Kitabı oku: «Sobre delitos y penas: comentarios penales y criminológicos», sayfa 7
ETHNOGRAPHY (16)
La revista que se reseña, Ethnography, da la impresión de no tener como objeto de atención aquellas materias de las que se ocupan los penalistas. Sin embargo, todo lo contrario se desprende del presente número especial, y ello da cuenta de la necesaria interdisciplinaridad de los problemas que enfrenta el derecho penal –y de la imposibilidad de abarcarlos realmente sin atender que pasa en “los jardines de al lado”-. También los números anteriores (dos en el año 2000 y cuatro en 2001 y 2002) se ocuparon de temas relevantes acerca de la policía, el crimen, la ley y la violencia en general. Los editores originarios de la revista fueron los profesores Mats Trondman y Paul Willis, de Suecia e Inglaterra respectivamente. Pero actualmente el último de los nombrados comparte la dirección con un conocido de todos nosotros: el profesor de la Universidad de California (Berkeley) y del Colegio de Francia, Loic Wacquant. Quizás esta designación explique la importancia que ocupan las políticas penales dentro del objeto de estudio de la revista, que está dado por la vida social y los cambios culturales. Como miembros del consejo editorial aparecen otras prestigiosas figuras del ámbito antropológico de distintas partes del mundo (Clifford Geertz entre otros), pero la mayoría de los que han escrito en ella son sociólogos (algunos de la talla de Zygmunt Bauman). La adopción del método etnográfico explica el deseo de abolir la falsa separación entre teoría y práctica, llevando la reflexión teórica al –y también extrayéndola del– campo de investigación.
El número 4 del volumen 3 de esta importante revista tiene como tema central la inspección etnográfica de las prisiones actuales. El curioso título del número especial es explicado por Wacquant como una referencia a un libro de Abbot basado en cartas enviadas por presidiarios. Lo hace en el artículo con el que el propio Loic Wacquant presenta el volumen, cuyo título es “The curious eclipse of prison ethnography in the age of mass incarceration”. Comienza introduciendo el número especial de la revista con una descripción, desde el punto de vista del método etnográfico, de la prisión de la ciudad de Los Ángeles (que los lectores en lengua castellana conocemos parcialmente por otras obras del mismo autor, como Las cárceles de la miseria o artículos como “California, primera colonia penitenciaria del nuevo milenio” publicado en la revista Panóptico de Barcelona). Tras ello señala que el repaso de los trabajos sobre instituciones carcelarias en Estados Unidos demuestra un curioso olvido del análisis de la vida diaria en las cárceles, de las condiciones de esa vida (a lo que denomina enfoque etnográfico), justo cuando ello sería más necesario de acuerdo al aumento del número de detenidos, así como por el empeoramiento de la situación carcelaria. Indica como obstáculos para ese tipo de investigaciones tanto a dificultades propias impuestas por la administración cuanto otras de los propios investigadores universitarias. Señala el autor investigaciones de este tipo en otros países (como las que se presentan en la revista) y por ello propone “internacionalizar” los estudios sobre la cárcel, sobre todo en un mundo actualmente sufriendo en su totalidad las consecuencias del neoliberalismo económico. Asimismo, insiste en investigar la relación entre la cárcel y las instituciones circundantes que sí han sido objeto de estos estudios etnográficos.
Luego, Michael Jacobson-Hardy expone un gran trabajo de fotografías tomadas desde 1991 en cárceles estadounidenses: “Behind the razor wire. A photographic essay”. Si una imagen vale más que cien palabras, las 12 fotos seleccionadas ejemplifican con contundencia los datos que las acompañan sobre una industria carcelaria en la que las mayores pérdidas las tiene el género humano.
La profesora de sociología de la Universidad de Picardía en Amiens Anne-Marie Marchetti describe, en “Carceral impoverishment. Class inequality in the French penitentiary”, la forma en que la cárcel reproduce y amplifica la situación socio-económica de privación absoluta y relativa que padecen los sujetos que son allí internados. Realiza este estudio a partir del análisis de entrevistas realizadas a internos de siete prisiones francesas y a través de sus historias previas y durante el internamiento. Si bien señala que no solo los pobres van a la cárcel, parece que el hincapié puesto en cuestiones securitarias antes que en el tratamiento profundiza la desigualdad inicial de unos y la provoca en aquellos otros casos en que no existía. En todo caso, el que sale de la prisión, lo hace en clara situación de inferioridad económica, cultural y social.
