Kitabı oku: «Sobre la localización de las enfermedades (De locis affectis)»

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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 248


Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL .

Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por JORGE BERGUA CAVERO .

© EDITORIAL GREDOS, S. A.

Sánchez Pacheco, 81, Madrid, 1997.

www.editorialgredos.com

REF. GEBO340

ISBN 9788424932695.

INTRODUCCIÓN GENERAL
I
LA OBRA DE GALENO Y SU TRADUCCIÓN AL CASTELLANO: EL FINAL DE UN DESENCUENTRO

El historiador de la medicina Pedro Laín Entralgo no ha dudado en afirmar que «acaso no haya en la historia universal de la ciencia otro hombre tan afortunado como Galeno. Ni siquiera Aristóteles. Su ingente obra personal, su vasto saber médico y filosófico y su doble condición de legatario y testador de toda la medicina griega hicieron de él la figura suprema del arte de curar a lo largo de casi milenio y medio y a través de las más diversas culturas: la bizantina, la arábiga, la medieval europea y la renacentista. No obstante las valiosas novedades que desde el siglo XVI han creado los médicos ‘modernos’, Galeno sigue siendo explicado y estudiado en las universidades europeas del siglo XVII , y todavía en 1726 un catedrático y publicista, el valenciano Lloret y Martí, se creerá en la obligación de componer una ‘defensa de la doctrina de Hipócrates y Galeno contra los errores vulgares’. Y si todo esto puede ser dicho de Europa entera, ¿qué no podrá decirse de España, donde todavía el lenguaje familiar llama por antonomasia ‘galeno’ al médico en ejercicio?» (Laín, 1972).

Pese a esta vigencia histórica, el castellano era la única lengua occidental moderna de amplia difusión con la que apenas se podía acceder a una mínima parte de la ingente obra médica y filosófico-natural del médico griego. Cosa que no ocurría con el italiano, el inglés, el francés o el alemán. Los lectores de estas lenguas modernas tenían a su disposición el núcleo más importante de sus obras ofrecidas en cuidadas ediciones, algunas de ellas acompañadas del texto original griego.

En 1899, hubo en España un primer intento, muy ambicioso, no sólo de traducir el corpus entero de las obras de Galeno, sino de hacerlo tras haber llevado a cabo la hazaña de realizar lo que sería la primera edición crítica de sus obras. Algo que, por desgracia, la gran empresa del Corpus Medicorum Graecorum (Berlín) todavía no ha culminado. El proyecto español formaba parte de otro más amplio, pues comprendía también la traducción a nuestra lengua de las obras de Hipócrates, planificado por el filólogo Donaciano Martínez Vélez, cuyos planes y logros han pasado desapercibidos hasta hace pocos años (García Ballester, 1975). Su trabajo como filólogo coincidía con las investigaciones que desde mediados del siglo XIX venían realizando los grandes maestros de la filología francesa (Daremberg) y alemana (Ilberg, Schöne, Kühlewein y sobre todo Diels). El proyecto lo planteó en el contexto de un acercamiento exigente a la historia de la medicina antigua, realizado en el seno de uno de los grupos médicos que —junto con el de Simarro, Gómez Ocaña, Cajal, y otros— encabezaron el proceso de renovación de las ciencias biomédicas en la España de la Restauración: el que cristalizó en Madrid en torno al cirujano Federico Rubio y Galí (1827-1902) en la transición de los siglos XIX al XX .

