Kitabı oku: «Madame Bovary», sayfa 3
Capítulo V
La fachada de ladrillos se alineaba justo con la calle, o más bien con la carretera. Detrás de la puerta estaban colgados un abrigo de esclavina, unas bridas de caballo, una gorra de visera de cuero negro y en un rincón, en el suelo, un par de polainas todavía cubiertas de barro seco. A la derecha estaba la sala, es decir, la pieza que servía de comedor y de sala de estar.
Un papel amarillo canario, orlado en la parte superior por una guirnalda de flores pálidas, temblaba todo él sobre la tela poco tensa; unas cortinas de calicó blanco, ribeteadas de una trencilla roja, se entrecruzaban a lo largo de las ventanas, y sobre la estrecha repisa de la chimenea resplandecía un reloj con la cabeza de Hipócrates entre dos candelabros chapados de plata bajo unos fanales de forma ovalada. Al otro lado del pasillo estaba el consultorio de Carlos. Pequeña habitación de unos seis pasos de ancho, con una mesa, tres sillas y un sillón de despacho. Los tomos del Diccionario de Ciencias Médicas, sin abrir, pero cuya encuadernación en rústica había sufrido en todas las ventas sucesivas por las que había pasado, llenaban casi ellos solos los seis estantes de una biblioteca de madera de abeto.
El olor de las salsas penetraba a través de la pared durante las consultas, lo mismo que se oía desde la cocina toser a los enfermos en el despacho y contar toda su historia.
Venía después, abierta directamente al patio, donde se encontraba la caballeriza, una gran nave deteriorada que tenía un horno, y que ahora servía de leñera, de bodega, de almacén, llena de chatarras, de toneles vacíos, de aperos de labranza fuera de uso, con cantidad de otras cosas llenas de polvo cuya utilidad era imposible adivinar.
La huerta, más larga que ancha, llegaba, entre dos paredes de adobe cubiertas de albaricoqueros en espaldera, hasta un seto de espinos que la separaba de los campos. Había en el centro un cuadrante solar de pizarra sobre un pedestal de mampostería; cuatro macizos de enclenques escaramujos rodeaban simétricamente el cuadro más útil de las plantaciones serias. Al fondo de todo, bajo las piceas, una figura de cura, de escayola, leía su breviario. Emma subió a las habitaciones. La primera no estaba amueblada; pero la segunda, que era la habitación de matrimonio, tenía una cama de caoba en una alcoba con colgaduras rojas.
Una caja de conchas adornaba la cómoda y, sobre el escritorio, al lado de la ventana, había en una botella un ramo de azahar atado con cintas de raso blanco. Era un ramo de novia; ¡el ramo de la otra! Ella lo miró. Carlos se dio cuenta de ello, lo cogió y fue a llevarlo al desván, mientras que, sentada en una butaca estaban colocando sus cosas alrededor de ella.
Emma pensaba adónde iría a parar su ramo de novia, que estaba embalado en una caja de cartón, si por casualidad ella llegase a morir. Los primeros días se dedicó a pensar en los cambios que iba a hacer en su casa. Retiró los globos de los candelabros, mandó empapelar de nuevo, pintar la escalera y poner bancos en el jardín, alrededor del reloj de sol; incluso preguntó qué había que hacer para tener un estanque con surtidor de agua y peces.
Finalmente, sabiendo su marido que a ella le gustaba pasearse en coche, encontró uno de ocasión, que, una vez puestas linternas nuevas y guardabarros de cuero picado, quedó casi como un tílburi. Carlos estaba, pues, feliz y sin preocupación alguna. Una comida los dos solos, un paseo por la tarde por la carretera principal, acariciarle su pelo, contemplar su sombrero de paja, colgado en la falleba de una ventana, y muchas otras cosas más en las que Carlos jamás había sospechado encontrar placer alguno, constituían ahora su felicidad ininterrumpida.
En cama por la mañana, juntos sobre la almohada, él veía pasar la luz del sol por entre el vello de sus mejillas rubias medio tapadas por las orejeras subidas de su gorro. Vistos tan de cerca, sus ojos le parecían más grandes, sobre todo cuando abría varias veces sus párpados al despertarse; negros en la sombra y de un azul oscuro en plena luz, tenían como capas de colores sucesivos, que, siendo más oscuros en el fondo, iban tomándose claros hacia la superficie del esmalte. La mirada de Carlos se perdía en estas profundidades, y se veía en pequeño hasta los hombros con el pañuelo, que le cubría la cabeza y el cuello de la camisa entreabierto.
