Kitabı oku: «#QuedateEnCasa. Relatos en pandemia»
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1 #QuedateEnCasa Cómo nació este libro DÍAS DE INICIO Un día en el mar Graciela Cutuli La traductora y el cazador Marimé Arancet Ruda Abuela Ofelia Victoria Rossi Misterio chino Teresa Téramo Der ewi... Ju... Pierre Dumas La loba feroz Graciela Cutuli Los Forti Rita Corigliano Baño de cine Victoria Rossi Manos ásperas Mabel Fuzzi Voilà Teresa Téramo John en el cielo con diamantes Graciela Cutuli Mar de Cartagena Victoria Rossi Abuela en fuga Pierre Dumas Rey de corazones Rita Corigliano Loser Por Florencia Agrasar Refugio Victoria Rossi Es necesario mirar Marimé Arancet Ruda Oficio Mabel Fuzzi La otra orilla Graciela Cutuli Chicos malos, luces buenas Teresa Téramo MOMENTOS DE CAMBIO Delicadeza oriental Julio Aranovich Feriado Mabel Fuzzi El viaje a Bragado Pierre Dumas Bach is in the air Marimé Arancet Ruda Caballeros Teresa Téramo El fuego Victoria Rossi Otras ropas Julio Aranovich La Emperatriz Rita Corigliano El loco día de Bernard Pierre Dumas El ojo turco Teresa Téramo Sin red Marimé Arancet Ruda Déjà-vu Graciela Cutuli GPS Julio Aranovich El Mago Florencia Agrasar Destino Geneva Pierre Dumas Laberinto Victoria Rossi Tacones en la vereda Rita Corigliano Mami Mabel Fuzzi Dar la nota Marimé Arancet Ruda Breslau Julio Aranovich TIEMPOS DE FINAL Primavera Florencia Agrasar Los rituales tienen horario Graciela Cutuli Restos Mabel Fuzzi Otoño del 62 o Rojo libertad Rita Corigliano El último rito Pierre Dumas Tenés un e-mail Florencia Agrasar La despedida de Juli Victoria Rossi El andén Rita Corigliano La vida secreta de las páginas Julio Aranovich Amigas Mabel Fuzzi Fin de fiesta Florencia Agrasar El perro Graciela Cutuli A quien corresponda / Aunque no responda Marimé Arancet Ruda Lazos de familia Teresa Téramo El hijo Florencia Agrasar Helada Mabel Fuzzi La mañana después Pierre Dumas Con perfume a mandarinas Rita Corigliano Despedida Florencia Agrasar Un punto rojo en el universo Teresa Téramo Quiénes somos, en pocas palabras Florencia Agrasar Marimé Arancet Ruda Julio Aranovich Rita Corigliano Graciela Cutuli Pierre Dumas Mabel Fuzzi Victoria Rossi Teresa Téramo
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#QuedateEnCasa
relatos en pandemia
Buenos Aires en 2020, tan familiar y a la vez tan insólita; la Unión Soviética en los años 30; Barcelona en la postguerra; Saint-Rémy-de-Provence bajo el cielo estrellado en 1889; Europa en un futuro no tan improbable; Wuhan en un pasado muy reciente y hasta los baños del más allá en un tiempo que solo el cielo sabe: el encierro del año del coronavirus parece haber ampliado mágicamente los horizontes de estos nueve autores que de un día para otro, como millones de personas en todo el mundo, tuvieron que interrumpir sus proyectos y rutinas para adaptarse a una nueva realidad.
No puede decirse que Florencia Agrasar, Marimé Arancet Ruda, Julio Aranovich, Rita Corigliano, Graciela Cutuli, Pierre Dumas, Mabel Fuzzi, Victoria Rossi y Teresa Téramo tuvieran especialmente pensado lanzarse este año a una aventura literaria y colectiva... pero a mala pandemia, buena pluma. Y así llegamos al libro que tienen entre manos, prueba concreta de que, contra viento y marea, a veces los astros resultan bien alineados.
#QuedateEnCasa: relatos en pandemia / Florencia Agrasar... [et al.].- 1a ed.-
Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Biblos, 2020.
