Kitabı oku: «La ola que arrasó España»
© Guillermo Valcárcel, 2013.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2013.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: OEBO327
ISBN: 978-84-9006-800-7
Composición digital: Víctor Igual, S. L.
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.
Índice
Dedicatoria
Cita
INTRODUCCIÓN
1. No me fío de la mitad de la cuadrilla...
2. Con siete yernos...
3. No hay proyecto sin error...
4. Eldorado
5. El español piensa bien...
6. Contra todo pronóstico...
AGRADECIMIENTOS
BIBLIOGRAFÍA
Notas
Este libro está dedicado a mis equipos de obra. Como debía elegir entre todos los nombres o el libro, debo mencionar sólo a mis más cercanos encargados y capataces, antes amigos que compañeros, con los que viví más tiempo que con mi familia: Pedro, Luis y Benito; Julio, Fran, Cazorla, Agustín y Javier París; Cristóbal, Modesto, Nico y Luis (¡caballo!). A las administrativas, con perdón «las niñas»: Mónica y Rocío, que tenían a toda la obra nerviosa. Y especialmente a mis compañeros, los técnicos de las 386 y las 134, la gente más tronada que pisó una obra: Joaquín, Luis Miguel, Marco y Luis Alfonso. Todos los demás estáis ahí aunque no podáis leerlo.
Cuando te vi llegar
con el sombrero de paja
Serás buen albañil
pero en mi casa no trabajas.
POPULAR
INTRODUCCIÓN
En la primavera de 2008, cuando decidí abandonar la construcción tras diez años como jefe y dirección de obra, mis compañeros se extrañaron. Aunque la situación no era nada clara y el mercado se desplomaba agotado, mi futuro era prometedor. La proyección de las promotoras hacía tiempo que se fijaba en el extranjero, implantándose en la Europa del Este y mirando hacia Sudamérica, y la que me daba trabajo era una de las que había jugado sus bazas con mayores garantías y había arriesgado menos. Veíamos acercarse la tormenta pero nuestro crecimiento estaba asegurado. La palabra crisis estaba en boca de todos, pero en realidad todos esperaban una corrección de los excesos cometidos, una limpieza del mercado, que necesitaba librarse de los advenedizos de última hora que habían empobrecido el oficio. Hasta ese momento había ganado todo el mundo; ahora solo íbamos a ganar los buenos. Los buenos, claro, éramos todos.
Para diciembre, mis compañeros habían sido despedidos y nuestra promotora entraba en concurso de acreedores, al igual que otras 354 en los últimos tres meses. La mayor parte de las empresas con las que había trabajado a lo largo de estos años sufrían impagos de cientos de miles de euros, de los que muchas no llegarían a recuperarse. En cuatro meses habíamos pasado de ser ricos a estar en la calle. Pero, en realidad, esa histeria era la misma que había dirigido el mercado toda la década anterior, solo que cuando los acontecimientos marchan a nuestro favor lo llamamos crecimiento.
Esta es la historia.
1
NO ME FÍO DE LA MITAD DE LA CUADRILLA...
...y eran un padre y un hijo.
Esa fue una de las primeras frases de obra que escuché. Me hartaría de oírla. Define muy bien el espíritu de la construcción, un sector tradicionalmente endurecido y desconfiado. Se la escuché al primer encargado de obra que conocí; siempre que llegaba un chico joven, lo recibía con la misma pregunta:
—¿Tienes novia?
—No.
—No me extraña.
Y si le respondían:
—Sí.
—Así será ella.
No era fácil callarle. Él también había bautizado a su peón de confianza, un marroquí que se llamaba Jaime. Tardé un tiempo en atreverme a preguntárselo a la cara:
—Pero ¿tú te llamas Jaime?
Cuando le contrataron y se presentó al encargado por primera vez, lo dejó boquiabierto al decirle su nombre:
—Abdelazil.
—¿Cómo? Tú te llamas Jaime.
Y a partir de entonces pasó a ser Jaime. Sencillamente, cuando yo llegué habían pasado suficientes años para que nadie recordase que había tenido otro nombre.
