Kitabı oku: «Epítome de la historia de Tito Livio»
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 278

Asesores para la sección latina: JOSÉ JAVIER ISO y JOSÉ LUIS MORALEJO .
Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por SALVADOR NÚÑEZ ROMERO -BALMAS .
© EDITORIAL GREDOS, S. A.
Sánchez Pacheco, 85, Madrid, 2000.
www.editorialgredos.com
REF. GEBO363
ISBN 9788424932947.
INTRODUCCIÓN
I. LA OBRA Y SU CONTENIDO
El breve texto conocido desde la Antigüedad 1 con el nombre de Epitome de Tito Livio bellorum omnium annorum DCC, cuyo Prólogo equipara la vida del pueblo Romano hasta Augusto con las cuatro edades de un hombre, consta de dos libros de diferente extensión: el primero, de 47 «capítulos», con otros tantos epígrafes, incluye la infancia, época real; la adolescencia, con la progresiva conquista de Italia y las «cuatro» primeras «sediciones» (s. v); y parte de la juventud con los grandes triunfos de los ss. III-I —el último, el de la Galia—, aunque se cierra con la derrota de Craso por los partos. El segundo, de sólo 34, con algún título más (II 16 [IV 6]), se abre con otras «cuatro» seditiones, las gracano-drusianas, y acaba con las guerras de pacificación de Augusto y su tarea de restauración interior; el cierre del templo de Jano, la paz con los partos, tras la devolución de las enseñas capturadas en Carras, y la concesión al Princeps del título de Augusto son las últimas referencias cronológicas fechables, la primera, como veremos (cap. III), bastante ambigua.
Mientras esos diferentes «capítulos» pretenden organizar y encuadrar el relato, los epígrafes —debidos a notas marginales de algún comentarista 2 — apuntan su contenido, en ocasiones, con notable falta de pericia: por excesiva generalización (I 3 [9]; …); o porque la elección de un enemigo supone el olvido de otros (I 37 [III 2];…). Y tampoco hay concordancia exacta entre ellos y los que, a modo de índice, abren cada libro 3 . De su monótono enunciado, sólo escapan unos pocos 4 , los más interesantes de los cuales son las dos anacephalaeoseis (I 2 [8]; I 47 [III 12]), grecismo que indujo a considerarlos propios de un gramático del siglo IV 5 . En cualquier caso, lo peor es su propia inserción que, además de romper muchas veces la estructura interna de los propios bloques, destroza la general del relato, sólo perceptible si se prescinde de ellos y se lee el texto como la unidad cerrada, compacta e indivisible que su autor debió concebir.
Frente a esta reciente división en dos libros, debida al Bambergensis (cap. XI), los códices de la clase C , que seguían la versión de un copista probablemente influido por la división en edades del Prólogo, los ampliaban a cuatro 6 : I 1-17 / I 18-35 / I 36-II 11 / II 12 [IV 1]. Pero, como una simple ojeada permite advertir —incluso la senectud, que, como tal, no se relata, se incluye—,tal división plantea muchos problemas. En cambio, la doble, ajustada a guerras exteriores (libro I) y civiles (II), podría «responder a la convicción profunda del autor» 7 , de acuerdo con ciertos pasajes (I 34 [II 19], 5; I 47 [III 12], 14). Sin embargo, también presenta fisuras, más o menos justificables según los defensores o detractores de la idea: en el libro I, el capítulo 17 recoge las «sediciones» del siglo V ; y el bloque final del dedicado a «política interior» (II 22-33), pasa revista a las luchas de Augusto contra los pueblos extranjeros, incluida la derrota de Varo. O el autor no se atuvo rígidamente a tal idea, o la interpretación no es la más ajustada. De hecho, la desproporción entre la longitud de ambos libros es notable; y dos de las edades, con la mitad de la tercera, quedan incluidas en el primero. Además, no hay eco de tal planteamiento en el Prólogo, donde el autor define su proyecto con un in brevi quasi tabella (§ 3; cap. IV), que parece excluir a priori la división.