En efecto, pese a la insatisfactoria situación de la medicina española en la segunda mitad del siglo XIX , el esfuerzo de muy contados hombres, apoyados en una situación económica, social y política más favorable, logró cristalizar en unas instituciones sensibles a las corrientes científicas europeas. Uno de estos hombres fue Federico Rubio, típico representante del científico liberal decimonónico, profesor de cirugía en Sevilla y posteriormente en Madrid y fundador en esta última ciudad de un Instituto de especialidades quirúrgicas cuna del especialismo quirúrgico en España. Federico Rubio adoptó ante el pasado médico la misma actitud que Virchow en Berlín o la de sus colegas vieneses Hyrtl y Billroth. Su interés por los «precedentes» le llevó a incluir en su revista —Revista Iberoamericana de Ciencias Médicas , fundada en 1899, y una de las muestras más interesantes y exigentes del periodismo médico español— trabajos de historia de la medicina en la línea de las distintas tendencias entonces vigentes en el área alemana. Allí publicó Rodolfo del Castillo Quartiellers su clásico trabajo sobre «La oftalmología en tiempos de los romanos» (1900), basado en fuentes arqueológicas y epigráficas; también colaboró el catalán Luis Comenge, sin duda el mejor historiador de la medicina española anterior a la Guerra Civil (1936-39). En este contexto se realizó la más importante contribución española contemporánea al conocimiento de los textos de la medicina antigua: la realizada por Donaciano Martínez Vélez al traducir directamente del griego con abundantes notas críticas, fundamentalmente de caracter filológico, seis tratados hipocráticos. Todos ellos aparecieron entre 1899 y 1900 en la Revista de Federico Rubio, junto con dos breves notas programáticas: la primera relativa a los códices de Hipócrates existentes en España (1899), y la segunda a lo que él llamó «Materiales para la historia de la medicina antigua» (1900).

Fue en este contexto en el que planeó «hacer una nueva edición de Hipócrates... y la primera edición crítica de Galeno». Pero, sea por demasiada edad o por razones que desconocemos, su ambicioso proyecto no se llevó a cabo. Su trabajo, como el de otros miembros de su generación (Simarro, Cajal, por ejemplo), fue acompañado de una fuerte denuncia de la situación de la ciencia (en su caso, de la filología clásica y de la historia de la medicina) en la España del momento y de su esfuerzo por insertar esas dos disciplinas en las corrientes más fecundas y exigentes del momento europeo, y superar con ello «el gran bochorno» de la nula atención que el gobierno español de entonces concedía a los estudios de filología clásica. Por desgracia la muerte de Federico Rubio en 1902 interrumpió las investigaciones y traducciones de Donaciano Martínez Vélez. Nada más sabemos de él ni de su proyecto de editar y traducir al castellano el corpus médico de Galeno.

El programa y las traducciones de Martínez Vélez se olvidaron rápidamente. Hasta 1947-48 no se volvió a plantear el proyecto de traducir al castellano las obras médicas de Galeno. Fue en Buenos Aires, cuando Aníbal Ruiz Moreno, director junto con Pedro Laín de la revista de Historia de la Medicina que éste fundara en Madrid (1949), entró en relación con el filólogo español Antonio Tovar durante la estancia de este último en Argentina en 1948. Ruiz Moreno concibió una colección de clásicos médicos, entre ellos Galeno. En 1947 aparecieron dos volúmenes con traducciones totales o parciales de ocho obritas de Galeno o pseudogalénicas. La traducción se hizo del texto latino (Venecia, 1586) por no disponerse entonces en Argentina de un texto griego. Fueron incluidas más tarde sin variación alguna en la antología de Científicos griegos , hecha por encargo de la editorial Aguilar. Al año siguiente, Antonio Tovar y Ruiz Moreno tradujeron juntos, a partir del texto griego de Kühn, el De differentia pulsuum y el De pulsibus ad tirones .

Cincuenta años más tarde, el presente volumen es el primero dedicado a la obra médica de Galeno en la Biblioteca Clásica Gredos, que pretende presentar al público de habla castellana una muestra representativa de la amplia producción escrita del médico de Pérgamo. Es también la primera vez que aparece en España, traducida del griego (edición de Kühn), una obra médica del gran clásico griego. Con ello, la filología española, de la mano de la editorial Gredos y bajo el impulso de Carlos García Gual, comienza a hacer realidad el ambicioso proyecto del olvidado filólogo español Donaciano Martínez Vélez.

II
¿POR QUÉ GALENO AHORA?

