Kitabı oku: «La barbarie de la ignorancia»

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George Steiner

LA BARBARIE

DE LA IGNORANCIA

Conversación

con Antoine Spire

Traducción de Pablo Hermida Lazcano


Título original: Barbarie de l’ignorance, originalmente publicado en francés por Éditions Le Bord de l’eau

Primera edición en esta colección:

enero de 2021

© Éditions Le Bord de l’eau

© de la traducción, Pablo Hermida Lazcano, 2021

© de la presente edición: Editorial Alfabeto, 2021

Editorial Alfabeto S.L.

Madrid

www.editorialalfabeto.com

ISBN: 978-84-17951-15-3

Ilustración de portada: Alba Ibarz

Diseño de colección y de cubierta: Ariadna Oliver

Diseño de interiores y fotocomposición: Grafime

Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO (www.cedro.org).

ÍNDICE

1  Prefacio

2 A VOZ DESNUDA: enero de 1997Presciencia del padreUn club «limpio de judíos»Un club del que uno no puede darse de bajaEl nombre oculto de Dios…La última puertaEl sudor del almaJazz, heavy metal y rapHeidegger: el más grande de los pensadores y el más pequeño de los hombresUn planeta vacío en el sol griego de la mañanaEl peso sin fin de la ausencia de DiosCuatro volquetes de basura en la lunaSolo la sombra de un cierto hastío…

3  STACCATO: 8 de diciembre de 1998

4  A modo de epílogo

PREFACIO

Durante mucho tiempo, George Steiner no fue para mí más que el autor desencarnado de una obra considerable que gira en torno al lenguaje, su sentido y sus consecuencias morales y religiosas. No me desagradó el perfume del escándalo que envolvió El traslado de A. H. a San Cristóbal en 1981. Un breve texto de ficción que ponía en escena a un Hitler nonagenario, escapado de su búnker bajo la cancillería del Reich, encontrado en los confines de Brasil y de Paraguay, explicando por qué había querido exterminar a todos los judíos: «El judío ha inventado la conciencia y ha hecho del hombre un culpable. El judío era así la mala conciencia de la humanidad y, por consiguiente, era preciso deshacerse de él». Tal es el argumento desarrollado en una ciénaga amazónica por un Hitler envejecido, que se identifica con todos aquellos que no quieren enfrentarse a la pregunta por el sentido de su propia existencia.

Esto completaba mi propia visión del judío que escandaliza porque se identifica con una cierta normalidad y, al mismo tiempo, con una diferencia insoportable para todos aquellos que no aciertan a comprender que algunos puedan decirse a la vez idénticos a los otros y diferentes de los otros. Lo cierto es que nos corresponde tratar de comprender por qué, a mitad del siglo XX, un hombre, pertrechado de esta ideología nazi, decidió borrar del mapa humano todo rastro de judaísmo, desde el anciano hasta el niño más inocente.

Pero George Steiner es asimismo uno de los profesores fundadores del Churchill College de Cambridge. Allí enseña desde hace más de cuarenta años una formidable cultura literaria amasada como un tesoro. De Tolstói o Dostoievski a Presencias reales, pasando por Lenguaje y silencio y Antígonas, Steiner, mediante un estilo muy claro y vigoroso en el que la erudición no es jamás superflua, analiza las amenazas que pesan sobre el lenguaje, sobre la posición del poeta frente a la barbarie, sobre la supervivencia de un sentido ligado a la cultura occidental.