Como todos los técnicos sin experiencia, los primeros meses los pasé pegado a las faldas del encargado para aprender la realidad del oficio. Aún me estaba ajustando el casco cuando me miró de arriba abajo y me espetó:
—En la obra no debes fiarte nunca de nadie, ni de ti mismo.
—¿De ti tampoco?
—De mí tampoco.
A la larga aprendí que había tenido razón en todo, por mí y por él, que después de enseñarme y cargar con mis errores de primerizo, acabaría por darme razones para perder mi confianza. Con el debido tiempo, yo también se las daría.
A mediados de la década de 1990, el mercado inmobiliario español comenzaba a recuperarse de la crisis de 1992, que había derivado en tres años de precios estancados, lo que se traducía en un descenso en términos reales, y una caída constante en la actividad. Por su parte, los diarios económicos se dedicaban a anunciar la inminente llegada del euro y a la debacle de las bolsas asiáticas, que pendía como espada de Damocles y no llegaría a caer. Entre 1996 y 1997, mientras se debatía sobre la semana laboral de treinta y cinco horas —diez años más tarde se debatiría igual sobre la de sesenta y cinco—, las noticias de la recuperación del sector empezaban a filtrarse entre titulares secundarios.
De pronto, la construcción volvió a las portadas a mediados de 1998 de la mano de una explosiva subida de precios; en seis meses el incremento del coste de la vivienda pasó de un 1,6 %, cuatro décimas por debajo del IPC en 1997, a triplicarlo con un 5,8 % en el tercer trimestre de aquel año. Sin que nadie pareciese advertirlo, en poco más de año y medio la percepción del sector había pasado de la amenaza de recesión con la que las constructoras iniciaban 1997, a las declaraciones del ministro de Fomento afirmando que el sector se hallaba «en el mejor momento de su historia» en otoño de 1998. En realidad solo tomaba carrerilla, lo mejor estaba por llegar.
LOS ACTORES DEL SECTOR
El problema, antes de poder explicar la historia, es la confusión de términos y conceptos para la gente que desconoce el sector. Parte de lo que contaremos en el libro se basa en una comprensión sencilla de su funcionamiento, de modo que empezaremos por el principio:
Las inmobiliarias. Posiblemente, el término más abusado después de esférico y cancerbero. Estamos hartos de oírlo —«las inmobiliarias han hecho esto y lo otro»—, y no es para menos; de hecho, cualquier empresa relacionada con el mundo de la construcción es una empresa inmobiliaria, así que resulta el genérico perfecto para un periodista que no conozca el medio y, como tal, lo ignoraremos a partir de ahora.
La cuestión empieza así: un señor compra un terreno y decide construir unas viviendas. Para ello necesitará una empresa, influencias, dinero y el propio terreno; si falla cualquier elemento, la ecuación no funcionará —no es baladí incluir el terreno, más de uno se lanzó a construir sin tenerlo—. Cuando consiga todo, su empresa se convertirá en una promotora.
El señor, que de dibujo va justo, contratará a un estudio de arquitectos para que le hagan el proyecto del edificio, con el que solicitarán la licencia de obra en el ayuntamiento correspondiente. Ellos serán los proyectistas.
En contra de lo que se pueda pensar, para tener una promotora no se necesita un gran equipo ni saber qué es un ladrillo, solo el dinero. Para hacer la obra se contrata a una empresa especializada, una constructora, que sí dispone de los técnicos que saben cómo se hace. Una vez ha sido contratada, pasa a llamarse contrata o contratista de esa obra, y todo lo que se realice allí a partir de ese momento será responsabilidad suya. La constructora no guarda más relación con el terreno.
Así que nuestro señor les entrega el proyecto, el dinero y a cambio espera un edificio terminado en un plazo normal, de un año y medio a dos años. Más de uno se ha quedado sin edificio y sin dinero.
Al mismo tiempo, la ley obliga a la promotora a contratar a un arquitecto —suele ser el que hizo el proyecto— y a un aparejador para que vigilen que la constructora ejecuta lo que está en los planos y no otra cosa —parece delirante, ¿verdad?—. Este equipo recibe el nombre de Dirección Facultativa (DF).
