Kitabı oku: «#QuedateEnCasa. Relatos en pandemia»

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1  #QuedateEnCasa Cómo nació este libro DÍAS DE INICIO Un día en el mar Graciela Cutuli La traductora y el cazador Marimé Arancet Ruda Abuela Ofelia Victoria Rossi Misterio chino Teresa Téramo Der ewi... Ju... Pierre Dumas La loba feroz Graciela Cutuli Los Forti Rita Corigliano Baño de cine Victoria Rossi Manos ásperas Mabel Fuzzi Voilà Teresa Téramo John en el cielo con diamantes Graciela Cutuli Mar de Cartagena Victoria Rossi Abuela en fuga Pierre Dumas Rey de corazones Rita Corigliano Loser Por Florencia Agrasar Refugio Victoria Rossi Es necesario mirar Marimé Arancet Ruda Oficio Mabel Fuzzi La otra orilla Graciela Cutuli Chicos malos, luces buenas Teresa Téramo MOMENTOS DE CAMBIO Delicadeza oriental Julio Aranovich Feriado Mabel Fuzzi El viaje a Bragado Pierre Dumas Bach is in the air Marimé Arancet Ruda Caballeros Teresa Téramo El fuego Victoria Rossi Otras ropas Julio Aranovich La Emperatriz Rita Corigliano El loco día de Bernard Pierre Dumas El ojo turco Teresa Téramo Sin red Marimé Arancet Ruda Déjà-vu Graciela Cutuli GPS Julio Aranovich El Mago Florencia Agrasar Destino Geneva Pierre Dumas Laberinto Victoria Rossi Tacones en la vereda Rita Corigliano Mami Mabel Fuzzi Dar la nota Marimé Arancet Ruda Breslau Julio Aranovich TIEMPOS DE FINAL Primavera Florencia Agrasar Los rituales tienen horario Graciela Cutuli Restos Mabel Fuzzi Otoño del 62 o Rojo libertad Rita Corigliano El último rito Pierre Dumas Tenés un e-mail Florencia Agrasar La despedida de Juli Victoria Rossi El andén Rita Corigliano La vida secreta de las páginas Julio Aranovich Amigas Mabel Fuzzi Fin de fiesta Florencia Agrasar El perro Graciela Cutuli A quien corresponda / Aunque no responda Marimé Arancet Ruda Lazos de familia Teresa Téramo El hijo Florencia Agrasar Helada Mabel Fuzzi La mañana después Pierre Dumas Con perfume a mandarinas Rita Corigliano Despedida Florencia Agrasar Un punto rojo en el universo Teresa Téramo Quiénes somos, en pocas palabras Florencia Agrasar Marimé Arancet Ruda Julio Aranovich Rita Corigliano Graciela Cutuli Pierre Dumas Mabel Fuzzi Victoria Rossi Teresa Téramo

Hitos

1  Portada

#QuedateEnCasa

relatos en pandemia

Buenos Aires en 2020, tan familiar y a la vez tan insólita; la Unión Soviética en los años 30; Barcelona en la postguerra; Saint-Rémy-de-Provence bajo el cielo estrellado en 1889; Europa en un futuro no tan improbable; Wuhan en un pasado muy reciente y hasta los baños del más allá en un tiempo que solo el cielo sabe: el encierro del año del coronavirus parece haber ampliado mágicamente los horizontes de estos nueve autores que de un día para otro, como millones de personas en todo el mundo, tuvieron que interrumpir sus proyectos y rutinas para adaptarse a una nueva realidad.

No puede decirse que Florencia Agrasar, Marimé Arancet Ruda, Julio Aranovich, Rita Corigliano, Graciela Cutuli, Pierre Dumas, Mabel Fuzzi, Victoria Rossi y Teresa Téramo tuvieran especialmente pensado lanzarse este año a una aventura literaria y colectiva... pero a mala pandemia, buena pluma. Y así llegamos al libro que tienen entre manos, prueba concreta de que, contra viento y marea, a veces los astros resultan bien alineados.

#QuedateEnCasa: relatos en pandemia / Florencia Agrasar... [et al.].- 1a ed.-

Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Biblos, 2020.

Libro digital, EPUB - (Narrativa)

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-691-895-4

1. Relatos. 2. Pandemias. 3. Narrativa Argentina. I. Agrasar, Florencia.

CDD A863

Armado, tapa y ePub: TXT Comunicación, txtcomunicacion@gmail.com

Imagen de tapa: Fernando Cobelo - The Kind Neighbour

https://unsplash.com/photos/Swob1SdFmJU

© Agrasar, Florencia; Arancet Ruda, Marimé; Aranovich, Julio; Corigliano, Rita; Cutuli, Graciela; Dumas, Pierre; Fuzzi, Mabel; Rossi, Victoria; Téramo, Teresa - 2020.

© Editorial Biblos, 2020

Pasaje José M. Giuffra 318, C1064ADD Buenos Aires

info@editorialbiblos.com / www.editorialbiblos.com.ar

Hecho el depósito que dispone la ley 11.723

No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o la transformación de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito del editor. Su infracción está penada por las leyes 11.723 y 25.446.

Florencia Agrasar • Julio Aranovich

Marimé Arancet Ruda • Rita Corigliano

Graciela Cutuli • Pierre Dumas • Mabel Fuzzi

Victoria Rossi • Teresa Téramo

#QuedateEnCasa

relatos en pandemia

Editorial Biblos / Narrativa

Cada relato puede leerse acompañado por un tema musical indicado junto al título. La playlist fue confeccionada por Pierre Dumas y se encuentra en Spotify con libre acceso a través del siguiente link y código QR:

Link a Spotify


Cómo nació este libro

La historia de esta colección de escritos, tan heterogéneos como nosotros mismos, no empieza en 2020 en nuestras respectivas casas, sujetos al ya famoso “aislamiento social, preventivo y obligatorio” que impuso la pandemia de coronavirus en casi todo el mundo, sino muchos años antes en las aulas de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Católica Argentina.

Aquella época inolvidable de intenso estudio nos dejó pilas de apuntes, bibliotecas en constante expansión, sueños juveniles a veces cumplidos y a veces aún no revelados, anécdotas desopilantes, noches de brindis y una amistad inquebrantable que fue mutando y creciendo a medida que mutaban y crecían nuestras vidas personales.

Y entretanto, oculta en algún cajón por un tiempo aún más largo que el del consejo de Horacio, guardábamos una revista que fue el testimonio de nuestros últimos años como estudiantes: De Abstemios y Beodos. El título en el que sintetizamos nuestros espíritus multiformes reunía pequeños ensayos, poemas, cuentos breves y sobre todo muchas ilusiones y proyectos. Guardados, pero no olvidados, durante casi tres décadas.

En estos años enseñamos, escribimos, nos casamos, nos consagramos, nos separamos. Seguimos siendo hijas, o dolorosamente nos despedimos de serlo, y fuimos madres con el cuerpo o el alma. Estudiamos y aprendimos. Olvidamos y volvimos a aprender. Entre colegios, redacciones, bibliotecas, editoriales y hasta maternidades, las amigas que nos conocimos en las aulas nos vimos, nos dejamos de ver, nos encontramos de nuevo, adoptamos a una, incorporamos a los dos nuevos e imprescindibles autores que integran esta antología, y un buen día llegamos a 2020 con muchos planes que un bicho microscópico se encargó de desbaratar del primero al último con prolija contagiosidad.

El último día del verano iniciamos el aislamiento. Durante las primeras semanas del otoño aún era una novedad. A mediados del invierno ya rozábamos la desesperación: nos habíamos acostumbrado al teletrabajo, habíamos visto las series pendientes, luchado con las imágenes congeladas en Zoom, asistido a funciones de teatro virtuales y agotado hasta las recetas de pan de masa madre. A veces parecía que no había mucho más por hacer.

Pero como todos los grupos de amistad en esta época, tenemos uno en WhatsApp para compartir ideas, charlas, recuerdos, socorros mutuos. Y ahí mismo alguien propuso un día de invierno participar en el Mundial de Escritura, una suerte de original “competencia” que nos obligaría a escribir, bajo consignas, al menos tres mil caracteres diarios durante catorce días. No hizo falta más: en pocos minutos ya se había armado el grupo. Algunos lanzados de cabeza con el entusiasmo stakhanovista de toda la vida, otros de prepo prestando su pluma para completar el grupo. Y empezó la aventura.

