Kitabı oku: «El tiempo que quieras»

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Graciela Gliemmo

El tiempo que quieras

Prólogo de Ana María Bovo



Gliemmo, GracielaEl tiempo que quieras. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Libros del Zorzal, 2014.E-Book.ISBN 978-987-599-384-61. Narrativa Argentina. 2. Cuentos. I. TítuloCDD A863

©Libros del Zorzal, 2011

Buenos Aires, Argentina

Printed in Argentina

Hecho el depósito que previene la Ley 11.723

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Índice

Prólogo | 5

La sombra de la palmera | 8

Agujeros | 12

Orquídeas en invierno | 22

Rituales | 28

No soy esa que cuentan | 41

Sueños paralelos | 44

Nada de besos en la boca | 57

Tocale la cola a la novia, nena | 64

¿Y dónde está mi cuarto? | 72

Ahora que estoy sin Alberto | 85

Último sábado de carnaval | 91

Je t’aime, Zizou | 100

Algo para recordar | 108

Café de la Feria | 120

Gratitudes | 129

Prólogo

No tengo experiencia en escribir prólogos. Este es el primero. Y me toca hacerlo con el primer libro de cuentos de Graciela Gliemmo, autora —hasta el momento— de textos no ficcionales.

En principio me cautivó el título. Remite a un personaje de Clarice Lispector —una niña devoradora de historias—, que desea mucho, mucho, un libro ajeno. Frente a El tiempo que quieras, algo semejante me pasó a mí.

Cuando leí el primer cuento, sentí una familiaridad con las voces, con los personajes, con el clima. Cuando leí el segundo, me ganó, además del interés, el desconcierto. Fui avanzando con cautela. Porque tuve como lectora la sensación de haber burlado la vigilancia de un portero distraído para subir al primer piso de un edificio desconocido. Vi un pasillo largo y una alfombra que cubría, de punta a punta, el centro del pasillo. Entonces, bajo el filo que separaba cada puerta del piso de madera, pude intuir cuánta luz o cuánta penumbra había adentro. Pude escuchar los rumores de voces cálidas, hostiles, respiraciones livianas, suspiros agobiados de personajes que ansiaba conocer mirándolos de frente. Avancé, después, por los cuentos con la avidez de una censista que logra trasponer el umbral y se demora en cada habitación para hacer, primero, las preguntas de rigor y luego, otras preguntas. Esas que nunca figuran en los formularios.

Ese pasillo que, en apariencia, prometía siempre lo mismo (todas las puertas parecen iguales, idénticas las mirillas, los mismos picaportes) rompe en su recorrido con la ilusión de lo unívoco. La lectura de cada cuento es inquietante porque te lleva hacia la próxima puerta con otra ilusión: saber que llegarás al final con el oído colmado de múltiples voces, de rumores diversos. Con el deseo, también, de desandar el pasillo para trasponer los umbrales otra vez. Para quedarte en alguno de esos cuartos ajenos, el tiempo que quieras.

Ana María Bovo

Nada existe más difícil que entregarse al instante. Esta dificultad es un dolor humano.

Es nuestro.

Clarice Lispector, Agua viva

Las cosas frías se calientan, lo caliente se enfría, lo húmedo se seca, lo seco se vuelve húmedo.

Heráclito, Fragmento 126

El hombre es semejante a un soplo

sus días a una sombra que pasa.

Salmo, 144-4

La sombra de la palmera

Sabrina y yo íbamos todos los martes y jueves a esa casa. No teníamos piano y la señora Cecilia nos prestaba el de su hija. Nunca supe cómo había hecho nuestra madre para llegar a ese arreglo, aunque cuando se refería a nuestras prácticas, ella decía: “Alquilamos un piano”. Nadie lo usaba y hasta el día de hoy pienso que por eso sonaba algo desafinado. La cuestión es que permanecíamos unas cuantas horas tocando a cuatro manos en la casa de los Melindo, de la reconocida profesora Cecilia Melindo.