En realidad la constructora tampoco construye —esto casi parece cómico—, cuando va a empezar los trabajos envía a un pequeño equipo de técnicos comandado por un jefe de obra, a través del cual actúa como gestora, dividiendo la obra por oficios y contratando a empresas especializadas para cada uno. Estas empresas son las subcontratas, y son las que aportarán el personal y construirán de manera efectiva el edificio, dando lugar a situaciones como que en una obra por la que pasen trescientas personas, solo tres sean de la constructora y deban organizar a cuarenta empresas distintas, cada una con sus jefes e intereses. Aquí es cuando uno entiende que se pueda llegar a construir algo distinto a los planos.
Por último, se entregarán esos planos a una empresa de venta de pisos para que se encargue de la parte comercial, una agencia inmobiliaria. Estas son las únicas empresas a las que llamamos coloquialmente inmobiliarias.
En resumen, la promotora tiene el terreno y paga al resto, la constructora levanta el edificio a través de las subcontratas y las inmobiliarias solo se dedican a vender viviendas ajenas, ya sean nuevas o de segunda mano.
En todos esos pasos hay dinero a espuertas y chanchullos. De eso hablará el resto del libro; por ahora, lo que nos importa es que las promotoras las forman señores con mucho dinero que no construyen, no llevan casco salvo para la foto y usan maletines como herramientas de trabajo. Ellos mueven el mundo de la construcción a través de los terrenos; allí se encuentra el mayor volumen de negocio y son su principal preocupación. Y es allí donde empiezan las obras, por los movimientos de tierras.
Para ser exactos, lo primero que me encontré al llegar a la obra no fue al encargado sino a tres caballeros encorbatados observando un agujero como si escondiese algún secreto. Un agujero estrecho y profundo, como una chimenea natural, en el que no se percibía nada más que su propia sombra. Me presentaron y les acompañé por otras carcomas iguales que sembraban el terreno. Nuestro ingeniero, alguien de la promotora y la DF, que pasaba por allí, se asomaban a las calas, que no eran más que agujeros en el suelo, y las miraban como si diesen un veredicto: «Muy bien, vale».
Antes de pensar en levantar un edificio hay que conocer el terreno sobre el que se apoya; como en los icebergs, la parte oculta es la más importante, y no solo por su valor pecuniario; de nada valen cien alturas si no dispones del suelo correcto, que se lo digan a la Torre de Pisa. Así que primero se realizan una serie de catas y ensayos que acabarán en un informe y valen para asegurarnos acerca de dónde metemos la cabeza, y para que unos altos oficinistas puedan dejar la planta doce por un día y asomarse a un agujero como si allí viesen algo interesante. Pero cuando miras a un agujero oscuro da igual la titulación que arrastres y lo que diga Nietzsche, solo ves un agujero oscuro.
Por eso leían los informes mientras miraban, y se asomaban allí como si un duende fuese a sacar la cabeza y decirles: «Tranquilos, está como en los papeles», y se colocaban sus cascos orgullosos y se asentían unos a otros, felices de sentir la brisa en la cara mientras escrutaban el hueco con gesto intenso y afirmaban categóricos delante de nada: «Muy bien, vale». Sí, el agujero seguía en su sitio.
Pero entonces yo no sabía nada de eso y los observaba impresionado, intentando imaginar cuántas cosas más percibían fuera de lo escrito. En realidad se daban un paseo hasta la hora de la comida.
Porque la realidad es que, en una obra con una longitud de tres kilómetros, puedes hacer veinte calas y estimar lo que oculta el resto del terreno, pero, al final, el que va a abrir cuatro mil agujeros para cimentar doscientos chalets será el maquinista, y todos los informes se acaban cuando el cazo entra en la tierra. En última instancia, es él quien percibe cuándo alcanza el firme, y tu confianza descansa en su pericia. Hay algo marciano en ver trabajar a un maquinista con experiencia. Acabas por darte cuenta de que el monstruoso brazo mecánico es como una prolongación del suyo, puedes proyectar su imagen, reconocer sus movimientos como si él fuera la máquina. Hay algo fabuloso y perturbador en todo ello, que olvidas al segundo día de rutina.