Steiner profesa un pesimismo histórico y político radical, que se sitúa en las antípodas de lo que yo defiendo: una comprensión del mundo que constituye ya el preludio de una cierta transformación. Como Sísifo, me empecino en empujar la roca de las injusticias sociales, intentando impedir sus repercusiones por todos mis modestos medios. Steiner no se consume en este género de tarea, que se le antoja vana. Con su cultura, atestigua la belleza atesorada por el mundo a la que, por desgracia, no todas las personas desean siquiera aproximarse: es un gourmet del espíritu. «Elitismo», he pensado con frecuencia, sin vacilar en arrojarle a la cara la palabra. Nuestros encuentros en France Culture han sido controvertidos y duros y, en el transcurso de nuestras primeras conversaciones, llegué incluso a creer que las interrumpiría y que se negaría a proseguir el diálogo con un periodista mediocre e impertinente. Sin embargo, no solo aguantó hasta el final de nuestra primera serie de encuentros, sino que accedió a continuar la discusión aceptando la invitación del magacín Staccato. Tras nuestro primer duelo, en el que la tensión había alcanzado su clímax en torno al valor que él concede a la obra de Heidegger, me ofrecí a llevarlo en coche al centro de París. Charlamos durante veinte minutos como si fuéramos viejos amigos y, en el momento de despedirnos, delante de Saint-Germain-des-Prés, incluso me abrazó. Yo me sentía tremendamente emocionado al ver encarnarse de ese modo su inmensa generosidad espiritual, contradictoria a mi juicio, con esa veneración exclusiva por la cultura tradicional opuesta a las culturas nacientes y balbuceantes de las nuevas generaciones. Aprendí así a respetar un pensamiento que no me resultaba familiar y a hallar en él, además de los puntos de discrepancia irreconciliables, una construcción desesperada pero innegablemente seductora.

ANTOINE SPIRE

Diciembre de 1999

A VOZ DESNUDA1 enero de 1997
PRESCIENCIA DEL PADRE

Antoine Spire: George Steiner, usted nació en 1929, vivió sus primeros años en París, en el XVI distrito si no me equivoco.

George Steiner: Primero en la avenida Paul-Doumer, muy cerca, como usted sabe, de la calle de la Pompe. Era un barrio muy liberal, con mucha cultura y también con una gran presencia judía. Mis comienzos fueron totalmente los de una infancia privilegiada, protegida, en una casa llena de libros, llena de música; una madre maravillosa de origen vienés, políglota; un padre de origen checo, de una minúscula aldea a ocho kilómetros del pueblo de Lídice, tristemente célebre por una de esas venganzas totales nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Y una educación llena de esperanza, de un humanismo muy característico de ese mundo, a la vez francés y de Europa central.

A. S.: Cuando dice Europa central, por supuesto ha pronunciado los nombres de Viena y Praga, las ciudades de sus padres. De hecho, usted viene de esa Viena de Benjamin, de Adorno, de Ernst Bloch, de Lukács, de Freud. Cabe decir que la Viena mítica de las personas cultas, ese es su nido familiar.

G. S.: Era ya una Viena trágica. No hay que olvidar la paradoja: matriz —me atrevo a decir— de nuestra cultura moderna, de nuestro modernismo e incluso posmodernismo, pero ya a la sombra de un antisemitismo cada vez más feroz, y especialmente gracias a la catástrofe de 1914-1918, la parte de un imperio que buscaba ya un futuro con Alemania. Había allí —es muy difícil de explicar; la física nos brinda un término, si lo entiendo bien— explosiones, y más potentes todavía eran las implosiones, concentraciones de fuerzas cuando estas se multiplican por la intimidad del medio. Era muy pequeña. Todo el mundo conocía a todo el mundo. De repente, Viena, antigua capital imperial, se había convertido en un pueblo. Pero, como usted ha dicho, yo nací en París y solo conocí ese mundo a través de mis padres.

A. S.: Entonces, antes de que usted naciera, sus padres se habían marchado de Viena: una presciencia absolutamente extraordinaria de su padre, por la que cabe preguntarse. En 1924, él, que tenía responsabilidades (era secretario jurídico del banco de Austria a los veinticuatro años), deja Viena, al sentir que las cosas se complican cada vez más, dificultando la vida de los judíos.

G. S.: Piense que es un alcalde de Viena, Karl Lueger, un hombre muy importante, quien lanza en realidad el programa, que será el de su discípulo Hitler, para la eliminación de los judíos en Europa. Un pequeño detalle me atormenta: la palabra terriblemente fea en alemán, Judenrein, es decir, «limpieza étnica»; regiones, ciudades, organizaciones en las que ya no habrá judíos. Es el club ciclista de la ciudad de Linz el que inventa ese término en 1906.

UN CLUB «LIMPIO DE JUDÍOS»

G. S.: Estará limpio: ya no habrá más judíos. Un club ciclista de Linz. Así pues, mi padre lo vio venir; no en detalle, por supuesto, pero él buscaba otro futuro para sí mismo y para sus hijos.