Libro digital, EPUB - (Narrativa)
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-691-895-4
1. Relatos. 2. Pandemias. 3. Narrativa Argentina. I. Agrasar, Florencia.
CDD A863
Armado, tapa y ePub: TXT Comunicación, txtcomunicacion@gmail.com
Imagen de tapa: Fernando Cobelo - The Kind Neighbour
https://unsplash.com/photos/Swob1SdFmJU
© Agrasar, Florencia; Arancet Ruda, Marimé; Aranovich, Julio; Corigliano, Rita; Cutuli, Graciela; Dumas, Pierre; Fuzzi, Mabel; Rossi, Victoria; Téramo, Teresa - 2020.
© Editorial Biblos, 2020
Pasaje José M. Giuffra 318, C1064ADD Buenos Aires
info@editorialbiblos.com / www.editorialbiblos.com.ar
Hecho el depósito que dispone la ley 11.723
No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o la transformación de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito del editor. Su infracción está penada por las leyes 11.723 y 25.446.
Florencia Agrasar • Julio Aranovich
Marimé Arancet Ruda • Rita Corigliano
Graciela Cutuli • Pierre Dumas • Mabel Fuzzi
Victoria Rossi • Teresa Téramo
#QuedateEnCasa
relatos en pandemia
Editorial Biblos / Narrativa
Cada relato puede leerse acompañado por un tema musical indicado junto al título. La playlist fue confeccionada por Pierre Dumas y se encuentra en Spotify con libre acceso a través del siguiente link y código QR:
Link a Spotify

Cómo nació este libro
La historia de esta colección de escritos, tan heterogéneos como nosotros mismos, no empieza en 2020 en nuestras respectivas casas, sujetos al ya famoso “aislamiento social, preventivo y obligatorio” que impuso la pandemia de coronavirus en casi todo el mundo, sino muchos años antes en las aulas de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Católica Argentina.
Aquella época inolvidable de intenso estudio nos dejó pilas de apuntes, bibliotecas en constante expansión, sueños juveniles a veces cumplidos y a veces aún no revelados, anécdotas desopilantes, noches de brindis y una amistad inquebrantable que fue mutando y creciendo a medida que mutaban y crecían nuestras vidas personales.
Y entretanto, oculta en algún cajón por un tiempo aún más largo que el del consejo de Horacio, guardábamos una revista que fue el testimonio de nuestros últimos años como estudiantes: De Abstemios y Beodos. El título en el que sintetizamos nuestros espíritus multiformes reunía pequeños ensayos, poemas, cuentos breves y sobre todo muchas ilusiones y proyectos. Guardados, pero no olvidados, durante casi tres décadas.
En estos años enseñamos, escribimos, nos casamos, nos consagramos, nos separamos. Seguimos siendo hijas, o dolorosamente nos despedimos de serlo, y fuimos madres con el cuerpo o el alma. Estudiamos y aprendimos. Olvidamos y volvimos a aprender. Entre colegios, redacciones, bibliotecas, editoriales y hasta maternidades, las amigas que nos conocimos en las aulas nos vimos, nos dejamos de ver, nos encontramos de nuevo, adoptamos a una, incorporamos a los dos nuevos e imprescindibles autores que integran esta antología, y un buen día llegamos a 2020 con muchos planes que un bicho microscópico se encargó de desbaratar del primero al último con prolija contagiosidad.
El último día del verano iniciamos el aislamiento. Durante las primeras semanas del otoño aún era una novedad. A mediados del invierno ya rozábamos la desesperación: nos habíamos acostumbrado al teletrabajo, habíamos visto las series pendientes, luchado con las imágenes congeladas en Zoom, asistido a funciones de teatro virtuales y agotado hasta las recetas de pan de masa madre. A veces parecía que no había mucho más por hacer.
