Kitabı oku: «Instantáneas callejeras»

Flor Goldstein
Instantáneas callejeras

| Flor GoldsteinInstantáneas callejeras / Flor Goldstein. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Libros del Zorzal, 2016.Libro digital, EPUBArchivo Digital: descarga y onlineISBN 978-987-599-475-11. Crónicas. 2. Narrativa. I. Título.CDD A863 |
Portada: Andy Goldstein, a partir de una fotografía de Jorge Doño
Ilustraciones de interior: Flor Goldstein
© Flor Goldstein, 2016
©Libros del Zorzal, 2016
Buenos Aires, Argentina
Printed in Argentina
Hecho el depósito que previene la Ley 11.723
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Índice
El vértigo de intervenir el mundo | 8
Instantáneas callejeras | 10
El pacto | 12
Maquillaje | 14
El banco | 16
Abran paso, vengo armada | 21
La pena | 23
Mejor, imposible | 25
El falso oyente | 26
Servicios sociales | 28
Los habitués | 31
El susto | 33
Lágrimas | 35
Clink | 37
De enamoramientos y otros misterios | 38
La oyente real | 42
La alegría | 44
Otro susto | 46
Lo que odio de mi instrumento | 49
El lobo | 51
Monedas foráneas | 52
Invierno | 54
Quién necesita palabras | 56
Un eurillo | 58
Soplar y nada más | 59
La magia | 61
Volver | 62
Aquí y ahora | 65
La soledad | 67
Mis problemas | 73
La rueda | 74
De las malas costumbres | 78
Saxo solo | 79
Pies | 80
La despedida | 82

Hacer de la interrupción un camino nuevo,
hacer de la caída un paso de danza,
del miedo, una escalera,
del sueño, un puente, de la búsqueda,
…un encuentro.
Fernando Pessoa
A mi familia.
A los oyentes de las calles
de todo el mundo.
Al pueblo de Aranjuez,
cuna de mis aventuras callejeras.

El vértigo de intervenir el mundo
El momento más difícil es el inicial: abrir.
Abrir un espacio para la música donde antes no había más que calle, ruidos cotidianos, urbanos.
Influir, intervenir, cambiar drásticamente la realidad circundante. Si se detiene uno a pensarlo, puede ser aterrador. O tremendamente atractivo, depende cómo se sienta ese día.
Hay algo de absurdo, de cuasilocura, en ese momento: detenerse en medio de una acera cualquiera, apropiarse de algún modo de una parte del espacio común, abrir un estuche dentro del cual brilla un instrumento luminoso como el sol, objeto imposible. Estos gestos pueden ser vistos o vividos como algo totalmente fuera de lugar; son elementos que no pertenecen a lo habitual, al ambiente cotidiano; uno se siente un poco loco.
No es el nervio que puede haber previo a comenzar un concierto, no. Es cosa bien distinta. Porque un concierto se desarrolla dentro de un espacio delimitado para hacer música: allí todos los presentes aceptan esa zona de juego con sus reglas. Y el desafío, en todo caso, será hacer honor al hecho de encontrarse del lado de los músicos. Aquí en cambio el desafío se trata, precisamente, de convertir un espacio que está hecho para otra cosa en uno que pueda dar cabida a la música. Hay que estar convencido.
Por no hablar de la primera nota. Respirar, cerrar los ojos, soplar: hay un antes y un después. El aire callejero, que hasta entonces rebozaba de sonidos conocidos y por lo general poco agradables, se estremece sorprendido con una nota larga, casi absurda, provocada por la vibración de un trozo de caña amplificada a través de un ingenioso tubo metálico. En ese instante, todo cambia. Pero el cambio necesita de algunos minutos para afianzarse, instalarse, dar cabida a lo que hasta entonces no era, hacerse de alguna forma a lo nuevo, aquello que está pasando ahora: hay música en el aire, hay música en la calle.
Aun quienes no gusten de ella o no le presten la menor atención la recibirán. Se entremezclará con sus recuerdos y emociones sin que se den cuenta. Será parte del mundo que acontece en esa calle durante el próximo rato.
Poco a poco, ese sonido ajeno, melodioso y casi dulce va ganando sitio en el universo sonoro de una calle cualquiera: deja de sorprender, va acomodándose entre los otros sonidos reinantes, amalgamándose con ellos, que, generosamente, acaban compartiendo el aire con el recién llegado. El nuevo sonido, que quizá haya empezado algo tímidamente, va de a poco ganando confianza, sonoridad, volumen. Se hace a la acústica particular del lugar; y el lugar, de alguna forma, se adapta a él.
Se rompe el hielo.
A partir de entonces, todo es posible.