A. S.: Su padre va a rehacer, a reconstruir su vida en París emigrando allí en 1924. Escribirá para el Manchester Guardian. De hecho, esa presciencia y luego la extraordinaria capacidad lingüística de su padre, que proviene por supuesto de un mundo germanófono y que habla inglés para un periódico inglés; todo ello explica que usted reciba una educación trilingüe.

G. S.: Mi madre comenzaba una frase en una lengua y la terminaba en otra sin reparar en ello. Ella también tenía un oído soberbio y un francés exquisito. Porque, en la cultura vienesa, uno de los ascensos hacia la dicha de otra civilización era el francés… No hay que olvidar jamás el enorme prestigio de la lengua y de la literatura francesas a través de esa Europa central. Hoy en día, en el angloamericano cuasiuniversal (volveremos sobre ello), olvidamos que era el francés el que daba acceso a la sensibilidad clásica europea. Era hablando francés como se llegaba a ser (el término se ha vuelto muy feo con Hitler, pero es una palabra muy hermosa) cosmopolita. Esta es una palabra muy bella en su sentido griego: «ciudadano del planeta». ¡No hay nada más hermoso! Son Hitler y Stalin quienes han conferido a este término todo su sentido peyorativo.

A. S.: Puede decirse que esta palabra ha vuelto a encontrar todo su valor, toda su belleza, y que hoy ser cosmopolita es, por fin, ser verdaderamente ciudadano del mundo.

G. S.: Ese era el ideal de la Ilustración y de una cierta emancipación judía: la gran salida histórica del gueto, el movimiento hacia Occidente y hacia la libertad francesa, el ideal de la Revolución francesa y los grandes pensadores ilustrados. A mi juicio, bajo el poder angloamericano hemos perdido en cierta medida nuestro sentido de lo que significaba ser europeo en esa época.

A. S.: Fue entonces cuando se percató de que una lengua que se aprende supone una nueva libertad. Así pues, usted era trilingüe y, en un libro titulado Después de Babel, quiso, en el fondo, dar cuenta de la necesidad de ese plurilingüismo y, al mismo tiempo, de la manera en la que este permitía penetrar en las psicologías de pueblos diferentes.

G. S.: ¡No hay mayor fortuna para mí! Cada lengua es una ventana a otro mundo, a otro paisaje, a otra estructura de valores humanos. Es preciso insistir de nuevo en este punto; una cierta pedagogía psicológica, en gran medida estadounidense, querría decirnos: «El niño multilingüe corre el riesgo de sufrir esquizofrenia, corre el riesgo de padecer trastornos mentales». ¡A mi parecer, esto es totalmente absurdo! Darle a un niño una serie de lenguas supone dotar a su personalidad, de entrada, de un sentido humano muy general. Es decir, que no existe ningún monopolio chovinista ni nacional de una sola fórmula humana. Las literaturas a su alcance y la historia de otra tradición son cosas esenciales. Si los árboles tienen raíces —¡y yo adoro los árboles!—, los hombres tenemos piernas; esto supone un progreso inmenso: las lenguas nos dotan de estas piernas. Podemos ser los invitados de los otros hombres, comprender lo que nos dicen y responderles a nuestra vez… Yo he tenido esta enorme fortuna y he añadido después otra lengua que adoro: el italiano. Hoy, al final de mi carrera, de mi docencia, tengo todavía el privilegio de dar lecciones y conferencias en cuatro lenguas. Se trata en cada ocasión de las vacaciones de verano del alma. No sé expresarme de otro modo; ¡es una libertad maravillosa!

A. S.: Estudió en el colegio americano de París, en la calle Théophile-Gautier, donde recibió formación en inglés. Luego estuvo en Janson de Sailly, donde se impartían las enseñanzas en francés. Siempre con ese fondo de cultura alemana vienesa, que era en todo caso el terreno cultural en el que había crecido. Después aprendió griego con su padre. Cuando le contó su infancia a uno de sus entrevistadores iraníes, me llamó la atención el hecho de que su padre le pidiera que tomase notas de lectura de cada uno de los libros que leía y que se las entregase. ¡Él supervisaba muy de cerca su educación!