Poco a poco nos ganó el entusiasmo. Había quien se despertaba a las seis de la mañana para descubrir tempranísimo la consigna del día; había quien trasnochaba para escribir; había quien se inspiraba en un instante y quien vertía sangre, sudor y lágrimas para destrabar una idea fugitiva. Una vez más, la amistad nos envolvió con su abrazo protector y se potenció gracias a los escritos y lecturas mutuas, convertidas en claves de interpretación de vidas propias y ajenas. La catarsis saltó de las clases de griego a nuestras pantallas y los tres mil caracteres diarios fueron como un complemento de otro proyecto nacido en pandemia, la lectura dominical de la Odisea de Homero, que hacía parecer tranquilas las peripecias de nuestro obligado aislamiento. Nuestro Mundial se ganó un grupo paralelo en WhatsApp, y cuando terminó tuvo –como en la despedida de los grandes shows– su propio bis: lo llamamos Mundialito, alias De Abstemios y Beodos II, con nuevas reglas y participantes. Nuestra manera de reafirmar las promesas de juventud. Y volvimos a ser personajes en busca de autor, y autores en busca de personaje, unidos por la amistad y las letras por encima de la cuarentena y las distancias.

Al llegar la primavera sin traernos la tan esperada y plena libertad, nació la idea de reunir una selección de nuestros relatos. Los elegidos aquí presentes son apenas un recorte posible, reordenados e independientes de las consignas –a veces subyacentes pero invisibles– que los hicieron nacer. Y cada uno va acompañado por una canción porque en muchos estaba presente la música, dicha o no dicha, y terminó por nacer una playlist que acompaña y completa la lectura.

Haber escrito estos relatos no cambiará el mundo pero sí cambió el nuestro, abrió ventanas en el encierro para que entraran la luz y el aire de las ideas, y nos unió en un año tan singular que esperamos, de todo corazón, que no vuelva. Pero que algo valioso deja: un poco de lo que somos y mucho de lo que queremos ser, la renovación de los sagrados votos de la amistad y el eco nostálgico de aquel pasado que nos sigue reuniendo en el presente. §

Un día en el mar
Graciela Cutuli

Capri, sempre blu / Peppino di Capri

Ese sábado había sido largo y encima con un calor infernal. Bajo el sol ardiente de agosto, potenciado por la cantidad de gente, la travesía en el ferry desde el puerto de Nápoles hasta Capri había durado una eternidad. Las chicas tenían sed y se aburrían: ya habían acumulado media docena de museos desde su llegada a Roma, un par de días atrás, y esta escala en el camino al sur, adonde viajaban para ver a la familia, les parecía un alto incómodo que estaba de más. Para empeorarlo todo, en la cola para subir al ferry estaban rodeadas de alemanes ruidosos que las habían puesto de mal humor.

Lo que no decían es que tampoco tenían ganas de ver a la familia: ¡si ni siquiera la conocían! Unos tíos, unos primos, de los que solamente habían escuchado hablar en sobremesas eternas y que identificaban con fotos medio borrosas. Todos viejos. Pero no se animaban a decírselo a los abuelos, que habían organizado el viaje con entusiasmo y estaban decididos a cumplir la hoja de ruta hasta las últimas consecuencias. Fastidiada, Rosario pensaba que no quería volver a viajar nunca más en su vida. Laura, en cambio, se entretuvo un poco más relojeando a un chico que estaba cerca, pero cuando lo escuchó hablar la voz le pareció horrible y enseguida se cambió de asiento en la cubierta. Indiferente, el barco surcaba el Mediterráneo dejando una estela de espuma blanca.

Almorzaron en la terraza de un barcito de Anacapri. Estaba un poco más agradable, corría el viento y el sol había aflojado la intensidad. Los abuelos fueron a asegurarse del horario de la excursión y, sobre todo, que se pudiera entrar en la Gruta Azul: aunque tenían los pasajes reservados, un cambio en el viento o en la marea podía hacerles fallar los planes. La abuela había repetido hasta cansarse que era su tercer intento de entrar en la famosa cueva, y quería que la tercera fuera la vencida.

Terminada la comida bajaron hacia Marina Grande a pie, despacio, descubriendo detrás de algunas curvas la superficie azul del agua, planchada y lejana. Ya en el puerto, pequeño pero animado, nuevamente hicieron la cola para embarcar, esta vez en un bote chico. Hasta la boca de la gruta se llegaba a remo: una embarcación más grande no hubiera pasado entre los farallones que se levantaban, como Escila y Caribdis, interrumpiendo la armonía azul del mar. Hubo una escaramuza con la abuela, porque Rosario quiso ir al baño a último momento, les hizo perder el lugar en la fila y tuvieron que embarcar últimos. Casi pierden el bote, pero al final resultó mejor. Embarcaron solos, ellas y los abuelos. El remero era un hombre grandote, de camiseta celeste desteñida, que parecía tener una fuerza tremenda cuando empujaba los remos para hundirlos bajo el oleaje. De cerca, ese mar que parecía una pileta en realidad se movía en ondulaciones anchas que no llegaban a marearlas pero se hacían sentir. Finalmente llegaron al pie del acantilado golpeado por las olas; frente a la entrada de la gruta había una hilera de botes en espera. De a dos o tres, no más, entraban en el hueco del filoso acantilado y parecía que se los había tragado la tierra. A Laura le dio un poco de miedo. Pero después de un rato los botes salían, y la cara de la gente tenía una expresión indescifrable que iba de la incredulidad a la maravilla.

Habrán pasado unos tres cuartos de hora haciendo tiempo, suspendidos entre el cielo y la superficie del agua. El sol estaba a medio cielo. Para entretenerlas, el abuelo les contó de nuevo la historia que más les gustaba cuando eran chiquitas y se quedaban a dormir en su casa: “¿Se acuerdan de Ulises? ¿Se acuerdan de Polifemo, de Circe, de Nausícaa? Era por aquí que navegaba Ulises, fecundo en ardides”, evocó el abuelo, y las transportó de nuevo a la magia del mar color de vino que imaginaban en su primera infancia.

Cuando ya estaba por tocarles el turno, la abuela le pidió al remero que les sacara una foto. Le tendió la máquina y el hombre, haciendo equilibrio para no moverse ni balancear el bote inestable, hizo clic. Un zumbido y la Polaroid deslizó la foto. Primero opaca y gris, hasta que después de sacudirla un ratito aparecieron los cuatro: el abuelo, con el pelo ondulado y entrecano, con esa sonrisa suya que cuando asomaba lo hacía parecer veinte años más joven; la abuela, agarrada al borde del bote y con la cara semitapada por un sombrero de paja; Rosario y Laura, abrazadas al lado y con los ojos achinados por el sol. Apenas la imagen terminó de formarse, el bote se puso en movimiento. “A terra, a terra!”, gritó el barquero, y todos se agacharon para no golpearse la cabeza al entrar por el estrecho hueco de la gruta.

Y fue como cruzar del otro lado del arcoíris. Adentro estaba oscuro, tan oscuro que casi no podían verse las caras. Pero los últimos rayos de sol que entraban por la abertura del acantilado, casi al ras del mar, teñían el agua de un azul calipso intenso, fosforescente, radiante. Y Rosario y Laura juraron siempre después, toda la vida, que habían escuchado a las sirenas cantar. §

La traductora y el cazador
Marimé Arancet Ruda

Une belle histoire / Michel Fugain

Uno venía del oeste y otra del este del Aconcagua, que iba a ser el dios tutelar de sus caminos. Uno, pescador submarino profesional; la otra, especialista en lenguas eslavas. Los cerros, el horizonte y la mar habían moldeado los hábitos de Luis, caminante, nadador y devoto de la luz del agua. Los alfabetos diversos, las inflexiones variadas y los descubrimientos de la poesía habían formado los ojos, los oídos y la boca de Natalia, con su habilidad para descifrar lo dicho y lo no dicho y para encontrar la melodía de las lenguas.

La caza del pulpo era su punto fuerte. Tenía un secreto para que la presa se desprendiera de la piedra sin tener que ejercer mayor violencia; la circundaba varias veces, sin asustarla; se iba y volvía, si era necesario; después, ejercía una sucesión de toques, muy suaves; cuando lograba que alguno de los tentáculos al fin se aflojara, ya en medio de cierta confianza, entonces sí: usaba la herramienta –como un palo, fuerte– para enganchar el pulpo y arrebatarlo, pero no dejaba de hacerlo con suavidad, sentía auténtico cariño por esas criaturas. La traducción literaria y de documentos le ofrecía un amplio abanico de mundos posibles sin viajar; ni siquiera necesitaba moverse de su escritorio, pegado a la ventana. Allí trabajaba cada día hasta las seis de la tarde. Un libro abría un universo, un documento tendía un puente. Sobre todo, le fascinaba cuando podía dedicarse extensamente a traficar poesía de un idioma a otro. La cautivaba el ruso elegante, entre sufrido y despechado, de Anna Ajmátova tanto como el polaco mordaz, de apariencia tersa, de Wislawa Szymborska. Cuando traducía poesía le ocurría algo extraño para otros: sentía que desde su propio aparato fonador articulaba lo que estas poetas habían plasmado. No era la mente sola ni el saber gramatical acumulado quienes operaban, era su cuerpo mismo el que se plegaba a las palabras, como en un acto de amor.

