Kitabı oku: «Una Iglesia renovada, una nueva humanidad»

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Vivona, Gustavo Ariel Carlos

Una Iglesia renovada, una nueva humanidad / Gustavo Ariel Carlos Vivona. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : De la Palabra de Dios, 2022.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga

ISBN 978-987-48292-7-6

1. Doctrina Social de la Iglesia. 2. Iglesia Católica. 3. Papas. I. Título.

CDD 260.9

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Este libro tiene una: VERSIÓN PAPEL

Diseño EPUB: Cristian Chaives

© Editorial de la Palabra de Dios

24 de Noviembre 1212 - C1242AAB – Ciudad Autónoma de Buenos Aires

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reservados. Impreso en Argentina. Printed in Argentina.

Prólogo

En tus manos, querido lector, tienes unas páginas en la que podrás percibir la experiencia de una persona que se encontró con Jesús en el camino de la vida. En la Iglesia, con sus luces y sus sombras, encontró una comunidad que le ayudó a descubrir que todos somos discípulos misioneros de quien es la luz del mundo: Jesús de Nazaret. Fruto de esa experiencia son estas páginas.

La pandemia, que como una tormenta inesperada y furiosa se desató sobre la humanidad, trajo consecuencias muy variadas y de todo orden. Todos estamos en la misma barca, y entre todos buscamos caminos de sanación y de superación. Solos, no podemos. Como nos cuenta el autor, este libro es fruto de su oración en medio de la oscuridad de esta peste. ¿Qué querés de mí, Señor?

El Papa Francisco, en la soledad de aquella plaza de San Pedro, en el atrio de la Basílica, dirigió su palabra al mundo y su bendición. Un gesto que nadie olvidará. Un gesto que dijo más que millones de palabras. En la noche oscura brilló la luz del Evangelio. La tempestad que enfrentaron los discípulos en la frágil barca, mientras Jesús dormía, solo encontró sosiego cuando el Maestro de Galilea les ordenó calmarse. La Palabra de Dios es la única palabra necesaria. Es la que inspira toda obra buena; la que despierta el amor en el corazón del hombre.

A lo largo de los siglos, la pequeña barca de la Iglesia, que contiene a mujeres y hombres frágiles y pecadores, sigue surcando los mares de la historia humana haciendo resonar la Alegría del Evangelio. El Concilio Vaticano II, bella inspiración de San Juan XXIII, fue el acontecimiento que despertó a la Iglesia para volver a las fuentes de la revelación, a la Palabra de Dios. Y a la vez, renovó la vida de la Iglesia al plantear la pregunta: ¿qué dices de ti misma? Esa Iglesia que se definió “Pueblo de Dios”, pudo redescubrir su misión al dejarse interpelar por “los signos de los tiempos”.

“El Verbo de Dios desde el momento en que se encarna en la cultura del ser humano, los acontecimientos seculares (la cultura, la política, los derechos humanos, la educación, etc.) llevan en sí elementos que, como dijo Juan XXIII en Humanae Salutis, permite vislumbrar que, en medio de las tinieblas, de las angustias, de las sensaciones de vacío, existen momentos históricamente densos y particularmente significativos, en los cuales acontece alguna palabra de Dios o una moción del Espíritu. En el mundo y en la historia está encarnada la Iglesia. Ella no puede desinteresarse del mundo y por ello el discernir los signos de los tiempos, como mandato de Jesús (Mt 16,3), representa una tarea irrenunciable, ya que solo así podrá cumplir el cometido que el mismo Concilio se propuso, a saber, servir a la totalidad del género humano, de manera que acomodándose a cada generación y por medio de un lenguaje claro pueda responder a las siempre presentes interrogantes del género humano” (Juan Pablo Espinosa-Arce, Signos de los tiempos, en Gaudium et Spes, Redacción, hermenéutica y teología. Revista Espiga, vol. 15, núm. 32, pp. 119-136, 2016, UNED).