Ni Sabrina ni yo usábamos reloj. Ningún niño lo usaba si no había cumplido por lo menos los doce o trece años. Al principio era difícil adivinar hasta qué hora podíamos quedarnos, pero luego apareció Damián y eso nos ayudó a medir nuestro tiempo. Cuando Cecilia le abría la puerta para despedirlo, nosotras salíamos rápidamente y con la cabeza baja por el costadito que quedaba libre. Tan entretenidos estaban agotando los últimos minutos del encuentro que nunca respondían a nuestro tímido saludo.

Cecilia era la mujer de don Julio, famoso en el barrio por sus barquitos de madera y, sobre todo, por su irreversible enfermedad. Hacía años que no salía a la calle, que ni siquiera paseaba por su propia vereda. Tenían sólo a Camila, que se dedicaba a leer durante horas y horas encerrada en su habitación. Cecilia era bastante cariñosa con su única hija, pero ya no le quedaba ni un resto de paciencia para tratar a su esposo. Menos aún amor.

Mientras ensayábamos ilusorias escalas e improvisábamos para ver si alguna vez salía algo de tanto tocar las teclas, don Julio escuchaba la radio en la otra punta del largo comedor. Como sintonizaba Radio Nacional, nosotras jugábamos a acompañar la música. En realidad, no exagerábamos cuando le decíamos a nuestra madre: “Hoy tocamos el Concierto para piano número 21 de Mozart” o alguna otra cosa por el estilo. Y don Julio sonreía. Yo lo espiaba y sorprendía a veces su triste sonrisa.

Al rato, como a mitad de nuestro increíble concierto, aparecía Cecilia con una bandeja y le dejaba un enorme tazón con leche y unos panes enteros que don Julio iba mojando de a poco, para sorber después el líquido caliente emitiendo unos ruidos bastante desagradables. Él mismo se limpiaba con la servilleta y esperaba largo rato con la bandeja sobre las rodillas, hasta que Cecilia reapareciera otra vez. Ella se la sacaba de mal modo, con mucho fastidio, y lo acomodaba con rudeza en la silla de ruedas. Lo regañaba como si se tratara de un anciano o de un niño molesto mientras le cambiaba la camisa, la remera o el pulóver, porque decía que se había salpicado con leche y que la leche da un pésimo olor cuando se seca. Había un poco de animosidad en esa frase, y a mí me molestaba que cerrara la escena con las siguientes palabras: “¡Qué van a pensar las chicas, Julio!”.

Nunca lo hablé con Sabrina y hasta me atrevería a asegurar que ella, embriagada por el sueño de ser algún día concertista y convencida de que con esas falsas horas lo lograría, no prestaba atención a nada que se escapara de la reducida superficie del piano. Incluso yo solía cedérselo con gusto y casi llegué a no tocarlo durante tardes enteras, cuando dejé de espiar a don Julio y me dediqué a observar las miradas que se echaban Cecilia y Damián.

Él era, creo, un compañero de la escuela en la que Cecilia dictaba clases de Química. No sé cuántas veces por semana la visitaría, pero cada vez que nosotras íbamos lo cruzábamos. Llegaba a minutos de la escena de la bandeja, así que estaría un poco más de una hora.

Si me dieran la oportunidad de rescatar algo de esos cautivantes momentos, no recuperaría mi niñez ni la sincera y espontánea relación que tenía entonces con mi hermana gemela. Me quedaría con una de esas miradas. Mientras hablaban de planillas, de casos típicos de rebeldía infantil y adolescente con los que me sentía absolutamente identificada en esa época, del mal carácter de la rectora y de temas tontos, intrascendentes, los ojos dialogaban en un lenguaje simultáneo y hasta contrario al de las palabras. Eran sólo los ojos, porque las manos de ambos permanecían quietas y el cuerpo, fingidamente inexpresivo, reservado. A veces, me arriesgaría a precisar que muy pocas veces, se agitaron sus voces y se ruborizaron las mejillas. Yo asistía cada martes y cada jueves a ese diálogo amoroso y sentía cómo se iba construyendo un puente silencioso entre los dos, tan cómplice y esperanzado.