Pero como todos los grupos de amistad en esta época, tenemos uno en WhatsApp para compartir ideas, charlas, recuerdos, socorros mutuos. Y ahí mismo alguien propuso un día de invierno participar en el Mundial de Escritura, una suerte de original “competencia” que nos obligaría a escribir, bajo consignas, al menos tres mil caracteres diarios durante catorce días. No hizo falta más: en pocos minutos ya se había armado el grupo. Algunos lanzados de cabeza con el entusiasmo stakhanovista de toda la vida, otros de prepo prestando su pluma para completar el grupo. Y empezó la aventura.
Poco a poco nos ganó el entusiasmo. Había quien se despertaba a las seis de la mañana para descubrir tempranísimo la consigna del día; había quien trasnochaba para escribir; había quien se inspiraba en un instante y quien vertía sangre, sudor y lágrimas para destrabar una idea fugitiva. Una vez más, la amistad nos envolvió con su abrazo protector y se potenció gracias a los escritos y lecturas mutuas, convertidas en claves de interpretación de vidas propias y ajenas. La catarsis saltó de las clases de griego a nuestras pantallas y los tres mil caracteres diarios fueron como un complemento de otro proyecto nacido en pandemia, la lectura dominical de la Odisea de Homero, que hacía parecer tranquilas las peripecias de nuestro obligado aislamiento. Nuestro Mundial se ganó un grupo paralelo en WhatsApp, y cuando terminó tuvo –como en la despedida de los grandes shows– su propio bis: lo llamamos Mundialito, alias De Abstemios y Beodos II, con nuevas reglas y participantes. Nuestra manera de reafirmar las promesas de juventud. Y volvimos a ser personajes en busca de autor, y autores en busca de personaje, unidos por la amistad y las letras por encima de la cuarentena y las distancias.
Al llegar la primavera sin traernos la tan esperada y plena libertad, nació la idea de reunir una selección de nuestros relatos. Los elegidos aquí presentes son apenas un recorte posible, reordenados e independientes de las consignas –a veces subyacentes pero invisibles– que los hicieron nacer. Y cada uno va acompañado por una canción porque en muchos estaba presente la música, dicha o no dicha, y terminó por nacer una playlist que acompaña y completa la lectura.
Haber escrito estos relatos no cambiará el mundo pero sí cambió el nuestro, abrió ventanas en el encierro para que entraran la luz y el aire de las ideas, y nos unió en un año tan singular que esperamos, de todo corazón, que no vuelva. Pero que algo valioso deja: un poco de lo que somos y mucho de lo que queremos ser, la renovación de los sagrados votos de la amistad y el eco nostálgico de aquel pasado que nos sigue reuniendo en el presente. §
Un día en el mar
Graciela Cutuli
Capri, sempre blu / Peppino di Capri
Ese sábado había sido largo y encima con un calor infernal. Bajo el sol ardiente de agosto, potenciado por la cantidad de gente, la travesía en el ferry desde el puerto de Nápoles hasta Capri había durado una eternidad. Las chicas tenían sed y se aburrían: ya habían acumulado media docena de museos desde su llegada a Roma, un par de días atrás, y esta escala en el camino al sur, adonde viajaban para ver a la familia, les parecía un alto incómodo que estaba de más. Para empeorarlo todo, en la cola para subir al ferry estaban rodeadas de alemanes ruidosos que las habían puesto de mal humor.
Lo que no decían es que tampoco tenían ganas de ver a la familia: ¡si ni siquiera la conocían! Unos tíos, unos primos, de los que solamente habían escuchado hablar en sobremesas eternas y que identificaban con fotos medio borrosas. Todos viejos. Pero no se animaban a decírselo a los abuelos, que habían organizado el viaje con entusiasmo y estaban decididos a cumplir la hoja de ruta hasta las últimas consecuencias. Fastidiada, Rosario pensaba que no quería volver a viajar nunca más en su vida. Laura, en cambio, se entretuvo un poco más relojeando a un chico que estaba cerca, pero cuando lo escuchó hablar la voz le pareció horrible y enseguida se cambió de asiento en la cubierta. Indiferente, el barco surcaba el Mediterráneo dejando una estela de espuma blanca.
