Kitabı oku: «El cuaderno secreto»

Yazı tipi:

Título original: The Maisky Diaries. Red Ambassador to the Court of St James’s. 1932-1943.

© Gabriel Gorodetsky, 2015.

© de la traducción: Jorge Rizzo, 2017.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2017.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: ODBO136

ISBN: 9788490568996

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

INTRODUCCIÓN

EL NACIMIENTO DE UN DIPLOMÁTICO

PRELUDIO

1934

1935

1936

1937

1938

1939

1940

1941

1942

1943

EL FIN DE UNA ERA:

EL PRECIO DE LA FAMA:

AGRADECIMIENTOS

CRÉDITOS DE LAS ILUSTRACIONES

NOTAS


1. Maiski en estado puro, con pluma y papel.

INTRODUCCIÓN

Don Diego Sarmiento de Acuña, conde de Gondomar, fue embajador español en Londres entre 1613 y 1622. A pesar de la gran hostilidad entre Gran Bretaña y España tras la guerra de 1585-1604, el conde de Gondomar consiguió cultivar numerosas amistades íntimas en la corte del rey Jaime I. Más de trescientos años después, en 1942, saltó la alarma en los pasillos del Foreign Office. «Es la primera vez desde Gondomar —advertían— que un embajador extranjero interfiere tanto en nuestros asuntos internos como Maiski /.../ No le ponen restricciones, puede hacer prácticamente lo que quiera y está haciendo un amplio uso del acceso libre a todos los ministros del Gobierno y otras personalidades».

El singular y fascinante diario de Iván Mijáilovich Maiski, embajador soviético en Londres de 1932 a 1943, es uno de los pocos libros personales escritos por un dignatario soviético en la década de 1930 y durante la Segunda Guerra Mundial. Iósif Stalin desaconsejaba a sus colaboradores que pusieran las cosas por escrito, y no dejaba que tomaran notas durante las reuniones en el Kremlin. Escribir un diario era una iniciativa arriesgada en una época en que la gente, muerta de miedo, se dedicaba a quemar papeles y archivos. Los diarios eran particularmente vulnerables, algo buscado por la policía cuando registraba las viviendas de los sospechosos de ser «enemigos del pueblo». De hecho, los diarios de Maiski acabaron en manos del Ministerio de Seguridad del Estado, junto con su vasto archivo personal, después de ser arrestado en febrero de 1953 (dos meses antes de la muerte de Stalin) acusado de espiar para Gran Bretaña. Tras su indulto en 1955, Maiski se embarcó en vano en una larga campaña para recuperarlos. Sus ruegos fueron desoídos por el Ministerio de Asuntos Exteriores, que alegaba que el diario «contenía material oficial». Se le dio solo un año de acceso limitado, mientras escribía sus memorias, pero se le negó el acceso a cualquier otro material de archivo. Durante décadas, el diario estuvo fuera del alcance de los investigadores.

A menudo los descubrimientos académicos se producen por coincidencias. En 1993, con el patrocinio de los ministerios de Asuntos Exteriores israelí y ruso, inicié un proyecto de investigación que culminó con la publicación oficial conjunta de documentos sobre las relaciones soviético-israelíes. Es difícil describir la emoción que sentí cuando, al buscar información sobre la participación de Maiski en la decisión soviética de apoyar el plan de partición de Palestina en 1947, el archivista del Ministerio de Asuntos Exteriores ruso salió del archivo con el voluminoso diario de Maiski correspondiente al ajetreado año 1941. Nunca había salido de los archivos soviéticos un documento de tal envergadura, valor y dimensiones, capaz de arrojar una nueva luz sobre la Segunda Guerra Mundial y sus antecedentes. Hojeando el volumen, me sorprendió la inmediatez y franqueza de Maiski, la sagacidad y perspicacia de sus interpretaciones, y su espléndida prosa. Al final resultó que el diario tenía más de medio millón de palabras, que reflejaban de forma llana y detallada las observaciones, actividades y conversaciones del ubicuo embajador soviético en Londres. Maiski pasaba a máquina las impresiones del día al llegar la noche, aunque también hay entradas escritas a mano (algunas de las cuales, curiosamente, no figuran en la edición rusa) que en muchos casos escribió lejos del atento œil de Moscou que controlaba su despacho en la embajada.