Se sentaban en dos amplios sillones de algarrobo, colocados muy cerca de uno de los grandes ventanales, y yo veía hacia el final de la fragmentaria pero significativa conversación una señal, una particular ansiedad en el rostro de Cecilia: cuando la palmera del gran patio proyectaba su sombra sobre el piano y la luz del sol dejaba de iluminar la cabeza de Damián, ella se apagaba de inmediato, como disparada por una cuerda interna, y se ponía de pie mientras acomodaba hacia abajo su vestido o intentaba borrar las invisibles arrugas de la tela. En ese momento, sus ojos se aguaban.

Un día Damián desapareció, quiero decir, dejó de visitar a Cecilia. No hace falta aclarar que nunca supe los motivos de su alejamiento y que los reclamos se hicieron más tenaces a la hora de la merienda. Sabrina necesitó aprender de verdad a tocar el piano, y mis padres debieron invertir en clases dictadas por un profesor que guiara la inclinación artística de mi hermana. Yo extrañé durante mucho tiempo esas horas de música clásica mientras jugábamos a tocar el piano. Extrañé también la cercanía amistosa de don Julio. Me hizo falta la frescura inexplicable de ese antiguo comedor. No llegué a comprender nunca los contradictorios sentimientos y sensaciones que me provocaban esas tardes.

En realidad, no es por eso que recuerdo hoy esta historia. Es, pienso, por la gran melancolía que me provocan los altos árboles de esta nueva casa. No hay palmeras, pero un robusto ciruelo cargado de frutos proyecta su sombra sobre el mudo piano de mi hija. Mientras escucho los armoniosos violines que interpretan a la perfección el Canon de Pachelbel, las agujas marcan ya las seis y media, aunque creo que este reloj adelanta unos minutos. Pronto llegará Ricardo para compartir un café mientras hablamos de nuestros trabajos, de la difícil situación del país, en fin, de cosas de la vida. Pero los ojos de Ricardo se me escapan. No he podido cruzarme ni una sola vez con ellos.

Agujeros

Es el otro el que parte, soy yo quien me quedo.

Roland barthes, Fragmentos de un discurso amoroso

Vuelo Buenos Aires – Madrid.

Y bueno. Aquí estamos finalmente. Llegó el día en el que tal vez comience este infierno tan temido. El infierno sin diablo y sin llamas.

Tal vez hayamos hecho ayer por última vez el amor. Tal vez no. ¿Quién tiene la última palabra en cuestiones de amor? ¿Cómo era esa teoría del amor? ¿Y la de la pasión? Soy dura para las teorías.

Me las explicaste cuando cruzábamos la 9 de Julio. El amor resiste todo. Distancia. Tiempo. Todo. Es una especie de Aquiles perfeccionado. ¿Antes o después de ser sumergido en la laguna? Sin talón. Pero me olvidé de tus teorías y no creo que haya tiempo hoy para que vuelva a preguntártelas. Además, convengamos, una mujer ya pasaditos los treinta, y luchando contra su falta de memoria... Cosa grave. O aburrida. O poco creíble. ¿Verdad?

Imaginate. Comprendo. Tengo la cabeza tan dada vuelta. Como me dijiste cuando me apretabas lindo contra esa pared de Rodríguez Peña: “Me gustás así, tal cual sos. Mi mujercita que habla francés y tiene la cabeza llena de fantasías. Tu cuerpo. Tu olor. Tu piel. No sé si es amor. Pero me gustás tanto. Decime, nena, ¿por qué me gustás tanto?”.

Esperé durante toda la mañana que me llamaras por teléfono para decirme que iríamos juntos al Aeropuerto. En vano. Me preparo y parto. Estoy bien. No hay problema.

Dejo pasar un taxi. No tengo apuro. Sigo pensando en cada una de mis locuras, en mis pasos en falso, en mis evasiones desesperadas. Respeto tu deseo que parece no coincidir con el mío. No voy a pedirte que te quedes. Tampoco voy a seguirte. Ya habrá tiempo algún día para otro café en Clásica y Moderna o en Piazza.