Almorzaron en la terraza de un barcito de Anacapri. Estaba un poco más agradable, corría el viento y el sol había aflojado la intensidad. Los abuelos fueron a asegurarse del horario de la excursión y, sobre todo, que se pudiera entrar en la Gruta Azul: aunque tenían los pasajes reservados, un cambio en el viento o en la marea podía hacerles fallar los planes. La abuela había repetido hasta cansarse que era su tercer intento de entrar en la famosa cueva, y quería que la tercera fuera la vencida.
Terminada la comida bajaron hacia Marina Grande a pie, despacio, descubriendo detrás de algunas curvas la superficie azul del agua, planchada y lejana. Ya en el puerto, pequeño pero animado, nuevamente hicieron la cola para embarcar, esta vez en un bote chico. Hasta la boca de la gruta se llegaba a remo: una embarcación más grande no hubiera pasado entre los farallones que se levantaban, como Escila y Caribdis, interrumpiendo la armonía azul del mar. Hubo una escaramuza con la abuela, porque Rosario quiso ir al baño a último momento, les hizo perder el lugar en la fila y tuvieron que embarcar últimos. Casi pierden el bote, pero al final resultó mejor. Embarcaron solos, ellas y los abuelos. El remero era un hombre grandote, de camiseta celeste desteñida, que parecía tener una fuerza tremenda cuando empujaba los remos para hundirlos bajo el oleaje. De cerca, ese mar que parecía una pileta en realidad se movía en ondulaciones anchas que no llegaban a marearlas pero se hacían sentir. Finalmente llegaron al pie del acantilado golpeado por las olas; frente a la entrada de la gruta había una hilera de botes en espera. De a dos o tres, no más, entraban en el hueco del filoso acantilado y parecía que se los había tragado la tierra. A Laura le dio un poco de miedo. Pero después de un rato los botes salían, y la cara de la gente tenía una expresión indescifrable que iba de la incredulidad a la maravilla.
Habrán pasado unos tres cuartos de hora haciendo tiempo, suspendidos entre el cielo y la superficie del agua. El sol estaba a medio cielo. Para entretenerlas, el abuelo les contó de nuevo la historia que más les gustaba cuando eran chiquitas y se quedaban a dormir en su casa: “¿Se acuerdan de Ulises? ¿Se acuerdan de Polifemo, de Circe, de Nausícaa? Era por aquí que navegaba Ulises, fecundo en ardides”, evocó el abuelo, y las transportó de nuevo a la magia del mar color de vino que imaginaban en su primera infancia.
Cuando ya estaba por tocarles el turno, la abuela le pidió al remero que les sacara una foto. Le tendió la máquina y el hombre, haciendo equilibrio para no moverse ni balancear el bote inestable, hizo clic. Un zumbido y la Polaroid deslizó la foto. Primero opaca y gris, hasta que después de sacudirla un ratito aparecieron los cuatro: el abuelo, con el pelo ondulado y entrecano, con esa sonrisa suya que cuando asomaba lo hacía parecer veinte años más joven; la abuela, agarrada al borde del bote y con la cara semitapada por un sombrero de paja; Rosario y Laura, abrazadas al lado y con los ojos achinados por el sol. Apenas la imagen terminó de formarse, el bote se puso en movimiento. “A terra, a terra!”, gritó el barquero, y todos se agacharon para no golpearse la cabeza al entrar por el estrecho hueco de la gruta.
Y fue como cruzar del otro lado del arcoíris. Adentro estaba oscuro, tan oscuro que casi no podían verse las caras. Pero los últimos rayos de sol que entraban por la abertura del acantilado, casi al ras del mar, teñían el agua de un azul calipso intenso, fosforescente, radiante. Y Rosario y Laura juraron siempre después, toda la vida, que habían escuchado a las sirenas cantar. §
La traductora y el cazador
Marimé Arancet Ruda
Une belle histoire / Michel Fugain
Uno venía del oeste y otra del este del Aconcagua, que iba a ser el dios tutelar de sus caminos. Uno, pescador submarino profesional; la otra, especialista en lenguas eslavas. Los cerros, el horizonte y la mar habían moldeado los hábitos de Luis, caminante, nadador y devoto de la luz del agua. Los alfabetos diversos, las inflexiones variadas y los descubrimientos de la poesía habían formado los ojos, los oídos y la boca de Natalia, con su habilidad para descifrar lo dicho y lo no dicho y para encontrar la melodía de las lenguas.
