Kitabı oku: «Madame Bovary», sayfa 2
Ella le acompañaba siempre hasta el primer peldaño de la escalinata. Hasta que no le traían el caballo, esperaba allí. Como ya se habían despedido, no se hablaban más; el aire libre la envolvía arremolinando los finos cabellos locuelos de su nuca o agitándole sobre la cadera las cintas del delantal que se enroscaban como gallardetes. Una vez, en época de deshielo, la corteza de los árboles chorreaba en el corral, la nieve se derretía sobre los tejados de los edificios. Emma estaba en el umbral de la puerta; fue a buscar su sombrilla y la abrió.
La sombrilla, de seda de cuello de paloma, atravesada por el sol, iluminaba con reflejos móviles la piel blanca de su cara. Ella sonreía debajo del tibio calorcillo y se oían caer sobre el tenso muaré, una a una, las gotas de agua. En los primeros tiempos en que Carlos frecuentaba Les Bertaux, su mujer no dejaba de preguntar por el enfermo, a incluso en el libro que llevaba por partida doble había escogido para el tío Rouault una bella página.
Pero cuando supo que tenía una hija, se informó; y se enteró de que la señorita Rouault, educada en el convento, con las Ursulinas, había recibido lo que se dice una esmerada educación, y sabía, por tanto, danza, geografía, dibujo, bordar y tocar el piano. ¡Fue el colmo! ¿Así es que por esto se decía se le alegra la cara cuando va a verla, y se pone el chaleco sin miedo a que se lo estropee la lluvia? ¡Ah, esa mujer!, ¡esa mujer! Y la detestó instintivamente.
Al principio se desahogó con alusiones que Carlos no comprendió; luego, con reflexiones ocasionales que él dejaba pasar por miedo a la tormenta; finalmente, con ataques a quemarropa a los que no sabía qué contestar. ¿Por qué volvía a Les Bertaux, si el tío Rouault estaba curado y aquella gente aún no había pagado? ¡Ah!, es que había allí una persona, alguien que sabía llevar una conversación, bordar, una persona instruida. Era esto lo que le gustaba: ¡necesitaba señoritas de ciudad! Y proseguía: ¡La hija del tío Rouault, una señorita de ciudad! ¡Bueno, si su abuelo era pastor y tienen un primo que ha estado a punto de ser procesado por golpes en una disputa! No vale la pena darse tanto pisto ni presumir los domingos en la iglesia con un traje de seda como una condesa.
Además, ¡pobre hombre, que si no fuera por las colzas del año pasado, habría tenido problemas para pagar deudas pendientes! Por cansancio, Carlos dejó de volver a Les Bertaux. Eloísa le había hecho jurar con la mano sobre el libro de misa, después de muchos sollozos y besos, en una gran explosión de amor, que no volvería más. Así que obedeció; pero la audacia de su deseo protestó contra el servilismo de su conducta y, por una especie de hipocresía ingenua, estimó que esta prohibición de verla era para él como un derecho a amarla.
Y además, la viuda estaba flaca; tenía grandes pretensiones, llevaba siempre un pequeño chal negro cuya punta le caía entre los omóplatos; su talle seco iba siempre envuelto en unos vestidos a modo de funda, demasiado cortos, que dejaban ver los tobillos, con las cintas de sus holgados zapatos trenzados sobre sus medias grises. La madre de Carlos iba a verles de vez en cuando; pero al cabo de unos días la nuera parecía azuzarla contra su hijo, y entonces, como dos cuchillos, se dedicaban a mortificarle con sus reflexiones y sus observaciones. ¡Hacía mal en comer tanto! ¿Por qué convidar siempre a beber al primero que llegaba? ¡Qué terquedad en no querer llevar ropa de franela! Ocurrió que, a comienzos de la primavera, un notario de Ingouville, que tenía fondos de la viuda Dubuc, se embarcó un buen día, llevándose consigo todo el dinero de la notaría.
Es verdad que Eloísa poseía también, además de una parte de un barco valorada en seis mil francos, su casa de la calle Saint-François; y, sin embargo, de toda esta fortuna tan cacareada, no se había visto en casa más que algunos pocos muebles y cuatro trapos. Había que poner las cosas en claro.