Estás acostumbrado a que todo espere exactamente en el mismo lugar donde lo dejaste. Objetos y personas. Historias clínicas, cds, libros, corbatas, papeles, cigarrillos y, por qué no, mujeres.

Historia de un viajante. De alguien que nunca está donde quiere estar. Eterno insatisfecho con un atlas en la cabeza que me habla de la tranquilidad del campo, de la reválida del título en los Estados Unidos, de los amplios y cómodos apartamentos de Barcelona, de las increíbles pirámides de Egipto. Eterno Ulises que resistirá, sin duda, el canto de las sirenas. Cuestión de control mental.

Hasta quizás algún día, cuando el señor lo disponga, por supuesto, y sin ningún tipo de discusión, yo, como toda mujer que se precie de serlo, corra enajenada a encontrarme con usted para hacer el amor igual o mejor que como lo hicimos ayer por última vez.

Pero qué cosa. No logro descubrir en qué esquina de esta ciudad se me perdió aquel hombre que tomaba y tomaba vino en Il Gatto, tratando de esconder tanta turbación. Que jugaba, entre tierno y travieso, con un extremo de la servilleta y no sacaba sus ojos de mi boca. Un tigre apasionado que pegó un salto sobre mí para interrumpir con el primer beso mis deshilachadas frases. Dueño de un fascinante sentido del humor y al cual sus propias carcajadas lo hacían derramar el tequila o salpicarse con salsa la camisa de seda blanca. Aquel hombre de las confesiones deliciosas en Puerto Madero, mirando los barcos que van hacia ninguna parte. Del jarabe para mi tos cada cuatro horas durante toda una madrugada, de los improvisados fideos con manteca en medio de mi ardorosa temperatura. De la ensalada con tomate, queso fresco y albahaca. ¿Lo habré soñado?

Ese es el mismo hombre que cuando le dice adiós a la que llama “mi mujer” lo hace sin darse vuelta ni una vez, aunque sólo sea para mirarle el soberano culo. Ah no, él nunca se da vuelta después de despedirse. No mira hacia atrás para no dejar escapar eso que ha dado en llamar “oportunidad”. Oportunidad. O en lenguaje empresarial: “coyuntura”. “Es la vida la que nos enfrenta ante estas decisiones dolorosas”, dice el señor, siempre tan realista y sesudo.

¿Palabras? Un hombre que está a punto de colocar las palabras en el lugar de los hechos. La literatura se construye con palabras, doctor. Este hombre que parece haber perdido la noción de lo que son los otros. Un hombre con un ego en forma de mapamundi. El mismo hombre que corrió a colgar un pasacalle con un mensaje de amor: “Yo te amo sarracena”. Enfrente de donde deseó pintar otro mensaje de amor: “Me tenés completamente loco”. Qué original. Y ahora este tipo que sólo habla del sobrepeso del equipaje, de bajar y pesar otra vez su valija.

“Mañana no nos veamos, mi amor, porque tengo que cambiar unos dólares. Mejor directamente en el Aeropuerto. Mi amor, perdoname, pero no quiero que vayas, porque si vas no podré subir al avión.”

No tiene ganas.

No tiene plata. Seguimos con la originalidad.

Querés irte. Estás harto de todo. Te cansaste de apostar.

Ok. Adiós.

Si pudiera filmarte para que te vieras. Eterno gimnasta que pretende arrastrarlo todo tras de sí. Casa rodante que, sin embargo, llora la pena del desamparo. ¿Por qué habría de detenerte?

El deseo no se explica, doctor. Nadie puede pedir que otro lo desee. Cuando usted vuelva, si es que vuelve algún día, todo estará exactamente en el mismo lugar.

¿Me hará saber dónde nos encontraremos? Seguramente ya lo dispuso en su computadora o en su agenda electrónica. Podríamos vernos en Buenos Aires, ciudad llena de ruidos, aire contaminado, gente que lo empuja, trenes que no parten, subtes que siguen de largo y hasta aviones que salen con retraso.