Él se levantaba, ella se asomaba a la ventana para verle salir; y se apoyaba de codos en el antepecho entre dos macetas de geranios, vestida con un salto de cama que le venía muy holgado. Carlos, en la calle, sujetaba sus espuelas sobre el mojón y ella seguía hablándole desde arriba, mientras arrancaba con su boca una brizna de flor o de verde que soplaba hacia él, y que revoloteando, planeando, haciendo en el aire semicírculos como un pájaro, iba antes de caer a agarrarse a las crines mal peinadas de la vieja yegua blanca, inmóvil en la puerta. Carlos, a caballo, le enviaba un beso; ella respondía con un gesto y volvía a cerrar la ventana.
Él partía, y entonces, en la carretera que extendía sin terminar su larga cinta de polvo, por los caminos hondos donde los árboles se curvaban en bóveda, en los senderos cuyos trigos le llegaban hasta las rodillas, con el sol sobre sus hombros y el aire matinal en las aletas de la nariz, el corazón lleno de las delicias de la noche, el ánimo tranquilo, la carne satisfecha, iba rumiando su felicidad, como los que siguen saboreando, después de la comida, el gusto de las trufas que digieren. Hasta el momento, ¿qué había tenido de bueno su vida? ¿Su época de colegio, donde permanecía encerrado entre aquellas altas paredes solo en medio de sus compañeros más ricos o más adelantados que él en sus clases, a quienes hacía reír con su acento, que se burlaban de su atuendo, y cuyas mamás venían al locutorio con pasteles en sus manguitos?
Después, cuando estudiaba medicina y mamá no tenía bastante dinero para pagar la contradanza a alguna obrerita que llegase a ser su amante. Más tarde había vivido catorce meses con la viuda, que en la cama tenía los pies fríos como témpanos. Pero ahora poseía de por vida a esta linda mujer a la que adoraba. El Universo para él no sobrepasaba el contorno sedoso de su falda; y se acusaba de no amarla, tenía ganas de volver a verla; regresaba pronto a casa, subía la escalera con el corazón palpitante.
Emma estaba arreglándose en su habitación; él llegaba sin hacer el mínimo ruido, la besaba en la espalda, ella lanzaba un grito. Él no podía aguantarse sin tocar continuamente su peine, sus sortijas, su pañoleta; algunas veces le daba en las mejillas grandes besos con toda la boca, o bien besitos en fila a todo lo largo de su brazo desnudo, desde la punta de los dedos hasta el hombro; y ella le rechazaba entre sonriente y enfadada, como se hace a un niño que se te cuelga encima. Antes de casarse, ella había creído estar enamorada, pero como la felicidad resultante de este amor no había llegado, debía de haberse equivocado, pensaba, y Emma trataba de saber lo que significaban justamente en la vida las palabras felicidad, pasión, embriaguez, que tan hermosas le habían parecido en los libros.
Capítulo VI
Emma había leído Pablo y Virginiay había soñado con la casita de bambúes, con el negro Domingo con el perro Fiel, pero sobre todo con la dulce amistad de algún hermanito, que subiera a buscar para ella frutas rojas a los grandes árboles, más altos que campanarios, o que corriera descalzo por la arena llevándole un nido de pájaros.
Cuando cumplió trece años, su padre la llevó él mismo a la ciudad para ponerla en un internado. Se alojaron en una fonda del barrio San Gervasio, donde les sirvieron la cena en unos platos pintados, que representaban la historia de la señorita de la Valliere. Las leyendas explicativas, cortadas aquí y allí por los rasguños de los cuchillos, glorificaban todas ellas la religión, las delicadezas del corazón y las pompas de la Corte.
Lejos de aburrirse en el convento los primeros tiempos, se encontró a gusto en compañía de las buenas hermanas, que, para entretenerla, la llevaban a la capilla, adonde se entraba desde el refectorio por un largo corredor. Jugaba muy poco en los recreos, entendía bien el catecismo, y era ella quien contestaba siempre al señor vicario en las preguntas difíciles. Viviendo, pues, sin salir nunca de la tibia atmósfera de las clases y en medio de estas mujeres de cutis blanco que llevaban rosarios con cruces de cobre, se fue adormeciendo en la languidez mística que se desprende del incienso, de la frescura de las pilas de agua bendita y del resplandor de las velas.