La casa de Dieppe estaba carcomida de hipotecas hasta sus cimientos; lo que ella había depositado en casa del notario sólo Dios lo sabía, y la parte del barco no pasó de mil escudos. ¡Así que la buena señora había mentido! En su exasperación, el señor Bovary padre, rompiendo una silla contra el suelo, acusó a su mujer de haber causado la desgracia de su hijo uniéndole a semejante penco, cuyos arreos no valían nada. Fueron a Tostes.
Se explicaron. Hubo escenas. Eloísa, llorando, se echó en brazos de su marido, le conjuró a que la protegiera de sus padres. Carlos quiso hablar por ella. Los padres se enfadaron y se marcharon. Pero el mal estaba hecho. Ocho días después, cuando Eloísa estaba tendiendo ropa en el corral, escupió sangre, y al día siguiente, mientras Carlos se había vuelto de espaldas para correr la cortina de la ventana, la mujer dijo: —«¡Ah!, Dios mío», —lanzó un suspiro y se desvaneció. Estaba muerta. ¡Qué golpe! Cuando todo acabó en el cementerio, Carlos volvió a casa. No encontró á nadie abajo; subió al primero, a la habitación, vio el vestido de su mujer todavía colgado en la alcoba; entonces, apoyándose en el escritorio, permaneció hasta la noche sumido en un doloroso sueño. Después de todo, la había querido.
Capítulo III
Una mañana el tío Rouault fue a pagar a Carlos los honorarios por el arreglo de su pierna: setenta y cinco francos en monedas de cuarenta sueldos, y un pavo. Se había enterado de la desgracia y le consoló como pudo.
–Ya sé lo que es eso —decía, dándole palmaditas en el hombro, —yo también he pasado por ese trance. Cuando perdí a mi pobre difunta, me iba por los campos para estar solo, caía al pie de un árbol, lloraba, invocaba a Dios, le decía tonterías; hubiera querido estar como los topos, que veía colgados de las ramas con el vientre corroído por los gusanos, muerto, en una palabra. Y cuando pensaba que otros en aquel momento estaban estrechando a sus buenas mujercitas, golpeaba fuertemente con mi bastón, estaba como loco, ya no comía; la sola idea de ir al café puede creerme, me asqueaba. Pues bien, muy suavemente, un día tras otro, primavera tras invierno y otoño tras verano, aquello se fue pasando brizna a brizna, migaja a migaja; aquello se fue, desapareció, bajó, es un decir, pues siempre queda algo en el fondo, como quien dice… un peso aquí, en el pecho.
Pero como es el destino de todos, no hay que dejarse decaer y, porque otros hayan muerto, querer morir… Hay que reanimarse, señor Bovary; ¡eso le pasará! Venga a vernos; mi hija piensa en usted de vez en cuando, ya lo sabe usted…, y ella dice, ya lo sabe también, que usted la olvida. Pronto llegará la primavera; iremos a tirar a los conejos para que se distraiga un poco.
Carlos siguió su consejo. Volvió a Les Bertaux, encontró todo como el día anterior, es decir, como hacía cinco meses. Los perales estaban ya en flor, y el buen señor Rouault, ya curado, iba y venía, lo cual daba más vida a la granja. Creyéndose en el deber de prodigar al médico las mayores cortesías posibles por su luto reciente, le rogó que no se descubriera, le habló en voz baja, como si hubiera estado enfermo, e incluso aparentó enfadarse porque no se había preparado para él algo más ligero que para los demás, como unos tarritos de nata o unas peras cocidas. Contó chistes. Carlos hasta llegó a reír; pero al recordar de pronto a su mujer se entristeció. Sirvieron el café; y ya no volvió a pensar en ella. Recordó menos, a medida que se iba acostumbrando a vivir solo.