Lo cierto es que la elaborada configuración del texto no parece haber sido intuida por quienes lo fragmentaron. Realmente, el eje del Epítome es el crecimiento del Imperio, desde la fundación de la Ciudad hasta que, tras las convulsiones del último siglo de la República, a los setecientos años de su nacimiento, Augusto acaba la conquista del orbe y pone fin a la conflictividad interna. Es la tradicional división analística romana —hábilmente renovada eso sí (cap. VI)—, la que incardina la narración; sólo que las cuestiones interiores, cada vez más graves, acaban desembocando en las guerras civiles del último tercio de la obra hasta que Augusto acaba con ellas, como acaba por dominar el orbe, pese a la derrota de Varo. Es verdad que el epitomador distingue en la tercera edad unos primeros años «dorados», coincidentes con las grandes victorias —Cartago, Corinto y España—, y otros «férreos», abiertos con las sangrientas reformas gracanas (I 34 [II 19], 2-3). Pero esa dramática antítesis entre el «siglo de oro/siglo de hierro», cuyo punto de inflexión es la destrucción de Numancia y las primeras infamias de Roma contra sus rivales 8 , responde sólo a un hábil procedimiento retórico que anuncia la etapa de crisis éticopolítica de los últimos años de la República a la que pondrá fin la reconstrucción augustea 9 . A resaltar esa unidad contribuye la artística conjunción de diferentes esquemas que, olvidando, o relegando, la secuencia cronológica, engarzan los distintos bloques; algo que, lamentablemente, no podemos recoger aquí.
II. EL AUTOR Y SU OBRA
Del autor del relato ni siquiera sabemos si el nombre del Nazarianus que suele dársele, Lucius Annaeus Florus, es el auténtico. De hecho hay cinco «Floros» en unos años relativamente próximos 10 , que plantean la duda de su posible fusión en uno:
1.°) El Lucio Aneo o Aneo Floro, a quien la mayoría de los manuscritos adscriben el Epítome y cuyo gentilicio lo ha ligado tradicionalmente con los Séneca 11 . En el Bambergensis, tal nomen —sin praenomen — se convierte en Iulius : corrección, error de transcripción —IULI/LUCI; IVL(ibri) 12 —, o inserción posterior 13 . Un reciente intento de revitalización de una antigua hipótesis 14 lo identifica con el Julio Floro recordado por Horacio en sus Epístolas (I 3, 1-2; III 2, l) 15 , uno de los jóvenes literatos que acompañaron a Tiberio en su viaje a Asia, cuando fue enviado por Augusto para colocar a Tigranes en el trono de Armenia —en el 20 a. C., fecha aproximada de las dos Epístolas —. El tantum operum pace belloque del Prólogo (§ 1) recogería la invitación del poeta (I 3, 7-8), y la fecha de composición oscilaría entre el 14-16 d. C: el terminus ante quem, la recuperación de las águilas de Vero por Germánico; el post quem, la consecratio de Augusto. Ese ilustrado personaje podría ser el orador mencionado por Quintiliano —tío paterno de su amigo Julio Segundo 16 —, tal vez también el citado por Séneca en sus Controversias (IX 25, 258).
2.°) Como Publius —PANNIUS en los mss.— firma el autor del diálogo Vergilius orator an poeta (V.O.A.P). Descubierto por Th. Oehler en el Bruxellensis 10677 (del s. XII ; hoy 212) y publicado por primera vez por F. Ritschl, según su hipótesis habría sido la introducción de las poesías que se le atribuyen (infra) 17 . Es un fragmento de una típica producción retórico-escolástica en la que parece debatirse si Virgilio debía ser considerado representante de uno u otro género, aunque Paul Jal se preguntaba —relacionándolo con el Diálogo de los oradores de Tácito, y con todas las limitaciones que impone su brevedad—, si, en lugar de ese ejercicio, no habría que pensar en un examen en profundidad de las relaciones entre la retórica y la poesía 18 .
