Kitabı oku: «El Club del Gusano Retorcido»

Yazı tipi:



© Letra Impresa Grupo Editor, 2020

Guaminí 5007, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina. Teléfono: +54-11-7501-1267 Whatsapp +54-911-3056-9533

contacto@letraimpresa.com.ar / www.letraimpresa.com.ar

Falbo, Graciela

El club del gusano retorcido / Graciela Falbo ; ilustrado por Ramiro Pazo. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Letra Impresa Grupo Editor, 2016.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-1565-82-5

1. Literatura Infantil Argentina. I. Pazo, Ramiro, ilus. II. Título

CDD A863.928 2

Reservados todos los derechos.

Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra sin permiso escrito de la editorial.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

EL CLUB DEL GUSANO RETORCIDO

/ CAPÍTULO 1

LOS DÍAS EN VILLA ELVIRA

Sobre el tejado azul, dos gatos, uno rojo y uno negro, parados frente a frente, se miraban hipnotizados. El gato rojo tenía la cola inflada y el otro alzaba el cogote, dispuesto a atacar. Del otro lado de la ventana, Drigo esperaba la pelea. Pero los cuerpos de los gatos seguían inmóviles, como si el tiempo se hubiera detenido.

Hacía diecinueve días exactos que Drigo había cumplido diez años. A los nueve, imaginaba que las cosas importantes de la vida comenzarían a los diez. Sin embargo, todavía no sentía ninguna diferencia.

–¡Te dije lo que iba a pasar con esa ventana abierta!

El grito asustó a los gatos que dieron un salto y desaparecieron por detrás del tejado. Desesperada, la tía Griselda perseguía una mosca agitando un repasador, como si la mosca fuera un drone maligno. Desde la mañana se había estado quejando. Se quejaba por todo: porque entraban moscas, porque hacía calor, porque los pájaros cantaban y no la dejaban dormir. “Está aburrida”, había dicho la mamá de Drigo.

La tía cumplía años el mismo día que Rodrigo. Ella, treinta, y él, diez, pero a veces parecían de la misma edad. Vivía en la capital y había ido a pasar unos días a Villa Elvira. Quería convencer a su hermano de que toda la familia debía mudarse a la ciudad. Pero no lo conseguía.

–¿Pasa algo? –preguntó el padre, asomando la cabeza por la puerta.

–Este chico… se aburre –rezongó la tía Griselda–. Y no es para menos. ¡Todo el día encerrado!

No entendía que él había estado atento, esperando el enfrentamiento de los gatos. Ni siquiera había visto la escena de tensión entre los gatos, que arruinó con su grito.

El padre miró a la tía, suspiró y le preguntó a Drigo si quería salir.

–¿Damos una vuelta? –propuso.

A la hora de la siesta, las calles estaban vacías. Villa Elvira parecía uno de esos pueblos deshabitados de las películas de vaqueros. El sol reverberaba formando espejos azules en el asfalto caliente. Solo se escuchaba el golpeteo de los zapatos al caminar por la vereda y el canto de las chicharras.

Doblaron en dirección a la plaza. Se sentaron en un banco, a la sombra de un tilo. El padre miró alrededor. Era tanto el silencio que parecía el patio de la escuela cuando estaba vacío.

–A lo mejor, Griselda tiene razón –murmuró–. Tendríamos que mudarnos a la capital.


Drigo sintió que el estómago se le endurecía. Iba a decir algo pero prefirió callar, porque vio que su papá miraba hacia un lugar de la plaza y sonreía.

–¿Te conté alguna vez lo del club?– preguntó el padre y, sin esperar la respuesta, continuó–: Cuando tenía tu edad, con mis amigos fundamos un club que se llamó “Los Aventureros del Árbol Viejo”. ¿Viste el ombú hueco que está en los terrenos de la fábrica? Esa era nuestra entrada secreta.

–¿Secreta? ¿Cómo? ¿Adónde entraban?

El padre mantuvo un momento el suspenso, miró alrededor y, luego, acercando la boca al oído de Drigo, susurró:

–Por el hueco del árbol se podía llegar al subsuelo del planeta. Es… era una puerta cósmica.

Drigo se dio cuenta de que estaba tratando de inventar una historia, con el fin de entretenerlo. Era bastante tonta, demasiado básica. Igual, valoró su esfuerzo y lo dejó que continuara.