El nuevo atractivo de la independencia pronto le hizo la soledad más soportable. Ahora podía cambiar las horas de sus comidas, entrar y salir sin dar explicaciones, y, cuando estaba muy cansado, extender brazos y piernas a todo lo ancho de su cama. Así que se cuidó, se dio buena vida y aceptó los consuelos que le daban. Por otra parte, la muerte de su mujer no le había perjudicado en su profesión, pues durante un mes se estuvo hablando de él: «¡Este pobre joven!, ¡qué desgracia!» Su nombre se había extendido, su clientela se había acrecentado; y además iba a Les Bertaux con toda libertad. Tenía una esperanza indefinida, una felicidad vaga; se encontraba la cara más agradable cuando se cepillaba sus patillas delante del espejo.
Un día llegó hacia las tres; todo el mundo estaba en el campo; entró en la cocina, pero al principio no vio a Emma; los postigos estaban cerrados. Por las rendijas de la madera, el sol proyectaba sobre las baldosas grandes rayas delgadas que se quebraban en las aristas de los muebles y temblaban en el techo. Sobre la mesa, algunas moscas trepaban por los vasos sucios y zumbaban, ahogándose, en la sidra que había quedado en el fondo. La luz que bajaba por la chimenea aterciopelando el hollín de la plancha coloreaba de un suave tono azulado las cenizas frías. Entre la ventana y el fogón estaba Emma cosiendo; no llevaba pañoleta y sobre sus hombros descubiertos se veían gotitas de sudor.
Según costumbre del campo, le invitó a tomar algo. Él no aceptó, ella insistió, y por fin propuso, riendo, tomar juntos una copita de licor. Fue a buscar en la alacena una botella de curaçao, alcanzó dos copitas, llenó una hasta el borde, echó unas gotas en la otra, y, después de brindar, la llevó a sus labios. Como estaba casi vacía, se echaba hacia atrás para beber; y, con la cabeza inclinada hacia atrás, los labios adelantados, el cuello tenso, se reía de no sentir nada, mientras que, sacando la punta de la lengua entre sus finos dientes, lamía despacito el fondo del vaso. Volvió a sentarse y reanudó su labor, el zurcido de una media de algodón blanca; trabajaba con la frente inclinada; no hablaba.
Carlos tampoco. El aire que pasaba por debajo de la puerta levantaba un poco de polvo sobre las baldosas. Carlos lo miraba arrastrarse, y sólo oía el martilleo interior de su cabeza y el cacareo lejano de una gallina que había puesto en el corral. Emma, de vez en cuando, se refrescaba las mejillas con la palma de las manos, que luego enfriaba en el pomo de hierro de los grandes morillos. Se quejaba de sufrir mareos desde comienzos de la estación; le preguntó si le sentarían bien los baños de mar; se puso a hablar del convento, Carlos de su colegio, y se animó la conversación. Subieron al cuarto de Emma. Le enseñó sus antiguos cuadernos de música, los libritos que le habían dado de premio y las coronas de hojas de roble abandonadas en el cajón de un armario. Le habló también de su madre, del cementerio, a incluso le enseñó en el jardín el arriate donde cogía las flores, todos los primeros viernes de mes, para ir a ponérselas sobre su tumba.
Pero el jardinero que tenían no entendía nada de flores; ¡tenían tan mal servicio! A ella le habría gustado, aunque sólo fuera en invierno, vivir en la ciudad, por más que los días largos de buen tiempo hiciesen tal vez más aburrido el campo en verano y según lo que decía, su voz era clara, aguda, o, languideciendo de repente, arrastraba unas modulaciones que acababan casi en murmullos, cuando se hablaba a sí misma, ya alegre, abriendo unos ojos ingenuos, o ya entornando los párpados, con la mirada anegada de aburrimiento y el pensamiento errante.
Por la noche, al volver a casa, Carlos repitió una a una las frases que Emma había dicho, tratando de recordarlas, de completar su sentido, a fin de reconstruir la porción de existencia que ella había vivido antes de que él la conociera. Pero nunca pudo verla en su pensamiento de modo diferente a como la había visto la primera vez, o tal como acababa de dejarla hacía un momento. Después se preguntó qué sería de ella, si se casaría, y con quién, ¡ay!, el tío Rouault era muy rico, y ella… ¡tan guapa! Pero la cara de Emma volvía siempre a aparecérsele ante sus ojos y en sus oídos resonaba algo monótono como el zumbido de una peonza: «¡Y si te casaras!, ¡si te casaras!» Aquella noche no durmió, tenía un nudo en la garganta, tenía sed; se levantó a beber agua y abrió la ventana; el cielo estaba estrellado, soplaba un viento cálido, ladraban perros a lo lejos.