El pasaje recoge una conversación sostenida en Tarragona, en el pórtico de un templo, entre el autor, responsable «de un poema que no habría alcanzado el premio en los Juegos Capitolinos», y «un Bético», espectador de ellos, que, al reconocerlo, lamenta su pérdida del galardón debida a su índole africana. La discusión sobre a qué Juegos y a qué «famosísimo triunfo sobre la Dacia que había provocado el entusiamo en el Foro» (I 4 y 6) se alude, se ha resuelto con alguna coincidencia, bastante generalización y poca seguridad. Camillo Morelli, pensando que el poema de la competición lúdica debía hacer referencia a tal triunfo, apuntaba al primero de Trajano (102), a propósito del cual, dada la semejanza de circunstancias, se habría reactualizado el Carmen dacicum compuesto en el 90 19 . Jal, negando la conexión, prefería los del 94, cuando el muchacho —puer y verecundus; y receptor de subsidios paternos para viajes y supervivencia— tendría unos 16 años; durante el Diálogo, entre el 102-103, estaría entre una máxima de 37 (86-107), y una mínima de 24 (94-102), por la que él se inclinaba.
Por lo demás, sus características literarias no difieren de las de la época trajano-adriánea, ni de las del Epítome mismo, con el que coincide en la simpatía por Hispania (III 6), y el papel de la Fortuna (I 8); su emblemático giro, «pueblo vencedor de naciones» (I 7); o el omnipresente quasi (I 2) 20 , entre otros 21 .
3.°) Un tal «Floro» al que se adscriben unos epigramas —cinco hexámetros, consagrados al ciclo de la rosa, y veintiséis tetrámetros trocaicos—, agrupados en ocho piezas de dos o cuatro versos bajo el título ‘FLORI de qualitate vitae’, transmitidos por el codex Salmasianus y recogidos por A. Riese en su Anthologia Latina: el 87 y los 245-252 22 . Sin poder detenernos en los diferentes juicios de los críticos sobre ellos 23 , recogemos el uso del Epitome del término transmarinus 24 que abre el 250, Sperne mores transmarinos…; y, viceversa, el colorido poético del resumen histórico.
Y el romántico poema titulado Pervigilium Veneris 25 , que, en noventa y tres septenarios trocaicos, celebra, en honor de Venus como estimuladora de la procreación vital, el nacimiento de la primavera con la floración de las plantas y la natalidad de los animales. Descubierto por Pierre Pithou y publicado en 1577, su autoría se ha atribuido a personajes de este siglo II —Floro, Apuleyo o Julia Balbila, nieta de Antíoco IV de Comagene, acompañante de Adriano en Egipto (130)—; del III (Tiberiano) y IV (Nemesiano, Nicómaco Flaviano o Sidonio Apolinar); o del v, por el lenguaje y la métrica 26 . Pero, en los versos 13-26 aparece el tema de la rosa y su ciclo vital, objeto del poema 87 de la Antología; y Venus gozó de un clima especialmente favorable en época adriánea, atribuida al historiador. Hay, además una notable semejanza entre su fraseología y construcciones y las del V.O.A.P. y el Epítome; y se abre, incluso, con una famosa sentencia, Cras amet qui numquam amavit, quique amavit cras amet, tal vez una más en la brillante cuenta del historiador (cap. VI).
4.°) El Annius Florus con quien habría mantenido correspondencia Adriano, según Carisio: A. Florus ad divum Adrianum: «poematis delector» // Florus ad divum Hadrianum: «quasi de Arabe aut Sarmata manubias». El gentilicio, de fácil intercambio con el de Anneus, se ha puesto en relación con el de Marco Aurelio, M. Annius Verus, adoptado por Antonino Pío, justamente por orden de Adriano 27 ; el poematis delector evoca el interés del autor del V.O.A.P. por la poesía (III 8), e incluye el quasi típico del historiador, cuyas referencias a sármatas y árabes son frecuentes 28 .