En vez de seguir la misa, miraba en su libro las ilustraciones piadosas orladas de azul, y le gustaban la oveja enferma, el Sagrado Corazón atravesado de agudas flechas o el Buen Jesús que cae caminando sobre su cruz. Intentó, para mortificarse, permanecer un día entero sin comer. Buscaba en su imaginación algún voto que cumplir. Cuando iba a confesarse, se inventaba pecaditos a fin de quedarse allí más tiempo, de rodillas en la sombra, con la cara pegada a la rejilla bajo el cuchicheo del sacerdote. Las comparaciones de novio, de esposo, de amante celestial y de matrimonio eterno que se repiten en los sermones suscitaban en el fondo de su alma dulzuras inesperadas. Por la noche, antes del rezo, hacían en el estudio una lectura religiosa.
Era, durante la semana, algún resumen de Historia Sagrada o las Conferencias del abate Frayssinous, y, los domingos, a modo de recreo, pasajes del Genio del Cristianismo. ¡Cómo escuchó, las primeras veces, la lamentación sonora de las melancolías románticas que se repiten en todos los ecos de la tierra y de la eternidad! Si su infancia hubiera transcurrido en la trastienda de un barrio comercial, quizás se habría abierto entonces a las invasiones líricas de la naturaleza que, ordinariamente, no nos llegan más que por la traducción de los escritores. Pero conocía muy bien el campo; sabía del balido de los rebaños, de los productos lácteos, de los arados.
Acostumbrada a los ambientes tranquilos, se inclinaba, por el contrario, a los agitados. No le gustaba el mar sino por sus tempestades y el verdor sólo cuando aparecía salpicado entre ruinas. Necesitaba sacar de las cosas una especie de provecho personal; y rechazaba como inútil todo lo que no contribuía al consuelo inmediato de su corazón, pues, siendo de temperamento más sentimental que artístico, buscaba emociones y no paisajes.
Había en el convento una solterona que venía todos los meses, durante ocho días, a repasar la ropa. Protegida por el arzobispado como perteneciente a una antigua familia aristócrata arruinada en la Revolución, comía en el refectorio a la mesa de las monjas y charlaba con ellas, después de la comida, antes de subir de nuevo a su trabajo. A menudo las internas se escapaban del estudio para ir a verla.
Sabía de memoria canciones galantes del siglo pasado, que cantaba a media voz, mientras le daba a la aguja. Contaba cuentos, traía noticias, hacía los recados en la ciudad, y prestaba a las mayores, a escondidas, alguna novela que llevaba siempre en los bolsillos de su delantal, y de la cual la buena señorita devoraba largos capítulos en los descansos de su tarea. Sólo se trataba de amores, de galanes, amadas, damas perseguidas que se desmayaban en pabellones solitarios, mensajeros a quienes matan en todos los relevos, caballos reventados en todas las páginas, bosques sombríos, vuelcos de corazón, juramentos, sollozos, lágrimas y besos, barquillas a la luz de la luna, ruiseñores en los bosquecillos, señores bravos como leones, suaves como corderos, virtuosos como no hay, siempre de punta en blanco y que lloran como urnas funerarias.
Durante seis meses, a los quince años, Emma se manchó las manos en este polvo de los viejos gabinetes de lectura. Con Walter Scott, después, se apasionó por los temas históricos, soñó con arcones, salas de guardias y trovadores. Hubiera querido vivir en alguna vieja mansión, como aquellas castellanas de largo corpiño, que, bajo el trébol de las ojivas, pasaban sus días con el codo apoyado en la piedra y la barbilla en la mano, viendo llegar del fondo del campo a un caballero de pluma blanca galopando sobre un caballo negro.