Cuando habíamos excavado la mitad de la obra repartía mi atención entre los cimientos y los siguientes oficios. Al verme pasar, el conductor, joven y sin mucha experiencia, me llamó a gritos. Llevábamos más de mil zapatas y en ninguna había profundizado más de cincuenta centímetros, pero en la última había superado un metro y no encontraba firme. «Es que la tierra está blanda, como removida». Yo seguía guiándome por la lógica del encargado: «Tú sigue dándole hasta que veas». Media hora después ya éramos una docena delante del boquete, que parecía un sótano. El muchacho sudaba con cada palada que sacaba, pensando que en cualquier momento le íbamos a echar a gritos por patán, pero los hechos son tozudos y se empeñaban en darle la razón; a medida que profundizaba, las paredes se desmoronaban y tenía que ensanchar la boca; daba la sensación de abrir un patatal, la calidad de la tierra era vegetal, sin consistencia. Yo también empezaba a pensar en quién me iba a resolver eso cuando, de pronto, soltó los mandos en mitad de la subida. Allí, enhiesto en mitad del cazo, asomaba un hueso entre los terrones, largo, como de pierna. El chaval no daba crédito: «Ostias, un hueso».
Por suerte para todos, el susto duró lo que tardó en bajarlo al suelo. La longitud era mucho mayor que la de un fémur, eso no había por dónde encajárselo a una persona. Afirmé con precisión: «Es una vaca, hemos ido a pinchar en la tumba de una vaca». Y todos reímos tranquilos. A fin de cuentas, estábamos al lado de un pueblo. El cazo volvió a penetrar y, como en respuesta a mis palabras, sacó la calavera limpia y pura de... un caballo.
A la primera calavera le siguieron dos costillares, que se completaron con una segunda cabeza; tras la cuarta aparecieron los primeros potrillos. La fosa finalmente alcanzó unas dimensiones de seis por seis metros, un enterramiento con más de una docena de caballos que, por la profundidad, llevarían muertos muchas décadas. ¿Una peste? ¿Una matanza? Recuerdo los casos que me han contado de obras que desenterraban obuses y tenían que llamar a la Guardia Civil para desactivarlos, eso sí es un susto.
Da igual la cantidad de estudios que hagamos; al final, cuando remueves la tierra nunca sabes lo que te espera.
UN POCO DE HISTORIA
Excavando un poco en el tiempo, podemos establecer un punto de partida para nuestra historia entre 1985 y 1986, dos años en los que las bases sobre las cuales se van a desarrollar la economía y el mercado inmobiliario actuales quedarían definidas.
A finales de 1984 la situación no era sencilla. La sociedad se enfrentaba a una crisis que duraba ya una década y culminaría el año siguiente con una tasa de paro del 21 %, la mayor conocida hasta el momento. La industria sufría una traumática reconversión al tiempo que continuaba el abandono del sector agrícola, iniciado décadas atrás junto con el éxodo rural. Por último, la construcción atravesaba su particular vía crucis, cerrando ese año como el peor de los veinticinco siguientes y liderando la destrucción de empleo por sectores.
El sistema de crecimiento del llamado «milagro español», basado en la entrada de divisas a través de la emigración y del turismo, se encontraba agotado. La reciente democracia y el inminente ingreso en la Comunidad Europea exigían una renovación estructural de la economía, alejada del capitalismo europeo y desfasada frente a los rápidos cambios sociales que se producían. Ante este panorama, en abril de 1985, el Gobierno aprobaba un ambicioso decreto ley cuyo fin era dinamizar la economía y potenciar el sector de la construcción como su motor. Sería conocido como «decreto Boyer», y lo haría famoso la fuerte contestación popular a las liberalizaciones de alquileres y horarios comerciales que incorporaba. Junto a estas, se componía de otras tantas medidas liberalizadoras y exenciones fiscales para el consumo, inversiones y creación de empresas, sectores que necesitaban una urgente modernización.
Pero el premio se lo llevaba la construcción. Artículo 7: deducción del 17 % para «adquisición de viviendas de nueva construcción, cualquiera que sea su destino». Artículo 8: se permitía transformar viviendas en negocios. Y Artículo 9: liberalización de los alquileres, pasando a conocerse los anteriores al decreto como «de renta antigua».
La traducción es directa: una amplia deducción para comprar cualquier vivienda, la primera o la séptima, siempre que fuera nueva; la opción de convertirla en negocio, un llamamiento a la pequeña empresa; y la libertad de pactar precio y plazo para alquilarla, por primera vez en la historia. Se podía decir más alto pero no más claro.