Carlos volvió la cabeza hacia Les Bertaux. Pensando que, después de todo, no arriesgaba nada, se prometió a sí mismo hacer la petición en cuanto se le presentara la ocasión; pero cada vez que se le presentó, el temor de no encontrar las palabras apropiadas le sellaba los labios. Al tío Rouault no le hubiera disgustado que le liberasen de su hija, que le servía de poco en su casa. En su fuero interno la disculpaba, reconociendo que tenía demasiado talento para dedicarse a las faenas agrícolas, oficio maldito del cielo, ya que con él nadie se hacía millonario.
Lejos de haber hecho fortuna, el buen hombre salía perdiendo todos los años, pues si en los mercados se movía muy bien, complaciéndose en las artimañas del oficio, por el contrario, el trabajo del campo propiamente dicho, con el gobierno de la granja, le gustaba menos que a nadie.
Siempre con las manos en los bolsillos, no escatimaba gasto para darse buena vida, pues quería comer bien, estar bien calentito y dormir en buena cama. Le gustaba la sidra fuerte, las piernas de cordero poco pasadas, y los «glorias»bien batidos. Comía en la cocina, solo, delante del fuego, en una mesita que le llevaban ya servida, como en el teatro. Así que viendo que Carlos se ponía colorado cuando estaba junto a su hija, lo cual significaba que uno de aquellos días la pediría en matrimonio, fue rumiando por anticipado todo el asunto. Lo encontraba un poco alfeñique, y no era el yerno que habría deseado; pero tenía fama de buena conducta, económico instruido, y, sin duda, no regatearía mucho por la dote. Ahora bien como el tío Rouault iba a tener que vender veintidós acres de su hacienda, pues debía mucho al albañil, mucho al guarnicionero, y había que cambiar el árbol del lagar, se dijo: Si me la pide, se la doy. Por San Miguel, Carlos fue a pasar tres días a Les Bertaux.
El último día transcurrió como los anteriores, aplazando su declaración de cuarto en cuarto de hora. El tío Rouault lo acompañó un trecho; iban por un camino hondo, estaban a punto de despedirse; era el momento.
Carlos se señaló como límite el recodo del seto, y por fin, cuando lo sobrepasó, murmuró: Señor Rouault, quisiera decirle una cosa. Se pararon. Carlos callaba. —Pero ¡cuénteme su historia!, ¿se cree que no estoy ya enterado de todo? —dijo el tío Rouault, riendo suavemente. —Tío Rouault…, tío Rouault… —balbució Carlos. —Yo no deseo otra cosa —continuó el granjero—. Aunque sin duda la niña piensa como yo, habrá que pedirle su parecer. Bueno, váyase; yo me vuelvo a casa. Si es que sí, óigame bien, no hace falta que vuelva, por la gente, y, además, a ella le impresionaría demasiado. Pero, para que usted no se consuma de impaciencia, abriré de par en par el postigo de la ventana contra la pared: usted podrá verlo mirando atrás, encaramándose sobre el seto. —Y se alejó. Carlos ató su caballo a un árbol. Corrió a apostarse en el sendero; esperó.
Pasó media hora, después contó diecinueve minutos por su reloj. De pronto se produjo un ruido contra la pared; se había abierto el postigo, la aldabilla temblaba todavía. Al día siguiente, a las nueve, estaba en la granja. Emma se puso colorada cuando entró, pero, se sostuvo, se esforzó por sonreír un poco. El tío Rouault abrazó a su futuro yerno. Se pusieron a hablar de las cuestiones de intereses; por otra parte, tenían tiempo por delante, puesto que no estaba bien que se celebrase la boda hasta que terminase el luto de Carlos; es decir, hacia la primavera del año siguiente.