Luis y Natalia pertenecían a mundos completamente diferentes. Por eso el Gran Artífice, que se complace en combinar lo diverso y en acercar lo distante, encontró en ellos los ingredientes perfectos para que el Verbo de su voluntad fluyera, vivo.

Un otoño hubo en la ciudad de Mendoza un Congreso Internacional de Lingüística de la Traducción, en simultáneo a una Feria Latinoamericana de Pescadores Artesanales. Mendoza es una ciudad suficientemente grande y rica, lo que hace que haya buena infraestructura con costos en general menores. Mendoza otoñal, naranja, amarilla y celeste, era el marco inmejorable para que el sortilegio aconteciera. Natalia y Luis se alojaron en el mismo hotel, el Carlos V. Habitaciones 102 y 202, respectivamente. Uno sobre el otro. Debido al horario de inscripción y de apertura del día inaugural, muy temprano, llegaron con sus implementos dispares la noche previa a sendos eventos. No sabían todavía cuánto más quedaría inaugurado allí, junto a los Andes. En el salón comedor se cruzaron por primera vez; como los tres días subsiguientes, siempre a las siete en punto. Era en el último piso. Nadie más subía hasta casi las ocho. Se sirvieron café negro, pusieron pan integral a tostar, buscaron manteca y miel, llenaron sus vasos con jugo de naranja y eligieron una manzana verde, casi al unísono y sin darse cuenta. Cada uno iba avanzando a un lado de la mesa del servicio, al cabo de la cual se toparon con bandejas de desayuno idénticas. Las miraron, se miraron y una risa sorprendida y conjunta resonó en el salón.

—¿Nos sentamos en esa mesa, la soleada? —lanzó su invitación Luis, como la cosa más cotidiana.

—Bueno, me encanta sentarme junto a la ventana —agregó Natalia, que era más bien tímida, con una desconocida naturalidad en esas circunstancias.

Cuánta fue la alegría, ignota hasta entonces, de los días que siguieron. Las reuniones profesionales terminaron puntualmente; pero no los encuentros. Es que el Artífice los había reunido. Por mucho que se resistieran sus mundos, marcados por el solitario ensimismamiento del caracol, estaban siendo pensados, definitivamente ya, como unidad. Al cabo de haber experimentado las profundidades marítimas en las letras y las inflexiones sonoras de las alturas y las honduras en par nunca más podrían estar completos. Batallando, se hicieron cargo de su luz, dolorosa, inexorable y hermosamente hundidos en el cielo de Mendoza. §

Abuela Ofelia
Victoria Rossi

Once Upon a Time / Air

Cada dos meses llegaba la abuela Ofelia desde Misiones. Venía con su valija cargada de paltas, naranjas, pomelos, limones y bolsas de arpillera con yerba. Su llegada era una fiesta. Venía en taxi desde la terminal, directo a casa. Tenía la costumbre de pasar una noche con nosotros antes de desembarcar en su departamento de Belgrano. La abuela vivía en el campo, en Apóstoles, con mi abuelo y mi tío. Era artista, profesora de Bellas Artes y una mujer de avanzada para su época. Le encantaba pintar y pasaba largos períodos en el Sur, recorriendo cuanto pueblo y páramo pudiera, retratando gente.

La abuela Ofelia llegaba a casa impecable. Era una mujer hermosa, aparentaba menos años de los que tenía. No dudo de que antes de tocar el timbre de casa se peinaba y se pintaba los labios con su lápiz colorado (parece que la estoy viendo abrir la boca con ese movimiento que de chica me resultaba fascinante y que ahora yo también repito).

Ofelia traía con ella ese olor a tierra colorada que tanto amaba. Entraba a casa con una sorprendente alegría y esas ganas locas de contarnos todo lo que había pasado en el campo. De a poco, iba abrazándonos, uno a uno, nos tomaba de los hombros y nos estudiaba cuidadosamente, nada se le escapaba.

Una vez que estábamos todos reunidos, abría la valija e iniciaba el mágico ritual de sacar los regalos. Entre su poca ropa y su bolsito de cremas y pinturas, asomaban las frutas, y cosas que traía del campo, cada tanto también hasta acarreaba algún helecho para la colección de plantas de mamá.

Mientras iba desenvolviendo las paltas, las mandiocas y los mamones, cubiertos con papel de diario, nos contaba cómo estaba mi abuelo y las locuras recientes de mi tío. Siempre traía anécdotas graciosas. Le encantaba hacer una detallada descripción de cómo iban creciendo los yerbatales en los campos o de cómo había estado el clima. También nos contaba cosas de los animales que criaban o sobre las pestes que iban apareciendo con los cambios de estación. Disfrutaba hablar de los tractores que ella misma manejaba y de sus campos de pinos.

Podíamos pasar horas escuchándola. A veces, cuando hablaba de mi abuelo, se ponía triste. Él ya no podía viajar como antes a causa de su enfermedad. Prefería quedarse en el campo, “la gran ciudad” como él la llamaba, lo asfixiaba.

A la noche, la abuela tenía su ritual nocturno: pasaba un largo rato en el baño, delante del espejo, sacándose el maquillaje y limpiándose la cara, dejaba la puerta abierta para que las mujeres pudiéramos pasar y conversar.

La abuela dormía en el cuarto que compartíamos con mis hermanas. Por la noche iniciábamos el ritual de secretos y de intimidad. Antes de apagar la luz, nos preguntaba qué cuento queríamos que nos contara. Cenicienta era siempre nuestro favorito. El ritual empezaba siempre con la misma frase: “Había una vez, en un país muy, muy lejano una hermosa muchacha llamada Cenicienta”. Yo amaba esa mágica introducción. El cuento seguía pausado y tranquilo, y entre bostezo y bostezo, la voz de la abuela se iba apagando hasta que se quedaba dormida. Creo que nunca llegó a terminar de leer un solo cuento.

Recuerdo con nostalgia que cada llegada de la abuela era un despliegue de rituales que iban ordenando su estar con nosotros: el reencuentro, el abrir la valija, las comidas, las charlas en el baño, los preparativos para ir a la cama, los cuentos. Sin saberlo, estos rituales fueron poblando nuestra infancia de vivencias, de historias construidas a lo largo del tiempo. Así fueron repitiéndose, hasta que un día, la abuela llamó del campo. El abuelo había empeorado, no podía viajar para vernos, la cosa venía para largo. Ese día la casa enmudeció, una tremenda tristeza se filtró por las paredes.

Nada fue como entonces. Pasó un largo año hasta que la abuela pudo volver con su valija y su magia. El abuelo había muerto. La abuela Ofelia ya no era la misma. Al poco tiempo ella murió también, dicen que fue de un infarto, yo creo que de tristeza.

Hoy recuerdo esos días de fiesta que marcaron mi infancia y la llenaron de profunda alegría. A veces, cuando me acuerdo de Ofelia, repaso mentalmente algunos de sus rituales para extrañarla un poco menos y, cada tanto, me encuentro en la cama, antes de apagar la luz, diciendo en voz alta, entre bostezo y bostezo, casi sin pensarlo... “Había una vez...”. §

Misterio chino
Teresa Téramo

A Balloon's Journey / Leslie Cheung

Chang Pu trabajaba en el Laboratorio Nacional de Bioseguridad del Instituto de Virología de Wuhan, desde 2017. Había querido ser bioquímico y luego de finalizar la escuela había invertido tres años de su vida en esa carrera hasta que desaprobó, por segunda vez consecutiva, Biología IV en la Universidad de Beijing. Como suele ocurrir en esas circunstancias, fue expulsado inmediatamente de la universidad y enviado a trabajar a un campo de plantación de ajo a la localidad de Jinxiang, en el sudoeste de la provincia de Shandong.

Después de unos años apestosos e intensos de recolección, su suerte cambió gracias al Dr. Mo Yang, primo tercero de su cuarta tía, que le ofreció el puesto de sereno en el laboratorio de Wuhan. Así Pu consiguió ver casi hecho realidad su sueño de estar codo a codo con los hombres de ciencia, entre probetas, tubos de ensayo y compuestos químicos, y nada menos que en la ciudad de la Torre de la Grulla Amarilla. Se había trasladado con su mujer, a la que veía muy poco, porque mientras él se ocupaba de noche, ella lo hacía de día en el mercado.