A lo largo de estas páginas el autor, desde su experiencia de fe, nos cuenta la acción transformadora del Evangelio a través del tiempo. Cómo hermanas y hermanos de todas las épocas, también se preguntaron, iluminados por la Palabra: ¿Qué querés de mí, Señor? Y desde su realidad, de modo personal y comunitario, fueron encarnando al buen samaritano que se conmueve ante el dolor del marginado, ante los gemidos de la humanidad sufriente. Así se fue plasmando la Enseñanza Social de la Iglesia, que con sus principios y valores hacen carne el mensaje del Evangelio en la sociedad. Encontraremos en esta obra, cómo un cristiano busca, desde su profesión, difundir esas enseñanzas y plasmarlas en su accionar. En su caminar, Gustavo Vivona, ha experimentado aquello que dice el Documento de Puebla, y retoma el de Aparecida: “(los fieles laicos) son hombres de la Iglesia en el corazón del mundo, y hombres del mundo en el corazón de la Iglesia” (DP 786. DA 209).

Mientras uno va leyendo estos capítulos, se puede palpar que, desde joven, Gustavo, fue impactado por aquel apremiante llamado de Pablo VI a construir la Civilización del amor. Es lo que expresa taxativamente la Evangelii Nuntiandi: “El campo propio de su actividad evangelizadora, es el mundo vasto y complejo de la política, de lo social, de la economía, y también de la cultura, de las ciencias y de las artes, de la vida internacional, de los medios de comunicación de masas, así como otras realidades abiertas a la evangelización como el amor, la familia, la educación de los niños y jóvenes, el trabajo profesional, el sufrimiento, etc.” (EN 70).

La experiencia que palpamos en este libro, la ha vivido alguien que encontró la Palabra viva de Jesús en un movimiento eclesial, de esos que nacieron en la época post-conciliar. Yo he sido testigo del nacimiento del Movimiento de la Palabra de Dios, en aquella Pascua de 1974. El P. Ricardo Mártensen estuvo hospedado en la comunidad de seminaristas de la que yo era parte. Nos llamaba la atención lo novedoso de estos encuentros juveniles, caracterizados por la oración comunitaria y por las expresiones espontáneas de verdadera alegría. También eran años difíciles y críticos en Argentina. Un carisma nuevo nacía en la Iglesia y fue dando sus frutos. La Palabra de Dios cautivaba a los jóvenes laicos para transformar sus vidas y la sociedad en la que vivían.

Después de varios años, en el corazón del autor permanece encendida la llama del amor a Jesús y su Evangelio. Gozoso de participar de la vida de la Iglesia en sus tantos servicios, conservando muy viva la vocación de ser comunidad, encarnando un modo de Iglesia comunidad de comunidades. Le duelen las debilidades y miserias de la Iglesia, de sus miembros, pero eso no lo lleva a ponerse a un costado para juzgarla, sino que se siente parte del Pueblo de Dios, y quiere purificarlo con su amor misericordioso. Tiene un amor fuerte por la Iglesia-Pueblo de Dios.

La pandemia en la que se gestó este libro ha dejado sus enseñanzas. Una de ellas es el valor de los vínculos. Al no poder entrar en contacto presencial con los demás, nos hemos dado cuenta que somos seres necesitados de la escucha. Esta palabra ha quedado muy grabada en el corazón del autor. Escuchar lo que el Espíritu dice a las iglesias. Escuchar al otro, a la o las personas con las que convivo o con las que trato diariamente. Veremos en estas páginas con cuánto entusiasmo, Gustavo vive el proceso sinodal de toda la Iglesia. La necesidad de un auténtico diálogo, con la realidad socio-cultural en la que vivimos, con sus instituciones y organizaciones.

¿Qué querés de mí, Señor? Ha sido la pregunta que dio inicio a la elaboración de esta obra. Pregunta parecida a la de San Francisco de Asís: Señor, ¿qué querés que haga por ti? La respuesta del Señor le ha llegado a Gustavo a través de su misión y servicio en la comunidad. En el Evangelio y en la enseñanza del Papa Francisco ha encontrado la respuesta: cuidar la Casa Común y cuidar la fraternidad. Son los temas de las encíclicas Laudato sí’ y Fratelli Tutti.