5.°) Y un «Floro» al que el falso «Elio Espartiano» en su biografía de Adriano atribuye unos irónicos versos sobre los múltiples viajes del Emperador, a los que éste habría replicado con otros, cuya autenticidad ha sido también muy debatida: «A Floro, el poeta que le escribía, ‘Yo no deseo ser el César, pasearme por entre los britanos, esconderme [en fonduchas], y soportar las escarchas escitas’, le replicó ‘Yo no quiero ser Floro, pasear por las tabernas, esconderme en fonduchas, y soportar los hinchados mosquitos’» 29 .
Lo cierto es que la confluencia de datos parece apuntar a la unidad: tanto en la cronología —«No hay más que una docena de ‘Floros’ recogidos en la Prosopographia Imperii Romani; algunos no pertenecen al siglo II y muy pocos están claramente conectados con la Literatura» 30 —, como el estilo, o la métrica 31 . Pero la cuestión, dada por resuelta por unos 32 y mantenida en prudente reserva por otros 33 , también es objetada 34 . Como Baldwin concluía: «reunirlos … es una solución, pero no una solución perfecta» 35 .
De ser el historiador el autor del Diálogo, habría nacido en África, entre el 74-80, de familia acomodada (III 1); conocedor del griego, que había estudiado en Cartago 36 , habría participado en los Ludi Capitolini (86; 90; 94 37 ), con escaso éxito, puesto que el Emperador utilizó su lugar de origen como pretexto para negarle la corona (I 4), por lo cual, herido en su orgullo y abominando de la Urbe, se habría lanzado a recorrer el Mediterráneo, desde las islas hasta Egipto, para recalar, tras cruzar Alpes y Pirineos, en Tarragona (I 8), «feliz ciudad» 38 que lo acogió «fatigado» (II 1-3); ahí habría ejercido la enseñanza durante cinco años, con poco gusto al principio. Después, tras comparar su suerte con otros, su labor le habría parecido extraordinaria. Esa laudatio a la professio litterarum, que le ha permitido educar y deleitar a los niños «libres y de buena educación» con «poemas y ejemplos ro<manos>, que formen su espíritu y exciten su sensibilidad» (III 8) —probablemente, pues, relatos de tema histórico, que encajarían con el Epítome —, cierra la posible información. De hecho, el relato histórico ofrece pocas evidencias, incluso, o sobre todo, de la propia Urbe. Sí hay un claro interés por Hispania, cuya alabanza indujo a considerarlo oriundo de ella 39 ; un elogio a Campania (I 11 [16], 3-6), tal vez un simple tópico debido a la tradicional e incuestionable bonanza de la zona, o eco de Tácito (Hist. I 2, 2); y a Preneste, «delicioso lugar para el estío» (I 5 [11], 7), donde, casualmente, se retiraba M. Aurelio en tal estación; algo que se puso también en relación con la fecha de escritura de la obra.
Se ha inferido, no obstante, que en Tarragona, en el invierno del 122-3, se habría dado ese duelo poético con Adriano, que otros sitúan en Roma 40 , donde debió regresar en fecha incierta, tal vez abriendo una escuela de retórica, y moviéndose en los círculos político-literarios imperiales; con todo,del tono de la réplica de los versos de Adriano, Luigi Bessone deducía que, en esos momentos, todavía no se había distinguido notablemente por su obra, lo que contribuye a debilitar la tesis de la escritura del relato histórico en tiempos de Trajano 41 . A su juicio, compartido por Laslo Havas, el epitomador habría redactado su Epítome ya sexagenario, entre el 144-148, justo en torno a los eventos del centenario de la fundación de la Ciudad 42 , cuidadosamente preparado 43 , cuando su madurez creativa le habría permitido manejar los recursos escolásticos con la habilidad necesaria para convertir la obra en el unicum que leemos 44 .