Su trabajo podría decirse que era casi clandestino. El Dr. Mo lo había contratado por unos yuanes para que vigilase el laboratorio, o mejor dicho, vigilase a los vigiladores. No le había dado mayores explicaciones, pero nadie debía acercarse ni tocar cosa alguna. Todo anduvo bien hasta aquel 6 de diciembre de 2019 en que empezaba a terminar el año del cerdo y se avecinaba el de la rata de metal.

Pu estaba feliz. Lo hacía sentir importante esa confianza depositada en él por el Dr. Mo. Fiel a su ánimo de llevarse bien con todos, pronto se hizo amigable para los otros guardias y comenzó a llevarse algunas cosas. En una especie de acuerdo tácito –él no molestaba a los vigiladores y ellos no lo molestaban a él–, cada uno encontró su lugar en alguna de las computadoras para jugar al Yu-Gi-Oh! o al Ping Pong Maa!

Había logrado superar la repulsión que le causaban los ojos rojos de las ratitas blancas que de noche brillaban más aún al iluminarlas con la linterna durante sus recorridas habituales: ¡parecían gotas de sangre! ¡Eran decenas! ¡Rubíes sobre algodones! También tenía el encargo de ponerles agua y limpiar las jaulas. Un viernes vio que dos de ellas yacían muertas dentro de la rueda sin fin por la que corrían. Le pareció hasta algo romántico: una junto a la otra, colas entrelazadas, bigotes enhiestos y –por suerte– con los ojos cerrados. Pensó que nadie se daría cuenta y luego de mucho dudarlo, se decidió: las sacó, las envolvió en su suéter gris y se las llevó para el almuerzo del sábado. A estas dos siguieron esporádicamente algunas más y nunca fue descubierto en sus pequeños hurtos nocturnos.

Los últimos días de noviembre, a las ratas se añadieron los murciélagos, que de noche solían estar bien activos dentro de la gigantesca jaula instalada en un ángulo del laboratorio. Pu los recibió con alegría, aunque habría más ruido en sus rondas. Estos animales de alas membranosas, ojos brillantes, orejas erguidas y boca picuda evocaban a su abuela materna que, de niño, bajo un gran árbol, bebiendo té, le contaba leyendas antiguas: estos quirópteros eran ratones que habían comido sal, porotos o algún aceite de algas rancias y, enloquecidos, se habían enamorado de las urracas, dando origen a una estirpe de guerreros hijos de la noche.

El 5 de diciembre, cuando Pu llegó, todo parecía normal. Eran las ocho de la noche, saludó al Dr. Mo que siguió en su escritorio hasta entradas las diez, cuando ya el resto –los dos biólogos, las dos médicas y el químico orgánico becario– habían partido. Le extrañó que los vigiladores no estuvieran. Mo le dijo que habían acusado un resfrío con cuadro febril y que estaría solo esa noche. Se puso a jugar en la computadora y a las tres de la mañana realizó su ronda: alimentó a las ratas, limpió algunas jaulas y se divirtió encandilando con la linterna a los murciélagos, que se chocaban entre sí en algunos vuelos rasantes. Vio que tres yacían en el piso. Le pareció que sacar dos de tres no era tan malo y la carne de murciélago se vendía a setenta yuanes el kilo en el puesto de su mujer en el mercado. Así fue como prolijamente los envolvió en el suéter gris y a la mañana siguiente, de paso a su casa, se los dejó en el puesto.

II

Nadie le vio el pelo a Chang Pu ni nadie supo más de su mujer en el mercado. Tampoco se encontró rastro del Dr. Mo. Puedo contarte esta historia porque recibí un mensaje extrañísimo de WhatsApp que te transcribo:

故人西辞黄鹤楼 实验室开始发生致命的病毒瘟疫。

我在市场上出售蝙蝠 莫阳博士试图控制人口的迁移。

欧洲政府向中国支付了杀死人类的费用。

警告警告我的妻子通过卖肉棒逃脱病毒。

丑陋的毁了。 让他知道你明白这点。

新订单的数字年份是大流行年份。

人性会不同 我常蒲不明白但警告。

Evidentemente no era para mí, que soy una simple profesora de Literatura en la lejana ciudad de Buenos Aires; pero me permitió entender el posible porqué de los treinta y tres millones de infectados y el millón de muertos de Covid-19 en el mundo entero en este año de la rata. La estupidez humana alcanza dimensiones incomprensibles. La causa de los males siempre es la falta de educación. Sin duda, todo habría sido diferente si Chang Pu hubiese aprobado Biología IV. §

Der ewi... Ju...
Pierre Dumas

Hidden Place / Björk Guðmundsdóttir

Hacía mucho tiempo que había dejado de contar los días. Al principio todo parecía un juego. De la misma manera en que los chicos juegan a las escondidas, se había buscado el refugio perfecto. Donde nadie pudiera nunca encontrarlo. Aunque nadie hubiese empezado la cuenta regresiva para ir a buscarlo.

Durante los primeros tiempos anotó en un cuaderno todo lo que le pasaba por la cabeza. Lo que pensaba, soñaba, imaginaba, esperaba y veía. Ver... era una gran palabra, en su caso. Porque las tablas de madera que alguien había clavado sobre su ventana apenas dejaban un espacio que podía usarse como una mirilla de escasos centímetros. Había que pegar el ojo en un lugar preciso, donde no se ajustaban tan prolijamente como las demás. Se formaba un intersticio ovalado, como si fuese un ojo, pero vertical. Y ese huequito era su única conexión visual con el resto del mundo desde que se había escondido.

El cuadernillo fue un gran compañero. Entre ellos entablaron una conversación muda durante varios días. Llenaba páginas y páginas, con palabras que llamaban a otras y frases sopladas por las hojas en blanco. Pudo vestir de esta forma el pequeño mundo de su escondite, hasta que un día, o mejor dicho una mañana, no quedaron más hojas. El cuaderno se había terminado. Era el único que llevaba consigo, porque cuando entró en su guarida nunca pensó que estaría tanto tiempo ni se imaginó que llenaría uno entero. Aunque había tomado la precaución de escribir lo más condensado posible. Tanto que apenas podía leerse de nuevo. Las letras estaban encimadas unas sobre otras y las líneas pegadas, sin respiraciones ni espacios. Ocupó hasta los márgenes. Pero los artilugios fueron en vano y el cuaderno acabó por convertirse en un amigo cansado e inerte, que se durmió y nunca más le respondió. Terminó por dejarlo tirado en el piso.

Sin nada para seguir anotando, confió en su memoria durante unos días para seguir el hilo de sus pensamientos. Dedicó más tiempo a pegar su ojo contra la minúscula hendidura entre las maderas, para observar lo que pasaba en la calle. Se lo comentaba en voz baja, como dictándole a un amigo invisible con un cuaderno también invisible, pero nuevo, para tomar sus notas.

Pasaron así los días, pero veía siempre el mismo escenario. Solo cambiaban los actores, que pasaban de manera fugaz. A veces tenía suerte y alguien se paraba justo en el pequeño campo visual de su mirilla. Eran momentos muy intensos, llenos de detalles y actividades. Su cerebro se aceleraba de repente para tratar de recordarlo todo. Lo que esa persona hacía, cómo estaba vestida, cuál sería su vida, a dónde lo llevarían sus próximos pasos...

Ese fue su mundo durante un cierto tiempo que él mismo pronto dejó de percibir. Al principio los días y las noches se alternaban con una regularidad tranquilizadora. Pero poco a poco el tiempo se hizo elástico. Algunos días pasaron a la velocidad de un rayo y otros se eternizaron. Más perturbador aún, descubrió pronto que los días podían sucederse unos a otros sin necesitar de las noches, y que las noches a su vez se adueñaban del mundo durante períodos tan largos que parecían meses.

A medida que el tiempo se estiraba por algunos costados y se achicaba por otros, su pequeño cubículo empezó también a transformarse. Al principio sintió solamente un leve temblor; las paredes vibraban y el piso se sobresaltaba de vez en cuando. Luego empezaron a ondular como banderas al viento, y el piso tomó el hábito de alejarse y acercarse al techo sin lógica.

Le fue cada vez más complicado lograr poner el ojo contra el hueco de las maderas para ver afuera. Necesitaba concentrarse al extremo para dominar su cuerpo, tender sus músculos y pegar el ojo contra la mirilla en el momento preciso en que se daban las condiciones en este mundo gelatinoso que lo envolvía.