Creo que para el hombre culto en general y para el médico preocupado de hacer de su actividad algo más que la aplicación de unas técnicas diagnósticas y terapéuticas de inmediata aplicación, la obra de Galeno puede ofrecer un cuádruple interés: en primer lugar, por lo que en sí misma significa de máxima expresión de un momento culminante y de innegable interés en la medicina de la Antigüedad griega. En segundo lugar, porque la aclaración de su obra científica es una base necesaria para acercarse al estudio del galenismo en sus distintas fases, medieval, renacentista y moderna, tanto de la cultura europea como de las culturas mediterráneas (la europea latina, la bizantina, la árabe, la judía) y orientales (por ejemplo, la armenia, tan temprana en traducir a su lengua el corpus galénico en un movimiento intelectual paralelo al del occidente europeo medieval); un galenismo que a través de los misioneros jesuitas se aculturó, por ejemplo, con la cultura científica china del siglo XVI , precisamente en el momento de máxima vigencia del galenismo en los círculos intelectuales europeos. En tercer lugar, porque con ello se contribuye al esfuerzo de aclaración de los distintos problemas de la medicina moderna occidental, muchos de ellos surgidos en polémica con la medicina tradicional, representada en Europa por el galenismo. En cuarto lugar, para el lector inteligente de hoy, el placer y el elemento de reflexión que vehicula todo gran clásico y que la lectura de sus obras hace posible. En el caso de Galeno, y en el campo médico —Laín Entralgo lo ha señalado varias veces—, su rico concepto de «indicación terapéutica», el rigor racional de su esquema de la etiología en el campo de lo que hoy llamamos «patología general», la habilidad e ingenio de sus disecciones, su constante llamada a la atención del paciente desde la disciplina de una formación rigurosa y la actitud de quien ve en él a un ser menesteroso necesitado de la ayuda técnica del médico, no por ello menos humana. No creo que ningún lector actual permanezca indiferente ante la insaciable curiosidad intelectual de Galeno y la pasión por la investigación de la que no abdicó a lo largo de su larga vida. ¿Cómo quedar indiferente ante un hombre que se preocupó de recoger, y practicar a lo largo de su intensa vida, las siguientes palabras de uno de los grandes maestros médicos de la Antigüedad clásica, el alejandrino Erasístrato (s. III a. C.): «quien se dedica a la investigación busca afanosamente, no se da tregua en la tarea; se dedica a ella, no sólo día y noche, sino durante toda su vida hasta que encuentra la solución a su problema» (Scr. min . II 17)?

En la síntesis galénica podemos distinguir cuatro elementos íntimamente unidos. En primer lugar, la tradición hipocrática, que en los siete siglos que separan los primeros escritos hipocráticos de los de Galeno sufrió distinta suerte. Científicamente se vio enriquecida y elaborada, pero la unilateralidad, la excesiva especulación y prolijidad de sus seguidores, y sin duda otros factores sociológicos más complicados y no aclarados todavía, hizo que perdiera vigencia en favor de otros movimientos doctrinales médicos, como el solidismo, el empirismo o el pneumatismo. Poco tiempo antes de Galeno tuvo lugar el llamado renacimiento hipocrático. Nuestro médico, ya desde sus tiempos de formación y siguiendo en esto a sus primeros maestros, tomó parte en las polémicas a favor de Hipócrates. Hizo del hipocratismo uno de los pilares más firmes de su doctrina médica (Smith, 1979; Manetti, Roselli, 1994). El segundo elemento que distinguimos en el corpus médico de Galeno es el pensamiento de los más famosos filósofos y científicos griegos, principalmente Platón, Aristóteles, Posidonio. No es posible entender cabalmente muchos de los planteamientos cosmogónicos y antropológicos de Galeno sin tener presente el Timeo o el respeto con que es abordado en muchos de los diálogos la obra y la persona de Hipócrates. Las aportaciones teóricas, conceptuales, metodológicas del segundo serán decisivas para comprender adecuadamente el saber médico de Galeno; la instalación en la ciencia de su tiempo del tercero es básica para entender la actitud que como científico adoptó o quiso adoptar Galeno (Moraux, 1976; Barnes, 1991; Pearcy, 1993; Grmek, Gourevitch, 1994). En tercer lugar, el complejo mundo de conceptos tomados de los movimientos médicos contemporáneos, como el solidista, el pneumático, el ecléctico, e incluso el empírico. Galeno perfiló sus ideas y encontró soluciones a los problemas planteados por la enfermedad en polémica amistosa o violenta con los miembros de estas escuelas. Su deuda con ellas es grande (Temkin, 1973; Smith, 1979). El cuarto elemento es su obra como investigador y como clínico original.