III. EL TEMA DE LAS EDADES (PRÓL. 4-8) Y LA FECHA DE LA OBRA
El objetivo del Epítome, según su Prólogo, es referir las hazañas del pueblo romano a lo largo de sus setecientos años de historia, en una evolución pareja a las edades de la vida del hombre. La peculiar adaptación de Roma, siempre ligada a la naturaleza, de un tema como el nacimiento, decadencia y fin de los imperios —presente en las distintas culturas: desde Hesíodo (s. VIII ), en Los trabajos y los días (vv. 109-201), con los amargos sufrimientos que aguardan al hombre 45 , hasta el sueño de Nabucodonosor del Libro de Daniel (II 29-45; cap. 7)—, empieza a perfilarse en los Origines de Catón, para quien la fuerza del pueblo romano procede de una diversidad territorial y étnica que conduce a una poderosa unidad; un tópico que Floro recogerá (I 1 [3], 9), alejándose del énfasis liviano en el elemento itálico 46 . Es Livio (Pról. 9), sin embargo, quien, siguiendo los pasos de Cicerón y Salustio 47 , asigna a Roma fases o etapas atribuidas al hombre; luego, Veleyo comparará la decadencia de los Metelos a la de los pueblos (II 11, 3), observando, «sin menospreciar el cuidado de Catón», que «la ciudad de Capua crevisse, floruisse, concidisse, resurrexisse» (I 7, 4). Fue Varrón, por otra parte, según Servio, el que fraccionó la vida humana en cinco etapas: infancia, niñez, adolescencia, juventud, vejez 48 ; y uno de los Séneca, según Lactancio 49 , quien ajustó a ellas las edades de Roma. Ovidio prefirió aproximarse al ciclo anual de las estaciones (Metamorf. XV 199-229); y esa cifra del cuatro es la del Epítome y el poema 87 50 . Una división ligada al esquema de Posidonio 51 y Polibio (VI 5,4-10), que R. Häussler remitía también al De vita populi Romani del polígrafo reatino, aunque el fragmentario estado del pasaje no permita aventurar más que la hipótesis 52 . Amiano recogerá el punto de vista floriano, incluso en la oposición Virtus-Fortuna como motor del triunfo pasado (XIV 6, 3-6) 53 ; y Claudiano parece partir de ambos 54 . El pseudo Vopisco, en cambio (Hist. Aug. Vida de Caro 2-3), lo utiliza con ciertas, o notables, diferencias 55 . La tradición cristiana tenía la suya en el N. Testamento —la creación en «seis/siete» días; la aparición del Maestro en «tres» jornadas; las «cinco» de los viñadores;…—, sin desconocer la judía, ni la de sus enemigos, como demuestra Lactancio, considerando su edad como la última de la «decadencia de Roma»; o Tertuliano 56 , que, para sintetizar la historia de la humanidad redimida por Dios, regresará a la cuádruple orgánica. Floro, por su parte, responsable de la redistribución de la materia histórica, «habría roto (¿?) el punto de vista cíclico de Séneca, para quien la vuelta al gobernante único del Imperio es otra infancia» 57 .
Independientemente de esta cuestión, lo cierto es que en este pasaje los problemas parecen acumularse. En primer lugar, la duración de las edades en las cifras de los manuscritos más antiguos no coincide con las de otros parágrafos no susceptibles de error. En segundo, el ambiguo enunciado de la cuarta —«… desde César Augusto hasta nuestro siglo han transcurrido no mucho menos de doscientos años…, hasta que bajo Trajano movió sus yertos miembros y…, la senectud del Imperio comienza a reverdecer de nuevo…» (Pról. 8)—, complicado con las variantes textuales en los tiempos verbales, impide fijar con exactitud sus límites y determinar cuándo pudo escribirse el relato. De hecho, con los presentes se estaría aludiendo a la época de Trajano, al que no se aplica el adjetivo diuus —aunque tampoco a Augusto, y ya había muerto tiempo ha—. Pero, incluso de serlo, el presente histórico es un recurso muy habitual en el texto (Cap. VII). En cambio, con los perfectos del Bambergensis, o la antítesis perfecto-presente, garantía de autenticidad para Jal y Malcovati, se estaría haciendo referencia a Adriano o sus sucesores 58 .