No podía quedarse mirando más de unos segundos. A veces menos incluso. Pero cuando lo lograba volvía a ver con mucha alegría su pequeño fragmento de paisaje. Siempre el mismo: unos metros de calle adoquinada, la base de la pared prolijamente pintada del edificio de enfrente. Un poste que seguramente sostenía la luz que iluminaba por un par de horas la calle al anochecer. Un fragmento de afiche, del que solo se veían algunas letras: der ewi… sobre un renglón; Ju… sobre el otro.

No era mucho pero era su mundo. Todo el mundo. Donde aparecían repentinamente transeúntes o fragmentos de transeúntes, según la vereda por la que caminaban. Los que pasaban muy cerca de su ventana eran solamente torsos y brazos. A veces un gorro, si se trataba de un niño pequeño. La mayoría vestía un loden. Los hombres llevaban a veces maletines de cuero y casi todos tenían sombreros. Las mujeres solían usar botitas y las escuchaba antes de verlas pasar. Taca taca taca...

Finalmente, llegó el momento en el que le fue imposible pegar el ojo contra el hueco. Las paredes bailaban más que de costumbre. Tratando de conseguir apoyo para no caerse en el intento, rompió el vidrio de la ventana y no se animó a intentar mirar de nuevo para no cortarse la cara o –peor– el ojo.

A partir de ese momento, el piso no paró de sobresaltarse. Tanto que optó por acostarse, separando un poco los brazos –todo lo que el diminuto espacio le permitía– para conseguir un mínimo de estabilidad. Las vibraciones y las ondulaciones de las paredes hacían caer pequeños pedazos del yeso del techo sobre él. Era una lluvia de polvillo blanco, como la nieve. ¿Sería eso lo último que podría vivir? ¿Las paredes terminarían por molerlo entre sus espasmos?

Si no hubiera sido por el vidrio roto, si hubiera logrado pegar el ojo a su mirilla aunque solo fuera durante una fracción de segundo, habría visto pasar fugazmente la punta del cañón de un tanque por la calle con destellos de colores rojo y azul; y quizás habría tenido tiempo de darse cuenta de que algo faltaba en su habitual vista. Era el segundo renglón del afiche. Lo habían arrancado parcialmente, formando como un tajo en el papel. §

La loba feroz
Graciela Cutuli

Escondite / Los cocineros

No, no, nada de eso. Mi abuela no era “el” lobo feroz. Mi abuela era “mi” lobo feroz. Porque con los demás todo bien, no sé si me explico. O por lo menos con mis primos, los impecables y perfectos primos que parecían salidos de una serie norteamericana de los 60: rubiecitos, peinaditos, sonrientes. Y tan expresivos como maniquíes. El problema era conmigo. Parece que yo era su problema, y eso que nunca le hice nada, aunque no fuera por falta de ganas. Porque ¿qué le podría haber hecho? Ni siquiera se me ocurría, soy de las que reaccionan tarde y cuando por fin ya tenía la frase perfecta –esa que le iba a sellar la boca de una vez por todas– ya se había pasado el cuarto de hora y me tenía que comer la bronca y el mal trago en mi rincón. Además a todos les habría parecido una reacción exagerada. “Si no te dijo nada”. No, claro. No hace falta decir nada, alcanza con mirar de ese modo, con respirar de ese modo.

Ojo, que mi abuela no tenía ni colmillos largos ni pelaje lustroso y oscuro ni un largo hocico afilado: ¡así hubiera sido fácil! ¡Así cualquiera lo habría sabido! Pero no le daba el perfil lobo feroz. Lo suyo era peinado de peluquería, dos tonos por debajo del oxigenado y tan duro como una torta forrada en fondant; la nariz recta siempre un poquito retraída, como aspirando mal olor; la cartera bien apretada bajo el brazo, como para irse más rápido. Compuesta, la espalda recta, bien sentada, las piernas enfundadas en medias de nylon sedoso que no se le corrían jamás. Y taquitos como puñales.

Venía de visita los jueves a la tarde, única y exclusivamente. ¿Por qué no podía venir los domingos, que de todos modos ya eran días deprimentes? Pero no, los fines de semana decía que no venía porque el barrio donde vivíamos es medio feo, viste, y hay poca gente a esa hora por la calle, mirá si pasa algo. Nunca, nunca entendí qué le podría haber pasado, si se tomaba un taxi en la puerta de su casa en el corazón de Recoleta y se bajaba, pisando cáscaras de huevo, en la puerta de la casa donde vivíamos pasando la General Paz.

Hasta que un día.

La abuela había venido, como siempre, encubriendo su desconfianza bajo su ostentosa cortesía. La conversación, como siempre, era un vaivén de preguntas y respuestas estudiadas: había que aguantar, no hay mal que dure cien años ni visita que dure más de dos horas. Las palabras iban y venían hamacándose y escurriendo su sentido en los pliegues de la alusión, del doble sentido, de lo no dicho. Pensé que hablaban de la casa, o de un arreglo, o del tiempo que había tardado en llegar, del tránsito, del taxi.

Hasta que.

“Nunca voy a entender por qué te viniste a vivir al conurbano”, le siseó a papá, marcando la sibilante como un encantador de serpientes. Me pareció que los ojos de la abuela me miraban rápidos como un relámpago que anuncia la tormenta, pero enseguida se escondieron, falsamente complacientes, detrás de los párpados pintados. Y después, entre dientes, le escuché la pregunta: “¿Qué querés, disimular a la nena entre toda la negrada?”.

Y ahí sí que me cayó la ficha. Cling, anagnórisis. Esa palabra que aprendí mucho más tarde la asociaría para siempre con ese momento inesperado que me pegó de lleno como un flechazo: reconocimiento, saber quién es uno, quiénes son los demás. Fui corriendo al espejo y me miré sintiendo que el cristal se hacía pedazos: las piernas cortas, los hombros anchos, los pómulos altos y los ojos achinados dibujados en la piel oscura y mate. Entre mis primos Brady Bunch y yo había mil universos de distancia. Una identidad entera de distancia.

Y respiré, por fin. Porque ese lobo feroz, mi lobo feroz, no era mi abuela. §

Los Forti
Rita Corigliano

Tour de France / Kraftwerk

“Para un Forti nada es fácil”. Ya lo decía mi abuelo y lo repetía mi padre. Cuando parecía que todo marchaba sobre ruedas ¡zas! aparecía el problema y remontar la situación era una tarea más que titánica. A veces, con mucho esfuerzo y viento a favor, algo salía más o menos como esperábamos, pero la mayoría de las veces ya estábamos tan acostumbrados a fracasar, que creo que las cosas nos salían y nos salen mal porque de antemano las destinamos al fracaso.

Repasar todas las veces que perdimos la oportunidad de brillar requeriría tanta vida como la que vivimos las tres generaciones. Hago un paréntesis para contarles que desde chico creí que el apellido nos jugaba una mala pasada, como si cada circunstancia de la vida nos desafiara a demostrar cuán fuertes podíamos ser. Y les juro que fuimos lo suficientemente Forti como para haber prolongado la prole hasta acá; por mucho menos, familias enteras se borraron del mapa. Para que vean que no exagero, les pongo el caso de mi abuelo, Giuseppe Forti.

Giuseppe nació en la Calabria en el siglo pasado, allá por el 18. A diferencia de la mayoría de los inmigrantes, que venían a estas tierras empujados por el hambre y la pobreza, mi abuelo vino por equivocación (o por un error de cálculo, más bien). Parece ser que el primer Forti de esta saga no daba pie con bola con las mujeres; mi tío Antonio (que no era Forti porque era hermano de mi madre) decía que al viejo le faltaba una cucharada porque cuando era chico lo había pateado un caballo en la cabeza. Cierta o no la historia, lo que sí es cierto es que ya estaba en edad de merecer y no había chica del pueblo que se le acercara. Lo que tampoco se le acercaba era el trabajo, cuando conseguía alguno. Poco adepto a cualquier labor, las especialmente remunerativas no le duraban mucho por su afición a descansar en exceso y sin motivo, a torrar, digamos (de ahí el mote que le puso mi abuelo materno de “atorrante”). La cosa es que en el 47, Giuseppe decidió buscar suerte por otros lares y compró un pasaje en barco para Nueva York, decidido a ser un protagonista más del sueño americano… de alguna rubia neoyorquina. Ya en el muelle, pasaje en mano, saboreaba sus conquistas del otro lado de los mares, cuando divisó la enorme embarcación que le cambiaría la perra suerte. Pero el destino de los Forti ya estaba decretado y si el barco que zarpaba hacia Nueva York era el Elisa Elena I, el que partía hacia Buenos Aires era el Elisa Elena II. Demás está decir que el pobre abuelo subió a la segunda embarcación, que nadie de la tripulación se percató del error y que recién cayó en la cuenta de la equivocación cuando el barco atracó en el puerto de Buenos Aires. Ah, y que en lugar de una rubia de Nueva York, terminó casándose con una china aindiada, oriunda de Los Toldos.