En esta Buenos Aires, en este país de mierda, según sus propias palabras, y donde sin embargo conoció la felicidad. Donde observó en la práctica con un cuerpo preciso que su teoría de la pasión no sirve para nada. Donde alguien lo deseó, doctor, hasta perder la cabeza.

¿Y qué tratamiento va a aplicarme para ver si me rescata de esta locura absoluta, de este impulso imprudente, de esta imaginación para nada científica, de este modo de vivir tan poco posmoderno?

¿Un tratamiento agresivo, doctor? ¿Y qué le ha parecido mi cadera y toda mi columna vertebral al doctor? ¿Necesita una prótesis mi cadera? ¿Buen movimiento, doctor, tiene mi cadera? ¿O cruje demasiado en esos momentos? Acéitela. Usted sabrá cómo se ahogan los ruidos que producen los huesos.

Ay, su discurso médico, doctor, da pena. Nada más alejado de lo humano que su discurso médico, que su practicidad irremediable, que su narcisismo arrollador. Que ninguna otra sombra se proyecte eclipsando su sombra, señor.

Hacía tanto que no venía por aquí. Recuerdo los paseos de los domingos en el Chevrolet de mi padre. Patente negra y blanca: 30-38-30. Domingos de sol y de aviones. No me gustaba verlos partir. Me hubiera colgado de ellos. Adoraba verlos aterrizar. Recostándose en el aire hasta encontrar la pista. El avión y las distancias. El avión y la modernidad. El avión en el que te irás hoy. Los aviones a los que yo he subido. Los aviones a los que me han invitado a subir. Ofertas interesadas. Reconciliaciones impotentes. Pedidos de perdón escondidos en un billete de avión.

No me has visto llegar, mientras todos esperan tranquilamente. Sección de Iberia. Faltan más de dos horas para la partida. Un hombre furioso, ansioso, saca y pone cosas de un bolso grande y de otro de mano. Es el único que está de pie. Ese hombre está solo. ¿Dónde están Rafael y los otros? Estás solo y ese hombre sos vos.

Me acerco, casi me escurro, y te hago una broma que se deshace en el aire: “¿No quiere que lo ayude, señor?”. Me mirás como si yo fuera una azafata y me decís que te quieren cobrar un montón de plata por el sobrepeso. No hay lugar ni para saludarte con un beso en la mejilla. ¿Te preocupa acaso el dinero o es una mala impresión mía? Para estos casos, doctor, no hay nada mejor que un ansiolítico. ¿Un Rivotril o mejor un gran Valium?

¿Una sonrisita a esta mujer a la que ayer, mientras la besaba y le acariciaba todo el cuerpo, le prometió amor eterno? Te miro. No puedo dejar de mirarte. Te sigo mirando hasta que descubro una amplia sonrisa que sobrepasa mi propia altura. Voy en busca del objetivo.

Rafael y Sebastián se dirigen hacia vos. “Pero viejo, ¿qué te pasó? ¿Por qué entraste así? ¿Por qué no nos esperaste? Si todavía faltan dos horas para que el avión salga... ¿Qué bicho te picó, hermano?”.

Los miro y los escucho. Los miro a los tres. Es patético. Los hombres, a veces, son terriblemente patéticos. Soy un par de orejas que crecen y un par de ojos que se agigantan. Escucho y miro sin pentotal. Pregunto dónde están los otros que iban a venir a despedirte y dónde estacionaron el coche en el que me dijiste que yo no entraba. Rafael me dice: “¿Qué te pasa, flaca?”. Y repite varias veces: “¿Qué le pasa a la flaca?”. Vuelvo a mirarte sin que consiga encontrarme con tus antes dulces ojos color de miel.

Seguís poniendo y sacando cosas. Parece todo esto una película de Almodóvar.

“No vengas, mi amor. Tengo que pedirte una cosa. No vayas a interpretarlo mal. Tal vez te resulte doloroso. No me acompañes por favor a Ezeiza. Si vas, no podré tomar el avión. Mejor despidámonos el jueves. Tengo miedo de no tener fuerzas para dejarte.”

Te miro las manos, que siguen sacando y poniendo cosas. Algunas se las pasás a Sebastián. ¿Te habrás dado cuenta de que ya llegué?

Escucho la voz de Rafael, que relata que entraste al quirófano vestido de calle, corriendo, alterado, para pedir dinero porque te habías quedado sin pesos, tenías sólo dólares en tu billetera. Que él levantó las manos con los guantes y te dijo: “Pará, hermano, esperá que termine. Me lavo y te explico… Nosotros te llevamos, viejo. Tuvimos una emergencia y se nos hizo tarde, pero hay tiempo de sobra”. Te miro y sé que, en efecto, me crecieron los ojos y los oídos.

Veo que te vas con el bolso mientras contás que gastaste casi cien pesos en el taxi que te trajo hasta aquí. Y me quedo charlando con Rafael. Pienso en la larga y brutal lucha de todos estos años para vencer mi propia incertidumbre, para vivir sin urgencias. Recuerdo a mi psicoanalista. Sabio don Fernando Servey, cuando me preguntó si yo compraba los limones verdes en el supermercado y esperaba sentada, con paciencia materna, a que se pusieran amarillos. Lo dijo haciendo alusión a mi constante actitud con los hombres. Maduros o verdes, lo mismo da. Qué ácidos me resultaron siempre los limones.

Ahora buscás el candado de la valija. Te dirigís por segunda vez a mí. Me lo pedís: “Dale, princesa, no jodás y dámelo”. ¿Tendrás la fantasía de que quiero retenerte? ¿A este loco de atar? Andate, por favor, así no te quiero. Yo misma te cargo las valijas, te subo al avión y te sello el pasaporte. Rafael te pregunta para qué querés el candado. Yo sonrío con malicia y provoco, tal como era mi intención, su comentario obsceno. Sostengo la mirada y alzo mis cejas. Así de altas. “¿Te querrá poner un cinturón de castidad, flaca?”. Lo taladrás con tu mirada. Me río a carcajadas, pero sin ganas, y le digo a Rafael que no hay cinturón de castidad que pueda contenerme.

Tus amigos quieren ir a tomar algo. Vamos.

Te levantás en pleno imaginario almuerzo. No tenés billetes chicos. Te quedaste sin monedas. Movés de un lado para otro la cabeza cuando te pregunto una vez más si cambiaste todo el dinero esta mañana, ayer. Cuchillos en vez de pestañas. Admito en silencio mi necedad.

Hablan ahora de temas tan plurales, participativos. Del Hospital Británico, de la residencia, de cómo vas a llegar a la casa de José María, mientras yo te escucho con un creciente asombro. Perplejidad. Esa es la palabra correcta. Me decís por lo bajo que no me dejarás tu corbata con motitas grises porque vas a llevarla puesta al bajar en Madrid, para que una de tus tías te reconozca. Sugiero que te pongas una boina amarilla, eso me parece inconfundible. Agregale un buen pompón violeta. Colgate del cuello una bufanda roja, qué sé yo. ¿Por qué no cambiás incluso la valija por un baúl?

Siento tu mano transpirada. Ardiente. Palpitante. Carnosa. Mullidita. Chorreando sentimientos confusos. Escribís TE AMO en la mía con la yema de uno de tus dedos. Cosquillas por todo mi cuerpo. Te miro. Tenés los ojos llenos de lágrimas. Estoy a punto de quebrarme, pero pienso unos segundos y sostengo mi máscara de piolines invisibles.

Hablás de tu alegría por irte, de la angustia por todo lo que dejás. Me incluyo con confianza. Te movés con impaciencia en la silla. Consultás el reloj. Decís que ya volvés, que vas al baño. Rafael te recuerda que en el avión hay baños. Reímos los tres y vos nos mirás con cara de nada.

Rafael y Sebastián quieren pagar la cuenta. Abro mi cartera para sacar el dinero de lo mío. Puro amor propio. Me dicen: “De ninguna manera, invitamos nosotros”. Veo cómo se miran. Cómo juntan los billetes entre los dos para llegar a la suma total. Volvés al segundo y anunciás que ya querés subir al avión.

Nos levantamos. Bajamos las escaleras. Cruzamos to-do el salón, de lado a lado. Te miro.

Ay, si tuviera el valor de retenerte, de ofrecerte algo que superara tu deseo. Pero te siento demasiado lejos. Extraño el abrazo. Este ataque de posesión me subyuga.

Giro completo. Observo con prejuicio alrededor. ¿Es que esperás que venga alguna otra persona? Me decís que rece. A mí me pedís que rece. La monja gitana.

Abrazás con fuerza a Rafael. Le decís palabras que no alcanzo a oír. Abrazás a Sebastián. Se aproxima el adiós. Y duele. Me abrazás rápido y me besás en los labios. Casi un roce, no más. No puedo creer que así sea tu partida después de estos meses afiebrados, viéndonos diariamente, buscándonos como locos. No se acerca en nada a ninguna de las posibles despedidas que soñé dormida, despierta y con algunas copas de alcohol.

Te sigo y te llamo. Quiero constatar si hubo un error. Te abrazo yo, con toda la fuerza de la que soy capaz. Siento la rigidez escandalosa de tu cuerpo. Te tomo la cara con mis manos y no consigo más que besarte los labios. Tenés la boca herméticamente cerrada. Impenetrable.

Entiendo. ¿Entiendo?

Me quedo observando cómo te vas. Endurecido de la cintura para arriba. No sé si sos una estatua o una caricatura del nuevo inmigrante. Allí, como una roca, como un bloque de mármol, en medio de la escalera mecánica que no se detiene. Lo primero que se esfuma es tu cabeza. Tu cuerpo va subiendo, escabulléndose de mis ojos y lo último que veo son tus zapatos. Hasta que ya no estás más.

Son las cinco de la tarde. En todos los relojes de Buenos Aires, en todos los relojes de la República Argentina son las cinco de la tarde. ¿Qué hora será en Madrid?

Nos vamos los tres. Pero es imposible mirar desde ningún sitio cómo parten los aviones. A diferencia de cuando era pequeña, ahora en este aeropuerto aburrido y estúpido ya no se ve nada. Aunque quisiera quedarme, averiguar si el avión saldrá a horario, estar más cerca de vos, propongo que nos vayamos pronto.

Tengo frío. Tengo hambre. Me duelen los pies. Me dan ganas de revolear por el aire estos zapatos. Estoy tan cansada. Sopla un viento furioso. Sensación térmica 1º C. Sin embargo, me muevo con la desenvoltura y la delicadeza de una reina en la corte. Elegante derrota.

Sebastián acaba de averiguar que el avión tiene varias horas de demora. Dicen que van a limpiarlo, a revisarlo por posibles fallas técnicas, pero no. Seguro que es otro conflicto gremial, muy solapado. No hay caso, no llegaron a ningún arreglo. No sirvió de nada la estrategia de la conciliación. Debés estar puteando en grande. No vas a negarlo: el país te despide tal como es, con su propia lógica, bien latinoamericana, bien autóctona. Nos vamos.

Me hundo profundamente en el asiento de atrás a pesar del ofrecimiento conjunto del lugar del acompañante. Agradezco el silencio en el que nos sumergimos. Rafael, con esa voz cantarina pero viril, me pregunta si estoy bien. Le miento y digo que sí. Como una criatura, se queda dormido a las pocas cuadras. La autopista me parece feroz además de cara. Mejor no comparar estos peajes con los de otros países. Pero esta es tan desolada como todas las frías y asquerosas autopistas del mundo.

Sebastián me consulta al salir de esa monolítica construcción de cemento dónde quiero que me dejen. “Córdoba y Carlos Pellegrini”, le digo. Tengo que dar una clase. Tengo que dar por lo menos una clase. No va a parar el mundo porque él se haya marchado.