“Sanar el mundo. Catequesis sobre la pandemia” es el título del libro que reúne las nueve catequesis del Papa Francisco, pronunciadas en las Audiencias Generales de los meses de agosto y septiembre de 2020. Son verdaderas respuestas a la pregunta “¿Qué querés que haga?”

“La Iglesia, aunque administre la gracia sanadora de Cristo mediante los Sacramentos, y aunque proporcione servicios sanitarios en los rincones más remotos del planeta, no es experta en la prevención o en el cuidado de la pandemia. Y tampoco da indicaciones socio-políticas específicas (cf. Octogesima adveniens, 4). Esta es tarea de los dirigentes políticos y sociales. Sin embargo, a lo largo de los siglos, y a la luz del Evangelio, la Iglesia ha desarrollado algunos principios sociales que son fundamentales (cf. Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 160-208), principios que pueden ayudarnos a ir adelante, para preparar el futuro que necesitamos. Cito los principales, entre ellos estrechamente relacionados entre sí: el principio de la dignidad de la persona, el principio del bien común, el principio de la opción preferencial por los pobres, el principio de la destinación universal de los bienes, el principio de la solidaridad, de la subsidiariedad, el principio del cuidado de nuestra casa común. Estos principios ayudan a los dirigentes, los responsables de la sociedad a llevar adelante el crecimiento y también, como en este caso de pandemia, la sanación del tejido personal y social. Todos estos principios expresan, de formas diferentes, las virtudes de la fe, de la esperanza y del amor” (Francisco. Audiencia General, 5/08/2020).

La experiencia de la fraternidad es algo que Gustavo Vivona ha tenido desde muy joven, cuando empezó a integrarse al Movimiento, en su juventud. El trato cordial, sencillo y llano con el P. Ricardo y las demás personas, crearon vínculos muy profundos de fraternidad, lo cual le hizo cambiar la imagen de la Iglesia que tenía hasta entonces. Cambió la misma imagen de Dios en su corazón. Él expresa en el capítulo tercero: “No hay que entrar solamente en un templo para encontrarse con el sagrario de Jesús… ¿Qué nos significa creer en el Señor? El mensaje de esta presencia es: siempre me encontrarás en el prójimo” (P. Ricardo, MPD, El sagrario humano de Jesús, Espiritualidad del trato fraterno, 2006, p. 31).

Agradezco al autor la invitación a prologar “Una Iglesia renovada, una nueva humanidad”. Pocas veces he aceptado hacerlo. Al tratarse de hablar de la Iglesia que yo también he vivido en la segunda mitad del siglo XX y principios de este, me sentí motivado a escribir estos párrafos. Se trata de presentar una experiencia de la “maternidad” de la Iglesia. Solo así se la entiende cabalmente. Una Iglesia nacida del seno de la Trinidad, y a la vez una realidad bella y misteriosa que crece en los corazones lavados con la sangre de Cristo y animados por su Espíritu.

Que este libro sea una invitación a soñar con una Iglesia pobre para los pobres. Que nos invite a la esperanza y a la alegría de vivir la comunión con Dios y los hermanos. Textos como los que leerás en adelante, querido lector, querida lectora, nos invitan a soñar y a esperar, y decir con Alexis Valdés:

Y todo será un milagro.

Y todo será un legado.

Y se respetará la vida,

la vida que hemos ganado.

Cuando la tormenta pase

te pido Dios, apenado,

que nos devuelvas mejores,

como nos habías soñado.

+ Carlos José Tissera

Obispo de Quilmes

Quilmes, noviembre de 2021

Introducción

El año 2020 nos sorprendió como humanidad con la experiencia inédita de una pandemia que afectó a todos los pueblos de la tierra. En el mes de mayo de ese año, al verme impedido de desarrollar normalmente mi tarea profesional de abogado debido al cierre de los tribunales, me encontré con una disponibilidad de tiempo inusual, como le ocurrió a la gran mayoría de las personas.