En esta espera transcurrió el invierno. La señorita Rouault se ocupó de su equipo. Una parte de él lo encargó a Rouen, y ella misma se hizo camisas y gorros de noche con arreglo a dibujos de modas que le prestaron. En las visitas que Carlos hacía a la granja hablaban de los preparativos de la boda; se preguntaba dónde se daría el banquete; pensaban en la cantidad de platos que pondrían y qué entrantes iban a servir. A Emma, por su parte, le hubiera gustado casarse a medianoche, a la luz de las antorchas; pero el tío Rouault no compartió en absoluto esta idea. Se celebró, pues, una boda en la que hubo cuarenta y tres invitados, estuvieron dieciséis horas sentados a la mesa, y la fiesta se repitió al día siguiente y un poco los días sucesivos.
Capítulo IV
Los invitados llegaron temprano en coches (carricoches de un caballo), charabanes de dos ruedas, viejos cabriolets sin capota, jardineras con cortinas de cuero, y los jóvenes de los pueblos más cercanos, en carretas, de pie, en fila, con las manos apoyadas sobre los adrales para no caerse, puesto que iban al trote y eran fuertemente zarandeados. Vinieron de diez leguas a la redonda, de Godeville, de Normanville y de Cany.
Habían invitado a todos los parientes de las dos familias, se habían reconciliado con los amigos con quienes estaban reñidos, habían escrito a los conocidos que no habían visto desde hacía mucho tiempo. De vez en cuando se oían latigazos detrás del seto; enseguida se abría la barrera: era un carricoche que entraba. Galopando hasta el primer peldaño de la escalinata, paraba en seco y vaciaba su carga, que salía por todas partes frotándose las rodillas y estirando los brazos. Las señoras, de gorro, llevaban vestidos a la moda de la ciudad, cadenas de reloj de oro, esclavinas con las puntas cruzadas en la cintura o pequeños chales de color sujetos a la espalda con un alfiler dejando el cuello descubierto por detrás.
Los chicos, vestidos como sus papás, parecían incómodos con sus trajes nuevos (muchos incluso estrenaron aquel día el primer par de botas de su vida), y al lado de ellos se veía, sin decir ni pío, con el vestido blanco de su primera comunión alargado para la ocasión, a alguna muchachita espigada de catorce o dieciséis años, su prima o tal vez su hermana menor, coloradota, atontada, con el pelo brillante de fijador de rosa y con mucho miedo a ensuciarse los guantes.
Como no había bastantes mozos de cuadra para desenganchar todos los coches, los señores se remangaban y ellos mismos se ponían a la faena. Según su diferente posición social, vestían fracs, levitas, chaquetas, chaqués; buenos trajes que conservaban como recuerdo de familia y que no salían del armario más que en las solemnidades; levitas con grandes faldones flotando al viento, de cuello cilíndrico y bolsillos grandes como sacos; chaquetas de grueso paño que combinaban ordinariamente con alguna gorra con la visera ribeteada de cobre; chaqués muy cortos que tenían en la espalda dos botones juntos como un par de ojos, y cuyos faldones parecían cortados del mismo tronco por el hacha de un carpintero.
Había algunos incluso, aunque, naturalmente, éstos tenían que comer al fondo de la mesa, que llevaban blusas de ceremonia, es decir, con el cuello vuelto sobre los hombros, la espalda fruncida en pequeños pliegues y el talle muy bajo ceñido por un cinturón cosido. Y las camisas se arqueaban sobre los pechos como corazas. Todos iban con el pelo recién cortado, con las orejas despejadas y bien afeitados; incluso algunos que se habían levantado antes del amanecer, como no veían bien para afeitarse, tenían cortes en diagonal debajo de la nariz o a lo largo de las mejillas raspaduras del tamaño de una moneda de tres francos que se habían hinchado por el camino al contacto con el aire libre, lo cual jaspeaba un poco de manchas rosas todas aquellas gruesas caras blancas satisfechas.
Como el ayuntamiento se encontraba a una media legua de la finca, fueron y volvieron, una vez terminada la ceremonia en la iglesia. El cortejo, al principio compacto como una sola cinta de color que ondulaba en el campo, serpenteando entre el trigo verde, se alargó enseguida y se cortó en grupos diferentes que se rezagaban charlando. El violinista iba en cabeza, con su violín engalanado de cintas; a continuación marchaban los novios, los padres, los amigos todos revueltos, y los niños se quedaban atrás, entreteniéndose en arrancar las campanillas de los tallos de avena o peleándose sin que ellos los vieran.