2. Página de muestra del diario de Maiski: Eden le advierte de un posible ataque sorpresa alemán a Rusia, el 12 de junio de 1941.

En la Yale University Press valoraron la importancia del diario y accedieron generosamente a publicarlo completo, con mis comentarios, en tres volúmenes. La presente versión abreviada, editada especialmente para el público español, incluye todas las entradas que tienen que ver con España y lo esencial de los tres volúmenes. Las partes omitidas están indicadas con unos puntos suspensivos entre barras inclinadas: /.../. En los casos en que el propio Maiski usó los puntos suspensivos, aparecen sin esas barras. Cuando Maiski emplea una palabra (o una frase) en inglés, esa palabra aparece en cursiva (las normas editoriales también dictan que la cursiva se use para casos como el de los nombres de los periódicos o de los barcos); y cada vez que subraya una frase para darle mayor énfasis, hemos mantenido el subrayado.

Obviamente, resultaba tentador reducir la intervención editorial al mínimo y permitir que fuera Maiski quien contara su propio relato. No obstante, parecía indispensable añadir el contexto, teniendo en cuenta las duras condiciones en las que él debía escribir —lo que le obligaba a dejar muchos espacios en blanco en un relato que, por lo demás, era rico e informativo— cuando los vientos de tormenta empezaban a acercarse a la puerta de su propia embajada. Ante el temor de que el diario fuera confiscado, impidiendo así el acceso a futuras generaciones, Maiski conservaba al menos tres copias. Los comentarios, pues, no se limitan a la habitual práctica de aportarle al lector las herramientas de apoyo básicas. La labor editorial suponía, inevitablemente, una reconstrucción de los huecos y los elementos perdidos del diario, junto con el desarrollo del contexto histórico. Eso exigía una profunda investigación en los archivos, tanto rusos como occidentales. Los apuntes de Maiski se yuxtaponían con la voluminosa correspondencia de sus archivos privados —que yo descubrí en Moscú—, así como con los telegramas que envió al Ministerio de Asuntos Exteriores ruso (Narkomindel) y los informes de sus interlocutores en cada encuentro. Todas las referencias documentales aparecen en los tres volúmenes de la edición de Yale University Press. También tuve el privilegio de poder acceder a los álbumes de fotos personales de Maiski: algunas de las imágenes —muchas de las cuales reflejan los hechos descritos en el diario— aparecen aquí reproducidas. En numerosos casos comunican lo que no podría expresarse con miles de palabras. Estoy muy agradecido al doctor Alexéi D. Voskressenski, sobrino nieto y heredero de Maiski, por permitirme compartir con los lectores la mirada de Maiski, increíblemente personal y a veces tan íntima.

Este diario no es en absoluto el típico diario soviético, un vehículo para la «perfección personal» fomentado por el régimen como medio de educación política y transformación personal. Es un diario privado, que las autoridades soviéticas clasificarían de «inherentemente burgués», ya que trata con amplitud de la esfera personal de quien lo escribe, en lugar de ser un ejercicio de autocrítica para convertirse en un buen comunista. Es un testimonio del papel capital que desempeñaron las amistades personales, los conflictos y las rivalidades en la política soviética temprana, y va más allá de las controversias políticas e ideológicas. Confirma que la sociedad y la política soviéticas no pueden describirse sin recurrir al factor humano, que pone al descubierto vínculos personales desconocidos. Aunque proclama el compromiso de Maiski con el comunismo de forma manifiesta, sigue la tradición de los diarios escritos por los intelectuales «burgueses» occidentales. De hecho, dejando de lado las evidentes diferencias culturales, recuerda al diario de Samuel Pepys en su astuta observación de la escena política y social británica, salpicada de anécdotas y cotilleos. Al igual que Winston Churchill, Maiski sorprende al ensalzar el papel de los «grandes hombres» de la historia. Reconoce el carácter extraordinario de los acontecimientos en lugar de seguir la interpretación marxista, que somete lo individual a patrones sociales de un rango mayor. Lo más revelador son las repetidas manifestaciones evasivas en el diario: «Veremos», poderoso reconocimiento de la dinámica de la historia, en ocasiones salpicada de una visión determinista del inevitable éxito del movimiento revolucionario socialista, aunque el momento y la naturaleza de la revolución siempre quedan en un punto muy lejano e indefinido. Lejos de quitar importancia a «la “contribución personal” a la gran causa general», Maiski defendía abiertamente en una carta a Gueorgui Chicherin, comisario del Pueblo para Asuntos Exteriores, que era «innegable que la “personalidad” desempeña o puede desempeñar un cierto papel en la historia. A veces, incluso uno nada desdeñable». Al describir una reunión crucial con Churchill, en septiembre de 1941, cuando el destino de Moscú pendía de un hilo, escribió:

He salido de casa un cuarto de hora antes de la hora acordada. Había una luna espléndida. Unas nubes de formas fantásticas cruzaban el cielo de oeste a este. Cuando cubrían la luna y los bordes se iluminaban de rojo y negro, todo el cielo adoptaba un aspecto lúgubre y tenebroso. Era como si el mundo estuviera en la víspera de su destrucción. Mientras recorría aquellas calles tan familiares he pensado: «Unos minutos más, y nos encontraremos en un momento de importancia histórica, quizá decisivo, del que pueden derivar profundas consecuencias. ¿Estaré a la altura de la ocasión? ¿Poseo suficiente fuerza, energía, astucia, agilidad e ingenio para interpretar mi papel y obtener el máximo beneficio para la Unión Soviética y para la humanidad?».


3. Churchill y Maiski dan forma a la historia.

El diario cubre un período dramático y crucial, y trata un amplio abanico de temas. Queda patente que fue escrito pensando en la posteridad, y con la conciencia de que Maiski ocupaba un papel central en el proceso. El diplomático ruso se encontró en una posición destacada en una serie de acontecimientos que —mucho antes que los demás— entendió que arrastrarían a Europa a una nueva conflagración mundial. Se recrea con el cambio de política exterior soviética en los primeros años treinta y en los motivos para unirse a la Sociedad de Naciones en aras de la «seguridad colectiva». Fue Maiski quien por primera vez alertó a Moscú acerca del peligro del «apaciguamiento». Intentó por todos los medios armonizar los intereses soviéticos y británicos. Su labor, no obstante, se vio dificultada en gran medida cuando Neville Chamberlain ocupó el cargo de primer ministro, en 1937, e impulsó la «política de apaciguamiento», mientras que en Moscú se llevaban a cabo feroces purgas. Las voluminosas entradas de 1938 permiten entender mejor los acontecimientos previos a la Conferencia de Múnich y sus devastadoras repercusiones para la seguridad colectiva, así como para el destino personal y político de Maiski y de Maksim Litvínov, comisario soviético para Asuntos Exteriores. El diario de 1939 revela la tremenda presión psicológica que tuvo que soportar Maiski en sus desesperados intentos por acelerar la firma de un acuerdo tripartito entre la URSS, Gran Bretaña y Francia, con el fin de frenar la deriva soviética hacia el aislamiento. Revela la frecuencia con la que se encontraba en desacuerdo con su Gobierno, lo que desembocó en una tormentosa reunión en el Kremlin el 21 de abril, en la que tanto él como Litvínov fueron duramente criti - cados y que llevaría a la destitución del segundo dos semanas más tarde. El diario también pone al descubierto la confusión que se extendió entre los diplomáticos soviéticos tras la firma del Pacto Ribbentrop-Mólotov y refleja la transición de Gran Bretaña de la paz a la guerra.