Esta circunstancia me impulsó a orar con mayor frecuencia. Cada día, en mi encuentro de oración personal con Dios, le expresaba mi sentir interior signado por la incertidumbre. Mi pregunta recurrente era: ¿qué quieres de mí, Señor? Participar semanalmente de una comunidad de fe me ayudó a discernir la voluntad de Dios Padre para mi vida en esa circunstancia. Poco a poco, tomó forma el impulso de transmitir mi experiencia de camino en la Iglesia y el anhelo de la construcción de la civilización del Amor, tal como lo expresa San Pablo VI. Así, se plasmó la iniciativa de escribir estas líneas.

Cuando hablamos de un Iglesia renovada nos referimos a una Iglesia que vuelve a nutrirse de las fuentes de su nacimiento. Es la presencia del Espíritu Santo, derramado en Pentecostés en la primera comunidad cristiana congregada por María, la madre de Jesús, hace más de 2000 años, la que lo hace.

Es la fuerza de lo alto que fluye del Espíritu Santo y se expresa hoy en toda la Iglesia y en toda la humanidad, con el mismo poder que resucitó a Jesús. Así, somos transformados en hombres y mujeres nuevos, constructores del Reino de Dios en este momento de la historia.

El Espíritu Santo no deja de soplar e irrumpe en aquellos que quieren recibirlo. Su manifestación se encarna en obras y en semillas de vida, en medio de tantos síntomas de muerte en la realidad personal, social y eclesial.

Vivimos un vertiginoso cambio de época en que la humanidad se hace profundos replanteos de toda índole en diferentes ámbitos: político, económico, laboral, filosófico, existencial, entre tantos otros. Somos testigos que el Espíritu Santo, encarnado en hombres y mujeres contemporáneos, ofrece respuestas a una realidad que muchas veces pareciera carecer de rumbo.

Un signo de la presencia de este Espíritu se revela en nuestro Papa Francisco, quien hace oír su voz en medio del desierto del mundo. Nuestro Pastor nos invita a un fuerte proceso de conversión cultural. Este camino claramente no se agota en un camino espiritual y de interioridad personal, sino que se expresa en propuestas de vida social muy concretas.

Entre los documentos que así lo manifiestan, encontramos Evangelii gaudium y Laudato si´, cuyos aportes resultan muy valiosos para la vida social, el diálogo como instancia clave de unidad en la diversidad, el cuidado de la Creación como parte de una ecología integral y el acento puesto en los pobres, excluidos y marginados del mundo.

Otro signo de la presencia del Espíritu Santo para transitar este proceso de conversión e integrar la fe a la vida de todos los días, son los Movimientos eclesiales y Nuevas comunidades. Así lo expresó el Papa San Juan Pablo II en su alocución en la Plaza de San Pedro en el Pentecostés de 1998.

El Espíritu Santo no deja de soplar. Impulsa el crecimiento de la semilla de una nueva civilización que tiene como cimiento los valores del Evangelio, plasmados en la Enseñanza Social de nuestra Iglesia. Son tiempos de asumir desafíos, de generar nuevas propuestas, de ofrecerse como odres nuevos para un vino nuevo (cf. Mt 9,1).

A lo largo de su historia, la Iglesia ha ofrecido distintas respuestas al acontecer social. Entre ellas, la necesidad de atención que suscitaban las viudas y huérfanos en las primeras comunidades. Más tarde recibimos los aportes de los Padres de la Iglesia y del Magisterio Social hasta la publicación del documento Rerum novarum en 1891, donde León XIII sistematizó esa enseñanza. Estas respuestas se sustentan con el valor del testimonio de tantos sacerdotes, religiosos y religiosas, laicos y laicas de vida discipular de Jesús, quienes expresan con sus vidas que el Reino de Dios ya está entre nosotros.