El antropólogo Kiko Goifman, de Sao Paulo, utiliza datos de un estudio etnográfico realizado en video para señalar, en “Killing time in the Brazilian slammer”, la experiencia subjetiva de la utilización del tiempo, en especial el llamado “libre”, en tres prisiones brasileras.
La contribución “Psychopathy and the face of control in supermax”, de Lorna Rhodes, muestra como actúa sobre los presos el control de máxima seguridad basado en el aislamiento. Y además disecciona el uso lingüístico y psicológico de categorías como “psicópata” que contribuyen a profundizar esos efectos, a la vez que dota de legitimidad moral y científica a ese tipo de práctica penal.
Megan L. Comfort de la London School of Economics and Political Science, es autora de “Papa’s house. The prison as domestic and social satellite”. El trabajo forma parte de su más amplia investigación de tesis doctoral sobre el impacto del encierro en la persona de los familiares del encarcelado. En este caso, se basa en 50 entrevistas realizadas a esposas o novias de presos en la cárcel de San Quintín, de California. Las relacionen entre la lógica institucional y los procesos culturales y emocionales dentro de la familia son muy complejas y el análisis de las salas de visita permite a la autora verificar transformaciones de una sobre los otros y viceversa.
El trabajo comparativo (entre San Francisco y St. Louis) de Teresa Gowan, “The nexus. Homelessness and incarceration in two American cities”, sirve para probar la hipótesis defendida por Wacquant sobre la relación entre pobreza y encarcelamiento. En efecto, mediante un estudio en la calle y entrevistas a personas “sin techo” se verifica la mayor debilidad de este grupo de personas para ser criminalizados. Asimismo, mediante conversaciones con presos, se verifica otra vez la dificultad para reiniciar su vida de aquellos que no cuentan con apoyo familiar externo. Ser un “sin techo” pasa a ser un sinónimo de “ex convicto” en las más de las veces. De esta forma, el círculo formado por el encarcelamiento, la vida en la calle y el reencarcelamiento parece no dejar posibilidades a determinados hombres de clases bajas (y ello se amplifica con la cuestión racial). De todas formas, las dos ciudades presentan diferencias culturales y políticas en el proceso de quedarse sin hogar y luego ser derivados fácilmente al control penal: en la próspera ciudad de San Francisco los ex convictos-sin hogar-futuros presos son más ajenos, mientras en la más pobre St. Louis este mismo sector ha nacido y crecido en dicha ciudad, por lo cual el ciclo se presenta en forma más lacerante para los pobladores (aunque la segregación racial es mayor aquí).
El profesor francés Philippe Combessie, en “Making the carceral boundary. Penal stigma in the long shadow of the prison”, analiza el perímetro sensible que rodea y aísla a las prisiones francesas. El proceso de relegación del espacio carcelario (y de sus moradores) es analizado primero desde el punto de vista geográfico y edilicio. Da cuenta aquí también de la progresiva expulsión de las cárceles francesas del centro de las ciudades hacia lugares devaluados económica y simbólicamente. Luego verifica como la prisión exporta sus estereotipos y personajes a las zonas aledañas y en las que interactúan guardas, familiares y los diversos sectores de servicios dependientes de la prisión. Ello dificultará aún más la reinserción de los penados en el ambiente más cercano. La división entre el nosotros y el los otros, es mucho mayor por las marcas dejadas por la prisión (el preso = enemigo) que por otras construcciones sociales.
Finalmente, el profesor de la Keele University Richard Sparks presenta el único artículo de la sección “Ethnography’s Kitchen”. Esta sección se propone fomentar la reflexión sobre los métodos etnográficos. En “Outs of the Digger. The warrior’s honour and the guilty observer” el autor ingles reflexiona sobre las dificultades de los investigadores al interactuar con las autoridades políticas y los representantes de los medios de comunicación. Realiza ello tras contar los casos de revueltas en las prisiones británicas de los años noventa, las dificultades de los políticos para hacerles frente con “soluciones”, la creación de unidades especiales carcelarias, su posterior cierre y, en fin, las erráticas actitudes del gobierno y de la prensa dentro de ese proceso.
16- Ethnography, volume 3, nº 4, December, 2002, Special Issue, “In and Out of the Belly of the Best”, Dissecting the Prison, SAGE Publications, London/ Thousand Oak/ CA/ New Delhi. Comentario publicado en Nueva Doctrina Penal, 2003/B, Buenos Aires, Del Puerto, pp. 741 a 743.
CULTURA DO MEDO. REFLEXÔES SOBRE VIOLENCIA CRIMINAL, CONTROLE SOCIAL E CIDADANIA NO BRASIL (17) JUSTIÇA E SEGURANÇA NA PERIFERIA DE SÂO PAULO (18)
Nunca como en la actualidad hemos estado tan cerca de los países que nos rodean. Esto es especialmente cierto con respecto al Brasil, que afortunadamente ha dejado de ser un rival (aunque sea futbolístico) y es ahora un compañero de viaje y también un ejemplo para imitar. Sobremanera lo es para quienes estamos interesados en la construcción de alternativas políticas de izquierda. Y como esas alternativas no pueden dejar de lado las políticas penales es que creo que desde las ciencias que estudian dichas políticas también debemos fijarnos en lo que se hace en la República hermana.
Y es que se hace mucho. De entre la abundante literatura brasileña sobre las disciplinas penales, he puesto la atención en el avanzado estado de la investigación y la bibliografía sobre el tema “seguridad”. Es cierto que, en la actualidad, y no solo en Brasil, el pensamiento crítico sobre la cuestión criminal se dedica a analizar las políticas securitarias (restándole atención a antiguos y más persistentes objetos de estudio como el sistema penitenciario, el judicial, la reforma penal y procesal penal). No es menos cierto que ello se justifica ampliamente puesto que sobre ese sensible punto de discusión pública convergen las más diversas ideologías políticas en amplio sentido –y también penal–. Las ideologías reaccionarias aprovechan la inseguridad real para imponer respuestas represivas, que desde siempre habían utilizado para consolidar la exclusión política y social de los sectores más desfavorecidos. Por el contrario, las ideologías progresistas aún no deciden el tipo de actitud a adoptar frente a una cuestión que preocupa realmente a la mayoría de los individuos.
Precisamente de las respuestas políticas a la cuestión de la seguridad dan cuenta los libros que pasaré a comentar. Tanto en el origen cuanto en la respuesta a tal cuestión se encuentra presente la violencia. Y cómo es asimismo la violencia el elemento fundante y legitimante del Estado, del orden, del derecho, y de todas las instituciones del sistema penal, no es de extrañar que ambos libros culminen por ser inteligentes reflexiones sobre la “ciudadanía”.
El primero de ellos, Cultura do Medo, es el resultado de una investigación que descubre al “miedo” más como consecuencia que como causa de las políticas de dominación política y control social. El “miedo” asociado al delito se ha incorporado al modus vivendi de las grandes ciudades del mundo. Y por lo tanto San Pablo, una de las más grandes, no podía ser una excepción. En este ámbito geográfico limita la autora su investigación. En lo que hace a los límites temporales, los mismos tienen en especial consideración los últimos veinte años de la política brasileña, en los cuales la democracia ha debido soportar la hegemonización de ideas de “sentido común” sobre la inseguridad. Estas ideas, en realidad de un “sentido común policial”, han perpetuado la forma de dominación autoritaria, la degradación de la sociabilidad y el debilitamiento de la noción de ciudadanía.
Es por ello que, a mi entender correctamente, en los dos primeros capítulos se realiza una génesis de la utilización política del miedo asociándolo con el delito. El primero de esos capítulos rastrea el origen de dicha manipulación en lo que la autora denomina “pensamiento”, tanto de la teoría sociológica mundial como la brasileña. El segundo, en cambio, encuentra los primeros síntomas de la utilización práctica del miedo al delito ya en la época de las dictaduras militares, y luego en los primeros años de democracia, aunque siempre asociada dicha utilización a las políticas liberal-conservadoras (que reclaman menos Estado, salvo para combatir al crimen).
Es curioso que en esa primera parte la autora no insista en que también desde el “pensamiento” se ha construido la “cultura del miedo”. En efecto, esto resulta evidente en el pensamiento criminológico –sobre todo el de la “defensa social”– pero también debemos recordar que las primeras teorizaciones sobre el Estado, desde Hobbes, también se amparaban en –y prohijaban, creo yo– el miedo y la desconfianza. No hay más que recordar como se reproduce ese miedo a los otros, en especial si se expresan grupalmente, en pensadores supuestamente liberales de los siglos XIX y XX. De cualquier forma, teniendo en cuenta el grado de irracionalidad al que ha llegado la utilización del miedo en la actualidad, no deja de ser válido eximir de responsabilidad al pensamiento. Muchos autores han hecho esto al plantear el Holocausto como una ruptura general con el pensamiento (recordemos que otros pensadores hacen lo contrario: desde Adorno y Horkheimer, hasta Bauman o Christie –que también, como estoy haciendo yo ahora, comparan las actuales políticas penales con la barbarie totalitaria–). Hannah Arendt así eximía de responsabilidad como antecesores del antipensamiento nazi a todos los pensadores de la filosofía incluso los más sospechosos –desde Aristóteles hasta Niestzche, pasando por Aquino, Lutero o Hegel–. Su tesis es que ninguno de ellos hubiera estado de acuerdo con la barbarie llevada adelante por el totalitarismo nazi. Y en efecto esto es plausible. Hobbes utiliza indudablemente el miedo para justificar al Estado absolutista. El médico inglés, sin embargo, sería todo lo autoritario que quieran mas no era tonto o irracional. Su respuesta al miedo a la guerra de todos contra todos era una paz autoritaria y estable, por lo tanto, evidentemente no hubiera estado de acuerdo con una respuesta al miedo que plantea una guerra permanente: una utilización del miedo que en vez de calmarlo no haga sino acrecentarlo.
Es esto último lo que hacen las políticas represivas con respecto al miedo. Hacen ingresar a la población en una espiral de aumento del miedo de la que siempre sale perdidosa la noción de ciudadanía y la posibilidad de plantear alternativas. En el capítulo 3 del libro que comento se hace un recorte ilustrativo de esa forma de utilizar el miedo en la ciudad de San Pablo. En realidad, no se trata de “una” forma, pues el miedo se usa de muchas maneras. Así, la manipulación de las estadísticas, la ampliación de la prensa de los puntos de vista policiales o la divulgación de hechos extraordinarios, las peleas de los partidos políticos para mostrarse más severos y la facilidad para dictar leyes represoras, las campañas de las empresas de seguridad privada; son expuestos como métodos para proyectar a la “conciencia colectiva” la necesidad de ser más fuerte en la “lucha” contra el crimen.
No es de extrañar que esa descripción de la realidad de San Pablo no nos resulte extraña en Buenos Aires o en otras latitudes (escribo este comentario en Barcelona). Estos métodos son los que amplifican el miedo y justifican el aumento de la violencia hasta llegar a la guerra en el interno de lo que se conoce como “mundo libre” (como sabemos, y desde la época de la guerra fría, recibe este nombre la parte del mundo que está bajo el dominio de los Estados Unidos) y la proponen hacia lo que no se conoce de esa forma con las características bélicas más tradicionales.
En los últimos capítulos se plantea, por tanto, la paradoja existente entre miedo y democracia. Importantes grupos de presión obtienen un elevado apoyo masivo en sus reclamos securitarios. Pero esos reclamos son aprovechados por quienes se benefician con el miedo. El mayor éxito del miedo es imposibilitar el real debate democrático, la búsqueda de alternativas. Las consecuencias del miedo son descriptas al reseñar el aumento represivo de las últimas leyes penales, con lo que aumenta tanto la violencia institucional cuanto la no institucional.
En lo que es realmente valioso del capítulo 4 y del final del 5 es que se fija en ellos la noción de “espacio-tiempo de ciudadanía”, tomada del gran sociólogo del derecho portugués, Boaventura de Sousa Santos (quizás el autor de las reflexiones más interesantes y útiles efectuadas para y desde el campo progresista). La “ciudadanía” puede ser una forma de “resistencia” a la cultura del miedo: asumir la ciudadanía puede servir para que el individuo asuma los problemas reales, se libere del miedo y asuma al otro como un igual.
Es por esta idea que encuentro interesante el análisis sobre el otro libro, Justiça e segurança na periferia de Sâo Paulo. Si el anterior libro nos demuestra la utilización política de la seguridad por la “cultura del miedo”, este otro libro nos describe una alternativa para elaborar respuestas adecuadas, justas y sobre todo democráticas.
Las investigadoras que escriben este libro analizan los Centros de Integraçâo da Cidadania (CIC) para evaluar concretamente lo que han hecho los gobiernos, desde estos centros, en materia de políticas públicas de seguridad y de justicia.
Los CIC de la ciudad de San Pablo fueron creados a principios de la década del noventa como consecuencia de un proyecto ideado por un grupo de intelectuales progresistas (y declaradamente garantistas en lo jurídico) que también tendría como “productos” al Instituto Brasileiro de Ciencias Criminais (que soportó económicamente esta investigación, y ahora la publica) y a la Asociaçao dos Juízes para a Democracia. El proyecto fue rescatado y asumido por la Secretaría de Justicia del Estado de San Pablo en 1994, aunque conformaron un lugar autónomo que pretendía trabajar para profundizar las nociones de “ciudadanía” tanto en la población de la periferia cuanto en las instituciones judiciales, policiales y penitenciarias.