La caza del pulpo era su punto fuerte. Tenía un secreto para que la presa se desprendiera de la piedra sin tener que ejercer mayor violencia; la circundaba varias veces, sin asustarla; se iba y volvía, si era necesario; después, ejercía una sucesión de toques, muy suaves; cuando lograba que alguno de los tentáculos al fin se aflojara, ya en medio de cierta confianza, entonces sí: usaba la herramienta –como un palo, fuerte– para enganchar el pulpo y arrebatarlo, pero no dejaba de hacerlo con suavidad, sentía auténtico cariño por esas criaturas. La traducción literaria y de documentos le ofrecía un amplio abanico de mundos posibles sin viajar; ni siquiera necesitaba moverse de su escritorio, pegado a la ventana. Allí trabajaba cada día hasta las seis de la tarde. Un libro abría un universo, un documento tendía un puente. Sobre todo, le fascinaba cuando podía dedicarse extensamente a traficar poesía de un idioma a otro. La cautivaba el ruso elegante, entre sufrido y despechado, de Anna Ajmátova tanto como el polaco mordaz, de apariencia tersa, de Wislawa Szymborska. Cuando traducía poesía le ocurría algo extraño para otros: sentía que desde su propio aparato fonador articulaba lo que estas poetas habían plasmado. No era la mente sola ni el saber gramatical acumulado quienes operaban, era su cuerpo mismo el que se plegaba a las palabras, como en un acto de amor.
Luis y Natalia pertenecían a mundos completamente diferentes. Por eso el Gran Artífice, que se complace en combinar lo diverso y en acercar lo distante, encontró en ellos los ingredientes perfectos para que el Verbo de su voluntad fluyera, vivo.
Un otoño hubo en la ciudad de Mendoza un Congreso Internacional de Lingüística de la Traducción, en simultáneo a una Feria Latinoamericana de Pescadores Artesanales. Mendoza es una ciudad suficientemente grande y rica, lo que hace que haya buena infraestructura con costos en general menores. Mendoza otoñal, naranja, amarilla y celeste, era el marco inmejorable para que el sortilegio aconteciera. Natalia y Luis se alojaron en el mismo hotel, el Carlos V. Habitaciones 102 y 202, respectivamente. Uno sobre el otro. Debido al horario de inscripción y de apertura del día inaugural, muy temprano, llegaron con sus implementos dispares la noche previa a sendos eventos. No sabían todavía cuánto más quedaría inaugurado allí, junto a los Andes. En el salón comedor se cruzaron por primera vez; como los tres días subsiguientes, siempre a las siete en punto. Era en el último piso. Nadie más subía hasta casi las ocho. Se sirvieron café negro, pusieron pan integral a tostar, buscaron manteca y miel, llenaron sus vasos con jugo de naranja y eligieron una manzana verde, casi al unísono y sin darse cuenta. Cada uno iba avanzando a un lado de la mesa del servicio, al cabo de la cual se toparon con bandejas de desayuno idénticas. Las miraron, se miraron y una risa sorprendida y conjunta resonó en el salón.
—¿Nos sentamos en esa mesa, la soleada? —lanzó su invitación Luis, como la cosa más cotidiana.
—Bueno, me encanta sentarme junto a la ventana —agregó Natalia, que era más bien tímida, con una desconocida naturalidad en esas circunstancias.
Cuánta fue la alegría, ignota hasta entonces, de los días que siguieron. Las reuniones profesionales terminaron puntualmente; pero no los encuentros. Es que el Artífice los había reunido. Por mucho que se resistieran sus mundos, marcados por el solitario ensimismamiento del caracol, estaban siendo pensados, definitivamente ya, como unidad. Al cabo de haber experimentado las profundidades marítimas en las letras y las inflexiones sonoras de las alturas y las honduras en par nunca más podrían estar completos. Batallando, se hicieron cargo de su luz, dolorosa, inexorable y hermosamente hundidos en el cielo de Mendoza. §