En aquella época rindió culto a María Estuardo y veneración entusiasta a las mujeres ilustres o desgraciadas: Juana de Arco, Eloísa, Inés Sorel, la bella Ferronniere, y Clemencia Isaura para ella se destacaban como cometas sobre la tenebrosa inmensidad de la historia, donde surgían de nuevo por todas partes, pero más difuminados y sin ninguna relación entre sí, San Luis con su encina, Bayardo moribundo, algunas ferocidades de Luis XI, un poco de San Bartolomé, el penacho del Bearnés, y siempre el recuerdo de los platos pintados donde se ensalzaba a Luis XIV. En clase de música, en las romanzas que cantaba, sólo se trataba de angelitos de alas doradas, madonas, lagunas, gondoleros, pacíficas composiciones que le dejaban entrever, a través de las simplezas del estilo y las imprudencias de la música, la atractiva fantasmagoría de las realidades sentimentales. Algunas de sus compañeras traían al convento los que habían recibido de regalo. Había que esconderlos, era un problema; los leían en el dormitorio. Manejando delicadamente sus bellas encuadernaciones de raso, Emma fijaba sus miradas de admiración en el nombre de los autores desconocidos que habían firmado, la mayoría de las veces condes o vizcondes, al pie de sus obras. Se estremecía al levantar con su aliento el papel de seda de los grabados, que se levantaba medio doblado y volvía a caer suavemente sobre la página.
Era, detrás de la balaustrada de un balcón, un joven de capa corta estrechando entre sus brazos a una doncella vestida de blanco, que llevaba una escarcela a la cintura; o bien los retratos anónimos de las ladies inglesas con rizos rubios, que nos miran con sus grandes ojos claros bajo su sombrero de paja redondo. Se veían algunas recostadas en coches rodando por los parques, donde un lebrel saltaba delante del tronco de caballos conducido al trote por los pequeños postillones de pantalón blanco. Otras, tendidas sobre un sofá al lado de una carta de amor abierta, contemplaban la luna por la ventana entreabierta, medio tapada por una cortina negra.
Las ingenuas, una lágrima en la mejilla, besuqueaban una tórtola a través de los barrotes de una jaula gótica, o, sonriendo, con la cabeza bajo el hombro, deshojaban una margarita con sus dedos puntiagudos y curvados hacia arriba como zapatos de punta respingada. Y también estabais allí vosotros, sultanes de largas pipas, extasiados en los cenadores, en brazos de las bayaderas, djiaours, sables turcos, gorros griegos, y, sobre todo, vosotros, paisajes pálidos de las regiones ditirámbicas, que a menudo nos mostráis a la vez palmeras, abetos, tigres a la derecha, un león a la izquierda, minaretes tártaros en el horizonte, ruinas romanas en primer plano, después camellos arrodillados; todo ello enmarcado por una selva virgen bien limpia y un gran rayo de sol perpendicular en el agua, de donde de tarde en tarde emergen como rasguños blancos, sobre un fondo de gris acero, unos cisnes nadando. Y la pantalla del quinqué, colgado de la pared, por encima de la cabeza de Emma, iluminaba todos estos cuadros del mundo, que desfilaban ante ella unos detrás de otros, en el silencio del dormitorio y en el ruido lejano de algún simón retrasado que rodaba todavía por los bulevares. Cuando murió su madre, lloró mucho los primeros días.
Mandó hacer un cuadro fúnebre con el pelo de la difunta, y, en una carta que enviaba a Les Bertaux, toda llena de reflexiones tristes sobre la vida, pedía que cuando muriese la enterrasen en la misma sepultura. El pobre hombre creyó que estaba enferma y fue a verla. Emma se sintió satisfecha de haber llegado al primer intento a ese raro ideal de las existencias pálidas, a donde jamás llegan los corazones mediocres. Se dejó, pues, llevar por los meandros lamartinianos, escuchó las arpas sobre los lagos, todos los cantos de cisnes moribundos, todas las caídas de las hojas, las vírgenes puras que suben al cielo y la voz del Padre Eterno resonando en los valles.
Se cansó de ello y, no queriendo reconocerlo, continuó por hábito, después por vanidad, y finalmente se vio sorprendida de sentirse sosegada y sin más tristeza en el corazón que arrugas en su frente. Las buenas monjas, que tanto habían profetizado su vocación, se dieron cuenta con gran asombro de que la señorita Rouault parecía írseles de las manos. En efecto, ellas le habían prodigado tanto los oficios, los retiros, las novenas y los sermones, predicado tan bien el respeto que se debe a los santos y a los mártires, y dado tantos buenos consejos para la modestia del cuerpo y la salvación de su alma, que ella hizo como los caballos a los que tiran de la brida: se paró en seco y el bocado se le salió de los dientes.
Aquella alma positiva, en medio de sus entusiasmos, que había amado la iglesia por sus flores, la música por la letra de las romanzas y la literatura por sus excitaciones pasionales, se sublevaba ante los misterios de la fe, lo mismo que se irritaba más contra la disciplina, que era algo que iba en contra de su constitución.