En el 49 nació mi papá, Atilio Forti, único hijo de Giuseppe y Mara. Mi abuelo quería que estudiara algo, pero la pasión de Atilio era el ciclismo. Desde chico deliraba por las bicicletas y la primera que tuvo se la compró a los nueve años, haciendo changas después de la escuela en el mercadito del tano Marechi, y no paró más. La ilusión de mi viejo era correr la Doble Bragado, conocida como “La clásica del Oeste”, y una vez más el apellido Forti salió a pelearla para conseguir el sueño en el año 1968. Meses de entrenamiento, de recorrer los negocios conocidos para que colaboraran con la publicidad en la remera, en los pantalones; jornadas de esfuerzo físico y económico; pruebas y pruebas de cronómetros hasta que finalmente la inscripción auguraba un buen rendimiento. Y así fue. Atilio venía haciendo un buen tiempo en todas las etapas y todo parecía que el podio le estaba destinado. El calor de esa mañana de febrero era insoportable pero los competidores parecían no sentirlo, a minutos de la largada para el tramo final Bragado-Mercedes, los últimos ciento cincuenta kilómetros. La gente se había amontonado para ver salir a los ciclistas, una masa uniforme de hombres y bicicletas, pedales y piernas marcando el ritmo hasta que los mejores se alejaran del montón y se posicionaran punteros. Se dio la voz de largada y el pelotón empezó a tomar velocidad; pero en la bajada de la barranca del Nacional, cuando empezaba el descenso veloz, no se sabe de dónde ni por qué, un naranjazo en la cabeza derribó a mi viejo, que cayó semiinconsciente en el asfalto y se salvó por un pelo de ser masacrado por los que venían detrás. Ese año el uruguayo Saúl Alcántara acabó ganador de la Doble Bragado y comenzó la carrera de perdedor de Atilio.

Digno de tamaña ascendencia, mi sino no pudo ser menos y yo también he de honrar el apellido. Me recibí de maestro mayor de obras y en ese entonces creí que había logrado zafar del designio familiar pero, como dije al principio, para un Forti nada es fácil. Hasta hace dos meses, nomás, yo creí que lo había logrado: tenía una linda novia, un buen trabajo y estaba a punto de comprarme una casita cerca de lo de mis viejos con unos dólares que tenía en un plazo fijo. El viernes 30 de noviembre fui a mi sucursal del banco para retirar la plata pero el cajero me dijo que no tenía esa suma para darme, que volviera el lunes siguiente. Ese domingo habló Domingo y, como si fuera otra broma del destino para los Forti, cuando volví el lunes siguiente, tampoco pudieron darme mis ahorros. Fue el 3 de diciembre de 2001. §

Baño de cine
Victoria Rossi

Sea / Jorge Drexler

Entré enojada al baño. ¿Quién cuernos me había mandado a ver esa película? Siempre odié las de terror: sangre, muerte, más sangre y más muerte. ¿Cómo me había dejado convencer de esa manera? No podía sacarme de la cabeza la imagen del crimen. Qué espanto. Sólo pensarlo me daba taquicardia. Encima, ya sabía lo que venía, días de morirme de miedo cada vez que estuviera sola y ese “toc” de tener que mirar debajo de la cama para asegurarme de que no hubiera nadie. ¡Combo!

Toqué una de las puertas, no había nadie, entré rápido y cerré. Maldije estar allí. Los baños públicos siempre me dieron repugnancia. Con mi tan instaurada cautela, sabiendo de memoria los pasos a seguir, colgué mi cartera en el gancho, y me dispuse a sacar papel higiénico del rollo. Maldije doblemente. El rollo estaba vacío. ¡Bingo! Era lo que me faltaba para una noche nefasta.

—¡Conferencia!, ¡no hay papel! —Lo dije muy fuerte, en pedido de ayuda, en caso de que hubiera un alma caritativa que me pudiera alcanzar un poco.

Por unos segundos nadie me contestó. Vi movimiento en el cubículo de al lado. Esperé a ver si me respondía. Nada. Golpeé la pared.

—Disculpá, ¿tendrás papel?, no puedo creerlo, el rollo está vacío.

Nada. Silencio absoluto. No volaba ni una mosca. Empezaba a odiar a esa mujer sin siquiera haberle visto la cara. Egoísta.

—Disculpame que te moleste, ¿hay papel en tu baño?

Nada. Ya molesta dije:

—¿Estás bien, ahí, vos… la de al lado?

Por fin una voz.

—No, sí… perdón, estoy, estaba por… ¿Qué decías?

—Quería saber si me podés pasar por acá arriba un poco de papel, o por abajo, como quieras. Lo que puedas.

—Sí. Ahí va. Te paso. ¿Necesitás mucho?

—Un poco, para salir del paso. Odio que me falte...

—Te lo paso por abajo.

Vi una mano que sostenía el tan esperado papel. ¡Por fin!, dije para mis adentros. En el mismo instante que lo estaba agarrando veo una tijera en el piso, cerca del zapato de la vecina. Me quedé intrigada. ¿Para qué tendría una tijera?

—Se te cayó la tijera —le dije a propósito.

—Sí, se me cae todo, es para romper esto, seguro que me corto, es difícil pero voy a tomar valor. Tengo que hacerlo rápido, si no, se va a enterar. Prefiero hacerlo acá, así nadie sospecha y no dejo rastros. Ya lo hice otras veces y por suerte no me descubrió. Piensa que estoy obsesionada, y sí, la verdad que ya me estoy volviendo loca y tiene razón, estoy obsesionada y monotemática. Por eso vine acá, para no dejar rastros de nada, es esto y se acaba... Y después que sea lo que tenga que ser.

Mientras decía todo esto, se oían movimientos extraños. Esta mujer sí que está loca pensé. ¿Sería la película que me estaba afectando? ¿Qué hacía yo, a esta hora de la madrugada, en un baño del cine, escuchando a una desquiciada que quién sabe por qué tenía unas tijeras? Empecé a sentir miedo. ¿Sería una suicida, o peor, una asesina?

—No puedo más —dijo—. Ya está. Tengo que esperar unos segundos, igual, ya esperé demasiado todos estos años. Dejé el tratamiento. No funcionó.

Escuché una especie de grito y enseguida un llanto, un llanto tímido al principio que después fue tornándose cada vez más estruendoso. Me quedé paralizada. El llanto se mezclaba con risas ahora. Pensé que estaba totalmente loca.

Nuevamente más llanto descontrolado.

—¿Estás bien? —le pregunté mientras agarraba mi cartera para salir corriendo. Intenté abrir la puerta pero el pestillo giró en falso.

—Sí, creo que nunca estuve mejor.

Temblé. Estaba loca. Era una asesina serial, una demente que quería apuñalarme con su tijera.

—Qué bueno que estés ahí —dijo—. Con alguien desconocido es más fácil, así voy practicando.

Estaba petrificada. La puerta de su cubículo se abrió.

—Quiero mostrarte algo —dijo.

La cerradura cedió y abrí. Sin pensarlo dos veces salí. Si tenía que enfrentarme con mi asesina mejor que el tormento se acabara pronto.

La vi. Estaba parada con algo que sostenía en la mano.

—Dio positivo —me dijo, mostrándome el resultado de un test.

Sin que yo atinara a hacer nada, me dio un abrazo y salió corriendo. Suspiré aliviada. Mi asesina serial iba a ser mamá. §

Manos ásperas
Mabel Fuzzi

Bariloche / Miro y su Fabulosa Orquesta de Juguete

Empieza a caer el sol, ya falta poco para que oscurezca. Termina para Germán otro día largo de trabajo. Contempla las últimas tallas, les sopla el polvillo, las prueba una vez más tocándolas y disfruta: ha quedado contento con el resultado. Ordena. Pone aparte las tallas que deberá pulir mañana, va guardando algunas herramientas con las que tropiezan sus manos, barre el piso del taller lleno de virutas, busca la pala que no encuentra y termina apoyando el escobillón en el rincón; deja limpio todo, cierra la ventana sobre el banco de trabajo, apaga la radio, recoge el mate y el termo y sale hacia la casa tras cerrar con llave la puerta del tallercito que se encuentra al fondo de un terreno alargado que compró hace años en la Avenida Bustillo, hacia Colonia Suiza.