G. S.: Un pequeño resumen, y no podía empezar el siguiente libro hasta que hubiera escrito ese pequeño resumen, incluso si este decía «no he entendido nada» o «no me gusta este libro». No se trataba de eso; era para que no fuese el niño en la fábrica de chocolate, que come demasiado y se atiborra. La finalidad era enseñarme un cierto método y el respeto por la obra. La obra merece una atención y esta atención ha de reflejarse. Y más tarde, en el instituto, usted lo sabe tan bien como yo, todo el sistema de resúmenes llegó a ser muy importante en la educación secundaria. Se trataba de una pedagogía. A veces me impacientaba y me enfadaba; quería el próximo libro. Sobre ese asunto, mi padre era muy estricto.

A. S.: Usted explica que nació con una discapacidad en la mano y el brazo derechos, y que sus padres reaccionaron con un cierto voluntarismo; y es que, si existe un voluntarismo cultural (del que acabamos de hablar), hay también un voluntarismo bastante asombroso para forzarle a escribir con la mano derecha. Creo que le ataban la mano izquierda a la espalda para obligarle a escribir con la mano derecha. ¡Esto resulta absolutamente incomprensible en estos tiempos!

G. S.: ¡Pues tanto peor para estos tiempos! Si aprendíamos que un pequeño hándicap es, por el contrario, un gran privilegio, es decir, una escuela de la esperanza, una escuela de la voluntad en la que cada progreso se señala; el hecho de que para atarse los zapatos hiciera falta casi un año de ejercicio cuando luego habría cremalleras; es exactamente eso de lo que hablamos: o sea que, en lugar de decirle al niño: «Pobrecito, vamos a ponerte las cosas fáciles», le decimos: «¡Qué suerte tienes, te las vamos a poner difíciles!». Sin ningún ánimo de ser pretencioso, créame, enseguida comprendí una de las máximas preferidas de mi padre (es de Spinoza), que dice que «lo excelente debe ser muy difícil». Exacto, así es. No se trata en absoluto de castigar. Hoy que toda la terapia es una terapia de facilidad, creo que resulta mucho más difícil crecer en la alegría, y subrayo la palabra alegría. La lucha para resolver los problemas cotidianos; he tenido la increíble fortuna de que mis padres comprendieran esa circunstancia. Aquello no tenía absolutamente nada de sádico ni de siniestro, sino todo lo contrario: cuando llega el momento del éxito, brota una risa inmensa de alegría.

A. S.: Cuando habla de alegría, uno piensa en Spinoza, en la alegría spinozista que puede invadirnos a veces tras la lectura de algo, tras el descubrimiento de una dificultad superada. Hay que decir que usted tuvo la suerte no de estar en contacto con Spinoza (por una cuestión cronológica), sino de estar en contacto, por ejemplo, con James Joyce. Me sorprendió saber que su padre recibió a James Joyce en su casa y que un día se presentó usted con sus estribos en el salón…

G. S.: … donde no me estaba permitido entrar. Mi primer recuerdo es aquel inmenso personaje blanco para un niño. Su traje blanco, debía ser primavera o verano. Mis padres iban a regañarme amablemente; tenía prohibido irrumpir en el salón, por supuesto: la vieja escuela. Él dijo unas palabras amables como «no lo riñan» o algo parecido; único momento de encuentro. Por aquel entonces, como usted sabe, Joyce contaba con una serie de mecenas que le permitían continuar su obra Finnegans Wake, work in progress, «obra en curso». Mi padre había logrado reunir sencillamente a algunas personas interesadas en el mecenazgo de Joyce. En mi niñez, aquello me impresionó profundamente. Hoy, sesenta y cinco años después, veo todavía ese blanco, ese blanco resplandeciente y ese esbelto personaje que nunca acababa.

A. S.: De hecho, su padre le inculcó sin duda un extraordinario sentido de la curiosidad, una capacidad de atención a aquello que no es usted, a aquello que no es el lugar en el que usted se encuentra, a aquello que es la civilización del otro y, en el fondo, a una búsqueda perpetua de un mundo diferente. Con él aprendió el griego, con él aprendió las humanidades, lo que se denomina humanidades. Así pues, de ahí proviene también la preocupación por el otro.