La conjunción de todos estos elementos dará lugar al mayor corpus doctrinal médico que se nos ha conservado de la Antigüedad griega. Las expresiones empleadas para presentar la obra médica de Galeno como «canon de la medicina antigua», «corpus doctrinal», «síntesis», y otras de semejante estilo, pueden inducir a que Galeno, al fin de su vida, o conforme ésta fue avanzando, presentó un cuerpo doctrinal perfectamente coherente y concluso, apto para ser digerido poco a poco por la posteridad. Nada más lejos de la realidad. Como dice Temkin (1977), el gran estudioso de Galeno y del galenismo, «su obra es más una enciclopedia que un sistema», queriendo decir con ello que Galeno estuvo muy lejos de encontrar solución, adecuada o inadecuada, para multitud de problemas estrictamente médicos. El propio Galeno fue consciente de ello. Las contradicciones, repeticiones e imprecisiones que encontramos en sus escritos no hablan precisamente a favor del sistema cerrado. No obstante, pese a lo contradictorio de algunos de sus pasajes y lo inconcluso de algunas doctrinas centrales para explicar aspectos claves de determinadas funciones del ser vivo, por ejemplo todo lo referido al papel de los distintos pneumas en el mantenimiento de las funciones vitales, es posible detectar a lo largo de sus escritos, desde los más tempranos hasta los redactados en su vejez, puntos de vista que no ha abandonado (Temkin, 1977). Ello permite al historiador y al lector de sus obras reconstruir con un mínimo de coherencia sus opiniones sobre problemas médicos concretos o dimensiones de su práctica médica y terapéutica.

Esa característica dota a muchos de los escritos de Galeno —Sobre el pronóstico , el Método terapéutico, Sobre la localización de las enfermedades , entre otros— de mayor vitalidad, especialmente evidente en aquellos que tienen que ver con la relación médico-enfermo, con la práctica médica diaria, caracterizados por estar todos ellos empedrados de historias o relatos clínicos donde Galeno ejemplifica, aclara o subraya puntos doctrinales que, de este modo, son presentados en contextos muy cercanos a la realidad que el médico vive cotidianamente.

Este modo de proceder está muy acorde con la actitud —que mantuvo a lo largo de su vida— de denuncia del formalismo y el dogmatismo de escuela, de enfrentamiento abierto contra los sistemas que, en su opinión, esclavizaban al intelectual y al científico privándole de libertad (Walzer, 1949). Galeno, como en general muchos de los intelectuales de su tiempo, estuvo por principio en contra del sistema como explicación total del mundo. No le satisfacía la postura del hombre que encuentra respuesta y explicación a todo en y desde un sistema, entendido éste como conjunto de doctrina explicativa de toda la realidad. Consecuencia de esta insatisfacción fue el eclecticismo de los médicos más sobresalientes del período, Sorano, Rufo, el propio Galeno, entre otros (Temkin, 1956; Thomssen, Probst, 1994; Hanson et al ., 1994). Su eclecticismo no fue una salida fácil ni expresión de una actitud negativa. Por el contrario, manifestaba un desacuerdo con el dogmatismo del sistema único (por ejemplo, el estoicismo o un hipocratismo servil), la insatisfacción frente al mosaico muchas veces contradictorio de escuelas médicas y de filosofía natural y una inquietud liberalizadora en la busca de soluciones para los problemas planteados por la medicina o la ciencia en general. Esta búsqueda continua es lo que hace difícil el fijar el pensamiento de Galeno en torno a un problema determinado. Más aún si se tiene en cuenta que Galeno era hombre que sometía a continua revisión sus opiniones, lo cual dota a su pensamiento de un matiz fluctuante y no definido. No olvidemos que su obra fue el resultado de más de cincuenta años de estudio, lecturas, investigación, polémicas y práctica médica en una sociedad muy concreta: la de los círculos de una clase ciudadana alta y aristocrática, muy intelectualizada y apasionada por el saber y por los problemas de la naturaleza humana.