Igualmente apasionante es la descripción que hace Maiski, como forastero bien informado, de Londres durante el Blitz y de sus frecuentes encuentros privados con Churchill y Anthony Eden. Sus impresiones de la guerra revisten un gran valor. Aunque el ministro de Asuntos Exteriores británico tenía la costumbre de conservar un registro de sus reuniones con los embajadores, no hacía lo mismo el primer ministro, por lo que en los archivos británicos no hay constancia de las muchas conversaciones cruciales que tuvieron Maiski y Churchill antes y durante la Segunda Guerra Mundial. Así pues, las únicas crónicas que han quedado para la posteridad son los relatos detallados e inmediatos que introducía Maiski en su diario, y sus telegramas al Ministerio de Asuntos Exteriores, más sucintos. De este modo, el diario se convierte en una fuente de información indispensable, que reemplaza los relatos retrospectivos —tendenciosos e incompletos— en los que se han basado los historiadores hasta ahora. No sería exagerado sugerir que el diario reescribe una parte de la historia que pensábamos que conocíamos.


4. Forjando la Gran Alianza. Maiski y Churchill brindan con vodka.

Maiski desempeñó un papel crucial en la definición de la política soviética en relación con España durante la Guerra Civil y fue un destacado miembro del Comité de No Intervención establecido en Londres, tal como demuestra claramente el diario. La Guerra Civil española sigue siendo un tema muy polémico. Uno de los asuntos más enigmáticos, que los historiadores tienden a interpretar según su credo político particular, es la naturaleza de la implicación soviética en la guerra. ¿Realmente apoyaba Stalin las expectativas de los revolucionarios, o su política era puramente oportunista, en defensa solo de los intereses nacionales soviéticos? La duda refleja en gran medida la inconsistente respuesta soviética a la Guerra Civil. El desafío ideológico planteado por Trotski y sus seguidores en España obligó a Stalin a mantener de cara al exterior una fachada ideológica, ocultando al mismo tiempo sus objetivos reales, que se correspondían con las premisas de la política exterior estalinista, formulada hacia el final de la década de 1920, la cual reconocía el predominio de los intereses nacionales por encima de las aspiraciones ideológicas.

Las relaciones diplomáticas establecidas a mediados de los años veinte entre Occidente y la Unión Soviética eran, en el mejor de los casos, una tregua precaria que a duras penas conseguía ocultar una hostilidad mal reprimida. Durante toda esa década, la URSS era percibida como la ciudadela de la revolución mundial, a pesar de los intentos desesperados del Kremlin por quitarse de encima esa imagen. El Foreign Office británico se mantenía escéptico con respecto al antagonismo con la Alemania nazi declarado por Stalin a partir de 1932. El vizconde Chilston, embajador británico en Rusia, quitó valor a la nueva política soviética, llamándola «no un cambio de corazón /.../ sino un cambio de táctica», y reiteraba que «la revolución mundial sigue siendo, como siempre, el objetivo final de la política de la Komintern». Del Frente Unido dijo que era «un moderno caballo de Troya». La Guerra Civil española amenazaba con potenciar la imagen revolucionaria de la Unión Soviética. El miedo a que los comunistas o incluso los anarquistas controlaran el estrecho de Gibraltar —cordón umbilical con el imperio— se impuso a cualquier preocupación que pudieran tener por los valores democráticos en una España amenazada por los generales profascistas. Incluso antes de que estallara la Guerra Civil, el Foreign Office estaba obsesionado con el miedo de que España se convirtiera en el objetivo de la revolución comunista. Hasta aquel momento, los intentos de Litvínov por movilizar las democracias habían tenido un éxito moderado. De hecho, lo último que deseaba Stalin, al intentar construir una coalición internacional de estados contra Alemania, era que estallara una revolución en Europa occidental, sobre todo una probablemente abocada al fracaso y que solo serviría para legitimar la petición de Adolf Hitler de establecer una cruzada conjunta contra el comunismo.

Ya en 1927, dando prioridad a los intereses nacionales rusos y a la Realpolitik por encima de la ideología, Stalin difícilmente podía ver en el débil, fracturado y anarcosindicalista Partido Comunista de España (PCE) el heraldo de una revolución exitosa. El material documental ahora descubierto en Moscú demuestra que desde el principio la idea de potenciar una revuelta de orientación comunista en el Marruecos español, a espaldas del general Francisco Franco, quedó anulada por orden de Moscú para no ofender a los franceses, que eran los poderosos colonialistas de la costa norte de África. El principal interés soviético era no provocar al Gobierno galo ni socavar sus esfuerzos por mantener un frente unido en Francia.

