estructura sujeto-predicado, que ha sido considerada como necesaria para pensar y para comunicarse, se tambalea peligrosamente cuando aprendemos a mirarla “desde fuera”.
Este resultado será de gran utilidad más adelante,[107] cuando se haga ver que el sentido de una imagen no consiste en que ésta “contiene” enunciados o palabras que se “traducen” a términos visuales. Pues la imagen significa a su manera y por sí misma, no como una ilustración de ideas formuladas discursivamente.[108]
Diversos lingüistas y filósofos se han opuesto a esta consideración de que la forma sujeto-predicado es universal. Porzig, por ejemplo, sostiene que dicha organización sintáctica no es universal, sino que sólo se da en las lenguas cuya estructura concuerda con la del griego:[109]
Aquí había cosas independientes, sustancias, que se denominaban con los sustantivos. En ellas aparecían propiedades, que designaban los adjetivos. Los cambios y sucesos en el mundo los reflejaban los verbos, y las muchas palabras todavía restantes expresaban relaciones entre las cosas. Así fue fundada la doctrina de las clases de palabras sobre la ontología o doctrina del ser, y entonces debía, naturalmente, convenir a todas las lenguas. [...] Uno, por ejemplo, puede aguardar a la partida del tren. ¿Esta partida es una cosa, una sustancia, o no es más bien un suceso? [Ibíd., p. 163]
Al fundarse la ontología sobre conceptos de la gramática, como “ser”, “sustancia” y “atributo”, se pretende que la estructura sujeto-predicado es universal, o que «corresponde a la lógica de las cosas», como dice Kopnin.[110] La anterior cita de Porzig señala también que las nociones de sustancia y atributo son relativas, que son más bien categorías originadas en el lenguaje.
Whorf llegó a los mismos resultados en la primera mitad del siglo XX, cuando estudió la estructura sintáctica y semántica de una lengua no occidental: el hopi. Encontró que en las lenguas SAE (Standard Average European) se analiza la realidad en términos de “cosas”, de “sustancias” o “materias”, en tanto que el hopi la analiza en términos de acontecimientos.[111] Entonces, lo que es sustantivo en una lengua (como el inglés) puede ser verbo en otra (como el hopi):
En inglés dividimos la mayor parte de las palabras en dos clases que tienen diferentes propiedades gramaticales y lógicas. A la clase 1 le llamamos nombres, como por ejemplo “casa”, “hombre”; a la clase 2 le llamamos verbo, como por ejemplo “pegar” “correr”. [...] Pero la naturaleza no está polarizada así. Si se dice que “volverse”, “correr”, etc. son verbos porque indican acontecimientos temporales, o sea acciones, ¿por qué “puñetazo” tiene que ser un nombre? [...] En la lengua hopi son verbos “ola”, “llama”, “meteoro”, “nube de humo”, “pulsación”, los acontecimientos de una duración necesariamente breve no pueden ser más que verbos. [Ibíd., pp. 143-144]
Las investigaciones de Whorf son pródigas en este tipo de análisis, de los que extrae fundamentalmente argumentos a favor de sus tesis relativistas, como cuando realiza un brillante estudio de la manera en que la lengua hopi hace referencia a dos categorías imprescindibles en las lenguas SAE: tiempo y espacio. Su conclusión es sorprendente: en hopi «no hay referencia alguna al tiempo, ni explícita ni implícita», como tampoco al espacio, sino que esta lengua categoriza el mundo en dos «formas cósmicas», que son la objetiva (lo concreto, lo físico, lo pasado y lo presente) y la subjetiva (lo futuro y lo que está en la mente y en el corazón del hombre, de las plantas y de las cosas). Estos ejemplos de apoyo al relativismo lingüístico apoyan también la idea de que las estructuras sintácticas de las lenguas SAE no son necesariamente las mismas en todas las lenguas. Es decir, no “subyacen” a otro tipo de estructuras sintácticas, como si fueran su “esencia”. [Ibíd., pp. 73-76]
Explicaciones de la proposición como las de Kopnin son relativizadas por Wittgens-tein: «¿Qué pasa cuando aprendemos a determinar el sujeto de la oración por medio de la pregunta “¿Quién o qué?”? —Aquí hay ciertamente un “ajustarse” del sujeto a esta pregunta; ¿pues cómo averiguaríamos cuál es el sujeto si no mediante la pregunta?»[112]
Todos estos ejemplos y reducciones al absurdo apuntan a un objetivo: demostrar que no hay una única definición de lo que es un enunciado, pues los parámetros para definirla son establecidos dependiendo de las reglas arbitrariamente adoptadas como normas. De manera que ni las preguntas «¿Qué?», «¿A quién?», «¿Para quién?», etc., ni las preguntas por el valor de verdad son medios para determinar qué es una oración «en sí». No hay una «forma general de la proposición». Lo que hay son criterios para determinar qué es y qué no es una oración, es decir, para determinar a qué llamamos oración. Asimismo, se desecha la tesis de que la forma sujeto-predicado subyace a, por ejemplo, las imágenes, los gestos o las expresiones musicales.
En los estudios psicológicos de Vygotsky se puede encontrar pruebas de que la estructura sujeto-predicado no es la manera en que se formulan los pensamientos. Este investigador realizó pruebas experimentales que lo llevaron a esclarecer la noción psicológica de lenguaje interiorizado. Éste es el lenguaje que, por decirlo así, utilizamos para «hablar con nosotros mismos», que nos sirve para formular ideas antes de decirlas a los demás, que nos auxilia a razonar en silencio, etc. La tesis de Vygotsky es que el niño pequeño no piensa en silencio o «para sí mismo» a la manera en que lo hacen los adultos. Todo su pensamiento es «en voz alta»: aunque piense para sí, no lo hace más que hablando. Con el avance de su desarrollo, y a medida que entra en contacto con quienes saben hablar, va aprendiendo a pensar con los términos que escucha de sus padres, hermanos, etc. (A este lenguaje particular lo llamó Piaget lenguaje egocéntrico.)
Vygotsky explica que, con el desarrollo del niño (sobre todo en la edad escolar), el habla egocéntrica va desapareciendo a medida que se desarrolla el habla interiorizada: «El lenguaje egocéntrico [...] está sujeto a una evolucion, no a una involucion. Finalmente, se transforma en lenguaje interiorizado».[113] El lenguaje egocéntrico se intensifica como vehículo del pensamiento; conforme sirve más para pensar, se hace más inescrutable para los demás, su vocalización disminuye más y más y su separación del lenguaje social se hace mayor, hasta que, finalmente, desaparece como lenguaje sonoro y se convierte en lenguaje interior. Es entonces, dice Vygotsky, cuando sus «características estructurales» se definen:
