Kitabı oku: «La última Hija de la Luna», sayfa 6
Sueños de Luna
Los niños recogían huevos en el gallinero, Neyhtena ya les había hecho un par de señas para que se reunieran a desayunar; los triniños nunca viajaban a la ciudad, ambas familias consideraban menester resguardarlos de los curiosos y los entrometidos, una muy elucubrada medida de seguridad necesaria para mantener aquel pacífico y delicado equilibrio que intentaban conservar en la huerta, sus vecinos incorporaron las medidas a sus rutinas casi por generalización y con total fluidez. El rumor de su existencia corría por los arroyos y se desplazaba con el viento, el color de sus ojos o el largo de sus cabellos variaban según el relato; los niños habían aprendido a escabullirse ante la presencia de esporádicos extraños, en su gran mayoría, viajeros que ofrecían productos de otras regiones. Esta sabia decisión preservó la casa y la huerta de posibles e interminables peregrinajes que habrían resultado invasivos a la privacidad y a la siempre delicada convivencia existente entre las familias de Serjancio y Xunnel.
Lonkkah terminaba de limpiar el bebedero de los animales, ya había recogido el estiércol de los cerdos y su próxima tarea era retirar algunas malezas de la huerta; Yllawie fue la primera en sumarse al desayuno y aprovechó para adornar el viejo mesón de la cocina donde ya había colocado utensilios y servilletas para cada uno de sus hermanos, también había preparado pequeñas porciones de sus alimentos preferidos. Poco a poco fueron incorporándose hasta que los cinco estuvieron al fin reunidos, los perros dormían echados debajo de sus sillas buscando el amparo de sus inquietos pies, habían cumplido con su tarea nocturna deambulando toda la noche (como todas las noches), por lo que, percibir a sus amos relajados y sonrientes, los hacía bajar la guardia para al fin, permitirse descansar.
Antes de comenzar a desayunarse, Wayhkkan inició su poderoso ritual que los hermanaba y los unía, tenían la plena seguridad de que el resto de su familia también lo realizaba donde quiera que se encontrasen, así, abrigaban su mutuo amor en armonía y ese vital sentimiento era para su espíritu, lo que los alimentos eran para cuerpo.
—¿Para qué tantos utensilios, tantos vasos… servilletas? –exclamó Lonkkah denotando un mal humor poco usual en él, tomó la jarra y sorbió el agua directamente de ella.
—Deberías servirte en un vaso –lo reprendió Yllawie.
Él la miró sin ninguna expresión, cortó el pan con sus manos y lo sumergió en la mermelada de higos, aún tenía las uñas sucias por sus tempranas tareas en la huerta; sin apartarle la vista, engulló su manjar en un solo y gran bocado para terminar relamiendo uno a uno sus dedos melcochados.
—Sí, voy a nombrarte mi gran caballero –exclamó sarcástica Neyhtena, Wayhkkan sonreía pícaro a diferencia de Chayhton que observaba hastiado a Lonkkah, no por sus acciones, sino por el enojo que provocaba en Yllawie.
—No es asunto tuyo, Ney –dijo Lonkkah todavía con su boca llena de pan y sin apartar sus ojos de Yllawie– ¿Quieres que te bese la mano?
—¡Basta! –gritó Yllawie–. Ni los niños se comportan así.
—Sabes que entre nosotros todo es natural sin esas ridículas ceremonias –dijo Lonkkah, luego levantó un cuchillo de plata espejado–. ¿Quieres que unte el pan con esta porquería que vino del mar? –También había elevado la voz, los perros pararon sus orejas y emitieron gemidos de desconcierto–. Anoche, ¿tenías que volver a esa habitación?, ¿no podías quedarte con Ney?, ¿no es tu hermaney? Imagino que has dormido ahí y no en la otra habitación, en la cama del cobarde.
Chayhton levantó su vaso y le arrojó agua en el rostro.
—Chay, no… ¿Lonkkah, que tienes? –intervino Neyhtena–. Yo la acompañé después, dormimos juntas en el suelo –aclaró la niña, luego giró su cabeza hacia Yllawie–, recién ahí te pudiste dormir, estabas en la cama de Femy, pero te llevé al suelo, la luna no podía llegar a tus sueños, te escuché llorar, sentí que clamabas por alguien o esperabas… te escuché desde mi corazón.
—No le des explicaciones, Ney. Gracias, pero no tenías que hacerlo –respondió Yllawie, alzó sus hombros en señal de desinterés, tomó una porción de tomates sazonados y se retiró de la mesa, silbó a los perros, pero solo Orejón la siguió, ambos se fueron al corral.
—¡No la entiendo! –gritó impotente Lonkkah–. Soy el único que la defiende y la ha defendido siempre de esos estúpidos juegos que terminan dañándola. Ney, nos has enseñado ese ritual para serenar nuestro… –Se señaló a sí mismo con ambas manos–. Nuestro… ¡no sé qué vengativo que tenemos adentro! Ella logra serenarse, ¡pero yo no!
—Solo intenta mantener el vínculo con ellos, con nosotros no necesita más que respirar –dijo Chayhton todavía enojado–, pero no se da cuenta que es un cachorro pu’rumá que fue criado y amamantado por las cabras, le han puesto correas y más correas para que no pueda trepar la cerca…
—¿Tienes idea lo que tus palabras han provocado en mí? –preguntó Lonkkah mirando a Neyhtena con paranoia y desesperación–. Le has dicho que, en sueños, ella espera por alguien, que clama por alguien… Ney, ¿a quién espera?
Wayhkkan frenó a Neyhtena con su mirada, la niña tuvo que guardarse la respuesta, luego tomó un trapo y, sonriente, comenzó a limpiar el rostro de Lonkkah, el joven intentó correr su cara, pero el niño le sujetó la quijada, con sus dedos índices hizo sendos recorridos desde los ojos hacia la mandíbula simulando un camino de lágrimas, Chayhton comenzó a interpretarlo:
—Sus lágrimas brotan de noche mientras duerme –dijo y Wayhkkan hizo un movimiento de vaivén de un lado al otro con sus dos manos–, es como si el mar de penas que lleva dentro, permaneciera calmado de día, pero de noche… de noche agita toda su tempestad buscando escapar por sus ojos…
—He visto destellos de mar en sus ojos –murmuró Lonkkah con rabia.
—A veces recuerda las palabras de Misadora –continuó Chayhton por sí mismo– la noche que su padre vino por ellos, Yllawie dormía en la habitación de las niñas navegantes y Misadora lo vio cuando ya era demasiado tarde para detenerlo.
—No entiendo –pronunció Lonkkah dubitativo.
—Ella y su hermano Dyhami, a quien no recuerda, han nacido como vos, durante “la época de las deserciones” –respondió Chayhton–, su madre se llamaba Nisyka y era la última de las servidoras de esta casa.
—¿Cómo… cómo es que saben eso? –cuestionó el joven.
—Ella misma nos lo ha contado, a Satynka y a mí, somos hermanas-estrellas, lo sabes, ¿no verdad? –interrumpió Neyhtena, Lonkkah apenas gesticuló una sonrisa–. Misadora es la única que ha tenido la amabilidad de contarle sobre sus padres, Nisyka y Tiwoke, él… al igual que muchos de sus pares, había abandonado sus labores en la huerta y, temporalmente, a su familia, para integrarse a la creciente comunidad de terrinos que había comenzado a organizarse con el firme propósito de cambiar el destino de nuestra raza; su padre partió dejando a su mujer embarazada y al pequeño Dyhami.
—Misadora le dijo que no existían leyes ni ordenanzas que impidiesen las deserciones, que tampoco se los perseguía porque los terrinos eran considerados una estirpe menor –agregó Chayhton, Wayhkkan escuchaba en silencio, aunque de vez en cuando realizaba una seña para hacerles recordar algún detalle–. En parte tienes razón, Lonkkah, hubo una época en la que nos consideraban torpes descendientes de aquellos primeros nacidos durante una oscura y cruenta coexistencia entre navegantes y sanguinarios.