Efectivamente, las elecciones generales españolas de febrero de 1936, que llevaron a la formación de una coalición de clase media bajo el Gobierno de Manuel Azaña, jefe del Gobierno y luego presidente de la Segunda República, no hacían prever grandes reformas para la clase obrera. Al no albergar expectativas revolucionarias con un gobierno considerado «burgués», el Kremlin buscó enfriar el entusiasmo de sus camaradas españoles, a los que advirtió repetidamente que sucumbir a la provocación de los trotskistas y anarquistas precipitaría acontecimientos dañinos para el movimiento revolucionario. Aunque los rusos daban su apoyo a la reforma agraria de Azaña, sobre todo como maniobra táctica para conseguir el respaldo de los campesinos, dejaron claro que «la creación de un poder soviético no [estaba] en el orden del día». Las expectativas oportunistas soviéticas se reflejan en las instrucciones dadas al partido de subrayar la naturaleza «antifascista» de su misión. Una lectura crítica de los numerosos estudios recientes sobre la implicación soviética en la Guerra Civil confirma el veredicto que daba, con carácter retrospectivo, Maiski en sus Spanish Notebooks («Cuadernos españoles») de que el objetivo de Stalin era situar a la España republicana bajo la influencia del Kremlin y orientar sus políticas en ese sentido. Mientras la «burguesía» se mostrara comprensiva con los intereses nacionales soviéticos, gozaría del apoyo de Moscú, independientemente de su agenda social y política. El debate se centraba más en la naturaleza de la gobernabilidad política de España que en los medios para conseguirla.

En sus autobiográficas Spanish Notes («Notas sobre España»), Maiski presentaba la intervención soviética en la Guerra Civil como una conclusión inevitable del dilema en que se hallaba la República Española. Ese planteamiento era el típico intento retrospectivo de la Unión Soviética de exonerarse de las acusaciones de la izquierda por mostrarse tan vacilante, pasiva y siempre a remolque. El diario de Maiski, no obstante, revela lo mucho que tardaron los rusos en reconocer la magnitud y las repercusiones de los acontecimientos que tenían lugar en España. En sus memorias admitía abiertamente que:

En el pasado nunca había tenido ningún interés particular por España. A decir verdad, no sabía mucho sobre el país. Las pinturas de Velázquez y Goya, las figuras de Colón y Cortés, los fuegos de la Inquisición, el Don Quijote de Cervantes, las novelas de Blasco Ibáñez... eso, prácticamente, es todo lo que me viene a la cabeza al pensar en España. Y no es algo fortuito. A lo largo de los siglos, los caminos de Rusia y de España no se han cruzado en ningún momento. Los dos países nunca han tenido ningún tipo de contacto, ni amistoso ni hostil.

El golpe de Estado del general Franco sin duda pilló por sorpresa a la cúpula soviética, que ni siquiera tenía representantes diplomáticos en España. Atrapados entre la espada y la pared, no acababan de definir su posición con respecto a la Guerra Civil. En agosto de 1936, los franceses propusieron un Comité de No Intervención entre las grandes potencias. Litvínov presionó para que fuera aceptado, no solo por las limitaciones geográficas, que habrían hecho que la ayuda soviética resultara menos efectiva que la italiana o la alemana. Se temía que la intervención germana e italiana acabara contando con el apoyo anglo-francés, al presentarse como un modo de frenar el comunismo en España. Maiski esperaba que, uniéndose al comité, la URSS formara un bloque con Inglaterra y Francia. No obstante, la escalada de la ayuda militar alemana, italiana y portuguesa a los sublevados, a pesar de formar parte del comité, condujo a un cambio de postura en Moscú. El 7 de septiembre, Litvínov le rogó personalmente a Stalin que renovara los compromisos con Francia y Checoslovaquia, donde —le advirtió— se estaba extendiendo a toda velocidad el derrotismo. Aunque sin gran entusiasmo, el Politburó aprobó las recomendaciones de Litvínov; pero Stalin, animado por Maiski, intervino en pro de una acción a favor del bando republicano más decidida de lo que le habría gustado a Litvínov. En tres ocasiones, los días 7, 12 y 23 de octubre, Maiski advirtió a los miembros del Comité de No Intervención que si Alemania, Italia y Portugal seguían proporcionando armas a los sublevados, el Gobierno soviético «no se consideraría vinculado» al pacto. El 15 de octubre, Stalin envió un telegrama al PCE, publicado en Izvestia, animando a la resistencia contra «los reaccionarios fascistas».