En cuanto a la extensión de las edades según los guarismos de esos pasajes iniciales (§§ 5-7), la de la monarquía sería de cuatrocientos años (CCCC) —error excesivo dentro de las fechas tradicionales: 754/3-509=243/4—; y ciento cincuenta (CL), la de la segunda y tercera etapas. Para la adolescencia una nueva indicación añade que se extiende «… hasta el consulado de Quinto Fulvio y Apio Claudio» (§ 6), aparentemente los epónimos del 212, Q. Fulvio Flaco y A. Claudio Pulcro. Pero ello le otorgaría una duración de casi trescientos años; y la siguiente edad sólo podría tener los presuntos «ciento cincuenta» si se consideraba como punto final el año del nacimiento de Octavio (212-63=149), todo lo cual rompe los «doscientos» de la transmarina, con sus cien «de oro» y otros tantos de «hierro», y los «quinientos» que suman la monarquía y la adolescencia en los otros pasajes (I 18 [II 1], 1-2; I 34 [II 19], 2; I 47 [III 12], 2-3). Todo ello, junto a la posibilidad, muy probable, de un típico yerro en la transmisión textual, indujeron a Jal a rectificar el texto del Prólogo: Floro habría escrito, no una Q, sino una M, pensando en Marco F. Flaco, el cónsul del 264 junto con Apio Claudio Caudex; año al que el propio historiador se refiere con los «quinientos» pasados, anunciando los «doscientos» próximos (I 18 [II 1], 1-2). Estos siete siglos son los que, aproximadamente, comprende el relato (Pról. 1; II 34 [IV 12], 64). Los mismos de Livio (Pref. 4) y los que Orosio atribuye a los imperios precedentes hasta el nacimiento de Cristo (VII 2, 1-12; II 1, 4-6).
En cuanto al comienzo y fin de la cuarta edad, y la fecha de composición del relato, ese «… desde César Augusto… no mucho menos de doscientos años…» deja como punto de partida el margen de su vida: 63 a. C.-14 d. C. Pero, la primera, obviamente nunca tomada en consideración para sus dies imperii, implicaría introducir dentro de esa etapa múltiples sucesos que el mismo Floro asigna a la tercera. Además, sus celebrados triunfos exteriores (II 22-33 [IV 12]) no encajarían con la censurada inertia Caesarum (Pról. 8). En cuanto a la más baja, su muerte, plantea, entre otras objeciones 59 , la de por qué entre las dos últimas edades Floro excluyó su reinado. Por convicción o convención, esta cuarta debe comenzar con su reinado; cuál es el punto exacto de tal inicio, con la cuestión floriana al fondo, ha planteado una fina discusión que debemos obviar.
En cualquier caso, de todas las fechas barajadas, las más defendidas han sido el 31-27 y el 43. El primer bloque encajaría con la opinión de Apiano, Dión Casio, Veleyo o Tácito 60 ; en el 29, además, se produjo la primera de las tres clausuras del templo de Jano, tal vez por eso la más significativa 61 ; y Floro enlaza con ella la paz y la legislación moral de Augusto (II 34 [IV 12], 65), cuyo inicio podría fijarse en el 28, durante su consulado con Agripa; al tiempo, alude enfáticamente a la concesión del título de Augusto (§§ 65-66), que tuvo lugar el 27. Pero al 43, su primer consulado, se refiere él mismo en sus Res Gestae I 1, así como los mismos Tácito (Diálogo de Or. 17, 2) o Apiano (G. civiles III 87), Suetonio (Aug. 95) u Orosio (VII 2, 14). Estrictamente ello conduciría a la época de M. Aurelio, a la que «no muchos» 62 desean referir la obra 63 ; pero, con ciertas concesiones, opinaba Jal, podría ajustarse a la de Adriano (†138), igual que justificarse las otras objeciones: los hechos de la cuarta edad que no deberían haber sido recogidos 64 ; la inertia aplicada al Princeps 65 , etc. Y ciertamente, hacia el último decenio de tal reinado parecen inclinarse «los más» 66 .