El vestido de Emma, muy largo, arrastraba un poco; de vez en cuando, ella se paraba para levantarlo, y entonces, delicadamente, con sus dedos enguantados, se quitaba las hierbas ásperas con los pequeños pinchos de los cardos, mientras que Carlos, con las manos libres, esperaba a que ella hubiese terminado.
El tío Rouault, tocado con su sombrero de seda nuevo y con las bocamangas de su traje negro tapándole las manos hasta las uñas, daba su brazo a la señora Bovary madre. En cuanto al señor Bovary padre, que, despreciando a toda aquella gente, había venido simplemente con una levita de una fila de botones de corte militar, prodigaba galanterías de taberna a una joven campesina rubia. Ella las acogía, se ponía colorada, no sabía qué contestar. Los demás hablaban de sus asuntos o se hacían travesuras por detrás, provocando anticipadamente el jolgorio; y, aplicando el oído, se seguía oyendo el rasgueo del violinista, que continuaba tocando en pleno campo.
Cuando se daba cuenta de que la gente se retrasaba, se paraba a tomar aliento, enceraba, frotaba con colofonia su arco para que las cuerdas chirriasen mejor, y luego reemprendía su marcha bajando y subiendo alternativamente el mástil de su violín para marcarse bien el compás a sí mismo. El ruido del instrumento espantaba de lejos a los pajaritos. La mesa estaba puesta bajo el cobertizo de los carros. Había cuatro solomillos, seis pollos en pepitoria, ternera guisada, tres piernas de cordero y, en el centro, un hermoso lechón asado rodeado de cuatro morcillas con acederas.
En las esquinas estaban dispuestas botellas de aguardiente. La sidra dulce embotellada rebosaba su espuma espesa alrededor de los tapones y todos los vasos estaban ya llenos de vino hasta el borde. Grandes fuentes de natillas amarillas, que se movían solas al menor choque de la mesa, presentaban, dibujadas sobre su superficie lisa, las iniciales de los nuevos esposos en arabescos de finos rasgos. Habían ido a buscar un pastelero a Yvetot para las tortadas y los guirlaches. Como debutaba en el país, se esmeró en hacer bien las cosas; y, a los postres, él mismo presentó en la mesa una pieza montada que causó sensación.
Primeramente, en la base, había un cuadrado de cartón azul que figuraba un templo con pórticos, columnatas y estatuillas de estuco todo alrededor, en hornacinas consteladas de estrellas de papel dorado; después, en el segundo piso, se erguía un torreón en bizcocho de Saboya, rodeado de pequeñas fortificaciones de angélica, almendras, uvas pasas, cuarterones de naranjas; y, finalmente, en la plataforma superior, que era una pradera verde donde había rocas con lagos de confituras y barcos de cáscaras de avellanas, se veía un Amorcillo balanceándose en un columpio de chocolate, cuyos dos postes terminaban en dos capullos naturales, a modo de bolas, en la punta. Estuvieron comiendo hasta la noche.
Cuando se cansaban de estar sentados se paseaban por los patios o iban a jugar un partido de chito al granero, después volvían a la mesa. Algunos, hacia el final, se quedaron dormidos y roncaron. Pero a la hora del café todo se reanimó; empezaron a cantar, probaron su fuerza, transportaban pesos, hacían con los pulgares gestos de un gusto dudoso, intentaban levantar las carretas sobre sus hombros, se contaban chistes picantes, abrazaban a las señoras. De noche, a la hora de marcharse, los caballos, hartos de avena hasta las narices, tuvieron dificultades para entrar en los varales; daban coces, se encabritaban, los arreos se rompían, sus amos blasfemaban o reían; y toda la noche, a la luz de la luna, por los caminos del país pasaron carricoches desbocados que corrían a galope tendido, dando botes en las zanjas, saltando por encima de la grava, rozando con los taludes, con mujeres que se asomaban por la portezuela para coger las riendas.