Si es verdad que ofreció un cuerpo de doctrina a la posteridad, fue un sistema abierto, con lagunas, contradictorio a veces y necesitado de elaboración y ampliación y también de que se le proporcionara un enfoque unitario. Fue un sistema cuyo empeño racionalista y su insistencia por encontrar soluciones a la medida del hombre de los problemas planteados por la salud y la enfermedad, hizo que, al difundirse por la Europa occidental medieval y moderna de la mano inicialmente de los médicos y filósofos naturales árabes, no sólo los intelectuales europeos sino también el pueblo llano, aprendiesen que la medicina, sobre el núcleo doctrinal elaborado por Galeno, podía ofrecer soluciones válidas a los problemas de la salud y de la enfermedad. Prueba de que así fue percibido fue la larga vigencia de las doctrinas médicas inspiradas por Galeno y elaboradas sobre sus obras. En la realización de ese programa, llevado a cabo en un lento y complejo proceso de transmisión, fue tomando cuerpo lo que técnicamente se ha llamado galenismo, un sistema médico que se integró perfectamente con el cristianismo, tal como fue concebido por la sociedad europea desde el siglo XII en adelante (Temkin, 1973, 1991). Por eso, si es verdad que ese gran movimiento intelectual no puede entenderse sin el pensamiento original de Galeno, también lo es que, en muchas ocasiones, la clave exegética del propio Galeno se encuentre en un autor del largo periodo de vigencia del galenismo de cualquiera de las culturas donde se gestó y practicó.

El galenismo fue algo más que una doctrina médica, fue un modo de entender la vida del hombre, una filosofía. «A la vez que médico, (Galeno) quiso ser y fue filósofo de la naturaleza, en el sentido helénico de esa expresión» (Laín, 1987) y, en este sentido, construyó un sistema. Ahora bien, fue un sistema de pensamiento íntimamente unido a una práctica médica, a un sistema médico. Cuando éste dejó de tener vigencia en Europa a lo largo del siglo XVII , el galenismo y el propio pensamiento filosófico de Galeno se desvanecieron. Ésta fue quizas la gran diferencia que ha tenido con respecto al pensamiento de Platón o de Aristóteles. Las ideas de estos últimos en el campo de la metafísica, de la ética, del pensamiento político, del pensamiento en general, han persistido separadas del conjunto doctrinal de sus filosofías de la naturaleza, que tampoco tienen ya vigencia (Temkin, 1973; García Ballester, 1992).

Ambas facetas de la obra de Galeno, la de sistematización creadora de la tradición médica griega y la de su perdurable y decisiva influencia en el pensamiento médico occidental, son las que convierten su estudio en clave fundamental para la mejor comprensión de cualquier problema médico ulterior a ella.

Ahora bien, no todo fue conocimiento científico en la vida de Galeno, ni su saber médico tuvo como únicas motivaciones las estrictamente intelectuales. Hubo otros motivos de carácter social, económico, moral o religioso que, evidentemente, explican y condicionan su actuación. No están todavía aclarados del todo. Estudiar la vida y obra de Galeno, médico e intelectual que vivió intensamente su época, leer sus escritos, es una oportunidad de instalarnos en uno de los meridianos clave de la medicina y la ciencia de la sociedad helenística del siglo II d. C.; también de conectar con una de las raíces de la medicina occidental.