En medio de un mundo que por momentos parece desmoronarse, con estructuras fundadas en el individualismo, el consumismo superficial, la indiferencia y la exclusión, este trabajo intenta ser una luz de esperanza.

Ofrecemos aquí algunas reflexiones y testimonios que contemplan la dignidad de la persona humana, con sustento en los valores de la solidaridad, la participación y el bien común, principios claves para construir un mundo más fraterno y solidario en este nuevo tiempo de la humanidad.

CAPÍTULO I

El Espíritu Santo

protagonista de una Iglesia renovada

En el segundo capítulo del libro de los Hechos de los Apóstoles, la Palabra de Dios describe un acontecimiento que marcó la historia de la Iglesia y también de la humanidad. Los cristianos reconocemos que, por el derramamiento del Espíritu Santo, nace nuestra Iglesia, y de ahí en más, el mismo Espíritu se convierte en el protagonista de nuestra historia.

Llama la atención que quienes estaban reunidos en Jerusalén, en esa ocasión, eran judíos piadosos venidos de todas las naciones del mundo y que, al producirse ese hecho extraordinario, cada uno comenzó a expresarse en su propia lengua. Muchos no entendían lo que pasaba, y se preguntaban: “¿Acaso estos hombres no son todos galileos?”, decían, “¿cómo es que los podemos escuchar en su propia lengua? Partos, medos y elamitas, los que habitan la Mesopotamia, la misma Judea, Capadocia, el Ponto, Asia Menor, Frigia, Panfilia, Egipto, Libia, Cirenaica, peregrinos de Roma, judíos y prosélitos, cretenses y árabes, todos pudieron escuchar las maravillas de Dios en sus propias lenguas” (Hech 2, 1-11).

Podemos imaginar un lugar con personas muy diversas, con rostros y vestimentas diferentes, con expresiones de asombro, alegría y felicidad a la vez. Personas de diferentes lenguas, que con sus expresiones de gratitud y alabanza unificaban esa hermosa diversidad de realidades y culturas, haciendo de esa escena una imagen única de plenitud y unidad. De esta manera, el acontecimiento de Pentecostés marcó, además del nacimiento de nuestra Iglesia, un hito en la historia de la humanidad.

Pentecostés constituye el hecho histórico en el que se congregan personas de diversas culturas y naciones, cada una llevando la original riqueza de su identidad y de su lengua, en comunión con las demás lenguas. Toda la escena revela la expresión de un único sentir que se manifiesta en esa alabanza mundial, donde todo es gratitud en el reconocimiento de la Creación entera, como resalta la Palabra en la parte final del relato, hablándonos de las maravillas de Dios.

En este acontecimiento, Dios Padre ha querido darnos una pista en orden a cómo quiere que vivamos como Pueblo suyo: “ser uno” en la múltiple diversidad de nuestras identidades culturales. En la diversidad de cada cultura, cada persona es valiosa en sí misma y todas las personas somos iguales en dignidad. En estos tiempos, a instancia del Papa Francisco, se nos invita a caminar sinodalmente, es decir, a transitar juntos como lo hicieron los primeros cristianos donde todo lo ponían en común y discernían como comunidad por dónde pasaba Dios en la historia, y cuál debía ser su obrar evangélico en consecuencia (cf. Hech 2, 44-47).

En este sentido, un mal que nos acontece es el haber caído en el clericalismo, en donde todo se espera del sacerdote, ya sea porque muchas veces ellos asumen el rol de tener todo bajo control con poca o nula posibilidad de participación del laicado y de puertas adentro, o porque tal vez por comodidad, el laicado no asume su responsabilidad propia de miembro del Pueblo de Dios que le ha sido dada por el bautismo. Por eso es importarte reconocer que el Espíritu Santo sopla en todos y en cada una de las personas bautizadas y derrama sus dones como Él quiere.