Los que quedaron en Les Bertaux pasaron la noche bebiendo en la cocina. Los niños se habían quedado dormidos debajo de los bancos. La novia había suplicado a su padre que le evitasen las bromas de costumbre.
Sin embargo, un primo suyo, pescadero (que incluso había traído como regalo de bodas un par de lenguados), empezaba a soplar agua con su boca por el agujero de la cerradura, cuando llegó el señor Rouault en el preciso momento para impedirlo, y le explicó que la posición seria de su yerno no permitía tales inconveniencias. El primo, a pesar de todo, cedió difícilmente ante estas razones. En su interior acusó al señor Rouault de estar muy orgulloso y fue a reunirse a un rincón con cuatro o cinco invitados que, habiéndoles tocado por casualidad varias veces seguidas los peores trozos de las carnes, murmuraban en voz baja del anfitrión y deseaban su ruina con medias palabras. La señora Bovary madre no había despegado los labios en todo el día. No le habían consultado ni sobre el atuendo de la nuera ni sobre los preparativos del festín; se retiró temprano. Su esposo, en vez de acompañarla, marchó a buscar cigarros a Saint Víctor y fumó hasta que se hizo de día, sin dejar de beber grogsde kirsch, mezcla desconocida para aquella gente, y que fue para él como un motivo de que le tuviesen una consideración todavía mayor.
Carlos no era de carácter bromista, no se había lucido en la boda. Respondió mediocremente a las bromas, retruécanos, palabras de doble sentido, parabienes y palabras picantes que tuvieron a bien soltarle desde la sopa. Al día siguiente, por el contrario, parecía otro hombre… Era más bien él a quien se hubiera tomado por la virgen de la víspera, mientras que la recién casada no dejaba traslucir nada que permitiese sospechar lo más mínimo. Los más maliciosos sabían qué decir, y cuando pasaba cerca de ellos la miraban con una atención desmesurada.
Pero Carlos no disimulaba nada, le llamaba «mi mujer», la tuteaba, preguntaba por ella a todos, la buscaba por todas partes y muchas veces se la llevaba a los patios donde de lejos le veían, entre los árboles, estrechándole la cintura y caminando medio inclinado sobre ella, arrugándole con la cabeza el bordado del corpiño. Dos días después de la boda los esposos se fueron: Carlos no podía ausentarse por más tiempo a causa de sus enfermos. El tío Rouault mandó que los llevaran en su carricoche y él mismo los acompañó hasta Vassonville. Allí besó a su hija por última vez, se apeó y volvió a tomar su camino.
Cuando llevaba andados cien pasos aproximadamente, se paró, y, viendo alejarse el carricoche, cuyas ruedas giraban en el polvo, lanzó un gran suspiro. Después se acordó de su boda, de sus tiempos de antaño del primer embarazo de su mujer; estaba muy contento también él el día en que la había trasladado de la casa de sus padres a la suya, cuando la llevaba a la grupa trotando sobre la nieve, pues era alrededor de Navidad y el campo estaba todo blanco; ella se agarraba a él por un brazo mientras que del otro colgaba su cesto; el viento agitaba los largos encajes de su tocado del País de Caux, que le pasaban a veces por encima de la boca, y, cuando él volvía la cabeza, veía cerca, sobre su hombro, su carita sonrosada que sonreía silenciosamente bajo la chapa de oro de su gorro. Para recalentarse los dedos, se los metía de vez en cuando en el pecho. ¡Qué viejo era todo esto! ¡Su hijo tendría ahora treinta años! Entonces miró atrás, no vio nada en el camino. Se sintió triste como una casa sin muebles; y mezclando los tiernos recuerdos a los negros pensamientos en su cerebro nublado por los vapores de la fiesta, le dieron muchas ganas de ir un momento a dar una vuelta cerca de la iglesia.
Como, a pesar de todo, temió que esto le pusiese más triste todavía, se volvió directamente a casa. El señor y la señora Bovary llegaron a Tostes hacia las seis. Los vecinos se asomaron a las ventanas para ver a la nueva mujer del médico. La vieja criada se presentó, la saludó, pidió disculpas por no tener preparada la cena a invitó a la señora, entretanto, a conocer la casa.