G. S.: Pero es también probablemente (era ya una preparación) y encierra —quizás volvamos a hablar de este asunto— un aspecto negativo: toda la vida es una dialéctica. Creo que, inconscientemente o no, mi padre deseaba que fuese profesor, un erudito. Él venía de una tradición en la que una generación ganaba dinero para que la siguiente fuese rabino; no rabino en el sentido religioso, sino en el sentido propio de la palabra: estudios, profesor, hacer un magisterio; y en otras circunstancias, por ejemplo, habría esperado que llegase a ser escritor, artista. Yo pintaba, dibujaba mucho, e inconscientemente —no creo en absoluto que fuese una decisión tomada en abstracto—, me consta que en su mente el erudito y el profesor eran aún más importantes que el artista, lo cual no es cierto. Por supuesto, esto es una paradoja. La creación, para él, no era tan inmediata en su mente. Se trata de la gran secularización de la tradición talmúdica rabínica del pasado en Europa del Este: se esperaba que un hijo fuera por supuesto un sabio religioso. Ya no era así: estábamos en un mundo laico, secular; pero sé que él sentía un placer inmenso por haberme visto antes de su muerte como profesor en las grandes universidades. A veces me pregunto si es ese verdaderamente el ideal.

A. S.: Segunda presciencia extraordinaria de su padre: es enviado a Estados Unidos por Paul Reynaud durante la drôle de guerre o «guerra falsa», para negociar la compra de aviones de caza. Decide seguir el consejo de algunos amigos y principalmente, lo cual es sumamente curioso, de un banquero estadounidense que lleva las insignias nazis y que le dice: «Trae a tu familia…». Escucha a aquel hombre y les pide a su madre y a ustedes que vayan a Estados Unidos. Todavía no se ha declarado totalmente la guerra —pues esto sucede durante lo que se ha dado en llamar drôle de guerre—, y he de decir que resulta bastante formidable ver esa especie de sentido, de presciencia del peligro que su padre poseía.

G. S.: ¡Es un milagro! Aquel banquero había negociado con mi padre, mucho antes de Hitler, un famoso préstamo internacional, conocido como «préstamo Siemens», para la industria eléctrica alemana. Ve a mi padre —era un banquero americano-alemán— y le dice: «¡Saque a su familia a toda costa!». Lo importante de esta anécdota es que quienes estaban a la cabeza de la industria alemana lo sabían ya; no sabían nada de Auschwitz, por supuesto, pero era el comienzo de las acciones en Polonia, de las masacres. Sabían lo suficiente como para adivinar que, cuando llegasen a París (lo cual estaba manifiestamente ya en su cabeza), se produciría la masacre de los judíos. Esto es sumamente importante: estamos en 1940. ¡Por tanto, que nadie venga contando que todo aquello tomó cuerpo en el 41 o en el 42! ¡No, ya se conocía! Mi padre tuvo el instinto, el milagroso instinto, la intuición de decir: «Probablemente sea cierto».

A. S.: Entonces a usted le acoge el liceo francés de Nueva York, y lo que resulta bastante extraordinario es lo que va a encontrar en ese medio neoyorquino: a Maritain, a Perrin, a Hadamard…

G. S.: A Lévi-Strauss…

A. S.: Lévi-Strauss, Alexis Léger; usted hace el retrato de Alexis Léger (cuyo seudónimo era Saint-John Perse), que acude a su liceo para hablar de los deberes del joven francés petainista: todo el mundo sabía que era partidario de Pétain (he ahí otro testimonio); usted le escuchó cuando era un joven estudiante de secundaria.

G. S.: Sí, porque al principio el liceo estaba estrictamente en la línea del Mariscal. Los liceos (el Stanislas de Montreal y el de Nueva York) eran lugares de refugio para los exiliados, los liberales y los hombres de izquierdas y, al mismo tiempo, la escuela oficial, los representantes del régimen francés. Para un niño o un adolescente suponía una gran lección ver la rapidez con la que se puede cambiar con el éxito del gaullismo: los retratos del Mariscal desaparecen a toda prisa.

A. S.: En el año 43, de Gaulle visita su liceo.

G. S.: Lo visita, luego vienen a reclutar, después se presenta un día una señora terriblemente severa con un broche (debió de ser inmediatamente al final de la guerra), que se llamaba madame de Beauvoir, que también nos dio una charla.