Instantáneas callejeras
Llego a mi sitio por la mañana. Mientras me preparo, armo mi instrumento y organizo las partituras, una mujer se acerca: “Todavía no has comenzado; pero ten –dice mientras deja una moneda en mi gorra aún vacía y una hermosa sonrisa que se graba en mis ojos–… ¡Que tengas un buen día!”.
Imposible no tenerlo, habiendo empezado así.
Mientras toco un vals, veo por el rabillo del ojo acercarse lentamente a una anciana cargada con bolsas de la compra. Avanza pesada, tambaleante, se escuchan botellas entrechocando en alguna de sus bolsas. Pasa delante de mí y se detiene un par de metros más allá. Deja en el piso sus muchos bártulos; la operación se complica: algunas bolsas están enredadas con otras. Finalmente se desentiende de su carga y retrocede para dejar unas monedas en mi gorra. Vuelve a tomar las bolsas, las engancha a su cuerpo y retoma su camino. Todo el proceso le lleva varios minutos.
La veo alejarse y tengo ganas de llorar, o de darle un abrazo, o de llevarle las bolsas a la casa. Pero no lo hago; sigo tocando.
Un muchacho vestido con el uniforme de un correo privado reparte sus encargos por la calle en donde estoy tocando. A lo largo de uno o dos temas lo veo pasar varias veces raudo, concentrado, caminando a grandes zancadas en una y otra dirección. Recorre mi lado de la acera y el de enfrente sin desviar la mirada de sus papeles, chequeando direcciones y repartiendo sobres: está claro que en su trabajo el tiempo es importante. Finalmente pasa una vez más delante de mí y, sin detenerse ni tan siquiera ralentizar su marcha, se agacha apenas para dejarme una moneda y murmurar un “¡Suerte!” al paso. Sigue su camino, serio, imbatible; su misión lo llama.
Todas estas cosas me llevo conmigo cuando cierro mi estuche, además de lo recaudado, cada día.

El pacto
Pero no basta con comenzar para que algo comience. En serio.
Porque en algún momento alguien (alguien viejo, joven, alto, bajo, gordo, flaco, inquieto, relajado, sonriente, apurado, hombre, mujer... alguien; quien quiera que sea) se acercará a mi gorra y dejará allí una moneda. Es entonces, y sólo entonces, cuando todo cobra sentido.
Mucho más allá del valor material de esa moneda, ese momento es como un pacto que se sella.
Es el mundo diciendo: “Sí, lo que estás haciendo tiene algún significado fuera de ti también. Eso que dices (cantas, soplas) alguien lo escucha. Tu acción (pararte en una calle, sacar tu instrumento, ofrecer tu música, proponer tu gorra abierta) es interpretada, decodificada, aceptada, bienvenida”. Si no cayera ninguna otra moneda en mi gorra (deprimente posibilidad), me iría a casa sintiendo que fue un mal día; pero si no llegara esa moneda, entonces me iría perdida, preguntándome qué estuve haciendo.
Por eso, cada día, intento registrar ese momento; esa primera persona. Esa persona es importante. Intento recordarla, a modo de íntimo homenaje, y tenerla de alguna forma presente a lo largo de las horas de música que siguen a su gesto; el período de trabajo que inauguró sin saberlo.
Quizá sea más bien una cábala, no lo sé; pero no puedo evitarlo: de alguna forma tengo que agradecer.

Maquillaje

Ella tendría unos diez años y se había vestido como para ir a una fiesta. Su madre empujaba un carrito de bebé y se había vestido como para ir al mercado a comprar verdura, que era exactamente lo que acababan de hacer.
La niña llevaba falda blanca, sandalias haciendo juego, una cinta brillante en el pelo, y maquillaje; mucho maquillaje. Su madre llevaba el carrito y varias bolsas de la compra colgando del brazo.
Cuando pasaron delante de mí, la pequeña se detuvo con un sencillo:
–Espera, mamá.
Con tranquilos movimientos de sus bracitos cargados de pulseras, abrió un pequeño monedero (también blanco) que llevaba en la mano; extrajo de él una moneda y la depositó con mucha seriedad en mi estuche.
–Vamos– dijo.
Y siguieron su camino.
No sé de cuántos céntimos sería esa moneda, pero fue, sin duda alguna, la más valiosa de toda la mañana.