–El guardián de la entrada era una criatura minúscula. Un enano invisible con los ojos rojos como brasas. ¿A que nunca viste algo así?

–No. Nunca vi nada invisible –respondió Drigo, burlón.

El padre se rio, aceptando lo exagerado de su relato.

–No puedo describir cómo era el guardián de la puerta. Pero lo del club de aventuras es cierto.

Esta información sí le interesó a Drigo.

–¿Tuvieron aventuras de verdad?

–Bueno, depende de a qué llamemos aventuras.

–Una aventura es una aventura, algo fuera de lo común.

Era obvio que el padre solo trataba de inventar algo para entretenerlo. Pero él ya era un chico grande, no un bebé. Además había una confusión: él nunca había dicho que se aburría, la que se aburría era su tía. Mientras dibujaba con una ramita en el piso de tierra, afirmó:

–En pueblos como Villa Elvira, nunca ocurren aventuras de verdad.

–Eso no es cierto –dijo el padre, tranquilo–. Las aventuras ocurren cuando las personas las provocan, cuando toman decisiones fuera de lo previsible. Eso puede suceder en cualquier momento y en cualquier parte.

Drigo se dio cuenta de que su padre no hablaba con él. Estaba pensando en voz alta. Entonces, se distrajo mirando un grupo de mariposas azules que parecían flotar sobre una rosa china.


/ CAPÍTULO 2

EL CLUB

–Club del Gusano Retorcido. ¿Es nombre y contraseña? –preguntó Violeta.

–Sí. Es perfecto –confirmó Santiago.

Violeta frunció la nariz. Santiago se creía un genio porque se le había ocurrido “el” nombre para el club. Con semejante vanidad no iba a poder guardar su ocurrencia en secreto por mucho tiempo.

–¿Alguno propone un nombre mejor? –preguntó Santiago, molesto al ver que los demás también dudaban.

La discusión llevaba más de una hora. No era la primera que sostenía el grupo: casi siempre encontraban motivos para discutir. A veces, las discusiones eran interminables porque todos querían tener la última palabra, en especial Violeta.

Drigo, Santiago y Violeta eran compañeros desde jardín. Mario y Saralía se les habían unido en la primaria. Y como las suyas eran discusiones entre amigos que se conocían bien, por lo general, terminaban en nuevos acuerdos.

El sol estaba bajando y el cielo se empezó a poner lila por el Este. La noche se acercaba y eso los decidió a aceptar ese nombre para el club.

–Me gusta el nombre –dijo Mario–. Pero para abreviar, podemos llamarlo Gurret. Gu de gusano y rret de retorcido.

Todos acordaron. No tenía sentido seguir el debate una hora más. Debían pensar en el punto siguiente: “la promesa”. Lo habían visto en alguna película: iniciar un club requería de una ceremonia en la que los miembros hacían una promesa. Imaginar cuál sería la promesa les llevó un tiempo más. Por fin lo decidieron: iban a enfrentar todas las aventuras que se les presentaran y ninguno podría acobardarse. Realmente, a esta parte no la pensaron mucho, estaban cansados después de tanto discutir.

Entonces, se pusieron en ronda y extendieron los brazos para jurar. Pero algo extraño sucedió. En el momento en que dijeron: “¡Sí, prometo!”, a espaldas del grupo sonó una sexta voz.

Todos se dieron vuelta al mismo tiempo. Pero no vieron a nadie. Con la luz del sol en el poniente, las sombras de los árboles se alargaban sobre el pasto.

–Fue el eco –afirmó Violeta.

–¡HOOOLAAA! –gritó Santiago.

El grito se deshizo en el silencio.

–No, eco no fue –dijo Mario.

Entonces, había sido solo la imaginación. Pero todos decían haber escuchado la sexta voz. ¿Era posible que, sin ponerse de acuerdo, todos imaginaran lo mismo? Aunque la tarde estaba cálida, Mario tuvo un chucho de frío.

–Ya es tarde. Yo me tengo que ir –susurró.

Casi sin mirarse, cada uno se fue a su casa.



/ CAPÍTULO 3

RAROS REFLEJOS EN LA SELVA

En Villa Elvira, había un taxi completamente celeste. Era un Kaiser Carabela. Un auto estrambótico, muy antiguo. Ese día, el auto se detuvo frente a la casa de Drigo.