Aunque me quedaría sumergida en este auto por un siglo, me inclino hacia adelante y los beso a los dos. Antes de bajar, descubro que me enganché una media con uno de los tacos y que me hice un tremendo agujero. Lástima. Con lo lindas que me quedaban y lo que me costó conseguirlas. Y ni siquiera tengo tiempo para llegar hasta mi casa y cambiarme. Qué bronca. Si hasta me provoca llorar pegando gritos. Siempre asocié el abandono, la soledad y la desgracia con las medias y los zapatos rotos o muy gastados. La puta madre. Con lo feas que quedan en una mujer las medias corridas.

Orquídeas en invierno

Aunque sea una vez por semana o cada quince días, me gusta, me hace bien comprarme una planta. Quienes visitaron alguna vez mi departamento saben que el verde avanza sin tregua y sin permiso, y se derrama contra la verja del balcón y en cada uno de los rincones de la sala, de la cocina, del escritorio e incluso del baño. Verde. Verdes de diferente intensidad. Más claros y amarillentos. Matizados con ocre y marrón. Manchas de color salpicadas entre el verde, donde se asoman las diferentes flores que estallan como estrellas fugaces en cada temporada. Adoro las plantas. Se suspende la lógica del mundo cuando me ocupo de mis plantas.

Ayer pasé otra vez por el vivero. No importó el frío intenso ni la gripe de la semana anterior. Y me extasié con las orquídeas epifíticas, litofíticas y terrestres. Orquídeas amarillas. Y otras grandotas, enormes, de color violáceo. En especial, me embobé con una cattleya chilena. Cara, carísima. Podría si realmente quisiera comprarme una, pero siento que tendría que justificarme, darme una buena razón para hacerlo. Porque sería para exhibir, para ponerla en primer plano, por delante de todas las otras cosas. Para ser vista y para disfrutarla. Un exceso, me digo.

Improviso frases con las que responder a los comentarios que, sin duda, escucharé; frases que broten de mi boca, ya que de plantas se trata, cuando la culpa por el derroche me invada como una enredadera.

Me di un gusto, ¿por qué no? Pero para gastar tanto dinero en una orquídea no hay que tener ninguna otra necesidad.

Bueno, como no fumo… Lo cual no quiere decir que no tenga otros vicios. ¿Cuáles?

Y sí, me haría falta una mesa nueva; pero preferí comprarme una orquídea, me dejé llevar. Esa sería una posible respuesta, aunque un poco estúpida, porque una buena mesa, de madera maciza, es muchísimo más costosa.

No, no arreglé las canillas que pierden… Hace meses que están así. Tal vez últimamente haya cierto desgano de mi parte, un dejarme estar.

Bueno, el mes que viene me ocupo de las bisagras. Hay tiempo y no es imprescindible. Nadie más que yo escucha el sonido de la puerta del baño por la noche, antes de acostarme, o por la mañana, cuando entro para bañarme antes de desayunar y salir para la Fundación.

¿Y para qué trabajo tanto, eh? Si los días transcurren todos iguales, sin pizca de diferencia.

Miradas irónicas. Cejas que se alzan. Culpa, culpa, culpa. Y una gran angustia invadiéndolo todo, subiendo desde mi panza hasta el pecho, trepando hasta maniatarme. Entonces la escena se completa con las imágenes reprobadoras de familiares y amigos y la mirada comprensiva de algunas otras personas. ¿Quiénes? No sé, algunas.

Muchas orquídeas no necesitan tierra para crecer y nutrirse. Se adhieren a los troncos de los árboles, a las piedras, con fuerza, por eso las venden atadas a un trocito de madera. Podría colgarla cerca del clavel del aire. Pero no, la cattleya se vende en maceta, preparada para crecer adentro, cerca de una fuente de luz, preferentemente una ventana.

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Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
26 mart 2025
Hacim:
132 s. 5 illüstrasyon
ISBN:
9789875993846
Telif hakkı:
Bookwire
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