Previamente hubo una consulta con el veterano diplomático soviético Marcel Rosenberg, como embajador en España a finales de agosto de 1936, y con Vladímir Antónov-Ovséyenko, héroe de la revolución de 1917, como cónsul general soviético en Barcelona. Buscaban influir activamente en las políticas de Francisco Largo Caballero, jefe del Gobierno de la República, y en el desarrollo de las operaciones militares. Aunque gran parte de su actividad se limitó al objetivo general de dar apoyo militar a la República, la impresión general que crearon en numerosos observadores republicanos fue claramente negativa: los acusaban de recurrir a «métodos coloniales», lo que obligó a Antónov-Ovséyenko a admitir en un despacho a Moscú que su belicosa intervención en los asuntos militares de Cataluña había provocado una «desconfianza con respecto a nuestras intenciones». A Rosenberg incluso lo expulsaron de la oficina del jefe del Gobierno. A Stalin le preocupaba que sus diplomáticos más destacados provocaran malestar en España, por lo que el 21 de diciembre de 1936 se dirigió personalmente a Largo Caballero con la propuesta de establecer medidas para «evitar que los enemigos de España la consideraran una república comunista». De hecho, poco después ambos embajadores, junto con el asesor militar, recibieron la orden de regresar a Moscú, donde se les detuvo y ejecutó. En su lugar colocaron a personajes mediocres nada relevantes. Stalin se encontraba en una posición incómoda, obligado a seguir una vía intermedia que satisficiera a los intervencionistas y a las «potencias amigas». Eso, no obstante, resultó ser contraproducente. La implicación militar inicial de los soviéticos coincidió con la impresión general, en otoño de 1936, de que la caída de Madrid, capital de los republicanos, era inminente. El Gobierno francés lanzó una dura advertencia a Litvínov, diciéndole que un mayor apoyo a los republicanos «podría afectar al pacto franco-soviético en su totalidad». Litvínov advirtió a un consternado Maiski que los envíos de armas y la asistencia soviética debían cesar gradualmente. «La cuestión española, sin duda, ha empeorado de modo significativo nuestra situación internacional —explicaba Litvínov—: ha afectado a nuestras relaciones con Inglaterra y con Francia y ha sembrado dudas en Bucarest e incluso en Praga». De forma bastante inesperada, tal como se aprecia en el diario, Maiski —habitualmente tan prudente— se posicionó firmemente a favor de la República. Desafió a las claras a Litvínov, insistiendo en que si la República vencía, sería un duro golpe para Hitler y Mussolini. El prestigio soviético crecería inconmensurablemente y Francia y Gran Bretaña se verían atraídas por la gran demostración de fuerza de Moscú. Por otra parte, si ganaban los rebeldes —argumentaba—, «el prestigio soviético se verá dañado y nuestras posibilidades de alianza con Gran Bretaña y Francia se verán muy reducidas». Mucho más preocupado por el miedo de franceses y británicos a que se instaurara un gobierno rojo en Madrid que por la intervención alemana e italiana, Litvínov apostó por la no intervención para impulsar la opción de la seguridad colectiva. Los archivos militares rusos demuestran que las ayudas militares soviéticas fueron reduciéndose cada vez más a partir de finales de 1937.