–Cuando tu abuelo era joven, moría por tener un auto igual a ese –sonrió el padre, al ver el Kaiser estacionado junto a su vereda.

–Parece un batimóvil –comentó Drigo–. ¿De dónde es?

–Es un auto argentino. Hace cincuenta años, esos autos se fabricaban en Córdoba –explicó el padre y agregó–: Fueron épocas buenas, muy distintas a las que vinieron después.

Drigo adivinó que con ese “después”, su padre se refería al cierre de la fábrica de Villa Elvira. Hacía tres años que la fábrica, donde antes trabajaba la mayoría de sus habitantes, había cerrado definitivamente. En las afueras del pueblo, el edificio ahora abandonado, rodeado de altos pastizales, asomaba como una aparición. Parecía el esqueleto gris de un viejo fantasma.

Pero eso no tenía nada que ver con el Kaiser.

El dueño de ese auto era un portugués que había organizado una mini empresa de turismo ecológico. Con su viejo Kaiser, hacía excursiones a la selva de Villa Elvira.

La selva empezaba detrás de los terrenos de la fábrica, al borde del río. Era un monte con características originales. El Departamento de Estudios Ambientales de la Universidad Central había reconocido el área como reserva ecológica y la selva se había hecho conocida cuando filmaron un documental para la televisión. Aunque solo tenía unos doce kilómetros de extensión, era impenetrable: árboles altos, medianos y bajos, mezclados con arbustos, helechos, plantas creciendo sobre otras plantas, enredaderas. Entrar ahí era correr el riesgo de perderse.

El portugués aprovechaba la atracción de la selva (y el peligro que suponía visitarla por cuenta propia) para ofrecer a los turistas un recorrido sin riesgos, por un camino secreto que se metía en la espesura. Se decía que al camino lo habían construido, tiempo atrás, unos contrabandistas.

La puerta trasera del Kaiser se abrió y la tía Griselda bajó del auto. Pasó agitada por delante de Drigo y de su padre como si no los viera, y se metió en la casa. Al entrar, escucharon que hablaba con su cuñada sobre el tema de la inseguridad. Muy nerviosa, decía que el portugués le contó que unas noches atrás había visto reflejos raros en la selva, que escuchó chillidos de animales, voces extrañas, que vio una luz muy fuerte y que todo se había cubierto de una niebla gris que llenó el lugar de un poderoso olor a azufre.

–Como si hubiera… demonios –se estremeció la tía.

–¡Griselda! ¡No me digas que das crédito a esas cosas! –intervino el padre.

–Repito lo que él me dijo –afirmó ella, incómoda frente a las dudas de su hermano. Y continuó–: Me contó que hace diez días vio entrar tres camiones grandes al edificio de la fábrica abandonada y que no volvieron a salir.

–¿Y eso qué tiene que ver con lo que dice que pasa en la selva?

–Nada. Qué sé yo. Les cuento las novedades.

El padre y la madre se miraron: ninguno sabía nada de esos hechos.

–¿Será un invento del portugués para hacer publicidad a su empresa? –preguntó el padre.

–No sé. El hombre estaba impresionado. No podés negar la cuestión de la inseguridad. Es todo un caos. Ayer hacía más de treinta grados y hoy la temperatura cayó a diecisiete. Hasta el tiempo está caótico.

–¿Qué tiene que ver el tiempo? –preguntó la madre.

–Todo tiene que ver. Todo tiene que ver con todo –sostuvo la tía, asumiendo su característico tono de dueña del saber.

Después de esto, la conversación decayó. Hasta que el padre preguntó qué cenarían esa noche.

Drigo quedó hecho un manojo de dudas.

El relato de su tía anunciaba una posible aventura. Sin embargo, la idea de meterse solos en la selva le pareció demasiado arriesgada, y mucho más de noche. De solo pensarlo, sintió que un escalofrío le recorría la espalda. Entonces, dudó si debía contar al Gurret lo que había escuchado. Si lo contaba, estarían obligados a cumplir con la promesa de meterse en la aventura y eso quería decir meterse en la selva. Y además, de noche. Pero no contarlo era una traición al club. ¿Estaba actuando como un cobarde?

Durante un largo rato, se debatió entre decir y no decir. Hasta que, por fin, una idea logró serenarlo. Habían prometido meterse en la primera aventura que se les presentara. Lo que ocurría en la selva era solo un rumor. Ninguna aventura se había presentado. Al menos, todavía.


Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.