Está frío. Ya empiezan a insinuarse en los árboles los colores otoñales. Espera esta época todos los años, y día tras día observa los cambios: amarillos, ocres, marrones, rojos… Se maravilla. Aspira profundo, echa la cabeza hacia atrás, estirándose, y mira el cielo. Disfruta siempre de esos dos últimos gestos antes de guardarse en la casa. La bocanada es profunda y fresca, con olor a árbol vivo; y aspira fuerte, como si quisiera sacarse de los pulmones el olor a madera que respiró todo el día en su banco de trabajo.

Y mientras mira el cielo y los árboles, por un instante le viene la imagen del río enorme y marrón desde el ventanal luminoso de un piso alto en Puerto Madero. Y luego, su hermano Manuel, que le volvió a la cabeza una y mil veces desde anoche. Se lo imagina en esa oficina de la empresa familiar, mirando ese mismo río enorme y marrón, parado junto al ventanal, como si lo viera desde atrás, desde la puerta del despacho. Y después, viene la imagen de Manuel junto al gran escritorio de cedro y nogal, agachado y agarrándose el pecho… Aunque nadie le contó cómo había sido ni dónde estaba su hermano cuando sufrió el infarto, esa es la imagen que ha estado acechándolo todo el día. El poderoso Manuel Ojeda, contemplando el río como un rey contempla su imperio, y el otro Manuel, simplemente su hermano, débil, vulnerable en medio del infarto, y luego entubado, en coma, solo, en una cama de terapia intensiva.

Le duele la distancia, no poder pasar este trance en Buenos Aires con los suyos. Piensa en Manuel. Y todavía no puede creerlo…

Se pregunta si a él le podría haber pasado lo mismo. Cuando tenía poco más de veinte años decidió negarse a seguir los planes familiares para su propia vida y se mantuvo tercamente en su posición de no estudiar ni trabajar en nada relacionado con la empresa familiar. “¡Demasiado pendejo para saber lo que te conviene!…”, le recriminó el padre. Y fue un escándalo, casi una vergüenza cuando le escucharon decir que quería trabajar la madera. ¡Estatuitas de madera en vez de puentes, rutas o complejos habitacionales y hoteleros! Todos pensaron que era un perdedor, sin ambiciones, sin proyectos.

Se pregunta qué vida tendría ahora si no se hubiera venido a Bariloche como artesano. Se imagina en un Jeep conduciendo por Libertador, de Madero a San Isidro, en vez de la Bustillo, de Bariloche a la Colonia, y llegando a una posible casa en Las Lomas, en vez de la cabaña en la que está entrando ahora, donde el aire huele rico y promete polenta con bolognesa.

—¡Buenas, buenas…! ¡Ya casi comemos! —dice Claudia sonriendo y le da un beso y lo abraza.

Y él se mira las manos callosas y heridas de astillas, que podrían haber seguido siendo delicadas, hábiles con el teclado en vez de las gubias. Y recuerda las tallas y el olor a madera que hace un rato dejó atrás, en el tallercito en el fondo del terreno.

Piensa. Pero no encuentra en qué pudo haber perdido… §

Voilà
Teresa Téramo

On ira / Zaz

Llegamos en el tren de las ocho a Marsella, la víspera del 14 de julio. Tanto Claudia como yo somos historiadores y teníamos este gusto pendiente: pasar el llamado “Día de la Patria” en suelo marsellés. Coincidía la fecha con el Festival Internacional de Cine Documental (FID), en el que actuaría como jurado, y Claudia aprovecharía esos momentos cuando me “robaría el trabajo” para visitar la plantación de lavandas, empecinada como estaba en conseguir productos L’Occitane a mejor precio y conocer de cerca esa fábrica-jardín de delicias epidérmicas.

Habíamos reservado en el hotel Beauvau, donde pasó las noches Frederic Chopin con George Sand, por una simple cuestión romántica de ocupar el lugar que inspiró al músico polaco tantos preludios y nocturnos en 1840. Al entrar, nos dimos cuenta de que nos costaría mucho identificar los rincones del pianista. El hotel estaba totalmente reciclado a nuevo y al preguntar, tratando de expresarnos en el mejor francés posible, por dónde exactamente había transitado la célebre pareja Sand-Chopin, una voz en español-mexicano nos dijo que no tenía idea. Nos sorprendimos. Pensó que nuestra sorpresa se debía al haber sido “descubiertos” en nuestra nacionalidad y añadió: “Porque se nota que ustedes son argentinos, ¿no?”. Probablemente nos habían escuchado cuchichear cuando entramos y, además, a Claudia la delataba como siempre su matera, de la que no se separaba en ningún viaje, ni siquiera transatlántico.

Al día siguiente comprobamos que ninguno de los del hotel sabía del histórico suceso amoroso que regaló al arte tantas bellas melodías: ni el conserje mexicano, ni el mozo argelino ni el barman venezolano ni la congoleña que vino a tendernos la cama a la mañana. Nadie parecía saber a qué nos referíamos.

Por suerte, nos dieron una habitación alta con orientación a la ensenada desde donde la vista podía deleitarse perfectamente con la torre de Nôtre Dame de la Garde, a la izquierda, y Le Château d’If, fortaleza edificada bajo las órdenes del rey Francisco I a principios del siglo XVI para proteger las costas francesas, a la derecha. Cuando lo vi recordé la anécdota del pobre rinoceronte indio que hizo escala allí en 1516, transportado por una nave portuguesa desde Lisboa a Roma como presente para el papa León X. Regalos originales de otra época que hoy moverían a Greenpeace y demás asociaciones defensoras de los derechos animales a una gran cibermanifestación de condena.

El cielo despejado de nuestra primera noche marsellesa y la brisa cálida del verano invitaban a dejar las valijas rápidamente y tomar un kir en alguno de los innumerables barcitos del viejo puerto. Hacia allí nos dirigimos pero, lejos de encontrarnos un café Pouchkine por la rambla, se nos aparecían cervecerías de todo tipo y típicos bistros de comida rápida, donde se ofrecía más shawarma que tatin. A falta de kir, terminamos tomando un helado en Häagen Dazs al lado del hotel. Mañana sería un nuevo día, o mejor dicho sería el gran día: 14 de julio en Marsella.

Temprano, decidimos ir hasta una de las playas en transporte público. A medida que avanzábamos se empezó a abarrotar el bus. Algunos evidentemente eran turistas, pero la mayoría parecía gente del lugar cargada de bolsos, sillas plegables y sombrillas, lo más parecido a enero en Mar del Plata. Lo curioso es que nadie hablaba francés. Gritaban turco. Nos sorprendió que el mismo chofer saludaba en la lengua de los sultanes a los que ascendían, mientras parpadeaba el cartel luminoso que colgaba del techo con la leyenda: “Bienvenue à bord!” (¡Bienvenido a bordo!). Con Claudia nos mirábamos desconcertados y tratamos de no hacer comentarios sobre nuestra sorpresa lingüística porque probablemente alguno entendiese español. Llegamos a Le David. Imposible pasarnos con semejante réplica del florentino, que nos daba la clara señal de dónde bajar como indicando playa nudista.

Nos sorprendió el contraste de la escultórica bienvenida tan ligera de ropas con los bañistas repartidos por la extensa orilla: predominaban mujeres con túnicas y burkas, otras gitanas tan vestidas como las musulmanas y muchos niños chapoteando. Me acerqué a una de ellas que solo mostraba sus ojos y el dedo gordo del pie y le pregunté por qué venía a la playa si permanecía tan tapada, a lo que me respondió: “Pour mes enfants”. Con Claudia nos miramos y pensamos si realmente seríamos capaces de hacer algo así por Elisa y Julia, a quienes habíamos dejado en lo de mi suegra. Y “Usted ¿es… siria o…?”. “¡Francesa!”, me cortó, a lo que no hice más comentarios. Claro. La globalización.

Cuando contratamos el hotel, nos queríamos asegurar la celebración y el espectáculo de los fuegos artificiales. Nos dejó contentos leer en un volante de anuncio con letras azules y rojas: “14 de julio. 22:00 horas. Juegos de luces y sonidos: espectáculo pirotécnico de treinta minutos de duración desde el Fuerte Entrecasteaux con vista al Puerto. Luces que danzan al ritmo del recuerdo del hecho emblemático de la humanidad”. Cenamos temprano y a eso de las nueve nos fuimos a la dársena a esperar. Cada vez se poblaba más de gente. A la hora señalada, comenzó a brillar el cielo con los fuegos de colores pero… ¡la música! ¿Qué les pasa a estos franceses? Lejos de escuchar Maurice Chevalier, Charles Trenet, Johnny Hallyday o Edith Piaf, las luces de artificio danzaban al compás de Coldplay, Maroon 5, Cyndi Lauper y quién sabe quiénes más en lengua inglesa, y yo que pensaba que al final iba a escuchar buen francés. Hubiese preferido hasta a Zaz. Insólito festejo patrio.