Cada persona tiene un talento para compartir y hacerlo fructificar, por lo que la propuesta sinodal, como camino pastoral impulsado por Francisco, resulta ser una inspiración pentecostal en cuanto a que el Espíritu Santo se derrama en una comunidad o en un pueblo sin hacer distinciones de ninguna naturaleza. A ese pueblo y a cada uno de sus miembros le encomienda una misión.

El mismo Papa Francisco enseña en Evangelii gaudium que “el todo es superior a las partes” y que el modelo que mejor representa a la Iglesia es el “poliedro”: cada persona tiene su lugar propio y su valor en un todo que es como ese cuerpo geométrico y que podríamos decir que representa a la humanidad (cf. EG 236 y 237).

Decimos que la razón de que hoy nuestra Iglesia siga existiendo, después de haber atravesado tantas vicisitudes que la han puesto seriamente a prueba, es la presencia del Espíritu Santo. Una y otra vez viene a socorrerla, a levantarla y a ofrecer un mensaje profético no solo a los creyentes sino a todos los hombres y mujeres que habitan esta tierra.

Somos testigos que la misión del Espíritu sigue siendo la misma que al comienzo del nacimiento de nuestra Iglesia. El Espíritu mueve a que todos los hombres se conviertan y crean en Jesús, que es el Señor de la historia. Ese Espíritu no ha anulado lo diverso. Al contrario, lo ha enaltecido en su presencia y le ha dado un sentido de fecundidad al reconocer el aporte que cada persona en su identidad puede hacer a la construcción de un mundo fraterno y solidario.

Hoy, a casi dos mil años del nacimiento de la Iglesia, en medio de este tiempo tan especial signado por vertiginosos cambios, podríamos preguntarnos: ¿qué importancia le damos al Espíritu Santo en su misión de ser transformador de la realidad social? ¿Qué valor tienen otras expresiones culturales distintas a las nuestras a la hora de construir comunidad? ¿Creemos en el Espíritu Santo como el protagonista de nuestra historia y de la humanidad?

Quienes intentamos vivir nuestra fe buscando que ella impregne cada una de las realidades que nos toca vivir, como ser nuestra familia, el trabajo o el estudio, necesitamos reconocer en la tercera persona de la Santísima Trinidad a nuestro principal amigo. El Espíritu Santo nos animará a que todo lo que desarrollemos sea expresión del amor que Él nos tiene y a que encarnemos lo que Él quiso desde siempre.

Ese Defensor que irrumpe en la historia, lo hace en un lugar determinado, el cenáculo de Pentecostés, y se manifiesta en todos aquellos que están dispuestos a recibirlo. No se impone en una cultura única, sino que se ofrece y toma el rostro de cada cultura, respetando cada identidad como también la diversidad que ellas expresan. Podríamos decir que la inculturación del Evangelio adquiere tantos rostros como culturas existan.

En este sentido podríamos afirmar que resulta clave ser instrumentos de ese Espíritu. Un Espíritu que se manifiesta de diversas maneras, genera unidad y hace posible la conformación de un solo cuerpo en medio de la diversidad.

El Espíritu Santo nos conduce a la unidad. Ella es el piso de nuestra Iglesia y también el piso de toda construcción propia de la convivencia humana. La unidad no es uniformidad, sino que es unidad en medio de la diversidad, y se logra acordando en aquello que es fundamental para la convivencia social.

La unidad supone el encuentro previo entre personas y pueblos. El encuentro no refiere a un mero vernos las caras, sino más bien a poder abrirse y recibir la vida del otro, poniendo nuestra atención tanto en lo que el otro expresa como en su ser, en lo valioso de su identidad. En esa experiencia mutua de ser receptores los unos de los otros, es donde surge la comunión, que es lo propio de la vida fraterna. De esta manera podemos avanzar en un intercambio que a su vez nos lleve a acuerdos y a nuevas luces, a través del instrumento privilegiado que es el diálogo.