En cambio, la época trajana, a la que apuntarían también el afecto por nuestra patria y el tono bélico de la obra —producto de la nueva fase, tras la conquista de la Dacia, pero antes de la aventura de Oriente, porque la mención del Éufrates es vaga 67 — parece olvidada. Más aún, la idea de su publicación en dos momentos distintos, bajo Trajano y Adriano, según el menor o mayor volumen pacifista de cada libro (I/II) 68 —como Baldwin resumía, «Floro es completamente contradictorio sobre los méritos de la paz y la guerra» 69 —. Y, pese al intento de Neuhausen (Cap. II), también la primera mitad del siglo I a la que apuntaban los tres famosos «anacronismos» que indujeron a F. N. Titze a suprimir las alusiones posteriores a Augusto considerándolas interpolaciones 70 :
a) La frase en que se mantiene la posesión por los germanos de dos de las águilas perdidas por Varo, la 17.a y 18.a (II 30 [IV 12], 38), tempranamente recuperadas según Dión o Tácito, y frente a cuyo testimonio Ernst Bickel defendía el del Epitome 71 . Algo que Jal explicó con una ingeniosa sugerencia, paralela a la que permite entender una extraña frase de La Farsalia: igual que aquí, años después de la conocida devolución (20 a. C.) de las enseñas arrebatadas por los partos a Craso, Lucano aseguraba que el enemigo «aún estaba pendiente de recibir el castigo debido» (VII 431), la de Floro sería una «confusión voluntaria» de corte retórico 72 . Algo que encajaría perfectamente con su estilo.
b) El silencio sobre el desastre de Herculano y Pompeya en el 79 (I 11 [16], 6), que, en realidad no es tal, puesto que Floro, al considerar al Vesubio «émulo del Etna» (I 11 [16], 5), no está sugiriendo que éstas «sigan en pie» 73 ; sólo «la actividad» del volcán.
c) El adverbio nuper aplicado a la derrota de Craso en Carras (I 5 [11], 8), que ha sido explicada de diferentes formas. Podría entenderse el «recientemente» en su sentido más genérico 74 . O considerar que con tal nombre no se aludiría al desastre crasiano, sino a una fortaleza fronteriza de la guerra pártica de Vero (165) 75 ; o la mesopotámica de Trajano (113-117) 76 . O, partiendo del otro término de la comparación, Faesulae, encontrar para ella una tragedia «similar» a la sufrida en Carras, como podría ser la de su destrucción en la guerra social (II 6 [III 18], 11) 77 .
En cualquier caso, tales anacronismos pueden siempre achacarse a una fuente, copiada sin cuidado por un «inepto compilador» 78 . Igual que el «hoy» 79 aplicado a Tívoli (I 5 [11], 7), que los defensores de la época adriánea aducen. Ciertamente, tal fecha lo explicaría con facilidad. Igual que el interés por Hispania; o el calificativo de inpia para la nación judia (I 40 [III 5], 30), que apuntaría a su rebelión del 132-135; además, justificaría el silencio de su nombre o dedicatoria en el Prólogo 80 ; o el «Vale más retener una provincia que conquistarla» (I 33 [II 17], 8), que criticaría el militarismo de Trajano, frente a su inteligente repliegue en Oriente 81 ; incluso una expresión como el aequum et bonum (II 2 [III 14], 3), cuyo paralelo sería la definición del Derecho de Publio Juvencio Celso en su reinado.