Cuando su padre la retiró del internado, no sintieron verla marchar. La superiora encontraba incluso que se había vuelto, en los últimos tiempos, poco respetuosa con la comunidad. A Emma, ya en su casa, le gustó al principio mandar a los criados, luego se cansó del campo y echó de menos su convento.
Cuando Carlos vino a Les Bertaux por primera vez, ella se sentía como muy desilusionada, como quien no tiene ya nada que aprender, ni le queda nada por experimentar. Pero la ansiedad de un nuevo estado, o tal vez la irritación causada por la presencia de aquel hombre, había bastado para hacerle creer que por fin poseía aquella pasión maravillosa que hasta entonces se había mantenido como un gran pájaro de plumaje rosa planeando en el esplendor de los cielos poéticos, y no podía imaginarse ahora que aquella calma en que viva fuera la felicidad que había soñado.
Capítulo VII
A veces pensaba que, a pesar de todo, aquellos eran los más bellos días de su vida, la luna de miel como decían. Para saborear su dulzura, habría sin duda que irse a esos países de nombres sonoros donde los días que siguen a la boda tienen más suaves ocios.
En sillas de posta, bajo cortinillas de seda azul, se sube al paso por caminos escarpados, escuchando la canción del postillón, que se repite en la montaña con las campanillas de las cabras y el sordo rumor de, la cascada.
Cuando se pone el sol, se respira a la orilla de los golfos el perfume de los limoneros; después, por la noche, en la terraza de las quintas, a solas y con los dedos entrecruzados, se mira a las estrellas haciendo proyectos. Le parecía que algunos lugares en la tierra debían de producir felicidad, como una planta propia de un suelo y que no prospera en otra parte. ¡Quién pudiera asomarse al balcón de los chalets suizos o encerrar su tristeza en una casa de campo escocesa, con su marido vestido de frac de terciopelo negro de largos faldones y calzado con botas flexibles y con un sombrero puntiagudo y puños en las bocamangas!
Quizás hubiera deseado hacer a alguien la confidencia de todas estas cosas. Pero, ¿cómo explicar un vago malestar que cambia de aspecto como las nubes, que se arremolina como el viento? Le faltaban las palabras, la ocasión, ¡el valor! Si Carlos, sin embargo, lo hubiera querido, si lo hubiera sospechado, si su mirada, por una sola vez, hubiera ido al encuentro de su pensamiento, le parecía que una abundancia súbita se habría desprendido de su corazón, como cae la fruta de un árbol en espaldar cuando se acerca a él la mano.
Pero a medida que se estrechaba más la intimidad de su vida, se producía un despegue interior que la separaba de él. La conversación de Carlos era insulsa como una acera de calle, y las ideas de todo el mundo desfilaban por ella en su traje ordinario, sin causar emoción, risa o ensueño. Nunca había sentido curiosidad decía cuando vivía en Rouen, por ir al teatro a ver a los actores de París. No sabía ni nadar ni practicar la esgrima, ni tirar con la pistola, y, un día, no fue capaz de explicarle un término de equitación que ella había encontrado en una novela. ¿Acaso un hombre no debía conocerlo todo, destacar en actividades múltiples, iniciar a la mujer en las energías de la pasión, en los refinamientos de la vida, en todos los misterios? Pero éste no enseñaba nada, no sabía nada, no deseaba nada. La creía feliz y ella le reprochaba aquella calma tan impasible, aquella pachorra apacible, hasta la felicidad que ella le proporcionaba.
Emma dibujaba a veces; y para Carlos era un gran entretenimiento permanecer allí, de pie, mirándola inclinada sobre la lámina, guiñando los ojos para ver mejor su obra, o modelando con los dedos bolitas de miga de pan. Cuando tocaba el piano, cuanto más veloces corrían los dedos, más embelesado se quedaba él.