Sin embargo, no podemos dejar de reconocer que, así como se producen encuentros fecundos, también acontecen desencuentros que devienen en conflictos. Parte del convivir es transitar esos conflictos, circunstancias que muchas veces ponen a prueba la unidad. Ante ellos, el Papa Francisco nos invita a asumirlos, ni quedar absorbidos por ellos, ni negarlos, sino sabiendo que “la unidad es superior al conflicto” y que es el Espíritu Santo quien viene en nuestro socorro para hacer posible lo que muchas veces humanamente nos resulta imposible (cf. EG 228).

Nuestra Iglesia ha estado signada por numerosos conflictos desde los comienzos de su peregrinar. Basta leer los Hechos de los Apóstoles y veremos que incluso muchas de esas dificultades tuvieron a Pablo y a Pedro como sus protagonistas, quienes lograron superarlas a partir de reconocer a Jesús como el Señor de sus vidas. Hoy en día, es el Espíritu Santo quien ayuda a dar pasos de unidad en medio de los conflictos que se suscitan en el andar eclesial.

Es maravilloso experimentar cómo es el Espíritu Santo quien busca revitalizar al cuerpo de Cristo que es la Iglesia. Es como la sangre que corre por todo el organismo, otorgando a ese cuerpo una identidad que trasciende a cada uno de los miembros y que, a su vez, les da vida y les concede todo el vigor para vivir en plenitud. Es el Espíritu quien nos manifiesta la presencia de Jesús resucitado y nos anima a anunciar el Evangelio a todos los pueblos, para que la Palabra llegue hasta los confines de la tierra.

Dios Padre ha querido que nosotros, sus hijos, completemos su obra creadora y ha puesto en nosotros su confianza para llevarla a buen término. No obstante, sabemos que, como humanidad, muchas veces no hemos respondido a ese designio. Es con la ayuda de nuestro Defensor que podremos redireccionar nuestro obrar en las distintas realidades sociales que nos tocan atravesar: en el cuidado de la casa común, la política, la economía, el trabajo, la familia, la fraternidad, entre otras. En fin, es anhelo de muchos concretar la fraternidad universal de los pueblos, anhelo al que nos impulsa el Espíritu recibido en el Bautismo y en el cual debemos poner nuestras energías.

Esta fuerza de lo alto tiene una pedagogía propia que nos lleva a despertar lo dormido, a elevar la mirada y a multiplicar lo poco que tenemos para ofrecer. El Espíritu Santo potencia nuestras capacidades, más aún cuando las compartimos con otros. Y en particular hace fecundo y consistente el mensaje cuando somos capaces de tejer redes.

La Palabra de Dios nos habla del Reino como una red de pesca donde los pescadores sacan todo tipos de peces. ¿No será la hora de transformarnos en esa red, de construir ese Reino y así entretejernos unos con otros? ¿No será la hora de hacer con otros de tal manera que el cuerpo tome consistencia pasando de ser seres aislados, a ser expresión de una comunidad de comunidades?

En el contexto del inicio de la pandemia de la Covid 19, el Papa Francisco nos ha recordado, que nadie se salva solo,1 que todos estamos en una misma barca, que nos necesitamos unos a otros y que quienes parecían menos importantes hoy recobran su importancia.

Si asumimos estas palabras como una expresión liberadora y verdadera, debiéramos replantearnos el modo en que nos relacionamos, si verdaderamente valoramos a los demás como a nuestros hermanos y hermanas, o cuánto hay de presencia del Espíritu en ellos y, en consecuencia, ¡cuánto respeto se merecen!

Sabemos que la existencia de ese hermano nos constituye como personas, ya que no podemos ser si no somos con el otro y los otros. Valorar los dones y talentos de nuestro prójimo, reconocerlos y darnos el lugar que cada uno nos merecemos para desarrollarnos, es hoy un gran desafío. Este desafío nos invita nuevamente a transitar la experiencia de Pentecostés.

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Litres'teki yayın tarihi:
22 mayıs 2025
Hacim:
131 s. 2 illüstrasyon
ISBN:
9789874829276
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