—Los navegantes tenían la plena seguridad –continuó la niña– de que tarde o temprano, las deserciones iban a fracasar porque para ellos, la única oportunidad de supervivencia que tenían los terrinos, era la de vivir bajo su auxilio y su protección y porque sabían que los sanguinarios… ¡odian a los terrinos! –dijo elevando la voz y destellos de nácar explotaron en sus pupilas.
—¡Ney! –enfatizó Chayhton y los ojos de la niña retornaron al musgo–. Yllawie creció aferrada a esos recuerdos no vividos y solo narrados por Misadora –confirmó él más reflexivo–, nunca te olvides que quedó huérfana del amor de sus padres y que, a pesar de la oposición de Serjancio, fue amparada por Misadora quien intentó educarla con sus hijas y sus sobrinos, inculcándoles amor fraterno para que crecieran como iguales.
—¿Y qué pasó con su madre o su padre, murieron? –preguntó Lonkkah–. ¿Cómo es que jamás regresaron por ella?
—Nadie sabe su destino –respondió Neyhtena y en ese momento, Wayhkkan juntó sus dedos y los abrió separándolos en el aire, dejando ver su mano bien abierta–. Esa noche, simplemente, desaparecieron…
—Misadora, a escondidas de Serjancio, cuidaba de Nisyka. Después del alumbramiento, había quedado muy débil de fuerzas y casi al borde de la locura, por las noches, se llevaba a Yllawie consigo para poder alimentarla, ella cree… –continuó el niño– Misadora siempre le dijo que cuando Tiwoke regresó por toda su familia, no pudo llevársela porque no sabía dónde buscarla, pero que algún día van a regresar por ella y que, al hacerlo, ya sabrán donde encontrarla.
Lonkkah miró apenado a Wayhkkan y éste asintió con su cabeza.
—Así es –dijo Neyhtena–, cada vez que Yllawie se siente sola, regresa a esa habitación y espera… Antes de partir, Satynka y Tonia le dijeron que nadie aguarda su llegada en la ciudad, pero solo las palabras de Saty la lastimaron –concluyó. Wayhkkan tapó los ojos de Lonkkah y puso su otra mano en su pecho, a la altura de su corazón–. Dice que ella no recuerda a sus padres ni a su hermano, intenta mantenerlos ahí dentro, pero cada día, siente que los olvida un poco.
—Nuestros padres son sus padres, todos aquí la amamos. Satynka… no tiene derecho, el cobarde está destruyendo nuestra familia. Yllawie solo intentó ayudar. ¡Yo habría hecho lo mismo! –dijo golpeando su pecho, pero todas sus reflexiones se enredaban en su cabeza. «Yo la amo» quería gritar.
Aprovechando el breve e incómodo silencio, Chayhton se dirigió hacia el gran comedor para luego aparecer con un vaso de cristal azulado, uno de tantos que celosamente guardaba y mezquinaba Beasilia en su mobiliario. Luego tomó un vaso de arcilla y lo colocó frente de Lonkkah.
—¿Puedes verter agua en este? –dijo.
—Ya sé, ya sé que he estado mal, me… –Lonkkah intentó hacer un gesto para pedir disculpas, pero Wayhkkan atinó a pegarle con su mano abierta en la nuca y volvió a señalar el vaso.
—No, no se trata de eso, queremos que entiendas esto –le dijo la niña.
—¡Por favor! –rogó Chayhton. Lonkkah vertió agua en el recipiente indicado, luego el niño le acercó el otro y le dijo–: Ahora, por favor, ¿podrías echar agua en este “mugroso” vaso que también vino del mar? –El muchacho hizo lo que le pidieron, el cristal dejaba ver un magnífico y violáceo líquido traslúcido–. “Agua de lirios” como los ojos de la niña perdida –bromeó Chayhton.
Beasilia siempre lo decía cada vez que servía agua en su vaso de cristal, aquellas palabras evocaban con nostalgia la tonalidad de los ojos de su pequeña hija. Las intensiones de Chayhton, lejos estaban de burlarse del dolor de la mujer, pero no podía perder la costumbre de imitar gestos o palabras de su familia de navegantes para hacer reír a sus hermanos.
—¡Basta, Chay! –lo reprendió Neyhtena, luego miró a Lonkkah que también intentaba contener su risa–. ¿Ha cambiado el agua?, ¿cuál está más fresca? –preguntó la niña, hizo una pausa, pero no esperaba respuestas.
—¿Has notado que el agua sea más turbia en un vaso que en el otro? –dijo Chayhton y luego elevó el tono de su voz–: Lonkkah, la arcilla somos nosotros y el cristal, son ellos… Lawy es el agua, ella siempre va a ser ella, somos nosotros quienes debemos contenerla.
Lonkkah se acercó a los niños y besó sus frentes, luego miró a Neyhtena y dijo:
—¿Quieres que te bese la mano o…? –Sus ojos tenían una chispa de picardía.
—¡No… no… vete… no! –gritó ella cómplice. Lonkkah la tomó por debajo de sus axilas y comenzó a hacerla girar–. ¡Basta Lonkkah… bast… ja, ja, ja…! –Pero las carcajadas no la dejaban pronunciar palabra.
—¿Vas a decirme eso? –murmuró Lonkkah mientras la regresaba a su banqueta con la precaución de sostenerla por la espalda para asegurarse de que no fuera a perder el equilibrio–. Kkan te lo impidió. ¿Vas a decírmelo?
—Luego –respondió ella, el joven sonrió, le dio un ruidoso beso en la mejilla, llamó a los perros y también se dirigió hacia el corral–. ¡No está ahí! –dijo, y él tuvo que detener su marcha–. Está con las abejas.
El muchacho volteó para devolverle otra sonrisa de agradecimiento y un guiño de ojos, pero este divertido diálogo de muecas fue interrumpido por un desgarrador grito en la lejanía y fue el inconfundible aullido de Orejón lo que introdujo un agudo terror en sus venas. Los perros, siguiendo el instinto natural, habían iniciado una carrera desenfrenada hacia los aullidos replicando encolerizados ladridos.
—¡Niños, se quedan aquí! –ordenó Lonkkah antes de correr detrás de los perros.
Aunque el arroyo no era profundo, el agua sujetaba sus piernas temblorosas y frenaban su paso desesperado, casi no podía respirar, las sienes a punto de reventar no le permitían razonar con claridad, lo invadía un único y terrible sentimiento, el grito, sin lugar a dudas, había sido de Yllawie, su cabeza no podía dejar de imaginar horribles desenlaces hasta que al fin alcanzó a verla y sus latidos comenzaron a desacelerar, pero aún estaba lejos y fuera de su alcance; su desesperación retornó al distinguir sangre a su alrededor. De pronto, el tiempo se detuvo hasta paralizar su corazón: una mujer sanguinaria huía de ahí, Lonkkah tomó su daga e intentó lanzarla y fue en ese instante que sus sentidos, y todo su cuerpo, colapsaron, algo había impactado en su cabeza tumbándolo contra las piedras húmedas… Abrió sus ojos y le pareció divisar la silueta de un niño alejarse aguas arriba. «¿Chay?», pensó confundido. Se incorporó sobre sus rodillas y sintió un punzante dolor sobre su ceja izquierda, llevó las manos a su frente y corroboró que la herida no sangraba, entonces vio a Yllawie y sus sentimientos se reordenaron nuevamente. A los tropezones y todavía dolorido, llegó a ella, yacía recostada sobre algo… o alguien. «Orejón, donde está ese perro inútil… donde están los perros», pensó exasperado. El dolor y la confusión le impedían advertir qué o quién estaba junto a Yllawie…
—¡Lawy, Lawy! –gritó mientras cruzaba su brazo por la espalda de la joven, ella movió sus labios.
—¡Ayúdalo, Lonkkah, es pa-Xunnel… ayúdalo! –murmuró temblorosa.
—¿Qué es todo esto? –Lonkkah miró a su derecha y pudo ver a su abuelo envuelto en mugrosas telas, apenas podía comprender lo que sucedía, vio la sangre y con las dos manos oprimió la herida del moribundo; se quitó la camisa y vendó la cabeza ensangrentada del hombre mientras mantenía presión por arriba de la oreja derecha–. ¡Lawy, esta sangre! –exclamó el muchacho, con su mano libre examinaba los brazos de la joven.
—¡Estoy bien…! Yo… lo encontré –balbuceó confundida– los vi, Lonkkah, sus cabelleras rojas, eran ellos, sus cabelleras rojas, creo que ellos me golpearon… ellos…
—También los he visto.
—Lonkkah… ¿pa-Xunnel está…?
—Aún respira, pero no está bien, Lawy, debemos llevarlo. –Sus manos tomaron con firmeza el rostro de la joven–. ¡Lawy, mírame! Necesitamos llevarlo a la casa…
Los niños llegaron agitados, sus rostros expresaban profunda confusión, Wayhkkan se lanzó sobre la herida de su abuelo para mantener la presión.
—Vamos a lograrlo entre todos –dijo Lonkkah sin dejar de observar hacia el horizonte–, yo lo voy a tomar por los brazos y… ¿Chayhton…? ¿Dónde está Chayhton?
—¿Chayhton? –repitió Neyhtena–. ¡No… no…! No puedo sentirlo… no puedo sentirlo. ¿Qué sucede…? No puedo respirar, no siento a mi hermano… venía detrás…
La niña cayó de rodillas oprimiendo su abdomen con sus brazos cruzados, sin poder controlar los temblores de su quijada, Wayhkkan abrazó a su hermana y comenzaron a inspirar el aire, juntos… él le indicaba las pausas y el ritmo, luego se señaló su corazón y miró, e hizo que ella también mirase, a Xunnel. Neyhtena comprendió que debían auxiliarlo de inmediato.
Entre los cuatro, cargaron el pesado cuerpo de su abuelo.
A una distancia todavía considerable para llegar a la huerta, Lonkkah apoyó a Xunnel en el suelo, estaba cansado y dolorido, en él había recaído casi todo el peso de la carga, aun así, fatigado, se dirigió presuroso hacia la casa para regresar con un improvisado catre de mimbre que solían usar para trasladar a los animales heridos; colocaron a su abuelo en el camastro y la marcha se hizo más ligera. Yllawie había empapado su pañuelo en el arroyo para colocárselo en la frente sudorosa del malherido y comenzó a notar cambios en su calor corporal, tomó la mano de Wayhkkan e hizo que él también lo notara. El pequeño se adelantó de prisa hacia su habitación y trajo consigo el pequeño boticario de Kanki, nadie en la casa sabía el manejo de las medicinas ni de hierbas curativas como él.
Lo recostaron en su propia cama, el pequeño le dio de beber una pócima a base de albahaca para intentar regular aquellos intensos sudores, retiró la improvisada venda y vertió un ardiente brebaje sobre la herida, el hombre esbozó un quejido, era una buena señal. Neyhtena apareció con rodajas de cebollas y se las colocó en la planta de los pies, su abuela siempre hacía esto con ellos durante los episodios febriles, luego preparó los elementos de sutura, Yllawie intentó quitárselos, pero la niña se negó, ya no temblaba, ella lo sabía (y lo quería) hacer.
Lonkkah comenzó a refregar una de sus articulaciones.
—¿Qué sucede? –preguntó Yllawie.
—Nada… perdí mi… no tiene importancia...
Apoyó suavemente su maño en la espalda de Yllawie para llevársela fuera de la habitación y apenas llegaron a la cocina, ella se dejó caer en sus brazos, él podía sentir cómo su frágil y diminuto cuerpo retemblaba pegado a su pecho.
—Lawy, verte ensangrentada fue… me sentí morir, ahora estás aquí en mis brazos –balbuceó estremecido, aunque la mantenía apretada contra su pecho, ansiaba acercarla aún más–. Sé, sé que no debería sentirme así, estoy feliz y aliviado de tenerte conmigo, Chayhton no está y en lo único en lo que puedo pensar es en que estás bien… en… –La culpa lo atormentaba–. Sabes que te amo más que a mi vida… te he amado siempre…
Yllawie elevó su mirada y se encontró con unos mortificados ojos envueltos en lágrimas contenidas, con ese cabello despeinado y con un rostro sucio y desencajado de angustia, entonces llevó sus delicadas manos hacia los magnéticos ojos que estaban enterrándose en el profundo abismo de su alma, aquellos finos pulgares acariciaron los párpados del joven y tras vencer esa frágil resistencia, logró cerrarlos. Lonkkah dejó correr sus lágrimas, ella también cerró los suyos y fundió sus labios en los de él…
Los niños, en la habitación de su abuelo, cruzaron miradas y sus sonrisas danzaron silenciosamente.
—¿Cómo es que siempre sabes dónde encontrarme…?
—Podría encontrarte aun si me arrancaran los ojos. Es la segunda vez que siento que voy morir sin vos –murmuró él, sus manos bruscas secaron con rabia las lágrimas de su rostro–. Odio que me hagas esto…
—¿Segunda vez…? Yo… no entiendo.
—Nada, no me hagas caso, es que ustedes son todo para mí –dijo y señaló al suelo con sus dos manos como si estuviera por recoger algo, luego enfatizó–: pa-Xunnel me ha enseñado que es mi deber protegerlos, y de verdad lo hago con todo mi amor y con mi cuerpo, yo me cortaría las manos, Lawy, o mis brazos por cualquiera de mis hermanos, pero por vos… yo no siento que debo, yo quiero hacerlo, nunca he necesitado que nadie me lo enseñara. –Refregó con excesivo nerviosismo su cuero cabelludo como intentado arrancarse algunas ideas de la cabeza–. ¿Has sentido eso por mí… alguna vez?
—Lonkkah…
—No lo digas, no digas que lo has sentido por alguno de ellos, por ese cobarde o por el inútil… por favor no lo digas.
En la otra habitación, las expresiones de los niños variaban con cada palabra escuchada, Wayhkkan hacía gestos de negación o de afirmación y Neyhtena, a veces llevaba sus dos manos al corazón, a veces a su cabeza, pero al sentir estas últimas palabras, detuvieron sus juegos de imitaciones, ella elevó su dedo índice y lo atravesó en sus labios cerrados para pedirle silencio, Wayhkkan la miró confundido y separó levemente sus brazos del cuerpo con las palmas arriba, ¿acaso ella le acababa de pedir silencio a él?
—No –respondió Yllawie.
—¿No… qué? ¿No sientes nada por mí… nada por ellos? Ni siquiera sé si quiero saberlo –exclamó Lonkkah, punzantes aguijones acababan de incrustarse en su pecho.
—No me permitía sentir eso que abrigaba dentro de mí. Anoche, Ney habló conmigo… me dijo que debo dejar ir muchos tormentos, muchos de ellos me confunden, el caracol se ha roto, el pacto se ha quebrado y ha dejado salir cosas que no sabía, que no quería ver… ¡Neyhtena es tan pequeña…! –Mientras Yllawie ordenaba en voz alta sus ideas, Lonkkah sacudía su cabeza intentando comprender qué tenían que ver esas palabras con él–. Ella me habló anoche, creo que me suponía dormida, o no… ¿Cómo puede saber o comprender mejor las cosas? –Vio el desconcierto de Lonkkah, hizo silencio ante aquella inocente confusión y le sonrió–: Sos todo lo contrario a un tormento para mí, sos lo único que no me confunde al mirarte, no tengo las cosas claras como los demás, pero debes saber que nunca…
—Asfixias mi respiración, no digas “nunca” –dijo Lonkkah con su voz entrecortada.
—Nunca te he visto como todos quieren o desean que lo haga –reconoció avergonzada–, mamá Taymah lo ha insistido tanto, ¡tanto…! Créeme que eso me ha pesado hasta el remordimiento y, por otra parte, mucho tiempo creí sentirme hermana de Tonia y Femy, ellas han nutrido en mi corazón, palabras intrusas que han oprimido mi pecho hasta el punto de cortarme la respiración por el solo hecho de mirarte.
—No entiendo… mamá, eso sí lo puedo entender, pero las entrometidas navegantes, ¿por qué… qué les importa? O, mejor dicho, ¿por qué las escuchas? –dijo meneando su cabeza con desdén–. Tonia es torpe y siente celos por vos y la otra… esa niña es perversa, cuando…
Yllawie puso su índice en sus labios para callarlo.
—Desde que nací, para mí, ellos siempre han sido mis hermanos, de pronto “me esfumé” de todo y de todos.
—Y te encontré…
—Sí… Al regresar aquí, aún niña y sin poder comprenderlo, me reencontré con una familia diferente a la que creí pertenecer y… al mismo tiempo, los conocí a ustedes. De pronto, ustedes eran mis nuevos padres y hermanos, pero ninguno lo es. –Besó su dedo índice, con el que acababa de tocar los labios de Lonkkah, luego recogió un trapo de la mesa y comenzó a deshilacharlo, tierna costumbre que solía hacer cada vez que alguna situación la perturbaba, y continuó–: Misadora nos hizo… soy hermana de pecho de Eleutonia y quiso su corazón que todos lo seamos, quizá por eso siento un lazo fraterno hacia ellos, jamás podría verlos de otra manera; ahora sé que Misadora es la única que aún mantiene ese sentimiento. Siempre has tenido razón, nunca he sido parte de ellos…
—Lo que te haya llevado al beso, todo eso… –dijo él señalando al aire hacia ninguna parte– tienes que seguir por ahí, lo demás no me importa. –Lonkkah le había tomado sus manos para salvar al maltratado retazo mientras las acariciaba con sus ásperos pulgares, luego sujetó su rostro y miró sus ojos, podía jurar que aquellos iris cambiaban de color y que muchas veces había visto en ellos perturbadores destellos de mar–. No encuentro las palabras, Lawy, en mi cabeza solo… silencio en mi cabeza y es tanto lo que quiero decirte. –Ella sonrió, pero él no le devolvió la sonrisa. Tomó la piedra que colgaba de un delgado cordón negro alrededor de su cuello, una pequeña piedra aplanada y puntiaguda, luego se señaló una delgada línea horizontal por debajo de sus costillas–. Esto es lo único que no me confunde... Ésta es tu cicatriz.
—¿Qué…? –preguntó confundida, ella conocía esa marca y ese collar, no era la primera vez que lo veía con el torso desnudo, apoyó las yemas de sus dedos y delineó suavemente la herida de punta a punta, él la tomó con firmeza por la muñeca.
—No hagas eso… ¡por favor!
—¿Mi cicatriz?
—El día que te encontré, salté del caballo y me caí sobre el filo de unas rocas que abrieron la carne, la pérdida de sangre me desvaneció, fue uno de los peores golpes y el más terrible dolor que pueda recordar, también sentí cuando me suturaron y aunque no quería gritar, no podía evitarlo… pasé tres días de intensa fiebre antes de que los padecimientos cesaran…
—Yo… no lo sabía…
—Y lo volvería a hacer, todos y cada uno de los instantes de dolor, los volvería a sufrir solo para tenerte hoy aquí, en mis brazos. –Sus ojos se nublaron de angustia–. Lawy, perdóname… esta mañana estaba enojado, yo… no he querido lastimarte, no podría hacerlo, aunque me lo propusiera.
—Está bien, Lonkkah…
—¿Estamos bien?
—Siempre –respondió ella.
Lonkkah amaba ese sonido que desprendían sus labios, era la única palabra que podía desestabilizar su semblante y sus fibras más íntimas. Yllawie le recogió las mechas del cabello para poder contemplar sus magnéticos ojos, él apoyó su frente en la de ella, como roca candente que busca apaciguar su fuego en el mar.
—Debo ir por él, no quiero dejarlas solas, ¡no quiero dejarte! –exclamó él entrecerrando sus dientes con fastidiosa impotencia–, pero no puedo esperar a que los demás regresen del intercambio. Chayhton… no puedo dejarlo ahí, ¿entiendes que debo ir, no verdad?
—Tienes que ir por él.
Neyhtena ingresó a la cocina sonriente y sin mirarlos, se dirigió hacia el contenedor de agua, se sirvió un poco y la bebió dándoles la espalda.
—Ney… Ney, ¿quieres mirarme? –pronunció Yllawie, se sentía incómoda, feliz, pero incómoda.
—Está mejor, creo que la fiebre se está esfumando –dijo la niña, el silencio los invadió y Neyhtena continuó irónica–: me refiero a pa-Xunnel, nuestro abuelo… en la habitación.
Ellos sonrieron cómplices.
—Ney, debo dejarlas, creo que lo sabes. Lawy, tienes que decirme todo, todo lo que recuerdas –suplicó Lonkkah.
—Su piel… –balbuceó confundida, luego elevó su mirada para regresar a ese momento y de pronto necesitó sentarse– su piel, Lonkkah, creo que era una mujer, la vi rodeando a pa-Xunnel, sus cabellos eran rojos como la lava que una vez vi de niña… lava que llegaba al mar–. Se frenó melancólica recordando ese día, el día que encontró su pequeño tesoro cuando las voces invadieron su mente y la condujeron hacia la mujer navegante… de pronto, rostros sanguinarios danzaron intrusas en sus memorias embistiendo sus recuerdos para hacerla enmudecer.
—¡Lawy! –susurró Neyhtena colocando su pequeña mano sobre el brazo de su hermana, el contacto físico la trajo de regreso.
—Su piel era más blanca que la espuma… como la porcelana del té de Abusilia –continuó la joven terrina, su mente divagaba sin rumbo intentando encontrar alguna barca para que sus palabras pudieran llegar a alguna playa–. Creí ver a Kkan, no sé, no estoy segura y… es todo cuanto puedo recordar.
—¿Kkan? No, hermaney, es imposible… él estaba con nosotros –pronunció Neyhtena.
—Yo también –agregó Lonkkah–, yo también creí ver a un niño…
—¿Por qué no puedo sentir nada…? ¿Qué ha pasado conmigo en el arroyo? –La niña comenzó a agitarse–. No quiero sentirme así.
—Ney, solo debes respirar profundo, ya me he sentido así… es miedo, así se siente el miedo, siempre has estado segura de todo y de todos. –Yllawie tomó sus manos e intentó tranquilizarla.
—¿Recuerdas algo más, Lawy? –insistió Lonkkah.
—No… no sé… yo estaba lejos, la mujer tenía el cabello largo, pero rapado aquí –dijo al tocar su nuca, los recuerdos se mezclaban con otros que no dejaban de pellizcar su alma–. Los navegantes, entre sus cuentos, hablan de demonios… creo que ella era uno de esos demonios, sé que nunca he visto un sanguinario, pero los recuerdo como en sueños, su piel… su piel no era real…
—¿Por qué aquí? Están muy lejos de sus de sus montañas. –Lonkkah intentaba encontrar una respuesta.
—Es de día… los demonios deambulan por las noches. –Yllawie repetía viejos cuentos que siempre había escuchado de los nietos de Serjancio.
—No son demonios, Lawy –dijo Neyhtena–, los navegantes inventan y quieren confundirte.
Wayhkkan había entrado sigiloso en la cocina tocando una de sus orejas mientras mantenía su dedo índice atravesado sobre sus labios.
—¿Qué sucede, Kkan, por qué nos pides silencio? –cuestionó Yllawie, Neyhtena se puso de pie con sus ojos sorprendentemente abiertos.
—¡Son los perros! –exclamó Lonkkah, todos sonrieron y salieron en un ordenado descontrol a su encuentro.
Al frente pudieron distinguir a Flaco, el alfa, detrás de él, Orejón y Cobriza llegaban cansados y agitados. Lonkkah se adelantó para recibirlos, pero los perros esquivaron su encuentro y se dirigieron directo al bebedero, él quedó observando el horizonte, faltaba Gallo… y Chayhton. Yllawie se acuclilló para acariciarlos:
—Flaco, ¿dónde está Chayhton? Debían traerlo de regreso –balbuceó impotente contra los perros, volteó para observar y buscar respuestas en Neyhtena.
—¡Nooo! –gritó furiosa–. ¡No vas a ir, no voy a dejarte ir, Kkan! –Giró en dirección a la puerta trasera de la cocina y todos observaron a Wayhkkan parado en el umbral, con dos bolsos en sus manos.
—Kkan, no, voy solo –sentenció Lonkkah–. Ahora, antes de que anochezca y me llevo a Flaco como guía, debes quedarte.