A la mañana siguiente comenzaría mi trabajo en el festival y Claudia se iría por la ruta de la lavanda hasta Valensol. Tendríamos mucho para contar al regreso.

Abrí la ventana y contemplé una vez más la bahía. Los veleros llenaban el Vieux-Port, los mástiles cintilaban bajo la implacable luz de la luna en una noche estival. El aire tibio entraba a nuestra habitación y era una mezcla curiosa: una brisa subtropical acariciando una decoración barroca, tan curiosa como esa amalgama cultural donde me sentía más francés que sus habitantes. §

John en el cielo con diamantes
Graciela Cutuli

Imagine / John Lennon

Escena 1

La antesala del más allá. Un gran espacio en blanco, iluminado por rayos del sol matutino, con dos puertas y sendos carteles que dicen de un lado “Bienvenidos al Paraíso” y del otro “Dejad toda esperanza, los que entráis”.

Junto a cada puerta, dos baños que indican WC hombres - WC mujeres.

Se levanta el telón. San Pedro aparece corriendo y se mete en el baño de hombres, del lado del Infierno. Mientras está en el baño, entra John Lennon.

Escena 2

En los mingitorios, de espaldas, San Pedro y John Lennon.

—¿Qué hacés acá? —preguntó San Pedro al recién llegado.

—¡Lo mismo tendría que decir yo! ¿Qué hacés vos acá? —contestó John con la desfachatez de toda la vida.

—Yo soy el portero del cielo. Estoy siempre acá, te recuerdo que este es mi lugar hace dos mil años. Y por si no sabías no hay baños ni en el Paraíso ni en el Infierno. Así que tengo que venir acá, y los que recién llegan también, es su última vez para ir despidiéndose de los ritos y placeres terrenales. Algunos creen que van a poder lavarse las manos, a lo Poncio Pilatos, y así van a ir derecho al Paraíso. Qué ingenuos, como si no nos diéramos cuenta. Y eso que San Pedro sabe por santo, pero más sabe por viejo… Pero vos todavía sos joven, recién sacaste un disco… ¿qué hacés acá?

—Un loco me pegó un tiro. Estaba obsesionado con Holden Caulfield… en fin. Cosas que pasan. Me hizo firmar el disco, me esperó y me mató. Te digo que ya es un milagro que haya vivido hasta los cuarenta, entre el LSD que nos hacía caminar por las paredes y las locas que se nos tiraban encima en los recitales, sobreviví de milagro.

—¿Y por eso te encerraste ahí en el Dakota después?

—Estaba harto, San Pedro. Que Paul, que George, que los Beatles, que los genios de Liverpool, que Cynthia, que Julian, que la tía Mimi… no paraban nunca. En fin, ¿vos qué decís? ¿Qué me toca? ¿Cielo o Infierno? Ya estuve en los dos lados, pero allá abajo. Espero que acá arriba sea un poco mejor.

—Te recuerdo que dijiste que ustedes eran más populares que Jesús.

—Ah sí, me tendría que haber imaginado que me ibas a venir con eso. Pero ya lo expliqué mil veces, yo nunca quise compararnos con Jesús. Además recordarás que en Estados Unidos nos quemaron todos los discos, nos satanizaron… digamos que con eso ya cumplimos.

—También dijiste que Jesús estaba bien, pero sus discípulos eran burdos y ordinarios. Y te recuerdo que yo era uno de esos discípulos.

—Y yo era uno de los Beatles… ¿qué querés que te diga? Estamos a mano.

—Quiero que me digas por qué cantaste “Imagine there’s no heaven”... No es por nada, pero viste, acá lo tenés a un paso el Paraíso. ¡Y encima después le pusiste “and no religion too”! ¿No será mucho?

—También canté sobre una hermandad de seres humanos, viviendo todos juntos en paz… ¿Tu maestro no predicaba algo parecido?

—Puede ser —gruñó San Pedro, que empezaba a convencerse pero no quería que se le notara.

—Bueno, ¿paso o no paso? ¿Infierno o Paraíso?

—Me vas a tener que contar algo primero.

—Te escucho, San Pedro.

—Hay un temita que nos tiene desvelados a todos, allá en la Nube Nueve. Hasta les hice una apuesta, aunque la verdad pensé que teníamos para rato antes de que llegaras y pudiera saber la respuesta.

—Preguntá sin más vueltas, San Pedro.

—¿Sería mucho preguntar qué le viste a Yoko Ono? —se animó el portero del cielo.

John sonrió suavecito. Se inclinó un poco para el costado y le dijo algo al oído a San Pedro.

El santo abrió la boca y los ojos como platos, pero no dijo ni una palabra. Se sacudió un poco la túnica, agarró las llaves del Paraíso y le dijo a John: “Pasá, pasá. Ya decía yo que eras un soñador”. §

Mar de Cartagena
Victoria Rossi

Birthday / The Sugarcubes

Salió a la superficie en el momento justo, logró tomar aire para aguantar un poco más la embestida de las olas que llegaban sin descanso, una a una. Sintió de golpe la extraña sensación de la caída y percibió su cuerpo agotado. Se dejó estar unos segundos flotando, sin moverse. Empezó a tragar agua, el gusto a sal iba invadiendo su garganta. Intentó ver algo más allá. Solo la acompañaban el ruido del agua y el devenir de las olas. Pensó que iba a morir joven; tenía tantos años por delante que sintió una profunda pena. De pronto, sin pensarlo, las imágenes de su vida empezaron a aparecer una a una, ordenadas con una impecable y estudiada exactitud: vio su nacimiento; a su madre llorando de felicidad; a sus hermanos reunidos en la casa esperando su llegada; el día que dio sus primeros pasos; la entrada al jardín de infantes; las clases de baile; el primer día de colegio; su primer diente caído. Las imágenes iban desfilando frente a sus ojos con una marcada precisión.

Miraba con cierta sensación de paz todo lo que iba apareciendo. Incluso lugares y personas que creía olvidados, en ese momento se hicieron presentes. Se alegró, el fin no le parecía tan trágico. Sin darse cuenta empezó a entregarse y a dejarse ir, estaba inmersa en una especie de remolino que parecía eterno. Su cuerpo cansado ya no ofrecía resistencia.

En ese momento empezó a descender a la profundidad del océano. Con extrañeza se dio cuenta de que podía respirar en el agua. El descenso seguía. La piel, de pronto, comenzó a arderle, no podía mirar hacia abajo, había algo que ejercía un tremendo poder y magnetismo en su cuerpo obligándola a mirar hacia la superficie. Tampoco podía moverse. Divisó una sombra, un reflejo de su cuerpo en el agua, distinguió un pálido movimiento, algo verde iba recubriendo su piel, una piel escama que jamás había visto. Sintió una extraña sensación de comodidad. Estaba protegida. Todo iba sucediendo con una tranquila naturalidad y una velocidad de un tiempo desconocido. Se acordó de los cuentos e historias que había leído en donde personajes mitológicos adquieren formas humanas o animales fantásticos se convierten en personas. Ahora le tocaba ser la heroína de su propia historia. Increíblemente y lejos de lo que hubiera querido, se había convertido en pez, en pez-sirena, sirena desconocida, no como las sirenas que quieren atraer a Ulises con su canto, sino más bien, sintió que ella era un Ulises errante, alejada de su patria, convertida en sirena.

Experimentó la paz de la profundidad de los tiempos y la belleza de las cosas más inciertas. Todo lo que la rodeaba ahora era totalmente diferente a su mundo. Se alegró.

Suspiró, y miles de diminutas burbujas salieron de su nariz, las vio flotar, juntarse y agruparse para emprender el viaje hacia la superficie.

La luz se filtraba creando una increíble transparencia. Había un silencioso movimiento de ritmos, danzas y música de colores, una serenidad que nunca había visto ni experimentado.

Sintió algo que estaba despertando en ella, lo sintió en su cuerpo y en su alma. Presagió una búsqueda y un deseo de hallar su lugar entre los lugares.

Y fue, en ese mismo instante, que comenzó a presenciar su propio nacimiento. §

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0+
Litres'teki yayın tarihi:
15 kasım 2024
Hacim:
207 s. 12 illüstrasyon
ISBN:
9789876918954
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
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