Por si existían dudas, el decreto se reforzaría con una circular de la propia presidencia del Gobierno a los ayuntamientos aconsejando fomentar el sector de la construcción mediante la limitación de sus actuaciones disciplinarias; en otras palabras, dejarles las manos libres. No, en realidad, tampoco se podía decir más alto.
Ocho meses después, España ingresaba en la CEE. Empezaría a llegar el dinero para invertir, y el Gobierno solo había propuesto dónde.
LA RELACIÓN ENTRE LAS PARTES
La construcción, si no había quedado claro, es un maremágnum de empresas y organismos cuyos intereses a largo plazo coinciden pero a corto se solapan, especialmente cuando el interés de parte de las empresas se divide entre realizar su labor y expurgar a la otra parte, que son las que les pagan. Por desgracia, el sector es heredero directo de la más arraigada tradición de picaresca española.
Para empezar, la relación entre la promotora y la constructora es la misma que entre la señora que pretende alicatar el baño y el obrero que le empantana la casa seis meses. Los primeros tienen el préstamo del banco, la necesidad de vender los pisos y la intención de que los segundos les entreguen el edificio en un plazo razonable, sin un problema y con unas calidades que los vecinos den palmas, dando siempre por descontado que sale gratis. Eso, hasta que empiezan a lloverles precios contradictorios.
Los segundos suelen contar con un presupuesto por debajo de costes, que es lo que se han humillado para conseguir contratar la obra; y saben que por algún lado existe un saco con billetes para los gastos extras, así que parte de su labor será, además de construir el edificio, esquilmar por completo ese saco con cualquier tipo de excusa, algunas incluso reales. Antes de empezar ya saben que obtener beneficios o salvar los muebles puede depender de cuánto sean capaces de sacar superando el presupuesto inicial; según sea este de desastroso, la construcción puede pasar a ser algo secundario. No es una broma; en cierta ocasión eran tales las pérdidas que arrastrábamos en la ejecución de 270 chalets, que se paralizó la obra hasta que la promotora llegó al acuerdo de pagar los dos últimos ¡¡pero no construirlos!!
Para controlar a la constructora, la promotora cuenta con la DF, esos técnicos independientes que debe contratar por ley. Si la situación ya es peculiar sin ellos, con ellos llega a ser descacharrante. Su labor real consiste en controlar la correcta ejecución y buena calidad de la obra, y ya pueden esforzarse en cumplirlo, porque son ellos los que la certifican con sus informes y los que van a hacer frente a los vicios posteriores durante diez años con su seguro obligatorio de responsabilidad civil. Es decir, se responsabilizan de un edificio que construye otro. Esto significa que sus decisiones son vinculantes, o sea, que si dicen que no se compra ese ladrillo porque no es bueno, no hay más que hablar. Así que la constructora debe guardarles un serio respeto. Para terminar de complicarlo, es decisión suya aceptar los nuevos presupuestos que esta les presente, y que siempre les va a vender con el cuento de que la calidad de la obra depende de ello. Y así se la pasan, que si quieres más a mamá —si rechazas el nuevo incremento no nos responsabilizamos de lo que estamos construyendo— o a papá —sí, pero si firmas muchos, que paga el mismo que te paga a ti, puede pensar que sales muy caro y no volver a contratarte—. Así es como se rompen las familias.
Por su parte, la constructora sufrirá con las subcontratas exactamente lo mismo que hace sufrir a la promotora, multiplicado por tantas veces como empresas contrate, que, como ya dijimos, pueden ser de veinte a cuarenta. Justicia poética.
La promotora se peleará con la constructora, que se peleará con las subcontratas y la DF, que a su vez se verá las caras con la promotora, y si se cruza, con alguna subcontrata. Es decir, como una cena navideña.
En el siglo XIX, el estratega prusiano Von Clausewitz se arrancó con la ocurrencia de que la guerra era la continuación de la política por otros medios, algo que se podría tomar como una broma de cualquiera menos de un prusiano, y que aquí sigue igual de vigente: los otros medios se acaban cuando empieza la obra. Sin armas, no se me ocurre una metáfora mejor sobre la guerra.