Los CIC se constituyeron como espacios mudables, cambiantes, imaginativos, abiertos a la discusión y redefinición de las relaciones dentro de la comunidad local. Por lo tanto son, ante todo, centros de cultura reivindicativa. Y en los cuales los organismos públicos se deben mostrar dispuestos a aprender de la comunidad. Según el decreto de creación deberían servir para prevenir los conflictos interpersonales o de grupos, para implementar alternativas comunitarias de prevención y solución de conflictos, para que participen los movimientos populares en el planeamiento de políticas públicas, para evaluar las acciones desempeñadas, para localizar servicios públicos en lugares carentes de ellos, para coordinar la tarea de las entidades estatales prestadoras de servicios, para estimular la organización popular y, en definitiva, para que el Estado y la comunidad se aproximen.
Las autoras realizan la historia de los cuatro CIC existentes, comenzando por el primero de estos, el CIC Este, creado efectivamente en 1996. Como un modelo a imitar más adelante por los otros CIC, se ubicó materialmente en un edificio construido por la misma constructora de viviendas populares y en medio de ellas. A ese edificio fueron adscriptas diversas dependencias del ministerio público, del judicial, de asistencia social, de la secretaría de trabajo, la policía, etc., con el fin de articularse entre sí y con la comunidad.
El capítulo 4 nos cuenta la difícil implantación de este programa, tanto de parte del gobierno cuanto de su integración en la comunidad. El trabajo que comento pasa luego a analizar como se desenvuelve esta experiencia de acceso popular a una ciudadanía demandante de justicia y seguridad. Para ello es especialmente útil la metodología de las entrevistas a vecinos y operadores, cuanto la observación (que también les sirve para comentar los otros capítulos, en los que se entrevistó a las directoras de los centros, a políticos y propulsores del proyecto).
Se describen entonces tanto la estructura edilicia –de los cuatro centros–, como la forma de interactuar de las distintas reparticiones y los vecinos. También se comentan diversas actividades allí realizadas, cuanto las expectativas puestas en la experiencia por los distintos actores. Señalan las autoras la especial cuestión del tema securitario. En efecto es sobre este tema donde descansan las mayores expectativas de los que propusieron la experiencia, de los políticos, de los vecinos y también de los funcionarios. Si bien se advierte una disminución del recurso y de la retórica violenta, también las autoras advierten del peligro (común a propuestas similares de participación comunitaria en otras ciudades) de convertir a los CIC en la herramienta “social” de una estrategia represiva. En efecto, los CIC no pueden ser un “milagro” ni una “isla” dentro de políticas más amplias, y por lo tanto son ellas las que deben en definitiva ser reformadas sobremanera en lo tocante a combatir la desigualdad social.
Esas políticas, no obstante, no deben abandonar el ideal de construir la “ciudadanía” desde abajo, desde la periferia y desde las necesidades. Ello reflejará el objetivo de universalizar los derechos humanos. Esta difícil tarea de redefinir a la propia comunidad y al Estado debe partir de la idea de “integración”, como señalan las autoras criticando que para los CIC esto es más un objetivo que un punto de partida.
A pesar de señalar otros defectos y problemas de implementación, concluyen este trabajo con tres caminos abiertos por los CIC y que no deben desaprovecharse para construir una nueva ciudadanía. En primer lugar, el acercamiento de recursos públicos a áreas segregadas económicamente que los tornaban inaccesibles. En segundo, la aplicación de soluciones formales –jurídicas– a problemas sociales que antes no las tenías. Y tercero, la búsqueda de soluciones informales a aquellos conflictos que no encuentran expresión en el derecho ni en las instituciones formales.
En definitiva, si con todo ello se contribuye a transformar la realidad y eliminar la exclusión, la violencia y la miseria que la caracteriza, servirá como una práctica más del ideario reformista propio de las estrategias políticas progresistas.
17- Cultura do Medo. Reflexôes sobre violencia criminal, controle social e cidadania no Brasil, Débora Regina Pastana, Sâo Paulo, IBCCRIM, 2003.
18- Justiça e segurança na periferia de Sâo Paulo, Eneida Gonçalvez de Macedo Haddad, Jacqueline Sinhoretto y Luci Gati Pietrocolla, Sâo Paulo, IBCCRIM, 2003. Comentario publicado en Nueva Doctrina Penal ,2004/A, Buenos Aires, Del Puerto (pp. 387 a 391).