Ella golpeaba las teclas con aplomo, y recorría de arriba a abajo el teclado sin pararse. Sacudido así por ella, el viejo instrumento, cuyas cuerdas tremolaban, se oía hasta el extremo del pueblo si la ventana estaba abierta, y a menudo el alguacil que pasaba por la carretera se paraba a escucharlo, con su hoja de papel en la mano. Por otra parte, Emma sabía llevar su casa. Enviaba a los enfermos la cuenta de sus visitas, en cartas tan bien escritas, que no olían a factura. Cuando, los domingos, tenían algún vecino invitado, se ingeniaba para presentar un plato atractivo, sabía colocar sobre hojas de parra las pirámides de claudias, servía los tarros de confitura volcados en un plato, a incluso hablaba de comprar enjuagadientes para el postre. Todo esto repercutía en la consideración de Bovary. Carlos terminaba estimándose más por tener una mujer semejante. Mostraba con orgullo en la sala dos pequeños croquis dibujados a lápiz por ella, a los que había mandado poner unos marcos muy anchos y colgar sobre el papel de la pared con largos cordones verdes. Al salir de misa, se le veía en la puerta de la casa con bonitas zapatillas bordadas.
Volvía tarde a casa, a las diez, a medianoche a veces. Entonces pedía la cena, y, como la criada estaba acostada, era Emma quien se la servía. Se quitaba la levita para cenar más cómodo. Iba contando una tras otra las personas que había encontrado, los pueblos donde había estado, las recetas que había escrito, y, satisfecho de sí mismo, comía el resto del guisado, pelaba su queso, mordía una manzana, vaciaba su botella, se acostaba boca arriba y roncaba. Como había tenido durante mucho tiempo la costumbre del gorro de algodón para dormir, su pañuelo no le aguantaba en las orejas; por eso su pelo, por la mañana, estaba caído, revuelto sobre su cara y blanqueado por la pluma de la almohada, cuyas cintas se desataban durante la noche. Llevaba siempre unas fuertes botas, que tenían en la punta dos pliegues gruesos torciendo hacia los tobillos mientras que el resto del empeine continuaba en línea recta, estirado como si estuviera en la horma.
Decía que esto era suficiente para el campo. La madre estaba de acuerdo con esta economía, pues iba a verlo como antes, cuando había habido en su casa alguna disputa un poco violenta; y sin embargo la señora Bovary madre parecía prevenida contra su nuera. ¡La encontraba «de un tono demasiado subido para su posición económica»; la leña, el azúcar y las velas se gastaban como en una gran casa y la cantidad de carbón que se quemaba en la cocina habría bastado para veinticinco platos! Ella ordenaba la ropa en los armarios y le enseñaba a vigilar al carnicero cuando traía la carne.
Emma recibía sus lecciones; la señora Bovary las prodigaba; y las palabras de «hija mía» y de «mamá» se intercambiaban con un ligero temblor de labios lanzándose cada una palabras suaves con una voz temblando de cólera. En el tiempo de la señora Dubuc, la vieja señora se sentía todavía la preferida; pero, ahora, el amor de Carlos por Emma le parecía una deserción de su ternura, una invasión de aquello que le pertenecía; y observaba la felicidad de su hijo con un silencio triste, como alguien venido a menos que mira, a través de los cristales, a la gente sentada a la mesa en su antigua casa. Le recordaba sus penas y sus sacrificios, y, comparándolos con las negligencias de Emma, sacaba la conclusión de que no era razonable adorarla de una manera tan exclusiva. Carlos no sabía qué responder; respetaba a su madre y amaba infinitamente a su mujer; consideraba el juicio de una como infalible y, al mismo tiempo, encontraba a la otra irreprochable.
Cuando la señora Bovary se había ido, él intentaba insinuar tímidamente, y en los mismos términos, una o dos de las más anodinas observaciones que había oído a su madre; Emma, demostrándole con una palabra que se equivocaba, le decía que se ocupase de sus enfermos.
Entretanto, según teorías que ella creía buenas, quiso sentirse enamorada. A la luz de la luna, en el jardín, recitaba todas las rimas apasionadas que sabía de memoria y le cantaba suspirando adagios melancólicos; pero pronto volvía a su calma inicial y Carlos no se mostraba ni más enamorado ni más emocionado. Después de haber intentado de este modo sacarle chispas a su corazón sin conseguir ninguna reacción de su marido, quien, por lo demás, no podía comprender lo que ella no sentía, y sólo creía en lo que se manifestaba por medio de formas convencionales, se convenció sin dificultad de que la pasión de Carlos no tenía nada de exorbitante.