La máquina avanzaba por la obra con un peculiar cortejo. Junto a ella, el peón, un hombre menudo y regordete que había conseguido el mejor puesto, esperar a que terminase los pozos de las zapatas para bajar con una pala y limpiar el fondo de tierra suelta. Detrás, a lo lejos, Salomé, con el rabo entre las patas. Salomé era una perrucha, fea, desgarbada y escuálida que seguía a la mixta a distancia y se sentaba a mirarla mientras excavaba. No sabíamos de dónde había salido, de pronto un día estaba allí. Se la veía muy maltratada y en la obra se sentía segura, tenía sitio para huir de nosotros y nadie la molestaba. Todos los obreros le echaban algo mientras comían o le dejaban los restos; daba igual como lo hiciesen, ella nunca se acercaba hasta que acabasen. Pero entre ellos, no sé por qué, había elegido al maquinista. Le esperaba por la mañana junto a la puerta y seguía a la máquina como al amo, siempre a unos metros, siempre sin dejarse tocar. Él bajaba de vez en cuando y le echaba algo. Después compartía su comida con ella, pero aun así aguardaba a distancia, esperando su turno.
Por entonces triunfaba Chayanne en la radio con «Salomé» y le resultó gracioso. No podía haber elegido un nombre menos acertado. Creo que eso era lo mejor. Al final, ella iba pegada a sus piernas, siempre al lado, si él se movía, ella se movía, y cuando se marchaba, le esperaba sentada junto a la mixta, como si fuera su casa. Y acabó por llevársela, claro. Salomé.
La tercera pata del banco era el peón, ese hombre pequeño y regordete. Yo tenía poca experiencia y me daba risa aquel vago que se tumbaba a la sombra de la excavadora mientras esta trabajaba; si no tenía más labor, afortunado era. Al que no le dio tanta risa cuando lo vio fue al jefe de obra, para una vez que pasa por allí se lo encuentra marmoteando a la sombra. Entonces aprendí varias de esas reglas genéricas de la empresa privada: que, por algún extraño motivo, al ser el primero en encontrarme al jefe tras el hallazgo, pasé a ser responsable de que ese hombre no trabajase, aunque fuese otro el que le había mandado allí; que, en realidad, en cualquier trabajo nunca sabrás hasta dónde alcanza tu responsabilidad; y que sus límites variarán en función del cabreo del que manda. A medida que sus frases perdían sentido y me quedaba con la esencia, las voces, me fui acordando de un profesor del último año de carrera. Se paseaba entre nosotros, nos miraba la cara de infelices y nos repetía: «Yo la he usado muchas veces en la obra, y os vendría bien entenderla pronto, será vuestra herramienta de trabajo más útil, se llama “Ahora ya no es mi problema, ahora es el tuyo”». Entre grito y grito, me di cuenta de que ese era el momento de mi aprendizaje, como se interiorizan de verdad las lecciones, mientras recibes los golpes.
El peón que me había costado aquel disgusto era un personaje peculiar. Me había contado varias veces que era subcampeón de España —¿o era de Europa?— de lanzamiento de dardos y que había sido invitado a jugar el campeonato de Las Vegas, supongo que del mundo, y no sé si lo había ganado o aún no había ido, y eran sus planes, o lo había soñado todo y al contarlo lo revivía, como tanta gente que solo vive realmente en sus fantasías. No era fácil creerle porque le faltaban dos dedos y medio, pero él explicaba que era algo reciente, y al verles la carne le creías, pues aún estaban por madurar, era rosácea, infantil, y la cicatriz joven, tierna. Llevaba poco tras regresar de la baja, y aún los notaba, a veces, como antes. O por eso no pudo ir a Las Vegas.
Los peones se dividen en dos categorías, los especializados y los normales. Los especializados pueden usar maquinaria, los otros no. Esa diferencia los retrata bastante bien; un peón especializado puede aspirar a otros puestos. Él no era especializado.
Pues bien, el buen hombre agarró una sierra radial para cortar un tablón. Los discos que utiliza la sierra para cortar madera no están preparados para materiales más duros, así que, cuando alcanzó un clavo que no había desclavado, el disco saltó de un latigazo en dirección contraria, por donde estaba su mano, y la mutiló como una bala. En un caso así, uno puede dar gracias por perder solo tres dedos.