Pero, en un texto tan retórico como el Epítome, los argumentos político-militares se muestran tan insuficientes y ambiguos para decidir una cuestión tal, en un cierto margen, como los estilísticos. De ahí, entre otras razones, que ahora se defiendan los años iniciales del reinado de Antonino Pío, en el que el tono panegírico hacia Roma, la amplitud de horizontes político-literarios, o el valor del elemento geográfico como recurso estructural, con su brillante tonalidad, se hallan bien representados 82 ; y el ambiente literario de la corte adriánea habría dejado una huella indeleble en Floro, plasmada algo después. Incluso el elogio de Hispania se esclarecería a través de M. Aurelio, adoptado por él. Además, Havas añadía la teoría de István Hahn sobre el milenarismo 83 : Floro no se habría equivocado en las extrañas cifras del Prólogo; pretendería disponer los períodos de la historia de Roma en un proceso regular decreciente —400-300 (150-150)-200 [100] 84 —, apuntando al novecientos. Tal interés sólo se explicaría por el deseo de enlazar la obra con el magno aniversario de la fundación de la Ciudad. El Epítome sería un magnífico ejemplo de celebración de la magnitudo imperii de Roma 85 , a través de la evocación del pueblo-rey.
IV. EL TÍTULO DE LA OBRA: EPITOMA DE TITO LIVIO
Este título no parece genuino, pese a ser ya conocido en la Antigüedad 86 y el transmitido por la mayoría de códices —algunos no incluyen ninguno; otros, el genérico Liber, con alguna adición a veces 87 —. Tal vez lo favoreciera el carácter aparentemente próximo de ambas obras —el Epitome precede con frecuencia a las Periochae livianas, adjudicadas a Floro en cinco manuscritos 88 —, o el interés por asegurarse la atención acudiendo al prestigio del paduano. Con todo, ya Jahn y Rossbach, y luego Jal advirtieron que si el autor hubiera querido marcar tal relación lo habría citado en el Prólogo.
Las conjeturas para reconstruir el auténtico han sido múltiples, en general partiendo de los diversos giros de este pasaje inicial: de las res Romanae o res gestae, y del «setecientos» (§ 1), cifra «voluntariamente errónea», para Terzaghi, en lugar de los setecientos veinticinco a los que apunta la primera clausura del templo de Jano, y sólo explicable como un redondeo consciente en íntima relación con él 89 . Del término bella (§ 2) 90 —aunque Floro hablaba del pace belloque» (§ 1), y centrarse en un solo elemento contraría su indicación 91 —. Pero por él se inclinaba, entre otros, C. Wachsmuth 92 , basándose en el pasaje de La Ciudad de Dios (III 19, 1) que recoge el de la segunda guerra púnica floriana (I 22 [II 6], 1), y en el que se alude a Floro como laudator imperii Romani; a partir de él, en una nueva complicación, se propusieron los de Laus Romae/imperii; o Breviarium laudativum rerum populi Romani 93 .
Del in brevi quasi tabella (§ 3) partieron otros. Rossbach apuntaba el de Epitomae rerum a populo Romano gestarum libri II 94 —por considerarlo semejante al compuesto por Apuleyo, según Prisciano—, planteando el problema adicional de la identidad o diferencia de los términos Breviarium o Epitome, y el carácter de la obra 95 . De ahí, en parte, la compleja teoría de Neuhausen (cap. II), con modificaciones sucesivas en el de Rerum gestarum populi Romani brevis tabella /Breviarium… 96 . Jal, por su parte, puso el énfasis en el tabella (§ 3); aducía la presencia del término en Juvenal (X 157-8) y Jerónimo, que parecía haber copiado la frase floriana (Epíst. 60, 7), y las expresiones con que se destaca el carácter visual del proceso, luego corroborado en el relato 97 . Pero aunque éste le dé la razón —el lector del Epitome «non… deba capire: debe vedere» 98 —, como título no tiene paralelo, y Juvenal o Jerónimo —que, además, no incluye el quasi de Floro 99 — no son decisivos. Conocer el Prólogo y la obra no significa que éste usara el término como título 100 .
En cualquier caso, el Epítome no es tal, si por el término se entiende «un simple resumen» de Livio, con una mínima adición de otras fuentes, y sin elaboración propia. Ni Floro lo sigue con fidelidad, ni nadie puede negarle una originalidad extraordinaria en la selección, distribución y recreación formal de la materia histórica, como vamos a ver.