Sus expansiones se habían hecho regulares; la besaba a ciertas horas, era un hábito entre otros, y como un postre previsto anticipadamente, después de la monotonía de la cena. Un guarda forestal, curado por el señor de una pleuresía, había regalado a la señora una perrita galga italiana; ella la llevaba de paseo, pues salía a veces, para estar sola un instante y perder de vista el eterno jardín con el camino polvoriento. Iba hasta el hayedo de Banneville, cerca del pabellón abandonado que hace esquina con la pared, por el lado del campo.
Hay en el foso, entre las hierbas, unas largas cañas de hojas cortantes. Empezaba a mirar todo alrededor, para ver si había cambiado algo desde la última vez que había venido. Encontraba en sus mismos sitios las digitales y los alhelíes, los ramos de ortigas alrededor de las grandes piedras y las capas de liquen a lo largo de las tres ventanas, cuyos postigos siempre cerrados se iban cayendo de podredumbre sobre sus barrotes de hierro oxidado. Su pensamiento, sin objetivo al principio, vagaba al azar, como su perrita, que daba vueltas por el campo, ladraba detrás de las mariposas amarillas, cazaba las musarañas o mordisqueaba las amapolas a orillas de un trigal.
Luego sus ideas se fijaban poco a poco, y, sentada sobre el césped, que hurgaba a golpecitos con la contera de su sombrilla, se repetía: ¡Dios mío!, ¿por qué me habré casado? En la ciudad, con el ruido de las calles, el murmullo de los teatros y las luces del baile, llevaban unas vidas en las que el corazón se dilata y se despiertan los sentidos.
Pero su vida era fría como un desván cuya ventana da al norte, y el aburrimiento, araña silenciosa, tejía su tela en la sombra en todos los rincones de su corazón. Recordaba los días de reparto de premios, en que subía al estrado para ir a recoger sus pequeñas coronas. Con su pelo trenzado, su vestido blanco y sus zapatitos de «prunelle»escotados, tenía un aire simpático, y los señores, cuando regresaba a su puesto, se inclinaban para felicitarla; el patio estaba lleno de calesas, le decían adiós por las portezuelas, el profesor de música pasaba saludando con su caja de violín. ¡Qué lejos estaba todo aquello! ¡Qué lejos estaba! Llamaba a Djali, la cogía entre sus rodillas, pasaba sus dedos sobre su larga cabeza fina y le decía: Vamos, besa a tu ama, tú que no tienes penas. Después, contemplando el gesto melancólico del esbelto animal que bostezaba lentamente, se enternecía, y, comparándolo consigo misma, le hablaba en alto, como a un afligido a quien se consuela.
A veces llegaban ráfagas de viento, brisas del mar que, extendiéndose de repente por toda la llanura del País de Caux, traían a los confines de los campos un frescor salado. Los juncos silbaban a ras de tierra, y las hojas de las hayas hacían ruido con un temblor rápido, mientras que las copas, balanceándose sin cesar, proseguían su gran murmullo. Emma se ceñía el chal a los hombros y se levantaba. En la avenida, una luz verde proyectada por el follaje iluminaba el musgo raso, que crujía suavemente bajo sus pies. El sol se ponía; el cielo estaba rojo entre las ramas, y los troncos iguales de los árboles plantados en línea recta parecían una columnata parda que se destacaba sobre un fondo dorado; el miedo se apoderaba de ella, llamaba a Djali, volvía de prisa a Tostes por la carretera principal, se hundía en un sillón y no hablaba en toda la noche.
Pero a finales de septiembre algo extraordinario pasó en su vida: fue invitada a la Vaubyessard, a casa del marqués de Anvervilliers. Secretario de Estado bajo la Restauración, el marqués, que trataba de volver a la vida política, preparaba desde hacía mucho tiempo su candidatura a la Cámara de Diputados. En invierno hacía muchos repartos de leña, y en el Consejo General reclamaba siempre con interés carreteras para su distrito. En la época de los grandes calores había tenido un flemón en la boca, del que Carlos le había curado como por milagro, acertando con un toque de lanceta. El administrador enviado a Tostes para pagar la operación contó, por la noche, que había visto en el huertecillo del médico unas cerezas soberbias. Ahora bien, las cerezas crecían mal en la Vaubyessard, el señor marqués pidió algunos esquejes a Bovary, se sintió obligado a darle las gracias personalmente, vio a Emma, se dio cuenta de que tenía una bonita cintura y de que no saludaba como una campesina; de modo que no creyeron en el castillo sobrepasar los límites de la condescendencia, ni por otra parte cometer una torpeza, invitando al joven matrimonio.