A. S.: Había ido allí para ver a su amante, Nelson Algren.

G. S.: ¡Eso no lo sabíamos los alumnos! Pero era una caldera de conflictos con aspectos muy trágicos. En la clase superior a la mía, mintieron, mintieron sobre su edad. Partieron dos jóvenes, que murieron en el Vercors, en la meseta del Vercors. Así pues, aunque fuese desde muy lejos, la guerra nos alcanzó íntimamente.

A. S.: ¡Al mismo tiempo, un crisol cultural absolutamente extraordinario! Usted menciona de pasada una cena nada menos que con Werfel y Alma Mahler, como si toda la literatura centroeuropea también se diese cita allí.

G. S.: Hoy se habla muy mal de Werfel, quizás con razón. Pero hubo un gran momento; era muy duro, era antes de Stalingrado y, por la noche (por aquel entonces yo ya podía cenar en la mesa con mis padres y los invitados) mi padre casi perdió el valor, lo cual era muy inusual. De repente, Werfel dice: «Piense que los medios de estas terribles victorias de Hitler van a ser los medios de su derrota». Es una frase que se me quedó grabada y que fue también importantísima para mi padre. Recuerdo y recordaré toda mi vida el momento de la noticia de la rendición del mariscal Von Paulus y del ejército en Stalingrado. Aquel fue el punto de inflexión.

A. S.: Termina la guerra y usted obtiene el título de bachillerato en 1947. Louis-le-Grand… Se plantea la posibilidad de estudiar en Louis-le-Grand. Finalmente no acude allí. Va a Yale y termina sus estudios en Estados Unidos. Intenta ponerse al día en las ciencias con Fermi, Furet…

G. S.: Ellos estaban en Chicago y yo quería hacer los exámenes de ingreso. Todo mi programa del liceo me conducía hacia las grandes escuelas francesas, y mi padre estaba convencido de que el futuro pertenecía a la lengua inglesa. Aquel fue uno de nuestros primeros grandes conflictos. Yo estaba vanidosamente enojado. Conservo una carta de mi padre en la que me dice: «Asumo la grave responsabilidad de costarte la Academia francesa». Guardaré siempre esa carta. Se burlaba de mí con una bellísima ironía cariñosa. Me decía: «Es en la lengua inglesa donde se podrá vivir las próximas décadas».

A. S.: Así que asistió a las clases de Leo Strauss, «Epistemología y justicia en Platón», que no eran cualquier cosa. En Estados Unidos tuvo profesores absolutamente extraordinarios y en esas universidades (pasó por Harvard) juzgó que aquello era excesivamente práctico para usted; al intelectual que se preparaba no le gustó mucho Harvard…

G. S.: Era demasiado esnob para mí en aquel momento, tras la vida apasionada de Chicago, que probablemente fuese por entonces la universidad más interesante en Ciencias y en Filosofía.

A. S.: Puede decirse que terminó sus estudios en Oxford. Fue Oxford la que le permitió escribir su tesis de literatura sobre la muerte de la tragedia. Publicó además un libro al respecto que se titula La muerte de la tragedia. Fue Oxford la que le permitió preparar su incorporación a The Economist, que era, por supuesto, una revista de economía (donde colaboraba como periodista independiente, pagado por artículo), pero, poco a poco, su considerable cultura le capacitaría para intervenir en un campo extremadamente vasto.

G. S.: Cualquier psicoanálisis (en el que yo no creo) diría que hice las pruebas para entrar en The Economist para demostrarle a mi padre que era capaz de escribir sobre cuestiones internacionales, y no solo sobre temas literarios y filosóficos (mi padre trabajaba en la gran banca internacional). Era una escuela formidable de estilo y de precisión. Sigue siendo una revista única en su nivel intelectual y de comentarios sobre la política y la sociedad. Pero también fueron años de una profunda felicidad personal por poder permanecer en Europa. Esa es la cuestión capital. Lo lógico habría sido regresar a Estados Unidos, donde existían todas las posibilidades. Para mi padre, saber que su hijo estaba en Europa quería decir —de nuevo querría evitar toda presunción, pues las frases son graves—, para mi padre quería decir que Hitler no había ganado totalmente. Hitler había jurado que ya no habría en Europa más personas como los Steiner. Para mi padre era crucial que su hijo pudiera decir «no» a esa idea.

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Litres'teki yayın tarihi:
10 temmuz 2025
Hacim:
92 s. 5 illüstrasyon
ISBN:
9788417951153
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