El banco

–¿Haces malabares? –me pregunta el empleado del banco, a quien no logro imaginar en otro sitio que en su silla de oficina detrás del mostrador.
Es un hombre grande y adecentado, con un cuerpo pacientemente trabajado por años de burocracia. Su camisa rayada hace juego con un cabello corto y gris, cuya dirección de peinado probablemente sea la misma que definía su madre cuando le pasaba el peine antes de ir al colegio. Todo en él irradia pesadez, sedentarismo, y una completa adaptación al medio capaz de opacar cualquier atisbo de energía vital u originalidad.
–No, hago música; soy saxofonista.
Es curioso, pero esta es la tercera vez que respondo, con las mismas palabras, a su misma pregunta.
Recuerdo la primera vez que me lo preguntó, hace ya más de un año. Poco tiempo después de comenzar a tocar en la calle, descubrí que me estaba convirtiendo en la feliz poseedora de una incomodísima montaña de monedas. ¿Qué debía hacer con ellas? Cansada de andar con los bolsillos pesados y de demorar horas en la caja del supermercado contando monedas, decidí informarme. Entré al banco, hice la fila –un poco avergonzada, entre personas serias que debían de tener cuestiones mucho más cuantiosas e importantes que resolver en ese templo del capitalismo–, y cuando llegó mi turno me acerqué a la ventanilla del hombre gris para plantear mi problema:
–Tengo muchas monedas –dije.
–¿Muchas? –preguntó él, con un atisbo de ironía que me hizo sonreír.
–Sí, muchas –insistí con orgullo–: así –Hice un gesto con mis manos emulando el volumen de la bolsa en que se amontonaban–. ¿Puedo traerlas y cambiarlas por billetes?
El hombre gris fue amable; me explicó con paciencia cómo se hacen las cosas en su mundo: debía organizarlas, separarlas por valores y rellenar con ellas unos tubitos plásticos de diversos colores (cada color corresponde a un valor de moneda), en grupos de 25 y 50 monedas. Debía entregar en su ventanilla los tubos ordenados, bien cerrados y perfectamente contados; sólo entonces él me daría los billetes.
Volví a casa con una surtida variedad de tubos de colores y la sensación de que me esperaba una tarea divertida.
Pocos días después volvía a entrar al banco, cargando esta vez mis monedas en un bolso de tela que me hacía sentir el verdadero peso del dinero. Nuevamente me ubiqué en la fila, un poco incómoda: siempre me siento fuera de lugar en un banco, pero entrar con mi saxo callejero y la única misión de cambiar unos kilos de monedas por ligeros billetes acrecentaba la cosa. Finalmente me tocó el turno. Me acerqué a la ventanilla, saludé educadamente al hombre gris y comencé a disponer sobre la mesada los tubitos de colores, hecho que no resultaba tan simple como parece debido al peso de los tubos en el bolso de tela, que insistían en desaparecer en las profundidades y esconderse entre sus pliegues más recónditos, por lo que la operación se alargó algo más de lo esperado, para disgusto de los clientes que aún aguardaban su turno detrás de mí.
–¿Haces malabares? –preguntó él mientras yo intentaba que los tubos ya extraídos del bolso no resbalaran mesada abajo.
–No, hago música; soy saxofonista –respondí.
El hombre no hizo comentarios. Me entregó los anhelados billetes y yo abandoné el recinto, ligera ya, sin mis queridas monedas, y preguntándome qué pudo haberlo inducido a pensar que me dedicaba a los malabares. ¿Qué parte de mi aspecto, ropa, actitud o acción, fue la que hizo en su mente la conexión? Y por otro lado: ¿qué repercusión tendría mi respuesta en su apreciación de mi persona? ¿Existía en su mente algo así como una diferencia de valor entre un malabarista y un músico? Nunca lo sabré, porque el hombre gris se niega a aceptar la información de que soy una cosa y no la otra.
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