Por su parte, los británicos no tardaron mucho en decidir que «mejor Franco que Stalin», postura que en los dos años siguientes encajaría como un guante con la «política de apaciguamiento» de Neville Chamberlain. Los continuos giros de la historiografía del apaciguamiento acabaron, por fin, instaurando la visión de que las limitaciones internas y externas que debía afrontar la política exterior de Gran Bretaña en la década de 1930 justificaban en cierta medida la política de Chamberlain. Así pues, los historiadores occidentales tienden a quitar importancia al papel del apaciguamiento como factor decisivo en la derrota de la República. En realidad, la Guerra Civil española minó los planes de Maiski y Litvínov de crear una gran alianza y contribuyó al aislamiento cada vez mayor en el que se encontró la Unión Soviética tras la ascensión al poder de Chamberlain, a mediados de 1937. La Guerra Civil en España, pues, se presenta como un significativo precursor, en muchos casos pasado por alto, de lo que ocurrió en la Conferencia de Múnich un año más tarde.

El diario elimina gran parte de las sombras que envolvieron la historia de la intervención soviética en la guerra, situándola en el contexto general del apaciguamiento. Maiski refuta la pretendida racionalidad de Chamberlain, demostrando que la política anglo-francesa de estricta no intervención y el embargo de armas durante la Guerra Civil tenían como objetivo principal evitar la emergencia de una España comunista, y la extensión del movimiento bolchevique en el sudoeste de Europa. Ese, tal como manifiesta claramente el diario, no fue nunca el objetivo de la política soviética. La lección vital que extraemos de la Guerra Civil española fue la inutilidad de buscar el apoyo británico y francés para organizar una resistencia antinazi. Fue la ausencia de una estrategia alternativa la que obligó a los dos países a seguir adelante con la política de seguridad colectiva. Los apuntes del diario reconstruyen con gran dramatismo los últimos días de la República, a partir de la información de primera mano que le hicieron llegar a Maiski sus amigos Pablo de Azcárate y Juan Negrín.

El leitmotif entretejido en la narración histórica de Maiski es su lucha personal por la supervivencia física durante las feroces purgas, al final de las cuales solo él y su amiga la feminista Aleksandra Kolontái, embajadora soviética en Estocolmo, mantuvieron sus puestos en Europa. Durante el tiempo que fue embajador, Maiski tuvo que hacer juegos de manos para ser franco en las conversaciones con sus interlocutores británicos y, al mismo tiempo, no enfrentarse al Kremlin. Las tensiones internas son evidentes en todo el diario. Por miedo a que las relaciones entre los dos países se vieran intoxicadas por las sospechas mutuas, y consciente de lo precario de su propia posición, Maiski escondió, en muchos casos, información vital al Kremlin. Un ejemplo llamativo es que no comunicara el reconocimiento de Churchill en 1943 de que no podría siquiera lanzar un ataque a través del canal de la Mancha en 1944.

Las líneas discursivas entrelazadas se ven salpicadas por perspicaces —y a veces divertidas— observaciones y anécdotas sobre la sociedad británica, los políticos, la realeza, los escritores y artistas, que animan la narración histórica. El gusto de Maiski por la escritura de prosa y poesía revelaba una necesidad compulsiva de expresarse. El resultado es un híbrido entre literatura e historia. «He tenido inclinaciones literarias desde la infancia», recuerda:

Ya de niño me gustaba escribir en mi diario y mantener correspondencia con parientes y amigos /.../ Hasta donde yo recuerdo, siempre estaba componiendo o describiendo algo: un bosque tras la lluvia, una estación de ambulancias, un viaje a Chernoluchye, un pinar cerca de Omsk, etc. Cuando crecí un poco, puse a prueba mis habilidades en diarios, redacciones del colegio y artículos sobre la actualidad.

En años posteriores, Maiski le confesaría a su amiga íntima, la fabiana Beatrice Webb, quien también tenía aspiraciones literarias, que «le desagrada la profesión de la diplomacia; él y su mujer habrían sido mucho más felices en el mundo académico o profesional; en una sala de conferencias, una biblioteca o un laboratorio». De hecho, cuando lo encarcelaron, a los setenta años, escribió una interesante novela, Close and Far Away («Tan cerca y tan lejos»).

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Yaş sınırı:
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Litres'teki yayın tarihi:
14 kasım 2024
Hacim:
1086 s. 111 illüstrasyon
ISBN:
9788490568996
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