Nunca me llegó a explicar para qué cortaba aquello ni si alguien le había mandado, pero si ningún carpintero en su sano juicio se lanza a hacer lo que él hizo, aún más raro sería que se lo hubiesen pedido. En general, uno de nuestros grandes problemas suele ser la falta de iniciativa de los que deberían tenerla y el exceso de aquellos de los que no la esperamos.
Él estaba allí, sin sus dedos, detrás de la máquina, limpiando fondos de excavación, era verano y el sol apretaba, así que se quitaba la camiseta para palear, la piel blanca de muchos meses bajo techo, empapado en sudor de mediodía. Hasta que no lo vi más. Apenas había durado dos semanas antes de desaparecer, otro peón arañaba la tierra en su lugar. Me acerqué a su jefe y le pregunté con curiosidad: «¡El muy gilipollas se ha quemado toda la espalda! ¡Menudo subnormal!». Yo me escandalicé ante la noticia. Pero ¿es que era yo el único que le había advertido de que se protegiera? Pero no merecía la pena ni contestarme. Un tío con cincuenta tacos ya tiene los huevos negros para que nadie tenga que ir a decirle nada. Solo un carpintero de su empresa resoplaba mientras me escuchaba, y sin llegar a mirarme, se limitó a bufar entre dientes: «Si ya tiene lo que quería».
Cuando vino a dejar la confirmación de baja, una semana después, traía la espalda cubierta por una gasa gigante envuelta en algodón, atada al cuerpo por infinitos esparadrapos que le cruzaban el torso; se la descubrió y me encontré algo que no había visto nunca: la espalda completa llena de ampollas, una sobre otra, supurando de modo que brillaban empapadas, como una piel falsa y húmeda de la que se estuviese desprendiendo. La mostraba casi con orgullo. Se tapó rápido porque no le podía dar el sol (¡claro!). En realidad, la ley prohíbe trabajar al aire con el cuerpo descubierto precisamente por eso, pero no es tan fácil decírselo a un encofrador a las dos de la tarde de un 6 de agosto. También es cierto que por entonces, yo aún no era capaz de imaginar a los extremos que puede llegar la gente por mantener una baja.
A partir de 1986 las políticas adoptadas empezaban a dar frutos y la internacionalización de España se hacía patente: referéndum favorable a la permanencia en la OTAN, entrada en la CEE y, como guinda, Barcelona elegida, ese mismo otoño, sede de los Juegos Olímpicos de 1992. Una puesta de largo en toda regla.
Por si fuera poco, al final del arco iris había un caldero lleno de oro. El precio del petróleo bajaba a un tercio de 1980 y entraba la inyección económica europea en forma de fondos estructurales. A nivel empresarial, se le sumaba la sustitución del impuesto vigente, el ITE, por el novedoso IVA, que, en contra de la imagen que dejaría en el consumidor final, para el que significó una inflación de precios, resultaba un beneficio para toda la cadena productiva, por la sencilla razón de que era recuperable y el ITE no.
Por primera vez en más de una década, se daba la coyuntura adecuada para un crecimiento significativo. El panorama cambiaba en poco tiempo y eso es algo que no pasa desapercibido a, citando a Lovecraft, «Los que vigilan desde el tiempo», esos seres espectrales que habitan dimensiones paralelas: los inversores.
La percepción de España había cambiado: a nivel exterior, el adjetivo «comunitario» convertía «subdesarrollo» en «desarrollado», «dictadura» en «democracia consolidada» e «incertidumbre» en «estabilidad institucional». Son cuestiones semánticas.
Invertir en un país cuyo PIB es un 77 % de la media europea y va a recibir ayudas hasta alcanzar el 90 % es, para qué decir otra cosa, un chollo. Así que las grandes multinacionales empezaron a implantarse siguiendo el camino de las liberalizaciones, y los pequeños inversores empezaron a buscar un producto atractivo para poner el dinero. Y no hay nada más atractivo que una buena vivienda costera, sol y playa a precios populares, y decorada con apetecibles incentivos fiscales. A fin de cuentas, ¿qué otra cosa iban a buscar en España?